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¡Un abrazo!

Mostrando entradas con la etiqueta Óliver Torres. Mostrar todas las entradas
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Felicidad

El Atleti cierra esta noche un año complicado y lo hace fiel a su más pura esencia: sufriendo, trabajando, pasándolo mal, tirando de espíritu y ganando. Sí, ganando. A pesar de lo que pueda parecer si usted no es de esos arqueólogos de la información que tienen que zambullirse cada mañana en el fango para encontrar un puñado de realidad y por el contrario prefiere ceñirse a la pulimentada versión oficial. El Atleti termina el año en lo más alto de una liga tramposa y tergiversada que lo sigue tratando con desdén y desprecio a pesar de haberle salvado la cara. Anteriormente a la llegada de Simeone, la máxima competición española era una versión casposa de la liga escocesa pero mucho más injusta. La llegada del argentino no sólo ha creado un nuevo e incómodo personaje en el poder establecido sino que ha significado un influjo de fe para el resto de equipos que ahora están mejor preparados y que han entendido que si se cree y se trabaja, se puede. El Atleti cierra esta noche el año con algunas dudas, sí, pero con muchas más certezas. Paren un instante a pensarlo y verán que las segundas ganan con creces a las primeras. 

Jugar en Vallecas es complicado. Es un campo pequeño, estrecho y con un equipo local valiente e imprevisible que, si está bien, puede llevar el partido a situaciones difíciles de solventar. Los de Jémez, dolidos por el robo vergonzoso de la última jornada, saltaron al campo muy metidos en el encuentro. Intensos, rápidos y con una defensa adelantada y presionante que impedía cualquier triangulación. El Atleti, escarmentado también tras su último partido, lo hizo con el mismo espíritu, la misma intensidad y el mismo desempeño que su rival. Fueron unos minutos muy fogosos, en los que todo pasaba a toda velocidad y en los que salieron ganando los colchoneros por la mínima gracias a su mejor interpretación de la situación. La falta de laterales en los vallecanos y esa defensa de tres, hacían que su punto más vulnerable fuesen precisamente las bandas y hacía allí fueron dos buenos balones de Óliver y Koke que provocaron dos ocasiones de gol de Carrasco, de esas que no se pueden fallar. Del mismo modo llegó otra buena ocasión de Torres que también desperdició. Yoel, portero rayista, era ya el mejor de su equipo para entonces. 

A partir de ahí los rojiblancos se diluyeron, fundamentalmente en el centro del campo. Saúl salvaba los muebles, Koke desaparecía y Óliver ni siquiera llegaba a aparecer. Cada vez que tocaba el balón pasaban cosas, sí, pero es que apenas lo tocaba. Otro partido desperdiciado del canterano que no encuentra su sitio en este equipo. Algo parecido le pasa a Torres. Obsesionado con el dichoso gol, no termina de hacer un partido medianamente decente que disipe las dudas que existen sobre él.

El inicio de la segunda parte fue radicalmente diferente. El Rayo salió como un ciclón. Mucho más presionante y preciso con el balón, cercó a su rival sin dejarlo salir y disputó sus mejores minutos del encuentro. Un gran Trashorras se erigía en el jefe de la medular y el Atleti se perdía en la zona de creación, incapaz de hacer otra cosa que no fuese dar un patadón. Los cambios de Simeone (Correa y Thomas por los señalados Óliver y Torres) lograron contener la sangría, igualar el medio campo y alejar el peligro rayista. A partir de ahí los rojiblancos tomaron más riesgos y, más por corazón que por juego, desequilibraron el campo otra vez hacia el lado contrario. Jackson salía al campo en sustitución de un agotado Carrasco y el Atleti se disponía a morir en el área contraria con todo su arsenal. Godin tuvo un par de ocasiones claras, rematando de cabeza dos buenos balones parados, pero Yoel y el larguero volvieron a sacarlos con maestría. Hasta 5 ocasiones claras de gol acumulaba el equipo a esas alturas. Algo que subrayaba, una vez más, el gran problema del Atlético de Madrid durante este primer tramo de la temporada: la pertinaz falta de gol. 

Pero el Atleti, que tiene muy buenos jugadores,  tiene también la suerte de poder comenzar el encuentro con algunos de ellos en el banquillo. Con el partido casi concluido una espectacular jugada de Thomas (para mí el jugador que mejor parado sale después del terremoto Tiago) acaba en una pared en el área que remata Correa como sólo los genios son capaces de rematar. Golazo. Dos minutos mas tardes Griezmann rivalizaba en destreza con su compañero calzando una vaselina por encima del cancerbero rayista tras un muy buen pase de Jackson. 0-2. Tres reservas frescos y uno de los mejores jugadores del mundo frente a un equipo modesto, agotado y con bajas. Imposible para los vallecanos. El equipo colchonero se lleva el partido frente a un gran equipo al que solamente su mínimo presupuesto le impidió llevarse algo más esta noche y al que le deseo lo mejor. A seguir remando. 

El Atleti acaba el año sumando tres puntos. No hay mejor sentencia para describir lo que es este equipo. Mientras otros se desgañitan aplicando teorías “conspiranoicas” para insistir en convencernos de que el Emperador no va desnudo, los colchoneros tomaremos uvas con pipas y turrón terrenal y los haremos, como siempre, con alegría, porque, por encima de todo lo demás, lo que tiene este equipo es eso: felicidad. Una felicidad que es nuestra y que es natural. Que no se compra ni se vende. Una felicidad insólita y envidiada que está ahí, y que está siempre. Sin necesidad de trofeos, medallas o falsos titulares. Una felicidad que nadie entiende y que algunos niegan pero que sabemos muy bien que existe. Que está. Que está y que estará mientras quedemos humanos dispuestos a transmitir la buena nueva. 

Espero que pasen una noche estupenda mañana. Que despidan entre risas y amigos el año que se va y que reciban al nuevo con ganas, con fuerza, con ánimo, con respeto, con intensidad y en formación de 4-4-2 o 4-1-4-1. 

Sean felices. 

@enniosotanaz

Humildad y respeto

Simeone dijo justo antes de iniciar la Copa del Rey frente al Reus Deportiu que encararían la competición con “humildad y respeto y eso es exactamente lo que ha hecho el Atlético de Madrid sobre el césped del Camp Nou Municipal. Respeto por un equipo rival que lo merecía y humildad para correr tanto o más que el equipo contrario antes de llevarse el partido. Sin condescendencia ni dejadez. Fútbol y sólo fútbol. 

Todo lo anterior podría parecer de Perogrullo pero no lo es. Los que hemos vivido los infaustos tiempos de la era pre-Simeone sabemos que las primeras fases de la Copa del Rey, por exceso o por defecto, solían ser muchas veces una pesadilla. Ninguno de los que entonces comandaba la nave supo afrontar esos partidos en los que la diferencia de presupuesto entre los equipos era tan abismal que complicaba la forma de encararlos para una plantilla saturada de complejos y carente de personalidad. Cierta soberbia mal parida, trazas de mediocridad traspasadas por los sucesivos entrenadores o desconexiones impropias de profesionales, hacían que la Copa del Rey se convirtiese en un infierno para el Atleti muchas más veces de las necesarias. Nunca más. Con Simeone se acabaron las dudas. El equipo sale a ganar haciendo lo mismo, juegue quien juegue y esté quien esté delante. Es muy de agradecer. 

Deportivamente saco poca lectura porque es muy difícil obtener conclusiones de un partido con unos condicionantes tan excepcionales. Quizá destacar una cierta resurrección de Vietto, que comenzó en la línea pésima de los últimos tiempos pero que acabó enmendando la plana dejando algunos argumentos para soñar y el preocupante camino inverso que siguió un Correa que, sumido entre la ansiedad y la imprecisión, transmitió unas sensaciones bastante flojas. Al final lo más destacable sea seguramente la gran capacidad que tiene Óliver para jugar al fútbol cuando su cabeza está centrada en crear juego y no en intentar no fallar. 

Mención muy especial para el Reus Deportiu. Un equipo que deportivamente trató de jugar al fútbol sin dar patadas y que además lo hizo como los ángeles. Jugó de tú a tú, sin complejos, frente a un Atleti al que en ningún momento tuvo la oportunidad de bajar los brazos. Pero si dentro del campo el desempeño del club catalán fue más que elogiable, en la grada, desde la institución y a través de las redes sociales su actitud fue todavía mejor. Desde el mismo día en el que se realizó el sorteo el club reusense intentó trazar puentes, generar simpatía y transmitir buen rollo con la afición rival. Ayer incluso nos daban las gracias a través de Twitter por dar color a la grada. Genial. Algo muy de agradecer en estos tiempos en los que parece que vende mucho más subrayar lo malo o potenciar ese esteriotipo torrentiano (y más falso que Judas) que el Establishment ha decidido colocarnos a los colchoneros. Desde esta esquina anónima del ciberespacio, quería dar las gracias al Reus Deportiu por intentar convertir un partido de fútbol en lo que siempre tendría que ser: una fiesta. 

