Hasta mañana entonces

Sevilla FC 2 - At. Madrid 2

“Me temo que es a ti a quién echo de menos porque simplemente me quedo contemplando el techo. Se me hacen nudos y se me retuerce el estómago. Puede que este fuera de onda pero ¿tú sabes lo que es amor verdadero? Haré que todo esto merezca la pena así que crezcamos más allá de esto...” 

Corría el año 2001 y el Atlético de Madrid recién sorteaba las llamas del infierno de segunda. Sin embargo la Copa del Rey de aquel año deparó una semifinal en la que los madrileños se enfrentaban al Real Zaragoza. El equipo maño, que a la postre ganó la competición, estaba entrenado por un tal Luis Costa del que me acordaré toda mi vida. No por su desempeño como entrenador sino por lo que dijo en rueda de prensa cuando supo que se enfrentaba al equipo colchonero. Sin ningún tipo de ironía o sarcasmo deslizándose por su curtido rostro, el entrenador zaragocista reconoció en voz alta estar contento de tener que enfrentarse a un equipo de segunda división. Recuerdo que algún nostálgico periodista dijo algo parecido a “pero es el Atlético de Madrid” a lo que el tal señor Costa respondió con algo parecido a: “pero es un equipo de segunda división”. Aquella puñalada gratuita y repugnante (siempre he odiado a los aprovechados que sólo golpean cuando son poderosos) se me quedó clavada en lo corazón y ahí seguirá instalada hasta que me muera. Para lo bueno y para lo malo. Odié a aquel señor con todas mis fuerzas por perpetrar esa humillación que por otro lado él entendía como cierta pero también me sirvió para entender que en esto de los equipos hay cosas esenciales como el respeto, el orgullo, la dignidad o el corazón que se escapan a los puntuales resultados concretos. 

El Atlético de Madrid, con sus casi cien años de historia al hombro volvió a la senda de la primera división dos años después pero como esas lesiones mal curadas que acaban con carreras de jugadores prometedores fallaba algo. Mientras que los números muy lentamente volvían a la tendencia histórica seguía faltando ese respeto moral que tipos como el tal Luis Costa nos había perdido. El Atleti saltaba a los estadios como un equipo más de la primera división que, dependiendo de las circunstancias y el momento concreto, podría ser más o menos difícil de batir. La camiseta no asustaba. El escudo tampoco. Podría hacerlo algún jugador estrella o una micro racha de suerte pero ese aura que sobrevuela sobre los equipos grandes, independiente de quien se enfunde el uniforme, no aparecía por ningún sitio. Hasta que ha llegado Simeone y ha construido un equipo. Un señor equipo. Denso y compacto. Con espíritu y músculo. Un equipo que se llama Atlético de Madrid y que tiene el respeto de sus rivales. Independientemente de quién juegue, del día, del momento y de la competición. Simeone ha venido a este club para decir desde el banquillo, desde el césped o desde una rueda de prensa que ojo señores, somos el Atlético de Madrid y ahí fuera hay un montón de gente que está con nosotros. 

“Si el mundo se terminará tú serías mi amigo apocalíptico. Hasta mañana entonces...” 

El ambiente en Sevilla era espectacular. Desde el punto de vista puramente futbolístico el encuentro se presentaba como una de esas ocasiones especiales en las que todos los jugadores quieren estar. Presión, ruido, colorido, graderío hostil y encima una lluvia torrencial que aportaba épica al cuadro. Fantástico. Lamentablemente en el mismo cuadro aparecía también ese Hooligan maleducado y fanfarrón que hace las veces de presidente del Sevilla. Un tipo con demasiadas sombras a su espalda y que se había encargado de calentar imprudentemente un partido que no necesitaba combustible violento para ser especial. Pero este renacido Atleti que se construye desde el corazón tiene también una poderosa cabeza que lo hace estar a la altura de las circunstancias. Especialmente en partidos importantes. Todos esperábamos un arranque brutal de los sevillanos buscando ese gol tempranero que diera la vuelta a la eliminatoria y permitiese a los andaluces desplegar su temido contrataque pero lo que vimos en el campo fue todo lo contrario. Un equipo hispalense ralentizado por la buena disposición táctica de su rival y un Atleti serio y contundente que mordía en cuanto los blanco ponían a rodar la pelota. Así que efectivamente ocurrió todo lo contrario de lo que estaba escrito en el guión de Emery. A los cinco minutos un pelotazo ronda la frontal del área y el segundo de duda de los centrales sevillistas es aprovechado por Diego Costa, ese jugador, para primero atrapar el balón, más tarde bajarlo al suelo, buscar sitio de disparo frente a su rival y poner el balón en la base del poste abriendo el marcador. La grada del Nervión que soportaba la lluvia por fuera notó como empezaba a calarse también por dentro. Hablar otra vez de Diego Costa puede sonar redundante pero es que el brasileño está en un estado de forma inmejorable. Es un jugador clave, aporta miles de cosas y cada vez que aparece en el partido es para liarla. Un jugador que desquicia a sus rivales y no sólo por su constante brega y provocación sino también, y ayer sobre todo, por su fútbol. Dinámico, atrevido, incansable y deslavazado. El jugador sorpresa de Atleti en lo que va de temporada. Ha nacido un señor futbolista. 

El Sevilla trató de no acusar el golpe y seguir haciendo lo mismo pero el problema es que los rojiblancos decidieron imitarles y continuar también igual. Según avanzaban los minutos los equipos tomaban consciencia de sus posibilidades y mientras el Atleti decidía bajar la línea de presión ligeramente el Sevilla asumía que la única solución pasaba por recurrir a la épica. Mientras tanto, ese jugador con aspecto de luchador de peleas clandestinas llamado Medel decidió partirle el brazo a Tiago. Así. Un tipo que si, es todo entrega y corazón pero que tengo la sensación de que generalmente está del otro lado de la legalidad en cuanto a lo que al reglamento de fútbol se refiere. Tiago trató de seguir con el brazo en cabestrillo (admirable la actitud del portugués) pero tuvo que dejar sitio a un Mario que salió algo despistado y que hizo recular al equipo algo más de lo esperado. Pero antes de que los de Emery repararan en ello esa dupla atacante que tenemos, y que es la envidia de medio mundo, decidió matar definitivamente el partido. Contrataque que arranca en Falcao, balón a la banda para Costa y el brasileño se escapa de todos por la banda con ese estilo tan anárquico como efectivo. Llegando a la línea de fondo el colombiano le mandó un mensaje telepático codificando su idea de desmarque y Costa le puso el balón en el sitio exacto. 0-2. Eliminatoria resuelta. El Sevilla necesitaba cuatro goles. 

A partir de ahí el partido se convirtió en una especie de acoso consentido que durante la primera parte apenas tuvo efectividad. La única jugada verdaderamente peligrosa llegó de la mano del talento de Reyes y Alberto (gran lateral zurdo) que dejaron en balón a Navas dentro del área para que de magistral derechazo pusiese el balón en la red de Courtois. Un gol que dejaba en los jugadores la engañosa sensación de que el partido no estaba acabado. La segunda parte fue otra cosa. El Sevilla jugó bastante bien contra la roca colchonera y lo único que le faltó fue aportar algo más de velocidad a su excelente movimiento de balón. El Atleti se echó ya definitivamente atrás (demasiado para mi gusto). Así, lo primeros 20 minutos fueron un bonito espectáculo de ataque y contrataque en los que el conjunto hispalense pudo marcar algún gol (Manu del Moral, Negredo) y los colchoneros sentenciar de forma mucho más contundente (Arda, Falcao, Costa,...). No fue así y con el paso del tiempo se apagaban las ocasiones y las esperanzas de remontada sevillista. Los últimos minutos fueron para el marginal gol de Rakitic (disparo desde fuera del área) y para las muestras de ese mal perder tan zafio y evitable que en ocasiones saca a relucir el equipo del presidente Hooligan. Ese del Sombrero y el Rabo. 

Así que el Atleti está en otro final. Y contra el Madrid. Y puede que en el Bernabéu pero como dijo Simeone en rueda de prensa eso es otra historia y hoy hay que hablar del partido porque lo contrario sería faltar al respeto al rival. Nosotros desgraciadamente sabemos lo que es eso. Hasta mañana entonces. 

