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No cuenten conmigo

El rostro de Tiago, empapado en sudor sobre el césped granadino, resultaba bastante significativo. El aspecto de Koke o de Gabi, no era mucho mejor tampoco, a pesar de llevar más de media hora correteando por el césped y con la complacencia de un Granada que había aceptado, implícita o explícitamente, el pacto de no agresión. No había sido un partido muy exigente, no podía serlo, pero la temporada sí que lo había sido y se notaba. Se notaba desde hacía muchas semanas. Exigente, dura, complicada y larga. El pitido del árbitro ponía, por fin, el punto final a la travesía y llegado ese punto el listón planteado desde el vestuario, el llamado objetivo, se había cumplido. Ningún periodista profesional subrayó el hecho (ni lo hará jamás) pero los jugadores del Atleti no celebraron el final con aspavientos ni euforia. Ni en ese momento ni después. Un abrazo sobrio, una mano estrechada y unas palabras en rueda de prensa, tan razonadas como cargadas de lógica, fueron todo. Como tiene que ser. El trabajo bien hecho se celebra así, sin alharacas, con análisis y con discreción. La locura, la bendita locura, debe quedar reservada para celebrar el verdadero éxito, lo extraordinario, eso que te aparta de la lógica y te sitúa por encima de las reglas que marca la razón. Así debería ser siempre.

La temporada 2014/2015 ha terminado para el Atlético de Madrid y es tiempo para el análisis. Cuerpo técnico y jugadores dan por bueno el global del ciclo e incluso se autocalifican con una nota de sobresaliente. Yo no soy tan generoso en la calificación pero también lo doy por bueno. El Atleti alcanza con solvencia y justicia aquello que se le debe exigir cada temporada. Consolida ese tercer puesto que le corresponde por presupuesto y títulos, mientras que en Champions y Copa del Rey los rivales (mucho más poderosos económica y socialmente) tienen que sudar sangre para eliminarlo. Bien. Sin olvidar ese delicioso caramelo que fue ganar la Supercopa al Real Madrid, al bagaje anteriormente citado es lo que debemos exigir a este club pero permítanme que resalte precisamente esa palabra, exigir, porque algunos parecen confundir su significado. Una cosa es aspirar y otra exigir. Una cosa es querer y otra estar obligado. El Atleti debe aspirar a ganar todos los partidos que dispute y por lo tanto a ganar cualquier título que tenga la oportunidad de ganar. Es muy lícito (y sano) que el aficionado (y el cuerpo técnico) aspiren a lo mismo y tengan la ilusión de alcanzar siempre el primer puesto de todas las competiciones (lo digan o no, que en el fondo da lo mismo). Exigirlo es otra cosa. Es algo que debería alejarse de las emociones (propias de aspiraciones y anhelos) y abrazar a la razón (propia de fríos balances). Quizá influido por ese estilo torticero y binario patentado por Chiringuitos y Manolos, mucho aficionado recién llegado (o que da la sensación de recién llegado) confunde las dos cosas: aspiración y objetivo. Piénsenlo, verán como con muy poco esfuerzo entienden la diferencia. Si no es el caso siempre podrán recurrir a la literatura para empaparse de las enseñanzas del novelista inglés Daniel Defoe cuando decía que todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos. 

Si hablamos de gestión deportiva no tengo todavía muy claro si fue buena o mala pero de lo que no tengo duda es que ha salido mal. Quede dicho de antemano que el desmantelamiento sufrido el pasado verano fue terrible y que las posibilidades de mejorar el equipo se tuvieron que desechar, ya en la línea de salida, en pos de un objetivo menos ambicioso que pasaba, casi exclusivamente, por no debilitar lo que ya se tenía. Un drama que los que controlan las luces del monstruo se niegan recurrentemente a querer enfocar con propiedad pero que está ahí. A toro pasado, creo que el equipo no ha conseguido suplir ninguna de las 3 grandes amputaciones que sufrió en verano y la plantilla ha acabado siendo peor que la anterior. Prometo hablar otro día de jugadores, rendimientos y opciones de futuro pero hoy me quedo con eso. Está bien reconocerlo y analizarlo pero es absurdo tirar de melancolía. La temporada ha sido una lucha desesperada por sobreponerse a contratiempos con los que no se contaba: portero que no cuaja, necesidad de nuevo sistema, presión exagerada de la prensa, lateral que no da, etiqueta de violentos, delanteros que se deshacen, “sorteos” desafortunados,… Casi siempre el equipo ha salido con dignidad de todo ello o como mínimo ha muerto en la orilla y con el enemigo también destrozado. Me quedo con esa lectura. Me gusta ser aficionado de un equipo que gana mucho pero que cuando muere, muere así

Soy optimista en el futuro. No puedo dejar de ser consciente de la dificultad implícita de tener unos dirigentes oscurantistas, un presupuesto cada vez más alejado de la elite, unos rivales que crecen y que ya nos conocen, un aparato mediático hostil y repugnante o un cierto cansancio por vivir al límite constantemente, pero soy optimista. Lo siento. Lo siento sobre todo por tanto cenizo que leo en Tuiter o escucho a mí alrededor y que pretende que reproduzca con pasión sus nada originales cuitas. No contéis conmigo para organizar un aquelarre colectivo en el que nos abramos conjuntamente las venas mientras algún analista de cámara, bien alimentado y poco instruido, hace de DJ. No contéis conmigo para escupir al cielo ni para jugar a ser aficionado de otro equipo (de cualquiera, porque cada vez quedan menos opciones) llevando la camiseta del Atlético de Madrid. No contéis conmigo para construir castillos en el aire, discutir acaloradamente sobre historia ficción o buscar, siempre a posteriori, motivos infantiles que presuntamente explican cualquier arbitrariedad. No contéis conmigo tampoco para llorar o para estar triste sin motivo porque es que además no lo estoy. No es una pose. 

Apelo a la historia de este club, a su espíritu, su idiosincrasia y ese carácter especial que nos ha hecho famosos. A esa forma de ser que nos distingue de la de los demás, la de los que manejan el volante, la de los que sólo escuchan y la de los que sólo aplauden. Por mucho que todos ellos quieran constantemente asimilarnos a su mediocridad no van a conseguirlo. Me sobran los pesimistas. Esos que, como decía Chesterton, piensan que todo está mal menos ellos mismos. No, conmigo que no cuenten.

@enniosotanaz 

Helen Keller

Helen Keller fue una mujer nacida en Alabama a finales del siglo XIX que con un año de edad se quedó ciega y sorda. Con unas cartas tan malas, fue sin embargo capaz de convertirse en la primera persona ciega y sorda que obtuvo un título universitario en los Estados Unidos, erigirse en una importante pensadora y activista política de su época o escribir más de una docena de libros, uno de los cuales ("La Historia de mi Vida") es hoy de lectura obligada en las escuela de Estados Unidos. 

Ayer, pocos minutos después del soberbio gol de Fernando Torres, cuando todavía estaba reposando el complicado empate que el equipo sacó del Ciutat de Valencia, me acordé de Helen Keller. Y no lo hice por el afán de superación de un equipo que se sabe agotado, por remontar por dos veces un partido que se complicó mucho o por esa capacidad, construida a base de orgullo, que el hijo pródigo se sacó de la chistera para, otra vez, rescatar al equipo de sus amores de un momento complicado. No, me acordé por todo lo contrario. Por esa parte de la afición que al minuto de acabar el partido tiraba ya de lecturas fáciles, de eslóganes de chiringuito y de pesimismo preventivo. Invocando precisamente a Helen Keller, segué a la conclusión de que o ellos o yo nos hemos equivocado de equipo. 

