FLASH: Atleti-Mallorca

Escribo estas líneas muy cerca del palacio de los Papas en Avignon. En un rato salgo hacia Marsella y esta tarde, cuando el Calderón sea una fiesta, estaré volando de vuelta a casa. Me será por tanto imposible ver el partido y seria absurdo intentar escribir una crónica de algo que no he visto. No lo haré.

El partido deportivamente es intrascendente (para el Atleti, claro) pero me fastidia no estar para ver el recibimiento que la afición ofrecerá a los campeones.

Ya me contarán...

Mi última copa (*)

Real Madrid 1 - At. Madrid 2


Decía Molière que la felicidad ininterrumpida aburre y que por eso tiene que tener alternativas. Nosotros, los colchoneros, entendemos perfectamente lo que una frase así quiere decir y por eso, por conocer como nadie las alternativas, por enfocar los ojos en los detalles de esta vida en los que la mayoría no se fija, por juntarnos cuando el gélido frío de los malos tiempos sopla más fuerte, pero también por subir hasta el punto más alto en el que nadie pueda estar cuando tenemos que hacerlo, estamos legitimados para hablar de felicidad. Tanto como el que más. La felicidad, señoras y señores, es esto. Y no me pidan que se lo explique con palabras porque no sé hacerlo. Dudo en realidad que alguien sepa. Miren el extraño brillo de mis pupilas, esa estúpida sonrisa que no se me descuelga de la cara, el color de mi estado de ánimo o revisen las llamadas de teléfono que he tenido desde que el árbitro pito el final del partido. Entonces tendrán una idea aproximada de lo que hablo. Pero seguramente no les haga falta porque están en el mismo lugar. 

Era pesimista. No puedo negarlo. Esta estúpida sensación de derrota, tan impropia de un aficionado al Atlético de Madrid, se había instalado en mi cabeza. Con razón o sin ella pero eso ya no viene al caso. El jueves me levante con la misma sensación que había tenido durante las últimas semanas y la tranquilidad se aupaba sobre la solidez del que no espera nada bueno. Pero aquella misma noche asistí a un acto que Los 50 celebraban junto a otra asociación madridista y el contacto con la historia colchonera, con algunos de sus arietes intelectuales, con amigos, con hermanos,... me revolvió el subconsciente. Salí con una sensación rara y me puse nervioso. Bajé por el centro de Madrid en coche y pasé por la Cibeles. Pude observar entonces como la fuente estaba totalmente rodeada y se me congeló el alma ante lo que podía ser eso 24 horas después. Enseguida pasé también por Neptuno y estaba igualmente protegida. Me tranquilicé también acordándome de las últimas celebraciones en esa magnífica y legendaria plaza madrileña. Sin darme cuenta levante entonces la vista hacia el Dios del mar y aunque parezca ridículo reconocerlo tuve la sensación, lo juro, de que la figura no sólo me devolvía la mirada con altiva seguridad sino que además lo hacía mostrando una sonrisa contenida. Y entonces si que la emoción me dio un respingo. Y empecé a pensar. Mira que si...

El viernes amaneció gris y frío. Terrible día que no venía nada bien a mis nervios crecientes. Tampoco lo hacía el estar rodeado de personas que son indiferentes al fútbol o que son madridistas, algo que en la mayoría de ocasiones coincide. Y seguía poniéndome nervioso. Traté de ocupar mi tiempo haciendo cosas peregrinar para evitar la tentación de poner la radio, abrir algún periódico o acercarme a algo que tuviese que ver con el partido y lo conseguí hasta diez minutos antes de la hora de comienzo. Entonces me puse la misma ropa que usé en la final de la Europa League de Bucarest y me senté en el mismo sitio, con la misma gente, haciendo exactamente lo mismo. Y comenzó el partido.

El Atleti salió serio. Convencido. Tenso. Nervioso. Mejor que en otros derbis pero con insuficientes recursos como para conseguir lo que a todas luces, seamos sinceros, era muy complicado. El Madrid salió bastante bien al césped. Con una alienación muy ofensiva de centro del campo hacía arriba, pero con la extraña defensa que se anunciaba a lo largo de la semana. Se hizo dueño del partido, empezó a tocar el balón y todos empezaron a jugar en campo colchonero. Simeone tenía claro su plan. Desde el momento en el que se supo que jugaría la final de copa preparó la plantilla para llegar a la cita en las mejores condiciones físicas posibles. Sabía que la victoria, según su criterio, pasaba exclusivamente por un único sitio. El del poderío físico. El Cholo sabe, como todos, que la peor versión del Real Madrid, un equipo, por otro lado, saturado de recursos, es aquella que le obliga a llevar la iniciativa del partido y el balón. Obligarles a no jugar al contrataque. Por ello dejó claro desde el principio que el Atleti no iba a disputar esa faceta del juego. No era mala opción, si uno piensa lo que tienen uno y otro equipo, y de hecho había salido bien en Bucarest o Mónaco. Pero el problema era que el Atleti tenía esta vez una dosis adicional de nervios y que el balón apenas duraba unos segundos en sus pies, lo que provocaba que el Madrid fuese poco a poco cercando el área. 

