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En la liga o en la copa o encuentro internacional.

Zenit 1 - At. Madrid 1

Decía Spalletti en la víspera del partido de hoy, a pesar de estar ya matemáticamente clasificado como primero de grupo para la siguiente fase y a pesar de ser consciente de que la alineación de los rojiblancos estaría plagada de jugadores con pocos minutos de juego, no fiarse del Atleti. Es normal. Podremos discutir respecto a lo áspero y especulativo del concepto que el entrenador transalpino pueda tener del juego, pero Spalletti es perro viejo en esto del fútbol y sabe de lo que estamos hablando. De hecho, creo que salvo nuestros exaltados periodistas de referencia, todo el mundo relacionado con este mundo sabe ya a estas alturas de lo que estamos hablando. Lo del Atleti no es casualidad ni es fruto de un apuesto muchacho musculado que mete cientos de miles de goles, incluso los días en los que no hay partido. Es el resultado de un plan que ha salido bien. Una receta de varios ingredientes que con mucho trabajo y algo de suerte han combinado para producir una fórmula espectacular. Asumido por tanto que no es el fruto de individualidades, parece lógico pensar que lo que quiera que ocurra en ese vestuario tiene que calar en todos los que allí conviven. En todos. Y cala, claro que cala. Es evidente. Eso es lo que temía Spalletti y temía bien.

El Club Atlético no ha ganado hoy en San Petesburgo por la simple razón de que no necesitaba ganar el partido. Tan simple como eso. Sin hacer un gran encuentro, sin tener demasiadas ocasiones de gol y sin ofrecer ningún alarde espectacular pero con la sensación de tener dominado el partido o de al menos, saber que en el momento que quisiera podría haberlo hecho, los de Simeone se ha llevado un punto en una plaza, la rusa, que se antojaba complicada cuando la bolita del Zenit salió en el sorteo. El encuentro comenzó, según cuentan las crónicas, a seis grados bajo cero y 90% de humedad relativa en el ambiente. Yo he tenido la ocasión de sufrir esas condiciones y puedo asegurar que no es lo mejor para hacer deporte. Respirar duele en los pulmones. El frío se te pega en los brazos y cara hasta insensibilizarlo todo. No es excusa. Son datos. Si a eso se le suma el hielo que se posaba sobre un césped que no tenía tampoco pinta de estar en buenas condiciones y que hacía que todo se ralentizase, es fácil concluir que las condiciones no eran las más favorables para ver buen fútbol. No lo vimos. El Zenit, un equipo acostumbrado a correr con espacios, a explotar el enorme potencial de su línea delantera buscando los huecos a la espalda de su rival, se encontró con un Atleti cómodo en su papel de actor pasivo. Los rusos tenían el balón pero eso era todo. El Atleti, muy bien parapetado en pocos metros, cerraba espacios, se colocaba muy bien y no permitía las ocasiones. Esquema clásico y previsible. Pero según avanzaban los minutos, los elementos se movieron ligera pero significativamente. El Zenit tomó consciencia de que el Atleti no sabía que hacer con el balón y vio que con una mínima presión obligaba a los colchoneros a defender cada vez más atrás. La preocupante falta de creatividad de los del Cholo, ya tradicional, fue hoy realmente desoladora. Con el doble pivote hipotecado en tareas defensivas (demasiado), los cuatro de adelante eran incapaces de dar dos pases. Koke era el único que intentaba poner algo de criterio pero el terreno de juego y sus propios compañeros se lo ponían muy difícil. La opción de Adrián como segundo delantero cuando el primero era Raúl García no funcionaba pero es más que probable pensar que la opción contraria hubiese funcionado incluso peor. Así transcurrió una primera parte aburrida y espesa en la que el equipo concedió más ocasiones de lo normal (sin claro peligro, eso sí) y en la que lo único positivo para los colchoneros fue el buen hacer de Alderweireld e Insua en defensa y un Guilavogui cumplidor en el mediocentro.

