No jugar

Cuando en el descanso del partido los jugadores enfilaban el vestuario del estadio Riazor, yo era un hombre feliz. Mis dudas retóricas sobre el nuevo Atleti se disipaban, me regocijaba en esa agradable sensación de poder haber disfrutado de 45 minutos de buen fútbol y era optimista sobre el futuro colchonero. Ahora mismo, aproximadamente una hora después, no puedo decir lo mismo. El equipo de Simeone acaba de empatar frente al Deportivo de la Coruña en un partido raro, que no tengo claro si mereció ganar o no. De esta manera se separa de la cabeza de la liga (cuando la tenía a mano) y vuelve a rodearse de dudas que sientan muy mal a la institución. Si atendemos a la realidad, tal y como viene, el Atleti ha empatado el partido porque Giménez ha cometido un error de esos que hacía varios años que no se cometían en el equipo colchonero. Una falta de tensión imperdonable, a falta de un cuarto de hora, que ha supuesto perder dos puntos de oro. Pero si ampliamos un poco el foco de visión, veremos que fácilmente pueden aparecer otras respuestas. También otras preguntas. 

La primera parte del equipo del Cholo fue fabulosa. Sin matices. Entendió el partido con inteligencia, jugó con personalidad, se hizo dueño del balón y lo que es mejor, jugó al fútbol. Con paciencia pero mirando la portería contraria. Enfrente tenía un Deportivo muy bien plantado, anímicamente fuerte (gracias a los últimos resultados) y sin ninguna necesidad de arriesgar. Los madrileños podrían haber caído en la tentación de de ahorrar pases y tender a lo vertical, pero no. Gracias a un Tiago nuevamente en estado de gracia, movió la pelota y buscó su oportunidad. Y llegó. Jugada por la izquierda, rechace a la frontal del área y volea que el propio Tiago engancha para meter el balón en la base del poste. El gol cambiaba la forma de encarar el partido de un equipo gallego que, ahora sí, se fue a por el rival. Pero los rojiblancos, lejos de amilanarse, jugaron todavía mejor. Fue su mejor momento y dio la sensación de que el pitido que ponía final a la primera parte, beneficiaba sobre todo a los coruñeses. 

La segunda parte fue todo lo contrario. En todos y cada uno de los sentidos. El Depor se hizo dueño del partido y el Atleti se dejó llevar. Como otras tantas veces. Hay quien dice que ese estado de letargo es una consigna de Simeone. Que les obliga a recular de esa manera. No lo sé, pero lo que sí que tengo claro es que esa forma de interpretar el fútbol no es la de buscar el contraataque, ni la de tratar de aprovechar los espacios del rival y ni siquiera la de jugar a contener. Eso se llama no jugar. Cualquiera de las primeras opciones me parecería lícita. Esta última no.

Cada vez que esta temporada el Atleti se pone por encima en el marcador, activa de forma evidente ese modo especulativo de jugar a que nadie juegue. Es lo que hacen casi todos los equipos cuando quedan tres o cuatro minutos para terminar el partido pero el Atleti lo ha hecho hoy, como otras veces, con toda la segunda parte en juego. Demasiado tiempo. Sobre todo si enfrente tienes un equipo profesional de primera división y bien entrenado. Sobre todo cuando parece innecesario. Otras veces funcionó y hoy tenía pinta de que, de no mediar el error de Giménez, también hubiese funcionado pero quizá sea mejor tomar ese dato como anécdota. Sobre todo cuando uno tiene la sensación de que eso de tener que depender de no cometer ni un error y optar de forma gratuita por olvidarse de dar criterio y continuidad al balón es gratuito. De esa manera el equipo baja tanto el ritmo y la intensidad, se marcha tanto del partido que cuando tiene que volver a él, ya no puede. Uno mira al campo y no entiende la decisión cuando ve que existen jugadores en el campo con calidad suficiente y los recursos necesarios como para no tener que recurrir a planes que, para mí, son de emergencia. Especialmente si, como era el caso, no existía esa emergencia. 

