Aquel señor tremendamente enfadado

Yo lo aprendí hace años, cuando el acné adolescente era una cosa del futuro y tras un derbi que perdimos en el Bernabéu. Fue entonces cuando un señor tremendamente cabreado, un atlético de pura raza, de esos que son capaces de traspasar la epidermis de la personalidad y afectar al carácter de uno cuando éste sigue abierto como una fontanela joven, me dijo que los derbis contra el Madrid eran la cúspide del colchonerismo y que ahí no se podía fallar. El Atleti es un equipo con dificultades y que perderá partidos pero está hecho para ganar títulos, me dijo. Es un club enorme forjado en la adversidad y llamado a llevar el nombre de nuestra ciudad por el mundo, me dijo también. Es un equipo orgulloso que debe estar siempre con la idea de ganar todo aquello que dispute pero ni por esas puede olvidar su esencia ni su razón de ser. El Atleti es mucho más que simplemente un equipo de fútbol. Precisamente por eso contra el Madrid es dónde no se puede flaquear, no se puede huir ni disfrazarse de otra cosa. Tenemos que ser nosotros. Es contra el Madrid dónde el Atleti debe encontrarse cada vez que esté perdido. Gane o pierda.

Yo no lo entendía pero traté de que me lo explicara. Aquel señor tremendamente cabreado me dijo que todo el mundo sabe que el Atleti fue fundado por unos estudiantes vascos en Madrid pero que poca gente recuerda que uno de los motivos para que aquello ocurriese se encontraba en los aficionados madrileños que viendo un año antes disputar un partido entre el Real Madrid de entonces y el Athletic de Bilbao, partido en el que los blancos ya portaban los estandartes de prepotencia, desdén, soberbia y mal perder que nunca les han abandonado, decidieron que ellos no querían ser aficionados de ese tal Real Madrid. Los aficionados del nuevo Athletic, el de Madrid, nacieron ya desde entonces con esa clara premisa de “así no” y por ello cada enfrentamiento con ellos no era un partido de fútbol de once contra once. Era otra cosa. Era una lucha entre dos formas de entender la vida. Entre dos formas de vivir. Entre dos formas de sentirse orgulloso.

Empezaba a entenderlo. Aquel señor no estaba tremendamente cabreado por haber perdido el partido ni por los “errores” del árbitro, siempre a favor de los blancos. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque los jugadores no habían entendido la misión que tenían en el campo. No habían entendido la camiseta que llevaban puesta ni lo que significaban esas rayas rojas y blancas. No habían entendido que los miles de personas que estaban pendientes de sus acciones no iban a ver un partido de fútbol, ni iban a ver un resultado “interesante”. No habían entendido que aquella gente estaba allí para mostrarle al mundo la opción de vida que habían elegido. Su concepto de orgullo. Su pasión enfermiza e irracional por una idea romántica. Su aparatosa afición a esa emoción extrema que de alguna forma tamizaba su devenir diario. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque en los ojos de los jugadores que llevaban la camiseta del Atlético de Madrid había visto miedo y resignación. Autocomplacencia y cobardía. Mediocridad y conformismo. Conceptos todos que entonces eran incompatibles con el escudo del oso y el madroño.

Cuando al día siguiente vi la que se armó entre los amigos colchoneros de mi padre, las palabras tan dañinas y certeras que salían de la prensa escrita hablando en nombre de mi equipo y su afición, el cabreo nuclear que había en las oficinas del club, los despidos y condenas que ocurrieron como consecuencia de aquel único partido y sobre todo la pitada monumental que escuché en el Calderón al domingo siguiente, el círculo se cerró en mi cabeza. Nunca nadie ha tenido que volverme a explicar lo que era un Derbi y por tanto lo que era el Atlético de Madrid. Años después yo podía ser la persona más feliz del mundo cuando ganábamos en el Bernabéu pero también era un Atlético altivo y orgulloso cuando sólo robando con argucias arbitrales eran capaces de ganarnos en el mismo sitio. También cuando perdiendo justa o injustamente el equipo había demostrado lo que es ser un equipo valiente, orgulloso, entregado y consciente de lo que estaba representando. Mis amigos madridistas no podían entender esa especie de orgullo elitista que teníamos los atléticos independientemente de victorias o derrotas (y en parte nos envidiaban por ello) pero es que la esencia del equipo de sus amores, desde el principio, marchaba por otros derroteros más ligados precisamente a lo que decía el marcador.

