Mi primera copa


La primera final de Copa del Rey que yo recuerdo no fue un partido contra el Real Madrid sino contra el Athlétic de Bilbao. Mi primer recuerdo de esa competición no es por tanto una efervescente tarde en algún flamante estadio patrio, rodeado de banderas colchoneras y desgarradores gritos que loaban el combativo espíritu rojiblanco, sino una silenciosa noche de verano pegado al regazo de mi padre en un lugar concreto del Puente de Vallecas. No sé si es muy espectacular o no (no lo parece, desde luego) pero esa es la primera final de copa que recuerdo. Lo será además para siempre. 

Uno era entonces lo suficientemente pequeño como para que acudir al estadio no fuese algo de obligado cumplimiento ni una necesidad imperiosa. Tenía la edad temprana en la que la vida es exclusivamente eso que ocurre al otro lado de la puerta que te abren tus padres. Ese maravilloso momento de la existencia en el que te levantas todos y cada uno de los días sin tener ni puñetera idea de lo que te va a ocurrir después. Y podía ser cualquier cosa. Ir al colegio, bajar al parque, quedarte viendo una del Oeste, salir al cine, ir a comer en casa de los abuelos,… o quedarse en casa porque el Atlético de Madrid juega la final de la Copa del Rey. 

Recuerdo verlo con mi padre, sentado en un sofá tricolor de una espuma tan blanda y quebradiza que hacía que todos los allí sentados (más de dos era hablar de una arriesgada quimera) resbalarán hacia el más pesado de los presentes. Aquel sillón barato y malo venía de nuestra casa anterior pero también nos acompañaría hasta la siguiente. De hecho no tengo certeza de que haya desaparecido. Estábamos allí, piel con piel, en esa habitación al lado de la puerta que hacía las veces de “cuarto de estar” y en el que teníamos la televisión mala. ¿Por qué estábamos allí? No lo sé. Puede que fuese una decisión fetiche de mi padre, algo que de ser así explicaría el origen de una de mis más absurdas debilidades, o puede que mi madre hábilmente se hubiese hecho fuerte en la zona noble de la casa antes que nosotros. No lo sé. Lo que sé es que el que no estaba en aquel pequeño cuarto era mi hermano, por mucho que cuando lea esto me diga que si que estaba (que ya nos conocemos). Por mucho que lo niegue es así. El insigne, furibundo y epidérmico colchonero que es hoy en aquel entonces era sobre todo un impredecible rebolera, que cuando yo calzaba la rojiblanca, él, para sorpresa de todos, se enfundaba el traje de portero de la Real Sociedad. Arconada, ya saben. 

Recuerdo ver el partido casi en penumbra y con la luz apagada. La legendaria aversión de mi progenitor por los rigores del calor estival en Madrid era ya por entonces patológica más que legendaria. Tan pintoresca "enfermedad" sólo ha ido a peor desde entonces. Su mítico ritual anti-calores, depurado posteriormente hasta límites infinitos, no era por tanto negociable. Ventana abierta, luces apagadas, pantalón corto y pecho descubierto. Por eso sé que ese día debió hacer bastante calor. Porque me acuerdo de esa imagen. El volumen de la televisión estaba apagado (ya entonces la televisión tenía un problema con los narradores de fútbol) así que escuchábamos el encuentro a través de un pequeño transistor negro, que tenía la opción de recibir Onda Corta, pero que entonces debía tener sintonizada Radio Intercontinental o Radio España o alguna de esas emisoras adultas que me encontraba sonando en el baño cuando me levantaba por la mañana. Apenas hablábamos. Cuando enfocaban a las gradas podíamos observar aquella inmensidad de felices bilbaínos que por la tarde habíamos visto dando colorido al Paseo de la Castellana volviendo a casa. No sé si nos doblaban en número pero a mí me lo parecía. Recuerdo como en la radio decían que la afición colchonera “había fallado”. Recuerdo también como en ese momento volví a sentir una incómoda sensación que tenía entonces, cuando viendo partidos en el Calderón me rodeaba el cemento y era raro llegar a la media entrada, pero que no  he vuelto a tener después. La de sentir que los aficionados al Atleti éramos muy pocos. Ingenuo. 

Y llegó el primer gol. Landaburu sacaba un córner de forma magistral y entre el larguero y el brazo de un tal Urtubi conseguían que el balón no entrara en la red. El árbitro pitó penalti y el entonces glorioso Hugo Sánchez nos deleitaba con la primera de sus características “palomas”. Un gesto que, quién me lo iba a decir entonces, llegaría a odiar con todas mis vísceras. Salté del sillón gritando gol mientras dejaba a mi padre con los brazos en alto y el culo al ras del suelo repitiendo su mantra clásico - muy pronto, muy pronto... han marcado muy pronto. - Para mi padre un gol antes de la media hora en una partido de eliminatoria era (y es) marcar demasiado pronto. ¿Por qué? No lo sé. Dijo lo mismo cuando Salinas marcó en el Bernabéu en un mítico 0-4 y dijo lo mismo cuando Falcao hizo el primero del 0-3 en Bucarest. Sé además que lo volverá a decir la siguiente vez que ocurra. 

