Felicidad

El Atleti cierra esta noche un año complicado y lo hace fiel a su más pura esencia: sufriendo, trabajando, pasándolo mal, tirando de espíritu y ganando. Sí, ganando. A pesar de lo que pueda parecer si usted no es de esos arqueólogos de la información que tienen que zambullirse cada mañana en el fango para encontrar un puñado de realidad y por el contrario prefiere ceñirse a la pulimentada versión oficial. El Atleti termina el año en lo más alto de una liga tramposa y tergiversada que lo sigue tratando con desdén y desprecio a pesar de haberle salvado la cara. Anteriormente a la llegada de Simeone, la máxima competición española era una versión casposa de la liga escocesa pero mucho más injusta. La llegada del argentino no sólo ha creado un nuevo e incómodo personaje en el poder establecido sino que ha significado un influjo de fe para el resto de equipos que ahora están mejor preparados y que han entendido que si se cree y se trabaja, se puede. El Atleti cierra esta noche el año con algunas dudas, sí, pero con muchas más certezas. Paren un instante a pensarlo y verán que las segundas ganan con creces a las primeras. 

Jugar en Vallecas es complicado. Es un campo pequeño, estrecho y con un equipo local valiente e imprevisible que, si está bien, puede llevar el partido a situaciones difíciles de solventar. Los de Jémez, dolidos por el robo vergonzoso de la última jornada, saltaron al campo muy metidos en el encuentro. Intensos, rápidos y con una defensa adelantada y presionante que impedía cualquier triangulación. El Atleti, escarmentado también tras su último partido, lo hizo con el mismo espíritu, la misma intensidad y el mismo desempeño que su rival. Fueron unos minutos muy fogosos, en los que todo pasaba a toda velocidad y en los que salieron ganando los colchoneros por la mínima gracias a su mejor interpretación de la situación. La falta de laterales en los vallecanos y esa defensa de tres, hacían que su punto más vulnerable fuesen precisamente las bandas y hacía allí fueron dos buenos balones de Óliver y Koke que provocaron dos ocasiones de gol de Carrasco, de esas que no se pueden fallar. Del mismo modo llegó otra buena ocasión de Torres que también desperdició. Yoel, portero rayista, era ya el mejor de su equipo para entonces. 

A partir de ahí los rojiblancos se diluyeron, fundamentalmente en el centro del campo. Saúl salvaba los muebles, Koke desaparecía y Óliver ni siquiera llegaba a aparecer. Cada vez que tocaba el balón pasaban cosas, sí, pero es que apenas lo tocaba. Otro partido desperdiciado del canterano que no encuentra su sitio en este equipo. Algo parecido le pasa a Torres. Obsesionado con el dichoso gol, no termina de hacer un partido medianamente decente que disipe las dudas que existen sobre él.

El inicio de la segunda parte fue radicalmente diferente. El Rayo salió como un ciclón. Mucho más presionante y preciso con el balón, cercó a su rival sin dejarlo salir y disputó sus mejores minutos del encuentro. Un gran Trashorras se erigía en el jefe de la medular y el Atleti se perdía en la zona de creación, incapaz de hacer otra cosa que no fuese dar un patadón. Los cambios de Simeone (Correa y Thomas por los señalados Óliver y Torres) lograron contener la sangría, igualar el medio campo y alejar el peligro rayista. A partir de ahí los rojiblancos tomaron más riesgos y, más por corazón que por juego, desequilibraron el campo otra vez hacia el lado contrario. Jackson salía al campo en sustitución de un agotado Carrasco y el Atleti se disponía a morir en el área contraria con todo su arsenal. Godin tuvo un par de ocasiones claras, rematando de cabeza dos buenos balones parados, pero Yoel y el larguero volvieron a sacarlos con maestría. Hasta 5 ocasiones claras de gol acumulaba el equipo a esas alturas. Algo que subrayaba, una vez más, el gran problema del Atlético de Madrid durante este primer tramo de la temporada: la pertinaz falta de gol. 

Pero el Atleti, que tiene muy buenos jugadores,  tiene también la suerte de poder comenzar el encuentro con algunos de ellos en el banquillo. Con el partido casi concluido una espectacular jugada de Thomas (para mí el jugador que mejor parado sale después del terremoto Tiago) acaba en una pared en el área que remata Correa como sólo los genios son capaces de rematar. Golazo. Dos minutos mas tardes Griezmann rivalizaba en destreza con su compañero calzando una vaselina por encima del cancerbero rayista tras un muy buen pase de Jackson. 0-2. Tres reservas frescos y uno de los mejores jugadores del mundo frente a un equipo modesto, agotado y con bajas. Imposible para los vallecanos. El equipo colchonero se lleva el partido frente a un gran equipo al que solamente su mínimo presupuesto le impidió llevarse algo más esta noche y al que le deseo lo mejor. A seguir remando. 

El Atleti acaba el año sumando tres puntos. No hay mejor sentencia para describir lo que es este equipo. Mientras otros se desgañitan aplicando teorías “conspiranoicas” para insistir en convencernos de que el Emperador no va desnudo, los colchoneros tomaremos uvas con pipas y turrón terrenal y los haremos, como siempre, con alegría, porque, por encima de todo lo demás, lo que tiene este equipo es eso: felicidad. Una felicidad que es nuestra y que es natural. Que no se compra ni se vende. Una felicidad insólita y envidiada que está ahí, y que está siempre. Sin necesidad de trofeos, medallas o falsos titulares. Una felicidad que nadie entiende y que algunos niegan pero que sabemos muy bien que existe. Que está. Que está y que estará mientras quedemos humanos dispuestos a transmitir la buena nueva. 

Espero que pasen una noche estupenda mañana. Que despidan entre risas y amigos el año que se va y que reciban al nuevo con ganas, con fuerza, con ánimo, con respeto, con intensidad y en formación de 4-4-2 o 4-1-4-1. 

Sean felices. 

@enniosotanaz

Realidad

El día en el que todos ganaban, el Atleti perdió. Mientras los políticos de este bendito país, todos, arrastraban delante de las cámaras esa sonrisa que llevan practicando toda la vida, en Málaga el conjunto colchonero fruncía el ceño. Mientras los ejes del poder se seguían sujetando con ardor a los lugares que nunca han abandonado (ni abandonarán), el frágil y minoritario poderío colchonero sufría una de esas tardes clarificadoras con las que inexorablemente nos topamos los que estamos sometidos a la humana costumbre de cometer errores. Mientras en la galaxia, a fuerza de sacrificar personajes y forzar el guión, volvían a decorar la realidad del color que más le gusta a “todo el mundo”, en la ribera del Manzanares escuchábamos con acento andaluz los insultos que genera el odio prefabricado. Sin querer, nos topábamos de repente con la verdadera realidad, esa que dice que ahí fuera hace frío y que cada día es una aventura distinta en la que puedes ganar o perder. Decía mi admirado Philip K. Dick que la realidad es eso que sigue existiendo a pesar de dejar de creer en ello y qué razón tenía. 

No pido a nadie que me siga en mi análisis pero para mí la derrota rojiblanca se basa en tres ejes: 

Atleti. 
El principal culpable de la derrota. El propio Atleti Saltó al campo sin brillo y lo abandonó secó y magullado. Ya frente al Athlétic de Bilbao el equipo había dado muestras de un inusitado cansancio, impropio de un equipo tan físico, pero en Málaga las muestras fueron mucho más evidentes. Vendrá bien el parón. Quizá esa escasez de fuelle lo condicione todo pero la preocupante falta de intensidad en un equipo que hace de ello su bandera no le va a la zaga. Fue particularmente significativa. Por ahí se empezó a perder. Lentos, imprecisos y sin ideas, los de Simeone se vieron siempre superados. Incapaces de recuperar el balón y, lo que es más grave, sin saber qué hacer con él cuando tenían la oportunidad de jugarlo, tuvieron que replegarse más de la cuenta, correr a rebufo y actuar siempre como personaje secundario. Gabi naufragó en su improvisada labor de 5 (el agujero dejado por Tiago es abismal) y quizá por ello (y por haber estado a los 8:00 de la mañana en un colegio electoral de Boadilla del Monte) se salió del partido en la segunda parte cometiendo dos errores de principiante que provocaron las dos tarjetas amarillas que probablemente costaron el partido a su equipo. Hasta su expulsión el Atleti no había jugado a nada y San Oblak había sacado dos manos prodigiosas pero todo estaba todavía por decidir. A partir de entonces el cansancio se hizo más presente y aunque Torres volvió a tener en sus botas la posibilidad de adelantarse en el marcador, los diez jugadores se notaron demasiado y el equipo se fue deshaciendo poco a poco hasta que, agotado, tuvo la mala suerte de encajar un gol. Fue con un rechace en la pierna de Godín después de un remate de cabeza malacitano en el segundo palo. Ni siquiera en eso se tuvo suerte. Un día para olvidar. No hay más análisis. Un muy mal partido del Atlético de Madrid

Málaga
Deportivamente saltó al campo mucho mejor que su rival, puso más intensidad, más ganas y fue sin duda el que más hizo para ganar un partido que mereció ganar. Antes de seguir, si usted es de los que se la coge con papel de fumar, es incapaz de separar paja de grano o le cuesta detectar la escala de matices entre el blanco y el negro, vuelva a leer la frase y quédese exclusivamente con lo que está marcado en negrita. O mejor, deje de leer. Lo digo porque, para mí, la hostilidad y falta de fairplay con la que se empleó el Málaga sobre el césped (y en la grada) fue tan sorprendente como evitable. No les hacía falta. Con un odio cuyo origen sinceramente desconozco, los andaluces provocaron constantemente el enfrentamiento personal y fabricaron una guerra púnica con cada encontronazo natural. Con la mirada inyectada en sangre acudieron a reclamar tarjeta amarilla cada vez que les quitaban el balón y tirando de esa suerte de arte dramático tan propia de equipos de otra época, encendieron la beligerancia de la grada y la duda en la cabeza del árbitro. ¿Por qué? Entiendo la situación desesperada del Málaga y la presión con la que deben jugar pero no entiendo (ni entenderé) el odio (sí, odio) que mostraron contra el equipo de Simeone. Tampoco lo olvidaré. 