 “Así que excavaré un túnel bajo tierra y esperaré pacientemente a ser encontrado. Hasta mañana entonces...” 

Until Tomorrow Then - Ed Harcourt




Cien patadas y un gol a la desesperada

At. Madrid 1 - RCD Español 0

William James es un filósofo americano que dijo eso de que no hay mayor mentira que la verdad mal entendida y yo estoy de acuerdo. Durante mucho tiempo nos han estado vendiendo con grades campañas publicitarias este tipo de entrenadores resultones cuyo principal mérito, y su principal argumento en el que fundamentar su éxito, era apartarse del fútbol. Paralizar el flujo natural del balón. Acercarse a los límites del reglamento. Jugar con los detalles de forma maligna. Entrenadores que surgieron como champiñones a finales de los años 90 coincidiendo con el crecimiento de la importancia de la preparación física, y el físico, dentro del fútbol. Entrenadores que con sus argucias conseguían dejar en puestos de la zona tranquila de la tabla a equipos con plantillas mediocres destinadas a pelear por no descender. No hace falta que les de nombres pero hoy uno de ellos se sentaba en el banquillo visitante del Vicente Calderón. Pero esos otros personajes que también entraron en el fútbol por la puerta de atrás, ya saben, empresarios del ladrillo, mariposas del poder, personajes extraños... nuestro Consejero Delegado sin ir más lejos, ajenos a la historia y el legado de este bendito deporte, reacios a sentarse un estadio y disfrutar de un buen partido, entendieron que esa forma tan rupestre y limitada de ver el mundo del balompié no sólo valía para salvar la categoría sino para elevar rápidamente a la cumbre a equipos con aspiraciones históricas. Así que allí acabaron. En banquillos como en del Calderón consiguiendo campañas mediocres que nos vendían como grandes éxitos. Sufrimos además el fútbol primario de Aguirre durante varios años y lo que es peor, el que un nutrido grupo de personas acabase convencidas de que ese era el camino correcto. No lo era. No lo es. Es evidente. Comparen con Simeone y se acabará el debate. 

Porque una cosa es un equipo italianizado, vertical, espeso en defensa, rocoso, intenso, reacio a especular con el balón...y otra lo que plantean entrenadores como Aguirre. El “reanacido” equipo perico se presentaba en Madrid siendo la escuadra revelación de esta segunda vuelta pero lo que hemos visto ha sido ese conocido equipo autobús cuyo objetivo era casi exclusivamente parar al rival. El Atleti salió a lo suyo. Con el once titular en liza, el equipo tiro durante quince minutos de presión, agobio, intensidad y ganas de ganar. El Español achicaba. El Atleti quería el partido. Llegadas sin tino, peligro a balón parado, desborde por bandas,... el Atleti lo intentaba pero no se conseguía la claridad necesaria para marcar. El partido, eso si, ya entonces tenía como protagonista a un espectacular Diego Costa que era la pesadilla de los de Barcelona. El brasileño recibía de espaldas, ganaba el desmarque, desbordaba con balón,... un autentico crack que está en un momento dulce y que además parece no tener límite. Él fue el protagonista cuando en un spring espectacular llegó primero a un balón divido que probablemente podía haber provocado la expulsión de su rival y lo volvió a ser cuando nuevamente anticipándose a la defensa es arroyado dentro del área y para permitir a Falcao marcar la pena máxima y seguir sumando goles. 

El Español, que hasta entonces se había dedicado básicamente a dar patadas, lanzar patadones y parar el partido, parecía tener la obligación de hacer algo más pero lamentablemente su receta fue simplemente aumentar el número e intensidad de las faltas y apretar un poco más el nivel de desquicie y provocación para llevar el ambiente un poco más al límite de la flor de piel. Tanganas, insultos,...tiempo muerto. Esa era la receta. Y en la trampa cayó un ingenuo Gabi cuando la primera parte llegaba a su fin. Un error en el pase del canterano provoca un contrataque perico que el propio Gabi, en parte por ser necesario y en parte por sensación de culpa tras su fallo, se encarga de parar con una falta tan ingenua y simple como innecesaria. Los jugadores se marchaban así al vestuario sabiendo que volverían con uno menos. 

Pasado el cabreo durante el descanso, los colchoneros esperábamos una segunda parte de acoso y peligro por parte de los catalanes. Pero no fue así. Bien al contrario. El Español de Aguirre es un equipo construido exclusivamente para destruir y esperar la casualidad del gol. En la rivera del manzanares sabemos bien que sus equipos son incapaces de llevar la iniciativa, de jugar, de crear fútbol....y más si enfrente tienen a un equipo tan solidario y bien plantado como el rojiblanco. El Español perdía el balón y los madrileños salían al contrataque, eso fue lo que ocurrió hasta el final del partido. Ocurrió lo mismo infinidad de veces pero unas veces el cansancio en el último tramo, otras veces las imprecisiones hacían que el segundo no llegase al marcador. Los últimos minutos, con martin Petrov en el campo tirando balones desde la izquierda, fueron más emocionantes que otra cosa pero sirvieron para que el Atleti tirase de casta y orgullo imponiéndose en un cinematográfico final en el que el Calderón en pie animaba a los suyos. 

El Atleti sigue la senda gloriosa de la liga tres días antes del fundamental partido de Copa contra el Sevilla. Uno, en su ingenuidad piensa que teniendo al cuarto clasificado a quince puntos lo mismo hubiese sido mejor haber rotado hoy a los jugadores y no el pasado jueves pero casi mejor no darle más vueltas al asunto. Miremos adelante y seamos optimistas ante el futuro.


Quien no lo da todo, no da nada

Rubin Kazan 0 - At. Madrid 1

Decía Eduardo Chillida que un hombre debe tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo. Hoy me he acordado de esa frase nada más concluir el partido de Moscú. Desde que terminara el partido de ida he visto como poco a poco me he ido quedando solo en esta cruzada particular por lo que uno entendía que era un gran error histórico. Despreciar la Europa League hasta el punto de tirarla. Poco a poco me han ido rodeando hasta asfixiarme multitud de razones, excusas y sesudas explicaciones que llegaban desde todos los puntos cardinales y que argumentaban no sólo que lejos de mi pensamiento no se había tirado la eliminatoria (ni la competición) sino que incluso se había actuado muy bien. Coherente. Con habilidad. De forma infalible. Lo mejor que se podía hacer. Argumentos económicos, argumentos deportivos, argumentos sociales,... argumentos de todo tipo y condición. Pero no me convence. Soy así de ingenuo o de testarudo. Yo lo que veo es miedo. Miedo insano a intentar llegar a la isla por temor a quedarse sin fuerzas. Miedo paralizante que te hace quedarte vivo en la orilla mediocre sin posibilidad de tocar el cielo. Es cierto que se puede morir en el intento pero no es menos cierto que te puedes morir también en cualquier momento. ¿Y entonces qué?  Quizás sea el único, viendo y leyendo crónicas y artículos del partido que hablan gratuitamente de conceptos con la dignidad o el orgullo, pero sigo pensando que el Club Atlético de Madrid ha despreciado la competición, ha tirado la eliminatoria y no ha querido ganar este año la Europa League. Y no estoy de acuerdo con hacerlo. Y estoy desolado por tomar conciencia ya en frío de que esta temporada no volveremos a jugar un partido Europeo. 

No me apetece hablar del partido porque para mi no tiene ninguna historia. Me pareció humillante la convocatoria y a partir de ahí decidí tomarme el tiempo que quedaba con la mayor de las filosofías. Como si no fuese un partido de mi equipo. El nivel de dignidad estaba tan bajo para cuando el balón ha empezado a rodar en Moscú que lo que ocurriera después estaba ya infectado por la sensación de que no había nada que perder y mucho que ganar. Estúpida y falsa lectura cuando el Atlético de Madrid, casualmente, es el vigente Campeón. Pero el poder de la persuasión humana es tan brutal que la inmensa mayoría de Atléticos tienen ahora la sensación de que se ha caído con dignidad. Con orgullo. No seré ni soy yo uno de ellos. 

