Doctor, me llamo Atlético de Madrid y tengo un problema

At. Madrid 1 - R. Madrid 2

Por esas cosas de la vida yo jamas he sentido el deseo de fumar así que no soy precisamente un especialista en ese difícil arte de superar esa adicción. Sin embargo, es algo que he visto a mi alrededor y conozco sus síntomas, sus consecuencias y sus testimonios. La adicción tiene siempre una componente química o física y otra psicológica. La primera puede ser más o menos severa según los casos pero casi siempre tiene solución acudiendo simplemente a los mismos elementos que la han provocado. La adicción a la nicotina, una sustancia química, puede superarse fácilmente con pastillas, parches o mil y una otras opciones. Sustancias químicas. De esa manera tu cuerpo aprende a prescindir fácilmente o sin demasiado sufrimiento de una sustancia que químicamente necesita porque lo has acostumbrado. Eso es relativamente fácil. El problema está en el otro factor, el psicológico, que desgraciadamente es mucho más complicado. Ni siquiera los especialistas se ponen de acuerdo en definir la mejor forma de afrontarlo pero en lo único en lo que si coinciden es en que el enfermo necesita antes que nada reconocer que tiene un problema y que quiere superarlo. Creerte que efectivamente tienes una enfermedad y que eres un enfermo. El Atlético de Madrid tiene una enfermedad cada vez que se enfrenta al Real Madrid. Me parece obvio. Duele reconocerlo y tendemos a no quererlo hacer por aquello que supone. El “otro” equipo de la capital representa para los colchoneros, reconozcámoslo, todo lo que detestamos de la vida. Todo lo que no queremos ser. Representan esa vida que no queremos tener. Asumir que enfrentarse a ellos nos provoca esta rara patología que llevamos décadas soportando es asumir muchos demonios que se clavan en los más profundo del corazón pero también que esa suficiencia y personalidad con la que los colchoneros vamos por la vida se resquebraja en sus pilares más importantes. Tenemos un problema y me parece que es colectivo. De la institución. Del Club. De todos. Podemos culpar a la suerte, a Cerezo, a Gil, a Raúl García, a Simeone, o al Sursum Corda y seguramente todos tendremos parte de razón pero las cosas que se repiten de forma tan continuada no pueden ser casualidad, ni suerte, ni puede estar  su causa en un lugar tan claramente identificado. Cualquiera que sabe algo de estadística sabe que si tiramos un dado 25 veces y las 25 sale el número seis el dado está trucado. Los Atleti-Madrid están trucados. Cuando el Real Madrid iba a tirar la falta que ha supuesto el empate a uno el equipo blanco todavía no había tirado una vez a puerta, estaba perdido, por debajo del marcador y el Atleti dominaba el partido. A un vecino de grada se le ha escapado sin embargo un comentario: “verás como llegan una vez y nos meten un gol”. Probablemente era lo que estábamos pensando todos. Probablemente es lo que estaba pensando Cerezo y Gil y Raúl García y Simeone y el que recita el Sursum Corda. Señor Doctor, me llamo Atlético de Madrid y tengo un problema. Empecemos por ahí si queremos superarlo. 

El partido no podía estar en mejores condiciones para el Atleti. Posición cómoda en la clasificación, estupenda campaña, un estado lleno, entregado y sin fisuras y un rival sin sus estrellas pensando en otro partido y al que los puntos le daban igual. Habrá quien diga que todo esto era en esencia una presión adicional para el once colchonero que saltó al campo pero a mí ese tipo de análisis me provoca carcajadas. Presión es la que tiene el Depor o el Madrid el próximo martes. Lo que tenía el Atleti hoy no puede ser presión. Si lo es es que el equipo no está preparado para la elite. 

Hay que reconocer sin embargo que el equipo no salió mal al campo. Sin esa ansiedad de otras veces, con algo más pausa y hasta dominando. El Atleti de los primeros minutos era el Atleti de esta temporada de ensueño. Un equipo rocoso, ordenado, con personalidad, valiente y sobre todo intenso. El Atleti llegaba primero, llegaba fuerte, dominaba el balón y el ritmo de juego. No jugaba especialmente bien pero eso es algo que a lo que estamos acostumbrados. El Madrid parecía perdido, romo con el balón y su propuesta mediocre de fútbol encima no le salía bien. Entonces llegó un tiro desde la frontal que no paró bien Diego López y cuyo rechace es recogido por Godín en la derecha, que aprovecha para meter un buen balón al segundo palo donde entraba Falcao con todo para inaugurar el marcador. 1-o. Todo pintaba de maravilla. El estadio rugía y los más ansiosos hablaban de goleada. Tampoco parecía descabellado pensarlo a tenor de los siguientes minutos en los que todo siguió igual: poco fútbol, pelotazos, lucha greco-romana en el centro, un Madrid perezoso y un Atleti cómodo pero previsible. Hasta que llegó una falta bastante alejada a favor de los merengues. Di Maria mete un balón a la olla con buena rosca pero sin demasiado criterio. El balón pasa por toda la defensa tranquilamente, da en el pecho de Juanfran y se mete en la portería ante el estupor general. 1-1. En ese momento, entre las caras de pánfilo de los colchoneros, entre espectadores tocándose las canas, niños que preguntaban lo que había pasado y atléticos de cuna que tragaban veneno, aparecieron todos los fantasmas de antaño. Todos. Uno detrás de otro. Y se acabó el partido. 

