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¡Un abrazo!

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Elemental, querido Watson

Hay estudios estadísticos que dicen que la frase de Sherlock Holmes más reconocida a nivel mundial es la famosa “Elemental querido Watson”. No creo que nadie se sorprenda por ello. Lo que sí resulta sorprendente es que Arthur Conan Doyle, autor del personaje, no escribió esa frase en ninguna de las cuatro novelas y cincuenta y seis relatos que publicó. Fue nueve años después de su muerte, en una película americana llamada “Las Aventuras de Sherlock Holmes”, cuando la dichosa sentencia fue incluida por primera vez en un guion. El resto es historia. El poder audiovisual, ya saben. 

Hubo un momento en el que un grupo de afamados periodistas y por lo tanto analistas deportivos homologados (una cosa lleva, al parecer, automáticamente a la otra) dijo que el Atlético de Madrid era un equipo que jugaba mal. Que sólo metía goles a balón parado. Que no salía del contraataque y el pelotazo. Que pasaba los partidos encerrado en su campo. Que era violento. Que despreciaba el balón. Que ganaba de suerte. El resto es historia. Muy parecida a la anterior, por cierto. Si usted pregunta por una frase de Sherlock Holmes a cualquier ciudadano de a pie seguramente dirá aquello de “Elemental querido Watson” aunque no haya leído un solo relato original de Conan Doyle. Si usted pregunta sobre el Atleti a un ciudadano de a pie, de los que no han visto jugar al Atleti más que contra el Madrid o contra el Barça, éste le dirá con toda probabilidad que no juega a nada y que es violento. Da igual que el concepto de jugar bien no deje de ser una valor subjetivo o que las estadísticas objetivas de goles marcados a balón parado, partidos con posesión ganada, faltas cometidas, tarjetas obtenidas, disparos a puerta, número de pases o goles a favor digan todo lo contrario. Alguien escribió un guion apócrifo para la película Las Aventuras del Cholo Simeone y el mundo libre se lo ha comido diligentemente. Como tantas otras cosas. El poder audiovisual, ya saben. 

Cuatro días después de pasar por encima del Bayern de Munich el Atleti acaba de derrotar al Valencia en su propio estadio con otro alarde de poderío, de control del partido, de control del balón, de ambición y de equipo. En apenas diez minutos se sobrepusieron al buen comienzo del equipo valenciano y acabaron imponiendo el ritmo y el sentido de un partido que quisieron ganar desde el principio. Jugando bien, además. Como equipo grande. Como se supone que hay que hacerlo según los analistas homologados. Ganando un 60% de la posesión, llevando la iniciativa y metiendo al rival en su campo durante bastantes fases del partido. No es la primera vez que ocurre. De hecho es lo que lleva ocurriendo desde que ha empezado la temporada contra todos los equipos excepto, sorpresa, sorpresa, el Barça. 

Pero da igual. Las mesas de redacción siguen construyendo el relato de la realidad que más conviene a “todos”. Un relato en el que Simeone continúa diciendo “Elemental, querido Watson”. 

El partido de Valencia, aparte de para consagrar esa nueva y proscrita faceta del equipo madrileño, sirvió para confirmar otras cosas. El espíritu granítico de una plantilla con una fuerza de voluntad a prueba de bombas, por ejemplo. La situación del Valencia es tan inestable que su estado anímico está a flor de piel y es una bomba de relojería. Para mal, cuando las vallas de contención se desparraman o para bien, cuando Diego Alves le consigue parar el enésimo penalti a Griezmann (y a Gabi). El equipo levantino se metió por dos veces en el partido, en tromba, gracias exclusivamente al buen hacer de su portero y el arrojo de su afición. En el Atleti sabemos bien lo que es capaz de hacer un equipo con el estado anímico alterado pero ahí precisamente es donde apareció la mentalidad de este equipo proscrito e invulnerable. Un rodillo muy difícil de parar que sujeta su legado en un orgullo sólido y la incombustible fe en el trabajo. 

El partido sirvió también para ver el buen partido un Gameiro que cada vez hace más cosas bien y al que sólo le falta meter goles importantes en momentos importantes. Sirvió para comprobar lo clave que es hoy Carrasco en este equipo. Lo bien que está gestionando Torres su experiencia. El gran acierto que ha supuesto nombrar a Koke Mariscal de campo. 

El Atlético de Madrid lleva demasiados partidos jugando bien como para que los analistas profesionales sigan tirando de tópicos que ya no encajan (si es que alguna vez lo hicieron) pero me temo que el equipo continuará todavía siendo famoso por decir “Elemental querido Watson”. Algo que nunca dijo. Vivimos en un mundo en el que lo lógico es cobrar la entrada para visitar el 221B de Baker Street y ver la residencia ficticia de un personaje que nunca existió en lugar de explicar la realidad con algo de rigor. Pero es lo que vende, que dirán los profesionales de la información. Y ya saben, si vende es verdad. Aunque no lo sea.

@enniosotanaz


(Foto de www.colchonero.com)

Valiente.

Cuando comenzaba la temporada 2015/2016 allá por agosto, el Valencia CF sacaba 20 puntos al Atleti en esa lista trucada que algunos llaman Clasificación Histórica de La Liga (y digo trucada porque no es justo que las victorias valgan 3 puntos unos años y 2 puntos el resto). Hoy, después de vencer al equipo valenciano en su propio estadio, el Club Atlético de Madrid está 10 puntos por encima. 

Antes de comenzar el encuentro el Atleti estaba instalado en una cómoda segunda posición de la tabla clasificatoria real, esa que dictamina al campeón de liga. El primer clasificado, el equipo de los dioses, las galaxias, la verdad absoluta y de los periodistas que no sudan, aparecía a mucha distancia real y metafísica. Dioses, semidioses e incluso algunos humanos aventajados han decidido ya que el FC Barcelona es inalcanzable (es lo que tienen las metáforas) y dado que anda lejos el otro equipo del Coto Privado de Caza que es hoy La Mejor Liga del Mundo, la competición no existe. Como todos sabemos, lo verdaderamente relevante es conocer como pasa la tarde del domingo un tal Borja Mayoral, el nuevo Mesías que los notarios de la realidad han traído a nuestras vidas.

