Escondido

No he visto el partido. Ni un sólo segundo, así que sería francamente estúpido por mi parte hacer como si lo hubiese hecho y ponerme aquí a describir cosas que no he vivido o sensaciones que no he sentido. El viernes por la tarde, por circunstancias de la vida y después de estrechar la mano de tres ilustres colchoneros como Miguel San Román (en el día de su cumpleaños), Isacio Calleja y Pepe Navarro, emprendí camino hacia las profundidades del norte castellano para desaparecer del mundo conocido durante dos días. En un lugar recóndito de la preciosa ribera del Duero, sin teléfono, sin internet y sin 3G, he pasado uno de los fines de semana más extraños, futbolísticamente hablando, que he de mi vida. Acumulando nervios. Escondido. Sin saber que es lo que pasaba en el otro lado. Haciendo que los sentidos disfrutaran de viandas y paisajes mientras mi cabeza no podía dejar de pensar en ese oso y ese madroño posados sobre las rayas rojiblancas que me quitan la vida.

Sin saber alineaciones, ni declaraciones previas, ni sensaciones destiladas a través de Twitter, sin llamadas a los amigos, sin estar presente de espíritu, servidor bajaba el recién engullido lechazo caminando por entre las piedras centenarias de un precioso rincón en la provincia de Burgos cuando el once de Simeone saltaba a Mestalla. Cuando Raúl García orientaba con su bendita cabeza el balón hacia el poste valenciano uno, sin saber lo que estaba pasando, emprendía el camino de vuelta hacia la capital del reino, entre vides renovadas para fabricar tinto y campos de verde intenso. Cuando el señor colegiado pitaba el final y daba tres puntos gloriosos al Atleti, faltaban todavía cinco minutos para que el que esto escribe no pudiese aguantar más los nervios y buscara ansioso una emisora cualquiera en la que poder comprobar la preciosa realidad. El Atleti había ganado y seguía líder.

Una final menos y un pasito más. Quedan tres partidos, tres finales, y faltan seis puntos. Cometeríamos un error si ahora empezáramos a cambiar de filosofía. Sé que no lo vamos a hacer. Por mi parte prometo no volver a huir. 

¡Vamos!   

Frozen

At. Madrid 0 - Chelsea 0

Si el amable lector es progenitor de niñas pequeñas, por alguna razón tiene retoños de corta edad en su entorno más cercano o simplemente es un aficionado al cine de animación, sabrá, como yo, que Frozen es la última película de Walt Disney. En una adaptación muy sui generis de un cuento de H. C. Andersen bastante más complejo, la película nos presenta a una princesa con poderes para transformar en hielo todo aquello que le rodea. Un poder que no logra controlar y que se hace mucho más intenso, peligroso e incontrolable cuando el miedo aparece en su portador. Cuando el tal Eriksson, inefable árbitro del encuentro, pitaba el final del partido de la ida de las semifinales de Champions league con el marcador anunciando un triste cero a cero, fue Frozen, su princesa Elsa y esa capacidad para congelar todo su entorno, lo que me vino a la cabeza. Porque eso es lo que para mí fue el Chelsea. Un poderoso Príncipe de los Hielos con una capacidad sobrehumana para congelar todo lo que ocurría a su alrededor.

El partido era una fecha señalada, no ya para los aficionados colchoneros que tenemos la suerte de portar un abono que nos permite sentarnos en la grada, sino para la propia historia del club. Pocas veces el Atleti ha jugado una semifinal de la máxima competición europea así que actuar como si no fuese así (que a algún iluminado he visto) sería muy petulante e incoherente por nuestra parte. Pero tampoco tenía sentido acudir con la cabeza gacha y sensación de inferioridad porque, igualmente, no era la primera vez que el Atleti estaba en esa tesitura como club (como también algún iluminado, en este caso supuesto profesional, ha tratado de hacer ver). Simeone ha puesto equilibrio en el sentimiento y por fin nos ha hecho estar, física y espiritualmente, en el lugar que nos corresponde. Afortunadamente el entorno, a diferencia de otras veces, creo que está respondiendo. Los aledaños del Calderón eran ya una caldera de orgullosos, animados y optimistas aficionados una hora antes del pitido inicial, pero los segundos previos elevaron todavía más la temperatura. Los mosaicos de la grada o el himno a grito pelado de la afición recordaron a la mágica noche de la eliminatoria anterior y todo apuntaba a noche épica, aunque el sol brillaba todavía en el cielo cuando el balón comenzó a girar… Entonces apareció el Chelsea y su poder para transformar todo en hielo. A la vez que el sol caía, se apagaba la grada, se apagaba la intensidad, se apagaba el ritmo y se apagaba el fútbol. Así durante 90 minutos hasta que se apagó el partido para dejar todo congelado.

Es muy difícil hacer una crónica futbolística del Atleti-Chelsea sin recurrir a fríos datos estadísticos (¿congelados?) o sesudas y aburridas disquisiciones tácticas. Hagámoslo rápido. Mourinho entendió desde el principio que el Atleti es un equipo grande y como tal planteó el partido. Estudiado su rival decidió destapar su particular tarro de las esencias. Ese que, recordémoslo, le ha hecho campeón de Europa. Planteamiento ultra defensivo, espectacular capacidad de repliegue, brutal habilidad para cerrar espacios o anular el dinamismo de Diego Costa y elevadísimo nivel de intensidad y concentración en sus jugadores. El miedo, como la princesa Elsa, hacía que su poder de congelación fuese todavía más intenso y se multiplicase hasta límites incontrolables. Y lo consiguió. Eso sí, a costa de renunciar al balón, a la transición en ataque, al centro del campo como línea de creación y al juego de delantera. El Atleti desde mi punto de vista planteó bien el encuentro. Tuvo la iniciativa, movió el balón, trató de ganar y anuló la potencial salida vertical del Chelsea. El único pero que podría ponerle es quizá no tener algo más de calidad en su plantilla y algo más de paciencia a la hora de elaborar la jugada esperando el momento adecuado. Pero es evidente que el Atleti no se encuentra cómodo en esa tesitura de dominar el partido con el balón en los pies sin espacios y también era muy complicado hacerlo, sabiendo que un error en un pase horizontal de los centrocampistas era una ocasión clara del Chelsea y la posibilidad de perder la eliminatoria.