Chapeau! 

@enniosotanaz

Tiago

Tiago Mendes aterrizó en la rivera del Manzanares 48 horas después del día de reyes de 2010. Sí, en el mercado de invierno. La tradición de mediocentros en el Club Atlético de Madrid era tan sumamente catastrófica que su llegada no despertó demasiada expectación. “Otro más”, rezaba por entonces mi anónimo (y cenizo) compañero de grada. No podía jugar la Europa League (competición que acabamos ganando ese año) y encima venía cedido por la Juventus, equipo en el que había pasado sin pena ni gloria. “Si allí no lo quieren…”, confesaba también entonces mi vecino, con ese optimismo tan valiente del que hacen gala los que nunca se equivocan. Contra todo pronóstico, el portugués se hizo con el puesto y acabó completando una gran campaña que nos llevó a ganar ese año la segunda competición europea (aunque él no la jugara) y a la final de la Copa del Rey, tras muchos años sin títulos. El Atleti perdió aquella final de Copa en Barcelona frente al Sevilla pero Tiago, que no había podido jugar en Hamburgo, entendió aquel día lo que era este bendito equipo. Aquella noche, con lágrimas en los ojos, parado en el césped del Camp Nou y viendo a la nutrida afición colchonera, apenas diez minutos después de haber perdido la final, cantando con el pulmón en la garganta su amor por los colores, Tiago entendió el espíritu rojiblanco y se le quedó clavado en el tuétano. 

Casi seis años después Tiago lo ha ganado todo con la camiseta rojiblanca. Liga, Copa, Supercopa de España, Supercopa de Europa, Europa League y le falta la Champions por aquel maldito minuto 93 de Lisboa. Por el camino dejó de ser ese jugador prometedor pero errático, confuso y falto de confianza para transformarse en el mejor mediocentro del Atleti en varias décadas y uno de los mejores de Europa. Es hoy la referencia de este equipo, dentro y fuera del campo, como así se lo reconocen compañeros y cuerpo técnico. Hoy, casi 6 años después de aquella llegada por la puerta de atrás y en el mejor momento de su carrera, Tiago acaba de romperse la tibia en el Calderón. Una grave lesión que, a sus 34 años, no parece fácil de superar. No sé lo que ocurrirá, cómo y cuando conseguirá volver a ser jugador de fútbol pero no creo que ahora mismo sea el momento de hacer cuentas, pronósticos ni promesas. Tiago merece el aplauso cerrado que se ha llevado hoy del Calderón y, más allá de aquel episodio oscuro de su retiro en el Chelsea, creo que es un jugador que ha hecho al Atleti estar donde está y al que por tanto le debemos mucho. Sólo por eso merece nuestro apoyo y nuestro cariño, aunque me consta que esto último es tan obvio que huelga decirlo. Sea cuando sea, esté como esté, Tiago será siempre bienvenido. 

El Atleti acaba de ganar al RCD Espanyol pero es una victoria que, sin dejar de ser importante, queda ensombrecida por la desgraciada lesión. Los de Simeone, aún volviendo al tradicional 4-4-2, encararon el partido muy bien y se pusuieron por encima en el marcador muy pronto. Buena jugada de Óliver Torres por la derecha (por fin un buen partido del canterano con la camiseta rojiblanca), pase al área y el de siempre, Griezmann, que mete la puntita para, no sé si él o el defensa, desviar el balón a la portería. El 1-0 daba alas a un equipo, el colchonero, que siguió jugando muy bien al fútbol. Hasta la lesión las sensaciones eran muy buenas. Buen toque, buen ritmo, buena presión, buena salida de balón y buen fútbol. Tras la lesión, un balón absurdo al que Tiago ataca de mala forma, el estadio entero se quedó aturdido. Helado. Jugadores y espectadores se quedaron sin referencia y el frío, que nadie había notado hasta entonces, se hizo de repente muy presente. 

La grada buscaba en el teléfono alguna noticia tranquilizadora durante el descanso pero ésta no llegaba. No es rodilla, decían, es una lesión ósea, como si eso hiciese el drama algo distinto. Los jugadores volvieron al campo con otro ímpetu y, más o menos, lograron sobreponerse a la situación. Saúl, como concienciado de repente de un rol del que no va a poder escapar, empezó a centrarse y a enderezar una actuación que en la primera parte no había sido tan buena. El Atleti siguió jugando y llegando, pero este equipo sigue sumido en una galopante y preocupante carencia de gol. 

Tampoco ayudó mucho Vietto que había sido agraciado con la titularidad pero que no ha estado a la altura en ningún momento. Lento, tímido, errático, eligiendo mal y fallándolo todo. Mala pinta tiene un jugador que está pidiendo a gritos una cesión. El propio Vietto, Griezmann, Godin, Carrasco, Óliver, Torres,… ninguno fue capaz de colocar el segundo gol en el marcador. Pero el partido llegó a su fin, con un equipo rival (el Español) que no existió en 90 minutos y con un equipo, el colchonero, que pasará el fin de semana jodido a pesar de seguir en la segunda posición de la tabla liguera. 

La lesión de Tiago es una desgracia, sin paños calientes, pero es irremediable y sería inútil (y absurdo) recrearnos en la desgracia o perder energías en buscar culpables y motivos. También en buscar remedios mágicos. Tenemos lo que tenemos y habrá que reinventarse. Dice la gente que sabe de esto que la mejor forma de encarar los problemas es no tomarlos como tales sino como oportunidades. Un nuevo escenario que pueda ofrecer alegrías con las que no contábamos. Héroes que no estaban llamados a serlo. Caminos y escenarios que antes no existían. Brindo por ello.

@enniosotanaz

Gol de Vietto.

Quedaba poco tiempo para que finalizara el partido y aunque el Atleti llevaba un buen rato intentando igualar la contienda, tirando de corazón (más que de fútbol), la situación no era nada halagüeña. En ese momento el Real Madrid se marchaba 5 puntos, el Barcelona tres cuartos de lo mismo y el Celta (o el Villarreal) no sólo se separaban también en la clasificación sino que su desempeño en el campo era muy superior al que practicaban los colchoneros. Por si eso fuera poco, el once inicial de Simeone no incluía a ninguno de los flamantes fichajes estivales. Las dudas respecto a todos los jugadores y todos los sistemas se sucedían con demasiada continuidad. Las aves de rapiña, licenciadas en Ciencias de la Información, desplegaban sus poderosas alas para volar en círculos sobre el Calderón y el runrún impaciente de una grada cada vez más impaciente, perfumaba el ambiente de un hedor pesimista y desagradable. La pendiente hacia los infiernos se empinaba de forma imparable hasta que de repente, casi sin querer, apareció el gol de Vietto que empataba el partido contra el Real Madrid. 

Acabada la batalla, aprovechando el parón de selecciones, llegó el tiempo de inventariar las bajas y la situación. Fue entonces cuando tomamos conciencia de que, con un calendario infernal, jugadores cuestionados, dirección deportiva en formación, sensaciones contradictorias y un juego para olvidar, resultaba que, administrativamente, no estábamos tan mal. Ni mucho menos. Apenas unas semanas después, el equipo está, administrativamente, igual o mejor, pero además la dinámica es otra. Jackson empieza a meter goles, Tiago se quita años de encima con cada quincena, Koke ya no es un recuerdo del pasado, Correa llama a la puerta con fuerza, Griezmann está donde estaba y, ay amigos, ha aparecido un tal Yannick Ferreira Carrasco para levantarnos del asiento. Bendito gol de Vietto. 

El Atleti acaba de ganar al Valencia haciendo un gran partido de fútbol. Es cierto que ha terminado pidiendo la hora, pero es igual de cierto que los de Simeone han pasado por encima del conjunto Che de forma más que significativa. Firmo desde ya que el juego del Atleti 2015-2016 se parezca a la primera parte de hoy. Dos laterales incisivos y de calidad que abren mucho el campo para asociarse con los interiores, dos mediocentros despiertos, muy activos en la presión e inteligentes en lo táctico (especialmente Tiago que es un escándalo de jugador), dos delanteros letales (la resurrección de Jackson viene más lenta de lo que a mí gustaría pero parece que el colombiano empieza a entonarse) y dos falsos interiores que dan el espíritu y el juego al equipo. Koke, a base de inteligencia y talento, ligando centro del campo con delantera. Yannick poniendo velocidad, descaro y picante. Soberbia primera mitad frente a un Valencia timorato y sin personalidad que sin poder remediarlo perdieron la pelota, el ritmo, el juego y el centro del campo. Mucho peor cuando Rodrigo, el mejor de los blancos hasta entonces, cayó lesionado. Las ocasiones se sucedieron por izquierda y derecha. Los valencianos no encontraban su sitio y sólo Jaume en la portería conseguía mantener el cero en su marcador. 

