Disfruten

Ath. Bilbao 1 - At. Madrid 4

Habían sido 45 minutos de espanto. El Athletic Club de Bilbao había optado por minar el centro del campo, elevar el balón y poner toda la intensidad posible para llevarse el partido frente a esos madrileños, los que viven fuera de la circunscripción de Dios, que últimamente siempre ganan en San Mamés. Acertaron de pleno. Los balones altos eran todos de Aduriz, los rechaces eran todos para los leones y los llamados colchoneros pululaban por el campo sin poder agarrarse a ningún plan concreto. Aturdidos. Derrotados por su propia medicina. La típica falta absurda de Raúl García al borde del área permitió que Rico cabeceara a puerta e hiciera el primer gol del partido. El marcador hacía justicia a lo que pasaba en el césped. Poco después el mismo Aduriz, el mejor de la primera parte, a punto estuvo de hacer el segundo. Terminado el tiempo reglamentado, el Atlético de Madrid, desbordado, encaraba el túnel de vestuarios sin chispa en la mirada. Las redes sociales echaban jugadores a diestro y siniestro. Los gurús del análisis argumentaban una lista interminable de errores que justificaban el ocaso y los histéricos invocaban el apocalipsis, mientras hablaban de fin de ciclo.

Nunca sabremos lo que ocurrió durante quince minutos en el vestuario visitante de la llamada Catedral del fútbol, ese lugar presuntamente místico del que, por alguna razón, nadie puede decir jamás una mala palabra. Curioso. Nunca sabremos desgraciadamente lo que salió de la boca de Simeone pero Griezmann se chivó al final del partido, en uno de los micrófonos oficiales del equipo de Dios (porque todos los micrófonos del universo y de la galaxia son micrófonos oficiales del equipo de Dios): “Disfrutad, dadlo todo y acabad bien un año que ha sido fantástico”. Genio.

El Atleti acababa de ganar 1-4 con 3 goles del francés. En ese momento, feliz por la victoria que cierra el año y en vísperas de la lotería de navidad, recordé que los aficionados al equipo de los herejes, el de las rayas rojas y blancas que tanto molestan al blanco atómico y pluscuamperfecto, ya nos tocó el gordo con la llegada de ese argentino de mirada penetrante y dudoso gusto por la peluquería. Un genio del fútbol que no sólo ha transformado a un equipo entero sino también a la sociedad que lo alimenta. Un tipo molesto y difícil de plegar que incomoda sobremanera a los pestilentes y mediocres peones del poder que como fístulas impregnadas en pus ocupan todos los poros. Un tipo que nos ha hecho grandes pareciendo pequeños. Que es de nuestra misma pasta, de los que se crece nadando a contracorriente y de los que antepone el orgullo de la integridad a los ejercicios de felación bucal, tan necesarios hoy en día en el deporte de élite y los medios de comunicación.

A los 30 segundos de reanudarse el partido el Atleti consiguió por fin poner el balón en el suelo y darle siete toques de primera. El último de ellos fue un remate de cabeza de Griezmann al palo derecho de la portería bilbaína que ponía el 1-1 en el marcador. Simeone correteó por la banda para abrazarse a un Juanfrán pletórico que acababa de dar el pase de gol, dejando dos cosas claras por el camino. La primera, que algo de los conceptos que hilvanaron esa  jugada se había gestado pocos segundos antes en la caseta. La segunda, que los equipos apóstatas que no se doblan a la religión oficial no pueden alegrarse de sus goles y que merecen la tarjeta amarilla por el simple hecho de existir.