Árbitro. 
No creo que haya influido en el resultado, así que fariseos, quédense de nuevo con la frase en negrita. La expulsión es técnicamente justa y no creo tampoco que tuviese errores de bulto (más allá de un penalti a Carrasco que yo sí vi en la segunda parte pero que es raro que se pite fuera del universo Madrid-Barça). Con todo me queda la sensación de que el colegiado fue parcial, que aceptó sólo las reglas de uno de los dos equipos y que nunca protegió al equipo visitante (más bien todo lo contrario). Nada nuevo bajo el sol y, si me apuran, nada verdaderamente grave. De hecho, si no hubiésemos tenido la mala suerte de ver lo que ocurrió en el Bernabéu un par de horas antes ni me acordaríamos ahora del árbitro. 

Pero no pienso ponerme taciturno por un traspié ni justificar con atrezzo lo que ha sido principalmente un error propio. Ya dijo Simeone en rueda de prensa que el Málaga había ganado porque había jugado mejor. Fin de la cita. Tampoco pienso fustigarme. La vida es así. La realidad es así. Cuando te expones te pueden pegar. Cuando juegas puedes perder. Nadie es infalible, por mucho que los vendedores de fantasía de cartón piedra nos quieran hacer creer lo contrario con cada portada y con cada soflama. Toca recuperarse, apretar los dientes, entrenar más fuerte que antes y convertir la rabia en buen fútbol. Esto no ha hecho más que comenzar. Partido a partido. 

@enniosotanaz

Sorpresa

El Atlético de Madrid está otra vez en octavos de final de la Copa del Rey. Un titular así, libre de aderezo, no debería sorprender a nadie. “Estaría bueno”, me contestará incluso algún erudito de la estadística y amante de ese estilo zafio, propio del nuevo periodismo, en el que la identidad de uno se construye solamente mediante la aniquilación (o desprecio) del otro. Atendiendo a la tradición, al estado actual de los colchoneros y a la categoría en la que jugaba el rival, parece sensato pensar que efectivamente no puede suponer ninguna sorpresa el que el cuadro colchonero haya superado la eliminatoria de Copa frente al Reus Deportiu pero lo que sí ha sido sorprendente, al menos para mí, es el cómo se ha conseguido. 

Primero, y fundamentalmente, por el rival. Un modesto equipo de la segunda B que juega como los ángeles. Que asumió su eliminatoria frente al Atleti como un partido de fútbol y después (y sólo después) como una fiesta. Aplicando intensidad, respeto, ilusión y totalmente libre de complejos, se dedicó a jugar (muy bien) al fútbol. Ya sorprendió en su propio campo y lo volvió a hacer en el Calderón. Más atado en el coliseo madrileño, con menos posibilidad de construir (gracias al empeño del rival por impedirlo), los catalanes han vuelto a hacer un partido mucho más que digno. Es un placer y un honor jugar frente a equipos así: rivales en el césped y amigos en la grada. Modestos pero valientes. Respetuosos pero desacomplejados. Chapeau. Toda la suerte del mundo para el Reus Deportiu. Se lo merece. 

También pudo resultar una sorpresa (para alguno) la actitud que ha tenido el Atleti. De diez. Desde el principio se plantearon el reto como lo que era: una ronda de la Copa del Rey. Lo único que cambió respecto a cualquier partido de liga o Champions fue la alineación. Nada más. Misma intensidad, misma concentración, misma forma de encarar el partido y mismo respeto por el rival. Como colchonero me llenó de orgullo escuchar al final del partido a un jugador del Reus destacando esto mismo que acabo de contar. El Atleti dominó de principio a fin, mucho más que en Tarragona, y sólo el desacierto de Torres cara al gol impidió que el resultado fuese más allá del pírrico 1-0. Vimos buenos minutos de Gámez y cosas interesantes de Savic. Recordamos lo buen tipo (y portero solvente) que es Moyá. Comprobamos que Saúl se desenvuelve mejor por delante del stopper que haciendo él mismo de mediocentro defensivo. También pudimos intuir, más allá de ese gol de volea que hizo en semifallo, lo buen jugador que puede llegar a ser Thomas si corrige cierta anarquía táctica y esos desajustes en defensa que le hacen cometer errores. Desgraciadamente también pudimos observar el bajo estado de forma de Correa (preocupante) y de un Fernando Torres al que el dichoso gol 100 no está haciendo más que amplificar una situación que ya venía de antes. 

Pero sorpresa, y muy desagradable, fue escuchar insultos hacia uno de los estandartes del equipo rojiblanco como ha sido (y es) Fernando Torres. No paso por ser un defensor a ultranza de su figura y mucho menos de su juego actual (basta darse una vuelta por esta bendita bitácora para comprobarlo) pero tendemos a un tipo de sociedad tan simplificada, mediocre e ignorante que cada vez parece más difícil distinguir entre crítica y falta de respeto. Sé que es sólo una posición minoritaria dentro de la grada colchonera (una buena parte del campo se puso a animar a Torres justo después de su fallo más evidente) pero resulta lo suficientemente nutrida como para hacer ruido. Y no lo entiendo. Entiendo la decepción por sus fallos, el malestar por su estado de forma, el miedo a que no logre recuperar el tono o las preferencias por otros jugadores. Todo eso es fútbol. Yo mismo puedo estar de acuerdo pero de ahí a insultar a un jugador del Atleti creo que media un abismo. Es un acto repugnante en sí mismo pero mucho más cuando va dirigido a un jugador de tu propio equipo y del todo incomprensible cuando se lanza contra un tipo que lo único que ha hecho toda su vida es declararse colchonero, en las buenas y en las malas, a todo el que lo quisiera (y no quisiera) escucharlo. 

Desgraciadamente la grada colchonera no deja de darme sorpresas de este tipo en los últimos tiempos. No me gusta esta deriva caprichosa, superficial y cutre. La afición del Atleti no es así. O al menos no debería serlo. 

@enniosotanaz

Apaguen los focos

Simeone es un tipo muy listo. Creo que a estas alturas de película sólo los intoxicados por la estupidez y la envidia pueden dudar de ello. Cuando el argentino escarbó entre los cimientos del club para recuperar esa esencia que el propio club hacía décadas que había perdido, lo hizo incorporando al subconsciente colectivo una idea que ha trascendido la mera anécdota. Partido a partido. Lo que para mucho profesional de la venta de show-business a granel no pasa de ser un eslogan, para los colchoneros, al menos para los que logran abstraerse del tufo a pachuli de las candilejas oficiales, se ha convertido en una forma de vida. Simeone sabe el tipo de equipo que entrena. Uno que debe jugar siempre al límite para sobrevivir. Uno en el que, como decía Goethe, necesita que todo el mundo barra su trozo de calle para que la ciudad esté limpia. Pero los cantos de sirena están ahí, flotando en el ambiente y nosotros, los aficionados, somos “inocentes” portadores de esa terrible enfermedad. 

Si aguantar la presión deportiva del día a día en un equipo como el Atleti (sin medios públicos que, con medios públicos, vendan obscenamente nuestra marca, ni medios privados que, con medios públicos y privados, barnicen nuestros patinazos) es ya complicado, lo es más tener que convivir con la presión mentirosa (y peligrosa) de lo que todavía no ha ocurrido. Tener que sufrir y condicionar el hoy por cosas que se disputarán dentro de meses con condicionantes que ni siquiera conocemos todavía. Simeone ha luchado y lucha por evitar ese halo de perfume galáctico que tan mal nos sienta pero desgraciadamente, como abejas que saltan de flor en flor, muchos aficionados lo llevan pegado en las alas cada vez que se posan en el Estadio. Hoy contra el Athlétic de Bilbao se ha sufrido por muchas razones propias del propio juego pero también por la sobrepresión que provocaba el ambiente. Un ambiente frío y raro como nunca. Eran demasiado evidentes esos focos intensos que apuntaban sobre unos jugadores que no necesitan que les recuerden dónde y para qué juegan. Lo han demostrado ya con creces. Es como ese señor que, sin haberlo invitado, se pone a mirarnos fijamente, haciendo señas, cuando estamos tratando de aparcar. Él cree estar ayudándonos. No lo hace. Sé que no hay nada que hacer con los que deciden (y muchas veces fabrican) las noticias y controlan los tiempos pero somos otros los que entramos al estadio. Recuérdenlo. Apaguen los focos. Por favor. 