Antes del descanso llegaron dos goles pero podía haber llegado alguno más y hubiese seguido igual de justo. El primero cayó tras error garrafal de los dos centrales levantinos (lamentables todo el partido, especialmente Santos) que aprovechó Jackson para desviar bien el balón cuando encaraba en solitario la portería. El segundo fue de Yannick, tras cabalgada por la izquierda, recorte al centro y fuerte disparo desde lejos que entró lamiendo el poste derecho. Golazo. Lo lógico hubiese sido que hubiese pasado el balón a Jackson, que le estaba tirando la diagonal, pero bienvenidos sean, por una vez, los jugadores ilógicos. Gran partido del belga que mezcló a partes iguales calidad y ganas de comerse el mundo. El Calderón se lo agradeció como corresponde. 

La segunda parte no varió mucho en los primeros instantes hasta que Simeone, yo creo que viendo el partido ganado, decidió sacar a Torres y a Óliver al campo. Error. La dinámica cambió radicalmente. Ya no había chispa ni novedad. Sobre el terreno de juego aterrizó de repente la mediocridad y ese ritmo lento y titubeante tan típico de esta temporada. Torres aporta todo lo que tiene (ni un pero a eso) pero da la sensación de apagarse futbolísticamente. Óliver sigue teniendo un problema de cabeza. Mientras Yannick o Correa saltan al campo pidiendo el balón con la idea de echarse el equipo a la espalda, jugársela y meter el gol de su vida, Óliver salta al campo con la idea de… no cagarla. Con esa actitud nunca podrá ser un jugador verdaderamente relevante. Un drama, teniendo en cuenta que es muy bueno pero que se le acortan los plazos y las oportunidades. 

El Valencia consiguió aparecer al final de encuentro gracias a un error de Godin (no fue su mejor partido) que salió como un toro a defender a un central rival que estaba con el balón en el área. Lo arroyó, claro. Penalti estúpido pero penalti. La transformación de Alcacer hizo que viésemos por primera vez las camisetas blancas en el campo. A ello contribuyó también un colegiado que, en un partido que no hacía falta, decidió formar parte de los resúmenes televisivos. Pero afortunadamente estaba el carácter colchonero y ese Tiago que día tras día se consolida como el mejor mediocentro colchonero que haya vestido la elástica rojiblanca en las dos últimas décadas. 

Victoria balsámica y elocuente de un Atleti en crecimiento que continúa abriendo ventanas por las que, de momento, se cuela la ilusión. Seguimos con la sensación de que lo mejor está por llegar y eso es muy bueno. Insisto, bendito gol de Vietto.

@enniosotanaz

Carácter y personalidad

Decía Schopenhauer que la personalidad determina por anticipado la medida de la posible fortuna. El Atlético de Madrid probablemente tuviese mala fortuna en su partido de Champions frente al Benfica lisboeta pero sobre todo careció de personalidad. Seguro que ambas cosas están relacionadas. Si alguien me preguntase alguna vez cuál ha sido durante todos los años de Simeone la característica básica del equipo colchonero, creo que nunca diría los títulos, ni la defensa rocosa, ni el rigor táctico, ni la pegada, ni la verticalidad, ni tan siquiera la competitividad. Diría la personalidad. El carácter. Puede que, viniendo de donde veníamos, sea lo que más me llame la atención pero sinceramente creo que esa característica, lejos de ser una anécdota, es lo que ha hecho al equipo grande. 

Durante todos estos años hemos presenciado partidos espectaculares y soporíferos. Lo hemos pasado bien y muy mal. Hemos jugado plácidamente pero muchas veces también acorralados por equipos que nos quintuplican el presupuesto. Nunca, en ninguno de los casos, el equipo careció de personalidad. Ganando y perdiendo. Por encima y por debajo en el marcador. Podíamos tener a los once jugadores colgados del larguero en un estadio con ochenta mil personas queriendo nuestra decapitación, que cuando las cámaras enfocaban las caras de esos jugadores veíamos siempre a tipos convencidos de lo que estaban haciendo. Tipos que, con un gesto, nos convencían de que sabían lo que hacían. Valientes. Incansables al desaliento o a cualquier error que pudieran haber cometido. Convencidos de ser los mejores y de estar en la trinchera correcta. 

Ayer, por primera vez en muchos años, no vi nada de eso. 

Alguno dirá que el partido comenzó bien, con un Benfica replegado y expectante y un Atleti mandando en el terreno y el balón. Es cierto. Sin que el juego fuese especialmente fluido ni espectacular, los de Simeone dominaban la pelota y el centro del campo y se jugaba fundamentalmente en campo portugués. El ritmo era bueno, la tensión adecuada y las sensaciones positivas. De hecho todo mejoró todavía más cuando Correa, el único, con permiso de Griezmann, capaz ahora mismo de aportar algo diferente en esa plantilla, inauguró el marcador con un gol que desde el campo me pareció al borde del fuera de juego. El equipo se gustaba. Con la ola a favor apareció incluso Óliver. Vimos alguna jugada por banda y hasta la cohorte insoportable de histéricos que ahora se sientan en la grada junto a mí, perdonaron los errores en el remate de Jackson y Correa. Todo parecía tan fácil que el equipo, síntoma de falta de personalidad, se dejó llevar. En ese estado de latencia, un error de ajuste provocó un contrataque en superioridad del equipo luso que, con un pase al segundo palo, puso el balón en los pies de un excelente jugador llamado Gaitán para que éste perforara la portería local de gran zurdazo. 

En circunstancias normales el gol no supondría más que un contratiempo. No era justo y no reflejaba lo que estaba pasando en el terreno de juego. En el Atleti actual, supuso un drama y un cambio de paradigma. El equipo colchonero se deshizo como un azucarillo en una taza te, dando la sensación de tener la robustez de esas flores que soplas en el campo para pedir deseos. Ni en lo que quedaba de primera parte ni en toda la segunda, el equipo de Simeone fue capa de reponerse. Ni fútbol, ni ideas, ni futbolistas ni personalidad. Por el camino, eso sí, apareció una segunda puñalada letal del Benfica para cerrar el partido. Los portugueses estaban demostrando más oficio que sus rivales. Los colchoneros se escondían. Remataron alguna vez, sí. Tuvimos alguna ocasión clara, sí, pero nada respondía a un plan creíble. El equipo no era capaz de sacar rápido la pelota, de meter miedo o de tan siquiera encarar al árbitro por las pérdidas descaradas de tiempo. Los cambios, lejos de ayudar, estropearon el panorama. Los jugadores no hablaban entre ellos. Nadie colocaba. Nadie gritaba. Las caras reflejaban miedo. 

Pienso en Jackson, Vietto, Óliver o cualquiera de los nuevos y me acuerdo de Goethe cuando decía que el talento se desarrolla en lugares tranquilos pero el carácter se hace en el tumultuoso curso de la vida. Parece claro que van a tener complicado tener esa tranquilidad en la que desarrollar su talento (que lo tienen y alguno mucho) pero es que quizá les falta personalidad para jugar a un nivel tumultuoso. Quiero creer que no es así no pero empiezo a desfallecer en mi fe. 

El Atleti se complica la Champions, pero más allá de resultado (o de la inminente visita del equipo de Arbeloa, ese iluminado), me preocupan las sensaciones que transmite el equipo… y la grada. En el equipo no puedo hacer nada y confiaré en Simeone (¡estaría bueno!) pero en la grada deberíamos empezar por quitarnos ese complejo impuesto por los medios de que tenemos “la mejor plantilla de los últimos años”. No es verdad. En el mejor de los casos está por ver. La descompensación en el centro del campo es evidente y falta por determinar en qué queda ese galimatías de la delantera. Es lo que hay y probablemente todo parta de un error de planificación, de acuerdo, pero no juguemos a ser lo que no somos porque entonces lo pasaremos mal. Muy mal. Winter is coming, o no, pero estemos preparados. Tranquilidad, amplitud de foco y partido a partido.

@enniosotanaz

Paciencia

El domingo amaneció raro. A esa sensación, generalmente extraña, la que recorre el cuerpo los últimos días de verano, se le sumó de buena mañana el visionado del presunto once inicial del Atleti frente al Sevilla. Una alineación que, con inquietante coincidencia, intuían varios medios de comunicación. Gámez entraba por Filipe (tocado durante la semana y finalmente fuera de la convocatoria), Torres sustituía a Jackson y Raúl García ocupaba el lugar de Óliver Torres. Mentiría si no dijese que ese once suponía un contratiempo para mí. Parecía (era) la alineación que podría haber presentado el equipo la temporada pasada cuando no estaban los titulares que este año se han marchado (Mandzukic, Arda, Miranda y “Siqueira”). La malévola (y traicionera) sensación de incertidumbre, típica también de los principios de liga, se apoderó entonces de mi consciencia. Se dispararon las alarmas y se despertaron antiguos miedos olvidados. No fui el único, me consta. ¿Después del gran esfuerzo económico realizado por el Atleti (no tanto en realidad, si atendemos al balance ingresos-gastos) el equipo de este año iba a ser el reserva del año pasado? 