El sábado pasado me acorde de aquel señor tremendamente cabreado que lamentablemente hace años que ha fallecido. Me acordé de él cuando al acabar el partido escuchaba escusas peregrinas para justificar la derrota basadas en el árbitro y la mala suerte. Ingenuos. Igual que me hicieron a mí hace muchos años traté de explicar a los pequeños las razones de por qué tendríamos que estar tremendamente cabreados con nuestros jugadores, nuestro entrenador y sobre todo con nuestros dirigentes. Traté de utilizar las mismas armas y los mismos argumentos que fueron infalibles conmigo pero según lo estaba haciendo reparé en la inutilidad de mi empresa. Recordé entonces las palabras de mi entrenador durante la semana previa asumiendo la inferioridad, cargándose de escusas para una inevitable derrota y basando su estrategia en un sucedáneo malo del miedo más rastrero. Recordé también las palabras de los jugadores que tuvieron la “mala suerte” de hablar en nombre del equipo que les paga. Esas palabras labradas en marmoleo miedo. Miedo atroz y paralizante. Esas palabras pronunciadas desde el complejo de inferioridad del que se cree inferior. A pocos les pareció algo digno de ser penalizado. Recordé las palabras ausentes del máximo dirigente de esta nave, ese señor que utiliza el escudo del Atlético de Madrid como plato de sopa y como papel higiénico. Lo normal. Recordé también las aparatosas palabras del que dice ser presidente de la institución, esas construcciones verbales entre la comedia chusca y el insulto humillante que una y otra vez tratan de masturbar las enrojecidas zonas erógenas del espíritu atlético, obteniendo exactamente el efecto contrario. Lo normal también, desgraciadamente. Recordé las “ingeniosas” portadas de los periódicos, las “respetuosas” conclusiones de las tertulias y los vaticinios de los análisis más “objetivos”. Nadie parecía estar ofendido. Recordé los ladridos insultantes de subproductos del periodismo cabaretero como los de Chus Galán que con toda desfachatez e impunidad insultaba sin talento a una gran parte de los que pagan su nómina. Pensé con lástima en lo que los histriónicos notarios de la realidad dirían al día siguiente sin tener que pensar dos veces sus soflamas. Pensé en las importantes y certeras medidas ejemplares que se tomarían desde el club durante los siguientes días. Me imagine la calurosa ovación y afinados e ingeniosos cánticos que nuestra afición ofrecerá a nuestros esforzados jugadores, entrenador y dirigentes el próximo domingo. Entonces me di cuenta de que lo que estaba haciendo era absurdo. ¿A quién quería engañar? La cadena se rompió en aquel señor tremendamente cabreado y yo me quedé con ella. Él lo hizo bien. Yo no. Él pudo. Yo no.

El Derbi madrileño ha muerto y con él también se ha ido aquello que sujetaba al Atlético de Madrid. Lo que quiera que fuese.

Filosofía

R. Madrid 4 - At. Madrid 1


Antes de que MA Gil Marín fuese el mandamás del Atlético de Madrid los enfrentamientos contra el Real Madrid eran partidos especiales para los aficionados colchoneros. En verano buscábamos la fecha en el recién nacido calendario de la temporada venidera y llegado el momento, la jornada se convertía en un intenso día de fiesta. Los amigos nos juntábamos a verlo en algún sitio y allí sufríamos, sudábamos emoción, nos reíamos, gritábamos o llorábamos, bañados todos en el perfume de la emoción. Se ganaba, se perdía y se empataba pero el resultado sólo modificaba el color de la fiesta post-partido. Antes y durante era siempre muy parecido. Desde que MA Gil Marín es dueño de este club esa bonita tradición se ha difuminado en el viento. Personalmente me entero ahora de los partidos contra el madrid cuando alguien en la grada me dice algo del tipo: “pues verás tú el domingo cuando nos pille el Madrid”. Los días anteriores son algo así como un calvario y el partido también lo veo con amigos (algunos menos) si, pero ahora ya no hay emoción ni intensidad. Hablamos del pésimo entrenador que toca este año (siempre son pésimos) o de los regalitos árbitrales al rival (que siempre hay regalitos) pero apenas se nos acelera el corazón. Sabemos que ganar es una posibilidad entre un millón basada exclusivamente en un golpe de suerte. Sabemos además que si ganáramos el mundo entendería el hecho como una hazaña al estilo de la que logró el Alcorcón. Sería una anomalía, algo inédito, casi absurdo, lo que tampoco es que me haga especial gracia. Pero es difícil explicar todo esto agarrado a un resultado cuando es una cuestión de filosofía. De entender la razón de ser, el sentido, la filosofía de mi equipo. Cuando hoy, con el 4-1 en el marcador, los intelectuales de Ultra Sur han sacado una pancarta que rezaba: “se busca rival digno para el derbi, razón aquí” el dolor se ha instalado en mi médula espinal. Normalmente me dan absolutamente igual las pancartas o insultos de los Ultra Sur pero en este caso tenían razón. Según el Atlético de Madrid que yo conozco esa pancarta debería estar colgada en el Calderón sujeta por sus aficionados.

Sabiendo que los día de antes a lo que antes se llamaba Derbi son un calvario para mí, he intentado evitar el circo mediático durante esta semana pero aun así no pude evitar que me llegara el mensaje que se lanzaba desde banquillo y oficinas del club. Un mensaje bochornoso, lamentable e indigno. Mensaje más que de equipo pequeño de equipo miserable. Manzano prometía ensuciar el partido y rezar al santo de los desamparados. Diego decía que lo normal sería palmar. Así uno detrás de otro. El Atleti no salió al campo a disputar un partido con su máximo rival histórico. El Atleti tampoco salió al campo a disputar un partido de liga. El Atleti salió al campo a evitar el ridículo y sobre todo a evitar el despido procedente del inútil señor que les entrena. Algo que atenta contra la centenaria historia del equipo de mis amores y algo que no podría consentir nadie que tuviese un mínimo de cariño por este equipo. Desgraciadamente nuestros actuales dirigentes no pertenecen a esta categoría.

