Muchas gracias a todos los que os habéis pasado por aquí durante todos estos años.

Puedes encontrarme en www.enniosotanaz.com o enniosotanaz@hotmail.com

¡Un abrazo!

Mostrando entradas con la etiqueta Cebolla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cebolla. Mostrar todas las entradas

La pirámide de Maslow

Rayo Vallecano 0 - At. Madrid 0

La teoría psicológica de la jerarquía de las necesidades humanas (Pirámide de Maslow) viene a decir que el ser humano no es capaz de desarrollar necesidades elevadas a menos que no tenga satisfechas las más básicas. Es decir, sería francamente complicado preocuparse por la creatividad o la belleza sin tener nada para comer y sin poder calentarte.

El año pasado el Atleti acabo en el cenit de su historia. Culminando una temporada de ensueño y con la sensación de que por fin se había elegido la vía correcta. Que las semillas habían agarrado, que los brotes eran ya fuertes y que el prometedor futuro estaba trazado. Sabíamos dónde estaban las virtudes y se habían conseguido aislar los puntos débiles. Era fácil construir a partir de ahí. El equipo era corto, limitado y había terminado roto pero todos sabíamos lo que fallaba y lo que había que hacer para mejorarlo. Pero sólo quince minutos después del pitido final de la temporada pasada comenzó la diáspora que dio origen al enésimo verano de incertidumbre y pesadilla. Esos meses agónicos, que ya son tradición, en los que los sueños se deshacen y en los que, algo aturdidos, tenemos que improvisar a toda prisa nuevos métodos para renovar la fe. Cuando siguiendo la pirámide de Maslow uno estaba ya pensando en subir al siguiente escalón (mayor juego creativo, mejor banquillo, mayores alternativas) aparecen de sopetón un puñado de grietas en la base que nos coloca otra vez en la línea de salida. Grietas que no afectan a elementos ornamentales precisamente sino que lo hacen a los propios pilares del edificio. Courtois, Diego Costa y Filipe Luis eran pilares de este sueño creado por Simeone. Queramos verlo o no.

Comienza la liga con un equipo sin desprecintar que aunque se parece a lo que teníamos antes del verano no lo es y huele a nuevo que tira para atrás. Prefiero esperar a que se cierre el periodo de fichajes para sacar conclusiones sobre la nueva plantilla, pero ya podemos avanzar, sin riesgo a equivocarnos, que tenemos demasiadas piezas por encajar y que gran parte del trabajo del año pasado se ha marchado por el desagüe. Tiempo habrá también de analizar las razones de que este drama tenga que repetirse periódicamente así que vayamos mejor al fútbol.

Con el dulce sabor de la supercopa en el paladar, el Atleti iniciaba su andadura en el peculiar feudo del Rayo Vallecano. Lo hacía con una alineación sorprendente que colocaba a Griezmann en una banda, dejando la segunda plaza de delantero a otro de los nuevos. Esa incógnita mexicana llamada Raúl Jiménez. El partido comenzó con ritmo pero sin juego. Las reducidas dimensiones del campo, unido a la presión constante de los protagonistas, hacían muy complicada la circulación de balón. El encuentro se movía entre el pelotazo, los balones de cabeza, las faltas y la imprecisión. No es un terreno en el que el Atleti de Simeone se mueva mal pero se echaba en falta algo de sentido y pausa en el juego. El balón no era de nadie, aunque pareciese que era del Rayo, y ninguno de los dos equipos parecía controlar el partido. Pasada la mitad de la primera parte apareció tímidamente esa pausa que provocó un par de buenas jugadas colchoneras y que dejaron entrever ciertos detalles buenos del equipo. Así aparecieron también las dos ocasiones más claras del partido. Un remate pasado desde la derecha de Mandzukic (a pase de Ansaldi desde la izquierda) y otra todavía más clara del Croata, que desperdició un mano a mano tras error en la salida de balón de los de Paco Jémez y robo en la frontal de los rojiblancos. Si hubiese entrado alguno de esos dos goles (que es lo que se espera del ex del Bayern) estaríamos hablando de otra cosa. Pero no ocurrió y sin pena ni gloría llegamos al descanso con la sensación de que en la reanudación el equipo colchonero se soltaría definitivamente para meter ese gol que pudiera encarrilar el partido.

Ocurrió todo lo contrario. La segunda parte de los rojiblancos fue atroz. Acusando probablemente el esfuerzo físico de la semana pasada en la supercopa el equipo se deshizo con una facilidad inquietante. El Rayo tomó el balón y no sólo fue mejor haciendo fútbol sino que también fue más intenso. Preocupante. Buenas sensaciones las del equipo vallecano que sin embargo debe tener los pies en el suelo y pensar que en que esa segunda parte no tuvo rival. El Atleti era una caricatura que se limitaba a dar pelotazos y defender. El año pasado eran evidentes las carencias en la creación pero ahora mismo ni siquiera estamos en ese punto. Faltan referencias, mecanismos y mucho fútbol. El drama se hizo aún más presente cuando buscando soluciones en el banquillo nos dimos cuenta de que no las había. Saúl, al que Simeone ha decidido no utilizar como mediocentro, sustituía a un Raúl Jiménez peleón y voluntarioso pero impreciso y algo perdido. Sigue siendo una incógnita. Agua. Poco después Hector (¿mensaje cifrado a M. A. Gil?) sustituía a un Mandzukic que había pasado desapercibido y que ni siquiera había sido el jugador de pundonor que vimos en la supercopa.  Agua. A falta de cinco minutos el Cebolla sustituía a Griezmann (que también había desaparecido) para demostrar que hoy por hoy no tiene sitio en este equipo ni lo va a tener. Nada. Ni un remate a puerta de nadie. Sin tener ocasiones claras de gol el Rayo Vallecano fue mejor y no hubiese sorprendido a nadie que se hubiese llevado los tres puntos.


El punto es mal resultado, por mucho que el bueno de Moyà dijese en el túnel de vestuarios que era “muy valioso”. Prefiero achacar esa frase tan desafortunada al poco tiempo que lleva con el escudo del Atleti en el pecho pero tampoco me gustaron sus pérdidas de tiempo con empate a cero. Lo mismo alguien debería decirle a este muchacho, que por otro lado me cae bien y me ha sorprendido, en qué tipo de equipo está jugando. Tampoco me gusta ver a Simeone tan nervioso y enfadado. No sé si lo está con el mundo, con la liga, con los periodistas o con M. A. Gil pero tengo la intuición de algo que no sabemos le está molestando. Veremos. Esto acaba de comenzar, obvio, pero ya no para. Fe e ilusión toda, pero la realidad es que con la primera jornada disputada seguimos con la plantilla abierta para entradas y salidas y tratando de arreglar grietas importantes en la base de la pirámide. En esas circunstancias me parece ingenuo hablar de objetivos o retos mayores. Es decir, hoy más que nunca, partido a partido. 

200 temas de mecánica

At. Madrid 1 - Granada 0

La asignatura de Mecánica del segundo curso de la antigua carrera de Ingeniería Industrial tenía un contenido de más de 200 temas. Cada uno de ellos era una farragosa y generalmente complicada demostración matemática de fenómenos físicos, como el péndulo de Foucault o la curva braquistócrona, que requiere un esfuerzo de abstracción y conocimientos de cálculo avanzado. En el examen, el pomposo catedrático sacaba un número aleatorio que se correspondía con alguno de esos temas y esa era la mitad del ejercicio. Completar la demostración de forma perfecta. Valía 5 puntos y la alternativa, no completarla con éxito, equivalía a obtener un cero. Ahí estaba la clave para aprobar la asignatura dado que los otros 5 puntos venían de un problema práctico que generalmente era imposible de resolver incluso para premios Nobel de Física. No resultaba una asignatura fácil y el número de alumnos que se acumulaban en sus listas era de proporciones bíblicas. Fue una pesadilla, pero saqué una gran lección de todo aquello que no es precisamente el puñado de nociones de dinámica Newtoniana ni la elegante aplicación del principio de Hamilton. Fue la forma de enfrentarme a los retos complicados. Había alumnos que veían los 200 temas en bloque y directamente pensaban que era imposible aprenderse todo aquello. Se convencían en un vistazo de la inutilidad de enfrentarse a algo que parecía evidente. Muchos dejaron incluso la carrera en ese punto. Ver esa montaña de papeles en bloque y pensar que tenías que metértelo de forma razonada en tu cabeza era algo impresionante que provocaba un miedo al abismo que impedía incluso empezar a mover los pies para andar. Resultó mucho más efectivo aplicar entonces el “partido a partido”. Esa técnica sencilla y antigua que sin embargo tiene más calado de lo que muchos iletrados que ocupan nuestros medios de comunicación (algunos rozando incluso el analfabetismo), son capaces de entender. La técnica se basa en concentrar los esfuerzos exclusivamente en el siguiente paso, como forma definir retos factibles y evitar escuchar el ruido aterrador del premio imposible. El único objetivo era aprender lo mejor posible el siguiente tema y nada más, sin reparar nunca en cuánto duraría aquello o en si lo más fácil o lo más difícil estaba o no por venir. Así, uno detrás de otro. Concentrándose en llegar vivo al siguiente paso. Sin levantar la vista ni especular con cosas que no estaban al alcance. Aprobé, claro, lo que me hizo ser un furibundo creyente de esa religión. Simeone lleva meses tratando de inculcar la misma filosofía en los aficionados colchoneros. También ha tratado de explicársela a los periodistas pero o no lo quieren entender o realmente no tienen capacidad intelectual para hacerlo. No caigamos nosotros en el error de imaginar cuentas. De hacer de videntes. No hagamos lo mismo. No escuchemos los cantos de Sirena. Pensemos exclusivamente en el siguiente partido porque, como siempre dice el propio Simeone, eso nos va bien y nos hace fuertes. Olvídense del calendario. Olvídense de las salidas o del último partido y concéntrense en el Athletic Club de Bilbao. Lo sé, pero nadie dijo que fuera fácil.