Mientras tanto, en las cloacas de la residencia de millonarios, los rivales potenciales para la tercera plaza se habían desangrado por el camino. Villarreal, Celta, Sevilla, Athlétic,… todos lejos del Atleti. El Real Madrid había ganado, sí, pero seguía por detrás. Es más, el pragmatismo de la lógica cartesiana deja bien claro que entre el segundo y tercer clasificado no existe diferencia real, más allá de esas cuestiones morales de las que tenemos que prescindir los ciudadanos de bien, tal y como nos recuerdan a diario la inteligentzia mediática. 

Un par de horas antes del pitido en Mestalla descubrimos que Godin estaba con gastroenteritis lo que, sumado a la lesión de Savic, provocaba una pareja de centrales de circunstancias (uno de los grandes pilares del equipo violento). Con Augusto sancionado, tantos otros a punto de sanción, Tiago lesionado, Vietto y Torres sin pólvora y Jackson en China, lo prudente era tomarse el partido de Mestalla con calma. Había mucho que perder y poco que ganar. Pero decía el general Patton que valiente es el que no toma nota de su miedo y el Atleti de Simeone, por encima de todo, es un equipo valiente. Muy consciente de lo que es y de lo que representa decidió no tomar nota de sus miedos y salió al campo a hacer lo de siempre. Como si no hubiese mañana. Sin aspavientos, sin histrionismos demagógicos y sin alharacas (a diferencia de ese enfadadísimo y prepotente señor inglés que ponía caras y se sentaba en el banquillo rival). El Atleti salió a ganar el partido. 

Pasó por encima del rival hasta el gol de Griezmann. Jugando, mandando y siendo protagonista. Sólo después, con destellos de la gran calidad que esconde el equipo levantino, con cierta mala suerte y cuando empezaron a verse los defectos que las ausencias habían dejado en el acorazado rojiblanco, el partido se equilibró. Por poco tiempo, eso sí. La segunda parte de los rojiblancos fue un prodigio de personalidad, de juego y de valentía. El empate no valía y salió Torres por un mediocentro primero y Carrasco por un exhausto Vietto después. No parecía muy prudente pero qué demonios, con todos esos delanteros se remontó, se defendió y se jugó al fútbol. Muy bien, por cierto. Enfrente, el inglés enfadado pretendió hacer lo mismo y tirar de "valentía" rompiendo tácticamente el equipo que jugaba con diez para sacar al delantero que reclamaba la grada soberana pero lo que hizo fue el ridículo. Es la diferencia entre ser valiente y ser osado. Es la diferencia ente creer en el trabajo y creer en la magia. 

Creo que esa característica, la valentía, es uno de los rasgos de personalidad que ha inculcado (¿devuelto?) Simeone al Atleti. Por eso me parece absolutamente injusto que al argentino se le simplifique muchas veces con el calificativo de reservón. ¿Reservón? Permítanme que escenifique una enorme carcajada. Uno que recuerda haber ganado una Europa League empatando todos los partidos, que vio con estos sacai como una parte significativa de la afición colchonera celebraba un cuarto puesto tras una temporada infame (de juego y de esencia) y que ha soportado años y años en los que un empate fuera de casa era bueno (Aguirres, Manzanos, Ferrandos y periodistas condescendientes dixit) no puede por menos que echarse a reír. O a llorar. Desde aquel empate a cero en Málaga hace ya unos cuantos años no he vuelto a ver un partido del Atleti en el que el equipo no saliese a ganar. Con sus armas (no van a ser con las armas de Segurola, lógicamente) pero a ganar. Ni uno. No recuerdo un solo partido en el que sin haberlo ganado, los aficionados hayamos salido contentos con el resultado. Lo que sí recuerdo son tantos episodios épicos y de valentía desde que Simeone está a los mandos del club que me resultaría complicado resumirlos aquí, en media cuartilla. 

Valiente no es el que abusa de una posición de privilegio o el que se regocija con su poder incontestable. Valiente no es el que se recrea en la desigualdad. Valiente no es el que reclama los focos en la bajada y echa balones fuera cuando toca sufrir. Valiente no es el que todo lo soluciona con dinero. Valiente no es el que considera que todo es suyo y por lo tanto sólo puede perder. Valiente no es el que se ríe en la victoria y escupe en la derrota. Valiente no es el que gana siempre y no puede serlo el que no conoce la derrota. Valiente es el Atleti porque, como decía, Mary Tyler Moore, uno no puede ser valiente si sólo le han ocurrido cosas maravillosas. 

@enniosotanaz

Gol de Vietto.

Quedaba poco tiempo para que finalizara el partido y aunque el Atleti llevaba un buen rato intentando igualar la contienda, tirando de corazón (más que de fútbol), la situación no era nada halagüeña. En ese momento el Real Madrid se marchaba 5 puntos, el Barcelona tres cuartos de lo mismo y el Celta (o el Villarreal) no sólo se separaban también en la clasificación sino que su desempeño en el campo era muy superior al que practicaban los colchoneros. Por si eso fuera poco, el once inicial de Simeone no incluía a ninguno de los flamantes fichajes estivales. Las dudas respecto a todos los jugadores y todos los sistemas se sucedían con demasiada continuidad. Las aves de rapiña, licenciadas en Ciencias de la Información, desplegaban sus poderosas alas para volar en círculos sobre el Calderón y el runrún impaciente de una grada cada vez más impaciente, perfumaba el ambiente de un hedor pesimista y desagradable. La pendiente hacia los infiernos se empinaba de forma imparable hasta que de repente, casi sin querer, apareció el gol de Vietto que empataba el partido contra el Real Madrid. 

