Mucho más orgulloso todavía

FC Barcelona 0 - At. Madrid 0 

Esta es la historia de un orgulloso y modesto estudiante empeñado en entrar en la Escuela de Dibujo de su barrio. Un sitio fascinante y precioso pero exclusivamente reservado desde hace años a los señoritos, los nobles, los hijos de los empresarios más avispados y en general a esa pequeña pandilla de poderosos engreídos que solamente ellos mismos son capaces de distinguirse entre sí. Aunque en teoría el acceso a la Escuela era mediante exámenes abiertos a todo el mundo la realidad es que las plazas eran limitadas y mientras que los señoritos acudían impolutos con excelentes juegos estilográficos, algunas preguntas chivadas, millones de reglas de primera calidad, varios compases de distintos tipos, colores por doquier y todo ello obtenido a base de influencia y mucho dinero, nuestro protagonista, cuyo padre era un millonario mafioso sin escrúpulos que explotaba al muchacho para sus oscuros negocios y consentía que todo el mundo se burlase de él, lo hacía con regla y lápiz estándar. Pero el muchacho, que resultaba simpático a los señoritos en las primeras rondas, aprendió a manejar sus modestos útiles con poca belleza pero insospechada destreza así que fue pasando exámenes discretamente. Mientras sus compañeros de pupitre, galácticos y saturados de supuestos valores, pasaban rondas sin esfuerzo cambiando de material o quitándoselo, legal o ilegalmente, a quién lo tuviera, nuestro héroe hacía lo mismo a base de esfuerzo, tesón, rigor académico y algo de suerte. Llegó la prueba final y los rectores de la Escuela entraron en pánico. ¿Qué podría ocurrir si un plebeyo como aquel conseguía entrar a merendar con ellos? A ensuciar. A romper el equilibrio sagrado. Un pobre sucio. Popular. Sin escuadra, sin cartabón y sin una patulea de medios de comunicación que pudiera disfrazar sus desaires. Se pusieron nerviosos. Lo más probable es que jamás hubiese podido superar ese último examen con las herramientas que tenía. Lo lógica sería que se quedara en el camino superado por el poderoso “compañero”, formado en las mejores academias del mundo, de traje caro y material repetido e imposible de mejorar, pero al menos quedaba esa última oportunidad. Estando tan cerca era ya cuestión de ir hasta el final y morir en el intento. Sería absurdo no hacerlo. Pero no pudo. Los rectores, presionados por la angustia, decidieron buscar entre la basura para cambiar las reglas a mitad de juego. Y no le dejaron probar. Le retiraron el examen aduciendo reglas peregrinas, de esas que sólo aplican cuando interesa, para dejarlo en la puerta con una palmada en la espalda y un diploma que ponía “gracias por concursar”. Herido pero orgulloso. Dolido pero muy tranquilo. 

Supongo que ustedes estarán ahora mismo desconcertados buscando una crónica futbolística y encontrándose con esto. Ahora me pongo a ello, sin demasiada gana para serles francos, pero ustedes me perdonarán la licencia. Por alguna razón que también entenderán necesitaba contar lo anterior. Por supuesto cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Si hablamos de fútbol la realidad es que el Barcelona, el todopoderoso Barcelona, no ha sido capaz de ganar al Atlético de Madrid ni en su campo ni en el del rival. En el partido disputado entre ayer y hoy salió al campo con algo más de intensidad en la presión, velocidad en el balón y ganas de ganar pero el equipo de Simeone, a estas alturas, está preparado para lo que venga. Para competir en cualquier condición. Pasados los primeros minutos de aparente peligro (que si lo piensan tampoco fue real) pasamos al guión habitual que ya vimos en el Calderón. Un Barça rígido, plano y previsible tenía el balón pero no sabía qué hacer con él. Enfrente una maquina de precisión a la hora de defender. Los blaugrana trataban de abrir el campo pero el despliegue táctico de los colchoneros impedía cualquier intento de hacer años. El partido se puso en un tramo bastante áspero. Gabi y Juanfran probablemente podrían haberse llevado alguna tarjeta por la reiteración en la faltas pero estas venían más por fruto de la brutal intensidad que por una orquestado plan de ser violento, como parecían describir los rostros de todos y cada uno de los jugadores del Barça en todos y cada uno de los minutos que duró la primera parte (y la segunda). Superada la fase de adaptación, apareció el Atleti y apareció Valdés, el culpable de que los de Messi, porque da la sensación de que Messi es onda y corpúsculo en este Barça descafeinado, se fuesen vivos al descanso. Sobre todo poniendo una mano milagrosa a un remate de ese Dios colchonero contemporáneo llamado Arda Turan, que tras una excelente jugada digna de cualquier Escuela de Dibujo apuntaba a la portería contraria.

