Conclusiones tras el Madrigal

Ganadores. Los más jóvenes del lugar, o los que se han destrozado el cerebro a base de periodismo deportivo caducado, no lo recordarán pero hubo un tiempo en el que el objetivo del Atleti no era quedar tercero en la liga o ganar la Champions sino “hacer un buen papel”. ¿Lo recuerdan? Lo decían jugadores, entrenador y presidente. El Atleti parecía ser un pobre verso libre cuyo desempeño en el césped no se correspondía (ni por lo visto tenía por que corresponderse) con lo que apuntaba su presupuesto y su historia. Una parte de la afición colchonera (con el apoyo cómplice de los medios de comunicación, claro) llegó a celebrar una cuarta posición, conseguida in extremis tras una temporada de asco, como un verdadero título. ¿Recuerdan? Otra parte de esa misma afición llegó incluso a ilusionarse con la segunda llegada del ínclito Gregorio Manzano, agarrándose con ardor a esa campaña de los medios (siempre en su sitio) que vendía la experiencia anterior como "fantástica" dado que sólo el gol average de la última jornada nos había dejado fuera de Europa. ¿Recuerdan? La fragilidad cerebral del aficionado al fútbol nunca ha sido prodigiosa pero parece menguar según pasan los años. Gracias a Dios todo esto ha cambiado. Para bien. El Atleti que saltó ayer al Madrigal, independientemente de su forma física, estado anímico, capacidad de juego, carencia de gol, desequilibrios tácticos, falta de verticalidad y lo que ustedes quieran, lo hizo para ganar. Sin peros. Ni buena imagen, ni un puntito, ni historias. A ganar. Como sea. Eso, señoras y señores, es lo más importante. Al menos lo es para mí, que tuve que sufrir con dolor y diarrea, esas épocas “gloriosas” en las que “todo el mundo” aceptaba que mi equipo fuese una simpática comparsa. Los mismos periodistas que nos animaban entonces a celebrar una cuarta plaza son los que ahora nos exigen ganar la liga y la Champions, catalogando de sonoro fracaso no hacerlo. Ustedes verán lo que hacen y lo que quieren pensar pero basta poner los datos sobre la mesa y abrir un poco el objetivo para darse cuenta de lo obvio. 

Cansancio. Noto al equipo cansado. Pero más por una cuestión anímica que por algo físico que, sinceramente, no veo. Es como ese tipo educado que está en una fiesta que ya no le interesa para nada pero que, estando muerto de sueño y con unas ganas terribles de irse a su casa, es capaz todavía de mantener dignamente una conversación coherente. La temporada ha sido larga (tres competiciones peleando hasta el final) y dura (8 partidos contra el Madrid, 4 contra el Barça, Supercopa, Copa, Champions,…). Jugadores y cuerpo técnico han tenido que soportar también una inusitada y desproporcionada presión adicional, externa e interna, que en algún momento deberíamos analizar para intentar no autodestruirnos. Encima, tampoco han tenido demasiada suerte en momentos puntuales. Todo eso se tiene que notar y es normal que aparezca ahora que los objetivos golosos se han disipado. Todo cuesta más. Frente al Villarreal el equipo hizo un gran esfuerzo por mantener la concentración, la pasión y su característica intensidad pero la gasolina se está agotando. Los partidos que vienen van a ser terribles en este sentido y probablemente el efecto será cada vez más evidente. Me asusta pero confío en el equipo. 