El partido fue una sucesión de intentos del Atleti por hincar el diente al autobús londinense, principalmente por banda y colgando balones laterales, que realmente provocaron muy pocas ocasiones de gol y de escasa relevancia todas ellas. Enfrente había una roca impenetrable. Inofensiva también. Ya desde la primera, parte pero mucho más en la segunda, apareció además ese otro fútbol (a la Caparrós) que a mí, a diferencia de cualquier planteamiento táctico, sí que me parece lamentable. Uno puede entender el fútbol tácticamente como quiera y será siempre formalmente lícito (aunque moralmente cuestionable) pero lo que entiendo que no es lícito, ni legal, son las continuas pérdidas de tiempo en cada saque a balón parado, tirarse al campo con repentinos ataques epilépticos cada dos por tres y ese infinito catálogo de recursos al borde del reglamento para congelar el ritmo del partido. El tiempo real de juego fue mínimo. Claro que mucha culpa de ello la tiene un árbitro lamentable que, sin ser crucial en ninguna jugada clave (quitando la tarjeta a Gabi y la no segunda tarjeta a Lampard), desarrollo un ejercicio lamentable de filibusterismo que favoreció (¡sorpresa!) al equipo rico. Un ejercicio que los periodistas calificarán de “político”.

El partido terminó como empezó, congelado, pero con un Atleti, probablemente sacado de quicio por la actitud del rival, que en los últimos minutos se fue excesivamente arriba, corriendo unos riesgos a la espalda que sinceramente a mí me parecieron gratuitos. No entendí esa necesidad de arriesgar tanto en ese momento del partido viendo lo que estaba ocurriendo y sabiendo que un gol del Chelsea era prácticamente renunciar a la eliminatoria. En el capítulo de sucesos cabe destacar la significativa lesión de Cech tras entrada de Raúl García (no he visto la repetición pero en el campo me dio la sensación que empujaban al navarro) que provocará la ausencia del buen cancerbero en Stamford Bridge. Tampoco estará allí nuestro capitán, Gabi, pieza que se me antoja tan importante o más que la baja del rival.

Así que las espadas están en todo lo alto. Realmente es como si la ida no se hubiese disputado y todo se tuviera que decidir en el feudo de los blues. Personalmente creo que tenemos las mismas posibilidades que teníamos al inicio de la eliminatoria. Ni más ni menos. Veremos lo que pasa. En la película lo que provoca que se rompa el hechizo y se descongele la preciosa ciudad de Arendelle es simplemente el amor verdadero. Pero no el amor verdadero de las películas clásicas de Walt Disney en las que un príncipe apolíneo y musculado besa a una princesa frágil y sumisa, sino el amor entre hermanos, que es mucho más poderoso. Un tipo de amor que evidentemente no puede corresponderse con el dinero masivo y moteado de polvo que viene del esquivo sistema monopolista del gas natural ruso, sino del de miles de personas aferradas a fuego, e independientemente de los resultados, a un sentimiento abstracto y centenario. Saliendo del estadio escuché el himno y lo vi claro: donde luchan como hermanos…    

Rutinas

At. Madrid 2 - Elche 0

Pasaban veinte minutos de la segunda parte y uno podia escuchar a través de la televisión el cálido sonido del Calderón cuando ruge. Sí, a través de la televisión. Desgraciadamente el partido coincidía con el Viernes Santo y por circunstancias de la vida uno no podía estar en la grada durante el partido. Bien que lo lamentaba. Pasaban los minutos, quedaba poco para el final del partido y mientras el sol lucía en lo alto, una nube negra saturada de leyendas y malos recuerdos parecía no querer abandonar el césped del Vicente Calderón. Uno se frotaba las manos en sentido anti-horario, posaba los pies en el suelo con cada balón parado e incluso obligaba a su padre a sentarse en el mismo sitio en el que habían estado viendo la victoria colchonera unos días antes pero nada. No daba resultado, así que no podía quitarme de la cabeza que a lo mejor era yo el culpable. Que haber impedido cumplir la principal rutina de todas, acudir al estadio, estaba siendo el problema. Un milagro echado a perder por mi decisión egoísta de no cumplir con mi “obligación”. Uno es medianamente sensato, leído, escéptico y con conocimientos suficientes de física newtoniana como para saber que la superstición es algo absurdo, inexistente, digno de la incultura y la falta de rigor... pero que quieren que les diga. Queda más elegante hablar de rutinas si quieren, pero estamos hablando de lo mismo. Aunque soy también consciente de que mientras uno se lamentaba de estar viendo el partido en el lugar equivocado, miles de colchoneros estaban pensando en lo mismo o lamentándose por algo parecido. Sintiéndose de alguna manera culpables de lo que estaban viendo. De alguna manera tan peregrina como la mía. Pero el Atlético de Madrid 2013/2014 parece que está por encima de mí, de supersticiones y de leyendas negras. De evidencias y nimiedades como ser superior o jugar mejor al fútbol. El Atleti de Simeone parece que también es capaz de mirar a los ojos a la suerte y convencerla de que pincha en hueso. 

