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Estafa

El sábado pasado se podía respirar melancolía en el Vicente Calderón. Era el día del niño, el horario invitaba a la presencia masiva de jóvenes, Los 50 habíamos contado la historia del Atlético Aviación, habíamos tenido también la suerte de compartir horas, mesa y mantel con los campeones del mundo de 1975 (Ayala, Panadero Díaz, Irureta, Alberto, Adelardo,…) y encima hacía exactamente 112 años que unos estudiantes vascos de ingeniería habían decidido juntarse en Madrid para crear un club de foot-ball(*). Con todo ello, nadie podía olvidar lo que había ocurrido un par de días antes en el Bernabéu. Estaba ahí, flotando. Una sensación y un sentimiento que no hay por qué ocultar y que además son naturales entre seres humanos. Porque afortunadamente, a diferencia de otras instituciones diseñadas con otros propósitos, eso es lo que es el Atleti. Una institución por y para seres humanos que respiran, sudan, comen y se equivocan. 

El equipo jugaba contra el Elche un partido muy difícil de jugar. Por lo arañado que estaba el ánimo, por ese cansancio físico que se hace mucho más evidente sin el efecto balsámico del éxito y por la rabia contenida del ganador que no ha podido ganar. El partido podía haberse transformado en una trampa mortal (y mucho ansioso de pertinaz impaciencia así lo barruntaba cuando al descanso el marcador seguía señalando el cero a cero) pero afortunadamente la plantilla actual del Atlético de Madrid es una solvente colección de profesionales con capacidad, talento y orgullo. Siqueira, que había sido el mejor de la primera parte, se lesionó y tuvo que dejar su puesto a Juanfran. El lateral, tirando de arrojo y calidad, fue el que logró traspasas la tupida red defensiva de los alicantinos para colgar un balón al área que aprovecho, como siempre, el más listo de la clase. Un francés llamado Griezmann que supura fútbol por todos sus poros. Ese tipo de jugadores que ve lo que nadie ve, llega a donde nadie llega y está donde nadie está. El 1-0 abría la lata y tranquilizaba los ánimos. El 2-0 de Raúl García (con tiro lejano que se “come” el portero rival) hizo que un nuevo gol del francés, el tercero, se quedará ya en anécdota. 

La grada del Calderón, que hasta que no se diga lo contrario es la mejor representación que tenemos de la afición colchonera, había sido el reflejo de sus jugadores. Dolida, fría y cansada pero orgullosa, valiente y fiel. Comenzó aplaudiendo a sus héroes del 75 y siguió aplaudiendo (más fuerte, incluso) a sus héroes del 2015. Incluido, por supuesto, el cuerpo técnico. Antes de que el balón echase a rodar la grada, como concepto, había dejado claras cuales eran las premisas de las que hay que partir para el supuesto debate mediático sobre la afición rojiblanca: “Orgullosos de nuestros jugadores”, afinaban al unísono las gargantas. “Ole, Ole, Ole, Cholo Simeone”, volvieron a rugir como corolario. Los 90 minutos de partido siguieron, con más o menos intensidad, los mismos parámetros. Agradeciendo a todos, desde Oblak a Simeone, desde Griezmann al Mono Burgos, lo que nos están dando. ¿Significa eso que el aficionado colchonero perdonaba la derrota (como interpretó algún iluminado del Canal +, de esos que analizan en fútbol mundial con las camisetas del Real Madrid o el Barcelona pero sin salir de su cuarto de baño)? No, queridos. Significa que queremos que gane Atlético de Madrid pero no lo queremos porque gane (o deje de ganar). Yo no tengo por que perdonar al que no me ha hecho nada. Abran el foco de su conocimiento y descubrirán que hay muchas más formas de entender el fútbol. Es decir, la vida. 

Salimos del estadio con la tranquilidad del resultado, el orgullo en el cuerpo y esa media sonrisa que se nos pone en la cara cada vez que nos damos cuenta de que no estamos solos en esto de ser del Atleti. Pero fuera del estadio sabemos que nos tenemos que topar con la “realidad” oficial. Con Matrix. Con ese rodillo mediático que adoctrina al mundo a través de la fe verdadera. Peor. Tenemos que lidiar (además) con ciertos ministros de esa fe única que, disfrazados de aliados, pastan entre colchoneros igual que pérfidos caballos de troya. Estaba todavía en el Paseo de los Melancólicos cuando alguien me envió el titular de la crónica de AS y no pude reprimir las arcadas. El texto, que llegaría minutos después, tenía un efecto incluso más diarreico todavía. Mediante una prosa indigna de cualquier estudiante de secundaria, el autor relataba un cuento de ficción, cínico y mentiroso, que resultaría patético en una columna de opinión pero que es torticero en un texto que pretende reflejar la realidad de lo que ha ocurrido. Un texto que , más allá de la pericia del escribiente, no puede ser casual. No puede deberse a la eventualidad o la negligencia. Decía Camus que la prensa libre puede ser buena o mala pero que cuando no es libre no puede ser otra cosa que mala. A las pruebas me remito. 