No es que hiciese un nutrido puñado de oportunidades pero la sensación de peligro estaba claramente decantada de parte merengue. Y llegó el gol. A balón parado, lo que en parte demuestra la falta de suficiencia emotiva y de temple entre los colchoneros. Esa alimaña, en el mejor sentido de la palabra, llamada Cristiano Ronaldo ganó la posición con insultante suficiencia, frente a un Godín que llega tarde, para que elevándose al cielo madrileño consiguiese cabecear a la red. Si la jugada hubiese sido al revés estoy convencido de que los “analistas” madridistas, es decir la prensa deportiva, hubiese hablado de falta en ataque. Para mí no lo fue. Cristiano Ronaldo, un jugador tan sumamente bueno como sumamente estúpido y engreído, gana la posición por poderío físico y capacidad. 1-o. La historia ya conocida. Los fantasmas de siempre empezaron entonces a darse la mano y bailar un sirtaki entre los aficionados colchoneros más agoreros. 

Pero con el 1-0, afortunadamente para el Atleti, comenzó otro partido. Auspiciado por la necesidad de tener que ir, si o si, a remontar el partido y ayudado por el legendario pasito atrás que los entrenadores tipo Mourinho (o nuestro Simeone) hacen, el conjunto madrileño tuvo una sintomática y bendita catarsis. De repente se fueron los nervios, las dudas y ese pesadísimo complejo de inferioridad. Sin grandes alardes el equipo empezó a tener más el balón pero lo que es más importante, también bastante más presencia. El Madrid es el Madrid y Ozil lanzo un disparo al palo casi sin darnos cuenta pero poco a poco se empezó a equilibrar el ritmo y las sensaciones. Pasada la media hora los madridista veían que podía pasar algo en cualquier momento. Y pasó. Falcao recibió un balón en el centro del campo con su marcador en la espalda, pero el colombiano, con un gesto técnico prodigioso, se deshizo de los dos defensores que ya por entonces lo acosaban y lanzó un pase magnífico hacia la diagonal que le estaba tirando Diego Costa. El brasileño encaró a Diego López sin apenas tocar el balón y con la izquierda cruzó la pelota para empatar el marcador. Golazo. Había partido.

La segunda parte comenzó como si de un calco del inicio del partido se tratase. Los dos equipos adoptaron la posición que Simeone había diseñado para el encuentro pero ahora existía una diferencia en la fotografía. El Atlético de Madrid era ya otro equipo. Desacomplejado, sin nervios evidentes y desprovisto de ese miserable complejo de sentirse inferior, el Atleti miró al rival a los ojos. Por primera vez en 14 años. El Madrid dominaba pero el Atleti ahora si daba la sensación de salir con peligro. Y de hecho lo hizo varias veces como un pase al segundo palo que Filipe Luis empaló sin demasiada suerte. Es verdad, que el Madrid volvió a lanzar el balón al poste y que la siguiente jugada acabó con Juanfran sacando el balón de la línea de gol con su muslo, pero ese tipo de jugadas, aunque bien pudieron ser letales, eran puntuales y fruto de la calidad individual de alguien más que de otra cosa. Es más, en este caso, si se fijan en la repetición, en la jugada que lo inicia todo, un avance de Cristiano por el fondo, el balón había salido claramente. 

Pasada la media hora el fuelle merengue empezó a resentirse mientras el colchonero parecía reproducirse a partir de una mágica poción. El trabajo físico de Gabi, por ejemplo, fue algo brutal. Inconmensurable. Pero nuestro capitán es sólo la representación más clara de una presión asfixiante y letal, ejercida con precisión de relojero por parte todo el equipo. Las ayudas de Costa para defender a Cristiano o la brega de Arda Turan son otros datos destacables. En el caso del turco con más mérito todavía teniendo en cuenta el partido que hizo con el balón en los pies. Cuando Turan tiene el balón el Atleti es un equipo distinto. Es capaz de tenerla, cambiarla, moverla, subirla, bajarla,... todo con elegancia y clase. Todo con criterio. Arda Turan es ahora mismo el jugador que más me gusta de mi equipo. Aun así el Madrid volvió a lanzar un tiro al poste por mediación de Benzema. En ese momento empecé a tener claro que era la noche. La nuestra.

Según se acercaba el final del partido llegó el miedo a perder de los dos equipos, lógico, pero también los malos modos que hasta entonces no habían aparecido. Unos banquillos encendidos acabaron con Mourinho expulsado. Probablemente sea injusto teniendo en cuenta que Simeone, igualmente excitado, siguió en el banquillo, pero me temo que en el caso del portugués, ahora que es el centro de un linchamiento mediático, llueve sobre mojado. La excitación se trasladó al césped, ya de forma definitiva, lo que afeo todavía más un partido que no estaba siendo un prodigio de belleza. Y así, entre patadas y recriminaciones, se llegó al final del partido. Prorroga.

En el tiempo de descanso pudimos ver como los que vestían de rojiblanco formaban una sólida piña desde que el árbitro pitó el final hasta que volvió a hacer sonar el silbato. Enfrente el Madrid se agrupaba sin referencias. Con enfado. Con cierta soberbia también. Aquello me pareció buena señal. La prorroga comenzó con un triple cambió madridista que les salió bien con varios desbordes de Di Maria y un remate de Higuain que Courtois, uno de los héroes de la noche, sacaba como acostumbra. El Madrid desesperaba pero más lo haría poco después cuando Koke metía un balón desde la banda derecha que Miranda, libre de marca, remataba a gol desde el primer palo. El gol es un calco de aquel de Pantic en Zaragoza que nos dio la novena Copa del Rey. Otra señal del destino. Eran demasiadas. Era nuestra noche. Por eso cuando ya en el tramo final el Madrid hizo una excelente jugada por la izquierda que cruzaba un balón al otro palo y Ozil llegaba solo para rematar a puerta supimos lo que iba a pasar. Que Courtois, tirando con corazón y alma sus más de dos metros encima del balón, haría la parada de su vida. Tenía que ser así. Una parada que da el título de campeón del Campeonato de España al Atlético de Madrid. El resto del partido transcurrió con el Atleti dejando pasar el tiempo y el Madrid perdiendo los papeles. Especialmente por parte de un sobreexcitado Cristiano Ronaldo que pateó la cara de Gabi ,frustrado por la enésima entrada que recibía. 