El Atleti ha sacado hoy 3 puntos muy difíciles frente a un gran Athlétic de Bilbao que, probablemente, ha merecido mejor suerte. El partido era a priori complicado por muchas razones, conocidas por todos, pero quizá por ello olvidamos el hecho de que pocos días antes, los mismos jugadores, habían estado librando una batalla a muerte en Lisboa. Con toda esa mezcla en la cabeza y en las piernas, el equipo del Simeone salió al campo a jugar y dominar el partido (como siempre) pero enfrente se encontró con un equipo muy bien entrenado y con una plantilla más que interesante. El Atleti, falto de chispa y de tensión, trataba de triangular el balón pero era incapaz de meterle mano a la maraña bilbaína. El juego acababa siempre en el ala izquierda perdido entre un bosque de piernas. No entiendo ese empecinamiento por usar una sola banda cuando en el otro lado tienes a Juanfran y a Griezmann pero no es la primera vez que pasa. Llegó algún centro lateral y un gol anulado a Vietto pero Irazoz vivió generalmente muy tranquilo. 

Los de Valverde taparon el empuje inicial y esperaron su momento que llegó mediante pases largos y el gran estado de forma del mejor delantero español ahora mismo en la liga: Aduriz. El vasco pincho un balón que venía desde las nubes y con un sutil toque hizo que Oblak tuviese que hacer la primera parada milagrosa de la noche. Inútil, porque el subsiguiente córner acabó en gol cuando Laporte enganchó en el segundo palo un buen saque cerrado. Los madrileños acusaron todavía más el calor de los focos a partir de entonces y volvieron a tropezarse con la solidez del rival. Los vascos estaban bien y se sentían fuertes pero pararon el partido en exceso. Las entendibles pérdidas de tiempo se prolongaban más de la cuenta y las lesiones disimuladas resultaron excesivamente exageradas. No les hacía falta. Eran perfectamente solventes como para mantener el partido donde querían con argumentos puramente deportivos. Esa actitud encendió sin embargo el corazón del rival y los madrileños acabaron acosando el área bilbaiana en los últimos minutos de la primera parte hasta que Saúl, también de corner, consiguió empatar el partido rematando en el primer palo y ya en el descuento. 

El empate parecía que podría suponer un revulsivo para los de Simeone pero ocurrió lo contrario. El Athlétic salió mucho mejor al campo en el segundo tiempo y se hizo dueño del partido. Con rigor táctico, actitud y juego vertical, pasó por encima del rival en varias fases. El punto de inflexión llegó mediante un mano a mano de Aduriz que el gran portero esloveno volvió a sacar milagrosamente. A partir de ahí, el Atleti siguió sin encontrar su juego pero trató de tirar de corazón y de valentía, poniendo en el campo a Torres (inédito otra vez) y Correa (voluntarioso, pero inédito otra vez). La fe y el empuje obtuvieron finalmente sus frutos cuando Griezmann encontró una pelota suelta en la frontal del área que empaló con la zurda para meterla en la portería. La celebración de ese tanto, con todos los titulares, todos los reservas y todo el cuerpo técnico subidos al abrazo del francés con su entrenador, demuestra mejor que un millón de palabras lo que es este equipo. Simplemente añadir una cosa: con Griezmann en el campo (y de tu lado) todo es mucho más fácil. 

El Atleti sigue ahí. Mientras los medios de comunicación, públicos y privados, gastaban su tiempo de “información” buscando conectar el pinchazo del Barça con la posibilidad de que el Real Madrid (su Real Madrid) se pusiese a 2 puntos del líder, el Real Madrid (su Real Madrid) acabó la jornada a 5 puntos del colíder, el Atlético de Madrid. Olvidaron, como siempre, que había otro equipo jugando. Enseñanzas del fútbol que lamentablemente no tendrán ningún resultado. Seguirán coloreando la fantasía mientras disparan al pianista y lo seguirán haciendo hasta que se muera la gallina de los huevos de oro. La necedad es así de tozuda. 

@enniosotanaz

Herederos de Kim-Il-Sung

Si ustedes le preguntan a un niño norcoreano cuál es la persona más brillante que conoce éste le dirá que es Kim Jong-il (o Kim Jong-un dependiendo de la edad que tenga). Si ustedes preguntan a un niño español cuál es el único jugador de fútbol que conoce éste le dirá que es Cristiano Ronaldo (o Messi, dependiendo de la tele que vea). Es difícil que contesten otra cosa porque para ellos, en ambos casos, no existe nada más. Si lo hubiere (¡blasfemia!) sería irrelevante, perjudicial o mucho peor, pertenecería a los enemigos de la patria. Esos herejes que quieren derribar ese Status Quo tan bueno es para “todos” nosotros. Supondría cuestionar la verdad. La única. Ambos niños viven en una férrea realidad inventada por sus propios dueños. Unos tipos sin rostro pero con dinero, con muy poca fe en la humanidad y el libre albedrío, que prefieren poner orejeras a las ovejas para que "ellas mismas decidan” elegir lo que tienen que elegir. En ambos casos, curiosamente, los dirigentes coinciden en justificarse alegando que su población es libre de hacer lo que quiera. Así lo demuestran las audiencias de televisión en el primer caso. En el segundo también. 

Atresmedia, ese monopolio audiovisual que opera como cualquier régimen autárquico y que con dinero se hizo con los derechos de la Champions League, se suma así a la revolución “popular” que supuso la entrada de las divisas de los medios de comunicación en el mundo del fútbol. Decidiendo despreciar, humillar e insultar sin tapujos a Sevilla, Valencia y Atlético de Madrid. Los otros. La hez. El enemigo. Lo hacen, como es "lógico", utilizando los mismos argumentos que utilizó el Gran Líder y Presidente Eterno de la República POPULAR DEMOCRÁTICA de Corea (del Norte). Es lo que me pide el pueblo, dicen. Claro.


Pero pese a la ignorancia del mundo “libre”, el Atlético de Madrid vuelve a quedar primero de su grupo en Champions League y vuelve a pasar con honores y solvencia a los octavos de final de esa competición. Lo hace frente a un equipo complicado, en unas circunstancias difíciles (sólo valía ganar) y, a modo de exorcismo, en un terreno con demasiados condicionantes emocionales. Lo hace además con autoridad y jugando al fútbol. La casta desharrapada que vive al margen de las luces, los miembros del “enemigo”, los antipatriotas, los que no pueden (ni deben) salir de blogspot.com, nosotros, debemos estar de enhorabuena. 

El Atleti de Simeone saltó al precioso estadio del Benfica (lo es) con el traje de campeón. Serio, compacto y consciente de lo que representa. Lo hizo con una novedad, armando su moderno 4-1-4-1 (que es un 4-3-3 en ataque) con Gabi en la posición de “cinco” y dejando el rol de box-to-box al cuestionado Saúl. Gran acierto del Cholo. Mientras Gabi hacía un partido solvente, el canterano se salía. Con un prodigioso derroche físico Saúl fue capaz de ayudar en la construcción, en la deconstrucción, en la presión y además ser el capitán de la segunda línea. Estamos hablando de un jugador de 22 años. Por favor tengan paciencia porque tenemos oro líquido. Pasados los primeros minutos de pseudoacoso lisboeta (se toparon con una roca) los de arriba, Koke, Griezmann y Carrasco, se pusieron a combinar mientras Vietto tiraba diagonales a diestro y siniestro. Fútbol. El argentino siguió apareciendo excesivamente tímido pero se empezó a ver el jugador que es. Uno muy bueno. Una combinación suya con Saúl (habilitada antes por Griezman) dio el primer gol. Una obra de arte que no resiste descripciones literarias y que por ello les pido que vean con sus propios ojos. La primera parte acabó con la sensación de que el Benfica era bueno pero incapaz y el Atleti un equipo con mayúsculas. 

La segunda no varió demasiado, a pesar de los intentos portugueses por irse arriba y el susto que dio Mitroglou, que acababa de salir y fue de los mejores entre los suyos, nada más echar el balón a rodar. El Atleti, obligado en este caso por el rival, juntó filas y defendió más cerca de su área (sin renunciar a la presión) pero las salidas con balón tenían mucho sentido. Eso es lo que se le pide a un equipo que juega replegado. Eso y, como también hizo, utilizar el balón con criterio cuando tiene la oportunidad de hacerlo. El trío letal que el Atleti tiene ahora por la izquierda (Filipe, Koke y Carrasco) consiguió llevar el balón hasta el fondo en una de esas jugadas. El belga, cada vez más importante en este equipo, metió un balón inteligente al primer palo donde llegó Vietto con habilidad para hacer el segundo gol. El joven jugador argentino tocó solamente dos balones dentro del área en todo el partido. El primero fue el pase a Saúl que dio origen al primer tanto. El segundo fue su propio gol. Ojo. 

Los últimos minutos fueron de acoso portugués, gracias al gran gol de Mitroglou (no es fácil darse la vuelta delante de Godin y meterla pegada al poste), a lo mal que entraron los cambios en el Atleti (sobre todo un Torres inusualmente apático) y al tal Renato Sánchez, un veinteañero portugués de condiciones prodigiosas que se echó el equipo a la espalada. Pero el Atleti también sabe sufrir y solventó la papeleta con oficio y fútbol. 