Durante años he peleado contra ese estereotipo tóxico que el Ministerio del Gran Hermano trata de inocular al mundo "libre" y que dice que los colchoneros somos perdedores, pesimistas y taciturnos. Nada más lejos de la realidad. O eso al menos es lo que yo creo. Los rojiblancos somos ganadores natos (basta mirar nuestras vitrinas) y nos molesta mucho perder. Pero eso no significa que, como ocurre en otros equipos, no ganar sea un escenario intolerable, casi de ficción, del que tengamos que huir o cubrir con hipocresía y odio. Eso no significa que no seamos capaces de reconocer el esfuerzo y la justicia. Tampoco que nuestro vínculo emocional con el equipo esté exclusivamente cosido por el resultado. Y somos además optimistas y soñadores porque si hemos elegido el lado difícil de la vida, el real, es para demostrarnos precisamente eso, que se puede. Con alegría. Con las cartas que se tengan. Haciendo más que los demás si fuera necesario. Hellen Keller dijo una vez que ningún pesimista ha descubierto nunca el secreto de las estrellas, o navegado hacia una tierra sin descubrir, o abierto una nueva esperanza en el corazón humano. Tiene razón. Por eso no puedo entender que todos esos cenizos que, encaramados a un avatar de rayas rojiblancas, derraman en las redes sociales odio estandarizado, digan ser, sentir y entender el Atleti. Un equipo que, tal y como yo lo entiendo, no tiene sentido con pesimistas cabalgando en su grupa. 

Pero no nos confundamos. La crítica es lícita y cerrar los ojos a la realidad es de necios. No estamos hablando de eso. Estamos hablando de no tirar la piedra y esconder la mano. De no bajarnos del tren cuando derrapa y subirnos cuando es el más rápido. De hablar en términos de “hemos ganado” y “han perdido”. De no apostar a perdedor para luego ganar siempre, bien sea diciendo “ya te lo dije”, si se cumple la profecía, o siendo el más colchonero cuando no se cumple. El Atleti está mal. Jugando con la reserva física y con un estado anímico cansado. Exhausto, diría yo. No tiene suerte (¿cuánto hacía que no le metían dos goles al Atleti?) ni duende (si metemos cualquiera de las que se tuvieron en la primera parte el partido se acaba). Jugamos sin delantero centro (lo de Mandzukic es un drama humano y estoy con Simeone en que Torres funciona mejor con el equipo contrario cansado), el medio centro lleva varios partidos notando los años y nuestros creativos no están precisamente en su mejor forma. Pero es lo que hay y quedan dos partidos. ¿Qué sentido tiene ahora abrir facturas, amplificar los reproches, sacar pecho con el maniqueo “ya te dije” o caer en la tentación de seguirles la trampa al repugnante rodillo mediático que, con artes de filibustero, insisten en querer condicionar nuestro partido contra el Barça? No tiene ningún sentido. Sé que los jugadores, mucho o poco, pondrán todo lo que tienen. Sería absurdo dudar también de esos a estas alturas. Sería también absurdo que yo no hiciese lo mismo. 

Hellen Keller decía que uno no puede hacer todo, pero que aun así puede hacer algo. Que precisamente porque uno no puede hacerlo todo, no tiene sentido renunciar a lo que sí puede hacer. Me quedo con ello.

Conclusiones tras el Madrigal

Ganadores. Los más jóvenes del lugar, o los que se han destrozado el cerebro a base de periodismo deportivo caducado, no lo recordarán pero hubo un tiempo en el que el objetivo del Atleti no era quedar tercero en la liga o ganar la Champions sino “hacer un buen papel”. ¿Lo recuerdan? Lo decían jugadores, entrenador y presidente. El Atleti parecía ser un pobre verso libre cuyo desempeño en el césped no se correspondía (ni por lo visto tenía por que corresponderse) con lo que apuntaba su presupuesto y su historia. Una parte de la afición colchonera (con el apoyo cómplice de los medios de comunicación, claro) llegó a celebrar una cuarta posición, conseguida in extremis tras una temporada de asco, como un verdadero título. ¿Recuerdan? Otra parte de esa misma afición llegó incluso a ilusionarse con la segunda llegada del ínclito Gregorio Manzano, agarrándose con ardor a esa campaña de los medios (siempre en su sitio) que vendía la experiencia anterior como "fantástica" dado que sólo el gol average de la última jornada nos había dejado fuera de Europa. ¿Recuerdan? La fragilidad cerebral del aficionado al fútbol nunca ha sido prodigiosa pero parece menguar según pasan los años. Gracias a Dios todo esto ha cambiado. Para bien. El Atleti que saltó ayer al Madrigal, independientemente de su forma física, estado anímico, capacidad de juego, carencia de gol, desequilibrios tácticos, falta de verticalidad y lo que ustedes quieran, lo hizo para ganar. Sin peros. Ni buena imagen, ni un puntito, ni historias. A ganar. Como sea. Eso, señoras y señores, es lo más importante. Al menos lo es para mí, que tuve que sufrir con dolor y diarrea, esas épocas “gloriosas” en las que “todo el mundo” aceptaba que mi equipo fuese una simpática comparsa. Los mismos periodistas que nos animaban entonces a celebrar una cuarta plaza son los que ahora nos exigen ganar la liga y la Champions, catalogando de sonoro fracaso no hacerlo. Ustedes verán lo que hacen y lo que quieren pensar pero basta poner los datos sobre la mesa y abrir un poco el objetivo para darse cuenta de lo obvio. 

Cansancio. Noto al equipo cansado. Pero más por una cuestión anímica que por algo físico que, sinceramente, no veo. Es como ese tipo educado que está en una fiesta que ya no le interesa para nada pero que, estando muerto de sueño y con unas ganas terribles de irse a su casa, es capaz todavía de mantener dignamente una conversación coherente. La temporada ha sido larga (tres competiciones peleando hasta el final) y dura (8 partidos contra el Madrid, 4 contra el Barça, Supercopa, Copa, Champions,…). Jugadores y cuerpo técnico han tenido que soportar también una inusitada y desproporcionada presión adicional, externa e interna, que en algún momento deberíamos analizar para intentar no autodestruirnos. Encima, tampoco han tenido demasiada suerte en momentos puntuales. Todo eso se tiene que notar y es normal que aparezca ahora que los objetivos golosos se han disipado. Todo cuesta más. Frente al Villarreal el equipo hizo un gran esfuerzo por mantener la concentración, la pasión y su característica intensidad pero la gasolina se está agotando. Los partidos que vienen van a ser terribles en este sentido y probablemente el efecto será cada vez más evidente. Me asusta pero confío en el equipo. 

