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Juguetes rotos

Athletic Club 3 - At. Madrid 0

El tema de las rotaciones es recurrente, lo sé, pero desgraciadamente sigue estando de moda. Ni lo entendí cuando alguien decidió que esa era la mejor forma de gestionar una plantilla de fútbol profesional, ni lo entiendo ahora cuando parece ser práctica común en los equipos grandes, ni lo entenderé en el futuro cuando algún “experto” me explique las razones. Uno mira de reojo el resto de deportes profesionales, la exigencia física y los niveles de los entrenamientos respectivos, y no entiende la razón por la que el fútbol tenga que ser diferente. ¿Dos partidos por semana es algo difícil de aguantar para un multimillonario deportista de elite? Me resulta muy difícil de entender. Pero la realidad es que está ahí y al parecer es algo con lo que, por alguna razón, tenemos y tendremos que lidiar. El Cholo Simeone está sacando un rendimiento muy por encima de sus posibilidades de una plantilla cogida con alfileres, eso creo que hay poca gente que lo ponga en duda, pero de ahí a que podamos jugar a creernos que tenemos 22 jugadores que pueden salir al campo en cualquier momento francamente media un abismo. Resulta de hecho absurdo pensar así. La descompensación y la falta de calidad en el Atleti (especialmente en el centro del campo) es exagerada para un equipo con aspiraciones y eso es algo que los que seguimos al equipo, llueva o truene, sabemos desde hace tiempo. Lo sabemos desde hace décadas. No se trata de ser pesimista en la derrota sino de afrontar la realidad ganando y perdiendo. El éxito de este Atleti (que no tiene porque dejar de serlo) se basa en el nivel de intensidad que práctica Simeone, un esquema táctico definido que se ajusta a la plantilla, el concurso de cinco o seis jugadores clave, un puñado de jugadores de equipo que están asentados en una buena dinámica y poco más. El efecto activador y motivador del entrenador y su buen hacer táctico provoca que esa dinámica de equipo robusta y aceptada aguante bien la inclusión de un elemento ajeno. Entra Raúl García puntualmente y hace goles. Entra el Cata por lesión de los titulares y da el pego. Sale Emre en un partido intrascendente y hasta marca de falta. Puede entrar Adrián en baja forma y hasta Cisma sin que el equipo se resienta demasiado. Eso lo estaba haciendo muy bien la dirección técnica del equipo pero por alguna razón la visita a San Mamés (por última vez) ha provocado un cierto delirio que ha hecho abandonar la senda del juicio y la lógica asumiendo un planteamiento ciertamente escalofriante. No pueden salir todos la vez. Es una broma que transforma un equipo de elite en una escuadra mediocre. Cuando minutos antes del partido he conocido la alineación uno ya intuía que la noche podía depararnos un disgusto. Al termino del primer tiempo, con empate a cero en el marcador, estaba ya seguro de ello. Simeone había despreciado el partido jugando con unos juguetes de equipo matón y poderoso que no nos corresponden. Los jugadores entendieron el discurso y dejándose llevar asumieron ese mensaje. El partido no importaba. El resultado es que los juguetes han terminado rotos. 

Mi teoría particular es que el argentino, consciente del colchón de puntos que tenemos con los que están arriba y con los que están abajo, ha decidido olvidarse de momento de la liga y centrarse en la copa. Iniciar un partido en San Mamés con el Cata Díaz, Emre, Cebolla y Raúl García juntos es dar demasiadas facilidades. Es de hecho una osadía impropia de alguien tan prudente como el argentino. Evidentemente todos sabíamos que con esos jugadores el equipo no tendría ninguna salida. Ni desde los centrales, ni desde el mediocentro ni desde la media punta. Así ha sido. El Athletic, necesitado de puntos y de confianza, saltó al terreno con ambición y ganas. Por una vez los rojiblancos de Madrid no hicieron lo mismo y las sensaciones del equipo dejaban bastante que desear. Tras un inicio fulgurante de físico e intercambio de golpes, los de Bilbao se hicieron fácilmente con el balón mientras los madrileños se echaban atrás con indolencia. Ni rastro de la presión, ni rastro de la intensidad, ni rastro de esa verticalidad ambiciosa que nos ha caracterizado toda la liga. Los leones tocaban en la frontal y trataban de abrir la poblada defensa rival. El Atleti robaba muy atrás y además perdía enseguida el balón en pelotazos ridículos. Únicamente el renacido Filipe Luis hacía algo que recordara al fútbol por la banda izquierda y a punto estuvo de marcar gol en un remate desde dentro del área. El resto a verlas venir. Tiago intentaba armar algo de juego (sin éxito) y Arda, nuevamente desdibujado, trataba de aportar algo de ingenio pero a su lado el resto del equipo desaparecía. El Cebolla correteaba sin rumbo, Emre dejaba claro que no tiene el nivel suficiente para jugar en este equipo y Raúl García recordaba sus limitadísimos recursos jugando en el centro del campo. 

