Superar al maestro



Perder duele siempre. Molesta. Es soportar el efecto de una espina dolorosa que se ha clavado en algún lugar pero que encima no podemos localizar. Duele porque no es fácil aliviar el dolor y porque no somos capaces de encontrar esa espina, culpable y concreta, por mucho que nos empeñemos en buscarla. Miramos a un árbitro penoso y casero, o a un tal Siqueira, o al centro del campo o a una plantilla desequilibrada o a la mala suerte pero me temo que nada de eso explica por sí mismo la realidad. El Bayer Leverkusen pasó ayer por encima del Atlético de Madrid y por mucho que duela es lo que ocurrió. Pasó por encima porque fue mejor en todas las facetas del juego. Con el balón y sin él. Fue más rápido, más intenso, más listo y trató mucho mejor el balón. No hay peros. El Atleti fue una sombra vulgar del equipo que el año pasado despertó la admiración de casi toda Europa. De toda realmente, exceptuando la de su propio país y especialmente la de los medios de comunicación de su propia ciudad. Se mostró en la noche de Leverkusen como un equipo plano, monodireccional, sin matices, sin capacidad de reacción, sin fútbol sin intensidad y sin gol. Realizó un partido horrible, de los peores que recuerdo desde que Simeone está en el banquillo, pero siendo esto preocupante me preocupa mucho más otra cosa: la sensación de estar perdido. Aturdido. Sin saber qué hacer en el campo. Sin plan. Algo que hacía muchos años que no ocurría pero que hemos visto repetido en menos de quince días.

Toca hacer análisis y reflexionar. No creo que sea justo ni sensato (ni que responda a la verdad) cargar las tintas sobre efectos puntuales. El Bayer dio muchas patadas y el árbitro fue tan malo como permisivo pero eran faltas fruto de la intensidad y del rigor táctico. Tenían muy estudiado al equipo. Cada vez que Arda (nuestra única salida de balón ahora mismo como TODO el mundo sabe) recibía el balón, estaba rodeado de tres jugadores que no le dejaban jugar. Podían hacer falta o no hacerla pero el recurso, impedir que Arda jugase, es táctico. De eso no tiene la culpa el árbitro. Igual le pasaba a los dos mediocentros que anoche vivieron en Leverkusen una de sus peores pesadillas. Eran incapaces de sujetar el balón o darse la vuelta porque la presión alemana era buena y tan agresiva como efectiva. Haríamos mal en quejarnos de ello porque es lo que nosotros mismos hemos hecho muchas veces. Es fútbol. Sabíamos cómo juega el Bayer (aunque también es cierto que les salió el partido de su vida) pero la opción elegida por Simeone para contrarrestar su presión adelantada fue simplemente estirar el equipo y jugar en largo. Siempre. Es lo mismo que eligió en Barcelona o en Vigo cuando los rivales nos hicieron lo mismo. También obtuvimos el mismo resultado. Ninguno. No sólo no funcionó sino que acabó bloqueando y maniatando al equipo. Le hizo estar perdido en el campo y a merced de un rival que por momentos se lo comía. Siqueira no da la talla pero perder no es un problema de Siqueira. Gabi lleva perdido toda la temporada pero perder no es un problema de Gabi. Ni siquiera creo que sea un problema de plantilla porque, honestamente, creo que la plantilla del Atleti es mejor que la del Bayer Leverkusen. A estas alturas de película los colchoneros deberíamos saber que este equipo gana y pierde como equipo. Haríamos muy mal en olvidarnos.

Creo sinceramente que el Atleti es hoy víctima de su propio éxito. Algo con lo que tenemos que aprender a convivir si queremos seguir creciendo. El equipo del Cholo es hoy grande y conocido. Su juego es analizado en todas las televisiones y periódicos del mundo (menos los españoles, claro) y todos los entrenadores saben cómo nos movemos en el campo. Ganar al Atleti, para equipos como el Bayer (lo vimos ayer) o el Celta (o prácticamente cualquiera), es ahora un hito. Una fiesta. La motivación del rival es casi siempre extrema y además conocen perfectamente a los tipos que están marcando. Les han visto muchas veces por televisión levantando copas. El Atleti es ahora mismo, para una gran mayoría de equipos, el ejemplo a seguir. Derrotarlo es crecer. Superar al maestro. Una versión distorsionada de la fábula de Edipo. Hay que asumirlo. No podemos renunciar a lo que somos pero no podemos tampoco pretender seguir siendo lo que éramos. Todo ha cambiado. Eso no significa tener que renegar de nuestra esencia o nuestro estilo (ni mucho menos) pero tampoco creo que funcione seguir golpeando insistentemente una puerta que no se abre.