Portería y Delantera. Durante muchas fases de la temporada había llegado a estar convencido de que la gran diferencia de este equipo con el del año pasado estaba en la portería. Creo que me equivocaba. Una inoportuna lesión a principio de temporada y una mala tarde en El Pireo condicionaron el futuro de la meta colchonera, pero a estas alturas de película da la sensación de que la portería está en buenas manos. Los últimos partidos de Oblak han creado suficiente certeza como para pensar que será (es) un portero más que solvente y que tenemos motivos para soñar con que se ha solucionado un problema que parecía irresoluble. El despunte de Oblak da todavía más valor a la temporada de un Moyá cuya titularidad es más valiosa sabiendo a quién tenía detrás. Al final, el verdadero problema estaba arriba. El Atleti 2014/2015 no tiene pegada, es obvio, y fundamentalmente no la tiene porque tampoco tiene delantero centro. Nuestro máximo goleador es un segundo punta francés en estado de gracia porque no tenemos un 9 a la altura de las exigencias. Quedan 4 partidos así que yo creo que ya lo podemos decir. Mandzukic no ha estado a la altura en ningún momento (llegó sólo a estar a punto) e intuyo que ya no lo va a estar. No sé si es una cuestión de calidad personal, de tipo de juego, de estado de forma o de adaptación al sistema pero en el fondo me da igual. No funciona. Es lo que hay. Que Raúl Jiménez formase parte de esta plantilla debería entrar en la categoría de milagro o de Expediente X. No merece mayor desarrollo. Y luego está Torres, un jugador al que es muy difícil juzgar sin la enorme carga emocional que tiene para la mayoría de colchoneros. Para mí sigue sin estar bien (está mal de hecho). Es cierto que no se le puede poner un pero a su compromiso y entrega pero creo que tampoco se le puede poner a Mandzukic o a Raúl Jiménez. Dicho esto, creo que ahora mismo debe ser el titular. Es cierto que le falta desborde y que ha fallado muchos goles pero también ha demostrado que puede meterlos (el de ayer es prodigioso y además se lo fabrica él solo). Como mínimo ha generado ocasiones de gol, cosa que no se puede decir de un croata que no remata a puerta desde que el futuro Balón de Oro, Chicharito, jugaba en el Guadalajara. 

Juego. El juego del Atleti es malo. Poco brillante y carente de ideas. No creo que sea una cuestión de colocar la defensa más arriba o más abajo sino de falta de grasa. De ausencia de frescura y seguramente de escasez de talento. El lateral izquierdo es un problema, por mucho que la actuación de Gámez sea más que digna y de un mérito tremendo. Es una limitación a la hora de atacar al rival en un equipo ya de por si limitado. La lentitud de ideas en los mediocentos es un problema generacional del que ya hemos hablado pero es que además (sobre todo) Arda y Koke están muy lejos de su mejor versión. Sin ellos, el Atleti pasa a ser un equipo demasiado parecido a sus rivales y todo cuesta el doble. Aun así me gustaría destacar que el Atleti jugó contra el Villarreal en campo contrario y tuvo el balón tanto como su rival (en la primera parte bastante más, incluso). Eso no significa nada (lo sabemos bien), pero lo digo por todos esos “analistas” que solo ven al equipo cuando juega contra el Real Madrid o el Barça y asumen que esa es la forma habitual de jugar. No, queridos. Levanten la vista del ombligo y descubrirán ahí fuera un mundo nuevo y fascinante. 

Quedan 4 partidos. 4 finales. Dejemos a los jugadores jugarlas en paz y juguémoslas nosotros fuera como ellos. Con orgullo, con dignidad, partido a partido y olvidándonos de los cantos de sirena del ejército de la caspa que intentará acelerar la realidad y tratará de poner los focos (y el veneno) en su propia miseria y en ese partido de la penúltima jornada que pretenden jugar sin tener que hacerlo. No seamos tan mediocres de caer en el engaño.

Estafa

El sábado pasado se podía respirar melancolía en el Vicente Calderón. Era el día del niño, el horario invitaba a la presencia masiva de jóvenes, Los 50 habíamos contado la historia del Atlético Aviación, habíamos tenido también la suerte de compartir horas, mesa y mantel con los campeones del mundo de 1975 (Ayala, Panadero Díaz, Irureta, Alberto, Adelardo,…) y encima hacía exactamente 112 años que unos estudiantes vascos de ingeniería habían decidido juntarse en Madrid para crear un club de foot-ball(*). Con todo ello, nadie podía olvidar lo que había ocurrido un par de días antes en el Bernabéu. Estaba ahí, flotando. Una sensación y un sentimiento que no hay por qué ocultar y que además son naturales entre seres humanos. Porque afortunadamente, a diferencia de otras instituciones diseñadas con otros propósitos, eso es lo que es el Atleti. Una institución por y para seres humanos que respiran, sudan, comen y se equivocan. 

