Gracias

Ahora sé lo que sintieron nuestros abuelos y nuestros padres. 

Ahora sé la razón por la que quisieron que fueramos del Atlético de Madrid y no de cualquier otro equipo.

Ahora sé, con las heridas frescas, abiertas y doliendo, que volveremos. Claro que volveremos. Y volveremos, como siempre, para ganar. Sin ayudas ni artificios.

En realidad todo eso ya lo sabía. Los mismos abuelos y padres me lo habían enseñado desde que tuve capacidad para elegir entre el bien y el mal. Entre la trampa y el trabajo. El poder y la dignidad. Entre la verdad y la mentira.

Ellos, nuestros padres y abuelos, me dieron la oportunidad de elegir voluntariamente el modo con el que encarar la vida y lógicamente elegí este.

Hoy, volviendo de Lisboa, les quiero dar las gracias por hacerme de este equipo.

Gracias. 

Muchas gracias.

Y muchas gracias a Diego Pablo Simeone por demostrarnos lo que es ganar con clase y perder con clase. Por demostrarnos con acento porteño, a nosotros y a todo el mundo, lo que es ser del Club Atlético de Madrid.

Buenos y malos

FC Barcelona 1 - At. Madrid 1

El último partido del Atleti en la liga 2013/2014 empezó a disputarse seis días antes, en el mismo momento en el que el árbitro del partido anterior contra el Málaga pitó el final. Lejos de ese Camp Nou a reventar que pocos días después recibiría al equipo colchonero. En la cabeza de todos y cada uno de los que conforman ese ente abstracto que denominamos Club Atlético de Madrid. En la cabeza del Cholo y en la de mi primo. En la de Koke y en la de mi hermano. En la mía. Con la cara congestionada y el ánimo encogido en un improvisado nudo marinero, decidí entonces aislarme del mundo oficial, nada más abandonar el coliseo colchonero y hasta que llegase ese último partido. No fue difícil. He aprendido a vivir tranquilamente sin necesitar saber lo que “opinan” los conductores estrella de unos medios de comunicación que no saben qué hacer con esta molesta versión de Atlético de Madrid que les ha tocado sufrir. Pero mientras en mi cabeza se producía una batalla silenciosa entre buenos y malos, una sangrienta batalla campal entre fantasmas de un futuro aterrador, leyendas contaminadas del presente más distorsionado y el espíritu de las navidades pasadas, en la cabeza de los jugadores del Atleti, sin que lo supiéramos, se gestaba el heroico guión de la batalla de las batallas. La mejor metáfora posible con la que explicar al mundo entero esta forma de vida, tan distinta y pasional, que voluntariamente hemos elegido vivir. Esa maravillosa novela de héroes y valientes en la que la sensaciones etéreas que conforman la personalidad rojiblanca, trabajo, pasión, fe, equipo, alegría, fidelidad y compromiso, se transformaban por fin en una objeto tangible y precioso que podemos tocar: el título nacional de liga.

Eran las seis de la tarde de un soleado día en Madrid, y otro soleado día en Barcelona, cuando comenzó el partido. En la grada casi 100.000 culés arropaban a su equipo, aislando por el camino a ese testimonial puñado de esforzados colchoneros que, muy cerca de las nubes, pudo acudir al evento. No fue muy elegante, tampoco en esta ocasión, una dirigencia blaugrana que no parece estar a la altura de su afición. Pero fuera del estadio, millones de personas tenían los ojos puestos en el mismo sitio a través de una pantalla de plasma o de un tubo de rayos catódicos. En mi caso, porque el destino es así de caprichoso cuando quiere, lo hacía además compartiendo sillón con el mítico Panadero Díaz, héroe del 74, académico de Racing y un tipo excelente. Para todo existe una razón en la vida pero creo que no es el momento ni el lugar de explicarla.