El equipo rojiblanco sigue en la pelea. Vuelve a estar entre los 16 mejores equipos de Europa y lo hace además disipando dudas como primero de grupo. Los colchoneros deberíamos olvidarnos de absurdas peleas internas y alegrarnos por ello. Mucho. Celebrar que en febrero seguiremos dando guerra por el continente. Por mucho que le resulte despreciable a los supuestos profesionales de Atresmedia y sus ideólogos. Esos fieles herederos de las enseñanzas de Kim-Il-Sung. 

@enniosotanaz

Anonimato

De vacaciones, fuera de su espacio natural, uno a veces hace cosas extrañas como escuchar programas deportivos por la radio o la televisión. Es el caso. Eran las seis de la tarde y las emisoras de radio (varias) que estaba poniendo en mis auriculares mientras buscaba un bar en el que ver al Atleti, no dejaban de hablar del Real Madrid. De la resurrección de sus multimillonarios, de lo bien que había recibido el vulgo a no sé qué imputado, de que lo de la Copa “todavía no era seguro” y de lo cerca que se "ponían" del Barça. Ni una palabra del segundo clasificado de la liga, ese que, curiosamente, estaba a punto de jugar y ponerse a un punto del líder. Seis horas y varios partidos después, en lo que dicen que es la televisión pública, seguían hablando de lo mismo en los mismos términos. Allí deben entender que servicio público es que un sevillano que quiera ver los goles de su equipo tenga que pagarse la tele privada o esperarse hasta las dos de la mañana y sufrir primero la penitencia de las sofisticadas soflamas de un puñado de opinadores radicales (por no decir otra cosa) sobre Madrid/Barça, para poder hacerlo. Parece que todo lo demás es oficialmente irrelevante en este país de empresarios impacientes, gente que llega arriba por la puerta de atrás y especialistas en hacer revuelto de ajetes con los huevos de oro. Ustedes dirán, y dirán bien, que lo mejor es pasar. Huir de la estulticia. Ignorar eso que se denomina medios de comunicación y hacerse fuerte entre amigos, en los aledaños del Calderón, leyendo literatura, escuchando música o buscando la verdad en las benditas redes sociales pero qué quieren que les diga, a mí me jode. 

Pero vayamos al fútbol. El Atleti parece instalado en ese modo “martillo pilón” que tan buenos recuerdos nos trae y que tan bien nos sienta a los que huimos de Matrix. Casi desde el anonimato, el Atleti lleva ya muchos partidos jugando muy bien al fútbol. Demasiados como para que, nosotros también, lo pasemos por alto. Sin dañar el rigor defensivo que les ha hecho famosos, el equipo es ahora también capaz de monopolizar el balón, de triangular, de crear fútbol y de jugar. Son ya varios partidos en los que el equipo sale con una fuerza mental prodigiosa, mandando en el campo, imponiendo su ritmo, moviendo el balón muy rápido y llegando con claridad al marco contrario. Con fluidez y clase. Contra el Granada se repitió la historia. Los andaluces trataron de ordenar las marcar y juntar muchos las filas pero no pudieron contrarrestar el juego colchonero. Un renacido Filipe Luis hacía lo que quería por su banda. Da gusto volver a ver al brasileño en su mejor nivel. La sociedad que se ha creado en esa banda con Carrasco y Koke es muy interesante y promete grandes sesiones de fútbol. El centro (Gabi, Saúl y Koke) movía el equipo con solvencia y aunque se vio a un Saúl incómodo y algo aturdido por tanto foco encima (normal), el rival no exigió lo suficiente como para ponerlo en verdaderos apuros. Todo apuntaba de maravilla para los de Simeone. 

Pero el equipo, a pesar de la significativa mejoría, sigue adoleciendo de pegada. Sólo Griezmann, pendiente también de cubrir su banda y algo más alejado del área en el nuevo sistema, parece estar a la altura. Torres hace todo lo que puede pero le falta velocidad de movimientos para ser un 9 letal. Los del banquillo, de momento, tampoco parecen estar mucho mejor. Al final el gol llegó a balón parado, con un gran testarazo de Godin que remató un córner desde la derecha estando solo en el área, que es lo mismo que decir gol. Error importante del Granada. 

A partir de ese tanto, y hasta bien entrada la segunda mitad, aparecieron también algunas trazas de otra de las cosas que creo tiene que corregir el cuadro colchonero. Las ganas de parar el partido volvieron a provocar la falta de tensión en la escuadra colchonera, la caída del ritmo y por ende el resurgir de los granadinos. Entiendo que el equipo haga algo así con un marcador desenfadado pero no cuando la distancia es simplemente de un gol. Demasiado riesgo. Por mucho que la defensa colchonera sea una roca. Los locales consiguieron llegar un par de veces a la portería de Oblak (sin demasiado peligro, la verdad). Los cambios de Simeone y Griezmann, como no, modificaron la situación y acabaron con las esperanzas andaluzas. Con Óliver en el campo, Koke bajó al mediocentro y el equipo recuperó el balón y el dominio. Me gustó esa combinación. No me importaría volver a verla. La posterior entrada de Thomas fue también bastante interesante. Más suelto y valiente que en el último partido, el africano dejó muestras más que esperanzadoras. 

Y llegó el segundo gol. Un prodigio de este deporte que sólo por verlo en directo merece la pena pagar la entrada. A un velocidad endiablada, Griezmann dejó pasar bajo sus piernas un pase diagonal que acabó en los pies de Óliver Torres. Éste, de un solo toque de clase, metió la pelota en vertical al área, justo en la dirección en la que se había movido el jugador francés. El rubio prodigioso, sin tiempo para que nadie se colocara, ejecutó un soberbio zurdazo que se coló por la escuadra de la portería. Golazo. Fin del partido. 

El Atleti sigue ahí. A dos puntos por debajo del Barça y a dos por encima del Madrid. A nadie parece importarle pero si huyen de los titulares y observan la clasificación verán que es así. Lo juro. Más allá de los puntos, el equipo encima juega cada vez mejor. Tiene más registros, cada reinvención parece más interesante que la anterior y todavía hay varias vías de mejora que parecen evidentes. Independientemente de que los que cobran por contárselo estén bailando zarzuela, parece que hay equipo. Estén atentos.

@enniosotanaz

Humildad y respeto

Simeone dijo justo antes de iniciar la Copa del Rey frente al Reus Deportiu que encararían la competición con “humildad y respeto y eso es exactamente lo que ha hecho el Atlético de Madrid sobre el césped del Camp Nou Municipal. Respeto por un equipo rival que lo merecía y humildad para correr tanto o más que el equipo contrario antes de llevarse el partido. Sin condescendencia ni dejadez. Fútbol y sólo fútbol. 

Todo lo anterior podría parecer de Perogrullo pero no lo es. Los que hemos vivido los infaustos tiempos de la era pre-Simeone sabemos que las primeras fases de la Copa del Rey, por exceso o por defecto, solían ser muchas veces una pesadilla. Ninguno de los que entonces comandaba la nave supo afrontar esos partidos en los que la diferencia de presupuesto entre los equipos era tan abismal que complicaba la forma de encararlos para una plantilla saturada de complejos y carente de personalidad. Cierta soberbia mal parida, trazas de mediocridad traspasadas por los sucesivos entrenadores o desconexiones impropias de profesionales, hacían que la Copa del Rey se convirtiese en un infierno para el Atleti muchas más veces de las necesarias. Nunca más. Con Simeone se acabaron las dudas. El equipo sale a ganar haciendo lo mismo, juegue quien juegue y esté quien esté delante. Es muy de agradecer. 

Deportivamente saco poca lectura porque es muy difícil obtener conclusiones de un partido con unos condicionantes tan excepcionales. Quizá destacar una cierta resurrección de Vietto, que comenzó en la línea pésima de los últimos tiempos pero que acabó enmendando la plana dejando algunos argumentos para soñar y el preocupante camino inverso que siguió un Correa que, sumido entre la ansiedad y la imprecisión, transmitió unas sensaciones bastante flojas. Al final lo más destacable sea seguramente la gran capacidad que tiene Óliver para jugar al fútbol cuando su cabeza está centrada en crear juego y no en intentar no fallar. 

Mención muy especial para el Reus Deportiu. Un equipo que deportivamente trató de jugar al fútbol sin dar patadas y que además lo hizo como los ángeles. Jugó de tú a tú, sin complejos, frente a un Atleti al que en ningún momento tuvo la oportunidad de bajar los brazos. Pero si dentro del campo el desempeño del club catalán fue más que elogiable, en la grada, desde la institución y a través de las redes sociales su actitud fue todavía mejor. Desde el mismo día en el que se realizó el sorteo el club reusense intentó trazar puentes, generar simpatía y transmitir buen rollo con la afición rival. Ayer incluso nos daban las gracias a través de Twitter por dar color a la grada. Genial. Algo muy de agradecer en estos tiempos en los que parece que vende mucho más subrayar lo malo o potenciar ese esteriotipo torrentiano (y más falso que Judas) que el Establishment ha decidido colocarnos a los colchoneros. Desde esta esquina anónima del ciberespacio, quería dar las gracias al Reus Deportiu por intentar convertir un partido de fútbol en lo que siempre tendría que ser: una fiesta. 

