Aclaración de un sentimiento en 3 actos



Acto primero: los dogmas

Corría los últimos años de la década de los 70 o los primeros de la década de los 80 (no sabría especificar) cuando un Ennio muy pequeño, de 8 o 9 años de edad, volvía por segunda vez en su vida al Vicente Calderón. La primera vez fue un partido contra el Hércules en el que se ganó 1-0 con gol de Cabrera tras saque de falta de Dirceu, esas cosas no se olvidan, pero esta vez no recuerdo el rival ni el resultado (aunque sé que ganamos). Lo que sí recuerdo y recordaré siempre fue la impresionante y sonora pita con la que el estadio recibió al equipo nada más pisar el césped y que yo, un crío de ocho años vestido de rojiblanco que iba a animar a su equipo con gorra y bufanda, no era capaz de comprender. El partido no había empezado todavía, no era un partido de liga especialmente crítico ni contra ningún equipo grande (antes cuando se jugaba contra el Madrid había veces que había casi más vikingos que colchoneros en el campo) y el Atleti estaba en los primeros puestos de la clasificación. “¿Por qué pita la gente?”, le pregunté indignado a mi padre que estaba a mi lado. “Pues porque perdieron el domingo pasado en el campo del Español, ¿te parece poco?” me contestó un señor de nariz prominente y puro superlativo que se sentaba a mi otro lado y al que no conocía de nada. Hay ciertas cosas que si te las enseñan de pequeño nunca se olvidan y esta fue una de ellas: la afición al Atlético de Madrid exige ganar al Español en su estadio y perder significa que se han hecho mal las cosas. Sin embargo lo que de verdad nunca olvidaré de aquella misma tarde es lo que pasó inmediatamente después cuando el balón se puso a rodar y la misma afición que segundos antes estaba pitando se puso a animar de forma inconsolable con pasión y colorido hasta el final del partido. Entonces asimilé que la afición del Atleti está siempre con su equipo, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra y que esa fidelidad no tiene nada que ver con renunciar a un solo átomo de orgullo y exigencia. Tenía ocho años pero ya sabía lo que hay que saber para ser colchonero toda la vida. Orgullo y fidelidad.

Acto segundo: la práctica.

Podría hablar de la respuesta de la afición en mis momentos más felices en mis años de colchonero como cuando bajé dos años seguidos la castellana desde el Bernabéu celebrando la copa del rey (especialmente el segundo año después de aniquilar a los merengues) o de cómo me abracé con el cholo Simeone en la esquina del hotel Ritz, que fue donde se tuvo que parar el autobús que llevaba a los jugadores a Neptuno la noche que se ganó el doblete del 96 gracias a la cantidad de gente que había. Podría hablar igualmente de los momentos malos (igual de significativos y emotivos) como la final en Lyon, el partido en Oviedo que selló nuestro descenso o aquella noche en Sevilla cuando después de perder 3-0 la final de la copa del rey el Frente Atlético (y yo con ellos con la piel de gallina) gritó a todo pulmón el nombre de Radomir Antic (nuestro entrenador de entonces que ese misma noche fue destituido por los Gil), pero me quedaré con otra anécdota menos conocidas que también viví in situ:

Corrían los primeros meses del año 1990 y estábamos en la mitad de la liga 89/90 cuando se dio el partido que ahora recuerdo, un Atlético de Madrid frente al Real Valladolid en un Vicente Calderón con una temperatura gélida propia de la época. El Atlético de Madrid entrenado por el polémico Javier Clemente estaba en ese momento en la segunda posición de una liga que encabezaba el Real Madrid a seis u ocho puntos de distancia (no recuerdo bien) y aunque hoy pueda resultar difícil de creer la labor de Clemente estaba cuestionada por la afición gracias al juego tan mediocre y cobarde que desarrollaba el equipo. En aquel partido se volvieron a escuchar las críticas y los pitos de las últimas jornadas al juego del equipo (que no a sus jugadores). El Atleti no ganaba la liga desde hacía 13 años y la última copa se había levantado hacía 5 pero eso no era óbice para bajar el listón ni para que la afición perdiese su orgullo. Entendía que el Atleti no podía jugar de semejante manera y veía además que de esa forma el Madrid se le marchaba, incluso 13 años después de la última liga. Aquel partido acabó con una victoria pírrica gracias a un solitario gol de Baltazar que al menos mantenía la distancia. La semana siguiente se perdió en Pamplona y Clemente fue destituido. El equipo seguía en segunda posición.

