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Profesionales

Reconozco que no soy muy partidario de abrazar esa ola de estoico pragmatismo que parece rodear el mundo del fútbol últimamente. Aun así, no soy tan ingenuo como para pensar que las estrellas rutilantes del balón se juegan el menisco por amor irracional a los colores con los que se viste un equipo creado hace un siglo a miles de kilómetros del lugar donde nacieron. Soy consciente del valor de las cosas, de las reglas de un mercado profesional, de la hipocresía, de las debilidades humanas para con el poder, del irrefrenable efecto seductor del dinero y de todo lo que ustedes quieran pero me niego a entender el mundo del fútbol desprovisto de conceptos como la empatía, el orgullo, el agradecimiento, el compromiso, el cariño o, qué coño, el romanticismo. Me niego por una simple razón: es algo que también está ahí y que cuando no lo está, pero interesa, se juega con ello como si realmente lo estuviese.

No sé cómo será en Wisconsin o en Dakota del Norte pero en Bravo Murillo o en la Arganzuela la gente no va al Calderón a ver un “espectáculo”. Ni siquiera tengo muy claro que vayan a ver “un partido de fútbol”. Van a ver al Atlético de Madrid que es una cosa bien distinta. Aunque lo conozco menos, me temo también que los señores que se meten en un autobús de Ciudad Real y se chupan unas cuantas horas para acudir al Bernabéu no lo hacen para ver un “espectáculo” sino para ver ganar al Real Madrid. Hasta es cuestionable, visto lo visto, que importe demasiado el cómo.

Los aficionados sacan pecho, sudan, lloran, sufren, ríen y se cabrean con lo que hace su equipo. Generalmente lo hacen independientemente de los jugadores que en ese momento vistan la camiseta. No vemos once “profesionales”. Vemos al Atlético de Madrid (o al West Ham o el Racing de Avellaneda). Esto lo sé yo y lo sabe usted pero también lo saben los periodistas, los jugadores, los directivos, los representantes y por supuesto las agencias de Marketing. Cuando un jugador declara amor eterno a unos colores o realiza determinados gestos “sinceros” para con sus aficionados sabe que ese “sacrificio” lleva implícito el que luego fallar un penalti pueda no ser tan grave. Ese acto reprobable para un profesional, el de cometer un terrible error ejerciendo su profesión, es entendible y perdonable para alguien que “siente el equipo”. Para alguien identificado como “de los nuestros”. Cuando un señor dice delante de un micrófono que jamás vestirá la camiseta del máximo rival (lo cual, evidentemente, no parece un acto muy profesional, independientemente de si es verdad o no) sabe no sólo que se ha ganado el corazón de miles de ingenuos aficionados sino que el número de camisetas vendidas en la tienda oficial crecerá de forma exponencial. Sabe igualmente que es fácil el que las marcas comerciales lo elijan como referente para liderar las campañas publicitarias de fidelización con ese club. Con esa “marca”. El jugador en ese momento no es un profesional que hace su trabajo y cobra. Es la representación física de un equipo y el sentimiento que lleva detrás. Lo que quiera que eso signifique.

En el ultra-profesionalizado mundo del fútbol resulta que todos los que especulan y/o viven de él son conscientes de que el amor a los colores, el seguidor irredento y el amor irracional son parte consustancial del mismo. Es más, si no fuese así no existirían aficionados del Atlético de Madrid, del Athletic de Bilbao, del Málaga, del Sevilla, del Valencia o del Betis y tendríamos que ser todos de los únicos dos equipos en torno a los que gira el circo de los medios de comunicación. Por fortuna no es así. Pasan los años, los jugadores o los torneos y los aficionados seguimos en el mismo sitio. En primera o en segunda. No es cuestión de resultados, ni de dinero, ni de profesionalidad. Es una cuestión de sentimiento. Todo el mundo lo sabe y el mercado lo aprovecha en beneficio propio. Bien, admito que sea así pero seamos coherentes. No me vale utilizar el argumento de la profesionalidad solamente cuando un supuesto profesional tira de recién estrenada sinceridad para cambiar de equipo. Mucho menos todavía cuando, con el mismo objetivo de fondo, sirve para insultar la fe y la ilusión los aficionados que todavía pagan su sueldo. O vale para todo o no vale para nada. Si usted, jugador de extrema profesionalidad, acepta los abrazos de la gente, los piropos y el cariño irracional de seres irracionales que se mueven por impulsos irracionales, tendrá que aceptar, con la misma sonrisa, el irracional linchamiento cuando su extrema profesionalidad y usted deciden traicionarles. No me venga entonces con argumentos peregrinos supuestamente ligados a la racionalidad humana porque los dos sabemos que será hipócrita.

