Tiempo muerto

At. Madrid 2 - SD Eibar 1

Estoy seguro de que los grandes cerebros que regulan el mundo del fútbol tendrán una razón para ello pero a este humilde aficionado le cuesta entender por qué el periodo de fichajes sigue abierto cuando las competiciones ya están en juego. Habrá, no lo dudo, mentes pragmáticas mucho más evolucionadas que la mía que explicarán con precisión geométrica como dicho dato debería ser irrelevante en un mundo construido con profesionales pero sinceramente, creo que no lo es. Resulta inquietante saber que, jugándose la segunda jornada de liga, cualquiera de los jugadores sobre el campo podrían mañana estar en el equipo de enfrente. Que un pie mal metido o una patada mal dada en ese preciso momento podría dar al traste con una operación que condicionará su futuro. Sí, no debería ser importante, pero el runrún del Vicente Calderón cuando la pelota echó a rodar no sonaba a fútbol ni a ilusión sino a nombres que se iban y venían, a cosas que se debería hacer y a cosas que se deberían haber hecho. Probablemente eso no debería explicar por si mismo lo que ocurrió después en el césped pero tampoco creo que sean hechos independientes. El Atleti comenzó el partido con la misma sensación de provisionalidad con la que lo terminó. Con la idea de fondo de que es una plantilla en construcción a la que le falta mucho trabajo para que vuelva a ser el equipo bien engrasado y competitivo que fue la temporada pasada. Para que vuelva a ser un equipo. Por mucho que los vendedores de crecepelo nos quieran hacer creer otra cosa, el Atleti del Cholo ha sufrido tres amputaciones críticas que nos han hecho temblar (Courtois, Filipe Luis y sobre todo Diego Costa). El tiempo dirá si los repuestos son mejores o peores pero de momento yo tengo claras dos cosas: que hay que construir el equipo otra vez y que cuando esto ocurra será distinto a lo que estábamos acostumbrados a ver. El Atlético de Madrid de Simeone ni está probablemente completo en sus activos (veremos) ni es todavía un equipo. Esto probablemente no anticipa nada de lo que pueda ser el futuro pero es lo que es y mentiría si dijese que me parece ilusionante.

El partido contra la SD Eibar fue atroz. Horrible. Malo de solemnidad. Una medicina caducada para intentar insuflar algo ilusión a la incomprensiblemente desanimada afición colchonera. Comenzó sin ritmo y sin intensidad. Plano. Vacío. A ello contribuyó el equipo rival, un modesto Eibar que lógicamente hizo lo posible para frenar el tradicional ardor de los colchoneros, pero que tampoco necesito demasiado empeño dada la actitud de unos madrileños que no parecían estar por la labor de hacer el partido de su vida. Sin velocidad, sin balón, sin presión, sin fuerza y lo más dramático de todo: sin intensidad. Era desesperante ver por ejemplo al nuevo cancerbero, Moyà, peinándose e interpretando pasajes del Tartufo de Moliere cada vez que tenía que sacar de fondo. Lleva dos partidos, lo sé, pero no me gusta ese postureo en el campo del nuevo portero colchonero. La SD Eibar tampoco jugaban nada pero al menos cerrraba los pasillos de seguridad del rival. Solamente Griezmann, el jugador que ahora mismo más me ilusiona, era capaz de aparecer entre líneas, tocar el balón y hacer algo parecido al fútbol. Todo cambió en pocos minutos gracias a dos acciones a balón parado marca de la casa y que el equipo gipuzcoano defendió con una candidez propia de un recién llegado a primera división. En la primera, Miranda remataba en el primer palo un pase desde la derecha (¿les suena de algo?). En la segunda era Mandzukic el que remataba un balón colgado, esta vez desde el lado contrario.

Con 2-0 en el marcador el partido parecía fácil y tranquilo para el vigente campeón pero no ocurrió así. El balón siguió rodando sin criterio, la intensidad se evaporó definitivamente y la parsimonia de Moyá tomaba ya demasiado protagonismo. En ese contexto apareció la mejor jugada del partido. Excelente combinación del equipo armero (ante la pasividad defensiva de los colchoneros) que acababa con un gran tiro de Abraham desde la frontal del área que se colaba por la escuadra. Rondaba la media hora de partido pero ahí se acababa un Atleti que, a excepción de un tiro de Raúl García desde la frontal del área todavía en la primera parte, no volvió a hilar una jugada.