Portería y Delantera. Durante muchas fases de la temporada había llegado a estar convencido de que la gran diferencia de este equipo con el del año pasado estaba en la portería. Creo que me equivocaba. Una inoportuna lesión a principio de temporada y una mala tarde en El Pireo condicionaron el futuro de la meta colchonera, pero a estas alturas de película da la sensación de que la portería está en buenas manos. Los últimos partidos de Oblak han creado suficiente certeza como para pensar que será (es) un portero más que solvente y que tenemos motivos para soñar con que se ha solucionado un problema que parecía irresoluble. El despunte de Oblak da todavía más valor a la temporada de un Moyá cuya titularidad es más valiosa sabiendo a quién tenía detrás. Al final, el verdadero problema estaba arriba. El Atleti 2014/2015 no tiene pegada, es obvio, y fundamentalmente no la tiene porque tampoco tiene delantero centro. Nuestro máximo goleador es un segundo punta francés en estado de gracia porque no tenemos un 9 a la altura de las exigencias. Quedan 4 partidos así que yo creo que ya lo podemos decir. Mandzukic no ha estado a la altura en ningún momento (llegó sólo a estar a punto) e intuyo que ya no lo va a estar. No sé si es una cuestión de calidad personal, de tipo de juego, de estado de forma o de adaptación al sistema pero en el fondo me da igual. No funciona. Es lo que hay. Que Raúl Jiménez formase parte de esta plantilla debería entrar en la categoría de milagro o de Expediente X. No merece mayor desarrollo. Y luego está Torres, un jugador al que es muy difícil juzgar sin la enorme carga emocional que tiene para la mayoría de colchoneros. Para mí sigue sin estar bien (está mal de hecho). Es cierto que no se le puede poner un pero a su compromiso y entrega pero creo que tampoco se le puede poner a Mandzukic o a Raúl Jiménez. Dicho esto, creo que ahora mismo debe ser el titular. Es cierto que le falta desborde y que ha fallado muchos goles pero también ha demostrado que puede meterlos (el de ayer es prodigioso y además se lo fabrica él solo). Como mínimo ha generado ocasiones de gol, cosa que no se puede decir de un croata que no remata a puerta desde que el futuro Balón de Oro, Chicharito, jugaba en el Guadalajara. 

Juego. El juego del Atleti es malo. Poco brillante y carente de ideas. No creo que sea una cuestión de colocar la defensa más arriba o más abajo sino de falta de grasa. De ausencia de frescura y seguramente de escasez de talento. El lateral izquierdo es un problema, por mucho que la actuación de Gámez sea más que digna y de un mérito tremendo. Es una limitación a la hora de atacar al rival en un equipo ya de por si limitado. La lentitud de ideas en los mediocentos es un problema generacional del que ya hemos hablado pero es que además (sobre todo) Arda y Koke están muy lejos de su mejor versión. Sin ellos, el Atleti pasa a ser un equipo demasiado parecido a sus rivales y todo cuesta el doble. Aun así me gustaría destacar que el Atleti jugó contra el Villarreal en campo contrario y tuvo el balón tanto como su rival (en la primera parte bastante más, incluso). Eso no significa nada (lo sabemos bien), pero lo digo por todos esos “analistas” que solo ven al equipo cuando juega contra el Real Madrid o el Barça y asumen que esa es la forma habitual de jugar. No, queridos. Levanten la vista del ombligo y descubrirán ahí fuera un mundo nuevo y fascinante. 

Quedan 4 partidos. 4 finales. Dejemos a los jugadores jugarlas en paz y juguémoslas nosotros fuera como ellos. Con orgullo, con dignidad, partido a partido y olvidándonos de los cantos de sirena del ejército de la caspa que intentará acelerar la realidad y tratará de poner los focos (y el veneno) en su propia miseria y en ese partido de la penúltima jornada que pretenden jugar sin tener que hacerlo. No seamos tan mediocres de caer en el engaño.

Estafa

El sábado pasado se podía respirar melancolía en el Vicente Calderón. Era el día del niño, el horario invitaba a la presencia masiva de jóvenes, Los 50 habíamos contado la historia del Atlético Aviación, habíamos tenido también la suerte de compartir horas, mesa y mantel con los campeones del mundo de 1975 (Ayala, Panadero Díaz, Irureta, Alberto, Adelardo,…) y encima hacía exactamente 112 años que unos estudiantes vascos de ingeniería habían decidido juntarse en Madrid para crear un club de foot-ball(*). Con todo ello, nadie podía olvidar lo que había ocurrido un par de días antes en el Bernabéu. Estaba ahí, flotando. Una sensación y un sentimiento que no hay por qué ocultar y que además son naturales entre seres humanos. Porque afortunadamente, a diferencia de otras instituciones diseñadas con otros propósitos, eso es lo que es el Atleti. Una institución por y para seres humanos que respiran, sudan, comen y se equivocan. 

El equipo jugaba contra el Elche un partido muy difícil de jugar. Por lo arañado que estaba el ánimo, por ese cansancio físico que se hace mucho más evidente sin el efecto balsámico del éxito y por la rabia contenida del ganador que no ha podido ganar. El partido podía haberse transformado en una trampa mortal (y mucho ansioso de pertinaz impaciencia así lo barruntaba cuando al descanso el marcador seguía señalando el cero a cero) pero afortunadamente la plantilla actual del Atlético de Madrid es una solvente colección de profesionales con capacidad, talento y orgullo. Siqueira, que había sido el mejor de la primera parte, se lesionó y tuvo que dejar su puesto a Juanfran. El lateral, tirando de arrojo y calidad, fue el que logró traspasas la tupida red defensiva de los alicantinos para colgar un balón al área que aprovecho, como siempre, el más listo de la clase. Un francés llamado Griezmann que supura fútbol por todos sus poros. Ese tipo de jugadores que ve lo que nadie ve, llega a donde nadie llega y está donde nadie está. El 1-0 abría la lata y tranquilizaba los ánimos. El 2-0 de Raúl García (con tiro lejano que se “come” el portero rival) hizo que un nuevo gol del francés, el tercero, se quedará ya en anécdota. 

La grada del Calderón, que hasta que no se diga lo contrario es la mejor representación que tenemos de la afición colchonera, había sido el reflejo de sus jugadores. Dolida, fría y cansada pero orgullosa, valiente y fiel. Comenzó aplaudiendo a sus héroes del 75 y siguió aplaudiendo (más fuerte, incluso) a sus héroes del 2015. Incluido, por supuesto, el cuerpo técnico. Antes de que el balón echase a rodar la grada, como concepto, había dejado claras cuales eran las premisas de las que hay que partir para el supuesto debate mediático sobre la afición rojiblanca: “Orgullosos de nuestros jugadores”, afinaban al unísono las gargantas. “Ole, Ole, Ole, Cholo Simeone”, volvieron a rugir como corolario. Los 90 minutos de partido siguieron, con más o menos intensidad, los mismos parámetros. Agradeciendo a todos, desde Oblak a Simeone, desde Griezmann al Mono Burgos, lo que nos están dando. ¿Significa eso que el aficionado colchonero perdonaba la derrota (como interpretó algún iluminado del Canal +, de esos que analizan en fútbol mundial con las camisetas del Real Madrid o el Barcelona pero sin salir de su cuarto de baño)? No, queridos. Significa que queremos que gane Atlético de Madrid pero no lo queremos porque gane (o deje de ganar). Yo no tengo por que perdonar al que no me ha hecho nada. Abran el foco de su conocimiento y descubrirán que hay muchas más formas de entender el fútbol. Es decir, la vida. 