Y va por ustedes también, señores periodistas. Los argumentos eufóricos, las grandes declaraciones de amor que ustedes elevan a categoría de titular siempre que surgen (y no me hagan tirar de hemeroteca), deben estar descritos con el mismo espíritu y rigor que esas frases que luego, disfrazadas de profesionalidad, sirven para insultar a los aficionados. Esas palabras que ustedes “entienden” con un sospechoso y tamizado concepto de la lógica. ¿Qué lógica señores periodistas?

Conclusiones

Llegando al final de la temporada, es tiempo de conclusiones:

Dirección deportiva. Es difícil poner cara al responsable de la planificación colchonera. Oficialmente es Caminero pero uno duda realmente de que la labor de ese señor de verbo espeso y barba descuidada sea realmente algo más que puro Atrezzo. Casi mejor para él teniendo en cuenta que, para mí, una labor como la de esta temporada no soporta otro calificativo que el de nefasta. Todo se perpetró tarde, haciendo el ridículo en la salida de las estrellas, errando de forma contundente en la selección de entrenador, sin tener un criterio definido en cuanto a la idea de equipo a construir, dejando un centro del campo mediocre y de carácter puramente defensivo, malgastando plazas de extranjero, construyendo la columna vertebral a base de cedidos, obviando repuestos en zonas clave y concretando una lista tremendamente corta para competir en tres competiciones. TODO muy lamentable. Un desastre tan exagerado que es más fácil pensar que no hubo planificación de ningún tipo y que el pastiche respondía simplemente a una mezcla de suerte, improvisación y de conseguir comisiones en el intercambio de cromos, tratando de dar casi por casualidad con once o doce tipos que pudieran parecer un equipo de fútbol y que con fuegos de artificio hicieran olvidar las "desgracias" del verano. La gestión posterior de un segundo entrenador, aunque saliera bien, siguió por los mismos derroteros de estupidez, falta de criterio y falta de seriedad.

Dirección técnica. La selección de Manzano fue un error cantado. Conocida la triste experiencia anterior (esa que en verano quisieron “decorar” o directamente eliminar como si no hubiese existido) parecía difícil creer que el hierático jienense pudiera hacer otra cosa aparte de el ridículo. El engreído profesor trató de seducir a sus amigos periodistas y a los consumidores de periodismo moderno con un discurso futbolístico de perfil “guardioliano” construido a base de obviedades, pero dejando en evidencia los niveles exagerados de demagogia que maneja este profesional de la mediocridad. Se perdió en su propia mentira. Una vez más le vino grande una entidad a la que desde un principio trató de dominar empequeñeciéndola. Perdido entre una forma de jugar al fútbol que ni entiende ni sabe hacer y su tradicional sistema pequeñito, romo, cobarde, espeso y estándar, el equipo, totalmente desubicado y sin referencias, se perdió por el desagüe entre frases de almanaque y actuaciones de bochorno. Para mí el principal y casi único culpable de que el equipo no acabará en Champions es la negligencia de un entrenador que a falta de modestia decidió hipotecar la posibilidad de crecer por agarrarse a su patética mentira.

La llegada del Cholo fue un revulsivo desde todos los puntos de vista y casi contra natura ha resultado ser un acierto. El argentino vino para calmar la furia de la grada y consiguió además recuperar el equipo que había en ese banquillo y que hasta entonces no habíamos visto. Cerró la escabechina de resultados negativos, construyó por fin un equipo con los mimbres rotos que recogió, sacó petróleo de jugadores desahuciados, impuso criterio en las declaraciones, impuso orgullo y responsabilidad en el campo, asumió un liderazgo modesto pero valiente, fijó con claridad los objetivos, perfiló una idea de juego clara e hizo que se tomase al Atlético de Madrid deportivamente en serio. Coincidiendo o no con su forma de entender el fútbol, el Cholo se ha ganado el crédito suficiente como para creerle capaz de liderar un proyecto de futuro en este equipo.