El equipo jugaba contra el Elche un partido muy difícil de jugar. Por lo arañado que estaba el ánimo, por ese cansancio físico que se hace mucho más evidente sin el efecto balsámico del éxito y por la rabia contenida del ganador que no ha podido ganar. El partido podía haberse transformado en una trampa mortal (y mucho ansioso de pertinaz impaciencia así lo barruntaba cuando al descanso el marcador seguía señalando el cero a cero) pero afortunadamente la plantilla actual del Atlético de Madrid es una solvente colección de profesionales con capacidad, talento y orgullo. Siqueira, que había sido el mejor de la primera parte, se lesionó y tuvo que dejar su puesto a Juanfran. El lateral, tirando de arrojo y calidad, fue el que logró traspasas la tupida red defensiva de los alicantinos para colgar un balón al área que aprovecho, como siempre, el más listo de la clase. Un francés llamado Griezmann que supura fútbol por todos sus poros. Ese tipo de jugadores que ve lo que nadie ve, llega a donde nadie llega y está donde nadie está. El 1-0 abría la lata y tranquilizaba los ánimos. El 2-0 de Raúl García (con tiro lejano que se “come” el portero rival) hizo que un nuevo gol del francés, el tercero, se quedará ya en anécdota. 

La grada del Calderón, que hasta que no se diga lo contrario es la mejor representación que tenemos de la afición colchonera, había sido el reflejo de sus jugadores. Dolida, fría y cansada pero orgullosa, valiente y fiel. Comenzó aplaudiendo a sus héroes del 75 y siguió aplaudiendo (más fuerte, incluso) a sus héroes del 2015. Incluido, por supuesto, el cuerpo técnico. Antes de que el balón echase a rodar la grada, como concepto, había dejado claras cuales eran las premisas de las que hay que partir para el supuesto debate mediático sobre la afición rojiblanca: “Orgullosos de nuestros jugadores”, afinaban al unísono las gargantas. “Ole, Ole, Ole, Cholo Simeone”, volvieron a rugir como corolario. Los 90 minutos de partido siguieron, con más o menos intensidad, los mismos parámetros. Agradeciendo a todos, desde Oblak a Simeone, desde Griezmann al Mono Burgos, lo que nos están dando. ¿Significa eso que el aficionado colchonero perdonaba la derrota (como interpretó algún iluminado del Canal +, de esos que analizan en fútbol mundial con las camisetas del Real Madrid o el Barcelona pero sin salir de su cuarto de baño)? No, queridos. Significa que queremos que gane Atlético de Madrid pero no lo queremos porque gane (o deje de ganar). Yo no tengo por que perdonar al que no me ha hecho nada. Abran el foco de su conocimiento y descubrirán que hay muchas más formas de entender el fútbol. Es decir, la vida. 

Salimos del estadio con la tranquilidad del resultado, el orgullo en el cuerpo y esa media sonrisa que se nos pone en la cara cada vez que nos damos cuenta de que no estamos solos en esto de ser del Atleti. Pero fuera del estadio sabemos que nos tenemos que topar con la “realidad” oficial. Con Matrix. Con ese rodillo mediático que adoctrina al mundo a través de la fe verdadera. Peor. Tenemos que lidiar (además) con ciertos ministros de esa fe única que, disfrazados de aliados, pastan entre colchoneros igual que pérfidos caballos de troya. Estaba todavía en el Paseo de los Melancólicos cuando alguien me envió el titular de la crónica de AS y no pude reprimir las arcadas. El texto, que llegaría minutos después, tenía un efecto incluso más diarreico todavía. Mediante una prosa indigna de cualquier estudiante de secundaria, el autor relataba un cuento de ficción, cínico y mentiroso, que resultaría patético en una columna de opinión pero que es torticero en un texto que pretende reflejar la realidad de lo que ha ocurrido. Un texto que , más allá de la pericia del escribiente, no puede ser casual. No puede deberse a la eventualidad o la negligencia. Decía Camus que la prensa libre puede ser buena o mala pero que cuando no es libre no puede ser otra cosa que mala. A las pruebas me remito. 

