Adiós asesino


Real Betis 2 - At. Madrid 2

Hace un montón de años, no recuerdo ni en qué año ni si era una Eurocopa o una Copa del Mundo, estaba viendo en la televisión un partido internacional con un montón de personas. Eran semifinales y Alemania se jugaba la final frente a otro equipo que tampoco recuerdo. Lo que si recuerdo de aquel día, aparte de que los germanos ganaron, es la salida de los jugadores del campo. Acababan de ganarse la clasificación para la final y aquellos jugadores de tez curtida apenas lo celebraban. Se bajaron las medias hasta los tobillos, se saludaron con frialdad y se fueron al vestuario. Alguien que estaba por allí destacó aquello en lo que yo también había reparado diciendo: “Sólo les preocupa ganar el torneo y por eso no lo celebran. Eso es mentalidad ganadora”.

Entonces no lo entendí bien pero con el tiempo aprendí no sólo lo que aquella persona quería decir sino que además tenía razón. Hay equipos que independientemente de los jugadores que saquen, si son buenos o malos, salen siempre con el convencimiento de que son superiores y de que tienen que ganar de la misma forma que hay equipos a lo que les ocurre todo lo contrario. El Atlético de Madrid de los últimos 20 años ha sufrido en este sentido un evidente proceso de regresión que lo hace un equipo asustadizo, frágil desde el punto de vista psicológico y al que siempre asalta la duda de si deberían mirar arriba o abajo. Ese es el sutil éxito de una directiva, la de MA Gil, que independientemente de sus hazañas financieras y tejemanejes políticos es una pésima directiva de fútbol. Incapaz de entender el equipo que dirige, alérgico al fútbol en su esencia, ajeno a la historia y empeñado en transformar la realidad social del equipo que heredó en una suerte de compradores de palomitas saladas. La dirección de MA Gil ha creado un equipo desquiciado. Aturdido. Perdido en su esencia. Un equipo al que obligan a pensar en pequeño manejando presupuesto de grande.

Para mí esa es la explicación de lo que ha pasado hoy. Un partido que comenzó de forma soberbia, con un Atlético de Madrid bien plantado, sólido y mandón que se imponía desde el principio a un Betis que no sentía por ningún sitio la necesidad del resultado. Los madrileños adelantando la defensa, presionando con diligencia y jugando en campo contrario. Los sevillanos tratando de usar con mimo el balón pero sin la velocidad ni verticalidad necesaria. El Atleti era dueño del partido y Salvio su principal puntal entrando como quería por la banda derecha. Falcao tuvo un par de ocasiones nada fáciles y Adrián se perdía siempre en el último regate o en tiros mal seleccionados como ese a puerta vacía que saca el meta rival con el pie. Los colchoneros merecían ir ganando ya al descanso pero la falta de pegada hacía que no fuese así.

Pero la segunda parte comenzó de la misma manera y hasta con un punto mayor de profundidad que hizo desaparecer a los béticos del campo. Simeone retiraba del campo a Diego, algo tocado desde el jueves, dejando sitio a Koke y el canterano aprovechaba para abrir el marcador. Pase de Tiago, soberbia dejada de Falcao con la cabeza y Koke que empala para hacer el primero. En otras ocasiones esto tan simple, ir por delante en el marcador, era motivo para arrancar la arquetípica especulación que tanto disgustos nos ha dado pero hoy no. El equipo siguió inicialmente manteniendo los mismos ejes que le habían traído hasta ese lugar  y de esa manera empezaron a llegar jugadas clarísimas. El Atleti podría haber parecido entonces ese equipo letal y asesino que debería ser pero no era así. No había instinto. No había sensación. Adiós asesino. Las ocasiones llegaban, si, pero los delanteros atléticos se dedicaban a fallarlas con tranquilidad e insultante desparpajo. Daba la sensación de que el Atleti se sentía sobrado, relajado, falto de tensión. Entonces el Betis aprovechó para romper el partido. Ofreció un partido desquiciado de ida y vuelta y los cochoneros entraron al trapo. Inocentes. El equipo se rompió los espacios se abrieron...y el Betis empató. Faltaban diez minutos. Parecía increíble que un partido cuyo resultado más justo hubiese sido un 0-4 estuviese empatado. Pero más increíble fue cuando un par de minutos después los andaluces aprovechaban la pájara madrileña y la empanada de Courtois para ponerse por delante. La falta de ambición, la falta de oficio, la incapacidad manifiesta para cerrar un partido que estaba ganado hacía que se perdieran los tres puntos. O no, porque en esos escasos minutos de descuento si se pudo ver algo de orgullo, coraje, compromiso o como se le quiera llamar. El Atleti se fue a la desesperada arriba y en el último córner del partido, con el portero en la línea de remate, Falcao hacía el gol del definitivo empate que no aliviaba más que la honra.

El mito de jugar la Champions no está matemáticamente imposible pero si muy complicado. Un mito que en ningún momento ha merecido el equipo y que sería un éxito tan suculento como injusto. El Atleti que vimos hasta el gol era un buen modelo en el que creer. Un buen cimiento sobre el que construir. Para ello hace falta que lo que ocurrió después, esa galopante falta de instinto asesino, se destierre de jugadores y aficionados durante el próximo verano. El Atleti debe ser un equipo que mira siempre hacía la cima, por muy lejos que esa cima esté. Un equipo que cuando gana fuera de casa se saluda, se baja las medias y se va al vestuario sabiendo que no ha hecho más que lo que tenía que hacer. Un equipo que entiendo que entrar en puestos de Champions es lo menos que puede ofrecer a su público. Un equipo digno de llamarse Atlético de Madrid. 

The Pernice Brothers - Goodbye, Killer


¡Vamos chicos!

Valencia 0 - At. Madrid 1

Siento una gran lástima por la gente a la que no le gusta el fútbol. En realidad siento una gran lástima por esa gran cantidad de gente que no es capar de sentir pasión por nada, ni siquiera por el fútbol. No es cuestión de ponerse a teorizar, aquí y ahora, sobre la vida y sus circunstancias pero uno está plenamente convencido de que esa tibieza de la gente para con sus sentimientos está más relacionada con la pereza y el miedo que con cualquier otra cosa. Sentir pasión verdadera, desnudarte emocionalmente, agarrarte a una idea con ardor enfermizo tiene el riesgo de toparte con un muro de realidad o de falsedad o de decepción que hace mucho daño. Tanto como alta sea tu apuesta inicial. Este miedo a la decepción es lo que, para mí, hace que la gran mayoría de humanos prefieran tomarse la vida de otra manera. Lo respeto pero siento lástima por ellos. Asumiendo esto de la vida de una forma tan saludable evitará desde luego que pasen el día de nervios que yo he pasado antes de la semifinal o que pasaré dentro de dos semanas en la gran final de Bucarest pero a la vez me temo que evitarán del mismo modo sentir lo que es vivir. Sentir a flor de piel. Mascar, degustar y tragar la felicidad verdadera. Esa que no sabes de dónde viene. Esa que no se puede explicar ni repetir. Esa que es imposible comprar con dinero.

A las 7:00 de la mañana del 26 de Abril de 2012 (109 años después de que unos estudiantes vascos decidieran crear un club de fútbol en la capital que no tuviese nada que ver ni en forma ni en modos con un Madrid FC que ya adoctrinaba por entonces que sus genuinas artes) el que esto escribe mandaba a su cuenta de Twiter el siguiente mensaje: “¿Qué hago ahora yo hasta las 21:05?”. No era broma. No era gracioso. No era un intento de hacer un chiste ingenioso. Era la cruel realidad. Horas y horas de nervios contenidos. Horas y horas de vivir en un mundo el que tenía que hacer una cosa pero mi cabeza estaba en otro sitio. Horas y horas de no querer hablar de fútbol, ni ver noticias, ni dejar que cualquier cosa relacionada con la semifinal entrase en mi cabeza. No es una sensación agradable, pero es una sensación única. Es sobre todo el billete de entrada ese lugar escogido al que sólo acceden los que sienten la felicidad en su estado más puro e intangible.