Chapeau! 

@enniosotanaz

Tiago

Tiago Mendes aterrizó en la rivera del Manzanares 48 horas después del día de reyes de 2010. Sí, en el mercado de invierno. La tradición de mediocentros en el Club Atlético de Madrid era tan sumamente catastrófica que su llegada no despertó demasiada expectación. “Otro más”, rezaba por entonces mi anónimo (y cenizo) compañero de grada. No podía jugar la Europa League (competición que acabamos ganando ese año) y encima venía cedido por la Juventus, equipo en el que había pasado sin pena ni gloria. “Si allí no lo quieren…”, confesaba también entonces mi vecino, con ese optimismo tan valiente del que hacen gala los que nunca se equivocan. Contra todo pronóstico, el portugués se hizo con el puesto y acabó completando una gran campaña que nos llevó a ganar ese año la segunda competición europea (aunque él no la jugara) y a la final de la Copa del Rey, tras muchos años sin títulos. El Atleti perdió aquella final de Copa en Barcelona frente al Sevilla pero Tiago, que no había podido jugar en Hamburgo, entendió aquel día lo que era este bendito equipo. Aquella noche, con lágrimas en los ojos, parado en el césped del Camp Nou y viendo a la nutrida afición colchonera, apenas diez minutos después de haber perdido la final, cantando con el pulmón en la garganta su amor por los colores, Tiago entendió el espíritu rojiblanco y se le quedó clavado en el tuétano. 

Casi seis años después Tiago lo ha ganado todo con la camiseta rojiblanca. Liga, Copa, Supercopa de España, Supercopa de Europa, Europa League y le falta la Champions por aquel maldito minuto 93 de Lisboa. Por el camino dejó de ser ese jugador prometedor pero errático, confuso y falto de confianza para transformarse en el mejor mediocentro del Atleti en varias décadas y uno de los mejores de Europa. Es hoy la referencia de este equipo, dentro y fuera del campo, como así se lo reconocen compañeros y cuerpo técnico. Hoy, casi 6 años después de aquella llegada por la puerta de atrás y en el mejor momento de su carrera, Tiago acaba de romperse la tibia en el Calderón. Una grave lesión que, a sus 34 años, no parece fácil de superar. No sé lo que ocurrirá, cómo y cuando conseguirá volver a ser jugador de fútbol pero no creo que ahora mismo sea el momento de hacer cuentas, pronósticos ni promesas. Tiago merece el aplauso cerrado que se ha llevado hoy del Calderón y, más allá de aquel episodio oscuro de su retiro en el Chelsea, creo que es un jugador que ha hecho al Atleti estar donde está y al que por tanto le debemos mucho. Sólo por eso merece nuestro apoyo y nuestro cariño, aunque me consta que esto último es tan obvio que huelga decirlo. Sea cuando sea, esté como esté, Tiago será siempre bienvenido. 

El Atleti acaba de ganar al RCD Espanyol pero es una victoria que, sin dejar de ser importante, queda ensombrecida por la desgraciada lesión. Los de Simeone, aún volviendo al tradicional 4-4-2, encararon el partido muy bien y se pusuieron por encima en el marcador muy pronto. Buena jugada de Óliver Torres por la derecha (por fin un buen partido del canterano con la camiseta rojiblanca), pase al área y el de siempre, Griezmann, que mete la puntita para, no sé si él o el defensa, desviar el balón a la portería. El 1-0 daba alas a un equipo, el colchonero, que siguió jugando muy bien al fútbol. Hasta la lesión las sensaciones eran muy buenas. Buen toque, buen ritmo, buena presión, buena salida de balón y buen fútbol. Tras la lesión, un balón absurdo al que Tiago ataca de mala forma, el estadio entero se quedó aturdido. Helado. Jugadores y espectadores se quedaron sin referencia y el frío, que nadie había notado hasta entonces, se hizo de repente muy presente. 

La grada buscaba en el teléfono alguna noticia tranquilizadora durante el descanso pero ésta no llegaba. No es rodilla, decían, es una lesión ósea, como si eso hiciese el drama algo distinto. Los jugadores volvieron al campo con otro ímpetu y, más o menos, lograron sobreponerse a la situación. Saúl, como concienciado de repente de un rol del que no va a poder escapar, empezó a centrarse y a enderezar una actuación que en la primera parte no había sido tan buena. El Atleti siguió jugando y llegando, pero este equipo sigue sumido en una galopante y preocupante carencia de gol. 

Tampoco ayudó mucho Vietto que había sido agraciado con la titularidad pero que no ha estado a la altura en ningún momento. Lento, tímido, errático, eligiendo mal y fallándolo todo. Mala pinta tiene un jugador que está pidiendo a gritos una cesión. El propio Vietto, Griezmann, Godin, Carrasco, Óliver, Torres,… ninguno fue capaz de colocar el segundo gol en el marcador. Pero el partido llegó a su fin, con un equipo rival (el Español) que no existió en 90 minutos y con un equipo, el colchonero, que pasará el fin de semana jodido a pesar de seguir en la segunda posición de la tabla liguera. 

La lesión de Tiago es una desgracia, sin paños calientes, pero es irremediable y sería inútil (y absurdo) recrearnos en la desgracia o perder energías en buscar culpables y motivos. También en buscar remedios mágicos. Tenemos lo que tenemos y habrá que reinventarse. Dice la gente que sabe de esto que la mejor forma de encarar los problemas es no tomarlos como tales sino como oportunidades. Un nuevo escenario que pueda ofrecer alegrías con las que no contábamos. Héroes que no estaban llamados a serlo. Caminos y escenarios que antes no existían. Brindo por ello.

@enniosotanaz

Manda cojones

Por tercer año consecutivo el Atlético de Madrid supera la fase de grupos de la Champions League y accede a las eliminatorias de la máxima competición europea. Desde el colchonerismo, aturdidos por la fuerza centrípeta de esa actualizad que gira a toda velocidad, lo asumimos sin alharacas, con naturalidad y hasta con cierto desdén (“¡qué menos!”, escuchaba ayer en el Calderón). Basta echar un vistazo a la historia del Club para comprobar que es la primera vez que ocurre algo parecido a orillas del Manzanares. Nunca antes el equipo rojiblanco había conseguido acceder tres años consecutivos a la fase de grupos así que considerarlo como depreciable o menor se me antoja un poco arrogante por nuestra parte e impropio de tipos cabales. Preferiría que nos quitásemos ese recién adquirido traje de suficiencia (que nos sienta tan mal) y que intentásemos recuperar esa tradición tan colchonera como es la de ser feliz. Creo que sería bueno también que repararan en ello alguno de esos abanderados de la gloria que con tanta vehemencia tergiversan el concepto de grandeza que debe aplicar a nuestro equipo y que, aupados en no sé qué leyenda, critican a entrenador y jugadores por falta de “ambición”. Ustedes me perdonarán la licencia pero manda cojones. 

El Atlético de Madrid ha conseguido la clasificación matemática para la fase de grupos pasando por encima de un Galatasaray muy menor. El equipo turco llegó al Calderón mermado en la dirección técnica (lo dirigía en funciones el mítico Taffarel), con una galopante crisis deportiva, con bajas importantes y un evidente (y paupérrimo) estado anímico. Todo esto quita quizá algo de mérito a la victoria de su rival pero, sea como fuere, los de Simeone hicieron un partido excelente. Dibujando sobre el campo ese novedoso falso 4-3-3 (que defendiendo es un 4-1-4-1 y atacando varía entre el 4-5-1 y el clásico 4-4-2), el equipo consiguió colocar muchos más jugadores en la zona de creación y eso provocaba el que Griezmann, Koke y Carrasco entrasen más en juego y el equipo estuviese más junto a la hora de construir. Me gusta esta innovación táctica, especialmente en partidos contra equipos tan cerrados. 

El Atleti monopolizó el balón todo el partido pero, más importante, lo hizo con mucho criterio. Sacándolo jugado a través de pases cortos, triangulando en cualquier zona del campo y llegando fácil al área contraria. El equipo está en la buena línea y personalmente sólo veo dos puntos claramente a mejorar. Uno, la acuciante falta de gol. Es tan evidente que resulta absurdo ahondar sobre ello. Dos, la falta de paciencia. Acostumbrados a la verticalidad desquiciante, el equipo tiende a terminar la jugada por la banda en la que la ha comenzado y eso provoca que muchos de los ataques terminen en balones colgados al área sin mordiente y fáciles de defender. El primer gol tardó algo en llegar pero no creo que nadie estuviese nervioso por ello. Intuyo que hasta los turcos que ocupaban lo alto del fondo norte sabían que tarde o temprano llegaría. Ocurrió tras la enésima buena jugada de los de Simeone (esta vez desde la derecha) con un buen pase al área de Gabi (de los mejores en el partido) y un mejor remate de cabeza de Griezmann que, ocupando quizá el espacio físico que debería haber ocupado Torres, recuperaba su añorado olfato goleador. 

