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Hoy y siempre

Decía un novelista inglés llamado Samuel Butler que se puede hacer muy poco sólo con la fe pero que sin ella no se puede hacer nada. No puedo estar más de acuerdo. El Atlético de Madrid está en semifinales de la Champions League por segunda vez en tres años porque es un equipo de fútbol excelente. Bien entrenado, profesional y generoso que además rezuma fe. Por todos los sitios. Lo hace la plantilla, lo hace su entrenador y lo hace una afición entregada que sigue aferrada a esa idea ingenua de amar a su equipo por lo que es y no por lo que debería ser. El Atlético de Madrid es una bendición para ese mundo del fútbol que se apoya en cifras de ventas millonarias, crestas fotogénicas o luces de candilejas. Ese monstruo que reparte paquetitos desechables de ilusión como si fuesen piezas de bollería industrial. Ese que ofrece entradas para Disneylandia argumentando que venden realidad. El Atlético de Madrid es una rara avis en una fauna hostil. Un espontáneo en una comedia que se decora con luces de neón y que dice dar espectáculo pero que siempre acaba igual. Una anomalía complicada de entender, especialmente para los que reman a favor de corriente o los que tienen dificultades extremas para levantar la vista del ombligo. 

Creo que los aficionados al Atlético de Madrid tenemos mucha suerte. Dudo sinceramente que lo que se pudo vivir ayer en el Vicente Calderón pueda vivirse en muchos otros estadios del mundo. Y no estoy de hablando de nimiedades como ganar o perder, ni de mosaicos espectaculares o de fotografías que hielan la sangre. Tampoco de gritos, de ruido o de cánticos ingeniosos. Hablo de comunión. De entrega. De magia. De conceptos muy difíciles de explicar sin ponerse cursi o incluso haciéndolo. Cuando los jugadores saltaron al césped quince minutos después de haber ganado 2-0 al FC Barcelona parecían simplemente un puñado de amigos que celebraban un éxito. Lo eran, seguramente. Mis amigos y yo estábamos haciendo lo mismo en la grada. Les aplaudíamos y nos aplaudían. Todos éramos sinceros. Acababan de realizar una hazaña objetivamente épica pero creían sinceramente que nosotros teníamos parte de culpa de ese éxito. En ese momento no éramos clientes sino familiares. No éramos espectadores sino compañeros. Mientras sonreían y se hacían fotos parecían tipos normales. Lo eran. 

Los rapsodas hablaran de entrega, de fuerza e incluso de huevos. Yo prefiero hablar de fútbol. Sí, de fútbol, porque no existe una única forma de entenderlo ni es propiedad exclusiva de nadie. Ni gustos ni gaitas. Eso del debate estético es una pérfida artimaña para disfrazar el desprecio por lo diferente o peor, justificar lo injustificable. Fútbol es el pase de exterior en circunstancias extremas de un tal Saúl. Fútbol es una carrera en vertical de Carrasco o plantarse en tres toques en el lateral del área rival. Fútbol es ese prodigioso balance defensivo del Atleti en el que diez jugadores se mueven en torno al balón con una precisión digna del modelo atómico de Bohr. Fútbol es salir en eslalon en el minuto 80 de partido sorteando rivales hasta provocar un penalti. Fútbol es cerrar las líneas de pase de Busquets o no dejar espacios a la espalda de los laterales. Fútbol es jugar en equipo. Ayudar al compañero en el repliegue. Saber exactamente donde tienes que estar en cada momento. Fútbol es marcar goles y ser solidario para que no te los marquen a ti. Fútbol es el Atleti tanto como cualquier otro. Lo diga quien lo diga. 

Tienen valores, señores. Aplíquenlos”, decía ayer Simeone. Algunos le llamarán tribunero. Yo le llamo de usted. Simeone es el artífice de esta obra maestra llamada Atlético de Madrid. Sí, ese tipo extraño y algo hermético que responde mal a los que pretenden desprestigiarlo pero que no se cansa de dar lecciones magistrales, dentro y fuera del campo. Y sí, soy consciente de lo que acabo de escribir. Ahí me las den todas. El Cholo ha dado la vuelta como un calcetín ese espíritu autodestructivo que dejaron los estertores del legado Gil para transformarlo en una roca de sentimientos, de orgullo, de valor, de ilusión y lo que es más importante, de dignidad. El Atlético de Madrid, gracias fundamentalmente a este señor argentino, ha recuperado la dignidad que había perdido. Por muchos que los notarios de la realidad trucada no quieran enterarse y sigan intentando empujarnos a esas esquina cutre que nos han reservado. Lo aficionados al Atlético de Madrid, al menos los que ayer estábamos en el Vicente Calderón, tenemos muy claro lo que somos y lo que no somos. Estamos felices con ello y miramos a la cara a cualquiera para defenderlo. Hoy y siempre.

@enniosotanaz


Inmediatez

Por mucho que uno intente engañarse refugiándose en esquinas proscritas, vivimos en un mundo sometido por la inmediatez. Ocurre en la sociedad, ocurre en la política, ocurre en los negocios y ocurre en el fútbol. La lícita búsqueda de la sencillez ha terminado acabando en una aceptación estúpida de la simpleza. Todo tiene que poderse explicar con discursos reconocibles, tópicos, baratos y, a ser posible, antagónicos. Hasta los juegos de azar, los sorteos y la divina providencia. Lo que no es éxito es fracaso. Lo que no es maravilloso es una mierda. Si Neymar hubiese tirado la falta a la grada y a la jugada siguiente Jackson hubiese empalado bien el balón (como se supone que suele hacer), el Atleti sería hoy un equipo maravilloso, un grande de Europa, aspirante a todo y que jugó de manera "inteligente". Como el balón de Neymar fue a la escuadra y minutos más tarde el mejor jugador del mundo aprovechó una serie de malos despejes (y la suerte de los rechaces) para meter gol, resulta que el Atleti genera dudas, fue cobarde, timorato, sus flamantes nuevas figuras una gran mentira y “todo” tiene el tufo del fracaso. 

La afición a un equipo de fútbol se está convirtiendo irremediablemente en un egoísta ejercicio de onanismo. Después de mí el diluvio, como decía Luis XV. Dócilmente adoctrinados por las fuerzas mediáticas que reparten el dinero de la tarta, el aficionado estándar adopta los esquemas binarios propuestos por los gurús y analiza la vida mirándose un ombligo, el suyo, sobre el que supuestamente gira el universo. Como decía Cicerón, el egoísta se ama a sí mismo sin rivales. El resto no cuenta. Sea el campeón de Europa o el tercer equipo de Almendralejo. Da lo mismo. Es un esquema que funciona mediática (y comercialmente) para los protagonista de esa historia de fantasía (Madrid y Barça, claro) pero que dudo lo haga en equipos felizmente anclados a la realidad terrenal. Los aficionados Atleti parecen ahora querer adoptar esos mismos esquemas de inmediatez e intolerancia en los que no existe una forma lógica de explicar una derrota sin culpables. Nuevas formas de entender la afición en las que uno ya no busca encontrar la felicidad sino el placer inmediato. Creo que se equivocan. 

El Atleti ha perdido frente al FC Barcelona (¿o deberíamos decir que el FC Barcelona ha derrotado al Atleti?) porque primero el equipo blaugrana es, objetiva y subjetivamente, mejor y segundo porque los de Luis Enrique han tenido suerte (o claridad o chispa) en momentos críticos y puntuales del partido. La primera parte fue el típico Atleti-Barça contemporáneo. Los unos con el balón en la frontal del área rival, los otros corriendo detrás y cerrando espacios. 0-0. ¿Planteamiento cobarde del Cholo? No lo creo. Cuando Ter Stegen sacaba desde su portería la defensa rojiblanca estaba 40 metros fuera de su área y el Atleti presionaba en campo contrario como si le fuese la vida en ello (yo estaba en el campo y lo vi con estos sacáis). Valiente. El problema es que el Barça es el mejor equipo del mundo manejando el balón y si le funciona no hay mucho que hacer. Acaba encerrando al Atleti (y a cualquiera) en su propia área. No es voluntario sino una consecuencia. La única opción a la que puede agarrarse el equipo de Simeone en esas circunstancias es ser inteligente con el balón y salir muy rápido cuando recupera la pelota pero el Barça también lo sabe (son ya muchos años) y para ello ejerce una presión excelente sobre el primer jugador (punto flaco de los madrileños). Si el Atleti fuese capaz de superar esa primera línea de presión tendría muchas posibilidades de éxito pero la realidad es que no puede. No pudo. ¿Por qué? Pues porque Gabi no es ese jugador (aunque este año está mucho mejor), Tiago está demasiado atrás, Óliver sigue jugando constreñido y Koke está en un momento de forma muy bajo. Tampoco podía Arda el año pasado así que no no debe ser tan fácil. 

Independientemente de esa gran mentira de la posesión, la primera parte fue igualada y las oportunidades se repartieron. Tres clarísimas para el Barça (larguero, paradón de Oblak y rectificación de Giménez tras contraataque con suerte al recoger un rechace) dos para Torres (remata mal en los primeros minutos y encara mal al portero después). De las manos en el área no hablo porque en el campo nunca las veo bien. Me decepcionó la titularidad de Torres pero a toro pasado, para mí, fue el mejor de la primera parte y uno de los mejores del partido. Dio todo lo que tiene y eso le bastó para estar mejor que sus compañeros. 

