No me busquen

No entiendo que la gente tenga armas en casa. No entiendo que exista una asociación como la National Rifle Association y me costaría empatizar con el presidente de un club así pero resulta que soy fan de muchas de las películas de Clint Eastwood. Que le voy a hacer. Es más, Manuel Jabois me parece un tipo inteligente y a pesar de su madridismo militante me veo muchas veces coincidiendo con él en sus argumentos. Tengo muchos más ejemplos. ¿Cuestiona lo anterior mi espíritu antibelicista o mi colchonerismo? Creo que no pero hay tanto profesional de la etiqueta que uno ya no sabe. ¿Soy un tipo incoherente? Puede ser pero prefiero pensar que los seres humanos somos más complejos de lo que nos quieren hacer ver y que la diversidad, lejos de ser un problema, es fundamentalmente un tesoro. 

No creo que todo sea blanco o negro. Es más, tiendo a pensar que nada lo es. 

Por partes. 

No conozco a nadie que quisiera irse del Vicente Calderón. A nadie. Si das a elegir entre gastarse un dineral en construir un nuevo estadio o gastarse lo mismo (o menos) en arreglar el actual estoy seguro de que el 100% de mi entorno hubiese elegido la segunda opción. Es raro encontrar tanta unanimidad en algo. ¿Por qué se decidió entonces ir en contra de la voluntad popular? No lo sé. Tengo mi sospecha (y no es muy optimista) pero ni los estamentos oficiales ni el periodismo profesional me han ayudado demasiado a sacar conclusiones, la verdad. Dicho lo anterior, reconozco que ya tengo asiento reservado en el Wanda Metropolitano. ¿Soy un vendido? Puede ser pero prefiero pensar que lo que soy es del Atleti. Eso sí, no me pregunten qué es ser del Atleti porque hoy tampoco lo tengo muy claro. Lo que sí tengo claro es que es tan importante para mí que no puedo renunciar a dejar de verlo jugar en directo. Lo siento pero soy así de básico. 

Asumido que nos vamos a otro Estadio (y podemos seguir sin asumirlo pero sería como tomarnos nosotros mismos el veneno para intentar que se mueran otros), asumidas los condicionantes que suponen participar en este circo del fútbol moderno (ídem) y asumidas todas las premisas, el nombre elegido no me disgusta. Eso no significa que me guste tener que asumir lo anterior pero apelo a la inteligencia del lector para no tener que seguir justificando y matizando cada frase que escribo. El nombre me parece un encaje de bolillos muy hábil e impropio de una directiva que no es famosa precisamente por hacer guiños a la historia. Prefiero Metropolitano a cualquier nombre de jugador porque siempre habrá otro jugador diferente que se lo merezca más. El Wanda no es que me emocione pero va a suponer el 3,5% de los ingresos del equipo. Visto así, puedo vivir con ello. Preferiría que no estuviese igual que preferiría que no hubiese publicidad en las camisetas o que todos los jugadores fuesen de la cantera pero puestos a tener que sacrificar una ficha prefiero que sea un Peón y no la Reina. 

¿Y el escudo? Dejémoslo claro desde el principio. Me parece horrible. Eso sí, más allá de gustos me parece una torpeza realizar un cambio de esas características de espaldas a los aficionados. Aunque éstos sean considerados los clientes. Piénsenlo. Ningún empresario con cierta preparación lanza un nuevo producto al mercado sin hacer antes un mínimo estudio de mercado. No era tan difícil además, señores del Atlético de Madrid. No les costaba tanto. Por supuesto que hubiesen tenido rechazo pero lo están teniendo igualmente ahora. ¿Qué más les daba elegir algo, con las mismas características de lo que se buscaba, pero que pudiese haber encajado mejor? Puedo llegar a entender lo de la cuatricomía, el sentido de evolucionar y cualquier otra leyenda de Nibelungos que me quieran contar ahora pero no sobre hechos consumados. Me parece una soberana muestra de torpeza. Y no me refiero al resultado (para gustos los colores) ni al hecho de querer cambiar el escudo (muy lícito) sino al hacerlo de espaldas al aficionado. Al cliente, para que lo entiendan todos. 

Dicho lo cual, el fin de semana ha sido un horror. No porque el nombre del estadio o el diseño del nuevo escudo me guste más o menos sino porque esas diferencias de criterio no han provocado un debate interesante sino una guerra civil insoportable. Una guerra civil entre hermanos, que es como son todas las guerras civiles. Una guerra civil entre abanderados de una supuesta identidad inflexible e intolerante (en la que sinceramente no me reconozco) y los defensores de un supuesto e irrenunciable orden mundial (que sinceramente me repugna). Una pelea estúpida no ya por ver quién la tiene más larga como atlético sino por marcar a fuego, con una onerosa línea de pinchos infectados, la entrada a tan “selecto” club. Despreciando al diferente. Insultando al que se sale de la línea. Repartidores de carnés, a uno y otro lado, que arengaban a la masa mientras marcaban con una letra escarlata a aquellos que osaran no sumarse a la causa. La suya, claro. ¿Qué causa? ¿qué carnés? ¿que guerra? 

No me busquen en el frente. No me busquen tampoco en la retaguardia. Si les interesa estaré en el Calderón. Bueno, donde juegue el Atleti. Armado de bufanda y con ganas de debatir, no de pelear.

@enniosotanaz

Presente.

Como bien predijo Maslow en su famosa teoría de la pirámide, los anhelos humanos varían significativamente en función de las necesidades básicas que tengas satisfechas. Simeone heredó hace años una institución en ruinas. Bueno, una institución instalada en la mediocridad que es probablemente mucho peor. Entonces, el grupo de humanos que conformábamos la afición del Atlético de Madrid, teníamos unas carencias demasiado significativas como para poder pensar en otras más elevadas. Cuando el argentino debutaba en Málaga recuerdo que mi mayor ilusión no era la Champions sino que el Atleti no volviese a hacer el ridículo. 

Es evidente que cuando quieres salir de una agujero lo mejor que puedes hacer es dejar de seguir cavando. Simeone, tipo listo, decidió parar la máquina de los los sueños megalómanos y preocuparse exclusivamente del día siguiente. Convenció a los suyos de que la solución nunca llegaría de fuera por más que la esperaran. Que si existía estaba dentro. Que existía. Nos abrió los ojos y nos hizo ver que los rivales no estaban viendo al Atlético de Madrid de nuestros corazones sino a un equipo al que podían ganar fácilmente. Veían eso porque nosotros mismos nos mostrábamos así. Líquidos. Llenos de dudas. Conocedor de la peculiar idiosincrasia colchonera, sabedor también de que suelen ser más generosos precisamente los que no tienen nada, decidió plantar ahí su primer pilar. En la gente. En ese espíritu legendario del que solemos sacar pecho. Sí, quizá con un punto demagogo pero funcionó. Aisló su pequeña república del imperio mediático que tanto mal nos hacía, miró al suelo y se puso a trabajar. 

Simeone construyó su imperio con lo que tenía y no con lo que pidió. Construyó un búnker en el campo porque una de las reglas del fútbol más sólidas dice que si no te meten goles no pierdes. Encontró laterales que no eran. Hizo buenos futbolistas con los que antes eran malos simplemente haciéndoles jugar como equipo. Los jugadores, tan perdidos y humillados como los aficionados, se entregaron en cuerpo y alma viendo que aquello podía funcionar. Apareció la magia. Apareció un equipo. Un equipo que hizo de la necesidad virtud. Que convertía cada marcha de una de sus estrellas en una oportunidad para reinventarse. Un equipo que tenía sólo tres cosas pero que esas tres cosas las hacía de maravilla. 

Algunos años después el Atlético de Madrid es uno de los grandes de Europa. En espíritu y en números. En ese tiempo lo hemos ganado “todo” y si no puedo quitar las comillas para que el concepto sea literal es únicamente por una anécdota y porque, en el fondo, esto es fútbol. 

Algunos años después todo ha cambiado. ¿Todo? Lo mismo ese es el problema. 