El 1-0 no cambió nada las cosas. Según sacaban los de Estambul desde el centro del campo los madrileños, como si no hubiese pasado nada, volvían a ejecutar esa presión adelantada tan difícil de superar. El partido volvía a jugarse en el terreno contrario tan sólo quince segundos después de haber llegado el primer gol. El Atleti llegó miles de veces al área pero la falta de puntería, la tendencia a recrearse en la jugada, la timidez a la hora de encarar la portería o la falta de paciencia para evitar colgar balones a ningún sitio, hacían que el marcador no se moviese. El Galatasary seguía inédito, con la cabeza gacha y la mirada perdida. Ni siquiera sus otrora fervorosos aficionados eran capaces de salir del prolongado estado de letargo. Lo apretado del marcador hacía que mediada la segunda parte todavía pudiese surgir, de repente, un cierto runrún que complicase las cosas pero ni siquiera llegó a ser una posibilidad real. Un espectacular caño de Gabi al borde del área, con el remate postrero del más listo de la clase (Griezmann, claro), subieron el segundo gol al marcador que terminó de matarlo todo. A partir de ahí los contendientes firmaron un armisticio que Simeone aprovechó para dar descanso a sus pilares. Personalmente agradecí que el estadio pudiese corear el nombre del mejor jugador del equipo ahora mismo: Tiago

 En quince días el Atleti se jugará el primer puesto en Lisboa frente al Benfica. Será un partido bonito que se encarará desde la perspectiva de tener los deberes ya hechos. Tal y como están el resto de los grupos no sé hasta qué punto es relevante el quedar primero o segundo de grupo pero yo, como colchonero, siempre quiero ganar. Estoy seguro de que en el vestuario piensan exactamente lo mismo. 

@enniosotanaz

Soldados del rodillo

Mientras los colchoneros braceamos entre dudas posmodernas y nos perdemos en debates de sala de espera, el Atlético de Madrid se coloca por encima de la gloriosa galaxia a cuatro puntos del mejor equipo de Europa. Es un dato tan contundente y revelador que quizá debería dejar aquí mi reflexión y dedicarme a buscar calzoncillos largos y gorro de lana para el partido de Champions del miércoles. 

Un par de comentarios nada más. 

Vi el Betis-Atleti a través de “Abono Fútbol” (no se me ocurre un nombre más feo y desafortunado para un canal de televisión) y al acabar, cuando todavía estaba recuperándome de ese beticismo gratuito del risueño señor que hacías las veces de narrador (y del que afortunadamente desconozco su nombre), uno de sus compañeros a pie de campo le preguntó a Koke la original pregunta de moda: “¿pero vais a poder competir la liga al Barça?”. El muchacho del micrófono no era más que un soldado raso, el perrito faldero de la voz de su amo, pero la pregunta no era inocente ni baladí. Tenía trampa. Me recordó a ese ser miserable que ante la perspectiva de que un amigo pueda haber conquistado a la chica de sus sueños (y él no) lo único que se le ocurre decir es: ¿pero vas a ser capaz de hacerla feliz? Es el recurso del pataleo. Esa manifiesta incapacidad para digerir la frustración que pretende aparecer disfrazada de rigor periodístico. Cualquier ser vivo con algo de cerebro sabe que es una pregunta sin respuesta. Que cualquier contestación no pasará de ser un brindis al sol o un intento chungo de adivinar el futuro. Cualquier profesional sabe que en el fondo es también una pregunta absurda y fuera de lugar (sobre todo cuando hace 15 segundos que acaba de terminar el partido) pero estos tipos risueños no son profesionales. Son soldados del rodillo. 

Técnicamente hablando el Betis-Atleti fue un partido fácil para los de Simeone. Si el equipo hubiese acertado un tercio de las oportunidades que tuvo estaríamos hablando de una gran goleada y de un gran encuentro por parte de los rojiblancos. Controló el partido, jugó muy bien por momentos y el rival apenas tuvo una ocasión que, como siempre, desbarató ese tipo tranquilo que tenemos en la portería. Se pusieron muy pronto por encima en el marcador, gracias a una jugada de acoso y derribo en la que el equipo presionó, como un grupo de alimañas, la salida de balón del rival, los errores, los rebotes y todo lo que se ponía delante. Parecían el paquete de delanteros de los All Blacks. Marcó Koke (recogiendo el rechace de un tiro de Torres) pero podría haber marcado cualquiera. El Atleti siguió jugando (muy bien, insisto) con un Tiago excelso, un Filipe recuperado para la causa, un Carrasco espídico y un Koke que poco a poco coge el tono. Griezmann y Carrasco pudieron poner el 0-3 ya antes del descanso. El francés pude haber hecho incluso triplete en la segunda parte pero las malas decisiones de cara al gol (y un poco de mala suerte) lo impidieron. Hubo algo de nervios en los momentos finales pero tengo la sensación de que todo estaba más en la cabeza de los colchoneros (y en las ganas de ese Hooligan de “Abono Fútbol”) que en otro sitio. 

 El Atleti sigue teniendo una preocupante falta de gol y eso le impide poder quitarse la mochila de las dudas pero en mi opinión el partido fue bueno y las sensaciones que transmitió en cuanto a juego, control, personalidad y creación, bastante mejores de las que venía transmitiendo últimamente. Como único pero, y más allá de la falta de acierto, destaco ese juego absurdo que el equipo tiende a practicar en los últimos minutos cuando el marcador está muy apretado. Esos pases sin tensión, horizontales, fofos y de espaldas a la portería rival que pretenden ser fútbol control pero que lo único que consiguen es aumentar el riesgo de error entre los nuestros. 

Creo que estamos bien. En buena línea, al menos. El único peligro de inestabilidad que veo viene provocado precisamente por los soldaditos del micrófono y la plumilla. Ese estilo filibustero de periodismo que es como preguntar algún tema estúpido y en castellano a un turista que desconoce el idioma para que su respuesta resulte siempre ridícula. Ya nos conocemos. Nadie sabe si el Atleti será capaz de disputar la liga o no. Nadie. Lo diga Simeone, los jugadores, Roncero, el Cuñao de Siro López o Dany Amatulo. Nadie. Lo que sabemos todos (menos los soldados del rodillo y sus locos seguidores) es que a los aficionados colchoneros no necesitamos saber lo que va a pasar dentro de cuatro meses para levantarnos hoy enamorados de nuestro equipo. Entiendo que no lo entiendan, especialmente los que venden caspa y los que compran crecepelo, pero ese es su problema y no el mío. 

De todas formas, por si alguno de los del micrófono se pasa por aquí (que lo dudo) vuelvo a explicar lo del partido a partido. Otra vez. El Atleti de Simeone quiere ganar todos los partidos que juegue. Punto. La diferencia es que el único partido que preocupa hoy es el siguiente y mañana ocurrirá lo mismo. Independientemente de dónde vengamos e independientemente de a dónde vayamos. Así de sencillo. Los vaticinios a la bruja Lola. Las apuestas a las casas de juego. Las tonterías al cerebro de quién las quiera leer. 

@enniosotanaz

El grito

El fútbol es un estado de ánimo. Con la excusa del análisis se generan cientos de horas de información, toneladas de papel o millones de imágenes pero con todo eso, unido a la obsesión del aficionado por entender las cosas con lógica cartesiana, olvidamos que estamos hablando de seres humanos. Lo son. Frágiles, con cerebro y con emociones. Lo irónico del asunto es que lo conocemos muy bien. Estamos cansados de ver deportistas con actitudes deportiva excelentes incapaces de aguantar la presión mediática. Futbolistas que son extraordinarios en los entrenamientos y que al vestirse con otra camiseta se transforman en mediocres. Equipos que, de repente, son mucho más que lo que se podría adivinar sumando cada uno de sus nombres. Estamos hartos de verlo, pero desde la grada, y desde las redacciones, seguimos insistiendo en encontrar el modelo lógico y matemático que explique con precisión cartesiana los partidos y las temporadas. 

El Atlético de Madrid acaba de ganar tres puntos frente el Sporting de Gijón en partido agónico que muy probablemente no mereció ganar. Es evidente que el equipo no está bien. Que está mal, en realidad. Podemos agarrarnos a la realidad de los puntos (terceros a 4 del Barça y 1 del Madrid mientras seguimos vivos en todas las competiciones) o a leyendas literarias sobre el tradicional juego rojiblanco que acaban con el socorrido: sangre, sudor y lágrimas, pero creo que sería engañarnos. El Atleti está mal porque se le ve jugar sin chispa, a ritmo muy lento (¿el que marcan su paraje de veteranos mediocentros?), sin conectar con las líneas de creación o de ataque y con una galopante falta de gol, inédita hasta ahora en el equipo de Simeone. Ese es el diagnóstico y no creo que en eso existan muchas divergencias de opinión. El problema surge a la hora de encontrar la explicación. Cada uno tendrá la suya. Para mí, más allá de plantilla desequilibrada, la rémora de tener que sobrevivir cada año a la perdida de jugadores clave o el presumible error en los fichajes, creo que un alto porcentaje de lo que le pasa al equipo está en la cabeza de los jugadores. En el estado de ánimo. En la capacidad de creer en lo que se hace y hacer equipo. En precisamente eso que nos ha hecho grandes. 