La segunda parte pareció que transcurriría por los mismos derroteros pero no fue así. El Atleti, valiente, adelantó la presión y se fue a jugar en campo contrario. Y tocó. En vertical, sí, pero con peligro. Y se hizo dueño. Y metió el miedo en el cuerpo a súbditos y señoritos. Pero no consiguió marcar y ese fue el drama. Villa estuvo a punto pero Valdés volvió a sacar otra mano milagrosa. Llegado el minuto 60 el Atleti se desinfló acusando el esfuerzo físico. El Barça pareció dar un paso adelante en su monótono juego pero yo lo interpreto más como un paso atrás del rival. Pero Simeone es un ganado y pidió ganar e hizo cambios para ello. Sus jugadores, sacando fuerzas vete tú a saber de dónde, se cargaron las pilas para ese último esfuerzo. Faltaban 15 minutos y un gol les daba la Supercopa. Demasiado cerca como para despreciarlo. Pero entonces sí que aparecieron los nervios en el rectorado. Y el colegiado hizo lo que tenía que hacer: repartir "justicia". Eso sí, la versión capada, elitista y xenófoba de justicia que opera en el fútbol español. Un rifirrafe entre Filipe Luis y Dani Alves (ese jugador mundialmente conocido por su deportividad en el campo) acababa con la expulsión del brasileño rubio (ese jugador mundialmente conocido por su violencia). Una jugada que el línea, a 5 metros de la jugada, no vio y que tampoco vio el árbitro pero que sí ve la Reina de Saba (aka Messi) y eso es suficiente en la era de la globalización. La excusa oficial es que lo vio el línea del lado contrario. Todo muy lógico. A todo esto la jugada, para mí, no es nada y si lo es, el castigo hay que repartirlo a partes iguales.

Fin del partido. El rectorado respira tranquilo. Los señoritos se relajan. El aparato vuelve a circular. Mañana volverá a amanecer. El resto, incluido el penalti al larguero de Elseñormásenfadadodelmundo (aka Messi), es pura anécdota.


Me siento maltratado y no me apetece seguir hablando de esta pantomima pero personalmente estoy muy orgulloso de mi equipo. Mucho más orgulloso todavía.   

Piedra rodante


AT. Madrid 5 - Rayo Vallecano 0

Se acabaron los tiempos de circo. Se acabaron las tardes en las que los partidos de Atleti parecían la letra de un bolero. Se acabaron esas jornadas grises con entrenadores grises y jugadores grises en los que que todos chapoteábamos en el dañino gris de la mediocridad. Tiempo tendremos de hablar de las carencias técnicas del equipo, de los errores de planificación, de la falta de eso que los entendidos denominan “fondo de armario” y también de especular sobre los que se fueron, sobre los que vinieron y sobre los que pueden llegar o partir. Tiempo tendremos, desde luego, pero hoy toca rendirse a la evidencia del milagro Simeone. El argentino recogió un guiñapo y nos ha devuelto un señor equipo. Un equipo del que podrá gustar más o menos su forma de jugar o su estilo pero del que se puede decir, sacando pecho, que es un equipo. Un señor equipo tremendamente difícil de doblegar y al que enfrentarse. Un equipo que no por conocido, porque el Atleti de Simeone ya no es ninguna sorpresa para nadie, deja de seguir siendo un rodillo, una piedra rodante a la que como no pongas los medios precisos para pararla, te arrolla.