Vomité, claro. Como cualquier persona de bien hubiese hecho. 

Desconozco la gente que habrá leído semejante ejercicio de tergiversación pero intuyo que alguno más de los 45000 espectadores que debimos estar en la grada ese día. Es decir, la realidad mayoritaria, según se entiende en el nuevo orden mundial, es ahora la que ha “vivido” la mayoría. No es la que unos pocos vivimos in situ sino la que, muchos más, han “vivido” a través del notario de la realidad elegido para la ocasión. ¿Se dan cuenta de la sutileza? Pues no es un hecho puntual. Decía Pérez de Ayala que cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. A esta se le llama periodismo. 


(*) Aunque la fecha oficial de fundación del Athletic Club de Madrid es el 26 de abril de 1903, el día en el que se juntaron los fundadores fue realmente el 25. Lo que ocurre es que tuvieron que esperar hasta el día siguiente para formalizar la creación dado que se les hizo tarde y el registro estaba cerrado.

Deslumbrados

Elche 0 - At. Madrid 2

Es muy difícil enfocar la vista con un torrente de luz apuntando a los ojos. En esas circunstancia lo normal suele ser permanecer deslumbrado intentando no peder el norte, e incluso tener que soportar episodios de ceguera temporales. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos acostumbrados a vivir en condiciones muy semejantes. El intenso e infinito haz de luz, supuestamente blanca, que como un torrente insaciable brota de la galaxia profiláctica con la que los medios de comunicación han conquistado el mundo, hace muy difícil poder ajustar la visión sobre cualquier cosa medianamente interesante y al margen de su selección de delicatessen. Pero es que además, insaciables en su cruzada por aniquilar cualquier atisbo de inteligencia entre la información deportiva, al sistema no le basta con ocupar todos y cada uno de los poros de la información sino que tiene como misión proritaria exterminar cualquier traza de disidencia que pueda existir en el único mundo posible. El de “todos”. Pero cierren los ojos por un momento y reflexionen. Intenten abstraerse de esa sensación de que las cosas no marchan en el Atleti, de que hay que resignarse a lo que tenemos y de que “ya nada es como antes”. Concéntrense en los hechos y en los datos. Después de 14 jornadas el Atleti está a 4 puntos del “mejor equipo de todos los tiempos y todos los universos pretéritos y futuros” al que además ya ha ganado en su campo. Es supercampeón de España (ganando precisamente al equipo de “todos”) y está matemáticamente clasificado para octavos de la Champions League. La última vez que perdió un partido en casa teníamos otro rey en este país. Cada vez que hay partidos internacionales Simeone tiene que entrenar con el filial. Mandzukic lleva más goles con el Atleti que Diego Costa con el Chelsea y si miras al banquillo colchonero ayer puedes ver a: Griezmann, Cerci, Miranda, Oblak, Ansaldi o al Cebolla Rodríguez, todos ellos internacionales por su país. ¿Dónde está el problema? pregunto. Es evidente que únicamente está en nuestras cabezas. En la falsa sensación de angustia provocada por el efecto deslumbrante y mentiroso del foco.

El Atleti ganó en Alicante con una solvencia y superioridad impropia de otros tiempos. De casi todos los tiempos, seamos honestos. Después de muchas décadas viendo fútbol habría que ser muy imbécil para reconocer que la temporada 2013/2014 fue excepcional en casi todos los sentidos. Está bien que nos hayamos acostumbrado a que empatar fuera de casa sea un fracaso pero seríamos muy estúpidos si olvidásemos que eso no siempre fue así. El Atleti saltó al Martínez Valero a ganar el partido que es lo que tiene que hacer en todos los campos y lo hizo, claro está, con el traje diseñado por su entrenador. Un traje que a mí no me gusta (se me abren las carnes viendo a Griezmann en el banquillo) pero un traje con el que ganamos. Y no hay más. En evidente que a Simeone no le convence el aporte táctico y defensivo del francés y es evidente que no lo considera titular en partidos que intuye exigentes a ese respecto. No lo entiendo pero él ha ganado la liga y yo no. Simplemente por eso mis opiniones (lícitas, ojo) tienen que venir pulidas por el mayor de los respetos hacia la figura que nos ha devuelto a la elite.