¿Por qué ocurre esto? Cada uno tendrá su teoría. Yo tengo la mía. Para mí la razón hay que buscarla en un acto de traición a si mismo. En renunciar a la filosofía que nos hizo grandes, la del partido a partido, y pensar más allá del siguiente paso. En economizar esfuerzos pensando en lo que está por venir, jugándote por el camino el que a lo peor no venga. En pensar en mañana olvidándose del hoy. 

El empate del Atleti me deja triste, pero lo que ha ocurrido en la segunda parte me entristece todavía más. Espero que nos sirva a todos para aprender. A los aficionados para huir de la excentricidad (esta tarde todos los colchoneros con los que me encontraba, daban por hecho que dormiríamos como líderes). A Giménez para crecer e intentar seguir haciéndonos olvidar que tan sólo tiene 20 años. A Simeone para darse cuenta de que a veces no es necesario hacer determinados “sacrificios” si no los necesitas. Que a veces basta con ponerse a jugar para que todo funcione. Que el camino natural es suficientemente solvente, probablemente más efectivo y bastante más sensato. 

@enniosotanaz

Gol de Vietto.

Quedaba poco tiempo para que finalizara el partido y aunque el Atleti llevaba un buen rato intentando igualar la contienda, tirando de corazón (más que de fútbol), la situación no era nada halagüeña. En ese momento el Real Madrid se marchaba 5 puntos, el Barcelona tres cuartos de lo mismo y el Celta (o el Villarreal) no sólo se separaban también en la clasificación sino que su desempeño en el campo era muy superior al que practicaban los colchoneros. Por si eso fuera poco, el once inicial de Simeone no incluía a ninguno de los flamantes fichajes estivales. Las dudas respecto a todos los jugadores y todos los sistemas se sucedían con demasiada continuidad. Las aves de rapiña, licenciadas en Ciencias de la Información, desplegaban sus poderosas alas para volar en círculos sobre el Calderón y el runrún impaciente de una grada cada vez más impaciente, perfumaba el ambiente de un hedor pesimista y desagradable. La pendiente hacia los infiernos se empinaba de forma imparable hasta que de repente, casi sin querer, apareció el gol de Vietto que empataba el partido contra el Real Madrid. 

Acabada la batalla, aprovechando el parón de selecciones, llegó el tiempo de inventariar las bajas y la situación. Fue entonces cuando tomamos conciencia de que, con un calendario infernal, jugadores cuestionados, dirección deportiva en formación, sensaciones contradictorias y un juego para olvidar, resultaba que, administrativamente, no estábamos tan mal. Ni mucho menos. Apenas unas semanas después, el equipo está, administrativamente, igual o mejor, pero además la dinámica es otra. Jackson empieza a meter goles, Tiago se quita años de encima con cada quincena, Koke ya no es un recuerdo del pasado, Correa llama a la puerta con fuerza, Griezmann está donde estaba y, ay amigos, ha aparecido un tal Yannick Ferreira Carrasco para levantarnos del asiento. Bendito gol de Vietto. 

El Atleti acaba de ganar al Valencia haciendo un gran partido de fútbol. Es cierto que ha terminado pidiendo la hora, pero es igual de cierto que los de Simeone han pasado por encima del conjunto Che de forma más que significativa. Firmo desde ya que el juego del Atleti 2015-2016 se parezca a la primera parte de hoy. Dos laterales incisivos y de calidad que abren mucho el campo para asociarse con los interiores, dos mediocentros despiertos, muy activos en la presión e inteligentes en lo táctico (especialmente Tiago que es un escándalo de jugador), dos delanteros letales (la resurrección de Jackson viene más lenta de lo que a mí gustaría pero parece que el colombiano empieza a entonarse) y dos falsos interiores que dan el espíritu y el juego al equipo. Koke, a base de inteligencia y talento, ligando centro del campo con delantera. Yannick poniendo velocidad, descaro y picante. Soberbia primera mitad frente a un Valencia timorato y sin personalidad que sin poder remediarlo perdieron la pelota, el ritmo, el juego y el centro del campo. Mucho peor cuando Rodrigo, el mejor de los blancos hasta entonces, cayó lesionado. Las ocasiones se sucedieron por izquierda y derecha. Los valencianos no encontraban su sitio y sólo Jaume en la portería conseguía mantener el cero en su marcador. 