El Atleti era ya otra cosa entonces. Presionaba en campo contrario, igualaba el nivel de intensidad de su rival y trataba de imponer su personalidad. Obviando el terrorífico gris de esa camiseta que homenajea las misiones de Comando G, el equipo se fue a ganar el partido. Merodeando el área euskaldun, Tiago regateó en el área un balón que se le fue largo. San José llegó al cruce y pareció chocar con el portugués pero no fue así. Puede que ni siquiera se tocaran. El árbitro pitó un penalti que no lo fue y los bilbaínos tienen razones para quejarse del árbitro porque esa acción, clave, les sacó del partido. Raúl García daba la vuelta al marcador transformando la pena máxima y ya nada volvió a ser como era. Los de Valverde trataron de inclinar el campo hacía el lado madrileño pero los de Simeone sólo les dejaban llegar hasta la frontal del área. Acoso y derribo que era más apariencia que realidad. No me gustó la actitud de los colchoneros sin embargo que en lugar de sacar al equipo del área, controlar el balón y el partido, prefirieron achicar agua renunciando a jugar. Pero una vez más los datos deslegitiman mis cuitas. A falta de quince minutos, un cinematográfico robo de balón de Arda acaba con un gran pase de Gabi a la espalda bilbaína que recoge Griezmann como si estuviese haciendo arte con pompas de jabón. En tres toques de maestro se fabrico el gol que ponía el 1-3. El cuarto que redondeaba la fiesta de los colchoneros y del francés llegó tras nuevo contraataque fulgurante de los madrileños y seguramente en fuera de juego. Gran noche sin embargo la de Griezmann que espero le sirva como punto de inflexión en lo personal y como prueba de lo gran jugador que es para esos cenizos, con especial querencia por abrazarse al drama, que lo cuestionaban.

El Atleti cierra un año maravillo en lo alto de la tabla y clasificado en todas las competiciones. Disfrutemos de este momento. Hagámoslo pero no como homenaje al pasado o como medida preventiva para un futuro que será catastrófico. No. Disfrutémoslo porque, de hecho, es maravilloso y merece ser disfrutado. Porque lo merecemos. Quieran o no quieran los arcángeles del equipo de Dios con los que lamentablemente tenemos la desgracia de convivir. Esos que tienen bloqueados y retenidos, manus militaris, todos los canales de comunicación. Que digan lo que les de la gana. No hablan para nosotros.

Con esta crónica se acaba el año 2014 y se cierra el blog hasta nueva orden, así que les deseo a todos ustedes todo lo mejor para un feliz año 2015. Un millón de gracias a todos y cada uno de los que en algún momento de su vida se han pasado por aquí y muy especialmente a los que se han atrevido a dejar evidencias de ello. Les estoy eternamente agradecido.

@enniosotanaz


      

Querido Sancho...

At. Madrid 0 - Villarreal 1

“La falsedad tiene alas y vuela, y la verdad la sigue arrastrándose, de modo que cuando las gentes se dan cuenta del engaño ya es demasiado tarde”

La noche en la que el Club Atlético de Madrid perdió frente al Villarreal es una de las noches más tristes que recuerdo en el Vicente Calderón. Será una noche que probablemente sitúe un hito en el camino de la historia colchonera y que marcará un antes y un después. Es la noche en la que triunfó el sistema sobre la pureza del ingenuo. El momento cumbre de un fenómeno mediático que venía gestándose en las mesas de redacción y los canales de comunicación que manejan los magnates del fútbol. esos que, de forma torticera, viven de esto. La victoria del poder organizado y poderoso frente al caos desubicado de los que sólo saben defenderse con los sentimientos. El éxito del dinero fácil. De la intolerancia. De la ruindad. Del pensamiento único. Del rodillo. De la mediocridad. De ellos.

"Cada uno es como Dios le hizo, y aún peor muchas veces."

No hubo partido. No existió. Lo que ocurrió en el césped fue un ejercicio de filibusterismo producido por el sistema, guionizado por los estómagos agradecidos que viven del cuento, manipulado por personajes de siniestra catadura moral y repugnante fondo cívico como el tal Marcelino, pero ejecutado finalmente por un colegido miserable (sí, miserable) de cuyo nombre no quiero acordarme. No hay más. Me niego a hablar de árbitros en clave de errores humanos. Me niego a rebajarme al análisis de jugadas puntuales o apreciaciones separadas del contexto que efectivamente pueden ser simplemente fruto de la mala suerte. Llevo siete años escribiendo en este blog y nunca lo he hecho así que no voy a empezar ahora. Hay buenos y malos arbitrajes. Hay buena y mala suerte. Mejores y peores tardes. Hay decisiones afortunadas y desafortunadas, pero lo que el representante del colegio arbitral ejecutó sobre el césped del Manzanares fue otra cosa que se parece mucho más a un depurado ejercicio de patriotismo. De fidelidad y obediencia debida a un monstruo grasiento y poderoso que, al fin y al cabo, dirige su destino y lo da de comer. Ni siquiera se le vio afectado (todo lo contrario) consciente de saber que no estaba solo en la empresa. Docenas de plumillas y ladradores con salario lo protegían desde las cabinas de prensa y otros cientos de soldados de mayor rango, la inteligentzia mediática, le protegerían después con explicaciones gráficas y argumentos peregrinos. El contexto es lo suficientemente robusto como para que no existan fisuras. No puede haberlas en las dictaduras. No hubo partido. No existió, así que sería absurdo hablar de fútbol en ese contexto. Que lo hagan los que comen de la mentira o los que defienden su chiringuito de fama. Yo no. El partido estaba ganado por Marcelino 24 horas antes en una vomitiva rueda de prensa, auspiciada, protegida y alentada por las fuerzas vivas de “la mejor liga del mundo”. El partido estaba ganado (o perdido) antes de jugar.