La indolencia ganaba la batalla en paralelo a los balones que ganaba un Athletic Club, que tuvo una clara ocasión en remate a bocajarro desde la derecha que Courtois desbarató. Los vascos merecían ir ganando al descanso aunque irónicamente el que más cerca estuvo de hacerlo fuera el Atleti gracias a un disparo de Emre casi desde el área pequeña que Iraizoz despeja con categoría. El empate a cero dejaba cierta ilusión en muchos miembros de la parroquia colchonera pero yo no era uno de ellos. No me había gustado nada lo que había visto. Más allá de un tema de jugadores limitados y con bajo rendimiento personalmente no había reconocido en ningún momento lo que eran las señas de identidad del Atlético de Madrid contemporáneo hasta ayer. Todo lo contrario. Demasiados fantasmas del pasado se pasaban por mi cabeza. 

El inició de la segunda parte confirmó mis temores cuando vimos que el escenario era exactamente el mismo que habíamos dejado. Un equipo, el madrileño, lento, especulativo, incapaz de querer el balón, abusador del pelotazo y encerrado en su área frente a otro equipo, el vasco, que intentaba ganar el partido a base de fútbol y corazón. Y llegó lo que tenía que llegar. Courtois había salvado ya un par de llegadas cuando vino un córner bien sacado, Godín que pierde su marca y gol de San Jose. 

Pero entonces vimos algo que pegó un pellizco en el lugar del corazón en el que guardo mi orgullo rojiblanco. Entonces, lamentablemente, vimos que el Atleti, ahora si, quería jugar para ganar. Ahora si, cambiaba de actitud, de intensidad, de línea de presión... otra cosa es que le saliese bien. No le salió, para nada, pero no deja de ser ruin el tener que esperar a ir por detrás en el marcador para ver a tu equipo. Rémoras de tiempos pasados que pensé estaban extintas pero que hoy han vuelto. ¿Para quedarse? El equipo se estiró y con muy poco consiguió meter al Bilbao en su área. Los recambios hicieron que apareciesen futbolistas válidos sobre el césped e incluso el equipo estuvo a punto de marcar (especialmente tras remate de Raúl García) pero la realidad es que ocurrió todo lo contrario cuando Susaeta hacía el segundo tras gran pase de Ander Herrera. Courtois, por cierto, había hecho varias paradas de mérito poco antes. Cuando tras un contrataque frenético De Marcos hizo el tercero, y a pesar de que quedaban muy pocos minutos, muchos pensamos que la derrota podía ser todavía más escandalosa. 

Terrible borrón de este ilusionante atleti que de forma prácticamente estúpida deja ahora demasiadas interrogaciones en el aire. El partido se podía haber perdido de muchas maneras y nadie hubiese dicho nada porque todos somos conscientes de quienes somos y dónde estamos en cada una de las competiciones, pero lo que se ha visto hoy en San Mames deja una poderosa sensación de incertidumbre. De resquemor. De rabia. Nos han desnudado y hemos visto con estupor lo poco que tenemos por dentro. Y no me gusta. Alguien pensó que hoy era un día para jugar tranquilamente con juguetes y volver a casa a dormir. Lo que no esperaban es que volviésemos con los juguetes rotos.