Acabada la batalla, aprovechando el parón de selecciones, llegó el tiempo de inventariar las bajas y la situación. Fue entonces cuando tomamos conciencia de que, con un calendario infernal, jugadores cuestionados, dirección deportiva en formación, sensaciones contradictorias y un juego para olvidar, resultaba que, administrativamente, no estábamos tan mal. Ni mucho menos. Apenas unas semanas después, el equipo está, administrativamente, igual o mejor, pero además la dinámica es otra. Jackson empieza a meter goles, Tiago se quita años de encima con cada quincena, Koke ya no es un recuerdo del pasado, Correa llama a la puerta con fuerza, Griezmann está donde estaba y, ay amigos, ha aparecido un tal Yannick Ferreira Carrasco para levantarnos del asiento. Bendito gol de Vietto. 

El Atleti acaba de ganar al Valencia haciendo un gran partido de fútbol. Es cierto que ha terminado pidiendo la hora, pero es igual de cierto que los de Simeone han pasado por encima del conjunto Che de forma más que significativa. Firmo desde ya que el juego del Atleti 2015-2016 se parezca a la primera parte de hoy. Dos laterales incisivos y de calidad que abren mucho el campo para asociarse con los interiores, dos mediocentros despiertos, muy activos en la presión e inteligentes en lo táctico (especialmente Tiago que es un escándalo de jugador), dos delanteros letales (la resurrección de Jackson viene más lenta de lo que a mí gustaría pero parece que el colombiano empieza a entonarse) y dos falsos interiores que dan el espíritu y el juego al equipo. Koke, a base de inteligencia y talento, ligando centro del campo con delantera. Yannick poniendo velocidad, descaro y picante. Soberbia primera mitad frente a un Valencia timorato y sin personalidad que sin poder remediarlo perdieron la pelota, el ritmo, el juego y el centro del campo. Mucho peor cuando Rodrigo, el mejor de los blancos hasta entonces, cayó lesionado. Las ocasiones se sucedieron por izquierda y derecha. Los valencianos no encontraban su sitio y sólo Jaume en la portería conseguía mantener el cero en su marcador. 

Antes del descanso llegaron dos goles pero podía haber llegado alguno más y hubiese seguido igual de justo. El primero cayó tras error garrafal de los dos centrales levantinos (lamentables todo el partido, especialmente Santos) que aprovechó Jackson para desviar bien el balón cuando encaraba en solitario la portería. El segundo fue de Yannick, tras cabalgada por la izquierda, recorte al centro y fuerte disparo desde lejos que entró lamiendo el poste derecho. Golazo. Lo lógico hubiese sido que hubiese pasado el balón a Jackson, que le estaba tirando la diagonal, pero bienvenidos sean, por una vez, los jugadores ilógicos. Gran partido del belga que mezcló a partes iguales calidad y ganas de comerse el mundo. El Calderón se lo agradeció como corresponde. 

La segunda parte no varió mucho en los primeros instantes hasta que Simeone, yo creo que viendo el partido ganado, decidió sacar a Torres y a Óliver al campo. Error. La dinámica cambió radicalmente. Ya no había chispa ni novedad. Sobre el terreno de juego aterrizó de repente la mediocridad y ese ritmo lento y titubeante tan típico de esta temporada. Torres aporta todo lo que tiene (ni un pero a eso) pero da la sensación de apagarse futbolísticamente. Óliver sigue teniendo un problema de cabeza. Mientras Yannick o Correa saltan al campo pidiendo el balón con la idea de echarse el equipo a la espalda, jugársela y meter el gol de su vida, Óliver salta al campo con la idea de… no cagarla. Con esa actitud nunca podrá ser un jugador verdaderamente relevante. Un drama, teniendo en cuenta que es muy bueno pero que se le acortan los plazos y las oportunidades. 

El Valencia consiguió aparecer al final de encuentro gracias a un error de Godin (no fue su mejor partido) que salió como un toro a defender a un central rival que estaba con el balón en el área. Lo arroyó, claro. Penalti estúpido pero penalti. La transformación de Alcacer hizo que viésemos por primera vez las camisetas blancas en el campo. A ello contribuyó también un colegiado que, en un partido que no hacía falta, decidió formar parte de los resúmenes televisivos. Pero afortunadamente estaba el carácter colchonero y ese Tiago que día tras día se consolida como el mejor mediocentro colchonero que haya vestido la elástica rojiblanca en las dos últimas décadas. 

Victoria balsámica y elocuente de un Atleti en crecimiento que continúa abriendo ventanas por las que, de momento, se cuela la ilusión. Seguimos con la sensación de que lo mejor está por llegar y eso es muy bueno. Insisto, bendito gol de Vietto.

@enniosotanaz

Por alguna razón

Todos hemos asistido a cenas en las que, con las mismas personas, unas veces son fantásticas y otras un suplicio. Todos hemos ido de vacaciones con amigos del alma que, a la hora de convivir, han resultado ser un inesperado drama. Todos hemos tenido esa sensación de que en un momento dado cierta combinación de personas, por alguna razón, no está funcionando. Abducidos por los chistes y los exabruptos de los gurús del micrófono o las soflamas individualistas de los petulantes de la pluma, estamos empezando a olvidar algo esencial: el fútbol es, sobre todo, un deporte de equipo. Y un equipo no es coleccionar figuras de cera que se colocan en un lugar preciso del tablero sino conseguir que las conexiones entre esas figuras transciendan más allá de las individualidades respectivas. No es tan fácil. Mientras que a veces dos estrellas son capaces de anularse mutuamente, otras veces vemos como dos tipos normales acaban formando un gran conjunto. De esa forma, gracias a Dios, en los deportes de equipo no siempre gana el que corre más, el más fuerte o el que la pega más rápido. 