Hemos pasado de hacer de la necesidad virtud a hacer de la virtud necesidad. Cuando Falcao se marchó para hacerse millonario el equipo se adaptó al juego de Diego Costa (jugador que ya estaba, que había estado a punto de salir y que había estado cedido antes en mil equipos). Costa rompió en crack. Hoy queremos que Gameiro (que llegó tras un desembolso multimillonario porque así lo exigía una afición que cada vez tendemos más al canibalismo) sea Diego Costa. Antes el Atleti montaba una roca delante de la portería de cualquier estadio del mundo y a todos (menos a los listos de la radio) nos parecía el tercer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Hoy exigimos jugarle abierto al Bayern de Munich y ganar con solvencia. Antes no había problema por jugar replegado contra nadie pero hoy todos los equipos (menos los dos de la galaxia corrupta) se cierran como lapas cuando juegan contra el Atleti. Dentro y fuera del Calderón. Antes un empate podía no ser tan mal resultado visto en perspectiva. Hoy no hay perspectiva y un empate es siempre el infierno. 

Alguien pensará que estoy haciendo apología del pasado. Nada más lejos de la realidad. Estoy haciendo apología del presente que es lo que nos ha hecho grandes. El Atleti nunca volverá a ser ese equipo humilde que cogió Simeone. Nunca podrá volver a jugar igual. Ni aunque volvieran Raúl García y Diego Costa. Tampoco será nunca la fotocopia barata del Real Madrid o del Barcelona que pretende ver el aparato mediático (y sus locos seguidores). Una especie de marca blanca que funciona con las mismas instrucciones, los mismos esquemas y los mismos reflejos. 

Ninguna formula es eterna. Simeone nos ha hecho grande sabiendo reinventarse cada día con lo que tenía y eso es lo que hoy hecho de menos. Creo que el manido “cambio de estilo”, tan cacareado en los medios de comunicación, no responde a un capricho estético de nadie sino a una necesidad de guión. Es imposible jugar como antes (si quieres ganar, claro) frente a equipos que, como el Español, plantan ocho jugadores en el área todo el partido. Y no es el Español. Es el noventa por ciento de los partidos que nos vamos a encontrar. Desde el PSV al Leganés. 

Creo que Simeone lo sabe pero que no encuentra la tecla. Resulta que es humano. También creo que el primer pilar sobre el que plantó su proyecto, nosotros, está cediendo. Necesitamos ser conscientes de ello. 

Paciencia.

@enniosotanaz

Adaptación

Alguien dijo una vez que el fútbol es un estado de ánimo y algo de verdad debe encerrar la manida frase. Lo sabe bien Simeone que fue capaz de convencer a Juanfran de que triunfaría siendo lateral y a Miranda de que ya no cometería más errores. Fue capaz de convencer a un cuestionado Gabi de que sería el eje sobre el que un día pivotaría el equipo y a Tiago de que volvería a jugar en la selección. Hizo creer a Diego Costa que sería mejor que Falcao y a Griezmann de que podría terminar siendo el mejor jugador del mundo si aprendiese a defender. Simeone convenció a la plantilla del año 2014 de que, olvidándose de los listos y de la forma en la que jugaban los demás, siendo intensos, teniendo personalidad y jugando como equipo, nadie podría con ellos. Oye, acabaron ganando la liga a equipos que cuadriplicaban su presupuesto. 

Pero que el fútbol es un estado de ánimo lo sabe también el Aparato que hoy domina el fútbol. Y no le gusta. Que un concepto tan intangible como el ánimo puedo tener influencia letal en una poderosa máquina de ganar dinero es muy peligroso. No puede ser. ¿El ánimo es intangible? Pues se estandariza y se concreta. Igual que las camisetas. El resto se aniquila. Se contra actúa, que para eso somos más, más fuertes y con más dinero. Todo tiene que entrar por el calibre que nos interesa o desaparecer. Ridiculicemos el “partido a partido” desde todos los frentes hasta hacerlo una caricatura. Hoy ya nadie lo usa fuera de la clandestinidad sin parecer ridículo. Centremos recursos y esfuerzos en poner los focos en las “anomalías”. Mejor, suprimámoslas explicándolas según nuestro criterio. Amplifiquemos los resbalones de los apestados. Avisemos al correveidile que hace las veces de seleccionador de que el negocio es bastante más importante que un estúpido juego de pelota. Es más, elijamos nosotros al correveidile. Vendamos a Miranda al Real Madrid las veces que haga falta  (y a Courtois y a Filipe y a Godin y a Giménez, y a Koke y a Saúl y a Griezmann y a Falcao y a Agüero y a…) para que nuestros clientes no tengan tiempo de venirse abajo. Escondamos las virtudes de Gabi debajo de alguna leyenda inventada de Jesé (o de Morata, o de Callejón, o de Lucas Vázquez, o de Nacho, o de Borja Mayoral, o de…). Vender y volver a vender. Lo mismo. No inventemos. Pactemos con la parte catalana del universo el reparto del pastel. Habilitemos al jurado popular de la Santa Inquisición para apedrear sin piedad a un jugador, top en Europa, que ha tenido la desfachatez de usar la camiseta incorrecta y renunciar a la selección de su país para jugar con la nuestra. En lugar de denunciar la estupidez comerciémosla. Hagamos que la soberbia, el egoísmo y la intolerancia sean ejemplos de vida. ¡Aaaú! Financiemos a mercenarios en el borde de la alfabetización para que distingan ente intensidad y violencia extrema en los momentos precisos. Reinventemos el concepto de penalti como herramienta para tapar los incómodos “huecos” del sistema. Inundemos todo de ruido para que no exista posibilidad de escuchar la música. 

Están ganando. El estado de ánimo de parte de la afición colchonera ya se mide con los modos, las reglas y la máquina de ponderar del Aparato. El resto somos frikis. Malas hierbas. Radicales. Tipos sin humor. Ya no son minoría los que hablan de haber dilapidado “vergonzosamente” el “objetivo” de la Liga (sin tener en cuenta que somos un equipo que ha ganado tres ligas en 45 años y que ningún otro equipo terrenal ha ganado más que nosotros). Ya se habla de jugar bien o mal pero entendiendo por bien o mal exactamente lo mismo que se entiende en la redacción de Onda Cero, o de AS, o de TVE o de Real Madrid TV, porque en el fondo son la misma. Hablan de equipo millonario y poderoso (sin mirar los ingresos por venta, el balance o la deuda). Miran por encima del hombro a los que ven en la otra esquina del universo cuando realmente siguen estando ahí al lado. Ahora hay que echar a Juanfrán y a Gabi y a Correa y a Giménez hasta a Oblak por no parar penaltis, porque la ceguera de seguir el rodillo mediático impide saber que Oblak ha parado la mitad de los penaltis que le han tirado desde que está en el Atleti. Hay que colgar a Simeone por las mismas razones que, entre chistes de gangosos, argumentan Los Manolos. Ahora se pita con el hígado en la garganta una derrota y hasta una ocasión fallada porque es “intolerable”. Mejor comprar camisetas fluorescentes que aprender historia. Mejor drogarse que intentar disfrutar del camino. Hay que olvidar cualquier pasado (y cualquier futuro) para centrarse en ese presente, glotón y zafio, en el que todos nos parecemos demasiado. Ahora tenemos que ser de jugadores y no de equipos. Ya no hay crédito, ni esencia, ni identificación, ni espíritu. Ahora sólo podemos alimentarnos de victoria sin pararnos a pensar que, de ser así, estaríamos muertos. 

No cuenten conmigo. Yo soy aficionado a otra cosa. Puede que tengan razón y esa cosa ya no exista pero el día que sea consciente de ello me marcharé y dejaré de ser aficionado. Así de simple. Adaptarme, simplemente, no me interesa.

@enniosotanaz

Nuevo Mundo

“Bienaventurados los corazones flexibles porque nunca se romperán” (San Francisco De Sales) 

El primer capítulo de la nueva temporada de Black Mirror presenta, a modo de distopía, un futuro asfixiante en el que la sociedad está sometida a las apariencias y donde cada persona no es más que lo que el resto decide que es. El resto, entendido siempre como mayorías poderosas que ejercen su tiranía y eliminan del tablero todo lo que no es “como tiene que ser”. Las casas son parecidas, los colores son parecidos y la ropa es similar. Todos juegan al único juego que se puede jugar y los que no lo hacen son marginados. Son parias. Detritus. O mejor, no existen. Todos sonríen porque les penaliza no hacerlo. ¿Distopía? 