Y alguno pensará que el equipo salió bien y que el planteamiento fue bueno al principio. Yo no. El equipo salió entonado en lo anímico y despierto en lo físico. Cierto. También es verdad que lo hizo con cierto despliegue técnico en aquellos que tienen técnica (evidentemente Gabi no puede entrar nunca en esta categoría) pero era fruto de las circunstancias ajenas. Era el escenario soñado para un entrenador mediocre entre los mediocres. Cobarde entre los cobardes. Era ese escenario “idílico” en el que el rival tiene que ganar, tiene que tener el balón, tiene que tener la iniciativa y tú te puedes limitar a destruir y a jugar a expensas del contrario sin que nadie te pueda criticar por ello. Y salió bien. Claro que salió bien. Impidiendo jugar a un Madrid espeso y dándole balones a Adrián para que demostrara lo buen jugador que es pero la alineación era ya una declaración de intenciones. Gabi y Asunçao de doble pivote no prometía mucho fútbol precisamente. Afortunadamente por allí estaban Diego y Turan para surtir de algo de fútbol a nuestro único delantero pero dudo que esa sea una fórmula digna. Pero salió bien durante un tiempo, claro que salió. El Madrid, incómodo en esta tesitura, triangulaba en campo colchonero pero no encontraba hueco en la tupida defensa madrileña. El Atleti trataba de robar el balón y salir. Si el balón lo robaba cualquiera que no fuese Gabi el juego llegaba al área rival, a veces con cierto peligro. Si el balón pasaba por las botas de Gabi, el único jugador al que se ha fichado tres veces y tres veces ha fracasado, lógicamente acababa en los pies del rival. Pero en estas tocó la lotería. Por esas cosas que pasan cuando juegas en el área contraria y no en la tuya, Adrián nos deleitó con una excelente jugada que apoyada en un buen taconazo de Salvio acaba en un espléndido gol. El Atleti se adelantaba, como tantas otras veces, la duda era si el Atleti sería capaz de achicar agua de su área desde ese momento hasta el final, que es lo que los entrenadores que MA Gil trae a este Atleti siempre hacen llegada la ocasión. Lógicamente no salió porque eso sale bien una vez entre un millón. Llevamos solamente una década esperando a que llegue.

El Madrid aceleró un poco el pulso, Gabi y Asunçao se hicieron centrales y el balón acabó diez minutos después en Benzema delante de Courtois que lo derriba. Con el reglamento en la mano penalty y expulsión. Es así. Si la jugada hubiese sido en el área contraria no sería penalty (o sería dudoso) y como mucho tarjeta amarilla. También es así. Gol de Ronaldo y fin del partido. Hasta ese momento el Madrid no había hecho nada. Estaba lento, espeso y controlado. Tenía el balón pero no llegaba. El Atleti jugaba a no jugar pero daba la sensación de peligro cada vez que Diego, Turan o Adrián cogían el balón. Con diez el equipo se iba a echar descaradamente para atrás pero si al menos tuviésemos a alguien como Diego para lanzar el contrataque había una posibilidad. Por eso Manzano lo quito para sacar a Asenjo. Valiente Manzano. Como siempre.

A partir de ese momento el partido se convirtió en un acoso de los blancos y un puñado de jugadores aturdidos, vestidos con la elástica rojiblanca, que a base de pelotazos y patadas trataban de contener al rival. Se aguantó hasta el descanso pero nada más volver el alma blandita de Godín hacía que Ronaldo pasara el balón al lado contrario para que Di Maria (lamentable la actitud de este jugador) hiciese el segundo.

Si había alguna posibilidad de no perder este partido esa pasaba por mover el banquillo, quitar músculo (músculo inútil porque Gabi es malo hasta defendiendo) y poner talento, pero Manzano prefirió pensar en su contrato, su rueda de prensa y su proverbial soberbia dejando todo como estaba. Y todo siguió como estaba, claro. Así Godín decidió a los 20 minutos hacer el jaimito dejando a Higuain el balón para que hiciese el tercero. El fantasma de la goleada planeaba ya para entonces pero que quieren que les diga. De dónde yo vengo 3-1 ya es goleada. Aún así, a falta de diez minutos Godín decidió coronar su gran noche haciendo un penalty de torpe, siendo expulsado y dando la oportunidad a Ronaldo de hacer su segundo gol y el cuarto de los blancos.

Las lecturas de este partido no deben hacerse en términos de goles, ni de puntos. Si me apuran ni siquiera en términos de juego. Como digo es una cuestión de filosofía. El análisis de este partido debe hacerse desde la pregunta de para qué está el Atleti en esta liga y en este mundo. Cuál es su razón de ser, su esencia, su espíritu y su motivo. Este equipo es indigno y si lo es no ocurre por tener un entrenador lamentable, mediocre y cobarde (que Manzano es todo eso y más) ni por dar cobijo a jugadores del montón que se pierden en un club de estas dimensiones (Gabi es una prueba demostrada tres veces). El problema del Atleti es de concepto. De diseño. De dirigencia. Si alguien tira un dado 20 veces y las 20 sale el mismo resultado con toda seguridad el dado está trucado. El Atleti lleva 22 derbis sin ganar y los 7 últimos perdiendo. No es mala suerte. El dado está trucado.

Philosophy - Ben Folds Five

Hacia ningún sitio

At. Madrid 3 - Levante 2


“No caminaré las estrellas contigo esta noche para ir a ningún sitio” (Elliot Smith/Going Nowhere)

El ambiente era frío. Raro. Un domingo gris, húmedo y oscuro. No apetecía nada acudir a la cita dominical en el Calderón pero habíamos pasado ya demasiados días sin fútbol. Esa era la excusa. El mono de Atleti. De algo que se pareciese a un partido de fútbol. No había mucha gente. No había ambiente y ni calor humano. No había demasiada ilusión ni demasiado que esperar. El tren de la liga se ha marchado y solamente queda la duda de averiguar a qué vagón de cola seremos capaces de subirnos. La esperanza de encontrar juego ilusionante era terreno de la ciencia ficción. El sueño de un resultado sorprendente se disipaba ante la certeza de que ya ningún resultado puede resultar sorprendente. Entre asientos vacios y mojados, cánticos aupados en el silencio, victorias anodinas que se venden como bálsamos contra la tristeza y bailes agarrados con la mediocre intrascendencia, reparé en algún momento en que este equipo, este Atleti 2011/2012, no va a ningún sitio.

