Cuestión de carácter

Decía Aristóteles que nuestro carácter es el resultado de nuestra conducta y es suficiente echar un vistazo a lo que queda del Atlético de Madrid para darse cuenta de que Aristóteles tenía razón. El Atlético de Madrid es un equipo sin carácter desde hace décadas gracias fundamentalmente a su errática y engañosa conducta. Una institución desnaturalizada, desprendida de sus cimientos, sustentada en iconos de plástico y mentirosos que imitan a los verdaderos iconos ahora muertos para sostener un discurso frío y enfermo, desprovisto de cualquier átomo de emoción, que los trabajadores de tan caduca institución (y una gran parte de la afición que todo lo sostiene) han asimilado en vena como buenos alumnos de las juventudes hitlerianas.

Aunque algunos lo nieguen para conservar sus prebendas de periodistas y otros se crean las mentiras de estos mismos para escarnio de la inteligencia, todos sabemos que el Problema del Atleti a estas alturas tiene un único nombre que es el del clan Gil, pandilla de farsantes vendedores de crecepelo que han violado, torturado y desangrado hasta el límite a una víctima ingenua, estúpida e inocente pero también desamparada gracias a un estado que mira a otro sitio, a periodismo de control que es parte del problema y a una sociedad enferma que reniega de tener que pensar.

Es verdad que lo anterior es cada vez menos discutible pero igual de indiscutible es que los jugadores que hoy por hoy se visten cada fin de semana con la zamarra rojiblanca, por la razón que sea, son jugadores sin carácter ni mentalidad ni personalidad más allá de sus cualidades técnicas (que encima la mayoría tampoco tienen ni de lejos). Este puñado de asalariados sobrevalorados son fundamentalmente tipos comparsa que como camaleones se adaptan de forma mercenaria al perfume que en ese momento exista en el ambiente pero que jamás fueron ni serán líderes o jugadores imprescindibles de nada y para nada. Si vamos bien yo voy bien, si vamos mal yo voy mal. Nadie quiere ser protagonista porque nadie quiere arriesgar sus miserias y probablemente esa sea precisamente la razón de que estén condenados a jugar en el Atlético de Madrid y no en un verdadero equipo de fútbol con aspiraciones más altas que tratar de evitar hacer constantemente el ridículo. Lamentablemente el mismo ejercicio de valentía se puede encontrar el los periodistas “contrarios” a la directiva o en los personajes poderosos que se supone están escondidos en esa tela barata e inútil a la que llaman oposición.

El carácter falta en todos los peldaños de esta escalera hacia el fango. El puesto de mandamás carismático que siempre ha tenido este club está ocupado por un ser avinagrado y antipático que se esconde hasta de sí mismo. Ni siquiera tiene el falso carisma de su padre. Un Rasputín sin encanto que proyecta la penosa imagen en el cuerpo y torpe verborrea de un supuesto presidente que hace las veces de operador de la tómbola en una feria de tercera. Un club infectado por el anodino discurso de la vacuidad, la mediocridad y el seguidismo fascista por parte de los que chupan de la teta. Una imagen bochornosamente compacta que no transmite más que lástima.

Una falta de carácter que además llega hasta abajo. Nuestra plantilla está desde hace tiempo conformada por seres anónimos, anodinos y tristes que lo único de lo que son capaces es de transmitir en sus apariciones pena, compasión, indiferencia o vergüenza. Como Atlético siento más orgullo escuchando a Casillas decir que el Atleti debería estar siempre peleando la liga que a cualquier de nuestros mequetrefes diciendo con cara de monaguillo las gilipolleces que suelen decir. De hecho es que hoy por hoy me cae más simpático Casillas que cualquier miembro de la primera plantilla del Atleti. El primero es un rival digno, inteligente y que transmite simpatía, sinceridad y orgullo mientras que en mi equipo lo único que veo son caras que no me transmiten nada. Caras de tipos que no sé ni quiénes son. Veo a un tal Forlán en la portada de Men’s Health y me pregunto quién será ese tipo rubio que enseña abdominales pero a la vez no siento el menor deseo de leer una entrevista que como todas sé que no va a decir nada más que sandeces homologadas que podrían aparecer en cualquier sitio dichas por cualquiera. Es como ver los rostros de los jugadores de otro equipo que no es el mío y que no me importa. Tipos que repiten como papagallos frases hechas conformando discursos que no se creen y que probablemente ni siquiera han creado ellos mismos.

¿Cómo se puede apelar al carácter de gente que no lo tiene? ¿Cómo se puede poner las esperanzas en el carácter de un equipo cuando llevas 15 años destrozando ese carácter que antes existía, un carácter que te has ido comiendo a bocados a falta de otro alimento?

La respuesta es bien sencilla: no se puede.