A las 21:05, en la soledad del salón de mi alcoba (el resto de inquilinos decidieron no tentar a la suerte de esa alimaña que llevo dentro en momentos de nervios), adopté la posición oficial en el sillón de la suerte de mi casa (pies tocando el suelo, dedo pulgar izquierdo dentro de la mano derecha, etc…) y así me mantuve los 45 minutos que duró la primera parte. También los segundos. En los primeros compases las sensaciones eran buenas independientemente de la velocidad a la que mi corazón bombeaba la sangre. Alineación decente y jugando en campo contrario. Falsa percepción. Emery, ese personaje ridículo en el transcurso de un partido y que hace de la especulación en el fútbol un presunto arte, decidió ayer jugar al fútbol demostrando a sus aficionados (y a mí) que también sabe hacerlo. Aupado por el espíritu de la remontada y el ambiente de Mestalla pero también en una alienación valiente y arriesgada así como una disposición táctica brillante, el equipo valenciano se hizo dueño y señor del partido comiéndose a un Atlético serio y compacto pero aturdido. Los rojiblancos se echaron demasiado atrás, perdieron el balón (no sé con cuanto porcentaje de voluntariedad) y nuestra línea de peloteros (Adrián, Arda, Diego y Falcao) sufrió mucho haciendo lo que peor saben hacer: defender. Los levantinos elevaban la presión al máximo, abrían el campo con los laterales, equilibraban el medio centro dejando libertad de movimientos a sus jugadores de creación (especialmente Canales) para llegar con facilidad, velocidad y criterio a la frontal del área. El acoso era constante y la sensación de gol también. Nunca se sabe lo que hubiese podido pasar si el Valencia hubiera marcado en esos minutos de agobio pero no pintaba bien la cosa. Sin embargo estaba Godin (hoy si, soberbio), Miranda y sobre todo un Courtois que a modo de epifanía ha utilizado esta semifinal para eliminar el miedo que se le quedó incrustado en la piel durante el derbi.
La segunda parte fue otra cosa. Con Gabi sustituyendo a un Mario Suárez que nunca estuvo a la altura de las circunstancias el equipo siguió replegado pero más lejos de su área. El centro del campo empezó a no ser la autopista de la primera parte y encima llegó la desgraciada lesión de Canales. El cántabro fue hasta ese momento el mejor del partido y la clave táctica que revolucionó al Valencia pero ese giro de rodilla tiene una pinta penosa. Espero de corazón que no sea lo que todos creemos y pueda seguir jugando al fútbol como lo hace.
Con el equipo che algo desubicado tras la lesión y Mathieu buscando su sitio en el campo el Atleti sale de la cueva con el balón en los pies de Diego que mete un buen pase a lateral del área dónde aparece Adrian. Muy alejado del área y esquinado entiende rápido la falta de efectivos rojiblancos cercanos y decide empalar el balón para meterlo por la escuadra. El gol, independientemente de su significado, es una maravilla. Una obra de arte. Un gol que abre los ojos de esa estirpe de periodistas que únicamente sabe chapotear en el fango mediático del Madrid-Barça y que también caen rendidos ante la calidad superlativa del asturiano.
Fin del partido. Fin de la eliminatoria. ¡¡A la final!! Lo único reseñable tras el gol fue la absurda tangana que se formó en el área atlética tras una duda del árbitro respecto a un posible penalti que no fue y que impedirá a Tiago jugar la final por expulsión directa. Cuestionable la actitud del portugués que sin embargo creo que está siendo exagerada. Lo que realmente eché de menos no fue una lucidez de Tiago, complicada a todas luces en esas circunstancias, sino alguien con liderazgo en el campo capaz de coger a Tiago, llevárselo en seguida de la tangana y cortar el circo.
Y ahora la final. El único partido del campeonato en el que me da igual como se juegue. Yo en esto (también) soy de Luis Aragonés cuando dice que las finales no se juegan. Se ganan.
¡Vamos chicos!

The Boo Radleys – C’mon Kids



Canción turca de los malditos

At. Madrid 3 - RCD Español 1

El fútbol es un deporte de equipo por mucho que exista gente que no lo quiera ver. Personalmente no conecto con esa corriente circo-mediática que pretende hacernos creer que los equipos son básicamente su mega estrella, al estilo de lo que ocurre en la NBA, y poco más. Decir que el Barça de la última década es Messi es una estupidez. Una estupidez supina. El Barça es un señor equipo...que tiene una súper estrella. En el Atlético de Madrid capado de la era Gil las cosas siempre se piensan al revés y en este tema no iban a ser menos. El Atleti lleva lustros siendo todo lo contrario: estrellas sin equipo y eso explica un montón de cosas. Creo que en el exigente fútbol actual hay cosas de las que no se puede prescindir y ser un equipo es una de ellas. Plantillas muy flojas han conseguido alcanzar metas impropias de sus objetivos precisamente por ser equipos. Empastados, pegajosos, engranados, con las ideas claras. Equipos. Por eso hemos llegado a la situación en el que las grandes escuadras europeas tienen también que ser grandes equipos y lo son. El Madrid o el Barça resultan ser tan equipos como el Levante o el Osasuna con la diferencia de que igualado ese punto...aparece Messi. O Ronaldo o Xavi o Iniesta o Benzemá... o Arda Turan. Pero después, no antes.

La tarde era fantástica. Adoro el fútbol los domingos por la tarde con la luz del día. El estadio presentaba un aspecto magnífico, repleto como estaba de familias y niños, esos grandes perjudicados por la extrema codicia del tal Roures y del resto de Roures de este mundo. La grada tenía ganas de regurgitar las inolvidables sensaciones del jueves y eso es algo que se vio desde el principio. Bien plantados ambos equipos era sin embargo el Atleti el que dominaba adelantando la defensa, presionando muy arriba y tratando de que el balón estuviese siempre cerca de Diego o Arda o Salvio, éste último para regatearse a si mismo y perderla, como acostumbra. El primer gol llegó rápido, la los diez minutos, en saque de esquina lanzado por Diego y cabeceado por Godin en lo que ya empieza a ser marca de la casa.

Todo pintaba excelente y no había motivo para preocuparse por un partido que parecía encarrilado pero esos son precisamente los momentos en los que el Atleti decide dar el dichoso pasito atrás. Retrasó la línea defensiva y decidió no volver a jugar un balón en condiciones. A partir de entonces y hasta el final de la primera parte el patadón a las nubes fue el único recurso “futbolístico” de los rojiblancos. Algo que el bueno de Simeone tendría que hacerse ver, aunque para ser justos hay que reconocer que a ello ayudó también bastante las hechuras de un RCD Español que tiene una pinta excelente. Agil y ordenado en la presión, presenta sin embargo una actitud por el fútbol y el trato de balón que me resulta envidiable. Especialmente mirando la plantilla y viendo lo fácil que lo tendrían los entrenadores farfulleros (los que le gustan a MA Gil) para justificar lo ramplón. Lejos de ello los barceloneses se fueron arriba, se quedaron con el balón, impidieron el juego del rival y ser hicieron con el partido. Y empataron, claro, de forma totalmente justa. Un balón que recibe Sergio García en el área (con excesiva facilidad por la parsimonia de la defensa), recorta y pasa a Dirac para que haga la igualada.

La segunda parte comenzó muy parecida aunque afortunadamente para nosotros y para los tobillos de los rivales se había quedado en la caseta un Gabi algo desquiciado hoy, que se estaba ganando la expulsión con cada acción. En su lugar apareció un Mario Suárez que hoy si completo una actuación bastante interesante. El estado de letargo heredado del primer tiempo se olvidó a los diez minutos que fue lo que tardó el Atleti en volver a recuperar el balón, usarlo, imprimir velocidad y jugar con los de arriba. Y entonces si, apareció Arda Turan.