Salimos del estadio con la tranquilidad del resultado, el orgullo en el cuerpo y esa media sonrisa que se nos pone en la cara cada vez que nos damos cuenta de que no estamos solos en esto de ser del Atleti. Pero fuera del estadio sabemos que nos tenemos que topar con la “realidad” oficial. Con Matrix. Con ese rodillo mediático que adoctrina al mundo a través de la fe verdadera. Peor. Tenemos que lidiar (además) con ciertos ministros de esa fe única que, disfrazados de aliados, pastan entre colchoneros igual que pérfidos caballos de troya. Estaba todavía en el Paseo de los Melancólicos cuando alguien me envió el titular de la crónica de AS y no pude reprimir las arcadas. El texto, que llegaría minutos después, tenía un efecto incluso más diarreico todavía. Mediante una prosa indigna de cualquier estudiante de secundaria, el autor relataba un cuento de ficción, cínico y mentiroso, que resultaría patético en una columna de opinión pero que es torticero en un texto que pretende reflejar la realidad de lo que ha ocurrido. Un texto que , más allá de la pericia del escribiente, no puede ser casual. No puede deberse a la eventualidad o la negligencia. Decía Camus que la prensa libre puede ser buena o mala pero que cuando no es libre no puede ser otra cosa que mala. A las pruebas me remito. 

Vomité, claro. Como cualquier persona de bien hubiese hecho. 

Desconozco la gente que habrá leído semejante ejercicio de tergiversación pero intuyo que alguno más de los 45000 espectadores que debimos estar en la grada ese día. Es decir, la realidad mayoritaria, según se entiende en el nuevo orden mundial, es ahora la que ha “vivido” la mayoría. No es la que unos pocos vivimos in situ sino la que, muchos más, han “vivido” a través del notario de la realidad elegido para la ocasión. ¿Se dan cuenta de la sutileza? Pues no es un hecho puntual. Decía Pérez de Ayala que cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. A esta se le llama periodismo. 


(*) Aunque la fecha oficial de fundación del Athletic Club de Madrid es el 26 de abril de 1903, el día en el que se juntaron los fundadores fue realmente el 25. Lo que ocurre es que tuvieron que esperar hasta el día siguiente para formalizar la creación dado que se les hizo tarde y el registro estaba cerrado.

Fútbol control

Es complicado normalmente aburrirse en el estadio Vicente Calderón pero a veces ocurre. Ayer ocurrió. Siguiendo esa estela moderna de llevar cualquier debate al enfrentamiento personal y de construir una barrera infranqueable (o conmigo o contra mí) en mitad de cualquier desacuerdo, habrá quién con malos humos y atinado criterio se me tirará a la yugular para sofocar mi atrevimiento y alertarme (como si acabase de llegar y no lo supiera) de que en breve vienen retos mayores, que no hay que gastar energía, que es absurdo forzar, que es lo que hay que hacer, etc. No seré yo, desde luego, el que se ponga a saltar la barrera discutiendo con artes de chiringuito unos argumentos de mucha profundidad, mucha lógica y mucha trascendencia pero, qué quieren que les diga, yo me aburrí y mucho. 

Tras los debates sobre cuál es el objetivo del equipo que el entrenador tiene que decir en las ruedas de prensa, las lesiones, los expedientes X en el lateral izquierdo, los pinchazos deportivos, la búsqueda infructuosa de un delantero centro, el cinematográfico pase a cuartos de la Champions y el “cortarrollos” que ha supuesto el enésimo y perezoso enfrentamiento con el equipo de toda la humanidad “libre”, el Atleti parece haber entrado en un periodo estable y de aburrida tranquilidad. Como corredores de fondo estirando detrás de la línea de salida o toreros acomodándose la ternilla antes de pisar el albero, los de Simeone parecen haber entrado en una rentable dinámica de dejar pasar el tiempo con faenas de aliño, que por el camino dejan buenos resultados y poco desgaste. Los enfrentamientos contra Getafe, Córdoba o Real Sociedad han sido todos muy parecidos en su desarrollo: salida en tromba, colchón de dos goles muy pronto y toneladas de fútbol control después. Pero de fútbol control made in Atleti de Simeone, que son palabras mayores. 

Poco más que añadir. 9 puntos a favor y cero goles en contra son tangibles más que suficientes como para no tener ganas (ni argumentos) de poner en duda si la elección ha sido la buena o no. El Atleti vuelve a la senda de los éxitos, recupera el rigor defensivo, la contundencia táctica, la precisión a la hora de definir y el respeto, público o privado, de sus rivales. Esto último lo digo porque, aunque en el campo es evidente, parece que los rivales compatriotas (y de los analistas mejor no hablar) son algo reticentes a declarar en público su admiración o respeto por el trabajo de Simeone y sus jugadores. De denunciar, aunque sea tibiamente, la injustica que se está cometiendo con ellos a la hora de escribir la historia. Hace un par de días Moyes, entrenador del equipo txuri urdin, decía que muchos jugadores del Atleti estaban infravalorados. Obvio. Pero claro, Moyes es escocés. 

De fútbol tampoco se puede hablar mucho. A los quince minutos la defensa de la Real Sociedad ya se había metido un gol en propia puerta y Griezmann, todo un talento en plena metamorfosis hacía algo que puede ser espectacular, había cerrado el partido con el segundo. A partir de ahí los rojiblancos pusieron la coraza en el campo, los vascos eran incapaces de tan siquiera provocar un rasguño (en este paréntesis dejo que el lector elija el chiste que prefiera pero siempre con Granero como protagonista) y los aficionados nos aburríamos a lo grande en las cochambrosas sillas de la grada. En mi caso con riesgo muy alto de romperme la mandíbula entre bostezo y bostezo. Con ese escenario es muy difícil reparar en esos problemas que tenemos en el lateral izquierdo (Gámez merece jugar, pero es una limitación grande tener un diestro en el lateral izquierdo dentro de un equipo en el que los laterales son parte fundamental del ataque) o en la delantera (donde tres nueves de los llamados clásicos no terminan entre todos de sumar uno), pero están ahí. Ansaldi es una metáfora. Siqueira un manojo de nervios. Mandzukic con sus problemas de esguince (que a mí me suenan a problemas de confianza) no termina de estar. Torres sin estar en forma (no sé si porque todavía no la ha cogido o porque ya la ha dejado para siempre) parece más un recambio que un jugador titular y Raúl Jiménez… pues eso, Raúl Jiménez. 

Pero llegan curvas, amigos. Me temo que los tiempos de bostezos, aburrimiento, bocadillos reposados en el descanso y alborozadas sesiones de sing-along cantando pegadizos estribillos de Los Chunguitos (obi, oblak,…) están a punto de pasar a mejor vida. En las próximas dos semanas se decide lo que va ser el Atleti 2014-2015. Si seremos toro o torero. Si musa o escritor. Si vamos a poder soñar o si tenemos que caminar hasta que se termine formalmente la temporada con botas katiuskas sobre una solar infestado de charcos. Pero lo que esta claro es que esto del fútbol control pasará a mejor vida y que entonces lo recordaremos (el que lo recuerde) como una cosa del pasado. ¿Y saben qué? Me gusta. No me da miedo. Estoy deseando que llegue.