La segunda parte empezó mejor para los de Simeone. Más intensos, con Griezmann en el partido, con Gabi muy fuerte… y con más balón. Y llegó el gol de Torres. Llorando. Por fe y coraje. Pero apenas unos segundos después empató Neymar. Clave. Letal. El plan se desmonta. Tiago se funde. Koke va a peor, los cambios no suman (ilusionante Carrasco, aunque fue de más a menos, inquietante lo de Jackson que salió demasiado frío, preocupante lo de Vietto)… y encima sale Messi. Si además le acompaña la suerte en los rechaces al argentino, no hay nada más que hacer. 

Me duele perder, pero no estoy preocupado. Veo los mismos problemas y las mismas virtudes en el equipo que antes de enfrentarnos al Barça. Me preocupa bastante más la ola de histerismo y ansiedad que observo en la grada o en las redes sociales, que cualquier aspecto táctico. La falta de memoria y el exceso de soberbia no son buenos compañeros de fatigas. Especialmente para nosotros. Un equipo como el Atleti, con esa larga tradición de ciclotimia e inestabilidad, debería agarrarse como una lapa a esta edad dorada del buen juicio. Con orgullo, con ilusión, con memoria y con paciencia. También con fe. Dejemos la inmediatez y el discurso del fracaso para los habitantes de las galaxias. Ciñámonos al plan. Caminemos felices por el suelo. Es más sano. Partido a partido. Les recuerdo además que así ganamos la liga.

@enniosotanaz

3 mentiras, 3 errores, 3 conclusiones

El periodismo deportivo contemporáneo, ese sucedáneo de información diseñada y cocinada para ser vendida fácilmente al único cliente que existe (el aficionado al Real Madrid en mi circunscripción geográfica, pero el Barça, el Valencia, el Sevilla o el Athlétic en otras), ha basado su razón de ser en algunas mentiras que sin embargo utilizan torticeramente como premisas incuestionables de su particular lógica. Por ejemplo: 1/ Los premios individuales, tipo el Balón de Oro, son trofeos importantes de fallo incuestionable (mentira). 2/ Suprimir los errores arbitrales sería atentar contra la “gracia” del fútbol (mentira). 3/ El equipo rival nunca gana sino que es el nuestro, el único, el que pierde (mentira y gorda). Como aficionado del “otro” equipo, pero también como hereje del nuevo catecismo mediático, me niego a caer en esos actos gratuitos de fe. El Atlético de Madrid perdió ayer en el Camp Nou básicamente porque ganó el Barça. El equipo blaugrana, que sobre el papel es infinitamente mejor que el madrileño, consiguió imponer en el césped su evidente superioridad y cuando eso ocurre sólo cierta alineación de planetas, cercana al milagro, puede provocar que el marcador final sea de otra forma. El Barça ganó porque jugó con Messi, Neymar, Luis Suárez, Iniesta, Rakitic y Busquets y porque ayer los seis futbolistas lo hicieron tirando de talento, con inteligencia, a gran altura y en equipo. Encerraron al Atleti en su área, ahogaron siempre su mermada salida de balón y jugaron a velocidad tan alta que los madrileños defendieron normalmente descolocados o en inferioridad. Especialmente en la primera parte. ¿Hubo errores en las filas del equipo de Simeone? Sí, pero en mi opinión no fueron la causa de la derrota y hasta es probable que fueran errores provocados por el rival. ¿Pudo el Atleti haber hecho otra cosa? Probablemente, pero nadie me garantiza que el resultado no hubiese podido ser incluso mucho peor.

Aprendamos de los errores. 1/ El experimento Gámez jugando en el lateral izquierdo no cuajó, evidente, pero no sé hasta qué punto es responsabilidad exclusiva del jugador (o del entrenador que lo pone). No sé hasta qué punto hubiese sido diferente con Siqueira. Cuando el Atleti defiende bien es cuando un delantero tipo Messi encara a su defensor rodeado de contrarios. Cuando el lateral colchonero está protegido de cerca por el central y el centrocampista de banda. Ayer, demasiadas veces, los delanteros blaugranas encaraban con espacio y en solitario a su defensor. Es decir, fue un desajuste defensivo de equipo provocado seguramente por robo rápido de balón en la salida o los veloces cambios de juego del Barça. Hay que estudiarlo. 2/ El Atleti tiene un problema de calidad en el mediocentro (no es nuevo) y cuando el balón no puede salir por Arda o Koke directamente no sale. Así de simple. Ayer el Barcelona ahogó con su presión esa salida de balón que, con Koke y Arda lejos o sacrificados en defensa, se moría indefectiblemente en los pies de mediocentros y centrales. Es algo que hay que mirar, sobre todo porque es recurrente. Para mí el problema no fue que el equipo estuviese muy replegado (con Barça, Madrid o similar tiene que ser así y así hemos ganado partidos y títulos) sino que fue incapaz de salir jugando el balón. De dar continuidad al juego para descolocar a un rival que permanecía en campo contrario sin desordenarse. 3/ Reconociendo de antemano la entrega, el compromiso y el pundonor de Raúl García (Dios me libre), no es la primera vez que su salida al campo coincide con entradas absurdas al borde del área o la alimentación de rifirrafes baratos que provocan pérdidas de tiempo dolorosas, especialmente cuando estás por debajo en el marcador (parecido a los eternos saques de puerta de Moyá, por cierto). Es algo que el navarro (y el mallorquín) deben hacerse mirar. Un navarro que cuando no tiene gol se hace demasiado pequeño y aparece, en mi modesta opinión, como un jugador cuya presencia en el juego es prácticamente nula.


Conclusiones: 1/Perder en el Camp Nou entra dentro de la lógica. ¿Duele? Duele, pero me niego a estar permanentemente sufriendo sin sentido. Es absurdo pensar en la liga a estas alturas en términos de terminar primero. Ni cuando la ganamos el año pasado (después de 20 años) lo hicimos. Veremos en qué situación está el equipo en el último terció del campeonato (como decía ese sabio entre los sabios que fue Luis Aragonés) y empecemos a sufrir entonces. Hasta entonces mi preocupación pasa por el partido a partido, el tercer puesto y por mantener latente la sensación de que mi equipo es capaz de competir al primer nivel en cualquier campo. Ayer, teniendo mala suerte (el primer gol nos mata), jugando mal (ningún colchonero, incluido Simeone, tuvo su día) y frente al mejor Barça de la temporada, el equipo compitió y hasta hubo un momento con 2-1 en el marcador en el que la remontada se veía posible. 2/ La mejor prueba de que se está en el buen camino es ver la emoción de todo un FC Barcelona por ganarnos y lo motivador que es ahora para ellos enfrentarse contra el Atlético de Madrid. 3/ Vuelvo a insistir: disfrutemos. El equipo que sufre y está permanentemente enfadado (incluso ganando) eso otro. No se confundan. Construyamos nuestra pasión al margen de mentiras mediáticas y latiguillos retóricos que no están confeccionados para nosotros. Vivamos sobre la alegría que da el orgullo y aceptando la realidad sin tener que mutilarnos. Evitando dar la categoría ficticia de fenómeno antinatural a una derrota justa .   

@enniosotanaz

Buenos y malos

FC Barcelona 1 - At. Madrid 1

El último partido del Atleti en la liga 2013/2014 empezó a disputarse seis días antes, en el mismo momento en el que el árbitro del partido anterior contra el Málaga pitó el final. Lejos de ese Camp Nou a reventar que pocos días después recibiría al equipo colchonero. En la cabeza de todos y cada uno de los que conforman ese ente abstracto que denominamos Club Atlético de Madrid. En la cabeza del Cholo y en la de mi primo. En la de Koke y en la de mi hermano. En la mía. Con la cara congestionada y el ánimo encogido en un improvisado nudo marinero, decidí entonces aislarme del mundo oficial, nada más abandonar el coliseo colchonero y hasta que llegase ese último partido. No fue difícil. He aprendido a vivir tranquilamente sin necesitar saber lo que “opinan” los conductores estrella de unos medios de comunicación que no saben qué hacer con esta molesta versión de Atlético de Madrid que les ha tocado sufrir. Pero mientras en mi cabeza se producía una batalla silenciosa entre buenos y malos, una sangrienta batalla campal entre fantasmas de un futuro aterrador, leyendas contaminadas del presente más distorsionado y el espíritu de las navidades pasadas, en la cabeza de los jugadores del Atleti, sin que lo supiéramos, se gestaba el heroico guión de la batalla de las batallas. La mejor metáfora posible con la que explicar al mundo entero esta forma de vida, tan distinta y pasional, que voluntariamente hemos elegido vivir. Esa maravillosa novela de héroes y valientes en la que la sensaciones etéreas que conforman la personalidad rojiblanca, trabajo, pasión, fe, equipo, alegría, fidelidad y compromiso, se transformaban por fin en una objeto tangible y precioso que podemos tocar: el título nacional de liga.

Eran las seis de la tarde de un soleado día en Madrid, y otro soleado día en Barcelona, cuando comenzó el partido. En la grada casi 100.000 culés arropaban a su equipo, aislando por el camino a ese testimonial puñado de esforzados colchoneros que, muy cerca de las nubes, pudo acudir al evento. No fue muy elegante, tampoco en esta ocasión, una dirigencia blaugrana que no parece estar a la altura de su afición. Pero fuera del estadio, millones de personas tenían los ojos puestos en el mismo sitio a través de una pantalla de plasma o de un tubo de rayos catódicos. En mi caso, porque el destino es así de caprichoso cuando quiere, lo hacía además compartiendo sillón con el mítico Panadero Díaz, héroe del 74, académico de Racing y un tipo excelente. Para todo existe una razón en la vida pero creo que no es el momento ni el lugar de explicarla.