Y el árbitro pitó el final. Y los colchoneros conocimos, otra vez, lo que es la felicidad. De hecho nunca hemos dejado de saberlo. Mientras los jugadores correteaban por el césped entre risas y lágrimas, la parroquia atlética se abrazaba física y metafísicamente. Unos en las gradas del Santiago Bernabéu, otros camino ya de Neptuno, otros a través del ciberespacio y todos a través del corazón. Ese corazón sufrido, ejercitado a prueba de bombas al que tanto aprecio tenemos. Todos sin necesidad de explicar nada. Un gesto, una mirada o una sonrisa eran suficiente. Nos conocemos. Somos el Atlético de Madrid. Siempre lo hemos sido. Si ayer lucíamos orgullosos nuestros colores hoy lo hacemos con mayor razón. Con esa razón que los partidarios de opciones más baratas y sencillas a veces no entienden. Hemos ganado como ganan los campeones. Con orgullo. Con ética. Con pasión. Como ese equipo grande que siempre hemos sido y seguiremos siendo. Pese a quién pese. Como el Club Atlético de Madrid.

¡Aúpa Atleti!     

(*) De momento

Mi primera copa


La primera final de Copa del Rey que yo recuerdo no fue un partido contra el Real Madrid sino contra el Athlétic de Bilbao. Mi primer recuerdo de esa competición no es por tanto una efervescente tarde en algún flamante estadio patrio, rodeado de banderas colchoneras y desgarradores gritos que loaban el combativo espíritu rojiblanco, sino una silenciosa noche de verano pegado al regazo de mi padre en un lugar concreto del Puente de Vallecas. No sé si es muy espectacular o no (no lo parece, desde luego) pero esa es la primera final de copa que recuerdo. Lo será además para siempre. 

Uno era entonces lo suficientemente pequeño como para que acudir al estadio no fuese algo de obligado cumplimiento ni una necesidad imperiosa. Tenía la edad temprana en la que la vida es exclusivamente eso que ocurre al otro lado de la puerta que te abren tus padres. Ese maravilloso momento de la existencia en el que te levantas todos y cada uno de los días sin tener ni puñetera idea de lo que te va a ocurrir después. Y podía ser cualquier cosa. Ir al colegio, bajar al parque, quedarte viendo una del Oeste, salir al cine, ir a comer en casa de los abuelos,… o quedarse en casa porque el Atlético de Madrid juega la final de la Copa del Rey. 

Recuerdo verlo con mi padre, sentado en un sofá tricolor de una espuma tan blanda y quebradiza que hacía que todos los allí sentados (más de dos era hablar de una arriesgada quimera) resbalarán hacia el más pesado de los presentes. Aquel sillón barato y malo venía de nuestra casa anterior pero también nos acompañaría hasta la siguiente. De hecho no tengo certeza de que haya desaparecido. Estábamos allí, piel con piel, en esa habitación al lado de la puerta que hacía las veces de “cuarto de estar” y en el que teníamos la televisión mala. ¿Por qué estábamos allí? No lo sé. Puede que fuese una decisión fetiche de mi padre, algo que de ser así explicaría el origen de una de mis más absurdas debilidades, o puede que mi madre hábilmente se hubiese hecho fuerte en la zona noble de la casa antes que nosotros. No lo sé. Lo que sé es que el que no estaba en aquel pequeño cuarto era mi hermano, por mucho que cuando lea esto me diga que si que estaba (que ya nos conocemos). Por mucho que lo niegue es así. El insigne, furibundo y epidérmico colchonero que es hoy en aquel entonces era sobre todo un impredecible rebolera, que cuando yo calzaba la rojiblanca, él, para sorpresa de todos, se enfundaba el traje de portero de la Real Sociedad. Arconada, ya saben. 

Recuerdo ver el partido casi en penumbra y con la luz apagada. La legendaria aversión de mi progenitor por los rigores del calor estival en Madrid era ya por entonces patológica más que legendaria. Tan pintoresca "enfermedad" sólo ha ido a peor desde entonces. Su mítico ritual anti-calores, depurado posteriormente hasta límites infinitos, no era por tanto negociable. Ventana abierta, luces apagadas, pantalón corto y pecho descubierto. Por eso sé que ese día debió hacer bastante calor. Porque me acuerdo de esa imagen. El volumen de la televisión estaba apagado (ya entonces la televisión tenía un problema con los narradores de fútbol) así que escuchábamos el encuentro a través de un pequeño transistor negro, que tenía la opción de recibir Onda Corta, pero que entonces debía tener sintonizada Radio Intercontinental o Radio España o alguna de esas emisoras adultas que me encontraba sonando en el baño cuando me levantaba por la mañana. Apenas hablábamos. Cuando enfocaban a las gradas podíamos observar aquella inmensidad de felices bilbaínos que por la tarde habíamos visto dando colorido al Paseo de la Castellana volviendo a casa. No sé si nos doblaban en número pero a mí me lo parecía. Recuerdo como en la radio decían que la afición colchonera “había fallado”. Recuerdo también como en ese momento volví a sentir una incómoda sensación que tenía entonces, cuando viendo partidos en el Calderón me rodeaba el cemento y era raro llegar a la media entrada, pero que no  he vuelto a tener después. La de sentir que los aficionados al Atleti éramos muy pocos. Ingenuo. 

