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Adiós


Real Zaragoza 1 - At. Madrid 3

“Más traiciones se comenten por debilidad que por un propósito firme de hacer traición” (François de la Rochefoucauld)

Pues efectivamente, se acabó lo que se daba. Para los colchoneros el día de hoy era un buena oportunidad para disfrutar del fútbol de emoción desde la cómoda barrera del que ya lo tiene todo hecho y así ha sido. Para otros equipos, como los finalmente descendidos (Mallorca, Deportivo y Zaragoza) o esa Real Sociedad de Champions League, la jornada de hoy era sin embargo épica. Mítica. Histórica. La liga española es esa competición tramposa y asimétrica que está gestionada por un puñado de truhanes con careta y que a costa de repartir el suculento pastel entre un puñado de amigos se está cargando la posibilidad de un estupendo torneo. La nefasta gestión de los recursos, el lamentable reparto de las ganancias obtenidas así como la vergüenza que supone el que diferentes equipos jueguen con diferentes reglas, está haciendo que la mal llamada “liga de los campeones” se esté consumiendo como un fósforo abandonado. Pero sigue todavía teniendo sus momentos. Especialmente cuando no están involucrados los dos equipos-monstruo que juegan con las cartas marcadas.

El Atleti ha vencido 1-3 en zaragoza, en un partido que al final ha resultado intrascendente. Puede que no lo escuchen en ningún sitio pero el cuadro madrileño ha dado una lección de respeto por la competición. Siendo juez de cosas importantes cuando el equipo estaba sin jugarse nada, envuelto en una oleada de festejos y sufriendo viajes incomprensibles a la otra punta de Europa, el cuadro colchonero ha competido como el que más. Llevando hasta el último partido de liga lo que ha sido una constante del equipo de Simeone durante toda la temporada: la intensidad, la entrega y la competición. A pesar de afrontar el encuentro con una alineación de circunstancias y pensando sobre todo en las vacaciones, el partido ha estado controlado por el Atleti en todo momento. Salvo una serie de errores que han supuesto alguna ocasión maña, errores más propios de la falta de tensión que de otra cosa, la sensación era la de que en cualquier momento los del Cholo finiquitarían el partido. Pero a pesar de la nueva exhibición que ha dado Diego Costa y que podría haber marcado en cualquier momento, tuvimos que esperar a que faltasen cinco minutos para ver una soberbia jugada del turco Turan por la izquierda que metiendo el balón por la escuadra pusiese el 0-1. 

En apenas unos segundos los aragoneses conseguían empatar con una jugada algo accidentada que aprovecha Helder Postiga pero fue un simple espejismo. El brasileño Costa decidió entonces destrozar a su rival con dos nuevos goles de gran delantero. El primero rematando con clase y precisión un pase abierto desde la izquierda que empala de primera. El segundo tras una jugada accidentada, iniciada por el mismo, que remata en boca de gol. De todo esto tuvo bastante culpa la salida al campo de un Óliver Torres que modifico el partido en cuanto apareció para llevarlo a posiciones mucho más cercas de lo que debería ser el fútbol. Muy buenos minutos del canterano.

El Atleti acaba así una campaña soberbia. Una temporada que aparte del maravilloso título de Copa y el trofeo virtual de disputar la fase de grupos de la Champions League ha dado con una fórmula, la de Simeone, que se antoja como definitivamente válida. Un proyecto en el que creer y sobre el que construir. Un proyecto ilusionante, que con una columna vertebral que se adivina sólida parece optimista pensar en las posibilidades que puede alcanzar un equipo reforzado, que tenga pensados los mimbres adecuados. Tiempo habrá de hacer balance y de analizar, de forma tranquila y sosegada, la evolución del equipo, lo que ha sido y lo que puede ser.

Pero me van a permitir que hoy no sea. Hoy no tengo ganas porque hoy es el día en el que ese “profesional” que profesa una obsesión por el gol sólo comparable con la que tiene por el dinero, ha decidido entre lágrimas de cocodrilo largarse de nuestro Atlético de Madrid. Un club que, estoy convencido, jamás ha llegado a entender ni asimilar. También hablaré de esto en un par de días, cuando después de respirar muchas veces evite que las únicas palabras que se agolpen en mi cabeza sean insultos.

La liga dice adiós y adiós dice Falcao. Lo primero tiene solución y se curará en unos meses. Lo segundo no la tiene, por mucho que sorprendentemente muchos aficionados lo vean como “normal” o “previsible” o “lógico”. Empezará otra historia que será mejor o peor pero  esta ya está muerta y yo la siento como una, otra, traición. Pequeña o grande, ¿qué más da? Mi agradecimiento y apoyo a los que se quedan. También a los que se van por circunstancias de la vida. A los que se van voluntariamente cuando eran adorados y vivían en el Olimpo de los elegidos sólo me queda decirles que no les entiendo y que no comparto su voracidad por el pecunio. Sólo me queda también empezar a ignorarles tragando la rabia y puesto que pasan a ser potenciales enemigos, desearles deportivamente todo lo peor.


Siervos de la gleba

El pasado lunes la jet-set del balompié galáctico se daba cita en Zurich para realizar el anual ejercicio de onanismo y placentero masaje de soberbia por el cual los mandamases del fútbol se votan a sí mismos para que, “democráticamente”, la pléyade se dé cuenta de quién es el que dirige el mundo. Un engendro, eso que llaman Balón de Oro, que lejos de ser el acontecimiento futbolístico de importancia y rigor universal que nuestros amigos de la prensa quieren hacernos ver, acumula todos los elementos posibles para que cualquier ser humano con un básico nivel de inteligencia sea capaz de vislumbrar que entre los fuegos artificiales y el lujo zafio hay poco más que un simple circo de masas, que como la Lucha Americana del inefable Hulk Hogan tiene mucho de espectáculo y poco de verdad. ¿Imaginan que ustedes en su empresa tuviesen que evaluar a su jefe pero que su voto fuese público? ¿Qué harían? ¿Cómo creen que saldría parado? Pues eso es más o menos lo que ocurre en esta pantomima. 

Sin entrar a valorar la dudosa necesidad de descifrar quién es el “mejor” jugador dentro de un juego en el que con evidencia aritmética ganan colectivos de al menos once jugadores, ni esa necesidad por personalizar en sujetos de carne y hueso unas amores y empatías que deberían recaer colectivamente en equipos o escudos, sin entrar a discutir sobre los criterios que se utilizan para comparar defensas con porteros y delanteros con centrocampistas o sin cuestionar la cualificación que reúnen determinados personajes con derecho a voto, me parece estúpido sacar conclusiones sobre una lista en la que se vota puramente por filias y fobias. Que Messi es un excelente jugador hoy en día, el mejor probablemente, es evidente. Tan evidente como que jamás hubiese ganado ese mismo trofeo, haciendo la misma temporada (u otra infinitamente mejor) jugando en el Atlético de Madrid, el Sporting de Portugal, el Olympique de Lyon o el Tottenham. En esta obra teatral de trajes con solera, sonrisas plastificadas y peinados imposibles lo que verdaderamente se mide es la capacidad mediática de sus personajes pero sobre todo de las instituciones-carrozas en las que dichos personajes están subidos. Nada más.