Antes del descanso llegaron dos goles pero podía haber llegado alguno más y hubiese seguido igual de justo. El primero cayó tras error garrafal de los dos centrales levantinos (lamentables todo el partido, especialmente Santos) que aprovechó Jackson para desviar bien el balón cuando encaraba en solitario la portería. El segundo fue de Yannick, tras cabalgada por la izquierda, recorte al centro y fuerte disparo desde lejos que entró lamiendo el poste derecho. Golazo. Lo lógico hubiese sido que hubiese pasado el balón a Jackson, que le estaba tirando la diagonal, pero bienvenidos sean, por una vez, los jugadores ilógicos. Gran partido del belga que mezcló a partes iguales calidad y ganas de comerse el mundo. El Calderón se lo agradeció como corresponde. 

La segunda parte no varió mucho en los primeros instantes hasta que Simeone, yo creo que viendo el partido ganado, decidió sacar a Torres y a Óliver al campo. Error. La dinámica cambió radicalmente. Ya no había chispa ni novedad. Sobre el terreno de juego aterrizó de repente la mediocridad y ese ritmo lento y titubeante tan típico de esta temporada. Torres aporta todo lo que tiene (ni un pero a eso) pero da la sensación de apagarse futbolísticamente. Óliver sigue teniendo un problema de cabeza. Mientras Yannick o Correa saltan al campo pidiendo el balón con la idea de echarse el equipo a la espalda, jugársela y meter el gol de su vida, Óliver salta al campo con la idea de… no cagarla. Con esa actitud nunca podrá ser un jugador verdaderamente relevante. Un drama, teniendo en cuenta que es muy bueno pero que se le acortan los plazos y las oportunidades. 

El Valencia consiguió aparecer al final de encuentro gracias a un error de Godin (no fue su mejor partido) que salió como un toro a defender a un central rival que estaba con el balón en el área. Lo arroyó, claro. Penalti estúpido pero penalti. La transformación de Alcacer hizo que viésemos por primera vez las camisetas blancas en el campo. A ello contribuyó también un colegiado que, en un partido que no hacía falta, decidió formar parte de los resúmenes televisivos. Pero afortunadamente estaba el carácter colchonero y ese Tiago que día tras día se consolida como el mejor mediocentro colchonero que haya vestido la elástica rojiblanca en las dos últimas décadas. 

Victoria balsámica y elocuente de un Atleti en crecimiento que continúa abriendo ventanas por las que, de momento, se cuela la ilusión. Seguimos con la sensación de que lo mejor está por llegar y eso es muy bueno. Insisto, bendito gol de Vietto.

@enniosotanaz

Cosas de la edad

Es curioso, pero cuando veo que se acercan partidos frente a rivales desconocidos y de nombre exótico a mí no me da por pensar en goleadas ni en records absurdos sino en nombres, igualmente exóticos, como los de Groningen, Victoria de Guimaraes o Politécnica de Timisoara. Deben ser cosas de la edad. Los más jóvenes del lugar y algunos adultos (como mis compañeros de grada) con esa capacidad inédita para olvidarlo todo con cada bocadillo de panceta, no sabrán de lo que les estoy hablando pero otros muchos sé que sí. Hubo un amplio periodo de nuestra historia en el que no todo era de color de rosa y que tener un equipo "exótico" enfrente era sinónimo de aventura de terror. En estos tiempos contemporáneos, repletos de inmediatez y saturados de egoísmo, en estos momentos en los que, arengados desde las ondas hertzianas y dirigidos por las plumas digitales, se organizan ejércitos de orcos en busca de la caza mayor que supone Simeone, conviene recordar, otra vez, de dónde venimos. Desde la llegada del argentino los únicos equipos que eliminan al Atleti en las competiciones del KO son Madrid o Barcelona. O eso o ganamos la competición. A ver quién puede decir lo mismo. 