La segunda parte fue una pesadilla. Con un Atleti inexistente en la construcción, perdido en la presión y con desajustes defensivos impropios de un equipo de Simeone, el Eibar no tuvo más remedio que hacerse con los mandos y merecerse un empate que de haber ocurrido no hubiese sorprendido a nadie. Los rojiblancos hacían sobre todo aguas en el centro del campo. Con un Koke en baja forma (lo mismo vamos a pagar caro lo de Brasil), Gabi desesperado pidiendo intensidad y perdiendo el sitio al tener que ir a tapar los errores de sus compañeros y Raúl García/Griezmann sin conectar con la delantera, sobresalía en negativo un Mario Suarez que cada vez genera más dudas. Comenzó bien el mediocentro pero acabó mal. Muy mal. Perdido, mal en defensa y peor en ataque. Incapaz de conectar con los de atrás ni con los de arriba. Mal colocado, llegando tarde y generando dudas en su entorno. Lo llevo diciendo desde hace años: el Atleti necesita un mediocentro. Si Koke y Saúl no le valen a Simeone para jugar ahí tendrá que venir otro, pero es muy necesario. Tiago no tiene gasolina y Mario no está para ser titular. Los incomprensibles cambios de Simeone tampoco ayudaron demasiado. Quitar a Griezmann era quitar el poco fútbol que quedaba. Quitar a Mandzukic era quitar la posibilidad de otro gol. La SD Eibar no fue capaz de empatar el partido pero al menos tuvo dos oportunidades de hacerlo gracias a los desajustes defensivos y las malas salidas de Moyà (que sin embargo sacó un gran balón tras falta directa). El partido terminó con la grada pidiendo la hora y la sensación de que un puñado de nubes negras se colocaban en el firmamento colchonero.

Como escribía ayer en twitter, prefiero tener paciencia y ser paciente antes de abrirme las venas en canal. No creo que tenga sentido ahora mismo hacernos el Hara-kiri. Veo un pesimismo exacerbante a mi alrededor que sinceramente me parece injusto y que no se corresponde con las alegría que este equipo nos acaba de dar como quien dice. El Atleti tiene quince días que cerrar la plantilla, centrarse, trabajar y saber si somos piel o pluma. Puñal o florete. Tomemos este tiempo como un agradecido tiempo muerto. 

La pirámide de Maslow

Rayo Vallecano 0 - At. Madrid 0

La teoría psicológica de la jerarquía de las necesidades humanas (Pirámide de Maslow) viene a decir que el ser humano no es capaz de desarrollar necesidades elevadas a menos que no tenga satisfechas las más básicas. Es decir, sería francamente complicado preocuparse por la creatividad o la belleza sin tener nada para comer y sin poder calentarte.

El año pasado el Atleti acabo en el cenit de su historia. Culminando una temporada de ensueño y con la sensación de que por fin se había elegido la vía correcta. Que las semillas habían agarrado, que los brotes eran ya fuertes y que el prometedor futuro estaba trazado. Sabíamos dónde estaban las virtudes y se habían conseguido aislar los puntos débiles. Era fácil construir a partir de ahí. El equipo era corto, limitado y había terminado roto pero todos sabíamos lo que fallaba y lo que había que hacer para mejorarlo. Pero sólo quince minutos después del pitido final de la temporada pasada comenzó la diáspora que dio origen al enésimo verano de incertidumbre y pesadilla. Esos meses agónicos, que ya son tradición, en los que los sueños se deshacen y en los que, algo aturdidos, tenemos que improvisar a toda prisa nuevos métodos para renovar la fe. Cuando siguiendo la pirámide de Maslow uno estaba ya pensando en subir al siguiente escalón (mayor juego creativo, mejor banquillo, mayores alternativas) aparecen de sopetón un puñado de grietas en la base que nos coloca otra vez en la línea de salida. Grietas que no afectan a elementos ornamentales precisamente sino que lo hacen a los propios pilares del edificio. Courtois, Diego Costa y Filipe Luis eran pilares de este sueño creado por Simeone. Queramos verlo o no.

Comienza la liga con un equipo sin desprecintar que aunque se parece a lo que teníamos antes del verano no lo es y huele a nuevo que tira para atrás. Prefiero esperar a que se cierre el periodo de fichajes para sacar conclusiones sobre la nueva plantilla, pero ya podemos avanzar, sin riesgo a equivocarnos, que tenemos demasiadas piezas por encajar y que gran parte del trabajo del año pasado se ha marchado por el desagüe. Tiempo habrá también de analizar las razones de que este drama tenga que repetirse periódicamente así que vayamos mejor al fútbol.

