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¡Un abrazo!

Poniendo los focos

At. Madrid 1 - R. Betis 0

Durante muchos años el fútbol ha sido un deporte popular que la intelectualidad, siempre arrogante, asociaba a las clases trabajadoras. A las clases bajas, que dirían los menos hipócritas. Durante años el discurso de los protagonistas del balompié, jugadores y entrenadores principalmente, no ayudaban demasiado a evitar ese concepto pero soy de la opinión de que esa época ya se ha superado. En contra de lo que pudiera parecer atendiendo al nivel de la prensa escrita, los chascarrillos baratos que se emiten a través de las ondas o los pestilentes efluvios que uno puede sufrir en esos programas televisivos nocturnos, por y para verduleras, los aficionados al fútbol, y muchos de sus protagonistas, son hoy personas de todo orden y condición. Catedráticos en biogenética se sientan al lado de peones de albañil para ver a jugadores como Xabi Alonso que son capaces de dar patadas a todo lo que se mueve dentro del terreno de juego y luego estudiar o seguir los dictados de la moda con el último de Wilco sonando en su iphone. Pero hay personajes contemporáneos como Pepe Mel (o nuestro querido Manzano) que no sólo siguen convencidos de que el mundo del fútbol está básciamente formado por ignorantes sino que ellos, que manejan todos los tiempos verbales, son los más listos del barrio. Las detestables declaraciones de Pepe Mel en las vísperas del partido son un claro ejemplo de esto. Disfrazadas de piropo, pensando que todos somos gilipollas, lo que hizo un tipo, que por otro lado me parece un buen entrenador, fue poner los focos en un jugador, Diego Costa, para que medios y colegiados estuviesen pendientes de él y así condicionar su juego. Repugnante y tan barriobajero como aquello que no se cansa de denunciar el que luego va de elegante. Marrullero pero útil en un país de fariseos como éste.

Simeone no ha nacido en este país pero es argentino y quizá por ello es difícil sorprenderlo en este arte y maneja este tipo de códigos mejor que nadie. Por eso, estoy convencido, dejó a Costa en el banquillo de inicio. El Atleti de principio no pareció notarlo con su ya típica salida en tromba a por el equipo rival. Dominador del juego y del balón volvió otra vez a ganar el centro del campo (Gabi y Mario haciendo de nuevo un buen partido) y siendo muy vertical. Lo malo es que en esta ocasión el turco Turán no tenía su día y, raro en él, eligió mal todas las veces. Lo malo también es que el sustituto de Costa, Adrián, volvió a demostrar que no está. otro mal partido del asturiano al que sólo Simeone parece esperar. En apenas 20 minutos Turan tuvo dos ocasiones  clarísimas (especialmente un mano a mano con el portero rival), Adrián se durmió en el área otras tantas y Gabi y Koke hicieron lucirse al portero de tiros lejanos. Pero ahí se apagó el equipo. Sin la tensión de otras veces (probablemente por el partido del jueves), con Falcao renqueante y sin Adrián, el Atleti dejó que el Betis respirara y tomase el balón. El "valiente" de Mel no obstante tenía más respeto por el Atleti de lo que sus palabras mostraban y colocó dos mediocentros por detrás de Beñat lo que creaba un buen repliegue de los sevillanos pero amortiguaba su ataque.

La segunda parte siguió por los mismos derroteros. Un Atleti sin fuelle ni chispa y un Betis mandón con el balón pero inofensivo en ataque. La gente del Calderón, me temo que un poco mal acostumbrada, mostraba una ansiedad excesiva que transmitía a los jugadores. Mal sintoma por parte de la afición. Aún así todos vimos que hacía falta un activador y el Cholo también lo vio. La salida del brasileño fue letal en todos los sentidos. A los madrileños le aporto la sangre que faltaba, salida por banda,  desborde,... Los jugadores del Betis sin embargo, haciendo caso a su entrenador, decidieron olvidarse del fútbol e ir a buscar a Costa. Personalmente detesto a los jugadores pendencieros y marrulleros. Yo, que soy de los pocos que confiaba en Costa cuando todos decían que era un "paquete", soy también el primero que critico y criticaré sus desmanes absurdos que no van a ningún sitio. Pero lo de hoy era otra cosa. Una caza de brujas orquestada por el entrenador rival (y algunos jugadores dolidos, probablemente con razón) pero por aquello de la justicia poética, el protagonista de todos los males fue al final el mejor del partido. Y encima metió el gol de la victoria. Corner  blando que se comen portero y defensa para que el más listo de la clase, Diego Costa, se adelante a la defensa y marque de cabeza. Mel trató entonces de dar profundidad al equipo con los cambios pero ya fue inútil. El Atleti se parapeto con rigor cartesiano y estuvo más cerca el 2-0 que del empate.

