Rubicón



Cuentan las crónicas que el 12 de Enero del año 49 a.C. Julio Cesar paró sus tropas a la orilla del río Rubicón para reflexionar. Aquel río, el Rubicón, marcaba entonces la frontera legal entre la provincia de Roma y el resto del imperio. Julio Cesar llevaba en las Galias ocho años combatiendo exitosamente en nombre de Roma pero el corrupto senado romano, liderado por Pompeyo, había hecho todo lo posible por desprestigiar su legado. Trataba de deshacer su ejército, había dejado sin efecto todas las leyes creadas por Julio Cesar y hasta le habían ordenado deponer el mando y volver a Roma de forma deshonrosa.

El derecho romano tenía una ley inquebrantable desde el nacimiento de la república que fue constituida para proteger el epicentro del imperio de posibles revueltas. Cualquier general tenía prohibido cruzar con su ejército en armas la frontera de la provincia, el río Rubicón. Estaba prohibido y sobre ello reflexionaba Julio Cesar cuando mandó parar sus tropas aquel día camino de Roma. Cruzar el río significaba ser enemigo de la república a la que amaba y a la que siempre había sido fiel. Cruzar el río originaría una guerra civil a la que ya no se podría dar vuelta atrás. Julio Cesar pensó entonces si merecía la pena no perturbar la supuesta paz del imperio. Pensó que aquel imperio romano por el que daba a diario la vida se había convertido en un ente corrupto dirigido por un Senado de incompetentes, restentidos y ladrones. Valorando pros y contras llegó a tenerlo claro y fue entonces cuando dio la orden de cruzar el Rubicón.

No había vuelta atrás. Alea Jacta Est.

En estos días las aguas del Rubicón atlético bajan revueltas. Tanto que a casi todos los que componemos la dilatada familia rojiblanca y allegados nos han puesto (o nos hemos puesto, que me da lo mismo) a la orilla de nuestro particular Rubicón. Abonados, no abonados, aficionados, periodistas, notables, personajes públicos, políticos, dirigentes… todos nos vemos abocados estos días a decidir si cruzar o no nuestro particular punto de no retorno hacia la lucha perturbando la supuesta paz de nuestro equipo.

Los abonados que van al campo saben que significarse con los colores verde y oro significará también que cualquiera sabrá desde entonces lo que uno piensa de la familia Gil y de su sucedáneo de Sociedad Anónima Deportiva. Lo sabrá todo el mundo y todo el mundo podrá señalarlo después caso de que este pequeña o gran revuelta no llegue a buen puerto. Ya sabemos cómo nos las gastamos los humanos en general pero especialmente los españoles que encabezamos la lista mundial de maestros en eso del “ya te dije yo que…”. Ya sabemos lo bien que se da en este país eso de crucificar al que se expone. Por eso muchos calman sus dudas en la orilla.

Algunos de los que hace tiempo renegaron de renovar el abono sin renunciar a profesar amor a los mismos colores temen también ahora volverse a embaucar en una cruzada que podría llevarles al mismo punto del que salieron escaldados una vez. Muchos se resisten a la vulnerabilidad y se refugian en una suerte de cinismo que les ha mantenido hasta hoy a la distancia justa. Cicatrizada la dolorosa herida de tener que renunciar a aquello que tanto habían querido, sienten ahora cierta pereza y recelo de acercarse de nuevo a la bestia, esa tan radical que puede ser alegría y desgracia casi a la vez. Recelan de movimientos que no parecen del todo infalibles y temen volverse a sentirse traicionados. Dudan de los salvadores porque ya fueron “salvados” una vez y la herida sigue escociendo. Saben que cruzar el río ahora significa en cierto modo renegar de la nueva posición en la que han conseguido vivir con tranquilidad los últimos años pero también saben que ya no podrán volver atrás porque un nuevo paso atrás sería esta vez definitivo. Por eso justifican su posición aplicando el purismo sólo a uno de los bandos y por eso esperan también expectantes en la orilla.

Existen colchoneros que mojan ya sus pies en el agua pero dudan de si tirarse o no ante la evidente amenaza de tener que volver a degustar las hieles del infierno. La situación les recuerda demasiado a otra acontecida no hace muchos años. Los años en segunda fueron un mal sueño pero un sueño que nos descompone el estómago cada vez que vuelve su aroma en forma de un recuerdo que se puede repetir. Convencidos de dónde está el problema no pueden sin embargo dejar de ver el estado febril, terminal y calamitosos del equipo que salta todos los domingos al campo y son conscientes de la fragilidad que lo atenaza. Una fragilidad que hace que a nadie le sorprenda el que su irreversible deriva hacia la oscuridad dependa de un golpe de suerte. No saben cómo puede afectar esta lucha desigual en el devenir concreto de su equipo pero no se pueden quitar tampoco de la cabeza lo que sería ser seguidor de un club limpio, sin mentiras, sin engaños, sin dirigentes procesados, sin directores deportivos que insultan con su mera presencia y sobre todo con ese mítico orgullo colchonero que hoy está extinto en palco y césped. Mientras se debaten en dudas que no acabarán nunca esperan recelosos en la orilla.

Pero también aparecen en esa misma orilla figuras notables de la historia rojiblanca, conscientes de la realidad, convencidos de la necesidad de cambio, empáticos con los movimientos populares de oposición pero siempre en la inútil intimidad al estar como están acobardados de las futuras represalias. Los unos inquietos ante la posibilidad de poder quemarse en la pira de la opinión pública y los otros temerosos de perder las sabrosas sobras que en bolsas para el perro de vez en cuando les “regalan” desde el gilifato. Escondidos tras la máscara esperan en la orilla a ver qué pasa, incapaces de significarse, esperando llegar al final.

Una orilla que estoy seguro también está poblada por docenas de periodistas que en su fuero interior querrían volver a serlo, que manejan más información que nadie y que precisamente por ello se sienten peor que ninguno por dentro. Esa suerte de humanos sometidos a la cruel encrucijada de jugarse el sustento alimenticio por tratar de hacer justicia, algo que saben perfectamente que se encuentra al alcance de su mano. Una verdad de la que ellos, por una vez, podrían ser paladines. Pero tienen miedo de ser los primeros. Tienen miedo de ser los únicos. Tienen miedo de tener miedo y también esperan a ver qué pasa.

La niebla es densa en la orilla del río Rubicón y no conseguimos vernos unos a otros. Escuchamos las voces que desde el otro lado invitan a saltar pero recelamos de esa voz al no ver la cara que grita. A veces la vemos pero no sabemos quién es y también recelamos. Recelamos de todo sin reparar en que la voz salvadora es precisamente la de uno mismo, la del que está al lado, la de cualquiera. No hay otra. Es la de otros muchos con un apellido tan anónimo como el propio. Es la voz de los que sienten el Atlético de Madrid como algo bien distinto a lo que nos quieren vender y nos venden. Es la voz del Atlético de Madrid.

¿Qué nos puede pasar si cruzamos el río? ¿Qué más nos puede pasar?

1 comment

del65 21 feb. 2011 22:04:00

Entendida la metáfora.

Sólo recordar que,lo siguiente que trajo la decisión de Julio César,fue la instauración de la Roma de los emperadores,durante cientos de años.

Y no es eso(estoy seguro de que tú tampoco)lo que queremos los que añoramos un Atleti libre.

Crucemos el Rubicón,sí,pero por una republica limpia y un senado puro y honesto.