En lo que llevamos de semana, sin salirme del micro universo del Atlético de Madrid en el que todavía hago pie, he podido asistir a episodios muy parecidos. En esta sociedad “avanzada” que hemos construido tendemos a manejarnos con un una pérfida interpretación del concepto de democracia que haría las delicias de los autores de ciencia ficción del siglo pasado. Si diez amigos deciden ir juntos a cenar lo democrático sería acudir al restaurante que elija la mayoría pero en esta nueva versión contemporánea de la vida en sociedad las cosas son algo diferentes. Efectivamente la cena se celebrará en el lugar más votado pero por el camino habrá que reírse y humillar al que ha elegido diferente. Demostrarle lo estúpido de su decisión. Recordarle, de la forma más contundente posible, su condición de proscrito. De raro. De inferior. Es más, es muy probable que los dos que han votado diferente no vayan a cenar porque los otros ocho, la mayoría, no quieren. Les incomoda. 

En el Nuevo Mundo una estúpida riña de twitter pasa a formar parte de la parrilla de todas las televisiones y medios de comunicación nacionales siempre que pueda generar empatía en la mayoría que decide a qué restaurante hay que ir. Da igual el empaque de la anécdota, su valor como información o incluso su veracidad. Da igual todo porque lo único importante es que esa mayoría aplastante disfrute aplastando. Que alimente su felicidad posmoderna con un nuevo y aleccionador linchamiento al repugnante ser minoritario. 

La historia de la fundación del Atlético de Madrid es preciosa. Los orígenes vascos y la vida en común con un club tan estupendo como el Athletic Club (de Bilbao) es algo maravilloso que debería servir para abrir puentes, inspirar a poetas y estrechar lazos. Pero no. El Nuevo Mundo camina en dirección contraria y protege a las sociedades cerradas que sólo miran hacia adentro. Sociedades en las que las diferencias deben limitarse a los matices del color blanco (o del rojo, que me da lo mismo). Un reputado dirigente, elegido democráticamente, saca pecho reinventándose la historia con espíritu destructor y el único objetivo de aislar al extraño. Aplausos. La identidad propia debe ahora construirse destruyendo la del otro. Aunque un día fuesen hermanos. 

Los círculos se mueven pero no se tocan. Como mucho se circunscriben. Pueden ser grandes o pequeños pero siempre, en su interior, serán mayoritarios. Monolíticos. Refractarios. Alérgicos a lo diferente. Aparecerán por cualquier sitio, disfrazado de cómico gañán o de intelectual protegido por un profiláctico de sabores tropicales. Da igual. Es siempre lo mismo. En el Nuevo Mundo cualquier aprendiz de ciudadano de éxito puede humillar al proscrito siempre que se ciña a la venia del Gran Hermano. A las reglas de su círculo. Llamar asesino a todo un colectivo será entonces una muestra de humor fresco y de talento. Alta cultura patrocinada por cualquier Mercadona intelectual que, en ese momento, opere bajo la protección del régimen. Bastaría con que la argumentación fluyese en dirección contraria, o que se desviase hasta los despachos de la Torre de Marfil, para que todo se viniese abajo y entonces apareciesen las hienas. Pero eso no va a ocurrir. No sería ya divertido ni brillante sino mediocre y soez. Intolerable. 

Decía Stéphane Hessel que resistir supone negarse a dejarse llevar por una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva. Sí, entre otras cosas, estoy hablando de ser aficionado del Atlético de Madrid. 

@enniosotanaz

Elemental, querido Watson

Hay estudios estadísticos que dicen que la frase de Sherlock Holmes más reconocida a nivel mundial es la famosa “Elemental querido Watson”. No creo que nadie se sorprenda por ello. Lo que sí resulta sorprendente es que Arthur Conan Doyle, autor del personaje, no escribió esa frase en ninguna de las cuatro novelas y cincuenta y seis relatos que publicó. Fue nueve años después de su muerte, en una película americana llamada “Las Aventuras de Sherlock Holmes”, cuando la dichosa sentencia fue incluida por primera vez en un guion. El resto es historia. El poder audiovisual, ya saben. 

Hubo un momento en el que un grupo de afamados periodistas y por lo tanto analistas deportivos homologados (una cosa lleva, al parecer, automáticamente a la otra) dijo que el Atlético de Madrid era un equipo que jugaba mal. Que sólo metía goles a balón parado. Que no salía del contraataque y el pelotazo. Que pasaba los partidos encerrado en su campo. Que era violento. Que despreciaba el balón. Que ganaba de suerte. El resto es historia. Muy parecida a la anterior, por cierto. Si usted pregunta por una frase de Sherlock Holmes a cualquier ciudadano de a pie seguramente dirá aquello de “Elemental querido Watson” aunque no haya leído un solo relato original de Conan Doyle. Si usted pregunta sobre el Atleti a un ciudadano de a pie, de los que no han visto jugar al Atleti más que contra el Madrid o contra el Barça, éste le dirá con toda probabilidad que no juega a nada y que es violento. Da igual que el concepto de jugar bien no deje de ser una valor subjetivo o que las estadísticas objetivas de goles marcados a balón parado, partidos con posesión ganada, faltas cometidas, tarjetas obtenidas, disparos a puerta, número de pases o goles a favor digan todo lo contrario. Alguien escribió un guion apócrifo para la película Las Aventuras del Cholo Simeone y el mundo libre se lo ha comido diligentemente. Como tantas otras cosas. El poder audiovisual, ya saben. 

Cuatro días después de pasar por encima del Bayern de Munich el Atleti acaba de derrotar al Valencia en su propio estadio con otro alarde de poderío, de control del partido, de control del balón, de ambición y de equipo. En apenas diez minutos se sobrepusieron al buen comienzo del equipo valenciano y acabaron imponiendo el ritmo y el sentido de un partido que quisieron ganar desde el principio. Jugando bien, además. Como equipo grande. Como se supone que hay que hacerlo según los analistas homologados. Ganando un 60% de la posesión, llevando la iniciativa y metiendo al rival en su campo durante bastantes fases del partido. No es la primera vez que ocurre. De hecho es lo que lleva ocurriendo desde que ha empezado la temporada contra todos los equipos excepto, sorpresa, sorpresa, el Barça. 

Pero da igual. Las mesas de redacción siguen construyendo el relato de la realidad que más conviene a “todos”. Un relato en el que Simeone continúa diciendo “Elemental, querido Watson”. 

El partido de Valencia, aparte de para consagrar esa nueva y proscrita faceta del equipo madrileño, sirvió para confirmar otras cosas. El espíritu granítico de una plantilla con una fuerza de voluntad a prueba de bombas, por ejemplo. La situación del Valencia es tan inestable que su estado anímico está a flor de piel y es una bomba de relojería. Para mal, cuando las vallas de contención se desparraman o para bien, cuando Diego Alves le consigue parar el enésimo penalti a Griezmann (y a Gabi). El equipo levantino se metió por dos veces en el partido, en tromba, gracias exclusivamente al buen hacer de su portero y el arrojo de su afición. En el Atleti sabemos bien lo que es capaz de hacer un equipo con el estado anímico alterado pero ahí precisamente es donde apareció la mentalidad de este equipo proscrito e invulnerable. Un rodillo muy difícil de parar que sujeta su legado en un orgullo sólido y la incombustible fe en el trabajo. 

El partido sirvió también para ver el buen partido un Gameiro que cada vez hace más cosas bien y al que sólo le falta meter goles importantes en momentos importantes. Sirvió para comprobar lo clave que es hoy Carrasco en este equipo. Lo bien que está gestionando Torres su experiencia. El gran acierto que ha supuesto nombrar a Koke Mariscal de campo. 

El Atlético de Madrid lleva demasiados partidos jugando bien como para que los analistas profesionales sigan tirando de tópicos que ya no encajan (si es que alguna vez lo hicieron) pero me temo que el equipo continuará todavía siendo famoso por decir “Elemental querido Watson”. Algo que nunca dijo. Vivimos en un mundo en el que lo lógico es cobrar la entrada para visitar el 221B de Baker Street y ver la residencia ficticia de un personaje que nunca existió en lugar de explicar la realidad con algo de rigor. Pero es lo que vende, que dirán los profesionales de la información. Y ya saben, si vende es verdad. Aunque no lo sea.