Perdonen esa introducción tan larga pero es que del partido contra el Granada se puede hablar mucho de emociones y muy poco de fútbol. Ni la insultante hora elegida por la mafia que domina la liga española fue capaz de retirar del Vicente Calderón esa mística y ese sonido que se ha instalado esta temporada en el coliseo rojiblanco. Una entrada bastante decente, para lo indecente de la hora, que estuvo con su equipo desde el principio. Un equipo que saltó al campo demasiado consciente probablemente de lo que había en juego. Bien colocado, mandando y dominando el juego, pero con la sensación de tener la zapata del freno echada. Con cierta aprensión a cometer errores. Tampoco ayudó mucho una alineación que desde mi punto de vista no se correspondía con las necesidades del encuentro. Comprensible la salida de un errático Insúa en lugar del sancionado Luis Filipe pero el acompañamiento en banda del Cebolla es algo que se escapa a mi entendimiento. Decían que podía tener la misión de tapar la incertidumbre que provoca el bueno de Insúa pero para mí el uruguayo no recorta la incertidumbre sino que la amplifica. Pero no creo que sea él el principal responsable del mediocre partido que hicieron los colchoneros. Mucho más responsabilidad tuvo la escuadra rival, un Granada muy bien plantado en el campo que había estudiado al enemigo con gran acierto. Tapando a Diego Costa y dejando a Villa que se perdiera en su propio bosque, cerrando las puertas de Arda (el único capaz de cambiar el sentido de las agujas del reloj) y obligando a los medios centros a tener que jugar muy atrás. Desgraciadamente para los andaluces, su sistema era puramente defensivo y en ataque todo lo dejaban a la inspiración improvisada de sus hombres de arriba, pero ahí tenían un par de puntales (El-Arabi y sobre todo Brahimi) que pusieron las cosas difíciles a la defensa colchonera en varias fases. La primera parte fue eso, centrocampismo estéril que moría en las inmediaciones del área. Salvo un gol anulado a Costa y las jugadas a balón parado, no hubo mucho más.

La segunda parte fue muy parecida de inicio pero con la salvedad de que el Atleti se fue descaradamente hacia arriba para tratar de meter un gol por lo civil o lo criminal. Con muy poco fútbol, eso sí, lo que me hace volver a intentar entender por qué no estaba Diego Ribas en el campo. Pensamiento que se hizo todavía mucho más fuerte cuando Sosa entró por Cebolla como primer refuerzo. Probablemente sea de los pocos que reclama a Diego de titular y por su puesto esto no supone ni un átomo de merma en mi confianza en Simeone, pero no entiendo que no juegue cuando es el tipo de jugador que tiene precisamente aquello de lo que adolece el equipo. El Principito tuvo sin embargo buenos detalles en el campo. Sigue mostrando una indolencia que asusta y le falta entrar más en juego pero poco a poco intuimos porque está jugando en este equipo. Suyo fue de hecho el saque de esquina que motivo el único gol del partido. Balón al área que esa bestia llamada Diego Costa remató a la red. 1-0. La grada respiraba aliviada pero consciente de la dificultad de lo que estaba pasando en el césped se puso a alentar a su equipo. Un equipo que se echó para atrás a defender el resultado provocando el pánico entre los que nos congelábamos en la grada. Realmente el Granada no tuvo una sola ocasión de gol pero la sensación hasta que terminó el encuentro fue la de que en cualquier momento podía ocurrir lo peor. Pero no, lo que ocurrió fue que el Sevilla marcaba en su estadio y ganaba al Real Madrid. Dato que provocó el delirio del respetable y que nos recordó lo bonito que es el fútbol cuando los partidos de liga se juegan a la vez.


Tres puntos más. Somos todavía más líderes y quedan 8 partidos. Estamos casi en abril, falta poco para que acabe el fútbol de clubes, está todo por decidir y el Atleti está en la pomada. Hace ocho meses soñar con esta situación se asemejaba bastante a estudiar 200 temas de Mecánica. Tenemos la suerte de vivir un milagro, un sueño, que se puede tocar y sentir. Paladear y degustar. Aprovechémoslo. No seamos tan estúpidos de sufrir por cosas por las que no merece la pena sufrir. Especialmente porque ni siquiera han ocurrido.

@enniosotanaz 

Evidencias y bailes regionales

At. Madrid 0 - R. Madrid 2

Cuando hace un semana el señor que iba vestido de colegiado pitó en final del partido con un reluciente 3-0 en el marcador para delicia de periodistas, empresarios y todas esas personas que glosan las estadísticas fundamentales de este país, servidor, que no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, olvidó por completo el Campeonato de España (Copa del Rey) de la temporada 2013-2014. Ipso facto. Sin posibilidad de recuperación. Pasaba a ser un torneo, como el resto de torneos futbolísticos en los que está Barça o Madrid pero  no está el Atleti, que no me merece el menor interés. Por razones obvias, además. Pero el rodillo mediático compuesto por horas y horas de televisión, de radio, millones de megas en internet y toneladas de ese papel que se estropea para describir estupideces, siempre alrededor del Real Madrid, necesitaba que la llama no se apagase. Que siguiese viva hasta el siguiente partido del siglo para que su producción diaria de alfalfa no se viese mermada. Pero un servidor hace lustros que no comulga con todo ese mundo imaginario. Me da absolutamente igual lo que digan. Sus cuitas y demonios. La eliminatoria estaba resuelta y el Real Madrid había sido mejor. Lo sabíamos todos. Desde Simeone a los periodistas. Desde el colegio de árbitros (que por fin podían relajarse) hasta ese ser divino con poderes de protagonista de cómic de la DC llamado Florentino Pérez. Desde el Mono Burgos hasta el que esto escribe.

Lo siento por todos aquellos colchoneros que cayeron burdamente en la trampa de la remontada y ese pastiche prefabricado por el mercado sobre leyendas y momentos espectaculares. Era todo mentira. Más falso que una tertulia de TikiTaka o una columna de Manolete. Y no seré yo quien reniegue del romanticismo en el fútbol o de las empresas imposibles, Dios me libre, pero hay cosas que se caen sobre su propio peso. Esta era una de ellas. Meterle cuatro goles al Madrid sin que además el rival marque es una empresa imposible para casi cualquier equipo del mundo. Mucho más para un equipo con la décima parte de presupuesto como el Atlético de Madrid, incluso en su mejor momento. Mucho más para el Atlético de Madrid sin estar en su mejor momento. Y mucho más para el Atlético de Madrid jugando con los reservas. Decía ya en la previa que si de mí dependiese no hubiese gastado una sola partícula de energía en el partido de vuelta de la copa y muchos colchoneros, por los que siento admiración, no lo entendieron. Apelaban a la épica y al socorrido “dejarse los huevos en el campo”. Lo entiendo, pero a mí no me salía. Me parecía un esfuerzo vano y artificial que podría traer muchas desventajas y ningún beneficio. Me temo que a Simeone, que ya hizo algo parecido el año pasado en la Europa League, le pasaba lo mismo. Y fíjate, mientras lo del año pasado no lo entendí, lo este año lo entiendo perfectamente.