El Rayo Vallecano, equipo por el que reconozco tengo especial deferencia, dio el año pasado en el Calderón una lección de fútbol. De toque, de entrega y de orgullo. Con un presupuesto ínfimo y recursos menguantes, es de esos equipos que se planta en el campo con la intención de dominar el balón y el juego. De esa “nueva” corriente en el fútbol que entiende que la victoria pasa por el balón. Actitud y espíritu muy loable, que envidio, y que además salió bastante bien durante la temporada pasada. La idea para este año pasa por la misma línea pero en el Calderón han dado un derrape importante. La forma pareció la misma pero el fondo no. El Rayo Vallecano decidió hacer lo único que no se puede hacer delante del actual Atlético de Madrid. Decidió sestear, dudar, ser blando... y murió, claro. Este Atleti es un equipo de elite y juega como un equipo de elite. Procura ocultar sus defectos para reducir sus errores al mínimo haciendo letal cada error del equipo rival. Esté enfrente el FC Barcelona o esté el Rayo Vallecano y ese es, para mí, el secreto del equipo colchonero mientras ha estado con Simeone. Partidos como el de hoy eran peligrosos no hace mucho. Hoy es complicado que se escapen.

La crónica del encuentro es bastante sencilla a pesar del saco de goles. Comenzó con la intensidad habitual en el Calderón, con la sorpresa de ver a Raúl García en el once titular (también Tiago entró por Koke respecto al equipo del pasado miércoles). El navarro respondió a los que, como yo, dudaban de su quehacer y se marcó probablemente la mejor primera parte desde que es jugador del Atlético de Madrid. Bien en la presión y el corte, atento en las ayudas, bastante acertado en el pase y con su habitual olfato de gol. Que me perdonen pero no parecía él. Durante los primeros minutos el equipo vallecano intentó colocarse sobre el césped pero ya desde el principio se vieron ciertas dudas en la medular y sobre todo en la salida de balón a través de la pareja de centrales. Enfrente la habitual roca de Simeone que, presionando muy arriba, no dejaba jugar y robaba el balón para salir vertical. Sobre todo a través de un Arda Turan que hoy ha vuelto a ser ese maravilloso jugador que nos tiene encandilados a la mayoría de los colchoneros. Trashorras trataba de bajar hasta la línea defensiva para intentar crear pero era imposible. Un centro del campo comandado por un imperial Tiago (para mí el mejor del partido, con permiso de Turan) rompía cualquier intento para iniciar el ataque colchonero. El Rayo estaba blando y dubitativo. El Atleti fuerte y convencido. Los goles eran cuestión de tiempo.

Hasta tres cayeron en la primera parte. Podrían haber sido más. El primero, para no modificar la tradición, vino a balón parado. Gabi saca un córner, mal defensa del Rayo y buena intuición de Raúl García para meter la cabeza. Arda Turan, que junto con Diego Costa ya para entonces era la peor pesadilla de los vallecanos, había avisado antes de cabeza pero en una preciosa jugada por la izquierda dejó un pase de la muerte a Diego Costa para que el hispano-brasileño siga aumentando su cifra de goles. Lo dije en twitter hace unos días y lo repito aquí: Costa es hoy por hoy el verdadero crack de este equipo (otra vez, con permiso de Turan). El turco pudo por fin aparecer para que su nombre quedara reflejado en las estadísticas oficiales de encuentro. Enésimo robo de los colchoneros que tras genial combinación con Diego Costa y Villa dejan a Turan encarando al portero. El Calderón, consciente de la genialidad del otomano, sabía que podía ocurrir cualquier cosa. Vaselina, recorte, disparo, rabona o un baile derviche pero Turan decidió sentar al portero de regate en seco y hacer el tercero con elegancia. No habíamos llegado al minuto 40 de la primera parte y el partido estaba resuelto.

La segunda parte fue una anécdota. El Rayo no reaccionó tras la charla del vestuario y el guión se repitió exactamente igual tras la reanudación. El Atleti bajó una velocidad el ritmo pero mantuvo la seriedad, el rigor, la presión y la ambición. Suficiente para destrozar a un Rayo que seguía tan inocente como comenzó. Tiago obtenía premió a su gran partido rematando de cabeza un magnífico, otro, pase de Arda Turan desde la izquierda. El quinto lo hizo de nuevo Raúl García a pase de un Koke que salió en la segunda parte de mediocentro sustituyendo a Gabi y no desentonó en absoluto.