Deben ser cosas de la edad como digo, pero me parece repugnante que el community manager del Atlético de Madrid apele a las goleadas históricas minutos antes de empezar un partido de Champions frente a un equipo desconocido y en apariencia inferior. Repugnante, gratuito e insultante. Me consta que una gran cohorte de tuiteros de avatares rojiblancos (y estilo faunístico) estaban en la misma línea (o peor), la del desprecio gratuito por el rival, pero no me vale como excusa. El representante oficial de una institución debe respetar y defender los valores de la misma y no caer en la complacencia barata, como un vulgar reality show que vive de esparcir carnaza y enseñar las tetas. Una cuenta que represente al Atlético de Madrid en las redes sociales no puede ser tan gañán ni parecerse tanto a los gañanes que tanto decimos detestar. Si no es así, no tiene sentido que exista nuestro equipo. ¿Qué el Astana despreció también la competición llevando un equipo de circunstancias? ¿Y qué? Es su problema y no el mío.

¿El partido? Poca historia. El conjunto kazajo, de forma voluntaria o no, fue uno de los más flojos que han pasado por el Vicente Calderón en los últimos años. Ninguna individualidad reseñable, un cierto rigor táctico que, hoy en día, es lo mínimo exigible para un equipo profesional y poca capacidad de mordedura. Quitando un par de tiros lejanos en la primera parte, un par de patadas al tobillo al comenzar la segunda y un par de paradas de Oblak cuando ya estaba todo resuelto, poco más podemos decir del equipo “asiático”. 

¿El Atleti? Salió serio, a pesar de la dificultad de encarar partidos así, y las minúsculas dudas iniciales se disiparon cuando Saúl hizo el primer gol. Apenas habían pasado veinte minutos pero todos sabíamos que el partido había concluido. Desde ahí hasta el final los dos equipos se pusieron a medio gas y dejaron pasar el tiempo sin hacerse demasiado daño. Hubo tres goles más (Jackson, Óliver y un tal Dedechko en propia puerta), pero les aseguro que pueden considerarse un mal menor para los kazajos. 

Tres cosas positivas con las que me quedo. La primera, sin duda, la ilusión que genera Yannick Carrasco. Más allá del halo de excentricidad que pudiera rodear su figura hasta este momento, creo que estamos en condiciones de afirmar que tenemos jugador. Un gran jugador. Rápido, interesante técnicamente, valiente, dinámico y con unas ganas por comerse el mundo que no veo en algunos de sus compañeros. Me gusta Yannick. Creo que puede dar muchas tardes de gloria a los colchoneros y creo también que ahora mismo es titular en este equipo. Segunda, Correa. Aquí sí que no tengo átomo alguno de duda. Jugadorazo. Un tipo de apariencia frágil que tiene un talento muy por encima de la media, unido a una personalidad impropia de alguien tan joven. Combinación ganadora. Quiero verlo siempre en el campo y no me importaría nada una delantera con Griezmann por delante y él por detrás. Tercera, la celebración del gol de Jackson Martínez. Un tanto feo y con algo de suerte, que quizá sirva para poner punto y final a una racha desoladora, pero que sin duda ha servido para comprobar cómo el colombiano es un tipo querido en el vestuario y cómo la plantilla, unida y compacta, está con él. No dio la sensación de que fuese una pose y eso me gusta. Creo que los grandes hitos deportivos se construyen sobre cosas tan efímeras y aparentemente irrelevantes como esa. 

Deben ser cosas de la edad, pero sigo sin lanzar las campanas al vuelo. Sigo inquieto por cómo evoluciona el equipo de esta temporada y sigo en guardia por ver cómo se despejan las incógnitas de una ecuación que continúa muy viva. Pero es indiscutible que los números nos respaldan (volvemos a encabezar el grupo de Champions) y eso es una gran notica. La mejor. Al final, como siempre, lo más razonable es recurrir a los clásicos: partido a partido. 