El Atleti saltó muy bien al césped. Concentrado. Intenso. Serio. Manteniendo una presión alta y obligando a jugar al equipo catalán en su propio campo. Las dos escuadras se estudiaban durante los primeros minutos pero quizá los del Cholo ganaban a los puntos. Las sensaciones eran buenas en el lado madrileño. Los colchoneros (por alguna razón vestidos de amarillo) se veían fuertes y los del Tata no acertaban a encontrar su juego. Apareció así la primera ocasión clara de contrataque para los de Simeone. Un tres para tres en el que el balón caía a la banda izquierda con espacio para la carrera de Diego Costa. Pero Diego Costa no corrió. Echándose la mano al cuádriceps hizo el internacional gesto de haberse lesionado y el corazón de los atléticos se resquebrajo como un hojaldre seco. Sus lágrimas eran las nuestras. La cara demacrada de un Simeone que trataba de animar los espíritus era también la nuestra. El Atleti acusó el golpe anímico y eso ayudó a que el Barça empezase a jugar más cerca de la portería de Courtois. En esa posición apareció un robó agónico de los madrileños que acabó con el balón en los pies de Arda Turan. Cesc decidió parar la posibilidad de contragolpe por lo civil o por lo criminal y en la disyuntiva optó por incrustar la rodilla en la cadera del jugador otomano. Pocos minutos después era el jugador turco el que salía del campo entre lágrimas desconsoladas. No había pasado la media hora de partido y el Atleti ya estaba sin sus dos mejores jugadores con dos cambios realizados. ¿Qué más podía pasar?

Pues pasó. El drama colchonero alcanzó su clímax poco después cuando un mal control de Messi con el pecho dejó un balón suelto dentro del área de Courtois para que Alexis, encomendándose a la Virgen de las causas imposibles, empalase el balón de su vida. Un balón que se coló por la escuadra izquierda del portero belga como una exhalación. Un gol que entra una vez entre mil, sí, pero que entró, para delirio de los miles de blaugranas que se agolpaban en la grada, justo el día que tenía que entrar. En ese momento los aficionados del Barcelona se veían campeones de liga. Por delante en el marcador, con un campo encendido y con un Atleti más que diezmado. Los últimos minutos hasta el descanso fueron de hecho una prolongación de la agonía rojiblanca con el equipo del Tata tocando a placer en la frontal del área frente a un equipo que se defendía como podía y que no se encontraba en ningún momento.

No sé lo qué ocurrió en el vestuario de Simeone durante el descanso del partido pero daría un brazo por haber estado allí. La charla, los gritos, las lágrimas… lo que fuera que dijese el astro argentino, su equipo técnico o sus jugadores damnificados. El qué, el cómo, el cuándo… No lo sé y jamás lo sabremos. Por mucho que nos cuenten supuestas filtraciones me temo que todas ellas quedarán siempre en la categoría de la leyenda. Sólo hay una realidad y es que el Atleti saltó al césped a morir. A jugar. A ganar. A base de fuerza, entrega y físico pero también a base de talento y fútbol. Robando el balón al Barcelona, obligándoles a jugar en su campo y siendo mejores. Mucho mejores. Aturdiendo al rival a base de corazón y juego. Me he sentido esta temporada muchas veces orgulloso de mi equipo pero en ese momento no podía estarlo más. Ese era Atlético de Madrid con el que soñamos. El verdadero. El de mi abuelo, el de mi padre, el de mi hermano y el mío. El valiente, el justo el poderoso. El que aparece en mis fantasías y del que hablo a los incrédulos cada vez que tengo ocasión.

Avisó Villa, con un tiro escorado desde la izquierda que se estrelló, otra vez, en el poste con Pinto ya batido. Pero el premio no tardaría en llegar. Córner sacado desde la derecha que va dirigido con precisión de cirujano a un centro del área en el que se está dilucidando una cruenta guerra por ganar la posición. Mientras en la tierra los mortales se pelean por ganar un centímetro cuadrando, en el cielo apareció el escudo del Atlético de Madrid transformado en un jugador con la forma de Godin. Aupado por el espíritu de los corazones rojiblancos y especialmente por el de un omnipresente e inconfundible Luis Aragonés, el central charrúa golpeó el balón de cabeza, con toda la rabia y la furia que dan 18 años de espera, para que el balón consiguiera besar la red. La montaña de jugadores felices que se formó enseguida encima del uruguayo es la montaña de abrazos que se formó en mi casa y en la casa de todos los que nos alegrábamos por ese gol. Es la montaña de alegría que cubre Madrid desde ese momento. Un gol que valía una liga. La liga. La nuestra.