El turco, lo he dicho ya varias veces, es un jugador excelente. Imprevisible, eléctrico. De esos que cuando están inspirados son imparables. De esos que cuando los equipos, insisto, los equipos, están igualados aparecen para marcar la diferencia. De esos que ganan partidos. Cuando Salvio abría el espacio a Juanfran y este colgaba un balón al segundo palo se empezaba a fraguar la canción. La canción turca de los malditos. Esa colección de jugadores excelentes incomprendidos en ese sector ruprestre de la grada que sólo es capaz de ver jugadores corriendo y sudando. Esa lista de jugadores que han vestido esta casaca y que injustamente han sido pitados por dar la sensación de que no le ponen los huevos que hay que poner. Quique Setién, Valerón,... como a ellos, diez minutos antes de que ese balón colgado llegase a la bota de Arda un par señores que se sientan detrás de mí (y algunos otros) estaban poniendo a parir al jugador turco. Pero la canción de hoy les ha hecho callarse a todos. En un escorzo de media chilena Arda ha hecho un gol precioso que era un homenaje al fútbol, a él y a los malditos.

Subidos en la euforia desatada por el gol de Arda el Atleti salió enfurecido a cerrar el partido y lo cerró. La comunión entre grada y equipo era total y cuando además el Atleti juega verdaderamente da la sensación de ser imparable. Pelotazo a la espalda de la defensa adelantada de los periquitos que recoge de nuevo el turco para irse a la portería, recortar, rematar y con algo de suerte hacer el tercero. Y se acabó el partido, pero lo hizo para variar como deberían hacerse esas cosas. Controlando el juego, teniendo el balón y no dejando jugar al contrario. De esta forma el partido muere en campo contrario en lugar de tener que estar achicando agua e tu propia área en los minutos de descuento. Aparta de esas significativas ventajas también ha servido para ver un revisión de Salvio que desconocíamos, una versión útil, o para ver los mejores momentos de Mario Suárez en lo que va de temporada. 

Al acabar el partido el fondo sur reclamaba testosterona para el crucial partido del jueves y todos lo visualizamos. Llegamos bien. En condiciones. Con la moral y los jugadores. Allí nos vemos. Por favor, seamos entonces el Atlético de Madrid.

The Pogues - Turkish song of the Damned

Un paso más allá

At. Madrid 4 - Valencia 2

Cuando uno se hace socio del Atlético de Madrid (si, sé que somos abonados pero me repugna esa palabra) les aseguro que no lo hace para ver al Atleti. Eso lo puedo hacer, como la mayoría, a través de la televisión. No se trata de eso. Si uno deja normalmente todo lo que tiene que hacer ante la perspectiva de un partido en casa y diseña las actividades de su vida en función de los partidos que se juegan en el Vicente Calderón les aseguro que no es para ver al Atleti. Es para sentir al Atleti. Espero que al menos los aficionados a mi equipo entiendan la diferencia. Sentir al equipo. Algo que desgraciadamente está en extinción, en desuso, devaluado y que muchos cerebros cercanos al imaginario del equipo usan como excusa o como arma arrojadiza, según se tercie. Algo que por otro lado cuando ocurre no tiene comparación con prácticamente ninguna otra sensación y que no se puede comprar con dinero. Hoy ha sido así. Las dos horas que han durado el partido en el Calderón (y el antes y el después) fueron puro disfrute. Emoción a flor de piel. Diversión de esa tan intensa que no eres consciente del tiempo real que allí has pasado. Uno de esos partidos en los que tras un gol de dibujos animados de tu equipo eres capaz de abrazarte con media grada sin saber por supuesto quienes son. Fútbol. Ese concepto sodomizado, vilipendiado, manoseado y vulgarizado por una gran mayoría de los que viven de ello.

No me gustan los encuentros europeos con equipos españoles porque me da la sensación de no ser partidos europeos. Si encima enfrente tienes un equipo difícil, peligroso y correoso la sensación de frustración es todavía mayor. Temía que todo eso que me pasaba a mí se traspasase al césped  y tenía razones para pensarlo a tenor de las últimas actuaciones de mi equipo pero no fue así. El Atleti salió al campo sabiendo lo que se estaba jugando. Bien colocado (eso afortunadamente suele ser normal) pero también con la actitud necesaria. A por el balón y a por el partido. Como tiene que ser. Dentro y fuera de casa. SIEMPRE. No puedo decir lo mismo del equipo de Emery. Un equipo mucho más hecho y con una plantilla infinitamente más equilibrada que la rojiblanca que sin embargo tiene uno de esos entrenadores estrategas, mitad especulador de bolsa, mitad charlatán de feria, que construyen su ideario del fútbol en base a cosas ajenas al propio juego. El Valencia salió, como el Atleti otras tantas veces, a realizar un “buen papel”. A obtener un “buen resultado” para la vuelta. Lo que se llevó fue un buen revolcón que no refleja sin embargo el resultado.

El Atleti se hizo dueño enseguida y lo hizo con el equipo base haciendo de engrudo y los buenos haciendo de buenos. Especialmente el turco Arda. Un jugador excepcional de ademanes diferentes y estilismo original. De esos jugadores que la gran masa linchadora del “échale huevos”, “corre como un gamo” o “déjate la vida” suele tener enfilado cada dos por tres (Setién, Valerón, Ibagaza,…) pero de esos jugadores que el Atlético de Madrid necesita para salir de la vulgaridad en la que cómodamente reside. El turco, fuera de su posición habitual, fue el elemento que la ecuación de Emery nunca puede predecir porque es impredecible. Ahí nace el fútbol. Ahí nace la diferencia. En veinte minutos el Atleti era señor del partido pero su legendaria falta de pegada (si Falcao no recoge el balón) hacía presagiar lo peor. Para nada. La enésima incursión de Arda por la derecha acaba en un balón colgado que Falcao remata a la red de cabeza.

No me apetece criticar al equipo tras un partido tan maravilloso pero no puedo reprimir la necesidad de dejar por escrito lo que ocurrió después. Y es que ni entiendo ni entenderé porque el equipo tiene que echarse diez metros atrás después del gol ni por qué tiene que jugar de otra manera. Hasta el gol el Valencia ni había pasado del centro del campo. Ni una ocasión de gol. Después si. Ambas cosas. Aun así, el empate llega de forma injusta y gracias a un árbitro lamentable que demuestra una vez más que ser árbitro en Europa no es cuestión de talento sino de política y tragaderas. Fuera del tiempo reglamentario, tras un codazo impune a Gabi y con clarísma falta al portero, el Valencia hacía el 1-1 a balón parado mal defendido que para mí se traga el bueno de Domínguez. El más flojo de los colchoneros todo el partido y dando la razón a Simeone para su suplencia.

Pero la plantilla tenía metido el partido en el cerebro (¡gracias Simeone!) y salió a matar o morir. Enseguida volvieron las cosas al lugar que nunca debían haber abandonado y enseguida el Atleti se volvió a poner por encima tras magistral saque de falta de Diego y remate de Miranda. Por alguna razón lo que ocurrió después también fue distinto. El Atleti siguió con la misma idea, el mismo dibujo y la misma intensidad. Y vino lo mejor. Los cuatro de arriba se echaron el equipo a la espalda y el colchonerismo se emborrachaba de adrenalina. El cuadro madrileño era un vendaval imparable para un Valencia al que hacía ya mucho tiempo que no le funcionaba su plan de intentar que no pasase nada en el campo.

Las oportunidades fueron muchas pero los goles fueron maravillosos. El tercero tras robo de Mario y cesión a Adrián que el asturiano aprovecha para encarar la puerta, abrirse a la derecha y cruzar por bajo. El cuarto, mi actual ronquera está causada por semejante obra de arte, tras cambio de juego a la derecha que recoge Falcao, recorta a dos rivales en la frontal del área desde donde lanza un zurdazo brutal que entra por la escuadra. Golazo del colombiano. Un crack.

El Calderón era una fiesta a partir de entonces y lo fue hasta el final. Lo fue, a pesar del jarro de agua fría que supuso un segundo gol del Valencia injusto a todas luces, nuevamente fuera de tiempo y nuevamente tras balón parado mal defendido. Un gol que si no directamente si al menos indirectamente viene provocado por, de nuevo, ese pasito atrás que da el equipo y ese intento desesperado desde el banquillo por parar la euforia. La euforia es mejor no pararla Simeone. Especialmente cuando el rival está muerto. Especialmente cuando tú estás, para variar, tan vivo. En lugar de un paso atrás mejor un paso más allá.