El fútbol, eso si, escaso hasta entonces (estamos hablando del minuto 12), desapareció por completo. A partir de ahí asistimos a un soporífero ejercicio de centrocampismo barato, luchas, fallos, patadones y un sucedáneo de juego bastante previsible. Incluso algo así es algo comprensible y que habíamos visto otras veces. Pero esta vez lo distinto era el Atlético de Madrid. No estaba. Era otro equipo. El equipo que habíamos visto otros años. El de “siempre”. Un equipo que ya no era rocoso, ni ordenado, que mostraba una insultante carencia de personalidad, que parecía acobardado y que sobre todo se encontraba absolutamente falto de intensidad. Incomprensible en el partido emocionalmente más importante para el aficionado. El Atleti de Simeone es normalmente un equipo vulgar cuando no tiene intensidad. Si enfrente está encima el Madrid el adjetivo ya no es vulgar sino que pasa a tener tintes más humillantes. Antes del descanso no ocurrió nada pero si tuvimos tiempo suficiente para ver un par de cosas. La primera es que Mario Suárez no está a la altura de las circunstancias. Lento, aportando cada vez menos y sobre todo con una indolencia que se me antoja incompatible con el espíritu de Simeone. El centro del campo del Atleti tiene que estar poblado por jugadores con mucha más seguridad y jerarquía. Mario no lo ha sido. Lo segundo es que hemos podido ver algo que de repetitivo ya cansa. Raúl García, por su propio bien, no debería pertenecer a la plantilla del Atlético de Madrid. Ha demostrado que no es válido para este equipo ni de mediocentro, ni de mediapunta ni jugando en banda por detrás de los delanteros ni de nada. Ni segunda jugada, ni llegada, ni disciplina táctica ni gaitas. Su aporte es nulo y en muchos partidos acaba siendo además una rémora. Condenó por inoperancia la banda más vulnerable del Madrid (es cierto que no es jugador de banda) pero es que no aportó nada en ninguna de las otras facetas. Raúl García volvía hoy a salir del campo entre abuchéos de sus propios aficionados. Algo que me parece lamentable pero que empieza a ser inevitable. Si tuviésemos un director deportivo tomaría nota de estas cosas pero desgraciadamente no lo tenemos. Caminero no sé lo que es pero es otra cosa. Cualquiera, menos un director deportivo. 

Tampoco pasó mucho más después del descanso. Ambos equipos siguieron destripando terrones durante un buen puñado de minutos sin que pasase nada. Gabi lanzó a la grada un balón que encaraba sólo a la portería pero eso fue todo. También hubo un claro penalti a Falcao, por supuesto no pitado, pero que el árbitro no pite penaltis en el área del Real Madrid es algo que debe estar escrito en la parte trasera del reglamento español de fútbol. Eso y que Xabi Alonso tiene permitido patear y abofetear a quién quiera cuando quiera. Pero sería injusto hablar hoy de árbitros. Lo más grave para mí seguía siendo lo mismo de antes. Mi equipo. La falta de personalidad. Esa escuadra que había sido admirada por su intensidad y que hoy era tan blanda como una nube de algodón. Ni siquiera hacía faltas. El equipo que ayer era valiente y decidido hoy se escondía cada vez que tenía ocasión. Esa elogiada pareja de centrales que nos tiene enamorados hoy parecía una pareja de asustados bailarines aturdidos. Diego Costa seguía en su particular cuesta abajo, esa que lo aleja del fútbol y lo acerca a otro tipo de artes escénicas, y jugaba en solitario preocupado únicamente de si mismo. Apenas se puede salvar de la quema a un Filipe Luis voluntarioso y a un Koke que era el único que trataba de que lo que pasaba en el campo se pareciese algo al fútbol. El Madrid sin problemas. Muy bien ordenado, equilibrado en el repliegue y con una buena presión que le bastaba para que su rival tuviese pesadillas con el coco. En uno de los miles de errores en el centro que tuvieron los colchoneros Di Maria abrió una buena diagonal para que Benzema, con una suficiencia pasmosa, pusiese el balón dentro de la portería. 1-2. Fin del partido. Lo de siempre. 

El resto del tiempo hasta el final fue la humillante constatación de que los once jugadores vestidos de rojiblanco sobre el césped se sentían inferiores a su rival. Seguramente lo eran. Continuaron con ese anodino y previsible sucedáneo de fútbol que llevaban practicando desde el empate y que el Madrid neutralizaba sin mancharse las manos. No llegamos una vez a puerta pero es que es muy difícil hacerlo cuando tu única opción es colgar balones al área contra un equipo que defiende estático porque eres incapaz de descolocar. Simeone, muy tarde, trató de meter algo más de fútbol con Adrián y Cebolla que sustituían a dos que no deberían haber jugado (Mario y Raúl García) pero aunque el equipo pareció algo más dinámico era un espejismo y el resultado fue el mismo. Nadie tenia fe en que el marcador pudiese terminar de otra forma. Nadie. 

Derrota tremendamente dolorosa que no se puede esconder en la intrascendencia de los puntos, en la clasificación o en otros datos bañados en pragmatismo. Hemos perdido justamente contra el Real Madrid en el Vicente Calderón y eso es un torpedo en toda la línea de flotación del espíritu colchonero. Una puñalada. Algo que duele más que una derrota cualquiera. Algo que baña el ánimo de una afición que no se merece perder pero mucho menos perder siendo vulgar. Agachando la cabeza. Siendo dócil. Y estoy enfadado. Estoy harto de perder, señores. No me vendan éxitos ajenos que pretendan eclipsar esta hemorragia. Estoy harto de estar enfermo. Estoy harto. Tienen una oportunidad de curarse en unas semanas jugándose además algo que quedará para la posteridad pero no les veo capaces. No soy optimista y no me da la gana serlo. Seguimos acudiendo a los parches de nicotina cuando necesitamos tirar de fuerza de voluntad. Pueden cambiar la historia en la final de copa pero no creo que yo esté allí ese día para verlo. No me lo creo. No me pidan mi ayuda porque no la van a tener. Estoy demasiado cansado.

Los 50

Hace exactamente 110 años un grupo de aficionados al “sport” se reunían en Madrid para crear un equipo de “foot-ball”. La animada reunión se prolongó más de la cuenta hasta el punto de que la nueva sociedad no se constituyó hasta pasada ya la media noche. Era entonces el 26 de abril de 1903 y acababa de nacer el Athletic Club de Madrid

27 años después, el 25 de octubre de 1930, nacía en la calle Colmenares de Madrid “La Peña los Cincuenta”. Una asociación ajena completamente al club que tenía el objetivo fundamental de “que al mismo tiempo que ayudara a los directivos con sus consejos y críticas, sirviera para mantener enhiesto y puro el espíritu y la ‘solera’ del club” como con tino escribiera Manuel Rosó, probablemente el primer historiador del Athletic Club de Madrid, ya en 1940. 