El Atleti ha empatado en el Calderón frente al Valencia un partido que era clave no solo para fijar los ánimos en la parte alta de la tabla sino para acabar con una dinámica de malos partidos y malas sensaciones con la que desgraciadamente tendremos que seguir lidiando. Personalmente no vi mal al equipo ni tácticamente (creo que gana el Atleti a los puntos), ni en intensidad (volvimos a ver retazos de la mejor versión de Gabi o de esa presión poderosa de antaño), ni tampoco en contundencia defensiva (el rival llegó una vez). Sí eché de menos algo más de fútbol, pero eso ni es nuevo ni es exclusivo de esta temporada. Reduciendo mucho las cosas, el Atleti empata el partido porque en la portería tiene un portero que comete uno de esos errores que no se puede permitir un equipo que pelea por títulos. Moyá es un tipo encantador al que me encantaría que todo le saliese bien en mi equipo (porque además creo sinceramente que se lo merece) pero no me parece un portero que marque diferencias. Especialmente inseguro en las salidas y los balones por alto, el error que ocasiona el empate del equipo Che es grave por sí mismo  pero mucho más pensando en el futuro. Es ese tipo de errores que provoca el pánico entre los compañeros y que genera falta de confianza en la defensa. Lo he dicho muchas veces antes de hoy, la gente que me conoce lo sabe, para mí la principal diferencia entre los equipos del año pasado y el de este está en la portería. El resto puede corregirse con imaginación o táctica. Esto no. 

Pero no quiero quedarme en eso. Podemos buscar el diagnóstico del Atleti actual enfocando la vista en jugadores que no están, en otros que están pero como si no, en desequilibrios de gestión de plantilla o en errores de bulto (que de todo eso hay) pero no estaré siendo honesto. Para mí el quid de la cuestión está flotando más arriba. Cada uno tendrá su explicación lícita y concreta pero yo prefiero analizarlo desde la perspectiva de las sensaciones. Cuando el año pasado nos parapetábamos en el área para defender un resultado (lo hicimos muchas veces aunque ahora existan indignados de nuevo cuño que parecen haberlo olvidado) personalmente, por alguna razón, tenía la sensación de que nadie nos podía meter un gol. Ayer tuve la sensación contraria. Cuando el año pasado nos empataban a falta de quince minutos, por alguna razón, yo tenía la sensación de que remontábamos el partido. Ayer tuve precisamente la sensación contraria. De hecho estoy convencido de que si el Valencia, que resultó decepcionante en lo que respecta a la ambición, hubiese ido entonces a por el partido lo hubiese ganado. Podemos hablar de jugadores o de tácticas, sí, pero creo que hay algo más. El Atleti ha perdido el duende. Esa mirada en los jugadores que transmitía a la grada la sensación de que todo era posible. Ese balón que entraba por la escuadra y ahora pega en el larguero. Ese convencimiento de que el próximo córner era gol seguro y ahora temes para que no te hagan un contrataque. La absoluta certeza de que aun pasándolo mal en el área por el acoso del rival, el partido se iba a ganar (y se ganaba) mientras que ahora crees que en cualquier momento te van a hacer gol (y te lo hacen). Es probablemente injusto que ocurra pero es así. Ayer Simeone alentaba a la grada, más de lo normal, en el momento más crítico del partido que es precisamente cuando nunca ha hecho falta que a la grada colchonera le dijeran lo que tiene que hacer. Ayer fue diferente. La grada estuvo fría desde el principio a pesar de llenar el estadio. Dato más significativo y preocupante de lo que parece y que tampoco habla muy bien de los que estamos allí sentados. Por alguna razón el equipo no estaba transmitiendo, eso lo notábamos todos, pero si nos decimos una afición diferente es por tener la capacidad de llevar la iniciativa en estas circunstancias. Quizá es que nos hemos emobrrachado de éxito, no lo estamos sabiendo digerir y todo esté empezando estar demasiado desquiciado.

Creo totalmente en Simeone y estoy convencido de que todo esto no es más que un episodio pasajero del que saldremos, pero tenemos que ser consciente de donde y como estamos. También de quienes somos. No creo que debamos agarrarnos a fuego a los datos positivos (el objetivo es ser terceros, estamos todavía por arriba, bla, bla,…) ni abrirnos en canal las carnes añorando tiempos mejores (Courtois era mejor, Siqueira no vale, lo de Mandzukic no lo veo, bla, bla, bla,...). Tampoco nos hace ningún bien parapetarnos en debates retóricos sobre los objetivos reales del Atleti o los fichajes del año que viene. El Atleti es mucho más importante que eso y nos necesita en estado puro. Tenemos un problema de confianza que hay que solucionar y ese será el principio de lo que venga después. Hasta entonces, olvidémonos del resto.

Analistas a posteriori

Valencia 3 - At. Madrid 1

El aficionado al fútbol es muchas veces ese animal que sabe exactamente lo que iba a pasar justo en el preciso momento en el que ya ha pasado. Con irascible vehemencia suele además repartir los carteles de “malísimo” o “buenísimo”, indistintamente, con la misma alegría y rigor con la que va al retrete. Siempre a posteriori, claro. Siempre desde el lugar seguro del que nunca se equivoca porque ya conoce el final. Supongo que es así desde que el mundo es mundo pero no deja de resultarme incómodo e irritante. Es fácil de entender que a todo el mundo le molesta perder, mucho más si se está acostumbrado a ganar, pero la cosa torna en cierta psicosis estúpida a la hora de buscar las causas y los culpables. Los jugadores no puedes ser cielo o infierno en función de una acción puntual. Comparar siempre con el mejor es injusto porque todos los que no son el mejor son evidentemente peores. Es incluso mucho más injusto catalogar de “inútil” a todo aquel que no hace lo mismo que hace el mejor. Decía François de La Rochefoucauld que los espíritus mediocres suelen condenar aquello que está fuera de su alcance y creo que no andaba desencaminado. El Atlético de Madrid ha perdido hoy en el estadio de Mestalla en un partido tremendamente raro y completamente inusual para lo que ha venido siendo la dinámica del equipo de Simeone. Un partido del que deberíamos ser todos muy cuidadosos a la hora de sacar conclusiones dado que se han sucedido una serie de patrones extraños, que dudo se vuelvan a repetirse en lo que queda de liga. 