Gran partido, resultado engañoso, magnifico Atleti, lamentable rival y patético árbitro. Si el Atleti sale en Mestalla con el mismo nivel de juego e intensidad creo que estaremos en Bucarest. El problema es que el Atleti es el equipo de las mil caras. Especialmente lejos de ese Vicente Calderón que hoy rugía como en sus mejores tardes. Hay una semana para prepara el partido pero estimados colchoneros ténganlo en cuenta. En caso de duda, siempre, un paso más allá.

Madness - One step Beyond

Odio verte así

Rayo Vallecano 0 - At. Madrid 1

Durante años, décadas, el Atlético de Madrid ha vivido, de forma voluntaria e injustificada, colgado del síndrome de la situación límite. Ya saben, ese lugar en el que apelando a la desesperada, a la épica, al resultado como una opción de vida, todo vale. Incluso las propuestas más chabacanas y cobardes. Incluso cuando después nunca se consiguen resultados. Muchos equipos modestos, de bajo presupuesto, acuciados por la escasez de puntos o las deudas se ven obligados a ello. Plantillas limitadas en calidad y construidas con cuatro duros que apelan al trabajo, al esfuerzo, al rigor táctico, a la testosterona… Equipos que deciden construir una muralla defensiva y esperar a la divina providencia para pillar un “contrataque”. Equipos que saben que en un cuerpo a cuerpo pierden porque el delantero rival vale más que todo su propio club. Puede resultar lógico que en esas circunstancias, aunque resulte que encima muchos de esos equipos luego apuestan por el fútbol como opción viable y les sale bien. Hasta es creíble la idea de que no tienen otra alternativa, pero me entra la risa cuando lo veo aplicado a un equipo como el Atlético de Madrid, con un estadio de más de 50000 espectadores, ligas, copas, trofeos internacionales y que regularmente salta al campo con carísimos mundialistas e internacionales. Este mundo sin embargo, el del pobrecito desgraciado que no le queda más remedio, es el hábitat natural de los entrenadores que MA Gil y sus asesores financieros traen al Atlético de Madrid. No me hagan repetir tan dramática lista. También es el lugar común de esa parte de la afición asesorada por los periodistas vedette (o graciosetes) que parecen marcar la edulcorada ideología rojiblanca en los últimos años. Llevamos dos décadas apostando por una forma de entender el fútbol zafia, cobarde e incoherente con la historia de este club pero ahí seguimos. Y disfrutando.

El Atleti, el del millón de aficionados, más de cien años de vida, el de los 40 millones por Falcao, los 9 títulos de liga, etc… jugaba hoy con el Rayo Vallecano. Un equipo en el que juegan cedidos los jugadores que el Atlético de Madrid no quiere y que compra los mediocentros que nosotros, conocidos en el mundo entero por la calidad de nuestro centro del campo, echamos por “malos” (léase Movilla). Un equipo con la décima parte de aficionados, con infinitos menos recursos, tradicionalmente peleando si armas y con el corazón por mantenerse en primera división, acuciado brutalmente por las deudas, en suspensión de pagos, con un entrenador demandado y un presidente muy misterioso que acaba de sustituir a ese personaje tan infeccioso de apellido Mateos.

Si tienen todo esto en la cabeza y se ponen a ver el partido se echan a llorar. Eso es precisamente lo que hice yo. El único equipo que saltó al campo a intentar jugar al fútbol fue el Rayo Vallecano. El único equipo con carácter y orgullo para tratar de ganar el partido a base de dominarlo fue el Rayo Vallecano. Un Rayo Vallecano con además cinco bajas importantes en su plantilla. Enfrente el equipo titular del Atlético de Madrid en su versión ultra cobarde (y digo ultra porque cobarde suele ser siempre). El equipo que en verano dice pagar 40 millones de euros por un delantero (y que a nadie le sorprenda) salió al campo a encerrarse en su campo y a mandar pelotazos a un Falcao que, 40 metros alejado de sus compañeros, trataba sin éxito y a base de saltos tribales que el cuero de la pelota pudiese alguna vez volver al césped. El tercer equipo con más títulos de España salió en Vallecas a esperar a un contrario al que consideraba mejor que él. No era respeto, era miedo. Lo de siempre.

La primera parte fue una oda al anti fútbol. El Rayo salió derrotado en su propuesta por tratar de crear y mover eso tan repugnante para los colchoneros modernos como la pelota. Los de Simeone ganaron en su empeño por que no se jugara y que todo transcurriera por los derroteros del físico, el cese de espacios, los golpes y los pelotazos. Aun así, a balón parado, la única forma en la que los que vestían del Atleti entienden que se puede disputar un partido, el Rayo estuvo a punto de abrir el marcador y cerrar el partido. Sólo Courtois con una excelente parada impidió que un remate de Tamudo se transformase en gol. Mario Suarez estuvo a punto de hacer lo mismo en la portería contraria tras otra falta pero el canterano, más coherente con su labor en el campo, decidió rematar el balón fuera del campo. Poco más se puede decir del primer tiempo. Cojan las palabras que los cronistas de medio pelo usan, ya saben eso de igualdad, equilibrio táctico, derroche, respeto mutuo,… y tendrán una crónica tan solvente y real como intrascendente.

La segunda parte fue muy parecida pero marcada por el bajón de los de Sandoval, un bajón probablemente sustentado en la pertinaz carencia de pegada del Rayo. Dominio, actitud, buenas formas, carácter, intención de crear,… pero falta de millones. Los millones que si están al otro lado en forma de un colombiano que una vez más fue el mejor del partido. Primero jugando en solitario a la lucha greco-romana (sin protestar) con la defensa contraria. Después tratando de llegar generosamente a esas zonas del campo en las que se hace vulgar para tratar de hacer algo distinto. Más tarde derrochando coraje y corazón en su infructuosa búsqueda por tirar diagonales y buscar un remate que no le ponen. Finalmente haciendo lo que mejor sabe, meter goles. Juanfrán (lo mejor de era Simeone) mete un buen balón en profundidad. Raúl Bravo (ese que gracias a su madridismo estigmático la caverna mediática nos quería vender como estrella) resuelve con negligencia para que Falcao resuelva con maestría. Primero en la recepción, después en el regate y por último batiendo al portero cara a cara pero desde lejos.

Final del partido. Mientras el Atleti se armaba de razones para seguir haciendo lo mismo que hasta entonces el Rayo se dejaba llevar sin demasiada convicción, lo que de hecho provocó algún sucedáneo de contrataque por parte colchonera.

La victoria fuera de casa se venderá como un éxito que vuelve a meter al equipo en la tristísima pelea por las plazas europeas. ¿Lo es? Los manoletes y palmeros de la noche (y del día), en las ondas o en papel, verán la victoria como ese mal menor que “nos hacía falta”. “Ahora lo importante son los puntos”, nos venderán desde la pista principal del circo del fútbol para justificar la cobarde mediocridad y la insultante falta de espíritu. Como si alguna vez los puntos no fuesen importantes. Desde supuestas voces autorizadas y formalmente cargadas de colchonerismo nos avisaran de que esta es la forma para hacer las cosas y el camino a seguir. Habrá incluso quién con toda desfachatez y falta de rigor nos venda eso de que esta es la forma tradicional de jugar del Atleti, al contrataque. Dudo que alguno de esos advenedizos viese jugar alguna vez al mítico Atleti del contrataque. Dudo que sea así y se atrevan a decir algo tan ofensivo. Si lo hubiesen hecho sabrían que no tiene absolutamente nada que ver aquello con el actual pastiche de cobardía. Salir en vertical no es dar pelotazos. Acortar el espacio no es encerrarse en su área. Apostar por la velocidad no es despreciar el balón.

Aun así, lo que más me duele es ver al colchonerismo visible de acuerdo con esta bazofia. Odio verte así, Atleti. De hecho, me repugna.