Hoy, 110 años después de aquel primer movimiento, vuelve a revivir aquella misma asociación, Los 50, con miembros renovados pero con exactamente las mismas directrices y objetivos. Recuperar a través de su historia la verdadera esencia del Club Atlético de Madrid.



Feo

Sevilla FC 0 - At. Madrid 1

Decía Benito Pérez Galdós que él no tenía la culpa de que la vida se nutriese de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo. Qué razón tenía. Simeone, haciendo suyo el pensamiento del escritor canario, ha hecho de esa reflexión su guía espiritual como entrenador del Atlético de Madrid. Incansable al desaliento, sudando optimismo sensato con cada declaración e impidiendo que ningún ente rojiblanco que caiga dentro de su radio de acción tenga la más mínima intención de bajar los brazos, el argentino tira de todo lo que tiene (y lo que no tiene) para llevar a este equipo y a esta plantilla hacia límites que muy pocos pensábamos que se podían alcanzar. Recurriendo a la virtud o al pecado, a lo hermoso... y también a lo feo. Porque no se me ocurre mejor adjetivo para describir en una palabra el tipo de partido que hemos visto esta noche en el Sánchez Pizjuán que el de feo. Un partido rocoso, áspero y carente absolutamente de fútbol, cuyo desarrollo se explica mejor con parámetros propios de la lucha greco-romana que con los del deporte del balompié. De esos con los que algunos entrenadores salivan pero de esos que dan la razón a los que tachan al deporte rey de ser aburrido. Pero que quieren que les diga, también es un partido que ha ganado en Atlético de Madrid en un campo tradicionalmente maldito como el hispalense. Y así suena mejor. Aunque sea un partido con un planteamiento de claro tufo transalpino de esos que si el equipo acaba perdiendo algunos criticamos con ardor pero que si que acabamos ganando algunos elevan a los altares del Olimpo. 

El encuentro comenzó con velocidad y brío. Un Atleti bien plantado y un Sevilla especialmente intenso. Tan especialmente intenso que en mi opinión, y como ocurre desgraciadamente con demasiada frecuencia, el conjunto sevillano traspasó por momentos la línea de la legalidad. Nada fuera de lo común ni exagerado si en el campo hubiese existido un árbitro normal y decente que simplemente entienda el fútbol como es. Si el árbitro hubiese parado las reiteradas faltas de violencia creciente contra Falcao con una tarjeta amarilla a tiempo muy probablemente los ánimos se hubiesen forzosamente relajado en ambos equipos. Nada más lejos de la realidad. El trencilla, muy malo todo el partido, lo que hace es sacar tarjeta amarilla al colombiano a la primera oportunidad que tiene. De forma innecesaria desde mi punto de vista. Esto lo único que provoca es abrir la caja de Pandora y a partir de ese momento el partido se transformó en un encuentro especialmente bronco, violento y trabado. La primera parte fue una sucesión de choques, patadas, luchas denodadas por el balón y derroche físico. Poco más. El Sevilla sorprendió abriendo el campo, tirando línea atrás de tres y jugando en campo contrario pero ese esquema tan prometedor se perdía en un manejo de balón pobre y lento que impedía crear fútbol. El Atleti compacto y tensionado como acostumbra pero más de atrás de lo normal y con una actitud bastante más reservona de lo que deseado. Totalmente alérgico al balón, las pocas salidas a la contra que provocó fueron siempre carreras a la desesperada, muy lejos de ese equipo vertical y con mordiente al que estamos acostumbrado. Apenas una ocasión digna de mención por cada equipo. Un tiro desde fuera del área de Mario Suárez y un remate a la medio vuelta de Negredo que gana bien el balón dentro del área pero lo remata francamente mal. 

Pero es que la segunda parte fue incluso peor. El Atleti lejos de mejorar dio la sensación de estar contento con el modo en el que se estaba desarrollando el partido e incluso con el resultado. Mal síntoma. Aún así es cierto que el equipo no bajó un átomo la intensidad física y táctica, a pesar del aumento de revoluciones que metió el equipo del Nervión. Los de Emery empezaron a mover con mayor velocidad el esférico y llegando por las bandas empezaron a deambular más cerca del área colchonera. Bien es verdad que sin ningún peligro a excepción de un remate de cabeza dentro del área que San Courtois sacó de la misma línea de gol. A raíz de ahí el partido se metió en ese terreno áspero y desagradable en el que últimamente acaban todos los Sevilla-Atleti. Patadas, protestas, encontronazos, más faltas, entradas a destiempo, provocaciones, insultos,... y para terminar la fiesta, la aparición estelar de Diego Costa. El brasileño recibe (y hoy ha recibido) patadas hasta en el carnet de identidad pero su forma de interpretar un partido de fútbol es lamentable y a mí, como aficionado colchonero, me da vergüenza. Lo siento. No me gusta y me siento incómodo. Por muchos goles que meta. Constantemente buscando la provocación, escenificando cosas que no ocurren y permanentemente buscando el conflicto. La tarjeta amarilla que le sacan, y que le impedirá jugar el derby, es injusta pero a nadie sorprende. 

Pero en mitad de esa pelea en el barro, con el partido en los niveles más bajos de fútbol desde el pitido inicial, con varios cambios en el campo que no habían cambiado nada, apareció la jugada clave. Patadón que llega al borde del área andaluz, Mario que se lleva el balón con ímpetu (y con la mano) para que de rechace acabe en la izquierda, Adrián que da un mal pase que acaba en el segundo palo y con buen remate de Raúl García aparece Falcao, en posición correcta, para rebañar en boca de gol. 0-1.  Poco más. El Sevilla colgó el equipo a la desesperada y el Atleti cerró filas con ofició. Todo controlado salvo un par de faltas y saques de esquina concedidos de forma estúpida por unos colchoneros que se desangraban físicamente y empezaban a llegar tarde a todos los balones pero que San Courtois, otra vez, se dedicó de desbaratar cada vez que tuvo ocasión. 

Pésimo partido pero gran resultado que permite mantener la segunda posición a dos puntos y que sobre todo aleja el cuarto puesto a trece. Precisamente por eso, en una temporada tan regular y tan correcta como la que está realizando el Atleti, el derby del próximo sábado se me hace intrascendente. Lo siento así. Que quiero ganar es obvio pero no es algo que me quite el sueño, sinceramente. La necesidad es infinitamente menor que otras veces. De hecho no es tal. El Atleti no necesita ganar el sábado al Madrid para salvar la temporada. Necesita ganarlo para pasarlo en la tabla y eso es tan raro pero tan gratificante que voy a pasar una semana muy tranquila.