Empezaba el partido con un Valencia desatado. Aupado por su público y por ese excelente inicio de campaña que está realizando. Un estadio lleno, que lubricaba el derroche de intensidad que sus jugadores mostraban en el campo, igualando y superando al de los colchoneros que ya es decir bastante. No hubo demasiado fútbol en esos primeros 5 minutos hasta que un balón colgado al área sin aparente peligro es cabeceado en propia puerta por Miranda, un tipo que apenas comete errores. Raro. Mañana probablemente leerán en los periódicos sobre el error del brasileño pero para mí el error es de Moyá. El portero va de cara y a por el balón. Tiene que ser suya siempre. Por las buenas (llegando antes) o por la malas (gritando para que se quite su defensa).

El tempranero gol dejó noqueado al Atleti y espoleó a un Valencia que se vino arriba. Con intensidad, anticipación y fuerza, volvieron a hacerse con el balón un minuto después para que una buena jugada de André Gomes por la izquierda colocara el 2-0 en el marcador. Mañana leerán en los periódicos el gran gol del portugués pero para mí, de nuevo, es un error de Moyá que no cierra el primer palo en un tiro muy escorado. Con los mismos elementos que antes, aturdimiento en un lado, euforia en el otro, cinco minutos más tarde un córner cerrado sacado desde la derecha del ataque levantino es rematado en el área pequeña por el argentino Otamendi. No sé lo que leerán mañana en el periódico pero un remate desde el área pequeña tras un balón colgado es siempre error de portero por no salir. Moyá ha hecho un buen inicio de campeonato pero es cierto que apenas ha recibido jugadas en contra. Los errores de hoy pueden ser puntuales pero llevo semanas inquieto por las muestras de inseguridad que aparecen en el portero, especialmente en las salidas. Me preocupa. Mucho.

Con 3-0 en el marcador en apenas 15 minutos y el equipo local en estado de ebullición, el partido olía a goleada histórica pero no fue así y quizá ahí deberíamos ver uno de los pocos puntos positivos de la tarde para el cuadro rojiblanco. A base de balón y orgullo el equipo se quitó la presión y los nervios marchándose a por el partido. Detalle de equipo campeón que, en los peores momentos desde hace muchos años, levantó la cabeza y tiró de carácter para intentar dar la vuelta a algo que parecía imposible. Demostraron al menos que no tenía porque serlo. No había llegado la media hora de encuentro cuando un lanzamiento largo de Tiago fue rechazado por el portero che y recogido por Mandzukic para recortar distancias de cabeza. 3-1 y 60 minutos por delante. Para entonces ya habíamos podido ver que el Atleti era dueño y señor del esférico y también que Gámez, debutante con el Atleti en liga, estaba bien adaptado a su banda derecha y no estaba haciendo un mal partido. Otra de las notas positivas. El gol hizo que el público bajase el pistón y los jugadores valencianistas empezasen a tener demasiadas precauciones. Ya vieron el peligro acechar cuando el colegiado no vio unas manos claras de Barragán en el área pero terminaron de confirmarlo cuando sí vio las de Gayá, en el mismo sitio, cumpliéndose ya el minuto 45. 

Llegar a la segunda parte con 3-2 era comenzar otro partido con la ventaja además del que viene empujando desde atrás. Era por tanto un momento clave. Un penalti de los importantes. Un penalti para valientes. Mandzukic, jugador designado, fue a por el balón pero Siqueira se adelantó con confianza y se erigió para tirarlo. El brasileño, en contra de lo que mucho analista a posteriori cree, es un consumado especialista en esta suerte que, como Simeone recordó después en rueda de prensa, sólo había fallado un penalti antes en su toda su carrera (con la camiseta del Atleti, eso sí). A priori no parecía una decisión descabellada pero a posteriori resultó letal. Siqueira, probablemente superado por las circunstancias, tiró la pena máxima de forma horrible, como lo hubiese lanzado una criatura asustada, dejando el mismo resultado en el marcador e insuflando al equipo contrario con la moral y fuerza que no hubiesen existido de haber acertado. 

La segunda parte no existió. Con el Valencia reforzado anímica y físicamente tras los cambios, con el acierto de la repugnante campaña mediática del tal Nuno (otro iluminado que viene a sumarse a la lista de entrenadores iluminados que juegan los partidos fuera del campo) que ha conseguido que el Valencia hiciese el doble de faltas que el Atleti sin recibir tarjetas hasta que ya había hecho 16 de ellas (repugnante), con el Atleti roto físicamente tras el partido de hace unas horas, como quién dice, frente a la Juventus y el desgaste de tener que haberse enfrentado ya a todos los equipos de la parte alta de la tabla (a excepción del Barça), fue imposible que ocurriera nada.


Dura derrota del Atleti frente a un buen Valencia que se consolida como alternativa y que además tiene como consecuencia un resultado muy negativo en el entorno. No es mi caso dado que el partido no me deja demasiadas lecturas negativas ni me incita a cortarme ya las venas. Necesito más de Griezmann, sí. Quiero ver más balones al área a Mandzukic  y me gustaría que lo de Cerci fuese simplemente causado porque el estado de forma del italiano no es todavía el óptimo, pero lo único que me preocupa realmente a día de hoy es la portería. No me siento seguro e intuyo que nuestra fabulosa defensa tampoco. Ahora viene un pequeño (y coñazo) parón para encontrarnos después con un calendario bastante menos exigente. Tengo fe en el futuro pero... partido a partido.  

Escondido

No he visto el partido. Ni un sólo segundo, así que sería francamente estúpido por mi parte hacer como si lo hubiese hecho y ponerme aquí a describir cosas que no he vivido o sensaciones que no he sentido. El viernes por la tarde, por circunstancias de la vida y después de estrechar la mano de tres ilustres colchoneros como Miguel San Román (en el día de su cumpleaños), Isacio Calleja y Pepe Navarro, emprendí camino hacia las profundidades del norte castellano para desaparecer del mundo conocido durante dos días. En un lugar recóndito de la preciosa ribera del Duero, sin teléfono, sin internet y sin 3G, he pasado uno de los fines de semana más extraños, futbolísticamente hablando, que he de mi vida. Acumulando nervios. Escondido. Sin saber que es lo que pasaba en el otro lado. Haciendo que los sentidos disfrutaran de viandas y paisajes mientras mi cabeza no podía dejar de pensar en ese oso y ese madroño posados sobre las rayas rojiblancas que me quitan la vida.