El único pero a la tarde, por poner algo, es el dato de que en un partido con 5 goles, Villa, que jugó los 90 minutos, no marcara ninguno. Podría haber sido distinto, si no hubiese estrellado un balón al larguero tirando a bocajarro tras gran jugada de Diego Costa, pero realmente es irrelevante. Villa es un delantero excelente que a estas alturas de la vida no tiene que demostrar nada a nadie pero tengo dudas sobre su estado físico, su chispa y su velocidad. Ahora mismo no lo veo bien pero es fácil que este en fase de recuperación todavía. Ojalá. Lo vamos a necesitar.

Orgulloso

At. Madrid 1 - FC Barcelona 1

Llevo ya unos cuantos años viendo fútbol en directo, los suficientes como para ser consciente de esa mutación artificial que ha sufrido la grada. Durante años he vivido partidos al lado, o muy cerca, de aficionados del equipo rival. Tipos de todos los signos, sexos y variedades que uno pueda imaginar. Tipos por los que a veces a veces he sentido empatía y otras me han sacado de mis casillas. Tipos que en cualquier caso siempre tenían el denominador común de sentirse emocionalmente emparentado con unos colores distintos a los míos pero ni más ni menos que yo. Aficionados al Oporto, al Celta, al Athlétic de Bilbao o al Aberdeen. También al Madrid y al Barça. Pero el fútbol, en su trayectoria hacia la galaxia, está cambiando también el color de la grada y mientras que aficionados al Real Burgos o al Elche dejan de tener sentido y desaparecen, el lugar privilegiado del balompié lo pasan a ocupar japoneses sonrientes y aturdidos que se enfundan la casaca blaugrana y vienen al estadio a ver el Baile de los Cisnes. Emocionados hermanos latinoamericanos que hartos de pasar penurias reúnen sus ahorros y los entregan a cambio de sentirse durante dos horas parte del rico y lustroso emperador que siempre gana. Preciosas jovenzuelas con el 10 de Messi a la espalda que se fijan en los peinados y que al inicio del partido preguntan en qué portería marca Neymar. Niños de Mostoles o de Usera que de la mano de un progenitor que ha decidido optar por la opción fácil acuden por primera vez a un estadio de fútbol con una senyera en el cuello, atraídos por el efecto placebo para la psique de ganar siempre o por el edulcorado sabor industrial del alpiste mediático que día tras día bombardea nuestros sentidos. Es injusto generalizar, habrás casos de todo tipo y estoy seguro que en algún sitio existirá alguien del Madrid o del Barça que sienta exactamente lo mismo que siento yo por el Atleti pero que no me engañen, no son legión. No son tendencia. No son la inmensa mayoría de los que ayer estaban en la grada del Calderón. No soy nadie para dar lecciones pero eso, para mí, no es ser aficionado al fútbol. Es otra cosa. Otra cosa que personalmente me parece triste y lamentable. Mi duda es si esa otra cosa acabará devorándolo todo.

La noche era muy calurosa pero ni eso ni la estupidez paleta y caciquil de colocar un partido oficial a las once de la noche hicieron que el ambiente se resintiese en absoluto. Los colchoneros teníamos ganas de encontrarnos para ver fútbol y se notó. Excelente entrada y excelente ambiente de gran altura. Partidazo. El encuentro comenzó aupado en ese colorido y el brutal sonido de una grada que mostraba su mejor versión. En el campo los rojiblancos asimilaban lo que venía de fuera y mostraban una concentración extrema. Un dibujo letal. Aferrados a su típico 4-1-4-1 de los encuentros importantes (sí, señores periodistas, acudan al campo y verán ese o a veces el 4-2-3-1 es el dibujo táctico del equipo y no el 4-4-2 que observan mirando la televisión) el Atleti dejaba jugar en una franja de 30 metros trazada unos pasos fuera del área grande. Un campo minado en el que cualquiera que pasase por ahí encontraría el aliento en el cogote de un par de atletas vestidos de colchonero. Enfrente, disfrazado en esa esperpéntica segunda equipación que por enésima vez trata de mezclar deporte y leyendas políticas, el Barcelona se parapetaba en su fantástico estilo de toque, pero lo hacía de forma estéril. No se sentía cómodo. La exhibición de presión, rigor táctico y ambición defensiva hacía que la mejor plantilla del mundo resultase lenta e inofensiva. Incapaz de hacer daño se limitaba a tratar de no perder el balón porque cada vez que lo hacía el Atleti salía desaforadamente a por la meta contraria. Los madrileños apenas combinaban, nada nuevo, pero ayer no era el día de empezar a hacerlo. A su evidente y denunciada aquí carencia de balón se le sumaba la dificultad de librar esa presión asfixiante que el Barça ejerce en campo contrario cada vez que pierde el balón. Aprendida la lección, los madrileños, cuando lo hacían, combinaban al primer toque, a veces con precipitación, pero siempre siguiendo lo aprendido en el vestuario. Salidas en largo de Miranda a Diego Costa y verticalidad a la hora de robar. El plan del Cholo se vio claro porque el equipo lo interpretó a la perfección.