"El hacer bien a villanos es echar agua en la mar."

La cacareada expulsión del Frente Atlético ha provocado, de forma incomprensible, el cisma entre la afición. Ingenuamente pensé que el momento serviría exactamente para todo lo contrario pero nada más lejos de la realidad. Personalmente entendía dicha expulsión como una oportunidad estupenda para reivindicar a esa inmensa mayoría de habitantes del Fondo Sur que nada tiene que ver con la violencia o sus derivados. Ese grupo de gente, aficionados normales como yo, que suponen una de las vísceras más importantes del estadio. Era el momento de dar un paso al frente, de depurar minorías corrosivas que quitan más que dan y de demostrar al mundo lo que de verdad es el aficionado al Atlético de Madrid. No ocurrió nada de eso. Los miles de aficionados que entraron en ese Fondo Sur por alguna razón entendieron que la decisión del Club era una especie afrenta personal y decidieron situarse al margen del equipo y del resto del estadio. En silencio. Intentando demostrar no sé exactamente qué, pero seguramente consiguiéndolo. El ambiente era raro. Muy raro. El resto de aficionados del estadio intentaban de algún modo tapar el atronador silencio que planeaba sobre el terreno de juego pero la falta de organización, la incomodidad del momento y la falta de costumbre hacía que el resultado no fuese satisfactorio. En el fondo sur no se decía nada más allá de tímidos aplausos que sarcásticamente aplaudían los errores arbitrales y algún que otro reclamo de derechos de autor sobre las canciones que normalmente suenan en el coliseo rojiblanco. Todo muy surrealista. Todo muy triste. Lejos de lo que ocurría en el terreno de juego, Fondo Sur y Resto del Estadio se dedicaban a echarse en cara no sé exactamente qué, tampoco. Mientras que los verdaderos violentos estaban seguramente en algún lugar a muchos metros de distancia del Vicente Calderón la grada del estadio se desangraba quedándose sin corazón.

“Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.”

Abandoné el estadio con la sensación de que nos habían derrotado. No el Villarreal (eso son sólo tres puntos), sino el sistema. Ese poder en la sombra al que pone cara el poder mediático. La brutal campaña de acoso y derribo que ha sufrido el equipo ha sido tan exagerada como nauseabunda, pero esos constantes intentos denodados (y violentos) por desestabilizar al Atleti y su entorno por fin han acabado dando sus frutos. Un trabajo pulcro y concienzudo que además ha necesitado la colaboración formal de todos y cada uno de los medios de comunicación que, como una engrasada máquina de matar, han actuado al unísono a la hora de marcar la tendencia entre los seres vivos. Ser aficionado colchonero se había convertido no ya en una cuestión de consumir o no consumir sino de tener directamente tener que abandonar el país o doblar el espinazo ante la fe única. Bien, lo han conseguido. Es la sensación con la que me quedo. El caballo de Troya está dentro. El enemigo ha invadido la intimidad clandestina que nos protegía y se está recreando en la ejecución de una violación no consentida.

“Yo soy de parecer que el pobre debe contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo.

Malos tiempos para la lírica, que diría aquel. Los augurios no son nada halagüeños para el aficionado a las rayas rojiblancas que si antes, cabalgando la elite deportiva, tenía que sobrevivir entre las toneladas de estiércol que a diario arrojaban sobre él, ahora tendremos que pelearnos entre nosotros, como doncellas desnudas en una charca de barro, para regocijo de los mismos generadores de detritus. Perdidos, enfadados, desorientados y tratando de buscar el equilibrio en un escenario terriblemente  hostil y diseñado por gentes de mucho poder, mucho dinero y muchos más recursos. Mientras tanto la cabeza dirigente, los prescritos Gil y Cerezo, por supuesto ni están ni se les espera. Personalmente creo que los aficionados al Atleti (y el Atleti en sí mismo) sólo tiene una vía de salvación que pasa por estar juntos. Siempre ha sido el único resorte que los enemigos no han podido alcanzar y por el que perdían el sueño. El elixir que nos hacía poderosos. A pesar de todos los pesares siempre estábamos ahí, como una roca. Frente a la incomprensión de los espectadores ajenos y la rabia contenida del que cabalga a lomos del caballo ganador. ¿Cómo podéis ser del Atleti?, nos decían. Pero han logrado alcanzar ese resorte también y lo están destrozando a dentelladas. Está en nuestra mano que lo consigan o no. O puede que ya ni siquiera.