@enniosotanaz

Sensaciones

Existen dos formas de encarar una reflexión creíble sobre el Real Sociedad-Atleti que acaba de terminar en Anoeta: una desde la realidad quirúrgica de los números, otra desde la subjetividad, siempre opinable, de las emociones. Ambas supongo que valen, pero no se parecen en nada. Desde la frialdad de las cifras, puras y duras, el Atlético de Madrid ha sacado tres puntos importantes en un campo complicado y después de un parón de selecciones que le afectaba más que a su rival. La Real Sociedad apenas ha tenido ocasiones de peligro, la portería ha vuelto a quedar a cero y los dos goles colchoneros han llegado de los pies de dos figuras al alza como Griezmann y Yannick Carrasco. Pero uno, que es un creyente radical de las leyes de Newton y de intentar explicar las cosas a través de la lógica, tiene también una fuerte querencia a vestirse con emociones y sentimientos y este Atleti, hoy, no me transmite nada. Nada bueno, quiero decir. Sin ánimo de abrirme las venas ni de que esto signifique falta de fe (en absoluto), faltaría a la verdad si dijese otra cosa. Sigo teniendo la esperanza de que, como dicen ciertas personas que dicen tener criterio, estemos todavía en un periodo de adaptación pero las semanas pasan, los partidos se suceden… y yo sigo viendo lo mismo. 

El encuentro comenzó bien, con el Atleti presionando en campo rival y dominando el partido. No había pasado un cuarto de hora cuando Griezmann recogió un balón inocente en la medular para, desde ahí, marcharse en vertical hacía la portería contraria sin que nadie pudiera pararlo, plantarse delante del portero rival y clavarle una vaselina que abría el marcador. No descubro nada nuevo si digo que el francés es un fuera de serie pero la información está en manos de los que está, así que hay que decirlo más. Como otras tantas veces el gol sirvió para que el Atleti dejase de jugar al fútbol. No para compactar líneas, jugar más vertical y ceder espacio al rival que luego puedes aprovechar. No. El Atleti dejó de jugar al fútbol. Bajó el ritmo y dejó pasar el tiempo a base de pelotazos y gilipases. La Real era en ese momento un equipo vulnerable que pedía a gritos recibir el golpe de gracia pero los de Simeone dejaron pasar el mensaje y decidieron jugar a no jugar. ¿Consigna o Incapacidad? No lo sé, pero tampoco sé cuál de las dos opciones me parece más terrorífica. 

Griezmann desapareció por inanición de balones y Jackson tiró de indolencia para hacer otro partido irrelevante. Entró algo más en juego que otras veces pero nada del otro mundo. Su concurso sigue siendo fundamentalmente mediocre y mi sutil preocupación inicial se está transformando en preocupación sin ambigüedades. Este equipo necesita un 9 de nivel y Jackson, hoy, no lo es. Torres tampoco. Correa se perdió en una banda que lo fundió físicamente y lo anuló deportivamente. Gabi volvía a realizar un partido horroroso con perdidas absurdas y lentitud a mansalva. El Atleti es un equipo con jugadores muy rápidos arriba que buscan un ritmo alto pero que tiene que recibir balones de dos mediocentros limitados que se sienten más cómodos con el ritmo lento. Mala combinación, pero no voy a entretenerme otra vez en lo de siempre. 

