Muchas gracias a todos los que os habéis pasado por aquí durante todos estos años.

Puedes encontrarme en www.enniosotanaz.com o enniosotanaz@hotmail.com

¡Un abrazo!

Mostrando entradas con la etiqueta Champions League 2015-2016. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Champions League 2015-2016. Mostrar todas las entradas

¿He dicho canción?

Hay dos formas de entender lo que es una canción. Una sucesión ordenada de notas musicales susceptible de entretenerte durante tres minutos o algo capaz de hacerte feliz o desgraciado (o las dos cosas a la vez) mientras, en esos mismos tres minutos, te cambia la existencia. Podrán surgir dudas sobre cuál de las dos formas es la correcta, la más inteligente o la más sensata pero tengo muy claro cuál es la mía. 

¿He dicho canción? Quería decir la vida.

Desde la noche del sábado un puñado de amigos y personas cercanas han intentado explicarme con argumentos irrebatibles lo absurdo de mi forma de tomarme las cosas. Lo vulnerable que me hace. Lo irracional que es vincular tu vida a conceptos que no controlas y que de hecho no están técnicamente vinculados contigo. Lo estúpido que es sufrir por aspectos que formalmente no son relevantes en absoluto. Lo ingenuo que es seguir creyendo en lo que sabes que es casi imposible de creer. Lo insensato que es agarrarse a ese “casi” y hacerlo además con alegría. Lo poco inteligente que es exponerse desprotegido a que te hagan daño cuando sabes que no hace falta, que nadie te lo pide, que nadie te lo va a agradecer y que en ningún caso vas a sacar nada a cambio. Lo poco elegante que es exagerar. Lo tonto que es sufrir gratuitamente. Lo sumamente ordinario que resulta ser un tipo cargado de incoherencias. Lo fácil que sería vivir tranquilo. 

Yo les miro con esa mirada forzada que saco cuando quiero ocultar mi interior y les digo que tienen razón. Y se lo digo porque la tienen. 

Tengo un título de ingeniero así que estoy acostumbrado a demostrar cosas de forma tangible. Conozco el pragmatismo y sé manejarlo. Estoy acostumbrado a no perder el tiempo tratando de entender determinados términos de una ecuación que no son relevantes para el resultado final. Conozco el tipo de simplificaciones que hay que hacer para que las cosas funcionen y soy capaz de aplicar a mi vida cotidiana términos abstractos como la eficacia o la eficiencia. Pero tengo un gran problema. Me cuesta entender que las cosas que me importan en la vida funcionan como un motor de dos tiempos o una cuenta de valores.

Yo no quiero tener una pareja. No la necesito. Yo quiero estar enamorado de alguien que se enamore de mí. Tengo la inteligencia suficiente para saber que es algo que no se puede garantizar y que, llegado el caso, puede incluso suponer un completo desastre pero es lo que quiero. Sea o no sea inteligente. No necesito conocer a mucha gente pero sí necesito tener amigos. Aun a riesgo de quedarme sin conocidos. Técnicamente no es fácil describir la diferencia (inténtenlo) pero irracionalmente la tengo clarísima. Es imposible perderte haciendo turismo organizado pero yo lo evito y prefiero viajar. Aun a riesgo de encontrarme perdido en un lugar desconocido. ¿Por qué? No lo sé, pero es la forma que voluntariamente he elegido para encontrar la felicidad. Necesito probar el pescado crudo para saber si me gusta. ¿Soy más que los demás? No lo sé, pero tampoco me quita el sueño. Sé que no soy menos. Es mi forma. Yo no necesito ganar la Champions para ser feliz. Yo quiero ser feliz ganando la Champions.

Hoy es un día complicado para los aficionados colchoneros. Heridos en el alma intentamos encontrar una metáfora que nos consuele o una frase ingeniosa que lo explique todo. No existe. Abollados por dentro nos debatimos en el debate intelectual de mostrarnos expansivos o taciturnos. Abiertos o cerrados. Risueños o apesadumbrados. Da igual. No gasten energías en elegir el disfraz con el que aparecer delante de esa sociedad infalible que nos juzga desde el estrado del ganador. No se lo merecen. Hagan lo que les pida el cuerpo sin pensar en las consecuencias. No acepten el consuelo de la franquicia porque no lo necesitamos. Nos ha ido siempre mucho mejor con la verdad por delante. No se crean esa leyenda de la sensatez y de la lógica porque son mentira. Simplificaciones de esa religión del pragmatismo que no tolera desviaciones que puedan afectar al mercado.

Nosotros sabemos que reír y llorar son siempre parte de lo mismo. Como ganar y perder. 

Nosotros somos del Atleti. 

Será por algo.

@enniosotanaz

La guerra de los mundos

El 30 de octubre de 1938 la CBS norteamericana narraba a través de sus ondas radiofónicas una invasión alienígena que Orson Welles había perpetrado adaptando una novela de HG Wells. El grado de verosimilitud era tal que las calles de Nueva York y New Jersey (donde supuestamente se estaba produciendo la invasión) entraron en pánico. Las centralitas de comisarías, edificios públicos y hospitales se bloquearon y la población entró en crisis. Algún radioyente avispado salió a la calle y comprobó in situ que no estaba ocurriendo nada realmente pero nadie recuerda el nombre de ese tipo. “¿Cómo no va a pasar nada si lo dice la radio?”, le decían. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