Y llegó el primer gol. Landaburu sacaba un córner de forma magistral y entre el larguero y el brazo de un tal Urtubi conseguían que el balón no entrara en la red. El árbitro pitó penalti y el entonces glorioso Hugo Sánchez nos deleitaba con la primera de sus características “palomas”. Un gesto que, quién me lo iba a decir entonces, llegaría a odiar con todas mis vísceras. Salté del sillón gritando gol mientras dejaba a mi padre con los brazos en alto y el culo al ras del suelo repitiendo su mantra clásico - muy pronto, muy pronto... han marcado muy pronto. - Para mi padre un gol antes de la media hora en una partido de eliminatoria era (y es) marcar demasiado pronto. ¿Por qué? No lo sé. Dijo lo mismo cuando Salinas marcó en el Bernabéu en un mítico 0-4 y dijo lo mismo cuando Falcao hizo el primero del 0-3 en Bucarest. Sé además que lo volverá a decir la siguiente vez que ocurra. 

El sol se escondía tras la ventana y la oscuridad se hacía cada vez más fuerte. Mientras los ardorosos jugadores vascos trataban de remontar el partido, cuidando que los colchoneros no destrozaran definitivamente la final en uno de sus característicos contrataques, lo único que se veía en aquel cuarto era la  luz lechosa que emitía el tubo de rayos catódicos y la punta incandescente de los cigarrillos que mi padre iba enlazando. Uno detrás de otro. Tres Carabelas, sin filtro. Y llegó el segundo gol al poco de empezar la segunda parte. De contrataque, claro. Hugo Sánchez de nuevo, batiendo a un joven Zubizarreta tras pase de Landaburu. Y volví a gritar gol todavía más fuerte. Y mi padre ya no decía nada ni ejercía de cenizo. Se limitaba a sonreír. Y apareció mi madre, que viendo la sonrisa estúpida que teníamos los dos en la cara no pudo reprimir una parecida en la suya. El Athlétic logró recortar distancias a falta de un cuarto de hora del final con una buena jugada de Sarabia que culminó un espigado y prometedor joven llamado Julio Salinas, pero no recuerdo que sufriéramos demasiado a pesar de lo que hoy cuenta mi padre y las crónicas. 

Cuando el árbitro pitó el final nos levantamos los dos y nos fundimos en un abrazo. Simple. Natural. Precioso. A continuación me puse a saltar chillando y salí corriendo para recuperar la bufanda de mi habitación y sacarla por la ventana. Quería gritar a los muermos de mis vecinos que el Atleti acaba de ganar la Copa del Rey. ¡Qué se enteren! Nadie me dijo que no pudiera hacerlo a pesar de la hora que era por lo que deduzco que los adultos querían hacer lo mismo. Mi hermano se apuntó, por supuesto. A esas cosas siempre se apuntaba. De camino, en mitad del pasillo, mi madre me pegó un beso en la cara dándome la enhorabuena como si yo fuese Hugo Sánchez, acabase de marcar dos goles y en lugar de correr por el pasillo estuviera dando la vuelta a un estadio Santiago Bernabéu lleno de aficionados vascos. Pero yo no era Hugo Sánchez. Ni antes ni después. Yo me pedía ser Rubio, que era extremo izquierda como yo. Mi padre nos seguía a mi hermano y a mí agarrado a esa radio de Onda Corta que nunca soltaba y que no dejaba de emitir los sonidos de la victoria. Del presidente, de los jugadores, de los analistas, de los aficionados… De repente un locutor de voz aflautada, de esos que entiende que la información deportiva siempre tiene que ir redactada para oídos del equipo del poder (y que hoy copan las redacciones de los principales medios de comunicación) dijo de repente no sé que de la Universidad de Méjico y de que Hugo Sánchez estaba fichado por el Real Madrid. La sangre se me congeló por un momento. Me acordé con toda la mala educación que pude de la familia de aquel locutor de voz aflautada y me dirigí a mi padre con histérica retórica. - Eso no puede ser, ¿verdad?- Le dije. Mi padre, prudente él y con muchos años ya de colchonerismo militante a la espalda prefirió no engañarme. - Quién ha ganado hoy la Copa del Rey es el Atlético de Madrid. Que no se te olvide. – Me contestó. Y tenía razón. 

El viernes que viene, en una decisión voluntaria no estaré en el Bernabéu. Veré el partido atenazado por los nervios en algún rincón de alguna casa en la que se respire colchonerismo. Hay muchas formas distintas de sufrir y disfrutar con el Atleti y cada uno probablemente tenemos la nuestra. Sé que ocurra lo que ocurra hablaré esa misma noche con los otros tres protagonistas de esta historia. Por eso, por cómo y con quién lo veré, por el momento, por las sensaciones que tengo y por muchas otras razones que no vienen al caso me he acordado hoy de mi primer recuerdo de Copa del Rey.

