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¡Un abrazo!

Los tártaros de Rusia


(Artículo escrito originalmente para forzaAtleti.com)

Cuando a uno de joven le enseñaban geografía en la escuela, el límite oriental que definía Europa estaba localizado en los montes Urales. Esto chocaba luego con la lógica cuando en la misma clase nos decían que Rusia era un país europeo y en el mapa los Urales caían en mitad de ese enorme “país” que llegaba hasta el océano pacífico. Quizá esa confusión venía dada por la propia definición de Rusia que manejábamos entonces, que es la misma confusión con la definición de Rusia que manejábamos ahora. Entonces URSS hoy Federación Rusa. La confusión se traslada también al fútbol, lógicamente, y por eso cuando aparece la noticia de que el Atlético de Madrid se enfrentará en la Europa League con un equipo “ruso” uno inmediatamente visualiza esas lejanas ciudades, de minaretes ortodoxos, de muchachas y muchachos de tez pálida y ojos azules que hablan en ruso, de carteles en caracteres cirílicos y de gentes que se confiesan con los popes. Pero luego uno ve que en Kazan no todo está escrito en cirílico (el propio escudo del Rubín Kazan puede verse ahora en caracteres latinos), que hay mezquitas por doquier y que la estrella más reciente del Rubín, un señor turcómano llamado Berdiev que hace las veces de entrenador, se encomienda a Alá antes de los partidos mientras se aferra al masbaha, el rosario musulmán. Algo está fallando. ¿Dónde está realmente localizada esa parte de Rusia? ¿Por qué no escriben en cirílico y hablan otro idioma que no es ruso? ¿De dónde sale el Rubín? ¿Por qué hay musulmanes? ¿Qué sabemos de Kazan más allá de ser el lugar de nacimiento de Gala, la mítica musa de Dalí? 

Tartaria era el nombre genérico con el que los occidentales europeos denominaban en la edad media esa recóndita región asiática que va desde los Urales hasta el océano pacífico y allí dentro, junto al cauce del Volga, es dónde se situaba un asentamiento de búlgaros bastante bien organizado que lo que los libros de historia denominan la Bulgaria de Volga. Hasta allí llegaron en torno al año 1000 los misioneros musulmanes para convertir toda la población a la nueva religión y hasta allí llegaron años después las Hordas Doradas mongolas para incorporar la zona a su imperio e imponer con el paso del tiempo el idioma tártaro. Así surgían los Tártaros del Volga que poco después conformaban cierta independencia administrativa situando su epicentro a más de 100 km de la ciudad devastada que antes fue capital de los búlgaros originales. Nacía de esa manera el Kanato de Kazán pero no duró mucho. En el siglo XVI llegaron para quedarse las tropas de Iván el terrible, que con los consiguientes destrozos incorporaron definitivamente el territorio al imperio ruso. Hasta hoy. Pero muy a pesar de los repetidos intentos por “rusificar” a la población lo cierto es que nunca lo han conseguido. En la actualidad los musulmanes tártaros de Tartaristán (que es como se llama a la república que ahora se integra la federación rusa) son mayoría, rezan a su Dios, hablan su idioma, tienden a escribir en caracteres latinos pero no tienen ningún problema aparente para convivir en armonía con el 40% ciudadanos de etnia rusa y religión ortodoxa que hay en la misma ciudad. Hasta el punto de ser considerado por muchos un ejemplo de convivencia entre religiones. Con la caída de la URSS los territorios se reorganizaron, surgieron nuevas repúblicas y algunas decidieron hacerse independientes de la federación gracias a las facilidades que para ello se ofrecía desde Moscú. La República de Tartaristán (de la que es capital Kazán) se constituyó en 1990 y dos años más tarde realizó un referéndum ganando la opción secesionista pero en este caso Moscú no lo aceptó. La razón es simple. Se trata de un territorio rico en yacimientos de gas y petróleo (que justifica también la riqueza de la zona). Aunque sin violencia, el estatus político actual es por lo tanto complejo pero se asemeja al de una república independiente asociada a la federación rusa. 