El Atleti saltó muy bien al césped. Concentrado. Intenso. Serio. Manteniendo una presión alta y obligando a jugar al equipo catalán en su propio campo. Las dos escuadras se estudiaban durante los primeros minutos pero quizá los del Cholo ganaban a los puntos. Las sensaciones eran buenas en el lado madrileño. Los colchoneros (por alguna razón vestidos de amarillo) se veían fuertes y los del Tata no acertaban a encontrar su juego. Apareció así la primera ocasión clara de contrataque para los de Simeone. Un tres para tres en el que el balón caía a la banda izquierda con espacio para la carrera de Diego Costa. Pero Diego Costa no corrió. Echándose la mano al cuádriceps hizo el internacional gesto de haberse lesionado y el corazón de los atléticos se resquebrajo como un hojaldre seco. Sus lágrimas eran las nuestras. La cara demacrada de un Simeone que trataba de animar los espíritus era también la nuestra. El Atleti acusó el golpe anímico y eso ayudó a que el Barça empezase a jugar más cerca de la portería de Courtois. En esa posición apareció un robó agónico de los madrileños que acabó con el balón en los pies de Arda Turan. Cesc decidió parar la posibilidad de contragolpe por lo civil o por lo criminal y en la disyuntiva optó por incrustar la rodilla en la cadera del jugador otomano. Pocos minutos después era el jugador turco el que salía del campo entre lágrimas desconsoladas. No había pasado la media hora de partido y el Atleti ya estaba sin sus dos mejores jugadores con dos cambios realizados. ¿Qué más podía pasar?

Pues pasó. El drama colchonero alcanzó su clímax poco después cuando un mal control de Messi con el pecho dejó un balón suelto dentro del área de Courtois para que Alexis, encomendándose a la Virgen de las causas imposibles, empalase el balón de su vida. Un balón que se coló por la escuadra izquierda del portero belga como una exhalación. Un gol que entra una vez entre mil, sí, pero que entró, para delirio de los miles de blaugranas que se agolpaban en la grada, justo el día que tenía que entrar. En ese momento los aficionados del Barcelona se veían campeones de liga. Por delante en el marcador, con un campo encendido y con un Atleti más que diezmado. Los últimos minutos hasta el descanso fueron de hecho una prolongación de la agonía rojiblanca con el equipo del Tata tocando a placer en la frontal del área frente a un equipo que se defendía como podía y que no se encontraba en ningún momento.

No sé lo qué ocurrió en el vestuario de Simeone durante el descanso del partido pero daría un brazo por haber estado allí. La charla, los gritos, las lágrimas… lo que fuera que dijese el astro argentino, su equipo técnico o sus jugadores damnificados. El qué, el cómo, el cuándo… No lo sé y jamás lo sabremos. Por mucho que nos cuenten supuestas filtraciones me temo que todas ellas quedarán siempre en la categoría de la leyenda. Sólo hay una realidad y es que el Atleti saltó al césped a morir. A jugar. A ganar. A base de fuerza, entrega y físico pero también a base de talento y fútbol. Robando el balón al Barcelona, obligándoles a jugar en su campo y siendo mejores. Mucho mejores. Aturdiendo al rival a base de corazón y juego. Me he sentido esta temporada muchas veces orgulloso de mi equipo pero en ese momento no podía estarlo más. Ese era Atlético de Madrid con el que soñamos. El verdadero. El de mi abuelo, el de mi padre, el de mi hermano y el mío. El valiente, el justo el poderoso. El que aparece en mis fantasías y del que hablo a los incrédulos cada vez que tengo ocasión.

Avisó Villa, con un tiro escorado desde la izquierda que se estrelló, otra vez, en el poste con Pinto ya batido. Pero el premio no tardaría en llegar. Córner sacado desde la derecha que va dirigido con precisión de cirujano a un centro del área en el que se está dilucidando una cruenta guerra por ganar la posición. Mientras en la tierra los mortales se pelean por ganar un centímetro cuadrando, en el cielo apareció el escudo del Atlético de Madrid transformado en un jugador con la forma de Godin. Aupado por el espíritu de los corazones rojiblancos y especialmente por el de un omnipresente e inconfundible Luis Aragonés, el central charrúa golpeó el balón de cabeza, con toda la rabia y la furia que dan 18 años de espera, para que el balón consiguiera besar la red. La montaña de jugadores felices que se formó enseguida encima del uruguayo es la montaña de abrazos que se formó en mi casa y en la casa de todos los que nos alegrábamos por ese gol. Es la montaña de alegría que cubre Madrid desde ese momento. Un gol que valía una liga. La liga. La nuestra.

Desde entonces hasta el final el partido se convirtió en una agonía para unos y otros. Unos, vestidos de blaugrana, que se notaban incapaces, que veían como el colegiado anulaba un gol a Messi por fuera de juego a pocos minutos del final y que sentían como el partido se marchaba sin poder remediarlo. Otros, de rojo y blanco, que, más que por el juego del rival, se veían amenazados por el ingrato, injusto y probablemente inexistente fantasma de El Pupas. Esa losa manipulada y estúpida que nos ha penalizado durante tantos años. Un fantasma que desapareció sin dejar rastro, si es que alguna vez lo tuvo, en el mismo momento en el que el colegiado pitó el final del partido.

La celebración se la dejo a ustedes. Es suya. Cada uno recordará ese momento especial de una forma distinta y así es como debe ser. Desde un Tiago bañado en lágrimas hasta un Panadero Díaz con el que me abracé como si fuésemos conocidos de toda la vida. Lo éramos, de algún modo. Me quedo con el estadio blaugrana aplaudiendo al campeón (un gesto propio de otros tiempos que por supuesto les honra). Me quedo con un Simeone dando la rueda de prensa con todo su equipo técnico, volviendo a dar otra lección de lo que es un excelente entrenador de fútbol. Dentro y fuera del campo. Me quedo con un equipo histórico que  ya nunca nadie nos podrá quitar. Me quedo con un título de liga que es mucho más que un triunfo deportivo. Es el triunfo del bien sobre el mal. Del esfuerzo sobre facilidad. De la imaginación sobre el dinero. Del romanticismo sobre las indefectibles leyes del mercado. De los que estamos aquí siempre, en las buenas y en las malas, desafiando la lógica del que no ha entendido nada.


¡Alirón, alirón, el Atleti es campeón!     

Querer ser lo que uno es

At. Madrid 1 - FC Barcelona 0

“yo me voy al Manzanares, al estadio Vicente Calderón…”

Decía Erasmo de Rotterdam que la felicidad consiste principalmente en querer ser lo que uno es. Tenía razón. Los aficionados al Atlético de Madrid, al menos, lo entendemos así. Me consta. Somos del Atleti porque no entendemos que se pueda ser de otra manera y además nos parece una solemne estupidez tener que explicarlo. Si no lo entiendes es evidente que no eres de los nuestros. Somos del Atleti porque somos felices. Porque somos exactamente lo que queremos ser. Porque además estamos generalmente orgullosos de serlo. Independientemente de si la pelota entra o no. Porque anclamos los pilares de nuestra razón de ser en cosas que no se pueden comprar con dinero, por mucho que los pragmáticos monstruos que mueven los hilos del mercado quieran convencernos de otra cosa. Voy al Manzanares porque allí soy feliz. Porque, independientemente de lo que ocurra, seguiré siendo feliz por el simple hecho de sentirme parte de esa cosa etérea e indefinida que denominamos Club Atlético de Madrid. No miren al marcador para entenderlo. Miren al escudo. No busque explicaciones en el presupuesto ni en nombres rimbombantes con origen en lugares exóticos. Para entenderlo observen mejor la sonrisa sincera y natural de un jugador de fútbol profesional enfundado en la casaca rojiblanca mirando a una grada que lo ha transportado en volandas hasta conseguir llegar a la semifinal de la Champions League.

“…donde acuden a millares, donde gustan del fútbol de emoción”

Llevo toda la vida acudiendo al estadio Vicente Calderón pero no recuerdo muchas noches iguales. El Manzanares ha estado abarrotado otras veces. Otras veces hemos hecho mosaicos y otras veces la gente se ha dejado la garganta pero lo de este partido contra el Barça ha sido otra cosa. No sé cómo se vería a través de la televisión pero cualquiera de los que allí hemos estado sabemos que hemos asistido a algo especial. Único. El ambiente era exagerado. La presión brutal. La emoción extrema. Pero a diferencia de lo que puede ocurrir con equipos perdedores, en nuestro caso los nervios, que los había, se transformaban en energía positiva que llegaba al campo. ¡Desde luego que llegaba! El Equipo salió a comerse al Barcelona. Con una intensidad, unas ganas y una forma de jugar al fútbol que nadie podía imaginar. Los primeros quince minutos del Atleti fueron soberbios. Rozando la excelencia. Una apisonadora que aplastó a todo un FC Barcelona. Mordiendo en el mismo área blaugrana y obligando a los del Tata a parecer un equipo vulgar, incapaz de saber qué hacer con la pelota. Amagó Raúl García con un tiro lejano pero eso no era nada. En una jugada que luego se repetiría mil veces, balón largo la cabeza del navarro que prolonga a la espalda de Dani Alves, Adrián se plantó delante de Pinto para empotrar el balón en la cruceta. Mala suerte para el asturiano, señalado por Simeone en la previa en otro de esos gestos del Cholo que lo reivindican como entrenador excelso, que no empaña sin embargo un gran partido por su parte. Si Simeone es capaz de recuperar para la causa a un excelente jugador como Adrián, el tema de la canonización habría que ir empezándolo a mover. Pero la jugada no terminó ahí. El Atleti, enchufadísimo, siguió mordiendo y Villa, otro que demostró ser un magnífico profesional y todavía un jugador muy aprovechable, consiguió colgar el balón al área con la izquierda. Adrían, otra vez, dejó los fantasmas a un lado para elevarse a los cielos en un salto portentoso, ganando la partida al defensor catalán y mandando el balón al otro palo por donde apareció Koke para marcar el 1-0. El éxtasis en la grada. En mi vida me he abrazado a más gente desconocida en tan poco tiempo.