Equipo y jugadores. De menos a más. Ha pasado de estar sumido en la depresión y sospechando de su profesionalidad durante el nefasto periplo del nefasto Manzano a parecer un equipo compacto, serio y bueno que da un ejemplo de compromiso y profesionalidad. Recompuesto el equipo tras la llegada de Simeone, parece que solamente la falta de fútbol y calidad en los mediocentros junto a la escasez de profundidad de armario son los problemas de una plantilla de cara al futuro. Buena temporada de Courtois (para mí, muy buena a pesar de errores significativos pero puntuales). Correcta actuación de los centrales Miranda y Godín (e incluso Perea) en líneas generales y un Domínguez del que esperaba algo más y del que creo que es mejor jugador de lo que ha demostrado este año. Luis Filipe ha crecido de forma impresionante con Simeone (ahora si me parece que es lateral izquierdo para este equipo) y ni que decir tiene la presencia de Juanfran en el otro lateral, probablemente la mayor sorpresa de todas. Los cuatro de arriba (Arda, Adrián, Diego y Falcao) entre bien y muy bien y sólo el mediocentro ha estado generalmente muy por debajo de lo que debe ser el centro del campo del Atlético de Madrid. Gabi centrándose con el tiempo y aprobando por los pelos, Tiago bajando significativamente respecto a otros años (me temo que está inmerso ya en la curva natural de declino), Mario Suárez haciendo una muy mala campaña (a pesar de su soberbia actuación en la final) y Asunçao Inédito. El resto entre mal y muy mal. Salvio, siempre a punto de estar a punto pero nunca a la altura. Absurdo que un jugador así ocupe plaza de extranjero y no veo que pueda mejorar su situación a futuro. Pizzi una nueva broma pesada de la dirección técnica. Silvio parece un sueño por lo poco que ha estado (aunque dejó cosas buenas cuando jugó), A. López apenas ha jugado, Reyes está muy bien dónde está y Fran Mérida no se puede tomar en consideración (y no da la sensación desgraciadamente de que esto pueda cambiar a corto plazo).

Para mí los fichajes prioritarios debería ser (por ese orden): Diego, 2 mediocentros de garantías y jugadores para completar plantilla competitiva en el lateral izquierdo, banda/mediapunta y delantera.

Resultados. Soy de los que piensa que la labor de un equipo como entidad y como resultado de una planificación hay que juzgarla en un torneo largo y de regularidad. Es decir, en la liga. En ese sentido la campaña ha sido un rotundo fracaso. El punto que impide al equipo jugar la Champions no es reflejo de las sensaciones, juego y desarrollo de la temporada que en términos generales ha sido caótica y mala. Nunca hemos estado entre los cuatro primeros y nunca hemos merecido estarlo. A diferencia de otras veces, y como nota positiva, el equipo ha ido de menos a más y ha terminado teniendo un esbozo de equipo, de idea y de perfil bastante interesante. En este sentido, a diferencia de la sensación que tenía tras la conquista de la primera Europa League, si me parece que existe un núcleo interesante sobre el que construir. Me agarro a eso.

La imagen dada en la Copa del Rey nos retrotrae a los episodios más lamentables y esperpénticos de la historia rojiblanca. Algo que tenemos que poner en el mérito del impresentable de Manzano y de la camarilla de dirigentes que lo pusieron ahí (¿Gil, Caminero, Mendes, Cerezo,…?). Si alguien duda de mi dureza que repase la Copa del Rey que hizo el equipo en el año 2011.

Pero todas las penas quedan anestesiadas por el efecto purificador de ganar la Europa League y poder jugar la Supercopa de Europa. A pesar de los titubeos iniciales en la competición (con Manzano, claro) el equipo ha completado un torneo soberbio, ofreciéndonos probablemente los mejores partidos de la temporada (en mi retina quedará el partido de Roma, o la ida contra el Valencia o por supuesto la final). Una competición, la Europa League, en la que hemos sido los mejores y que se ha ganado con total merecimiento.