A estas alturas queda claro que soy un convencido adepto a la religión Simeone, que no quede dudas al respecto, pero no puedo entender como en el partido de hoy no fue de la partida inicial un jugador como Óliver Torres. Sin nada que perder y con la evidente falta de crear fútbol que tiene el equipo, era una ocasión ideal para foguear a un jugador en el que muchos tenemos puestas muchas esperanzas. No fue así. Y suena raro. La segunda parte siguió el mismo guión que había dejado antes del descanso pero con la sensación de que el Zenit parecía querer exponer un poco más. Un poco, no se crean, que en el banquillo seguía el italianísmo Spalletti. Pero con más espacios, el Atleti casi resuelve el partido en la única jugada clara que había hecho hasta ese momento. Raúl García que recibe de espaldas en la medular y que se gira para dejar, de gran pase, a Adrián con 40 metros por delante para encarar al portero ruso. El asturiano aprovechó la ocasión para marcarse con un eslalon de la casa y hacer el 0-1 en boca de gol. Los minutos siguientes dejaron todavía más en evidencia al Zenit. Un equipo millonario, con un potencial ofensivo muy interesante, pero que como estructura de equipo deja bastante que desear. Sobre todo en defensa. El Atleti no mató el partido (Gabi fue el que lo tuvo más fácil por dos veces) porque no le dio la gana. Daba la sensación de que si el equipo se hubiese quedado con el balón y lo hubiese movido con criterio, abriendo el campo y haciendo correr a un equipo que defiende sin intensidad y cierto desorden, hubiese dormido el partido hasta el final, pero no ocurrió así. Los colchoneros bajaron la intensidad que no habían abandonado desde el principio y se dedicaron demasiado al pase en corto y el recreo. Aun así el Zenit era incapaz de crear peligro más allá de los arranques esporádicos de ese portento físico llamado Hulk. Solamente una desgracia podía empatar el partido y eso es lo que ocurrió. Rechace en la cabeza de Alderweireld que se envenena y que su caída en vertical se cuela en la portería de Courtois. Fallo garrafal del belga, el portero, que muy probablemente obedezca a cierta relajación, inusual en el propio cancerbero y en el Atleti. Comprensible, por otro lado. El buen arquero también es humano. Simeone nos permitió durante los últimos minutos, por fin, disfrutar de Óliver y su fútbol de fantasía pero supo a poco y sólo sirvió para aumentar las dudas de por qué no había salido antes.


El Atleti sigue imbatido en Europa, sigue sumando puntos y sigue ganando prestigio. Queda un partido en el Calderón contra el Oporto, que también podrá servir de prueba de toque para los menos habituales, y nos meteremos en la siguiente fase con la ilusión intacta. Hace años, en tiempos de Aguirre, me quejaba de jugar la Champions como un premio que no importaba estropear. Me parecía absurdo estar todo un año peleando por jugar una competición que luego se despreciaba por aparecer imposible. No es el caso. Simeone, gracias a Dios, no es Aguirre y en su guerra particular no se hacen prisioneros. Se juega para ganar y no hay otra opción. Como tiene que ser. Como reclama ese escudo del Oso y el Madroño. Así si. Me gusta la Champions League. 

¡Qué siga la fiesta!