Un partido que efectivamente dejó ver un equipo intenso que ha intentado en todo momento ganar el partido. Es cierto y no se puede reprochar nada a los once jugadores que hoy han peleado en la capital rusa a diez grados bajo cero porque lo han dado todo. Algunos han dado poco pero es que no tienen más, aunque esa es otra historia. El problema principal es que esos once jugadores no eran los que estaban llamados a defender el escudo del Atleti en una competición gracias a la cual el club madrileño ha podido abandonar el carroñero ostracismo que ha sufrido durante las oscuras décadas del heredero Gil. Nadie discute que incluso los once verdaderos hubiesen podido ser incapaces de sobrepasar a un equipo que ha ganado dos ligas rusas a base de acumular jugadores en su área y marcar de contrataque, pero en los temas de corazón, me temo que la intención cuenta más que el resultado. Como decía Helenio Herrera, quien no lo da todo, no da nada. 

Hablar de fútbol, insisto, se me hace cuesta arriba, la verdad. Me han gustado sobre todo los primeros diez minutos y como se ha salido al campo. A partir de ahí, salvo tramos puntuales ha sido más una cuestión de ganas que de fútbol, pero muchas veces con eso es suficiente. Hoy podría haberlo sido pero no ha ocurrido porque enfrente tenía un equipo que sabe jugar perfectamente a que no le metan gol. El problema fundamental del Rubin es marcar goles (habrá tirado dos o tres veces a puerta en toda la eliminatoria) pero no montar el muro de carga a diez metros de su portería que es lo que ha hecho hoy, que es lo que hizo hace una semana y que es lo que hace siempre. Me quedo como nota más positiva la incursión de Saúl, un canterano que tiene una pinta excelente. Un centrocampista de esos que buscan el balón y saben conducirlo. Que la pide, que levanta la cabeza y que apunta siempre a la portería contraria y no a la nuestra. Es decir, un centrocampista de esos que hace dos décadas que no tenemos. Lecturas que se pueden sacar del partido-elimiatoria son también la constatación de que Asenjo no debe jugar un minuto más con esa camiseta, que Cata y Cisma no dan el nivel ni para ser reservas del actual equipo, que Mario anda perdido en alguna guerra interna, que Adrián, cuando le sale, es muy bueno, que Falcao sabe que no está en forma con lo que comienza a obsesionarse con el tema y que Raúl García es de esos jugadores polivalentes que puede jugar en varias posiciones distintas pero en todas hacerlo igual de mal. Otro que según mi humilde opinión debería estar jugando también sus últimos minutos como Colchonero. 

El Atlético de Madrid está fuera de la Europa League y lo hace en el “honroso” momento de los dieciseisavos de final. Piénselo bien y díganme sin sonreír que eso tiene el más mínimo atisbo de orgullo. Díganme que esos es para decir lo que se está diciendo. Sé que hay algún Consejero Delegado y Presidente de papel que sonríen aliviados, pero también me consta de un nutrido puñado de rojiblancos que lejos de sentir vergüenza se sienten orgullosos e igualmente satisfechos con lo realizado. No es mi caso ni lo será. Tampoco soy capaz de entenderlo en la piel de otros pero lo dejaré aquí. Desisto de tratar de explicar algo que no se puede tocar, ni medir, ni comprar ni vender. Se siente o no se siente. Yo lo siento. Siento decepción y algo de vergüenza pero me quedo más tranquilo sabiendo que soy un caso extraño. 

Adiós Europa League. Adiós competiciones europeas. Adiós Europa.

Hasta siempre.

Enfadado, triste y melancólico

Según escribo estas líneas acabo de ver la convocatoria de Simeone para el partido de vuelta en Moscú (que no Kazán) frente al Rubín, y según escribo esto me sube por la espina dorsal una mezcla letal de enfado, tristeza y melancolía. 

Enfado por comprobar que tenía razón cuando decía que no sólo Simeone sino también la directiva y la afición de este bendito club habían despreciado la Europa League. Era evidente. Es evidente. Una competición que nos ha dado las únicas alegrías de la última década. Una competición que no ganamos en los 100 años anteriores. Una competición que tiene en sus vitrinas Madrid y Barça (cuando de hecho era incluso menos importante al no incluir la recopa) por mucho que ahora los periodistas del régimen decidan olvidarse del disco duro de la historia. Una competición por cuyo visionado los colchoneros hemos pagado además un abono especial, nada desdeñable, que ahora entendemos como un sofisticado timo. Enfado por sentirse estafado. Engañado. Confundido. Enfado por sentir que esa especie de soberbia pragmática que hoy perfuma el escudo del oso y el madroño no corresponde a un equipo verdaderamente especial como es el Atlético de Madrid. 

Tristeza por no poder repetir mi viaje a Hamburgo, ni esos abrazos con desconocidos en la fría ciudad alemana, ni esas llamadas a mi hermano que estaba en Mónaco, ni esos gritos con mis amigos en la plaza de Neptuno. Todo eso, al parecer, no encaja en el nuevo Atlético de Madrid de balances negros y contables asépticos. No vale nada. No da dinero. No entran en unos presupuestos que ignoran que eso es precisamente lo que a mí me mueve a pagar el dichoso abono. 

Melancolía por acordarme de esos aficionados al fútbol que defendían a su equipo y que lo querían era verlo jugar bien y ganar. Siempre. En todos los campos. En todas las ocasiones. Sin dobleces. Obviando si interesaba o no económicamente vender a un jugador o tirar una competición europea. ¡Menuda estupidez! Aficionados que ponían el nombre y la historia del club rojiblanco por encima de todo pero fundamentalmente por encima de lógicas de instituto de negocios y ecuaciones de bachillerato. Que no podían entender que un jugador quisiera irse del Atleti igual que no podían entender que interesase perder un partido. Yo no soy de esos aficionados modernos que “entienden” el  fútbol moderno. De hecho yo no los llamaría aficionados. Tampoco fútbol. Es otra cosa. Es como un seguidor del mundo de los toros que entiende como humano que el torero no se arrime porque el toro le puede hacer daño. Absurdo, ¿verdad? Pues es lo que estamos haciendo. Entender que el Atleti no se arrime para que no se haga daño. Así es posible vivir sano. Si, pero así es imposible tener oreja. Ser especial. Así es imposible ser torero. Yo no quiero tener un Atleti sin corazón y con dinero. No me vale. 

Enfadado, triste y melancólico. Así me deja la convocatoria para Moscú y así seguiré también después. Seamos o no capaces de remontar. Porque en contra de lo que mucho enterado piensa en mi caso no es una cuestión de números. No tiene que serlo. Yo no soy presidente, ni entrenador, ni jugador, ni periodista, ni gano dinero con esto. Gano otra cosa que no se puede contar en euros. Por mucho que se empeñen en convencerme de lo contrario. Yo soy aficionado del Atlético de Madrid y como tal funciono con otras reglas. Con las reglas de aficionado. 

Sólo me queda una duda. Saber de dónde parte una directriz tan lamentable. 

Es broma. No tengo ninguna duda. Sé de dónde sale. Y usted también.

Once jugadores

Real Valladolid 0 - At. Madrid 3

Es muy fácil opinar a toro pasado. Cierto. Hacer leña del árbol caído, que diría el rico refranero castellano, pero hay cosas que de maduras se caen de evidentes. Basta ser seguidor del Atlético de Madrid y ver todos los partidos que el equipo ha disputado para saber, sin que tengamos que sacar pecho por ello, que la plantilla de esta temporada es de doce o trece jugadores si el objetivo es pelear por posiciones en las competiciones que tengan algo que ver con la gloriosa historia de éste equipo. Para otros objetivos, esos que cacareaban no hace mucho entrenadores del montón y dirigentes del lado oscuro, podemos hablar de otra cosa y de otros jugadores pero no para ser un equipo campeón. El Atleti venía tocado a Valladolid. Mirando a la clasificación y viendo el colchón de puntos que se disfruta todavía es difícil de entender pero era así. Más por una cuestión de psicología y confianza que por otra cosa. Los malos resultados fuera del Calderón era una cosa más o menos soportable pero la cruel eliminación virtual de la Europa League ponía el siempre frágil subconsciente colectivo a flor de piel. Pues bien Simeone una vez más ha vuelto a prolongar el sueño y demostrar lo que es como entrenador. También a salvar el culo al triunvirato Gil-Cerezo-Caminero, máximos responsables de de la concepción de una de las plantillas más desequilibradas de primera división. Eso si, lo ha hecho sin rotaciones, ni experimentos para tratar de integrar jugadores en depresión a la dinámica del equipo. Con lo mejor que tiene. 