“…porque luchan como hermanos…”

Pero el Atleti no se quedó ahí. Henchido de furia, sintiéndose poderoso, con un nivel de concentración sobrehumano y disfrutando de jugar fútbol, el equipo colchonero siguió dominando, a su manera, y poniendo en dificultades a un equipo blaugrana que parecía grogui. Impidiendo a base de presión y entrega que el rival pudiera jugar el balón, pero defendiendo como la roca que acostumbra cuando el Barça cruzaba el centro del campo. Una vez más (y van…) un excelente planteamiento táctico de Simeone que es para enseñarlo en las escuelas de fútbol. El Atleti pudo haber resuelto en esa primera media hora pero los palos de la portería se lo impidieron. El bueno de Villa se topó por dos veces con el larguero, tras dos buenas jugadas verticales de los madrileños. Sólo al final del primer tiempo el Barça tomó consciencia de lo que se jugaba y rondó con cierto peligro la portería de Courtois, pero nunca con demasiada presencia y siempre a base de balones colgados.

“…defendiendo sus colores….”

La segunda parte siguió el mismo guión que habían tenido los últimos minutos de la primera. Un Atleti algo más replegado y un Barça con mayor posesión que sin embargo seguía huérfano de ideas para atacar la tela de araña diseñada por Diego Pablo Simeone. Mientras Messi, Iniesta, Cesc, Neymar, Xavi y el resto de superestrellas del Barça se hundían en el imaginario pozo del ostracismos (de hecho Iniesta fue sustituido en una decisión difícilmente interpretable para un admirador de Iniesta como yo) los que vestían de rojiblanco se fundían cada vez más en un solo concepto. En una sola forma. En un equipo. EL equipo. Porque si hay algo que caracterice a este sueño firmado por el Cholo es precisamente eso. La capacidad de ser un todo. Único e indivisible. Capaz de hacer un partido excelso cuando sus dos máximas estrellas, Diego Costa y Arda Turan, estaban en la grada. Por eso me cuesta tanto destacar jugadores concretos en partidos como este. Pero tengo que hacerlo. Si los once que saltaron al campo estuvieron a una altura máxima, quiero quedarme especialmente con dos nombres. Koke, que volvió a dar una lección de futbolista total. De los que atacan, defienden, marcan goles, ordenan las filas, dan el último pase, equilibran y desequilibran. Un jugador 1o que además es de la cantera y es del Atleti. Y Tiago, que volvió a dar una lección magistral de lo que es jugar de mediocentro. Pero sería injusto desmerecer a una defensa que a fuerza de jugar siempre rondando la perfección olvidamos lo buena que es. O de ese Gabi que representa el escudo colchonero en un jugador. O de Raúl García que, pese a quién pese, es cada día más importante en este equipo. El partido transcurrió con la emoción propia del evento y con los gritos desaforados de una grada que volvió a ser el duodécimo jugador rojiblanco pero pensándolo en frío, tampoco se paso especialmente mal. El Barça tuvo sus opciones, sí, pero fueron puntuales. Fruto de balones colgados y con remates de cabeza que salieron desviados. Su mejor jugada fue una internada de Neymar que desbarató Courtois tirándose como una gacela a sus pies. Los últimos cinco minutos los vivimos de pie, abrazados en la grada y sufriendo pero en el ambiente podíamos notar, desde hacía ya muchos minutos, el delicioso olor de la victoria. El árbitro pitó el final y se desató la euforia.

“…con un juego noble y sano…”

50.000 adultos sonreímos como niños en ese vetusto cemento que sostiene el Vicente Calderón. Reímos, lloramos, nos abrazamos sin conocernos y buscamos la forma de expulsar la adrenalina que se había acumulado hasta saturar nuestro cuerpo. Los jugadores, rotos físicamente, hacían lo mismo sobre el césped antes de volver a los vestuarios. Pero allí no se marchaba nadie. No queríamos que ese delicioso momento, ese cenit de la felicidad que supone ser seguidor del Atlético de Madrid, acabase todavía. A base de ruido y pasión obligamos a los jugadores a volver al césped para disfrutar de una fiesta de la que por supuesto formaban parte. Como héroes anónimos que, altruistamente o no, habían dado todo lo que tenían por una idea. Por un símbolo. Por un equipo. Por el Club Atlético de Madrid. Todavía no habíamos reparado en ello entonces pero en ese momento éramos semifinalistas de la Copa de Europa. Después de 40 años.   


“…derrochando coraje y corazón.”

Ni un solo pero

FC Barcelona 1 - At. Madrid 1

El mundo del fútbol es un campo abonado de tópicos. De frases hechas. Ya saben, todo eso del once contra once, voy a darlo todo por esta camiseta, lo único que podemos hacer es seguir luchando, etc. Estamos tan acostumbrados a lidiar con ello que, actuando en sintonía con el estado de descomposición del fútbol en el que nos encontramos, apenas reparamos en el significado de lo que escuchamos. Pero hay ocasiones en las que deberíamos hacerlo. Especialmente si usted es aficionado al Atlético de Madrid. Seguro que, sin rebuscar mucho en la basura, serán hoy capaces de encontrar a más de un oportunista buscando y resaltando los peros del enfrentamiento del equipo de Simeone contra al Barcelona. Seguro, no me cabe duda. No creo que les cueste encontrar tampoco algún comentario negativo o insultante, supuestamente ingenioso, de alguno de esos periodistas que incluso dice simpatizar con el equipo colchonero y que, en realidad, únicamente buscan el tono amarillo de una información que busca escandalizar. Nos ha tocado desgraciadamente lidiar con esa suerte de mundo paralelo y desagradable pero a mí ya me da igual. El actual Atlético de Madrid es un equipo que da TODO lo que tiene y eso es lo que a mí me hace ser feliz. Todo. Hace todo lo que puede y lo hace lo mejor que puede. Así de simple. Así de complicado. Compensa las carencias de presupuesto haciéndose más equipo, sustituye la falta de calidad por rigor táctico y prescinde de la suerte para agarrarse a la fe. Por eso creo que es absurdo ponerle peros a esta plantilla, a este equipo y a este entrenador. No los busque. No los tiene.

El partido podría parecer que se trataba de otro partido cualquiera pero no lo era. Los propios jugadores se encargaron de dejarlo claro. Estamos hablando de unos cuartos de Champions. No sé ustedes, pero yo no estoy acostumbrado a lidiar en estos terrenos. Algo que probablemente puedan decir también los once rojiblancos (ayer de amarillo) que saltaron al campo pero que sinceramente, no lo parecía. Los primeros diez minutos del cuadro de Simeone fueron espectaculares. De equipo de élite. Robando el balón a todo un Barcelona, jugando en campo contrario y llevando peligro. De hecho en apenas unos segundos tuvo la primera ocasión de gol, que a la postre sería la más clara de todo el partido en ambas porterías. Un desafortunado Villa, que sigue en esa lenta pero inalterable caída hacia el ostracismo, no acertó a meter el balón entre los palos a pocos metros de la línea de gol y todos pensamos que pagaríamos la osadía. El Atleti siguió en esa misma tesitura valiente, poderosa y temible para los rivales que le ha llevado a estar en el lugar en el que está. Midiéndose de tú a tú con un equipo que le cuadriplica el presupuesto y que ha dominado el mundo del balompié en la última década. Aguantó en ese formato algunos minutos más pero poco a poco los del Tata empezaron a encontrar su juego y mediada la primera parte apareció su mejor versión. Con circulación rápida de balón, constante movimiento de sus delanteros, cambios de banda y lo que es más importante, ahogando la salida del Atleti a base de presión en la misma frontal del área. Fueron unos minutos de agobio para los del Cholo que sin realmente sufrir ocasiones en contra, empezaron a pasarlo mal. La cosa se puso todavía peor cuando Diego Costa se echó la mano a la pierna y tuvo que abandonar el campo por recomendación de un Simeone que intentaba convencer al crack rojiblanco de que lo hiciera. Duro revés, que trajo consecuencias en el partido y que probablemente traerá consecuencias en la temporada. Pero el Atleti no se arruga ni siquiera en los peores momentos. Al fin y a la postre el éxito de este grupo de jugadores es que siempre, independiéntemente de los protagonistas, han actuado como equipo y así lo siguieron haciendo. Así lo van a seguir haciendo. No tengo ninguna duda. El partido siguió con la salida de Diego Ribas al campo y aumentando un punto el nivel de intensidad y derroche físico que a esas alturas ya era sobrenatural. Y así, a base de trabajo y esfuerzo el Atleti pudo igualar el partido y ralentizar el empuje blaugrana, al menos hasta el descanso.