At. Madrid 3 - FK Zenit 1

Con la cabeza fría, no soy un gran defensor del formato Champions. Lo reconozco. Una competición tramposa, hecha por y para millonarios, creada para uso y disfrute de las grandes potencias europeas. Una copa de campeones que supuestamente puede ganar alguien que no ha sido campeón de nada. Ha ocurrido algunas veces. Pero aunque generalmente tiendo a intentar ser un tipo juicioso y con la cabeza fría la realidad es que no lo soy. Y resulta que la competición, con todos sus demonios y sus miserias, me gusta. Y mucho. Y uno acaba acudiendo al campo como un niño pequeño al que por primera vez en su vida lo llevan a un parque de atracciones. Hubo un tiempo no muy lejano en el que esto no era así. Nuestra anterior andadura, sin ir más lejos, fue un despropósito. Una vergüenza. Un sentir constantemente que estábamos en una fiesta a la que no habíamos sido invitados. Por alguna razón, la eterna indirigencia del club junto a nuestro adlátere del momento en el banquillo, decidieron que jugar la máxima competición no era una cosa que fuese con nosotros. Jamás entendí, ni entenderé, por qué tanto empeño en participar en una competición que luego no se jugaba para ganar. Será cosa de gestores siniestros. Pero las cosas han cambiado con esa bendición que nos ha caído del cielo llamada Diego Pablo Simeone. No sé si ganaremos o no la Champions. No sé si pasaremos la fase de grupos o caeremos en semifinales pero tengo clarísimo que lo que no vamos a hacer, como entonces, es hacer el ridículo. No vamos a tirar una competición preciosa que juegan los mejores. El que quiera ganar tendrá que ser mejor que nosotros. 

El ambiente al comienzo del partido fue bastante más frío del que esperaba. Sonó el himno sin demasiada emoción y para cuando el árbitro pitaba el inicio todavía quedaban muchas calvas en las gradas. Después no se llenaría el estadio pero si presentaría una entrada bastante más digna. También el ambiente fue in crescendo según pasaban los minutos. Quiero destacar un detalle que muy probablemente no leerán en la prensa “seria”, entre otras cosas porque sus cronistas, presos de esa estúpida inmediatez que todo lo inunda, ven los partidos por televisión y no en el campo. Se trata de una línea de focos que adornaba la grada y que antes no estaban. Un plus de focos de intensidad significativa, que venían a sumarse a la iluminación clásica del Calderón. Se veía mejor, sin duda, lo que me hace pensar que ha sido un requisito de la UEFA, que vuelve a destacar otra de las múltiples deficiencias que tiene nuestro querido estadio. Pero vayamos al fútbol. El partido comenzó con intensidad, con presión, con velocidad, como juega el Atleti. El Zenit (lean aquí su historia), con mucho miedo desde el banquillo, había plantado una defensa de 5 sobre la que se construía un muro defensivo. El Atleti trataba de tocar y mover rápido pero era francamente difícil atravesar la espesura que había montado el equipo ruso. Los del Cholo trataban de quitar el balón arriba, como siempre, pero el Zenit no arriesgaba nada y con cada robo el Atleti se topaba siempre con cinco o seis defensas por delante a los que era muy difícil sobrepasar. En ataque estático los problemas eran todavía mayores y dejaban claro cual es el verdadero talón de Aquiles de este Atlético de Madrid. Esa calidad en segunda línea que sólo llega a través de Arda y de un Koke que cada vez es un jugador más importante (otro gran partido del canterano el de hoy). Así pasó media hora. El Atleti dominaba y llegaba pero no con claridad. Entonces apareció el laboratorio del Cholo. El balón parado que tantas alegrías nos ha dado. El enésimo remate de Miranda desde el primer palo que en diagonal cabecea a gol tras pase de Koke. 1-0. Todo pintaba bien. 

Pero era un espejismo. La Champions es una competición en la que es difícil encontrarse equipos fáciles. En España tenemos esa costumbre absurda de despreciar todo lo que desconocemos y uno escuchaba durante la semana muchas voces, supuestamente entendidas, que no daban al Zenit la importancia que merece su plantilla. Una plantilla que de medio campo para arriba no tiene nada que envidiar a la nuestra, por cierto. Uno no entendía tampoco como con ese equipo los de Spalletti habían salido tan ceñidos al cerrojazo pero lo entendí todavía menos viendo como se desenvolvía el equipo cuando si quiso el balón y jugar. El final de la primera parte aconteció básicamente en campo del Atleti y con el equipo de San Petesburgo tocando, jugando y dando muestras de lo que pueden ser. 