Fountains of Wayne - Hate to see you like this

Marchitándome otra vez

At. Madrid 1 - R. Madrid 4

Cuando en 1903 el grupo de estudiantes vascos que estaban viendo un partido entre el Madrid y el Athletic de Bilbao decidieron crear un nuevo equipo de fútbol en la capital lo hicieron, entre otras razones, para no parecerse a ese Madrid que luego sería Real. Viendo la soberbia, arrogancia y malas artes de jugadores y aficionados del club “blanco” aquellos pioneros vascos, y un nutrido puñado de madrileños que se sumaron a la idea, decidieron básicamente que lo que querían era no ser eso. Es decir, desde la propia fundación, el Atlético de Madrid ya era anti-madridista. Esto no lo sabe, ni lo entienden los raptores que dicen ser dueños de la entidad y que como proxenetas sin escrúpulos trafican con el escudo, la historia y los activos del Atleti o si lo saben les da igual. Es evidente. Probablemente les de igual porque de hecho es probable que estén más cercas de las planteamientos vitales del Real Madrid que de los nuestros, que no suyos, los del Atleti. Todo esto no creo que lo sepan la mayoría de periodistas (ellos a lo suyo, que es dar de comer a la gallina de los huevos de Oro del Madrid-Barça) ni el resto de aficiones pero nosotros no deberíamos olvidarlo nunca. Antes de hablar de fútbol, o como se llame, quería abrir esta doliente crónica con este historia por dos razones. Primero para que no se olvide. Segundo, y más importante, para que seamos conscientes que la debacle, lo constante desidia, la esperpéntica y humillante situación en la que ha quedado esa preciosa idea que surgió en 1903 tiene su epicentro en el apellido Gil, en sus herederos y en sus albaceas. El resto de agentes que participan en la carnicería, entrenadores, directores deportivos, aficionados, periodistas,… con mayor o menor tino, con mayor o menor responsabilidad no son más que elementos “necesarios” que con aceitosa fiabilidad se adaptan al podrido esqueleto diseñado por esa estirpe familiar para beneficio propio.

“Me marchito de nuevo, esperando algún sitio en el que estar, resbalando de ese mundo bajo el árbol…”

Y ahora nos vamos al partido. Esa tradición que se cumple como la de semana santa. Ambientazo pre-partido, desazón insoportable a la hora de retomar el camino a la cama. ¿Por qué? Pues me da mucha pereza hablar de ello, la verdad. No creo que se pueda resumir en una frase. O sí. En realidad da lo mismo teniendo en cuanta que el año que viene tendremos que repetir la misma historia. En otras ocasiones el sensacional ambiente del Calderón había servido para todo lo contrario de lo que debería servir. Es decir, para espolear al rival (que se crece en terrenos hostiles) y para amedrentar a los locales (que está acostumbrado a asustarse hasta de sus sombra). Esta vez ha sido diferente. El Atleti salió al menos bien plantado en el terreno y con el nivel de mentalidad suficiente como para no hacer el ridículo. Enfrente un Madrid especulativo y sin brillantez pero fuerte y letal. La primera parte se pasó casi toda ella en ese baile de respeto mutuo. Presión, equilibrio, cierre de espacios, salidas en vertical. Ninguno de los dos llegaba pero la sensación de peligro era constante. Justo es decir que ninguno de los dos trataba de construir o crear tampoco. Ambos equipos se basan en un ladrillo defensivo impenetrable y unos estiletes que surgen a partir de la zona de tres cuartos. Los mejores del Atleti (Diego, Arda, Adrián) demasiado constreñidos en tareas defensivas, los mejores del Madrid (Ronaldo, Di Maria, Ozil) bien cerrados o en el banquillo. También estaba Kaka pero esa es otra historia. Como la de Gabi, ese muchacho que siempre juega por decreto y que siempre tiene que hacer una falta de más.

La distancia eran tanta que parecía ridículo intentar lanzar la falta directamente pero es que todo alrededor de Cristiano Ronaldo parece ridículo. Un portento físico tan buen jugador como sumamente estúpido. Si el portugués no fuese tan majadero, engreído, petulante y desagradable seriamos muchos más los que nos rendiríamos ante sus muchos recursos futbolísticos pero yo no me rindo. Se me hace imposible admirar grotescos esperpentos de este calibre. Paso. Seguiré negando cualquier elogio a tan repugnante personaje. Pero la realidad resultadista me deja sin argumentos cuando luego hace lo que hace. Es así. Será la potencia, será el balón, será la mecánica cuántica pero el balón vino desde el cementerio de la Almudena para alojarse en la red colchonera. Courtois se la come. El belga está haciendo una campaña excelente pero fue a fallar en el día que más duele. A partir del gol el Madrid activó el modo especulador (patético y cuestionable con la plantilla que tiene pero al final efectivo) y trató de parar el encuentro para matarlo a la contra. A punto estuvo con un remate de cabeza de Benzemá. El Atleti acusó el gol pero bastante menos de lo que nos tiene acostumbrados y acabó la primera parte teniendo el balón y dando la sensación de que había partido.

La segunda parte comenzó rara. Con un Atlético ligeramente más valiente pero sustancialmente más errático y aturdido. Pero vino bien la apuesta. Tras un par de avisos en forma de triangulaciones Adrián cuelga un balón desde la izquierda que Falcao mete en la red con la cabeza. El estadio se vino abajo. Es de esas veces en las que te abrazas con todos los que tienes alrededor sin saber quiénes son. El espíritu colchonero se puso en su punto de ebullición, las gargantas se quebraban y a los madridistas, aunque ahora lo nieguen, les entró el canguelo. Todo eso pasó fuera del césped. Dentro desgraciadamente las cosas no son iguales. Los blancos, juegue quien juegue, se llame Amavisca o Cristiano Ronaldo, saben no sólo que tienen que ganar sino que van a ganar. La institución no les deja sentir otra cosa. En Atleti, desgraciadamente gracias a la institución, las cosas ya no son así. Los años y años de mensajes ambiguos, cobardes y empapados en mediocridad desde la directiva, la estirpe de entrenadores nacidos en la mediocridad del juego y los resultados mediocres o la extensa colección de jugadores mediocres, malos y asépticos que han vestido injustamente nuestra camiseta en los últimos años han hecho bien su trabajo. El Atleti es ahora un equipo cobarde, mediocre, sin personalidad y con todos los defectos de los equipos grandes pero también de los equipos pequeños. El Madrid se fue a por el partido y el Atleti se vino abajo. Incomprensible teniendo en cuenta que venía con la inercia de la remontada, que estabas en tu campo y que 50.000 personas te estaban empujando desde la grada. Pero fue así. Y es cierto que el Madrid es muy bueno y que se fue arriba y que el Atleti está justo de fuerzas pero hay cosas que no se entienden. Como ver a Courtois perdiendo tiempo con el 1-1. Como ver a los once jugadores en el área. Como ver los patadones sistemáticos cada vez que se recuperaba el balón. Es más, un equipo con personalidad, insisto que jugando en su campo a rebosar, hubiese parado el arreón del rival por las buenas por las malas. Con juego o con faltas. No ocurrió nada de eso. El Madrid tiró de casta y millones mientras el Atleti se refugió en la mediocridad de su discurso más mediocre. Ese que abrazamos desde antes de bajar a segunda división.

“…y no necesito ser una estrella de cine…”

Y pasó lo más lógico. Con el Madrid encimando y jugando en el área colchonera apareció nuevamente Ronaldo para nuevamente reventar el balón desde la frontal del área y que nuevamente Courtois se la comiera. Si, creo que también se la come. Debo decir que en ese momento la tristeza se me colaba por todos los poros de mi cuerpo pero que viendo la bochornosa, lamentable y pestilente celebración de personajes como el propio Ronaldo o ese coleccionador de enfermedades mentales y psicóticas llamado Pepe me sentí muy orgulloso de ser aficionado al Atlético de Madrid pero sobre todo de no serlo de ese equipo mentiroso y zafio que reparte por el mundo ese señorío de papel que no se cree nadie más que ellos.