Y es que como casi siempre, desde que este Atlético centenario ha pasado a ser un club “moderno” a la imagen y semejanza de su consejero delegado, el resultado del At. Madrid – Levante es engañoso. Últimamente los partidos en el Calderón ya no parecen partidos en el Calderón. El juego sigue siendo básicamente anodino pero el ambiente de las gradas tiende sospechosamente a no distinguirse del que se puede encontrar en cualquier parte del mundo al respecto de un partido cualquiera con cualquier equipo. Frío, espeso y aburrido. Aun así hay que reconocer que el Atleti salió entonado. La gastroenteritis de Gabi (única forma posible de que ese gran estratega de la era contemporánea, Manzano, prescinda de este jugador) colocaba a Tiago en el once titular y el equipo lo agradecía. El portugués está en la cuesta abajo de su carrera y apenas tiene media hora de juego en condiciones de elite pero incluso esa media hora es bastante más fructífera que lo que pueda aportar, en cuanto a fútbol me refiero, cualquier mediocentro de los que acostumbramos por estos lares. Con él, Diego y sobre todo un Arda Turán que todavía algunos no han reparado en ver lo gran jugador que es, consiguieron meter a los valencianos en su área a pasarlo mal. Pasarlo mal en esencia y apariencia porque en la realidad la capacidad de remate del Atleti, con y sin Falcao, seguía siendo nula.

El empuje inicial se diluyó con los minutos de forma preocupante dando paso al modo habitual en el que Manzano ha pasado los meses en este equipo: el de anodino aburrimiento. Nada nadismo. Peloteo en el centro del campo, estática táctica y precisión menguante. En mitad del desierto apareció uno de los penaltis más claros que he visto y veré en mi vida. Adrián era derribado sin miramientos por la defensa rival pero el trencilla, fiel a ese gremio asustado por el madridismo mourinhinsta y sus mamporreros, decidió amonestar al agredido. La sensación al descanso era de, una vez más, habernos equivocado. El espectáculo divertido estaba entones siguiendo el resultado de las elecciones generales. El retorno del vestuario no lo mejoró y de hecho pudo ser letal si en la portería del club madrileño no estuviese un jugador cedido del Chelsea, el belga Courtois, que sacó con maestría dos buenas llegadas del Levante.

Para entonces los pitos subían de nivel y la grada, con epicentro en el fondo sur, decidió tirar de ironía para musicalizar el aburrimiento. Reyes, reyes, reyes,… empezó a corear el calderón en clara referencia a las virtudes de gran psicólogo que tiene nuestro psicólogo de psicólogos, el señor Manzano. El jienense, sin entender nada (como siempre), crecido al albor de la demagogia y fajado durante años en la incoherencia y la cobardía, decidió agrandar su leyenda y puso al sevillano a calentar en la banda. Minutos después salió al campo para jugar al fútbol ganar el partido. Más que ironía sarcasmo. El primer gol fue virtualmente obra suya y una demostración a sus compañeros que lo mejor para tirar un contrataque es correr rápidamente en dirección a la portería contraria y no viceversa. Cogió el balón en la frontal de su área, se fue en vertical y habilitó con maestría a Pizzi delante del portero para que abriera el marcador.

El Levante decidió entonces quitarse el corsé táctico que tenía hasta ese momento y decidió estirarse para ir a por el partido lo que, unido a un Atleti 2011/12 que es tan blandito como predecible, hizo que casi sin despeinarse consiguiera el empate. Las caras en la grada se alargaban y los buitres empezaban a sobrevolar el río manzanares pero afortunadamente para el cuestionado entrenador colchonero para entonces estaba Diego jugando en el centro del campo y Arda Turán con energías suficientes para inventar. Así, con pocos minutos para la conclusión el turco se sacó un regate en una baldosa que lindaba con la línea de fondo y colgó un balón exquisito a la cabeza de Adrián para que este simplemente lo empujase a la red. Magnífico gol de calidad. Poco después Diego aprovechaba un error de la perdida defensa levantina para poner hueco haciendo el tercero. El 3-2 de Rubén con el tiempo concluido entraría ya en la categoría de anécdota.

La conclusión única es que se han sacado tres puntos. El resto es para llorar. El equipo más que dibujo tiene garabato. Los objetivos nunca estuvieron claros y ahora se estiran hacia abajo manteniendo la misma incertidumbre. El cerebro no existe ni dentro ni fuera del campo. El corazón hace tiempo que no se estila por estos lares. El entrenador que nunca debió haber llegado está condenado a largarse en algún momento (más pronto que tarde) y los remiendos del mercado de invierno serán despropósitos que nos harán olvidar los despropósitos del verano igual que los despropósitos del veranos nos hicieron olvidar los despropósitos anteriores, etc, etc. Lo dicho, este equipo camina hacia ninguna parte.

“Te vi moverte de un cierto modo que me hizo echarte de menos un montón. Volví a ese lugar abandonado que debería haber olvidado ya”.