El día del niño

At. Madrid 5 - Granada 0 

Pueden llamarme agorero si quieren pero en mi caso es hablar de acto festivo en el Calderón y echarme a temblar. No tengo la estadística exacta, ni falta que hace porque la vida es una cuestión de sensaciones más que de números, pero en mi cabeza la sensación es que cada vez que un partido del Atleti coincide en el Calderón con una festividad anunciada se produce la tragedia. Y no me mal interpreten, apoyo iniciativas como la del día del niño de hoy, especialmente en una liga estúpida y caprichosa como la española que si maltrata al aficionado adulto regular en el caso de los niños lo que hacen es literalmente insultarlos. Expulsarlos. Hacerles saber que esto de la liga de las Estrellas es algo que no va con ellos. Hoy es probablemente la primera vez en toda la temporada en la que un niño normal puede acudir al Calderón. Un dato que me parece lamentable. Insultante. Así que si a esos antecedentes le sumamos el estado de confusión en el que se había instalado gratuitamente el entorno colchonero durante la semana, esas dudas existenciales que merodeaban como buitres por la chepa del Calderón, el cocktail resultaba ciertamente intrigante. Pero este nuevo Atleti de Simeone ya ha demostrado con creces que está dispuesto a derribar los tópicos negativos a base de golpes inapelables de autoridad. Ya han caído unos cuantos y hoy otro más se ha venido a sumar a la lista de difuntos. El día del niño ha sido un éxito. Dentro y fuera del campo. 

La jornada se presentaba radiante. El fútbol a las cinco de la tarde tiene magia y encanto. Es la hora tradicional de la liga (al menos así es como yo lo recuerdo) y llámenme romántico pero el ambiente es muy diferente. El estadio estaba lleno. Ese clima puñetero que soportamos en la capital de España, esa anomalía atmosférica en la que las estaciones suaves como el otoño o la primavera no existen y el cruel frío deja paso al tórrido calor en apenas unos segundos, nos trajo a esa hora de la tarde un cielo azul y un poderoso sol que daba una luz diferente al inició del partido. Pero los de Simeone no saben de luz ni otras zarandajas y salieron, como normalmente viene siendo norma habitual, a cerrar el partido cuanto antes. Presión, velocidad, entrega, poderío y personalidad. El Granada, como tantos otros equipos en el coliseo colchonero, trataban aturdidos de encontrar su lugar en el campo pero no tuvieron tiempo de hacerlo. Era el minuto 3 y Koke iniciaba su recital de pases y juego poniendo desde la izquierda un balón de lujo a la cabeza de Diego Costa para que el brasileño certificase el primer gol. Las ausencias de Arda, Mario y Tiago hicieron que el Cholo probara otra vez con el canterano en el doble pivote y el experimento salió de lujo. Koke tiene la fuerza y entrega que le gusta a su entrenador pero también la calidad que tanto escasea alrededor. Capaz de abrir el campo, pedir el balón y ver ese pase que no ve nadie, destaca también por ser rápido de cabeza. jugar al primer toque. No parar el ritmo. Ese tipo de jugadores que sin correr imprimen velocidad al juego. Hoy ha hecho un gran partido y personalmente me produce mucha alegría el ver que se asienta en esa posición. 

El resultado final es inapelable pero la realidad es que a partir del primer gol y hasta el descanso el Atleti entró en una dinámica que no me gustó nada. Bien parapetados atrás, como siempre, mostró sin embargo un desprecio preocupante por el balón. El otrora juego vertical se transformó directamente en pelotazos a ningún sitio impropios de este escudo. De los pocos que trataban de poner ritmo y criterio con el balón era el Cebolla que, hoy si, tuvo una participación interesante jugando desde el principio. Incisivo, valiente, rápido y siempre con mucho ritmo. Aunque el Granada se posicionaba en campo contrario no podía evitar sin embargo mostrar lo inocente de su propuesta y la fragilidad de una escuadra que empieza a mostrar los síntomas propios de la enfermedad del descenso. El Atleti mientras tanto se dejaba jugar. La cosa podría haberse enfangado de seguir en esa tesitura durante más tiempo pero, lo que es el fútbol, los madrileños mataron el partido precisamente en ese momento. Un contrataque perfecto iniciado por el Cebolla que desdobla a la derecha para que un velocísimo Diego Costa pusiese un balón medido al segundo palo y Falcao llegase para rebañarlo hasta la red. Gran gol que ponía el 2-0 y liquidaba el partido. 

Pero todo se aclaró encima en el segundo tiempo. Mientras el Granada se desangraba por esa veta que crece imparable entre las dudas futbolísticas de los andaluces y la amenaza del descenso, los de Simeone volvían al campo con la lección aprendida. Nada de dejar el partido en manos de nadie. Nada más pitar el árbitro el Atleti se fue a por el rival y un nuevo pase al área de Koke desde la izquierda es rematado por el Tigre para hacer el tercero. Un doblete del colombiano que vendrá estupendamente para apaciguar ese exceso de ansiedad con el que se veía al jugador. El Calderón, lógicamente, era ya para entonces un fiesta. Un estadio lleno y precioso que empujaba de un equipo que se dejaba querer y que, ahora si, no dejaba opción la rival. Koke en plan mandamás, Cebolla abriendo la zaga, Diego y Falcao volviendo locos a los centrales y Raúl García entrando en segunda jugada. El navarro avisó con un brutal remate en volea a pase desde la izquierda que primero el portero y luego el poste desbarataron. A la siguiente que tuvo, con otro pase de Koke, no perdonó sin embargo el cuarto. Todavía sin recuperarnos de la euforia, una soberbia jugada por la izquierda con pase final de Adrián dio con Filipe Luis delante del portero para que, de sutil vaselina, el brasileño pusiese el quinto en el marcador. 