Vomité, claro. Como cualquier persona de bien hubiese hecho. 

Desconozco la gente que habrá leído semejante ejercicio de tergiversación pero intuyo que alguno más de los 45000 espectadores que debimos estar en la grada ese día. Es decir, la realidad mayoritaria, según se entiende en el nuevo orden mundial, es ahora la que ha “vivido” la mayoría. No es la que unos pocos vivimos in situ sino la que, muchos más, han “vivido” a través del notario de la realidad elegido para la ocasión. ¿Se dan cuenta de la sutileza? Pues no es un hecho puntual. Decía Pérez de Ayala que cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. A esta se le llama periodismo. 


(*) Aunque la fecha oficial de fundación del Athletic Club de Madrid es el 26 de abril de 1903, el día en el que se juntaron los fundadores fue realmente el 25. Lo que ocurre es que tuvieron que esperar hasta el día siguiente para formalizar la creación dado que se les hizo tarde y el registro estaba cerrado.

Hoy no

No vi el partido. 

Entiéndame, estuve delante de un televisor observando lo que ocurría al otro lado de la pantalla, pero allí no había ningún partido de fútbol. Vi a jugadores vestidos de rojiblanco junto a otros que lo hacía de blanco, sobre un césped y con una pelota de por medio, sí, pero eso, para mí, estando el escudo del Real Madrid de por medio, no es un partido sino una metáfora. La metáfora de una lucha desigual con la que tengo que lidiar a diario

Es como ver a David contra un Golliat patrocinado por Fly Emirates y de cuya victoria tiene que vivir, al parecer, todo el universo libre. Es ser un egipcio de novena generación que, por ser copto, tiene que sentirse extranjero en un Cairo tomado por talibanes radicales y que además acaban de llegar. Es ser Neo o Morfeo o Trinitry teniendo que luchar dentro de Matrix, sin poderes, y sabiendo que todo es mentira. Andy Dufresne teniendo que arreglar gratis los papeles fiscales del alcaide pendenciero de una cárcel en la que está preso de forma injusta. Es tener que sucumbir, quieras o no, a las leyes de los que compran Best Sellers o de los que hacen que la noticia más leída de un diario serio sea la masturbación furtiva de un mapache. Es ver a Sherman McCoy clamando justamente en mundo injusto, rodeado de vanidades que se queman para volver a nacer envueltas en billetes de 500 euros. Es vivir, durante semanas, rodeado de los eslóganes del Gran Hermano. Tener que acordarte de las enseñanzas de Goebbels en cada fotograma, cada párrafo, cada portada, cada voz, cada desprecio. Ser el último cuerpo viviente, todavía sin invadir, pero rodeado ya de vainas. Griego en una Alejandria decrépita e intolerante que reniega de su pasado. Es sentirse Sansa Stark siendo obligada a sonreír en la decapitación de tu padre. Un sudafricano negro que tiene que servir cocteles en una playa sólo para blancos. Es ser Rick Blaine en el aeropuerto de Casablanca y ver como Lisa Lund se va con Laszlo porque, por una cuestión de dinero que "todo" el mundo entiende, se ha hecho puta.

Se me hace muy difícil hablar de fútbol en un contexto así. No lo voy a hacer. No tengo por qué y no me da la gana. Hoy no. Ayer ganaron los buenos. Los que tenían que ganar. Seguramente lo hicieron además de forma justa, si por justicia nos ceñimos a lo que pasó en el campo. Las fuerzas vivas pueden quedarse tranquilas y seguir acelerando la apisonadora. El mundo puede seguir asistiendo a un nuevo capítulo de Disneylandia, la secuela. España vuelve a amanecer. El sol brilla y la cúspide de la campana de Gauss es cada vez más alta. Ojalá sirva para que al menos lo disfrute algún pobre infeliz que no tenga nada más a lo que agarrarse pero soy consciente de que es difícil. Es imposible agarrar a algo que no existe. 