El rostro de Simeone

Valencia 2 - At. Madrid 0

El Valencia acababa de marcar su segundo gol. Un contrataque con el Atleti volcado que acababa en la red. Era probablemente la segunda vez que tiraban a puerta. El realizador, supongo que aupado en esa corriente periodística tan elegante y tan de moda que se basa en buscarle las cosquillas al Atlético de Madrid para demostrarle que esta estorbando en la única y verdadera historia del fútbol español, la del Madrid-Barça, decidió mostrar la cara de Simeone. Buscaba carnaza, evidentemente. El argentino sin embargo mostraba en ese rostro rabia, contención, orgullo herido, impotencia, cabreo, enfado,... todo lo que en mi persona no podía quedarse dentro y salía por mis labios o mis dedos pero ni un solo gesto de reproche. Ni una palabra. Mientras uno discutía contra los energúmenos que poblaban el bar en el que vi el partido, energúmenos a los que el partido les interesaba tanto como la realidad del pueblo macedonio, no podía contener unos dedos que lanzabas tweets incendiarios a diestro y siniestro. Simeone no movía un músculo. No hacía falta. Tampoco perdió el decoro en la rueda de prensa tras las insidiosas preguntas de la calaña. No hizo falta. Tampoco se arrugó. Dijo lo que había que decir mientras todos sabíamos lo que pensaba. Era lo mismo que pensábamos nosotros. Ni siquiera perdió los papeles comentando la estupidez de ese irreverente siniestro que hace las veces de presidente del Valencia. Simeone nos volvió a dar una lección a todos. Esta vez en la derrota. El Cholo no aceptó hace días las caricias envenenadas de esa estirpe de gladiadores de la verdad, de su verdad, que por esa misma razón lo tachaba de áspero. Él sabia lo que hacía. Sabía que conceder un átomo a la cosa nostra que domina el fútbol patrio era pagar un precio demasiado alto, la dignidad. Y ahora están esperando. Ya lo estaban. Iban a estarlo de todas formas. Pero yo me agarro a esa expresión del Cholo. Sabía que teníamos clase en las victorias. Ahora sé que también la tenemos en la derrota. Vienen tiempos difíciles pero no estamos solos ni desvalidos. 

El Atleti sacó una alineación valiente pero algo extravagante al césped de Mestalla. La segunda línea ofensiva por detrás de Falcao (Adrián, Emre, Arda) contrastaba con la increíble ausencia del centrocampista más en forma de la plantilla: Mario Suárez. El experimento no salió bien. Tiago dejaba bien claro que no es el jugador que llegó hace un par de temporadas y le venía grande el centro del campo colchonero. Gabi, bastante flojo en las últimas fechas, amplificaba sus carencias ante la falta de apoyo y Emre directamente no jugó. La actuación del turco, para mí, fue lo más decepcionante de la noche. Con el centro del campo cogido con alfileres su misión fue puramente defensiva y a eso se aplicó el equipo con rigor y disciplina. El Valencia manejaba bien el balón y trataba de darle dinamismo pero no podía contra la roca colchonera. El Atleti intentaba salir de la cueva de vez en cuando pero se perdía en la transición. Solamente un renacido Adrián, lo mejor del Atleti, trataba de encarar al equipo rival con técnica y descaro. El partido estaba como tantas otras veces, correoso e igualado. Entonces ocurrió la jugada clave. 

Uno de los miles de balones parados lanzados por el Atleti a lo largo del partido llega a la frontal del área y un remate de tacón de Miranda es repelido milagrosamente por Diego Alves. En paralelo a esta jugada Falcao, que llevaba siendo agredido y agarrado por los defensas valencianos desde casi antes de que empezara el encuentro, es derribado en el área. Cuando el colombiano estaba en el suelo un sucio Soldado le clavaba los tacos en la frente. En directo me pareció fortuito. Con la primera repetición me entraron las dudas. Con la declaraciones del propio Soldado disculpándose con ese desdén zafio y macarra propio de la mafia rusa tuve claro que la jugada no había sido fortuita. Soldado, un tipo resentido que se hace desagradable por momentos. La jugada podía haber acabado de muchas maneras: gol del Atleti, penalti a favor, expulsión de Soldado,... pero no pasó nada. Minutos después, el mismo Soldado empalaba una volea que venía desde prácticamente ningún sitio, resolviendo con calidad y haciendo en 1-0. Golazo del 9 che, todo hay que decirlo. 

A partir de ahí asistimos a otro partido. El Atleti, que había especulado en exceso hasta ese momento, se desperezó y decidió apostar por el balón. El Valencia, que había sido mejor hasta entonces y que había jugado al fútbol medianamente bien, decidió apostar por el otro fútbol. Ese eufemismo que se utiliza para definir esa costumbre tan extendida de tratar de no jugar y que nadie juegue. Es una postura lícita, desde luego. Es una apuesta que salió bien, es evidente, pero yo lo he criticado demasiadas veces en mi equipo como para no hacerlo ahora con el rival. Repugnante. 