"No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmalazado."



Italianissimo

Juventus 0 - At. Madrid 0

Una vez, cerca de Palermo, estaba viendo por la televisión un programa de fútbol en el que hablaban del éxito de los entrenadores italianos en el continente europeo. Más allá de las razones que esgrimían para demostrar su hipótesis (muy interesantes todas ellas) me llamó mucho la atención que entre el grupo de entrenadores italianos de éxito que citaban en su lista incluían también al Cholo Simeone. Aunque todos los presentes en la tertulia parecieron aceptarlo sin discusión, en un momento dado uno de los analistas aclaró que incluía la figura del argentino básicamente porque lo consideraba un entrenador criado en Italia y de la escuela italiana. En aquel momento me quedé sorprendido de la reflexión pero más tarde me rendí ante la evidencia. Es así. Simeone es futbolísticamente italiano hasta en los andares y hoy, en un escenario italiano a más no poder, ha salido triunfador jugando a su mismo juego.

El partido entre la Juventus y el Atleti que acaba de terminar hace un rato creo que no merece una elaborada crónica futbolística cargada de bonitas metáforas y floridas construcciones literarias. Más que un ejercicio de estilo sería de hecho un traición a lo que ha ocurrido en el césped. Poco fútbol, mucho nervio. El equipo turinés, el equipo de Italia por excelencia, saltó al campo consciente de lo que se jugaba. Una derrota lo echaba de la Champions (siempre que los griegos ganaran el El Pireo como así acabó ocurriendo), un empate lo clasificaba segundo y una victoria por dos goles lo colocaba primero de grupo. Difícil panorama para encarar un partido de fútbol desde el punto de vista especulativo. No lo hizo. Los de Allegri salieron a comerse al rival con un nivel de intensidad, presión y juego acorde con el rugir de una grada espectacular. Una ambiente hostil que pone a prueba el carácter del equipo que está enfrente pero de eso, de carácter, es precisamente de lo que este Atleti del Simeone anda sobrado. Sin mover un pelo, los madrileños plantaron cara como saben. Con rigor, fuerza, intensidad y generosidad táctica. Sin doblar el pulso. Sin soberbia pero sin miedo. Los dos entrenadores se habían estudiado hasta la extenuación y si la defensa “mixta” de Mandzukic a Pirlo hacía retrasarse unos metros al astro transalpino, la rápida circulación de balón de los de Turín hacía que el eficaz balance defensivo madrileño presentase pequeñas grietas. Especialmente por ese lado izquierdo que tanto le cuesta defender al bueno de Siqueira. Pero mientras que el balón fue prácticamente monopolizado por los italianos toda la primera parte, la realidad es que las mejores ocasiones (las únicas, de hecho) llegaron de lado madrileño, especialmente un remate de Koke desde la izquierda que Buffon sacó al poco de empezar el partido, demostrando por enésima vez lo buen portero que es.

La segunda parte siguió por los mismos derroteros. Quizá con algo menos de profundidad por parte de los colchoneros, lo que provocó el que durante el primer cuarto de hora saltasen algo las alarmas. Incluso aparecieron ciertas inseguridades en un Moyá que por otro lado apenas había entrado en el partido. Pero esos minutos sirvieron también para coronar a los que ya estaban siendo los mejores del encuentro, los dos centrales. Muy especialmente a un excelso Giménez que hoy se ha graduado como jugador de élite en el mejor de los escenarios posibles. El partido que se ha marcado el joven uruguayo es de enmarcar. De esos que muy probablemente supongan un antes y un después en su carrera.

