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¡Un abrazo!

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Balance

Durante los últimos años, llegadas estas fechas y en este mismo blog, he tratado de hacer mi particular balance de la temporada. Encontrar las lecciones aprendidas, los pros y los contras, separando las partes positivas de las negativas para, hipotéticamente, asentar las bases teóricas de lo que tendría que ser, en mi opinión, el Atleti del futuro. Fueron años de penurias, en su mayoría, que eventualmente dejaban relucir ciertos motivos para la esperanza. Pequeñas islas en el océano que venían casi siempre ligadas a nombres de personas que entraban y salían del club, perfumadas en drama y a través de una puerta giratoria infinita que jamás dejaba de girar. Todo aparecía además con una pátina de melancolía y reproche que desde hace décadas llevamos cosida en la mochila como si fuese parte irrenunciable de nuestro equipaje.

Me temo que en este año de catarsis no será así y que el balance, si es que merece la pena hacerlo, va a resultar muy breve: se me hace difícil pensar en una temporada mejor. Si alguien espera palos a diestro y siniestro, que me la coja con papel de fumar o una bandera con la que cubrir su radical talibanismo anti-todo, me temo que tendrá que buscar en otra ventanilla. Sí, sé que la meta está en ganar todo lo que se juega y que técnicamente hemos perdido dos títulos de tres pero qué quieren que les diga, un puto minuto y medio en la final de la Copa de Europa o caer en semifinales de la Copa del Rey frente al campeón me parecen datos lo suficientemente cercanos a la casualidad o la suerte como para tenerlos en cuenta. No lo haré. Sería un necio. La temporada ha sido fabulosa, espectacular e inolvidable. Un sueño que ha sido (y es) y que he podido vivir de cerca.

El Club Atlético de Madrid sabemos que no es un Club, que no tiene socios, que está en manos de quién está y que esa propiedad aparentemente legal, lamentablemente, fue una usurpación mafiosa y denigrante. Lo sé y no lo olvido (ni lo olvidaré) pero me niego a que eso condicione mi vida, mi felicidad y mi forma de entender al Atlético de Madrid. El gilismo es una enfermedad que tiene el Club pero igual que me parece injusto ignorarlo me resulta estúpido anteponerlo siempre ante cualquier otra cosa. A mí lo que me importa y lo que me hace feliz es el Atleti y no su enfermedad. Que está desgraciadamente todo ligado es obvio pero lo que no pienso consentir es que los árboles no me dejen ver el bosque. Que ningún agente externo, por nocivo que éste sea, me haga renunciar a mi esencia, a mis principios, a mis sueños y a mi alegría. Y que si quiero llorar de felicidad pues lloro sin remordimientos. ¡Faltaría más! El Atleti, mi Atleti, está por encima de personajes, a un lado y a otro de las trincheras. Nadie me va a decir a mí cuál es la forma correcta de acercarse al escudo del Oso y el Madroño porque, entro otras cosas, esa forma única y perfecta no existe. Nadie debería decírselo a ustedes tampoco. Los repartidores de carnets de buen colchonero que van por ahí dando lecciones, digan lo que digan, son unos farsantes.

Soy de los que piensa que para que las críticas tengan sentido hay que ser también capaz de resaltar, con el mismo estilo, los aciertos. Desconfío por definición tanto de los aduladores que siempre ven el lado positivo como de los cenizos que siempre lo ven todo mal. Así que honestamente creo que el Atleti, como institución, ha acertado esta temporada en muchas cosas. Ahora que entramos en periodo estival y la prensa tóxica vende todos los días a quince jugadores de la primera plantilla conviene recordar lo que ocurrió por ejemplo el año pasado. Un año que comenzó exactamente igual, con aparente desbandada general de todos nuestros jugadores y que acabó con la misma plantilla que al principio (a excepción de Falcao que a estas alturas ya no estaba). Conviene recordarlo porque creo que por primera vez en muchos años se gestionó un plantilla con sentido, coherencia y ciñéndose al presupuesto. Dos tipos por puesto, respeto al entrenador, buena política de cesiones, apuestas por jóvenes de futuro y refuerzos interesantes en invierno. Algunas cosas salieron mejor que otras pero el plan tenía sentido y a priori a todos nos hacía estar esperanzados. Si son capaces de repetir lo mismo este año, teniendo en cuenta además los réditos económicos obtenidos tras una exitosa campaña, seré muy feliz. Es decir, no pienso arrancarme la camisa y ni perder los nervios a modo preventivo como veo que está ocurriendo en las redes. Lo único que echo de menos es saber realmente la situación económica del club, el montante de la deuda, la lista de acreedores y el escenario real que nos movemos pero esta reivindicación recurrente es parte de la historia negra del legado Gil como ya sabemos.

De la dirección técnica (el Cholo, Burgos, el profe Ortega,…) no puedo decir nada malo. Sobresaliente. Simeone es ahora mismo un Dios para la religión colchonera. La referencia en la que todos nos fijamos. Deportivamente ha construido un equipo con personalidad y poderío. Un equipo que maneja muchos registros pero que lamentablemente los rapsodas más casposos de las ondas, sumidos en esa soberbia gratuita que parte del público les deja tener, no quieren ver. Es su problema. Poco a poco ha ido cuajando la leyenda mentirosa de que el Atleti juega mal y que gana únicamente a base de cojones. Mentira. El equipo de Simeone es un equipo que juega al fútbol muy mal y muy bien. Feo y bonito. Que ha jugado al contrataque y llevando la manija del partido. Que defiende y que ataca. Un equipo capaz de adaptarse a las circunstancias y los momentos pero sin perder de vista el objetivo único que lo consolida todo: ganar. Me encanta el fútbol y me encantan los buenos jugadores pero también me siento muy identificado con la forma de jugar de este equipo. No veo incoherencia por ningún sitio.

Otro de los grandes aciertos del Club ha sido en mi opinión la imagen institucional. Moderna, honesta, emotiva y diferente. Viendo hablar al entrador o al capitán (o a cualquier jugador) y leyendo la cuenta oficial de Twitter, me he sentido este año orgulloso de los que me representan. Con la salvedad de esa anomalía desagradable, que tan poco tiene que ver con el Atlético de Madrid y que es siempre Enrique Cerezo, tengo la sensación de que el Atleti ha sido capaz de transmitir una imagen muy apetecible para el espectador neutral y que el escudo, como marca, ha ganado muchos enteros. Evidentemente los éxitos deportivos han ayudado pero no es sólo eso. El Atleti de este año es la demostración de lo importante que es la forma con la que se consiguen las cosas. Que es mucho más fácil querer algo construido por uno mismo que comprado. Uno sale ahora por el mundo y siente la admiración. La envidia. El Atleti es ahora un ejemplo de los valores que nunca deberían habernos abandonado: humildad, esfuerzo, coraje, orgullo, valentía y felicidad. Veo pancartas felicitando al equipo en campos pequeños de Italia, Alemania o Polonia y me lleno de euforia. El Atlético de Madrid, es ahora mismo la referencia del otro fútbol. No el de las patadas sino el del corazón. El héroe de todos aquellos que no están inmersos en la sangría de dinero y estupidez que sacude el mundo contemporáneo del balompié. Fuera de los petrodólares, el gas ruso o la recalificación mafiosa de terrenos al norte de Madrid. Fuera de la mentira. De las portadas para imbéciles. Del alpiste diario de los que nadan a favor de la corriente. De la crueldad del vil metal. Del poder fáctico. Del Establishment.

Con todos los matices que quieran, hoy me siento muy orgulloso de ser del Atlético de Madrid y si me preguntan qué es lo que espero para el año que viene mi respuesta será muy sencilla: poder volver a sentir exactamente lo mismo dentro de 365 días.



PD. En la foto que ilustra el artículo aparece el que esto escribe.

Que nadie vuelva a olvidarse

Chelsea FC 1 - At. Madrid 3

No eran todavía las once de la noche pero el día ya se había terminado. Había pasado todo lo que tenía que pasar. En la calle los viandantes disfrutaban de una temperatura magnífica pero el salón de mi casa parecía un horno de pirólisis. Daba igual. Las sensaciones y los sentimientos estaban en otro sitio. Dos adultos, responsables y provechosos para la sociedad, nos abrazábamos torpemente dando saltos anárquicos que podrían parecer ridículos a ojos ajenos. Sudando euforia. Intentando emitir gritos guturales que, al menos en mi caso, no conseguían salir porque la garganta no daba ya para más. Oliendo a felicidad. Una felicidad que lo impregnaba todo y que salía a borbotones desde una pantalla de plasma en la que podíamos ver lo que en ese mismo momento estaba pasando a orillas del Tamesis, en el acomodado barrio de Chelsea (¿o era Fulham?). Un grupo de deportistas, de atletas, de atléticos, de amigos, un puñado de grandes profesionales, un señor equipo, alzaba los brazos al cielo londinense delante de miles de colchoneros entregados que parecían su prolongación en la grada. No lo parecían, lo eran. Matizado todo con esa pasión enfermiza, densa, intensa y muchas veces incontrolable que no todo el mundo es capaz de comprender. En ese momento, con el planeta tierra poniendo los ojos en el equipo de mis amores, con los jugadores correteando por el césped de Stamford Bridge, con los valientes de la grada disfrutando de su momento histórico, con el móvil si parar de pitar, recibiendo mensajes de felicitación desde cualquier esquina del mundo, con mi hermano (¡y el Richy!) al teléfono, mi padre gritando en su casa, mi tío celebrando la victoria en Abu Dhabi, con el recuerdo de mi abuelo en la cabeza, los amigos de los 50 lanzando whatsapps sin parar y abrazado a mi amigo Teno, recordé una frase de Séneca con la que algún día tendré que hacerme una camiseta: un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.