Poco más historia tiene el partido. El Atleti seguía muy espeso en el manejo del balón hasta que no realizó los cambios. Con Mario, Raúl García y Arda mas centrado, el Atleti empezó a jugar mucho mejor pero para entonces el partido estaba ya muy trabado. Era imposible dar dos pases sin recibir una patada rival y sobre el césped había más codazos que paredes. Más insultos que fútbol. El árbitro podía haber parado esa tendencia finalizando la primera parte cuando el equipo che decidió apostar por no jugar. No lo hizo y para cuando se hizo evidente ya era tarde. El Atleti se fue definitivamente arriba con todo y sin que realmente llegase ocasiones claras, seamos sinceros, el acoso era total. No hubo otro equipo en el campo durante la segunda parte pero cuando el equipo está tan volcado y no marca lo que suele ocurrir es lo que contaba al inicio de la crónica: un contrataque en ventaja y gol en contra. Partido finiquitado. 

Personalmente meto la derrota en el cajón de la anécdota. Podría haber ocurrido en San Sebastián o en cualquier otro sitio y aunque ha tenido que pasar en uno de los escenarios en los que menos me apetece, no debería ocurrir nada. Las hordas de la desestabilización, que ya campaban a sus anchas cuando estábamos en la cúspide, sacarán sus garras más afiladas para devolvernos a ese lugar que según ellos nos corresponde. Eso si me preocupa. Apretemos filas. Cuando sientan flaquear, acuérdense del rostro de Simeone.

Desapacible

At. Madrid 2 - Académica de Coimbra 1

Salía del estadio, con el paraguas en la mano y la humedad de la noche metida hasta el esternón, con una sensación melancólica y extraña. El Atleti había ganado pero el partido había sido soporífero. Cierto que la “unidad B”, como estúpidamente algunos tratan de intelectualizar el discurso robando conceptos de sus compañeros del baloncesto, había conseguido una nueva victoria pero en mí se me había instalado la sensación de que algunos miembros de esa unidad (Asenjo, Pulido, Silvio, Cata,...) no están para la grandes citas. La melancolía, no obstante, venía de antes. Gracias a que la presencia de público en el Calderón fue ridícula, apenas pasaba de un cuarto de estadio, las conexiones en los teléfonos funcionaban medianamente bien y se podía consultar twitter. Algo que no es habitual en la grada y que estando el partido como estaba era muy de agradecer. Comprobar que la mayoría de los periodistas que comentaban el partido (por no decir todos) no estaban en el campo no me resultó un dato verdaderamente alentador. Por mucho que me quieran convencer de lo contrario las cosas se ven distintas en vivo. Esta percepción viene refrendada por el contraste entre lo que yo leía en twitter, escrito desde el calor del hogar, y lo que escuchaba a mi alrededor en la grada. Cada vez está más denostada la figura del aficionado al fútbol que se sienta en la grada. La figura en la que yo me reconozco. Insultada y agredida por los poderes fácticos que han decido que la forma de vender el maná es a través de la televisión, despreciada por unos dirigentes que piensan que al fútbol hay que ir a sufrir e ignorada por un periodismo de salón y cocktail que prefiere ver la repetición a escuchar el ambiente. El fútbol se muere y los cronistas lo contaran desde la distancia. 

Del partido poco que decir. Una “briosa” sin brío y con mucho miedo que ofreció campo y balón al rival desde antes del pitido inicial y que nunca se creyó que pudiera hacer algo en el coliseo rojiblanco. Enfrente un equipo asimétrico y espeso que dominando el partido de cabo a rabo no fue capaz de transmitir absolutamente nada. La primera parte fue un auténtico suplicio para el espectador con diez jugadores vestidos de negro alrededor de su área y diez jugadores vestidos de rojiblanco pasándose el balón con pereza, sin gracia, mordiente, ideas o intensidad. No recuerdo una sola ocasión de peligro más allá de un pase inicial desde la derecha que se paseo solitario por la portería portuguesa. No recuerdo nada más en realidad. 