@enniosotanaz


(Foto de www.colchonero.com)

Guionista de la historia

Si yo fuese el guionista de la historia, el Atlético de Madrid ganaría esta temporada la Champions League para quemar el trofeo en una pira bautismal nada más recibirlo y anunciar a los cuatro vientos, en prime time, que jamás volverá a jugar esa competición corrupta. Así, con un final tan fordiano me imagino yo el desenlace perfecto a la andadura europea del Atleti de Simeone. Pero no se preocupen. No soy el guionista de la historia.

Adoro los partidos internaciones de clubes y me encanta vivir esas noches en directo pero detesto con todas mis fuerzas (cada vez más) una competición mentirosa que ha sido impunemente adulterada con el único objetivo de ganar dinero. Negocio que diría ese ideólogo del averno llamado Tebas. Con el mismo argumento que emplearía cualquier tratante de blancas, los soldados de la UEFA dicen simplemente estar dando al pueblo lo que el pueblo demanda. Los números les dan la razón pero también se la dan a cualquier morador de las esquinas de Baltimore. No todo es dinero. O sí, porque apoyados en un fiel ejército de empleados audiovisuales son además capaces de apaciguar a los inspectores y justificar cualquier desliz apelando a la magia, a las hadas blancas y a la suerte. Aquí paz y después gloria. 

Lo he pasado mal viendo el PSV-Atleti pero parece obvio que venía condicionado de casa. 

El Atleti salió con poderío. Tocando el balón, dominando, combinando con clase y acosando el área contraria. Es decir, tal y como demandan los rapsodas de las ondas. Una pena que la misma colección de iluminados estuviese en ese momento viendo el "partido" del Barça o el entrenamiento del Real Madrid C. Es lo que vende. 

El Atleti se pareció unos momentos a eso que quieren los vendedores de humo pero el PSV tardó cinco minutos y dos pases verticales en poner las cosas en su sitio. Hasta el punto de marcar un gol que para mí debió subir al marcador pero que un árbitro pésimo decidió anular. Un par de gritos de Simeone arreglaron la situación. Una cosa es dominar con el balón y otra cosa es ser vulnerables de forma gratuita. Una cosa es querer ganar y otra caer en la trampa que te tiende el rival. Ese PSV de Cocu que se ha convertido en equipo compacto y muy interesante. 

El Atleti siguió dominando a partir de entonces pero ahora con bastante más de criterio y sin tener que parecerse a nadie. De esa manera llegó el gol, tras un rechace que recogió en la frontal del área Saúl (¡qué jugador!) y que vino precedido por un aparatoso choque de cabezas que el árbitro podría perfectamente haber parado pitando falta (aunque yo no tenga tan claro que lo fuese). 

Las vociferantes gradas de Eindhoven, que ya antes estaban en un estado de excitación superlativo, echaron el resto para jugar un papel determinante. Primero aupando a su equipo que a base de brío y pelotazos al hueco logró reponerse. Después sacándole al árbitro un penalti bochornoso (piscinazo infame) que desperdició el bueno de Guardado. Bueno, que atajó Oblak en realidad. Y quiero pararme en este punto porque me parece sumamente mezquino juzgar a un portero por una miserable tanda de penaltis. Me dan ganas de vomitar cada vez que veo a alguien poniendo los focos en ese día, en ese momento y en un tipo que encima nos había llevado hasta allí. Un jugador que me parece uno de los grandes aciertos contemporáneos de la secretaría técnica del club. 

El Atleti encaró mucho mejor el inicio de la segunda parte con Koke y Saúl mandado y con Griezmann y Filipe Luis en estado de gracia. Gameiro empezó a formar parte del equipo y el Atleti aprovechó bien las debilidades del rival. Pudo sentenciar fácilmente pero el delantero francés falló dos oportunidades de escándalo (especialmente la primera con toda la portería para él). O se encuentra con el gol en un breve plazo de tiempo o vamos a empezar a tener (otra vez) un grave problema. 

Los errores de cara a puerta provocaron un final de partido agónico, con el equipo holandés volcado y los colchoneros, exhaustos ya para entonces, sintonizando un modo de juego especulativo y pasivo que me aterroriza. 

Tres puntos muy importantes en un grupo infernal en el que cada partido será un poema. Tres puntos que deberían servir, y hablo en primera persona, para apaciguar los ánimos, mirar exclusivamente al siguiente encuentro y tratar de disfrutar antes de sufrir. Prometo ponerme a ello. 

@enniosotanaz

(Foto extraída de Mundo Deportivo) 

Baño de azar

Woody Allen nos enseñó en Match Point la diferencia que puede existir entre un anillo que rebotando en la barandilla cae en el río o se queda en la superficie. La historia estaba ahí mucho antes de ese momento. Era una historia de amor, celos y muerte construida a base trabajo, pasión y lógica que no tenía nada que ver con el devenir de una humilde joya. Dio igual. La vida del protagonista quedó vinculada a lo que finalmente le ocurrió a ese anillo. 

Viendo las caras sonrientes de los jugadores colchoneros al acabar el partido de Vigo, con un contundente 0-4 al fondo, me acordé de esa película. Del poder que tiene el azar. De lo frágil que es a veces la condición humana. De lo mucho que se parecen la vida y el fútbol. 

Antes, durante el descanso, las sensaciones no eran muy diferentes de las de hacía pocos días. El equipo seguía siendo sólido y dinámico. Había jugado relativamente bien y había controlado el partido pero eso es lo mismo que dijimos frente a Leganés y Alavés. El problema seguía estando donde siempre. En la definición. En esa incapaz misteriosa para hacer un gol que se negaba. 

Simeone había apretado filas y confiado en su vieja guardia. Ni un solo nuevo fichaje en la alineación titular (algo que ya ocurrió el año pasado). Funcionó para ganar intensidad y contener a un buen Celta de Vigo pero también salieron costuras con las que no contábamos. Asistimos a dos errores terribles (y raros) de Juanfran y a un Fernando Torres que, sinceramente, no lo vi. Me gustó mucho ver a Carrasco en el campo. Un tipo de jugador, vertical y diferente, que se distingue del resto de la plantilla y que, quizá por eso, debería estar en el campo al principio de todos los partidos. Me gustó todavía más ver cómo Koke y Saúl dejan de parecer piezas satélites y pasar a ser protagonistas del centro del campo. Me gusto igualmente esa evolución dinámica, en pleno partido, que va desde el legendario 4-4-2 a esa especie de 4-5-1 que deja suelto a Griezmann y que funcionó tan bien. 

Pero seguíamos sin meter gol. 

El final de la primera parte había sido del equipo de Berizzo (excelente entrenador) pero el Atleti volvió muy bien al campo. Tan bien como había comenzado el partido, no nos confundamos. Seguramente los analistas hablarán de una segunda parte prodigiosa del cuadro de Simeone (y lo fue) pero yo prefiero centrarme en otro cosa. En el anillo. 

Chris Wilton decidió deshacerse de las joyas robadas y tirarlas al Támesis cuando no habían pasado todavía diez minutos desde la reanudación. Griezmann recogió un balón muy largo que había caído en la banda cerca de la esquina del campo. Levantó la vista y vio al genio de Koke desmarcándose en solitario a toda velocidad en el segundo palo. El pase no era fácil pero puso un gran balón a cincuenta metros. La pelota llegó bombeada, rápida y difícil. Koke venía al límite y no pudo enganchar la pelota como hubiese deseado. El remate no fue del todo limpio. Podría haber salido fuera, golpeado en el larguero o sido atajado por el guardameta sin que nadie se hubiese sorprendido demasiado. Pero no. El anillo rebotó y se quedó en tierra. La autoría del crimen se fue a uno de los lados y no al otro. La pelota entró a bote pronto en la portería y el Atleti acabó siendo el Atleti y no una caricatura de sí mismo. Acabamos viendo a un equipo poderoso con tres de los mejores jugadores jóvenes de Europa (Griezmann, Koke, Saúl). Con un lateral izquierdo entre los mejores del mundo. Con un portero cada día más solvente. Con un entrenador galáctico. Con un banquillo prometedor. Con una contundencia tal que fue capaz de hacer cuatro goles en cuarenta y cinco minutos a un equipo que en un par de días juega la Europa League. 