La segunda parte fue todavía peor. Horrible. Soporífera. La incapacidad del Atleti para crear fútbol era tan desesperante que reconozco que se me fue la vista al Australia-Escocia del mundial de Rugby que tenía puesto en el ordenador (luego le robarían el partido a los escoceses). La Real seguía en su particular calvario pero el desempeño colchonero era tan lamentable que acabó por meter al equipo txuri-urdin en el partido. Los cambios de Simeone aliviaron algo el panorama. Yannick salió con ganas y no hizo mal partido. Creo, de hecho, que se ha ganado la titularidad. Generoso en defensa, con chispa en el juego y participativo en ataque. Suyo fue el segundo gol tras asistencia de Torres y cabalgada prodigiosa del belga. Torres superó con creces al Jackson por el que salió. De eso no hay duda. De él digo lo de siempre: físicamente muy fuerte, tácticamente muy comprometido y con espacios muy aprovechable, pero no lo veo como 9 titular de este equipo. El final del partido se pasó sufriendo, como era de esperar. Hasta el punto de que los donostiarras reclamaron un penalti de Giménez que en directo a mí me lo pareció y en la repetición también. Cosas del fútbol, a la jugada siguiente Carrasco hacía el segundo y se acababa el partido. 

Vienen curvas peligrosas y entramos en un tramo de la temporada que servirá para determinar el camino que seguiremos hasta final de temporada. Por nombres el Atleti debería hacer otra cosa. No sé si más pero sí mejor. Los partidos espesos se repiten, las dudas de ciertos jugadores se estancan, la alineación titular no termina de mostrar la cara y el tiempo corre. En este caso para bien. Los números los tenemos pero falta modificar la dinámica y sobre todo falta jugar al fútbol. Seguro que con eso volverán también las buenas sensaciones.

@enniosotanaz

A punto de comenzar

Pasaban las diez de la noche y ni la lluvia ni el frío, que habían estado amenazando todo el día, hicieron finalmente acto presencia. Hacía calor, de hecho. En parte por ese otoño que no termina de arrancar en Madrid y en parte por el efecto multitud de una grada que rugía celebrando el gol que acababa de subir al marcador. Después de un partido incierto, plagado de dudas, sin mucho fútbol, en el que el Real Madrid se había puesto por delante muy pronto (y muy fácil), en el que los blancos habían dominado el ritmo sin desgastarse, en el que los colchoneros mostraban sus costuras y que sólo a base de corazón habían conseguido igualar la contienda, el marcador señalaba de repente un suculento empate. Por mi cabeza pasó entonces, como una exhalación, una sucesión de fotogramas de la película del pasado. Los años de derbis humillantes, los planteamientos de Aguirre, los canticos ofensivos de la grada madridista, los árbitros agradecidos de antaño, los Maniches, Richales y Musampas, los años de jugar juntitos y esperanzados. Los años de soñar con una derrota digna contra "los grandes". 

A medida que me sentaba otra vez en mi asiento volvía también a la realidad actual. Con ella reparé en el terrible calendario que la divina providencia nos ha ofrecido este año, los fichajes en rodaje, la lesión de Koke, las dudas de Jackson, de Óliver, de Vietto, la alineación que no termina de cuajar y que con todo ello, en ese momento, a falta de diez minutos para terminar el partido y habiendo prácticamente jugado frente a todos los grandes, estábamos a sólo tres puntos de la cabeza de la liga. Un frío helador recorrió mi espina dorsal cuando vi que, una vez reanudado el juego, el equipo obviaba ese dato tan interesante y se marchaba a tumba abierta a la búsqueda de otro gol. Como si no hubiese mañana. Sin importar el contrataque letal de los blancos. Sin pensar en la verticalidad de Cristiano o de Bale o la precisión de Modric. Sin echar mano de la especulación ni las cuentas de la vieja. El equipo quería ganar porque esa es ahora nuestra religión, por mucho que tanto histérico recién llegado a la fiesta no lo quiera entender. No se consiguió, porque el bendecido Keylor Navas no lo quiso, pero estuvo ahí y en el fondo es un tema menor. Es mucho más importante saber que el carácter no se ha ido. Que quizá tengamos que adaptarlo y refinarlo pero que está ahí. 