Borrón y cuenta nueva. Razones para dudar tenemos. Razones para sospechar y ser pesimistas con el futuro tenemos si nos agarramos a la legendaria negligencia consciente de MA Gil y sus huestes para repetidamente dilapidar el patrimonio y la reputación del Atlético de Madrid. Por otro lado razones para ser optimistas también tenemos si nos ceñimos al núcleo deportivo creado, si somos capaces de creer en él y mantenerlo, de la dinámica ganadora adquirida, de la idea que se perfila y de a un puñado de jugadores que a día de hoy son también el Atlético de Madrid.

Ustedes eligen.

Yo, de momento, seré cauto.

El Mago de Oz

Si hay algo que caracteriza al Atlético de Madrid de la última década es que la solución a los problemas siempre está en el otro lado. En forma de jugador imposible, en forma de promesas tan ilusionantes como infundadas, en forma de futuro estupefaciente o en forma de entrenador milagro. Da igual. Sea la forma que sea, el aficionado se agarra sin remedio a esa difusa pero efectiva ilusión para afianzar los cimientos de una afición colchonera que se resquebraja imparablemente por falta de mantenimiento. Rara vez vemos que el monstruo rojiblanco, ese que podemos observar en las gradas del estadio y que con descuidada precisión describen también los grandes medios, sea capaz de mirar a este lado de la verja. Como poseídos por una insaciable necesidad de fantasía el aficionado colchonero emprende sistemáticamente la búsqueda del Mago de Oz… y ahí se queda.

El Mago de Oz, ese ser difuso y misterioso que vive al otro lado y que es capaz de conceder todos los deseos. De solucionar todos los problemas, cualesquiera que éstos sean. De devolvernos a nuestro particular y tranquila morada en Kansas. Ese lugar en el que se respetaba el nombre del Atlético de Madrid, en el que los jugadores querían quedarse en el equipo, en el que no se especulaba con el orgullo, en el que no se hacía el ridículo o en el que se luchaba por ganar títulos en lugar de por hacer “buenos papeles”. Confundida todavía por los efectos de un tornado cuyo epicentro no es capaz de situar con precisión, la afición del Atleti parece sin embargo consciente de estar en otro mundo diferente. Un mundo en el que las cosas no funcionan. ¿O si? No se sabe bien y eso es algo que provoca todavía mayor confusión. ¿Éxito o fracaso? Quique, Raúl García, Aguirre, Reyes, Agüero, Pitarch, Forlán, Manzano… todos pueden ser (y de hecho son) buenos o malos, héroes o villanos, dependiendo de cuales sean las circunstancias o de lo que se quiere contar.

Pero la afición colchonera no es sólo la Dorothy que busca al Mago de Oz para poder volver a Kansas sino que es el Espantapájaros y el León y al Señor de Hojalata. Un espantapájaros perdido y sin guía que espera ilusionado a que el Mago lo dote con un cerebro. Un León derrotado y quejoso que espera encontrar de una vez la valentía que no tiene. Un Señor de Hojalata humillado y deprimido que busca desesperadamente La Ciudad Esmeralda en la que obtener un corazón. Ahí estamos nosotros. Nuestro equipo. Nuestro club. A la búsqueda constante de nuestro particular Mago de Oz.

El de este año se llama Simeone. Antes se llamó Manzano y antes Quique y antes Abel y antes Aguirre. En verano se llamó Falcao. Hace algunos veranos se llamó Forlán. Hubo una vez que se llamó Agüero y poco antes Fernando Torres. Llámenlo como quieran. Es siempre lo mismo. El de hoy, Simeone, viene a dotar a la institución de cerebro, de valentía y de corazón. Con todo ello volveremos de forma natural a esa Kansas que todos decimos recordar. Parece tan fácil y evidente que resulta extraño el que a nadie se le hubiese ocurrido antes. El aficionado vuelve a sonreír mientras corretea una vez más por el enésimo arco iris de cartón piedra que nos han trazado.

Pero el Mago de Oz no existe. Resultaba ser un simple ser humano nacido también en Kansas que escondido tras una cortina y aupado en juegos de luz y pirotecnia aparentaba ser lo que no era. Esa es también la historia que nos está tocando vivir a los aficionados. Nos toca vivir periódicamente alimentados por la ilusión de un Mago que desprovisto de los fuegos artificiales que nos motivaron a creerlo sobrenatural resulta ser alguien normal y corriente. Un fraude.