@enniosotanaz

Por alguna razón

Todos hemos asistido a cenas en las que, con las mismas personas, unas veces son fantásticas y otras un suplicio. Todos hemos ido de vacaciones con amigos del alma que, a la hora de convivir, han resultado ser un inesperado drama. Todos hemos tenido esa sensación de que en un momento dado cierta combinación de personas, por alguna razón, no está funcionando. Abducidos por los chistes y los exabruptos de los gurús del micrófono o las soflamas individualistas de los petulantes de la pluma, estamos empezando a olvidar algo esencial: el fútbol es, sobre todo, un deporte de equipo. Y un equipo no es coleccionar figuras de cera que se colocan en un lugar preciso del tablero sino conseguir que las conexiones entre esas figuras transciendan más allá de las individualidades respectivas. No es tan fácil. Mientras que a veces dos estrellas son capaces de anularse mutuamente, otras veces vemos como dos tipos normales acaban formando un gran conjunto. De esa forma, gracias a Dios, en los deportes de equipo no siempre gana el que corre más, el más fuerte o el que la pega más rápido. 

El Atleti ha empatado en el Calderón frente al Valencia un partido que era clave no solo para fijar los ánimos en la parte alta de la tabla sino para acabar con una dinámica de malos partidos y malas sensaciones con la que desgraciadamente tendremos que seguir lidiando. Personalmente no vi mal al equipo ni tácticamente (creo que gana el Atleti a los puntos), ni en intensidad (volvimos a ver retazos de la mejor versión de Gabi o de esa presión poderosa de antaño), ni tampoco en contundencia defensiva (el rival llegó una vez). Sí eché de menos algo más de fútbol, pero eso ni es nuevo ni es exclusivo de esta temporada. Reduciendo mucho las cosas, el Atleti empata el partido porque en la portería tiene un portero que comete uno de esos errores que no se puede permitir un equipo que pelea por títulos. Moyá es un tipo encantador al que me encantaría que todo le saliese bien en mi equipo (porque además creo sinceramente que se lo merece) pero no me parece un portero que marque diferencias. Especialmente inseguro en las salidas y los balones por alto, el error que ocasiona el empate del equipo Che es grave por sí mismo  pero mucho más pensando en el futuro. Es ese tipo de errores que provoca el pánico entre los compañeros y que genera falta de confianza en la defensa. Lo he dicho muchas veces antes de hoy, la gente que me conoce lo sabe, para mí la principal diferencia entre los equipos del año pasado y el de este está en la portería. El resto puede corregirse con imaginación o táctica. Esto no. 

Pero no quiero quedarme en eso. Podemos buscar el diagnóstico del Atleti actual enfocando la vista en jugadores que no están, en otros que están pero como si no, en desequilibrios de gestión de plantilla o en errores de bulto (que de todo eso hay) pero no estaré siendo honesto. Para mí el quid de la cuestión está flotando más arriba. Cada uno tendrá su explicación lícita y concreta pero yo prefiero analizarlo desde la perspectiva de las sensaciones. Cuando el año pasado nos parapetábamos en el área para defender un resultado (lo hicimos muchas veces aunque ahora existan indignados de nuevo cuño que parecen haberlo olvidado) personalmente, por alguna razón, tenía la sensación de que nadie nos podía meter un gol. Ayer tuve la sensación contraria. Cuando el año pasado nos empataban a falta de quince minutos, por alguna razón, yo tenía la sensación de que remontábamos el partido. Ayer tuve precisamente la sensación contraria. De hecho estoy convencido de que si el Valencia, que resultó decepcionante en lo que respecta a la ambición, hubiese ido entonces a por el partido lo hubiese ganado. Podemos hablar de jugadores o de tácticas, sí, pero creo que hay algo más. El Atleti ha perdido el duende. Esa mirada en los jugadores que transmitía a la grada la sensación de que todo era posible. Ese balón que entraba por la escuadra y ahora pega en el larguero. Ese convencimiento de que el próximo córner era gol seguro y ahora temes para que no te hagan un contrataque. La absoluta certeza de que aun pasándolo mal en el área por el acoso del rival, el partido se iba a ganar (y se ganaba) mientras que ahora crees que en cualquier momento te van a hacer gol (y te lo hacen). Es probablemente injusto que ocurra pero es así. Ayer Simeone alentaba a la grada, más de lo normal, en el momento más crítico del partido que es precisamente cuando nunca ha hecho falta que a la grada colchonera le dijeran lo que tiene que hacer. Ayer fue diferente. La grada estuvo fría desde el principio a pesar de llenar el estadio. Dato más significativo y preocupante de lo que parece y que tampoco habla muy bien de los que estamos allí sentados. Por alguna razón el equipo no estaba transmitiendo, eso lo notábamos todos, pero si nos decimos una afición diferente es por tener la capacidad de llevar la iniciativa en estas circunstancias. Quizá es que nos hemos emobrrachado de éxito, no lo estamos sabiendo digerir y todo esté empezando estar demasiado desquiciado.

Creo totalmente en Simeone y estoy convencido de que todo esto no es más que un episodio pasajero del que saldremos, pero tenemos que ser consciente de donde y como estamos. También de quienes somos. No creo que debamos agarrarnos a fuego a los datos positivos (el objetivo es ser terceros, estamos todavía por arriba, bla, bla,…) ni abrirnos en canal las carnes añorando tiempos mejores (Courtois era mejor, Siqueira no vale, lo de Mandzukic no lo veo, bla, bla, bla,...). Tampoco nos hace ningún bien parapetarnos en debates retóricos sobre los objetivos reales del Atleti o los fichajes del año que viene. El Atleti es mucho más importante que eso y nos necesita en estado puro. Tenemos un problema de confianza que hay que solucionar y ese será el principio de lo que venga después. Hasta entonces, olvidémonos del resto.

Mirando al dedo

Existe un proverbio, muy utilizado últimamente en tertulias de medio pelo, que dice algo así como que cuando un sabio señala al sol, el necio se queda observando al dedo. Denle la vuelta, hagan un ligero ejercicio de abstracción y se toparan con algo mucho más cercano: partido a partido. Parece mentira que después de años de convivir con el Atleti de Simeone y, sobre todo, después de muchos años conviviendo con la mediocridad de otros tiempos, existan todavía amplios sectores del colchonerismo que no hayan entendido nada. El Atleti es un equipo que tiene que salir a ganar todos los partidos, sin excepción, pero que no puede abrirse las venas hasta desangrarse por perder justamente o, menos todavía, por no ganar la liga. En más de 100 años de historia este equipo creo que sólo un par veces ha sido capaz de ganar la liga 2 años seguidos y por supuesto siempre ocurrió en años en los que las diferencias entre los equipos no eran tan abismales como lo son ahora. Ganar la liga es un puto milagro y si se consiguió el año pasado fue aislándose de las estupideces mediáticas para agarrarse con el corazón al concepto de competir cada partido como si fuese el último. Al margen de premios mayores. Como si no hubiese mañana. y no era palabrería (yo estaba allí) sino la realidad. Una realidad que se hizo religión. Nos lo enseño Simeone y sinceramente, creo que no hay otra forma de ir por la vida siendo del Atlético de Madrid. 