Había sido un partido feo. En la primera parte el Madrid se había impuesto a su rival sin muchos aspavientos pero con solvencia. Gracias a una defensa blanda y desajustada que favoreció el inicial gol de Benzema y a la dificultad de Gabi (y con él del equipo) para jugar y hacer jugar rápido. También ayudaron la recurrente incapacidad de Óliver para ser trascendente en el juego y el concurso de un Torres que saca sobresaliente en la teoría pero suspende la práctica. La segunda parte fue distinta. El Atleti acabó siendo mejor por empeño, por empuje y por corazón. Nada más. Ilusionó la entrada de Yannick, no estuvo mal Jackson y volvió a decepcionar Vietto pese a marcar el empate. 

El árbitro pitó el final y mientras camino de la salida comentaba todo esto con los compañeros de grada, seguí otra vez con la misma película de antes. Así, en un trazo rápido, pasé de los tiempos no tan pretéritos hasta el día de hoy. Desde esos días en los que el equipo salía con miedo al Coliseum Alfonso Pérez hasta jugarle de tú a tú al Real Madrid. Desde esos tiempos en los que celebrábamos un sexto puesto que a lo mejor nos daba opciones a jugar la intertoto hasta lo que veía en ese momento a mi lado. Gente refunfuñando y cabreada porque estábamos a tres puntos de Madrid y Barça y se había empatado con el equipo merengue. Me sentí un afortunado pese al hedor a ingratitud.

Así que volví a la grada y miré al césped. Estaba vacío y no creo que nadie pudiera escucharme pero tenía que hacerlo igualmente. Por mí mismo. Grite gracias. Gracias Cholo. 

Los derbis nunca son buenos momentos para sacar lecturas deportivas. Son partidos y circunstancias demasiado especiales como para que puedan ser extrapolables a cualquier otro escenario. Los analistas de cámara y los gurús de chiringuito hablaran a partir de ahora de “juego del Atleti” para referirse exclusivamente a lo que ha hecho el equipo frente a Madrid y Barça. En parte porque son los únicos partidos del Atleti que han visto (y que verán) y en parte porque, como buenos payasos y/o trapecistas que son, tienen que dar espectáculo. Allá ellos. No caigan en la tentación de alimentarse de ese alpiste tóxico cocinado para otros. El Atleti es justo TODO lo que pasa fuera de esos dos partidos. 

Salimos vivos del envite y queda todo por delante. Hay errores básicos, falta mucho por acoplar y mucho por decidir pero seguimos en la batalla. Todo el mundo sabe lo que ocurre cuando no rematas a tu enemigo teniendo la oportunidad y a nosotros no nos han rematado. Me temo que el espectáculo está a punto de comenzar.

@enniosotanaz 

Carácter y personalidad

Decía Schopenhauer que la personalidad determina por anticipado la medida de la posible fortuna. El Atlético de Madrid probablemente tuviese mala fortuna en su partido de Champions frente al Benfica lisboeta pero sobre todo careció de personalidad. Seguro que ambas cosas están relacionadas. Si alguien me preguntase alguna vez cuál ha sido durante todos los años de Simeone la característica básica del equipo colchonero, creo que nunca diría los títulos, ni la defensa rocosa, ni el rigor táctico, ni la pegada, ni la verticalidad, ni tan siquiera la competitividad. Diría la personalidad. El carácter. Puede que, viniendo de donde veníamos, sea lo que más me llame la atención pero sinceramente creo que esa característica, lejos de ser una anécdota, es lo que ha hecho al equipo grande. 

Durante todos estos años hemos presenciado partidos espectaculares y soporíferos. Lo hemos pasado bien y muy mal. Hemos jugado plácidamente pero muchas veces también acorralados por equipos que nos quintuplican el presupuesto. Nunca, en ninguno de los casos, el equipo careció de personalidad. Ganando y perdiendo. Por encima y por debajo en el marcador. Podíamos tener a los once jugadores colgados del larguero en un estadio con ochenta mil personas queriendo nuestra decapitación, que cuando las cámaras enfocaban las caras de esos jugadores veíamos siempre a tipos convencidos de lo que estaban haciendo. Tipos que, con un gesto, nos convencían de que sabían lo que hacían. Valientes. Incansables al desaliento o a cualquier error que pudieran haber cometido. Convencidos de ser los mejores y de estar en la trinchera correcta. 