Cuando camino del Calderón vi la alineación que saltaba al césped, me quede más tranquilo. Las posibilidades de pasarlo mal en el campo, por estar a punto de conseguir lo imposible, se reducían con  cada nombre: Aranzubía, Insúa, Cebolla, Sosa, Raúl García,… Pero es que cuando el balón echó a rodar se disiparon por completo. El Madrid, dispuesto a no sufrir, se colocó bien en el campo y se puso a marear el balón mientras el Atleti se estrechaba cerca de su área corriendo detrás de la pelota sin demasiada fe. Tardando mucho en robar el balón (por falta de intensidad y por mala colocación) pero haciendo el ridículo cada vez que ocurría. Y es que meter tres goles sin delanteros es francamente complicado. Porque Raúl García es rematador (y poco más) pero no es delantero. Ni tiene movimientos, ni tiene picardía, ni tiene velocidad. Si encima el balón se lo tiene que dar Cebolla o Sosa (cada día más indolente y menos jugador) la misión se antoja imposible. Diego como si no hubiese salido. A los pocos minutos Mario Suárez, un jugador muy interesante cuando está en forma pero muy peligroso cuando no lo está (y no suele estarlo), perdió el balón de forma infantil en la zona crítica lo que provoca que Cristiano Ronaldo coja el balón en su lugar favorito y en las mejores condiciones posibles. El pobre Manquillo, que todo lo que tiene de superlativo en ataque lo tiene de déficit en defensa, intentó parar al portugués corriendo como el mercancías, con tan poco tino, que arroyó al morador de la galaxia por el camino. Él propio astro de todos los astros convirtió el 0-1, deleitándonos posteriormente con una de esas celebraciones tan plásticas y que tan bien concuerdan con el señorío de la institución a la que representa. Minutos después, con un lanzamiento al palo de Raúl García entre medias en el único lance decente del equipo en toda la primera parte, el encargado de hacer una demostración de cómo no se defiende fue el otro lateral, Insúa, que decidió zancadillear a Bale y sus millones, cometiendo otro penalti igual de claro y absurdo que el anterior. El astro de todos los astros volvió a marcar y a ofrecernos al planeta tierra otro de sus bailes regionales. 0-2. No habían pasado ni quince minutos.

El roto podría haber sido de escándalo pero el Real Madrid decidió tirar de pragmatismo, no entrar en guerrillas, bajar el ritmo y dejar correr el tiempo. Yo, sinceramente, lo agradecí desde la grada. El Atleti aparecía inofensivo e incapaz ni siquiera de conseguir tirar a puerta. La segunda parte tuvo otro color, con un Atleti con algo más de mordiente y mucho más incisivo pero tampoco consiguió despeinar a los de blanco, que se dedicaban simplemente a pasarse el balón en zonas libres de peligro. Hubo alguna llegada (especialmente destacable la mano que Casillas saca para sacar un tiro de Sosa en lo que fue la mejor jugada del partido) pero todo cae fundamentalmente en la zona de la anécdota.

No quiero acabar esta crónica con un sentimiento pesimista. No lo tengo. Igual que hace dos meses, sigo pensando que es un puto milagro que el Atleti esté donde está. Compitiendo en la élite, tocando las narices a los que antes ni nos dirigían la mirada y llamando a puertas que normalmente veíamos por televisión. Nos elimina el Real Madrid en semifinales y no el Albacete en primera ronda. No perdamos la perspectiva. No caigamos en la trampa del rodillo mediático y apliquemos a los de Simeone las reglas que se utilizan para equipos, como el Real Madrid, que con lo que han costado dos de los jugadores que normalmente están en su banquillo se puede arreglar el presupuesto anual del Atleti. Seamos honestos a diferencia de “nuestros” periodistas. Seamos humildes a diferencia de nuestros rivales. Miremos adelante y por supuesto, nunca dejemos de soñar, porque no tenemos razones para dejar de hacerlo.





PD. El lanzamiento del puñetero mechero es lamentable. Cualquier multa o sanción que le apliquen al autor de esa cobardía me parecerá poca. Cualquier intento de asociación de ese hecho concreto con la afición del Atlético de Madrid me parecerá torticero y repugnante.

Control de Calidad

Real Madrid 3 - At. Madrid 0

Cuando después de la segunda guerra mundial japoneses y estadounidenses idearon las reglas de los sistema de calidad y de lo que después se denominaría Calidad Total, lo hicieron reparando en cosas en las que anteriormente nadie había reparado. Por ejemplo no solamente se limitaron a procedimentar los procesos repitiendo mecanismos seguros, como forma de evitar errores, sino que enfocaron sus esfuerzos a prevenir actividades erróneas en lugar de a corregirlas. Pero también aplicaron métodos estadísticos para analizar los sistemas y concluyeron que aun reduciendo los motivos de error, ajustando los procedimientos y aplicando todos los mecanismos posibles, estadísticamente el error aparece periódicamente. El reto estaba por tanto en ampliar lo más posible la frecuencia de ese error. El Club Atlético de Madrid es una maquina que funciona como un reloj. Lo digo yo y lo dice la prensa internacional. Es evidente, además. Sabe a lo que juega, tiene los movimientos automatizados conoce sus armas, reduce sus defectos y es generoso en la disciplina. Pero también es víctima de los rigores de la estadística, especialmente teniendo en cuenta que es una máquina compuesta por seres humanos, por lo que periódicamente tiene que fallar. Tenía que fallar. El problema es que lo ha hecho hoy, en el peor momento y el peor escenario posibles.

Como ustedes comprenderán fácilmente, no tengo el ánimo como para darme a la lírica recreándome con gracia en lo que ha sido el partido de hoy, pero es que sinceramente tampoco creo que merezca demasiado la pena. Objetivamente ha sido un partido horrible, trabado y feo, en el que apenas ha existido fútbol. Pero es verdad que otras veces, cuando hemos ganado, eso no nos ha importado. Podemos también ponernos a buscar errores tácticos, buscar culpables o analizar las causas de la debacle que ha sufrido el equipo de Simeone pero yo lo veo más como un colapso general, un fallo en cadena, que como otra cosa. El partido en teoría comenzó como se esperaba, con el Madrid teniendo el balón y el Atleti compacto esperando fuera de su área. De hecho la cosa pintaba mejor, con esa línea de tres cuartos, con Turan y Diego, que a priori prometía mejor trato del balón que otras veces. Tuvimos incluso un atisbo de ilusión durante los primeros diez minutos en los que el Madrid dominaba pero el Atleti salía con criterio de su campo. Nada. Un espejismo. Enseguida el Madrid se quedó con el balón y el Atleti, sin defender bien, robaba el esférico muy atrás (cuando lo robaba), rifándolo después en seguida. Los cuatro de arriba estaban inéditos mientras Koke y Gabi no acertaban a controlar el centro del campo. En un partido muy trabado, el Real Madrid puso más intensidad que su rival y ahí empezó a ganarlo. Algo verdaderamente insólito. Es probablemente la primera vez que un equipo le gana claramente el partido en intensidad al Atleti en la era Simeone, pero hoy ha ocurrido. Preocupante. El Atleti no era capaz de sacar el balón, perdía todos los rechaces y llegaba tarde a todos los balones divididos. Sin embargo el Atleti ha pasado por episodios parecidos en momentos puntuales de otros partidos sin que ocurriese nada. La diferencia, lo que no apareció en esos momentos puntuales otras veces y hoy sí, es un elemento novedoso: la mala suerte. Y mala suerte fue por ejemplo el primer gol. Un disparó de esa desgracia para el fútbol llamada Pepe que rebota en la pierna de Insúa para despistar a Courtois y meterse en la portería.

El 1-o hizo que el Madrid creciese en confianza mientras el Atleti se escondía poco a poco, deshaciéndose por momentos. Realmente no hubo más ocasiones hasta el final de la primera parte pero la iniciativa fue siempre del Madrid. El Atleti se limitaba a arrastrarse por el césped sin dar la sensación de poder reaccionar. La afición colchonera confiaba que el descanso surtiese efecto en las tropas rojiblancas pero nada más lejos de la realidad. Diego dejaba su lugar al Cebolla, pero el uruguayo volvió a demostrar que ni es ni va a ser nunca titular en este equipo. Su impetu inicial se perdió según avanzaba el partido hasta desaparecer. Como siempre. Su aportación, como casi siempre también, fue nula. Sin Diego y con Raúl García haciendo de Raúl García (intrascendente en todo lo que no sea rematar a puerta) la única esperanza estaba en Arda, que lo intentaba en solitario pero que lógicamente era incapaz. El Madrid seguía con la misma intensidad y el mismo guión que en la primera parte y a base de tocar y jugar cerca del área Atlética (y gracias a la inexistente presión colchonera) consiguieron hacer la mejor jugada del partido, que además supuso el segundo gol. Gran pase de Di Maria a la espalda de los centrales que es aprovechada por Jesé, el nuevo mejor jugador de toda la Vía Láctea para la prensa objetiva, esa que es capaz de pedir la extradición y el garrote vil para cualquier indocumentado que se atreva a expulsar a Cristiano Ronaldo, batiese a un Courtois que tampoco estuvo demasiado acertado.

El gol terminó de hundir a un Atleti desconocido y perezoso que empezó a mostrar carencias, deficiencias y errores que hacía más de un año que no aparecían. ¿Fruto de la desesperación? Espero que sea eso. Ese momento oscuro que estadísticamente tiene que aparecer en algún momento y que apareció hoy. Entró Adrián en el campo pero su concurso lejos de pasar inadvertido, que hubiese sido lo mejor, resultó vital cuando cumplida casi la media hora de la segunda parte decidió perder un balón absurdo en zona de peligro que aprovechó Di Maria para encarar a Courtois y tirar a puerta. Con tan mala suerte (otra vez) para los de Simeone que el balón pegó en el pie de Godin para meterse de nuevo en la red. 3-o. Demasiado castigo para lo visto en el campo, quizá, pero eso es algo irrelevante. La eliminatoria estaba ya perdida. El último cuarto de hora fue un suplicio. Una pesadilla. El horror.