El cuento deja sin embargo una lectura mucho más interesante. El Mago fraudulento de la Ciudad Esmeralda era efectivamente un humano mortal y corriente pero era suficiente para solucionar los problemas sin magia. Le bastaba aplicar el sentido común. Dándole una medalla y un diploma al Leon y al Espantapájaros, que acreditaba Valentía y cerebro, les hacía ver que para llegar dónde habían llegado habían utilizado aquello que reclamaban. Ya lo tenían. No necesitaban nada más. El premio de un inútil reloj en forma de corazón junto al recuerdo de lo que había sentido por el camino es todo lo que necesitó el Señor de Hojalata para darse cuenta de que así como estaba ya tenía más corazón y emotividad que nadie. El Atleti, su afición, no necesita buscar un Mago de Oz. Lo que necesita es recordar o darse cuenta de lo que de verdad es el Atleti y utilizar sus recursos en consonancia. No necesitamos que un ser sobrenatural nos regale valentía, un cerebro, un corazón y nos devuelva a Kansas. Necesitamos darnos cuenta de que somos una afición fiel y muy numerosa junto al tercer presupuesto de la liga. Lo que necesitamos es simplemente que alguien o algo nos permita ver de verdad lo que somos, lo que tenemos y lo que podemos hacer con ello aplicando únicamente la lógica y el sentido común. ¿Será Simeone el señor tras la cortina? Podría ser, pero no lo sabremos mientras que el tipo que diseña los fuegos artificiales y los juegos de luz, ese que recorre la M-30 los días de partido, siga viviendo de hacer “magia”. Mientras no retiremos lo cortina, el Atleti seguirá permanentemente a la búsqueda de un Mago de Oz que no existe.

Aquel señor tremendamente enfadado

Yo lo aprendí hace años, cuando el acné adolescente era una cosa del futuro y tras un derbi que perdimos en el Bernabéu. Fue entonces cuando un señor tremendamente cabreado, un atlético de pura raza, de esos que son capaces de traspasar la epidermis de la personalidad y afectar al carácter de uno cuando éste sigue abierto como una fontanela joven, me dijo que los derbis contra el Madrid eran la cúspide del colchonerismo y que ahí no se podía fallar. El Atleti es un equipo con dificultades y que perderá partidos pero está hecho para ganar títulos, me dijo. Es un club enorme forjado en la adversidad y llamado a llevar el nombre de nuestra ciudad por el mundo, me dijo también. Es un equipo orgulloso que debe estar siempre con la idea de ganar todo aquello que dispute pero ni por esas puede olvidar su esencia ni su razón de ser. El Atleti es mucho más que simplemente un equipo de fútbol. Precisamente por eso contra el Madrid es dónde no se puede flaquear, no se puede huir ni disfrazarse de otra cosa. Tenemos que ser nosotros. Es contra el Madrid dónde el Atleti debe encontrarse cada vez que esté perdido. Gane o pierda.

Yo no lo entendía pero traté de que me lo explicara. Aquel señor tremendamente cabreado me dijo que todo el mundo sabe que el Atleti fue fundado por unos estudiantes vascos en Madrid pero que poca gente recuerda que uno de los motivos para que aquello ocurriese se encontraba en los aficionados madrileños que viendo un año antes disputar un partido entre el Real Madrid de entonces y el Athletic de Bilbao, partido en el que los blancos ya portaban los estandartes de prepotencia, desdén, soberbia y mal perder que nunca les han abandonado, decidieron que ellos no querían ser aficionados de ese tal Real Madrid. Los aficionados del nuevo Athletic, el de Madrid, nacieron ya desde entonces con esa clara premisa de “así no” y por ello cada enfrentamiento con ellos no era un partido de fútbol de once contra once. Era otra cosa. Era una lucha entre dos formas de entender la vida. Entre dos formas de vivir. Entre dos formas de sentirse orgulloso.