Sería muy estúpido perder la fe o dudar del estilo de juego, de esta plantilla y sobre todo de este entrenador. Estúpido e injusto. No es mi caso. Simeone es lo mejor que la ha pasado a este club en las últimas décadas y merece todo el crédito del mundo. Es evidente también que este Atleti tiene capacidad de sobra para dar la vuelta a la eliminatoria y yo seré uno de los que estará en el Calderón chillando para ayudarles a que así sea pero tampoco podemos ser tan gañanes como para no cambiar nada, tirar de soberbia y pensar que la remontada está hecha. La eliminatoria está muy complicada. Mucho. La principal arma del Bayer es su salida en vertical con espacios (ayer lo vimos) y en el Calderón existen altas probabilidades de que tengan más de la cuenta. Estamos en mala situación pero aprendamos de lo que nos ocurrió en la eliminatoria contra el Barça (con el mismo resultado, por cierto). Reinventémonos. Apretemos los dientes, juntemos filas y alineemos los corazones porque todos vamos a ser necesarios. Hagamos todo eso pero intentemos mantener la cabeza fría por el camino. Ni un paso atrás. Somos el Atlético de Madrid.

Aspirinas



Cuando uno tenía formalmente esa edad a la que Peter Pan se agarra con fruicción, recuerdo que los nombres de los equipos de fútbol tenían en mí un efecto impactante. Especialmente en el caso los de los equipos extranjeros y especialmente en el de los británicos: Notthingham Forest, Tottenham Hostpurs, West Bronwich Albion,… Lo equipos alemanes eran otra cosa. Difíciles. Ásperos. Todos me sonaban igual y sólo conseguía recodar los que eran del tipo “Bayer algo”. Pero el paso de los años rebaja la intensidad de los sabores, el listón de los deseos y por el camino uno descubre que en realidad no existían tantos “Bayers”. La explicación es sencilla si hablas alemán pero ni era ni es el caso. Bayern, con n al final, es en alemán la región germana que en castellano se conoce como Baviera. Esa es la razón por la que aparece en el nombre de muchos equipos de la zona. Bayer sin n, desde que en 1996 el Bayer Uerdingen pasó a llamarse KFC Uerdingen, sólo existe uno y juega en Leverkusen.



Bayer es una potente multinacional alemana de química y farmacia, fundada por Friedrich Bayer en 1863 y que a pesar de un episodio negro durante los años en torno a la segunda guerra mundial, en los que el gigante teutón colaboró codo con codo con el nazismo, es mundialmente conocida por ser los primeros que comercializaron la variante de Ácido Acetil Salicílico que conocemos como aspirina. Ese mítico logotipo que todos llevamos incrustados en la memoria colectiva, una cruz con dos BAYER perpendiculares que comparten la letra Y, aparece hoy iluminando el cielo de Leverkusen, lugar en el que está fijado el centro de operaciones de la multinacional, mostrando así la vinculación de la marca con la propia ciudad. Dicen que es el anuncio luminoso de estas características más grande del mundo.



Pero Leverkusen ya era el centro de operaciones de la compañía el 27 de Noviembre de 1903, fecha en la que un tal Wilhelm Hauschild, trabajador de la misma, decidió colgar en el tablón de anuncios una carta que había escrito dirigida a la dirección y en la que solicitaba la financiación para crear una asociación deportiva dentro de la empresa. Con el paso de los meses la dirección accedería a patrocinar la iniciativa y así nacería el 1 de Julio de 1904 lo que se conoció como Turn-und Spielverein Bayer 04 Leverkusen. Pero sería dos años más tarde, en 1906, cuando se crearía dentro del mismo club un departamento específico e independiente del resto de disciplinas deportivas que regulara el fútbol. Decisión que ya entonces no fue del agrado de los gimnastas, la elite dentro del club,  que consideraban al fútbol como secundario y menos honorable. La tensión fue creciendo hasta el punto de provocar bastantes años más tarde, en 1928, la inevitable escisión de la sección balompédica (pero arrastrando otras como el balonmano o el Atletismo) y fundándose el Sportvereinigung Bayer 04 Leverkusen o SV Bayer 04 Leverkusen como se conoce tradicionalmente, que además se quedó con los colores rojo y negro que portaban el club madre.