La noche empezó con nervios. No podía ser de otra forma. Por mucho que el insoportable rodillo mediático con el que tenemos la mala suerte de convivir los madrileños se hubiese encargado de hacernos recordar lo insufrible que va a ser vivir en esta ciudad con el equipo de TODOS, el “único” que para la prensa existe en este país y en esta ciudad, alcanzando la final de Champions, según se acercaba la hora del pitido inicial todo se olvidaba y la temperatura de la sangre que corría por las venas colchoneras se acercaba peligrosamente al punto de ebullición. Empezó el partido y el Chelsea impuso desde el principio su criterio. Ritmo pausado, pocos espacios y ningún riesgo. El Atleti, desposeído de las obligaciones de jugar en casa, aceptó el reto y se adaptó a esa forma de hacer fútbol que, en mi opinión, tan poco le conviene. Juego táctico en el que ganó Mourinho. El Atleti sin intensidad ni velocidad es una versión reducida de si mismo y aunque la situación estaba controlada, el balón dominado y los espacios cerrados, las posibilidades de ser diferente o de morder también eran limitadas. Mourinho lo sabía, pero el ya había apostado en la ida por esa versión del fútbol en la que el primero que falla, pierde. Koke estuvo a punto de dar la sorpresa nada más comenzar el encuentro lanzando un balón al larguero en eso que antes se llamaba centro-chut, pero ahí se acabaron las ocasiones.

Mediada la segunda parte pudimos darnos cuenta, por fin, de que el Chelsea es un equipo que triplica el presupuesto al Atleti y que eso le permite tener en su plantilla a jugadores como Hazard o William, capaces de vivir entre las rígidas ecuaciones de su entrenador e inventar cosas. El belga fue el que más talento puso por parte de los blues y el único capaz de buscar las cosquillas a la defensa atlética, especialmente por el lado de Juanfran, pero fue William el que realmente la lío, precisamente por el lado contrario. Jugada imposible en la que consigue marcharse de dos defensores, Filipe y Godin que no es cualquier cosa, para meter un balón al área que remata Fernando Torres, da en la pierna de Mario Suarez y entra en la portería de Courtois. El madrileño no celebró el gol pero a mí eso me daba igual. 1-o. Mal asunto.

Los cuervos negros aparecieron en lontananza y los buitres empezaron a volar en círculos salivando ante la presa que se avecinaba. Mourinho tenía el partido que quería y lo que hasta ese momento había mostrado el Atleti no parecía demasiado como para dar la vuelta al partido. En ese instante todos reparamos en que lo que estaba en juego era nada menos que una final de Champions. Palabras mayores. Pero es precisamente ahí, en esas circunstancias, dónde se mide a los equipos sobresalientes y el Atleti volvió a demostrar, en el mejor de los escenarios y con la mejor de las formas, que es un equipo sobresaliente. Levantó el pie del freno, dio un paso adelante, se adueño del balón y agarrado al escudo se fue a por el partido. Empezó a jugar en campo contrario con personalidad y sin complejos delante de un Chelsea que sí, se dejaba “querer”, pero que no sabía lo que se le venía encima. Antes de llegar al descanso los del Cholo ya habían dado la vuelta a la eliminatoria en una jugada prodigiosa que quedará en los anales de colchonerismo. Iniciada por un Koke que ayer se revalido como uno de los mejores centrocampistas del mundo, tirándose con rabia al suelo para recuperar un balón que se marchaba. El balón acabó en Tiago que realizó un cambio de juego hacía el lado derecho por el que entraba Juanfran. El lateral, nervioso en algunas fases del partido pero que nunca perdió la cara, consiguió tocar la pelota en la misma línea de fondo para meter un balón cruzado al segundo palo por donde llegaba Adrián. El asturiano había sido la gran sorpresa de la alineación. Simeone buscaba desborde e improvisación frente a una defensa cerrada como la londinense, lógico, pero las garantías que ofrecía el jugador eran muy pocas a tenor de la pésima temporada que había realizado. Pero Simeone es un hombre de fe y fe es lo que tiene en un jugador que él mismo cataloga de diferente. Adrián respondió realizando un partido más que decente y marcando probablemente el gol más importante de su carrera hasta el momento. Con la derecha, rematando con la espinilla, consiguió meter la pelota cercana a la escuadra y subir el empate a 1 al marcador. El Club Atlético de Madrid estaba en la final de la Champions League en ese momento. Y ahí se quedó.

La segunda parte fue sencillamente un tratado de fútbol contemporáneo por parte del Atleti. Opino que el debate sobre el mejor estilo para jugar al fútbol, esa bobaba de la posesión frente al contrataque, es una solemne estupidez. Una simplificación barata de algo mucho más complicado. De la misma forma que creo también que el futuro del fútbol pasa por equipos capaces de manejar varios registros en el mismo partido. De jugar replegado cuando hace falta, de manejar el balón si es necesario, de atacar y de defender. Eso es lo que hizo el equipo de Simeone. En lugar de colocar el autobús sacó al equipo del área y presionó arriba. En lugar de ceder el balón al Chelsea se lo quitaba cada vez que estos pretendían tenerlo en zonas de peligro. En lugar de jugar asustados prefirieron hacerlo con alegría. Con la valentía de un equipo que no se siente inferior a nadie. 

Diego Costa llegó con habilidad a un balón bombeado en el área del Chelsea teniendo la picardía de meter el pie antes de que lo hiciera Eto’o. El camerunés, impropio de un jugador de su talla, cometió un error digno de principiantes, regalando un penalti que resultaba definitivo. Esas son las cosas que pasan cuando los 22 futbolistas están en tu área y obligas al delantero centro a tener que defender. Ni los penaltis fallados ni el nefasto estado del césped en el punto fatídico fueron capaces de desconcertar a un Diego Costa que marcando la pena máxima ponía el partido franco y mataba los fantasmas del pasado. El abrazo con Simeone en la grada segundos después confirmaba todo eso. Desde ese momento hasta el final del partido el Atleti siguió dando una lección de fútbol que debería proyectarse en todas las escuelas pero especialmente en las de nuestro propio club. Si los de Mourinho parecían entregados ya a esas alturas lo parecieron todavía más después del tercer tanto. Un gol de el más grande. El genio de Bayrampasa. El gurú del ardaturanismo. Un tipo que remató de cabeza al larguero para recoger el rechace y marcar con el pie. Así es Arda Turan. Y yo me alegro.


Todavía no soy capaz de asimilarlo pero tengo tiempo para hacerlo. El Atleti, cuarenta años después, está en una final de la máxima competición de clubes del mundo. Mi equipo. Soy muy feliz por ello pero lo soy todavía más porque me siento totalmente identificado con esa plantilla, con ese entrenador y con esa forma de enfrentarse a la vida. Con humildad pero sin miedo. Con respeto pero con orgullo. Con ambición pero sin soberbia. Como fue, es y debería ser siempre el Club Atlético de Madrid. Que nadie vuelva a olvidarse de ello.

Frozen

At. Madrid 0 - Chelsea 0

Si el amable lector es progenitor de niñas pequeñas, por alguna razón tiene retoños de corta edad en su entorno más cercano o simplemente es un aficionado al cine de animación, sabrá, como yo, que Frozen es la última película de Walt Disney. En una adaptación muy sui generis de un cuento de H. C. Andersen bastante más complejo, la película nos presenta a una princesa con poderes para transformar en hielo todo aquello que le rodea. Un poder que no logra controlar y que se hace mucho más intenso, peligroso e incontrolable cuando el miedo aparece en su portador. Cuando el tal Eriksson, inefable árbitro del encuentro, pitaba el final del partido de la ida de las semifinales de Champions league con el marcador anunciando un triste cero a cero, fue Frozen, su princesa Elsa y esa capacidad para congelar todo su entorno, lo que me vino a la cabeza. Porque eso es lo que para mí fue el Chelsea. Un poderoso Príncipe de los Hielos con una capacidad sobrehumana para congelar todo lo que ocurría a su alrededor.

El partido era una fecha señalada, no ya para los aficionados colchoneros que tenemos la suerte de portar un abono que nos permite sentarnos en la grada, sino para la propia historia del club. Pocas veces el Atleti ha jugado una semifinal de la máxima competición europea así que actuar como si no fuese así (que a algún iluminado he visto) sería muy petulante e incoherente por nuestra parte. Pero tampoco tenía sentido acudir con la cabeza gacha y sensación de inferioridad porque, igualmente, no era la primera vez que el Atleti estaba en esa tesitura como club (como también algún iluminado, en este caso supuesto profesional, ha tratado de hacer ver). Simeone ha puesto equilibrio en el sentimiento y por fin nos ha hecho estar, física y espiritualmente, en el lugar que nos corresponde. Afortunadamente el entorno, a diferencia de otras veces, creo que está respondiendo. Los aledaños del Calderón eran ya una caldera de orgullosos, animados y optimistas aficionados una hora antes del pitido inicial, pero los segundos previos elevaron todavía más la temperatura. Los mosaicos de la grada o el himno a grito pelado de la afición recordaron a la mágica noche de la eliminatoria anterior y todo apuntaba a noche épica, aunque el sol brillaba todavía en el cielo cuando el balón comenzó a girar… Entonces apareció el Chelsea y su poder para transformar todo en hielo. A la vez que el sol caía, se apagaba la grada, se apagaba la intensidad, se apagaba el ritmo y se apagaba el fútbol. Así durante 90 minutos hasta que se apagó el partido para dejar todo congelado.