La alienación que saltaba hoy al nuevo Zorrilla es la plantilla titular del Atlético de Madrid. No le den más vueltas. Puede surgir la duda de rotar a Mario Suárez por Tiago (aunque el canterano no parece ser el favorito de un Simeone al que el pasado jueves vi desesperarse con Mario en la primera parte contra el Rubin) y parece lógico pensar que un Adrián al 100% de sus posibilidades tendría sitio en este equipo pero hoy por hoy es lo que hay. No es una mala plantilla, aunque evidentemente falta calidad y un mediapunta, pero es un once apañado que bien entrenado, que es como está, puede dar sorpresas. El problema vienen cuando intentas extender el equipo al resto de jugadores en plantilla porque entonces pasamos de ser un rival temible a ser un equipo más del montón. El Atleti que saltó hoy el nuevo Zorrilla era el Atleti. El Atleti de Simeone. Ese equipo intenso, de defensa sólida, fuerte y vertical que contaba los partidos por victorias. Saltó a imponer su ritmo y su fútbol y lo hizo. La presión asfixiante de antaño (qué importante es Gabi en este equipo) volvió a salir y con ella el dominio colchonero. Se jugaba en campo rival y el Valladolid no sabía que hacer para intentar tener el balón. El Atleti llegaba por la izquierda y por la derecha mientras impedía que los vallisoletanos se sintieran cómodos. Lo conseguían. Por supuesto el concurso de Diego Costa, otra vez, se hizo fundamental. El brasileño nos es sólo brega y potencia sino que se pasa el partido tirando desmarques y buscando la espalda del rival con tanta movilidad que el resto de jugadores lo recibe como una bendición. El primer gol llego en apenas diez minutos con la enésima jugada de estrategia que aprovecha el equipo. Balón puesto al centro del área al que llega Godín en primer término para rematar y provocar una gran parada pero cuyo rechace cae en los pies de Falcao (dicen que en fuera de juego pero para mí no lo es) y eso es otra historia. Con la iglesia hemos topado. 0-1. La cosa pintaba bien. 

Pero a diferencia de otras veces se siguió haciendo lo mismo. El Atleti bajó un par de puntos la máquina de arriesgar pero no bajó una ápice la intensidad ni el criterio con el que habían salido al campo, lo que provocó que todo siguiese igual pero corriendo menos. El Atleti seguía mandando mientras el Valladolid seguía sin poder desarrollar ese fútbol que tan buenos elogios ha recibido. Lejos de controlar el balón básicamente se limitaban a tratar de controlar las salidas en vertical de unos madrileños que sin elaborar demasiado (a estas alturas somos conscientes de que no es lo que mejor hacen) llegaba con claridad y seguía controlando todas las fases del juego. 

Y todo siguió igual en la segunda parte. Tanto los presentes como los televidentes veíamos más cerca el segundo gol que el primero de los castellanos y así fue. Asistencia de cabeza de Koke dentro del área, aprovechando la candidez de la pareja de centrales, que recoge con habilidad Diego Costa para marcar su gol y hacer crecer su leyenda. Si un gol en contra parecía una renta difícil de superar, el segundo gol hizo que la distancia pareciese directamente sideral. Djukic realizó una batería de cambios tratando de cambiar el ambiente y recuperar el norte pero fue en vano. Los colchoneros durmieron más todavía el partido y siguieron dando la sensación de ser más peligrosos que su rival. Hasta el punto que los minutos pasaron con una placidez inusual. Un cálido sueño que sólo se rompió cuando el Cebolla aprovechó un pase al segundo palo mal defendido adelantando su pie a la cesión de pecho del defensa a su portero. 0-3. Buen y justo resultado. 

Salvo que el jueves recuperemos la épica y nos bañemos en la marmita de la suerte, en apenas quince días el Atleti se va a quedar exclusivamente con la liga como única competición (a falta de saber si jugará un partido adicional, ojalá, que sería la final de la Copa del Rey). Probablemente es buen momento para olvidarse definitivamente de las rotaciones y cambiar única y exclusivamente lo que no se tenga más remedio que cambiar. Rezo por ello. Y rezo también porque alguna vez tengamos en este equipo un director deportivo con critero. Porque el diseñador de la plantilla del Atlético de Madrid, sea quien sea, ya que no está nada claro, sea un tipo con el nivel suficiente como para saber que el mejor delantero del mundo no puede jugar en un equipo sin mediapunta o sin alguien en el centro del campo que sepa crear fútbol.

De sueños y cagadas

At. Madrid 0 - Rubin Kazan 2

Durante toda la semana los medios de comunicación habían ignorado la Europa League ostensiblemente, aunque eso tampoco es sorprendente tratándose de los mercenarios a sueldo y esclavos del rodillo mediático que tienen que vivir de ello. Estamos acostumbrados desgraciadamente a su desprecio. Pero en el entorno del club tampoco se veía con demasiada emoción, igual que no se veía espíritu tampoco entre los aficionados. Una especie de soberbia y desprecio, que tan mal nos sienta, sobrevolaba por el imaginario colchonero. Era como esos trámites que uno tiene que hacer y de los que sabe que saldrá airoso sin demasiado esfuerzo. Y llegó el jueves. Y según bajaba por el paseo de Yeserías vi en mi teléfono que Asenjo, Cata y Cebolla eran de la partida. Y empecé a mosquearme. Y llegué al campo para observar con estupor que el estadio estaba medio vacío y que en mi zona apenas reconocía a nadie de los habituales. En su lugar había una colección de tipos extranjeros que me hacían sentir como en otro sitio. Lo mismo es que era yo el único al que esto de la Europa League le importaba. El partido había nacido raro desde hacía días y continuaba raro antes de empezar. Y claro, la cagamos.

Yo no soy un experto en fútbol, ni vivo de esto, ni desgraciadamente tengo el tiempo suficiente para ver todos los partidos que me gustaría ver, pero que quieren que les diga, conocía al Rubin Kazan. Un equipo que con Berdeyev de entrenador había ganado dos ligas rusas y una copa haciendo lo mismo: una roca en defensa, un ejército en el aspecto táctico y una verticalidad letal. También sabíamos que no era un equipo fácil y que no le suelen hacer muchos goles. Teniendo en cuenta la escasez de recursos del Atleti y la incapacidad manifiesta que tiene para crear fútbol era fundamental no encajar goles y tratar de que el rival tuviera que abrirse. A ser posible marcando primero. Pero de nuevo la volvimos a cagar. El Atlético de Madrid que nos ha llevado a vivir el sueño del que esta noche no hemos bajado, ha basado su éxito en la defensa. Es así. Un equipo inexpugnable al que apenas creaban ocasiones que se sentía seguro para buscar la portería contraria a toda velocidad. Pero cuando los periodistas se deleitaban con las rotaciones de Simeone, esas que al principio daban tan buenos frutos, no reparaban en que los cinco de atrás eran siempre los mismos. No cambiaban. En el momento que han empezado a cambiarlos se ha ido todo al traste. Veremos si no de forma definitiva.

Es tarde, estoy enfadado, estoy cansado y no me quiero repetir así que trataré de ser breve. Las rotaciones son una gran mentira. Ya lo he dicho mil veces. Asenjo no debería haber jugado un minuto más en el Atlético de Madrid desde hace años. Lo he dicho también un montón de veces y lo he vuelto a repetir hace poco en este mismo blog. Hoy alguien me llamaba “oportunista” por decir que el partido frente al Rubin se resumía con la palabra Asenjo. Es evidente que ese alguien no se pasa normalmente por aquí. Asenjo es un jugador sobre el que no entraré a debatir otra vez sobre sus capacidades o potencial pero del que tengo claro que jamás de los jamases podrá triunfar nunca en este equipo. Le asusta. Le viene enorme. Tiembla como un flan de gelatina cada vez que este escudo le frota el pecho y no puede soportar la presión de verse de corto en el Calderón. Es así y siempre será así. Hoy el Atleti ha sido un desastre en casi todo pero si Asenjo no la caga en el primer balón que toca a los cinco minutos de partido muy probablemente estaríamos hablando de otra cosa.

