LA MUJER DEL CESAR

Decía Plutarco sobre la mujer del Cesar que además de ser honrada tenía que parecerlo. Podría haber dicho algo parecido sobre la grandeza de un equipo de fútbol. El atlético de Madrid quiero creer que es grande pero desde luego no lo parece. No sólo no lo parece sino que cada vez está más alejado incluso de parecerlo y eso me hace sospechar preocupantemente sobre lo primero.

Me escuece ver lo pronto que últimamente nos cicatrizan las heridas a los seguidores colchoneros y como hoy, dos días después del lamentable esperpento que vivimos en tierras rumanas, mis correligionarios parecen otra vez más preocupados de Simao o de quiméricas manifestaciones contra alguien que ha fallecido que de enconarse con los culpables de que tuviésemos que agachar la cabeza de vergüenza (otra vez) el sábado por la noche. Que no se me malinterprete, cualquier jugador que aterrice por estas tierras sabiendo lo que es un balón de fútbol (otra cosa es que luego Aguirre le practique una lobotomía y le convierta en luchador de Wrestling) será bienvenido y por supuesto cualquier manifestación a favor del club de mis amores y en contra de los que lo dirigen con violenta soberbia hacía el oscuro ostracismo tendrá mi apoyo aunque sea moral. Lo que denuncio con esto es que el bosque no nos deja ver los árboles o que el fútbol es ese juego que se desarrolla en un campo con porterías y balón y no en un despacho o en la portada de algún panfleto mal escrito que se esconde tras las siglas de lo que antiguamente fuera un diario deportivo.

Lo del sábado, en una época no tan lejana, hubiese sido una hecatombe tal que no creo que ese sucedáneo de entrenador que lamentablemente dirige nuestros destinos hubiese tenido los santos cojones, por muy machote que sea, de salir poniendo excusas de droguería como las que ha puesto ni soltando la retahíla de mediocridades propias de equipo pequeño, que básicamente es en lo que nos quiere convertir. Si no puedes correr como ellos, córtales las piernas pensará el bueno de Aguirre. Si yo no sé jugar que nadie juegue.

No sé puede plantear una propuesta más chabacana frente a un equipo más humilde como el que nos toco en suerte. No se puede ser más miedoso que el que tiene miedo de su propia sombra. Aguirre preferiría salir a jugar con la camiseta de otro equipo para que nuestro escudo no supusiese una interferencia en su denodada carrera en pos de la mediocridad. No se puede ser más cobarde. No se puede ser tan miserable de confundir el respeto con el pánico, la suerte con la negligencia, la lógica con la estupidez. No se puede tener miedo si pretendes ganar. No se puede pretender salir impoluto si tienes que jugar en el barro. No sé puede ser profesional de los banquillos si sueñas con que acabe el partido antes de empezar. No se puede convencer al universo entero de que es gilipollas mientras tú eres el único cuerdo. No se puede sonreír en un funeral riñendo a los que no lo hacen ni pretender convencernos a todos de que los colores no existen guardando las pinturas en los bolsillos.

Añoro los tiempos en los que teníamos un entrenador de fútbol igual que añoro los tiempos en los que a todos: presidente, entrenador, jugadores y aficionados nos molestaba perder. Ahora cada uno de ellos está preocupado en sus cosas como para tener tiempo de lamentarse por hacer le ridículo. Los presidentes tapando sus negligentes vergüenzas mientras recogen las monedas que se caen por el camino. El entrenador disfrazando su ineptitud con desodorante barato. Los jugadores bañándose en oro, desapareciendo del mundo a la mínima y contando los días en los que estarán en algún lugar más tranquilo. Los desquiciados aficionados peleándonos entre nosotros sin darnos cuenta de que jamás podremos saltar al campo a demostrar a toda esa gentuza lo que significa ser colchonero. Bueno, no todos los aficionados. Me refiero a esos que todavía no están en el grupo de mentes abducidas por el gran hermano que se tragan sonrientes la farfolla de la prensa y que creen que estamos donde tenemos que estar. Donde merecemos.