El juego comenzó tosco e impreciso. Los alicantinos atrás, compactos y agresivos, y los madrileños presentando una versión algo más depurada de lo mismo. Poco fútbol y mucho físico inundaron los primeros minutos hasta que los madrileños consiguieron hacerse tímidamente con el control del juego. Sin aspavientos ni mordiente pero con un punto más de ambición por llegar a la portería contraria. Corría el minuto 15 cuando llegó el primer córner a favor de los rojiblancos y ya sabemos lo que esto significa. Mientras el mundo del fútbol se sentaba a esperar el enésimo pase de Koke al primer palo que acabase en uno de esos goles que luego no les sirve a los eruditos que dominan las redacciones deportivas de la galaxia, el canterano ejecutó una maniobra imprevista que volvió a poner de manifiesto la capacidad infinita de creación que tiene Simeone para el juego parado. Sacó en corto para que tras unos milisegundos de tocar el balón en paredes cortas, Siqueira pusiese un balón a Arda y éste (en posible fuera de juego) metiese la pelota en el área, dónde estaba Giménez con algo de espacio. El joven central uruguayo se desató con un control orientado y un remate a puerta dignos de ariete de elite. Golazo del charrúa que puso la guinda a un partido soberbio. Imbatible en el corte, contundente por alto, interesante con la salida de balón y con muy buenas sensaciones en el césped. Habemus central de categoría. Con minutos y confianza podemos estar delante de un jugador muy importante.

El 0-1 asentaba el modo de juego del Atleti que ahora, sin necesidad de arriesgar, se encontraba más cómodo tocando la pelota. El Elche entendió que su única posibilidad frente al vigente campeó de liga pasaba por no recibir goles pero cuando un cuarto de hora después de comenzar el partido vio que aquello no era posible, tomo conciencia de que tampoco tenía plan B. Y así pasaron los minutos, sin pena ni gloria, con la sensación de que los levantinos no pensaban salir de su campo y que los madrileños podrían haber sentenciado el partido con un poco más de ambición.

La segunda parte siguió por los mismo derroteros. El Atleti se gustaba, con un Tiago mandón y equilibrando el equipo y el resto de la plantilla reencontrándose con ellos mismos. Mandzukic jugando para el equipo en lo que probablemente haya sido su mejor partido de rojiblanco, Siquiera demostrando que si olvidamos sus episodios Fringe cuando actúa en defensa es un jugador muy interesante, Gabi recuperando poco a poco su estado de forma y Arda Turan siendo Arda Turan. El puto amo. El 0-2 llegaría apenas diez minutos después de la reanudación tras un excelente pase de Gabi al hueco que Mandzukic parece primero no controlar bien pero que después remata como el delantero de clase mundial que es (aunque creo que Tyton, portero del Elche, no está muy afortunado tampoco). No va más. El resto del partido fue un calvario para los de Escribá y una sesión de SPA para los colchoneros.


El martes nos jugamos la primera plaza del grupo en Turín y el domingo refrendar el buen momento en liga frente al Villarreal. La realidad avanza a tal velocidad que es prácticamente imposible recrearse en los buenos momentos pero una cosa es no poder prolongar la fiesta y otra olvidarse de los buenos tiempos. Cometeríamos un error tremendo haciéndolo. Por mucho que la estupidez humana, como la galaxia “blanca”, sea infinita. 