Sin saber alineaciones, ni declaraciones previas, ni sensaciones destiladas a través de Twitter, sin llamadas a los amigos, sin estar presente de espíritu, servidor bajaba el recién engullido lechazo caminando por entre las piedras centenarias de un precioso rincón en la provincia de Burgos cuando el once de Simeone saltaba a Mestalla. Cuando Raúl García orientaba con su bendita cabeza el balón hacia el poste valenciano uno, sin saber lo que estaba pasando, emprendía el camino de vuelta hacia la capital del reino, entre vides renovadas para fabricar tinto y campos de verde intenso. Cuando el señor colegiado pitaba el final y daba tres puntos gloriosos al Atleti, faltaban todavía cinco minutos para que el que esto escribe no pudiese aguantar más los nervios y buscara ansioso una emisora cualquiera en la que poder comprobar la preciosa realidad. El Atleti había ganado y seguía líder.

Una final menos y un pasito más. Quedan tres partidos, tres finales, y faltan seis puntos. Cometeríamos un error si ahora empezáramos a cambiar de filosofía. Sé que no lo vamos a hacer. Por mi parte prometo no volver a huir. 

¡Vamos!   

Ejercicio de empatía

At. Madrid 2 - Valencia 0

La forma de interpretar lo que ocurre en un terreno de juego durante un partido de fútbol, como ocurre con cualquier otro aspecto de la vida, depende significativamente de la perspectiva con la que te acercas a ello. Sí, sé que existe mucho profesional estirado que saca pecho respecto a una supuesta objetividad razonada, que todavía no sé en qué debería justificarse, pero nunca les he tomado en serio. Es más, mi subconsciente enciende las señales de alarma cada vez que escucho hablar a alguien desde su supuesta objetividad. El que esto escribe trata de hacerlo con perspectiva amplia, pulsaciones bajas y sin dejarse llevar en exceso por unos colores que por otro lado son evidentes, pero sé que es una tarea imposible y que a veces la distancia respecto a la situación ideal es significativamente amplia. Lo sé y no me importa convivir con ello. Ni en mi caso ni en el de los demás. Pero igual que los colores del ADN tienen un peso fundamental en la cadena de raciocinio, también lo tiene la trayectoria reciente y el estado anímico actual. El espíritu, las fuerzas, las esperanzas, el entorno,… Todo esto me vino de repente a la cabeza cuando saliendo del Vicente Calderón escuchaba la rueda de prensa de Pizzi y a los analistas de la órbita valenciana comentando el partido. No estaba de acuerdo ni con uno ni con otros, pero el hecho me sirvió para hacer un interesante ejercicio de empatía. En el primer caso escuchaba simplemente una sesión de prestidigitación, bastante poco elaborada, para desviar la atención a otro sitio. Para evitar poner los focos sobre la evidencia, iluminando con luz artificial recónditas zonas oscuras de dudosa validez. Un ejercicio tan viejo como el propio fútbol, que desgraciadamente he visto repetido un millón de veces en tiempos no tan lejanos, en la misma sala de prensa del Calderón, protagonizado por el entrenador del equipo local. Me dio bastante pena y me recordó tiempos que quiero borrar de mi memoria. Creo que Pizzi se equivoca si pretende construir los cimientos del futuro Valencia diseñando su discurso sobre si un árbitro se equivoca o no al conceder un saque de esquina (¡¡un saque de esquina!!). En el segundo caso, el de los periodistas, vi la frustración de un puñado de aficionados que aturdidos y desmotivados por la trayectoria errante de su equipo veían que su equipo caía eliminado tras jugar sus dos mejores partidos de la temporada, frente a un equipo que no había mostrado su mejor versión, que había rematado menos, que había tenido menos el balón y que le había metido tres goles en tres saques de esquina, casi todos por errores de la propia defensa. Ese discurso, sin compartirlo en su esencia, sí que lo entendí porque ha sido el mío otras tantas veces. Me lo quedo como válido. También escuché y leí a gañanes, con y sin carnet de periodista, pero esos, que desgraciadamente no son patrimonio exclusivo de ningún equipo, no me interesan.

El partido comenzó muy frío. Como la noche. El lamentable horario empleado con los especuladores que están llevando la competición de la Copa del Rey a una muerte prematura, hacía que el aspecto del estadio no se correspondiese con la ocasión. El Atleti salió como el propio ambiente y aunque aparecía más o menos bien colocado en el campo y no sufrió en exceso durante los primeros 45 minutos, no se parecía mucho a esa máquina que habíamos visto en el mismo sitio apenas tres días antes. Daba incluso la sensación de que la Copa no inspiraba la misma motivación que otros años. No sé, esa era la sensación. Enfrente un Valencia bien colocado también, pero al que no se le veía con la misma intensidad feroz con la que saltó a Mestalla la semana pasada. Sin ir descaradamente a por el partido y como esperando a ver qué pasaba. En el campo colchonero estaba el principito Sosa, recién llegado de Ucrania, que nos ofreció una actuación bastante decepcionante. Lento, apático, perdido y muy desafortunado (incapaz incluso de sacar un córner bien, algo que aseguro que sabe hacer perfectamente porque lo he visto). Es evidente que está fuera de forma y que es injusto valorarlo por un simple partido pero se me antoja que su debut fue algo precipitado. La primera parte trascurrió así, con dominio ficticio del Valencia (ficticio porque no tiró una vez a puerta salvo un tiro de Bernat, creo) y pequeños arañazos de los colchoneros, casi siempre a balón parado.