Y sí, podríamos hablar de Simeone. Criticar su apuesta, los cambios o cierta forma de encarar las situaciones. No lo haré. Hoy no. Pueden navegar por este blog y encontraran cientos de críticas. Buenas y malas. A jugadores, a aficionados, a dirigentes y a entrenadores colchoneros. También a Simeone. Muchas. Justas e injustas. Pero hoy no. Hoy no puedo. ¿Saben por qué? Pues porque ayer, siendo David y Copto y Trinity y Andy y Sherman McCoy y Sansa Stark y Rick en Casablanca tuve la cabeza alta y miré a los ojos a un rival en el que ahora veo miedo. Porque sé que todo ello es gracias, única y exclusivamente, a Simeone. Porque hoy, más que nunca, quiero darle las gracias.

Y sí, podríamos hablar de fútbol (o de su ausencia) pero hoy no. Hoy no quiero.

Saltar el partido

Hace años ya que jugar una eliminatoria contra el Real Madrid se ha convertido para los colchoneros en un suplicio. Un Vía Crucis eterno e insoportable que indefectiblemente deja secuelas. Entiéndanme bien, no estoy refiriéndome a lo incierto de un resultado concreto o lo que pueda pasar dentro del campo, que afortunadamente suele tener últimamente la forma de un partido de tú a tú, sino a lo que ocurre fuera. Ese despliegue brutal por parte de los ministros del sistema que, como agentes de una Stasi capitalista, se meten por cada uno de los poros de la sociedad para alertarnos de la obligación que tenemos de seguir la fe verdadera. Uno puede llegar a soportar con bastante normalidad ese permanente tono monocolor y tendencioso, presente en TODA la prensa hablada y escrita, pero es bastante más difícil tener que convivir con el desprecio e insulto constante hacia los indeseables que, como yo, se atreven a desafiar el orden establecido ignorando las soflamas del Gran Hermano, y hacerlo además enfundado en otros colores proscritos. 

Intentó concienzudamente huir de la caspa, ignorar los panfletos de propaganda, obviar las técnicas de Goebbels que emplean los “profesionales” de la comunicación para lavarme el cerebro con detritus de diseño e incluso trato de evitar las numerosas tertulias de gañanes que pululan por la geografía madrileña y que básicamente se limitan a repetir en bucle las estupideces que aprehenden de los foros oficiales, pero nada. Es imposible. Aun así consiguen siempre llegar. Al final es inevitable tener que echar gasolina y toparse en la gasolinera con una portada en la que un andaluz muy gracioso posa, con una montera y toreria, ilustrando uno de los últimos insultos deleznables que el Club Atlético de Madrid recibe periódicamente por parte de eso que eufemísticamente denominan “prensa madrileña”. Los juegos de fútbol en la PlayStation tienen una opción que llaman: “Saltar el partido”. Con ella el jugador tiene la posibilidad de no tener que disputar ni ver el encuentro si no quiere. El ordenador analiza los datos y en un nano segundo te ofrece un resultado en función de los jugadores, el estado de forma y la calidad de cada uno o las probabilidades de éxito. Prometo que si esa opción fuese posible en la vida real la utilizaría cada vez que jugamos contra el Real Madrid. 

Está todo tan enfangado que incluso las lecturas posteriores a los partidos suelen quedarse exclusivamente en temas externos, detalles accesorios o leyendas de unicornios y nibelungos que los grandes "analistas" utilizan para justificar lo injustificable. Para ver lo que nadie ha visto. Para entender la vida a través del código que manejan los pastores de la fe verdadera, ese en el que todo lo que no sea que el Real Madrid gané con solvencia y buen juego es una anomalía intolerable, provocada por algo que merece ser erradicado. Ya sea una entrenador, una tarjeta, un penalti o un delantero que sangra por generación espontanea. Es tan ridículo y lamentable que, harto de provocaciones, hasta yo mismo estoy cayendo ahora mismo en ello. Lo siento. No seguiré por ahí. 