El partido contra el Elche fue raro hasta decir basta. Raro el día, rara la hora, rara la situación y raro lo que ocurrió sobre el terreno de juego. No pasaron cinco minutos desde el pitido inicial y ya sabíamos que no iba a ser nada fácil. Como alguna que otra vez anterior, el equipo salió lento, espeso y sin mucha claridad de ideas para manejar el balón y construir ocasiones de gol. Muchas veces esas limitaciones se suplían a base de intensidad y velocidad pero ninguna de las dos cosas aparecieron tampoco esta vez, lo que hizo que el Atleti pareciese una caricatura del equipo que es. Mucha culpa de ello, si no toda, tiene el excelente planteamiento táctico de Fran Escribá que colocó sobre el campo a un Elche muy bien colocado, con las líneas muy juntas, intenso en el centro del campo para desactivar al Atleti y con un descaro tremendo para manejar el balón con mucho más criterio que su rival. Algo de culpa tuvo también, desde mi punto de vista, la presencia de Adrián en la alineación titular. Al igual que Villa apenas entró en juego cuando el Atleti atacaba, fue incapaz de servir de transición cuando el Atleti tenía la pelota y su aportación defensiva resultó un handicap que debilitaba el centro del campo. Entiendo que Simeone quiera subir al tren a un jugador que puede ser muy útil en la recta final pero tener a Villa y Adrián a la vez en el campo, en esas circunstancias, me parece un lujo excesivo. La primera parte fue un auténtico calvario para los rojiblancos que sólo la mala fortuna de los alicantinos y San Courtois hicieron que no estemos ahora acordándonos de una tragedia. El Elche fue el único dominador del partido y tuvo al menos dos ocasiones claras de adelantarse en el marcador, ambas desbaratadas por el portero belga.

Mientras durante los quince minutos que dura el descanso a los colchoneros se nos agriaba el carácter y empezaba a paralizársenos el corazón, en la caseta intuyo que Simeone abría la tapa de las esencias para que el equipo cambiase de cara. Gracias a Dios y al cholo así fue. La segunda parte fue otra cosa. Con Raúl García por Adrián, sin demasiada calidad ni fútbol ni grandes de excesos pero con un Atleti recuperando sensaciones e intensidad y absolutamente dueño del balón, del tempo del partido y del campo. Queriendo ganar. Pero las ocasiones llegaron con cuentagotas y no con demasiada claridad. Las prisas no ayudaban nada y normalmente a la hora de rematar se podía divisar cierta ansiedad que complicaba todavía más las cosas. Pasados bastantes minutos ya, apareció un balón colgado al segundo palo que Raúl García no pudo rematar porque un defensa levantino se lo impidió. En cámara lenta parece penalti pero a mí en vivo no me lo pareció. Es de esos miles de penalties que ocurren en las áreas que, siéndolo técnicamente, casi nunca se pitan porque harían del fútbol un deporte lento e insoportable de ser disfrutado. Villa sustituía en el lanzamiento a un Costa que había fallado demasiado últimamente desde el punto fatídico pero el Guaje se solidarizó con su compañero lanzando el balón flojo y mal al centro de la portería para que el portero rival lo parase. Las nubes negras se hacían cada vez más densas sobre el Calderón.

Y avanzaba el tiempo, con un Atleti siendo excesivamente vertical y al límite de perder la paciencia pero con el suficiente criterio y profesionalidad todavía como para no perder los papeles. Mientras en el césped no llegaba la maldita ocasión, en la grada los corazones colchoneros rozaban el infarto. Faltando menos de veinte minutos la tensión alcanzó límites exagerados pero afortunadamente, como aquella otra vez de cuyo nombre quiero acordarme, apareció la cabeza de Miranda para que por fin tomásemos conciencia de que en el cielo brillaba el sol. Excelente balón botado por el principito Sosa desde la derecha que el brasileño conecta con la testa para cambiar la dirección del balón al palo contrario. 1-0. Si el grito de Simeone no sonó en toda la capital fue porque acabó mezclado con el de el resto de colchoneros que estábamos sufriendo. Era el grito de la tensión acumulado. De los que seguían y siguen soñando. Lo que quedó de partido fue simplemente una dulce agonía, no demasiado severa, con un Atleti en modo replegado y un Elche incapaz de hincar el diente a esa espesa roca que es el equipo madrileño cuando se coloca así. Diego Costa, de penalti claro, hizo el segundo gol cuando quedaban pocos segundos, algo que agradecieron los nervios de los aficionados rojiblancos.


Una final menos y tres puntos más. Fin del análisis. A bajarse las medias, a recuperar fuelle y a encarar la siguiente final. El siguiente partido. Ahora más que nunca les pido que hagan caso de Simeone. Olvídense de consumir bazofia. Olvídense de calculadores, apuestas e historias de brujas. Nadie sabe lo que va a pasar. Ustedes tampoco. Partido a partido. Final a final.

A flor de piel

Getafe 0 - At. Madrid 2

A los seguidores colchoneros nos suelen agraciar con descripciones bastante reconocidas para definirnos, como ese socorrido sufridores o el manido pupas. Estupideces. Espacios comunes creados sin querer por un presidente Atlético que una vez tuvo un arranque de ira, pero recogidos por la prensa carnívora para estereotipar aquello que no puede controlar ni entender. No voy a perder ni un solo segundo en justificar ese anacronismo pero si que voy a reconocer que la historia nos ha hecho muchas veces tener que cabalgar por el filo de la emoción. Vivir a flor de piel. Ganar peleando hasta el final, teniendo que ser emocionalmente fuertes. Me temo que lo que tenga que pasar esta temporada tendrá seguramente la misma música: emoción y drama. Escribo, de hecho, estas líneas con la sangre paralizada en mi cuerpo, sin poder disfrutar todavía de una victoria que huele a histórica. Y eso que el Club Atlético de Madrid acaba de hacer oficial la noticia de que lo de Costa no ha sido más que un susto. Demasiado para mí corazón sensible. Pero vayamos por partes.