El Sporting llegó al Calderón con la idea de jugar junto y ordenado. Conocía bien al Atleti (como todos sus rivales a estas alturas) y sabe de los problemas de los madrileños para jugar frente al equipos replegados, teniendo que mover el balón. Los asturianos lo hicieron bien. Maniataron fácilmente al otro equipo, el de Simeone, que se perdía en jugadas previsibles que acababan siempre con balones colgados al área. El ritmo del partido era desesperante. Los rojiblancos no llegaron una sola vez al área, cosa que si hicieron los gijoneses la primera vez que lograron estirarse. Halilovic culminó un excelente contraataque que acabó en una prodigiosa parada de para mí (significativo) el mejor jugador del equipo colchonero. 

La segunda parte no fue mucho mejor ni muy distinta. El único ingrediente que vino a sumarse a la receta del pastel fue la ansiedad y los nervios de los rojiblancos que, recogiendo el sentir de la grada, incrustaron precipitación y desesperanza en cada una de sus acciones, pero no cambió el panorama. El Atleti pudo marcar en un par de jugadas aisladas, más por empuje que por juego, que Cuéllar resolvió muy bien. Sería injusto destacar negativamente a ningún jugador colchonero porque se me hace complicado encontrar alguno que estuviese medianamente bien. Carrasco, quizá, fue el único que intentó poner ideas y fútbol y el único, sin duda, que cada vez que cogía el balón miraba a la portería contraria, pero tampoco fue su mejor partido. Por eso se entendió tan mal el cambio de Simeone cuando lo sustituyó por Óliver Torres al final del partido. Al final todo se resolvió a la desesperada, en el último minuto, gracias a un arranque de rabia del de siempre, Godin, y al olfato goleador del único que a día de hoy sabemos que lo tiene: Griezmann. Minuto 93. Grite como si no hubiese mañana. 

Hacia falta algo así. El grito de Simeone fue el mío y el de mis compañeros de grada con los que me abracé. Era el grito de la frustración acumulada. La desesperación del que lo intenta todo y no le sale nada. Era el grito del que no se rinde. El grito del que es consciente de la situación y quiere cambiarla. El grito del que tiene que pelear contra especímenes zafios y cobardes que pelean escondidos tras una columna de opinión o un microfono corrupto. El grito, quiero creer, de la mayoría de la afición colchonera. Hacía falta algo así. Ojalá se transforme en un punto de inflexión. Confiemos en ello. 

@enniosotanaz

Astana

Los señores de la UEFA no lo sé, pero yo a las 16:00 de la tarde estoy trabajando. Es decir, no vi el partido (aunque, por lo que he leído, parece que casi mejor). 

Por pura coherencia me parece justo ahorrarme los comentarios.

No jugar

Cuando en el descanso del partido los jugadores enfilaban el vestuario del estadio Riazor, yo era un hombre feliz. Mis dudas retóricas sobre el nuevo Atleti se disipaban, me regocijaba en esa agradable sensación de poder haber disfrutado de 45 minutos de buen fútbol y era optimista sobre el futuro colchonero. Ahora mismo, aproximadamente una hora después, no puedo decir lo mismo. El equipo de Simeone acaba de empatar frente al Deportivo de la Coruña en un partido raro, que no tengo claro si mereció ganar o no. De esta manera se separa de la cabeza de la liga (cuando la tenía a mano) y vuelve a rodearse de dudas que sientan muy mal a la institución. Si atendemos a la realidad, tal y como viene, el Atleti ha empatado el partido porque Giménez ha cometido un error de esos que hacía varios años que no se cometían en el equipo colchonero. Una falta de tensión imperdonable, a falta de un cuarto de hora, que ha supuesto perder dos puntos de oro. Pero si ampliamos un poco el foco de visión, veremos que fácilmente pueden aparecer otras respuestas. También otras preguntas. 

La primera parte del equipo del Cholo fue fabulosa. Sin matices. Entendió el partido con inteligencia, jugó con personalidad, se hizo dueño del balón y lo que es mejor, jugó al fútbol. Con paciencia pero mirando la portería contraria. Enfrente tenía un Deportivo muy bien plantado, anímicamente fuerte (gracias a los últimos resultados) y sin ninguna necesidad de arriesgar. Los madrileños podrían haber caído en la tentación de de ahorrar pases y tender a lo vertical, pero no. Gracias a un Tiago nuevamente en estado de gracia, movió la pelota y buscó su oportunidad. Y llegó. Jugada por la izquierda, rechace a la frontal del área y volea que el propio Tiago engancha para meter el balón en la base del poste. El gol cambiaba la forma de encarar el partido de un equipo gallego que, ahora sí, se fue a por el rival. Pero los rojiblancos, lejos de amilanarse, jugaron todavía mejor. Fue su mejor momento y dio la sensación de que el pitido que ponía final a la primera parte, beneficiaba sobre todo a los coruñeses. 

La segunda parte fue todo lo contrario. En todos y cada uno de los sentidos. El Depor se hizo dueño del partido y el Atleti se dejó llevar. Como otras tantas veces. Hay quien dice que ese estado de letargo es una consigna de Simeone. Que les obliga a recular de esa manera. No lo sé, pero lo que sí que tengo claro es que esa forma de interpretar el fútbol no es la de buscar el contraataque, ni la de tratar de aprovechar los espacios del rival y ni siquiera la de jugar a contener. Eso se llama no jugar. Cualquiera de las primeras opciones me parecería lícita. Esta última no.

Cada vez que esta temporada el Atleti se pone por encima en el marcador, activa de forma evidente ese modo especulativo de jugar a que nadie juegue. Es lo que hacen casi todos los equipos cuando quedan tres o cuatro minutos para terminar el partido pero el Atleti lo ha hecho hoy, como otras veces, con toda la segunda parte en juego. Demasiado tiempo. Sobre todo si enfrente tienes un equipo profesional de primera división y bien entrenado. Sobre todo cuando parece innecesario. Otras veces funcionó y hoy tenía pinta de que, de no mediar el error de Giménez, también hubiese funcionado pero quizá sea mejor tomar ese dato como anécdota. Sobre todo cuando uno tiene la sensación de que eso de tener que depender de no cometer ni un error y optar de forma gratuita por olvidarse de dar criterio y continuidad al balón es gratuito. De esa manera el equipo baja tanto el ritmo y la intensidad, se marcha tanto del partido que cuando tiene que volver a él, ya no puede. Uno mira al campo y no entiende la decisión cuando ve que existen jugadores en el campo con calidad suficiente y los recursos necesarios como para no tener que recurrir a planes que, para mí, son de emergencia. Especialmente si, como era el caso, no existía esa emergencia. 

¿Por qué ocurre esto? Cada uno tendrá su teoría. Yo tengo la mía. Para mí la razón hay que buscarla en un acto de traición a si mismo. En renunciar a la filosofía que nos hizo grandes, la del partido a partido, y pensar más allá del siguiente paso. En economizar esfuerzos pensando en lo que está por venir, jugándote por el camino el que a lo peor no venga. En pensar en mañana olvidándose del hoy. 

El empate del Atleti me deja triste, pero lo que ha ocurrido en la segunda parte me entristece todavía más. Espero que nos sirva a todos para aprender. A los aficionados para huir de la excentricidad (esta tarde todos los colchoneros con los que me encontraba, daban por hecho que dormiríamos como líderes). A Giménez para crecer e intentar seguir haciéndonos olvidar que tan sólo tiene 20 años. A Simeone para darse cuenta de que a veces no es necesario hacer determinados “sacrificios” si no los necesitas. Que a veces basta con ponerse a jugar para que todo funcione. Que el camino natural es suficientemente solvente, probablemente más efectivo y bastante más sensato. 

@enniosotanaz

Gol de Vietto.

Quedaba poco tiempo para que finalizara el partido y aunque el Atleti llevaba un buen rato intentando igualar la contienda, tirando de corazón (más que de fútbol), la situación no era nada halagüeña. En ese momento el Real Madrid se marchaba 5 puntos, el Barcelona tres cuartos de lo mismo y el Celta (o el Villarreal) no sólo se separaban también en la clasificación sino que su desempeño en el campo era muy superior al que practicaban los colchoneros. Por si eso fuera poco, el once inicial de Simeone no incluía a ninguno de los flamantes fichajes estivales. Las dudas respecto a todos los jugadores y todos los sistemas se sucedían con demasiada continuidad. Las aves de rapiña, licenciadas en Ciencias de la Información, desplegaban sus poderosas alas para volar en círculos sobre el Calderón y el runrún impaciente de una grada cada vez más impaciente, perfumaba el ambiente de un hedor pesimista y desagradable. La pendiente hacia los infiernos se empinaba de forma imparable hasta que de repente, casi sin querer, apareció el gol de Vietto que empataba el partido contra el Real Madrid. 

Acabada la batalla, aprovechando el parón de selecciones, llegó el tiempo de inventariar las bajas y la situación. Fue entonces cuando tomamos conciencia de que, con un calendario infernal, jugadores cuestionados, dirección deportiva en formación, sensaciones contradictorias y un juego para olvidar, resultaba que, administrativamente, no estábamos tan mal. Ni mucho menos. Apenas unas semanas después, el equipo está, administrativamente, igual o mejor, pero además la dinámica es otra. Jackson empieza a meter goles, Tiago se quita años de encima con cada quincena, Koke ya no es un recuerdo del pasado, Correa llama a la puerta con fuerza, Griezmann está donde estaba y, ay amigos, ha aparecido un tal Yannick Ferreira Carrasco para levantarnos del asiento. Bendito gol de Vietto. 