El plan de Simeone pasaba por dejar la portería local a cero en el Vicente Calderón y lo consiguió. Eso no es opinable, es un hecho. Podemos cuestionar si era un plan lícito o no, pero la realidad es que el Atleti sigue vivo en la competición y que la eliminatoria está más o menos donde estaba cuando las bolas calientes decidieron el enfrentamiento. El Atleti salió raro. Impreciso y lento. Con muestras de cierto nerviosismo y sensación de responsabilidad. Algo poco habitual en la escuadra de Simeone pero algo comprensible en esas circunstancias. El Madrid, que tiene una plantilla espectacular (las cosas como son), aprovechó para apoderarse del balón y moverlo con bastante más criterio y velocidad que otras veces. Jugó bien y dominó el partido durante toda la primera parte, aunque las ocasiones que tuvieron (tampoco demasiadas) llegaran fundamentalmente por errores de los colchoneros. La más clara un mano a mano de Bale que Oblak sacó con una acción prodigiosa. El cancerbero esloveno hizo un partido enorme. Muy seguro todo el tiempo y sacando varias manos que le ayudan a crecer en confianza y que van a hacer muy difícil que ahora abandone la titularidad. Estupenda noticia. El Atleti se mantenía serio y compacto pero ignoraba el balón. Era incapaz de sacarlo con criterio de su campo y eso provocaba que el Madrid no tuviese que gastarse demasiado en recuperarlo para volver a tenerlo jugado en campo contrario. Resultaba muy desalentador ver sobre todo como los contrataques rojiblancos salían desde muy atrás y con muy pocos efectivos. 

La segunda parte cambió significativamente el panorama. Los de Simeone salieron mejor y con más ambición. Empezaron a rondar el campo contrario y a intentar contrarrestar la evidente superioridad blanca. Parecían haberlo conseguido cuando un codazo que dejo a Mandzukic sangrando y desquiciado hizo que el equipo volviese a salirse del partido y los de Ancelotti volvieran a controlar el juego. No quiero detenerme mucho en el árbitro. Sólo diré que me pareció el típico “buen” soldado de la UEFA. El típico “profesional” que sabe perfectamente con quién se puede equivocar y con quién no puede hacerlo. Llegado a ese punto, Simeone hizo dos cambios que no entendí pero que, lo reconozco, le salieron bien. Raúl García ingresaba por un desaparecido Griezmann y Torres sustituía a Koke, que para mí estaba siendo el mejor jugador de campo del Atleti. Y obró el milagro. Los locales empezaron a tener más balón, Juanfran empezó a ganar su banda, Arda decidió abrir el tarro de las esencias y el Atleti acabó el partido encimando al equipo blanco. 

El empate deja la eliminatoria sin resolver y tendremos que esperar a ver lo que ocurre en el Bernabéu para ver qué equipo disputa las semifinales. Antes de llegue a ese día, y ocurra lo que ocurra, déjenme decirles que estoy muy orgulloso de mi equipo y de unos jugadores a los que no tengo un solo reproche que hacer.

Fútbol control

Es complicado normalmente aburrirse en el estadio Vicente Calderón pero a veces ocurre. Ayer ocurrió. Siguiendo esa estela moderna de llevar cualquier debate al enfrentamiento personal y de construir una barrera infranqueable (o conmigo o contra mí) en mitad de cualquier desacuerdo, habrá quién con malos humos y atinado criterio se me tirará a la yugular para sofocar mi atrevimiento y alertarme (como si acabase de llegar y no lo supiera) de que en breve vienen retos mayores, que no hay que gastar energía, que es absurdo forzar, que es lo que hay que hacer, etc. No seré yo, desde luego, el que se ponga a saltar la barrera discutiendo con artes de chiringuito unos argumentos de mucha profundidad, mucha lógica y mucha trascendencia pero, qué quieren que les diga, yo me aburrí y mucho. 