Es cierto que el Real Madrid llega 3 veces a puerta y mete tres goles. Es cierto que el Real Madrid tiene mucha suerte en dos de sus tres goles y que el Atleti la tiene muy mala cuando Turan remata a las manos de Casillas en la primera parte y sobre todo cuando Modric saca un balón a Godin en la línea de gol en un remate de cabeza de la segunda parte, pero la realidad es que el Real Madrid fue siempre mejor. Ganó en intensidad y siempre quiso ganar el partido. Algo que no se puede decir de su rival. No hay más. El Atleti nunca apareció. Fue probablemente el peor partido de Simeone desde que gracias a Dios está en ese banquillo y pagamos las consecuencias. Olvidémonos de las Copa del Rey. Empecemos a pensar en las otras dos competiciones. 

A medio gas

At. Madrid 1 - Ath. Bilbao o

La Copa del Rey es una competición muy bonita, dicen (decimos) los que sienten cierta añoranza por el fútbol épico e intenso que se da en esas competiciones en las que te juegas la vida a un solo partido. Ese fútbol que recuerda a los orígenes del fútbol y esas reglas concretas e implacables que no perdonan un mal día y que son también caldo de cultivo para historias épicas en las que David, para variar, puede ganar a Goliat. Pero eso era antes, como diría mi progenitor. La realidad contemporánea es mucho más aséptica y nos presenta un panorama bien distinto. El Campeonato de España, la Copa del Rey, desgraciadamente empieza a ser cada vez más tarde una verdadera competición emocionante y mágica. Las tercas leyes del mercado, que parecen aplicar a todo, han convertido la competición en un espacio con muchas aristas, interés relativo y múltiples grados de aproximación. Los humildes desparecen antes de que lleguen los poderosos, la clase media pisa el freno cuando mira el cuadro y ve que es absurdo quemarse ahora, a las diez de la noche frente a cuarenta personas en la grada, cuando te van a eliminar en la ronda siguiente y los grandes reservan fuerzas para empresas mayores. En los cuartos de final de la presente edición vemos, por ejemplo, como muy pocos equipos afrontan los partidos con su alineación titular lo cual, teniendo en cuenta que de pasar la eliminatoria significaría estar en semifinales, es cuando menos significativo y bastante descorazonador.

Teniendo esa lectura en mente, sorprende menos observar la alineación con la que el Atlético de Madrid encaró el partido. Cuatro reservas con pocos minutos (Alderweireld, Guilavogui, Cebolla y Adrián) más el jugador número 12 de la plantilla (Raúl García) eran de la partida inicial. Y se notó. El equipo salió al campo más o menos con su esquema táctico habitual y con las señas de identidad reconocibles pero no era lo mismo. Lógicamente. La intensidad estaba pero era de un grado menor. La línea de presión aparecía desajustada y su efecto se diluía demasiado fácil. La conexión entre líneas no existía y una vez más había que recurrir con demasiada frecuencia al pase largo. Los falsos interiores estaban demasiado estáticos en banda con lo que cerraban el camino a los laterales y hacían que se perdiese cierto control en el centro del campo. Y así podríamos seguir relatando toda una sucesión de pequeños detalles, ninguno verdaderamente dramático por si sólo, que hacían que el juego fuese espeso, lento y poco vertical. Enfrente un Athlétic bien plantado en el campo, gracias al excelente entrenador que tienen, con mayor y mejor trato del balón, que tenía más fácil que otras veces parar el juego del rival y que se veía también con mayores posibilidades de llegar al área contraria, algo que en su anterior visita al Calderón no fueron capaces de hacer. Pero los vizcaínos tienen un problema en la parte de arriba y sus posibilidades de gol se diluyen según se acercan al área contraria. Me temo que son muy dependientes de que el partido se rompa, se desequilibre y se ponga en modo épico, para que así sus posibilidades de gol aumenten. Tan es el caso que las mejores ocasiones fueron siempre del Atleti, el de Madrid. La primera parte (y en realidad durante todo el encuentro) la sensación era que el partido estaba encendido, con las alarmas puestas, con los mínimos niveles de intensidad, rigor táctico y preocupación, pero sin soltar del todo el pie. A medio gas.

El partido sirve también para comprobar que esa reticencia de Simeone a realizar cambios de peso en la plantilla tiene bastante lógica. Adrían, en la enésima oportunidad que tiene, volvió a dejar claro que tendrá mucho pero que da muy poco. Su aportación fue mínima, siguió con las mismas dosis de nerviosismo e imprecisión de siempre y para colmó falló un mano a mano que le había regalada un Koke que volvía otra vez por sus fueros. En el otro lado el Cebolla Rodríguez se solidarizaba con su compañero. Luchador y empático pero intrascendente y errático. Perdido, desconectado y con cierta tendencia a liarse en su propia trampa. Raúl García volvió a dar credibilidad a esa tesis que dice que sus aportación es mucho mejor cuando sale desde el banquillo que haciéndolo de inicio. Pero la palma se la lleva un Guilavogui que en ningún momento se hizo con su posición. Una posición clave además en el esquema de Simeone. Estático, con fallos sistemáticos de colocación y desesperadamente lento, lo cierto es que no veo al francés este año  jugando demasiado en el equipo. Me temo que la llegada de Mario le va a regalar numerosos minutos de inactividad. Sólo un Alderweireld serio y comprometido se puede salvar de la quema (aunque dejó algunas dudas en el tramo final del partido). Pero el belga tiene difícil jugar también con las alimañas que tiene delante. Ayer le tocó a Godín demostrar el excelente estado de forma, siendo además la baza ofensiva más peligrosa de su equipo. Suyo fue el único gol del partido, tras remate de cabeza brutal a otro pase magistral de Koke, y suyo podría haber sido el siguiente si en la segunda parte hubiese acertado a rematar, también de cabeza, otro centro desde la izquierda tras una jugada a lo Beckenbauer que él mismo había iniciado.

Me preocupa Diego Costa. Ha perdido chispa y ha ganado ansiedad. Vuelve a tirarse en exceso y vuelve a buscar la provocación del rival como recurso recurrente. Vuelve a preocuparse más del continente que del contenido y está siendo poco inteligente a la hora de lidiar con esa evidente (y bochornosa) campaña que hay también en su contra. Es patético ver como los focos están siempre puestos en su persona pero él debería ser consciente de ello y dedicarse a ser simplemente un buen jugador. Es patético como los árbitros vienen al Calderón a demostrarle al mundo que son bastante más chulos que Diego Costa pero si al final de la primera parte lo expulsan por un plantillazo estúpido, esa tarjeta (la otra es discutible) hubiese sido justa y nadie podría haber protestado de su expulsión.

La segunda parte empezó con Gabi en el campo y eso empezó a poner las cosas en su sitio, que se terminaron de completar con la salida de Arda minutos después. El Atleti tomó así algo más de control, el Athletic empezó a sufrir mayores dificultades en su juego y el partido se murió entre esporádicas ocasiones colchoneras (poco claras, para ser sinceros) y tiros de lejos de los bilbaínos que no conseguían despeinar a Courtois.


Espadas en todo lo alto, que dirán los amigos de las frases hechas. El resultado es bueno pero no definitivo y se espera un partido complicado en el nuevo San Mamés donde el equipo local será capaz de llevar el partido a esos niveles de adrenalina y testosterona en el que se sienten tan superiores. Debemos confiar en el equipo de Simeone, curtido ya en batallas de este tipo. Simeone, como los jugadores (y como nosotros), será consciente de que un gol nuestro obligaría a los vascos a tener que meternos tres. Algo que todavía no ha hecho nadie en esta temporada. 


Traineras

Deportivo de La Coruña 0 - At. Madrid 0

El sábado por la tarde hacía un día precioso en San Sebastián. El que escribe tenía la inmensa suerte no sólo de estar por esas tierras sino de poder comer con amigos, como un marqués, en un magnífico restaurante de Pasajes-San Juán. Entre delicias del mar, cocinadas con gusto, y después de rematar la primera botella de vino, uno se dedicó a elogiar de corazón la gran temporada que está haciendo la Erreala pero indefectiblemente acabamos hablando del Atleti. Del Atlético de Madrid, claro. Curiosamente el único rival que ahora mismo tenemos los colchoneros es precisamente el equipo txuri-urdin. Pero mientras nosotros nos devanamos los sesos mirando los puntos que faltan para estar matemáticamente clasificados terceros, mis amigos gipuzcuanos no lo ven así. Su obsesión es el Valencia, equipo con el que entienden que se juegan el pase a Champions. Alejados ya del Madrid y a distancia sideral del Barça la situación del Atleti es un tanto extraña y da la sensación de que el equipo no sabe si mirar arriba, abajo, seguir corriendo o dejar de remar. Mientras mi cabeza se iba por la tangente pensando en estas cosas, al otro lado del cristal parecía haber una competición de traineras, algo muy típico en el lugar dónde existe una rivalidad milenaria entre un lado y el otro de la ría. Mientras unos equipos competían, otros estaban calentado en un espacio cercano y todo quedaba a la vista así que simultáneamente pude ver como los que competían no dejaban de remar hasta bien pasada la meta pero como cuando los que entrenaban dejaban de hacerlo, durante unos segundos, seguían prácticamente a la misma velocidad. Comentando la jugada con el comensal de al lado, experto en la materia, me dijo que dejar de remar en la línea de meta es algo así como un pecado. Ese último esfuerzo es el que te puede hacer perder lo que tenías ganado o vicebersa. En ese momento volví a pensar en el Atleti. Ustedes entienden la razón. 