La segunda parte comenzó todavía peor. Los rusos con un plus de agresividad e intensidad y los madrileños, algo tremendamente raro, perdidos, blandos y descolocados. Fueron los peores minutos de un Atleti que no se encontraba y que se veía desbordado por un rival que lo hacía recular hasta posiciones muy peligrosas. Los rusos hicieron ya estirarse a Courtois en una parada prodigiosa tras cabezazo de Kerzhakov desde el área pequeña, pero poco después el portero belga ya no pudo hacer nada ante el violentísimo trallazo de Hulk. Gran jugada del Zenit que mete un balón en vertical a Hulk, el brasileño se abre camino y empotra el esférico en la escuadra. Golazo. En ese momento el drama sobrevolaba el Calderón. Y más que lo hizo cuando poco después los rusos estrellaban una falta en el larguero. El Atleti no se reconocía, se veía perdido, y el rival cada vez tenía mejores sensaciones. Pero en ese preciso momento apareció la jugada salvadora. Koke mete el balón en el área, otra vez, sendos remates que se estrellan en los defensas del Zenit (uno de ellos en el campo me pareció mano) y Arda Turan, perdón Don Arda Turan, que recoge el rechace tirándose como una alimaña a por el balón para hacer el segundo. Gol de furia y carácter. Si el turco suma esos adjetivos a su nutrido grupo de cualidades podemos hablar de un jugador estratosférico. Justo premio para un Arda que hoy volvió a ser el cerebro, el arte, el espíritu y la inspiración del Atlético de Madrid (con permiso de Koke). Un jugador que nos tiene enamorados a unos cuantos. 

Con el 2-1 fue todo más fácil. El Zenit acusó el gol y el esfuerzo, el Atleti cerro líneas y equilibró el juego y las cosas volvieron a la normalidad. Los de Spalletti con el balón pero lejos del área y los del Cholo saliendo en vertical. Leo Batipstao apareció en el campo sustituyendo a un Adrián que sin hacer un partido espectacular si que mostró síntomas de una franca mejoría. El brasileño, en prácticamente su primera jugada, consiguió llevarse el balón dentro del área para ponerla en el segundo palo lejos del guardameta. 3-1, un resultado que mataba definitivamente el partido. 

Trabajada victoria que nos hace empezar la competición de forma inmejorable y que está en la línea de seguir esa premisa que dice que ganando los partidos de casa en Champions, tienes la mitad del recorrido ganado. La roca de Simeone sigue rodando y dando alegrías. Nosotros sus fieles apenas tenemos tiempo de frotarnos los ojos para comprobar lo que estamos viendo. ahora si me siento invitado a esta celebración. ¡Qué siga la fiesta!


Stalinets de Leningrado

En pleno siglo XVII y condicionado por el estancamiento económico que sufría un imperio ruso aislado geográficamente, el joven zar, Pedro I el Grande, decidió extender sus dominios buscando una salida al mar que empujara sus aspiraciones expansionistas. Bloqueada la vía del sur, al tener enfrente un poderoso imperio otomano que lo impedía, decidió entonces unirse a daneses, noruegos, sajones, polacos, lituanos... para declarar la guerra a los suecos y buscar una salida por el Báltico. El conflicto se conoció como la Gran Guerra del Norte. Allí, en mitad de la contienda, con la intención de controlar la desembocadura del río Neva y en un entorno inhóspito dominado por las marismas, el Zar decidió en 1703 iniciar la construcción de una fortaleza (hoy conocida como de San Pedro y San Pablo), que suponía el nacimiento de la ciudad de San Petesburgo, llamada así en honor al apóstol Pedro, patrón del propio Zar. Surgía entonces “la ventana a Europa” que reclamaba un emperador obsesionado con occidente. Una ciudad que poco después sería la capital de Rusia por más de doscientos años.