El 7 de enero de 2012 Diego Pablo Simeone debutaba como entrenador del Atlético de Madrid en el estadio de La Rosaleda. Comenzaba entonces una nueva edición de La Guerra de Los Mundos… pero al revés. Mientras en la calle se forjaba una preciosa historia de superación, de fe, de trabajo, de gestión, de comunión, de aunar valores deportivos, de alegría, de emoción y de fútbol, en los medios de comunicación se relataba una gris novela de terror pergeñada por los mercados y adaptada por los siervos de la gleba. Mientras en las calles se producían milagros sustentados en el trabajo, en las ondas nos contaban una historia triste, aparentemente realista, sobre el drama de ganar a balón parado, la violencia extrema, la posesión como nuevo paradigma de vida, la definición estética de un puñado de rapsodas como condición de vida (y de muerte), la jardinería como pilar de la sociedad, la viscosidad cinemática del césped o la sensación de vergüenza que aparentemente deberíamos tener los aficionados colchoneros por el simple hecho de serlo. Un muchacho, abstemio y de buena dicción, llamó desde la noche de Munich para decirle al mundo lo que veía en la calle. Un equipo que no estaba invitado a la Convención del Dinero había alcanzado la final de la Champions League por segunda vez en tres años. Lo había hecho además eliminando al campeón de Portugal, al campeón de Holanda, al campeón de España y al campeón de Alemania. Un equipo que con presupuesto cinco veces menor que sus rivales había ganado en cinco años todo lo que se puede ganar como club (a excepción de esa bendita Champions). “Sí, pero…” le dijeron sus vecinos. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

Pero si hoy abren la ventana y miran con sus propios ojos verán que el Atleti está en la final de Milán. Que lo está por méritos propios y que lo que ha conseguido es una gesta sin precedentes. Que lo está después de eliminar a uno de los equipos más potentes del mundo (dentro y fuera del campo) en una batalla épica en la que se peleó “como hermanos”, “derrochando coraje y corazón”. Que lo está después de eliminar al equipo que mejor le ha jugado a este Atlético de Madrid (Simeone dixit). 

La batalla comenzó como se suponía, con un Allianz enfervorecido y un equipo bávaro saltando en la yugular de los rojiblancos. Los alemanes, orgullosos y dolidos, parecían desatados. Lo estaban. Los madrileños, serios y disciplinados, parecían superados por las circunstancias. No lo estaban. Simplemente el rival estaba siendo mucho mejor. La primera parte fue un monólogo del equipo de Guardiola. Un despliegue técnico y táctico decorado con una de las mejores macedonias de talento del planeta tierra. Cuando marcó Xabi Alonso el mundo colchonero se tambaleó mientras Munich rugía. Cuando minutos después al árbitro turco pitó un penalti el alma ya se nos partió. Era el fin. Pero no. No lo era. Nunca dejes de creer, leí en el teléfono. Estaba Oblak. El hombre tranquilo. Un tipo cuya sangre se podría emplear en procesos criogénicos y que parece que nada de lo que pasa en el campo vaya con él. Pero como ataja. Y como juega, porque lo que hace este portero es jugar al fútbol. Estar. Aportar. Transmitir. Oblak fue el héroe de la noche alemana. Lo merecía. 

Simeone dijo a los muchachos en el descanso que no estaban siendo el Atleti y lo que dice el Cholo va a misa. Seguramente por eso volvieron al campo sabiendo que tenían que recuperar el pulso y la fe colchonera para seguir adelante en la competición. Y lo hicieron. Claro que lo hicieron. Como siempre lo hacen. El Bayern fue otro porque el Atleti fue otro. Entonces llegó el golpe de gracia. Otra de esas jugadas grabadas a fuego en el subconsciente colectivo. Griezmann de cabeza, Torres que la manda larga a la espalda de la defensa y el francés que resuelve como sólo saben hacer los que están dotados de un don especial. 1-1. ¡Hostia, qué pasamos! 

Y pasamos. Sufriendo las embestidas de los alemanes cabreados. Teniendo que encajar un gol de pundonor de Lewandowski tras un salto de ese chileno malencarado que no es consciente de representar perfectamente aquello que tanto critica. Tuvimos que pasarlo mal mientras Oblak se coronaba como rey de Europa y Fernando Torres nos quitaba un par de años de vida fallando un penalti que para mí no había sido. Pero el árbitro pitó el final y todo lo anterior ya no importaba. No sé qué pasó en el campo o en la grada porque no pude verlo. Estaba gritando, abrazándome, contestando llamadas de amigos y recibiendo felicitaciones mientras las pulsaciones de mi cuerpo volvían, por fin, a valores propios de los seres humanos.

¿Y ahora? Muy fácil. Vivan el momento. Sean felices. Abran las ventanas. Dejen entrar la luz y el aire puro. Bajen a la calle. Toquen, beban, coman y gusten. Vean la realidad con sus propios ojos, tal y como es. Vívanla y olvídense de los que la están retransmitiendo porque lo que están transmitiendo es una mentira y la verdad es mucho más divertida. 

@enniosotanaz

Por el camino

La rueda de prensa que precedió al Atleti-Bayern fue muy clarificadora. Uno de los entrenadores más laureados y con más ascendencia del planeta hablaba con respeto y admiración de su rival. Una rival que cinco años antes era eliminado por el Albacete en la Copa del Rey y para el que entrar en la previa de Champions se consideraba entonces un sueño casi inalcanzable. Decía Guardiola, contestando a la enésima pregunta impertinente de algún mercenario de la cochambre que andaba por allí, que es injusto decir que el Atleti es un equipo que sólo defiende bien. Que un equipo que pelea todos los años por la Liga y la Champions y lo hace además contra equipos que le cuadruplican su presupuesto, tiene por narices que saber hacer algo más que defender. Lo decía Guardiola, que no creo que sea un tipo que presente dudas sobre su concepción estética del fútbol o que tenga un imperdonable pasado colchonero. Xabi Alonso, otro icono rojiblanco, se expresó en términos muy parecidos. Mientras los carroñeros del micrófono (mediocres soldaditos del Mainstream mediático) preguntaban estupideces que buscaban el titular zafio (“¿tiene miedo de que aparezca un segundo balón desde el banquillo?), Guardiola y Xabi Alonso daban una lección de educación y profesionalidad frente a los medios pero a la vez, más importante, dejaban claro algo a lo que no estamos acostumbrados escuchar aquí. el Club Atlético de Madrid es un grande de Europa. Lo es, sin duda, y parece que no sólo lo sabemos nosotros. Aunque tengamos que localizar Radio Moscú en un aparato de onda corta para poder escucharlo. 