Con ese guión apareció el primer golazo de Villa con la camiseta rojiblanca. Una oda al contrataque. La presión brutal de la zona medular hace que Koke robe el enésimo balón para sacarlo rápidamente a banda izquierda en la que Arda combina rápidamente con Villa que de primeras devuelve el balón en profundidad a la banda. El resto lo pueden ver en los resúmenes. De hecho deben verlo en los resúmenes porque es precioso. El turco cuelga el balón con la izquierda para que el Guaje empale el balón de volea y con la derecha haga el primero. El estadio a partir de ese momento estuvo en ebullición constante, un estado que maridaba perfectamente con la actitud que sus jugadores mostraban en el campo. Hasta el final de la primera parte el Barça jugó al ritmo que le imponía su rival incapaz de mostrarse como es. El Atlético, voraz como su entrenador, mordía cada vez que tenía ocasión y seguía enchufadísimo. Pudo hacer el 0-2 con otra gran combinación que Villa no acertó a rematar con claridad cuando ya encaraba la portería.

La segunda parte fue distinta, menos disputada y algo más aburrida por varios factores. El primero el gran desgaste físico sufrido en la primera parte que obligó a los del Cholo a tener que bajar el pistón. El Barça, con algo más de mordiente e intensidad, retomó algo las riendas del partido y obligó al Atleti poco a poco a jugar unos metros más atrás ya en la frontal del área y ahí sí, empezaron los problemas. Cesc sustituyó a Messi y dio mucha más fluidez al juego. Los de Martino seguían sin hacer ocasiones claras pero estaban más cerca y el Atleti robaba menos, muy atrás y cuando lo hacía perdía con demasiada facilidad el esférico. El partido era otro. Courtois tuvo que empezar a mostrar lo gran portero que es. Diego Costa y Villa estaban demasiado lejos. Turán y Koke empezaron a mostrar signos de cansancio. También apareció el árbitro para sumarse a la fiesta blaugrana. Hoy leerán que perdonó la segunda tarjeta amarilla a Busquets (o no, porque las Vedettes de la prensa chusca son capaces de inventar cualquier cosa) pero para mí eso no deja de ser una error de apreciación. Algo humano. Lo que no es humano es la actitud del colegiado con uno y otro equipo en esos minutos claves. Deslumbrado por el poder mediático del poderío Madrid/Barça el trencilla regañaba a unos y conversaba con otros. Las tarjetas de unos eran los “aquí no pasa nada” de otros. Las marrullerías de uno eran reprimidas para unos y sonreídas para otros. Eso no es casual. Eso no es un error humano. Eso es otra cosa. Con ese cocktail sobre la mesa empató el Barça. Enésima jugada trenzada en la frontal, basculación del equipo a la derecha, cambio de juego a la izquierda, llegada de Neymar al segundo palo y gol de cabeza. Desde mi punto de vista el balón viene demasiado bombeado como para que Juanfran no pueda defender de cerca a su marca. Error defensivo. También creo que Courtois tuvo tiempo de cerrar mejor el palo.

A partir de ahí Simeone cambió jugadores para ganar el partido pero no había fuerzas y la sensación era de que si seguían pasando minutos lo más probable es que el Barça volviese a marcar. Salió Óliver pero se vio superado por las circunstancias. Prácticamente no dio un pase bien y perdió todos los balones que tuvo. Es normal. Es un jugador en construcción y el partido era de altura. Quizás esto sirva sin embargo para tranquilizar a tanto histérico que reclama cargar al muchacho con la responsabilidad del juego del equipo.