La segunda parte no cambió mucho el panorama hasta que a los 5 minutos Gaita sacó la mano a un tiro bombeado de Gabi por encima del larguero. No he visto la repetición pero a mí en el campo me pareció córner. Al árbitro también. A los jugadores del Valencia, al línea y a Pizzi no. Una jugada entre un millón que en la mayoría de ocasiones pasa sin pena ni gloria. El problema es que después Gabi lo sacó, Guaita volvió a cantar y Godin hizo el 1-0. Saquen ustedes sus conclusiones. El gol sí que sirvió como modificador de los elementos. El Valencia dejó esos miramientos defensivos que tenía antes (y que enseguida vimos que no le hacían falta) para irse, ahora sí, a por el partido. Abrió el campo en horizontal, puso muchos jugadores en campo contrario y empezó a llegar por las bandas. El Atleti se dejaba querer, pero para mi gusto demasiado. Una cosa es defender juntos fuera del área presionando y robando arriba y otra echarse atrás y despejar el balón para que Diego Costa corra a por ella, que es lo que hizo. Pero probablemente el equipo, después de la paliza contra el Barça, no tenía fuerzas para hacer nada más. Los jugadores levantinos empezaron a creerse que podían marcar y comenzaron a intentarlo. Y llegaron las ocasiones, como en la ida, con el ocaso del encuentro. Y como en la ida también apareció Courtois para, en calidad de cedido, seguir haciendo leyenda en el Club Atlético de Madrid. Sin realmente pasar verdaderos apuros la sensación era la de que el conjunto Che podría marcar en cualquier momento para llevarnos a la prorroga, pero la duda se disipó poco antes del final cuando, otra vez, un córner sacado por Gabi es rematado por Raúl García para poner el 2-0. ¿Rutina?


El Valencia deberá completar esta pesarosa temporada peleando únicamente en la liga por todavía no se sabe qué. No les envidio. Me recuerda tanto al Atleti de hace pocos años que me duele mirar. Por otro lado los de Simeone ya están en cuartos de una de las tres competiciones en las que compite. La diferencia es que cuando ahora hablamos de competir, con el Cholo de por medio, es evidente que hablamos de competir de verdad. Ni un paso atrás. Difícil, todo. Imposible, nada.


    

Ni cenizo ni aplaudidor.

Valencia 1 - At. Madrid 1

El oficio de periodista, a veces, no es más que una especie de arte que anticipa lo que va a ocurrir… pero una vez que ya ha ocurrido. Análisis que se realizan como si se partiera de las mismas circunstancias del que se ha equivocado pero que se realizan siempre a toro pasado. En esa zanja caemos también los aficionados cuando, una vez terminado el partido, encontramos siempre explicaciones lógicas y evidentes para todo lo que ha ocurrido. Todo esto no es malo, en esencia, si sirve para abrir debates interesantes y enriquecedores, pero el drama aparece cuando el análisis huye del debate sosegado o matizable y la paleta de colores se reduce básicamente a dos extremos supuestamente antagónicos. Sumidos como estamos en una sociedad que navega a toda la velocidad hacia la simpleza y la vulgaridad, en lo que todo tiene que ser rápido, visual y divertido o no ser, en la que pensar es de tristes y dudar de cobardes, en la que todo lo que se explique con más de 140 caracteres está destinado a la basura, esa sociedad podrida que aparece dominada por políticos que jamás reconocen un error, ni suyo ni de su partido ni ahora ni nunca, es fácil entender que el virus de la simpleza barata se extienda también a todos los rincones. También a la pequeña familia colchonera en la que, por supuesto, todo se tiene que dividir en posturas también antagónicas y categóricas en las que no pueden existir matices. Gilista o antigilista. Cholista o anti-cholista. O se es cenizo y profeta del apocalipsis que está a punto de ocurrir o se aprietan las filas en torno a un símbolo ficticio sin posibilidad alguna de crítica. Cualquier desliz sobre las férreas directrices que marca el partido le harán a uno ser automáticamente expulsado del paraíso para ser lanzado al enemigo. El Atleti ha empatado a uno en Mestalla en el partido de ida de la eliminatoria de Copa del Rey en un mal partido de los colchoneros, probablemente el peor en lo que va de liga. Si siguen leyendo se toparán con críticas al equipo que más o menos intentan ser razonadas (igual que otras veces habrán leído en el mismo sitio encendidos elogios). Puede que no sean acertadas y puede que estén o no de acuerdo. Les invito a que discrepen pero si su interés principal es únicamente descubrir si el que escribe es cenizo o aplaudidor o si su religión les impide salirse de la disciplina de partido, les sugiero que no sigan leyendo y así todos nos ahorraremos el disgusto.

El partido de ida de los octavos del Campeonato de España era un partido complicado ya a priori por varios motivos. A vuela pluma se me ocurre por ejemplo un Barça que vendrá al Calderón en unos días, un Valencia especialmente motivado por el cambio de entrenador y la necesidad de unos jugadores señalados de agarrarse al último clavo ardiendo que les queda en la temporada o un evidente bajón físico en algunos jugadores colchoneros (Koke, Filipe Luis, Arda,…). Seguro que hay todavía más. Simeone, consciente de lo exigente de una temporada en la que el aficionado, mal acostumbrado, ha elevado el nivel de exigencia por encima probablemente de las posibilidades, decidió hacer cambios esenciales en el once titular reservando piezas de la columna vertebral para empresas mayores, pero el experimento no salió bien. Quizá sea demasiado pronto para aventurarse a decir que el tan cacareado fondo de armario que nos habían vendido no es tal pero yo, a día de hoy, tiendo a pensar que es exactamente así. El Valencia salió muy bien al campo. Con ganas de tener el balón y dominar pero sobre todo con un nivel de intensidad muy superior al colchonero. Creo que a partir de ahora debemos acostumbrarnos a que los rivales nos jueguen con ese nivel de exigencia porque es la única manera de meterle mano al actual Atleti pero ese no es el problema. El problema es que el Atleti de Mestalla, por alguna razón,  no fue tan intenso y con tanta personalidad como estamos acostumbrados. Jugó siempre a merced del rival, bien es verdad que fue un rival que apenas tiró a puerta en toda la primera mitad, y eso es algo a lo que no estamos acostumbrados. Para mí la clave estuvo en dos puntos. Por un la lado el flojo mediocentro que llegaba siempre tarde a la presión y que obligaba a tener que defender muy atrás. En especial un Guilavogui que no termina de convencerme. Sé que en algunos foros se dice que destacó en la primera parte. No es mi caso. El francés me pareció lento con el balón, falto de recursos con un rival exigente, flojo tácticamente, apareciendo muchas veces descolocado y tendente a meterse entre los centrales en lugar de tapar la zona de creación rival. Gabi trataba de compensar el déficit de su compañero pero lejos de conseguirlo abandonó muchas veces su posición natural y también dejó de ser la punta de lanza de la defensa del equipo. A este defecto táctico hay que sumarle la incapacidad para retener el balón y la nula creación. Con Gabi tapado y Guilavogui siendo incapaz de desmarcarse para recibir y tocar hacia línea de tres cuartos, la defensa tuvo que abusar, más de lo que normal, del pelotazo. Si a eso se le une una línea de tres cuartos aletargada con Koke exhausto (apenas entró en juego en labores de creación), Raúl Garcia (que es muy buen llegador pero muy flojo a la hora de construir, conectar líneas o dar el último pase) y un Adrián que está incluso peor que Villa (la falta de confianza del asturiano es alarmante), la realidad es que el Atleti no existió en ataque. Apenas un par de buenos contrataques cocinados desde muy atrás y con muy pocos efectivos. Pero lo cierto es que el fogonazo inicial del Valencia se moderó pasados 20 minutos y el Atleti fue capaz de controlar con tranquilidad el ataque rival gracias sobre todo a la pareja de centrales y en especial a un sobresaliente Alderweireld