La segunda parte fue otro prodigio de derroche por parte de ambos equipos. Un Atleti mostrando su mejor versión de equipo aguerrido, duro, correoso y tácticamente impecable, frente a un Barcelona rabioso, muy intenso y que además empezó a tocar la pelota como los ángeles. Especialmente gracias a un magistral Iniesta que decidió quedarse con el balón y dar una lección de como se juega al fútbol. Pero en ese escenario, en una de las pocas estiradas de los colchoneros, apareció la calidad que también tiene el equipo madrileño. Una balón, que aparentemente no tenía ningún peligro, fue conducido por Diego Ribas escorado a la derecha que armó su pierna para lanzar un cañonazo brutal que se coló por la escuadra de Pinto. Quiero creer que no me llevo por la emoción si digo que es uno de los goles más espectaculares que he visto en mi vida. Por lo plástico del resultado, por el escenario y por el momento. El 0-1 puso el corazón a la altura de la nuez en todos y cada uno de los aficionados rojiblancos, que empezaron creer en que el sueño era posible. Y lo siguió siendo durante algunos minutos más en los que el acoso de los Iniesta, Messi, Xavi, Neymar y compañía no pasaba de la frontal del área. Pero poco a poco todo se fue haciendo mucho más complicado. No es casualidad que coincidiese con el agotamiento físico de los jugadores de Simeone que exhaustos, daban muestras ya de no poder más. Echados descaradamente atrás, intentaron sobreponerse a los ataque cada vez más peligrosos de un Barcelona dolido. Así que en uno de esos ataque Iniesta fue capaz de, por fin, ver un pase entre líneas de esos que sólo los grandes genios son capaces de ver. Neymar ganaba así la espalda de Juanfran y hacía el empate a uno. Desde ese momento hasta el final, el partido fue un acoso constante de los del Tata frente a unos jugadores rojiblancos agotados, que sin embargo nunca perdieron la cara ni el rigor, a excepción de un lamentable Sosa que saltó al campo cuando más ayuda se necesitaba para demostrar el tipo de jugador pusilánime que parece ser. No sólo fue incapaz de estar a la altura de las circunstancias sino que estuvo a punto de destrozar todo lo que se había conseguido. Pero allí estaba, gracias a Dios y al Chelsea, San Courtois. El belga volvió a demostras con varias intervenciones antológicas en los momentos más críticos del partido que es uno de los mejores porteros del mundo. No creo que nadie lo discuta ya a estas alturas.

El empate a uno es un magnífico resultado, inimaginable al inicio del partido, pero que no debe hacernos ser ingenuos. La eliminatoria sigue totalmente abierta. Tampoco seamos agoreros. Estamos vivos y tenemos posibilidades de pasar a semifinales. Es así. A estas alturas de película los aficionados al Atleti nos hemos ganado el derecho de poder soñar con lo que queramos. Es lícito y nos lo hemos ganado. Hagámoslo y no pensemos de momento en otra cosa. Que ningún anormal nos quite el instante ni ensucie, aunque sea de refilón, una temporada que ocurra lo que ocurra será digna del mejor de los recuerdos. Ni un sólo pero.

¡Qué siga la fiesta!

At. Madrid 0 - FC Barcelona 0

Hace unos pocos años, ustedes lo recordarán bien, el Atlético de Madrid aparecía en el campo como un equipo del montón. De esos que pelean en mitad de la tabla todo el año, en muchos casos pasando sin pena ni gloria por la competición, hasta que en los últimos partidos no les queda más remedio que decidir si el club debe pelear por Europa, eufemismo que su usaba mucho y bien para referirse a la Europa League o la UEFA, o por el contrario se tenía que ver obligado a coquetear con la lucha por evitar el descenso. En esos tiempos, los entrenadores que llevaban la manija del equipo aparecían en rueda de prensa, con mejor o peor verbo, con mejor o peor sonrisa, para tirar de tópicos y frases manidas mientras escupían, menospreciaban y dilapidaban el legado histórico del Club Atlético de Madrid, algo que dudo que conocieran, con un discurso que además era tramposamente incoherente con la realidad que marcaba el presupuesto. Cuando entonces esos entrenadores del montón se encogían de hombros y dejaban caer que con lo que tenían entre manos no podían aspirar a más, se me encogía el estómago y me fermentaba el alma. Detesto recurrir al victimismo pero es lo que esta gente hacía, de forma además totalmente gratuita. Un equipo que tenía el tercer mejor presupuesto de la liga pero que se movía en la sexta posición de la tabla no podía vender que esa era su pelea y que, por ejemplo, acabar cuartos en la tabla tras una temporada lamentable era un éxito pluscuanperfecto. No lo era, aunque entonces me criticasen por decirlo. Hace unos minutos, el Cholo Simeone ha dicho en rueda de prensa que entre el Barcelona y el Atleti hay una "pequeña" diferencia de 400 millones de euros. Algún petulante salvador de la patria calificará la frase de victimista y desde esa premisa se llenara de estiercol alguna que otra tertulia de esas que están tan de moda, pero yo creo que no lo es. No sólo la frase refleja fielmente la realidad sino que además aparece después de un partido en el que su equipo, el Atleti, ha empatado con el primero de la liga, club con el que empata a puntos, en un partido que le ha jugado de tú a tú, mirando siempre a la cara y exigiendo el máximo del rival. Un partido que ha jugado para ganar y que además ha podido ganar. En ese escenario, con el resultado en tablas y ambos equipos sentados en el mismo lugar del Olimpo real, el que marcan los puntos, Simeone especifica cuál es la diferencia entre ambas escuadras y lo hace básicamente para contestar a toda esa cohorte de plumillas rapsoda que luego le achacarán haber planteado el partido de un modo defensivo y poco vistoso. Es una sutil y elegante forma de decir, señores, denme 400 millones más y después pidanme que un alguno de mis jugadores pueda ganar el solo el partido, que pueda dejar a mis dos mejores delanteros en el banquillo para que estén frescos en la segunda parte, que el delantero titular del equipo con el que me juego la liga sea precisamente un jugador que a mí me sobraba y en definitiva que juegue como el Barça. Pero si no lo hacen, dejenme al menos jugar como yo sé porque yo, con millones o sin ellos, quiero ganar todos los partidos y necesito otros 50 puntos a partir del domingo si quiero ganar la liga.

El partido, para mí, que lo vi en el Vicente Calderón enfundado a una elástica rojiblanca, fue precioso a pesar del 0-0 final. Entiendo que no piense lo mismo un aficionado al West Hamm que vive en Cornualles pero curiosamente, a diferencia que esa cohorte de rapsodas a la que me refería antes, estoy seguro de que él también lo habrá disfrutado. El Estadio presentaba un aspecto espectacular con un colorido, un sonido y un sabor digno de las grandes ocasiones. Uno de esos momentos que se guardan en la memoria para tirar de ellos cuando alguien hace cuestionarte tu afición a este deporte. El Atleti salió, para mi gusto, muy bien. Disipando las pequeñas dudas que había generado en los últimos partidos en los primeros segundos. Presión asfixiante, verticalidad, agresividad e intensidad extrema. La marca de la casa. El Tata Martino había dejado a Messi y Neymar en el banquillo en una decisión que asombró a todos pero que yo creo entender. El Barça necesitaba jugadores más físicos para trabajar las subidas de los laterales e interiores colchoneros y esa era una batalla, tan exigente físicamente gracias al ritmo que impone el Atleti, en la que dos estrellas como Messi y Neymar podían perderse. Los primeros 15 minutos fueron prácticamente un acoso y derribo de los del Cholo que tuvieron algunas ocasiones como una llegada por la línea de fondo de Oh rey Arda Turan y un remate flojo de Costa. Uno se frotaba los ojos para ver que se estaba jugando solamente en el campo del Barça y que aquello no era un sueño.

Pero pasados los primeros minutos el Atleti bajó el pistón y el Barcelona aprovechó para recuperar la pelota y quedarse con ella. Moviéndola, durmiéndola y pausando el vertiginoso ritmo de su rival hasta ese nivel de pulsaciones estable y lento en el que se manejan mejor. Pero fueron incapaces de hincar el diente a un rival que tácticamente volvió a dar una lección de defender fuera de su área. El Barça era incapaz de tirar a puerta y, también hay que decirlo, aparecían síntomas de juego especulativo y falto de ambición. Pero los robos del Atleti no conseguían tampoco fructificar, debido fundamentalmente a la incapacidad de un Villa que no está. Cumple en defensa, lo entrega todo físicamente pero en ataque es absolutamente nulo. Hoy, me duele decirlo, ha sido una rémora y desgraciadamente no es la primera vez. Aun así, antes del descanso, Costa casi logró conectar un balón al segundo palo que hubiese podido ser gol.

La segunda parte puso a Messi en el terreno de juego pero el argentino seguía prácticamente inédito cuando 45 minutos después el árbitro pitaba el final. El Atleti no cambia el esquema ni por Messi ni por nadie así que el crack blaugrana, que dejó sólo algún apunte de lo que es, se estrelló, como sus compañeros, en la tupida defensa rojiblanca (aunque suya fue también la mejor ocasión con un mal remate de cabeza). Pero no se crean que los del Cholo se dedicaron simplemente a defender. Nada de eso. Se quitó la presión de encima rápidamente y gracias a un Arda Turan sobrenatural, comenzó también a tener el balón y crear peligro. El partido que ha realizado el jugador turco es de los de enmarcar. Demostrado ya que es imposible quitarle la pelota, ha dado todo un recital de parar el balón, esconderlo, tocarlo en corto y en largo. De ver el pase, de jugar con el cuerpo y aprovechar la inteligencia para moverse por un campo de fútbol. Arda Turan es un crack mundial pero no de los que marca la moda histriónica de gomina y soberbia sino de los que no necesitan decirlo. Un jugador excelente, que proyecta una forma de entender la vida y el fútbol con la que un nutrido grupo de aficionados, entre los que me yo me incluyo, se sienten identificados. El Atleti tuvo dos o tres periodos de arreón, espoleados además por una grada que hoy ha vuelto a ser esa temida afición de la que hablan los libros, en los que ha podido marcar. Sobre todo en una de las típicas diagonales de Diego Costa que remató mal con la izquierda y otro remate desde la frontal de Arda Turan que paró Valdés sin dificultad. Los últimos minutos, con los dos equipos exhaustos, prueba de la exigencia que había provocado en el Barça los de Simeone, fueron sobre todo para los blaugranas que entonces sí, dieron la sensación de peligro aunque se quedó exclusivamente en eso, en una sensación.