El empate contra el Sevilla no sé si es malo o bueno, pero es lo que es. El Atleti no está bien. Está atravesando una pequeña crisis de identidad provocada por la sobreexcitación de los rivales, las bajas internas y los malos resultados y eso hace que el equipo no sólo no esté fluido (eso ya ha pasado otras veces) sino que sea incapaz de tener la seguridad necesaria como para creer en el plan. El equipo saltó al césped del Sánchez Pizjuán (estadio en el que todavía no ha ganado nadie este año y por algo será) con todo esto en la cabeza y Simeone no quiso arriesgar a que la herida pudiese hacerse más grande todavía. Se aisló de los cantos de sirena para ceñirse a la realidad concreta de ese día. Consciente de los desastres de Vigo y Leverkussen sacó una alineación extraña y controvertida con la única intención de hacerse fuerte y no recibir más daño. Lo consiguió, a duras penas, pero lo consiguió. A costa de renunciar a soñar, de jugar al fútbol y de ganar el partido por méritos propios, pero lo consiguió. Hasta la salida de Torres el equipo fue menor. Hermético, totalmente replegado, plano, sin salida y obsesionado por ocupar el espacio. Ni siquiera defendió especialmente bien pero al menos por acumulación consiguió atenazar a un Sevilla con buenas trazas, muy bien ordenado pero timorato. Los hispalenses tuvieron ayer una oportunidad única de haber destrozado a un rival al que tienen ganas pero su controvertido entrenador, como tantas veces, prefirió ser prudente. 

El último tramo de la segunda parte, gracias sobre todo a Fernando Torres, dio alguna oportunidad al Atleti de haber podido marcar algún gol pero no creo que hubiese sido justo. Tampoco que lo hubiese marcado el Sevilla, que sin llegar con demasiada claridad también pudo hacerlo, pero que, aun reconociendo que los sevillanos expusieron más y jugaron mejor, tampoco hubiese puesto justicia a lo que pasó en el césped. Habrá quién vea el empate como bueno porque de esa manera mantienes una distancia de seguridad con un rival directo como el Sevilla y sigues por encima del Valencia. Habrá quién lo vea malo porque de esa manera te alejas del título de liga. Yo prefiero no verlo de ninguna de las dos formas. Me preocupa más el equipo. Quiero que recupere las sensaciones, que vuelva a creer y que encuentre la palanca definitiva que diluya esa espesura de juego en la que nos movemos desde hace semanas. Quiero volver a disfrutar viendo los partidos del Atleti y quiero volver a estar seguro de que ganamos el siguiente partido. Para mí no es un problema de puntos sino de sensaciones porque la sensaciones nos traeran los puntos. Por eso no me apetece perder el tiempo entrando en debates de tabloide sobre objetivos, éxitos y fracasos. No pienso preocuparme de mirar al dedo cuando no tengo nada claro dónde está el sol.

Cortex, monstruos y hormiguitas.

Mientras los vendedores profesionales de humo tratan de meternos subrepticiamente en el cortex el mensaje tramposo de estar disfrutando de lo que, sin un átomo de rubor, denominan “la mejor liga del mundo”, la realidad es mucho más contundente. La liga española es una competición injusta, desleal, generalmente aburrida, cutre, mal organizada y peor vendida. Un engendro económico construido en torno a dos macromonstruos de los que todos los demás pretenden vivir. Un desierto feo y áspero en el que las dos galaxias se disputan una hegemonía que se dirime por detalles, un puñado de históricos tratan de sobrevivir agarrándose a Europa (siempre Europa) y el resto, la mayoría, penan por no caer bajo el influjo de la segunda división. La concepción de la liga es tan perversa que la distancia entre los tres bloques es cada vez más grande, lo que provoca a su vez que todo sea cada vez más aburrido y previsible. Una simple derrota insospechada se convierte en un acontecimiento interplanetario, inconcebible. Algo que no se puede consentir. Desde el Atlético de Madrid nos quejamos muchas veces, seguramente de forma justa, de la actitud de los equipos que enfrentándose a Real Madrid o Barcelona dan por perdido el partido antes de disputarlo. Me temo que haríamos bien en observar que en el Vicente Calderón está empezando a ocurrir lo mismo. 

El Atleti ha derrotado al Almería en un partido sin historia, fundamentalmente aburrido y que se resolvió en unos pocos minutos de buen juego y negligencia arbitral. El once del cholo salió en tromba y ya en el primer minuto pudo haber sentenciado el partido. La superioridad era tan abismal que juego, jugadores y grada se enfriaron en una suerte de ejercicio de inercia, tan nefasto para la concentración de los jugadores como para las ganas de disfrute del espectador y, muchas veces, del resultado final. Pero ahí estaba Mateu Lahoz para inventarse un penalti que ni vi en el campo ni he visto después en la tele. Mandzukic abría el marcador mientras el equipo de JIM desaparecía de la riña para dejarse llevar. Bastaron unos minutos de genio de Griezmann y la ayuda de un voluntarioso y colaborador Mandzukic para resolver rápidamente el partido con dos goles más del francés. Diez minutos antes del ir al descanso ya estábamos todos bostezando. La segunda parte fue un tramite doloroso para el equipo andaluz que trató de desperezarse un poco, pero que ni así fue capaz de despeinar a un aletargado conjunto colchonero que se movía por el césped en modo stand-by.


El Atleti sigue su paso firme en la liga mientras espera enfrentare en pocos días al Bayer en Leverkusen, dentro de esa magnífica competición llamada Champions en la que todos tenemos puestas tantas esperanzas. Desgraciadamente el aparato mediático, ese que colorea la caspa de “La mejor liga del mundo”, prefiere enfocar su talento para la actualidad lejos del aspecto deportivo, centrándose en interpretaciones torticeras y malignas de la derrota en Vigo, las obligaciones "históricas" del conjunto colchonero o la llegada del representante de Simeone a las oficinas del Manzanares para hablar de renovación. Nada nuevo bajo el sol. La maquina de hacer dinero tiene una sola forma, al parecer, de funcionar y los elementos extraños sobran. Molestan. Se trata de poner en práctica esa asignatura apócrifa tan útil hoy en día para los notarios de la realidad: Desestabilización. Lejos de acercarse a los parámetros de lo que una vez se llamó periodismo, la labor de estas hormiguitas del régimen parece consistir en limpiar los espacios de seguridad que separan a los dos grandes monstruos del resto. Incluidos los que tienen la desfachatez de ganarles la liga. El Atleti no puede acercarse tanto si quiere seguir vivo. Fuera. Circulen. No creo a estás alturas que podamos cambiar con educación una tendencia tan subvencionada y poderosa pero haríamos muy mal en colaborar con ella. No me cuenten lo que ocurre en Matrix. No me interesa.

Decapitaciones



No me gustan los eufemismos y tampoco soy partidario de abrazar esa doctrina de verdulera, tan propia de los medios de comunicación de referencia, donde la derrota del equipo propio se asume siempre en modo tragedia, siempre en clave de imperdonable error propio (nunca acierto del contrario)  y en la que indefectiblemente se necesita encontrar un culpable al que decapitar para quedarnos tranquilos. El Atlético de Madrid ha perdido en Balaidos un partido que en ningún momento mereció ganar. Así de simple. Lo digo como lo siento y como lo creo, pero he visto el suficiente fútbol y he sufrido partidos suficientes del Atleti como para saber acotar la importancia de una derrota, por dolorosa que esta sea. A todo el mundo le gusta ser el rey de la galaxia pero personalmente sé de dónde vengo y a dónde voy. Plantearse un análisis en términos de cortar cabezas, teniendo encima como protagonista al equipo de Simeone, no sólo me parece de una injusticia intolerable sino que me da vergüenza escucharlo viniendo de alguien que se dice colchonero. No me parece además que sea una actitud coherente con lo que intentamos representar en este lado del mundo. Si no sabemos perder mal sabremos ganar y poco a poco acabaremos pareciéndonos peligrosamente a eso que tanto odiamos.