Salto de potro

At. Madrid 1 - FC Barcelona 2

Por cosas que tampoco vienen a cuento ahora mismo, el que escribe estuvo un año entero en un gimnasio practicando ese deporte olímpico llamado gimnasia deportiva. Como es conocido, una de las disciplinas que conforma tan sacrificado deporte es la de salto de potro y esa fue precisamente mi pesadilla durante aquel año. Mientras en el resto de cosas avanzaba de forma más o menos regular y conseguía disfrutar de ellas, el enfrentarme a semejante tocho de madera provocaba sudores fríos en mi cuerpo. Tenía las facultades, el aprendizaje, la velocidad y la fuerza para saltarlo con cierta dignidad pero la realidad era que o me quedaba colgado ridículamente a mitad de camino o me hacía daño. A veces mucho. Cuando esto ocurría, mi entrenador siempre aparecía de inmediato y lejos de reconfortarme me reprendía con muy malos humos. Nunca olvidaré lo que me decía y no sólo porque siempre era lo mismo sino porque tenía razón. “O vas con todo o no vas”, me decía. “Lo que no puedes hacer es arrepentirte o dudar a mitad de camino porque entonces las consecuencias son las que son”. Y tenía razón. Lo supe el día que por fin salté sin guardarme nada y conseguí llegar con mucha dignidad al otro lado. 

Hoy, según paseaba por el Paseo de la Chopera camino del Calderón, discutía con mis amigos de twitter sobre la sorprendente alineación del Cholo. Una selección de jugadores plagada de titulares que bien podría haber sido la alienación que el equipo sacara de estarse jugando algo de verdad con el FC Barcelona. Pero es que no nos jugábamos nada y en menos de cinco días si que poníamos en liza lo que puede ser la guinda de la temporada. El debate fluctuaba entre los pragmáticos que se echaban las manos a la cabeza por exponer a una tarjeta roja o una lesión a los jugadores que el próximo viernes nos tienen que traer la Copa del Rey y los que tiraban de corazón y aplaudían la decisión del argentino, basándose en argumentos próximos al honor o el orgullo de ganarle al todopoderoso Barça, con la posibilidad añadida de absorber una última dosis de optimismo y confianza de cara a la cita definitiva. Dos opciones muy lícitas. Personalmente no tenía muy clara la decisión. Gustándome eso de jugar con los mejores contra el Barça, la cruda realidad de una plantilla cogida por los pelos despertaba ciertos temores en mi persona. Pero me temo que ese debate interno que tenía yo, que no soy nadie, también lo tenía Simeone y todos y cada uno de los jugadores. Al final el Atleti ha dudado por el camino, como hacía yo al saltar el potro. Habiendo decidido saltar (ya que podía haber sacado un equipo de circunstancias y no dar explicaciones a nadie) a mitad de camino entendió que era mejor no darlo todo y las consecuencias han sido las que mi entrenador de antaño vaticinaba. No has saltado el potro y encima te has hecho daño. Afortunadamente un daño exclusivamente anímico. Creo. 

El partido empezó siendo una fiesta. Un estadio lleno, una tarde preciosa, un equipo de balonmano vitoreado que sacaba a pasear su reciente Copa del Rey, un FC Barcelona aplaudido por su campeonato de liga y un partido en ciernes. El ritmo de comienzo fue bastante bueno para las premisas que acarreaba el partido, pero poco a poco se fue poniendo en su sitio. Un Barcelona apático que se limitaba a tirar de su consabido guión de toque-toque-toque y un Atlético de Madrid voluntarioso que como si de un entrenamiento se tratara, se aplicaba a la disciplina de equipo con intensidad y rigor pero sin demasiada mordiente. Mediada la primera mitad, ya vimos todos que aquello era más o menos una pachanga con público. Sin apenas llegadas, ni ocasiones, ni faltas, ni polémicas, ni meter la pierna, ni arriesgar nada, la primera parte fue una buena ocasión para tostarse al sol y charlar con los amigos. 

La segunda parecía seguir los mismos derroteros pero un fallo de la defensa catalana provocó que Gabi desde el suelo habilitase un balón a Falcao que arrastrando la puntera hizo el primer gol del partido. Los minutos siguientes, probablemente por el subidón de darse cuenta de la cantidad de gente que les estaba viendo, fueron los mejores de un Atleti que se fue arriba con alegría y con el talento de ese genio llamado Arda Turan (ayudado por un cada vez más imponente Koke) y que pudo sentenciar el partido en un contrataque en el que el otomano se emborrachaba de balón ya delante del portero. Simeone entendió entonces que era momento de empezar a tomar precauciones y fue quitando del campo a Turan y a Falcao. En ese momento también, un inapetente (y algo engreido, para que negarlo) Messi decidió largarse del campo, es de suponer que por molestias físicas, dejando al equipo con diez. Todo parecía claro y diáfano para los colchoneros pero entonces el Atleti decidió relajarse y olvidarse del rigor o la mínima tensión que requiere un partido de primera división. Y lo pagó. 

Primero con una ingenuidad defensiva propia de otros tiempos que dejaba que un hasta entonces inoperante Alexis rematara casi sin querer para hacer el empate. Minutos después Juanfrán decidió con todo el Atleti en campo contrario hacer un pase de fofito que iniciara un contrataque blaugrana y que dejó un remate franco de Villa en el borde del área pero que al igual que sus compañeros tampoco tenía la tarde y lo mandó fuera de los tres palos. “Afortunadamente” el bueno de Gabi estaba por allí para recoger el balón antes de salir y meterlo en su propia portería con bastante mala suerte. El Barcelona remontaba el partido con diez y sin despeinarse. El Atleti se quedaba con cara de calabazas pensando que para este viaje no necesitaba esas alforjas. 

Partido de entrenamiento con publico, si, pero partido de los que te deja cara de atontado. No debe tomarse como referencia para lo que tenga que pasar el viernes, porque son cosas completamente distintas, pero es difícil no tomar la reflexión de que en liga el Atleti es incapaz de ganar a los equipos de la parte alta de la tabla. Es así. Ni por las buenas ni por las malas. En cualquier caso en cinco minutos todo esto estará olvidado y sólo tendremos una cosa en la cabeza. El estadio Santiago Bernabéu. El próximo viernes. Será la final del Campeonato de España. Lo que muchos denominan La Copa de Rey.