Pero mediada la mitad de la segunda parte me han venido a la cabeza las palabras de Michel al acabar su partido del Calderón. El reconvertido madridista dijo que llevaba muchos años en el fútbol y que sabía como acababan estas cosas. Es decir, que pasarían Atleti y Juve. Cualquiera que haya visto el partido (salvo que sea periodista deportivo español, tertuliano español de éxito o tenga dañado el cerebro) habrá comprobado que el fantasma del “Biscotto” que amenazaba con aparecer no lo hizo. Se jugó de poder a poder. Pero es cierto que a falta de un cuarto de hora del final las cosas empezaron a verse de otra manera. Probablemente Michel se refiriera a esto último, no lo sé, pero es cierto que estas cosas sí que pasan en el fútbol normalmente. Los italianos eran conscientes de que los griegos ganaban y que un gol del Atleti les echaba fuera así que minimizaron los errores y dejaron de arriesgar. Los colchoneros sabían que el empate les dejaba primeros así que dejaron hacer a la Juventus. Al fin y al cabo es lo que estaban haciendo ya desde hacía rato, concentrados más en defender que en atacar. Como si de un lenguaje de signos se tratara, los entrenadores decidieron también no hacer ningún cambio, en lo que a mí me parece un mensaje cifrado desde los banquillos: “si tú no vas yo no voy”. Voilà. Empate a cero.


El Atleti pasa por segundo año consecutivo primero de grupo y lo hace en un estadio histórico, el de la Juve, que celebraba a rabiar quedar segundo por detrás de los madrileños. Histórico. Estoy escribiendo estas líneas muy cerca del barrio de Ste. Catherine en Bruselas. Llevo desde ayer rodeado de aficionados al fútbol de toda Europa que no paran de verter elogios sobre el Atlético de Madrid. Siguen haciéndolo. Me transmiten su envidia y me dicen el ejemplo que supone este equipo para el mundo del fútbol. El éxito romántico de un equipo que se impone al dinero y las estrictas reglas del fútbol moderno. Lo dicen ellos, no yo. La imagen del Atleti que se recoge de todas esas opiniones, es también lo que leo en la prensa local, la inglesa, la francesa, la italiana. Pero esa imagen no tiene curiosamente NADA que ver con el equipo que describen los diarios, las televisiones y las emisoras de radio españolas. De hecho, lo que dice todas esa Pléyade de estómagos agradecidos, es todo lo contrario. No hace falta salir de España para verlo pero haciéndolo es todavía más fácil confirmar la auténtica pocilga que supone el mundo del periodismo deportivo patrio. Lo bochornoso, lamentable y repugnante que es tener que aguantar lo que aguantamos los aficionados al Atlético de Madrid teniendo a esa gentuza como referentes de un país. Los dichosos mercenarios de la caspa. Qué asco.  

Deslumbrados

Elche 0 - At. Madrid 2

Es muy difícil enfocar la vista con un torrente de luz apuntando a los ojos. En esas circunstancia lo normal suele ser permanecer deslumbrado intentando no peder el norte, e incluso tener que soportar episodios de ceguera temporales. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos acostumbrados a vivir en condiciones muy semejantes. El intenso e infinito haz de luz, supuestamente blanca, que como un torrente insaciable brota de la galaxia profiláctica con la que los medios de comunicación han conquistado el mundo, hace muy difícil poder ajustar la visión sobre cualquier cosa medianamente interesante y al margen de su selección de delicatessen. Pero es que además, insaciables en su cruzada por aniquilar cualquier atisbo de inteligencia entre la información deportiva, al sistema no le basta con ocupar todos y cada uno de los poros de la información sino que tiene como misión proritaria exterminar cualquier traza de disidencia que pueda existir en el único mundo posible. El de “todos”. Pero cierren los ojos por un momento y reflexionen. Intenten abstraerse de esa sensación de que las cosas no marchan en el Atleti, de que hay que resignarse a lo que tenemos y de que “ya nada es como antes”. Concéntrense en los hechos y en los datos. Después de 14 jornadas el Atleti está a 4 puntos del “mejor equipo de todos los tiempos y todos los universos pretéritos y futuros” al que además ya ha ganado en su campo. Es supercampeón de España (ganando precisamente al equipo de “todos”) y está matemáticamente clasificado para octavos de la Champions League. La última vez que perdió un partido en casa teníamos otro rey en este país. Cada vez que hay partidos internacionales Simeone tiene que entrenar con el filial. Mandzukic lleva más goles con el Atleti que Diego Costa con el Chelsea y si miras al banquillo colchonero ayer puedes ver a: Griezmann, Cerci, Miranda, Oblak, Ansaldi o al Cebolla Rodríguez, todos ellos internacionales por su país. ¿Dónde está el problema? pregunto. Es evidente que únicamente está en nuestras cabezas. En la falsa sensación de angustia provocada por el efecto deslumbrante y mentiroso del foco.