El sol se escondía tras la ventana y la oscuridad se hacía cada vez más fuerte. Mientras los ardorosos jugadores vascos trataban de remontar el partido, cuidando que los colchoneros no destrozaran definitivamente la final en uno de sus característicos contrataques, lo único que se veía en aquel cuarto era la  luz lechosa que emitía el tubo de rayos catódicos y la punta incandescente de los cigarrillos que mi padre iba enlazando. Uno detrás de otro. Tres Carabelas, sin filtro. Y llegó el segundo gol al poco de empezar la segunda parte. De contrataque, claro. Hugo Sánchez de nuevo, batiendo a un joven Zubizarreta tras pase de Landaburu. Y volví a gritar gol todavía más fuerte. Y mi padre ya no decía nada ni ejercía de cenizo. Se limitaba a sonreír. Y apareció mi madre, que viendo la sonrisa estúpida que teníamos los dos en la cara no pudo reprimir una parecida en la suya. El Athlétic logró recortar distancias a falta de un cuarto de hora del final con una buena jugada de Sarabia que culminó un espigado y prometedor joven llamado Julio Salinas, pero no recuerdo que sufriéramos demasiado a pesar de lo que hoy cuenta mi padre y las crónicas. 

Cuando el árbitro pitó el final nos levantamos los dos y nos fundimos en un abrazo. Simple. Natural. Precioso. A continuación me puse a saltar chillando y salí corriendo para recuperar la bufanda de mi habitación y sacarla por la ventana. Quería gritar a los muermos de mis vecinos que el Atleti acaba de ganar la Copa del Rey. ¡Qué se enteren! Nadie me dijo que no pudiera hacerlo a pesar de la hora que era por lo que deduzco que los adultos querían hacer lo mismo. Mi hermano se apuntó, por supuesto. A esas cosas siempre se apuntaba. De camino, en mitad del pasillo, mi madre me pegó un beso en la cara dándome la enhorabuena como si yo fuese Hugo Sánchez, acabase de marcar dos goles y en lugar de correr por el pasillo estuviera dando la vuelta a un estadio Santiago Bernabéu lleno de aficionados vascos. Pero yo no era Hugo Sánchez. Ni antes ni después. Yo me pedía ser Rubio, que era extremo izquierda como yo. Mi padre nos seguía a mi hermano y a mí agarrado a esa radio de Onda Corta que nunca soltaba y que no dejaba de emitir los sonidos de la victoria. Del presidente, de los jugadores, de los analistas, de los aficionados… De repente un locutor de voz aflautada, de esos que entiende que la información deportiva siempre tiene que ir redactada para oídos del equipo del poder (y que hoy copan las redacciones de los principales medios de comunicación) dijo de repente no sé que de la Universidad de Méjico y de que Hugo Sánchez estaba fichado por el Real Madrid. La sangre se me congeló por un momento. Me acordé con toda la mala educación que pude de la familia de aquel locutor de voz aflautada y me dirigí a mi padre con histérica retórica. - Eso no puede ser, ¿verdad?- Le dije. Mi padre, prudente él y con muchos años ya de colchonerismo militante a la espalda prefirió no engañarme. - Quién ha ganado hoy la Copa del Rey es el Atlético de Madrid. Que no se te olvide. – Me contestó. Y tenía razón. 

El viernes que viene, en una decisión voluntaria no estaré en el Bernabéu. Veré el partido atenazado por los nervios en algún rincón de alguna casa en la que se respire colchonerismo. Hay muchas formas distintas de sufrir y disfrutar con el Atleti y cada uno probablemente tenemos la nuestra. Sé que ocurra lo que ocurra hablaré esa misma noche con los otros tres protagonistas de esta historia. Por eso, por cómo y con quién lo veré, por el momento, por las sensaciones que tengo y por muchas otras razones que no vienen al caso me he acordado hoy de mi primer recuerdo de Copa del Rey.

7 comments

Dami Fernández 15 may. 2013 12:48:00

Qué gran historia... Yo la única que viví tenía 8 años y apenas recuerdo nada. El resto 3 derrotas ante Valencia, Espanyol y Sevilla.
Ojalá el viernes nos den una alegría estos cabrones que ya va siendo hora de romper la maldición y la falta de orgullo. Saludos!

cdelrui 15 may. 2013 14:46:00

Joé, D. Ennio, me ha tocado la fibrilla.
Yo no tengo muchos recuerdos de aquella, tenía 8 años como D. Dami.
Mi primera, la del 91, tiene un recuerdo imborrable, porque la viví en el campo y hacía poco mas de un año que mi padre (irredento atlético) se había marchado al tercer anfiteatro. Recuerdo aquel partido, aquella final, aquellas lágrimas mirando al cielo mientras Schuster recorría toda la grada con los brazos en alto, aquellos abrazos con cualquier desconocido que llevase puesta una rojiblanca...
Este viernes tiene que ser, de nuevo, una alegría. Ya toca.