Y todo por un puñetero anilló que decidió quedarse en el suelo después de rebotar. 

Como enseñanza me quedo con una moraleja que en el fondo ya conocía. Podemos discutir la lógica de las historias lógicas. Podemos defender la pasión y reclamar entrega. Lo que no podemos es intentar teorizar sobre las consecuencias de darse un baño de azar. No lo intenten.

@enniosotanaz

(Foto extraída de www.colchonero.com)

Otro río

El arranque del nuevo curso para el Atlético de Madrid ha sido desastroso. Es absurdo poner paños calientes. Dos empates seguidos frente a dos equipos recién ascendidos, un único gol a favor (de penalti) y serias dudas en lo que respecta al juego o a la configuración de la plantilla. No es una buena tarjeta de presentación. 

Hoy, conservando todavía en la retina los 90 minutos del Estadio Municipal de Butarque, aparecen las dudas, los análisis y y las teorías que justifican lo que allí ocurrió. Es lógico que la mayoría sean críticas. Es lógico que el tono sea negativo y pesimista pero no entiendo la oleada de resentimiento (rayando el odio) que me he encontrado dentro y fuera de la parroquia rojiblanca. No además sobre algo tan poco evidente como el planteamiento de un partido de fútbol (aunque aparentemente exista tanto listo que lo ve todo clarísimo). No cuando ese mismo planteamiento es el que rescató al Atleti de las cloacas para llevarlo a las puertas del cielo. No cuando es rabioso y se hace contra el tipo que obró el milagro. 

No contaba con esta ola de histeria y me produce verdadera tristeza. Mucho más que los dos empates o cualquier derrota por venir porque lo entiendo como algo que atenta contra la propia esencia de eso tan abstracto que llamamos Atleti. Yo no pensaba que la afición de este equipo tan peculiar fuese como esos niños malcriados que sólo dan besos cuando es a cambio de regalos o caprichos pero puede que esté equivocado. 

Creo que fue Heráclito el que dijo que es imposible bañarse dos veces en el mismo río y me temo que por el Calderón estamos empezando a comprobar la veracidad de dicho pensamiento. Cada uno tendrá su teoría. La mía es que es ahí donde está la clave del problema. El Atleti ya no se baña en el mismo río de antes ni lo hace con la misma ropa ni a la misma temperatura. Ahora el 90% de los rivales no tienen ningún problema en reconocer su inferioridad (a priori) para encerrarse en su área todo el partido. Ahora todo el mundo conoce a nuestros jugadores hasta la exageración. Ahora media Europa tiene analizado cada movimiento táctico del Atleti porque ahora es algo que se estudia en las academias para poderlo replicar. La mayoría de los equipos tienen ahora un sistema defensivo bastante parecido al nuestro y saben perfectamente a lo que jugamos. Conocen el plan A y el plan B. Ahora ya no es tan fácil ganar en intensidad porque todos son intensos (o están muertos). Ahora todo el mundo conoce a la perfección todas nuestras variantes en el juego parado y ya no es sencillo hacer daño por esa vía. Ahora no tenemos un delantero centro que descongestione el partido por sí mismo. Ahora no tenemos un tipo en la línea de cuatro que además de defender tenga magia (o no está tan claro que lo tengamos). 

El mundo ha cambiado muy rápido en estos cinco años y me temo que el Atleti no lo ha hecho con la misma velocidad. Por eso me parece un error de Simeone seguir empeñándose en resolver la integral con el mismo método de siempre cuando las condiciones de contorno han cambiado de forma tan significativa. No estoy hablando de renunciar a la esencia ni al estilo (odio en lo que se ha convertido ese concepto) sino de adaptar la misma idea a los nuevos tiempos. Reinventarse sin perder la personalidad. No sé si es cuestión de modificar ligeramente el esquema, la alineación titular, la filosofía o el color de las medias (de verdad que no lo sé) pero sí que creo que hay que cambiar algo. Volver a ser original. Volver a sorprender. El río es otro y nosotros no. 

Si prestan un poco de atención verán que acabo de criticar a Simeone. No pasa nada. Es sano. Lícito. La crítica es buena si es constructiva pero sólo es constructiva si se hace desde el respeto al criticado y teniendo la certeza de que uno también puede estar equivocado. Esto del fútbol es un complicado engrudo de talento, dinero, táctica y azar muy difícil de analizar con un mínimo de precisión. Que no les engañen. 

No se trata de estar a favor o en contra de nada porque la vida (y el fútbol) es mucho más complicado que todo eso. No se trata de defender a nadie. No se trata de elegir bando porque esos bandos son mentira. Invenciones tramposas. No se trata de abrazar causas perdidas, ni de venerar ídolos, ni de hacer esforzados ejercicios de fe. Ni siquiera hace falta criticar o que la crítica sea vehemente porque es absurdo que lo sea y porque el caldo de cultivo que se está generando en torno al entrenador argentino es muy desagradable y no puede ser bueno. 

Lo único realmente importante es ser coherente. Ser el mismo tipo de seguidor en la victoria (fácil) que en la derrota porque es ahí, en la derrota, donde se demuestra la diferencia. Para ser igual que todos los demás existen otras opciones mucho más cómodas e interesantes. No lo duden si es el caso.

@enniosotanaz

Elegir la combinación

Explicar lo que ocurre en un campo de fútbol es a veces tan fácil como intentar racionalizar el resultado de tirar un dado de seis caras. Es por ejemplo lo que ocurrió en los últimos tres minutos del Atleti-Alavés que abría la temporada 2016-2017 en el Calderón. Siempre existirá algún avezado ilusionista que creerá ser capaz de explicarlo mediante la lógica cartesiana o su infalible sabiduría (a posteriori, claro) pero no es desde luego mi caso. El equipo de Simeone gana y pierde (empatar en casa es perder) en tres minutos de locura que para mí sólo pueden explicarse desde ese concepto abstracto que entendemos como azar. 

Otra cosa es lo que ocurrió en el resto del partido y si me apuran, del verano. 

Hace tiempo que no creo en los encuentros de pretemporada así que lo que pasase en ellos (que no lo sé) personalmente me da igual. Me preocupa bastante más la planificación del equipo o lo que se ha buscado desde el club y la dirección deportiva en ese tiempo. Los expertos (y el propio Simeone) hablan de una plantilla mejor (mucho mejor, he llegado a escuchar) que la del año pasado. Yo francamente no veo diferencias muy significativas. 

Al equipo, además de claridad para mover el balón frente a defensas cerradas, le faltaba el gol y creo que seguimos teniendo las mismas carencias. En ese 4-4-2 que parece inamovible la solución al problema de la fluidez pasa por Koke, Saúl, Carrasco y Gaitán pero los dos primeros tienden cada vez más al medio centro y los otros dos son jugadores que normalmente miran a la portería en vertical. Ninguno es hoy “ese” jugador. Podrían serlo (son cuatro jugadores excelentes) pero hay que decidir construirlo. Hará falta en muchos partidos (pero sabemos que no en todos ni en los más importantes). 

El tema del gol es menos racional y más preocupante. El Atleti ha vivido muchos años gracias a un 9 de referencia que ganaba partidos marcando la diferencia pero ese 9 ya no lo tenemos y no lo vamos a tener. Diego Costa era ese jugador pero el hispano-brasileño decidió clavarnos un puñal por la espalda hace un par de años y el club jamás estuvo a la altura de su escudo para evitar la herida. Aquel traspaso nos destrozó por dentro y todavía hoy seguimos pagando las consecuencias pero toca olvidar. Hubiese sido un gran acierto recuperarlo ahora pero creo honestamente que era imposible. Los clubes de Champions no son tan pusilánimes en estas cosas como lo somos nosotros. 