Llegar al Calderón fue otra vez una odisea. Una odisea preciosa, eso sí. Las calles alrededor del coliseo estaban infestadas de rojo y blanco desde un par de horas antes y el fantástico ambiente era tan denso que se podía masticar. Cualquier que haya cogido el coche o paseado por Madrid durante estos días se habrá cansado de ver el “Nunca dejes de creer” colgado en cualquier parte. Desde una pancarta en la M-30 a la factura de una panadería de barrio. Señales proscritas de esa comunidad secreta y fascinante que conformamos los seguidores colchoneros de base. Alimento para nuestra fe. Gasolina para esa alegría constante que vivimos cada día por ser del Atleti porque eso es ser del Atleti. Disfrutar del camino. Nos lleve a donde nos lleve. 

Todas esas sensaciones se agolpaban en la cabeza durante los minutos previos y de ahí se trasladaron al campo. En esa frecuencia clandestina que no puede sintonizar nadie más que nosotros (y los jugadores). Y se notó. El equipo salió al campo como una exhalación. Con personalidad, con intensidad y con fútbol. Ganando la batalla en el centro, cerrando la creación rival y jugando muy bien el balón. Los primeros 20 minutos fueron una exhibición de un grupo de futbolistas coordinados que estaban mostrando su mejor versión. Esa en la que deberían basarse los analistas para juzgar lo que es el juego del Atleti. La presión crecía en la grada y en el césped pero todo cambió cuando un muchacho de la cantera llamado Saúl decidió fabricar una prodigiosa obra de arte. Cogió un balón en el centro del campo, encaró el área desde allí y según aparecían rivales que tapaban las posibilidades de combinación él fue sacando de su chistera del talento todas las variaciones posibles de regate. Como una bailarina del Bolshoi se plantó en el área sorteando rivales para una vez allí, tras el enésimo requiebro, decidirse a armar su potente pierna izquierda en un par de milésimas de segundo. El balón dio en el poste (el único sitio que dejaba libre la envergadura de Neuer) pero después entró en la portería. La grada entró en éxtasis. Yo me quedé ronco. 

A partir de ahí el Atleti quedó como aturdido por haber alcanzado el plan tan rápido y el Bayern se recompuso. Acabó la primera parte con cierta incertidumbre pero la primera mitad de la segunda fue un monologo del equipo bávaro. Jugando muy bien, dio además la sensación de tener muy estudiado al rival. Encerrando al equipo, ganando la espalda de los laterales y jugando al Atleti como nadie le ha jugado en el Calderón este año. Hay mucho equipo ahí. También mucho entrenador. Pero los de Simeone aguantaron con cabeza y testosterona. A falta de un cuarto de hora para el final del partido el Atleti había contenido, más o menos, el empuje rival y quedaban todavía minutos para resolver el encuentro en la portería contraria. Tengo la sensación de que faltó fuelle para ello. Aun así Torres estuvo a punto de redondear la noche pero el poste lo impidió. Minutos antes el larguero de Oblak había parado también un obús de Alaba, lanzado casi desde el barrio de Schwabing en Munich, así que mejor un 1-0 que un 2-1. 

He visto, estudiado, leído y sobre todo vívido décadas suficientes como para defender delante de cualquier foro que el actual Atlético de Madrid es un milagro (y lo dice alguien que no cree en los milagros). Es tal el grado de eficiencia y compromiso de este equipo, tan impresionante su nivel de preparación, tan increíble el rendimiento que se saca de unas piezas contadas, tan prodigiosa la forma que tiene de darle la vuelta a sus propios hándicaps y tan incontestable el grado de identificación entre grada, equipo y club que, sinceramente, lo más racional que se me ocurre para explicarlo es recurrir a lo irracional. 

Está todo por decidir pero disfruten del camino. Nos lleve donde nos lleve.

@enniosotanaz

Hoy y siempre

Decía un novelista inglés llamado Samuel Butler que se puede hacer muy poco sólo con la fe pero que sin ella no se puede hacer nada. No puedo estar más de acuerdo. El Atlético de Madrid está en semifinales de la Champions League por segunda vez en tres años porque es un equipo de fútbol excelente. Bien entrenado, profesional y generoso que además rezuma fe. Por todos los sitios. Lo hace la plantilla, lo hace su entrenador y lo hace una afición entregada que sigue aferrada a esa idea ingenua de amar a su equipo por lo que es y no por lo que debería ser. El Atlético de Madrid es una bendición para ese mundo del fútbol que se apoya en cifras de ventas millonarias, crestas fotogénicas o luces de candilejas. Ese monstruo que reparte paquetitos desechables de ilusión como si fuesen piezas de bollería industrial. Ese que ofrece entradas para Disneylandia argumentando que venden realidad. El Atlético de Madrid es una rara avis en una fauna hostil. Un espontáneo en una comedia que se decora con luces de neón y que dice dar espectáculo pero que siempre acaba igual. Una anomalía complicada de entender, especialmente para los que reman a favor de corriente o los que tienen dificultades extremas para levantar la vista del ombligo. 