Es muy difícil hacer una crónica futbolística del Atleti-Chelsea sin recurrir a fríos datos estadísticos (¿congelados?) o sesudas y aburridas disquisiciones tácticas. Hagámoslo rápido. Mourinho entendió desde el principio que el Atleti es un equipo grande y como tal planteó el partido. Estudiado su rival decidió destapar su particular tarro de las esencias. Ese que, recordémoslo, le ha hecho campeón de Europa. Planteamiento ultra defensivo, espectacular capacidad de repliegue, brutal habilidad para cerrar espacios o anular el dinamismo de Diego Costa y elevadísimo nivel de intensidad y concentración en sus jugadores. El miedo, como la princesa Elsa, hacía que su poder de congelación fuese todavía más intenso y se multiplicase hasta límites incontrolables. Y lo consiguió. Eso sí, a costa de renunciar al balón, a la transición en ataque, al centro del campo como línea de creación y al juego de delantera. El Atleti desde mi punto de vista planteó bien el encuentro. Tuvo la iniciativa, movió el balón, trató de ganar y anuló la potencial salida vertical del Chelsea. El único pero que podría ponerle es quizá no tener algo más de calidad en su plantilla y algo más de paciencia a la hora de elaborar la jugada esperando el momento adecuado. Pero es evidente que el Atleti no se encuentra cómodo en esa tesitura de dominar el partido con el balón en los pies sin espacios y también era muy complicado hacerlo, sabiendo que un error en un pase horizontal de los centrocampistas era una ocasión clara del Chelsea y la posibilidad de perder la eliminatoria.

El partido fue una sucesión de intentos del Atleti por hincar el diente al autobús londinense, principalmente por banda y colgando balones laterales, que realmente provocaron muy pocas ocasiones de gol y de escasa relevancia todas ellas. Enfrente había una roca impenetrable. Inofensiva también. Ya desde la primera, parte pero mucho más en la segunda, apareció además ese otro fútbol (a la Caparrós) que a mí, a diferencia de cualquier planteamiento táctico, sí que me parece lamentable. Uno puede entender el fútbol tácticamente como quiera y será siempre formalmente lícito (aunque moralmente cuestionable) pero lo que entiendo que no es lícito, ni legal, son las continuas pérdidas de tiempo en cada saque a balón parado, tirarse al campo con repentinos ataques epilépticos cada dos por tres y ese infinito catálogo de recursos al borde del reglamento para congelar el ritmo del partido. El tiempo real de juego fue mínimo. Claro que mucha culpa de ello la tiene un árbitro lamentable que, sin ser crucial en ninguna jugada clave (quitando la tarjeta a Gabi y la no segunda tarjeta a Lampard), desarrollo un ejercicio lamentable de filibusterismo que favoreció (¡sorpresa!) al equipo rico. Un ejercicio que los periodistas calificarán de “político”.

El partido terminó como empezó, congelado, pero con un Atleti, probablemente sacado de quicio por la actitud del rival, que en los últimos minutos se fue excesivamente arriba, corriendo unos riesgos a la espalda que sinceramente a mí me parecieron gratuitos. No entendí esa necesidad de arriesgar tanto en ese momento del partido viendo lo que estaba ocurriendo y sabiendo que un gol del Chelsea era prácticamente renunciar a la eliminatoria. En el capítulo de sucesos cabe destacar la significativa lesión de Cech tras entrada de Raúl García (no he visto la repetición pero en el campo me dio la sensación que empujaban al navarro) que provocará la ausencia del buen cancerbero en Stamford Bridge. Tampoco estará allí nuestro capitán, Gabi, pieza que se me antoja tan importante o más que la baja del rival.

Así que las espadas están en todo lo alto. Realmente es como si la ida no se hubiese disputado y todo se tuviera que decidir en el feudo de los blues. Personalmente creo que tenemos las mismas posibilidades que teníamos al inicio de la eliminatoria. Ni más ni menos. Veremos lo que pasa. En la película lo que provoca que se rompa el hechizo y se descongele la preciosa ciudad de Arendelle es simplemente el amor verdadero. Pero no el amor verdadero de las películas clásicas de Walt Disney en las que un príncipe apolíneo y musculado besa a una princesa frágil y sumisa, sino el amor entre hermanos, que es mucho más poderoso. Un tipo de amor que evidentemente no puede corresponderse con el dinero masivo y moteado de polvo que viene del esquivo sistema monopolista del gas natural ruso, sino del de miles de personas aferradas a fuego, e independientemente de los resultados, a un sentimiento abstracto y centenario. Saliendo del estadio escuché el himno y lo vi claro: donde luchan como hermanos…    

Querer ser lo que uno es

At. Madrid 1 - FC Barcelona 0

“yo me voy al Manzanares, al estadio Vicente Calderón…”

Decía Erasmo de Rotterdam que la felicidad consiste principalmente en querer ser lo que uno es. Tenía razón. Los aficionados al Atlético de Madrid, al menos, lo entendemos así. Me consta. Somos del Atleti porque no entendemos que se pueda ser de otra manera y además nos parece una solemne estupidez tener que explicarlo. Si no lo entiendes es evidente que no eres de los nuestros. Somos del Atleti porque somos felices. Porque somos exactamente lo que queremos ser. Porque además estamos generalmente orgullosos de serlo. Independientemente de si la pelota entra o no. Porque anclamos los pilares de nuestra razón de ser en cosas que no se pueden comprar con dinero, por mucho que los pragmáticos monstruos que mueven los hilos del mercado quieran convencernos de otra cosa. Voy al Manzanares porque allí soy feliz. Porque, independientemente de lo que ocurra, seguiré siendo feliz por el simple hecho de sentirme parte de esa cosa etérea e indefinida que denominamos Club Atlético de Madrid. No miren al marcador para entenderlo. Miren al escudo. No busque explicaciones en el presupuesto ni en nombres rimbombantes con origen en lugares exóticos. Para entenderlo observen mejor la sonrisa sincera y natural de un jugador de fútbol profesional enfundado en la casaca rojiblanca mirando a una grada que lo ha transportado en volandas hasta conseguir llegar a la semifinal de la Champions League.

“…donde acuden a millares, donde gustan del fútbol de emoción”

Llevo toda la vida acudiendo al estadio Vicente Calderón pero no recuerdo muchas noches iguales. El Manzanares ha estado abarrotado otras veces. Otras veces hemos hecho mosaicos y otras veces la gente se ha dejado la garganta pero lo de este partido contra el Barça ha sido otra cosa. No sé cómo se vería a través de la televisión pero cualquiera de los que allí hemos estado sabemos que hemos asistido a algo especial. Único. El ambiente era exagerado. La presión brutal. La emoción extrema. Pero a diferencia de lo que puede ocurrir con equipos perdedores, en nuestro caso los nervios, que los había, se transformaban en energía positiva que llegaba al campo. ¡Desde luego que llegaba! El Equipo salió a comerse al Barcelona. Con una intensidad, unas ganas y una forma de jugar al fútbol que nadie podía imaginar. Los primeros quince minutos del Atleti fueron soberbios. Rozando la excelencia. Una apisonadora que aplastó a todo un FC Barcelona. Mordiendo en el mismo área blaugrana y obligando a los del Tata a parecer un equipo vulgar, incapaz de saber qué hacer con la pelota. Amagó Raúl García con un tiro lejano pero eso no era nada. En una jugada que luego se repetiría mil veces, balón largo la cabeza del navarro que prolonga a la espalda de Dani Alves, Adrián se plantó delante de Pinto para empotrar el balón en la cruceta. Mala suerte para el asturiano, señalado por Simeone en la previa en otro de esos gestos del Cholo que lo reivindican como entrenador excelso, que no empaña sin embargo un gran partido por su parte. Si Simeone es capaz de recuperar para la causa a un excelente jugador como Adrián, el tema de la canonización habría que ir empezándolo a mover. Pero la jugada no terminó ahí. El Atleti, enchufadísimo, siguió mordiendo y Villa, otro que demostró ser un magnífico profesional y todavía un jugador muy aprovechable, consiguió colgar el balón al área con la izquierda. Adrían, otra vez, dejó los fantasmas a un lado para elevarse a los cielos en un salto portentoso, ganando la partida al defensor catalán y mandando el balón al otro palo por donde apareció Koke para marcar el 1-0. El éxtasis en la grada. En mi vida me he abrazado a más gente desconocida en tan poco tiempo.

“…porque luchan como hermanos…”

Pero el Atleti no se quedó ahí. Henchido de furia, sintiéndose poderoso, con un nivel de concentración sobrehumano y disfrutando de jugar fútbol, el equipo colchonero siguió dominando, a su manera, y poniendo en dificultades a un equipo blaugrana que parecía grogui. Impidiendo a base de presión y entrega que el rival pudiera jugar el balón, pero defendiendo como la roca que acostumbra cuando el Barça cruzaba el centro del campo. Una vez más (y van…) un excelente planteamiento táctico de Simeone que es para enseñarlo en las escuelas de fútbol. El Atleti pudo haber resuelto en esa primera media hora pero los palos de la portería se lo impidieron. El bueno de Villa se topó por dos veces con el larguero, tras dos buenas jugadas verticales de los madrileños. Sólo al final del primer tiempo el Barça tomó consciencia de lo que se jugaba y rondó con cierto peligro la portería de Courtois, pero nunca con demasiada presencia y siempre a base de balones colgados.

“…defendiendo sus colores….”