Horas más tarde, mientras veía el partido del equipo en Coruña, trataba de no hacerme un esguince de mandíbula debido a los bostezos que tan atroz espectáculo me provocaba. El inicio de partido, antes incluso del pitido inicial, ya era suficientemente desalentador, echando simplemente un vistazo a la alineación. Vale que Koke y Costa estaban sancionados, vale que Tiago no parece estar recuperado. Vale que no hay más, pero una alineación con Cebolla y Raúl García entre Falcao y los mediocentros (cuando encima uno de ellos es el cada vez más lánguido Mario Suárez) es toda una declaración de intenciones. De intención de evitar el fútbol. De jugar a otra cosa. El uruguayo es un jugador de banda muy profesional y aguerrido pero que, como Falcao, depende mucho del juego del equipo. Típico jugador de banda clásico que necesita balones al hueco, dos contra uno en banda y cosas por el estilo. Cuando el epicentro del juego tiene que pasar por sus botas se pierde y no aporta más que entrega. No es ese jugador. Por otro lado Raúl García, sinceramente, no sé lo que es. Lo que si que sé es lo que no es. No es mediocentro, no es jugador de banda, no es mediapunta y no es segundo delantero. Dicho esto, ustedes me dirán que tipo de jugador es porque yo no lo sé. ¿Un mediocentro que necesita otros dos mediocentros por detrás? ¿Un mediapunta que necesita otro mediapunta al lado par mover el balón? Pues menudo negocio, entonces. Pero por ahí van los tiros, me temo. Con Mario, Cebolla y Raúl como eje constructor lo que ocurrió es lo que se anticipaba antes del inicio: la nada. La primera parte fue un aburridísimo ejercicio de centrocampismo táctico, patadones al cielo y esa contumaz alergia al balón que según pasan los partidos se hace cada vez más fuerte. Enfrente un Deportivo asustado y atenazado pero cuyo comportamiento se justifica por la situación límite que sufren. Un equipo obsesionado con el equilibrio defensivo que sin embargo cuando era capaz de tener el balón en campo contrario daba sensación de tener bastante más fútbol en sus botas que su rival. Especialmente cuando el balón pasaba por esa leyenda viviente que es Valerón. Un jugador de fútbol como la copa de un pino. Los últimos minutos tuvieron más y mejor ritmo y aquello empezó a parecerse algo más al bonito deporte del balompié. Cabe destacar el concurso de Adrían, más activo y atrevido que en toda la temporada, que aprovechando el bajo nivel general acabó por ser el tuerto en el país de los ciegos. 

La segunda parte tuvo sin embargo un Atleti con otro brío en apariencia. Más por efecto anímico y por intensidad que por fútbol los madrileños se adueñaron del balón y del partido y dominaron el encuentro. Eso si, sin ningún tipo de profundidad o brillantez. Nada. Un juego muy plano y previsible que no servía para despeinar a un bien colocado Deportivo que seguía esperando paciente su oportunidad al contragolpe. Una opción que a mi se me antoja sorpresiva viendo como cada vez que tenían el balón y lo circulaban no sólo aparecía un equipo muy distinto sino que hacía correr y descolocarse al Atleti. Pero todo siguió exactamente igual hasta más o menos el minuto 70 que fue cuando realmente empezó el partido. 

Si, me temo que todo lo anterior no debe asociarse a una crónica deportiva sino a otra cosa. El fútbol empezó a partir de que Arda Turan saltara al campo y pocos minutos después lo acompañara Óliver Torres. El turco es simplemente esencial para este Atlético de Madrid que guarda su capacidad creativa en pastillas infinitesimales. Arda es ese jugador que se pasea con criterio entre el delantero y los mediocentros, que guarda el balón, que inventa y que a diferencia de muchos de sus compañeros es bueno cuando el esférico está cerca. Es el único que tenemos. Lo volvió demostrar. Óliver era hasta ayer la canción del verano, la excusa barata de los periodista baratos que tratan de cocinar noticias basura para esa parte del graderío, simple y agradecida, que sólo entiende de mensajes simples y demagógicos. Para mí hasta ayer era un muchacho de 18 años que había destacado en las categorías inferiores, que tenía un gran futuro y al que había que proteger. Ayer demostró sin embargo que es un jugador de fútbol muy bueno y de un perfil que no tenemos. Un jugador de fútbol que quiere el balón y que sabe lo que hacer con él. Rápido, listo, creativo. Un tipo con personalidad que ayer no dudo en echarse al equipo a la espalda y hacerlo jugar. Ayer si. A partir de ese momento, durante esos 20 minutos, el partido se jugó en campo gallego y sólo tuvo un dueño. El Atleti llegó por la izquierda y por la derecha. Se vieron más pases con criterio que en los últimos partidos y además se pudo ganar. Falcao no estuvo fino en la recepción de un par de balones y Gabi lanzó un misil al larguero cuando el partido agonizaba. Aun así el árbitro anuló un gol en el último minuto por presunto fuera de juego. Muy dudoso, pero a mí en la repetición me lo parece. También es verdad que si no lo anula tampoco pasa nada. Pero aunque el Atleti fue claro merecedor de los tres puntos en esos 20 minutos y el único que lo intentó, hoy verán en los periódicos las quejas exageradas de los coruñeses contra el árbitro por unas manos de Juanfrán dentro del área en el tiempo de descuento. La repetición parece clara, es mano, pero en el campo es difícil de ver por no hablar del enigmático tema de la voluntariedad. Podía haber pitado penalti perféctamente pero hablar de robo arbitral me parece vivir en la luna de valencia. 

Empate que por lo visto asegura la Champions (lo que no es verdad ya que asegura exclusivamente la fase previa) pero que deja al equipo pendiente de cerrar la temporada como se merece. Todo parece indicar que así será, pero tengo miedo de que los jugadores, creyendo erróneamente que siguen viajando a la misma velocidad, dejen de remar en la línea de meta. Un pecado. Espero que no sea así.

El día del niño

At. Madrid 5 - Granada 0 

Pueden llamarme agorero si quieren pero en mi caso es hablar de acto festivo en el Calderón y echarme a temblar. No tengo la estadística exacta, ni falta que hace porque la vida es una cuestión de sensaciones más que de números, pero en mi cabeza la sensación es que cada vez que un partido del Atleti coincide en el Calderón con una festividad anunciada se produce la tragedia. Y no me mal interpreten, apoyo iniciativas como la del día del niño de hoy, especialmente en una liga estúpida y caprichosa como la española que si maltrata al aficionado adulto regular en el caso de los niños lo que hacen es literalmente insultarlos. Expulsarlos. Hacerles saber que esto de la liga de las Estrellas es algo que no va con ellos. Hoy es probablemente la primera vez en toda la temporada en la que un niño normal puede acudir al Calderón. Un dato que me parece lamentable. Insultante. Así que si a esos antecedentes le sumamos el estado de confusión en el que se había instalado gratuitamente el entorno colchonero durante la semana, esas dudas existenciales que merodeaban como buitres por la chepa del Calderón, el cocktail resultaba ciertamente intrigante. Pero este nuevo Atleti de Simeone ya ha demostrado con creces que está dispuesto a derribar los tópicos negativos a base de golpes inapelables de autoridad. Ya han caído unos cuantos y hoy otro más se ha venido a sumar a la lista de difuntos. El día del niño ha sido un éxito. Dentro y fuera del campo. 

La jornada se presentaba radiante. El fútbol a las cinco de la tarde tiene magia y encanto. Es la hora tradicional de la liga (al menos así es como yo lo recuerdo) y llámenme romántico pero el ambiente es muy diferente. El estadio estaba lleno. Ese clima puñetero que soportamos en la capital de España, esa anomalía atmosférica en la que las estaciones suaves como el otoño o la primavera no existen y el cruel frío deja paso al tórrido calor en apenas unos segundos, nos trajo a esa hora de la tarde un cielo azul y un poderoso sol que daba una luz diferente al inició del partido. Pero los de Simeone no saben de luz ni otras zarandajas y salieron, como normalmente viene siendo norma habitual, a cerrar el partido cuanto antes. Presión, velocidad, entrega, poderío y personalidad. El Granada, como tantos otros equipos en el coliseo colchonero, trataban aturdidos de encontrar su lugar en el campo pero no tuvieron tiempo de hacerlo. Era el minuto 3 y Koke iniciaba su recital de pases y juego poniendo desde la izquierda un balón de lujo a la cabeza de Diego Costa para que el brasileño certificase el primer gol. Las ausencias de Arda, Mario y Tiago hicieron que el Cholo probara otra vez con el canterano en el doble pivote y el experimento salió de lujo. Koke tiene la fuerza y entrega que le gusta a su entrenador pero también la calidad que tanto escasea alrededor. Capaz de abrir el campo, pedir el balón y ver ese pase que no ve nadie, destaca también por ser rápido de cabeza. jugar al primer toque. No parar el ritmo. Ese tipo de jugadores que sin correr imprimen velocidad al juego. Hoy ha hecho un gran partido y personalmente me produce mucha alegría el ver que se asienta en esa posición. 