Rutinas

At. Madrid 2 - Elche 0

Pasaban veinte minutos de la segunda parte y uno podia escuchar a través de la televisión el cálido sonido del Calderón cuando ruge. Sí, a través de la televisión. Desgraciadamente el partido coincidía con el Viernes Santo y por circunstancias de la vida uno no podía estar en la grada durante el partido. Bien que lo lamentaba. Pasaban los minutos, quedaba poco para el final del partido y mientras el sol lucía en lo alto, una nube negra saturada de leyendas y malos recuerdos parecía no querer abandonar el césped del Vicente Calderón. Uno se frotaba las manos en sentido anti-horario, posaba los pies en el suelo con cada balón parado e incluso obligaba a su padre a sentarse en el mismo sitio en el que habían estado viendo la victoria colchonera unos días antes pero nada. No daba resultado, así que no podía quitarme de la cabeza que a lo mejor era yo el culpable. Que haber impedido cumplir la principal rutina de todas, acudir al estadio, estaba siendo el problema. Un milagro echado a perder por mi decisión egoísta de no cumplir con mi “obligación”. Uno es medianamente sensato, leído, escéptico y con conocimientos suficientes de física newtoniana como para saber que la superstición es algo absurdo, inexistente, digno de la incultura y la falta de rigor... pero que quieren que les diga. Queda más elegante hablar de rutinas si quieren, pero estamos hablando de lo mismo. Aunque soy también consciente de que mientras uno se lamentaba de estar viendo el partido en el lugar equivocado, miles de colchoneros estaban pensando en lo mismo o lamentándose por algo parecido. Sintiéndose de alguna manera culpables de lo que estaban viendo. De alguna manera tan peregrina como la mía. Pero el Atlético de Madrid 2013/2014 parece que está por encima de mí, de supersticiones y de leyendas negras. De evidencias y nimiedades como ser superior o jugar mejor al fútbol. El Atleti de Simeone parece que también es capaz de mirar a los ojos a la suerte y convencerla de que pincha en hueso. 

El partido contra el Elche fue raro hasta decir basta. Raro el día, rara la hora, rara la situación y raro lo que ocurrió sobre el terreno de juego. No pasaron cinco minutos desde el pitido inicial y ya sabíamos que no iba a ser nada fácil. Como alguna que otra vez anterior, el equipo salió lento, espeso y sin mucha claridad de ideas para manejar el balón y construir ocasiones de gol. Muchas veces esas limitaciones se suplían a base de intensidad y velocidad pero ninguna de las dos cosas aparecieron tampoco esta vez, lo que hizo que el Atleti pareciese una caricatura del equipo que es. Mucha culpa de ello, si no toda, tiene el excelente planteamiento táctico de Fran Escribá que colocó sobre el campo a un Elche muy bien colocado, con las líneas muy juntas, intenso en el centro del campo para desactivar al Atleti y con un descaro tremendo para manejar el balón con mucho más criterio que su rival. Algo de culpa tuvo también, desde mi punto de vista, la presencia de Adrián en la alineación titular. Al igual que Villa apenas entró en juego cuando el Atleti atacaba, fue incapaz de servir de transición cuando el Atleti tenía la pelota y su aportación defensiva resultó un handicap que debilitaba el centro del campo. Entiendo que Simeone quiera subir al tren a un jugador que puede ser muy útil en la recta final pero tener a Villa y Adrián a la vez en el campo, en esas circunstancias, me parece un lujo excesivo. La primera parte fue un auténtico calvario para los rojiblancos que sólo la mala fortuna de los alicantinos y San Courtois hicieron que no estemos ahora acordándonos de una tragedia. El Elche fue el único dominador del partido y tuvo al menos dos ocasiones claras de adelantarse en el marcador, ambas desbaratadas por el portero belga.

Mientras durante los quince minutos que dura el descanso a los colchoneros se nos agriaba el carácter y empezaba a paralizársenos el corazón, en la caseta intuyo que Simeone abría la tapa de las esencias para que el equipo cambiase de cara. Gracias a Dios y al cholo así fue. La segunda parte fue otra cosa. Con Raúl García por Adrián, sin demasiada calidad ni fútbol ni grandes de excesos pero con un Atleti recuperando sensaciones e intensidad y absolutamente dueño del balón, del tempo del partido y del campo. Queriendo ganar. Pero las ocasiones llegaron con cuentagotas y no con demasiada claridad. Las prisas no ayudaban nada y normalmente a la hora de rematar se podía divisar cierta ansiedad que complicaba todavía más las cosas. Pasados bastantes minutos ya, apareció un balón colgado al segundo palo que Raúl García no pudo rematar porque un defensa levantino se lo impidió. En cámara lenta parece penalti pero a mí en vivo no me lo pareció. Es de esos miles de penalties que ocurren en las áreas que, siéndolo técnicamente, casi nunca se pitan porque harían del fútbol un deporte lento e insoportable de ser disfrutado. Villa sustituía en el lanzamiento a un Costa que había fallado demasiado últimamente desde el punto fatídico pero el Guaje se solidarizó con su compañero lanzando el balón flojo y mal al centro de la portería para que el portero rival lo parase. Las nubes negras se hacían cada vez más densas sobre el Calderón.