Elliot Smith – Going Nowhere
(New Moon/2007)


Cuéntame... la verdad (Cuestión de Marca)

Hace unas semanas, en uno de los últimos capítulos emitidos del serial televisivo de calidad menguante en el que se ha convertido “Cuéntame”, ese personaje que expone su colchonerismo acérrimo de forma recurrente cada vez que tiene oportunidad (interpretado por Juan Echanove) puso de nuevo al Atleti en la narración. El hermano de Antonio Alcántara, que tenía entradas para un partido europeo del Atleti, rezumaba emoción y optimismo antes de acudir al Calderón pero tan solo dos horas después todo se transformaba, con precisión milimétrica, en amargura y tristeza. El Atleti había perdido y eso se enseñaba en la cara de un atribulado aficionado que expresaba no sólo tristeza sino sobre todo lo que en ese momento le hacía falta a la historia: sensación de resignación. Al llegar al hogar, su mujer, con aire de conocer la respuesta, le pregunta por el resultado del partido. “Hemos perdido…., cómo siempre” apostilla el menor de los Alcántara con aire taciturno. Jugando con los símbolos del imaginario colectivo, el guión describía así una familia incrustada en la más absoluta mediocridad que encaraba una suave pendiente hacia el fracaso. El guionista necesitaba un símbolo para reflejar la resignación en la insignificancia. Una alegoría que mostrase en una frase el amor irracional e infinito sobre lo que se sabe gris y vulgar. Un ejemplo de perdedor con ciertas dosis de romanticismo. El guionista eligió el Atlético de Madrid y el universo entero lo entendió a la primera, sin que a nadie pareciera molestarle y sin que nadie reparase demasiado en la anécdota o en la verdad con la que estaba construida.

Desconozco en que partido del Atleti está basado el episodio pero es más que probable que fuese cierta la derrota. Aquella temporada 79/80 no fue precisamente buena para el Atleti con un deshonroso puesto en liga y varios cambios de entrenador. Lo que es más difícil de tragar es el contexto, las caras, las sensaciones y la moralina de la escena. Esa edulcorada melaza cargada de intención. Esa patina de resignado perdedor que no se corresponde con un aficionado del Atlético de Madrid de 1979. ¿No me creen? Pónganse en contexto. El Atlético de Madrid de 1979 tenía ocho ligas en sus vitrinas. El todo poderoso FC Barcelona, que hoy da clases de historia y ética por medio mundo, tenía entonces la escalofriante cifra de… ¡¡nueve!! Solamente una liga más que los colchoneros, entonces y ahora, tercer equipo de España en ligas y trofeos totales. Dos años antes de aquel 1979 el Atleti obtenía su octavo campeonato nacional de liga. Tres años antes ganaba la copa del rey. Cuatro años antes ganaba la copa intercontinental y cinco años antes jugaba aquella fatídica final de la Copa de Europa contra el Bayern de Munich que la historia todavía nos debe. ¿Ustedes creen que ese es el bagaje de un resignado perdedor? ¿Ustedes creen que es creíble que con esas credenciales un aficionado al Atleti diga en 1979 que “ha perdido como siempre” y el respetable se crea su cara de desgraciado? Pues al parecer lo es. Lo colocan con estruendosa torpeza en un serial masivo, que además presume de rigor histórico, y el personal se lo traga sin rechistar. Nadie ha dicho ni mu. Es simplemente una cuestión de marca de club. Ese mantra que repite cada vez que tiene ocasión el auténtico ideólogo del Atleti moderno, el señor Miguel Angel Gil Marín.

En 1996 el Atleti de la era Gil y Gil alcanzó su cúspide deportiva con aquel memorable doblete. Poco después, el gran patriarca, ocupado ya por entonces a empresas de mayor calado, decidió dejar la dirección del club de sus “amores” a uno de sus hijos. Un tipo avinagrado y poco sociable al que no le gusta el fútbol, pero que presume de haber hecho algún cursillo de empresariado moderno. El equipo entra entonces en la época deportiva más oscura de su centenaria historia. Una época en la que mientras jugadores y entrenadores se suceden, la sección deportiva se diluye por el desagüe. Mientras el equipo es incapaz a partir de entonces de tan siquiera volver a alcanzar alguna vez la tercera posición en liga que presupuestariamente le corresponde, al nuevo mandamás se le llena constantemente la boca de términos pseudoempresariales que deslumbran al grueso de los complacientes periodistas. Se habla de ingresos atípicos, modernización empresarial, estructura profesional, eliminación de sentimientos en el organigrama, expansión hacia mercados emergentes…y de la consolidación del concepto de marca. De la marca Atlético de Madrid.

Y en esas llega el descenso, hecho que aprovecha el moderno empresario para explotar con criterio publicitario ese punto suicida de amor irracional a unos colores, que es algo que si ha tenido el aficionado colchonero desde siempre. Casi sin querer y de forma inexplicable (para algunos), el equipo se llena de abonados. El mundo entero viene a investigar el fenómeno inexplicable de que un equipo de segunda rompa el record de asistencia y llene el estadio cada domingo. Los Atléticos nos agarramos en los momentos más difíciles a nuestro sentimiento orgulloso como única tabla de salvación, convencidos de la temporalidad de lo excepcional. Pero el equipo vuelve a fracasar deportivamente tras la enésima planificación catastrófica de un equipo que ya para entonces tiene extirpados el cerebro y el corazón. Es entonces, con ese extraño caldo de cultivo de nuevos y viejos colchoneros en la grada repleta, con una prensa que se simplifica y vulgariza oliendo ya el dinero de las televisiones y que sólo pone los focos en la segunda división para iluminar excentricidades, con los venerables colchoneros que sujetaban los pilares de la institución en paradero desconocido, cuando MA Gil tiene la genial de idea de “pulir” la Marca Atlético de Madrid. Es entonces cuando nos convertimos en el equipo perdedor. Perdedor pero contento. Un equipo que no está obligado a tener éxitos deportivos porque su éxito no es ese. Está en otro sitio mucho más etéreo. No estamos en este mundo para ganar. Estamos solamente para ser del Atleti sin razón aparente. Su afición lo aguanta todo hasta el punto de reconocerse en el fracaso. En la derrota. Perder al parecer reafirma nuestro carácter. La leyenda del Pupas vuelve a escena extirpada de una final de Copa de Europa y plantada en un estéril desierto de mediocridad. ¿Papá por qué somos del Atleti? se pregunta entonces un niño inocente en una excelente campaña para el nuevo Marketing pero lamentable y tremendamente tóxica para la verdadera historia de este club.