La segunda parte siguió el mismo guión que habían tenido los últimos minutos de la primera. Un Atleti algo más replegado y un Barça con mayor posesión que sin embargo seguía huérfano de ideas para atacar la tela de araña diseñada por Diego Pablo Simeone. Mientras Messi, Iniesta, Cesc, Neymar, Xavi y el resto de superestrellas del Barça se hundían en el imaginario pozo del ostracismos (de hecho Iniesta fue sustituido en una decisión difícilmente interpretable para un admirador de Iniesta como yo) los que vestían de rojiblanco se fundían cada vez más en un solo concepto. En una sola forma. En un equipo. EL equipo. Porque si hay algo que caracterice a este sueño firmado por el Cholo es precisamente eso. La capacidad de ser un todo. Único e indivisible. Capaz de hacer un partido excelso cuando sus dos máximas estrellas, Diego Costa y Arda Turan, estaban en la grada. Por eso me cuesta tanto destacar jugadores concretos en partidos como este. Pero tengo que hacerlo. Si los once que saltaron al campo estuvieron a una altura máxima, quiero quedarme especialmente con dos nombres. Koke, que volvió a dar una lección de futbolista total. De los que atacan, defienden, marcan goles, ordenan las filas, dan el último pase, equilibran y desequilibran. Un jugador 1o que además es de la cantera y es del Atleti. Y Tiago, que volvió a dar una lección magistral de lo que es jugar de mediocentro. Pero sería injusto desmerecer a una defensa que a fuerza de jugar siempre rondando la perfección olvidamos lo buena que es. O de ese Gabi que representa el escudo colchonero en un jugador. O de Raúl García que, pese a quién pese, es cada día más importante en este equipo. El partido transcurrió con la emoción propia del evento y con los gritos desaforados de una grada que volvió a ser el duodécimo jugador rojiblanco pero pensándolo en frío, tampoco se paso especialmente mal. El Barça tuvo sus opciones, sí, pero fueron puntuales. Fruto de balones colgados y con remates de cabeza que salieron desviados. Su mejor jugada fue una internada de Neymar que desbarató Courtois tirándose como una gacela a sus pies. Los últimos cinco minutos los vivimos de pie, abrazados en la grada y sufriendo pero en el ambiente podíamos notar, desde hacía ya muchos minutos, el delicioso olor de la victoria. El árbitro pitó el final y se desató la euforia.

“…con un juego noble y sano…”

50.000 adultos sonreímos como niños en ese vetusto cemento que sostiene el Vicente Calderón. Reímos, lloramos, nos abrazamos sin conocernos y buscamos la forma de expulsar la adrenalina que se había acumulado hasta saturar nuestro cuerpo. Los jugadores, rotos físicamente, hacían lo mismo sobre el césped antes de volver a los vestuarios. Pero allí no se marchaba nadie. No queríamos que ese delicioso momento, ese cenit de la felicidad que supone ser seguidor del Atlético de Madrid, acabase todavía. A base de ruido y pasión obligamos a los jugadores a volver al césped para disfrutar de una fiesta de la que por supuesto formaban parte. Como héroes anónimos que, altruistamente o no, habían dado todo lo que tenían por una idea. Por un símbolo. Por un equipo. Por el Club Atlético de Madrid. Todavía no habíamos reparado en ello entonces pero en ese momento éramos semifinalistas de la Copa de Europa. Después de 40 años.   


“…derrochando coraje y corazón.”

Ni un solo pero

FC Barcelona 1 - At. Madrid 1

El mundo del fútbol es un campo abonado de tópicos. De frases hechas. Ya saben, todo eso del once contra once, voy a darlo todo por esta camiseta, lo único que podemos hacer es seguir luchando, etc. Estamos tan acostumbrados a lidiar con ello que, actuando en sintonía con el estado de descomposición del fútbol en el que nos encontramos, apenas reparamos en el significado de lo que escuchamos. Pero hay ocasiones en las que deberíamos hacerlo. Especialmente si usted es aficionado al Atlético de Madrid. Seguro que, sin rebuscar mucho en la basura, serán hoy capaces de encontrar a más de un oportunista buscando y resaltando los peros del enfrentamiento del equipo de Simeone contra al Barcelona. Seguro, no me cabe duda. No creo que les cueste encontrar tampoco algún comentario negativo o insultante, supuestamente ingenioso, de alguno de esos periodistas que incluso dice simpatizar con el equipo colchonero y que, en realidad, únicamente buscan el tono amarillo de una información que busca escandalizar. Nos ha tocado desgraciadamente lidiar con esa suerte de mundo paralelo y desagradable pero a mí ya me da igual. El actual Atlético de Madrid es un equipo que da TODO lo que tiene y eso es lo que a mí me hace ser feliz. Todo. Hace todo lo que puede y lo hace lo mejor que puede. Así de simple. Así de complicado. Compensa las carencias de presupuesto haciéndose más equipo, sustituye la falta de calidad por rigor táctico y prescinde de la suerte para agarrarse a la fe. Por eso creo que es absurdo ponerle peros a esta plantilla, a este equipo y a este entrenador. No los busque. No los tiene.

El partido podría parecer que se trataba de otro partido cualquiera pero no lo era. Los propios jugadores se encargaron de dejarlo claro. Estamos hablando de unos cuartos de Champions. No sé ustedes, pero yo no estoy acostumbrado a lidiar en estos terrenos. Algo que probablemente puedan decir también los once rojiblancos (ayer de amarillo) que saltaron al campo pero que sinceramente, no lo parecía. Los primeros diez minutos del cuadro de Simeone fueron espectaculares. De equipo de élite. Robando el balón a todo un Barcelona, jugando en campo contrario y llevando peligro. De hecho en apenas unos segundos tuvo la primera ocasión de gol, que a la postre sería la más clara de todo el partido en ambas porterías. Un desafortunado Villa, que sigue en esa lenta pero inalterable caída hacia el ostracismo, no acertó a meter el balón entre los palos a pocos metros de la línea de gol y todos pensamos que pagaríamos la osadía. El Atleti siguió en esa misma tesitura valiente, poderosa y temible para los rivales que le ha llevado a estar en el lugar en el que está. Midiéndose de tú a tú con un equipo que le cuadriplica el presupuesto y que ha dominado el mundo del balompié en la última década. Aguantó en ese formato algunos minutos más pero poco a poco los del Tata empezaron a encontrar su juego y mediada la primera parte apareció su mejor versión. Con circulación rápida de balón, constante movimiento de sus delanteros, cambios de banda y lo que es más importante, ahogando la salida del Atleti a base de presión en la misma frontal del área. Fueron unos minutos de agobio para los del Cholo que sin realmente sufrir ocasiones en contra, empezaron a pasarlo mal. La cosa se puso todavía peor cuando Diego Costa se echó la mano a la pierna y tuvo que abandonar el campo por recomendación de un Simeone que intentaba convencer al crack rojiblanco de que lo hiciera. Duro revés, que trajo consecuencias en el partido y que probablemente traerá consecuencias en la temporada. Pero el Atleti no se arruga ni siquiera en los peores momentos. Al fin y a la postre el éxito de este grupo de jugadores es que siempre, independiéntemente de los protagonistas, han actuado como equipo y así lo siguieron haciendo. Así lo van a seguir haciendo. No tengo ninguna duda. El partido siguió con la salida de Diego Ribas al campo y aumentando un punto el nivel de intensidad y derroche físico que a esas alturas ya era sobrenatural. Y así, a base de trabajo y esfuerzo el Atleti pudo igualar el partido y ralentizar el empuje blaugrana, al menos hasta el descanso.

La segunda parte fue otro prodigio de derroche por parte de ambos equipos. Un Atleti mostrando su mejor versión de equipo aguerrido, duro, correoso y tácticamente impecable, frente a un Barcelona rabioso, muy intenso y que además empezó a tocar la pelota como los ángeles. Especialmente gracias a un magistral Iniesta que decidió quedarse con el balón y dar una lección de como se juega al fútbol. Pero en ese escenario, en una de las pocas estiradas de los colchoneros, apareció la calidad que también tiene el equipo madrileño. Una balón, que aparentemente no tenía ningún peligro, fue conducido por Diego Ribas escorado a la derecha que armó su pierna para lanzar un cañonazo brutal que se coló por la escuadra de Pinto. Quiero creer que no me llevo por la emoción si digo que es uno de los goles más espectaculares que he visto en mi vida. Por lo plástico del resultado, por el escenario y por el momento. El 0-1 puso el corazón a la altura de la nuez en todos y cada uno de los aficionados rojiblancos, que empezaron creer en que el sueño era posible. Y lo siguió siendo durante algunos minutos más en los que el acoso de los Iniesta, Messi, Xavi, Neymar y compañía no pasaba de la frontal del área. Pero poco a poco todo se fue haciendo mucho más complicado. No es casualidad que coincidiese con el agotamiento físico de los jugadores de Simeone que exhaustos, daban muestras ya de no poder más. Echados descaradamente atrás, intentaron sobreponerse a los ataque cada vez más peligrosos de un Barcelona dolido. Así que en uno de esos ataque Iniesta fue capaz de, por fin, ver un pase entre líneas de esos que sólo los grandes genios son capaces de ver. Neymar ganaba así la espalda de Juanfran y hacía el empate a uno. Desde ese momento hasta el final, el partido fue un acoso constante de los del Tata frente a unos jugadores rojiblancos agotados, que sin embargo nunca perdieron la cara ni el rigor, a excepción de un lamentable Sosa que saltó al campo cuando más ayuda se necesitaba para demostrar el tipo de jugador pusilánime que parece ser. No sólo fue incapaz de estar a la altura de las circunstancias sino que estuvo a punto de destrozar todo lo que se había conseguido. Pero allí estaba, gracias a Dios y al Chelsea, San Courtois. El belga volvió a demostras con varias intervenciones antológicas en los momentos más críticos del partido que es uno de los mejores porteros del mundo. No creo que nadie lo discuta ya a estas alturas.

