Kosovo Polje



El día de San Vito de 1389, en el campo de los Mirlos de la región de Kosovo, tuvo lugar la batalla de las batallas, aquella que enfrentó a las tropas de una incipiente nación serbia lideradas por el príncipe Lazar contra las tropas del creciente y poderoso ejército turco liderado por el sultán Murad I. El ejército turco, muy superior en miembros y poderío, arrasó las tropas serbias tras una cruel batalla que dio con la muerte del príncipe Lazar y que suponía el inicio del fin para la nación serbia ya que poco después era absorbida sin miramientos por el imperio otomano, donde permaneció doblegada durante siglos hasta el final de la primera guerra mundial. Sin embargo, en contra de toda lógica aparente, los serbios celebran el día de San Vito como fiesta nacional y consideran ese día y esa batalla precisamente como los cimientos de la nación serbia.

En este esperanzador inicio de campaña en el que salen colchoneros de debajo de las piedras, donde se acabaron las risitas condescendientes de los vecinos endiosados que bastante tienen con lo suyo (salvo algún iluminado disfrazado de sindicalista y con residencia habitual en Venus), donde nos sentimos orgullosos de ver nuestro escudo en sitios donde antes no aparecía y donde los atléticos nos levantamos por las mañanas henchidos de orgullo recordando nuestros recientes y maravillosos éxitos europeos me gustaría recordar, aunque sea brevemente a modo de humilde reflexión, lo que ocurrió en Barcelona en fechas no muy lejanas al día de San Vito, en las gradas del Camp Nou después de perder la Copa del Rey.

Desde que en 1996 levantáramos el título ligero que redondeaba nuestro mítico doblete, el Atlético de Madrid (y con él todo lo que este club representa) emprendió un descenso a los abismos que si en lo institucional no hacía más que seguir la tendencia que sus dirigentes habían marcado (la de chupar de una institución que habían “adquirido” muy barata) y en lo deportivo destrozaba sin miramientos la centenaria historia aterrizando en un secarral de mediocridad y vergüenza, en lo social la sufrida y eterna afición colchonera perdía las referencias, se moría en los recuerdos, se desangraba por heridas inesperadas después de agarrarse a los brazos de los que pretendían salvarnos y mutaba en multitud de versiones y sucedáneos que aparecían como imitaciones malas y baratas de lo que una vez fue. Pasada una década ya del nuevo siglo el Atlético de Madrid era una institución plana, confusa y tramposa dirigida por fríos especuladores mercenarios, sostenida por una sección deportiva triste, inconexa, sin cabeza, sin espíritu y sin discurso que era animada por una afición escondida, agotada, sin referencias, entre confundida y hastiada que estaba en permanente e inútil guerra civil, separada en miles de facciones de tamaño infinitesimal y que poco a poco se renovaba como oruga transgénica en una mariposa mediocre y vulgar.

El príncipe Lazar consiguió aglutinar a todos los nobles serbios bajo una misma causa igual que la esperada Europa League de Hamburgo conseguía después de muchos años juntar a todos los atléticos (si no físicamente al menos en espíritu) en el mismo sitio, gritando lo mismo y aunque parezca irónico por la misma causa: un atleti campeón. En los alrededores del precioso HSH Nordbank Arena mientras servidor daba vueltas buscando a mis compañeros de viaje al acabar el partido o tomando cervezas después, en la húmeda noche de Hamburgo, lo único que vi fueron atléticos felices. Era incapaz de saber con precisión entonces si estos atléticos estaban de acuerdo o no conmigo en la forma en la que yo veo esta bendita institución. Aquel título rompía la maldición y el hechizo maligno que teníamos como una nube negra encima de la cabeza y de repente nos vimos aliviados frente a una realidad que estaba ahí pero que éramos incapaces de ver o sentir. Nos miramos un poco más arriba del ombligo y resulta que estaba el escudo del oso y el madroño.

La final de Copa era nuestra batalla de Kosovo. Allí fuimos los atléticos juntos por fin a hacer historia, unidos bajo una misma voz (independientemente de peculiaridades) en una riada espectacular e inolvidable. Las horas previas al partido fueron de una intensidad y emoción que muchas atléticos nunca habían vivido y otros ya no recordaban. Volvíamos a ser la familia atlética y volvíamos a ser esa afición divertida, noble, peculiar, genuina, legendaria y envidiada, incapaz de ser comprendida por otros aficionados de espíritu mercenario y de dudoso concepto de generosidad. Esa afición capaz de levantar equipos, aplaudir rivales, cerrar bocas y hacer llorar a jugadores y entrenadores. Esa afición…, la afición del Atleti.

Pero se perdió la batalla.

Para intentar entender el mito serbio, ese que adora al mártir del príncipe Lazar y la batalla de Kosovo, hay que irse a la épica medieval serbia que dice que el príncipe decidió entonces trascender a la historia ganando el reino celestial por encima del reino terrestre. La actitud y honorables acciones del príncipe y su ejército aquel día fueron acordes a los criterios celestiales de valores, justicia o verdad y así quedaron marcadas para la posteridad. Independientemente de victorias o derrotas, se decidió construir una nación sobre esos pilares.

40 minutos después de ser derrotados en el campo la afición colchonera seguía gritando orgullosa, animando a su equipo y tapando con cánticos y sin insultos la alegría del equipo rival, incapaces de entender que la victoria o la derrota pueden ser alegres o tristes, puntuales o constantes pero ser del Atlético de Madrid no resiste especulación. El rival no lo entendía y la prensa, admirada ante lo que veían, tampoco. Nosotros sí. Elegimos los valores del reino celestial. El Atlético de Madrid está por encima de victorias y derrotas. Los aficionados aplaudían a un equipo que había dejado la vida, que había sido valiente, que había querido ganar y que no había especulado con la historia o el escudo. Esos son nuestros valores, nuestra justicia y nuestra verdad. Ya no valen excusas. Ya no valen otros discursos engañosos y mentirosos. Con copas y sin copas. Esos son nuestros pilares y sobre eso hay que construir.

Que nadie se olvide nunca. Somos el Atlético de Madrid.

4 comments

Juggernaut 7 sept. 2010 4:06:00

Esteeee... ¿con Valera?


I'm so sorry for asking.


Saludos cordiales.

Ennio Sotanaz 7 sept. 2010 15:44:00

Con Valera y sin Valera.

De eso se trata.

Saludos,

Anónimo 7 sept. 2010 15:51:00

Me ha gustado mucho. En esa grada del Camp Nou me sobrecogió algo que durante todos esos minutos no me hizo pensar en otra cosa de en lo grande que es ser de este equipo.
Imborrable.

Alfonso.

Anónimo 23 may. 2013 0:32:00

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