Estaba fantesando sobre lo que yo pensaría si viese a un equipo otrora importante jugando una competición como la intertoto y perdiendo de forma tan patética y lamentable como lo hemos hecho nosotros. Es decir, poner el teletexto (aunque en la mayoría de las televisiones ni se interesan por este torneillo de las sobras) y ver que, por ejemplo, el Liverpool, después de casi 10 años sin jugar en Europa ha perdido contra el séptimo clasificado de la liga rumana haciendo el ridículo. Pensaría que al Liverpool le quedan cuatro días para desaparer

EL HORROR...

Decía Oscar Wilde que para escribir solo hacen falta dos cosas: tener algo que decir y decirlo. Yo creo que el concepto de la frase se puede extrapolar a lo que significa entrenar un equipo de fútbol. Lo que no dice el señor Wilde es lo que hay que hacer para escribir bien, al igual que no sabemos lo que hay que hacer para entrenar bien. Es en ese punto tan sencillo donde nos topamos con la cruda realidad.

La pasada temporada del Atlético de Madrid, ciñéndonos a aspectos estrictamente futbolísticos, fue simplemente catastrófica. “El horror” que diría Kurtz en el corazón de las tinieblas. En mis ya más de 30 años de vida jamás de los jamases he visto a mi equipo jugar peor al fútbol. Es más, se me hace complicado decir que mi equipo estaba jugando al fútbol sin sonrojarme. Lo que hacían, lo que fuese eso, tenía la misma plasticidad que un campeonato de soga-tira en oiarztun, la misma dinámica que cualquiera de los bolardos plantados en el centro de Madrid, la misma pasión que una barra de pan y el mismo valor artístico que una declaración de hacienda. Al principio pensé que todo se correspondía con esa nueva tendencia ligada a ese eufemismo que pomposamente llaman fútbol moderno y que supuestamente va en conexión con esa nueva estirpe de entrenadores-científicos que quieren once decatletas en sus plantillas, que tienen enciclopedias de estrategia más grandes que el cossio y que manejan estadísticas detalladas de las veces que mea el lateral izquierdo del equipo contrario con las que sacan información crucial para marcar un gol de saque de esquina. Lamentablemente nada más lejos de la realidad. Yo veo jugar a los representantes de esa escuela, chelsea, Liverpool, Sevilla,... y disfruto viendo jugar al fútbol. La importancia sigue estando en meter el balón en la portería contraria, veo el balón correr con criterio, siento la velocidad, la agresividad, las ganas de derrotar al contrario. No es eso lo que vi el año pasado en mi equipo.

El año pasado lo que vi fue un equipo miedoso y cobarde que SIEMPRE salía al césped a especular cuando no directamente a defender. Eso era mi equipo. Once tipos perdidos obsesionados con tapar al rival y asustados de tener la pelota. Todos los parámetros que destacan en eso del fútbol moderno se transformaban en viñetas de Mortadelo y Filemon dentro del Calderón. El balón era un mal menor que pasaba por allí, la velocidad la ponía mi vecino de abono, el señor Manolo, en el minuto 35 de la segunda parte cuando salía del estadio escopetado conmovido de indignación. Las ganas de ganar se quedaban siempre en la grada hasta los últimos cinco minutos en los que jugar a la desesperada colgando balones a la olla ya es lícito. La portería contraria era ese inhóspito y retirado sitio a donde tarde o temprano se llegaba gracias a la divina providencia. Dar un pase al hueco o simplemente hacía adelante, pero con intención y apuntando, era esa sobrevalorada suerte de este deporte, peligrosa e inútil, que provoca ansiedad en alguno de los 20 medio centros que poblaban nuestro rocoso centro del campo. El pelotazo desde la frontal del área era el eje sobre el que construir la esencia del equipo. Las jugadas a balón parado eran esa incomoda particularidad del juego que hace que tu equipo se descoloque y que por tanto es mejor ignorar y malgastar. En definitiva era más divertido darse una vuelta por la Gran Vía, como bien se encargó de recomendar impunemente ese tipo que responde al nombre de Maniche, que aparecer por el Calderón.