Gameiro (al que le deseo todo lo mejor) es seguramente un buen jugador pero no es ese jugador. Su debut contra el Alavés ha sido desolador pero sería injusto juzgar su concurso por un único partido y dos semanas de preparación. Cruzando presupuestos y opciones reales su fichaje muy probablemente es el más lógico que estaba al alcance pero para mí dista bastante de ser el deseado. Con todo, el problema del gol no es exclusivo del delantero centro. Hubo años en los que el Atleti hacía gol cada vez que llegaba a puerta pero frente al Alavés (y así llevamos dos años) hubo dos postes, fallos clamorosos cara a puerta, resbalones en el momento más inoportuno y todo un catálogo de infortunios. ¿De verdad es sólo mala suerte? 

Los mentideros que rodeaban el Calderón eran ayer muy optimistas antes de comenzar el encuentro pero a la vez era fácil detectar en el ambiente esos ramalazos de cierto espíritu ansioso, intransigente, quejoso e impaciente (y un poco soberbio también) que parece existir últimamente en parte de la afición rojiblanca. Un sector peligrosamente optimista, de actitud altiva, que brinda con testosterona y que exige un discurso triunfalista y vehemente de la entidad y su entorno. No me gusta un pelo. 

Ayer escuché en la grada como se “exigía” de muy malos modos un cambio de sistema, olvidando que eso no ha ocurrido en cinco años y que los experimentos previos no han salido demasiado bien. Noté como se criticaba enfurecidamente a Simeone por “tirar” la primera parte con la alineación que puso, olvidando que era prácticamente la misma alineación de siempre. La misma que nos ha llevado donde estamos. Vi como se le insultaba por dejar a Gaitán en el banquillo olvidando lo escrupuloso que es el Cholo con las jerarquías y lo bien que esa política ha funcionado hasta ahora. Escuché como se le culpaba de salir al campo a contemporizar el partido olvidando que el Alavés no pasó del medio campo y que el porcentaje de posesión a favor debió ser de esos que utilizan los rapsodas de las ondas para practicar onanismo. Incluso llegué a escuchar la queja amarga de no poner a Correa de mediocentro (juro que lo escuché). En un alarde de sofisticación los hubo incluso que entre esputos confesaban directamente estar “hartos” de Simeone. 

No estoy en absoluto de acuerdo con nada de lo anterior (y mucho menos con las formas) pero no tengo claro que mi opinión sea mayoritaria en estos momentos entre la parroquia rojiblanca. Con la inteligentzia esperando de uñas al argentino, la sobredosis de detritus mediático cayendo todos los días en cascada y la avidez del graderío colchonero por devorar unos medios de información de los que luego no hacen más que quejarse, me da miedo pensar en lo que puede venir. 

Es decir, que el Atleti empieza muy mal la Liga (el resultado es pésimo, lo mires por donde lo mires), existen varias dudas planeando sobre la estructura del equipo y parte de la grada se ha disfrazado de aficionado fast food al fútbol moderno. No es desde luego el inicio soñado pero es lo que hay. 

Pensando con algo de raciocinio no deja de ser sólo eso, un inicio. Todo está todavía por escribir y creo que hay motivos para ser optimistas pero en un mundo de opiniones líquidas y geometrías variables me temo que el raciocinio no es algo que funcione. Tampoco la paciencia. Deberíamos quizá ayudar a perfilar el guión desde la grada plantando los pies en el suelo, delimitando claramente dónde está el enemigo, ampliando el foco, haciendo piña y siendo generosos en la fe pero quién soy yo para recomendar nada. Como decía Kant la impaciencia es la debilidad del fuerte y la paciencia la fortaleza del débil. Es cuestión de elegir la combinación. 

@enniosotanaz

(Foto extraída de El Confidencial)

¿He dicho canción?

Hay dos formas de entender lo que es una canción. Una sucesión ordenada de notas musicales susceptible de entretenerte durante tres minutos o algo capaz de hacerte feliz o desgraciado (o las dos cosas a la vez) mientras, en esos mismos tres minutos, te cambia la existencia. Podrán surgir dudas sobre cuál de las dos formas es la correcta, la más inteligente o la más sensata pero tengo muy claro cuál es la mía. 

¿He dicho canción? Quería decir la vida.

Desde la noche del sábado un puñado de amigos y personas cercanas han intentado explicarme con argumentos irrebatibles lo absurdo de mi forma de tomarme las cosas. Lo vulnerable que me hace. Lo irracional que es vincular tu vida a conceptos que no controlas y que de hecho no están técnicamente vinculados contigo. Lo estúpido que es sufrir por aspectos que formalmente no son relevantes en absoluto. Lo ingenuo que es seguir creyendo en lo que sabes que es casi imposible de creer. Lo insensato que es agarrarse a ese “casi” y hacerlo además con alegría. Lo poco inteligente que es exponerse desprotegido a que te hagan daño cuando sabes que no hace falta, que nadie te lo pide, que nadie te lo va a agradecer y que en ningún caso vas a sacar nada a cambio. Lo poco elegante que es exagerar. Lo tonto que es sufrir gratuitamente. Lo sumamente ordinario que resulta ser un tipo cargado de incoherencias. Lo fácil que sería vivir tranquilo. 

Yo les miro con esa mirada forzada que saco cuando quiero ocultar mi interior y les digo que tienen razón. Y se lo digo porque la tienen. 

Tengo un título de ingeniero así que estoy acostumbrado a demostrar cosas de forma tangible. Conozco el pragmatismo y sé manejarlo. Estoy acostumbrado a no perder el tiempo tratando de entender determinados términos de una ecuación que no son relevantes para el resultado final. Conozco el tipo de simplificaciones que hay que hacer para que las cosas funcionen y soy capaz de aplicar a mi vida cotidiana términos abstractos como la eficacia o la eficiencia. Pero tengo un gran problema. Me cuesta entender que las cosas que me importan en la vida funcionan como un motor de dos tiempos o una cuenta de valores.

Yo no quiero tener una pareja. No la necesito. Yo quiero estar enamorado de alguien que se enamore de mí. Tengo la inteligencia suficiente para saber que es algo que no se puede garantizar y que, llegado el caso, puede incluso suponer un completo desastre pero es lo que quiero. Sea o no sea inteligente. No necesito conocer a mucha gente pero sí necesito tener amigos. Aun a riesgo de quedarme sin conocidos. Técnicamente no es fácil describir la diferencia (inténtenlo) pero irracionalmente la tengo clarísima. Es imposible perderte haciendo turismo organizado pero yo lo evito y prefiero viajar. Aun a riesgo de encontrarme perdido en un lugar desconocido. ¿Por qué? No lo sé, pero es la forma que voluntariamente he elegido para encontrar la felicidad. Necesito probar el pescado crudo para saber si me gusta. ¿Soy más que los demás? No lo sé, pero tampoco me quita el sueño. Sé que no soy menos. Es mi forma. Yo no necesito ganar la Champions para ser feliz. Yo quiero ser feliz ganando la Champions.

Hoy es un día complicado para los aficionados colchoneros. Heridos en el alma intentamos encontrar una metáfora que nos consuele o una frase ingeniosa que lo explique todo. No existe. Abollados por dentro nos debatimos en el debate intelectual de mostrarnos expansivos o taciturnos. Abiertos o cerrados. Risueños o apesadumbrados. Da igual. No gasten energías en elegir el disfraz con el que aparecer delante de esa sociedad infalible que nos juzga desde el estrado del ganador. No se lo merecen. Hagan lo que les pida el cuerpo sin pensar en las consecuencias. No acepten el consuelo de la franquicia porque no lo necesitamos. Nos ha ido siempre mucho mejor con la verdad por delante. No se crean esa leyenda de la sensatez y de la lógica porque son mentira. Simplificaciones de esa religión del pragmatismo que no tolera desviaciones que puedan afectar al mercado.

Nosotros sabemos que reír y llorar son siempre parte de lo mismo. Como ganar y perder. 

Nosotros somos del Atleti. 

Será por algo.

@enniosotanaz

Chapeau!