El escudo de la institución tiene lógicamente la famosa cruz de Bayer que empezaron a usar en 1936 y que durante muchos años han lucido también las camisetas del equipo. Curiosamente este hecho provocó un pequeño litigio con la UEFA dado que la asociación europea de fútbol profesional no permite usar marcas comerciales en los nombres de los equipos que disputan sus competiciones (por ejemplo no permite que el Red Bull Salzburg se pueda llamar así en Europa). Afortunadamente, los capos peseteros de la UEFA decidieron hacer una excepción con equipos que tienen marcas comerciales históricamente ligadas a la trayectoria del equipo como el Bayer (o el PSV Eindhoven).



El Bayer es un equipo que tiene un estatus algo particular dentro del fútbol alemán al ser considerado por muchos como un equipo sin alma, plano y demasiado ligado a la “teta” del emporio Bayer. Siempre se ha vendido institucionalmente una cierta imagen de serenidad y de equipo para la “familia feliz” poniendo distancia con la aparente violencia y rudeza consustancial al fútbol (aunque también tienen su grupo ultra como todo el mundo). Esta particularidad lo alejaba, a ojos de la mayoría, del tipo de equipo tradicional vinculado con las clases populares. Es por ello que no tiene una base muy amplia de aficionados (de hecho es de los equipos con menos aficionados de la Bundesliga) pero los que tiene, en contraposición a todo lo anterior, son bastante fieles, orgullosos de los orígenes del equipo (me contaron que se autodefinen cariñosamente como Pillendreher, que es en alemán algo así como “boticario” o “farmacéutico”) y suelen llenar el pequeño estadio de Leverkusen cada vez que juega su equipo.



Aunque tiene su origen a principios de siglo, el Bayer no ha sido un equipo que tradicionalmente estuviese a la cabeza del fútbol alemán. Su historia se encuadra durante mucho tiempo en torneos regionales de la zona de Colonia y de hecho no consigue debutar en la máxima competición profesional (Bundesliga) hasta 1978. Es a partir de los años 80 cuando se consolida en la máxima división, transformándose cada vez más en un club importante. Aun así, todavía no ha sido capaz de ganar un título de liga (aunque ha estado a punto varias veces) y su mayor éxito local es la copa de Alemania en 1993. Es en el panorama europeo donde aparecen los grandes recuerdos del aficionado al Bayer que además son también bastante conocidos en España. El mayor de todos fue la copa de la UEFA que ganó en 1988 frente al Español de Clemente. La final era entonces a doble partido y los Periquitos había vencido en Sarriá por un contundente 3-0 que dejaba las cosas niqueladas. Clemente, genio y figura, diseñó para la vuelta en Leverkusen un partido de ultra defensivo que sin embargo no pudo parar a unos alemanes desatados que, sin nada que perder, empataron la eliminatoria y la llevaron a los penaltis donde tristemente derrotaron al Español. El otro “éxito” internacional es la final de la Champions que perdieron en 2002 frente al Real Madrid.



Ese es el equipo contra el que se juega el Atleti el pase de Champions. Sé que lamentablemente existe una tendencia en el periodismo de cloaca por desprestigiar con soberbia y petulancia los equipos rivales que no vienen avalados por la chequera pero haríamos muy mal en seguir ese estilo tan zafio y ramplón. Primero porque somos el Atleti y segundo porque este mismo Bayer Leverkusen fue el que nos echó de la Europa League en 2010. En esa plantilla jugaban unos tales: Raúl García, Mario Suárez, Tiago,…Simao, Forlán y Agüero. ¿Les suenan?

Cortex, monstruos y hormiguitas.