Cuentas las crónicas que fue en San Petesburgo, concretamente en la isla de Vasilievsky, donde se disputó el primer partido de fútbol en Rusia. Hablamos de 1897 y del encuentro entre un equipo de ingleses en la ciudad (Ostrov) contra un combinado de ciudadanos rusos que andaban enrolados en varios clubes amateur. Ganaron los ingleses. Hay personas que sitúan los orígenes del Zenit en esos equipos que durante los apasionantes primeros años del siglo XX aparecían y desaparecían en función de la cambiante realidad política de la época aunque es un tema que no esta muy claro. En concreto sitúan el origen del Zenit en el Murzinka, un equipo fundado en 1914 que sobrevivió a la primera guerra mundial, la revolución bolchevique de 1917 y a la guerra civil Rusia y que en 1924, ya con el nuevo régimen, cambiaba su nombre, por razones políticas, al de Bolshevik (Bolchevique), al mismo tiempo que la ciudad  hacía lo propio por el de Leningrado. En algún momento de la década posterior, el equipo parece que entraría a formar parte de la Sociedad Deportiva Zenit.

Pero el origen más aceptado es sin embargo el que se sitúa en los años 20 y en la LMZ, la Planta Metalúrgica de Leningrado (Leningradsky Metallichesky Zavod). Los trabajadores de dicha factoría decidieron formar un club deportivo del que saldría en 1925 (fecha oficial del nacimiento del FK Zenit) un equipo de fútbol que hasta mediados de la década de los 30 sólo jugaría competiciones locales. A partir de 1935 el régimen soviético comienza a organizar los aspectos deportivos y de educación física a través de lo que se llamaban Sociedades Deportivas Voluntarias, al estilo de la ya existente Dinamo (en la que por ejemplo estaba el Dinamo de San Petesburgo, fundado en 1920 y rival histórico del Zenit en la ciudad). Eran entidades de carácter deportivo/administrativo que solían estar vinculadas con sectores industriales, del ejército o a divisiones del propio gobierno y que tarde o temprano aglutinaron la práctica totalidad de equipos de fútbol de la URSS. Así nacieron las conocidas Lokomotiv o  Spartak y también, en 1936, la Sociedad Deportiva Zenit, ligada a la industria militar. En ese mismo contexto aparece al club deportivo de la LMZ reinventado como Stalinets (juego de palabras entre Stalin y Metalúrgicos), que iniciará ese mismo año su andadura en el campeonato oficial del país. Primero a nivel regional, alcanzando en 1938 la máxima categoría y llegando después a la final de la copa en 1939. A finales de ese mismo año, la LMZ pasa por razones de estado a estar bajo la jurisprudencia de la industria militar y el equipo se ve obligado a integrarse dentro de la Sociedad Deportiva Zenit. Independientemente de quién fuese el primero en sembrar la semilla de lo que vendría después, la realidad es que a partir de ese momento el equipo de fútbol de Leningrado participante en la liga soviética de fútbol, con mayoría de jugadores y cuerpo técnico provenientes de los Stalinets, será el inscrito como FK Zenit, perteneciente a la Sociedad Deportiva Zenit.

La llegada de la segunda guerra mundial supone un claro punto de inflexión para una ciudad que es sitiada, bloqueada y bombardeada por los alemanes durante 29 meses. También lo es para el FK Zenit, que durante el conflicto pasa a depender de la factoría óptico-mecánica de la ciudad (la empresa LOMO) y cuyos jugadores y cuerpo técnico tienen que ser trasladados en su mayoría a Kazan. Algunos de los que se quedaron fueron al frente y otros se quedaron soportando el terrible bloqueo pero, en ambos casos, hubo varias muertes significativas. Acabado el conflicto en 1944, con sobredosis de orgullo, el equipo vuelve a su ciudad para seguir la competición “normal” y ganar, por primera vez, la copa de la URSS. Éxito que sin embargo no lograría prolongarse en el tiempo y que iniciaría un periodo de crisis económica y deportiva que lo llevaría a mantenerse a duras penas en la élite del fútbol soviético durante los siguientes años. Tal es así que en 1967 el equipo terminará último de la liga, logrando evitar el descenso solamente como premio excepcional al celebrarse ese año el 50 aniversario de la Revolución de Octubre.  El equipo continuó con la misma tónica gris durante décadas hasta los años 80, en los que aupados en los métodos del entrenador Yury Morozov y su idea de construir el equipo en base a jóvenes talentos de la ciudad, el Zenit fue capaz de escalar por fin a los primeros puestos de la liga. En 1981 consigue debutar por primera vez en Europa (en la copa de la UEFA) y 1984 ganan por primera y única vez la liga de Unión Soviética.