Uno de los mantras recurrentes dentro del circo del fútbol moderno es hablar de objetivos. En los inicios de temporada, pero también de forma reiterativa a lo largo de la misma, se insiste en extirpar a jugadores, entrenador, presidentes o aficionados al fútbol un jugoso titular que marque el devenir de la “noticia”. Él interpelado debe retratarse definiendo una supuesta meta que ya luego el periodista profesional decorará con adjetivos fluorescentes para entender el sentido de la misma. El dichoso objetivo, por exceso o por defecto, servirá inmediatamente para generar suculentos debates pero también para poder juzgar después al equipo (o al autor de la frase) con profusión de celo. El objetivo no podrá ser realista porque seríamos tratados de faltos de ambición. El objetivo deberá ser algo que exceda la lógica mundana para que así pueda ser empleado en contra cuando llegue el momento. En nuestra cultura de tradición judeocristiana cumplir un objetivo nunca será un éxito (es lo que hay que hacer) pero dejarlo de cumplir siempre será un fracaso. 

Personalmente esto de los objetivos en rueda de prensa siempre me ha parecido una gilipollez. Suprema. No los necesito. No recuerdo un solo entrenador en el Atlético de Madrid más enfermizamente ambicioso que Simeone y aun así todos los años (todos sin excepción) siguen sometiéndolo al correspondiente tercer grado para que diga delante de los micrófonos que el objetivo del Atleti es ganar la Liga, La Champions, la Copa y el espacio aéreo de Plutón. ¿Para qué? ¿Cambiaría eso la forma de afrontar el siguiente partido? Es obvio que no. Sirve nada más que para demostrar, con sus propias palabras, que si al final se consigue no tendrá mérito (era el objetivo) pero si no, será un rotundo fracaso (¡era el objetivo!). Simeone no suele someterse a tan estúpida dictadura. Acaba diciendo algo mucho más inteligente, más creíble y en el fondo bastante más profundo. Lo del “partido a partido”, ya saben. Pero entonces es cuando el periodista tuerce el gesto, muestra desaprobación... y le espera.

Yo a mi equipo lo único que le pido es que salga a ganar todos y cada uno de los partidos que disputa. Parece una frase hecha pero no lo es. Es algo que nunca pude decir en tiempos de Ferrandos, Aguirres y Manzanos (tipos que declaraban sus objetivos periodísticos sin ningún problema) pero es algo que digo con orgullo desde que ha llegado Simeone. Estoy tan contento con ello que el resto, sinceramente, me sobra. 

El objetivo real del Atleti en la temporada 15/16 era mantenerse en la élite. Lo que quiera que eso signifique. Estar a la altura de la institución en todas las competiciones. Algo objetivamente difícil de medir pero subjetivamente cristalino. En lo que respecta a La Liga creo que se ha conseguido. ¿Es una pena haberse quedado a tres puntos? Lo es, pero es real. No hace tanto que llorábamos en la última jornada por quedar en la cuarta posición (y alguno hasta lo celebraba). ¿Podríamos haber ganado la Liga? Técnicamente es factible pensar que sí pero analizándolo en detalle, para mí, es casi un milagro haberla estado peleando hasta el último minuto y consiguiendo por el camino el segundo mejor registro de la historia. Algo así no puede ser baladí. 

Competimos injustamente contra dos monstruos que cada vez lo son más. Monstruos que nos cuadriplican el presupuesto, controlan los repartos y monopolizan los medios. No lo verán en los periódicos pero el poder económico del Atleti está más cerca de los que le siguen en presupuesto que de los que pelean por lo mismo. Los tergiversadores de la realidad (periodistas deportivos, para que me entiendan) hablaban de un equipo que se había gastado 100 millones de euros en verano. Obviaban, como siempre, que eso no era un capricho sino una necesidad. Nos habían quitado jugadores por valor mayor que ese. Tener que vender por 100 la casa en la que vives para irte a vivir a una de 80 (por tercer año consecutivo) no es lo mismo que vivir en un palacio de 1000 y comprarse una casa de 100 para que nadie más vive en ella. Parece claro. Hasta alguno que yo me sé sería capaz de entenderlo si dejase de escribir al dictado. 

Más. Ninguno de los fichajes estivales del Atleti (esos famosos 100 millones) es hoy titular indiscutible del equipo. Alguno ha salido ilusionante (Carrasco, Correa, Savic), otros con dudas (Vietto) y alguno directamente rana. Jackson Martínez, el killer que venía a recoger el testigo de los Agüero, Forlán, Falcao o Diego Costa se quedó ganando dinero en un equipo chino. Sin delantero, con Tiago lesionado nada más empezar y con los nuevos fichajes renqueando, aguantamos el tirón. El equipo siguió compitiendo. Tuvo que aparecer Saúl y Thomas cuando no había referencia en el centro y nadie les esperaba. Aparecieron. Se sobrepuso al histerismo mediático de las patadas, la violencia y el juego feo (los del dictado otra vez) para seguir compitiendo. Se lesionaron los centrales y apareció Lucas. Faltaba el 9, Vietto se perdía... y apareció Torres

Agarrado hasta el último aliento el equipo ha llegado al final en posición de disputar la liga mientras por el camino eliminaba a los campeones de Portugal, de Turquía, de Holanda, de España y de Alemania, para plantarse en la final de la mal llamada Liga de Campeones. Algún histérico de nuevo cuño, de esos que voluntariamente se someten a las reglas del Establishment y que no entienden la derrota como algo consustancial al juego, dirá que faltó un partido. Prefiero ahorrarme los adjetivos y no entrar a un debate que encontrarán fácilmente en cualquier panfleto de amarillo chillón. 

Si a mí me preguntan con qué palabra resumo la temporada del Atleti me agarraría al idioma francés para decir: Chapeau

¿Qué hubiese dicho de haber ganado la Liga? Probablemente lo mismo. Soy así de raro.

@enniosotanaz



La guerra de los mundos

El 30 de octubre de 1938 la CBS norteamericana narraba a través de sus ondas radiofónicas una invasión alienígena que Orson Welles había perpetrado adaptando una novela de HG Wells. El grado de verosimilitud era tal que las calles de Nueva York y New Jersey (donde supuestamente se estaba produciendo la invasión) entraron en pánico. Las centralitas de comisarías, edificios públicos y hospitales se bloquearon y la población entró en crisis. Algún radioyente avispado salió a la calle y comprobó in situ que no estaba ocurriendo nada realmente pero nadie recuerda el nombre de ese tipo. “¿Cómo no va a pasar nada si lo dice la radio?”, le decían. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

El 7 de enero de 2012 Diego Pablo Simeone debutaba como entrenador del Atlético de Madrid en el estadio de La Rosaleda. Comenzaba entonces una nueva edición de La Guerra de Los Mundos… pero al revés. Mientras en la calle se forjaba una preciosa historia de superación, de fe, de trabajo, de gestión, de comunión, de aunar valores deportivos, de alegría, de emoción y de fútbol, en los medios de comunicación se relataba una gris novela de terror pergeñada por los mercados y adaptada por los siervos de la gleba. Mientras en las calles se producían milagros sustentados en el trabajo, en las ondas nos contaban una historia triste, aparentemente realista, sobre el drama de ganar a balón parado, la violencia extrema, la posesión como nuevo paradigma de vida, la definición estética de un puñado de rapsodas como condición de vida (y de muerte), la jardinería como pilar de la sociedad, la viscosidad cinemática del césped o la sensación de vergüenza que aparentemente deberíamos tener los aficionados colchoneros por el simple hecho de serlo. Un muchacho, abstemio y de buena dicción, llamó desde la noche de Munich para decirle al mundo lo que veía en la calle. Un equipo que no estaba invitado a la Convención del Dinero había alcanzado la final de la Champions League por segunda vez en tres años. Lo había hecho además eliminando al campeón de Portugal, al campeón de Holanda, al campeón de España y al campeón de Alemania. Un equipo que con presupuesto cinco veces menor que sus rivales había ganado en cinco años todo lo que se puede ganar como club (a excepción de esa bendita Champions). “Sí, pero…” le dijeron sus vecinos. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

Pero si hoy abren la ventana y miran con sus propios ojos verán que el Atleti está en la final de Milán. Que lo está por méritos propios y que lo que ha conseguido es una gesta sin precedentes. Que lo está después de eliminar a uno de los equipos más potentes del mundo (dentro y fuera del campo) en una batalla épica en la que se peleó “como hermanos”, “derrochando coraje y corazón”. Que lo está después de eliminar al equipo que mejor le ha jugado a este Atlético de Madrid (Simeone dixit). 