Los orígenes del Rubín hay que buscarlos en los años 30 del siglo XX y en Gorbunov, la factoría de aeronáutica militar asentada en la ciudad. Allí, entre aficionados al nuevo deporte que además eran trabajadores del complejo, se formó un equipo de fútbol que enseguida se convirtió en uno de los más importantes de la zona del Volga y que desde 1936 disputó como parte de la asociación deportiva Dinamo los campeonatos nacionales organizados por la URSS. Después de años de altibajos en 1949, tras quedar último en la competición, el equipo se deshace y deja de competir a nivel “profesional”. Durante ese tiempo el nombre del equipo estuvo en constante cambio dado el carácter militar del equipo y cierto código de silencio que debían mantener por razones de inteligencia: “Lenin District Team”, “Krylia Sovetov”, “Iskra”,… Hasta 1958 el equipo de fútbol de la fábrica sólo disputará entonces competiciones amateur pero con bastante éxito, lo que unido a la ampliación del campeonato nacional en su división B y el número de jugadores tártaros que abrazaban ya el fútbol de elite, hizo surgir la posibilidad de la creación de un nuevo equipo, con el nombre de Iskra Kazan, que representará a la ciudad en la liga soviética. Ese año, el de 1958, es el considerado oficialmente como el de la fundación del club aunque será poco después, en 1964, cuando la directiva, en su intento de encontrar un nombre más atractivo, decidirá modificarlo por el de Rubin. En 1965 logra subir por primera vez a la segunda competición de la liga soviética pero el devenir del equipo en las últimas décadas del comunismo es bastante pobre, siempre navegando entre el segundo y tercer nivel del fútbol soviético. Tras la caída del régimen y el colapso de la URSS, el Rubin queda entonces enmarcado en la zona central de la Primera División Rusa (un escalón detrás de la Premier) pero sus resultados siguen siendo muy pobres, incluyendo descensos, que se justifican sobre todo en los fuertes problemas financieros, que ya venían desde atrás, pero que se acrecentaron con la pérdida del histórico patrocinio de Gorbunov en 1993. 

El punto de inflexión en la historia del Rubin aparece en el “año del doblete”, en 1996, cuando con el equipo en la segunda división (tercer nivel) el entonces alcalde de la ciudad se hace con los mandos del equipo garantizando conexiones de financiación y tranquilidad institucional. Dos años después consigue ascender a primera y en 2002, ya con Berdiev como entrenador, asciende por primera vez en su historia en la premier rusa. Una acertada política de fichajes (apareció entonces el ahora rayista Chory Domínguez) y el fuerte carácter de su entrenador que impone un esquema de potente rigor defensivo combinado con verticalidad letal, hacen que el equipo se consolide en la máxima competición rusa e incluso juegue en Europa. Siguiendo la misma línea consigue en 2008 ganar de hecho el título de liga. Era el tercer equipo no moscovita que lo hacía en toda la historia. Al año siguiente el Rubin revalidaba el título consolidándose como uno de los equipos más potentes de la liga rusa. 

Su desempeño ha bajado ligeramente en los últimos tiempos pero el año pasado conquistó, por primera vez, la copa de Rusia y siempre son un equipo incómodo y competitivo. Plagado de jugadores españoles (Orbaiz, Cesar Navas y Marcano) el equipo suele girar en torno al israelita Ratkho y el turco Karadeniz, un estilete que puede jugar en banda o detrás del delantero. A ellos se sumará el recién fichado a M'Vila y arriba espera el venezolano Rondón. Digno rival para los colchoneros en el que esperamos sea triunfante paso por la Europa League 2012/2013.