El Atleti ganó en Alicante con una solvencia y superioridad impropia de otros tiempos. De casi todos los tiempos, seamos honestos. Después de muchas décadas viendo fútbol habría que ser muy imbécil para reconocer que la temporada 2013/2014 fue excepcional en casi todos los sentidos. Está bien que nos hayamos acostumbrado a que empatar fuera de casa sea un fracaso pero seríamos muy estúpidos si olvidásemos que eso no siempre fue así. El Atleti saltó al Martínez Valero a ganar el partido que es lo que tiene que hacer en todos los campos y lo hizo, claro está, con el traje diseñado por su entrenador. Un traje que a mí no me gusta (se me abren las carnes viendo a Griezmann en el banquillo) pero un traje con el que ganamos. Y no hay más. En evidente que a Simeone no le convence el aporte táctico y defensivo del francés y es evidente que no lo considera titular en partidos que intuye exigentes a ese respecto. No lo entiendo pero él ha ganado la liga y yo no. Simplemente por eso mis opiniones (lícitas, ojo) tienen que venir pulidas por el mayor de los respetos hacia la figura que nos ha devuelto a la elite.

El juego comenzó tosco e impreciso. Los alicantinos atrás, compactos y agresivos, y los madrileños presentando una versión algo más depurada de lo mismo. Poco fútbol y mucho físico inundaron los primeros minutos hasta que los madrileños consiguieron hacerse tímidamente con el control del juego. Sin aspavientos ni mordiente pero con un punto más de ambición por llegar a la portería contraria. Corría el minuto 15 cuando llegó el primer córner a favor de los rojiblancos y ya sabemos lo que esto significa. Mientras el mundo del fútbol se sentaba a esperar el enésimo pase de Koke al primer palo que acabase en uno de esos goles que luego no les sirve a los eruditos que dominan las redacciones deportivas de la galaxia, el canterano ejecutó una maniobra imprevista que volvió a poner de manifiesto la capacidad infinita de creación que tiene Simeone para el juego parado. Sacó en corto para que tras unos milisegundos de tocar el balón en paredes cortas, Siqueira pusiese un balón a Arda y éste (en posible fuera de juego) metiese la pelota en el área, dónde estaba Giménez con algo de espacio. El joven central uruguayo se desató con un control orientado y un remate a puerta dignos de ariete de elite. Golazo del charrúa que puso la guinda a un partido soberbio. Imbatible en el corte, contundente por alto, interesante con la salida de balón y con muy buenas sensaciones en el césped. Habemus central de categoría. Con minutos y confianza podemos estar delante de un jugador muy importante.

El 0-1 asentaba el modo de juego del Atleti que ahora, sin necesidad de arriesgar, se encontraba más cómodo tocando la pelota. El Elche entendió que su única posibilidad frente al vigente campeó de liga pasaba por no recibir goles pero cuando un cuarto de hora después de comenzar el partido vio que aquello no era posible, tomo conciencia de que tampoco tenía plan B. Y así pasaron los minutos, sin pena ni gloria, con la sensación de que los levantinos no pensaban salir de su campo y que los madrileños podrían haber sentenciado el partido con un poco más de ambición.

La segunda parte siguió por los mismo derroteros. El Atleti se gustaba, con un Tiago mandón y equilibrando el equipo y el resto de la plantilla reencontrándose con ellos mismos. Mandzukic jugando para el equipo en lo que probablemente haya sido su mejor partido de rojiblanco, Siquiera demostrando que si olvidamos sus episodios Fringe cuando actúa en defensa es un jugador muy interesante, Gabi recuperando poco a poco su estado de forma y Arda Turan siendo Arda Turan. El puto amo. El 0-2 llegaría apenas diez minutos después de la reanudación tras un excelente pase de Gabi al hueco que Mandzukic parece primero no controlar bien pero que después remata como el delantero de clase mundial que es (aunque creo que Tyton, portero del Elche, no está muy afortunado tampoco). No va más. El resto del partido fue un calvario para los de Escribá y una sesión de SPA para los colchoneros.