El partido pone fin a una primera vuelta de ensueño, casi milagrosa, que deja al Atleti en lo más alto de la tabla con 50 puntos. Algo tan difícil de creer, tan difícil de conseguir y tan difícil de repetir que no pienso caer en esos cantos de sirena que resuenan desde las rotativas o las redacciones deportivas y que nos quieren endiñar una presión absurda que no estoy dispuesto a soportar. Esto, para mí, es una fiesta y nadie me la va a estropear. ¡Qué siga la fiesta!

Mucho más orgulloso todavía

FC Barcelona 0 - At. Madrid 0 

Esta es la historia de un orgulloso y modesto estudiante empeñado en entrar en la Escuela de Dibujo de su barrio. Un sitio fascinante y precioso pero exclusivamente reservado desde hace años a los señoritos, los nobles, los hijos de los empresarios más avispados y en general a esa pequeña pandilla de poderosos engreídos que solamente ellos mismos son capaces de distinguirse entre sí. Aunque en teoría el acceso a la Escuela era mediante exámenes abiertos a todo el mundo la realidad es que las plazas eran limitadas y mientras que los señoritos acudían impolutos con excelentes juegos estilográficos, algunas preguntas chivadas, millones de reglas de primera calidad, varios compases de distintos tipos, colores por doquier y todo ello obtenido a base de influencia y mucho dinero, nuestro protagonista, cuyo padre era un millonario mafioso sin escrúpulos que explotaba al muchacho para sus oscuros negocios y consentía que todo el mundo se burlase de él, lo hacía con regla y lápiz estándar. Pero el muchacho, que resultaba simpático a los señoritos en las primeras rondas, aprendió a manejar sus modestos útiles con poca belleza pero insospechada destreza así que fue pasando exámenes discretamente. Mientras sus compañeros de pupitre, galácticos y saturados de supuestos valores, pasaban rondas sin esfuerzo cambiando de material o quitándoselo, legal o ilegalmente, a quién lo tuviera, nuestro héroe hacía lo mismo a base de esfuerzo, tesón, rigor académico y algo de suerte. Llegó la prueba final y los rectores de la Escuela entraron en pánico. ¿Qué podría ocurrir si un plebeyo como aquel conseguía entrar a merendar con ellos? A ensuciar. A romper el equilibrio sagrado. Un pobre sucio. Popular. Sin escuadra, sin cartabón y sin una patulea de medios de comunicación que pudiera disfrazar sus desaires. Se pusieron nerviosos. Lo más probable es que jamás hubiese podido superar ese último examen con las herramientas que tenía. Lo lógica sería que se quedara en el camino superado por el poderoso “compañero”, formado en las mejores academias del mundo, de traje caro y material repetido e imposible de mejorar, pero al menos quedaba esa última oportunidad. Estando tan cerca era ya cuestión de ir hasta el final y morir en el intento. Sería absurdo no hacerlo. Pero no pudo. Los rectores, presionados por la angustia, decidieron buscar entre la basura para cambiar las reglas a mitad de juego. Y no le dejaron probar. Le retiraron el examen aduciendo reglas peregrinas, de esas que sólo aplican cuando interesa, para dejarlo en la puerta con una palmada en la espalda y un diploma que ponía “gracias por concursar”. Herido pero orgulloso. Dolido pero muy tranquilo. 

Supongo que ustedes estarán ahora mismo desconcertados buscando una crónica futbolística y encontrándose con esto. Ahora me pongo a ello, sin demasiada gana para serles francos, pero ustedes me perdonarán la licencia. Por alguna razón que también entenderán necesitaba contar lo anterior. Por supuesto cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Si hablamos de fútbol la realidad es que el Barcelona, el todopoderoso Barcelona, no ha sido capaz de ganar al Atlético de Madrid ni en su campo ni en el del rival. En el partido disputado entre ayer y hoy salió al campo con algo más de intensidad en la presión, velocidad en el balón y ganas de ganar pero el equipo de Simeone, a estas alturas, está preparado para lo que venga. Para competir en cualquier condición. Pasados los primeros minutos de aparente peligro (que si lo piensan tampoco fue real) pasamos al guión habitual que ya vimos en el Calderón. Un Barça rígido, plano y previsible tenía el balón pero no sabía qué hacer con él. Enfrente una maquina de precisión a la hora de defender. Los blaugrana trataban de abrir el campo pero el despliegue táctico de los colchoneros impedía cualquier intento de hacer años. El partido se puso en un tramo bastante áspero. Gabi y Juanfran probablemente podrían haberse llevado alguna tarjeta por la reiteración en la faltas pero estas venían más por fruto de la brutal intensidad que por una orquestado plan de ser violento, como parecían describir los rostros de todos y cada uno de los jugadores del Barça en todos y cada uno de los minutos que duró la primera parte (y la segunda). Superada la fase de adaptación, apareció el Atleti y apareció Valdés, el culpable de que los de Messi, porque da la sensación de que Messi es onda y corpúsculo en este Barça descafeinado, se fuesen vivos al descanso. Sobre todo poniendo una mano milagrosa a un remate de ese Dios colchonero contemporáneo llamado Arda Turan, que tras una excelente jugada digna de cualquier Escuela de Dibujo apuntaba a la portería contraria.

La segunda parte pareció que transcurriría por los mismos derroteros pero no fue así. El Atleti, valiente, adelantó la presión y se fue a jugar en campo contrario. Y tocó. En vertical, sí, pero con peligro. Y se hizo dueño. Y metió el miedo en el cuerpo a súbditos y señoritos. Pero no consiguió marcar y ese fue el drama. Villa estuvo a punto pero Valdés volvió a sacar otra mano milagrosa. Llegado el minuto 60 el Atleti se desinfló acusando el esfuerzo físico. El Barça pareció dar un paso adelante en su monótono juego pero yo lo interpreto más como un paso atrás del rival. Pero Simeone es un ganado y pidió ganar e hizo cambios para ello. Sus jugadores, sacando fuerzas vete tú a saber de dónde, se cargaron las pilas para ese último esfuerzo. Faltaban 15 minutos y un gol les daba la Supercopa. Demasiado cerca como para despreciarlo. Pero entonces sí que aparecieron los nervios en el rectorado. Y el colegiado hizo lo que tenía que hacer: repartir "justicia". Eso sí, la versión capada, elitista y xenófoba de justicia que opera en el fútbol español. Un rifirrafe entre Filipe Luis y Dani Alves (ese jugador mundialmente conocido por su deportividad en el campo) acababa con la expulsión del brasileño rubio (ese jugador mundialmente conocido por su violencia). Una jugada que el línea, a 5 metros de la jugada, no vio y que tampoco vio el árbitro pero que sí ve la Reina de Saba (aka Messi) y eso es suficiente en la era de la globalización. La excusa oficial es que lo vio el línea del lado contrario. Todo muy lógico. A todo esto la jugada, para mí, no es nada y si lo es, el castigo hay que repartirlo a partes iguales.

Fin del partido. El rectorado respira tranquilo. Los señoritos se relajan. El aparato vuelve a circular. Mañana volverá a amanecer. El resto, incluido el penalti al larguero de Elseñormásenfadadodelmundo (aka Messi), es pura anécdota.


Me siento maltratado y no me apetece seguir hablando de esta pantomima pero personalmente estoy muy orgulloso de mi equipo. Mucho más orgulloso todavía.   

Orgulloso

At. Madrid 1 - FC Barcelona 1

Llevo ya unos cuantos años viendo fútbol en directo, los suficientes como para ser consciente de esa mutación artificial que ha sufrido la grada. Durante años he vivido partidos al lado, o muy cerca, de aficionados del equipo rival. Tipos de todos los signos, sexos y variedades que uno pueda imaginar. Tipos por los que a veces a veces he sentido empatía y otras me han sacado de mis casillas. Tipos que en cualquier caso siempre tenían el denominador común de sentirse emocionalmente emparentado con unos colores distintos a los míos pero ni más ni menos que yo. Aficionados al Oporto, al Celta, al Athlétic de Bilbao o al Aberdeen. También al Madrid y al Barça. Pero el fútbol, en su trayectoria hacia la galaxia, está cambiando también el color de la grada y mientras que aficionados al Real Burgos o al Elche dejan de tener sentido y desaparecen, el lugar privilegiado del balompié lo pasan a ocupar japoneses sonrientes y aturdidos que se enfundan la casaca blaugrana y vienen al estadio a ver el Baile de los Cisnes. Emocionados hermanos latinoamericanos que hartos de pasar penurias reúnen sus ahorros y los entregan a cambio de sentirse durante dos horas parte del rico y lustroso emperador que siempre gana. Preciosas jovenzuelas con el 10 de Messi a la espalda que se fijan en los peinados y que al inicio del partido preguntan en qué portería marca Neymar. Niños de Mostoles o de Usera que de la mano de un progenitor que ha decidido optar por la opción fácil acuden por primera vez a un estadio de fútbol con una senyera en el cuello, atraídos por el efecto placebo para la psique de ganar siempre o por el edulcorado sabor industrial del alpiste mediático que día tras día bombardea nuestros sentidos. Es injusto generalizar, habrás casos de todo tipo y estoy seguro que en algún sitio existirá alguien del Madrid o del Barça que sienta exactamente lo mismo que siento yo por el Atleti pero que no me engañen, no son legión. No son tendencia. No son la inmensa mayoría de los que ayer estaban en la grada del Calderón. No soy nadie para dar lecciones pero eso, para mí, no es ser aficionado al fútbol. Es otra cosa. Otra cosa que personalmente me parece triste y lamentable. Mi duda es si esa otra cosa acabará devorándolo todo.