Empezaba a entenderlo. Aquel señor no estaba tremendamente cabreado por haber perdido el partido ni por los “errores” del árbitro, siempre a favor de los blancos. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque los jugadores no habían entendido la misión que tenían en el campo. No habían entendido la camiseta que llevaban puesta ni lo que significaban esas rayas rojas y blancas. No habían entendido que los miles de personas que estaban pendientes de sus acciones no iban a ver un partido de fútbol, ni iban a ver un resultado “interesante”. No habían entendido que aquella gente estaba allí para mostrarle al mundo la opción de vida que habían elegido. Su concepto de orgullo. Su pasión enfermiza e irracional por una idea romántica. Su aparatosa afición a esa emoción extrema que de alguna forma tamizaba su devenir diario. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque en los ojos de los jugadores que llevaban la camiseta del Atlético de Madrid había visto miedo y resignación. Autocomplacencia y cobardía. Mediocridad y conformismo. Conceptos todos que entonces eran incompatibles con el escudo del oso y el madroño.

Cuando al día siguiente vi la que se armó entre los amigos colchoneros de mi padre, las palabras tan dañinas y certeras que salían de la prensa escrita hablando en nombre de mi equipo y su afición, el cabreo nuclear que había en las oficinas del club, los despidos y condenas que ocurrieron como consecuencia de aquel único partido y sobre todo la pitada monumental que escuché en el Calderón al domingo siguiente, el círculo se cerró en mi cabeza. Nunca nadie ha tenido que volverme a explicar lo que era un Derbi y por tanto lo que era el Atlético de Madrid. Años después yo podía ser la persona más feliz del mundo cuando ganábamos en el Bernabéu pero también era un Atlético altivo y orgulloso cuando sólo robando con argucias arbitrales eran capaces de ganarnos en el mismo sitio. También cuando perdiendo justa o injustamente el equipo había demostrado lo que es ser un equipo valiente, orgulloso, entregado y consciente de lo que estaba representando. Mis amigos madridistas no podían entender esa especie de orgullo elitista que teníamos los atléticos independientemente de victorias o derrotas (y en parte nos envidiaban por ello) pero es que la esencia del equipo de sus amores, desde el principio, marchaba por otros derroteros más ligados precisamente a lo que decía el marcador.

El sábado pasado me acorde de aquel señor tremendamente cabreado que lamentablemente hace años que ha fallecido. Me acordé de él cuando al acabar el partido escuchaba escusas peregrinas para justificar la derrota basadas en el árbitro y la mala suerte. Ingenuos. Igual que me hicieron a mí hace muchos años traté de explicar a los pequeños las razones de por qué tendríamos que estar tremendamente cabreados con nuestros jugadores, nuestro entrenador y sobre todo con nuestros dirigentes. Traté de utilizar las mismas armas y los mismos argumentos que fueron infalibles conmigo pero según lo estaba haciendo reparé en la inutilidad de mi empresa. Recordé entonces las palabras de mi entrenador durante la semana previa asumiendo la inferioridad, cargándose de escusas para una inevitable derrota y basando su estrategia en un sucedáneo malo del miedo más rastrero. Recordé también las palabras de los jugadores que tuvieron la “mala suerte” de hablar en nombre del equipo que les paga. Esas palabras labradas en marmoleo miedo. Miedo atroz y paralizante. Esas palabras pronunciadas desde el complejo de inferioridad del que se cree inferior. A pocos les pareció algo digno de ser penalizado. Recordé las palabras ausentes del máximo dirigente de esta nave, ese señor que utiliza el escudo del Atlético de Madrid como plato de sopa y como papel higiénico. Lo normal. Recordé también las aparatosas palabras del que dice ser presidente de la institución, esas construcciones verbales entre la comedia chusca y el insulto humillante que una y otra vez tratan de masturbar las enrojecidas zonas erógenas del espíritu atlético, obteniendo exactamente el efecto contrario. Lo normal también, desgraciadamente. Recordé las “ingeniosas” portadas de los periódicos, las “respetuosas” conclusiones de las tertulias y los vaticinios de los análisis más “objetivos”. Nadie parecía estar ofendido. Recordé los ladridos insultantes de subproductos del periodismo cabaretero como los de Chus Galán que con toda desfachatez e impunidad insultaba sin talento a una gran parte de los que pagan su nómina. Pensé con lástima en lo que los histriónicos notarios de la realidad dirían al día siguiente sin tener que pensar dos veces sus soflamas. Pensé en las importantes y certeras medidas ejemplares que se tomarían desde el club durante los siguientes días. Me imagine la calurosa ovación y afinados e ingeniosos cánticos que nuestra afición ofrecerá a nuestros esforzados jugadores, entrenador y dirigentes el próximo domingo. Entonces me di cuenta de que lo que estaba haciendo era absurdo. ¿A quién quería engañar? La cadena se rompió en aquel señor tremendamente cabreado y yo me quedé con ella. Él lo hizo bien. Yo no. Él pudo. Yo no.

