Ladrones de cuerpos

A mediados y finales de los años 80, siendo yo entonces un impresionable niño con todo por descubrir, ya era socio del Atlético de Madrid. Recuerdo aquellos partidos con cariño y nostalgia pero los recuerdo también como tremendamente fríos no solo por el gélido relente que emerge desde el río hacia las gradas sino porque entonces era muy difícil ver un estadio Vicente Calderón totalmente lleno como ahora lo vemos cada domingo. Lo normal entonces era encontrarse una fría (aunque bulliciosa) media entrada “larga” que dejaba ver bastante el por entonces gris cemento que decoraba las gradas de coliseo colchonero. Durante esos años, dependiendo de la edad y del momento, veía los partidos en compañía de mi hermano, mi padre, un amigo de este con su hijo, mi tío, tres de mis primos, algunos amigos míos…, todos ellos y otros más han estado a mi lado sufriendo y disfrutando del Atlético de Madrid durante muchos años pero a día de hoy, mucho tiempo después de aquello, los únicos que seguimos siendo socios del atleti y vamos regularmente al estadio somos mi hermano y yo. El resto de la tribu, asqueados por las circunstancias, ha perdido interés por el fútbol en mayor o menor grado atravesando en algún caso una clarificadora epopeya que les ha llevado a renegar de este deporte como ex fumadores radicales. La mayoría no obstante mantiene un perfil bajo de aficionado y sigue las vicisitudes del “glorioso” alejados del vergonzoso sucedáneo que ha usurpado el nombre del club y que publicita con interesada desvergüenza la red mafiosa que también ha secuestrado el periodismo deportivo de este país. Sin embargo, paradójicamente hoy es una “alegría para los sentidos” acudir a un estadio Vicente Calderón donde el cemento está tapado por sillas de colores (generalmente muy sucias) y que ahora suele estar lleno domingo tras domingo de eufóricos atléticos enfundados en colores rojiblancos y casacas del Liverpool. No me salen las cuentas. Mientras mi familia atlética cercana decrece en un proceso degenerativo imparable la familia atlética oficial crece de forma inversa y aparentemente goza de buena salud.

En 1956 un director de cine de serie B llamado Don Siegel dirigió “La invasión de los ladrones de cuerpos” basándose en una novela de ciencia ficción publicada pocos años antes creando así una afamada película de culto que ha sufrido varias secuelas a lo largo de los años (memorable la de 1977), que ha inspirado docenas de obras posteriores basadas en un hilo argumental muy parecido y que a mí me vale para teorizar al respecto del tamaño y forma de la familia atlética y de lo que está pasando en este club centenario.

Santa Mira es en la película un pueblecito recóndito del oeste americano donde en un relativamente corto periodo de tiempo se produce un fenómeno extraño que puede pasar desapercibido para cualquier observador imparcial pero no para el protagonista de nuestra historia que vive y siente allí. Los ciudadanos del pueblo aparentemente son los mismos en aspecto, forma y recuerdos que siempre pero ahora aparecen como fríos, deshumanizados y carentes de cualquier tipo de emoción. Todos hacen lo mismo todos hablan igual, todos piensan igual y todos actúan igual. El pueblo de repente es una aparente máquina “perfecta” donde no existen problemas ni desaires funcionando como una engrasada cadena de montaje. El protagonista y su novia viven una asfixiante experiencia entre la incredulidad de lo que creen ver y la paranoia de no saber si es cierto hasta que obtienen la certeza de que un complot extraño (extra terrestre) está sustituyendo las personas del pueblo por replicas exactas en apariencia y forma pero que en el fondo son criaturas que nada tienen que ver y que actúan robóticamente obedeciendo a una empresa superior que tiene como objetivo eliminar a los terrestres y quedarse con la tierra para beneficio propio.

Desde la fraudulenta llegada de Jesús Gil al poder del Atlético de Madrid la campaña de desarraigo en el club ha sido una constante. Comenzó con la violenta expulsión de la guardia pretoriana de entonces (los Arteche, Landaburu,…), el desalojo y ninguneo de las viejas glorias de siempre que no actuaban como robots programados por el gilismo (el Atleti debe ser el único club del mundo que vive sistemáticamente de espaldas a su glorias vivas) y está culminando con la torpe y chapuzera labor de ese hijo de la familia que heredó el legado atlético (¿demasiado torpe para los negocios de verdad?) que sigue desnaturalizando definitivamente el club y entregándoselo a manos tan ajenas como negligentes y carentes de talento (Pitarch es un gran ejemplo que eclipsa todos los demás). Las razones que los Ladrones de Cuerpos dan en la película son la construcción de un mundo “más avanzado” y sin problemas originados por “sentimentalismos” que coinciden con las razones de nuestros “ladrones” particulares que sin ir más lejos hace un par de años remitían a la “profesionalización” del club para justificar su violento desmantelamiento. En ambos casos la verdadera razón parece obedecer exclusivamente a intereses personales.

