Justicia gilista
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“La obra maestra de la injusticia es parecer ser justo sin serlo” (Platón)
El pasado jueves, cercana la media noche, veinte minutos después de que Forlán hubiese marcado ese glorioso tanto que nos metía en la final de la Europa League y escasos segundos después que el colegiado confirmase que nos habíamos clasificado para la final, borracho de euforia agarré el teléfono para llamar a un querido amigoy sin especificar nada le dije simplemente: " ¿Nos vamos a Hamburgo?". Su respuesta fue igualmente clara y concisa: “nos vamos a Hamburgo”. Esa misma noche se rumoreaba que el club dispondría de unas 12000 entradas que repartirían siguiendo “escrupulosos” criterios de justicia entre los que dejaban claro que entraría el número de abonado (lógicamente) así como haber pagado esta temporada ese maquiavélico extra conocido como abono total que daba derecho a ver los partidos europeos. Mi amigo y yo tenemos números de abonado por debajo del 10000 y los dos tenemos el abono total así que muy mal tendría que estar la cosa para quedarnos sin entrada si el reparto era justo.
Borrachos de euforia olvidábamos que estábamos hablando de España (el país con mayor número de gestorías e intermediarios del mundo civilizado) y en concreto del Atlético de Madrid de Gil, paladín de los métodos oscuros y mafiosos.Al día siguiente, viernes 30 de Abril, no sólo se confirmaba la cifra de entradas repartidas por la UEFA a los clubes (por encima de las 12000) sino que atendíamos con estupor al flagrante dato de que el Fulham, nuestro rival en la final, había ya vendido todas sus entradas en ese mismo día sin grandes altercados. En las oficinas del Calderón a esas alturas estaban al parecer contando las entradas una a una y estudiando, como rezaba la web oficial, la forma de repartir tan suculento botín. En la mejor tradición Gil y Gil la tradicional cortina de incertidumbre y oscurantismo se volvía a posar de nuevo sobre el Club Atlético de Madrid que sobre esas horas espantaba las molestas moscas con un “comunicado” en la misma web oficial que rezaba que “entre el sábado y el domingo” (sic) el club daría información al respecto del reparto de entradas. Mientras los londinenses del Fulham pasaban el fin de semana planificando su viaje a Hamburgo los colchoneros ni siquiera podíamos saber las posibilidades de conseguir una entrada para acudir a la histórica final.
Mi amigo, de número de abonado más alto que el mío y menos ducho que yo en las enfermedades del Atleti moderno, seguía esperanzado. “Aunque todos los abonados desde el número 1 digan que si deberíamos tener una entrada”.
Ingenuo.
El sábado a media tarde aparece el bando desde la fortaleza del señor noble. En un panegírico infumable que debería enseñarse en todos los colegios públicos y privados para demostrar cómo NO se debe redactar algo que por encima de todo tiene que estar claro, el club daba las pistas de por dónde irían los tiros. Independientemente de las tramos oscuros y las miles de dudas que surgen tras su lectura lo que quedaba claro es que mi amigo y yo (y otros miles de personas que todavía creían en la justicia) lo íbamos a tener crudo para conseguir entrada y que aunque todos los planetas estuviesen alineados y supiésemos movernos a la perfección entre mafias, amigos, colegas, jefes, engaños y demás herramientas lazarillescas a las que tan acostumbrados estamos los españoles (para mi desgracia pero para regocijo de tanto listo que encima saca pecho) hasta el jueves 6 de Mayo, una semana después que los ingleses y una semana antes del día en cuestión, no sabríamos si podríamos ir a Hamburgo.
Sin entrar a valorar la justicia del esperpento en cuestión es evidente que el método empleado es humillante. Que en pleno siglo XXI, cuando sentado en la grada del Calderón soy capaz de comprar con mi teléfono una entrada para ver Cats en Nueva York o un billete de tren para ir desde Berlín a Hamburgo, la única forma de comprar una entrada sea acudiendo de forma presencial a una fila y que tengamos que esperar horas y horas en colas kilométricas para conseguir algo que además nadie te garantiza que en el momento preciso puedas conseguir, sólo se entiende desde la perspectiva de un país en vías de desarrollo o en eso que el refrán define como “a río revuelto ganancia de pescadores”. Especialmente cuando el reparto de entradas se supone que encima tendría que responder a los cánones de la justicia.