El segundo gol mató el partido. El Madrid volvió a su modo especulativo pero enfadados y con la lección aprendida. No iban a dejar que el Atleti volviera a subirse a la chepa. Los rojiblancos, cabizbajos, sin carácter ni orgullo, trataban de estirarse pero los merengues salían como afilados puñales cada vez que podían. Godín, el único animal que tropieza sesenta veces con la misma piedra, se encargó de finiquitar el encuentro entrando como el tren de mercancías sobre Higuain dentro del área. Les suena, ¿verdad? El definitivo 1-4 de Callejón entra, para mí, en el terreno de la anécdota dentro de un partido ganado con un equipo hecho a base de millones (pero hecho) y un pseudo equipo deshecho también a base de millones.

Derrota que nos deja dónde estábamos. Ni más ni menos. A eso supongo que se agarrarán los mediocres que como champiñones venenosos surgen con más frecuencia en la grada del Calderón y alrededores disfrazados de colchoneros y de optimistas. Esos que a mí me llaman agorero y pesimista. ¿Pesimista? Puede que lo sea pero más bien creo que me ciño a la realidad. Es difícil creer en un dueño escurridizo, procesado y mentiroso que lleva diez años vendiendo la sangre del Atleti en el mercado negro y diciendo que no lo hace, un presidente de cartón piedra que representado las mediocridad casposa de humor zafio resulta que representa a mi equipo, una dirección deportiva con tanto criterio profesional como verbal y una plantilla cuya columna vertebral (Courtois, Tiago, Diego,..) ha llegado cedida, las estrellas (Adrián, Falcao,…) aparecen como vendidas en las portadas cuatro meses al año sin que nadie diga nada, un buen puñado de picapedreros sin personalidad que nadie recordará ni en este club ni en ninguno y una plazas de extranjero, destinadas en teoría a elevar el nivel de la plantilla, ocupadas por especímenes como: Salvio o Miranda.

Marchitándome otra vez.

“…bagando por el mundo, buscando algo que poder hacer…”

Seth Swirsky – Fading Again

Un sueño ocasional

Levante 2 - At. Madrid 0

Hace pocas semanas tuve un sueño. El Atlético de Madrid, el equipo del cual inocularon su espíritu en mi sangre cuando uno todavía no era consciente de ello, volvía a ser un equipo respetable y respetado. Al menos en el campo del fútbol. Allí no acertaba a ver grandes muchachos galácticos de ademanes estúpidos y soberbia de Starbucks. Tampoco veía nombres de bambalinas ni peinados extravagantes. Allí veía un equipo. Un equipo que ganaba y que perdía. Que tenía buena y mala suerte. Que a veces jugaba bien y otras no le salían las cosas. Que tenía éxitos y fracasos. Un equipo que no todo el mundo entendía pero un equipo que era temido y respetado. Un equipo que SIEMPRE (y repito SIEMPRE) salía a ganar. Contra los buenos y contra los malos. En casa y en la otra punta del planeta tierra. Empezando y terminando la temporada. Por la mañana y por la noche. Por delante y por detrás en el marcador. En la ida y en la vuelta. Con sol y con nieve. Con el aliento de la afición o con la pestilente halitosis del rival mas encarnizado. Cansados o descansados. El Atleti, mí Atleti, salía al campo a jugar siempre igual y siempre a lo mismo. Por encima de modas y estupideces. En un mundo en el que la especulación se dejaba para las quinielas, el Black Jack o los equipos del montón. Hace pocas semanas vi ese Atleti en Roma y pensé que estaba viviendo una realidad y que por fin podía poner el marcador a cero. Estaba equivocado. Parecía real pero era ficción. Como otras tantas veces era, simplemente, un sueño ocasional.

Si alguien sigue este blog desde hace tiempo y tiene la santa paciencia de aguantar mis subidas y bajadas de ánimo sabrá que no soy esa clase de aficionado que basa su argumentación en resultados o títulos. Lo que reclamo, como un idiota gritando en un desierto, es valentía, respeto por la esencia del equipo, honor y fútbol. Con todo eso vendrá lo demás y si no viene me dará igual. Seré aficionado del Atlético de Madrid y eso, como una vez dijo con tino Vicente Verdú, será suficiente para mí. Ojo, aficionado del Atlético de Madrid, pero no de este sucedáneo de cartón piedra que no se parece a la realidad más que en la fachada de una camiseta y un escudo que llevan décadas arrastrando impunemente por el fango.

Y soy consciente de que el problema de esta broma macabra está fundado y enquistado en los despachos de la institución. Una institución usurpada, espoleada y violada por una familia de tramposos públicos y conocidos que sólo en un país de “listos” como este, en el que los delitos prescriben y a nadie le importa un carajo, pueden seguir ejerciendo fuera de la cárcel, sin que ningún dirigente se despeine o los periodistas, tan escrupulosos para otras cosas, dejen de tomarlos en serio. Y soy consciente, si, pero uno no puede dejar de pensar que hoy a las 11:59 estábamos a 5 puntos del rival que marcaba la clasificación de la Champions League y que nos enfrentábamos precisamente contra el. Hoy a las 11:59 había 11 tipos representando al Atlético de Madrid y sobre sus hombros caía el peso de la historia y el orgullo de la esencia de este club. No sé si alguien se lo había dicho pero no me da la sensación de que fuese así. El Atleti que yo conozco, al que me hicieron aficionado, tendría que haber salido hoy a matar o morir. No hay otro camino. No hay mañana. Jugándoselo todo y sabiendo que cualquier cosa que no sea ganar era un premio menor. Es más, sabiendo que incluso ganando esa cuarta plaza el premio era menor. Lo mínimo imprescindible.

Pero no. A las 12:01 ya vimos que lo que estaba sobre el césped del levante era el sucedáneo de todos los años. El equipo apocado y cobarde que sale a esperar al rival. A ver qué pasa. A no perder. A no jugar. El equipo que no quiere mandar. El equipo que entiende que no tiene ninguna obligación de nada más que de tratar de mantener su portería a cero. De dejar pasar el tiempo. De jugar con esas cosas que conforman lo que algún estúpido denomina el otro fútbol. A especular. A chapotear en el fango de la mediocridad. Esa mediocridad espesa y pestilente en la que al parecer están “todos los demás” y por eso no debería doler. ¿Todos? ¡por Dios! ¿Pero no se supone que somos el Atleti?

Si quieren saber algo del partido les recomiendo que en lugar de leer sesudas crónicas intenten ver los primeros diez minutos del mismo. No necesitan más. Verán todo lo que hace falta ver. Verán a un equipo, el valenciano, que cree en si mismo, que sabe a lo que juega, que es consciente de sus límites pero ese conocimiento lejos de restarle un ápice de ambición lo subraya y amplifica. También verán todo lo contrario. Una banda de millonarios que no sabe a lo que juega (probablemente porque cada día, dependiendo del rival, el tiempo, la luna, la hora, el horóscopo y el precio del barril de crudo, es diferente), que no tiene conocimiento del valor de la camiseta que están defendiendo, que no tienen ni idea de cual es el objetivo de la institución (o tienen la idea equivocada que la propia institución transmite), que carece de cualquier tipo de ambición y que se siente inferior a cualquiera que se ponga delante. Se llame FC Barcelona o Levante. Nos doble en presupuesto o tengamos diez veces más presupuesto que el rival. Da igual. En esos diez minutos verán a un Levante que sale al campo a matar y un Atleti que sale al campo. Simplemente. Que sale al campo. Un Levante que sabe hacer dos cosas bien y provoca que todo lo que pase en el campo esté encauzado para que se puedan dar esas dos cosas. Un Atleti que no hace nada más que esperar a la segunda parte para tratar de hacer algo parecido a jugar al fútbol. A los dos minutos Valdo remataba de cabeza al borde del área un pase envenenado desde la izquierda. ¿Por qué en el minuto 2 alguien puede poner tan fácil ese pase? ¿Por qué en el minuto 2 un delantero puede rematar cómodamente ese balón? pues la explicación mayoritaria hablará de lo ingenuo de la defensa. Puede ser, pero lo que tengo claro es que si el balón hubiese estado en el campo del Levante, si los 22 jugadores hubiesen estado cerca del otro área, las cosas hubiesen sido diferentes. Cuando Koné hizo el segundo (una falta muy bien sacada desde la derecha y muy mal defendida por el Atleti) los colchoneros todavía no habían pasado del medio campo. ¿Para qué? Está claro lo que buscaba uno y otro equipo al saltar al terreno de juego.