El Derbi madrileño ha muerto y con él también se ha ido aquello que sujetaba al Atlético de Madrid. Lo que quiera que fuese.

Graderio

Hay mucha gente, incluso entre los profesionales que aparentemente viven de ello, que tienen dificultades para entender la emoción de acudir en directo a un estadio de fútbol. En la era de los horarios marcianos y del fútbol televisado son muchos los que ya no entienden como pudiendo asistir a través de la pantalla de plasma a un espectáculo galáctico en el confortable salón de casa, rodeado de los parabienes de la calidad de vida, hay todavía descerebrados que prefieren tirarse a la calle, castigando sus riñones con anacrónicos asientos de plástico y a expensas de lo que la ruleta rusa que mueve el tiempo atmosférico tenga a bien decidir. Supongo que habrá alguien al que todo esto le generará dudas pero no es desde luego mi caso. Yo lo tengo meridianamente claro. Tan claro que lo que no entiendo es el razonamiento a la inversa. Supongo que, como casi todo en esta vida, es una cuestión de perspectiva.

Hay gente que al ver un cuadro ve exclusivamente el tamaño, coste del lienzo, el marco y la pintura con la que ha sido creada y hay otros que no ven todo lo anterior sino algo que en esencia no existe. Si alguien es capaz de reconocer el tercer movimiento de la sinfonía nº 41 de Mozart (sólo lleva 223 años sonando) una gran parte de la sociedad envidiará esa capacidad y lo tomará como una persona tremendamente culta mientras que si esa misma persona es capaz de reconocer, a la primera escucha, el sampler utilizado en el último disco de Wilco (porque conoce muy bien a los Stooges) la misma parte de la sociedad interpretará que el susodicho es un friki y catalogará el logro como una absoluta chorrada sin importancia. Como digo todo es cuestión de perspectiva.

Para mi acudir al Vicente Calderón no es estar dos horas al frío sentado en una silla incomoda, hacinado junto a personas que no conozco, rodeado de suciedad en unas instalaciones que dan vergüenza ajena y todo ello mientras me aburro viendo a un grupo de personas que sale a practicar un juego parecido al fútbol con la camiseta del Atlético de Madrid. Tampoco es el llegar a altas hora de la noche un día de diario, empapado de agua y preguntándome una y otra vez que es lo que hago yo dando dinero todo los años a un delincuente, así reconocido por la justicia que no por el gremio periodístico, como Miguel Angel Gil Marín. Es más, en ocasiones esos señores vestidos del Atleti son lo de menos y las felonías del heredero Gil son algo así como tener que aguantar a mí odiado cuñado durante la comida (que no después) si quiero comer con mí hermana. Ir al Vicente Calderón para mí es quedar con ese amigo de toda la vida al que no solamente puedo ver los domingos. Es tomarme una cerveza con mi hermano y esos otros amigos de toda la vida mientras hablamos de Diego, del Pato Sosa, de la última actuación dramática de Mourinho, de lo sumamente pésimos que son nuestros periodistas deportivos o de la última perfidia de MA Gil. Es escuchar el ruido de miles y miles de personas con diferentes formas de vestir, pensar, sufrir, vivir, ganar o perder pero que de forma casi mágica sabes que comparten contigo algo bien apreciado. Es notar en tus propias carnes el calor de los que están de tu parte. Sentir el poder del calor humano. Es creer en lo que no se ve. Es poder cantar o gritar con todas tus fuerzas sin que te miren mal. Es el único sitio en el que poder ver como se muestran de verdad las gentes respetables que se pasan el resto de la semana contenidos y escondiéndose de sí mismos. Es observar ese fenómeno inexplicable pero precioso de la transmisión de padre a hijos de un ramillete de sentimientos imposibles de acotar, definir o analizar. Sentimientos que no valen para nada excepto para ser feliz. Es poder volver a ser un niño irresponsable, incontenible e incoherente.