Creo que los aficionados al Atlético de Madrid tenemos mucha suerte. Dudo sinceramente que lo que se pudo vivir ayer en el Vicente Calderón pueda vivirse en muchos otros estadios del mundo. Y no estoy de hablando de nimiedades como ganar o perder, ni de mosaicos espectaculares o de fotografías que hielan la sangre. Tampoco de gritos, de ruido o de cánticos ingeniosos. Hablo de comunión. De entrega. De magia. De conceptos muy difíciles de explicar sin ponerse cursi o incluso haciéndolo. Cuando los jugadores saltaron al césped quince minutos después de haber ganado 2-0 al FC Barcelona parecían simplemente un puñado de amigos que celebraban un éxito. Lo eran, seguramente. Mis amigos y yo estábamos haciendo lo mismo en la grada. Les aplaudíamos y nos aplaudían. Todos éramos sinceros. Acababan de realizar una hazaña objetivamente épica pero creían sinceramente que nosotros teníamos parte de culpa de ese éxito. En ese momento no éramos clientes sino familiares. No éramos espectadores sino compañeros. Mientras sonreían y se hacían fotos parecían tipos normales. Lo eran. 

Los rapsodas hablaran de entrega, de fuerza e incluso de huevos. Yo prefiero hablar de fútbol. Sí, de fútbol, porque no existe una única forma de entenderlo ni es propiedad exclusiva de nadie. Ni gustos ni gaitas. Eso del debate estético es una pérfida artimaña para disfrazar el desprecio por lo diferente o peor, justificar lo injustificable. Fútbol es el pase de exterior en circunstancias extremas de un tal Saúl. Fútbol es una carrera en vertical de Carrasco o plantarse en tres toques en el lateral del área rival. Fútbol es ese prodigioso balance defensivo del Atleti en el que diez jugadores se mueven en torno al balón con una precisión digna del modelo atómico de Bohr. Fútbol es salir en eslalon en el minuto 80 de partido sorteando rivales hasta provocar un penalti. Fútbol es cerrar las líneas de pase de Busquets o no dejar espacios a la espalda de los laterales. Fútbol es jugar en equipo. Ayudar al compañero en el repliegue. Saber exactamente donde tienes que estar en cada momento. Fútbol es marcar goles y ser solidario para que no te los marquen a ti. Fútbol es el Atleti tanto como cualquier otro. Lo diga quien lo diga. 

Tienen valores, señores. Aplíquenlos”, decía ayer Simeone. Algunos le llamarán tribunero. Yo le llamo de usted. Simeone es el artífice de esta obra maestra llamada Atlético de Madrid. Sí, ese tipo extraño y algo hermético que responde mal a los que pretenden desprestigiarlo pero que no se cansa de dar lecciones magistrales, dentro y fuera del campo. Y sí, soy consciente de lo que acabo de escribir. Ahí me las den todas. El Cholo ha dado la vuelta como un calcetín ese espíritu autodestructivo que dejaron los estertores del legado Gil para transformarlo en una roca de sentimientos, de orgullo, de valor, de ilusión y lo que es más importante, de dignidad. El Atlético de Madrid, gracias fundamentalmente a este señor argentino, ha recuperado la dignidad que había perdido. Por muchos que los notarios de la realidad trucada no quieran enterarse y sigan intentando empujarnos a esas esquina cutre que nos han reservado. Lo aficionados al Atlético de Madrid, al menos los que ayer estábamos en el Vicente Calderón, tenemos muy claro lo que somos y lo que no somos. Estamos felices con ello y miramos a la cara a cualquiera para defenderlo. Hoy y siempre.

@enniosotanaz


Herederos de Kim-Il-Sung

Si ustedes le preguntan a un niño norcoreano cuál es la persona más brillante que conoce éste le dirá que es Kim Jong-il (o Kim Jong-un dependiendo de la edad que tenga). Si ustedes preguntan a un niño español cuál es el único jugador de fútbol que conoce éste le dirá que es Cristiano Ronaldo (o Messi, dependiendo de la tele que vea). Es difícil que contesten otra cosa porque para ellos, en ambos casos, no existe nada más. Si lo hubiere (¡blasfemia!) sería irrelevante, perjudicial o mucho peor, pertenecería a los enemigos de la patria. Esos herejes que quieren derribar ese Status Quo tan bueno es para “todos” nosotros. Supondría cuestionar la verdad. La única. Ambos niños viven en una férrea realidad inventada por sus propios dueños. Unos tipos sin rostro pero con dinero, con muy poca fe en la humanidad y el libre albedrío, que prefieren poner orejeras a las ovejas para que "ellas mismas decidan” elegir lo que tienen que elegir. En ambos casos, curiosamente, los dirigentes coinciden en justificarse alegando que su población es libre de hacer lo que quiera. Así lo demuestran las audiencias de televisión en el primer caso. En el segundo también. 

Atresmedia, ese monopolio audiovisual que opera como cualquier régimen autárquico y que con dinero se hizo con los derechos de la Champions League, se suma así a la revolución “popular” que supuso la entrada de las divisas de los medios de comunicación en el mundo del fútbol. Decidiendo despreciar, humillar e insultar sin tapujos a Sevilla, Valencia y Atlético de Madrid. Los otros. La hez. El enemigo. Lo hacen, como es "lógico", utilizando los mismos argumentos que utilizó el Gran Líder y Presidente Eterno de la República POPULAR DEMOCRÁTICA de Corea (del Norte). Es lo que me pide el pueblo, dicen. Claro.


Pero pese a la ignorancia del mundo “libre”, el Atlético de Madrid vuelve a quedar primero de su grupo en Champions League y vuelve a pasar con honores y solvencia a los octavos de final de esa competición. Lo hace frente a un equipo complicado, en unas circunstancias difíciles (sólo valía ganar) y, a modo de exorcismo, en un terreno con demasiados condicionantes emocionales. Lo hace además con autoridad y jugando al fútbol. La casta desharrapada que vive al margen de las luces, los miembros del “enemigo”, los antipatriotas, los que no pueden (ni deben) salir de blogspot.com, nosotros, debemos estar de enhorabuena. 