Una hora antes del partido una nueva e inesperada variable vino a sumarse a la ecuación: Raúl García, para muchos titular indiscutible en Sevilla (no era mi caso), no sólo estaba fuera de la partida inicial sino que se quedaba en la grada como descarte. Los rumores más pausados y fiables apuntaban a una salida inminente del número 8 hacia Bilbao. Tragedia. Los pastores de esa nutrida corriente de fieles seguidores del navarro se echaban las manos a la cabeza y dejaban mostrar su enfado. También su pesimismo. Algunos de ellos, los aficionados del insulto fácil y el código binario, ese grupo de intolerantes que crece de forma imparable en todas las familias, lanzaban incluso exabruptos tóxicos, sin preocuparse en matizar el motivo ni la dirección. Yo no entendía nada. 

Pero mientras el caos se desparramaba por las redes colchoneras, en la rivera del Nervión comenzaba el partido. ¡Y qué partido! Frente al cuadro colchonero aparecía el Sevilla de Emery, un equipo renacido y consolidado que, como siempre, ha fichado muy bien. Si el once inicial parecía más que solvente, el banquillo asustaba: Krohn-Dehli, Gameiro, Konoplyanka,… El encuentro comenzó con un nivel de intensidad altísimo, tal y como corresponde a dos equipos muy parecidos, pero la novedad aparecía en forma de actitud. Lejos de propuestas timoratas, para decepción de los cenizos que auguraban cerrojazo (“saldrá a empatar”, decían) y deleite de los soñadores, los del Cholo adelantaron la línea de presión hasta el mismo área pequeña del rival. Liderados por un renacido Gabi y conducidos por un cada vez más joven Tiago, el Atleti impuso su ritmo en todo momento, consiguiendo que el partido se jugase justo donde ellos querían. 

Pero eso no era todo. El injustamente cuestionado Óliver Torres conseguía demostrar, en una plaza muy difícil, que es un jugador más hecho que el que conocíamos pero también que está implicado como el que más. Gran primera parte del canterano, incrustado tácticamente en el equipo, solidario en el derroche y, ay amigos, siendo un gran jugador de fútbol. Cuando el equipo hispalense cerraba los espacios y agobiaba la salida, aparecía de repente el genio del extremeño para, con un giro de cintura o un simple pase al primer toque, romper la línea y permitir al equipo salir jugando. Exactamente lo que necesita el Atleti de Simeone. Mira que si estaba en casa… 

Si al genio incipiente de Óliver se le suma además el talento consolidado de Griezmann (y Koke) ocurre lo que ocurrió en la primera parte: un Atleti dominando el partido en uno de los campos más difíciles de primera división. El 1-0 al descanso (de Koke tras jugada de habilidad y picardía del francés) simplemente ponía justicia al marcador. 

La segunda parte comenzó parecida, pero a los 10 minutos los de Emery empezaron a asumir riesgos, a jugar por la derecha con un gran Reyes y a encerrar a los colchoneros en su área. Fueron 20 minutos de angustia en los que los del Cholo apretaron los dientes y tiraron de galones para cerrar su portería sin que el Sevilla fuese capaz de crear ocasiones claras de gol. 20 minutos que se acabaron cuando Gabi, de zapatazo lejano con algo de suerte, ponía el 0-2 en el marcador. Letal para los sevillanos. El resto del partido sirvió para soñar con Yannick Carrasco (buenos minutos) y disfrutar del primer gol oficial de Jackson de gran zurdazo (y algo de ayuda también de Beto), que provocó la imagen de la noche: un Simeone elevando 8 dedos al cielo, tal y como antes habían hecho Koke y Gabi y cualquiera en esa plantilla, como símbolo purificador que recordaba a ese capitán que se marchaba. 

Enorme resultado del Atleti que da un golpe rotundo en la mesa de la liga, que mata muchos fantasmas de un plumazo y que alisa un terrorífico comienzo de campaña. Tres puntos que ilustran una simple y clara moraleja, la que se desprende de toda esta pequeña historia. Un concepto que es también la enseñanza que rezuma toda la trayectoria de un jugador luchador, honesto, profesional y carismático como Raúl García, que hoy se va. Una idea que sirve también para encarar el inició de esta nueva aventura colchonera bajo la batuta de Simeone: paciencia. 

@enniosotanaz

Carpe Diem

Málaga 0 - At. Madrid 1

Leí una vez a un escritor americano de ciencia ficción llamado Steven Brust decir que la lucha siempre merece la pena si el fin merece la pena y si los medios son honestos. Me he acordado de ello hoy, viendo jugar al Atleti, porque la línea del equipo es exactamente esa. La lucha diaria con honestidad. El momento. Dar ahora todo lo que tienes como si no hubiese mañana, pero no como una suerte de caparazón defensivo, que te impide ver el universo que te rodea, sino como una forma sólida y efectiva de aferrarte al camino que te has trazado. Esa preciosa meta que vista desde la línea de salida da vértigo y que es preferible no mirar desde la distancia para no tropezar con lo más próximo que tienes bajo los pies. Mientras los periodistas cortos de entendederas (o saturados de mala hostia) siguen su campaña de ridiculizar la filosofía impuesta por el entrenador, queriendo demostrar que las palabras de Simeone son una farsa barata o una excusa ruin para esconder no sé que aspiración peregrina que está gente pretende intuir, el que suscribe cada vez lo tiene más claro. Cada vez entiende mejor ese mantra del Partido a Partido como una verdad absoluta a la que aferrarse. La única forma, para aquellos que no son beneficiarios del poderío mediático ni sobre todo del económico, de no perder el norte. De ser conscientes de tu pasado, de tu legado, de tu fuerza y de lo que eres. De intentar conquistar lo que tienes a la vista, independientemente de lo que venga detrás. Porque al final el tiempo le da la razón y esto de jugarte el honorífico título de campeón de invierno en tu casa, frente al Barça y habiendo perdido un único partido, no deja de ser un pequeño milagro construido a base de trabajo, esfuerzo y confianza. Un milagro que no debe distorsionar nuestra razocinio, el de los colchoneros, llevándonos hacía esos debates tramposos que propone la prensa tramposa y que pretenden alejarnos de esta zona de confort que tanto esfuerzo nos ha costado construir y en la que vivimos con tanta placidez. Señoras y señores, olvidense del cuento de La Lechera y disfruten del momento. Nada más. Carpe Diem.

El partido contra el Málaga se presentaba complicado, como lo serán todos a partir de ahora, y con ciertas dificultades añadidas por las bajas de jugadores clave. Complicado porque enfrente teníamos un buen equipo que si bien mermado en su plantilla y con ciertas dudas al inicio del campeonato venía de completar una buena racha en los últimos partidos. Pero el equipo malacitano me ha decepcionado. Sí, sé que mi opinión no es compartida con la de mucha gente con criterio que piensa que los de Shuster han hecho un partido muy serio, pero es lo que yo pienso. El equipo andaluz ha saltado al césped con un planteamiento ultra-defensivo al que le ha faltado fútbol y ambición. Nunca quiso ganar y se limitó a no perder, lo que nunca puede ser una opción. Saltaron al campo muy bien, es cierto, con una defensa de cinco y dos mediocentro defensivos que dinamitaban el centro del campo y con altas dosis de intensidad y agresividad que complicaron mucho la salida de balón madrileña. Los del Cholo, muy a lo campeón, salieron dominando, llevando la iniciativa y tratando de llevarse el partido pero sin profundidad ni capacidad de creación. La primera media hora siguió más o menos ese espeso guión en en el que el Atleti tenía el balón sin demasiada profundidad y sus creadores se estrellaban con la agresividad malacitana. Arda lo intentaba pero se perdía entre las piernas rivales. Lo de Óliver, tremendamente apagado toda la primera mitad, era todavía peor. Fuera de sitio fue incapaz de encontrar su momento ni su lugar. El muchacho dio signos de valentía y de querer entrar en juego pero desgraciadamente también iban acompañados de errores de esos que no se perdonan en el fútbol de elite. Mal primera parte del canterano que le costó quedarse en la caseta tras el descanso. Pero el resto del equipo tampoco estuvo espectacular, precisamente. Koke, con preocupantes signos de fatiga, no conseguía mover al equipo desde su posición en el centro del campo. Diego Costa se peleaba con todos pero estaba bien cerrado y desasistido. Villa, como viene siendo habitual, ni estaba en el campo no se le esperaba. Es incomprensible que siga siendo titular en el equipo. Solamente Tiago, para mí el mejor del partido, y Juanfran parecían estar un punto por encima de los demás. Suya, de Juanfran, fue de hecho la mejor jugada de la primera parte en una diagonal personal que paró Caballero. Una pena esa absurda amarilla que recibió en un dudoso lance y que le impedirá jugar contra el Barça. El Málaga se estiró algo en los últimos minutos pero apenas una llegada por la derecha con tiro fácil para Courtois fue lo único que hicieron ofensivamente en todo el partido.