El partido de Getafe era para el Atlético de Madrid una final. La misma final que será cualquier partido que dispute el equipo de Simeone desde aquí a que termine la temporada. Los getafenses se jugaban el descenso y los colchonero la liga, así que no había mucho espacio a la especulación. Los del Cholo están ya a estas alturas acostumbrados a este tipo de partidos pero quedaba la duda de como podía afectar al equipo el brutal desgaste, físico y anímico, del pasado miércoles en Champions. Enseguida vimos que las sospechas eran fundadas. El equipo apareció colocado en el césped y con una alineación de garantías (con Diego Costa en el once inicial) pero enseguida se pudo observar que el nivel de velocidad, presión e intensidad no era, ni de lejos, el que nos tiene acostumbrados. Algo no sólo lógico desde cualquier punto de vista sino que además sirve para demostrar que los jugadores del Atleti son humanos. Enfrente aparecía un Getafe muy nervioso, demasiado ocupado por defender, que confundía intensidad con marrullería. Personalmente creo que la plantilla de Contra es mucho mejor que lo que propone en el césped pero tampoco creo que sea fácil ser uno mismo con la segunda división acechando en cualquier esquina. Lo cierto es que el Getafe no jugó nada y que su principal objetivo parecía ser únicamente sacar de quicio a los jugadores colchoneros sabiendo que algunos de ellos, como sabemos, no necesitan tampoco demasiado.

Pero el Atleti tampoco jugó mucho, no se crean. Nada, para ser sinceros. Dominaban, tenían el balón y lo jugaban más o menos hacia delante pero con demasiada lentitud y abusando todavía más de la cuenta de ese pelotazo sin ton ni son que no es tan familiar. Solamente durante el último cuarto de hora el esférico rodó por el césped el tiempo suficiente como para que se pudiera hilvanar alguna jugada de peligro. Como muchas otras veces, las mejores ocasiones llegaron a balón parado. El uruguayo Godín avisó primero, rematando a pocos metros de la portería pero a los pies del cancerbero rival. Pocos minutos después no fallaría. Un balón lateral de Juanfran con Codina quedándose a media salida y un Godín ganándole el salto a su marcador para meter el balón en la red. El Atleti se marchaba al descanso por encima en el marcador, sin haber hecho una primera parte y sin tan siquiera haber tenido que hacer un derroche físico importante. 

La segunda parte comenzó igual que había terminado la primera, con un Atleti dominando con parsimonia y un Getafe demasiado constreñido e indeciso. Poco a poco el Atleti fue reduciendo el nivel de riesgo en el juego lo que provocó que poco a poco a también fuese perdiendo el balón y que el equipo de Contra tuviese que hacer algo con él. De hecho, a falta de media hora, el entrenador rumano decidió ir a por el partido y puso un segundo punta, Colunga, que puso algo más de mordiente por la izquierda. También llegó un remate claro desde el área pequeña que, como no, Courtois repelió como si tal cosa. Fue la única ocasión del Getafe en todo el partido. De nuevo a balón parado el Atleti tuvo una clara ocasión de gol que si no subió al marcador fue simplemente porque Lafita agarró con furia a Miranda para no dejarlo rematar. Penalti y expulsión que parecía cerrar el partido pero que, porque así es el fútbol, resultó en todo lo contrario. Codina paró por dos veces los remates colchoneros, primero a Costa y después a Raúl García, y al Getafe le sirvió como aliciente para, ahora sí, irse a por el partido. El problema es que tenía un jugador menos en el campo y sobre todo que enfrente tenía al líder la liga española. Un especialista en colocarse en el campo y cerrar los espacios al rival. Así que el partido fue muriendo lentamente, sin grandes sobresaltos, hasta que un robo en la línea de tres cuartos acababa con Adrián en el área cruzando el balón al segundo palo para que Costa se tirase como una alimaña, como siempre, e hiciese el segundo.

Pero en lugar de celebrar el gol a grito pelado, como corresponde, nos quedamos helados deglutiendo las imágenes que nos llegaban. Primero el brutal golpe que la espinilla de Costa se da contra el palo de la portería. Después los gritos desesperados del hispano-brasileño y sus gestos evidentes de dolor. Después las caras demacradas de sus compañeros que viendo el panorama sólo alcanzaban a tocarse la sienes. Especialmente escalofriante es la imagen de un Filipe Luis llevándose la manos a la cara y mirando al cielo. El partido acabó poco después pero el dato casi quedó en anécdota. TODO el mundo se temía lo peor y yo reconozco que pensé que el mundial se había esfumado para el bueno de Diego Costa. En ese momento, lo único que se me pasaba por la cabeza es que ese jugador profesional se había arriesgado ir a jugar a un mundial por primera vez en su vida a cambio de que mi equipo ganase tres puntos. Y me sentí muy orgulloso. Me sentí muy Costa.

Minutos después las cuenta oficial de Twitter del Atleti (por cierto, antes de que se me olvide,   gran trabajo en este sentido del club) informaba que el golpe era sólo eso, un golpe. Respiramos, volviendo a recuperar el resuello y relajando un espíritu que, una vez más, estaba a flor de piel.