Ayer, por primera vez en muchos años, no vi nada de eso. 

Alguno dirá que el partido comenzó bien, con un Benfica replegado y expectante y un Atleti mandando en el terreno y el balón. Es cierto. Sin que el juego fuese especialmente fluido ni espectacular, los de Simeone dominaban la pelota y el centro del campo y se jugaba fundamentalmente en campo portugués. El ritmo era bueno, la tensión adecuada y las sensaciones positivas. De hecho todo mejoró todavía más cuando Correa, el único, con permiso de Griezmann, capaz ahora mismo de aportar algo diferente en esa plantilla, inauguró el marcador con un gol que desde el campo me pareció al borde del fuera de juego. El equipo se gustaba. Con la ola a favor apareció incluso Óliver. Vimos alguna jugada por banda y hasta la cohorte insoportable de histéricos que ahora se sientan en la grada junto a mí, perdonaron los errores en el remate de Jackson y Correa. Todo parecía tan fácil que el equipo, síntoma de falta de personalidad, se dejó llevar. En ese estado de latencia, un error de ajuste provocó un contrataque en superioridad del equipo luso que, con un pase al segundo palo, puso el balón en los pies de un excelente jugador llamado Gaitán para que éste perforara la portería local de gran zurdazo. 

En circunstancias normales el gol no supondría más que un contratiempo. No era justo y no reflejaba lo que estaba pasando en el terreno de juego. En el Atleti actual, supuso un drama y un cambio de paradigma. El equipo colchonero se deshizo como un azucarillo en una taza te, dando la sensación de tener la robustez de esas flores que soplas en el campo para pedir deseos. Ni en lo que quedaba de primera parte ni en toda la segunda, el equipo de Simeone fue capa de reponerse. Ni fútbol, ni ideas, ni futbolistas ni personalidad. Por el camino, eso sí, apareció una segunda puñalada letal del Benfica para cerrar el partido. Los portugueses estaban demostrando más oficio que sus rivales. Los colchoneros se escondían. Remataron alguna vez, sí. Tuvimos alguna ocasión clara, sí, pero nada respondía a un plan creíble. El equipo no era capaz de sacar rápido la pelota, de meter miedo o de tan siquiera encarar al árbitro por las pérdidas descaradas de tiempo. Los cambios, lejos de ayudar, estropearon el panorama. Los jugadores no hablaban entre ellos. Nadie colocaba. Nadie gritaba. Las caras reflejaban miedo. 

Pienso en Jackson, Vietto, Óliver o cualquiera de los nuevos y me acuerdo de Goethe cuando decía que el talento se desarrolla en lugares tranquilos pero el carácter se hace en el tumultuoso curso de la vida. Parece claro que van a tener complicado tener esa tranquilidad en la que desarrollar su talento (que lo tienen y alguno mucho) pero es que quizá les falta personalidad para jugar a un nivel tumultuoso. Quiero creer que no es así no pero empiezo a desfallecer en mi fe. 

El Atleti se complica la Champions, pero más allá de resultado (o de la inminente visita del equipo de Arbeloa, ese iluminado), me preocupan las sensaciones que transmite el equipo… y la grada. En el equipo no puedo hacer nada y confiaré en Simeone (¡estaría bueno!) pero en la grada deberíamos empezar por quitarnos ese complejo impuesto por los medios de que tenemos “la mejor plantilla de los últimos años”. No es verdad. En el mejor de los casos está por ver. La descompensación en el centro del campo es evidente y falta por determinar en qué queda ese galimatías de la delantera. Es lo que hay y probablemente todo parta de un error de planificación, de acuerdo, pero no juguemos a ser lo que no somos porque entonces lo pasaremos mal. Muy mal. Winter is coming, o no, pero estemos preparados. Tranquilidad, amplitud de foco y partido a partido.

@enniosotanaz