La gran farsa de jugar fuera de casa

Rayo Vallecano 2 - At. Madrid 1

Los campos de fútbol tienen que presentar siempre y obligatoriamente unas dimensiones de entre 90 y 120m de largo y entre 45 y 90m de ancho. Es así y sólo así. En el Calderón, en Vallecas y en Sebastopol. Con esto quiero decir que jugar dentro de casa o fuera de casa, en teoría, debería ser poca más que una anécdota para unos jugadores que la única diferencia notable que van a notar es el color mayoritario de las bufandas de la gente que está en la grada. No parece que sea un dato relevante como para que afecte al sistema táctico pero si parece serlo para este fútbol contemporáneo de comestibles prefabricados y eufemismos baratos, en el que jugar en tu estadio o lejos de él significa modificar hasta la esencia fundamental del equipo. Como simple aficionado que soy probablemente no tenga ninguna credibilidad pero a mí todo esto me parece una farsa absoluta. Cambiar la forma de jugar en función del lugar en el que lo haces me temo que obedece únicamente a la cobardía disfrazada de prudencia de la penúltima hornada de entrenadores que se sienten cómodos escondidos detrás del balón. Lejos de las luces. Que basan su grandeza en el error del rival. Una forma rudimentaria, poco valiente y muy difícil de defender delante de tu propia afición y esa es precisamente la clave. Lo que yo creo es que los equipos que cambian de forma de jugar lo hacen precisamente en su estadio, que es dónde no pueden enseñar  ese “estilo”. Fuera, siendo ruines y especulativos lejos de los ojos de su afición, es como realmente son.  Como realmente quieren ser.  

Esta lamentable práctica es la que ha seguido el Atlético de Madrid desde que volvimos de segunda división con evidente fracaso en todos los sentidos. Aun así han continuado insistiendo es una política zafia y burda durante años y años. Es lo que tiene estar dirigidos por un Consejero Delegado al que no sólo no le gusta el fútbol sino que la parte deportiva de “su empresa” es precisamente la que menos le interesa. Pero la cuestión parecía haber cambiado con la llegada del Cholo. Un arranque liguero espectacular y una presencia del equipo, dentro y fuera del Calderón, con poderío y entrega. Una dinámica generosa y fascinante que parece haberse difuminado. Bien que el equipo está entrenado y programado para fundamentarse en la presión y la salida en vertical pero no para encerrarse en su campo. La contención atrás venía cuando se iba por delante en el marcador y no antes. Hasta ese momento la presión era en área contraria y al rival no se le dejaba jugar. Las últimas salidas del equipo han respondido sin embargo a ese otro esquema reservón de antaño. Esperando atrás para ver que hace el rival. Sacando un equipo plagado de rotaciones sobre jugadores que nunca debería rotar, especialmente en el eje crítico, con una plantilla tan corta y escasa de recursos como la del Atleti. Un equipo que además tenía cambios en el esquema táctico que hacían revivir los más desagradables temores de mi interior. 

Empieza a ser un tema reiterativo pero las rotaciones están destrozando a este equipo. Sacar en la plantilla titular, voluntariamente, al Cata Díaz y sobre todo a Raúl García en la posición de enganche es empezar a perder antes de jugar. El primero es malo, bastante, pero además crea incertidumbre e inseguridad en unos compañeros que, cuando no está él, configuran una de las defensas más seguras de la liga. El segundo ha demostrado por activa y por pasiva que es incapaz de asumir una posición que en un equipo como el Atleti se antoja fundamental. La de mediapunta. Raúl García hizo partidos bastantes potables a principio de la liga. Sin ser su sitio, gracias al rigor táctico, el sacrificio y la llegada en segunda línea aportó sobre todo goles. Jugando de enganche no sólo no engancha con nadie ni aporta nada de juego sino que anula por completo la capacidad de creación de un equipo con muy poca capacidad de creación. La posición de mediapunta es la peor cubierta de una plantilla mal equilibrada pero creo que ha quedado patente que Raúl García nunca puede ser la solución. Ni dentro ni fuera. También es verdad que no es culpa suya. 