La segunda parte, ya con una lluvia constante desde la grada, fue algo mejor para el espectador, gracias sobre todo al punto de intensidad que los jugadores se inyectaron en la caseta. Al poco de empezar, y ya con ánimo renovados, Diego Costa recoge con una volea un balón pasado al segundo palo y consigue meterlo en la red. Todos, dentro y fuera del campo tuvimos la sensación entonces de que el partido había concluido. El equipo de Coimbra trató de salir de su zona de confort, con más pereza que ganas, y se estiró tímidamente hacia áreas contrarias pero el esfuerzo fue tan estéril como inútil. El Atleti controlaba bien el partido con esa ensalada de mediocentros que poblaba en centro del campo (Tiago, Gabí, Koke y Emre) y los lusos apenas inquietaban. La entrada del Cebolla arranco los primeros, y merecidos, cánticos que dedicados a su persona suelta el Calderón y el uruguayo correspondió con una carrera de las suyas que, como el pasado domingo, acabó en falta al borde del área. El nuevo turco de la plantilla, Emre, utilizó la oportunidad para hacer el segundo gol y para demostrar al mundo la técnica tan depurada y soberbia que aglutina en sus botas. Con un toque elegante y sutil puso el balón en la escuadra de un metal rival que prefirió no aplaudir para no herir sensibilidades. 

Con el partido resuelto llegaron los comentarios “inteligentes” de mis compañeros de grada. Conclusiones del tipo: “a ver si nos dan los 18 kilos y te vas a la puta mierda ya, Adrián” o cosas similares con el mismo nivel de profundidad y calidad literaria. Conviene decir que eso lo decía además un tipo que pensaba que Koke era el Cebolla y no se dio cuenta del error hasta que lo cambiaron. Un tipo que cuando definitivamente salió el charrúa, y ante el comentario de su compañero “éste chico es bueno”, su respuesta fue: “si, si que lucha”. Los comentarios con criterio venían desde twitter pero la ironía me hacía pensar que el que se estaba mojando era el otro. Ese es el tipo de cosas que se instalan en mi cabeza y que me hacen tirar de sarcasmo cuando luego me topo con tanto iluminado que va repartiendo carnets de “colchonerismo". Peor fue todavía el recital anacrónico, xenófobo y ofensivo que nos ofrecieron los chicos del Frente. Un grupo que con cada vez menos talento e ironía (característica de la peña en otros tiempos) se dedican últimamente, y casi con exclusividad, a insultar al equipo rival atendiendo a cosas que nada tienen que ver con el fútbol. 

Para completar la noche el Cata Díaz decidió demostrar también al público que su suplencia hoy por hoy no es desde luego casual y culminó un partido de trámite, pero cargado de inseguridades en su juego, con una despiste notable que dejaba a un jugador del Académica completamente solo dentro del área para que de cabeza pusiese el 2-1 en el marcador. Con el gol llegó también la emoción en los que estaban “disfrutando” el partido en sus casas y el tímido acojone entre mis compañeros de grada y un servidor. Pero no, la sangre no llegó al río. No sé si por mérito o demérito del rival más que por otra cosa. 

Tres de tres. Nueve puntos y primeros de la clasificación estando el tercero a 8 puntos. Parece que la clasificación está en el bote y que el primer puesto se disputará en esas tierras checas dónde nació la cerveza pilsener. Disculpen mi evidente ironía, mi falta de emoción y ese punto de resquemor que me sale hoy. Debe ser lo desapacible del partido y que la lluvia todavía no se ha secado. Desapacible, si. Esa es la palabra.


La teoría del ascensor

At. Madrid 1 - Viktoria Plzen 0

Hay varios experimentos que circulan por Youtube en los que se puede observar. Un tipo anónimo entra en un ascensor en el que ya existe un grupo de personas, todas ellas mirando hacia la puerta, e indefectiblemente, en la inmensa mayoría de los casos, el tipo anónimo se coloca también mirando a la puerta. Así actuamos los humanos. Cualquiera de ustedes que siga esta humilde bitácora conocerá mi reticencia a eso que genéricamente se denomina rotaciones. No creo en ello y entiendo que jugadores de elite bien preparados no deberían necesitar jugar la mitad de los partidos que teóricamente deben disputar pero soy consciente de que estoy en franca minoría. Aun así, creo entender el objetivo de Simeone y quiero asumir que está más relacionado con ese concepto de equipo que tan buenos resultados nos está dando que con otra cosa. La idea de implicar a todo el grupo y hacerlo partícipe de una misma empresa. El equipo. Pero en ocasiones hacer esto es complicado y apelo a la teoría del ascensor para explicarme. Si el Cholo mete a Kader en el once titular del Atleti, ese que nos ha situado en la segunda posición de la liga sin perder un solo partido, lo peor que puede pasar es que Kader no destaque en el aspecto positivo pero es raro que destaque en el negativo. Entra en una dinámica clara y sólida. Es un tipo que entra en un ascensor con todo el mundo mirando a la puerta. El problema es cuando entra en un ascensor en el que cada uno de los que están dentro mira a un sitio diferente o mirando todos en la misma dirección, no están seguros de ellos y al menor contratiempo surgen las dudas. Para mí, eso es lo que ha pasado en el partido contra el Viktoria. Eso es también lo que ha pasado tantas veces en los últimos años. ¿Por qué ese jugador se salía en el Mallorca o en el Osasuna y aquí es tan malo? Pues porque en Mallorca y Osasuna formaba parte de una engranaje bien armado y aquí estaba en un artefacto sin definir. Porque allí entraba en un ascensor en el que todos miraban a la puerta y aquí no. Afortunadamente las cosas ahora son de otra manera. 