Buenos dias.

cdelrui 15 may. 2013 14:47:00

Uy, ahora que repaso el comentario de D. Dami, creo que es muuucho mas joven que yo....

Joaquín 16 may. 2013 9:31:00

Don Ennio también me ha tocado la fibra y no solo por evocarnos el encuentro en sí, sino por ese cuadro familiar que nos ha dibujado y que todos tenemos colgado en algún rincón de nuestro ser. En todo caso, se me agolpan los recuerdos. Me da la impresión de que yo soy un poco mayor que alguno de vosotros, pues ese día yo estaba allí, de pie, detrás de la porteria de ese fondo norte de Chamartín -que bonito nombre Chamartín de la Rosa, donde nació mi madre- que este sábado volveremos a ocupar. Y sí me dió la impresión de que éramos menos, sobre todo si fijabas tu mirada en el fondo sur, que era un mar de banderas del Bilbao -para los de mi generación nunca ha sido el Athletic- y de otras enseñas que se desplegaron y que para muchos nos eran extrañas: las ikurriñas. Sí, eran más y gritaban más, a pesar de que nosotros nos dejamos la voz. Habían hecho su habitual despliegue cada vez que viajaban a Madrid. Una ciudad que tomaban y ¿por qué no decirlo? era una fiesta cada vez que bajaban a ver una final de Copa. Esos tiraduros de Bilbao... y esa parafernalia, tan apabullante, tan vasca, como algunos pudisteis ver en Bucarest. El hecho es que ganamos y que no lo aceptaron de muy buen agrado porque hubo incidentes y creo que tuvo que cargar la Policía. En mi retina también un Hugo Sánchez alborazado dirigiéndose al fondo norte, siendo consciente, seguro, de que era su último partido con el Atleti para hacer un recorrido que helaría nuestros corazones.

Y bueno, puestos a recordar mi primera final y mi primera imagen. Años 70. Fue contra el Valencia y también en Chamartín. Recuerdos un tanto borrosos porque yo era un niño. Se que ganamos pero no me preguntéis quien marcó los goles y como se marcaron. Recuerdo que hacía mucho calor, que me fije en una rubia minifaldera seguidora del Valencia y que fui de la mano de mi tío Manolo, el que un día llegó de Tetuan para inocular un agradable veneno a un niño de acrecentada familia blanca.

Quedan pocas horas para una nueva final. Juega el Atleti, nuestro Atleti y por eso jugamos todos, los que estemos en el campo o los que lo estén fuera y lo vean, lo sigan y lo sientan, desde cualquier punto de Madrid, de España o del resto del planeta. Nos representarán 11 vestidos de corto, pero jugamos todos y esta vez no será como con el Bilbao, ganaremos en las gradas, seguro y por goleada. ¡Ojala lo hagan en el campo los depositarios de nuestras aspiraciones!. Solo así podrá quedar claro "quien manda en la capital". Un fuerte abrazo a todos y un sólo grito: ¡Aupa Atleti, orgullo de Madrid y gloria de España!

Perico 16 may. 2013 20:58:00

Yo también estuve. Es la suerte de ser el menor de los hermanos, que no tenía edad para ir sólo (15 años) pero sí si ellos me acompañaban (eran tan atléticos o más que yo).

Recuerdo la sensación agridulce de apoyar a un Hugo que ya sabíamos que se marchaba al Madrid. Recuerdo que sólo fuimos 15.000 atléticos porque muchos se negaban a ir a "zona contaminada" recuerdo el salir contento del Bernabéu, por esa victoria 2-1 y tener que plegar la bandera ante el cabreo de unos pocos aficionados del Bilbao (es verdad, antes se les denominaba así) que amenzaban con pegar una paliza a los capullos del Atletico (menos mal que los colores coincidían).

También fue mi primera copa.

Edupum 16 may. 2013 23:13:00

Fantásticas historias todas; de tantos años siguiendo al atleti me parece haberlas vivido todas en otro tiempo u otro lugar.
Mi primera final fue la del 91, contra el Mallorca, con 9 añitos y ya dando guerra colchonera. Recuerdo pedirle a mi padre antes de empezar la prorroga sí podíamos marcharnos, ya que no soportaba los nervios. También me acuerdo que apenas pude ver el gol de Alfredo, ya que al ser una ocasión cantada, toda la grada se levantó y yo era muy bajito. Vi la tristeza de seguidores bermellones y empecé a burlarme de ellos, lo que me valió la reprimenda de mi hermana Eva, que me recordó que había que ser deportivo, y pensar en la tristeza de esa gente tras el largo viaje realizado. Mis últimos recuerdos son bajando la Castellana, con mi primo Javi totalmente desatado cantando y saltando...
Ojalá mañana tengamos otra bella historia que recordar y contar dentro de unos años. Un abrazo a todos y forza Atleti

Anónimo 16 may. 2013 23:41:00

Porque los héroes nunca nacieron bajo toisones reales.
Porque la historia no se escribe con pluma de oro.
Porque la luz llega siempre sin desdoro,
en manos del humilde victoria, sol y paz primaverales.

Mas que nunca el Atleti en mi corazón.

Jesus.