La idea cuaja. En apenas una década se borra de un plumazo la tradicional esencia del equipo del Metropolitano (orgullosa, incómoda, imprevisible, honorable, inconformista, interesante…) por una caricatura sencilla y travestida (perdedor, gracioso, resignado, inquebrantable al desaliento, conformista, friki,…) que la sociedad absorbe por osmosis sin apenas dolor. Esta es la idea que triunfa social y comercialmente. En el año 2011 un guionista sin recursos dice Atlético de Madrid y todo el mundo entiende a lo qué se refiere. Si un personaje de telenovela es colchonero todo el mundo entiendo como es. Torrente tiene que ser indiscutiblemente del Atleti. Si un periodista radiofónico sin talento tiene que narrar un partido de los madrileños utilizará repetidas veces latiguillos por y para el Atleti que el ilustrado oyente entenderá a la perfección. Al final MA Gil tenía razón. Todo era una cuestión de Marca.

Colapso

Getafe 3 - At. Madrid 2

“Cuando finalmente todo colapsó lo único que podías escuchar era la estática de la radio y el ondulante sonido del pájaro que se había quedado atrapado en el ático. Pero mientras barrías cuidadosamente los cristales rotos de tu cama no podías estar seguro de que aquello estaba solamente en tu cabeza” (Collapse/Clem Snide)

Mientras las luces se apagaban alrededor, los sonidos se pausaban y la gente trazaba sus planes inmediatos para derrumbarse en brazos del reparador sueño uno, al igual que un nutrido puñado de desubicados miembros de esa religión tendente a secta que todavía profesamos los que nos declaramos colchoneros, se disponía a ver al Atlético de Madrid contemporáneo. Las sensaciones eran extrañas. Toda la inquina y desesperación acumulada durante décadas, y que a estas alturas del 2011 ya se puede encontrar instalada hasta en el hipotálamo, se había quedado de algún modo congelada tras lo acontecido cuatro días antes frente a un equipo italiano con más leyenda que recursos sobre el campo. Por alguna razón, que probablemente se explicaría mejor a través de las reglas de comportamiento que se dan en las sectas fraudulentas, los atléticos estábamos expectantes ante la posibilidad de resurgimiento en forma de fútbol y sus circunstancias. Dos horas después el mismo puñado de ingenuos desubicados teníamos dificultades para conciliar el sueño al estar poseídos por una incómoda pero conocida sensación horneada con porciones equivalentes de rabia, angustia, impotencia y desesperación. Dos horas después volvimos a ser conscientes de que el club de nuestros amores se encuentra en una situación de colapso imposible de solucionar cambiando solamente una pieza.

La alineación planteada en la noche del Getafe ni siquiera era tan cuestionable como otras tantas veces. La ausencia obligada de Mario dejaba sitio a algo más de talento en los pies de Tiago. La permanente crisis en el cerebro de Reyes dejaba sitio a la consolidación de Adrián y solo la escatológica solución de colocar a A. López en el lateral derecho daba al once un cierto toque de frivolidad tan propia de Manzano. Pero los jugadores son una cosa, la disposición táctica otra y la actitud otra todavía más distinta. Mientras la alineación parece obvia, la disposición táctica sigue estando tan clara como muchas de las películas de David Lynch. Da la sensación de que todo tiene trampa. Los laterales ofensivos parecen defensivos. Los centrocampistas con criterio parecen alejarse de la zona en la que el criterio debería estar, los jugadores destinados a equilibrar tácticamente el grupo (defender, en lenguaje llano) parecen tomar los mandos de todos y es difícil saber a qué se juega o cual es la misión de cada uno en el campo. El equipo tiene el balón pero lo único que hace con él es marearlo y de camino marear al respetable. Todo lento. Todo aburrido. Todo amorfo. Todo inútil. Con un buen saco de bostezos y un remate de Godin a balón parado como único bagaje, los dos equipos madrileños se presentaron en el minuto 30. En ese momento un mal despeje de la defensa getafense es recogido por Turan que mete un balón a Diego dentro del área. Cuando el brasileño estaba armando su pierna es derribado con uno de los penaltis más penaltis que se pueden ver hoy en día en un campo de fútbol. Penalti, expulsión y gol de Falcao. En ese momento yo decía por twitter que el Atleti era su principal enemigo para perder el partido. Acerté. No soy adivino. Soy abonado de este equipo desde hace décadas.