Desde entonces hasta el final el partido se convirtió en una agonía para unos y otros. Unos, vestidos de blaugrana, que se notaban incapaces, que veían como el colegiado anulaba un gol a Messi por fuera de juego a pocos minutos del final y que sentían como el partido se marchaba sin poder remediarlo. Otros, de rojo y blanco, que, más que por el juego del rival, se veían amenazados por el ingrato, injusto y probablemente inexistente fantasma de El Pupas. Esa losa manipulada y estúpida que nos ha penalizado durante tantos años. Un fantasma que desapareció sin dejar rastro, si es que alguna vez lo tuvo, en el mismo momento en el que el colegiado pitó el final del partido.

La celebración se la dejo a ustedes. Es suya. Cada uno recordará ese momento especial de una forma distinta y así es como debe ser. Desde un Tiago bañado en lágrimas hasta un Panadero Díaz con el que me abracé como si fuésemos conocidos de toda la vida. Lo éramos, de algún modo. Me quedo con el estadio blaugrana aplaudiendo al campeón (un gesto propio de otros tiempos que por supuesto les honra). Me quedo con un Simeone dando la rueda de prensa con todo su equipo técnico, volviendo a dar otra lección de lo que es un excelente entrenador de fútbol. Dentro y fuera del campo. Me quedo con un equipo histórico que  ya nunca nadie nos podrá quitar. Me quedo con un título de liga que es mucho más que un triunfo deportivo. Es el triunfo del bien sobre el mal. Del esfuerzo sobre facilidad. De la imaginación sobre el dinero. Del romanticismo sobre las indefectibles leyes del mercado. De los que estamos aquí siempre, en las buenas y en las malas, desafiando la lógica del que no ha entendido nada.


¡Alirón, alirón, el Atleti es campeón!     

No queda otra

At. Madrid 1 - Málaga 1

El sol estaba a punto de esconderse por detrás de las gradas. Los últimos rayos se colaban a duras penas por la parte superior del graderío cuando Sosa colocaba la pelota para lanzar la falta. Faltaban cinco minutos para terminar el partido. Marcar significaba ganar la liga. La pelota pasó rozando el poste derecho de la portería malacitana mientras una parte de los aficionados, víctimas del efecto óptico, cantaban agónicamente gol. Yo no tenía fuerzas para hacerlo. Ni siquiera para levantarme del asiento. Estaba agotado. Roto. Muerto. Igual de agotado que estaba segundos después, cuando Adrián culminaba su gran jugada lanzando una pelota a la escuadra que el “bueno” de Willy Caballero interceptaba a mano cambiada, haciendo la parada de su vida. No fui capaz tampoco de levantarme de mi asiento, ni de chillar, ni de mesarme los cabellos como hacía la gente a mi alrededor. No me quedaban fuerzas. Notaba sobre mis hombros el peso de una campaña espectacular y magnífica pero exigente hasta decir basta. Me imaginé entonces como deberían sentirse esos jugadores que además tienen que estar corriendo sobre el césped. Llevamos 8 meses jugándonos la vida cada 3 días y eso tiene que pasar factura en los músculos y en las vísceras. En las piernas y en la cabeza. En el alma y en el corazón. Pero es absurdo mirar atrás en este momento. No nos han enseñado a vivir de recuerdos. Somos el Atleti. Ya no existe el ayer y sólo queda el mañana. Faltan dos finales en las que hay que dejar lo mucho o poco que nos falte. No queda otra.