Segundos, a 9 puntos de Barça, 7 por encima del Madrid y a 15 del quinto puesto. Ni en los mejores sueños los colchoneros soñábamos con algo así. Algo de lo que deberíamos disfrutar más en lugar de obsesionarnos con los fantasmas y sapos que nos tiran (y seguirán tirando) desde lo medios y mentideros rivales. Partido a partido señores. Partido a partido.

Partido de otro fútbol


At. Madrid 2 - Sevilla FC 1 

Que la Copa del Rey es un torneo precioso y emocionante, especialmente en su tramo final, es algo que he reconocido ya muchas veces. Con esa premisa de fondo parecería lógico suponer también que vivir en directo el partido de ida de una semifinal despertaría una agradable emoción en mi persona pero debo reconocer que no es así. Por alguna razón, en los últimos años los partidos contra el Sevilla FC suelen ser momentos en los que dejo de disfrutar y se despierta en mi interior un crisol de sensaciones encontradas que no me gusta. Que de hecho detesto. Desde aquellos tiempos en que el conjunto hispalense estaba dirigido deportiva y espiritualmente por ese monarca de las esquinas oscuras del fútbol llamado Caparrós, un profesional con una concepción del fútbol y del deporte radicalmente opuesta a la mía, los enfrentamientos contra los sevillanos han tenido poco de fútbol y mucho de otra cosa. Lejos de parecerme algo digno de recordar lo entiendo como una muesca en nuestra historia. Una costumbre fea e incómoda que me gustaría ver erradicada alguna vez. Independientemente de quienes sean los culpables, desde el exclusivo punto de vista del lado colchonero, deberíamos empezar a evitar entrar en una guerra que ni nos conviene ni creo que encaje con lo que este club ha sido durante toda su historia. La rivalidad deportiva estará ahí y crecerá o decrecerá en función del desempeño y resultado de sus protagonistas. Perfecto. El resto es tan artificial y escatológico que deberíamos hacer el ejercicio de constricción necesario para salirnos de la puja. No me interesa. Prefiero llevarme el dolor de la provocación a entrar en un sucio juego del que no quiero ser partícipe. 

Pero todo esto se veía los minutos antes de acceder al Vicente Calderón y todavía se hizo mucho más patente dentro. Un nivel de ansiedad y tensión a flor de piel en la grada que no se correspondía con un acto deportivo. No era la emoción de una semifinal que hacía correr la adrenalina a toda velocidad sino el empacho en sangre de esa sustancia que el cuerpo humano supura cuando se siente amenazado. Ese ambiente se trasladó a un terreno de juego en el que se reconocía a los dos equipos. El Atleti de Simeone bien plantado, activo, dinámico, incisivo, veloz… y el nuevo Sevilla de Emery colocado, sólido, agazapado sin bajar la guardia y muy consciente de que en la Copa del Rey se juega la temporada. Tras unos primeros minutos de cierta ansiedad y precipitación cada escuadra adoptó su rol llegando a un cierto equilibrio. Pero no duró mucho. El Atleti, sustentado sobre todo en el incansable trabajo de los dos mediocentros (es justo destacar el gran partido de Gabi) se hacía con el centro del campo y ayudado por un Koke omnipresente y los dos estiletes de las bandas (Juanfrán estuvo más activo que otras veces) se metía cada vez más en terreno contrario. Y empezaron a llegar las ocasiones. Por la izquierda y por la derecha. Con Turán y con Filipe Luis. Pero no estaba Falcao. Y se notaba. Diego Costa, haciendo otra vez un gran partido, es un jugador tremendamente activo que se pasa 90 minutos tirando desmarques. Tiene mucha facilidad para abrir la delantera y caer a banda pero el problema es cuando no hay nadie detrás. O cuando el que está detrás es el actual Adrián. El asturiano lo intento y trató de entrar constantemente en juego pero no está con confianza. La duda es si Adrián es el de hoy o el del año pasado. La certeza es que hoy no está con el nivel que necesitamos. Resolvió mal a la hora de definir en casi todas las ocasiones y hasta tuvo errores tácticos básicos como el de irse al primer palo cuando Diego Costa viajaba al mismo lugar para dar el pase de la muerte al segundo. Aun así la ocasión más clara de la primera parte fue del brasileño que tras un pase magistral de Gabi se quedó solo delante del portero rival pero no acertó a meter el balón en la portería. Para entonces el Atleti era un vendaval y el baño de fútbol y juego que estaba dando a su rival era considerable. Pero llegó el descanso y el empate a cero lucía en el marcador de forma injusta. 

