Queridos Reyes Magos... (At. Madrid - Español)

Decía William James que no hay mayor mentira que la verdad mal entendida. Nuestra realidad, la realidad del atlético de Madrid, está delante de nuestros ojos pero parece que preferimos regodearnos y paladear la mentira. Esa mentira disfrazada convenientemente por aquellos que viven precisamente de ella y ensalzada con ese lazo falso que con pachuli apestoso distrae de la carcoma que vive debajo. Es estúpido e inútil detenerse en descifrar el eterno debate de ver el vaso medio lleno o medio vacío cuando, como en este caso, no hay ni siquiera vaso.

El domingo, víspera de noche buena, volvimos a perder en nuestro estadio y lo hicimos además de forma bochornosa frente a un equipo que nos podía pasar en la clasificación y claro está, nos pasó. El Atlético de Madrid ha perdido de forma vergonzosa contra todos los equipos que están por encima de nosotros: Real Madrid, Barcelona, Villareal y Español en lo que parece ser otra de esas grandes cualidades de nuestro entrenador ya que el año pasado ocurrió exactamente lo mismo. En la fatídica era Aguirre siempre que jugamos contra alguien que está cercano a nosotros (en puntos que no en presupuesto) ocurre exactamente lo mismo y por el mismo orden: salimos cagados de miedo a “aguirrear”, el equipo contrario juega mejor y perdemos. Siempre es así y siempre será así con este lamentable director deportivo.

Pero volviendo a lo que decía el señor James, parece que nuestro ilustre señor del chándal siempre tiene una excusa para hacer entender la verdad de forma capciosa y transformarla en mentira. Otras veces fueron que la plantilla era floja, el terreno de juego, que el contrario estaba en estado de gracia, que algo tradicionalmente malo parecía ser bueno, un misterioso virus alienígeno… esta vez fue el árbitro. Un árbitro lamentable y fanfarrón que por supuesto nos perjudicó de forma escandalosa interpretando el código futbolístico como lo interpretaría un chimpancé pasado de drogas. Es lamentable que un ser humano cobre una suculenta cantidad de dinero por hacer pésimamente su trabajo (y de paso el ridículo) pero es igual de lamentable que la lectura del partido contra el Español por parte de nuestra dirección deportiva fuese exclusivamente el árbitro. El Español fue mejor que el atlético con 11, con 10 y con 9. Lo fue no porque sea un equipo mejor que el nuestro, que aparentemente no lo es, sino porque es un equipo infinitamente mejor entrenado que el nuestro. Esa es la cruda realidad: ellos son un grupo de buenos jugadores convertidos en un gran equipo mientras que nosotros somos un grupo de buenos jugadores transformados en una especie de miedosa broma macabra gracias a la incompetente labor del que desgraciadamente se sienta en el banquillo. Lo demás es simplemente mentira.

Así acaba el año, con el equipo dejando las mismas dudas de siempre en una posición que no corresponde a su presupuesto (por mucho que el mejicano pretenda seguir adornando su mentira), con un juego, por decir algo, ramplón y cobardica y con una actitud, en los momentos clave en particular, indigna de nuestro escudo. Los estúpidos dirán que estamos a un punto de la champions y los pesimistas que estamos a 10 del Madrid. La realidad es que el equipo no es equipo, que ni juega ni quiere jugar al fútbol, que estamos muy mal entrenados, que los jugadores están encorsetados como muñecos de futbolín en una especie de sistema de juguete fácilmente vulnerable por cualquiera y que nuestro entrenador tiene más miedo que vergüenza, miedo que transmite a todos los estamentos posibles del club.

El mejor fichaje para este mercado de invierno sería que los reyes magos le trajeran a Aguirre dos cosas: la historia del atlético de Madrid, para que intente entender de una vez lo que tiene entre manos y una play station con un juego de fútbol para que juegue en la maquinita a ser entrenador y por el bien de la humanidad deje sus estupideces y miedos allí . No estaría mal tampoco un poco de reflexión interna por parte de todos porque al fin y al cabo es muy triste autoengañarse y es que ya lo decía Nietzsche, la mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a si mismo. Engañar a los demás es un defecto relativamente vano.