A partir de ahí un equipo supervitaminado y crecido frente a un asustadizo, aturdido y atolondrado Atleti que no sabía que hacer. Lógico. Un equipo que había sido diseñado para huir del balón, cerrar huecos, “equilibrar” el campo, defender, achicar, especular, dar patadones, etc... diez minutos después tenía que crear fútbol y ocasiones de gol. Absurdo. Y más absurdo todavía si el centro del campo, por llamarlo de alguna forma, está compuesto por Gabi y Mario (manteniendo ambos la regularidad de seguir haciendo partidos calamitosos sine die) y el jugador más adelantado es esa engañifa sin gracia llamada Salvio. Absurdo y hasta insultante. 80 minutos que sirvieron para que aumentara el cabreo del que esto escribe, para volver a ver el nombre de mi equipo humillarse y para dejar claras varias cosas: que si el Atlético de Madrid ha sido incapaz este año de colarse en Champions es porque la ruina deportiva es sólo comparable con la ruina institucional. Que el problema no es una cuestión de entrenador o jugadores (que también) sino de la filosofía casposa y mediocre que se ha instaurado en el Atlético de Madrid. Que aun buscando el beneficio personal y la comisión más rentable es imposible pergeñar una plantilla peor y más desequilibrada. Que es difícil ponerse a jugar al fútbol de repente cuando no te has preocupado de ello en años. Y que es absurdo soñar ocasionalmente con sueños ocasionales. Espero no ser tan ingenuo de volver a hacerlo.

David Bowie - An Ocassional Dream

Me gusta hacia dónde va todo esto

Hannover 96 1 - At. Madrid 2

Hace tres meses uno debatía apesadumbrado en la grada del Calderón sobre los puntos que hacía falta tener para no perder la categoría de primera división. Hoy estoy pensando en que conozco Rumanía pero que nunca he estado en Bucarest y quiero conocerlo. Así es el fútbol. Quizá sea el efecto estupefaciente de la noche de Hamburgo, que tuve la suerte de disfrutar, o quizá sean los años que ya pesan pero quiero ir otra vez a la final. Y me da igual la temporada penosa, la planificación apocalíptica, los ladrones que esquilman el club de mis amores o la primera parte que nos hemos tenido que tragar hoy. Seguiré criticando y luchando con todas mis fuerzas para cambiar todo ello porque creo que es perjudicial para el Atleti y que ese no es el camino a seguir, pero no pienso avergonzarme de decir que quiero jugar la final de la Europa League y ganarla. Hoy el Atlético de Madrid ha ganado en Alemania, en Hannover, y con ello garantiza su pase a la semifinal de la competición. Me gusta hacia dónde va todo esto.

Pero hemos sufrido. Poco si lo vemos en perspectiva y con datos en frío pero hemos sufrido. Y lo hemos hecho de forma completamente inmerecida y hasta me atrevería a decir que gratuita. El rival en cuestión era un correoso y espesísimo equipo alemán clavado en la más estereotipada tradición germana. Táctico, físico e incómodo. El Atlético de Madrid era y es mejor equipo de fútbol pero el problema ha llegado cuando nos hemos equivocado de deporte tratando de jugar a aquello a lo que precisamente proponía el rival. A no jugar.

El partido de ida ya me resultó inquietante y descorazonador en ese sentido pero conseguimos salvarlo con mejor resultado del merecido. Estaba hoy ansioso por ver como encararíamos la vuelta en el feudo de Hannover y rezaba todas las noches por ver aquella maravilla que nos deleitó en el olímpico de Roma pero nada más lejos de la realidad. El planteamiento de Simeone ha sido lamentable. Con la mejor alineación que tenía sobre el césped (en esto ni un solo pero) el conjunto colchonero salió a defender en su campo, a dar pelotazos, a regalar el balón y a lucir táctica y físico. Un imperdonable error frente a un equipo que sólo en ese terreno puede hacer algo. A base de faltas, rechaces cerca del área, córners gratuitos,...los alemanes fueron los grandes dominadores de la primera parte. Aunque a ciencia cierta apenas llegaron con claridad a la puerta de Courtois la sensación sin embargo fue de constante nerviosismo. Errores en la zaga, desajustes,... a nadie le hubiese sorprendido un gol estúpido del equipo germano. Falcao perdido en emigración, Adrián peleando contra si mismo, Diego desquiciado y desplazado en una banda (la tarjeta que le sacan es precisamente fruto de la desesperación del que quiere jugar y no le dejan), Mario empeñado en demostrar que tienen razón los que dicen que no sabe dar un pase bien,... Un equipo atenazado y atemorizado. Esa es la clave. Una cosa es el respeto por el rival y otra el miedo enfermizo. El Atlético de Madrid salió hoy al campo muerto de miedo y eso, como sabemos muy bien, lo convierte en un equipo vulgar, mediocre y vulnerable. Tras 45 minutos horribles de de ese fútbol que se ve en la cuarta división escocesa con un campo embarrado, lloviendo a todo llover y en un partido dónde sólo juegan centrales, se llegó al descanso con la sensación de que o cambiaba el panorama o nos volvíamos con el rabo entre las piernas.

Simeone salió en la segunda parte con el mismo once, pero el equipo fue otro. Con Diego por delante de los medio centros y detrás de Falcao, adelantando la línea de presión diez metros, tratando el balón como se merece y robando la pelota al rival para tratar de hacer algo con ella, el partido cambió de color. Seguía sin ser un partido bonito o fluido pero las sensaciones eran muy diferentes. Diego jugaba y todos jugaban. Koke aparecía con mejor sentido, Filipe subía con criterio, Tiago (para mí el mejor hoy del Atleti) equilibraba el equipo con sentido y siempre era la salida y el tapón, Adrián se sentía más libre y la defensa se veía más protegida y mucho más segura. Los alemanes desaparecieron.

El Atleti llegaba sin mucho peligro pero cada vez con más veneno. En un contrataque bien ligado Falcao se escora en exceso y dispara mal delante de la portería. La cosa estaba controlada si, pero fue ahí cuando apareció el talento de Adrián. En una jugada trabada dentro del área el balón acaba en los pies del asturiano que en lugar de precipitarse con un tiro apresurado tiene la sangre fría de regatear en una baldosa a todos los que salen a su paso hasta quedarse solo delante de la portería y hacer el primero. Golazo de Crack.

El partido pasó entonces a una fase de fútbol control pero del que a mí me gusta. Con el equipo jugando en campo contrario, teniendo el balón y minimizando los riesgos. Los alemanes se vieron (¡por fin!) obligados a quitarse el traje de picapedrero y tratar de ir a por el partido pero como fuera de su rigor táctico y el generoso físico no tienen nada más, decidieron recurrir a colgar balones al área y provocar faltas lo más cerca posible de la zona de gol. Simeone decidió entonces echar un cable a los alemanes poniendo a Salvio en el campo. El argentino, una vez mas, volvió a demostrar que no es un jugador para jugar en este equipo. Un jugador cuyo “éxito” se basa en una mezcla rara de instinto y suerte pero que a la larga resulta insuficiente. Su banda pasó a ser un coladero y su aportación en ataque fue básicamente la misma que la mía: ninguna. No parecía sin embargo que la cosa cambiaría mucho pero un saque de banda largo desde la derecha y un pequeño despiste hicieron que Diouf marcase el empate de tiro ajustado al poste y entrasen los nervios.

El Hannover trató de poner más tensión, más calor, más pundonor y más balones en el área pero el Atleti, ahora si, sacó la casta y el orgullo tapando los huecos y reduciendo al mínimos sus errores. Y además apareció Falcao. Una llegada al área con Diego llevando la batuta y dejando un pase bombeado al Falcao que el colombiano para con el pecho y remata de media volea con tal precisión y violencia que solo la repetición deja ver la belleza del vuelo del balón. Un 1-2 que cimentaba la desesperanza del rival y que servía para que todos los colchoneros empezáramos ya a celebrar el pase.