Tras los debates sobre cuál es el objetivo del equipo que el entrenador tiene que decir en las ruedas de prensa, las lesiones, los expedientes X en el lateral izquierdo, los pinchazos deportivos, la búsqueda infructuosa de un delantero centro, el cinematográfico pase a cuartos de la Champions y el “cortarrollos” que ha supuesto el enésimo y perezoso enfrentamiento con el equipo de toda la humanidad “libre”, el Atleti parece haber entrado en un periodo estable y de aburrida tranquilidad. Como corredores de fondo estirando detrás de la línea de salida o toreros acomodándose la ternilla antes de pisar el albero, los de Simeone parecen haber entrado en una rentable dinámica de dejar pasar el tiempo con faenas de aliño, que por el camino dejan buenos resultados y poco desgaste. Los enfrentamientos contra Getafe, Córdoba o Real Sociedad han sido todos muy parecidos en su desarrollo: salida en tromba, colchón de dos goles muy pronto y toneladas de fútbol control después. Pero de fútbol control made in Atleti de Simeone, que son palabras mayores. 

Poco más que añadir. 9 puntos a favor y cero goles en contra son tangibles más que suficientes como para no tener ganas (ni argumentos) de poner en duda si la elección ha sido la buena o no. El Atleti vuelve a la senda de los éxitos, recupera el rigor defensivo, la contundencia táctica, la precisión a la hora de definir y el respeto, público o privado, de sus rivales. Esto último lo digo porque, aunque en el campo es evidente, parece que los rivales compatriotas (y de los analistas mejor no hablar) son algo reticentes a declarar en público su admiración o respeto por el trabajo de Simeone y sus jugadores. De denunciar, aunque sea tibiamente, la injustica que se está cometiendo con ellos a la hora de escribir la historia. Hace un par de días Moyes, entrenador del equipo txuri urdin, decía que muchos jugadores del Atleti estaban infravalorados. Obvio. Pero claro, Moyes es escocés. 

De fútbol tampoco se puede hablar mucho. A los quince minutos la defensa de la Real Sociedad ya se había metido un gol en propia puerta y Griezmann, todo un talento en plena metamorfosis hacía algo que puede ser espectacular, había cerrado el partido con el segundo. A partir de ahí los rojiblancos pusieron la coraza en el campo, los vascos eran incapaces de tan siquiera provocar un rasguño (en este paréntesis dejo que el lector elija el chiste que prefiera pero siempre con Granero como protagonista) y los aficionados nos aburríamos a lo grande en las cochambrosas sillas de la grada. En mi caso con riesgo muy alto de romperme la mandíbula entre bostezo y bostezo. Con ese escenario es muy difícil reparar en esos problemas que tenemos en el lateral izquierdo (Gámez merece jugar, pero es una limitación grande tener un diestro en el lateral izquierdo dentro de un equipo en el que los laterales son parte fundamental del ataque) o en la delantera (donde tres nueves de los llamados clásicos no terminan entre todos de sumar uno), pero están ahí. Ansaldi es una metáfora. Siqueira un manojo de nervios. Mandzukic con sus problemas de esguince (que a mí me suenan a problemas de confianza) no termina de estar. Torres sin estar en forma (no sé si porque todavía no la ha cogido o porque ya la ha dejado para siempre) parece más un recambio que un jugador titular y Raúl Jiménez… pues eso, Raúl Jiménez. 

Pero llegan curvas, amigos. Me temo que los tiempos de bostezos, aburrimiento, bocadillos reposados en el descanso y alborozadas sesiones de sing-along cantando pegadizos estribillos de Los Chunguitos (obi, oblak,…) están a punto de pasar a mejor vida. En las próximas dos semanas se decide lo que va ser el Atleti 2014-2015. Si seremos toro o torero. Si musa o escritor. Si vamos a poder soñar o si tenemos que caminar hasta que se termine formalmente la temporada con botas katiuskas sobre una solar infestado de charcos. Pero lo que esta claro es que esto del fútbol control pasará a mejor vida y que entonces lo recordaremos (el que lo recuerde) como una cosa del pasado. ¿Y saben qué? Me gusta. No me da miedo. Estoy deseando que llegue.

@enniosotanaz