El empate a uno es un magnífico resultado, inimaginable al inicio del partido, pero que no debe hacernos ser ingenuos. La eliminatoria sigue totalmente abierta. Tampoco seamos agoreros. Estamos vivos y tenemos posibilidades de pasar a semifinales. Es así. A estas alturas de película los aficionados al Atleti nos hemos ganado el derecho de poder soñar con lo que queramos. Es lícito y nos lo hemos ganado. Hagámoslo y no pensemos de momento en otra cosa. Que ningún anormal nos quite el instante ni ensucie, aunque sea de refilón, una temporada que ocurra lo que ocurra será digna del mejor de los recuerdos. Ni un sólo pero.

Allá ellos

At. Madrid 4 - AC Milan 1

Si ustedes hacen el gran esfuerzo visual de enfocar la vista en el escudo del Club Atlético de Madrid, observarán, para su asombro, que en el mismo aparece el Oso y el Madroño. Si además disponen de unos conocimientos básicos del común acervo cultural, podrán relacionar, fácilmente también, que ese es precisamente el emblema de la ciudad de Madrid, villa y corte de España, lo que hace indicar que el Club Atlético de Madrid es un equipo madrileño y español. Les digo esto, que puede parecer de Perogrullo, porque no es tan evidente si ustedes viven en esa bendita ciudad, viendo la televisión, escuchando la radio y leyendo los periódicos. Para entender lo que les digo, basta echar un vistazo a la portada de los dos principales diarios “deportivos” madrileños en el día en el que el Club Atlético de Madrid se jugaba su pase a cuartos de la Champions League (después de casi 20 años) y frente a un equipo histórico, de esos que dan lustre a cualquier estadio de fútbol, como el AC Milan. El diario MARCA, en su esforzada búsqueda por aumentar la felicidad de lo que han entendido que es su único cliente, dedicaba su primera página a las cuitas y dramas de un tal Messi. El diario AS, en esa lucha denodada por los mismo objetivos de su rival (que básicamente consisten en obtener respuestas reflejas tipo Pavlov en lo que quede de cerebro en su cliente de referencia),  iba un paso más allá en ese paseo por las cloacas más inmundas de la manipulación y las artes de la desestabilización que normalmente practica. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos acostumbrados a estas alturas a vivir al margen del poder, a desconfiar de los vendedores de crecepelo y a sacar pecho viviendo en un mundo en el que al parecer molestamos. Hemos aprendido a sobrevivir entre zarzas y elementos hostiles. Hemos desarrollado una coraza natural para evitar que el desdén tóxico que nos rodea nos afecte, así como para conseguir que la escoria resbale de forma innocua por nuestra epidermis. Sólo puedo hablar por mí, evidentemente, pero tengo la sensación que toda esa pelota de mierda ya nos da igual. Nos hemos acostumbrado a sus formas de matón y su pestilente hedor así que podemos convivir con ello. Pero eso no quita para que los insultos sigan siendo insultos, las puñaladas sigan siendo puñaladas y que los dardos envenenados se claven de vez en cuando extendiendo su veneno. Tiene narices, pero también cierta lógica, que se me venga todo esto a la cabeza precisamente ahora, cuando acabamos de pasar por encima del AC Milan y colocarnos entre los 8 mejores equipos de Europa. Después de asistir a una preciosa fiesta del fútbol en directo y de disfrutar de un sentimiento y de una emoción que lamentable quedará reducida al fabuloso ostracismo de los que nos sentimos aficionados al Club Atlético de Madrid y tenemos la suerte de poder acceder al epicentro del fenómeno. Allá ellos. Los que manipulan los hilos y los que comen mentira. Los que pisan al que tengan que pisar con tal de seguir chupando y los que, incapaces de mirar más allá de la punta de su nariz, siguen pensado que lo que sale en los periódicos es verdad. Allá ellos. Yo en cualquier caso soy seguidor del Club Atlético de Madrid. Con todo lo que eso implica. Es más, lo seguiré siendo.

El partido amaneció precioso. Con un Vicente Calderón lleno, coloreado con furia de rojo y blanco, sonando a fútbol de élite y oliendo a fecha histórica. Un nutrido grupo de tifossi milanistas se apelotonaba en el fondo norte mientras otras tantos se mezclaban en la grada general. Cerca de mí podía ver a varios. Ello, lejos de suponer una amenaza o un inconveniente, como probablemente intuyan los periodistas profesionales que escriben sus crónicas desde la redacción al abrigo de la calefacción central, impregnaba todavía más el ambiente de fútbol. De puro fútbol, el de verdad. De fútbol en directo, que es el único que puede sentirse en la piel. El Atleti salió como uno bisonte al campo. Presionando con furia, intenso y consciente de lo que había en juego. Raúl García era de la partida inicial en detrimento de Villa y Diego (mi opción favorita) en una decisión que no comparto pero que evidentemente respeto con toda el alma. Enseguida el partido se rompió por el marcador. Gabi robó el primer balón de los millones de balones que robaría después y se la pasó a Koke para que el canterano metiera el balón en el área y Diego Costa estirara su gadchetopierna, conectando con el esférico y metiéndolo en la red. 1-0. La cosa pintaba bien. La euforia se desató en una grada que adornaba la permanente sonrisa que tenemos desde que llegó Simeone con las banderas rojiblancas que alguien había dejado en nuestros asientos.

Entonces ocurrió el único borrón de la noche. El Atleti suele ser un equipo que lee muy bien los partidos, con gran capacidad para controlarlos y llevarlos al terreno que más le conviene. Especialmente cuando va por delante en el marcador. Esta vez no fue así. Si en esas circunstancias el equipo normalmente defiende fuera del área y se mantiene muy presionante en zona de tres cuartos, ahora se echaban unos metros más atrás, demasiado cerca del área y bajaban la intensidad. Para más Inri, cada robo de balón (siempre muy atrás) iba acompañado de una pelotazo sin criterio que provocaba que el Milan siguiese en campo colchonero perfectamente colocado. Esa forma de actuar supuso una invitación al rival para que se sumara al partido y el Milan, que es el Milan, lo hizo. Se adueñó del balón, se plantó en la frontal del área, empezó a jugar y empató el partido. Lo hizo Kaká, de cabeza, con un balón colgado a la espalda de Juanfrán, que es uno de los puntos más vulnerables del equipo. Los gritos de los aficionados italianos empastaban con cierto runrún que flotaba en el ambiente y que invocaba a los fantasmas del pasado. El Atleti sacó de centro tratando de animarse pero parecía aturdido. Los de Seedorf lo vieron, sus aficionados también, entendiendo que su oportunidad de remontada pasaba por ahí y ahí estuvieron durante varios minutos. Hasta que llegó el elegido, el grande, el genial Arda Turan. El único capaz de salirse del guión castrense de Simeone con una sonrisa y el aplauso enfervorecido de su propio entrenador. El turco, que cuajó un buen partido, disparó desde la frontal del área un balón que rebotó en la pierna de un rival para colarse en la portería de Abbiatti poco antes del descanso.

La segunda parte fue ya otra cosa. El Atleti volvió a su guión habitual y ahora sí controló el partido como sabe. Asfixiando la salida del rival, compactándose en el repliegue y llevando el balón hasta campo contrario para quedarse a jugar allí. En ese contexto brilló Diego Costa, que volvió a deslumbrar a toda Europa demostrando el inmenso jugador que es y brilló también Raúl García que si bien su labor es más bien discreta en casi todas las facetas del juego, a la hora de rematar es un auténtico killer. Casi mete por la escuadra un remate de chilena que de entrar hubiese abierto todos las televisiones del mundo (menos las españolas, evidentemente) pero  tiró de modestia sin necesidad de trascender para meter el tercero de cabeza, tras saque a balón parado marca de la casa. Pero si brillaron Costa y Arda y Raúl García, me van a permitir que yo me quede con nuestro capitán. Don Gabriel Fernández Arenas. Un líder dentro y fuera del campo. Una referencia para el colchonerismo. Un futbolista ejemplar, discreto y humilde. Un símbolo de entrega, superación y compromiso. Un orgullo para cualquiera que se considere no sólo del Atleti sino amante de este deporte. El capitán completó un partido soberbio (y lleva varios últimamente) iniciando la presión, tapando los errores de los compañeros, equilibrando el equipo en defensa y en ataque, robando, construyendo y hasta llegando a la portería rival. Grande Gabi. Muy Grande. La guinda al pastel la puso de nuevo Diego Costa en la enésima jugada de combinación desde que Diego Ribas había saltado al campo y que acabó con un derechazo al poste que besó finalmente la red. 4-1 al AC Milan en octavos de Champions League. Repitan la frase y piensen sobre ello.


¿Y ahora qué?, preguntarán. Pues lo que venga, opino yo. Llegados a este punto la complicaciones se multiplican y factores como la suerte o el momento exacto en el que tengas que jugar un partido son elementos clave que pueden definir el futuro. Quedarán 8 equipos, casi todos grandes monstruos económicos y alguna anomalía extraña que en principio podría parecer asumible. Qué sé yo. No me gusta jugar a adivinar el futuro así que no voy a empezar a hacerlo ahora. Lo único que tengo claro es que, venga lo que venga, lo tomaré como lo que es, como una fiesta. Como un éxito. Como un triunfo. Digan lo que digan los demás. Los otros. Allá ellos. 