El martes nos jugamos la primera plaza del grupo en Turín y el domingo refrendar el buen momento en liga frente al Villarreal. La realidad avanza a tal velocidad que es prácticamente imposible recrearse en los buenos momentos pero una cosa es no poder prolongar la fiesta y otra olvidarse de los buenos tiempos. Cometeríamos un error tremendo haciéndolo. Por mucho que la estupidez humana, como la galaxia “blanca”, sea infinita. 

Vísceras

Las previsiones amenazaban lluvia torrencial sobre el Vicente Calderón y eso fue lo que motivó el que mis resentidas vísceras, las mismas que pocas horas antes habían estado soportando durante días temperaturas por encima de los 40ºC, decidieran esta vez quedarse en casa. Era evidente que el día empezaba torcido.

Un par de horas antes del pitido inicial del Atleti-Depor, descubrí a través de twitter que un “hincha” del equipo gallego había sido “agredido” y se encontraba en preocupante estado crítico. Las mismas vísceras juiciosas de antes volvieron ahora a coger temperatura pero esta vez por razones bien distintas. Esta vez la fiebre venía provocada por el asco extremo que me da la violencia, en todas sus formas y en todos sus contextos. Como un angustioso fantasma del pasado volvía a mi memoria aquella otra trágica fecha en la que el escudo de mis amores se veía manchado de sangre y de mierda por culpa de un puñado de inadaptados que, por falta de riego cerebral, confunden el culo con las témporas. La rabia se mezclaba con la impotencia dentro de mi maltrecho cuerpo en una suerte de mezcla explosiva que me agrió el carácter, como mínimo, para lo que quedaba de día. Decidí ir a ducharme, como si de esa manera tan sencilla y metafórica pudiese limpiarme la vergüenza de compartir afición con una pléyade de animales y descerebrados. No fui capaz, pero al menos salí convencido de que es a ellos y no a mí a los que debería darles vergüenza.

Con el pelo todavía mojado llegaron las noticias de que el tal hincha era en realidad otro descerebrado más. Otro ultra. Otro animal violento que lo distinguía de su agresor detalles tan nimios como el color de la bufanda o una supuesta ideología política que dudo fuese capaz de explicar simplemente con palabras. Pero mis maltratadas vísceras volvieron a sufrir cuando con incredulidad y a base de píldoras de información difíciles de creer, conocía más detalles del lamentable incidente. Habían tirado a un tipo al río después de haber sido apaleado, sí, pero no había sido un hecho aislado sino consecuencia de una batalla campal entre docenas de alimañas armadas con cuchillos y bengalas que mediante las redes sociales se habían dado cita en el centro de Madrid para matarse. En ese momento no sólo mis vísceras sino el resto de mi cuerpo se morían de pena mientras uno era incapaz de encontrar una explicación lógica a una atrocidad de semejante calado. El nivel de incredulidad llegó incluso al paroxismo cuando este humilde escribiente descubrió que la víctima era un tipo de 42 años con dos hijos que había recorrido 600 km en autobús ataviado con una bufanda blanquiazul y un cuchillo para ir a matar o morir. Vete tú a saber las razones que pueden llevar a alguien a hacer algo así.

Quince minutos antes de empezar a rodar el balón el miembro de los Riazor Blues agredido estaba clínicamente muerto. Como aficionado al Atlético de Madrid que soy, en ese momento no quería ver ningún partido de fútbol y entendí que lo más razonable era suspenderlo. Me consta que no era el único que pensaba así. Leo ahora que no fue posible por una llamada que no llegó o no sé qué otra excusa burocrática del mismo perfil. Me suena todo a paparruchas. Lamentable en cualquier caso. En forma y en fondo. Pocos minutos después de que el balón comenzase a rodar aparecía por la red, a toda velocidad, la noticia del fallecimiento del ultra coruñés. Aquello no cambiaba nada o lo cambiaba todo, no lo sé, pero quizá fue un punto de inflexión para que, al menos en mis vísceras, mi cuerpo y mi cerebro, decantasen ciertas reflexiones que prefiero compartir.

La violencia en el fútbol es un problema de todos. Apartarse es tan cínico como cobarde. Por acción u omisión, todos los estamentos que rodean al mundo del fútbol no están (estamos) haciendo lo que se debería para acotar esta lacra que poco a poco escribe el relato más horrible de un deporte tan maravilloso como el que nos ocupa.