La noche era muy calurosa pero ni eso ni la estupidez paleta y caciquil de colocar un partido oficial a las once de la noche hicieron que el ambiente se resintiese en absoluto. Los colchoneros teníamos ganas de encontrarnos para ver fútbol y se notó. Excelente entrada y excelente ambiente de gran altura. Partidazo. El encuentro comenzó aupado en ese colorido y el brutal sonido de una grada que mostraba su mejor versión. En el campo los rojiblancos asimilaban lo que venía de fuera y mostraban una concentración extrema. Un dibujo letal. Aferrados a su típico 4-1-4-1 de los encuentros importantes (sí, señores periodistas, acudan al campo y verán ese o a veces el 4-2-3-1 es el dibujo táctico del equipo y no el 4-4-2 que observan mirando la televisión) el Atleti dejaba jugar en una franja de 30 metros trazada unos pasos fuera del área grande. Un campo minado en el que cualquiera que pasase por ahí encontraría el aliento en el cogote de un par de atletas vestidos de colchonero. Enfrente, disfrazado en esa esperpéntica segunda equipación que por enésima vez trata de mezclar deporte y leyendas políticas, el Barcelona se parapetaba en su fantástico estilo de toque, pero lo hacía de forma estéril. No se sentía cómodo. La exhibición de presión, rigor táctico y ambición defensiva hacía que la mejor plantilla del mundo resultase lenta e inofensiva. Incapaz de hacer daño se limitaba a tratar de no perder el balón porque cada vez que lo hacía el Atleti salía desaforadamente a por la meta contraria. Los madrileños apenas combinaban, nada nuevo, pero ayer no era el día de empezar a hacerlo. A su evidente y denunciada aquí carencia de balón se le sumaba la dificultad de librar esa presión asfixiante que el Barça ejerce en campo contrario cada vez que pierde el balón. Aprendida la lección, los madrileños, cuando lo hacían, combinaban al primer toque, a veces con precipitación, pero siempre siguiendo lo aprendido en el vestuario. Salidas en largo de Miranda a Diego Costa y verticalidad a la hora de robar. El plan del Cholo se vio claro porque el equipo lo interpretó a la perfección.

Con ese guión apareció el primer golazo de Villa con la camiseta rojiblanca. Una oda al contrataque. La presión brutal de la zona medular hace que Koke robe el enésimo balón para sacarlo rápidamente a banda izquierda en la que Arda combina rápidamente con Villa que de primeras devuelve el balón en profundidad a la banda. El resto lo pueden ver en los resúmenes. De hecho deben verlo en los resúmenes porque es precioso. El turco cuelga el balón con la izquierda para que el Guaje empale el balón de volea y con la derecha haga el primero. El estadio a partir de ese momento estuvo en ebullición constante, un estado que maridaba perfectamente con la actitud que sus jugadores mostraban en el campo. Hasta el final de la primera parte el Barça jugó al ritmo que le imponía su rival incapaz de mostrarse como es. El Atlético, voraz como su entrenador, mordía cada vez que tenía ocasión y seguía enchufadísimo. Pudo hacer el 0-2 con otra gran combinación que Villa no acertó a rematar con claridad cuando ya encaraba la portería.

La segunda parte fue distinta, menos disputada y algo más aburrida por varios factores. El primero el gran desgaste físico sufrido en la primera parte que obligó a los del Cholo a tener que bajar el pistón. El Barça, con algo más de mordiente e intensidad, retomó algo las riendas del partido y obligó al Atleti poco a poco a jugar unos metros más atrás ya en la frontal del área y ahí sí, empezaron los problemas. Cesc sustituyó a Messi y dio mucha más fluidez al juego. Los de Martino seguían sin hacer ocasiones claras pero estaban más cerca y el Atleti robaba menos, muy atrás y cuando lo hacía perdía con demasiada facilidad el esférico. El partido era otro. Courtois tuvo que empezar a mostrar lo gran portero que es. Diego Costa y Villa estaban demasiado lejos. Turán y Koke empezaron a mostrar signos de cansancio. También apareció el árbitro para sumarse a la fiesta blaugrana. Hoy leerán que perdonó la segunda tarjeta amarilla a Busquets (o no, porque las Vedettes de la prensa chusca son capaces de inventar cualquier cosa) pero para mí eso no deja de ser una error de apreciación. Algo humano. Lo que no es humano es la actitud del colegiado con uno y otro equipo en esos minutos claves. Deslumbrado por el poder mediático del poderío Madrid/Barça el trencilla regañaba a unos y conversaba con otros. Las tarjetas de unos eran los “aquí no pasa nada” de otros. Las marrullerías de uno eran reprimidas para unos y sonreídas para otros. Eso no es casual. Eso no es un error humano. Eso es otra cosa. Con ese cocktail sobre la mesa empató el Barça. Enésima jugada trenzada en la frontal, basculación del equipo a la derecha, cambio de juego a la izquierda, llegada de Neymar al segundo palo y gol de cabeza. Desde mi punto de vista el balón viene demasiado bombeado como para que Juanfran no pueda defender de cerca a su marca. Error defensivo. También creo que Courtois tuvo tiempo de cerrar mejor el palo.

A partir de ahí Simeone cambió jugadores para ganar el partido pero no había fuerzas y la sensación era de que si seguían pasando minutos lo más probable es que el Barça volviese a marcar. Salió Óliver pero se vio superado por las circunstancias. Prácticamente no dio un pase bien y perdió todos los balones que tuvo. Es normal. Es un jugador en construcción y el partido era de altura. Quizás esto sirva sin embargo para tranquilizar a tanto histérico que reclama cargar al muchacho con la responsabilidad del juego del equipo.


Empate a uno que deja la final muy complicada (hay que ganar en Barcelona) pero deja también una gran sensación de equipo. Un equipo que da todo lo que tiene con generosidad y grandeza. Competitivo, ambicioso y serio. Un equipo del que sentirse orgulloso. Yo lo hago.

Salto de potro

At. Madrid 1 - FC Barcelona 2

Por cosas que tampoco vienen a cuento ahora mismo, el que escribe estuvo un año entero en un gimnasio practicando ese deporte olímpico llamado gimnasia deportiva. Como es conocido, una de las disciplinas que conforma tan sacrificado deporte es la de salto de potro y esa fue precisamente mi pesadilla durante aquel año. Mientras en el resto de cosas avanzaba de forma más o menos regular y conseguía disfrutar de ellas, el enfrentarme a semejante tocho de madera provocaba sudores fríos en mi cuerpo. Tenía las facultades, el aprendizaje, la velocidad y la fuerza para saltarlo con cierta dignidad pero la realidad era que o me quedaba colgado ridículamente a mitad de camino o me hacía daño. A veces mucho. Cuando esto ocurría, mi entrenador siempre aparecía de inmediato y lejos de reconfortarme me reprendía con muy malos humos. Nunca olvidaré lo que me decía y no sólo porque siempre era lo mismo sino porque tenía razón. “O vas con todo o no vas”, me decía. “Lo que no puedes hacer es arrepentirte o dudar a mitad de camino porque entonces las consecuencias son las que son”. Y tenía razón. Lo supe el día que por fin salté sin guardarme nada y conseguí llegar con mucha dignidad al otro lado. 

Hoy, según paseaba por el Paseo de la Chopera camino del Calderón, discutía con mis amigos de twitter sobre la sorprendente alineación del Cholo. Una selección de jugadores plagada de titulares que bien podría haber sido la alienación que el equipo sacara de estarse jugando algo de verdad con el FC Barcelona. Pero es que no nos jugábamos nada y en menos de cinco días si que poníamos en liza lo que puede ser la guinda de la temporada. El debate fluctuaba entre los pragmáticos que se echaban las manos a la cabeza por exponer a una tarjeta roja o una lesión a los jugadores que el próximo viernes nos tienen que traer la Copa del Rey y los que tiraban de corazón y aplaudían la decisión del argentino, basándose en argumentos próximos al honor o el orgullo de ganarle al todopoderoso Barça, con la posibilidad añadida de absorber una última dosis de optimismo y confianza de cara a la cita definitiva. Dos opciones muy lícitas. Personalmente no tenía muy clara la decisión. Gustándome eso de jugar con los mejores contra el Barça, la cruda realidad de una plantilla cogida por los pelos despertaba ciertos temores en mi persona. Pero me temo que ese debate interno que tenía yo, que no soy nadie, también lo tenía Simeone y todos y cada uno de los jugadores. Al final el Atleti ha dudado por el camino, como hacía yo al saltar el potro. Habiendo decidido saltar (ya que podía haber sacado un equipo de circunstancias y no dar explicaciones a nadie) a mitad de camino entendió que era mejor no darlo todo y las consecuencias han sido las que mi entrenador de antaño vaticinaba. No has saltado el potro y encima te has hecho daño. Afortunadamente un daño exclusivamente anímico. Creo. 

El partido empezó siendo una fiesta. Un estadio lleno, una tarde preciosa, un equipo de balonmano vitoreado que sacaba a pasear su reciente Copa del Rey, un FC Barcelona aplaudido por su campeonato de liga y un partido en ciernes. El ritmo de comienzo fue bastante bueno para las premisas que acarreaba el partido, pero poco a poco se fue poniendo en su sitio. Un Barcelona apático que se limitaba a tirar de su consabido guión de toque-toque-toque y un Atlético de Madrid voluntarioso que como si de un entrenamiento se tratara, se aplicaba a la disciplina de equipo con intensidad y rigor pero sin demasiada mordiente. Mediada la primera mitad, ya vimos todos que aquello era más o menos una pachanga con público. Sin apenas llegadas, ni ocasiones, ni faltas, ni polémicas, ni meter la pierna, ni arriesgar nada, la primera parte fue una buena ocasión para tostarse al sol y charlar con los amigos. 