El Atleti saltó al campo sin un solo titular indiscutible, en un estadio semi vacío y frente a un rival ultra-desconocido que no tenía nada que perder. Mal escenario para realizar una buena faena. Tampoco ayudó, en mi opinión, ese 4-4-2 que el Cholo se sacó de la manga. Un sistema caduco que resta dinamismo y penaliza la versatilidad de los jugadores. Tras unos primeros minutos de tanteo y sucedáneo de furia el partido tomó los derroteros del sopor. El Atleti plano, lento y espeso. El Viktoria incapaz y demasiado preocupado por ocupar los espacios. Los casi-titulares (Adrián, Cebolla o Gabi) se perdían en batallas personales que no iban a ningún sitio mientras el resto no eran capaces de encontrar referencias sólidas. No sabían a dónde tenían que mirar dentro del ascensor. Sopor. Nada más que añadir a una primera parte que borraré de mi memoria en cuanto acabe de escribir esto. 

Tenía muchas ganas de ver a Emre, un jugador que hace diez años me parecía un crack y que me tenía confundido al no contar con minutos en este Atleti. Ayer vi la razón. Sobresaliente en técnica, renqueante tácticamente y muy flojo en lo físico. Su despliegue técnico se desarrollaba en zona franca y donde no ocurre nada. A la hora de entrar en terreno hostil aparecían las carencias. Tiene personalidad y hechuras de jugador importante pero me genera dudas en un partido de máxima exigencia física y táctica. Ahora entiendo mejor a Simeone. La sorpresa vino donde menos lo esperaba. En un Pulido al que ve muy sobrio y seguro. Bien es verdad que el rival era de poca exigencia pero eso no es culpa del jugador.

La segunda parte fue diferente simplemente con cambiar el esquema al clásico 4-2-3-1 con Koke en la media punta y Adrián volcado a la banda. Sin alardes y sin que se viese nada verdaderamente notable, el equipo se hizo con el balón y la amenaza se sentía constante. Los cambios posteriores no modificaron demasiado el escenario y aunque la sensación era de que el gol podía llegar en cualquier momento lo que la grada notaba era en realidad el paso de los minutos. Según se acercaba el final Raúl García dispuso de un par de ocasiones para haber definido el partido pero el navarro, otra vez llegando muy bien desde atrás, falló en el remate en ambas ocasiones. Con el tiempo concluido los aficionados en la grada sentíamos la humedad del Manzanares y el mal gusto de un empate con el que no contábamos. Fue entonces cuando apareció el Cebolla. Recogió el balón a 40 metros de la portería, levanto la cabeza y envió un misil que se coló por el lado izquierdo del portero checo. Golazo del uruguayo que provocó el delirio de jugadores, cuerpo técnico y afición, que da tres golosos puntos, que espanta fantasmas, que evita cenizos y que en cierto modo ponía justicia a lo acontecido en el partido. 

6 de 6 en la Europa League y jugando con el equipo B. Además, el resultado deja claro que el Atleti de Simeone tiene flor. Esa suerte que viene cuando hace falta y que caracteriza a los equipos grandes. El entrenador del Viktoria decía en la previa que todos sabían que equipo se clasificaría primero de su grupo y que sus legítimas aspiraciones se centraban en la segunda plaza. En este nuevo Atleti ha cambiado hasta el discurso de unos rivales que ahora si nos respetan. Qué nadie toque nada, por favor.