Soy un absoluto defensor del fútbol en vivo y por tanto un aguerrido enemigo del secuestro militar que está sufriendo por parte de esos mercados que ya se han cargado el mundo cotidiano y en forma de negocio televisivo pretenden (y están consiguiendo) eliminar a mordiscos la parte irracional, emocional, sentimental y mágica que rodeaba al mundo del fútbol. Si hay que explicar las “razones” por las que alguien es seguidor del Atlético de Madrid, del Fulham o del Racing de Avellaneda no sólo es que no ha entendido nada sino que ni siquiera debería estar en esa conversación.

Uno estaba convencido de que todo esto lo entendían perfectamente mis compañeros de grada. Tipos anónimos, de los que generalmente no conozco el nombre pero que a fuerza de los años consideraba de la familia. Esas personas con las que tantos años he intercambiado miradas que no necesitaban explicación o comentarios. Como Jesús, ese hombre que viene religiosamente (¡él solo!) desde Burgos todos los partidos excepto los que caen en domingo muy tarde porque no tiene autobús de vuelta. O Juan, ese chaval que lleva la verde y oro al cuello, que está obsesionado por las salidas de los porteros, y que trata domingo tras domingo de inculcar a su chica sin éxito el veneno atlético. O los dos hermanos de abajo que con irregular cadencia rítmica no paran de gritar contra Cerezo todo el partido y que no sé cómo se llaman pero a los que no tuve reparos en pegarles un abrazo de escándalo el día que me los encontré en la grada de Hamburgo. O Pedro ese señor inmenso que jamás abre la boca pero se pasa el partido negando con la cabeza y que dada su corpulencia se lo hace pasar muy mal al desafortunado que le toca sentarse a su lado. O el señor Andrés y su nieto, que cada vez tiene menos brillo en los ojos. Pensaba que todos ellos pensaban igual que yo. Estaba convencido, pero ahora, que es cuando me asaltan las dudas, ya no puedo preguntárselo. No puedo hacerlo porque ya no están.

Cuando aparecí aquel domingo a las 12:00 frente a Osasuna no estaban y pensé que era por el horario. ¿Quién en su sano juicio se pasa dos horas en verano al sol en Madrid por ver al Atleti? Me temo que yo. Me temo que ellos. Pero no estaban. Tampoco estaban el día del Celtic, ni el del Sporting, ni el del Racing,…No creo que vuelvan. Su lugar ahora está ocupado por otras personas que aparecen perfectamente uniformadas con el traje colchonero de última generación. Cantan el estribillo del himno, insultan al Sevilla y se meten con Perea. Tienen twitter en el que leen durante el partido lo que dicen los periodistas oficiales por si acaso no están interpretando bien lo que sus ojos están viendo. Están convencidos de que con un poco de suerte, si los planetas se alinean y se descubre la fusión en frío por fin seremos…terceros.

El caso es que miro el resto de la grada y no solo empiezo a sentirme extraño sino que tengo la sensación de que allí hay menos gente que otros años. Pero luego miro las cifras oficiales y leo los comentarios de los periódicos serios ensalzando la cantidad de abonados que tiene mi equipo y me callo. Me tengo que callar. Será una vez más mi pertinaz pesimismo. O no. El otro día, contra el Sevilla, vi a Luis. El hermano pequeño al que abracé en Hamburgo y que ahora ya sé cómo se llama. Me contó que se había dado de baja. Él y su hermano. Y el señor gordo y el viejillo y Pedro y Jesús. Todos. Pero me contó también que no pueden dejar de ser del Atleti (“chico, es como un veneno”) y que después de 20 años les costaba desprenderse de parte de su esencia y por eso habían dejado el abono pero habían sacado el carné de socio que les deja conservar el número y acudir a un partido (en su caso contra el Sevilla). También me contó que el club no considera su caso como un abonado que se ha dado de baja. Ahora empiezo a entenderlo. Lo mismo no es mi pertinaz pesimismo el que ve cambios en el graderio.