Porque esa es la clave del partido. Colocarte 0-1 en tu estadio frente a un equipo que es un maestro en cerrarse y defender cuando además tienes una plantilla cortísima en la que precisamente mover el balón con rapidez y crear fútbol no es una de tus virtudes. Esa es la lectura y no hay más. El Atleti se puso por detrás en el marcador y a partir de ahí hizo lo que sabe pero es que lo que sabe, en esas tesituras, es muy poco. Ahí, con el balón y frente a un equipo cerrado, se ven todas las carencias y así el equipo parece lento y torpe y estático y falto de intensidad. Que si, que no se veía la intensidad de otros partidos ni las ganas por ganar pero yo creo que todo es consecuencia de los mismo, uniéndose además la inseguridad y depresión que contagia a la plantilla determinados jugadores que tienen las extraña habilidad de transmitir su melancolía al resto. El Atleti terminó la primera parte casi sin haber tirado una vez a puerta y teniendo un jugador más. Una jugada a balón parado bien ejecutada pero penosamente rematada por Filipe Luis impidió que el número de remates de los colchoneros fuera cero.

En la segunda los papeles se mantuvieron. El Rubin, con diez, cerrado en su área ya sin complejos tratando de llegar a la portería contraria sin fluidez, sin ritmo, sin velocidad, sin ideas, sin criterio y sin fútbol. Poco a poco el cerco se cerraba más y más pero obedecía al acoso y las ganas e hacerlo que a otra cosa. Simeone puso a Koke, que es titular en este equipo, tras el descanso y posteriormente metió a Raúl García (como si no hubiera entrado) y a Saúl para jugar con tres centrales, pero nada. Todo igual. Llegado el minuto 70 llegaron por fin un par de disparos claros que de forma poco ortodoxa sacó un portero que no parecía especialmente bueno pero al que se ha probado muy poco. La ansiedad atenazaba a jugadores y afición que veían como se pasaban los minutos y no aparecía el gol. Y llegaron otro par de ocasiones todavía más claras como un remate de cabeza de Adrián en el segundo palo que se va fuera y sobre todo una media vuelta de Falcao que da en el larguero. 

Pero faltaba lo “mejor”. Ya con el tiempo de descuento llegó la estupidez de la noche. En el último minuto de partido hay córner a favor de los rojiblancos y se mete todo el equipo en el área. Asenjo hace una amago de ir pero mira a su entrenador. Este le hace un ostensible gesto de que acuda al remate y allí va. El córner se saca mal (nunca puede ir blandito a la frontal del área con todo el equipo dentro) y el rechace lo recogen los rusos de Tartaristán. Asenjo se queda dormido, al igual que lo hacen el resto de sus compañeros que no aciertan a intuir que deberían hacer una falta. La carrera de Asenjo con el jugador del Rubin es ciertamente patética. De mucha lástima ver como en cada dos metros el ruso le saca tres. Y claro, mete gol. 0-2, final del partido. Gran cagada de Simeone que probablemente cueste decir adiós a la Europa League.

Sinceramente, para mi la eliminatoria está perdida. Meter tres goles a un equipo como el Rubin en su propio estadio se me antoja muy complicado pero todavía más complicado con el lamentable estado de forma y anímico del Atlético de Madrid actual. En apenas un mes podemos pasar de la gloria al infierno para volver a esas semanas pegajosas y espesas en las que sólo podíamos ser pesimistas. En unas semanas nos han bajado de una nube. Nos han despertado de un sueño al que nos estábamos agarrando como si fuese real. Porque esto es eso. Una quimera. Una fantasía. Simeone hoy (y algún que otro día reciéntemente) la ha cagado de pleno pero lo que ha hecho Simeone con una plantilla muy corta, tremendamente desequilibrada y muy escasa de calidad es básicamente un milagro. Un sueño. Un sueño dulce e ilusionante que irónicamente nos ha tenido mucho tiempo despiertos y viviendo en un mundo en el que hacía mucho tiempo que no vivíamos. Que toda la vida es sueño, pero que, como decía Calderón de la Barca y reza en la cabecera de esta humilde bitácora, y los sueños, sueños son.

Los tártaros de Rusia


(Artículo escrito originalmente para forzaAtleti.com)

Cuando a uno de joven le enseñaban geografía en la escuela, el límite oriental que definía Europa estaba localizado en los montes Urales. Esto chocaba luego con la lógica cuando en la misma clase nos decían que Rusia era un país europeo y en el mapa los Urales caían en mitad de ese enorme “país” que llegaba hasta el océano pacífico. Quizá esa confusión venía dada por la propia definición de Rusia que manejábamos entonces, que es la misma confusión con la definición de Rusia que manejábamos ahora. Entonces URSS hoy Federación Rusa. La confusión se traslada también al fútbol, lógicamente, y por eso cuando aparece la noticia de que el Atlético de Madrid se enfrentará en la Europa League con un equipo “ruso” uno inmediatamente visualiza esas lejanas ciudades, de minaretes ortodoxos, de muchachas y muchachos de tez pálida y ojos azules que hablan en ruso, de carteles en caracteres cirílicos y de gentes que se confiesan con los popes. Pero luego uno ve que en Kazan no todo está escrito en cirílico (el propio escudo del Rubín Kazan puede verse ahora en caracteres latinos), que hay mezquitas por doquier y que la estrella más reciente del Rubín, un señor turcómano llamado Berdiev que hace las veces de entrenador, se encomienda a Alá antes de los partidos mientras se aferra al masbaha, el rosario musulmán. Algo está fallando. ¿Dónde está realmente localizada esa parte de Rusia? ¿Por qué no escriben en cirílico y hablan otro idioma que no es ruso? ¿De dónde sale el Rubín? ¿Por qué hay musulmanes? ¿Qué sabemos de Kazan más allá de ser el lugar de nacimiento de Gala, la mítica musa de Dalí? 

Tartaria era el nombre genérico con el que los occidentales europeos denominaban en la edad media esa recóndita región asiática que va desde los Urales hasta el océano pacífico y allí dentro, junto al cauce del Volga, es dónde se situaba un asentamiento de búlgaros bastante bien organizado que lo que los libros de historia denominan la Bulgaria de Volga. Hasta allí llegaron en torno al año 1000 los misioneros musulmanes para convertir toda la población a la nueva religión y hasta allí llegaron años después las Hordas Doradas mongolas para incorporar la zona a su imperio e imponer con el paso del tiempo el idioma tártaro. Así surgían los Tártaros del Volga que poco después conformaban cierta independencia administrativa situando su epicentro a más de 100 km de la ciudad devastada que antes fue capital de los búlgaros originales. Nacía de esa manera el Kanato de Kazán pero no duró mucho. En el siglo XVI llegaron para quedarse las tropas de Iván el terrible, que con los consiguientes destrozos incorporaron definitivamente el territorio al imperio ruso. Hasta hoy. Pero muy a pesar de los repetidos intentos por “rusificar” a la población lo cierto es que nunca lo han conseguido. En la actualidad los musulmanes tártaros de Tartaristán (que es como se llama a la república que ahora se integra la federación rusa) son mayoría, rezan a su Dios, hablan su idioma, tienden a escribir en caracteres latinos pero no tienen ningún problema aparente para convivir en armonía con el 40% ciudadanos de etnia rusa y religión ortodoxa que hay en la misma ciudad. Hasta el punto de ser considerado por muchos un ejemplo de convivencia entre religiones. Con la caída de la URSS los territorios se reorganizaron, surgieron nuevas repúblicas y algunas decidieron hacerse independientes de la federación gracias a las facilidades que para ello se ofrecía desde Moscú. La República de Tartaristán (de la que es capital Kazán) se constituyó en 1990 y dos años más tarde realizó un referéndum ganando la opción secesionista pero en este caso Moscú no lo aceptó. La razón es simple. Se trata de un territorio rico en yacimientos de gas y petróleo (que justifica también la riqueza de la zona). Aunque sin violencia, el estatus político actual es por lo tanto complejo pero se asemeja al de una república independiente asociada a la federación rusa. 