El resultado final es inapelable pero la realidad es que a partir del primer gol y hasta el descanso el Atleti entró en una dinámica que no me gustó nada. Bien parapetados atrás, como siempre, mostró sin embargo un desprecio preocupante por el balón. El otrora juego vertical se transformó directamente en pelotazos a ningún sitio impropios de este escudo. De los pocos que trataban de poner ritmo y criterio con el balón era el Cebolla que, hoy si, tuvo una participación interesante jugando desde el principio. Incisivo, valiente, rápido y siempre con mucho ritmo. Aunque el Granada se posicionaba en campo contrario no podía evitar sin embargo mostrar lo inocente de su propuesta y la fragilidad de una escuadra que empieza a mostrar los síntomas propios de la enfermedad del descenso. El Atleti mientras tanto se dejaba jugar. La cosa podría haberse enfangado de seguir en esa tesitura durante más tiempo pero, lo que es el fútbol, los madrileños mataron el partido precisamente en ese momento. Un contrataque perfecto iniciado por el Cebolla que desdobla a la derecha para que un velocísimo Diego Costa pusiese un balón medido al segundo palo y Falcao llegase para rebañarlo hasta la red. Gran gol que ponía el 2-0 y liquidaba el partido. 

Pero todo se aclaró encima en el segundo tiempo. Mientras el Granada se desangraba por esa veta que crece imparable entre las dudas futbolísticas de los andaluces y la amenaza del descenso, los de Simeone volvían al campo con la lección aprendida. Nada de dejar el partido en manos de nadie. Nada más pitar el árbitro el Atleti se fue a por el rival y un nuevo pase al área de Koke desde la izquierda es rematado por el Tigre para hacer el tercero. Un doblete del colombiano que vendrá estupendamente para apaciguar ese exceso de ansiedad con el que se veía al jugador. El Calderón, lógicamente, era ya para entonces un fiesta. Un estadio lleno y precioso que empujaba de un equipo que se dejaba querer y que, ahora si, no dejaba opción la rival. Koke en plan mandamás, Cebolla abriendo la zaga, Diego y Falcao volviendo locos a los centrales y Raúl García entrando en segunda jugada. El navarro avisó con un brutal remate en volea a pase desde la izquierda que primero el portero y luego el poste desbarataron. A la siguiente que tuvo, con otro pase de Koke, no perdonó sin embargo el cuarto. Todavía sin recuperarnos de la euforia, una soberbia jugada por la izquierda con pase final de Adrián dio con Filipe Luis delante del portero para que, de sutil vaselina, el brasileño pusiese el quinto en el marcador. 

El resto de minutos, un suplicio para los granadinos, sirvió para que Simeone pusiese en el campo al deseado Óliver Torres y el escondido Insua que debutaba con la elástica rojiblanca. El primero demostró, sin grandes aspavientos, lo excelente jugador que es. Dinámico, buen toque y siempre cerca de un balón que reclama constantemente. Es de esos jugadores tan difíciles de encontrar que antes de recibir el balón ya sabe lo que va a hacer con él. Visión, técnica, pase... lo tiene todo. Hay que cuidarlo entre algodones. El segundo no dejó malas sensaciones, ni mucho menos. Dio idea de ser un lateral solvente con facilidad para incorporarse con peligro pero también es cierto que con 5-0 a favor se juega mejor. 

Muy buen resultado que deja las cosas como están con el cuarto clasificado pero que si ayudará a despejar las dudas de todos aquellos aficionados rojiblancos que todavía son reacios a dejar de invocar los fantasmas del pasado. Como recuerdo me quedo con esos casi 10000 niños que según los videomarcadores había hoy en el estado y que conservarán este gran recuerdo del Atleti en sus cabezas. Un Atleti valiente, poderoso y ganador. Y es que los primeros recuerdos son los que se clavan más fuerte.

Mostrando las costuras

At. Madrid 0 - Real Sociedad 1

Yo lo veo así: la primera vez que han ganado al Atleti en su propio estadio ha sido en la segunda vuelta, con el equipo en la final de la Copa del Rey, a quince puntos de los supuestos rivales directos para el objetivo marcado por la directiva, jugando un mal partido, frente a un rival en alza que hizo un gran partido, por un sólo gol de diferencia y encima en fuera de juego. No es que quiera justificar nada, Dios me libre, pero no parece que sea una mala tarjeta de visita. Desde luego la hubiese firmado para cualquiera de las últimas diez temporadas. Todo esto lo digo porque empieza a sacarme de quicio esa corriente histérica que veo últimamente en el Calderón. Como si fuésemos un equipo acostumbrado en la última década a ganar todos los partidos y todas las competiciones, la grada olvidadiza parece perder los nervios últimamente con demasiada facilidad. Gritos, pitos, insultos a los jugadores, cuestionamiento constante de las decisiones del entrenador y esa sensación tragicómica de que el mundo se está terminando. ¿Estamos locos? A mí me molestan las derrotas como al que más pero trato de no perder la perspectiva y sobre todo trato de ver el cuadro en su conjunto. Los colchoneros solíamos ser así. Noto sin embargo síntomas evidentes de ese síndrome de nuevo rico que tanto nos molestaba ver hace poco en equipos del montón que llegaban a cotas de privilegio. No somos un equipo del montón así que intentemos no actuar como tales. 

El Atlético de Madrid perdió contra la Real Sociedad, como podía haber perdido antes contra otros tantos equipos, por la simple razón de que es un equipo con evidentes carencias. Que Simeone ha construido un equipo treméndamente competitivo basado en una fuerte defensa, el rigor táctico, la generosidad de esfuerzo y verticalidad del contrataque es evidente. Que el equipo tiene una manifiesta falta de calidad y es ciertamente mediocre en la creación de fútbol es igual de evidente. La nefasta manera de nuestros dirigentes de plantear la dirección deportiva del Atleti, más parecido a la gestión de un taller de vulcanizados que un equipo de fútbol, ha hecho que en la última década (o más) el conjunto colchonero carezca de centrocampistas de creación. Año tras año se han dedicado con enfermiza constancia a fichar infinitos mediocentros de contención, centrales al uso, trasnochados jugadores de banda y delanteros excelentes. Pero nada de centrocampistas o mediapuntas de creación. Turan es la excepción pero no es suficiente. Diego fue un intento de saltarse la norma pero ya vimos como ha terminado. Los equipos importantes, los llamados a realizar cosas grandes en el mundo del fútbol tienen a sus estrellas entre el delantero centro y los mediocentros defensivos. En el Atleti esa es, con diferencia, la línea más floja del equipo y ese es el problema. Un problema muy grave a mi modesto entender. Dónde el Real Madrid tiene a Ozil o Modric nosotros tenemos a nadie o a Raúl García. Reflexionando sobre esta última frase no hace falta seguir hablando para entender el milagro de estar casi con los mismos puntos. Pero evidentemente la culpa no es de Raúl García y tampoco es de Simeone por negarse a tirar a los leones a un muchacho de 18 años con un futuro prometedor. La culpa es de quien año tras año decide que es más importante un tercer lateral izquierdo o un trigésimo sexto mediocentro defensivo que un tipo con capacidad para meterle un balón en condiciones a Falcao. 

El Atleti salió al campo como siempre, con furia y ganas de matar rápido el partido, pero pasaron varias cosas que lo impidieron que se pueden resumir en dos. La primera que enfrente había un equipo muy bien plantado, igual de intenso y que tenía aprendido perfectamente lo iba a pasar. La segunda que con Costa jugando por detrás de Falcao y tanto Arda como Koke bien tapados el balón tenía que pasar por Gabi y Cebolla. Gabi es un puntal defensivo todo fuerza y corazón pero que a la hora de construir carece de la velocidad suficiente. Sobre todo de cabeza. Cuando él lleva la manija el equipo es muy lento y eso es letal frente a defensas cerradas. Si además las opciones de enganche pasan por un voluntarioso pero inoperante Cebolla el problema se amplifica. Según avanzaba el partido la furia se apagaba, los donostiarras se asentaban y el Atleti empezaba a mostrar con demasiada evidencia sus costuras. Incapaz de mover el balón con rapidez para tirar de verticalidad, incapaz de provocar fútbol de creación y carente por completo de talento para salirse del guión el Atleti se limitó a realizar siempre la misma jugada. Siempre el balón acababa en la banda izquierda y siempre para colgar sin peligro algún balón al área. Lo de la banda izquierda no es casual. Es porque allí está Arda. El único jugador de la plantilla capaz de recibir el balón y tratar de hacer algo diferente a lo que los dos entrenadores han puesto en la pizarra. La primera parte sucumbió así, con el Atleti repitiendo constantemente la misma jugada y la Real tirando de rigor defensivo con bastante tranquilidad. Apenas un puñado de tiros desde fuera del área, nunca entre los tres palos, fue todo el balance ofensivo de los madrileños. 