Mientras los vendedores profesionales de humo tratan de meternos subrepticiamente en el cortex el mensaje tramposo de estar disfrutando de lo que, sin un átomo de rubor, denominan “la mejor liga del mundo”, la realidad es mucho más contundente. La liga española es una competición injusta, desleal, generalmente aburrida, cutre, mal organizada y peor vendida. Un engendro económico construido en torno a dos macromonstruos de los que todos los demás pretenden vivir. Un desierto feo y áspero en el que las dos galaxias se disputan una hegemonía que se dirime por detalles, un puñado de históricos tratan de sobrevivir agarrándose a Europa (siempre Europa) y el resto, la mayoría, penan por no caer bajo el influjo de la segunda división. La concepción de la liga es tan perversa que la distancia entre los tres bloques es cada vez más grande, lo que provoca a su vez que todo sea cada vez más aburrido y previsible. Una simple derrota insospechada se convierte en un acontecimiento interplanetario, inconcebible. Algo que no se puede consentir. Desde el Atlético de Madrid nos quejamos muchas veces, seguramente de forma justa, de la actitud de los equipos que enfrentándose a Real Madrid o Barcelona dan por perdido el partido antes de disputarlo. Me temo que haríamos bien en observar que en el Vicente Calderón está empezando a ocurrir lo mismo. 

El Atleti ha derrotado al Almería en un partido sin historia, fundamentalmente aburrido y que se resolvió en unos pocos minutos de buen juego y negligencia arbitral. El once del cholo salió en tromba y ya en el primer minuto pudo haber sentenciado el partido. La superioridad era tan abismal que juego, jugadores y grada se enfriaron en una suerte de ejercicio de inercia, tan nefasto para la concentración de los jugadores como para las ganas de disfrute del espectador y, muchas veces, del resultado final. Pero ahí estaba Mateu Lahoz para inventarse un penalti que ni vi en el campo ni he visto después en la tele. Mandzukic abría el marcador mientras el equipo de JIM desaparecía de la riña para dejarse llevar. Bastaron unos minutos de genio de Griezmann y la ayuda de un voluntarioso y colaborador Mandzukic para resolver rápidamente el partido con dos goles más del francés. Diez minutos antes del ir al descanso ya estábamos todos bostezando. La segunda parte fue un tramite doloroso para el equipo andaluz que trató de desperezarse un poco, pero que ni así fue capaz de despeinar a un aletargado conjunto colchonero que se movía por el césped en modo stand-by.


El Atleti sigue su paso firme en la liga mientras espera enfrentare en pocos días al Bayer en Leverkusen, dentro de esa magnífica competición llamada Champions en la que todos tenemos puestas tantas esperanzas. Desgraciadamente el aparato mediático, ese que colorea la caspa de “La mejor liga del mundo”, prefiere enfocar su talento para la actualidad lejos del aspecto deportivo, centrándose en interpretaciones torticeras y malignas de la derrota en Vigo, las obligaciones "históricas" del conjunto colchonero o la llegada del representante de Simeone a las oficinas del Manzanares para hablar de renovación. Nada nuevo bajo el sol. La maquina de hacer dinero tiene una sola forma, al parecer, de funcionar y los elementos extraños sobran. Molestan. Se trata de poner en práctica esa asignatura apócrifa tan útil hoy en día para los notarios de la realidad: Desestabilización. Lejos de acercarse a los parámetros de lo que una vez se llamó periodismo, la labor de estas hormiguitas del régimen parece consistir en limpiar los espacios de seguridad que separan a los dos grandes monstruos del resto. Incluidos los que tienen la desfachatez de ganarles la liga. El Atleti no puede acercarse tanto si quiere seguir vivo. Fuera. Circulen. No creo a estás alturas que podamos cambiar con educación una tendencia tan subvencionada y poderosa pero haríamos muy mal en colaborar con ella. No me cuenten lo que ocurre en Matrix. No me interesa.

Decapitaciones



No me gustan los eufemismos y tampoco soy partidario de abrazar esa doctrina de verdulera, tan propia de los medios de comunicación de referencia, donde la derrota del equipo propio se asume siempre en modo tragedia, siempre en clave de imperdonable error propio (nunca acierto del contrario)  y en la que indefectiblemente se necesita encontrar un culpable al que decapitar para quedarnos tranquilos. El Atlético de Madrid ha perdido en Balaidos un partido que en ningún momento mereció ganar. Así de simple. Lo digo como lo siento y como lo creo, pero he visto el suficiente fútbol y he sufrido partidos suficientes del Atleti como para saber acotar la importancia de una derrota, por dolorosa que esta sea. A todo el mundo le gusta ser el rey de la galaxia pero personalmente sé de dónde vengo y a dónde voy. Plantearse un análisis en términos de cortar cabezas, teniendo encima como protagonista al equipo de Simeone, no sólo me parece de una injusticia intolerable sino que me da vergüenza escucharlo viniendo de alguien que se dice colchonero. No me parece además que sea una actitud coherente con lo que intentamos representar en este lado del mundo. Si no sabemos perder mal sabremos ganar y poco a poco acabaremos pareciéndonos peligrosamente a eso que tanto odiamos.