Con todo lo malo que esto supone sin embargo no era lo peor. Lo peor, sin duda, era ese apestoso discurso que emanaba del banquillo y que como humaradas de olor a estiércol llegaba a la gente como yo, que también lleva la camiseta rojiblanca en el campo pero a diferencia de los que la utilizan profesionalmente conoce el significado del escudo que la viste. El discurso de la plantilla, que sospechosamente es el discurso de su entrenador, era mediocre, cobarde, capcioso y pendenciero. Ese mirar a los de atrás en lugar a los de adelante. Ese decir que perder contra el Valencia o el Zaragoza es “normal”, ese decir que perder 0-6 contra el Barcelona en tu estadio “sólo son tres puntos”. El permanente “todo esta bien, no pasa nada”. El circunloquio estúpido y nuevamente cobarde de decir que “60 puntos eran suficientes otros años para entrar en Europa”. Ese referirse a “Europa” como exclusivamente jugar la segunda división de las competiciones europeas y convertirlo en nuestro particular y satisfactorio Shangri-La cuando los colchoneros de corazón sabemos que el destino nos debe una copa de Europa que me gustaría ver antes de irme al otro barrio.

Pues bien ese mismo señor es el que regirá los destinos de nuestro equipo este año. Esa ha sido la genial idea del heredero Gil, ese antipático tipo que se hizo con las riendas del club por factores genéticos, y de su particular y útil doña Rogelia. A la altura sin duda del resto de despropósitos con que nos deleita esta pareja de baile desde hace años.

Entrenar no es decir los jugadores que salen al campo igual que escribir no es poner letras una detrás de otra. Es fácil confundir una cosa con la otra pero los que leemos libros y vamos a ver fútbol sabemos distinguirlo. En general cualquier ser humano es capaz de distinguirlo salvo que tener muchas acciones de una institución deportiva provoque algún tipo de lesión en el aparato nervioso que es algo que desconozco.

Da igual llenar el equipo de jugadores de nivel si nunca van a poder desarrollar aquello para lo que les han contratado. Estamos intentando construir un chalet con los planos de una zanja. Eso si, vamos a pagar la zanja a preció de palacete. Seguro que alguien sale ganando con el cambio.

ERASE UNA VEZ EN EL CALDERON

Pensé que este día nunca llegaría pero ha llegado.

Estoy sonado, triste, enfadado y con ganas de culpar a alguien pero sinceramente no sé si alguien tiene la culpa. A lo mejor la culpa es mía, una vez más, por imaginarme lo que no es, por soñar con lo que es imposible o por creer en lo increíble. En cualquier caso es triste darse cuenta que estoy así por perder lo que nunca tuvimos.

No tiene ninguna explicación lógica ser hoy en día aficionado del Atlético de Madrid. Es algo absolutamente irracional que atiende a razones de tradición y por las ganas de de vivir una deliciosa mentira que te han contado tus abuelos y se ha quedado clavada en el corazón para siempre, admitámoslo. Es esperar lo ilógico. Es soñar despierto. Es creer en los sueños. Es totalmente irracional pagar dinero por aburrirte y sufrir. Es absolutamente irracional pelearte en la oficina contra 20 personas intentando demostrar con argumentos que tu equipo es mejor que ese otro que tiene 20 ligas más. Siempre ha sido complicado pero en los últimos 10 años la empresa ha sido ciertamente épica.

A un equipo así hoy en día solo vienen jugadores por dinero. Seamos honestos, ¿Por qué iban a venir si no? Es como ir a trabajar a Irak. No creo que nadie lo haga por amor a la profesión puesto que tienes otros muchos sitios en los que demostrar tu amor. Es una cosa que se hace exclusivamente por dinero.

Por eso Torres era una rara avis dentro del mundo tangible. Por eso Torres era la prolongación natural mía y de tantos otros ingenuos. Esos irracionales de la grada que nos quedamos sin cenar el día que perdemos. Era el garbanzo negro del cocido, ese que los medios, los núcleos de poder, el dinero o la todopoderosa lógica no podía controlar. No podían entender. Ese que prefería la irracional (aunque ojo, también suculenta) fama local basada en el amor a algo que no se puede tocar en lugar de la grandilocuente fama internacional basada en el poder y lo tangible. Ese que no se podía comprar porque las cosas que realmente le interesaban no se consiguen con dinero.