En lo deportivo el partido fue una especie de borrón. Un encuentro con las mismas hechuras de los últimos partidos de Atleti. Malos. Muy malos, de hecho, pero con el añadido de la tensión y la presión del momento. El Málaga apagó enseguida la euforia de la grada a base de pausar el tempo y ralentizar el juego. El Atleti se dejó llevar y la grada con ellos. Demasiado nervio flotando. Villa pudo cambiar el curso de la historia llegando solo a la portería para abrir el marcador pero su disparo, otra vez, se estrelló en el larguero. A partir de ahí el equipo desapareció. El Málaga se encerró atrás sin demasiado esfuerzo y el Atleti se perdió dando pelotazos en vertical, a diestro y siniestro. Creo que Simeone se equivocó alineando a Villa y Raúl García juntos. Hizo que jugásemos sin delanteros. El equipo puede sobrellevar tener a uno de los dos en el campo pero los dos a la vez me parece demasiada ventaja para el rival. Villa no está. Nunca ha estado, de hecho. Trabaja, corre, da lo que tiene y está comprometido con el equipo pero no se ha ido de nadie en toda la temporada. No es un jugador que marque la diferencia. Ya no. Raúl García es uno de los mejores rematadores de la liga pero no es delantero y su capacidad de combinación con los pies es muy escasa, lo que obliga a que el equipo juegue siempre en vertical, por alto generalmente, saltándose la línea de creación. Con Costa es muy aprovechable para segundas jugadas. Con Villa no lo es, porque no hay segundas jugadas. Pero sería absurdo e injusto buscar culpables. No tengo un solo pero a ni uno solo de los jugadores del actual Atlético de Madrid. Más allá de críticas puntuales, estoy a muerte con todos y cada uno de ellos.

La primera parte pasó sin pena ni gloria y así siguió la segunda, aderezada además con cambios en el Atleti que jamás entenderé. Quitar a Koke y Arda debería estar prohibido. Igual que debería estar prohibido tener a Diego en el banquillo, pero es lo que tenemos. Mediado el segundo tiempo apareció un fallo en cadena del frente belga del equipo, Alderweirdeld y Courtois, que provocó el drama en el Calderón. El Málaga se adelantaba en el Calderón. Se escapaba la liga. Simone reclamó al calor de una grada que estaba muerta y esta respondió con tibieza. La misma tibieza que mostró el equipo en la reacción, aupándose mucho más en el corazón que en el juego. Pero llegó el empate. A balón parado, por supuesto, con remate de cabeza del mismo central belga de nombre impronunciable que la había pifiado poco antes. Faltaban 20 minutos y un más gol nos daba la liga (porque Barça y Elche no parecían muy dispuestos a meterse gol en Alicante) pero no ocurrió así. El guión era perfecto y todo el mundo lo conocía pero nadie fue capaz de interpretarlo. Empate a 1-1.

A jugarse la liga dentro de 6 días en Barcelona. Y a ganarla, qué coño. No queda otra.


No.

Hoy no habrá crónica.

Lo siento por los valientes que entráis por aquí y llegáis hasta el final. Sé quienes sois y os lo agradezco de corazón.

Saber que os llevo muy dentro.

Un abrazo.

¡Aupa Atleti!