El Atleti acaba de ganar al Valencia haciendo un gran partido de fútbol. Es cierto que ha terminado pidiendo la hora, pero es igual de cierto que los de Simeone han pasado por encima del conjunto Che de forma más que significativa. Firmo desde ya que el juego del Atleti 2015-2016 se parezca a la primera parte de hoy. Dos laterales incisivos y de calidad que abren mucho el campo para asociarse con los interiores, dos mediocentros despiertos, muy activos en la presión e inteligentes en lo táctico (especialmente Tiago que es un escándalo de jugador), dos delanteros letales (la resurrección de Jackson viene más lenta de lo que a mí gustaría pero parece que el colombiano empieza a entonarse) y dos falsos interiores que dan el espíritu y el juego al equipo. Koke, a base de inteligencia y talento, ligando centro del campo con delantera. Yannick poniendo velocidad, descaro y picante. Soberbia primera mitad frente a un Valencia timorato y sin personalidad que sin poder remediarlo perdieron la pelota, el ritmo, el juego y el centro del campo. Mucho peor cuando Rodrigo, el mejor de los blancos hasta entonces, cayó lesionado. Las ocasiones se sucedieron por izquierda y derecha. Los valencianos no encontraban su sitio y sólo Jaume en la portería conseguía mantener el cero en su marcador. 

Antes del descanso llegaron dos goles pero podía haber llegado alguno más y hubiese seguido igual de justo. El primero cayó tras error garrafal de los dos centrales levantinos (lamentables todo el partido, especialmente Santos) que aprovechó Jackson para desviar bien el balón cuando encaraba en solitario la portería. El segundo fue de Yannick, tras cabalgada por la izquierda, recorte al centro y fuerte disparo desde lejos que entró lamiendo el poste derecho. Golazo. Lo lógico hubiese sido que hubiese pasado el balón a Jackson, que le estaba tirando la diagonal, pero bienvenidos sean, por una vez, los jugadores ilógicos. Gran partido del belga que mezcló a partes iguales calidad y ganas de comerse el mundo. El Calderón se lo agradeció como corresponde. 

La segunda parte no varió mucho en los primeros instantes hasta que Simeone, yo creo que viendo el partido ganado, decidió sacar a Torres y a Óliver al campo. Error. La dinámica cambió radicalmente. Ya no había chispa ni novedad. Sobre el terreno de juego aterrizó de repente la mediocridad y ese ritmo lento y titubeante tan típico de esta temporada. Torres aporta todo lo que tiene (ni un pero a eso) pero da la sensación de apagarse futbolísticamente. Óliver sigue teniendo un problema de cabeza. Mientras Yannick o Correa saltan al campo pidiendo el balón con la idea de echarse el equipo a la espalda, jugársela y meter el gol de su vida, Óliver salta al campo con la idea de… no cagarla. Con esa actitud nunca podrá ser un jugador verdaderamente relevante. Un drama, teniendo en cuenta que es muy bueno pero que se le acortan los plazos y las oportunidades. 

El Valencia consiguió aparecer al final de encuentro gracias a un error de Godin (no fue su mejor partido) que salió como un toro a defender a un central rival que estaba con el balón en el área. Lo arroyó, claro. Penalti estúpido pero penalti. La transformación de Alcacer hizo que viésemos por primera vez las camisetas blancas en el campo. A ello contribuyó también un colegiado que, en un partido que no hacía falta, decidió formar parte de los resúmenes televisivos. Pero afortunadamente estaba el carácter colchonero y ese Tiago que día tras día se consolida como el mejor mediocentro colchonero que haya vestido la elástica rojiblanca en las dos últimas décadas. 

Victoria balsámica y elocuente de un Atleti en crecimiento que continúa abriendo ventanas por las que, de momento, se cuela la ilusión. Seguimos con la sensación de que lo mejor está por llegar y eso es muy bueno. Insisto, bendito gol de Vietto.

@enniosotanaz

Cosas de la edad

Es curioso, pero cuando veo que se acercan partidos frente a rivales desconocidos y de nombre exótico a mí no me da por pensar en goleadas ni en records absurdos sino en nombres, igualmente exóticos, como los de Groningen, Victoria de Guimaraes o Politécnica de Timisoara. Deben ser cosas de la edad. Los más jóvenes del lugar y algunos adultos (como mis compañeros de grada) con esa capacidad inédita para olvidarlo todo con cada bocadillo de panceta, no sabrán de lo que les estoy hablando pero otros muchos sé que sí. Hubo un amplio periodo de nuestra historia en el que no todo era de color de rosa y que tener un equipo "exótico" enfrente era sinónimo de aventura de terror. En estos tiempos contemporáneos, repletos de inmediatez y saturados de egoísmo, en estos momentos en los que, arengados desde las ondas hertzianas y dirigidos por las plumas digitales, se organizan ejércitos de orcos en busca de la caza mayor que supone Simeone, conviene recordar, otra vez, de dónde venimos. Desde la llegada del argentino los únicos equipos que eliminan al Atleti en las competiciones del KO son Madrid o Barcelona. O eso o ganamos la competición. A ver quién puede decir lo mismo. 

Deben ser cosas de la edad como digo, pero me parece repugnante que el community manager del Atlético de Madrid apele a las goleadas históricas minutos antes de empezar un partido de Champions frente a un equipo desconocido y en apariencia inferior. Repugnante, gratuito e insultante. Me consta que una gran cohorte de tuiteros de avatares rojiblancos (y estilo faunístico) estaban en la misma línea (o peor), la del desprecio gratuito por el rival, pero no me vale como excusa. El representante oficial de una institución debe respetar y defender los valores de la misma y no caer en la complacencia barata, como un vulgar reality show que vive de esparcir carnaza y enseñar las tetas. Una cuenta que represente al Atlético de Madrid en las redes sociales no puede ser tan gañán ni parecerse tanto a los gañanes que tanto decimos detestar. Si no es así, no tiene sentido que exista nuestro equipo. ¿Qué el Astana despreció también la competición llevando un equipo de circunstancias? ¿Y qué? Es su problema y no el mío.

¿El partido? Poca historia. El conjunto kazajo, de forma voluntaria o no, fue uno de los más flojos que han pasado por el Vicente Calderón en los últimos años. Ninguna individualidad reseñable, un cierto rigor táctico que, hoy en día, es lo mínimo exigible para un equipo profesional y poca capacidad de mordedura. Quitando un par de tiros lejanos en la primera parte, un par de patadas al tobillo al comenzar la segunda y un par de paradas de Oblak cuando ya estaba todo resuelto, poco más podemos decir del equipo “asiático”. 

¿El Atleti? Salió serio, a pesar de la dificultad de encarar partidos así, y las minúsculas dudas iniciales se disiparon cuando Saúl hizo el primer gol. Apenas habían pasado veinte minutos pero todos sabíamos que el partido había concluido. Desde ahí hasta el final los dos equipos se pusieron a medio gas y dejaron pasar el tiempo sin hacerse demasiado daño. Hubo tres goles más (Jackson, Óliver y un tal Dedechko en propia puerta), pero les aseguro que pueden considerarse un mal menor para los kazajos. 

Tres cosas positivas con las que me quedo. La primera, sin duda, la ilusión que genera Yannick Carrasco. Más allá del halo de excentricidad que pudiera rodear su figura hasta este momento, creo que estamos en condiciones de afirmar que tenemos jugador. Un gran jugador. Rápido, interesante técnicamente, valiente, dinámico y con unas ganas por comerse el mundo que no veo en algunos de sus compañeros. Me gusta Yannick. Creo que puede dar muchas tardes de gloria a los colchoneros y creo también que ahora mismo es titular en este equipo. Segunda, Correa. Aquí sí que no tengo átomo alguno de duda. Jugadorazo. Un tipo de apariencia frágil que tiene un talento muy por encima de la media, unido a una personalidad impropia de alguien tan joven. Combinación ganadora. Quiero verlo siempre en el campo y no me importaría nada una delantera con Griezmann por delante y él por detrás. Tercera, la celebración del gol de Jackson Martínez. Un tanto feo y con algo de suerte, que quizá sirva para poner punto y final a una racha desoladora, pero que sin duda ha servido para comprobar cómo el colombiano es un tipo querido en el vestuario y cómo la plantilla, unida y compacta, está con él. No dio la sensación de que fuese una pose y eso me gusta. Creo que los grandes hitos deportivos se construyen sobre cosas tan efímeras y aparentemente irrelevantes como esa. 

Deben ser cosas de la edad, pero sigo sin lanzar las campanas al vuelo. Sigo inquieto por cómo evoluciona el equipo de esta temporada y sigo en guardia por ver cómo se despejan las incógnitas de una ecuación que continúa muy viva. Pero es indiscutible que los números nos respaldan (volvemos a encabezar el grupo de Champions) y eso es una gran notica. La mejor. Al final, como siempre, lo más razonable es recurrir a los clásicos: partido a partido. 

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