El partido siguió unos minutos sometido al aburrimiento previo pero con la tranquilidad en el marcador. Cualquier que haya estado en un vestuario de fútbol sabe que las premisas para jugar contra uno menos es mover el balón rápido buscando el hueco libre (para que ellos corran), minimizar los riesgos de pérdida de balón evitando el contrataque (único recurso del rival) y sobre todo evitar las faltas cerca del área. El Atleti ayer grabó totalmente gratis un video gratuito para las escuelas de fútbol en el que se ve perfectamente lo que no hay que hacer en esas circunstancias. Movía poco y lentamente el balón, jugaba en horizontal favoreciendo el contrataque del rival mientras que un tipo como Tiago, que dentro de nada peinará canas, se dedicaba a jugar a Bruce Lee en la frontal del área a pocos minutos de llegar al descanso. Barrada convertía la falta por la escuadra castigando a los rojiblancos por su negligente estupidez.

En el descanso Manzano en lugar de recordar las premisas del juego frente a un equipo en inferioridad entiendo que prefirió recordar a los presentes que la forma más fácil y más rápida de que el balón llegue al campo contrario es darle una patada con la uña. Para ello realizó un cambio arriesgadísimo (Miranda por Godin) y propuso ese sistema como principal opción para la segunda parte. A los dos minutos ya estábamos otra vez haciendo faltas a dos metros de nuestra área (en este caso desde el lateral). A los tres minutos, después de sacar la falta, ya íbamos palmando. Michel de cabeza.

A partir de ahí la nada. El ridículo. Un equipo incapaz dando un espectáculo bochornoso frente a diez. Sin jugadores, sin juego, sin esquema, sin cabeza, sin pies, sin corazón y sin sangre. Un espantapájaros mal diseñado que ni siquiera es capaz de engañar a los pájaros. El reflejo de una institución colapsada. Domínguez consiguió empatar a base de pequeñas dosis de vergüenza torera y tirando a puerta desde Coslada, como único recurso futbolístico, pero con la suerte de que el balón rebotase en el cuerpo del bueno de Valera y desviara la trayectoria. Un empate efímero. Poco después el trencilla se inventaba un penalti en el área colchonera que sellaba la derrota. No era penalti pero como colchonero me daría vergüenza que un colega mío se escudara en el error arbitral para explicar lo que había pasado en el césped.

Manzano es pésimo (lo sabíamos antes de que lo ficharan en verano) y no es de extrañar que tarde o temprano salga por la puerta que nunca debería haber usado para entrar pero que nadie se lleve a engaño. Manzano es sólo una de las partes que explica esta monumental tragedia. Ni siquiera estoy seguro de que sea una parte verdaderamente importante. El Atleti, como entidad, está desposeída desde hace demasiado tiempo de los valores esenciales que deben acompañar una institución como la nuestra. Esos valores sobre los que los Atléticos hablamos alrededor de una mesa sacando pecho sin ser conscientes de que estamos probablemente hablando de algo que no existe.


“Cuando todo colapsó finalmente los actores protestaron acaloradamente. La gente a la que se supone tenían que representar estaba un poco deprimida así que se empezó a producir una iniciativa totalmente nueva basada en la confianza y en compartir para aprovechar el poder del polvo.” (Collapse/Clem Snide)


Collapse – Clem Snide
(The End of Love/2005)

Fútbol y Música (Cultura Pop)

Mañana viernes día 4 estoy invitado a participar en una mesa redonda sobre “FÚTBOL y MÚSICA” dentro de la programación del festival CULTURA POP, en principio para hablar de las conexiones entre los dos universos…

Los componentes de la mesa serán:

José Antonio Martín Petón
Iñako Díaz-Guerra
Julio Ruiz
Iván Castelló
...y yo mismo.

Todos atléticos, como es público y notorio.

Comenzará a las 20:00, la entrada es GRATUITA y será en el auditorio del Centro Cultural Casa del Reloj del distrito de Arganzuela (Paseo de la Chopera, 10 – Metro: Legazpi), junto al Matadero.

¡Os espero allí!

Culpable

“Se dice de la persona a quien se imputa una acción u omisión ilícitas por haberlas cometido de forma deliberada o con negligencia de sus deberes” (Definición de Culpable según el DRAE)

En el descanso del reciente partido contra el Zaragoza, cuando el aburrimiento todavía humeaba desde el césped y el húmedo y traicionero frío del río Manzanares empezaba a escarbar entre los huesos de los allí presentes, el que esto escribe presenció por los vetustos marcadores del estadio la enésima criatura humillante creada por las huestes dirigentes del Atleti moderno. Con la añeja y obvia música de los Hombres G de fondo, se proyectaba un sucedáneo de vídeo mal hecho, mal traído y peor editado que supongo pretendía elevar la moral de los allí presentes. “Voy a pasármelo bien” rezaba el mantra que escupía con torpeza el improvisado elixir. Después de un arranque de liga de una tristeza insultante y después de unas patéticas sesiones de fútbol que poco a poco transforman el Vicente Calderón en algo así como el Coliseo romano (otrora espectacular, hoy cementerio de piedras históricas que vive de la nostalgia) resultaba hilarante presenciar aquel engendro. Ante la indiferencia del indiferente respetable, el final de la música ni siquiera coincidió con el improvisado final del video. Una patética alegoría del ente seco, inanimado y ridículo en el que se ha convertido esto que seguimos llamando Club Atlético de Madrid.