Que nadie vuelva a olvidarse

Chelsea FC 1 - At. Madrid 3

No eran todavía las once de la noche pero el día ya se había terminado. Había pasado todo lo que tenía que pasar. En la calle los viandantes disfrutaban de una temperatura magnífica pero el salón de mi casa parecía un horno de pirólisis. Daba igual. Las sensaciones y los sentimientos estaban en otro sitio. Dos adultos, responsables y provechosos para la sociedad, nos abrazábamos torpemente dando saltos anárquicos que podrían parecer ridículos a ojos ajenos. Sudando euforia. Intentando emitir gritos guturales que, al menos en mi caso, no conseguían salir porque la garganta no daba ya para más. Oliendo a felicidad. Una felicidad que lo impregnaba todo y que salía a borbotones desde una pantalla de plasma en la que podíamos ver lo que en ese mismo momento estaba pasando a orillas del Tamesis, en el acomodado barrio de Chelsea (¿o era Fulham?). Un grupo de deportistas, de atletas, de atléticos, de amigos, un puñado de grandes profesionales, un señor equipo, alzaba los brazos al cielo londinense delante de miles de colchoneros entregados que parecían su prolongación en la grada. No lo parecían, lo eran. Matizado todo con esa pasión enfermiza, densa, intensa y muchas veces incontrolable que no todo el mundo es capaz de comprender. En ese momento, con el planeta tierra poniendo los ojos en el equipo de mis amores, con los jugadores correteando por el césped de Stamford Bridge, con los valientes de la grada disfrutando de su momento histórico, con el móvil si parar de pitar, recibiendo mensajes de felicitación desde cualquier esquina del mundo, con mi hermano (¡y el Richy!) al teléfono, mi padre gritando en su casa, mi tío celebrando la victoria en Abu Dhabi, con el recuerdo de mi abuelo en la cabeza, los amigos de los 50 lanzando whatsapps sin parar y abrazado a mi amigo Teno, recordé una frase de Séneca con la que algún día tendré que hacerme una camiseta: un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.

La noche empezó con nervios. No podía ser de otra forma. Por mucho que el insoportable rodillo mediático con el que tenemos la mala suerte de convivir los madrileños se hubiese encargado de hacernos recordar lo insufrible que va a ser vivir en esta ciudad con el equipo de TODOS, el “único” que para la prensa existe en este país y en esta ciudad, alcanzando la final de Champions, según se acercaba la hora del pitido inicial todo se olvidaba y la temperatura de la sangre que corría por las venas colchoneras se acercaba peligrosamente al punto de ebullición. Empezó el partido y el Chelsea impuso desde el principio su criterio. Ritmo pausado, pocos espacios y ningún riesgo. El Atleti, desposeído de las obligaciones de jugar en casa, aceptó el reto y se adaptó a esa forma de hacer fútbol que, en mi opinión, tan poco le conviene. Juego táctico en el que ganó Mourinho. El Atleti sin intensidad ni velocidad es una versión reducida de si mismo y aunque la situación estaba controlada, el balón dominado y los espacios cerrados, las posibilidades de ser diferente o de morder también eran limitadas. Mourinho lo sabía, pero el ya había apostado en la ida por esa versión del fútbol en la que el primero que falla, pierde. Koke estuvo a punto de dar la sorpresa nada más comenzar el encuentro lanzando un balón al larguero en eso que antes se llamaba centro-chut, pero ahí se acabaron las ocasiones.

Mediada la segunda parte pudimos darnos cuenta, por fin, de que el Chelsea es un equipo que triplica el presupuesto al Atleti y que eso le permite tener en su plantilla a jugadores como Hazard o William, capaces de vivir entre las rígidas ecuaciones de su entrenador e inventar cosas. El belga fue el que más talento puso por parte de los blues y el único capaz de buscar las cosquillas a la defensa atlética, especialmente por el lado de Juanfran, pero fue William el que realmente la lío, precisamente por el lado contrario. Jugada imposible en la que consigue marcharse de dos defensores, Filipe y Godin que no es cualquier cosa, para meter un balón al área que remata Fernando Torres, da en la pierna de Mario Suarez y entra en la portería de Courtois. El madrileño no celebró el gol pero a mí eso me daba igual. 1-o. Mal asunto.