Tras el descanso Simeone puso en el campo a Adrián, que recibía así una nueva oportunidad de su entrenador y así volvía a desperdiciarla. Flojo partido otra vez del asturiano al que le sigo viendo lento de cabeza y sin chispa. Pero el Atleti seguía queriendo ganar el partido. De hecho era el único equipo en el césped que parecía querer ganar. Como fuese. Haciendo lo que hiciese falta hacer. Arda se colocó algo más centrado para intentar organizar el ataque pero pocos minutos después Simeone también lo sentó. Incomprensible cambio desde mi punto de vista. Especialmente cuando Villa seguía en el campo. El Cebolla puso algo más de ímpetu y velocidad a la cruzada colchonera. El Atleti no estaba haciendo un buen partido pero para un seguidor colchonero, que ha vivido con estoicismo las últimas décadas, era un placer y un orgullo ver a su equipo irse a por el partido en el campo de un contrario con el que hace cuatro días nos peleábamos en la tabla de la clasificación. Y así, por empuje y tesón, llegó el gol. Arranque de Diego Costa desde la izquierda hasta el lateral del área que tiene la inteligencia de pausar. El hispano-brasileño mete un buen pase entre líneas pero el remate de primeras de Adrián es repelido por el cancerbero que sin embargo no logra atajar un balón que sale rechazado y que recoge Koke para empalarlo a la red.

Los espectadores que habíamos estado viendo el partido sabíamos que con el 0-1 se había terminado. El planteamiento ultra-ofensivo del Málaga dejaba poca esperanza de que las cosas fuesen a cambiar en poco tiempo y aunque su entrenador trató de cambiar los mimbres a la desesperada, poniendo más talento ofensivo en el campo, la realidad es que no era un problema de jugadores sino de planteamiento. De mentalidad. El Málaga había salido a otra cosa y normalmente cuando sales a empatar pierdes. Que se lo digan a Aguirre o a Ferrando o a Manzano. Que nos lo digan a los colchoneros. La única duda era si el orgullo del equipo andaluz, a base a de algún balón o jugada a balón parado, sería capaz de inquietar a los rojiblancos, cosa que no ocurrió. Los del Cholo son auténticos expertos en el arte de la defensa y tienen normalmente el nivel de concentración suficiente como para que no ocurran sorpresas. No las hubo. Ni un solo remate a puerta. El Atleti ganó el partido.


Así que falta de una jornada para terminar la primera vuelta el equipo colchonero está en lo más alto de la tabla. Algún aficionado atlético, de memoria frágil y minúscula capacidad de raciocinio, empieza a quejarse de estupideces que ha escuchado de algún gañán o leído en algún sitio. A vociferar cánticos y lemas que no se corresponden con un Club como el nuestro. Odas al engreimiento y la petulancia que no nos sientan nada bien y que de hecho apestan. Les pido desde lo más profundo de mi ser que no se dejen llevar por esta moda del histrionismo y que no piensen en galaxias del futuro ni en cantos de sirena. Les pido que disfruten del momento de su equipo. Nada más. Carpe Diem.  

Objetivo intacto

At. Madrid 2 - FC Porto 0

Entiendo que, como un lícito ejercicio de análisis periodístico, se produzca el debate mediático sobre las posibilidades reales de este Atlético de Madrid dentro de las competiciones que disputa. El problema es que no lo veo. Lo que veo es un ejercicio de filibusterismo, rancio y nauseabundo, para tratar de sacar al cuerpo técnico del equipo (y por ende a su entorno y sus aficionados) lejos de su estable zona de confort actual. Obligar a entrenador, jugadores y aficionados a posicionarse respecto a objetivos concretos, que en cualquier caso no dejarían de ser un ejercicio de adivinación esotérica, es una trampa mortal para desguazar al que no tiene porque ser desguazado. Al que hace su trabajo sin meterse con nadie. Si el objetivo fijado es bajo será un cobarde o un hipócrita. Si el objetivo fijado es alto sería un fantoche, un fracasado cuando no lo consiga y sobre todo ya no tendrá sentido quejarse por el camino de una competición injusta y adulterada, fabricada por y para dos. Es fácil deducir, por las portadas, los tratamientos y el ejercicio diario de su profesión, que algunos de estos notarios de la realidad, los más poderosos, piensan que el aficionado al fútbol en imbécil y probablemente también muchos de nosotros, con nuestra forma de asimilar el alpiste o nuestro quehacer diario, les damos la razón, pero eso no cambia la repugnante realidad. Cuando en tiempos no tan pretéritos el ínclito presidente colchonero hablaba de que el objetivo del Atleti en Champions era “hacer un buen papel” no recuerdo asistir a ningún debate, nocturno o diurno, respecto a qué narices significaba eso. Será porque todos teníamos muy claro que eso significaba algo así como “hacer lo que se pueda en una competición que nos viene grande y no es para nosotros” y que eso coincidía con el papel que el Establishment ha concedido formalmente al Club Atlético de Madrid. Por eso resulta ahora mucho más chocante que los líderes de la información deportiva, lo que quiera que eso signifique, se tiren de los pelos cuando escuchan a Simeone decir que el objetivo es competir. Intentar ganar todos los partidos de uno en uno. ¿Existe alguna duda de qué significa eso?  Hay que ser muy retorcido y muy rufián o extremadamente estúpido para no querer entenderlo. Pero afortunadamente el Cholo y su mundo vive en una cápsula acorazada frente a majaderos y manipuladores y podemos decir con orgullo que finalizada la fase de grupos el objetivo sigue intacto.

Era una pena ver un Calderón semi vacío en el último partido de la primera fase de la Champions jugándose un Atleti-Oporto, pero la realidad era que el único equipo que se jugaba algo era el portugués, así que bendita pena. La gélida noche tampoco acompañaba demasiado por lo que es fácil entender que el partido comenzara un poco frío a pesar del nutrido grupo de aficionados lusos que estaban en el campo, principalmente en el fondo norte, pero también repartidos por todo el estadio. Simeone sabía que el Oporto se jugaba la vida y que necesitaba ganar para pasar a la siguiente fase de la competición así que los de Fonseca tenían que abandonar su tradicional forma de jugar, compacto atrás para salir a la contra, y tener que llevar la iniciativa del juego. El argentino preparó al Atleti para ello y se lo puso "fácil" al rival. Cediendo el balón, defendiendo en formación de 4-1-4-1 fuera del área, muy juntos y esperando al rival. Y así, simplemente con un ajuste táctico, desarbolo a un equipo, el portugués, que se siente muy incómodo con el balón. Incomprensible, viendo los jugadores que tiene, pero cierto. El remozado Atleti, con toda la defensa cambiada y Óliver torres escorado en banda en línea de tres cuartos, se limitó básicamente a repetir los mecanismos que los jugadores tienen interiorizados para defender y con eso le bastó. Los dragoes pudieron ponerse por delante en el marcador, con balón colgado al área que remataron al larguero en uno de los varios errores defensivos que tuvieron los rojiblancos (aunque de los pocos que normalmente tiene Miranda), pero la diosa fortuna normalmente su junta con los que ganan y ahora está con el Atleti. De hecho creo que algo tuvo que ver también cuando poco después vimos a Raúl García girarse tras recibir el balón en un saque de banda y sacarse un zurdazo, casi sin ángulo, que se cuela por la escuadra del Oporto haciendo carambola con los postes. El gol es espectacular y encumbra a un Raúl García que, merecidamente, escuchó corear su nombre al mismo estadio que hace poco lo pitaba, pero para mí el portero tiene bastante culpa también.

El equipo tripeiro, hasta entonces demasiado reservón para mi gusto, estiró un poco las líneas y trató de ir un poco más a por el partido pero tampoco fue una cosa exagerada. Más bien todo lo contrario. No daba la sensación de ser un equipo jugándose la vida. Aun así, dominaron la pelota y el partido y tuvieron varias oportunidades de marcar. Primero con un remate al larguero, después desperdiciando un penalti absurdo de Aranzubia (de serlo, porque en el campo resultó tan raro que no puedo saber si fue o no fue) que él mismo se encargó de neutralizar (ayudado en parte por lo mal que lo tiro Josué) y finalmente con otro tiro al poste  tras rebotar el balón en Alderweireld. La sensación es que el Oporto no había hecho mucho para merecer más pero si repaso lo que acabo de escribir veo que dice tres tiros al poste  y un penalti fallado, así que lo mismo mi percepción no es muy correcta.

Y entonces apareció Oliver. Puesto en el disparadero por periodistas lumbrera, de esos que se pasan la vida quitándose la pelusilla del ombligo mientras buscan la siguiente bomba demagógica a la que agarrarse, salió muy nervioso al campo, impreciso y nervioso. Falto de confianza. No me extraña. Pero el canterano, sin hacer un gran partido, se repuso al ambiente viciado (buen síntoma) y aportó en el equilibrio táctico (su principal talón de Aquiles) dejando tiempo de paso para alguna genialidad como el pase a la espalda que habilita a Diego Costa para que el hispano-brasileño hiciera ese segundo gol con el que los equipos se marchaban al descanso.