El Atleti de Simeone saltó al precioso estadio del Benfica (lo es) con el traje de campeón. Serio, compacto y consciente de lo que representa. Lo hizo con una novedad, armando su moderno 4-1-4-1 (que es un 4-3-3 en ataque) con Gabi en la posición de “cinco” y dejando el rol de box-to-box al cuestionado Saúl. Gran acierto del Cholo. Mientras Gabi hacía un partido solvente, el canterano se salía. Con un prodigioso derroche físico Saúl fue capaz de ayudar en la construcción, en la deconstrucción, en la presión y además ser el capitán de la segunda línea. Estamos hablando de un jugador de 22 años. Por favor tengan paciencia porque tenemos oro líquido. Pasados los primeros minutos de pseudoacoso lisboeta (se toparon con una roca) los de arriba, Koke, Griezmann y Carrasco, se pusieron a combinar mientras Vietto tiraba diagonales a diestro y siniestro. Fútbol. El argentino siguió apareciendo excesivamente tímido pero se empezó a ver el jugador que es. Uno muy bueno. Una combinación suya con Saúl (habilitada antes por Griezman) dio el primer gol. Una obra de arte que no resiste descripciones literarias y que por ello les pido que vean con sus propios ojos. La primera parte acabó con la sensación de que el Benfica era bueno pero incapaz y el Atleti un equipo con mayúsculas. 

La segunda no varió demasiado, a pesar de los intentos portugueses por irse arriba y el susto que dio Mitroglou, que acababa de salir y fue de los mejores entre los suyos, nada más echar el balón a rodar. El Atleti, obligado en este caso por el rival, juntó filas y defendió más cerca de su área (sin renunciar a la presión) pero las salidas con balón tenían mucho sentido. Eso es lo que se le pide a un equipo que juega replegado. Eso y, como también hizo, utilizar el balón con criterio cuando tiene la oportunidad de hacerlo. El trío letal que el Atleti tiene ahora por la izquierda (Filipe, Koke y Carrasco) consiguió llevar el balón hasta el fondo en una de esas jugadas. El belga, cada vez más importante en este equipo, metió un balón inteligente al primer palo donde llegó Vietto con habilidad para hacer el segundo gol. El joven jugador argentino tocó solamente dos balones dentro del área en todo el partido. El primero fue el pase a Saúl que dio origen al primer tanto. El segundo fue su propio gol. Ojo. 

Los últimos minutos fueron de acoso portugués, gracias al gran gol de Mitroglou (no es fácil darse la vuelta delante de Godin y meterla pegada al poste), a lo mal que entraron los cambios en el Atleti (sobre todo un Torres inusualmente apático) y al tal Renato Sánchez, un veinteañero portugués de condiciones prodigiosas que se echó el equipo a la espalada. Pero el Atleti también sabe sufrir y solventó la papeleta con oficio y fútbol. 

El equipo rojiblanco sigue en la pelea. Vuelve a estar entre los 16 mejores equipos de Europa y lo hace además disipando dudas como primero de grupo. Los colchoneros deberíamos olvidarnos de absurdas peleas internas y alegrarnos por ello. Mucho. Celebrar que en febrero seguiremos dando guerra por el continente. Por mucho que le resulte despreciable a los supuestos profesionales de Atresmedia y sus ideólogos. Esos fieles herederos de las enseñanzas de Kim-Il-Sung. 

@enniosotanaz

Manda cojones

Por tercer año consecutivo el Atlético de Madrid supera la fase de grupos de la Champions League y accede a las eliminatorias de la máxima competición europea. Desde el colchonerismo, aturdidos por la fuerza centrípeta de esa actualizad que gira a toda velocidad, lo asumimos sin alharacas, con naturalidad y hasta con cierto desdén (“¡qué menos!”, escuchaba ayer en el Calderón). Basta echar un vistazo a la historia del Club para comprobar que es la primera vez que ocurre algo parecido a orillas del Manzanares. Nunca antes el equipo rojiblanco había conseguido acceder tres años consecutivos a la fase de grupos así que considerarlo como depreciable o menor se me antoja un poco arrogante por nuestra parte e impropio de tipos cabales. Preferiría que nos quitásemos ese recién adquirido traje de suficiencia (que nos sienta tan mal) y que intentásemos recuperar esa tradición tan colchonera como es la de ser feliz. Creo que sería bueno también que repararan en ello alguno de esos abanderados de la gloria que con tanta vehemencia tergiversan el concepto de grandeza que debe aplicar a nuestro equipo y que, aupados en no sé qué leyenda, critican a entrenador y jugadores por falta de “ambición”. Ustedes me perdonarán la licencia pero manda cojones. 

El Atlético de Madrid ha conseguido la clasificación matemática para la fase de grupos pasando por encima de un Galatasaray muy menor. El equipo turco llegó al Calderón mermado en la dirección técnica (lo dirigía en funciones el mítico Taffarel), con una galopante crisis deportiva, con bajas importantes y un evidente (y paupérrimo) estado anímico. Todo esto quita quizá algo de mérito a la victoria de su rival pero, sea como fuere, los de Simeone hicieron un partido excelente. Dibujando sobre el campo ese novedoso falso 4-3-3 (que defendiendo es un 4-1-4-1 y atacando varía entre el 4-5-1 y el clásico 4-4-2), el equipo consiguió colocar muchos más jugadores en la zona de creación y eso provocaba el que Griezmann, Koke y Carrasco entrasen más en juego y el equipo estuviese más junto a la hora de construir. Me gusta esta innovación táctica, especialmente en partidos contra equipos tan cerrados. 