Los orígenes del Rubín hay que buscarlos en los años 30 del siglo XX y en Gorbunov, la factoría de aeronáutica militar asentada en la ciudad. Allí, entre aficionados al nuevo deporte que además eran trabajadores del complejo, se formó un equipo de fútbol que enseguida se convirtió en uno de los más importantes de la zona del Volga y que desde 1936 disputó como parte de la asociación deportiva Dinamo los campeonatos nacionales organizados por la URSS. Después de años de altibajos en 1949, tras quedar último en la competición, el equipo se deshace y deja de competir a nivel “profesional”. Durante ese tiempo el nombre del equipo estuvo en constante cambio dado el carácter militar del equipo y cierto código de silencio que debían mantener por razones de inteligencia: “Lenin District Team”, “Krylia Sovetov”, “Iskra”,… Hasta 1958 el equipo de fútbol de la fábrica sólo disputará entonces competiciones amateur pero con bastante éxito, lo que unido a la ampliación del campeonato nacional en su división B y el número de jugadores tártaros que abrazaban ya el fútbol de elite, hizo surgir la posibilidad de la creación de un nuevo equipo, con el nombre de Iskra Kazan, que representará a la ciudad en la liga soviética. Ese año, el de 1958, es el considerado oficialmente como el de la fundación del club aunque será poco después, en 1964, cuando la directiva, en su intento de encontrar un nombre más atractivo, decidirá modificarlo por el de Rubin. En 1965 logra subir por primera vez a la segunda competición de la liga soviética pero el devenir del equipo en las últimas décadas del comunismo es bastante pobre, siempre navegando entre el segundo y tercer nivel del fútbol soviético. Tras la caída del régimen y el colapso de la URSS, el Rubin queda entonces enmarcado en la zona central de la Primera División Rusa (un escalón detrás de la Premier) pero sus resultados siguen siendo muy pobres, incluyendo descensos, que se justifican sobre todo en los fuertes problemas financieros, que ya venían desde atrás, pero que se acrecentaron con la pérdida del histórico patrocinio de Gorbunov en 1993. 

El punto de inflexión en la historia del Rubin aparece en el “año del doblete”, en 1996, cuando con el equipo en la segunda división (tercer nivel) el entonces alcalde de la ciudad se hace con los mandos del equipo garantizando conexiones de financiación y tranquilidad institucional. Dos años después consigue ascender a primera y en 2002, ya con Berdiev como entrenador, asciende por primera vez en su historia en la premier rusa. Una acertada política de fichajes (apareció entonces el ahora rayista Chory Domínguez) y el fuerte carácter de su entrenador que impone un esquema de potente rigor defensivo combinado con verticalidad letal, hacen que el equipo se consolide en la máxima competición rusa e incluso juegue en Europa. Siguiendo la misma línea consigue en 2008 ganar de hecho el título de liga. Era el tercer equipo no moscovita que lo hacía en toda la historia. Al año siguiente el Rubin revalidaba el título consolidándose como uno de los equipos más potentes de la liga rusa. 

Su desempeño ha bajado ligeramente en los últimos tiempos pero el año pasado conquistó, por primera vez, la copa de Rusia y siempre son un equipo incómodo y competitivo. Plagado de jugadores españoles (Orbaiz, Cesar Navas y Marcano) el equipo suele girar en torno al israelita Ratkho y el turco Karadeniz, un estilete que puede jugar en banda o detrás del delantero. A ellos se sumará el recién fichado a M'Vila y arriba espera el venezolano Rondón. Digno rival para los colchoneros en el que esperamos sea triunfante paso por la Europa League 2012/2013.

La gran farsa de jugar fuera de casa

Rayo Vallecano 2 - At. Madrid 1

Los campos de fútbol tienen que presentar siempre y obligatoriamente unas dimensiones de entre 90 y 120m de largo y entre 45 y 90m de ancho. Es así y sólo así. En el Calderón, en Vallecas y en Sebastopol. Con esto quiero decir que jugar dentro de casa o fuera de casa, en teoría, debería ser poca más que una anécdota para unos jugadores que la única diferencia notable que van a notar es el color mayoritario de las bufandas de la gente que está en la grada. No parece que sea un dato relevante como para que afecte al sistema táctico pero si parece serlo para este fútbol contemporáneo de comestibles prefabricados y eufemismos baratos, en el que jugar en tu estadio o lejos de él significa modificar hasta la esencia fundamental del equipo. Como simple aficionado que soy probablemente no tenga ninguna credibilidad pero a mí todo esto me parece una farsa absoluta. Cambiar la forma de jugar en función del lugar en el que lo haces me temo que obedece únicamente a la cobardía disfrazada de prudencia de la penúltima hornada de entrenadores que se sienten cómodos escondidos detrás del balón. Lejos de las luces. Que basan su grandeza en el error del rival. Una forma rudimentaria, poco valiente y muy difícil de defender delante de tu propia afición y esa es precisamente la clave. Lo que yo creo es que los equipos que cambian de forma de jugar lo hacen precisamente en su estadio, que es dónde no pueden enseñar  ese “estilo”. Fuera, siendo ruines y especulativos lejos de los ojos de su afición, es como realmente son.  Como realmente quieren ser.  

Esta lamentable práctica es la que ha seguido el Atlético de Madrid desde que volvimos de segunda división con evidente fracaso en todos los sentidos. Aun así han continuado insistiendo es una política zafia y burda durante años y años. Es lo que tiene estar dirigidos por un Consejero Delegado al que no sólo no le gusta el fútbol sino que la parte deportiva de “su empresa” es precisamente la que menos le interesa. Pero la cuestión parecía haber cambiado con la llegada del Cholo. Un arranque liguero espectacular y una presencia del equipo, dentro y fuera del Calderón, con poderío y entrega. Una dinámica generosa y fascinante que parece haberse difuminado. Bien que el equipo está entrenado y programado para fundamentarse en la presión y la salida en vertical pero no para encerrarse en su campo. La contención atrás venía cuando se iba por delante en el marcador y no antes. Hasta ese momento la presión era en área contraria y al rival no se le dejaba jugar. Las últimas salidas del equipo han respondido sin embargo a ese otro esquema reservón de antaño. Esperando atrás para ver que hace el rival. Sacando un equipo plagado de rotaciones sobre jugadores que nunca debería rotar, especialmente en el eje crítico, con una plantilla tan corta y escasa de recursos como la del Atleti. Un equipo que además tenía cambios en el esquema táctico que hacían revivir los más desagradables temores de mi interior. 

Empieza a ser un tema reiterativo pero las rotaciones están destrozando a este equipo. Sacar en la plantilla titular, voluntariamente, al Cata Díaz y sobre todo a Raúl García en la posición de enganche es empezar a perder antes de jugar. El primero es malo, bastante, pero además crea incertidumbre e inseguridad en unos compañeros que, cuando no está él, configuran una de las defensas más seguras de la liga. El segundo ha demostrado por activa y por pasiva que es incapaz de asumir una posición que en un equipo como el Atleti se antoja fundamental. La de mediapunta. Raúl García hizo partidos bastantes potables a principio de la liga. Sin ser su sitio, gracias al rigor táctico, el sacrificio y la llegada en segunda línea aportó sobre todo goles. Jugando de enganche no sólo no engancha con nadie ni aporta nada de juego sino que anula por completo la capacidad de creación de un equipo con muy poca capacidad de creación. La posición de mediapunta es la peor cubierta de una plantilla mal equilibrada pero creo que ha quedado patente que Raúl García nunca puede ser la solución. Ni dentro ni fuera. También es verdad que no es culpa suya. 