El Rayo, un equipo que es un milagro, entrenado por un entrenador al que admiro y que entiende el fútbol de una manera que también admiro, salió a morder y morir. Se vio además enseguida premiado. La intensidad desaforada deja el balón en la izquierda para que de gran pase el balón acabe en el área y lo crucen al segundo palo. El esférico pasa manso por la frontal del área pero el Cata prefiere apartar la pierna en lugar de despejar lo que, obviamente, hace que el interior del rayo, Lass, que viene de cara, tenga fácil abrir el marcador. En menos de cinco minutos el plan de los colchoneros se había ido a la basura gracias a las rotaciones. Porque el plan de Simeone, obviamente, era contener y salir en vertical. Reforzando el centro y despreciando una creación de la que, obviamente, carece el equipo. Pero con el 1-0 en el marcador hay que crear y jugar. Y este equipo no sabe. Lo tiene complicado con la plantilla titular pero con los jugadores que había en el campo, y como estaban colocados, se antojaba imposible. El Rayo plantó bien la defensa y apretó el centro del campo. El Atleti cogió el balón, se hizo dueño del ritmo y del partido pero carecía de profundidad. Con Adrián en su decadente viaje a ninguna parte y Raúl García correteando sin criterio, tan sólo Koke intentaba dar un pase con criterio a Falcao pero la distancia entre líneas era muy grande, los apoyos nulos y las alternativas inexistentes. Y claro, el Rayo estaba ahí. Un equipo que no se cierra ni da pelotazos. Un equipo que pelea, claro, y que aprieta filas cuando hace falta, claro, pero que juega y que juega muy bien. En el enésimo desborde por banda y balón cruzado al área el brasileño Baptistao hacía el segundo con técnica y dificultad similar al primero. El Atleti para entonces olía demasiado a aquel otro que salió vapuleado en San Mamés pero afortunadamente el descanso apareció sin más daños. 

La segunda parte no trajo sorpresas. Simeone puso al turco Turán (uno de los que no puede rotar) y sacó del campo al ánima de Adrián pero desgraciadamente el otomano se fue a la banda con Raúl García ocupando todavía el espacio detrás de Falcao con lo que todo siguió exactamente igual. Y no es que el Atleti no le echase ganas o huevos, como tanto aficionado cenutrio suele reclamar siempre que no sabe lo que está pasando. Tampoco se podía decir que el equipo no dominara o tuviese el balón porque lo hacía. El problema es que el Atleti es un equipo que a la hora de llevar la iniciativa está limitado porque no tiene apenas jugadores para jugar con clase el balón. El tiempo pasaba sin ocasiones, salvo un par de llegadas de calidad por parte e Filipe Luis, lo que provocaba que el Rayo viviese muy cómodo. Mediada la segunda parte todos sabíamos, dentro y fuera, que el partido estaba perdido. Por eso no entiendo porque Simeone no sacó a Óliver mucho antes. Un partido perdido y desastroso en el que el canterano no tiene nada que perder pero mucho que ganar. Si sale en la segunda parte y el equipo pierde 2-1, como ha ocurrido, nadie diría nada por mucho que el jugador pasase desapercibido. Si por el contrario el equipo es capaz de remontar con su concurso supondría un bautismo de fuego y quizás el empujón que hace falta. No fue así y salió apenas diez minutos que sin embargo le sobraron para demostrar que es ese tipo de jugador que hoy por hoy no tiene equivalente en la plantilla. El gol de Falcao en el tiempo de descuento entra por méritos propios en la categoría de anécdota. 

Nueva derrota dolorosa y punzante que deja claras algunas cosas. Que la legítima aspiración a la liga era efectivamente una quimera. Que la pelea encarnizada por los puestos de Champions no es descartable. Que la plantilla es tan corta y tan desequilibrada como pensábamos. Que el Atleti seguirá teniendo dificultades fuera de casa si sigue empeñado en creer que fuera de casa hay que jugar de forma diferente. Que no parece muy factible el que Óliver se consolide este año en la primera plantilla. Que lo que está haciendo Simeone este año, efectivamente también, es un milagro.