Espíritu alemán

Celta de Vigo 1 - At. Madrid 3

Un amigo mío escocés, muy aficionado al fútbol también, me hizo una vez darme cuenta de una cosa. Él tenía la teoría de que el espíritu ganador es una cosa global, colectiva y no individual. Algo que tiene un equipo o una entidad independientemente de los jugadores que estén y me ponía como ejemplo de ello a la selección alemana. Para demostrarlo me mostró un vídeo de las semifinales de uno de los mundiales que ganó Alemania. No recuerdo que año fue ni contra qué rival jugaba pero eso es algo irrelevante. Lo que mi amigo quería enseñarme es lo que hicieron los jugadores nada más terminar el partido y clasificarse para la final de un campeonato del mundo. Unos jugadores que no tenían el nombre de otras veces y que no eran favoritos. No hicieron nada. Saludaron al rival, se bajaron las medias a los tobillos, se abrazaron con frialdad, aplaudieron a la grada y se fueron al vestuario. En sus cabezas eran conscientes de haber hecho nada más que lo que tenían que hacer. Ser campeones del mundo es lo que había que celebrar. Y lo fueron. Y lo celebraron. Hoy, cuando al acabar el partido han enfocado a Simeone he visto un tipo serio, que saludaba a sus rivales y sus pupilos, que se bajaba las medias a los tobillos y que, satisfecho por la labor cumplida, se marchaba a los vestuarios sin aspavientos. Acababa de sellar la mejor clasificación del equipo en 20 años. Hace muy pocas temporadas, cuando un mejicano de verbo florido y beligerantes conceptos del fútbol ocupaba el baratísimo banquillo colchonero, recuerdo con desgana como un puñado de desinformados aficionados colchoneros tenían la osadía de ir a celebrar a Neptuno un cuarto puesto que tras una desastrosa temporada el equipo había conseguido. Aquello me provocó un bochorno inmediato, pero el bochorno se transformó en indignación cuando también observé como desde el club, probablemente uno de los sitios dónde peor se conoce y se trata la historia del Atlético de Madrid, no sólo no se denunciaba tamaño despropósito sino que incluso se alentaba. La indignación se hizo directamente ira cuando además comprobé que los medios de comunicación, ese infalible Ministerio de la desinformación que nos bombardea a diario con su visión binaria del mundo, seguía en la misma línea. Hoy, algunos años después y exclusivamente gracias a un señor argentino llamado Diego Pablo Simeone, todo eso suena simplemente a un mal recuerdo. Hoy todo esto se parece bastante más al Atlético de Madrid de siempre. Al de verdad. Hoy, después de veinte años, el tercer presupuesto de la liga ha quedado matemáticamente tercero en la clasificación. Con brillantez y poderío. Tres jornadas antes del final. Sin épica. Sin sufrir. Bajándonos las medias y volviendo al vestuario con el deber cumplido. Sin invocar celebraciones que no proceden. Sin aspavientos. Recuperando el espíritu alemán. El espíritu ganador. 

El partido además dejó un gran sabor de boca. Si hace unos días me quejaba amargamente de una mediapunta compuesta por Raúl García y Cebolla que se perdía en el barro, hoy Simeone me consolaba colocando a Diego Costa y Koke es esa posición. Fue pasar de un cielo completamente cerrado y tormentoso a uno de un azul cristalino. El Atleti, como casi siempre es rutina, se hizo dueño del partido nada más pitar el árbitro pero esta vez a su dosis habitual de entrega e intensidad se le sumo un cariño por el balón y la circulación del mismo desconocidos por estos lares. El juego pasaba siempre por un Koke que cada vez se hace más vital en este equipo y llegaba con fluidez a la parte de arriba, sobre todo a la banda izquierda en la que habitaban Costa y un excelente Filipe Luis. Enfrente el Celta de Abel. Un equipo atenazado por la presión que obsesionado por los puntos trataba de jugar muy juntos cerrando todos los espacios. El Atleti dominaba pero no tenía ocasiones. Aquella efectividad que sorprendió a propios y extraños a principio de liga parece haberse perdido por el camino y al equipo le cuesta mucho más ahora hacer ocasiones de gol. Las pocas de las que dispone además no se resuelven con la solvencia con las que se resolvían entonces. Una gran parte de la responsabilidad debe recaer, lógicamente, en un Falcao que no termina de coger la forma y al que se le sigue viendo ansioso y algo desubicado pero también en sus compañeros de vanguardia y retaguardia que no están finos tampoco en la finalización. La mejor ocasión del Atleti estuvo en las botas de Adrián, flojo y apático otra vez el asturiano, que con toda la portería a favor tras buena dejada de Falcao, marró el tiro a las nubes. Irónicamente la oportunidad más clara fue sin embargo del Celta con un tiro alejado que Cortois, poco después de batir otro mítico récord de imbatibilidad de Abel, despejaba de forma poco ortodoxa. 

