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El grito

El fútbol es un estado de ánimo. Con la excusa del análisis se generan cientos de horas de información, toneladas de papel o millones de imágenes pero con todo eso, unido a la obsesión del aficionado por entender las cosas con lógica cartesiana, olvidamos que estamos hablando de seres humanos. Lo son. Frágiles, con cerebro y con emociones. Lo irónico del asunto es que lo conocemos muy bien. Estamos cansados de ver deportistas con actitudes deportiva excelentes incapaces de aguantar la presión mediática. Futbolistas que son extraordinarios en los entrenamientos y que al vestirse con otra camiseta se transforman en mediocres. Equipos que, de repente, son mucho más que lo que se podría adivinar sumando cada uno de sus nombres. Estamos hartos de verlo, pero desde la grada, y desde las redacciones, seguimos insistiendo en encontrar el modelo lógico y matemático que explique con precisión cartesiana los partidos y las temporadas. 

El Atlético de Madrid acaba de ganar tres puntos frente el Sporting de Gijón en partido agónico que muy probablemente no mereció ganar. Es evidente que el equipo no está bien. Que está mal, en realidad. Podemos agarrarnos a la realidad de los puntos (terceros a 4 del Barça y 1 del Madrid mientras seguimos vivos en todas las competiciones) o a leyendas literarias sobre el tradicional juego rojiblanco que acaban con el socorrido: sangre, sudor y lágrimas, pero creo que sería engañarnos. El Atleti está mal porque se le ve jugar sin chispa, a ritmo muy lento (¿el que marcan su paraje de veteranos mediocentros?), sin conectar con las líneas de creación o de ataque y con una galopante falta de gol, inédita hasta ahora en el equipo de Simeone. Ese es el diagnóstico y no creo que en eso existan muchas divergencias de opinión. El problema surge a la hora de encontrar la explicación. Cada uno tendrá la suya. Para mí, más allá de plantilla desequilibrada, la rémora de tener que sobrevivir cada año a la perdida de jugadores clave o el presumible error en los fichajes, creo que un alto porcentaje de lo que le pasa al equipo está en la cabeza de los jugadores. En el estado de ánimo. En la capacidad de creer en lo que se hace y hacer equipo. En precisamente eso que nos ha hecho grandes. 

El Sporting llegó al Calderón con la idea de jugar junto y ordenado. Conocía bien al Atleti (como todos sus rivales a estas alturas) y sabe de los problemas de los madrileños para jugar frente al equipos replegados, teniendo que mover el balón. Los asturianos lo hicieron bien. Maniataron fácilmente al otro equipo, el de Simeone, que se perdía en jugadas previsibles que acababan siempre con balones colgados al área. El ritmo del partido era desesperante. Los rojiblancos no llegaron una sola vez al área, cosa que si hicieron los gijoneses la primera vez que lograron estirarse. Halilovic culminó un excelente contraataque que acabó en una prodigiosa parada de para mí (significativo) el mejor jugador del equipo colchonero. 

La segunda parte no fue mucho mejor ni muy distinta. El único ingrediente que vino a sumarse a la receta del pastel fue la ansiedad y los nervios de los rojiblancos que, recogiendo el sentir de la grada, incrustaron precipitación y desesperanza en cada una de sus acciones, pero no cambió el panorama. El Atleti pudo marcar en un par de jugadas aisladas, más por empuje que por juego, que Cuéllar resolvió muy bien. Sería injusto destacar negativamente a ningún jugador colchonero porque se me hace complicado encontrar alguno que estuviese medianamente bien. Carrasco, quizá, fue el único que intentó poner ideas y fútbol y el único, sin duda, que cada vez que cogía el balón miraba a la portería contraria, pero tampoco fue su mejor partido. Por eso se entendió tan mal el cambio de Simeone cuando lo sustituyó por Óliver Torres al final del partido. Al final todo se resolvió a la desesperada, en el último minuto, gracias a un arranque de rabia del de siempre, Godin, y al olfato goleador del único que a día de hoy sabemos que lo tiene: Griezmann. Minuto 93. Grite como si no hubiese mañana. 

Hacia falta algo así. El grito de Simeone fue el mío y el de mis compañeros de grada con los que me abracé. Era el grito de la frustración acumulada. La desesperación del que lo intenta todo y no le sale nada. Era el grito del que no se rinde. El grito del que es consciente de la situación y quiere cambiarla. El grito del que tiene que pelear contra especímenes zafios y cobardes que pelean escondidos tras una columna de opinión o un microfono corrupto. El grito, quiero creer, de la mayoría de la afición colchonera. Hacía falta algo así. Ojalá se transforme en un punto de inflexión. Confiemos en ello. 

@enniosotanaz