No puede inhibirse el Club Atlético de Madrid. No, por favor. No puede salir su presidente, para bochorno de aficionados colchoneros entre los que me incluyo, quitándose de en medio y aludiendo a que la pelea tuvo lugar muy lejos del Calderón. ¿Y qué más da, Sr. Cerezo? ¿De quién es la responsabilidad de que la mayoría de los salvajes que estaban allí matándose estuviesen luego dando palmas dentro del Estadio? ¿Quién es el único que podría evitarlo? No puede salir tampoco ese ser taciturno ser que hace las veces de Consejero Delegado en mi equipo a decir que él no es nadie para disolver el Frente Atlético. Ya me gustaría a mí que efectivamente esa persona no fuese nadie en el Atlético de Madrid pero desgraciadamente es su principal accionista. Máximo responsable de su gestión y por lo tanto un protagonista estelar en esa especie de matrimonio oscurantista, con este señor todo es oscurantista, que durante años parecen disfrutar Club y Peña Ultra. ¿De verdad el Club Atlético de Madrid no puede hacer nada en este sentido?

Tampoco creo que se pueda inhibir el Frente Atlético con la excusa de que 100 personas no pueden representar a 3000 porque desgraciadamente sí que pueden hacerlo. Lo están haciendo, de hecho. Si efectivamente el Frente está mayoritariamente compuesto por gente sana y cabal, tienen hoy una oportunidad maravillosa para desmarcarse de los delincuentes, aislarlos, denunciarlos, desterrar la violencia en todas sus formas e incluso de refundar la peña si eso hiciese falta. Si no lo hacen habrán perdido la guerra y quieran o no, lo sean realmente o no, seguirán pareciendo cómplices.

Tampoco podemos inhibirnos los aficionados que reímos las gracias o que simplemente callamos. Ir a ver un partido de fútbol (y no se queden en detalles tan absurdos como el nombre del estadio o el color de las camisetas) es asistir a un concierto de insultos, descalificaciones y violencia verbal barata. Sin motivo alguno, además. Me da asco escuchar exabruptos obscenos y gratuitos que muchas veces, demasiadas, atentan contra las pocas cosas que nos distingue a los humanos de las alimañas. Pero generalmente callamos o miramos para otro lado. Dejando simplemente que escampe. Estamos tan acostumbrados a ese torrente de odio, que asimilamos como naturales cosas que no lo son y que en el fondo están sentando los cimientos de lo que viene después.

No se pueden inhibir tampoco los equipos rivales. Cualquiera. No es un problema del Atlético de Madrid como Club apestado. El tipo que cayó al río estaba vestido con los colores del Depor pero podría haber llevado el rojo y el blanco perfectamente. ¿Cambiaría eso el relato? Quiero creer que no. Para mí al menos no lo hace. Es una desgracia la muerte de ese hombre pero cometería un error la hermandad deportivista si de él hacen un mártir. No lo es. Es un tipo que se parecía demasiado a su agresor y que sólo la suerte, su ausencia en realidad, ha hecho que no tengan hoy los roles cambiados. No se puede inhibir el Depor igual que no se puede inhibir cualquier otro equipo porque el problema es tan suyo como mío. Es más útil arrimar el hombro que mirar por encima de él.

No se pueden inhibir las autoridades que en un ejercicio de “austeridad” económica decidieron catalogar el partido como de bajo riesgo. Tampoco las fuerzas policiales que no fueron capaces de detectar una convocatoria masiva a través de la red. Tampoco el Ayto. o el Delegado de Gobierno que tienen ahora la espina clavada de haber sido incapaces de prevenir una batalla campal de docenas de delincuentes violentos armados en el centro de Madrid. Explíquenle a los vecinos de Arganzuela que eso es un tema que tienen que solucionar los clubes.

Y no se puede inhibir el gremio periodístico que, como todos los anteriores, suele hablar del problema desde la distancia. Ponderando. Dogmatizando. Como si foco y resultado ocurriesen en otro planeta. Sin mancharse. Sin ser capaces de ver por el camino la responsabilidad que tienen en la generación de parte del caldo de cultivo en el que se cuece todo ese odio. Repasen portadas. Repasen comentarios. Repasen tertulias. Repasen tuits de anormales con micrófono y pluma. Repasen ustedes también, porque es sano, la capacidad de generar odio que tienen.

¿Y el partido?, preguntarán.

A quién le importa.