El equipo del diablo

En 1891 Herbert Kilpin, un inglés nacido en Nottingham que trabajaba de asistente en uno de los numerosos almacenes de encajes de la ciudad británica y que también actuaba de esforzado defensa en el Notts Olympic local (y más tarde en el equipo de la parroquia de St. Andrews), decidió aceptar la propuesta que le hizo Edoardo Bosio, un empresario italo-suizo especializado en la industria textil y muy bien conectado con los productores de encajes locales. La idea era trasladarse a Turín para ayudar a la implantación en Italia de los telares mecánicos que ya funcionaban en Inglaterra y que él conocía. Muchos aficionados del AC Milan probablemente no lo sepan pero con la respuesta afirmativa del señor Kilpin, comenzaba la leyenda rossonera. Una de las más importantes del balompié europeo y mundial.
Edoardo Bosio, que había sido residente en Londres durante años, era ya para entonces un gran aficionado al incipiente deporte del foot-ball y junto al bueno de Kilpin se llevó de Inglaterra un balón de cuero, una delicatesseen entonces para el resto de Europa, con la intención de extender el nuevo deporte por tierras turinesas. Con ese balón y en ese mismo año (1891), Bosio fundó el Internazionale Torino que, según se cree, fue el primer club de fútbol de Italia y que tuvo a Kilpin como uno de sus jugadores. Pero años más tarde, en 1897, Kilpin decidió abandonar Turín para asentarse más al este, en la pujante ciudad industrial de Milán. Allí, en la Fiaschetteria Toscana (una taberna situada en el número 1 de la Via Giovanni Berchet, muy cerca de las Galerías Vittorio Emanuele) se fue formando con el paso del tiempo un improvisado espacio dedicado a la tertulia para expatriados ingleses, aficionados al Cricket en su mayoría y minoritariamente al Foot-ball. Poco a poco se fue pergeñando la idea de organizarse para jugar a los añorados deportes patrios y así, un grupo de aquellos ingleses, reunidos en alguna sala del entonces Hotel du Nord (hoy Hotel Principe di Savoia en la Piazza de la Repubblica), decidieron en diciembre de 1899 fundar un nuevo club deportivo denominado Milan Cricket & Football Club, cuya primera sede sería la misma taberna en la que venían reuniéndose regularmente. Kilpin fue el jugador-entrenador y principal baluarte de aquel primer equipo, dirigido en su vertiente futbolística por su compatriota Alfred Edward, al que, por ser más veteran,o le cedió la presidencia. El equipo nació ya entonces con los colores actuales, el rojo y el negro, que la historia (o la leyenda, nunca se sabe) atribuye a las propias palabras de Kilpin: “rojo porque seremos del diablo y negro porque daremos miedo a todo el mundo” ("rosso perchè saremo dei diavoli e nero perchè dovremo metter paura a tutti"). El club sigue respetando actualmente el nombre original con su acepción inglesa (Milan) y no italiana (Milano), en honor al origen británico de la institución.
En pocos meses el equipo fue inscrito en la Federación Italiana de Fútbol y tan sólo unos días después de disputar su primer partido oficial (perdiendo contra el FC Torinese) consiguieron ya ganar su primer título oficial: La Medalla del Rey (Medaglia del Re). Un año más tarde, en 1901, consiguen también su primer Campeonato de Italia, el antecedente de la actual Serie A, ganando al Genoa (monopolizador de los primeros años del torneo) con 3 goles del propio Kilpin. Rápidamente la sección de fútbol del club despertó un gran interés entre los italianos locales, generando un nutrido grupo de socios y aficionados al equipo. Pero en 1907, una controvertida decisión de la federación italiana, claramente influenciada por las corrientes políticas de la época, obligó a que el torneo nacional tuviese que ser disputado exclusivamente por jugadores italianos. Aquello provocó una importante revuelta en el fútbol local que levantó numerosas protestas y de la que surgieron torneos alternativos (como la Copa Spenley) que evitaban esa absurda norma. El Milan no estuvo de acuerdo con la nueva reglamentación pero formalmente la aceptó y siguió inscribiéndose también en el torneo de la federación, algo que algunos socios interpretaron como una traición al propio origen de la entidad. Por ello, un grupo de 43 disidentes reunidos ese mismo año en el restaurante Orologio decidieron escindirse para crear una entidad independiente que no distinguiese entre nacionales y extranjeros. Nacía de esa forma el Internazionale Milano y por ende el derby della Madonnina, la histórica rivalidad Milan-Inter, bautizada así en honor a la estatua de la Virgen María que corona la catedral de Milan. Durante décadas esta rivalidad llevó aparejada una componente social (potenciada durante los años de Musolini en los que los contactos políticos favorecieron la fusión de Inter con el otro rival histórico del Milan, la Unione Sportiva Milanese, para crear la Ambrosiana) que asociaba a los aficionados al Inter con la burguesía y las clases altas mientras que el Milan lo hacía con el proletariado. Esa división, que algunos siguen citando actualmente, se ha difuminado considerablemente y no se corresponde ya con la realidad actual.
El inicio de la primera guerra mundial paralizaría todas las competiciones nacionales e iniciaría un periodo bastante negro durante casi cuatro décadas. En 1919, dado que la sección de Cricket había quedado prácticamente reducida a la anécdota, se modificaría el nombre oficial por el de Milan FC hasta que los estragos del fascismo, que no tenía especial simpatía por los orígenes británicos del club, obligasen a modificar de nuevo el nombre por el de Associazione Calcio Milano en 1938. Antes, en 1926 se inauguraría el estadio de San Siro, que compartiría con su máximo rival, y que aunque en 1980 cambiaría su nombre oficial por el de Giuseppe Meazza, en honor a la figura del fútbol italiano, los aficionados milanistas, debido lógicamente al reconocido pasado interistas del señor Meazza, han preferido seguir denominando su estadio con el mismo nombre del barrio en el que se ubica, San Siro. Concluida la segunda guerra mundial, el club puede recuperar en su nombre el origen inglés de la institución así que a partir de 1945 pasa a denominarse AC Milan ya definitivamente.
No es hasta la década de los 50, con cinco jugadores suecos en sus filas, cuando vuelve la gloria al Milan y lo hace ganando la Serie A italiana en 1951 (sería su cuarto título) y la Copa Latina (segunda competición europea más importante de la época por detrás de la Copa Mitropa). En 1955, tras volver a ganar el Scudetto, participa en la primera edición de la Copa de Campeones de Europa (antecedente de la Champions League), siendo el primer equipo italiano que lo hace y título que ganaría menos de una década después. Antes tuvo que aterrizar en el club el legendario Nereo Rocco, para muchos el pionero del Catenaccio en Italia y uno de los grandes héroes de la historia milanista. Con él en el banquillo y su filosofía en el campo, lograban en 1963 alzar el máximo tornero europeo, imponiéndose al Benfica de Eusebio en el estadio de Wenbley. Rocco permaneció un total de 8 temporadas en el equipo (separadas en dos periodos) en los que además de varios “Scudettos” conquistaron la primera Recopa de Europa (1968), una nueva Copa de Europa (1969, en el Bernabéu y frente al Ajax de Cruyff) y Una Copa Intercontinental (1970, frente a Estudiantes de La Plata).
El equipo siguió una rutina más o menos regular, aunque no tan exitosa, hasta los fatídicos primeros años de la década de los 80 en los que el club es descendido a la serie B por demostrarse la implicación de su presidente, Felice Colombo, en la trama de corrupción, apuestas y amaño de partidos conocida como Totonero. El Milán entra así en una fase inestable y compleja hasta que en 1986 Silvio Berlusconi toma el mando del club y un año más tarde ofrece la dirección del equipo a un prometedor entrenador que venía de Parma y que se llamaba Arrigo Sacchi. La innovadora forma de jugar al fútbol del nuevo entrenador, a base de reducción inteligente de espacios, movimientos en bloque, defensas en zona,… junto a un puñado de jugadores, bautizados como: Gli Immortali di Sacchi, que asimilan el sistema a la perfección (hablamos de Maldini, Baresi, Ancelotti, Van Basten, Gullit,..) revoluciona el fútbol y vuelve a poner al Milan en lo más alto de la elite con dos Copas de Europa consecutivas pasando por encima del resto de equipos europeos (especialmente del Real Madrid con aquel famoso 5-0). A Sacchi, le sucede Capello en otro periodo exitoso que junto a sus Gli Invincibili, culmina con la quinta orejona en Atenas frente al FC Barcelona. El tercer gran periodo de los milaneses se da entre 2002 y 2009, de la mano de uno de sus antiguos jugadores, Acelotti, con el que ganan su sexta y séptima copa de Europa frente a la Juventus (por penaltis) y Liverpool respectivamente.

A partir de 2011, año en el que el Milan ganó su último Scudetto (el decimoctavo) pero en el que ya venía siendo patente un cierto declive respecto a los años de gloria, el club entra en un periodo de crisis y renovación que afecta a lo deportivo (edad avanzada de la platilla) y lo económico (crisis financiera que obliga a vender a jugadores estrella). Ese es el Milan actual, al que se enfrenta el Atleti. Un equipo en transición, inestable y complejo pero con un legado poderoso, jugadores de primer nivel y un ADN de primera categoría. Sería francamente estúpido menospreciarlo o auparse como favoritos. El Milan es el Milan, el equipo del Diablo. Muy pocos pueden presumir de una historia parecida.