Acto tercero: la catarsis

Octubre, temporada 09/10. De nuevo hace 13 años que el Atleti no gana la liga (o ningún otro título). En la jornada sexta el Atleti no ha ganado todavía un solo partido y ya se ha recibido la ya tradicional goleada del Barcelona. El juego desplegado ha sido atroz en la línea de las últimas temporadas y la mayoría de jugadores están fuera de forma. En la Champions se ha empatado contra un equipo chipriota en un partido ridículo y se ha perdido de forma contundente contra el Oporto reduciendo al mínimo las posibilidades de pasar de fase. La plantilla tiene puestos para los que no existe un solo jugador (laterales, centrocampistas de creación,..) además de arrastrar carencias evidentes desde hace lustros pero en verano no se hace un solo fichaje que aporte (viene un portero por otro que se va y un central en el ocaso de su carrera para sumarse a la lista de seis centrales que ya había) y las bajas de Seitaridis, Maniche, De las Cuevas o Banega se cubren con jugadores que dos años antes no valían para el equipo y que al principio del verano estaban en venta. A pesar de ello un día después de cerrar el plazo de fichajes se vende al lateral derecho titular (que ni siquiera era lateral derecho). Conocida la noticia de que Madrid no será la sede de las siguientes olimpiadas se suceden en la prensa las dudas sobre la viabilidad del estadio de la Peineta que no hacen más que sumarse a la lista de dudas, misterios y acuerdos no explicados que saturan la sospechosa operación. El dueño del equipo ha vuelto a su cueva tras una pequeña marejadilla y el presidente trata sistemáticamente como estúpidos a cualquiera que le acerque un micrófono (y por tanto a los que puedan estar interesados en lo que dice)

En esa jornada sexta el Vicente Calderón recibe al equipo (y sus dirigentes) con una cálida acogida y a pesar del mismo juego atroz de siempre no se escucha una sola voz reprobatoria ni antes (sólo un minúsculo grupo protesta en la puerta cero) ni durante ni después del partido. El Atleti gana con fortuna su primer partido de la temporada y la afición lo celebra con emoción convencidos de que será el resurgir hacia el “objetivo” aunque sin tener muy claro cuál es ese objetivo. Hasta los propios jugadores se animan a ir hasta el centro del campo al final del partido para devolver el aplauso de la gradería, algo que no ocurría desde que Fernando Torres dejó hace tres años de ser capitán para seguir siendo un profesional a la rivera del Mersey.


Epilogo:

Las personas son dueñas de sus actos y cualquiera de ellos es perfectamente respetable. Dicen que la gente evoluciona a lo largo de la vida y puede que sea verdad pero las cosas que se aprenden de pequeño se quedan marcadas con más fuerza y muy rara vez se olvidan.

3 comments

pablo 8 oct. 2009 16:34:00

Tremendo, enorme el post. La verdad que no he tenido ocasión de asistir al Calderón a finales de los 70, pero tendría que ser una pasada. Ahora se aplaude hasta al utillero cuando sale a atender tuercebotas.

fernando 9 oct. 2009 15:11:00

firmó tu post totalmente. Un abrazo.

Anónimo 13 oct. 2009 14:17:00

Recuerdo ese partido contra el Hércules y otro contra el Sabadell que se jugó a las 12 de la mañana, recuerdo que el Atleti era un equipo pequeño entre los grandes hecho a base de, como muy bien dices, orgullo, fidelidad y buena dirección, sabíamos lo que éramos y a dónde nos dirigíamos.

A todos, nuestro padre nos enseñó qué era el Atleti y ser del Atleti y todos entendíamos el Atleti como nuestro (asíe era en realidad), por desgracia este simulacro SAD de Atletico de Madrid no es lo mismo, ni se le parece, no se sabe dónde va ni para qué está; yo sólo le ecuentro un motivo a esta penosa transformación: el Atleti es de unos pocos, y son unos delicuentes, y los aficionados ya no somos parte del Atleti, somos simples clientes de esta SAD, y cómo clientes muchos de esos aficionados han optado por comportarse únicamente como consumidores de un ¿espectáculo? dejando de lado los sentimientos profundos que van más allá una relación exclusivamente comercial.

A mí me han matado la ilusión, porque esa camiseta, aunque lleva el mismo escudo que en los 70 y los 80 no es la misma ni se le parece.

Un saludo. by Atlético71