Aclarado lo anterior, creo que el Atleti pierde contra el Celta por tres razones fundamentales que mezcladas en una determinada proporción, que no tengo clara y que por supuesto es debatible, hacen que la escuadra colchonera pareciese por primera vez en muchos años un equipo perdido en el campo, sin rumbo, sin plan y sin alma. Todo parte para mí de un repentino ataque de entrenador que coloca en el campo un once de circunstancias con un auténtico desbarajuste en la zona de creación y ataque. Dije antes del partido (está escrito) que no me gustaba la dupla Torres-Mandzukic y el tiempo me ha dado la razón. Creo que los dos delanteros se anulan, creo que el equipo pierde equilibrio y creo que Torres no está tan bien como creemos. Los primeros 45 minutos en Vigo fueron una broma. El Atleti parecía un tipo disfrazado en una fiesta que no era de disfraces y a la que no estaba invitado. Algo insólito en un equipo que podrá jugar bien o mal pero que nunca pierde la estabilidad ni el plan trazado. Raro. Para mí es un error de Simeone (reconocido por él mismo) que trató de arreglar sobre la marcha pero sin éxito. Pero el Atleti tuvo además la mala suerte de toparse con un gran Celta de Vigo que, imitando la forma en la que el Barça nos derroto hace un par de semanas y sin perder su personalidad, entendió mejor la forma de afrontar el encuentro para terminar haciendo un gran partido. Mucho mérito el del equipo gallego a cuya victoria no pongo un pero. Pero sería un cínico si no hablase también de ese tercer factor, el desempeño arbitral, que sin duda fue influyente. El primer gol viene precedido de una mano tan evidente que duele y posteriormente el colegiado se traga un penalti también de libro. Son dos errores mayúsculos que sin duda podían haber cambiado el sino del encuentro pero yo tiendo a distinguir entre árbitros malos y árbitros “buenos” que ayudan al sistema. En este caso creo sinceramente que estamos hablando del primer caso. El árbitro es muy malo, sin más. No veo otra cosa. Mala suerte.

La derrota es un severo traspié en la trayectoria liguera del Atleti y una bofetada en el ánimo y la ilusión de una grada que, puede ser, lo mismo estaba pecando de euforia. El elogio debilita que decía aquel y quizá deberíamos ser más conscientes de la realidad. Si ganar la liga en las circunstancias actuales entra en la categoría de milagro, hacerlo dos veces seguidas podría incluso inaugurar una nueva categoría dentro de las ciencias ocultas. Tomar el objetivo de ganar la liga como referencia está bien, es lo que siempre hemos reclamado, pero frustrarnos hasta la enfermedad por no hacerlo creo sinceramente que es muy estúpido. ¿Duele perder? Duele, pero lo hemos hecho muchas veces. Tengamos perspectiva y seamos consecuentes. No podemos someter al corazón al mismo grado de disgusto sufriendo el humillante devenir de esos tiempos malditos de Manzanos, Aguirres y Ferrandos que perdiendo el quinto partido de 23. Yo al menos no pienso hacerlo.

Zihuatanejo


La imagen es evocadora y todos la llevamos taladrada en la memoria. Andrew Dufresne, enfundado en una impoluta camisa blanca, conduce al final de la película un Pontiac Lemans camino de esa ciudad en la costa de México con la que llevaba media vida soñando desde la cárcel: Zihutanejo. El aire cálido y fresco de esa zona del mundo golpea en su rostro. Un rostro curtido y gastado que en ese momento representa la máxima expresión de la felicidad. Es el rostro del que lo ha pasado injustamente mal, muy mal, pero que ha conseguido finalmente salirse con la suya. Cumplir ese sueño que no llegaba a través de la razón y que tuvo que ser construido a base de trabajo personal, paciencia y tesón. De fuerza mental y de capacidad de aguante. Cuando el sábado pasado el árbitro pitaba el final del partido y la sombra del 4-0 que proyectaba el marcador caía a plomo en todos y cada uno de los rincones del Vicente Calderón, pude ver ese mismo rostro de nuevo. Lo vi en la cara Arda que nunca pierda la sonrisa por mucho que el rodillo mediático dedique sus recursos a tratar de humillarlo y lo vi en la cara de Gabi o de Juanfran, veteranos en esto de tener que soportar en silencio las deposiciones de los que dirigen el cotarro. Lo vi en Mandzukic y en Torres, fundidos en ese abrazo que se explicaba por si mismo y lo vi en Tiago, en Siqueira o en Miranda, que tienen que escuchar en silencio los insultos que reciben por parte de los cazadores de brujas. Lo vi en Godin, que con los huesos propios hechos fosfatina tuvo y tendrá que seguir aguantando los desdenes y despropósitos del Mainstream, pero lo vi sobre todo en la figura de ese antihéroe contemporáneo llamado Diego Pablo Simeone y al que nunca podré agradecer todo lo que nos está dando. 