El Atleti monopolizó el balón todo el partido pero, más importante, lo hizo con mucho criterio. Sacándolo jugado a través de pases cortos, triangulando en cualquier zona del campo y llegando fácil al área contraria. El equipo está en la buena línea y personalmente sólo veo dos puntos claramente a mejorar. Uno, la acuciante falta de gol. Es tan evidente que resulta absurdo ahondar sobre ello. Dos, la falta de paciencia. Acostumbrados a la verticalidad desquiciante, el equipo tiende a terminar la jugada por la banda en la que la ha comenzado y eso provoca que muchos de los ataques terminen en balones colgados al área sin mordiente y fáciles de defender. El primer gol tardó algo en llegar pero no creo que nadie estuviese nervioso por ello. Intuyo que hasta los turcos que ocupaban lo alto del fondo norte sabían que tarde o temprano llegaría. Ocurrió tras la enésima buena jugada de los de Simeone (esta vez desde la derecha) con un buen pase al área de Gabi (de los mejores en el partido) y un mejor remate de cabeza de Griezmann que, ocupando quizá el espacio físico que debería haber ocupado Torres, recuperaba su añorado olfato goleador. 

El 1-0 no cambió nada las cosas. Según sacaban los de Estambul desde el centro del campo los madrileños, como si no hubiese pasado nada, volvían a ejecutar esa presión adelantada tan difícil de superar. El partido volvía a jugarse en el terreno contrario tan sólo quince segundos después de haber llegado el primer gol. El Atleti llegó miles de veces al área pero la falta de puntería, la tendencia a recrearse en la jugada, la timidez a la hora de encarar la portería o la falta de paciencia para evitar colgar balones a ningún sitio, hacían que el marcador no se moviese. El Galatasary seguía inédito, con la cabeza gacha y la mirada perdida. Ni siquiera sus otrora fervorosos aficionados eran capaces de salir del prolongado estado de letargo. Lo apretado del marcador hacía que mediada la segunda parte todavía pudiese surgir, de repente, un cierto runrún que complicase las cosas pero ni siquiera llegó a ser una posibilidad real. Un espectacular caño de Gabi al borde del área, con el remate postrero del más listo de la clase (Griezmann, claro), subieron el segundo gol al marcador que terminó de matarlo todo. A partir de ahí los contendientes firmaron un armisticio que Simeone aprovechó para dar descanso a sus pilares. Personalmente agradecí que el estadio pudiese corear el nombre del mejor jugador del equipo ahora mismo: Tiago

 En quince días el Atleti se jugará el primer puesto en Lisboa frente al Benfica. Será un partido bonito que se encarará desde la perspectiva de tener los deberes ya hechos. Tal y como están el resto de los grupos no sé hasta qué punto es relevante el quedar primero o segundo de grupo pero yo, como colchonero, siempre quiero ganar. Estoy seguro de que en el vestuario piensan exactamente lo mismo. 

@enniosotanaz

Astana

Los señores de la UEFA no lo sé, pero yo a las 16:00 de la tarde estoy trabajando. Es decir, no vi el partido (aunque, por lo que he leído, parece que casi mejor). 

Por pura coherencia me parece justo ahorrarme los comentarios.

Cosas de la edad

Es curioso, pero cuando veo que se acercan partidos frente a rivales desconocidos y de nombre exótico a mí no me da por pensar en goleadas ni en records absurdos sino en nombres, igualmente exóticos, como los de Groningen, Victoria de Guimaraes o Politécnica de Timisoara. Deben ser cosas de la edad. Los más jóvenes del lugar y algunos adultos (como mis compañeros de grada) con esa capacidad inédita para olvidarlo todo con cada bocadillo de panceta, no sabrán de lo que les estoy hablando pero otros muchos sé que sí. Hubo un amplio periodo de nuestra historia en el que no todo era de color de rosa y que tener un equipo "exótico" enfrente era sinónimo de aventura de terror. En estos tiempos contemporáneos, repletos de inmediatez y saturados de egoísmo, en estos momentos en los que, arengados desde las ondas hertzianas y dirigidos por las plumas digitales, se organizan ejércitos de orcos en busca de la caza mayor que supone Simeone, conviene recordar, otra vez, de dónde venimos. Desde la llegada del argentino los únicos equipos que eliminan al Atleti en las competiciones del KO son Madrid o Barcelona. O eso o ganamos la competición. A ver quién puede decir lo mismo. 

Deben ser cosas de la edad como digo, pero me parece repugnante que el community manager del Atlético de Madrid apele a las goleadas históricas minutos antes de empezar un partido de Champions frente a un equipo desconocido y en apariencia inferior. Repugnante, gratuito e insultante. Me consta que una gran cohorte de tuiteros de avatares rojiblancos (y estilo faunístico) estaban en la misma línea (o peor), la del desprecio gratuito por el rival, pero no me vale como excusa. El representante oficial de una institución debe respetar y defender los valores de la misma y no caer en la complacencia barata, como un vulgar reality show que vive de esparcir carnaza y enseñar las tetas. Una cuenta que represente al Atlético de Madrid en las redes sociales no puede ser tan gañán ni parecerse tanto a los gañanes que tanto decimos detestar. Si no es así, no tiene sentido que exista nuestro equipo. ¿Qué el Astana despreció también la competición llevando un equipo de circunstancias? ¿Y qué? Es su problema y no el mío.

¿El partido? Poca historia. El conjunto kazajo, de forma voluntaria o no, fue uno de los más flojos que han pasado por el Vicente Calderón en los últimos años. Ninguna individualidad reseñable, un cierto rigor táctico que, hoy en día, es lo mínimo exigible para un equipo profesional y poca capacidad de mordedura. Quitando un par de tiros lejanos en la primera parte, un par de patadas al tobillo al comenzar la segunda y un par de paradas de Oblak cuando ya estaba todo resuelto, poco más podemos decir del equipo “asiático”. 

¿El Atleti? Salió serio, a pesar de la dificultad de encarar partidos así, y las minúsculas dudas iniciales se disiparon cuando Saúl hizo el primer gol. Apenas habían pasado veinte minutos pero todos sabíamos que el partido había concluido. Desde ahí hasta el final los dos equipos se pusieron a medio gas y dejaron pasar el tiempo sin hacerse demasiado daño. Hubo tres goles más (Jackson, Óliver y un tal Dedechko en propia puerta), pero les aseguro que pueden considerarse un mal menor para los kazajos. 