La segunda parte fue de la misma forma pero con dos variaciones significativas. Un Atleti mucho más lento y una Real Sociedad que decidió tener el balón y jugarlo. Mientras los de Simeone se perdían en la telaraña vasca, insistiendo absurdamente en repetir, otra vez, la misma fórmula que no sólo no había funcionado sino que estaba provocando desajustes fruto de la desesperación (Falcao saliendo a recibir, Koke perdiendo el equilibrio tratando de aportar, Cebolla absolutamente perdido, Diego Costa jugando en solitario,...) el equipo Txuri-Urdin usaba con inteligencia el balón y lo jugaba mejor que su rival. En uno de esos desajustes madrileños llegó el gol. Contrataque que pilla al Atleti descolocado y vasculado a la derecha. En lugar de parar la jugada con falta, que hubiese sido lo más inteligente, permitieron seguir un contrataque en el que el rival tenía más jugadores así que un pase a Xabi Prieto que entraba solo por el otro costado (en la tele se ve que en fuera de juego aunque muy justo y a mí en el campo no me lo pareció) sirvió para batir a Courtois y acabar con su récord. El gol fue la prueba tangible que hacía falta para que los donostiarras creyesen con más fe en lo que estaban haciendo y para que los madrileños se viniesen abajo moralmente. Mal síntoma pero es lo que se vio. El Atleti seguía corriendo pero sin rumbo y sin fe, tirando más de inercia que de credibilidad. Fueron los peores minutos de los rojiblancos. Unos minutos en los que los de Montaner les dieron un pequeño repaso. Era evidente que el equipo estaba atascado y era evidente que el equipo necesitaba cambios en la zona de tres cuartos. El problema es que la solución tuviese que pasar por Raúl García. Cuando el navarro apareció en la banda sustituyendo a un inoperante Cebolla reconozco que me vine abajo y supe que no había nada que hacer. Un equipo de elite no puede tener a Cebolla y Raúl Garcia como baluartes de la zona de creación. Es ofensivo. Y es inútil. En ese momento fui consciente, otra vez, del milagro que supone este equipo de Simeone. El partido no tuvo más historia. El Atleti pudo empatar, si, pero más a base de pundonor que de juego. Más por acoso y derribo que por fútbol. Pero no fue así. 0-1 y primera derrota en casa en lo que va de liga. 

Sé que mucha gente reclamaba la presencia de Óliver Torres en la segunda parte. Yo soy uno de ellos y personalmente lo hubiese colocado en el campo en la segunda parte y sobre todo antes que a Raúl García. No tengo ninguna duda al respecto pero dicho esto me niego a condenar a Simeone por no hacerlo. Entiendo perfectamente su opción y hay que respetarla. Ni siquiera creo que sea un error sino un criterio diferente. Teniendo en cuenta además que él es profesional de esto y yo no. Óliver Torres es un jugador del filial con ficha del filial que no forma parte del primer equipo. Simeone lo dejó claro desde principio de temporada en el que, acertadamente o no, se decidió que fuese así. Óliver estaba en el banquillo porque Mario y Tiago no podían estar. Así de crudo. El Atleti no tiene ese tipo de jugador en la plantilla porque Caminero y sus jefes (y puede que Simeone) lo decidieron así en su momento así que no podemos agarrarnos al cuento de princesas que, reconozcamoslo, es ahora mismo Óliver. La opción de Simeone sería criticable si teniendo a Diego en la plantilla decide sacar a Raúl García pero esto es otra cosa. Mal asunto cuando la solución a la nefasta gestión de una dirección deportiva deplorable y pésima tiene que venir in extremis por parte de un muchacho de 18 años. Personalmente estoy aburrido de ver a entrenadores cobardes (Manzano, Aguirre,...) que en su día tiraron a la arena a jugadores del filial como forma de quedar bien y aplacar la furia de la grada que los reclamaba. Así destrozamos a Camacho o Ruben Pérez o Mario Suárez o Gabi... jugadores que a la postre resultaron no ser tan malos como aquí parecían. Tiempo al tiempo. Creo más en los proyectos que en los golpes de suerte. En las cosas pensadas que en las casualidades. La sed de sangre de los moradores del coliseo no suele ser la mejor estrategia para construir un equipo de fútbol.

Juguetes rotos

Athletic Club 3 - At. Madrid 0

El tema de las rotaciones es recurrente, lo sé, pero desgraciadamente sigue estando de moda. Ni lo entendí cuando alguien decidió que esa era la mejor forma de gestionar una plantilla de fútbol profesional, ni lo entiendo ahora cuando parece ser práctica común en los equipos grandes, ni lo entenderé en el futuro cuando algún “experto” me explique las razones. Uno mira de reojo el resto de deportes profesionales, la exigencia física y los niveles de los entrenamientos respectivos, y no entiende la razón por la que el fútbol tenga que ser diferente. ¿Dos partidos por semana es algo difícil de aguantar para un multimillonario deportista de elite? Me resulta muy difícil de entender. Pero la realidad es que está ahí y al parecer es algo con lo que, por alguna razón, tenemos y tendremos que lidiar. El Cholo Simeone está sacando un rendimiento muy por encima de sus posibilidades de una plantilla cogida con alfileres, eso creo que hay poca gente que lo ponga en duda, pero de ahí a que podamos jugar a creernos que tenemos 22 jugadores que pueden salir al campo en cualquier momento francamente media un abismo. Resulta de hecho absurdo pensar así. La descompensación y la falta de calidad en el Atleti (especialmente en el centro del campo) es exagerada para un equipo con aspiraciones y eso es algo que los que seguimos al equipo, llueva o truene, sabemos desde hace tiempo. Lo sabemos desde hace décadas. No se trata de ser pesimista en la derrota sino de afrontar la realidad ganando y perdiendo. El éxito de este Atleti (que no tiene porque dejar de serlo) se basa en el nivel de intensidad que práctica Simeone, un esquema táctico definido que se ajusta a la plantilla, el concurso de cinco o seis jugadores clave, un puñado de jugadores de equipo que están asentados en una buena dinámica y poco más. El efecto activador y motivador del entrenador y su buen hacer táctico provoca que esa dinámica de equipo robusta y aceptada aguante bien la inclusión de un elemento ajeno. Entra Raúl García puntualmente y hace goles. Entra el Cata por lesión de los titulares y da el pego. Sale Emre en un partido intrascendente y hasta marca de falta. Puede entrar Adrián en baja forma y hasta Cisma sin que el equipo se resienta demasiado. Eso lo estaba haciendo muy bien la dirección técnica del equipo pero por alguna razón la visita a San Mamés (por última vez) ha provocado un cierto delirio que ha hecho abandonar la senda del juicio y la lógica asumiendo un planteamiento ciertamente escalofriante. No pueden salir todos la vez. Es una broma que transforma un equipo de elite en una escuadra mediocre. Cuando minutos antes del partido he conocido la alineación uno ya intuía que la noche podía depararnos un disgusto. Al termino del primer tiempo, con empate a cero en el marcador, estaba ya seguro de ello. Simeone había despreciado el partido jugando con unos juguetes de equipo matón y poderoso que no nos corresponden. Los jugadores entendieron el discurso y dejándose llevar asumieron ese mensaje. El partido no importaba. El resultado es que los juguetes han terminado rotos. 

Mi teoría particular es que el argentino, consciente del colchón de puntos que tenemos con los que están arriba y con los que están abajo, ha decidido olvidarse de momento de la liga y centrarse en la copa. Iniciar un partido en San Mamés con el Cata Díaz, Emre, Cebolla y Raúl García juntos es dar demasiadas facilidades. Es de hecho una osadía impropia de alguien tan prudente como el argentino. Evidentemente todos sabíamos que con esos jugadores el equipo no tendría ninguna salida. Ni desde los centrales, ni desde el mediocentro ni desde la media punta. Así ha sido. El Athletic, necesitado de puntos y de confianza, saltó al terreno con ambición y ganas. Por una vez los rojiblancos de Madrid no hicieron lo mismo y las sensaciones del equipo dejaban bastante que desear. Tras un inicio fulgurante de físico e intercambio de golpes, los de Bilbao se hicieron fácilmente con el balón mientras los madrileños se echaban atrás con indolencia. Ni rastro de la presión, ni rastro de la intensidad, ni rastro de esa verticalidad ambiciosa que nos ha caracterizado toda la liga. Los leones tocaban en la frontal y trataban de abrir la poblada defensa rival. El Atleti robaba muy atrás y además perdía enseguida el balón en pelotazos ridículos. Únicamente el renacido Filipe Luis hacía algo que recordara al fútbol por la banda izquierda y a punto estuvo de marcar gol en un remate desde dentro del área. El resto a verlas venir. Tiago intentaba armar algo de juego (sin éxito) y Arda, nuevamente desdibujado, trataba de aportar algo de ingenio pero a su lado el resto del equipo desaparecía. El Cebolla correteaba sin rumbo, Emre dejaba claro que no tiene el nivel suficiente para jugar en este equipo y Raúl García recordaba sus limitadísimos recursos jugando en el centro del campo. 