El juego y verticalidad del Atleti había enmascarado ligeramente la labor arbitral. Malo en las decisiones pequeñas y absolutamente nefasto a la hora de controlar el partido. Permitió que las constantes provocaciones, primero y sobre todo del Sevilla pero más tarde también de los colchoneros, acabasen impunemente con lo que sin darnos cuenta estuvimos inmersos en ese juego zafio y detestable de patadas, codazos, protestas, pérdidas de tiempo, miradas asesinas, gestos macarras y demás habitantes del otro fútbol. Eso que aparece siempre últimamente en los Atleti-Sevilla. El segundo tiempo comenzó con todo eso en el campo, con un Atleti que trataba de hacer lo mismo pero con un Sevilla que se había aprendido la lección y que ahora cerraba las rendijas por las buenas o por las malas. Los dos equipos jugaban en campo de los andaluces pero las ocasiones no eran claras. Hasta que llegó el principio del fin. Mano en el área hispalense, tarjeta amarilla, la consiguiente expulsión de Spahic, penalti y gol de Diego Costa que fue el que había provocado todo aquello. Lata abierta. 1-0. Bien. 

No. Mal. Muchas veces hemos criticado al equipo, yo el primero, por echarse atrás tras marcar un gol pero partidos como éste son los que hacen anulan esa crítica de un plumazo y dar la razón a tipos como Simeone. Aunque todo es matizable, claro. Lo que uno reclama desde la grada es que el equipo no se encierre en su área a defender un gol pero eso no significa querer que los jugadores se marchen desaforadamente al ataque sin orden ni concierto que es lo hizo el Atleti. Durante unos minutos, aupado por la euforia ruidosa de la grada y un rival con diez, el equipo se fue en tromba arriba sin ser consciente de que rompía el partido. Los ataques rompían al equipo dejándolo abierto y con mucho espacio por defender lo que provocó la mejor jugada rival. Un balón en contrataque que recoge en el centro Navas con mucho espacio y que de pase magistral habilita un uno contra uno de Negredo que en la línea de gol Godín evita, yo creo que de forma involuntaria, con la mano. Penalti, expulsión y empate a 1. 

El Atleti acusó el golpe de forma dramática. Sobre el campo se vio entonces a un equipo local perdido y aturdido que no lograba encontrarse. El Sevilla, aupado en el gran resultado y la debilidad rival tomo el mando del juego y empezó a gustarse. El Calderón se encogía a medida que los de blanco rondaban el área y llegaban con peligro. Simeone contuvo la sangría sacrificando a Koke para sacar al Cata. El Atleti mostró entonces unas carencias físicas tan evidentes como preocupantes. Aun así, las fuerzas se igualaron y apareció, otra vez, el otro fútbol. También alguna que otra jugada aunque esporádica y de poco fuste pero en una de ellas, un combativo Cebolla consigue en su pelea que su rival evita la continuidad de la jugada con una nueva mano. Penalti que volvía a convertir Diego Costa para que la grada respirase algo más tranquila. El Atleti pudo aumentar la renta a partir de entonces, especialmente cuando Navarro derribó a Costa cuando se marchaba solo hacia la puerta pero no pudo ser. Tampoco puede decirse que fuese injusto. 

2-1 que deja el resultado abierto para la vuelta y que obliga a los colchoneros a realizar un buen encuentro pero sobre todo a construir una alineación preparada para defender o crear fútbol según se desarrolle el partido. Si el Sevilla gana 1-0 pasa la eliminatoria y es lo que buscarán. Un gol rápido que les permita replegarse y salir. Lo que más le gusta a Emery. El Atleti hará lo propio mientras evita el plan andaluz pero debe estar preparado para ese gol hispalense. El ambiente con el que perfumarán el encuentro en la rivera del Nervión no parece que pueda ser el de las grandes y agradables noches de fútbol sino otra cosa bastante más hostil. Habemus partido. Y no será fácil.