Con un estadio real que se cae a cachos mientras algunos siguen viviendo de otro imaginario, cuyos cimientos se construyen sobre el éter y cuyas gradas llevan bailando en el mundo de los sueños tanto tiempo como el equipo real chapoteando entre las cloacas. Con el equipo a mil puntos de las posiciones que hace años conformaban la parta baja de lo que entonces se consideraban posiciones no humillantes. Con las estrellas rojiblancas de ayer correteando por la pérfida Albión y las estrellas rojiblancas de antes de ayer en paradero desconocido o viviendo bajo un puente, muy lejos del calor rojiblanco. Con la desidia de los nuevos protagonistas de la comedia anual, vestidos a rallas rojas y blancas, agachando la vista mientras el agradecido líder del vestuario vuelve a entonar la conocida canción de la negligente incompetencia. Con unos dirigentes de la nave jugando al escondite inglés o dando vueltas virtuales a la M-30. Con la prensa huyendo de la realidad y amplificando con fervor los detalles intrascendentes. Con los notarios de la realidad poniendo espacio de por medio ante cualquier posibilidad de crítica conceptual pero sacando el alfanje si se trata de apuntar al correveidile de este año. Con la triste certeza de que los abonados de número bajo y alta estima van dejando poco a poco sitio a nuevas huestes de “impredecible” comportamiento. Es ahora cuando, como cada otoño, llega la hora de buscar culpables.

Es ahora cuando la culpabilidad recae en un entrenador lamentable, en una prensa mafiosa, en un sistema injusto o directamente en el culpable favorito de muchos (¿todos?): los propios aficionados. Esos que nos tiramos los trastos unos a otros mientras intentamos sacar la cabeza en un mar de dudas que, por cierto, a nadie le interesa. Mientras los periodistas profesionales discuten sobre el color de las polainas del duopolio que todo lo domina o, en lo que respecta al Atleti, se dedican bromear sobre la parte del club que los responsables dejan ver, los aficionados nos acusamos unos a otros de ser los culpables de haber matado al Atlético de Madrid. Comepipas, talibanes, acomodados, abejas, muertos de hambre, utópicos… El qué habla de tácticas o de fútbol es un colaboracionista mientras que el que lleva al cuello la verde y oro es un radical descerebrado que humilla los colores rojiblancos. El que acude al estadio con la esperanza de ver ganar a su equipo es un gilista que merece el destierro mientras que el que con todo el dolor de su corazón no renueva su abono tras pagarlo durante 30 años es un desgraciado que quiere ver perder al Atleti.

¿Estamos locos?

Propongo reflexionar sobre las palabras de Michel E. de Montaigne cuando decía que a nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo sea el culpable. Sin entrar en análisis más complicados el que haga más de 20 años que el tercer presupuesto de la liga no sea capaz de quedar tercero en esa misma liga no puede ser ni casualidad ni mala suerte ni culpa de la afición, la prensa o del sistema. Es culpa del máximo responsable de la nave y está claro quién es ese máximo responsable. Legítimo o ilegítimo. Voluntario o involuntario. Verdadero o falso. Es algo tan obvio y evidente que resulta absurdo el que todavía represente motivo de debate. El único matiz que quizá si necesitaría cierto análisis para entender la trama, que creo que además se suele obviar, es la evidencia de que irle mal al Atlético de Madrid no es sinónimo de que le marche mal a su máximo responsable.

MA Gil (y sus circunstancias) está mejor que nunca. Se sube el sueldo, nadie se mete con él y poco a poco consolida ese proyecto de Atleti de perfil bajo, tan suyo, que es lo suficientemente “malo” para que no desequilibre las fuerzas vivas del fútbol pero lo suficientemente “bueno” como para que todos los años juegue un montón de partidos (da igual dónde, contra quién, con qué resultado o para qué) que justifiquen la renovación constante de una plantilla que nunca será otra cosa más que mercancía de valor fluctuante. Una entidad lo suficientemente dócil como para vivir a la sombra y de las sobras del monstruo de dos cabezas en el que se ha convertido el fútbol pero lo suficientemente potente, desde el punto de vista social, como para que se justifiquen los ingresos de televisión. Para lo primero basta con aceptar sin rechistar las reglas del nuevo periodismo agasajando por el camino a sus embajadores con agradecidos regalos virtuales de empresa. Para lo segundo basta con travestir la honorable idea de ser atlético y transformarla en ese básico y humillante concepto del emotivo y sacrificado perdedor que ha conquistado el subconsciente colectivo de este bendito país.

¿Quién es el diseñador de esta suerte de sucedáneo de Atleti que tan buenos réditos personales deja? ¿Quién se ha inventado esta cinematográfica idea de aficionado atlético que ríe y canta en las derrotas que tan bien sirve para hacer negocios? ¿La prensa? ¿Los aficionados? ¿Manzano? ¿Espinete? No. Busquen el epicentro en la familia Gil. Les caiga bien o les caiga mal ese apellido. Es así. Y no crean además que se trata de un diseño defectuoso, improvisado o ruinoso. No lo es. Es todo lo contrario. Un diseño perfecto, bien pensado y muy lucrativo. El problema es para quién. El problema es que no lo es para el Atleti, su idea, su legado o su marca. Lo es para MA Gil y su cohorte de advenedizos que mientras el club se desangra y pierde posiciones en la clasificación histórica a él lo premian y su sueldo sube en paralelo a su patrimonio.

Otro día si quieren hablamos de afectados, corresponsables, responsables de haber llegado a esta situación sin pararla, falta de líderes, falta de dinero, legitimidades o responsables de que esta situación no pueda revertirse pero por favor, tengamos todos claro quién es y dónde está el culpable. ¿O existe ahí fuera alguien que no lo tenga claro?