5 partidos. 5 finales como acaba de decir Simeone. No hay más. Ni cuentas de la vieja, ni apuestas, ni suposiciones, ni leyendas de Nibelungos. 5 finales. Partido a partido. Final a final.

Querer ser lo que uno es

At. Madrid 1 - FC Barcelona 0

“yo me voy al Manzanares, al estadio Vicente Calderón…”

Decía Erasmo de Rotterdam que la felicidad consiste principalmente en querer ser lo que uno es. Tenía razón. Los aficionados al Atlético de Madrid, al menos, lo entendemos así. Me consta. Somos del Atleti porque no entendemos que se pueda ser de otra manera y además nos parece una solemne estupidez tener que explicarlo. Si no lo entiendes es evidente que no eres de los nuestros. Somos del Atleti porque somos felices. Porque somos exactamente lo que queremos ser. Porque además estamos generalmente orgullosos de serlo. Independientemente de si la pelota entra o no. Porque anclamos los pilares de nuestra razón de ser en cosas que no se pueden comprar con dinero, por mucho que los pragmáticos monstruos que mueven los hilos del mercado quieran convencernos de otra cosa. Voy al Manzanares porque allí soy feliz. Porque, independientemente de lo que ocurra, seguiré siendo feliz por el simple hecho de sentirme parte de esa cosa etérea e indefinida que denominamos Club Atlético de Madrid. No miren al marcador para entenderlo. Miren al escudo. No busque explicaciones en el presupuesto ni en nombres rimbombantes con origen en lugares exóticos. Para entenderlo observen mejor la sonrisa sincera y natural de un jugador de fútbol profesional enfundado en la casaca rojiblanca mirando a una grada que lo ha transportado en volandas hasta conseguir llegar a la semifinal de la Champions League.

“…donde acuden a millares, donde gustan del fútbol de emoción”

Llevo toda la vida acudiendo al estadio Vicente Calderón pero no recuerdo muchas noches iguales. El Manzanares ha estado abarrotado otras veces. Otras veces hemos hecho mosaicos y otras veces la gente se ha dejado la garganta pero lo de este partido contra el Barça ha sido otra cosa. No sé cómo se vería a través de la televisión pero cualquiera de los que allí hemos estado sabemos que hemos asistido a algo especial. Único. El ambiente era exagerado. La presión brutal. La emoción extrema. Pero a diferencia de lo que puede ocurrir con equipos perdedores, en nuestro caso los nervios, que los había, se transformaban en energía positiva que llegaba al campo. ¡Desde luego que llegaba! El Equipo salió a comerse al Barcelona. Con una intensidad, unas ganas y una forma de jugar al fútbol que nadie podía imaginar. Los primeros quince minutos del Atleti fueron soberbios. Rozando la excelencia. Una apisonadora que aplastó a todo un FC Barcelona. Mordiendo en el mismo área blaugrana y obligando a los del Tata a parecer un equipo vulgar, incapaz de saber qué hacer con la pelota. Amagó Raúl García con un tiro lejano pero eso no era nada. En una jugada que luego se repetiría mil veces, balón largo la cabeza del navarro que prolonga a la espalda de Dani Alves, Adrián se plantó delante de Pinto para empotrar el balón en la cruceta. Mala suerte para el asturiano, señalado por Simeone en la previa en otro de esos gestos del Cholo que lo reivindican como entrenador excelso, que no empaña sin embargo un gran partido por su parte. Si Simeone es capaz de recuperar para la causa a un excelente jugador como Adrián, el tema de la canonización habría que ir empezándolo a mover. Pero la jugada no terminó ahí. El Atleti, enchufadísimo, siguió mordiendo y Villa, otro que demostró ser un magnífico profesional y todavía un jugador muy aprovechable, consiguió colgar el balón al área con la izquierda. Adrían, otra vez, dejó los fantasmas a un lado para elevarse a los cielos en un salto portentoso, ganando la partida al defensor catalán y mandando el balón al otro palo por donde apareció Koke para marcar el 1-0. El éxtasis en la grada. En mi vida me he abrazado a más gente desconocida en tan poco tiempo.

“…porque luchan como hermanos…”

Pero el Atleti no se quedó ahí. Henchido de furia, sintiéndose poderoso, con un nivel de concentración sobrehumano y disfrutando de jugar fútbol, el equipo colchonero siguió dominando, a su manera, y poniendo en dificultades a un equipo blaugrana que parecía grogui. Impidiendo a base de presión y entrega que el rival pudiera jugar el balón, pero defendiendo como la roca que acostumbra cuando el Barça cruzaba el centro del campo. Una vez más (y van…) un excelente planteamiento táctico de Simeone que es para enseñarlo en las escuelas de fútbol. El Atleti pudo haber resuelto en esa primera media hora pero los palos de la portería se lo impidieron. El bueno de Villa se topó por dos veces con el larguero, tras dos buenas jugadas verticales de los madrileños. Sólo al final del primer tiempo el Barça tomó consciencia de lo que se jugaba y rondó con cierto peligro la portería de Courtois, pero nunca con demasiada presencia y siempre a base de balones colgados.

“…defendiendo sus colores….”