Tres cosas positivas con las que me quedo. La primera, sin duda, la ilusión que genera Yannick Carrasco. Más allá del halo de excentricidad que pudiera rodear su figura hasta este momento, creo que estamos en condiciones de afirmar que tenemos jugador. Un gran jugador. Rápido, interesante técnicamente, valiente, dinámico y con unas ganas por comerse el mundo que no veo en algunos de sus compañeros. Me gusta Yannick. Creo que puede dar muchas tardes de gloria a los colchoneros y creo también que ahora mismo es titular en este equipo. Segunda, Correa. Aquí sí que no tengo átomo alguno de duda. Jugadorazo. Un tipo de apariencia frágil que tiene un talento muy por encima de la media, unido a una personalidad impropia de alguien tan joven. Combinación ganadora. Quiero verlo siempre en el campo y no me importaría nada una delantera con Griezmann por delante y él por detrás. Tercera, la celebración del gol de Jackson Martínez. Un tanto feo y con algo de suerte, que quizá sirva para poner punto y final a una racha desoladora, pero que sin duda ha servido para comprobar cómo el colombiano es un tipo querido en el vestuario y cómo la plantilla, unida y compacta, está con él. No dio la sensación de que fuese una pose y eso me gusta. Creo que los grandes hitos deportivos se construyen sobre cosas tan efímeras y aparentemente irrelevantes como esa. 

Deben ser cosas de la edad, pero sigo sin lanzar las campanas al vuelo. Sigo inquieto por cómo evoluciona el equipo de esta temporada y sigo en guardia por ver cómo se despejan las incógnitas de una ecuación que continúa muy viva. Pero es indiscutible que los números nos respaldan (volvemos a encabezar el grupo de Champions) y eso es una gran notica. La mejor. Al final, como siempre, lo más razonable es recurrir a los clásicos: partido a partido. 

@enniosotanaz

Carácter y personalidad

Decía Schopenhauer que la personalidad determina por anticipado la medida de la posible fortuna. El Atlético de Madrid probablemente tuviese mala fortuna en su partido de Champions frente al Benfica lisboeta pero sobre todo careció de personalidad. Seguro que ambas cosas están relacionadas. Si alguien me preguntase alguna vez cuál ha sido durante todos los años de Simeone la característica básica del equipo colchonero, creo que nunca diría los títulos, ni la defensa rocosa, ni el rigor táctico, ni la pegada, ni la verticalidad, ni tan siquiera la competitividad. Diría la personalidad. El carácter. Puede que, viniendo de donde veníamos, sea lo que más me llame la atención pero sinceramente creo que esa característica, lejos de ser una anécdota, es lo que ha hecho al equipo grande. 

Durante todos estos años hemos presenciado partidos espectaculares y soporíferos. Lo hemos pasado bien y muy mal. Hemos jugado plácidamente pero muchas veces también acorralados por equipos que nos quintuplican el presupuesto. Nunca, en ninguno de los casos, el equipo careció de personalidad. Ganando y perdiendo. Por encima y por debajo en el marcador. Podíamos tener a los once jugadores colgados del larguero en un estadio con ochenta mil personas queriendo nuestra decapitación, que cuando las cámaras enfocaban las caras de esos jugadores veíamos siempre a tipos convencidos de lo que estaban haciendo. Tipos que, con un gesto, nos convencían de que sabían lo que hacían. Valientes. Incansables al desaliento o a cualquier error que pudieran haber cometido. Convencidos de ser los mejores y de estar en la trinchera correcta. 

Ayer, por primera vez en muchos años, no vi nada de eso. 

Alguno dirá que el partido comenzó bien, con un Benfica replegado y expectante y un Atleti mandando en el terreno y el balón. Es cierto. Sin que el juego fuese especialmente fluido ni espectacular, los de Simeone dominaban la pelota y el centro del campo y se jugaba fundamentalmente en campo portugués. El ritmo era bueno, la tensión adecuada y las sensaciones positivas. De hecho todo mejoró todavía más cuando Correa, el único, con permiso de Griezmann, capaz ahora mismo de aportar algo diferente en esa plantilla, inauguró el marcador con un gol que desde el campo me pareció al borde del fuera de juego. El equipo se gustaba. Con la ola a favor apareció incluso Óliver. Vimos alguna jugada por banda y hasta la cohorte insoportable de histéricos que ahora se sientan en la grada junto a mí, perdonaron los errores en el remate de Jackson y Correa. Todo parecía tan fácil que el equipo, síntoma de falta de personalidad, se dejó llevar. En ese estado de latencia, un error de ajuste provocó un contrataque en superioridad del equipo luso que, con un pase al segundo palo, puso el balón en los pies de un excelente jugador llamado Gaitán para que éste perforara la portería local de gran zurdazo. 

En circunstancias normales el gol no supondría más que un contratiempo. No era justo y no reflejaba lo que estaba pasando en el terreno de juego. En el Atleti actual, supuso un drama y un cambio de paradigma. El equipo colchonero se deshizo como un azucarillo en una taza te, dando la sensación de tener la robustez de esas flores que soplas en el campo para pedir deseos. Ni en lo que quedaba de primera parte ni en toda la segunda, el equipo de Simeone fue capa de reponerse. Ni fútbol, ni ideas, ni futbolistas ni personalidad. Por el camino, eso sí, apareció una segunda puñalada letal del Benfica para cerrar el partido. Los portugueses estaban demostrando más oficio que sus rivales. Los colchoneros se escondían. Remataron alguna vez, sí. Tuvimos alguna ocasión clara, sí, pero nada respondía a un plan creíble. El equipo no era capaz de sacar rápido la pelota, de meter miedo o de tan siquiera encarar al árbitro por las pérdidas descaradas de tiempo. Los cambios, lejos de ayudar, estropearon el panorama. Los jugadores no hablaban entre ellos. Nadie colocaba. Nadie gritaba. Las caras reflejaban miedo. 