Una vez “saneadas” las oficinas de elementos pensantes y sensibles la labor de lavado de cerebro tiene más ramificaciones ya que el verdadero objetivo tiene que ser la afición, los erráticos humanos que habitan esta Santa Mira rojiblanca, que al fin y al cabo son los que pagan. El objetivo se consigue poco a poco “matando” a los hostiles y abrazando con ardor a los nuevos replicantes nacidos de las vainas de la publicidad engañosa que vende un sucedáneo acaramelado de la realidad, seductor y tremendamente digerible. Una elegía a la derrota, al fracaso y a la mediocridad que es disfrazada elegantemente con aparente espíritu genuino de atrezzo. En definitiva una réplica tosca pero fácil de tragar que interpreta de forma errónea pero efectiva la verdadera personalidad del Atlético de Madrid. Poco a poco el mensaje va calando y se va consiguiendo el requerido lavado de cerebro gracias al concurso inestimable de los medios de comunicación, protagonistas principales de la historia, a los que el universo Gil inteligentemente incluye dentro de la patraña como “amigos”. De esta manera se va creando una pasta homogénea y uniforme que sin perder el color original ni el caché ganado durante cien años de esfuerzo aparece ahora amable, barata, obediente, sumisa y folclórica.

Una de las escenas más escalofriantes de la primera secuela de la película es cuando a los niños de un colegio se les pide hacer un dibujo cualquiera y todos hacen exactamente el mismo. Todos reaccionan igual porque todos tienen los mismos mecanismos de razonamiento. Aquellos que como yo tengan la particularidad de convivir con aficionados colchoneros que viven al margen de este reducto de Asterix y Obelix que supone internet y páginas como esta (supongo que la inmensa mayoría) podrán observar con mucha facilidad como la afición habla siempre de lo mismo, con los mismos argumentos y como estos coinciden a su vez con lo que indisolublemente todos los medios de comunicación se encargan de transmitir como si se tratase de propaganda soviética. Una semana toca hablar de que se marcha el Kun, otra semana toca hablar de Torres, otra semana es Aguirre,.. una semana la culpa es de la defensa y otra de la afición. Todos dibujan exactamente el mismo dibujo sin fisuras en un verdadero escenario sin emoción ni crítica donde nadie se cuestiona nada que no se puede cuestionar. De esa forma todo el mundo entiende que la cuarta plaza es un “éxito”, jugar la intertoto es jugar la UEFA, fichar a dos tipos que nadie quiere y que están jugando la liga rusa son fichajes “galácticos”, aprobar en la repesca es “cumplir objetivos”, decir “de que” es gracioso y marcharse del Atlético de Madrid es “mejorar”.

Pero el mundo sigue girando. El estadio está lleno, las camisetas se venden y los protagonistas parecen ser los mismos de antes sin serlo. El nuevo animal es una copia exacta del antiguo pero sin sentimientos ni emociones donde todos juegan el papel que el ente extra terrestre tiene asignado y en ese escenario las cabezas que pagan la comida y acuden al estadio sólo pueden aplaudir, sonreír y trabajar pasivamente para la causa. Las cabezas originales no están o si están han sido sustituidas por replicas exactas que piensa y actúan como todos. Un menguante grupo de irreductibles (antiguos y nuevos, ojo) parecen apercibirse de la realidad y primero tratan de alentar a la prensa oficial para que lo denuncie pero renuncian a ello cuando toman constancia de que son parte de la trama. Incansables forman pequeños grupúsculos de resistencia a través de la red de redes pero no se consigue la difusión deseada y si la constante amenaza del ostracismo o la estigmatización por parte del sistema. En la película los dos supervivientes se escapan del pueblo e intentan alertar a los conductores de otras ciudades desde la carretera pero también son tomados por locos.

La película tiene dos finales según la revisión que veamos: uno feliz y otro triste. En la original un tercero (el ejército) acaba entrando en liza aniquilando a los extraterrestres y salvando el pueblo. En la secuela los dos supervivientes se encuentran al cabo de los años y uno de ellos se da cuenta de que el otro ha sido también abducido con lo que descubre que realmente es el único que queda. ¿Cuál será realmente el final de nuestra película particular?