El resto de minutos, un suplicio para los granadinos, sirvió para que Simeone pusiese en el campo al deseado Óliver Torres y el escondido Insua que debutaba con la elástica rojiblanca. El primero demostró, sin grandes aspavientos, lo excelente jugador que es. Dinámico, buen toque y siempre cerca de un balón que reclama constantemente. Es de esos jugadores tan difíciles de encontrar que antes de recibir el balón ya sabe lo que va a hacer con él. Visión, técnica, pase... lo tiene todo. Hay que cuidarlo entre algodones. El segundo no dejó malas sensaciones, ni mucho menos. Dio idea de ser un lateral solvente con facilidad para incorporarse con peligro pero también es cierto que con 5-0 a favor se juega mejor. 

Muy buen resultado que deja las cosas como están con el cuarto clasificado pero que si ayudará a despejar las dudas de todos aquellos aficionados rojiblancos que todavía son reacios a dejar de invocar los fantasmas del pasado. Como recuerdo me quedo con esos casi 10000 niños que según los videomarcadores había hoy en el estado y que conservarán este gran recuerdo del Atleti en sus cabezas. Un Atleti valiente, poderoso y ganador. Y es que los primeros recuerdos son los que se clavan más fuerte.

Lord Jones no ha muerto

Decía Chesterton que el periodismo consiste en decir que Lord Jones ha muerto a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo pero también es verdad que Chesterton murió en 1936 y que no pudo ver como la evolución del periodismo viajaría años más tarde hasta esas cotas insospechadas en las que la noticia de la muerte de Lord Jones se publicaría incluso con el noble vivo y que la gente, incluso desconociendo su existencia previa, lo daría igualmente por muerto. Por mucho que el propio Jones hiciera escuerzos ímprobos por desmentirlo. Tal es el poder de los medios de comunicación en el siglo XXI. No los subestimen. 

Al igual que todos los colchoneros, el pasado domingo me invadió un incómodo enfado cuando el equipo empató en Getafe. Yo también vi el juego áspero de los colchoneros, la falta de tensión en defensa en esos momentos clave, la acuciante (y legendaria) falta de calidad en la construcción, el nulo acierto de Falcao cara al gol con su consiguiente estado de ansiedad,… Todo eso me provocó un cabreo lógico al ver como se escapaban dos puntos en nuestra esperanzadora búsqueda por las posiciones altas de la tabla. Posiciones, por cierto, en las que vivimos con placer desde el principio de liga y que al contrario de lo que podría parecer escuchando a ciertos gurús, hacía mucho tiempo que no disfrutábamos. ¿Alguien recuerda qué año fue el último en el que el Atleti estaba tercero a estas alturas? Y es que ese fue el contrapunto que me hizo poner los pies en la tierra. Acordarme de lo que éramos y de lo que somos. Entonces fui consciente de que el Atleti había saltado al campo esa tarde a ganar, que había dominado el partido, que el rival había estado a merced nuestra, que en las ruedas de prensa ya no se dice eso de que vamos a “intentar sacar algo positivo” sino el mucho más reconocible “vamos a ganar”. Ahora los fines no se pierden en los pliegues del eufemismo con aquello tan manido de decir que el objetivo era “Europa”. Ahora los jugadores dicen que quieren ser segundos. Ya no queremos “hacer una buena competición”. Ahora queremos ganarla. Así que reflexionando sobre todo ello, respiré, miré la clasificación y me fui a dormir. 

Pero no todos los colchoneros hacen lo mismo. Algunos necesitan seguir la actualidad periodística que protagonizan esos autodenominados analistas deportivos que, aupados en un cuestionable poder tan legítimo como el derecho de pernada, marcan a fuego la línea que debe seguir la “actualidad”. Y resulta que allí relacionan el bajón del equipo con la renovación de Simeone. Y se habla de fracaso y de hecatombe y de problemas y de nervios y de negligencias. Lo que es peor, se habla de incoherencias con el legado Atlético o el honor histórico de la institución. De vergüenza. De ridículo intolerable. Y el mensaje cala en el grueso del aficionado, ese con el que al día siguiente yo me topo en el café y me transmite su “desazón” hablando de “hacer el ridículo en Getafe” o de la “vergüenza” de perder dos puntos. Conceptos y discursos que obviamente no son suyos y que sospechosamente se parecen a tanto. 

Y uno se estremece. ¿Ridículo? ¿Vergüenza? Uno que lleva décadas sentándose en el Calderón y que hace bien poco veía como salíamos a cualquier campo a encerrarnos en nuestra propia área, que vio como jugábamos contra el Bolton al patadón (y nos eliminaba, claro) o como una cuarta plaza (¡y hasta la quinta!) se celebraba por fervor por unos medios que vendían la gesta como éxito. Durante una década si hemos estado haciendo el ridículo en mitad de la tabla, jugando a la nada, faltos de personalidad, faltos de criterio, faltos de autoestima, faltos de ritmo y llegando al final de liga haciendo el esfuerzo de los malos estudiantes para entrar por la puerta de atrás a eso que genéricamente se llamaba Europa. Se asumía además como natural esa situación en la que siempre estábamos mirando la espalda a equipos que por historia y por presupuesto deberían estar generalmente detrás del Atleti. En esa tesitura yo recuerdo haber ido a Getafe a quedarnos en el área achicando agua (con Forlán y con Agüero y con Simao y con Maxi y…), habernos pasado por encima un rival que no nos guardaba ningún respeto y haber sacado un empate sin merecerlo. Pero entonces milagrosamente el punto resultaba ser oro entre los mismos “expertos” que hoy nos anuncian el día del juicio final. Los mismos periodistas que nos vendían como caviar esas soporíferas campañas dirigidas por entrenadores dóciles (y amigos) que nos dejaban en una “honrosa” cuarta (¡o quinta!) posición. Proyectos sin alma, sin fondo y sin futuro que se basaban en el especulativo humo de la mentira aparecían entonces, por parte de los mismos rapsodas de la pluma y las ondas, como el camino recto por el que seguir. ¿Se acuerdan? 