Los cuervos negros aparecieron en lontananza y los buitres empezaron a volar en círculos salivando ante la presa que se avecinaba. Mourinho tenía el partido que quería y lo que hasta ese momento había mostrado el Atleti no parecía demasiado como para dar la vuelta al partido. En ese instante todos reparamos en que lo que estaba en juego era nada menos que una final de Champions. Palabras mayores. Pero es precisamente ahí, en esas circunstancias, dónde se mide a los equipos sobresalientes y el Atleti volvió a demostrar, en el mejor de los escenarios y con la mejor de las formas, que es un equipo sobresaliente. Levantó el pie del freno, dio un paso adelante, se adueño del balón y agarrado al escudo se fue a por el partido. Empezó a jugar en campo contrario con personalidad y sin complejos delante de un Chelsea que sí, se dejaba “querer”, pero que no sabía lo que se le venía encima. Antes de llegar al descanso los del Cholo ya habían dado la vuelta a la eliminatoria en una jugada prodigiosa que quedará en los anales de colchonerismo. Iniciada por un Koke que ayer se revalido como uno de los mejores centrocampistas del mundo, tirándose con rabia al suelo para recuperar un balón que se marchaba. El balón acabó en Tiago que realizó un cambio de juego hacía el lado derecho por el que entraba Juanfran. El lateral, nervioso en algunas fases del partido pero que nunca perdió la cara, consiguió tocar la pelota en la misma línea de fondo para meter un balón cruzado al segundo palo por donde llegaba Adrián. El asturiano había sido la gran sorpresa de la alineación. Simeone buscaba desborde e improvisación frente a una defensa cerrada como la londinense, lógico, pero las garantías que ofrecía el jugador eran muy pocas a tenor de la pésima temporada que había realizado. Pero Simeone es un hombre de fe y fe es lo que tiene en un jugador que él mismo cataloga de diferente. Adrián respondió realizando un partido más que decente y marcando probablemente el gol más importante de su carrera hasta el momento. Con la derecha, rematando con la espinilla, consiguió meter la pelota cercana a la escuadra y subir el empate a 1 al marcador. El Club Atlético de Madrid estaba en la final de la Champions League en ese momento. Y ahí se quedó.

La segunda parte fue sencillamente un tratado de fútbol contemporáneo por parte del Atleti. Opino que el debate sobre el mejor estilo para jugar al fútbol, esa bobaba de la posesión frente al contrataque, es una solemne estupidez. Una simplificación barata de algo mucho más complicado. De la misma forma que creo también que el futuro del fútbol pasa por equipos capaces de manejar varios registros en el mismo partido. De jugar replegado cuando hace falta, de manejar el balón si es necesario, de atacar y de defender. Eso es lo que hizo el equipo de Simeone. En lugar de colocar el autobús sacó al equipo del área y presionó arriba. En lugar de ceder el balón al Chelsea se lo quitaba cada vez que estos pretendían tenerlo en zonas de peligro. En lugar de jugar asustados prefirieron hacerlo con alegría. Con la valentía de un equipo que no se siente inferior a nadie. 

Diego Costa llegó con habilidad a un balón bombeado en el área del Chelsea teniendo la picardía de meter el pie antes de que lo hiciera Eto’o. El camerunés, impropio de un jugador de su talla, cometió un error digno de principiantes, regalando un penalti que resultaba definitivo. Esas son las cosas que pasan cuando los 22 futbolistas están en tu área y obligas al delantero centro a tener que defender. Ni los penaltis fallados ni el nefasto estado del césped en el punto fatídico fueron capaces de desconcertar a un Diego Costa que marcando la pena máxima ponía el partido franco y mataba los fantasmas del pasado. El abrazo con Simeone en la grada segundos después confirmaba todo eso. Desde ese momento hasta el final del partido el Atleti siguió dando una lección de fútbol que debería proyectarse en todas las escuelas pero especialmente en las de nuestro propio club. Si los de Mourinho parecían entregados ya a esas alturas lo parecieron todavía más después del tercer tanto. Un gol de el más grande. El genio de Bayrampasa. El gurú del ardaturanismo. Un tipo que remató de cabeza al larguero para recoger el rechace y marcar con el pie. Así es Arda Turan. Y yo me alegro.


Todavía no soy capaz de asimilarlo pero tengo tiempo para hacerlo. El Atleti, cuarenta años después, está en una final de la máxima competición de clubes del mundo. Mi equipo. Soy muy feliz por ello pero lo soy todavía más porque me siento totalmente identificado con esa plantilla, con ese entrenador y con esa forma de enfrentarse a la vida. Con humildad pero sin miedo. Con respeto pero con orgullo. Con ambición pero sin soberbia. Como fue, es y debería ser siempre el Club Atlético de Madrid. Que nadie vuelva a olvidarse de ello.