La segunda parte fue soporífera. Un frío cada vez más pesado en la grada, un Atleti con menos tensión que un banco del Retiro y un Oporto que poco a poco se daba cuenta de que no era equipo de Champions. Los lusos no estuvieron a la altura en ningún momento y deberían entender como un fracaso no clasificarse en un grupo en el que el Zenit pasa de ronda con seis puntos.


Lo dicho, objetivo intacto. El lunes sabremos quién es el siguiente rival que puede variar entre cocos como el Manchester City, históricos como el Milán o supuestas peritas en dulce como Olympiakos, pero yo en esto, una vez más, estoy con nuestro entrenador Don Diego Pablo Simeone: “toque quién toque no nos creemos mejor que nadie”. Tampoco peor, añadiría.        

Monólogo

Sant Andreu 0 - At. Madrid 4

Ocurrió lo que tenía que pasar. Lo que dictaría la lógica, si es que la lógica tuviese algo que ver o imperase en esto del fútbol. Lo que todo el mundo imaginaba que ocurriría pero también lo que no siempre ocurre. En el Atleti, precisamente, desde la vuelta a la primera división éramos grandes expertos en desafiar a la lógica y en alimentar con realidades los sueños de los equipos modestos que tenían la suerte, en el doble sentido del término, de enfrentarse contra el equipo madrileño. No hace falta echar la vista muy atrás para comprobarlo. La actual etapa gloriosa y envidiable del conjuntó colchonero comenzó sobre las cenizas de la enésima humillación sufrida en el campeonato de España de manos de un Albacete, que entonces militaba en segunda B. Tiempos de entradores pequeños que pensaban en pequeño, puestos ahí por una dirigencia indirigente que atendiendo a las necesidades de perfil bajo que manejaban, dilapidaban la historia, ensuciaban su esencia y destrozaban el espíritu rojiblanco. Pero esos tiempos, que ahora nos parecen tan lejanos, han quedado atrás afortunadamente. Tirando de lo que quedaba de esa centenaria esencia y a base de trabajo, el Cholo Simeone ha conseguido devolvernos con creces todo lo que se había perdido en el camino, para enseñarnos en el campo una máquina de competir. Una apisonadora imparable e incómoda que no hace rehenes ni especula con la profesionalidad. Tenga a quién tenga delante. Sea la competición que sea.

El partido de esta tarde contra el histórico Sant Andreu, equipo centenario de uno de los últimos barrios que todavía siguen siendo Barcelona con más de cien años de historia y el tercero de la Ciudad Condal tras Barça y Español, ha sido un monólogo colchonero. De principio a fin. Aburrido por lo monotemático y desequilibrado. Sin historia, sin trama y sin ver en ningún momento que existiese una sola posibilidad de que el equipo catalán pudiera hacer algo. El Atleti no dio opción en ningún momento. La alineación del Cholo estaba plagada de cambios pero seguía resultando imponente a ojos de un segunda B y no de segunda B. Era esperanzador para los atléticos ver a Óliver junto a Arda en la zona de tres cuartos, algo con lo que muchos hemos soñado, así como tener la oportunidad de ver a poco habituales como Aranzubia o Manquillo. La salida de ambos equipos dejó claro lo que pasaría el resto del partido. El Atleti dominando, ocupando muy bien todo el campo sin bajar en ningún momento la intensidad que lo caracteriza, mientras el equipo “cuatribarrado” corría detrás del balón. A los pocos minutos Raúl García ya estuvo a punto de marcar con un remate desde dentro del área que un defensor consigue sacar a córner. Poco tiempo después un gran pase desde la izquierda de Filipe Luis y un despiste garrafal del lateral izquierdo del equipo barcelonés, defendiendo por detrás y a muchos metros a su marca, hacía que el propio navarro rematase de primera, poniendo el primero en el marcador. Sin abandonar las inmediaciones del área del equipo catalán en ningún momento, el Atleti siguió insistiendo para que pocos minutos después un pase de Koke a la banda, mientras salía de su portería el equipo rival, es recogido por Manquillo que con clase da el pase de la muerte a Arda para que ponga el 0-2 en el marcador. Llevábamos 20 minutos de partido y ya estaban resueltos el partido y la eliminatoria.

Y así hasta el final del partido. El Atleti bajó un poco el listón de la presión pero siguió dominando el encuentro y el juego lo que le bastó para que el rival no inquietase en ningún momento. Me gustaría destacar el partido de Manquillo que sin ser el mejor del equipo me ha parecido bastante bueno y deja muestras de lo que ya intuíamos. Que es un excelente lateral con una pinta estupenda. Desde mi punto de vista debería jugar más. El resto del equipo rindió a gran altura destacando por encima de todos el turco Arda Turan que hoy volvió a demostrar que no sólo es un jugador soberbio sino que además es especial. De esos que hace lo que otros no hacen en el momento en el que nadie lo imagina. Como punto negativo el flojo rendimiento de Óliver. Muy voluntarioso pero perdido y desacertado. Especialmente durante el balance defensivo en el que siempre aparecía blando y descolocado. No me gusta el cariz que está tomando este tema.

La segunda parte fue incluso más aburrida que la primera, con un Atleti cada vez más cómodo sobre el campo y un Sant Andreu que se apagaba como un fósforo gastado. Escenario que se vio amplificado cuando a los diez minutos de la reanudación Arda, otra vez, acaba en gol una obra de arte iniciada por él mismo, que tras taconazo de Adrián, conducción del propio Arda y otro taconazo de Raúl García, recoge el balón dentro del área para girar dentro del área como un Derviche poseído por la iluminación y hacer el tercero. Los cambios de Simeone pusieron a Diego Costa y Villa en el campo (reservar jugadores es de cobardes) para que éste último cerrase la goleada de la tarde con un cuarto gol que se fabrica por tesón, fe y el detalle de la blandísima defensa catalana que no atina a parar al delantero colchonero.


Eliminatoria resuelta. A pensar en otra cosa. Eso sí, se me hace muy difícil encontrar algo dentro de mi cuerpo que me anime a acudir al Calderón a morirme de frío en lo que será el partido de vuelta. El Campeonato de España, la Copa del Rey, es un torneo precioso y prestigioso (el más antiguo que se disputa) pero está en manos de burócratas incompetentes. Esa estirpe de personajes de traje y sonrisa falsa que, no sé sabe bien por qué, dominan la Federación Española de fútbol para fabricar aberraciones cutres y paletas con las giras de la selección española o para maltratar y destrozar una competición como esta. Uno echa un vistazo a la Copa inglesa, por ejemplo, y no alcanza a comprender por qué no podemos hacer aquí algo parecido. Pero es lo que hay y mientras Cristiano Ronaldo gane el Balón de Oro o cambie regularmente de peinado parece que todo está bien.  

En la liga o en la copa o encuentro internacional.

Zenit 1 - At. Madrid 1

Decía Spalletti en la víspera del partido de hoy, a pesar de estar ya matemáticamente clasificado como primero de grupo para la siguiente fase y a pesar de ser consciente de que la alineación de los rojiblancos estaría plagada de jugadores con pocos minutos de juego, no fiarse del Atleti. Es normal. Podremos discutir respecto a lo áspero y especulativo del concepto que el entrenador transalpino pueda tener del juego, pero Spalletti es perro viejo en esto del fútbol y sabe de lo que estamos hablando. De hecho, creo que salvo nuestros exaltados periodistas de referencia, todo el mundo relacionado con este mundo sabe ya a estas alturas de lo que estamos hablando. Lo del Atleti no es casualidad ni es fruto de un apuesto muchacho musculado que mete cientos de miles de goles, incluso los días en los que no hay partido. Es el resultado de un plan que ha salido bien. Una receta de varios ingredientes que con mucho trabajo y algo de suerte han combinado para producir una fórmula espectacular. Asumido por tanto que no es el fruto de individualidades, parece lógico pensar que lo que quiera que ocurra en ese vestuario tiene que calar en todos los que allí conviven. En todos. Y cala, claro que cala. Es evidente. Eso es lo que temía Spalletti y temía bien.