De vuelta en Europa

AC Milan 0 - At. Madrid 1

La Champions League es la mejor competición de clubes del mundo. Escuchamos tanto hablar de ella, muchas veces de forma despectiva respecto a sus participantes, casi siempre en sitios de muy baja catadura, que a veces perdemos la perspectiva. Pero es exactamente así. Aquí están los 16 mejores equipos de Europa ahora mismo. Durante muchos años, casi todos para ser honestos, los colchoneros hemos tenido que ver el torneo desde la calidez de los hogares y la tranquilidad del que no se juega nada. Escondidos en la mediocridad. Con la dolorosa sensación de ser terreno destinado a otro tipo de equipos. Equipos como creemos que es el nuestro, pero equipos entre los que el nuestro no estaba. Es así. Pero fue incluso mucho peor el par de ocasiones en las que técnicamente jugamos la competición, porque lo hicimos con la misma actitud ausente, mediocre y vulgar. Con complejo de inferioridad. Cambiando el respeto por el miedo. Con el freno puesto en la pierna y la etiqueta de que aquella no era nuestra competición colgada del corazón. Lamentable. Bochornoso. Humillante. Uno recuerda aquellos momento y la ansiedad fluye por todos los orificios. Por eso tiene tanto valor lo que ha ocurrido esta noche en San Siro. Pedir el balón a toda velocidad para sacar un fuera de banda faltando veinte minutos para el final del partido y con cero a cero en el marcador. Competir de tú a tú frente a un club histórico que apelotona Copas de Europa en sus vitrinas y ganarle en un terreno de juego histórico, siendo además mejor, es una gran noticia para el Club Atlético de Madrid. Un Club Atlético de Madrid que está de vuelta en Europa.

El partido comenzó francamente bien para los colchoneros. Bien plantados, dominadores, con intensidad y dueños del balón. A los pocos segundos ya estaban pisando el área italiana con un Arda Turan con esa chispa, conocida y fascinante, que desgraciadamente fue perdiendo según avanzaba el encuentro. Así siguieron los primeros diez minutos. Jugando en campo contrario y mandando en todas las fases. Pero fue un espejismo. Como afectados por el imponente escenario (lo que para mí fue la nota más negativa del encuentro) y la imprecisión del juego en el medio campo (Mario sigue bajo de forma), el equipo empezó a desequilibrarse. Los dos de arriba se quedaban muy descolgados en la presión y los mediocentros eran incapaces, tanto de frenar al equipo contrario en defensa, como de equilibrar el equipo propio o realizar alguna transición decente en ataque. El medio campo poco a poco era propiedad del equipo de Seedorf y la banda izquierda del Atleti, supuestamente protegida por Insúa, era una especie de coladero. Llegó entonces un gran disparo de Kaká con la izquierda que se escapó por los pelos de la portería. Y el el Atleti acusó el efecto echándose más atrás. De forma excesiva y peligrosa. El Milan, aupado en el fenomenal ambiente del estadio, se venía arriba y aparecía el mejor Balotelli. Un jugador portentoso, con un potencial exagerado en los pies y una cabeza desestructurada. Pero hoy estuvo bien, sobre todo en la primera parte. Protegiendo el balón, ganando a los centrales, desequilibrando y con ese punto de genialidad capaz de romper los partidos. Llegaron dos jugadas claras de los milanistas, un nuevo disparo de Kaká tras taconazo de SuperMario y otra, la mejor, un remate de cabeza de Poli que Courtois, otra vez, sacó de forma milagrosa. Lo del portero belga ya es recurrente. Crack absoluto. El Atleti, que había desaparecido y que no recordaba al equipo que estamos acostumbrados a ver, seguía sin embargo vivo, y fue capaz de recomponerse en los últimos minutos de la primera parte en los que sin hacer nada verdaderamente relevante, al menos consiguieron equilibrar las fuerzas y llevar al Milan lejos de la portería.

La segunda parte fue otra cosa. Simeone no cambió ninguna ficha en la alineación pero sí en el esquema táctico. Colocó a Raúl García, que había jugado de segundo delantero, en una banda y dejo a Turan de enganche, consiguiendo un centro del campo con cinco jugadores que, ahora sí, consiguió ganar la partida a su rival. El dominio del juego y el tempo del partido pasó a manos del equipo madrileño, las ocasiones del Milan cesaron y empezaron a llegar acercamientos de los rojiblancos. Una chilena de Costa y algunas arrancadas en vertical, varios remates sin fortuna de Raúl García,... El Atleti empezaba a sentirse más cómodo mientras el equipo Del Diablo empezaba a acusar el esfuerzo físico. Simeone movía el banquillo metiendo a Cebolla y Adrián (dos cambios sorprendentes y que no entiendo) consciente de que estaban mejor. A diferencia de lo que hubiese ocurrido con Manzano o Aguirre, los jugadores querían jugar y ganar, así que no perdían tiempo. Jugaban. Sí, era San Siro. Sí, un empate no era tan mal resultado, pero marcar fuera de casa es fundamental en este tipo de competiciones para pasar de ronda. Y llegó el gol. Córner desde la derecha que es tocado en el primer palo para caer muy bombeado al segundo. Costa y Miranda aparecían por allí libres de marca y aunque el central lo hacía de cara, fue Costa quién con un giro de cuello espectacular imprimió una fuerza brutal al balón para llevarlo hasta la red. 0-1. Gabi pudo dejar la eliminatoria lista para sentencia cuando en el último minuto lanzó una falta al borde del área, pero no fue así. No había tiempo para más.


El 0-1 uno deja la eliminatoria abierta pero es un excelente resultado. Nos queda también la sensación del trabajo bien hecho y de que vienen quince días de relativa tranquilidad para centrarse en la liga mientras nos visita el Milan en el Calderón. Con todo lo anterior, lo más emocionante para mí es ver al Club Atlético de Madrid volver a competir en todos los terrenos. En un campo de segunda B o en San Siro. Efectivamente, el Atleti está de vuelta en Europa.  

Objetivo intacto

At. Madrid 2 - FC Porto 0

Entiendo que, como un lícito ejercicio de análisis periodístico, se produzca el debate mediático sobre las posibilidades reales de este Atlético de Madrid dentro de las competiciones que disputa. El problema es que no lo veo. Lo que veo es un ejercicio de filibusterismo, rancio y nauseabundo, para tratar de sacar al cuerpo técnico del equipo (y por ende a su entorno y sus aficionados) lejos de su estable zona de confort actual. Obligar a entrenador, jugadores y aficionados a posicionarse respecto a objetivos concretos, que en cualquier caso no dejarían de ser un ejercicio de adivinación esotérica, es una trampa mortal para desguazar al que no tiene porque ser desguazado. Al que hace su trabajo sin meterse con nadie. Si el objetivo fijado es bajo será un cobarde o un hipócrita. Si el objetivo fijado es alto sería un fantoche, un fracasado cuando no lo consiga y sobre todo ya no tendrá sentido quejarse por el camino de una competición injusta y adulterada, fabricada por y para dos. Es fácil deducir, por las portadas, los tratamientos y el ejercicio diario de su profesión, que algunos de estos notarios de la realidad, los más poderosos, piensan que el aficionado al fútbol en imbécil y probablemente también muchos de nosotros, con nuestra forma de asimilar el alpiste o nuestro quehacer diario, les damos la razón, pero eso no cambia la repugnante realidad. Cuando en tiempos no tan pretéritos el ínclito presidente colchonero hablaba de que el objetivo del Atleti en Champions era “hacer un buen papel” no recuerdo asistir a ningún debate, nocturno o diurno, respecto a qué narices significaba eso. Será porque todos teníamos muy claro que eso significaba algo así como “hacer lo que se pueda en una competición que nos viene grande y no es para nosotros” y que eso coincidía con el papel que el Establishment ha concedido formalmente al Club Atlético de Madrid. Por eso resulta ahora mucho más chocante que los líderes de la información deportiva, lo que quiera que eso signifique, se tiren de los pelos cuando escuchan a Simeone decir que el objetivo es competir. Intentar ganar todos los partidos de uno en uno. ¿Existe alguna duda de qué significa eso?  Hay que ser muy retorcido y muy rufián o extremadamente estúpido para no querer entenderlo. Pero afortunadamente el Cholo y su mundo vive en una cápsula acorazada frente a majaderos y manipuladores y podemos decir con orgullo que finalizada la fase de grupos el objetivo sigue intacto.

Era una pena ver un Calderón semi vacío en el último partido de la primera fase de la Champions jugándose un Atleti-Oporto, pero la realidad era que el único equipo que se jugaba algo era el portugués, así que bendita pena. La gélida noche tampoco acompañaba demasiado por lo que es fácil entender que el partido comenzara un poco frío a pesar del nutrido grupo de aficionados lusos que estaban en el campo, principalmente en el fondo norte, pero también repartidos por todo el estadio. Simeone sabía que el Oporto se jugaba la vida y que necesitaba ganar para pasar a la siguiente fase de la competición así que los de Fonseca tenían que abandonar su tradicional forma de jugar, compacto atrás para salir a la contra, y tener que llevar la iniciativa del juego. El argentino preparó al Atleti para ello y se lo puso "fácil" al rival. Cediendo el balón, defendiendo en formación de 4-1-4-1 fuera del área, muy juntos y esperando al rival. Y así, simplemente con un ajuste táctico, desarbolo a un equipo, el portugués, que se siente muy incómodo con el balón. Incomprensible, viendo los jugadores que tiene, pero cierto. El remozado Atleti, con toda la defensa cambiada y Óliver torres escorado en banda en línea de tres cuartos, se limitó básicamente a repetir los mecanismos que los jugadores tienen interiorizados para defender y con eso le bastó. Los dragoes pudieron ponerse por delante en el marcador, con balón colgado al área que remataron al larguero en uno de los varios errores defensivos que tuvieron los rojiblancos (aunque de los pocos que normalmente tiene Miranda), pero la diosa fortuna normalmente su junta con los que ganan y ahora está con el Atleti. De hecho creo que algo tuvo que ver también cuando poco después vimos a Raúl García girarse tras recibir el balón en un saque de banda y sacarse un zurdazo, casi sin ángulo, que se cuela por la escuadra del Oporto haciendo carambola con los postes. El gol es espectacular y encumbra a un Raúl García que, merecidamente, escuchó corear su nombre al mismo estadio que hace poco lo pitaba, pero para mí el portero tiene bastante culpa también.