En 1990 el Zenit rompe su dependencia de la empresa LOMO y pasa oficialmente a ser un club independiente de fútbol, cuyo primer presidente es un conocido periodista deportivo local. Sin embargo, en contra de lo que los espíritus más románticos pudieran pensar, el efecto fue letal para una institución que, sumida en una profunda crisis, acabaría a finales de 1991 formalmente en segunda división. Irónicamente, sería de nuevo la revolución comunista la que indirectamente salvaría al equipo de dicho descenso debido a coincidir en el tiempo con el colapso del régimen y la apresurada organización de una Premier rusa que le otorgaría plaza en la máxima categoría. Aun así, al año siguiente, el equipo volvía a bajar deportivamente a  segunda división, ya de forma definitiva. Ahí  se mantuvo durante 3 años en los que se produjo una catarsis total de un club que acabaría transformándose en Sociedad Anónima con el entonces vice-alcalde de San Petesburgo como presidente. Los nuevos aires sentaron muy bien y consiguen retornar a la Premier para iniciar una nueva etapa, también en lo deportivo, en la que los jugadores no rusos comenzaron a tener un rol más importante en el equipo (algo inédito hasta entonces). Todo ello, junto a un estilo áspero (que sería santo y seña desde entonces), una férrea disciplina táctica y una defensa contundente hizo que el Zenit volviese a la parte alta de la tabla para ganar en 1999 la Copa de Rusia.

El espaldarazo definitivo llegaría en 2005 cuando la gasista rusa GAZPROM, monstruo económico de Rusia y muy ligada al propio Putin (reconocido seguidor del Zenit), compra el equipo. La llegada de dinero, junto al buen ejercicio del entrenador holandés Advocaat, hace que en 2006 ganen la Premier rusa por primera vez. Aparecen entonces los nombres de Arshavin o Zyryanov, entrando el nombre del Zenit dentro del mapa futbolístico europeo. Con el mismo esquema, aunque con jugadores y entrenadores que entran y salen, los éxitos se acumulan a partir de entonces: en 2009 consiguen UEFA y Supercopa de Europa, en 2010  la segunda Premier y la Copa de Rusia y en 2012 su tercera y última Premier hasta la fecha (la pasada temporada quedó segundo tras el CSKA).

Pero el Zenit tiene también un punto negro. El del racismo. Algo que sobrevuela actualmente por todo el fútbol de Rusia pero que se concretó en el Zenit hace unos años, cuando la imagen de unos seguidores del equipo lanzando un plátano hinchable a Roberto Carlos dio la vuelta al mundo. Significativo es sobre todo que su peña ultra más numerosa y activa (Landscrona) enviara el año pasado una carta al club “invitando” a no fichar jugadores homosexuales ni de raza negra, alegando que esto no congeniaba con la cultura e idiosincrasia del equipo. El fichaje de Bruno Alves desencadenó en este sentido un debate en las redes sociales sobre si debería o no ser considerado de "raza negra".  El club rechazó pública y formalmente la carta y tienen además una campaña institucional contra el racismo que es visible y patente pero la realidad es que el Zenit jamás ha fichado un jugador de origen africano y que es un tema del que los sucesivos entrenadores rehúsan hablar normalmente.