La segunda parecía seguir los mismos derroteros pero un fallo de la defensa catalana provocó que Gabi desde el suelo habilitase un balón a Falcao que arrastrando la puntera hizo el primer gol del partido. Los minutos siguientes, probablemente por el subidón de darse cuenta de la cantidad de gente que les estaba viendo, fueron los mejores de un Atleti que se fue arriba con alegría y con el talento de ese genio llamado Arda Turan (ayudado por un cada vez más imponente Koke) y que pudo sentenciar el partido en un contrataque en el que el otomano se emborrachaba de balón ya delante del portero. Simeone entendió entonces que era momento de empezar a tomar precauciones y fue quitando del campo a Turan y a Falcao. En ese momento también, un inapetente (y algo engreido, para que negarlo) Messi decidió largarse del campo, es de suponer que por molestias físicas, dejando al equipo con diez. Todo parecía claro y diáfano para los colchoneros pero entonces el Atleti decidió relajarse y olvidarse del rigor o la mínima tensión que requiere un partido de primera división. Y lo pagó. 

Primero con una ingenuidad defensiva propia de otros tiempos que dejaba que un hasta entonces inoperante Alexis rematara casi sin querer para hacer el empate. Minutos después Juanfrán decidió con todo el Atleti en campo contrario hacer un pase de fofito que iniciara un contrataque blaugrana y que dejó un remate franco de Villa en el borde del área pero que al igual que sus compañeros tampoco tenía la tarde y lo mandó fuera de los tres palos. “Afortunadamente” el bueno de Gabi estaba por allí para recoger el balón antes de salir y meterlo en su propia portería con bastante mala suerte. El Barcelona remontaba el partido con diez y sin despeinarse. El Atleti se quedaba con cara de calabazas pensando que para este viaje no necesitaba esas alforjas. 

Partido de entrenamiento con publico, si, pero partido de los que te deja cara de atontado. No debe tomarse como referencia para lo que tenga que pasar el viernes, porque son cosas completamente distintas, pero es difícil no tomar la reflexión de que en liga el Atleti es incapaz de ganar a los equipos de la parte alta de la tabla. Es así. Ni por las buenas ni por las malas. En cualquier caso en cinco minutos todo esto estará olvidado y sólo tendremos una cosa en la cabeza. El estadio Santiago Bernabéu. El próximo viernes. Será la final del Campeonato de España. Lo que muchos denominan La Copa de Rey.

Desigual hasta en la suerte

FC Barcelona 4 - At. Madrid 1 

El FC Barcelona recibe cada año, por el mero hecho de competir en la liga y quede en la posición que quede, 100 millones de euros más que el Atlético de Madrid. El centro del campo blaugrana es Xavi, Busquets e Iniesta y el madrileño Gabi, Mario y Koke. Cuando se lesiona Filipe Luis no es que no exista ningún lateral de garantías en el banquillo rojiblanco, es que directamente no hay ningún lateral más. En el Barça Cesc se recupera de una lesión mientras Diego Alves y Villa juegan a pares o nones en el banquillo. Si a los fríos números consecuencia del vil metal le sumamos el universal apoyo mediático y social más una política deportiva ejemplar que ha provocado que el vistoso estilo futbolístico del Barça sea reconocido en los cinco continentes y sea indisoluble con el ADN culé, seremos conscientes de que un Barça-Atleti, hoy por hoy, es un enfrentamiento deportivo terriblemente desigual. Podrá sonar a excusa pero no lo es. Podrá sonar a pataleta pero no lo es. Es la cruda realidad. Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que no era así pero ya no lo es. No existe. Por mucho que los medios de comunicación hablen de rivalidad histórica o clásicos del fútbol, la liga es una engendro asimétrico que tiene los días contados. Esto es otra cosa. En una competición dónde cualquier jugador que destaque en cualquier equipo acabará, indefectiblemente, en Barça, Madrid o fuera de España cualquier cosa que esté fuera de la dupla mediática no tiene razón de ser. Es como correr una carrera en la que todos van a pie menos dos que van en bicicleta. Terriblemente frustrante. 

Así que puede resultar irónico decirlo, sobre todo viendo lo contundente del resultado, pero el Atleti hizo en el Camp Nou un gran partido y personalmente creo que pudo hacer poco más. La primera media hora de hecho fue ejemplar. De escuela de fútbol contemporáneo. Simeone, gran entrenador y mejor analista del mundo del balompié, conocía perfectamente que la ecuación que optimiza los recursos propios y minimiza los del rival es esa que sitúa al equipo colchonero metido en 20m, fuera del área, con altas dosis de concentración y agresividad, olvidando la especulación con el balón y que arma salidas de cuatro y cinco jugadores en vertical cada vez que recupera. El Atleti lo hizo perfecto. Recordó por momentos a las noches estivales de Bucarest y Mónaco. Con un gran trabajo de Diego Costa y Koke además de la motivación extra de Falcao, el Atleti fue muy peligroso. Dio miedo. Maniató a un Barça que no se reconocía y que tenía a sus grandes puntales sin participar. Los colchoneros avisaron por dos veces con un remate del colombiano al palo y otro balón cruzado que se escapó por la parte izquierda de la portería. Uno se sentía orgulloso ya entonces de su equipo pero más todavía cuando un robo de Costa deja a Falcao encarando la portería para que con un recurso técnico al alcance de muy pocos pusiese de una medio vaselina de zurda el 0-1 en el marcador. Los Atléticos vimos que se podía ganar. El problema es que también lo vieron los azulgranas. 

La idea era mantener el mismo esquema. La misma tensión. Si los de Simeone era capaces de llegar así al descanso (faltaba 15 minutos) una gran parte del camino estaría hecho y las posibilidades de rematar el encuentro con una contra fatídica se multiplicarían. Pero entonces llegó la suerte. Justo al que menos la necesita. Una jugada intrascendente por la izquierda de Adriano acaba con el jugador culé cerrado en la diestra y recortado a su izquierda. Viendo que toda la delantera está marcada y los pases cortados, decide entonces lanzar un disparo lejano con la pierna izquierda. El balón entra por la escuadra y empata el partido. Hasta entonces el Atleti había estado al 110% de su capacidad mientras el Barça, por méritos de los madrileños seguramente, no había pasado del 50%. Aun así íbamos empatados. Entonces el Barça, que había visto la oscuridad, sacó el tarro de las esencias y el Atleti, que había visto la luz, se sintió cansado e impotente. Los catalanes ya no abandonaron el área rival en lo que quedaba de primera parte pero además tuvieron la suerte, otra vez, de un segundo gol tras melé caricaturesca en el área que Busquets acaba aprovechando. 1-2 al descanso. Injusto. Un Atleti vaciado que no podía hacer más frente a un Barça que a sus muchos recursos naturales y financieros había sumado el de la suerte. Psicológicamente desolador. Darlo todo y darlo bien para irte perdiendo al descanso. 

La segunda parte fue algo más parecido a lo “normal”. El Barça monopolizó el juego y el balón frente a un Atleti que ahora si era incapaz de salir con fluidez. El problema de ser un equipo potente, rocoso y peligroso como es este Atleti de 2012/2013 es que los rivales te toman como tal. Te respetan, te temen y no escatiman en recursos para ganarte. Eso es lo que le pasó al Barça. Vio que necesitaban ser ellos mismos en su mejor versión para ganar y lo hicieron. Para el Atleti era mucho más fácil ganar en el Camp Nou cuando éramos un equipo del montón que ahora siendo segundos en la liga pero prefiero mil veces esta tesitura a la otra. El Atleti ha perdido en el feudo blaugrana por pensar a lo grande pero yo lo veo como un peaje que tenemos que pagar si queremos recuperar nuestro lugar histórico en el fútbol. 

El Atleti no perdió nunca la cara al partido pero no volvió a inquietar y se vio incapaz frente a un Barça alegre, fluido y convencido de sus posibilidades. El partido finalizó definitivamente cuando Messi, hasta entonces inédito, decidió hacer su típica diagonal hasta la frontal del área para empalar a la base del poste. Los minutos postreros desde ese momento hasta el final del partido, incluido el segundo gol del crack argentino tras error absurdo de Godin, entran prácticamente en la categoría de anécdota. 

Creo que no se puede pedir más a quien lo da todo y este Atleti lo da todo. Algún cenizo apocalíptico olvida (o no quiere ver) que este Atleti está viajando muy por encima de sus posibilidades. Que gracias a su entrenador está regalando un rendimiento muy por encima no ya de lo esperado sino de sus posibilidades reales. Ahora estamos dolidos por perder y sobre todo por ser conscientes de que el sueño de volver a ganar la liga se diluye en el éter pero no deberíamos olvidar que este Atleti, con 9 títulos de liga en sus vitrinas, ha hecho este año el mejor arranque liguero de su historia. Me repugnan los supuestos analistas y supuestos atléticos que cuando el equipo gana ven cracks y genios por todos los sitios y cuando pierden son todos unos paquetes miserables. No me interesa ese discurso fácil y ventajista. Yo critiqué a Aguirre ganando y defiendo ahora a Simeone perdiendo porque creo en la coherencia y porque sabedor de la fuerte dosis de incertidumbre que tiene el fútbol uno pretende evitar la casualidad del momento para ceñirse al análisis del trabajo, del proyecto y del buen hacer, tratando de distinguir lo que es un riguroso plan y lo que es fortuito. Yo me siento orgulloso de este Atleti. Incluso hoy, perdiendo 4-1 en el Camp Nou.