Así que estamos en semifinales. El Valencia se presenta como un rival tremendamente difícil pero estando tan cerca de la gloria es de entender que casi cualquiera lo sea. Si conseguimos que en la eliminatoria salte al campo el Atlético de Madrid y no cualquier otro sucedáneo artificial como hoy creo que tenemos tantas posibilidades como el Valencia de llegar a la final. Lo veremos. En cualquier caso insisto, me gusta hacia dónde va todo esto.

Eels - I like the way this is going

Tú lo haces sencillo

At. Madrid 3 - Getafe 0

Luis García, entrenador del Getafe, decía durante la rueda de prensa posterior al partido, con una sutil pero torpe ironía que envolvía en amabilidad un evidente reproche, que el Atleti era un equipo de contrataque y que lo había demostrado. Detrás de esa manida y quizá hoy algo inoportuna frase entiendo que lo que lo que quiere decir es que el Atleti es un equipo vertical, que no elabora, que no pretender dominar el juego y que renuncia al juego y la creacción por principio. ¿Tiene razón Luis García? No lo sé. Esa era desde luego mi sospecha cuando el bueno de Simeone aterrizó en el Manzanares pero no fue desde luego la evidente realidad en los primeros partidos de la nueva era. En contra de lo que mucho aficionado básico suele propagar a los cuatro vientos existen muchas formas de jugar al fútbol tratando de dominar el juego sin ser el Barça. El Athletic de Bielsa es un buen ejemplo de ello, hay más, y el Atleti de los primeros partidos de Simeone también lo es. No podemos decir lo mismo del de los últimos partidos. Todo lo contrario. Esta forma de jugar está mucho más emparentada con el fino y valiente estilismo de todos y cada uno de los valientes estilistas que han pasado por ese banquillo en los últimos años. ¿Vuelta a la realidad? quiero creer que no, pero no lo sé.

Hoy todo empezó desde luego siendo más de lo mismo. Lo de siempre. Con ello fue con lo que nos topamos los miles y miles de colchoneros que estábamos a las 12:00 bajo el sol que iluminaba el Calderón. Construir el equipo en base a ese eufemismo que denominan equilibrio defensivo y utilizarlo como pilar de lo que tenga que venir después. ¿El balón? Bien, gracias. Un esquema teórico que parte de desplazar a todos aquellos capaces de dar pases hacía adelante de la zona de creación y llevarlos más arriba o a las bandas. Sacar el balón a base del pelotazos largos y confiar en la divina providencia, la suerte o el error del contrario. O que el balón caiga por alguna razón a los pies de Diego o el turco Arda que entonces tendríamos que hablar de otro cosa. De ese bonito deporte llamado fútbol.

Con actuaciones de Gabi pero sobre todo Mario Suárez (o Asunçao) que fluctúan entre la vulgar normalidad y el horror más absoluto seguimos sin embargo sin poder ver a Koke jugar en la posición en la que ha jugado toda su vida y en la que es internacional por España. ¿Por qué? Sólo tiene una explicación. Su mala costumbre de tratar de dar el balón hacia delante y su vicio imperdonable de sumarse al ataque cada vez que puede. ¿Un mediocentro jugando al fútbol? ¿En el Atleti? ¡¡heregía!! Con Mario y Gabi “dominando” el centro el campo atlético y pasados los primeros diez minutos, que fue lo que tardó el Getafe en darse cuenta de que el único que tenía permiso para jugar al fútbol era Diego y bastaba con cerrarlo, el juego fue básicamente del Getafe. Un equipo limitado, con grandes carencias de calidad y presupuesto ajustado, que sin embargo empezaba el partido con los mismos puntos que nosotros. Mientras nuestros centrales pateaban el balón lo más lejos posible y rezaban porque el rechace fuese cerca de las posiciones de Diego o Arda los azules trataban de ocupar el campo contrario, bajar el balón y moverlo con dignidad. Ahí quedaba todo, por otro lado. Falto de profundidad y de mordiente ante la bien plantada defensa colchonera el peligro se difuminaba y el partido se perdía en el aburrimiento salvo las refrescantes pero puntuales actuaciones esporádicas de Turan o Diego.

Los de Simeone iban por arranques de furia. Los de un Juanfran que se ha hecho pieza clave, los de un Filipe Luis que hoy volvió a estar acertado, los de Arda Turán que quitándose el corsé táctico trataba de aparecer por cualquier parte del campo pero sobre todo los de Diego. Cuando el brasileño por fin tenía el balón el equipo pasaba de la tradicional mediocridad al equipo ilusionante que no hace tanto intuíamos. Jugando con el cerebro en Diego (y no en Gabi o en Mario o en la puntera de Godín) el equipo parece otra cosa y sus jugadores, cansados o no, parecen todos mucho mejores. Como esa anomalía del mundo del fútbol llamada Salvio que compagina como nadie episodios de comedia circense con golazos como el de hoy. Probablemente con algo de suerte el argentino se sacó un remate de cabeza espectacular que entró por la escuadra de Moya. El gol sin embargo no sirvió para cambiar demasiado las sensaciones. Más bien sirvió para que el Atleti volviese a adoptar con mayor “justificación” ese papel de “juega tú que a mí me da la risa” del que tanto reniego.

La segunda parte fue sin embargo otra cosa. Tan sencillo como tratar de llevar el balón con dignidad y criterio a los pies de los que lo saben jugar. Tan sencillo como jugar al fútbol. Insisto, cuando el Atleti juega en la línea de tres cuartos, que es dónde Simeone ha decidido que se puede jugar, todo parece sencillo y fácil. La clave evidentemente es Diego. Tú lo haces sencillo. Bastó además tratar de jugar el balón como arma suficiente para anular completamente a un Getafe que a partir de entonces pasó a ser un invitado de la fiesta rojiblanca. Flojísimo el equipo de Luis García que tras comprobarlo in situ se me hace todavía más inquietante el entender como tenía los mismos puntos que el Atleti. O no.

Simeone decidió el jueves pasado no sacar a Diego para ponerlo en los últimos minutos. Hoy el brasileño se ha marchado antes del minuto 70, también para ser reservardo, pero antes había cambiado el partido, hecho jugar a todos, anulado al rival y metido el segundo gol tras un buen pase con la izquierda de Falcao, cantada de Moya, remate al larguero y recogida del rechace. Cuando Diego se marchaba entre los vítores de una afición que cada vez tiene más claro quien es el bueno, a nadie le importó que desapareciese del partido. Estábamos con dos goles arriba y todo controlado. No puedo decir lo mismo cuando el jueves vimos que no estaba entre los once de partida. Hay formas y formas de reservar jugadores. Es, como casi todo, cuestión de carácter, personalidad y valentía.

El resto del partido fue efectivamente una fiesta. Con los rojiblancos crecidos, creyéndose lo que hacían, dominando el balón, el terreno y el juego, el rival parecía un sparring cansado. El tercero llegó con un soberbio pase de Koke a Juanfran (si Koke, ese que no puede jugar de mediocentro porque da este tipo de pases) que el nuevo lateral pone con criterio en los pies de Falcao para que el colombiano convierta en la boca de gol. Pudieron aparecer más goles pero los ostensibles gestos desde la banda de Simeone para que su equipo bajase el pistón de la intensidad hicieron que los últimos minutos fuesen un tramite que la grada aprovechó para disfrutar de una previsible sesión de coros y danzas.

Victoria que de nuevo nos deja a las puertas de Europa con la sensación de que todo es posible, en uno u otro sentido. Personalmente di por perdida la temporada en navidad cuando Manzano rebajo la imagen de este equipo a las cloacas más pestilentes así que francamente me da igual lo que podamos hacer salvo entrar en Champions, que es lo único que entendería como resultado digno. Me inquieta mucho más ver como se resuelve la guerra interna que tiene Simeone en la cabeza entre ser el equipo valiente, diferente e imprevisible que vimos al principio o el equipo romo, seguro y vulgar al que últimamente tendemos. Me preocupa más porque esa será la piedra sobre la que se construirá el futuro.

Golden Smog - You make it easy