El equipo tripeiro, hasta entonces demasiado reservón para mi gusto, estiró un poco las líneas y trató de ir un poco más a por el partido pero tampoco fue una cosa exagerada. Más bien todo lo contrario. No daba la sensación de ser un equipo jugándose la vida. Aun así, dominaron la pelota y el partido y tuvieron varias oportunidades de marcar. Primero con un remate al larguero, después desperdiciando un penalti absurdo de Aranzubia (de serlo, porque en el campo resultó tan raro que no puedo saber si fue o no fue) que él mismo se encargó de neutralizar (ayudado en parte por lo mal que lo tiro Josué) y finalmente con otro tiro al poste  tras rebotar el balón en Alderweireld. La sensación es que el Oporto no había hecho mucho para merecer más pero si repaso lo que acabo de escribir veo que dice tres tiros al poste  y un penalti fallado, así que lo mismo mi percepción no es muy correcta.

Y entonces apareció Oliver. Puesto en el disparadero por periodistas lumbrera, de esos que se pasan la vida quitándose la pelusilla del ombligo mientras buscan la siguiente bomba demagógica a la que agarrarse, salió muy nervioso al campo, impreciso y nervioso. Falto de confianza. No me extraña. Pero el canterano, sin hacer un gran partido, se repuso al ambiente viciado (buen síntoma) y aportó en el equilibrio táctico (su principal talón de Aquiles) dejando tiempo de paso para alguna genialidad como el pase a la espalda que habilita a Diego Costa para que el hispano-brasileño hiciera ese segundo gol con el que los equipos se marchaban al descanso.

La segunda parte fue soporífera. Un frío cada vez más pesado en la grada, un Atleti con menos tensión que un banco del Retiro y un Oporto que poco a poco se daba cuenta de que no era equipo de Champions. Los lusos no estuvieron a la altura en ningún momento y deberían entender como un fracaso no clasificarse en un grupo en el que el Zenit pasa de ronda con seis puntos.


Lo dicho, objetivo intacto. El lunes sabremos quién es el siguiente rival que puede variar entre cocos como el Manchester City, históricos como el Milán o supuestas peritas en dulce como Olympiakos, pero yo en esto, una vez más, estoy con nuestro entrenador Don Diego Pablo Simeone: “toque quién toque no nos creemos mejor que nadie”. Tampoco peor, añadiría.        

En la liga o en la copa o encuentro internacional.

Zenit 1 - At. Madrid 1

Decía Spalletti en la víspera del partido de hoy, a pesar de estar ya matemáticamente clasificado como primero de grupo para la siguiente fase y a pesar de ser consciente de que la alineación de los rojiblancos estaría plagada de jugadores con pocos minutos de juego, no fiarse del Atleti. Es normal. Podremos discutir respecto a lo áspero y especulativo del concepto que el entrenador transalpino pueda tener del juego, pero Spalletti es perro viejo en esto del fútbol y sabe de lo que estamos hablando. De hecho, creo que salvo nuestros exaltados periodistas de referencia, todo el mundo relacionado con este mundo sabe ya a estas alturas de lo que estamos hablando. Lo del Atleti no es casualidad ni es fruto de un apuesto muchacho musculado que mete cientos de miles de goles, incluso los días en los que no hay partido. Es el resultado de un plan que ha salido bien. Una receta de varios ingredientes que con mucho trabajo y algo de suerte han combinado para producir una fórmula espectacular. Asumido por tanto que no es el fruto de individualidades, parece lógico pensar que lo que quiera que ocurra en ese vestuario tiene que calar en todos los que allí conviven. En todos. Y cala, claro que cala. Es evidente. Eso es lo que temía Spalletti y temía bien.

El Club Atlético no ha ganado hoy en San Petesburgo por la simple razón de que no necesitaba ganar el partido. Tan simple como eso. Sin hacer un gran encuentro, sin tener demasiadas ocasiones de gol y sin ofrecer ningún alarde espectacular pero con la sensación de tener dominado el partido o de al menos, saber que en el momento que quisiera podría haberlo hecho, los de Simeone se ha llevado un punto en una plaza, la rusa, que se antojaba complicada cuando la bolita del Zenit salió en el sorteo. El encuentro comenzó, según cuentan las crónicas, a seis grados bajo cero y 90% de humedad relativa en el ambiente. Yo he tenido la ocasión de sufrir esas condiciones y puedo asegurar que no es lo mejor para hacer deporte. Respirar duele en los pulmones. El frío se te pega en los brazos y cara hasta insensibilizarlo todo. No es excusa. Son datos. Si a eso se le suma el hielo que se posaba sobre un césped que no tenía tampoco pinta de estar en buenas condiciones y que hacía que todo se ralentizase, es fácil concluir que las condiciones no eran las más favorables para ver buen fútbol. No lo vimos. El Zenit, un equipo acostumbrado a correr con espacios, a explotar el enorme potencial de su línea delantera buscando los huecos a la espalda de su rival, se encontró con un Atleti cómodo en su papel de actor pasivo. Los rusos tenían el balón pero eso era todo. El Atleti, muy bien parapetado en pocos metros, cerraba espacios, se colocaba muy bien y no permitía las ocasiones. Esquema clásico y previsible. Pero según avanzaban los minutos, los elementos se movieron ligera pero significativamente. El Zenit tomó consciencia de que el Atleti no sabía que hacer con el balón y vio que con una mínima presión obligaba a los colchoneros a defender cada vez más atrás. La preocupante falta de creatividad de los del Cholo, ya tradicional, fue hoy realmente desoladora. Con el doble pivote hipotecado en tareas defensivas (demasiado), los cuatro de adelante eran incapaces de dar dos pases. Koke era el único que intentaba poner algo de criterio pero el terreno de juego y sus propios compañeros se lo ponían muy difícil. La opción de Adrián como segundo delantero cuando el primero era Raúl García no funcionaba pero es más que probable pensar que la opción contraria hubiese funcionado incluso peor. Así transcurrió una primera parte aburrida y espesa en la que el equipo concedió más ocasiones de lo normal (sin claro peligro, eso sí) y en la que lo único positivo para los colchoneros fue el buen hacer de Alderweireld e Insua en defensa y un Guilavogui cumplidor en el mediocentro.

A estas alturas queda claro que soy un convencido adepto a la religión Simeone, que no quede dudas al respecto, pero no puedo entender como en el partido de hoy no fue de la partida inicial un jugador como Óliver Torres. Sin nada que perder y con la evidente falta de crear fútbol que tiene el equipo, era una ocasión ideal para foguear a un jugador en el que muchos tenemos puestas muchas esperanzas. No fue así. Y suena raro. La segunda parte siguió el mismo guión que había dejado antes del descanso pero con la sensación de que el Zenit parecía querer exponer un poco más. Un poco, no se crean, que en el banquillo seguía el italianísmo Spalletti. Pero con más espacios, el Atleti casi resuelve el partido en la única jugada clara que había hecho hasta ese momento. Raúl García que recibe de espaldas en la medular y que se gira para dejar, de gran pase, a Adrián con 40 metros por delante para encarar al portero ruso. El asturiano aprovechó la ocasión para marcarse con un eslalon de la casa y hacer el 0-1 en boca de gol. Los minutos siguientes dejaron todavía más en evidencia al Zenit. Un equipo millonario, con un potencial ofensivo muy interesante, pero que como estructura de equipo deja bastante que desear. Sobre todo en defensa. El Atleti no mató el partido (Gabi fue el que lo tuvo más fácil por dos veces) porque no le dio la gana. Daba la sensación de que si el equipo se hubiese quedado con el balón y lo hubiese movido con criterio, abriendo el campo y haciendo correr a un equipo que defiende sin intensidad y cierto desorden, hubiese dormido el partido hasta el final, pero no ocurrió así. Los colchoneros bajaron la intensidad que no habían abandonado desde el principio y se dedicaron demasiado al pase en corto y el recreo. Aun así el Zenit era incapaz de crear peligro más allá de los arranques esporádicos de ese portento físico llamado Hulk. Solamente una desgracia podía empatar el partido y eso es lo que ocurrió. Rechace en la cabeza de Alderweireld que se envenena y que su caída en vertical se cuela en la portería de Courtois. Fallo garrafal del belga, el portero, que muy probablemente obedezca a cierta relajación, inusual en el propio cancerbero y en el Atleti. Comprensible, por otro lado. El buen arquero también es humano. Simeone nos permitió durante los últimos minutos, por fin, disfrutar de Óliver y su fútbol de fantasía pero supo a poco y sólo sirvió para aumentar las dudas de por qué no había salido antes.


El Atleti sigue imbatido en Europa, sigue sumando puntos y sigue ganando prestigio. Queda un partido en el Calderón contra el Oporto, que también podrá servir de prueba de toque para los menos habituales, y nos meteremos en la siguiente fase con la ilusión intacta. Hace años, en tiempos de Aguirre, me quejaba de jugar la Champions como un premio que no importaba estropear. Me parecía absurdo estar todo un año peleando por jugar una competición que luego se despreciaba por aparecer imposible. No es el caso. Simeone, gracias a Dios, no es Aguirre y en su guerra particular no se hacen prisioneros. Se juega para ganar y no hay otra opción. Como tiene que ser. Como reclama ese escudo del Oso y el Madroño. Así si. Me gusta la Champions League.