Aclarado lo anterior, creo que el Atleti pierde contra el Celta por tres razones fundamentales que mezcladas en una determinada proporción, que no tengo clara y que por supuesto es debatible, hacen que la escuadra colchonera pareciese por primera vez en muchos años un equipo perdido en el campo, sin rumbo, sin plan y sin alma. Todo parte para mí de un repentino ataque de entrenador que coloca en el campo un once de circunstancias con un auténtico desbarajuste en la zona de creación y ataque. Dije antes del partido (está escrito) que no me gustaba la dupla Torres-Mandzukic y el tiempo me ha dado la razón. Creo que los dos delanteros se anulan, creo que el equipo pierde equilibrio y creo que Torres no está tan bien como creemos. Los primeros 45 minutos en Vigo fueron una broma. El Atleti parecía un tipo disfrazado en una fiesta que no era de disfraces y a la que no estaba invitado. Algo insólito en un equipo que podrá jugar bien o mal pero que nunca pierde la estabilidad ni el plan trazado. Raro. Para mí es un error de Simeone (reconocido por él mismo) que trató de arreglar sobre la marcha pero sin éxito. Pero el Atleti tuvo además la mala suerte de toparse con un gran Celta de Vigo que, imitando la forma en la que el Barça nos derroto hace un par de semanas y sin perder su personalidad, entendió mejor la forma de afrontar el encuentro para terminar haciendo un gran partido. Mucho mérito el del equipo gallego a cuya victoria no pongo un pero. Pero sería un cínico si no hablase también de ese tercer factor, el desempeño arbitral, que sin duda fue influyente. El primer gol viene precedido de una mano tan evidente que duele y posteriormente el colegiado se traga un penalti también de libro. Son dos errores mayúsculos que sin duda podían haber cambiado el sino del encuentro pero yo tiendo a distinguir entre árbitros malos y árbitros “buenos” que ayudan al sistema. En este caso creo sinceramente que estamos hablando del primer caso. El árbitro es muy malo, sin más. No veo otra cosa. Mala suerte.

La derrota es un severo traspié en la trayectoria liguera del Atleti y una bofetada en el ánimo y la ilusión de una grada que, puede ser, lo mismo estaba pecando de euforia. El elogio debilita que decía aquel y quizá deberíamos ser más conscientes de la realidad. Si ganar la liga en las circunstancias actuales entra en la categoría de milagro, hacerlo dos veces seguidas podría incluso inaugurar una nueva categoría dentro de las ciencias ocultas. Tomar el objetivo de ganar la liga como referencia está bien, es lo que siempre hemos reclamado, pero frustrarnos hasta la enfermedad por no hacerlo creo sinceramente que es muy estúpido. ¿Duele perder? Duele, pero lo hemos hecho muchas veces. Tengamos perspectiva y seamos consecuentes. No podemos someter al corazón al mismo grado de disgusto sufriendo el humillante devenir de esos tiempos malditos de Manzanos, Aguirres y Ferrandos que perdiendo el quinto partido de 23. Yo al menos no pienso hacerlo.

Zihuatanejo


La imagen es evocadora y todos la llevamos taladrada en la memoria. Andrew Dufresne, enfundado en una impoluta camisa blanca, conduce al final de la película un Pontiac Lemans camino de esa ciudad en la costa de México con la que llevaba media vida soñando desde la cárcel: Zihutanejo. El aire cálido y fresco de esa zona del mundo golpea en su rostro. Un rostro curtido y gastado que en ese momento representa la máxima expresión de la felicidad. Es el rostro del que lo ha pasado injustamente mal, muy mal, pero que ha conseguido finalmente salirse con la suya. Cumplir ese sueño que no llegaba a través de la razón y que tuvo que ser construido a base de trabajo personal, paciencia y tesón. De fuerza mental y de capacidad de aguante. Cuando el sábado pasado el árbitro pitaba el final del partido y la sombra del 4-0 que proyectaba el marcador caía a plomo en todos y cada uno de los rincones del Vicente Calderón, pude ver ese mismo rostro de nuevo. Lo vi en la cara Arda que nunca pierda la sonrisa por mucho que el rodillo mediático dedique sus recursos a tratar de humillarlo y lo vi en la cara de Gabi o de Juanfran, veteranos en esto de tener que soportar en silencio las deposiciones de los que dirigen el cotarro. Lo vi en Mandzukic y en Torres, fundidos en ese abrazo que se explicaba por si mismo y lo vi en Tiago, en Siqueira o en Miranda, que tienen que escuchar en silencio los insultos que reciben por parte de los cazadores de brujas. Lo vi en Godin, que con los huesos propios hechos fosfatina tuvo y tendrá que seguir aguantando los desdenes y despropósitos del Mainstream, pero lo vi sobre todo en la figura de ese antihéroe contemporáneo llamado Diego Pablo Simeone y al que nunca podré agradecer todo lo que nos está dando. 

Decía Molière que aquellos cuya conducta se presta más al escarnio son precisamente los primeros en hablar de los demás y que razón tenía. La repugnante campaña en contra de jugadores y entrenador del Atlético de Madrid, acaecida durante las últimas semanas, ha sido tan bochornosa y torciera como injusta. Especialmente viniendo de un sector, el periodístico, que debería hacer algún intento de autocrítica antes de dar lecciones y tratar de bracear en la supuesta mugre de los demás. Esas formas y esos modos. Ese estilo de pandillero petulante o esa sospechosa facilidad para generar violencia donde no la hay. Los aficionados a este club proscrito en la periferia mediática llamado Atlético de Madrid hemos tenido que aguantar durante semanas la intolerancia de de los soldados del régimen. La humillante persecución de esa masa inerte que necesita su ración diaria de alpiste para no morir de realidad. Como pecadores y herejes viviendo en mundo de perfección plastificada, hemos tenido que salir a la calle portando una enorme Letra Escarlata que dejara bien claro el tipo de gentuza que somos. La marca del delito que dejase claro al común de los mortales, a los que comen la actualidad prefabricada, a quiénes tenían que dirigir su ira. Mirad, ahí va la escoria, los extranjeros, los proscritos, los que hacen trampas. Los violentos. Sí, los violentos. Lamentable. Pero si ha sido terrible para cualquiera de nosotros imagino lo que habrá tenido que ser para los jugadores que tienen la mala costumbre de saltar al césped los domingos vestidos de rojo y blanco.


