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¡Un abrazo!

La vida moderna es basura

At. Madrid 0 - Valencia 0

Que el mundo del fútbol es una inmensa e infinita plantación de eufemismos es algo que todos intuimos. Que algunos de esos eufemismos son tan abundantes y crecen robustos, sanos y en cantidad suficiente como para que cualquiera los pueda utilizar sin tener que dar demasiadas explicaciones al respecto, es algo también más que evidente. Ahora bien, que por todo ello tenga que poner cara de poker, callar, asumir y entender determinadas vejaciones para el espectador es algo por lo que no estoy dispuesto a pasar. No pienso hablar de planteamiento “inteligente” ni de “juego táctico” para decir aberración. El fútbol puede que sea, como decía Bill Shankly, más que una cuestión de vida o muerte y en base a esa idea tendré que llegar a aceptar las violaciones y profanaciones que el deporte rey sufre en pos del balance y el resultado. Es así, pero lo no haré jamás es defender, proteger o incluso aceptar la ruindad, la doble interpretación del reglamento, el aprovechamiento de la buena voluntad del prójimo o la permanente búsqueda de la trampa como si se tratase no ya de algo lícito sino encima elogiable. El fútbol que representa ese escrupuloso profesional de los banquillos llamado Emery es la cara sucia de este deporte y lo quiero lo más alejado posible de mí y de mi equipo. Es la antipartícula. El listo que se cuela en la M-30. El que está esperando escondido a que te caigas para pisarte. El millonario que no pone la calefacción para ahorrar. El adinerado que se queda sin cenar para ahorrarse la dieta. El que no da la cara más que cuando tiene todo a favor. Es la renuncia a la pura esencia del deporte. Es el egoísmo zafio como forma de vida. Es lo que toda la vida se ha venido llamando antifútbol y ahora eufemísticamente disfrazan de fútbol moderno. Admirados analistas si esto es la vida moderna, la vida moderna es basura.

La noche se hacía más apetecible según avanzaba la hora del partido. El frío polar del fin de semana parecía dar la tregua por unas horas y los resultados en la clase media de la liga invitaban a volver a ilusionarse con el Atlético de Madrid. Un equipo en franca resurrección frente al tercer clasificado de la liga, el todopoderoso Valencia. Un equipo equilibrado y con una plantillas más que interesante. Un tercer clasificado que vive además cómodamente sin la exigencia, al parecer, de mirar arriba y con la tranquilidad de no tener a nadie por debajo que esté a tiro. Todo apuntaba a partidazo, pero la sensación se difuminó nada más comenzar el partido y ver la figura que ridículamente correteaba en el banquillo del equipo contrario. Emery, ese valiente estratega. El adalid del supino sopor.

En seguida se vieron las premisas de lo que vendría después. Presión asfixiante, centro del campo minado y cercado para que nadie lo utilice, patadones al hiperespacio y renuncia fehaciente del balón. Así comenzó el partido para los dos equipos. El Valencia como forma de vida. El Atleti obsesionado por el rigor táctico de su nuevo entrenador y la necesidad no pasar riesgos en defensa para olvidar los tiempos no tan lejanos de la mujer barbuda. En partidos anteriores del Atleti de Cholo ya vimos lo mismo al comienzo del partido pero fue siempre tan sólo un periodo momentáneo de asentamiento. Contra el Valencia se intentó también que así fuera cuando pasados los minutos de acople Tiago, Gabi, Diego y Arda trataron de tomar algo más el balón para tratar también de hacer algo con él. Fue entonces apareció también el plan B de Emery. Aumentar un grado el nivel de violencia (el partido se corta por las buenas o por las malas), elaborar todavía menos (¿para qué?) y romper el ritmo constantemente a base de perder tiempo. Cuando el tercer equipo de la liga ves que en el primer cuarto de hora de la primera parte empieza ya a no querer jugar y a perder tiempo contra un equipo al que le saca siete puntos, hay que preguntarse si llamar a esto liga de las estrellas no es una tomadura de pelo. Bochornosa la actitud del equipo de Emery. Lamentable.

El Atleti se estrelló contra esa masa de antifútbol y se vio incapaz de mantener el ritmo y profundizar. Espeso y trabado en la creación sin embargo fue capaz de llegar alguna que otra vez con peligro. De hecho fue el único sobre el césped que lo intento aunque fuese de forma esporádica y casi circunstancial. Clamoroso fallo fue la jugada que Falcao marra en boca de gol cuando se encuentra en el segundo palo con un balón colgado y que pudo haber cambiado la música del partido. Pero salvo escenas puntuales y algún que otro balón colgado el partido transcurrió dentro de los límites del soporífero esquema futbolístico de Emery: que pase el tiempo sin que ocurra nada dentro del campo, a la espera de que aparezca un fallo del contrario. Así acabó la primera parte y así acabó la segunda. Con un Atleti que cada vez se volcaba más asumiendo más riesgos (pocos, todo hay que decirlo), perdiendo la paciencia y tirando de improvisación mientras el Valencia renunciaba definitivamente no ya tener el balón sino a que nadie lo tuviese. Patadas tácticas, actuaciones líricas de un portero ridículo (que sin embargo sacó un par de tiros que iban dentro), patadones al balón y constantes pérdidas de tiempo. El “inteligente” planeamiento de Emery para empatar a cero salía como estaba previsto gracias en parte a un árbitro generoso con la vida en la tangente del reglamento y cómplice con las estupideces interpretativas del equipo levantino (aunque sería injusto culpar al árbitro del resultado).

Simeone trató de reactivar el equipo sacando a Koke y Salvio por un Diego fallón y sin rítmo y un exhausto Turan. Koke equilibró el equipo pero no pudo aportar gran cosa ofensivamente. Salvio estuvo a punto de perder él solito el partido. Para mí es un misterio que este jugador siga no ya en el Atleti sino en el fútbol de elite. Todo en él resulta sucio y deslavazado y todavía no he conseguido ver nada que merezca la pena. No tiene físico, ni velocidad, ni técnica, ni pundonor, ni pase, ni gol, ni versatilidad, ni nada. Una broma.

Y así, con frío gélido y cerocerismo acabó el partido. Un partido que acaba con la sensación de que Emery tenía mucho miedo al Atleti lo cual no debe entenderse como mérito porque Emery tiene miedo de todo. Gracias a la elogiada necedad de este tipo de entrenadores lo que podía haber sido un bonito partido de fútbol se convirtió en una aburrida oda al resultadismo más lamentable. Aquel que ni siquiera es necesario. Le deseo lo mejor al Valencia pero lo peor a Emery y los Emerys que hay por el mundo. Su triunfo no sólo es mi fracaso sino el fracaso del fútbol, del deporte, de la legalidad, del sentido, de la lógica, de la belleza y de la vida. Si Emery representa la modernidad que se queden él y sus palmeros con ella. A mí me gusta el deporte valiente y honrando. A mí me gusta el fútbol.



Blur – Modern life is rubbish

2 comments

Perico 7 feb. 2012 17:33:00

Si te sirve de consuelo, la afición del Valencia empieza a cansarse de Emery y pide algo más de juego.

Ennio Sotanaz 7 feb. 2012 20:12:00

Si, eso me cuentan. Me parece lógico y normal. Lo que no entiendo son los periodistas que critican a la afición che por exigir valentía y fútbol. En fin...