El Club Atlético no ha ganado hoy en San Petesburgo por la simple razón de que no necesitaba ganar el partido. Tan simple como eso. Sin hacer un gran encuentro, sin tener demasiadas ocasiones de gol y sin ofrecer ningún alarde espectacular pero con la sensación de tener dominado el partido o de al menos, saber que en el momento que quisiera podría haberlo hecho, los de Simeone se ha llevado un punto en una plaza, la rusa, que se antojaba complicada cuando la bolita del Zenit salió en el sorteo. El encuentro comenzó, según cuentan las crónicas, a seis grados bajo cero y 90% de humedad relativa en el ambiente. Yo he tenido la ocasión de sufrir esas condiciones y puedo asegurar que no es lo mejor para hacer deporte. Respirar duele en los pulmones. El frío se te pega en los brazos y cara hasta insensibilizarlo todo. No es excusa. Son datos. Si a eso se le suma el hielo que se posaba sobre un césped que no tenía tampoco pinta de estar en buenas condiciones y que hacía que todo se ralentizase, es fácil concluir que las condiciones no eran las más favorables para ver buen fútbol. No lo vimos. El Zenit, un equipo acostumbrado a correr con espacios, a explotar el enorme potencial de su línea delantera buscando los huecos a la espalda de su rival, se encontró con un Atleti cómodo en su papel de actor pasivo. Los rusos tenían el balón pero eso era todo. El Atleti, muy bien parapetado en pocos metros, cerraba espacios, se colocaba muy bien y no permitía las ocasiones. Esquema clásico y previsible. Pero según avanzaban los minutos, los elementos se movieron ligera pero significativamente. El Zenit tomó consciencia de que el Atleti no sabía que hacer con el balón y vio que con una mínima presión obligaba a los colchoneros a defender cada vez más atrás. La preocupante falta de creatividad de los del Cholo, ya tradicional, fue hoy realmente desoladora. Con el doble pivote hipotecado en tareas defensivas (demasiado), los cuatro de adelante eran incapaces de dar dos pases. Koke era el único que intentaba poner algo de criterio pero el terreno de juego y sus propios compañeros se lo ponían muy difícil. La opción de Adrián como segundo delantero cuando el primero era Raúl García no funcionaba pero es más que probable pensar que la opción contraria hubiese funcionado incluso peor. Así transcurrió una primera parte aburrida y espesa en la que el equipo concedió más ocasiones de lo normal (sin claro peligro, eso sí) y en la que lo único positivo para los colchoneros fue el buen hacer de Alderweireld e Insua en defensa y un Guilavogui cumplidor en el mediocentro.

A estas alturas queda claro que soy un convencido adepto a la religión Simeone, que no quede dudas al respecto, pero no puedo entender como en el partido de hoy no fue de la partida inicial un jugador como Óliver Torres. Sin nada que perder y con la evidente falta de crear fútbol que tiene el equipo, era una ocasión ideal para foguear a un jugador en el que muchos tenemos puestas muchas esperanzas. No fue así. Y suena raro. La segunda parte siguió el mismo guión que había dejado antes del descanso pero con la sensación de que el Zenit parecía querer exponer un poco más. Un poco, no se crean, que en el banquillo seguía el italianísmo Spalletti. Pero con más espacios, el Atleti casi resuelve el partido en la única jugada clara que había hecho hasta ese momento. Raúl García que recibe de espaldas en la medular y que se gira para dejar, de gran pase, a Adrián con 40 metros por delante para encarar al portero ruso. El asturiano aprovechó la ocasión para marcarse con un eslalon de la casa y hacer el 0-1 en boca de gol. Los minutos siguientes dejaron todavía más en evidencia al Zenit. Un equipo millonario, con un potencial ofensivo muy interesante, pero que como estructura de equipo deja bastante que desear. Sobre todo en defensa. El Atleti no mató el partido (Gabi fue el que lo tuvo más fácil por dos veces) porque no le dio la gana. Daba la sensación de que si el equipo se hubiese quedado con el balón y lo hubiese movido con criterio, abriendo el campo y haciendo correr a un equipo que defiende sin intensidad y cierto desorden, hubiese dormido el partido hasta el final, pero no ocurrió así. Los colchoneros bajaron la intensidad que no habían abandonado desde el principio y se dedicaron demasiado al pase en corto y el recreo. Aun así el Zenit era incapaz de crear peligro más allá de los arranques esporádicos de ese portento físico llamado Hulk. Solamente una desgracia podía empatar el partido y eso es lo que ocurrió. Rechace en la cabeza de Alderweireld que se envenena y que su caída en vertical se cuela en la portería de Courtois. Fallo garrafal del belga, el portero, que muy probablemente obedezca a cierta relajación, inusual en el propio cancerbero y en el Atleti. Comprensible, por otro lado. El buen arquero también es humano. Simeone nos permitió durante los últimos minutos, por fin, disfrutar de Óliver y su fútbol de fantasía pero supo a poco y sólo sirvió para aumentar las dudas de por qué no había salido antes.


El Atleti sigue imbatido en Europa, sigue sumando puntos y sigue ganando prestigio. Queda un partido en el Calderón contra el Oporto, que también podrá servir de prueba de toque para los menos habituales, y nos meteremos en la siguiente fase con la ilusión intacta. Hace años, en tiempos de Aguirre, me quejaba de jugar la Champions como un premio que no importaba estropear. Me parecía absurdo estar todo un año peleando por jugar una competición que luego se despreciaba por aparecer imposible. No es el caso. Simeone, gracias a Dios, no es Aguirre y en su guerra particular no se hacen prisioneros. Se juega para ganar y no hay otra opción. Como tiene que ser. Como reclama ese escudo del Oso y el Madroño. Así si. Me gusta la Champions League. 

Realidad

At. Madrid 5 - Real Betis 0

Mientras un puñado de defensas del Betis permanecían exhaustos y derrotados sobre el césped, su entrenador Pepe Mel retornaba al banquillo por primera vez desde que el balón empezase a rodar. Pasaban ya los 90 minutos de un encuentro resuelto desde hacía mucho tiempo atrás, pero el partido terminaba en campo del equipo andaluz con un puñado de colchoneros presionando la salida del balón como si les fuese la vida en ello. Gabi, ese capitán formal que de forma natural e indiscutible se ha erigido como imagen, santo y seña de está oda a la ilusión que es el actual Atlético de Madrid, empalaba un balón suelto en el área para hacer el quinto gol y culminar la noche. En ese disparo metía las últimas gotas de energía que quedaban en su cuerpo. Una energía que había ido dejando sin miramientos y con generosidad durante los 90 minutos anteriores. Los jugadores verdiblancos eran incapaces de levantarse del suelo y el árbitro, generosamente, pitó el final. Los futbolistas del Betís seguían siendo incapaces de reaccionar, primero por la brutal exigencia física a la que habían sido sometidos. Después, y más difícil de superar, por el peso psicológico de haberse visto aplastados. El dolor terrible de haberse visto incapaces de superar un muro de hormigón armado que poco a poco te arrincona y te liquida. Pepe Mel, ese personaje que no puede evitar soltar una buena dosis de desprecio para su rival cada vez que juega con el Atleti, tenía que refugiarse en el anonimato de la caseta consciente, aunque nunca lo reconocerá, de que lo habían pasado por encima. Para mí esa es la fotografía que describe el Atleti contemporáneo. Un equipo unido, fuerte, potente, con suerte, con criterio y autosuficiencia que derrota a los enemigos en el campo y cierra la boca de los engreídos sin tener que abrir la propia. Con juego, con goles y con evidencias.

Acabado el partido uno escuchaba a Óliver Torres contar por la radio como nada más levantarse esa mañana, lo primero que había visto era un mensaje en el teléfono de su capitan, Don Gabriel Fernández Arenas, diciéndole que todo el equipo estaba con él y que esa era su noche. 20 segundos después de comenzar el partido el propio Óliver se dirigía hacia el Frente Atlético para celebrar su primer gol con la elástica rojiblanca en partido oficial. Los otros diez jugadores que llevaban la misma camiseta que él, daban el esprín de sus vidas para arropar a la joya canterana en esos momentos. No era una celebración cualquiera. Eran muestras de cariño a un ser protegido. A un compañero todavía frágil. Era el brazo tendido a un recién llegado diciendo, "eh, estamos contigo". Era la demostración de que el mensaje de por la mañana era verdad. Era la representación más evidente y más bonita de que el Atlético de Madrid es un Equipo. Un señor Equipo. Y permítanme que lo escriba con mayúsculas.

El único momento de la noche en el que pudimos ver al Betis de Pepe Mel fue precisamente tras ese gol y durante diez o quince minutos. El Atleti, borracho de euforia probablemente y algo damnificado por la relajación de verse arriba en el marcador, rebajó demasiado la línea de presión y sobre todo renunció al balón. El esférico apenas duraba unos segundos en las botas colchoneras y eso hacía que el equipo tuviese que defender cada vez más atrás. Fueron momentos inciertos en los que el Betis consiguió acercarse ligeramente al área pero fue una falsa sensación porque jamás volvería a ocurrir. La delantera bética no volvió a ver la cara de Courtois de cerca. Tiago se puso el traje de mariscal, Gabi y Koke el de obreros y se acabó la música de cámara para el equipo andaluz. En triunvirato colchonero había decidido que el partido se jugaría lejos de la portería propia y así fue.