El Atleti se iba al descanso con un empate a cero que se antojaba algo injusto pero tuvimos poco tiempo para lamentarlo. Nada más volver de la caseta, la enésima jugada de estrategia de Simeone que sale bien ponía el 0-1 en el marcador. Saque de esquina de Koke, peinada de Miranda y remate de cabeza de Diego Costa que se anticipa a su defensor ganando de forma magistral la posición. El gol sirvió para aumentar el nivel de nervios del equipo gallego que no tuvo ya más remedio que irse a por el partido con más fe que criterio. El encuentro se ponía franco para los de Simeone que enlazaban fácilmente un contrataque tras otro pero que, como ocurre últimamente, no conseguían rematar, a veces con demasiada candidez a la hora de terminar la jugada. Eso provocó que el partido se rompiese convirtiéndose por momentos en un ejercicio de ida y vuelta que no le convenía nada a los madrileños. La tesitura fue aprovechada por los celtiñas que consiguieron llegar alguna que otra vez con peligro pero que unas veces por la falta de acierto y otras por Courtois, hacían que el partido siguiese con el mismo marcador. Hasta que en uno de tantos contrataques tirados por los madrileños el balón llegó de rebote a Juanfran que disparando desde la frontal del área y dando el balón en un defensa rival, conseguía hacer el 0-2. 

El partido pareció morir en ese momento. Aunque la fiel afición celeste siguió animando incansable al desánimo, el equipo no era capaz de responder al entusiasmo y se perdía amargamente en el césped. Tampoco ayudaba mucho la red defensiva tejida por los colchoneros y el provocado ritmo pausado que tenían. El Atleti seguía dominando el encuentro pero esta vez sin balón. El Cholo cambiaba jugadores con vistas a los partidos del futuro y todos pensábamos que no ocurriría nada más hasta que una jugada aparentemente intrascendente acabó con un remate desde la derecha que sacó Courtois en primera instancia pero cuyo posterior remate por parte de Augusto se pasaba por debajo del cuerpo, en una acción que se puede considerar como fallo del portero. Uno de los pocos que tiene. 1-2. Los más agoreros tiraron entonces de recuerdos fantasmas y dramones de última hora pero a este equipo no le sientan nada bien esos estereotipos cinematográficos. Los colchoneros volvieron a situar el grado de intensidad al nivel que lo habían dejado desde hacía tiempo y en apenas unos segundos ya estaban con superioridad numérica dentro del área contraria. Tras una jugada algo accidentada el balón acaba en los pies de Falcao que esta vez se saca un soberbio recorte en una baldosa dentro del área para elevar el balón por encima del portero y clavarlo en la red. 1-3 que ya si era definitivo. Aunque pudo no serlo por la cantidad de ocasiones que llegaron después por parte de los colchoneros, con un Celta ya totalmente volcado y absolutamente desarbolado. La más evidente de ellas una llegada clara de Arda Turan que delante del portero envió el balón a la base del poste. 

El Atlético de Madrid sella así y antes de tiempo una magnífica competición liguera y una magnífica temporada. Independientemente de lo que ocurra en esa señalada final de Copa del Rey que todos tenemos señaladas en el calendario y en la cabeza. Tiempo habrá de hacer análisis, sacar conclusiones y pensar en los vicisitudes del futuro pero ahora es tiempo de disfrutar. De disfrutar primero de la tranquilidad de poder jugar la liga siendo un espectador únicamente con ganas de divertirse y después de ese partido frente al máximo rival que tendrá que ser una fiesta. Independientemente del resultado pero conscientes de que el destino nos debe una alegría como esa.

Traineras

Deportivo de La Coruña 0 - At. Madrid 0

El sábado por la tarde hacía un día precioso en San Sebastián. El que escribe tenía la inmensa suerte no sólo de estar por esas tierras sino de poder comer con amigos, como un marqués, en un magnífico restaurante de Pasajes-San Juán. Entre delicias del mar, cocinadas con gusto, y después de rematar la primera botella de vino, uno se dedicó a elogiar de corazón la gran temporada que está haciendo la Erreala pero indefectiblemente acabamos hablando del Atleti. Del Atlético de Madrid, claro. Curiosamente el único rival que ahora mismo tenemos los colchoneros es precisamente el equipo txuri-urdin. Pero mientras nosotros nos devanamos los sesos mirando los puntos que faltan para estar matemáticamente clasificados terceros, mis amigos gipuzcuanos no lo ven así. Su obsesión es el Valencia, equipo con el que entienden que se juegan el pase a Champions. Alejados ya del Madrid y a distancia sideral del Barça la situación del Atleti es un tanto extraña y da la sensación de que el equipo no sabe si mirar arriba, abajo, seguir corriendo o dejar de remar. Mientras mi cabeza se iba por la tangente pensando en estas cosas, al otro lado del cristal parecía haber una competición de traineras, algo muy típico en el lugar dónde existe una rivalidad milenaria entre un lado y el otro de la ría. Mientras unos equipos competían, otros estaban calentado en un espacio cercano y todo quedaba a la vista así que simultáneamente pude ver como los que competían no dejaban de remar hasta bien pasada la meta pero como cuando los que entrenaban dejaban de hacerlo, durante unos segundos, seguían prácticamente a la misma velocidad. Comentando la jugada con el comensal de al lado, experto en la materia, me dijo que dejar de remar en la línea de meta es algo así como un pecado. Ese último esfuerzo es el que te puede hacer perder lo que tenías ganado o vicebersa. En ese momento volví a pensar en el Atleti. Ustedes entienden la razón. 