Y avanzaba el tiempo, con un Atleti siendo excesivamente vertical y al límite de perder la paciencia pero con el suficiente criterio y profesionalidad todavía como para no perder los papeles. Mientras en el césped no llegaba la maldita ocasión, en la grada los corazones colchoneros rozaban el infarto. Faltando menos de veinte minutos la tensión alcanzó límites exagerados pero afortunadamente, como aquella otra vez de cuyo nombre quiero acordarme, apareció la cabeza de Miranda para que por fin tomásemos conciencia de que en el cielo brillaba el sol. Excelente balón botado por el principito Sosa desde la derecha que el brasileño conecta con la testa para cambiar la dirección del balón al palo contrario. 1-0. Si el grito de Simeone no sonó en toda la capital fue porque acabó mezclado con el de el resto de colchoneros que estábamos sufriendo. Era el grito de la tensión acumulado. De los que seguían y siguen soñando. Lo que quedó de partido fue simplemente una dulce agonía, no demasiado severa, con un Atleti en modo replegado y un Elche incapaz de hincar el diente a esa espesa roca que es el equipo madrileño cuando se coloca así. Diego Costa, de penalti claro, hizo el segundo gol cuando quedaban pocos segundos, algo que agradecieron los nervios de los aficionados rojiblancos.


Una final menos y tres puntos más. Fin del análisis. A bajarse las medias, a recuperar fuelle y a encarar la siguiente final. El siguiente partido. Ahora más que nunca les pido que hagan caso de Simeone. Olvídense de consumir bazofia. Olvídense de calculadores, apuestas e historias de brujas. Nadie sabe lo que va a pasar. Ustedes tampoco. Partido a partido. Final a final.

Errare humanum est

Elche 0 - At. Madrid 2

Las vicisitudes de esta vida moderna, tendente a la simpleza y la inmediatez, que nos ha tocado vivir, hacen que incluso un tema como la forma de jugar al fútbol tenga que reducirse a un debate basado en la mínima expresión. A ese acartonado código binario del “uno u otro” que parece tener que explicarlo todo. Ya saben, eso de que si uno no es de un equipo es que es del otro, si no vota a un partido es que vota al otro, como si exclusivamente hubiesen dos equipos o dos partidos o dos de todo. Vivimos en una época en la que sólo existen dos supuestas alternativas (que luego además se parecen sospechosamente demasiado) y donde el resto de opciones no aparecen en las estadísticas oficiales y por lo tanto no existen. Si por alguna razón se intuyen mínimamente es mejor decidir que no interesan o que son pasto de excéntricos. Si nos tenemos que dejar guiar por el periodismo oficial únicamente existen también dos formas de jugar al fútbol: como el Barça o al contrataque. No hay más. Aquellos periodistas que de forma, casi siempre engolada, se sitúan intelectualmente por encima de los demás defiende ardientemente y con inflexibilidad la primera opción despreciando abiertamente la alternativa que por supuesto consideran única. Los que no son del Barça, pero quieren situarse también por encima de los demás, se vuelven normalmente locos, al no poder la razón a los primeros y por ello elaborando sofisticadas teorías sobre el “fútbol de toque” que se acercan más a elucubraciones de Cuarto Milenio o leyendas de la tradición Celta que a otra cosa. El que esto escribe es un aprendiz amateur en esto de ver e intentar analizar el fútbol pero a mí me parece una desfachatez gratuita simplificar la cosas de esa manera. Qué quieren que les diga, a mí me resulta todo bastante más abierto y complicado.

Cuando hace años el Atleti tenía la mala suerte de estar dirigido por entrenadores como Ferrando o Aguirre o Manzano, recuerdo que decían, casi siempre con desprecio, que el Atleti jugaba al contrataque. Ahora que el Atleti tiene la inmensa suerte de estar dirigido por un tipo como Simeone igualmente dicen, también con cierto desdén a pesar de los evidentes resultados, que el Atleti juega al contrataque. Si ustedes, al igual que yo, han visto la mayoría de partidos del cuadro rojiblanco en los últimos años intuyo que estarán de acuerdo conmigo en que la forma de jugar antes y la de ahora se parecen tanto como George Clooney y el señor Montoro. De hecho cada vez estoy más convencido de que eso de “jugar al contrataque” se ha convertido más en un eufemismo periodístico para decir que no juegan como el Barça que en otra cosa. El Club Atlético de Madrid es un equipo compacto, que se sitúa en el campo muy junto, en pocos metros, con un férreo sistema táctico basado en el rigor defensivo, el poderío físico y la intensidad, que apuesta por defender lejos del área para robar el balón en zonas críticas y que elige velocidad y verticalidad como opciones a la hora de encarar la portería contraria. Después, dependiendo del partido, el equipo tiene la opción de dominar el balón y jugar entre líneas (el 99,9% de las veces que juega en el Calderón, por ejemplo) o recular y buscar los espacios en la espalda del rival (cuando el resultado es favorable). El Atleti tiene varios recursos y varias caras y las usa todas. Yo las he visto. Sólo hay que mirar para verlas. Antes no era así. Antes el Atleti jugaba a expensas del rival esperando un error. Ahora el Atleti juega según su plan pero un error del rival supone que pierdan el partido. Existe un sutil matiz que lo distingue.