La segunda parte siguió el mismo guión que habían tenido los últimos minutos de la primera. Un Atleti algo más replegado y un Barça con mayor posesión que sin embargo seguía huérfano de ideas para atacar la tela de araña diseñada por Diego Pablo Simeone. Mientras Messi, Iniesta, Cesc, Neymar, Xavi y el resto de superestrellas del Barça se hundían en el imaginario pozo del ostracismos (de hecho Iniesta fue sustituido en una decisión difícilmente interpretable para un admirador de Iniesta como yo) los que vestían de rojiblanco se fundían cada vez más en un solo concepto. En una sola forma. En un equipo. EL equipo. Porque si hay algo que caracterice a este sueño firmado por el Cholo es precisamente eso. La capacidad de ser un todo. Único e indivisible. Capaz de hacer un partido excelso cuando sus dos máximas estrellas, Diego Costa y Arda Turan, estaban en la grada. Por eso me cuesta tanto destacar jugadores concretos en partidos como este. Pero tengo que hacerlo. Si los once que saltaron al campo estuvieron a una altura máxima, quiero quedarme especialmente con dos nombres. Koke, que volvió a dar una lección de futbolista total. De los que atacan, defienden, marcan goles, ordenan las filas, dan el último pase, equilibran y desequilibran. Un jugador 1o que además es de la cantera y es del Atleti. Y Tiago, que volvió a dar una lección magistral de lo que es jugar de mediocentro. Pero sería injusto desmerecer a una defensa que a fuerza de jugar siempre rondando la perfección olvidamos lo buena que es. O de ese Gabi que representa el escudo colchonero en un jugador. O de Raúl García que, pese a quién pese, es cada día más importante en este equipo. El partido transcurrió con la emoción propia del evento y con los gritos desaforados de una grada que volvió a ser el duodécimo jugador rojiblanco pero pensándolo en frío, tampoco se paso especialmente mal. El Barça tuvo sus opciones, sí, pero fueron puntuales. Fruto de balones colgados y con remates de cabeza que salieron desviados. Su mejor jugada fue una internada de Neymar que desbarató Courtois tirándose como una gacela a sus pies. Los últimos cinco minutos los vivimos de pie, abrazados en la grada y sufriendo pero en el ambiente podíamos notar, desde hacía ya muchos minutos, el delicioso olor de la victoria. El árbitro pitó el final y se desató la euforia.

“…con un juego noble y sano…”

50.000 adultos sonreímos como niños en ese vetusto cemento que sostiene el Vicente Calderón. Reímos, lloramos, nos abrazamos sin conocernos y buscamos la forma de expulsar la adrenalina que se había acumulado hasta saturar nuestro cuerpo. Los jugadores, rotos físicamente, hacían lo mismo sobre el césped antes de volver a los vestuarios. Pero allí no se marchaba nadie. No queríamos que ese delicioso momento, ese cenit de la felicidad que supone ser seguidor del Atlético de Madrid, acabase todavía. A base de ruido y pasión obligamos a los jugadores a volver al césped para disfrutar de una fiesta de la que por supuesto formaban parte. Como héroes anónimos que, altruistamente o no, habían dado todo lo que tenían por una idea. Por un símbolo. Por un equipo. Por el Club Atlético de Madrid. Todavía no habíamos reparado en ello entonces pero en ese momento éramos semifinalistas de la Copa de Europa. Después de 40 años.   


“…derrochando coraje y corazón.”

The nerve

At. Madrid 1 - Villarreal 0

En 1939 la Metro-Goldwyn-Mayer decidió adaptar al cine una fábula infantil escrita a finales del siglo XIX, para transformarla en un original musical que primero fue un gran éxito y luego una referencia casi de culto. Se llamaba El Mago de Oz. En la trama, supuestamente infantil, una muchacha perdida en un misterioso mundo de fantasía buscaba llegar hasta El Mago de Oz, como forma de poder volver a su casa de Kansas. En el camino se encontraba con varios personajes que le acompañan en la búsqueda, todos ellos con algo que reclamar al mago, siendo uno de ellos un león cobarde que buscaba valentía. Con ese concepto me quedé durante muchos años hasta que, ya de mayor, fui capaz de entender las canciones originales en inglés. Fue entonces cuando descubrí que lo que aquel león pedía en la canción no era valentía (bravery) sino otra cosa: The nerve. No soy un experto lingüista (y si alguien lo es que me corrija) pero creo que no existe en castellano una traducción exacta para ese concepto. Algún traductor barato o algún político patrio, de esos que dirigen los designios de este país, lo traducirían como “el nervio” pero créanme si les digo que no tiene nada que ver. Pero aunque no existe esa palabra en nuestro idioma deberíamos encontrarla porque eso, como quiera que se llame, es exactamente lo que tiene este Atleti. La sustancia de la que se alimenta a diario y el motivo por el que a estas alturas de la temporada estamos no sólo codeándonos con la élite, sino subidos en su misma cúspide. En palabras de un amigo inglés The Nerve es una mezcla asimétrica de coraje, valentía, constancia y control bajo presión. No me digan que no encaja perfectamente con lo que llevamos viendo desde agosto.

El partido de esta tarde en el Calderón no ha sido bueno ni va a suponer un ejemplo de buen juego o de gran fútbol. Ha sido feo, áspero, aburrido y muy complicado. Pero son tres puntos exactamente iguales que los tres puntos de otros partidos memorables. No soy un tipo resultadista y en esta misma bitácora me he cansado de criticar a esos entrenadores cobardes que en el mismo banquillo que ahora ocupa Simeone, se agarraban a ese clavo del resultado para disfrazar su negligencia como gestores técnicos. Esto es diferente. No luchamos por ser séptimos y jugar la Inter Toto. El Atleti no ha llegado donde está jugando como hoy sino siendo un equipo. Cambiando de registro cuando hacía falta, plantando cara a todos y sobre todo jugando al fútbol. Sí, jugando al fútbol. Que no nos traten de engañar esos cantos de sirena que vienen de supuestos rapsodas del fútbol, vendedores de crecepelo, que aupados en su mediocridad pretenden simplificar el fútbol en dos únicas formas de manejarse en el campo. Esa estúpida y gratuita ley no escrita que dice que todo lo que no sea jugar como el Barça es como rebozarse en el barro. No es así. Esto es mucho más complicado. Aunque tengo que confesarles que a estas alturas de película, a falta de seis partidos y estando donde estamos, el debate sobre si se juega o no se juega bien ya me supera. Vamos, que me da igual.