La batalla comenzó como se suponía, con un Allianz enfervorecido y un equipo bávaro saltando en la yugular de los rojiblancos. Los alemanes, orgullosos y dolidos, parecían desatados. Lo estaban. Los madrileños, serios y disciplinados, parecían superados por las circunstancias. No lo estaban. Simplemente el rival estaba siendo mucho mejor. La primera parte fue un monólogo del equipo de Guardiola. Un despliegue técnico y táctico decorado con una de las mejores macedonias de talento del planeta tierra. Cuando marcó Xabi Alonso el mundo colchonero se tambaleó mientras Munich rugía. Cuando minutos después al árbitro turco pitó un penalti el alma ya se nos partió. Era el fin. Pero no. No lo era. Nunca dejes de creer, leí en el teléfono. Estaba Oblak. El hombre tranquilo. Un tipo cuya sangre se podría emplear en procesos criogénicos y que parece que nada de lo que pasa en el campo vaya con él. Pero como ataja. Y como juega, porque lo que hace este portero es jugar al fútbol. Estar. Aportar. Transmitir. Oblak fue el héroe de la noche alemana. Lo merecía. 

Simeone dijo a los muchachos en el descanso que no estaban siendo el Atleti y lo que dice el Cholo va a misa. Seguramente por eso volvieron al campo sabiendo que tenían que recuperar el pulso y la fe colchonera para seguir adelante en la competición. Y lo hicieron. Claro que lo hicieron. Como siempre lo hacen. El Bayern fue otro porque el Atleti fue otro. Entonces llegó el golpe de gracia. Otra de esas jugadas grabadas a fuego en el subconsciente colectivo. Griezmann de cabeza, Torres que la manda larga a la espalda de la defensa y el francés que resuelve como sólo saben hacer los que están dotados de un don especial. 1-1. ¡Hostia, qué pasamos! 

Y pasamos. Sufriendo las embestidas de los alemanes cabreados. Teniendo que encajar un gol de pundonor de Lewandowski tras un salto de ese chileno malencarado que no es consciente de representar perfectamente aquello que tanto critica. Tuvimos que pasarlo mal mientras Oblak se coronaba como rey de Europa y Fernando Torres nos quitaba un par de años de vida fallando un penalti que para mí no había sido. Pero el árbitro pitó el final y todo lo anterior ya no importaba. No sé qué pasó en el campo o en la grada porque no pude verlo. Estaba gritando, abrazándome, contestando llamadas de amigos y recibiendo felicitaciones mientras las pulsaciones de mi cuerpo volvían, por fin, a valores propios de los seres humanos.

¿Y ahora? Muy fácil. Vivan el momento. Sean felices. Abran las ventanas. Dejen entrar la luz y el aire puro. Bajen a la calle. Toquen, beban, coman y gusten. Vean la realidad con sus propios ojos, tal y como es. Vívanla y olvídense de los que la están retransmitiendo porque lo que están transmitiendo es una mentira y la verdad es mucho más divertida. 

@enniosotanaz

Por el camino

La rueda de prensa que precedió al Atleti-Bayern fue muy clarificadora. Uno de los entrenadores más laureados y con más ascendencia del planeta hablaba con respeto y admiración de su rival. Una rival que cinco años antes era eliminado por el Albacete en la Copa del Rey y para el que entrar en la previa de Champions se consideraba entonces un sueño casi inalcanzable. Decía Guardiola, contestando a la enésima pregunta impertinente de algún mercenario de la cochambre que andaba por allí, que es injusto decir que el Atleti es un equipo que sólo defiende bien. Que un equipo que pelea todos los años por la Liga y la Champions y lo hace además contra equipos que le cuadruplican su presupuesto, tiene por narices que saber hacer algo más que defender. Lo decía Guardiola, que no creo que sea un tipo que presente dudas sobre su concepción estética del fútbol o que tenga un imperdonable pasado colchonero. Xabi Alonso, otro icono rojiblanco, se expresó en términos muy parecidos. Mientras los carroñeros del micrófono (mediocres soldaditos del Mainstream mediático) preguntaban estupideces que buscaban el titular zafio (“¿tiene miedo de que aparezca un segundo balón desde el banquillo?), Guardiola y Xabi Alonso daban una lección de educación y profesionalidad frente a los medios pero a la vez, más importante, dejaban claro algo a lo que no estamos acostumbrados escuchar aquí. el Club Atlético de Madrid es un grande de Europa. Lo es, sin duda, y parece que no sólo lo sabemos nosotros. Aunque tengamos que localizar Radio Moscú en un aparato de onda corta para poder escucharlo. 

Llegar al Calderón fue otra vez una odisea. Una odisea preciosa, eso sí. Las calles alrededor del coliseo estaban infestadas de rojo y blanco desde un par de horas antes y el fantástico ambiente era tan denso que se podía masticar. Cualquier que haya cogido el coche o paseado por Madrid durante estos días se habrá cansado de ver el “Nunca dejes de creer” colgado en cualquier parte. Desde una pancarta en la M-30 a la factura de una panadería de barrio. Señales proscritas de esa comunidad secreta y fascinante que conformamos los seguidores colchoneros de base. Alimento para nuestra fe. Gasolina para esa alegría constante que vivimos cada día por ser del Atleti porque eso es ser del Atleti. Disfrutar del camino. Nos lleve a donde nos lleve. 

Todas esas sensaciones se agolpaban en la cabeza durante los minutos previos y de ahí se trasladaron al campo. En esa frecuencia clandestina que no puede sintonizar nadie más que nosotros (y los jugadores). Y se notó. El equipo salió al campo como una exhalación. Con personalidad, con intensidad y con fútbol. Ganando la batalla en el centro, cerrando la creación rival y jugando muy bien el balón. Los primeros 20 minutos fueron una exhibición de un grupo de futbolistas coordinados que estaban mostrando su mejor versión. Esa en la que deberían basarse los analistas para juzgar lo que es el juego del Atleti. La presión crecía en la grada y en el césped pero todo cambió cuando un muchacho de la cantera llamado Saúl decidió fabricar una prodigiosa obra de arte. Cogió un balón en el centro del campo, encaró el área desde allí y según aparecían rivales que tapaban las posibilidades de combinación él fue sacando de su chistera del talento todas las variaciones posibles de regate. Como una bailarina del Bolshoi se plantó en el área sorteando rivales para una vez allí, tras el enésimo requiebro, decidirse a armar su potente pierna izquierda en un par de milésimas de segundo. El balón dio en el poste (el único sitio que dejaba libre la envergadura de Neuer) pero después entró en la portería. La grada entró en éxtasis. Yo me quedé ronco. 

A partir de ahí el Atleti quedó como aturdido por haber alcanzado el plan tan rápido y el Bayern se recompuso. Acabó la primera parte con cierta incertidumbre pero la primera mitad de la segunda fue un monologo del equipo bávaro. Jugando muy bien, dio además la sensación de tener muy estudiado al rival. Encerrando al equipo, ganando la espalda de los laterales y jugando al Atleti como nadie le ha jugado en el Calderón este año. Hay mucho equipo ahí. También mucho entrenador. Pero los de Simeone aguantaron con cabeza y testosterona. A falta de un cuarto de hora para el final del partido el Atleti había contenido, más o menos, el empuje rival y quedaban todavía minutos para resolver el encuentro en la portería contraria. Tengo la sensación de que faltó fuelle para ello. Aun así Torres estuvo a punto de redondear la noche pero el poste lo impidió. Minutos antes el larguero de Oblak había parado también un obús de Alaba, lanzado casi desde el barrio de Schwabing en Munich, así que mejor un 1-0 que un 2-1. 

He visto, estudiado, leído y sobre todo vívido décadas suficientes como para defender delante de cualquier foro que el actual Atlético de Madrid es un milagro (y lo dice alguien que no cree en los milagros). Es tal el grado de eficiencia y compromiso de este equipo, tan impresionante su nivel de preparación, tan increíble el rendimiento que se saca de unas piezas contadas, tan prodigiosa la forma que tiene de darle la vuelta a sus propios hándicaps y tan incontestable el grado de identificación entre grada, equipo y club que, sinceramente, lo más racional que se me ocurre para explicarlo es recurrir a lo irracional. 

Está todo por decidir pero disfruten del camino. Nos lleve donde nos lleve.

@enniosotanaz