Pero empezó el partido y el Atlético de Madrid, sí, el Atlético de Madrid, jugó al fútbol. Nada más. Con rabia pero con talento. Con furia contenida pero con precisión. Llegando primero, corriendo más, tocando mejor y siendo mejores. Corriendo y jugando. Mandukic y Griezmann demostrando que se puede ser feliz jugando para el equipo sin dejar de meter goles. Siquiera enseñando lo que puede llegar a ser estando centrado. Saúl haciendo olvidar a Koke y Miranda a Giménez. Moyá viéndo el partido desde el mejor sitio del campo. Teniendo el balón, combinando y tocando. En un alarde de violencia, el equipo fue capaz de meter un gol y luego otro y luego otro y luego otro. De agresiva chilena, de cabeza, de violentísima jugada trenzada, de tiro lejano. Fútbol y fútbol y más fútbol. Pasando por encima de galaxias a base de trabajo. Y acabó el partido sumidos todos en el ensordecedor ruido de una afición entregada, que se ve reflejada a sí misma en ese puñado de jugadores vilipendiados. Ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Así se lo hicimos saber. “orgullosos de nuestros jugadores” gritaba una grada que para entonces ya estaba afónica. Los jugadores del Atleti acababan de escaparse de su particular cárcel, esa en la que los vociferantes directores del circo les habían metido sin merecerlo. Acababan de escaparse y lo habían hecho además de la forma en la que sólo los genios de verdad son capaces de hacer. Creando arte y clavando las rodillas en el suelo. Demostrándole al mundo lo que es jugar al fútbol en equipo. Sin nombres ni estupideces. Sin estridencias ni spots publicitarios. Con coraje y corazón. Con goles. Con talento. Con generosidad y sacrificio. Con trabajo. Con alegría. El luminoso marcaba un contundente 4-0 y los jugadores enfilaban abrazados el camino del vestuario. Acababan de llegar a su particular Zihuatanejo.

3 mentiras, 3 errores, 3 conclusiones

El periodismo deportivo contemporáneo, ese sucedáneo de información diseñada y cocinada para ser vendida fácilmente al único cliente que existe (el aficionado al Real Madrid en mi circunscripción geográfica, pero el Barça, el Valencia, el Sevilla o el Athlétic en otras), ha basado su razón de ser en algunas mentiras que sin embargo utilizan torticeramente como premisas incuestionables de su particular lógica. Por ejemplo: 1/ Los premios individuales, tipo el Balón de Oro, son trofeos importantes de fallo incuestionable (mentira). 2/ Suprimir los errores arbitrales sería atentar contra la “gracia” del fútbol (mentira). 3/ El equipo rival nunca gana sino que es el nuestro, el único, el que pierde (mentira y gorda). Como aficionado del “otro” equipo, pero también como hereje del nuevo catecismo mediático, me niego a caer en esos actos gratuitos de fe. El Atlético de Madrid perdió ayer en el Camp Nou básicamente porque ganó el Barça. El equipo blaugrana, que sobre el papel es infinitamente mejor que el madrileño, consiguió imponer en el césped su evidente superioridad y cuando eso ocurre sólo cierta alineación de planetas, cercana al milagro, puede provocar que el marcador final sea de otra forma. El Barça ganó porque jugó con Messi, Neymar, Luis Suárez, Iniesta, Rakitic y Busquets y porque ayer los seis futbolistas lo hicieron tirando de talento, con inteligencia, a gran altura y en equipo. Encerraron al Atleti en su área, ahogaron siempre su mermada salida de balón y jugaron a velocidad tan alta que los madrileños defendieron normalmente descolocados o en inferioridad. Especialmente en la primera parte. ¿Hubo errores en las filas del equipo de Simeone? Sí, pero en mi opinión no fueron la causa de la derrota y hasta es probable que fueran errores provocados por el rival. ¿Pudo el Atleti haber hecho otra cosa? Probablemente, pero nadie me garantiza que el resultado no hubiese podido ser incluso mucho peor.

Aprendamos de los errores. 1/ El experimento Gámez jugando en el lateral izquierdo no cuajó, evidente, pero no sé hasta qué punto es responsabilidad exclusiva del jugador (o del entrenador que lo pone). No sé hasta qué punto hubiese sido diferente con Siqueira. Cuando el Atleti defiende bien es cuando un delantero tipo Messi encara a su defensor rodeado de contrarios. Cuando el lateral colchonero está protegido de cerca por el central y el centrocampista de banda. Ayer, demasiadas veces, los delanteros blaugranas encaraban con espacio y en solitario a su defensor. Es decir, fue un desajuste defensivo de equipo provocado seguramente por robo rápido de balón en la salida o los veloces cambios de juego del Barça. Hay que estudiarlo. 2/ El Atleti tiene un problema de calidad en el mediocentro (no es nuevo) y cuando el balón no puede salir por Arda o Koke directamente no sale. Así de simple. Ayer el Barcelona ahogó con su presión esa salida de balón que, con Koke y Arda lejos o sacrificados en defensa, se moría indefectiblemente en los pies de mediocentros y centrales. Es algo que hay que mirar, sobre todo porque es recurrente. Para mí el problema no fue que el equipo estuviese muy replegado (con Barça, Madrid o similar tiene que ser así y así hemos ganado partidos y títulos) sino que fue incapaz de salir jugando el balón. De dar continuidad al juego para descolocar a un rival que permanecía en campo contrario sin desordenarse. 3/ Reconociendo de antemano la entrega, el compromiso y el pundonor de Raúl García (Dios me libre), no es la primera vez que su salida al campo coincide con entradas absurdas al borde del área o la alimentación de rifirrafes baratos que provocan pérdidas de tiempo dolorosas, especialmente cuando estás por debajo en el marcador (parecido a los eternos saques de puerta de Moyá, por cierto). Es algo que el navarro (y el mallorquín) deben hacerse mirar. Un navarro que cuando no tiene gol se hace demasiado pequeño y aparece, en mi modesta opinión, como un jugador cuya presencia en el juego es prácticamente nula.


Conclusiones: 1/Perder en el Camp Nou entra dentro de la lógica. ¿Duele? Duele, pero me niego a estar permanentemente sufriendo sin sentido. Es absurdo pensar en la liga a estas alturas en términos de terminar primero. Ni cuando la ganamos el año pasado (después de 20 años) lo hicimos. Veremos en qué situación está el equipo en el último terció del campeonato (como decía ese sabio entre los sabios que fue Luis Aragonés) y empecemos a sufrir entonces. Hasta entonces mi preocupación pasa por el partido a partido, el tercer puesto y por mantener latente la sensación de que mi equipo es capaz de competir al primer nivel en cualquier campo. Ayer, teniendo mala suerte (el primer gol nos mata), jugando mal (ningún colchonero, incluido Simeone, tuvo su día) y frente al mejor Barça de la temporada, el equipo compitió y hasta hubo un momento con 2-1 en el marcador en el que la remontada se veía posible. 2/ La mejor prueba de que se está en el buen camino es ver la emoción de todo un FC Barcelona por ganarnos y lo motivador que es ahora para ellos enfrentarse contra el Atlético de Madrid. 3/ Vuelvo a insistir: disfrutemos. El equipo que sufre y está permanentemente enfadado (incluso ganando) eso otro. No se confundan. Construyamos nuestra pasión al margen de mentiras mediáticas y latiguillos retóricos que no están confeccionados para nosotros. Vivamos sobre la alegría que da el orgullo y aceptando la realidad sin tener que mutilarnos. Evitando dar la categoría ficticia de fenómeno antinatural a una derrota justa .   

@enniosotanaz