Que el Atleti no está como antes es evidente, pero no existe una única causa que lo explique y que se pueda imprimir en un titular. Es un cúmulo de varias circunstancias que se dan la mano ocurriendo a la vez. Plantilla cogida por los pelos y desequilibrada, falta de motivación por la situación, baja forma de jugadores clave, mala suerte en momentos en los que antes teníamos buena suerte y también, muy importante, motivación extra en un rival que ahora si entiende que ganarnos supone un hito reconocible. La diferencia con otros años es sin embargo que hoy conocemos los problemas y están acotados. Por primera vez durante décadas tenemos un plan, un diseño y una línea que seguir. Un futuro en el que creer. Sabemos que nos hemos desviado algo de la línea ideal pero sabemos dónde está esa línea y lo que es más importante, por donde se llega. Por eso no estoy preocupado por el equipo ni por Simeone. Por lo que estoy preocupado es porque esa impaciente afición “todo corazón”, alimentada ideológicamente por los eruditos del papel y las ondas, decida cualquier día linchar de repente a tipos que no lo merecen. Entonces si tendremos un problema. Suena exagerado pero piénsenlo dos veces y verán que no lo es tanto. Cualquier ídolo en el Atlético de Madrid es susceptible de ser echado a patadas por linchamiento público de la afición. Desgraciadamente la historia de este club está plagada de ejemplos que lo confirman. Los colchoneros tenemos una tendencia natural a exagerar y viajar hacia los extremos que a veces nos hace únicos pero que no siempre nos sienta del todo bien. No somos precisamente famosos por elegir bien los protagonistas de nuestras iras. 

Aficionados colchoneros, abran los ojos y tomen perspectiva de la realidad pero sobre todo, aunque vean publicada su esquela en los medios más “prestigiosos” del periodismo deportivo, sean conscientes de que Lord Jones no ha muerto. No preparemos su funeral antes de tiempo.

Perspectiva

Getafe 0 - At. Madrid 0 

Decía Mark Twain que cada vez que uno se encuentra del lado de la mayoría es un buen momento para hacer una pausa y reflexionar. En eso me he quedado yo hace un momento, al acabar el partido, cuando veía que la opinión de los espectadores afines coincidía sospechosamente en sus términos más generales con mi percepción. Partido horrible, apenas ningún jugador se salvaba de la quema, falta de calidad, errores impropios, Falcao, Adrián, Mario,... Sin poder recriminar o contradecir nada de lo anterior, la pausa al menos me ha servido para enfocar el partido desde otra perspectiva. Hoy un empate fuera de casa, estando en la tercera posición de la tabla y dejando al siguiente clasificado a 11 puntos nos parece un fracaso que nos arruga el rictus y merma el apetito para la cena. Está bien. La historia y esencia del Atleti provoca que esto sea así. Tiene que ser así y es algo que me enorgullece. La gracia del asunto está en que hace cuatro días, como aquel que dice, el mismo resultado en posiciones mucho menos honrosas hubiese sido vendido como una especie de sucedáneo de éxito. Como un suma y sigue que se encuadra en ese eufemismo tóxico tan al uso entre entrenadores mediocres del “sacar algo positivo”. Hoy, cabreado con el resultado del partido y con el devenir del equipo en el terreno de juego, prefiero tomarme los segundos de pausa suficientes para ser consciente de como han cambiado las cosas. Es una buena práctica para tomar algo que muchas veces nos falta a los aficionados colchoneros: perspectiva. 

Pero vayamos por partes. En 90 minutos pueden pasar muchas cosas que normalmente quedan oscurecidas a la sombra de los grandes hitos del encuentro: goles, ocasiones, expulsiones, jugadas,... Una de ellas podría ser la salida del equipo. Si hace un par de años me dicen que yo me estaría quejando hoy por empatar un partido fuera de casa en el que el Atleti ha salido a ganar y que ha sido el dominador del mismo durante todo el tiempo hasta quedarse en inferioridad numérica (e incluso después) no me lo creería. Pero es lo que ha ocurrido. El Atleti saltó al campo de Getafe con una alineación ultra-ofensiva y con la intención de ganar el partido. Una alineación con Koke, Diego Costa y Adrián muy dinámicos entre Falcao y los dos mediocentros. Y funcionó durante bastantes minutos al principio. La movilidad exagerada de Diego Costa abría el campo a la segunda línea cuando no provocaba él mismo jugadas por izquierda y derecha. Bien otra vez el brasileño en el arranque del partido. Así llegaron dos claras jugadas que hubiesen cambiando el signo del partido de haber acabado de otra forma. Primero un remate de Falcao a dos metros de la portería tras pase desde la izquierda de Diego Costa que había recogido un taconazo magistral de Adrián, prácticamente lo único que hizo en todo el partido. El colombiano marra una ocasión de las que ni siquiera fallan los delanteros mediocres. Poco después Adrián recorta bien en el área pero no está lo suficientemente rápido para rematar a puerta dentro del área. Si cualquiera de esas dos jugadas hubiese acabado en gol el partido hubiese sido del Atlético de Madrid. Lo tengo clarísimo. 

Y es que enfrente había un equipo que no sé otros días pero hoy ha sido un equipo menor. El tan cacareado Getafe de Luis García me ha decepcionado profundamente. Un equipo plano y áspero, a merced de un rival en horas bajas, sin ningún tipo de ambición, temeroso y cobarde. Luis García, un entrenado también muy dado a sacar pecho de su fútbol artístico y a menospreciar el juego de equipos como el del Atleti (lo ha hecho más de una vez) debería cerrar la boquita en más de una ocasión viendo partidos de su equipo como el de hoy. Quizá la mejor forma de ver cual es el nivel de la liga española no es poner los ojos en nuestro voluntarioso Atleti sino en un equipo aspirante a los puestos europeos como el Getafe. El Atleti, sin brillo y sin ser un equipo preparado para ello, fue el dominador del juego, del balón y del partido durante toda la primera parte. Eso no quiere decir que hiciese buen fútbol, más bien todo lo contrario, pero esa es la realidad. Mientras los colchoneros se topaban con el talón de Aquiles de su recurrente falta de calidad, acrecentada con la ausencia de Arda, el Getafe se escondía en su propia mentira. Pero incluso en ese panorama tan desolado apareció un gran pase de Koke desde la derecha que Falcao remata de cabeza en boca de gol a las manos del portero. Nueva acción impropia del goleador colombiano que nuevamente podía haber puesto fin al partido. 