Personalmente me niego a creer la versión del sub-desarrollismo. ¿Alguien se cree que un equipo tan acostumbrado a jugar finales como el Fulham esté mejor preparado que nosotros? Cuando el Atlético de Madrid necesita que yo, abonado, saque una entrada para un partido europeo resulta que lo puedo hacer mandando un SMS o por internet. Es más, no necesito ni recoger la entrada y basta con el código de barras de mí abono. Para renovar el abono tres cuartos de lo mismo. Sin pasarme por las oficinas puedo avisar de que no voy a asistir a un partido y el club en unos minutos pone a la venta mi localidad de forma electrónica. Cuando existe alguna novedad desde el Club que afecte a mi abono me lo dicen por SMS. Hace cinco años que no paso por las oficinas del Vicente Calderón pero cuando llego a la puerta una pistolita pasa un infrarojo por mi carné y en las oficinas saben si estoy al tanto del pago, dónde vivo y hasta la talla de mí pantalón. ¿Por qué ahora tengo que esperar horas y horas como personaje anónimo que puede ser cualquiera en una fila y para unas entradas que en teoría sólo van a comprar abonados del Atlético de Madrid? ¿Por qué no se puede hacer de otra forma?
Cuando leyendo con incredulidad el panegírico vi que el martes estaba reservado para los primeros 5000 abonados, que el miércoles se lo tomaban de festivo y que la información del jueves estaba decorada con la coletilla: “siempre y cuando quedaran entradas el día anterior” tuve claro que había gato encerrado aunque por supuesto nadie en su sano juicio puede pensar que los “gestores intermediarios” puedan ofrecer dinero por el alquiler del carné a ese venerable anciano que no parece tener muchas ganas de ir y volver a Alemania en un día. ¿Quién en la taquilla podría preguntarse que un muchacho inmigrante de 20 años pueda tener el abono número 45?
El martes 4 podrán comprar su entrada aquellos que aparezcan con un abono de número inferior a 5000 (entre el 3000 y el 5000 deberían tener también además el abono total pero ni sabemos ni sabremos cuantos son estos así que es fácil suponer que todos lo tienen). Como por un extraño y gilista concepto de la justica, así como el clásico “amiguismo” patrio que tan bien funciona siempre en España, además de su entrada podrán sacar otra entrada para otro abonado (tenga éste el número que tenga), podría darse la situación de que el lunes mismo se hubiesen vendido ya las 9026 entradas puestas a la venta. No lo descarten.
El miércoles el club se lo toma oficialmente como descanso aunque oficiosamente supongo que se lo tomaran para rediseñar la estrategia.
El jueves 6 de Mayo están citadas a las 10:00 de la mañana en el Vicente Calderón 10000 personas (¡diez mil!) para intentar conseguir las sobras de la primera razzia. Asumiendo toda la aberración anterior y llegados a este punto se podría haber divido el día por tramos horarios y número de socios para evitar pasar el día esperando por nada, para evitar colas humillantes y tercermundistas o incluso se podría haber aprovechado el miércoles de “fiesta” para estirar las posibilidades de recogida pero no. El señor que tenga el número 14999 lo mismo que el que tenga el número 5001 tendrá que ir a dormir a la taquilla del Calderón el miércoles por la noche si es que quiere conseguir una entrada lo cual como todos sabemos es una actividad que todo el mundo puede hacer, especialmente el prototipo de abonado al Atleti: trabajador asalariado y padre de familia.
¿Se imaginan los años que lleva pagando su abono el socio número 5500? Pues bien, la única posibilidad que tiene de asistir a la final de su equipo es “tener amigos” o acampar en el Calderón y rezar para que las sobras le lleguen. Esa es la justicia gilista: el abonado 5500, queriendo comprar una entrada de las 12500 que tiene el club, no podrá hacerlo sin humillarse o probablemente ni haciéndolo.
El día de la final estoy seguro que habrá 12500 atléticos de corazón que se dejarán la garganta y la vida animando a nuestro equipo. Lo que no estoy tan seguro es que esos 12500 atléticos sean los que por justicia deberían estar allí. Gracias señor Gil por hacer la apestosa leyenda negra del Atlético de Madrid cada día más grande. Gracias señor Gil por hacerme sufrir, renegar y obligarme a seguir planteándome si merece la pena ser abonado de este equipo justo en la semana en la que tendría que estar disfrutando de serlo.