La indolencia ganaba la batalla en paralelo a los balones que ganaba un Athletic Club, que tuvo una clara ocasión en remate a bocajarro desde la derecha que Courtois desbarató. Los vascos merecían ir ganando al descanso aunque irónicamente el que más cerca estuvo de hacerlo fuera el Atleti gracias a un disparo de Emre casi desde el área pequeña que Iraizoz despeja con categoría. El empate a cero dejaba cierta ilusión en muchos miembros de la parroquia colchonera pero yo no era uno de ellos. No me había gustado nada lo que había visto. Más allá de un tema de jugadores limitados y con bajo rendimiento personalmente no había reconocido en ningún momento lo que eran las señas de identidad del Atlético de Madrid contemporáneo hasta ayer. Todo lo contrario. Demasiados fantasmas del pasado se pasaban por mi cabeza. 

El inició de la segunda parte confirmó mis temores cuando vimos que el escenario era exactamente el mismo que habíamos dejado. Un equipo, el madrileño, lento, especulativo, incapaz de querer el balón, abusador del pelotazo y encerrado en su área frente a otro equipo, el vasco, que intentaba ganar el partido a base de fútbol y corazón. Y llegó lo que tenía que llegar. Courtois había salvado ya un par de llegadas cuando vino un córner bien sacado, Godín que pierde su marca y gol de San Jose. 

Pero entonces vimos algo que pegó un pellizco en el lugar del corazón en el que guardo mi orgullo rojiblanco. Entonces, lamentablemente, vimos que el Atleti, ahora si, quería jugar para ganar. Ahora si, cambiaba de actitud, de intensidad, de línea de presión... otra cosa es que le saliese bien. No le salió, para nada, pero no deja de ser ruin el tener que esperar a ir por detrás en el marcador para ver a tu equipo. Rémoras de tiempos pasados que pensé estaban extintas pero que hoy han vuelto. ¿Para quedarse? El equipo se estiró y con muy poco consiguió meter al Bilbao en su área. Los recambios hicieron que apareciesen futbolistas válidos sobre el césped e incluso el equipo estuvo a punto de marcar (especialmente tras remate de Raúl García) pero la realidad es que ocurrió todo lo contrario cuando Susaeta hacía el segundo tras gran pase de Ander Herrera. Courtois, por cierto, había hecho varias paradas de mérito poco antes. Cuando tras un contrataque frenético De Marcos hizo el tercero, y a pesar de que quedaban muy pocos minutos, muchos pensamos que la derrota podía ser todavía más escandalosa. 

Terrible borrón de este ilusionante atleti que de forma prácticamente estúpida deja ahora demasiadas interrogaciones en el aire. El partido se podía haber perdido de muchas maneras y nadie hubiese dicho nada porque todos somos conscientes de quienes somos y dónde estamos en cada una de las competiciones, pero lo que se ha visto hoy en San Mames deja una poderosa sensación de incertidumbre. De resquemor. De rabia. Nos han desnudado y hemos visto con estupor lo poco que tenemos por dentro. Y no me gusta. Alguien pensó que hoy era un día para jugar tranquilamente con juguetes y volver a casa a dormir. Lo que no esperaban es que volviésemos con los juguetes rotos.

Va en serio

At. Madrid 3 - Osasuna 1

Existen bastantes gurús de la información deportiva que están convencidos de que el fútbol es eso que pasa entre semana, entre los partidos que se disputan los domingos. Esos cantos de cisne afónico sobre la magia de determinado muchacho portugués de comportamiento disfuncional, leyendas mentirosas sobre los de siempre, tertulias que siempre sacan una nueva definición para la memez y otras situaciones parecidas. El Atleti de Simeone ha decidido que este año sea para nosotros, los colchoneros, todo lo contrario. los jugadores salen al campo, ganan, y cuando acaba el partido recogen las medias, repliegan el discurso y se ponen a pensar en el partido siguiente. Mientras que otros años el Aguirre del turno justificaba empates y derrotas enmarcadas con cuña de palo en un presunto objetivo menor que todo lo aceptaba, mientras el Manzano de turno filosofaba sobre sistemas imposibles que no se creía ni él ni nadie o aleccionaba a los vulgares aficionados sobre fútbol, álgebra, sociología o evanistería húngara, el Cholo Simeone no promete más que intensidad y estudio concienzudo del rival para el partido siguiente. Mientras los periodistas de garrafón se tiran de los pelos porque el argentino no deja titulares que puedan alegrar las mañanas de la afición madridista, ya saben que es el único cliente final, los mismos son incapaces de cesar en su empeño de intentar que el actual entrenador del Atleti defina un hipotético tope a las aspiraciones colchoneras tan útil y riguroso como el cerebro sulfatado del autor de la inocente pregunta. Estimados notarios de la realidad. De la suya. El Atleti sale, gana y piensa en el partido siguiente. No le den más vueltas. 

La noche se quedaba fría y el Calderón no terminaba de tener un entrada coherente con su desempeño en liga. Curiosa esa falta de aforo que observo esta temporada. El mundo al revés. El Atleti saltaba al campo con Emre, Raúl García y Cebolla en la línea de tres cuartos en un nuevo giro de tuerca en la política de rotaciones del Cholo y el resultado, sin resultar plenamente fallido, tampoco me pareció un éxito. La parsimonia y lentitud de Gabi hacía que el capitán permaneciera inédito en la creación. Para eso bastaba un buen plantado centro del campo pamplonica. Emre no conseguía enlazar y Raúl García desaparecía en su banda. Tan solo un Cebolla tremendamente intenso y batallador conseguía intentar unir el centro del campo con la delantera a base de eufóricas arrancadas por la banda. Con un Osasuna bien plantado el Atleti se limitada a controlar el partido, que lo hacía bien, pero acabando la mayoría de avances en patadones. Aun así aparecieron dos claras ocasiones en los primeros minutos, especialmente un remate de Raúl García a bocajarro que paró el guardameta rival. 

Tapada la verticalidad, sin imaginación en el centro del campo y ninguna creatividad en la zona ancha el Atleti tuvo que abrir el marcador tirando de otro de esos méritos de Simeone: el balón parado. Saque de Gabi desde la izquierda que Miranda peina con la cabeza y mete en la red. El gol aupó la moral de una afición bastante aletargada hasta entonces y llevó al equipo en volandas hasta el segundo gol que llegó tras gran jugada por la izquierda de Luis Felipe que cuelga un buen balón al área. Osasuna despeja tan mal que el balón acaba en los pies de Raúl García dentro del área. El navarro aprovecha el regalo para marcar un segundo gol que decidió no celebrar. El tradicional paso atrás madrileño trajo consigo un cierto estado de relajamiento que el equipo rojillo aprovechó antes de llegar al descanso para primero asustar con un remate de cabeza muy flojo pero franco y después para que Lamah enganche un buen balón al borde del área y recorte distancias. 

El partido empezó feo en la segunda parte, con los mismos parámetros de la primera parte pero con un Osasuna algo más ambicioso y mucho más solvente con el trato del balón. Tal es así que durante mucho tiempo los navarros se fueron haciendo con el control del juego y del partido para sin disponer de ocasiones verdaderamente claras colocar la incertidumbre y el miedo en la grada. La sensación era de que si no se marcaba un gol relativamente pronto el partido entraría en una fase de nervios e imprecisión pero los goles, y lo que es peor las ocasiones, no llegaban. Simeone metió a Adrián en el campo y sin que el asturiano completase, otra vez, un gran partido si aportó algo más de credibilidad. El gol de la tranquilidad llegó mediada la segunda parte con una buena jugada desde la derecha, un gran pase de Juanfran al área y un remate con el pie soberbio del de siempre: el tigre Falcao. 

Con el 3-1 ya en el marcador el Atleti fue ya un vendabal y Osasuna un muñeco indefenso sobre el que estaban abusando. Tiago salió para suplir a un Cebolla que merecidamente abandonó el campo entre aplausos de una grada que cada vez lo quiere más. Podrían haber caído muchos más goles hasta cerrar un resultado de escándalo pero no hubiese sido justo para Osasuna. 

Los partidos pasan y el Atleti sigue ganando. Jugando bien y jugando mal. En casa y fuera. Con dinámicas positivas en el campo y con días espesos. Con titulares y con reservas. Con frío o con calor. En España o en Europa. Esto, señores, va en serio.