A diferencia de los últimos partidos lejos del Calderón hoy me ha gustado como el Atleti encaró el partido de inicio en el Martínez Valero. Con la defensa y la presión adelantadas, metiendo intensidad y disputando el balón. Con cualquier otro equipo delante creo que hubiésemos hecho un gran partido y el resultado se hubiese encauzado relativamente pronto (aunque este tipo de vaticinios siempre son muy aventurados) pero delante tenía un señor equipo. Decía Escribá en la víspera que veía al Atleti como un hermano mayor y tenía razón. El Elche parecía la mejor versión del Atleti. Muy compacto, muy intenso, disputando el control del partido, con capacidad para bajar al barro pero también para sacar el balón jugado. Muy buenas sensaciones las del equipo alicantino aupado en un centro del campo en el que el rojiblanco Rubén Pérez hacía una buena primera mitad. Sin ser vistoso, la primera parte resultó muy competida y para mí divertida de ver. Una sucesión de microbatallas en todas las posiciones del campo que dejó muy pocas ocasiones de gol. La más clara un rechace de Diego Costa en el área, tras error del portero, que no remata bien a puerta y por parte del Elche una llegada apresurada que Boakye tira fuera cuando ya tenía dos defensores encima. En el cuadro colchonero, sin que ningún jugador estuviese realmente a gran altura, desaparecía una vez más el bueno de Villa que para mi gusto lleva ya varios partidos mereciendo empezar el partido desde el banquillo.

Los equipos se marchaban al descanso con la sensación de que el primero que cometiera un error perdía y así fue, pero el Atleti buscó algo más el partido desde el reinicio. Se fue algo más arriba, tuvo más el balón y además entró en juego Arda Turan, que no había existido tampoco en el primer tiempo. Sin embargo, aunque los colchoneros rondaban el área, no llegaban las ocasiones claras y si que brotaban con cierta preocupación salidas del equipo levantino con mayor verticalidad que en la primera parte. Simeone decidió entonces cambiar el panorama y puso en liza al renacido Raúl García en detrimento de un Villa inédito. El Navarro, casi en la primera ocasión que tuvo, cogió el balón en la frontal del área y tiro a puerta con fuerza. El esférico parecía franco para Manu Herrera, portero del Elche, pero esas manos blandas que ya habían aparecido antes volvieron a hacer acto de presencia en el peor momento. A por el rechace se tiró como una alimaña Diego Costa (para mí haciendo falta) pero el balón quedó muerto para que Koke lo recogiera y lo metiese en la red. Era el segundo error del portero pero ya no hubo piedad. 0-1.

Todo hacía indicar que aquello suponía el final del partido pero simplemente tuvimos que esperar diez minutos para corroborarlo. Podían haber sido menos si el árbitro (pésimo todo el partido sin tener ninguna complicación) no hubiese anulado un gol de Arda que aprovechaba las manos blandas, otra vez, del portero ilicitano (a mí me pareció gol legal). Pero ocurrió ya definitivamente cuando Adrián, que había salido precisamente por el turco, se inventó una de esas cosas que hacen que el Cholo siga teniendo fe en un jugador diferente. Con un preciso y precioso pase de cuchara por encima del defensa habilitó a un Diego Costa que esta vez no perdonó. 0-2 y final del partido. El Atleti se colocó a partir de entonces en modo cerrojo y el Elche apenas logró acercarse al área.


Tres nuevos puntos que confirman la realidad, porque hace ya meses que la trayectoria del Atleti no puede calificarse de sorpresiva o de casualidad. El Atleti actual es esto. No es suerte, es trabajo. No es un sueño, es la realidad. Una realidad que nos sitúa ahora mismo con los mismos puntos que el líder, en octavos de Champions y llenando de internacionales los equipos que disputarán dentro de poco el mundial. Aunque no lo lean en los periódicos, ni lo escuchen en la radio ni lo vean por televisión. Es así.