Empate a uno que deja la final muy complicada (hay que ganar en Barcelona) pero deja también una gran sensación de equipo. Un equipo que da todo lo que tiene con generosidad y grandeza. Competitivo, ambicioso y serio. Un equipo del que sentirse orgulloso. Yo lo hago.

Decíamos ayer...

Sevilla 1 - At. Madrid 3

En 1930, después de varios años en un exilio forzado, debido básicamente a su activa militancia intelectual, Miguel de Unamuno volvía a su cátedra de la Universidad de Salamanca rememorando una frase que Fray Luis de León, también docente universitario y también apartado de sus clases injustamente por la violencia de ese poder mediático llamado inquisición, había inmortalizado muchos años antes. Como si todo ese doliente periodo en el ostracismo no hubiese acontecido, dicen que tras años ausentes ambos comenzaron su clase con la mítica frase “cómo decíamos ayer”. El Atlético de Madrid no da clases de nada, no es referente intelectual de nadie (creo) ni se posiciona precisamente enfrente de ningún poder de poderes, pero por alguna razón lleva años sometido al brutal acoso de un sistema, el que maneja el fútbol profesional de este país, que en algún momento decidió convertir la Liga y su circo mediático en un parque temático por y para Real Madrid/Barcelona en el que el resto de participantes ni son, ni están, ni pueden ser protagonistas. Desde el pitido final que daba la décima Copa del Rey a los colchoneros, la propaganda del circo, la venenosa realidad diaria de unos medios de comunicación que viven por y para mantener esa gallina de los huevos de Oro de la Liga de Dos ha estado dilapidando la modesta construcción que se había fabricado, casi sin querer, a la ribera del Manzanares. Molestan los intrusos inesperados. Desde ese día todos los jugadores titulares (y no titulares) del equipo han pasado por las portadas de los “pretigiosos” medios orales y escritos como futuros jugadores de otro equipos más afines y acordes al orden establecido. TODOS han pasado por ahí. Dos meses de pesadilla en los que la mejor noticia para el Atleti era que no publicasen noticias del Atleti. MA Gil, el usurpador del Club Atlético y protegido del Sistema que gobierna el fútbol, mantenía su tradicional posición de desaparecido ante el insulto constante. No le importa que agredan a un equipo, el Atleti, que no pasa de ser más que su medio de vida. De hecho, el avinagrado dirigente ha dejado claro más de una vez sentirse muy cómodo en esta tesitura de comparsa vulgar. Caminero, una de las nóminas menos evidentes de este país, seguía comprándose gafas de sol atendiendo la orden del heredero Gil de no hacer su trabajo y con ello renunciar a la histórica oportunidad de montar un equipo mucho más completo y realmente terrible. Los aficionados, envenenados por la toxina mediática, entraban al trapo sacando conclusiones precipitadas sobre las supuestas ventas que acontecían (cuando en realidad no acontecía nada). Pero quedaba Simeone, la salvaguarda hoy por hoy del espíritu colchonero. En su particular exilio y mientras el mundo del fútbol se cocía en su propio caldo desnaturalizado el argentino pensaba en lo suyo, ajeno a la estupidez. Y comenzó la liga. Como si no hubiese pasado nada porque nada había pasado. Parafraseando a los clásicos: decíamos ayer... 