Con el dulce sabor de la supercopa en el paladar, el Atleti iniciaba su andadura en el peculiar feudo del Rayo Vallecano. Lo hacía con una alineación sorprendente que colocaba a Griezmann en una banda, dejando la segunda plaza de delantero a otro de los nuevos. Esa incógnita mexicana llamada Raúl Jiménez. El partido comenzó con ritmo pero sin juego. Las reducidas dimensiones del campo, unido a la presión constante de los protagonistas, hacían muy complicada la circulación de balón. El encuentro se movía entre el pelotazo, los balones de cabeza, las faltas y la imprecisión. No es un terreno en el que el Atleti de Simeone se mueva mal pero se echaba en falta algo de sentido y pausa en el juego. El balón no era de nadie, aunque pareciese que era del Rayo, y ninguno de los dos equipos parecía controlar el partido. Pasada la mitad de la primera parte apareció tímidamente esa pausa que provocó un par de buenas jugadas colchoneras y que dejaron entrever ciertos detalles buenos del equipo. Así aparecieron también las dos ocasiones más claras del partido. Un remate pasado desde la derecha de Mandzukic (a pase de Ansaldi desde la izquierda) y otra todavía más clara del Croata, que desperdició un mano a mano tras error en la salida de balón de los de Paco Jémez y robo en la frontal de los rojiblancos. Si hubiese entrado alguno de esos dos goles (que es lo que se espera del ex del Bayern) estaríamos hablando de otra cosa. Pero no ocurrió y sin pena ni gloría llegamos al descanso con la sensación de que en la reanudación el equipo colchonero se soltaría definitivamente para meter ese gol que pudiera encarrilar el partido.

Ocurrió todo lo contrario. La segunda parte de los rojiblancos fue atroz. Acusando probablemente el esfuerzo físico de la semana pasada en la supercopa el equipo se deshizo con una facilidad inquietante. El Rayo tomó el balón y no sólo fue mejor haciendo fútbol sino que también fue más intenso. Preocupante. Buenas sensaciones las del equipo vallecano que sin embargo debe tener los pies en el suelo y pensar que en que esa segunda parte no tuvo rival. El Atleti era una caricatura que se limitaba a dar pelotazos y defender. El año pasado eran evidentes las carencias en la creación pero ahora mismo ni siquiera estamos en ese punto. Faltan referencias, mecanismos y mucho fútbol. El drama se hizo aún más presente cuando buscando soluciones en el banquillo nos dimos cuenta de que no las había. Saúl, al que Simeone ha decidido no utilizar como mediocentro, sustituía a un Raúl Jiménez peleón y voluntarioso pero impreciso y algo perdido. Sigue siendo una incógnita. Agua. Poco después Hector (¿mensaje cifrado a M. A. Gil?) sustituía a un Mandzukic que había pasado desapercibido y que ni siquiera había sido el jugador de pundonor que vimos en la supercopa.  Agua. A falta de cinco minutos el Cebolla sustituía a Griezmann (que también había desaparecido) para demostrar que hoy por hoy no tiene sitio en este equipo ni lo va a tener. Nada. Ni un remate a puerta de nadie. Sin tener ocasiones claras de gol el Rayo Vallecano fue mejor y no hubiese sorprendido a nadie que se hubiese llevado los tres puntos.


El punto es mal resultado, por mucho que el bueno de Moyà dijese en el túnel de vestuarios que era “muy valioso”. Prefiero achacar esa frase tan desafortunada al poco tiempo que lleva con el escudo del Atleti en el pecho pero tampoco me gustaron sus pérdidas de tiempo con empate a cero. Lo mismo alguien debería decirle a este muchacho, que por otro lado me cae bien y me ha sorprendido, en qué tipo de equipo está jugando. Tampoco me gusta ver a Simeone tan nervioso y enfadado. No sé si lo está con el mundo, con la liga, con los periodistas o con M. A. Gil pero tengo la intuición de algo que no sabemos le está molestando. Veremos. Esto acaba de comenzar, obvio, pero ya no para. Fe e ilusión toda, pero la realidad es que con la primera jornada disputada seguimos con la plantilla abierta para entradas y salidas y tratando de arreglar grietas importantes en la base de la pirámide. En esas circunstancias me parece ingenuo hablar de objetivos o retos mayores. Es decir, hoy más que nunca, partido a partido.