El Rayo, un equipo que es un milagro, entrenado por un entrenador al que admiro y que entiende el fútbol de una manera que también admiro, salió a morder y morir. Se vio además enseguida premiado. La intensidad desaforada deja el balón en la izquierda para que de gran pase el balón acabe en el área y lo crucen al segundo palo. El esférico pasa manso por la frontal del área pero el Cata prefiere apartar la pierna en lugar de despejar lo que, obviamente, hace que el interior del rayo, Lass, que viene de cara, tenga fácil abrir el marcador. En menos de cinco minutos el plan de los colchoneros se había ido a la basura gracias a las rotaciones. Porque el plan de Simeone, obviamente, era contener y salir en vertical. Reforzando el centro y despreciando una creación de la que, obviamente, carece el equipo. Pero con el 1-0 en el marcador hay que crear y jugar. Y este equipo no sabe. Lo tiene complicado con la plantilla titular pero con los jugadores que había en el campo, y como estaban colocados, se antojaba imposible. El Rayo plantó bien la defensa y apretó el centro del campo. El Atleti cogió el balón, se hizo dueño del ritmo y del partido pero carecía de profundidad. Con Adrián en su decadente viaje a ninguna parte y Raúl García correteando sin criterio, tan sólo Koke intentaba dar un pase con criterio a Falcao pero la distancia entre líneas era muy grande, los apoyos nulos y las alternativas inexistentes. Y claro, el Rayo estaba ahí. Un equipo que no se cierra ni da pelotazos. Un equipo que pelea, claro, y que aprieta filas cuando hace falta, claro, pero que juega y que juega muy bien. En el enésimo desborde por banda y balón cruzado al área el brasileño Baptistao hacía el segundo con técnica y dificultad similar al primero. El Atleti para entonces olía demasiado a aquel otro que salió vapuleado en San Mamés pero afortunadamente el descanso apareció sin más daños. 

La segunda parte no trajo sorpresas. Simeone puso al turco Turán (uno de los que no puede rotar) y sacó del campo al ánima de Adrián pero desgraciadamente el otomano se fue a la banda con Raúl García ocupando todavía el espacio detrás de Falcao con lo que todo siguió exactamente igual. Y no es que el Atleti no le echase ganas o huevos, como tanto aficionado cenutrio suele reclamar siempre que no sabe lo que está pasando. Tampoco se podía decir que el equipo no dominara o tuviese el balón porque lo hacía. El problema es que el Atleti es un equipo que a la hora de llevar la iniciativa está limitado porque no tiene apenas jugadores para jugar con clase el balón. El tiempo pasaba sin ocasiones, salvo un par de llegadas de calidad por parte e Filipe Luis, lo que provocaba que el Rayo viviese muy cómodo. Mediada la segunda parte todos sabíamos, dentro y fuera, que el partido estaba perdido. Por eso no entiendo porque Simeone no sacó a Óliver mucho antes. Un partido perdido y desastroso en el que el canterano no tiene nada que perder pero mucho que ganar. Si sale en la segunda parte y el equipo pierde 2-1, como ha ocurrido, nadie diría nada por mucho que el jugador pasase desapercibido. Si por el contrario el equipo es capaz de remontar con su concurso supondría un bautismo de fuego y quizás el empujón que hace falta. No fue así y salió apenas diez minutos que sin embargo le sobraron para demostrar que es ese tipo de jugador que hoy por hoy no tiene equivalente en la plantilla. El gol de Falcao en el tiempo de descuento entra por méritos propios en la categoría de anécdota. 

Nueva derrota dolorosa y punzante que deja claras algunas cosas. Que la legítima aspiración a la liga era efectivamente una quimera. Que la pelea encarnizada por los puestos de Champions no es descartable. Que la plantilla es tan corta y tan desequilibrada como pensábamos. Que el Atleti seguirá teniendo dificultades fuera de casa si sigue empeñado en creer que fuera de casa hay que jugar de forma diferente. Que no parece muy factible el que Óliver se consolide este año en la primera plantilla. Que lo que está haciendo Simeone este año, efectivamente también, es un milagro.

Poniendo los focos

At. Madrid 1 - R. Betis 0

Durante muchos años el fútbol ha sido un deporte popular que la intelectualidad, siempre arrogante, asociaba a las clases trabajadoras. A las clases bajas, que dirían los menos hipócritas. Durante años el discurso de los protagonistas del balompié, jugadores y entrenadores principalmente, no ayudaban demasiado a evitar ese concepto pero soy de la opinión de que esa época ya se ha superado. En contra de lo que pudiera parecer atendiendo al nivel de la prensa escrita, los chascarrillos baratos que se emiten a través de las ondas o los pestilentes efluvios que uno puede sufrir en esos programas televisivos nocturnos, por y para verduleras, los aficionados al fútbol, y muchos de sus protagonistas, son hoy personas de todo orden y condición. Catedráticos en biogenética se sientan al lado de peones de albañil para ver a jugadores como Xabi Alonso que son capaces de dar patadas a todo lo que se mueve dentro del terreno de juego y luego estudiar o seguir los dictados de la moda con el último de Wilco sonando en su iphone. Pero hay personajes contemporáneos como Pepe Mel (o nuestro querido Manzano) que no sólo siguen convencidos de que el mundo del fútbol está básciamente formado por ignorantes sino que ellos, que manejan todos los tiempos verbales, son los más listos del barrio. Las detestables declaraciones de Pepe Mel en las vísperas del partido son un claro ejemplo de esto. Disfrazadas de piropo, pensando que todos somos gilipollas, lo que hizo un tipo, que por otro lado me parece un buen entrenador, fue poner los focos en un jugador, Diego Costa, para que medios y colegiados estuviesen pendientes de él y así condicionar su juego. Repugnante y tan barriobajero como aquello que no se cansa de denunciar el que luego va de elegante. Marrullero pero útil en un país de fariseos como éste.

Simeone no ha nacido en este país pero es argentino y quizá por ello es difícil sorprenderlo en este arte y maneja este tipo de códigos mejor que nadie. Por eso, estoy convencido, dejó a Costa en el banquillo de inicio. El Atleti de principio no pareció notarlo con su ya típica salida en tromba a por el equipo rival. Dominador del juego y del balón volvió otra vez a ganar el centro del campo (Gabi y Mario haciendo de nuevo un buen partido) y siendo muy vertical. Lo malo es que en esta ocasión el turco Turán no tenía su día y, raro en él, eligió mal todas las veces. Lo malo también es que el sustituto de Costa, Adrián, volvió a demostrar que no está. otro mal partido del asturiano al que sólo Simeone parece esperar. En apenas 20 minutos Turan tuvo dos ocasiones  clarísimas (especialmente un mano a mano con el portero rival), Adrián se durmió en el área otras tantas y Gabi y Koke hicieron lucirse al portero de tiros lejanos. Pero ahí se apagó el equipo. Sin la tensión de otras veces (probablemente por el partido del jueves), con Falcao renqueante y sin Adrián, el Atleti dejó que el Betis respirara y tomase el balón. El "valiente" de Mel no obstante tenía más respeto por el Atleti de lo que sus palabras mostraban y colocó dos mediocentros por detrás de Beñat lo que creaba un buen repliegue de los sevillanos pero amortiguaba su ataque.

La segunda parte siguió por los mismos derroteros. Un Atleti sin fuelle ni chispa y un Betis mandón con el balón pero inofensivo en ataque. La gente del Calderón, me temo que un poco mal acostumbrada, mostraba una ansiedad excesiva que transmitía a los jugadores. Mal sintoma por parte de la afición. Aún así todos vimos que hacía falta un activador y el Cholo también lo vio. La salida del brasileño fue letal en todos los sentidos. A los madrileños le aporto la sangre que faltaba, salida por banda,  desborde,... Los jugadores del Betis sin embargo, haciendo caso a su entrenador, decidieron olvidarse del fútbol e ir a buscar a Costa. Personalmente detesto a los jugadores pendencieros y marrulleros. Yo, que soy de los pocos que confiaba en Costa cuando todos decían que era un "paquete", soy también el primero que critico y criticaré sus desmanes absurdos que no van a ningún sitio. Pero lo de hoy era otra cosa. Una caza de brujas orquestada por el entrenador rival (y algunos jugadores dolidos, probablemente con razón) pero por aquello de la justicia poética, el protagonista de todos los males fue al final el mejor del partido. Y encima metió el gol de la victoria. Corner  blando que se comen portero y defensa para que el más listo de la clase, Diego Costa, se adelante a la defensa y marque de cabeza. Mel trató entonces de dar profundidad al equipo con los cambios pero ya fue inútil. El Atleti se parapeto con rigor cartesiano y estuvo más cerca el 2-0 que del empate.