Y es que La liga 2013-14 comienza exactamente como acabó la anterior. Con un equipo denso y bien construido que no ha perdido un ápice de rigor, honestidad y ambición. Un equipo que mantiene todos sus virtudes... pero también sus defectos. Una roca táctica construida desde atrás que rezuma poderío físico y táctico pero que adolece lamentablemente de contrapeso técnico. Esto último duele más teniendo en cuenta que había todo un verano para solucionarlo. El partido comenzó rápido, con ritmo y velocidad pero muy áspero. Un reconstruido Sevilla, equipo en creación pero con muy buena pinta y prueba palpable de que las secretarías técnicas están para trabajar con imaginación y no para dejarse crecer la barba con estilo, se hacía con el balón y metía al Atleti atrás. Guión tantas veces conocido otras veces pero un guión que en principio no asusta. Los sevillanos tenían el balón pero no inquietaban (a excepción de un excelente pero aislado remate de cabeza al larguero) a una defensa que sigue siendo exactamente la misma. Pasado el primer cuarto el Atleti pudo tener por fin el balón más de dos segundos y vimos finalmente cosas del nuevo Atleti. Vimos por ejemplo que el auténtico crack de este equipo es Diego Costa, un jugador que no para de crecer y que aporta docenas de recursos en ataque. Si consigue templar con inteligencia esa fogosa cabecita creo que tenemos un jugador de los que marcan la diferencia. También vimos el tipo de delantero que puede ser Villa, un de los tipos que mejor se desmarcan del mundo. Ayer no hizo un partido espectacular pero se le ve en forma y con ganas. Esperemos que cuaje. Los que desgraciadamente no se asomaron mucho en la primera parte son los culpables de que este Atleti construya de vez en cuando algo de fútbol, Koke y Arda, que apenas entraron en contacto con el balón. El primero igual de voluntarioso que siempre es en cualquier caso un seguro de vida en defensa, a balón parado y en esa segunda línea de presión. Mejoró mucho después. El turco sin embargo mostró unas preocupantes sensaciones de indolencia que no se le recordaban y que fueron a peor. Me asusta lo que pueda pasar con Turan. Aun así, a balón parado y tras córner desde la derecha, el Atleti se adelantó en el marcador. La enésima vez que Miranda peina en el primer palo y un delantero, esta vez Diego Costa en acrobacia, entra en el segundo para rematar. El 0-1 invitaba a pensar en otro tipo de partido pero en apenas unos segundos los de Emery empataron con un soberbio disparo de Perotti desde más de 30 metros. Uno de esos goles que entra una vez de muchas. 

El Atleti acusó demasiado el gol rival. Desde ese momento hasta el final del primer tiempo estuvieron a merced del Sevilla, encerrado en su campo y sin capacidad para parar el partido o robar el balón. El descanso, lejos de solucionar el panorama, sirvió de refrenda de lo que habíamos visto antes. El equipo retrocedía cada vez más y se limitaba a dar pelotazos sin ton ni son. La presión no funcionaba, la transición no existía y los del Nervión cada vez estaban más y más cerca. Perdido el centro del campo y el balón, Simeone actuó sentando a un enfadadísimo Arda y sacando a la Gran Esperanza Blanca: Óliver Torres. Poco después uno de los nuevos, Leo, sustituía a otro de los nuevos, Villa. El panorama cambió para bien de los madrileños que volvieron a tener el balón y jugar en campo contrario. Óliver es evidente que todavía tiene carencias físicas y que es un punto débil en defensa (cosa que se vio mejor un poco más tarde jugando caído a una banda, fuera de casa y frente a un equipo volcado) pero en ataque es ambrosía. Cada vez que toca el balón da la sensación de que puede pasar algo y es de esos jugadores en extinción capaces de inventarse algo que nadie espera. 

Pero dejemos el futuro representado por Óliver y quedémonos con la realidad que tiene la cara de Costa y Koke. A falta de un cuarto de hora el canterano puso un gran balón al enésimo desmarque de Costa para que el brasileño repitiera el gol de la final de Copa cruzando el balón al palo contrario. Un segundo gol que cerraba el partido. El Sevilla se fue arriba con más fe que otra cosa pero el Atleti tiró de oficio para no sufrir e incluso para hacerle un siete al rival a base de contrataques. En uno de ellos, tras jugada personal por la derecha sorteando rivales, el uruguayo Cebolla marcó el tercero con gran maestría. 

Inmejorable comienzo de un Atleti que promete seguir asentado en las premisas que la pasada temporada lo hizo grande: compromiso, rigor táctico, mentalidad ganadora y ambición. Falta por ver el recorrido que puede dar Villa y la aportación que finalmente puede dar un Óliver Torres que a día de hoy es el único sitio por el que podemos imaginar un salto del equipo en la línea de ser más peligroso con el balón. En cualquier caso Habemus Liga y habemus equipo.