Horas más tarde, mientras veía el partido del equipo en Coruña, trataba de no hacerme un esguince de mandíbula debido a los bostezos que tan atroz espectáculo me provocaba. El inicio de partido, antes incluso del pitido inicial, ya era suficientemente desalentador, echando simplemente un vistazo a la alineación. Vale que Koke y Costa estaban sancionados, vale que Tiago no parece estar recuperado. Vale que no hay más, pero una alineación con Cebolla y Raúl García entre Falcao y los mediocentros (cuando encima uno de ellos es el cada vez más lánguido Mario Suárez) es toda una declaración de intenciones. De intención de evitar el fútbol. De jugar a otra cosa. El uruguayo es un jugador de banda muy profesional y aguerrido pero que, como Falcao, depende mucho del juego del equipo. Típico jugador de banda clásico que necesita balones al hueco, dos contra uno en banda y cosas por el estilo. Cuando el epicentro del juego tiene que pasar por sus botas se pierde y no aporta más que entrega. No es ese jugador. Por otro lado Raúl García, sinceramente, no sé lo que es. Lo que si que sé es lo que no es. No es mediocentro, no es jugador de banda, no es mediapunta y no es segundo delantero. Dicho esto, ustedes me dirán que tipo de jugador es porque yo no lo sé. ¿Un mediocentro que necesita otros dos mediocentros por detrás? ¿Un mediapunta que necesita otro mediapunta al lado par mover el balón? Pues menudo negocio, entonces. Pero por ahí van los tiros, me temo. Con Mario, Cebolla y Raúl como eje constructor lo que ocurrió es lo que se anticipaba antes del inicio: la nada. La primera parte fue un aburridísimo ejercicio de centrocampismo táctico, patadones al cielo y esa contumaz alergia al balón que según pasan los partidos se hace cada vez más fuerte. Enfrente un Deportivo asustado y atenazado pero cuyo comportamiento se justifica por la situación límite que sufren. Un equipo obsesionado con el equilibrio defensivo que sin embargo cuando era capaz de tener el balón en campo contrario daba sensación de tener bastante más fútbol en sus botas que su rival. Especialmente cuando el balón pasaba por esa leyenda viviente que es Valerón. Un jugador de fútbol como la copa de un pino. Los últimos minutos tuvieron más y mejor ritmo y aquello empezó a parecerse algo más al bonito deporte del balompié. Cabe destacar el concurso de Adrían, más activo y atrevido que en toda la temporada, que aprovechando el bajo nivel general acabó por ser el tuerto en el país de los ciegos. 

La segunda parte tuvo sin embargo un Atleti con otro brío en apariencia. Más por efecto anímico y por intensidad que por fútbol los madrileños se adueñaron del balón y del partido y dominaron el encuentro. Eso si, sin ningún tipo de profundidad o brillantez. Nada. Un juego muy plano y previsible que no servía para despeinar a un bien colocado Deportivo que seguía esperando paciente su oportunidad al contragolpe. Una opción que a mi se me antoja sorpresiva viendo como cada vez que tenían el balón y lo circulaban no sólo aparecía un equipo muy distinto sino que hacía correr y descolocarse al Atleti. Pero todo siguió exactamente igual hasta más o menos el minuto 70 que fue cuando realmente empezó el partido. 

Si, me temo que todo lo anterior no debe asociarse a una crónica deportiva sino a otra cosa. El fútbol empezó a partir de que Arda Turan saltara al campo y pocos minutos después lo acompañara Óliver Torres. El turco es simplemente esencial para este Atlético de Madrid que guarda su capacidad creativa en pastillas infinitesimales. Arda es ese jugador que se pasea con criterio entre el delantero y los mediocentros, que guarda el balón, que inventa y que a diferencia de muchos de sus compañeros es bueno cuando el esférico está cerca. Es el único que tenemos. Lo volvió demostrar. Óliver era hasta ayer la canción del verano, la excusa barata de los periodista baratos que tratan de cocinar noticias basura para esa parte del graderío, simple y agradecida, que sólo entiende de mensajes simples y demagógicos. Para mí hasta ayer era un muchacho de 18 años que había destacado en las categorías inferiores, que tenía un gran futuro y al que había que proteger. Ayer demostró sin embargo que es un jugador de fútbol muy bueno y de un perfil que no tenemos. Un jugador de fútbol que quiere el balón y que sabe lo que hacer con él. Rápido, listo, creativo. Un tipo con personalidad que ayer no dudo en echarse al equipo a la espalda y hacerlo jugar. Ayer si. A partir de ese momento, durante esos 20 minutos, el partido se jugó en campo gallego y sólo tuvo un dueño. El Atleti llegó por la izquierda y por la derecha. Se vieron más pases con criterio que en los últimos partidos y además se pudo ganar. Falcao no estuvo fino en la recepción de un par de balones y Gabi lanzó un misil al larguero cuando el partido agonizaba. Aun así el árbitro anuló un gol en el último minuto por presunto fuera de juego. Muy dudoso, pero a mí en la repetición me lo parece. También es verdad que si no lo anula tampoco pasa nada. Pero aunque el Atleti fue claro merecedor de los tres puntos en esos 20 minutos y el único que lo intentó, hoy verán en los periódicos las quejas exageradas de los coruñeses contra el árbitro por unas manos de Juanfrán dentro del área en el tiempo de descuento. La repetición parece clara, es mano, pero en el campo es difícil de ver por no hablar del enigmático tema de la voluntariedad. Podía haber pitado penalti perféctamente pero hablar de robo arbitral me parece vivir en la luna de valencia. 

Empate que por lo visto asegura la Champions (lo que no es verdad ya que asegura exclusivamente la fase previa) pero que deja al equipo pendiente de cerrar la temporada como se merece. Todo parece indicar que así será, pero tengo miedo de que los jugadores, creyendo erróneamente que siguen viajando a la misma velocidad, dejen de remar en la línea de meta. Un pecado. Espero que no sea así.