La segunda parte comenzó y siguió exactamente igual, apareciendo un buen remate de Filipe Luis y una nueva jugada de Falcao, similar a los goles que marcó en Bucarest y Mónaco, pero que esta ocasión remató con vulgaridad y sin fuerza al lado contrario. Nadie va a dudar a estas alturas de Falcao pero no reconocer que no está en forma es engañarse a uno mismo. De hecho es tan evidente su estado de ansiedad que se le puede ver en exceso en posiciones muy lejanas del área buscando el balón y desequilibrando al equipo. Algo que sólo se explica por la angustia del jugador al verse lejos de estado natural y su ansía de participar. Si hoy Falcao esta bien el partido se gana fácil. Así de simple. 

El partido en cualquier caso estaba en un punto en el que todos éramos conscientes de que cualquier acierto colchonero en la portería contraria mataba el partido para siempre así que Simeone entendió que era el momento ideal para poner en liza a Óliver Torres, algo que se le ha reclamado tantas veces. Pero cuando todos los atléticos nos desperezamos y empezamos a prestar algo más de atención al partido apareció una estupidez de Miranda que para mí resultó ser la clave del partido. El brasileño, un jugador que generalmente no se complica y que normalmente abusa del desplazamiento en largo y/o patadón, decidió esta tarde ponerse a regatear al borde de su área. Colunga, lógicamente, se aprovecha y le roba el balón, se va solo a la portería y cae dentro del área tras entrada de Godín. El colegiado sanciona falta al borde del área en una decisión incomprensible. Si el árbitro ve falta ésta es claramente dentro del área. La realidad sin embargo es que ni siquiera es falta porque el delantero azulón se tira claramente. La acción provoca en cualquier caso la resurrección de una despoblada grada local que a partir de entonces espolea a su equipo pero sobre todo de unos jugadores heridos en su orgullo que a partir de entonces empezará a presionar al árbitro. Pocos minutos después Mario Suarez tiene la poca habilidad de, en esa coyuntura hostil, realizar una mano ostensible en el centro del campo. Amarilla clara que era la segunda en su cuenta particular con lo que es expulsado. Al árbitro se lo ponen a huevo para compensar la desazón local. El Atleti con uno menos. Comenzaba otro partido. 

La expulsión provocó que el equipo se tuviera que recomponer y mientras que la sugestiva idea original era un Óliver por detras de Falcao con Adrián y Diego Costa en las bandas, tuvimos que pasar a un deprimente doble pivote con Gabi y un recién entrado Raúl García con Óliver desplazado a una banda y Falcao dejado a su suerte. Este nuevo esquema hizo que el concurso de Óliver fuese intrascendente, por mucho que se le vieran echuras o ganas o un par de buenas decisiones. Posteriormente entró el Cebolla por un agotado Costa y suya fue la mejor jugada hasta el final del partido con un soberbio eslalon que acaba con lanzamiento por encima del larguero ya sin fuerzas. El Getafe se estiró en en esa tesitura ya que sólo en ese momento su entrenador tiró de esa valentía de la que presume y no tiene, consiguiendo llegar a la portería de Courtois un par de veces para que el belga se luciera. Con el tiempo concluido asistimos a una nueva estupidez rojiblanca, esta vez de Godín que decidió meterle el codo en el ojo a su rival, provocando que el Atleti acabase con 9 sobre el campo y pidiendo la hora. 

Empate desagradable que sigue dejando una distancia considerable en los rivales pero que deja esa agria sensación de que el sueño se está acabando, de que las fuerzas merman y las ideas ya se han agotado. Personalmente prefiero no ser agorero, ni mirar abajo ni hacer cuentas de la vieja. prefiero cambiar de perspectiva para quedarme con otra lectura. Hay margen, faltan partidos, los rivales también juegan, el equipo sigue queriendo ganar, queriendo jugar a lo que siempre a querido jugar y teniendo la oportunidad de ganar. Lo demás es otra historia. Eso si, como ya dije, el final de liga se va a hacer largo.

Barro

At. Madrid 1 - Valencia FC 1

El Atlético de Madrid es, después de muchos años, un equipo bien entrenado. Serio, compacto, solidario, físicamente en forma y letal. Creo que no descubro nada a estas alturas de la temporada. Pero lo que el Atlético de Madrid no ha dejado de ser en el curso presente, al igual que durante toda la última década, es un equipo desequilibrado y con recursos limitados gracias a la mala confección de su plantilla. Una confección que suponiendo que siga un diseño preconcebido o pensado (que francamente lo dudo), es desde luego muy difícil de justificar. Con un presupuesto sumamente ajustado y la permanente espada de Damocles de la sempiterna y desconocida deuda, resulta difícil explicar el gasto de decenas de millones de euros en puestos ya reforzados, con jugadores incógnita, cuando el equipo tiene carencias evidentes en posiciones evidentes desde tiempos inmemoriales. No creo que sea necesario dar nombres. El Atlético de Madrid, después de la excelente campaña que está realizando, es también un equipo expuesto a la luz pública y por tanto analizado hasta la extenuación por unos rivales que ahora si dan la importancia que se merece al equipo del Oso y el Madroño. Unos rivales que ahora modifican su forma de jugar cuando se enfrentan al Atleti, lo que sin duda es motivo de orgullo para los aficionados pero también un problema creciente a medida que pasan las fechas, cuando la principal carencia de los colchoneros es precisamente la capacidad de sorprender. De inventar. De crear algo que no estuviese proyectado en una pizarra. El Atleti, por mucho que Simeone haya conseguido disimularlo con ese agradable perfume de intensidad y rigor táctico, sigue siendo un equipo muy vulgar a la hora de fabricar fútbol y eso se nota especialmente frente a los buenos equipos. Eso aparece subrayado en partidos igualados frente a equipos de nivel. 