Pienso en Jackson, Vietto, Óliver o cualquiera de los nuevos y me acuerdo de Goethe cuando decía que el talento se desarrolla en lugares tranquilos pero el carácter se hace en el tumultuoso curso de la vida. Parece claro que van a tener complicado tener esa tranquilidad en la que desarrollar su talento (que lo tienen y alguno mucho) pero es que quizá les falta personalidad para jugar a un nivel tumultuoso. Quiero creer que no es así no pero empiezo a desfallecer en mi fe. 

El Atleti se complica la Champions, pero más allá de resultado (o de la inminente visita del equipo de Arbeloa, ese iluminado), me preocupan las sensaciones que transmite el equipo… y la grada. En el equipo no puedo hacer nada y confiaré en Simeone (¡estaría bueno!) pero en la grada deberíamos empezar por quitarnos ese complejo impuesto por los medios de que tenemos “la mejor plantilla de los últimos años”. No es verdad. En el mejor de los casos está por ver. La descompensación en el centro del campo es evidente y falta por determinar en qué queda ese galimatías de la delantera. Es lo que hay y probablemente todo parta de un error de planificación, de acuerdo, pero no juguemos a ser lo que no somos porque entonces lo pasaremos mal. Muy mal. Winter is coming, o no, pero estemos preparados. Tranquilidad, amplitud de foco y partido a partido.

@enniosotanaz

En la nube

Los gitanos dicen recelar de los buenos comienzos pero en el cuerpo técnico del Atlético de Madrid (y en esta casa) no estamos muy de acuerdo con la tradición calé. La Champions es una competición traicionera que perdona muy mal los errores. Lo aprendimos muy bien el año pasado, cuando un tropiezo tempranero hizo que tuviésemos que convivir con la zozobra hasta el último partido, allá en el Juventus Stadium. La enseñanza ha quedado marcada en una plantilla, la de Simeone, que llevaba desde que concluyó el partido contra el Barça en el Calderón (y seguramente antes) con esa idea en la cabeza. No fallar. Y no falló. Los colchoneros comienzan la copa de copas con un puñetazo en la mesa. Marcando territorio, dejando claras sus señas de identidad, jugando y ganando. Lo hace además con una personalidad muy consolidada y con la madurez de un equipo que hace mucho tiempo que dejo de ser una broma imprevisible para pasar a ser una máquina robusta y fiable. 

He leído y escuchado muchas críticas al planteamiento del Atleti contra el FC Barcelona pero sigo pensando que son frutos de la inmediatez y de esa moderna tendencia por diseccionar con “valentía” lo que “podría ser” justo después de que “ya ha sido”. El planteamiento del equipo en el Ali Sami Yen, para mí, no difiere mucho de lo que ocurrió en el Calderón hace algunos días. La diferencia radica en que ni los jugadores ni los rivales son los mismos. También en que las cosas se entienden diferente cuando el resultado dice que has ganado. Simeone no renunció a su clásico 4-4-2 en Turquía ni a presionar arriba adelantando la defensa, pero introdujo algunas modificaciones muy interesantes. Siqueira (no hizo mal partido en su reaparición) por Filipe (algo tiene el brasileño, no sé si físico o anímico). Saúl por Gabi (bien el canterano en el mediocentro). Jackson por Torres (mal el colombiano que no termina de entrar en la dinámica ni de mostrar lo que puede llegar a hacer cuando supuestamente esté bien). Vietto arriba (prometedor arranque del argentino, muy dinámico, combinativo e imprevisible). Y la más interesante de todas: Griezmann en el interior izquierda. El francés dio un recital. Su posición en el medio campo le da más facilidad para asociarse, para participar en el juego y para encarar. Los laterales avanzados hacen que tenga mucha libertad para moverse por el campo, lo que provoca que puede llegar mucho más suelto a las posiciones de ataque. Metió dos goles, pero pudo haber metido otro. Físicamente está en un grado espectacular y su compromiso táctico/defensivo estuvo al nivel de cualquiera de los jugadores que han ocupado esa posición (o más). Me parece un gran acierto. El cambió de posición deja espacio para la entrada de Vietto y Correa y genera nuevas posibilidades de juego para el equipo. Ilusiona. 

Con ese esquema, los primeros 25 minutos del equipo fueron fantásticos. Un rodillo. Jugando en campo contrario, dominando el partido y el balón, triangulando en posiciones de peligro, equilibrado en ambas bandas, robando arriba, manejando bien la transición y marcando goles. El rival parecía inferior de lo que es y su entrenador se desesperaba. Hasta que los rojiblancos no decidieron levantar el pie del acelerador, allá por la media hora y con 0-2 en el marcador, el Galatasaray no existió. Después tampoco demasiado. Los del Cholo se dedicaron a practicar ese desesperante fútbol control que tan bien conocemos de la cantidad de partidos que se resuelven a las primeras de cambio y los turcos arriesgaron todos sus barcos en la búsqueda de un gol que nunca llegó y que ni siquiera estuvo realmente cerca. 

Excelente arranque de la competición para unos colchoneros que parecen no tener tiempo para disfrutar de éxitos menores. Las reglas en el nuevo Atleti son muy férreas a ese respecto. Nada de mirar atrás. Nada de mirar muy lejos. Los propios jugadores, en el mismo túnel de vestuarios, ya hablaban de tener la mente puesta en el próximo rival: el Eibar. Decía el himno del centenario aquello de subir y bajar de las nubes. Eran otros tiempos. El Atleti contemporáneo no es muy de cambios bruscos de humor ni, sobre todo, de bajarse frecuentemente de la elite. Por mucho que alguno añore vivir en la balsa de aceite y se rasgue la camisa a las primeras de cambio, la nube, ahora, es de verdad.

@enniosotanaz