Segundos, a 9 puntos de Barça, 7 por encima del Madrid y a 15 del quinto puesto. Ni en los mejores sueños los colchoneros soñábamos con algo así. Algo de lo que deberíamos disfrutar más en lugar de obsesionarnos con los fantasmas y sapos que nos tiran (y seguirán tirando) desde lo medios y mentideros rivales. Partido a partido señores. Partido a partido.

Partido de otro fútbol


At. Madrid 2 - Sevilla FC 1 

Que la Copa del Rey es un torneo precioso y emocionante, especialmente en su tramo final, es algo que he reconocido ya muchas veces. Con esa premisa de fondo parecería lógico suponer también que vivir en directo el partido de ida de una semifinal despertaría una agradable emoción en mi persona pero debo reconocer que no es así. Por alguna razón, en los últimos años los partidos contra el Sevilla FC suelen ser momentos en los que dejo de disfrutar y se despierta en mi interior un crisol de sensaciones encontradas que no me gusta. Que de hecho detesto. Desde aquellos tiempos en que el conjunto hispalense estaba dirigido deportiva y espiritualmente por ese monarca de las esquinas oscuras del fútbol llamado Caparrós, un profesional con una concepción del fútbol y del deporte radicalmente opuesta a la mía, los enfrentamientos contra los sevillanos han tenido poco de fútbol y mucho de otra cosa. Lejos de parecerme algo digno de recordar lo entiendo como una muesca en nuestra historia. Una costumbre fea e incómoda que me gustaría ver erradicada alguna vez. Independientemente de quienes sean los culpables, desde el exclusivo punto de vista del lado colchonero, deberíamos empezar a evitar entrar en una guerra que ni nos conviene ni creo que encaje con lo que este club ha sido durante toda su historia. La rivalidad deportiva estará ahí y crecerá o decrecerá en función del desempeño y resultado de sus protagonistas. Perfecto. El resto es tan artificial y escatológico que deberíamos hacer el ejercicio de constricción necesario para salirnos de la puja. No me interesa. Prefiero llevarme el dolor de la provocación a entrar en un sucio juego del que no quiero ser partícipe. 

Pero todo esto se veía los minutos antes de acceder al Vicente Calderón y todavía se hizo mucho más patente dentro. Un nivel de ansiedad y tensión a flor de piel en la grada que no se correspondía con un acto deportivo. No era la emoción de una semifinal que hacía correr la adrenalina a toda velocidad sino el empacho en sangre de esa sustancia que el cuerpo humano supura cuando se siente amenazado. Ese ambiente se trasladó a un terreno de juego en el que se reconocía a los dos equipos. El Atleti de Simeone bien plantado, activo, dinámico, incisivo, veloz… y el nuevo Sevilla de Emery colocado, sólido, agazapado sin bajar la guardia y muy consciente de que en la Copa del Rey se juega la temporada. Tras unos primeros minutos de cierta ansiedad y precipitación cada escuadra adoptó su rol llegando a un cierto equilibrio. Pero no duró mucho. El Atleti, sustentado sobre todo en el incansable trabajo de los dos mediocentros (es justo destacar el gran partido de Gabi) se hacía con el centro del campo y ayudado por un Koke omnipresente y los dos estiletes de las bandas (Juanfrán estuvo más activo que otras veces) se metía cada vez más en terreno contrario. Y empezaron a llegar las ocasiones. Por la izquierda y por la derecha. Con Turán y con Filipe Luis. Pero no estaba Falcao. Y se notaba. Diego Costa, haciendo otra vez un gran partido, es un jugador tremendamente activo que se pasa 90 minutos tirando desmarques. Tiene mucha facilidad para abrir la delantera y caer a banda pero el problema es cuando no hay nadie detrás. O cuando el que está detrás es el actual Adrián. El asturiano lo intento y trató de entrar constantemente en juego pero no está con confianza. La duda es si Adrián es el de hoy o el del año pasado. La certeza es que hoy no está con el nivel que necesitamos. Resolvió mal a la hora de definir en casi todas las ocasiones y hasta tuvo errores tácticos básicos como el de irse al primer palo cuando Diego Costa viajaba al mismo lugar para dar el pase de la muerte al segundo. Aun así la ocasión más clara de la primera parte fue del brasileño que tras un pase magistral de Gabi se quedó solo delante del portero rival pero no acertó a meter el balón en la portería. Para entonces el Atleti era un vendaval y el baño de fútbol y juego que estaba dando a su rival era considerable. Pero llegó el descanso y el empate a cero lucía en el marcador de forma injusta. 

El juego y verticalidad del Atleti había enmascarado ligeramente la labor arbitral. Malo en las decisiones pequeñas y absolutamente nefasto a la hora de controlar el partido. Permitió que las constantes provocaciones, primero y sobre todo del Sevilla pero más tarde también de los colchoneros, acabasen impunemente con lo que sin darnos cuenta estuvimos inmersos en ese juego zafio y detestable de patadas, codazos, protestas, pérdidas de tiempo, miradas asesinas, gestos macarras y demás habitantes del otro fútbol. Eso que aparece siempre últimamente en los Atleti-Sevilla. El segundo tiempo comenzó con todo eso en el campo, con un Atleti que trataba de hacer lo mismo pero con un Sevilla que se había aprendido la lección y que ahora cerraba las rendijas por las buenas o por las malas. Los dos equipos jugaban en campo de los andaluces pero las ocasiones no eran claras. Hasta que llegó el principio del fin. Mano en el área hispalense, tarjeta amarilla, la consiguiente expulsión de Spahic, penalti y gol de Diego Costa que fue el que había provocado todo aquello. Lata abierta. 1-0. Bien. 

No. Mal. Muchas veces hemos criticado al equipo, yo el primero, por echarse atrás tras marcar un gol pero partidos como éste son los que hacen anulan esa crítica de un plumazo y dar la razón a tipos como Simeone. Aunque todo es matizable, claro. Lo que uno reclama desde la grada es que el equipo no se encierre en su área a defender un gol pero eso no significa querer que los jugadores se marchen desaforadamente al ataque sin orden ni concierto que es lo hizo el Atleti. Durante unos minutos, aupado por la euforia ruidosa de la grada y un rival con diez, el equipo se fue en tromba arriba sin ser consciente de que rompía el partido. Los ataques rompían al equipo dejándolo abierto y con mucho espacio por defender lo que provocó la mejor jugada rival. Un balón en contrataque que recoge en el centro Navas con mucho espacio y que de pase magistral habilita un uno contra uno de Negredo que en la línea de gol Godín evita, yo creo que de forma involuntaria, con la mano. Penalti, expulsión y empate a 1. 

El Atleti acusó el golpe de forma dramática. Sobre el campo se vio entonces a un equipo local perdido y aturdido que no lograba encontrarse. El Sevilla, aupado en el gran resultado y la debilidad rival tomo el mando del juego y empezó a gustarse. El Calderón se encogía a medida que los de blanco rondaban el área y llegaban con peligro. Simeone contuvo la sangría sacrificando a Koke para sacar al Cata. El Atleti mostró entonces unas carencias físicas tan evidentes como preocupantes. Aun así, las fuerzas se igualaron y apareció, otra vez, el otro fútbol. También alguna que otra jugada aunque esporádica y de poco fuste pero en una de ellas, un combativo Cebolla consigue en su pelea que su rival evita la continuidad de la jugada con una nueva mano. Penalti que volvía a convertir Diego Costa para que la grada respirase algo más tranquila. El Atleti pudo aumentar la renta a partir de entonces, especialmente cuando Navarro derribó a Costa cuando se marchaba solo hacia la puerta pero no pudo ser. Tampoco puede decirse que fuese injusto. 

2-1 que deja el resultado abierto para la vuelta y que obliga a los colchoneros a realizar un buen encuentro pero sobre todo a construir una alineación preparada para defender o crear fútbol según se desarrolle el partido. Si el Sevilla gana 1-0 pasa la eliminatoria y es lo que buscarán. Un gol rápido que les permita replegarse y salir. Lo que más le gusta a Emery. El Atleti hará lo propio mientras evita el plan andaluz pero debe estar preparado para ese gol hispalense. El ambiente con el que perfumarán el encuentro en la rivera del Nervión no parece que pueda ser el de las grandes y agradables noches de fútbol sino otra cosa bastante más hostil. Habemus partido. Y no será fácil.