Pero a Simeone no le basta con alejar el peligro y tras el descanso el equipo se fue a por el partido. Era además el momento de Villa. El Guaje, criticado desde muchos foros y este es uno de ellos, tenía muchas bocas que callar y muchas voluntades que convencer. Y va camino de ello. Mucho más fino que otras veces, mucho más rápido y activo también, el jugador asturiano fue otro. No sé si aquel delantero que maravillo a medio mundo hace unos años pero un delantero muy aprovechable sin ninguna duda. Aportando recursos en la delantera y aprovechándose del terror en la fuerza que provoca su compañero de vanguardia Don Diego Costa. El partido quedaba finiquitado con un soberbio gol cocinado en la banda izquierda por Koke y Filipe Luis (¡qué jugador!) pero sellado con un soberbio remate de cabeza de delantero aventajado. De Villa. Con el 2-0 en el marcador el Atleti liquido el cansancio y se fue a disfrutar de la fiesta mientras el Betis, cogido con pinzas, se deshacía como un azucarillo. El tercero llego otra vez por parte de Villa que tras recortar con la derecha en el área grande, empotró el balón con la zurda con un tiro que llevaba tanta rabia como precisión. El cuarto de la noche vuelve a tener al 9 colchonero como protagonista que tras soberbia asistencia, habilita a Diego Costa para que siga aumentando su espectacular cifra de goles. Lo de este hombre empieza ya a ser un escándalo.


El Atleti sigue ahí. Soñando con los pies en la tierra. Con los ojos abiertos. Corriendo como el que más. Minimizando errores. Con esfuerzo y humildad. Con orgullo y poderío. A un punto de ese Barça desubicado que vimos el sábado y cinco por encima de ese otro Madrid, con tintes de esquizofrenia, que también vimos en el mismo partido. Puede que las cosas vuelvan a la normalidad. Puede. Lo que no tengo tan claro es que normalidad tenga ahora mismo al Atlético de Madrid fuera de las posiciones de cabeza. Ha pasado demasiado tiempo como para pensar que todo esto es pasajero o casualidad. La realidad, señores, es esto. Disfrutemos de ella. 

Insolación


At. Madrid 2 - Celta de Vigo 1

La primera vez en mi vida que asistí al Vicente Calderón, siendo consciente, fue un Atlético de Madrid-Hercules. El partido, como casi todos, se disputaba un domingo a las cinco de la tarde. No era un día especial, ni un día de fiesta, ni hacía un tiempo espectacular, ni mi padre tuvo que señalarlo en el calendario con meses de antelación, como la única posibilidad en el trimestre de poder llevar a su hijo a ver al Atleti. En esta carrera imparable por convertir el mundo del fútbol en una suerte de pastel elitista cocinado para los ricos de los países emergentes, me parece que uno de los grandes damnificados pueden ser los niños de esta generación. Ese puñado de menores que incapaces de, como yo, absorber el fútbol a través de la piel tienen que conformarse con recibirlo traducido, filtrado e interpretado por elementos que no me inspiran ninguna confianza. Yo me enamoré de unos colores, de un equipo, de un ente abstracto y complejo, que representaba un puñado de cosas tan intensas que sólo a través de muchas tardes en el Calderón rodeado de bufandas, cánticos y almohadillas pude entender. Los niños de hoy, lamentablemente tienen que conformarse con interpretar las centenarias instituciones futbolísticas a partir de píldoras de simpleza, representadas en un estúpido nombre galáctico. En algún muchacho de mirada soberbia y horas de gimnasio, el que sea, que con desdén se señala los músculos cuando mete un gol. Me da mucho asco pero me da todavía mucha más pena. Para mí ha sido hoy una delicia ver un Vicente Calderón plagado de “enanos” ataviados con su elástica rojiblanca, pero no he podido evitar suspirar por la mala suerte que tienen. Es una desgracia el que eso, ir al campo a ver a su equipo, tenga que ser algo excepcional.

Pero han podido ver un partido interesante y bonito, que muestra con crudeza las sutilezas del fútbol. Unas sutilezas que pasan por acercar o retrasar la gloria simplemente por el resultado fortuito en determinados lances del encuentro. El Atleti saltó bien al campo. En una mañana espléndida, con un sol de justicia por encima de las banderas que decoran la parte alta del coliseo colchonero, los de Simeone iniciaban el partido como acostumbran, con intensidad, velocidad, concentración y poderío. Mejor todavía. Jugando muy bien al fútbol. De hecho, la primera parte del partido ha podido ser la mejor primera parte de toda la temporada en cuanto a movilidad de balón y creación de juego. Con los dos laterales muy profundos (normal en Filipe Luis pero no en un Juanfrán que estaba de dulce), el Atleti jugaba en campo contrario al ritmo que marcaban Turan y Koke, protegidos por la guardia pretoriana de Gabi y Mario y espoleados por el trabajo incansable de Diego Costa. Villa ni está ni se le espera. Y me duele escribirlo, pero es así. Está lento, sin chispa, sin suerte y juega demasiado estático y demasiado cerca del todopoderoso Costa. Ahora mismo sobra en el once titular. 

El Atleti robaba siempre en campo contrario a un Celta que era incapaz no sólo de combinar dos pases seguidos sino de tan siquiera salir de su propio campo. Con ese panorama, que como digo duró 45 minutos, el primer tiempo fue un carrusel de triangulaciones, pases a la banda, desmarques  y llegadas. El Atleti debió haber sentenciado entonces y oportunidades tuvo para ello. Villa se quedó solo delante de Yoel para fallar un gol cantando rematando como lo podría hacer un central en esa tesitura y no uno de los mejores delanteros del mundo. Poco después Diego Costa fallaba un claro penalti cometido sobre Filipe Luis que sacaba bien Yoel y cuyo rechace, otra vez, es marrado por David Villa. El héroe del partido era el portero gallego, que además de lo descrito había parado poco antes del descanso todo lo que llegó al área celtiña. El Atleti lo hacía todo bien pero se veía tan superior, se sentía tan dueño del partido, que probablemente cometían el error de recrearse en el tramo final. Afortunadamente parar los del cholo y los miles de niños que lo estaban esperando, llegó el gol antes del descanso. Una jugada seguida por las izquierda por Filipe Luis que mete un balón al segundo palo para que de forma poco ortodoxa, entre Godín y Diego Costa metan el balón en la red.

El segundo tiempo siguió por los mismos derroteros. Por eso, cuando pasados algo más de diez minutos Diego Costa hizo el segundo, todos pensábamos que el partido se había acabado. El gol fue un nuevo derroche y demostración del hispano-brasileño. Pase muy largo de Gabi al hueco que permite a Costa demostrar varias de sus muchas virtudes. Para magistralmente el balón en carrera, lo orienta al gol todavía mejor, aguanta al defensa con el cuerpo como nadie lo sabe hacer y define con precisión de gran delantero. Golazo que lo sitúa en lo alto de la clasificación de goleadores. Poco antes del gol, el mismo jugador que ahora mismo es la mitad de este Atleti, dejaba a Villa otro balón de esos que sólo se necesita empujar para que sea gol pero que el asturiano de nuevo lo lanzó fuera. En una jugada además en la que terminaría lesionado.

Pero cuando todos estábamos preparados para la fiesta, llegaron los cambios. Y la relajación. Y los problemas. El Celta ponía en el campo a Nolito (que a la postre sería el mejor de los suyos) y el Atleti ponía a Óliver en lo que se antojaba una gran oportunidad para el canterano. No fue así. Las carencias tácticas y defensivas del jugador son todavía muy notables y este equipo no se puede permitir tener a un jugador liberado de tareas físicas. Que se lo pregunten a un Arda Turan que termina todos los partidos muerto. Óliver se sitúo en tres cuartos caído a la banda derecha pero aquella banda precisamente se convirtió en un coladero para los gallegos, que más por fe que por juego, consiguieron irse para arriba. La cosa seguía sin ser preocupante hasta que Juanfran, impecable hasta ese momento, se equivocó en un despeje haciendo que Nolito, el más listo de la clase, acortase distancias. Llegaron los nervios. El Atleti, agotado y roto de medio campo para arriba, se echó demasiado atrás y se descompuso en la presión. Cebolla se cambió de banda con Óliver para cerrar la sangría, algo que momentáneamente se consiguió, pero las fuerzas ya no respondían en un equipo muy castigado. El Atleti se había cebado de fútbol. Tenía insolación. Courtois salvaba tres puntos con una excelente parada tras libre directo de los de Vigo poco antes de que el árbitro pitara el final. Quedaba la sensación de que con diez minutos más de partido hubiésemos empatado. Y quedaba la mala noticia de la lesión de Gabi. Algo que en el campo ha tenido muy mala pinta y que según pasan las horas parece que el panorama es todavía peor. Espero que no sea lo que se intuye.

Pero seguimos ahí, en la cabeza. Ocho de ocho, medio equipo en la selección, máximos goleadores, reinando en Europa,... por eso no me apetece centrarme en los defectos. Prefiero disfrutar de las virtudes. Abrazarme a esta época gloriosa y preciosa que saca lo mejor del equipo de mis amores. Prefiero, como dice mi entrenador, pensar ya en el próximo partido.