El partido comenzó con un Vicente Calderón repleto de niños en la grada. Las nubes se alejaban de la zona y un sol primaveral pero abrasador iluminaba el coliseo. El ambiente era fantástico, pero el Atleti no tiene buenas referencias de tardes festivas con este mismo tipo de ambiente. En el campo los dos equipos se colocaban bien desde el principio, plantando los ejes sobre los que se desarrollaría después el partido. Los de Marcelino muy bien organizados en 30 metros, cerrando la salida del rival y tocando con velocidad en campo contrario, cada vez que tenía ocasión, sin arriesgar nada. El Atleti tratando de dominar el partido sin perder el rigor defensivo y tampoco arriesgando en exceso. Según pasaban los minutos los castellonenses se sentían fuertes ante la incapacidad del rival para hacer peligro pero seguían sin estirarse. Enfrente el Atleti echaba de menos a sus bajas. La movilidad constante de Costa se cambiaba por el juego estático y pobre de Villa. Mucho menos poderoso jugando en vertical, con el balón en los pies seguía también siendo incapaz de escaparse de nadie. Flojísimo partido otra vez del guaje. La ausencia de Gabi era sin embargo más notable todavía. No sólo añoramos el liderazgo en el campo y esa prodigiosa coordinación de la presión, sino que su ausencia ocasionó el retraso de Koke al mediocentro y por tanto una baja importante en los tres cuartos. Baja acusada todavía más con la falta de Arda y la presencia de un Cebolla que ha vuelto a demostrar que no merece la titularidad y que de hecho, su rendimiento esta temporada no se corresponde con la cantidad de minutos que le han concedido. La falta de ideas de los colchoneros, la poca velocidad en la circulación, el juego estático en los tres cuartos y la falta de ambición del Villarreal hicieron que la primera parte fuese básicamente soporífera. Una rutina pastosa y aburrida que sólo se vio interrumpida por el enésimo gol de Raúl García de cabeza tras saque a balón parado. Un gol que a la postre sería todo y daría los tres puntos.

Pero si la primera parte fue aburrida la segunda fue todavía peor. Con un bagaje ofensivo del Atleti ciertamente paupérrimo (sólo recuerdo un tirito de Villa), la mínima estirada de los de amarillo hizo que el conjunto colchonero, con muestras preocupantes de cansancio, entrase en modo defensa y que con bastantes minutos por delante, decidiesen pensar únicamente en defender el resultado. Fueron 25 minutos de nervios, agobios y estados anímicos alterados. Mientras en el césped el Atleti se perdía y el Villarreal se encontraba, en la banda Simeone se erigía en un improvisado director de orquesta del pueblo para, a modo de Von Karajan, dirigir los cánticos del graderío. Era consciente, como lo éramos todos, de que el equipo lo estaba pasando mal, que no tenía más que ofrecer y que había que morir con las botas puestas. Los de Marcelino trataron de llegar a puerta pero la realidad es que apenas tuvieron ocasiones tampoco. Lo más peligroso fue un rechace del Alderweirdeld que a punto estuvo de colarse en la red de Courtois.


Pero no lo hizo y el Atleti duerme una noche más como líder absoluto de la liga española. No suena mal. No suena nada mal. Quedan 6 partidos y aunque nadie parezca haber reparado en ello, y por supuesto la prensa oficial tampoco lo hará, matemáticamente estaremos el año que viene en la fase de grupos de la Champions League. Quién podría decirlo a principio del torneo. Qué siga la fiesta.  

Ni un solo pero

FC Barcelona 1 - At. Madrid 1

El mundo del fútbol es un campo abonado de tópicos. De frases hechas. Ya saben, todo eso del once contra once, voy a darlo todo por esta camiseta, lo único que podemos hacer es seguir luchando, etc. Estamos tan acostumbrados a lidiar con ello que, actuando en sintonía con el estado de descomposición del fútbol en el que nos encontramos, apenas reparamos en el significado de lo que escuchamos. Pero hay ocasiones en las que deberíamos hacerlo. Especialmente si usted es aficionado al Atlético de Madrid. Seguro que, sin rebuscar mucho en la basura, serán hoy capaces de encontrar a más de un oportunista buscando y resaltando los peros del enfrentamiento del equipo de Simeone contra al Barcelona. Seguro, no me cabe duda. No creo que les cueste encontrar tampoco algún comentario negativo o insultante, supuestamente ingenioso, de alguno de esos periodistas que incluso dice simpatizar con el equipo colchonero y que, en realidad, únicamente buscan el tono amarillo de una información que busca escandalizar. Nos ha tocado desgraciadamente lidiar con esa suerte de mundo paralelo y desagradable pero a mí ya me da igual. El actual Atlético de Madrid es un equipo que da TODO lo que tiene y eso es lo que a mí me hace ser feliz. Todo. Hace todo lo que puede y lo hace lo mejor que puede. Así de simple. Así de complicado. Compensa las carencias de presupuesto haciéndose más equipo, sustituye la falta de calidad por rigor táctico y prescinde de la suerte para agarrarse a la fe. Por eso creo que es absurdo ponerle peros a esta plantilla, a este equipo y a este entrenador. No los busque. No los tiene.