Decía Molière que aquellos cuya conducta se presta más al escarnio son precisamente los primeros en hablar de los demás y que razón tenía. La repugnante campaña en contra de jugadores y entrenador del Atlético de Madrid, acaecida durante las últimas semanas, ha sido tan bochornosa y torciera como injusta. Especialmente viniendo de un sector, el periodístico, que debería hacer algún intento de autocrítica antes de dar lecciones y tratar de bracear en la supuesta mugre de los demás. Esas formas y esos modos. Ese estilo de pandillero petulante o esa sospechosa facilidad para generar violencia donde no la hay. Los aficionados a este club proscrito en la periferia mediática llamado Atlético de Madrid hemos tenido que aguantar durante semanas la intolerancia de de los soldados del régimen. La humillante persecución de esa masa inerte que necesita su ración diaria de alpiste para no morir de realidad. Como pecadores y herejes viviendo en mundo de perfección plastificada, hemos tenido que salir a la calle portando una enorme Letra Escarlata que dejara bien claro el tipo de gentuza que somos. La marca del delito que dejase claro al común de los mortales, a los que comen la actualidad prefabricada, a quiénes tenían que dirigir su ira. Mirad, ahí va la escoria, los extranjeros, los proscritos, los que hacen trampas. Los violentos. Sí, los violentos. Lamentable. Pero si ha sido terrible para cualquiera de nosotros imagino lo que habrá tenido que ser para los jugadores que tienen la mala costumbre de saltar al césped los domingos vestidos de rojo y blanco.


Pero empezó el partido y el Atlético de Madrid, sí, el Atlético de Madrid, jugó al fútbol. Nada más. Con rabia pero con talento. Con furia contenida pero con precisión. Llegando primero, corriendo más, tocando mejor y siendo mejores. Corriendo y jugando. Mandukic y Griezmann demostrando que se puede ser feliz jugando para el equipo sin dejar de meter goles. Siquiera enseñando lo que puede llegar a ser estando centrado. Saúl haciendo olvidar a Koke y Miranda a Giménez. Moyá viéndo el partido desde el mejor sitio del campo. Teniendo el balón, combinando y tocando. En un alarde de violencia, el equipo fue capaz de meter un gol y luego otro y luego otro y luego otro. De agresiva chilena, de cabeza, de violentísima jugada trenzada, de tiro lejano. Fútbol y fútbol y más fútbol. Pasando por encima de galaxias a base de trabajo. Y acabó el partido sumidos todos en el ensordecedor ruido de una afición entregada, que se ve reflejada a sí misma en ese puñado de jugadores vilipendiados. Ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Así se lo hicimos saber. “orgullosos de nuestros jugadores” gritaba una grada que para entonces ya estaba afónica. Los jugadores del Atleti acababan de escaparse de su particular cárcel, esa en la que los vociferantes directores del circo les habían metido sin merecerlo. Acababan de escaparse y lo habían hecho además de la forma en la que sólo los genios de verdad son capaces de hacer. Creando arte y clavando las rodillas en el suelo. Demostrándole al mundo lo que es jugar al fútbol en equipo. Sin nombres ni estupideces. Sin estridencias ni spots publicitarios. Con coraje y corazón. Con goles. Con talento. Con generosidad y sacrificio. Con trabajo. Con alegría. El luminoso marcaba un contundente 4-0 y los jugadores enfilaban abrazados el camino del vestuario. Acababan de llegar a su particular Zihuatanejo.