¡Y qué alegrías nos daba! Más que por los goles, que eso lo hace cualquier jugador, por esos otros detalles. Como sacábamos pecho los atléticos cuando Torres salía diciendo que se quedaba porque le salía de los mismísimos después de haber estado todo el verano soportando la sonrisita condescendiente de todos y cada uno de los periodistas de este país que padecían insomnio por ver un jugador así en nuestro equipo. Ese gesto imitando a Kiko tras un gol, ese decir que una copa en este equipo vale más que 20 fuera,... Nos sentábamos en el Calderón para ver a un chico cuya razón para vivir era el cuento que una vez le contó su padre o su abuelo. Igual que a mí. Igual que a nosotros. De eso vivíamos. De eso alimentábamos nuestro sueño y nuestras esperanzas. A falta de glorias concretas, en algo tan frágil cimentábamos nuestro orgullo.

La prensa, esa nueva especie de sucios barrenderos de lo intelectual, junto con los vecinos vikingos, los descreídos, los mediocres, los que nunca sueñan, los grises, los perdedores, los palmeros, los abducidos,... todos insistían en querernos demostrar que nuestro sueño era mentira para así confirmar nuestra ingenua estupidez y de paso justificar su penosa actitud borreguil y sumisa. No podían entender que algo así pudiese existir porque de ser así, si aquello en lo que creíamos era verdad, ese mundo gris y predecible en el que ellos eran alguien se tambalearía violentamente. ¿Qué sentido tenía entonces ser aficionado del equipo que sale en los escaparates? Pero ahí estaba siempre Torres para demostrarles y demostrarnos que es mucho más satisfactorio creer en sueños que limpiar el coche en la gasolinera los domingos.

Hasta hoy.

Hoy Torres nos ha demostrado que toda esa gente tenía razón y que los equivocados éramos nosotros. Hoy Torres nos ha demostrado que es un moderno jugador de fútbol. Si el atlético de Madrid estuviese dirigido por unos presidentes no ya decentes sino al menos diligentes, si tuviésemos un entrenador de fútbol en lugar de un aprendiz de periodista aficionado a la lucha libre, si peleásemos por la liga y por la copa de Europa de tú a tú con los grandes de Europa seguramente Torres no se habría ido. Seguramente también en esas condiciones ni Ronaldinho, ni Etoo ni Kaka se irían del atlético. Seguramente nadie se iría del atlético y mucho menos alguien que es el ídolo de tantos y tantos niños y tantos y tantos mayores. ¿Cuál es la diferencia entonces?. Desgraciadamente no hay diferencia. El error era nuestro. Funciono mientras encajaba dentro de los fríos y maquiavélicos planes de cualquier jugador de fútbol. De cualquiera.

Pero soy un soñador y prefiero seguir engañándome. Por eso hoy me acuerdo de una de mis películas favoritas de todos los tiempos: Once upon a time in America (Érase una vez en América). Hoy me siento como Robert De Niro al final de la película. Ese chico rubio que hoy está dichoso y contento con la patética camiseta del Liverpool y que tiene multitud de excusas lógicas para no jugar en el Atlético de Madrid no es el niño que yo veía jugar en el Calderón. El niño que para mi era “el niño” se fue este verano a la polinesia cabreado por perder 0-6 contra el Barça pero no ha vuelto. No volverá jamás.

Dentro de unos años cuando mi hija rebusque entre las cajas del trastero y vea alguna foto de Fernando Torres y me pregunte que quien era ese chico le diré que fue otro de esos jugadores de fútbol que como otros muchos durante un tiempo vistió nuestra camiseta. No le daré mayor importancia porque desgraciadamente no la tendrá. Eso si, intentaré aguantar prudentemente las lágrimas e intentaré no acordarme de aquel chico rubio que se fue a la polinesia para no volver. Que sea ella quien busque sus propios sueños rotos.