Lo normal, vamos (At. Madrid - Ath. Bilbao)

Decía un físico alemán llamado Lichtenberg que cuando los que mandan pierden la vergüenza los que obedecen pierden el respeto. Al atlético de Madrid le han perdido el respeto y eso es algo relativamente reciente a pesar de lo que muchos infelices comepipas y comprapanfletos creen. Probablemente esa falta de respeto se corresponde, tal y como decía Lichtenberg, a que los que mandan en este equipo han perdido la vergüenza, si es que alguna vez la han tenido. Que el ínclito director general que tenemos, ese negligente reincidente con cara de vinagre que mal dirige este equipo exclusivamente por ser hijo de papa, salga muy de vez en cuando a decir algo y que lo que diga generalmente sea para contradecir, renegar o directamente insultar a la afición atlética no debe ayudar mucho para que nos desprecie cualquiera si ya lo hacer nuestro director. Que esa marioneta que hace las funciones de presidente se dedique a reír las gracias a los trileros de la mentira, a no decir nunca una palabra más alta que otras y poco más o menos que a pedir perdón por los minutos que el gran hermano nos dedica no debe ser tampoco muy positivo. Que ese carísimo farsante que tenemos como director deportivo diga estupidez tras estupidez no es bueno tampoco pero la verdad es que es intrascendente, no como su gestión que es penosa. Tampoco ayuda la permanente actitud miedosa y acomplejada que transmite el pseudo-entrenador que nos dirige ni su amancebamiento con las huestes periodistas. Al Atlético de Madrid no lo respeta nadie: ni la prensa, ni los equipos contrarios, ni los árbitros porque no lo respeta ni sus dueños ni quien lo dirige.

Eso no es excusa para que denuncie desde aquí la manifiesta incompetencia y la insolente soberbia de ese aborto de árbitro llamado Medina Cantalejo. Si existe una definición de justicia esa es exactamente lo contrario de lo que ha hecho este desgraciado esta noche. Un profesional puede equivocarse en una decisión puntual pero lo que nunca puede es ejecutar el poder que tiene de forma descaradamente parcial, equivocarse tantas veces y encima perdonar la vida a todo el que esté a un metro a la redonda. Personajes tan cobardes y apestosos como estos son los que hacen que el gremio arbitral tenga el mismo olor que una cloaca. Digo cobarde además porque este fanfarrón es el mismo que luego le tiembla la ternilla cuando arbitra en el Bernabeu o en el Camp Nou.

En cualquier caso Javier Aguirre no sólo es muy malo sino el principal culpable de la situación de esperpento que lamentablemente vive este club. Ni es nuevo que yo lo diga ni es nuevo que él lo demuestre. Hoy, bajo un frío gélido y una lluvia plomiza, hemos tenido que volver a presenciar otro episodio de este particular via crucis que tenemos la desgracia de sufrir. Otro nuevo capítulo de sinrazón táctica, desquiciamiento de jugadores, muestrario de incompetencia, demostración de falta de profesionalidad, incapacidad anímica y escasez de recursos.

El fútbol, con el atlético de Madrid de por medio, se suele acabar cuando marca un gol. Hoy fueron cinco minutos. Un recién llegado a la grada del calderón sentado a mi lado gritaba “a por la goleada”. Lo miré con mitad lástima mitad cariño antes de preguntarle que me confirmara que no solía ver al atleti. Así era. Minutos después el once rojiblanco estaba al borde del área defendiendo sin ton ni son. Lo normal, vamos. Después el sopor de no jugar a nada salpicado con alguna genialidad de nuestros geniales jugadores. Lo normal, vamos. Después una falta a nuestro favor que se transforma en el gol del equipo contrario. Lo normal, vamos. Un poco más tarde, desajuste de la defensa peor entrenada de Europa y gol en fuera de juego del equipo contrario. Lo normal, vamos. Comienza la segunda parte y más de lo mismo. El atlético de Madrid jugando a la épica y el contrario perdiendo tiempo. Lo normal, vamos. Raúl García resbala, hace falta al contrario y el árbitro, valiente él, lo expulsa. Me gustaría ver lo que hace cuando se resbala, digamos por ejemplo, Raúl pero en este caso González. Lo más probable es que expulse al jugador con el que choque. Si con once este equipo es incapaz de tener el balón, llevar la iniciativa y jugar al fútbol, con diez lo es todavía menos. Voluntad, derroche de fuerza y ni una ocasión de gol. Lo normal, vamos. Fin del partido.

El atlético de Madrid está donde está por la fastuosa calidad de sus delanteros. Así de claro. Este equipo vive demasiado en el límite y mientras Forlán, Agüero y algún otro jugador se apunta de vez en cuando a la fiesta nuestro entrenador (que no lo es) se dedica a convencer a todo el mundo que el atlético de Madrid no merece quedar por encima del sexto puesto y que hacerlo es por tanto un gran éxito. Ahí radica la cuestión. Pitarch mientras tanto se dedica a probar el mini-bar de los hoteles de cinco estrellas brasileños, Cerezo a reírse con sus amigos periodistas y Miguel Angel Gil vete a saber a lo que se dedica. Eso señores es hoy el atlético de Madrid.

2 comments

joseluis 18 feb. 2008 2:39:00

Es penoso. Este Atleti como equipo es el peor de los últimos 20 años. No juega a nada. Simplemente confía en que sus delanteros solucionen la papeleta bajando a por el balón y metiendo el gol. Lamentable...
Hecho de menos incluso a algunos de los entrenadores más nefastos que han pasado por el Calderón en los últimos tiempos: desde Marcos Alonso hasta Ferrando... A estos se le podía criticar por el pésimo fútbol del equipo, pero el equipo estaba entrenado a algo. Aunque fuera a jugar mal... Pero al menos los jugadores sabían donde colocarse en la salidad de un corner o ante el lanzamiento de una falta...

El problema es que nadie parece darse cuenta de todo esto. La gente vive felizmente viendo dos o tres jugadas geniales de Agüero o Forlán que les sacan en los resúmenes mientras hacen zapping en el sofá.

Aguirre, por favor, dimite, porque desde luego no te van a echar...

Billie 18 feb. 2008 21:04:00

Realmente desde la cúspide del poder hasta el último de los utilleros este club está como para construirlo enterito. Muy buena crónica. Saludos.