El partido podría parecer que se trataba de otro partido cualquiera pero no lo era. Los propios jugadores se encargaron de dejarlo claro. Estamos hablando de unos cuartos de Champions. No sé ustedes, pero yo no estoy acostumbrado a lidiar en estos terrenos. Algo que probablemente puedan decir también los once rojiblancos (ayer de amarillo) que saltaron al campo pero que sinceramente, no lo parecía. Los primeros diez minutos del cuadro de Simeone fueron espectaculares. De equipo de élite. Robando el balón a todo un Barcelona, jugando en campo contrario y llevando peligro. De hecho en apenas unos segundos tuvo la primera ocasión de gol, que a la postre sería la más clara de todo el partido en ambas porterías. Un desafortunado Villa, que sigue en esa lenta pero inalterable caída hacia el ostracismo, no acertó a meter el balón entre los palos a pocos metros de la línea de gol y todos pensamos que pagaríamos la osadía. El Atleti siguió en esa misma tesitura valiente, poderosa y temible para los rivales que le ha llevado a estar en el lugar en el que está. Midiéndose de tú a tú con un equipo que le cuadriplica el presupuesto y que ha dominado el mundo del balompié en la última década. Aguantó en ese formato algunos minutos más pero poco a poco los del Tata empezaron a encontrar su juego y mediada la primera parte apareció su mejor versión. Con circulación rápida de balón, constante movimiento de sus delanteros, cambios de banda y lo que es más importante, ahogando la salida del Atleti a base de presión en la misma frontal del área. Fueron unos minutos de agobio para los del Cholo que sin realmente sufrir ocasiones en contra, empezaron a pasarlo mal. La cosa se puso todavía peor cuando Diego Costa se echó la mano a la pierna y tuvo que abandonar el campo por recomendación de un Simeone que intentaba convencer al crack rojiblanco de que lo hiciera. Duro revés, que trajo consecuencias en el partido y que probablemente traerá consecuencias en la temporada. Pero el Atleti no se arruga ni siquiera en los peores momentos. Al fin y a la postre el éxito de este grupo de jugadores es que siempre, independiéntemente de los protagonistas, han actuado como equipo y así lo siguieron haciendo. Así lo van a seguir haciendo. No tengo ninguna duda. El partido siguió con la salida de Diego Ribas al campo y aumentando un punto el nivel de intensidad y derroche físico que a esas alturas ya era sobrenatural. Y así, a base de trabajo y esfuerzo el Atleti pudo igualar el partido y ralentizar el empuje blaugrana, al menos hasta el descanso.

La segunda parte fue otro prodigio de derroche por parte de ambos equipos. Un Atleti mostrando su mejor versión de equipo aguerrido, duro, correoso y tácticamente impecable, frente a un Barcelona rabioso, muy intenso y que además empezó a tocar la pelota como los ángeles. Especialmente gracias a un magistral Iniesta que decidió quedarse con el balón y dar una lección de como se juega al fútbol. Pero en ese escenario, en una de las pocas estiradas de los colchoneros, apareció la calidad que también tiene el equipo madrileño. Una balón, que aparentemente no tenía ningún peligro, fue conducido por Diego Ribas escorado a la derecha que armó su pierna para lanzar un cañonazo brutal que se coló por la escuadra de Pinto. Quiero creer que no me llevo por la emoción si digo que es uno de los goles más espectaculares que he visto en mi vida. Por lo plástico del resultado, por el escenario y por el momento. El 0-1 puso el corazón a la altura de la nuez en todos y cada uno de los aficionados rojiblancos, que empezaron creer en que el sueño era posible. Y lo siguió siendo durante algunos minutos más en los que el acoso de los Iniesta, Messi, Xavi, Neymar y compañía no pasaba de la frontal del área. Pero poco a poco todo se fue haciendo mucho más complicado. No es casualidad que coincidiese con el agotamiento físico de los jugadores de Simeone que exhaustos, daban muestras ya de no poder más. Echados descaradamente atrás, intentaron sobreponerse a los ataque cada vez más peligrosos de un Barcelona dolido. Así que en uno de esos ataque Iniesta fue capaz de, por fin, ver un pase entre líneas de esos que sólo los grandes genios son capaces de ver. Neymar ganaba así la espalda de Juanfran y hacía el empate a uno. Desde ese momento hasta el final, el partido fue un acoso constante de los del Tata frente a unos jugadores rojiblancos agotados, que sin embargo nunca perdieron la cara ni el rigor, a excepción de un lamentable Sosa que saltó al campo cuando más ayuda se necesitaba para demostrar el tipo de jugador pusilánime que parece ser. No sólo fue incapaz de estar a la altura de las circunstancias sino que estuvo a punto de destrozar todo lo que se había conseguido. Pero allí estaba, gracias a Dios y al Chelsea, San Courtois. El belga volvió a demostras con varias intervenciones antológicas en los momentos más críticos del partido que es uno de los mejores porteros del mundo. No creo que nadie lo discuta ya a estas alturas.

El empate a uno es un magnífico resultado, inimaginable al inicio del partido, pero que no debe hacernos ser ingenuos. La eliminatoria sigue totalmente abierta. Tampoco seamos agoreros. Estamos vivos y tenemos posibilidades de pasar a semifinales. Es así. A estas alturas de película los aficionados al Atleti nos hemos ganado el derecho de poder soñar con lo que queramos. Es lícito y nos lo hemos ganado. Hagámoslo y no pensemos de momento en otra cosa. Que ningún anormal nos quite el instante ni ensucie, aunque sea de refilón, una temporada que ocurra lo que ocurra será digna del mejor de los recuerdos. Ni un sólo pero.