La tarde no podía ser más desapacible en Madrid. Una lluvia constante vestía la ciudad desde el medio día y amenazaba con seguir haciéndolo sin descanso hasta media noche, cosa que finalmente ocurrió. La pereza para acudir al estadio era pertinaz en el que suscribe pero al final las ganas de ver al equipo en directo pudieron más. El Vicente Calderón era un estadio cómodo y precioso hace 20 años. Ahora no. Gracias a ese cuento de princesas que es (y ha sido) eso que llaman La Peineta, la inversión en el coliseo colchonero es en los últimos tiempos la mínima imprescindible para que no cierren un recinto por insalubridad o riesgo de derrumbe. La constante amenaza de traslado ha conseguido que el mundo se olvide de reclamar unos servicios mínimos para un estadio viejo y deteriorado que, dejado de la mano de Dios, ya no tiene. Cuando la asistencia al fútbol en directo es cada vez más cara y complicada resulta tercermundista que 40000 personas tengan que calarse hasta los huesos para ver a su equipo pero eso es lo que pasa en el Atleti. El cerramiento y acondicionamiento del estadio debería ser una reclamación legítima de un aficionado que sin embargo sigue deslumbrado con los cantos de sirena de un recinto nuevo que intuyo tiene más trampas que certezas. 

Pero hablando de fútbol, lo más destacable del partido, para mí, es que por primera vez el Atleti se vio sorprendido en su estadio. La tradicional salida violenta, apabullante y mandona del equipo en el Calderón no fue tal. El Valencia planteó desde el primer minuto un partido con un nivel de intensidad y rigor táctico equivalente (y en algunos puntos superior) pero ayudado además con una gran manejo de balón que el hecho de tener una plantilla más equilibrada es algo que le permite hacer. Probablemente el conjunto che no sea mejor equipo que el Atleti pero si tiene mejor plantilla. No me cabe la menor duda y me reconforta que Simeone reconociera después en rueda de prensa lo que yo llevo diciendo desde principio de temporada. Los de Valverde se saltaron la renqueante presión colchonera a base de mucha movilidad de balón y movilidad en los efectivos del centro del campo para luego asaltar la numantina defensa colchonera a base de percutir en el centro y abrir el campo por las bandas. Esto provocó, en seguida, que el balón llegase al área madrileña antes de lo previsto lo que cogió a los centrales (especialmente Godín) totalmente fuera de sitio. Dos fallos seguidos del urugayo ante el vendaval de juego valenciano provocaron un balón muerto dentro del área y cierto desconcierto en los centrales colchoneros que aprovechó Jonas para abrir el marcador. No habíamos llegado a los cinco minutos de partido. Mal pintaba la cosa pero aturdidos todavía por el gol, el Atleti trató de intentar entrar en el partido por primera vez. Y lo hizo. En apenas un minuto, el único sobre el campo con capacidad para inventar en zona de tres cuartos que va vestido a rayas rojiblancas, el turco Arda, hizo una excelente jugada por la izquierda que acababa en pase al segundo palo donde entró Falcao, en su mejor versión de rematador, para empatar. Y menos mal. Si el Atleti no llega a igualar tan rápido me temo que el partido se hubiese perdido. A partir de ese momento y hasta el descanso asistimos a un contundente monólogo de juego valenciano. Dueños del balón, del juego y del ritmo los de Valverde dieron un recital de cómo se debe jugar al Atlético de Madrid. Aupados en un buen Banega (ese que no valía aquí, ¿se acuerdan?) los blancos se pusieron a distribuir el balón de forma rápida y precisa consiguiendo crear superioridad en las bandas y entrar muy cerca del área colchonera. La réplica colchonera pasaba por recuperar el balón y manejarlo alguna vez con sentido para enlazar con los de arriba pero eso, en este equipo, pasa exclusivamente por las botas de Arda, así que cuando Pereira decidió abrirle el tobillo con una patada que lo retiró del campo, y que el árbitro (pésimo ya a esas alturas) obvió miserablemente, todos entendimos que la cosa pintaba muy mal. Sustituyendo a Turan salió Raúl García. Creo que eso explica muchas cosas. El Valencia siguió jugando y llegando mientras el Atleti recurría al patadón y la épica de Diego Costa como argumentos básicos. La única razón de que al descanso se llegase con empate a uno fue la labor de ese gran portero belga que tenemos a préstamo. La doble intervención a diez minutos del descanso que hace Courtois es simplemente digna de crack. 

Pero Simeone es Simeone y conoce a su equipo mejor que nadie. Sabedor de que el partido no podía ser suyo a base de fútbol, porque no lo tiene, pidió a sus jugadores un sobre esfuerzo de intensidad y generosidad física para contrarrestar el buen hacer levantino. Y lo hicieron. Aupados en un fogoso y voluntarioso (pero también fallón, desgraciadamente) Gabi y en un generoso Koke, el Atleti puso una marcha más en su presión, apretó filas, adelantó el equipo, prescindió de la especulación, fue mucho más vertical (a veces en exceso y abusando de forma gratuita del pelotazo), consiguiendo así anular a los valencianistas, que también empezaron a notar el derroche físico de la primera parte. A base de fuerza y anticipación el Atleti comenzó a jugar en campo contrario y se hizo con el partido. Pero las pocas ocasiones llegaban sobre todo a balón parado porque el partido se puso muy físico. Tanta intensidad, unida a un campo mojado, provocó constantes choques, cargas, saltos y luchas denodadas por la pelota. Y ahí estaba el árbitro para estropearlo todo. En un momento en el que los colegiados se tornan claves para la continuidad del juego, el trencilla decidió acaparar titulares, romper el ritmo y la dinámica queriendo ser el más listo de la clase pero equivocándose siempre y perjudicando al Atlético de Madrid con sus originales decisiones. Especialmente sangrante fue sin embargo una mano clarísima dentro del área valencianista que, tal y como estaba el partido, hubiese supuesto la victoria. Pero no fue así. Mientras el Valencia tiraba de banquillo para variar sus recursos en el campo Simeone pedía el enésimo esfuerzo a los suyos sobre el campo, consciente de que no tiene más. 

Empate que deja todo como estaba y un puñado de sensaciones contradictorias. En el lado positivo la constancia de que el Atleti sigue siendo un equipo fuerte, físicamente muy potente al que es muy difícil ganar. En el negativo la evidencia de que empezamos a ser previsibles y de que puestas ya la carta sobre la mesa, Simeone es también consciente de las limitaciones de la plantilla. Soy optimista pero con poco que ganar y mucho que perder intuyo que se nos va a hacer muy largo el final de la liga.