La segunda parte comenzó igual que lo había hecho la primera, con un Valencia desatado y un Atleti encogido y especulativo. Mal pintaba la cosa cuando pasado un cuarto de hora Arda salió por un Guilavogui. El equipo, metido en esa dinámica de dedicarse exclusivamente a defender muy cerca de su área, no cambió demasiado pero sí logró quitarse la presión y tener algo más de balón. Y así llegó el gol colchonero. No por mérito de los de Simeone sino por demérito de los de Pizzi. En especial de su portero, Guaita, que en un rechace garrafal le dejó el balón en la cabeza de Raúl García para que el navarro hiciera el primero. El gol hizo que el Valencia tirara de orgullo (buen síntoma de los che) y el Atleti recurriese a ese modo especulativo que hacía tiempo que no veíamos (mal síntoma de los nuestros). Las salidas de Feghouli, Canales y Piatti (para mí tres grandes jugadores) abrieron mucho el ataque valencianista que empezó dominar de cabo a rabo a un Atleti que ya básicamente se dedicaba exclusivamente al achique de agua. Es en ese momento, el último cuarto de hora, (y no antes como algún eufórico hooligan pretende ver) fue cuando el Valencia pudo hacer una escabechina. No ocurrió porque en la portería estaba San Courtois. No sé el dinero que ahora mismo quedará en las espoleadas arcas colchoneras pero si de mí dependiese debería ir destinado a comprar a ese pedazo de portero. Un jugador excelente, ejemplar y para muchos años. El belga hizo al menos tres paradas antológicas que en circunstancias normales hubiesen sido probablemente gol. Con el tiempo concluido el Atleti seguía ganando, quizá de forma injusta, pero el equipo levantino seguía percutiendo y así, a base de tesón y fútbol, obtuvo su recompensa cuando Helder Postiga metía en la red un balón mal rematado por Feghouli.


Atendiendo al resultado, sin ver el partido, el 1-1 es un buen resultado. A los colchoneros nos queda sin embargo esa sensación de derrota porque estamos acostumbrados a ganar, por como fue el partido (el Atleti no existió) y porque el empate llegó cuando pasaban tres minutos del tiempo reglamentario. Pero el empate, insisto, es un buen resultado. El Valencia tiene que ganar o empatar a más de dos goles en el Calderón, algo que este año todavía no ha conseguido nadie. Este equipo tiene mucho crédito y por tanto hay que ser optimistas. Yo lo soy.  

Objetivo evidente

At. Madrid 3 - Valencia 0

El cronómetro rondaba el minuto 90 y el marcador señalaba un contundente 3-0. Los signos de cansancio eran evidentes tras librarse esa batalla del segundo tiempo en la que el Atleti había pasado por encima del Valencia, quedándose en lo más alto de la tabla y empatado a puntos con el FC Barcelona. Sería natural que hubiesen aparecido entonces los primeros signos de relajación pero la realidad es que no aparecieron. Los jugadores reclamaban velocidad a los recogepelotas a la hora de devolver el balón y en el banquillo se podía observar la figura de Simeone requiriendo, con pasión, un cuarto gol que hubiese colocado al Atleti en el primer puesto de la clasificación. Una mera anécdota sin valor, cuando todos sabemos que los empates en liga de deciden por el computo particular entre los equipos empatados. Una anécdota que sin embargo está cargada de mensaje y de valor simbólico. El de la ambición desmedida que ha inculcado a equipo y club el entrenador. El de la entrega absoluta a la causa y el del convencimiento pleno de que no hay tiempo para bajar el pistón. Que sólo desde el esfuerzo extremo y el trabajo, sin especulación, llegan los resultados. El periodismo ilustrado vio también la imagen pero ellos, confundidos por ese grano en el culo que les ha salido para alimentar el duopolio mediático, lo interpretaron, como siempre, a su manera. Para los notarios de la realidad la imagen de Simeone era una prueba “inequívoca” de que eso del “partido a partido” es una filfa y que el Cholo quiere ganar la liga. A ver, señores periodistas, ¿Cuándo ha dicho Simeone que no quiera ganar la liga? ¡¡Por supuesto que quieren ganarla!! Es que la pregunta nunca ha sido esa. Las preguntas, cocinadas siempre desde el punto de vista de ese supuesto aficionado “típico” y artificial que ustedes han fabricado, son bastante más sibilinas y únicamente tienen la intención de desestabilizar. A ustedes, señores periodistas de éxito, les importa una mierda analizar con rigor el discurso de Simeone por la simple razón de que no encaja en su guión ya establecido y su colección de platos precocinados que es lo único que saben vender desde hace ya demasiado tiempo. Si ustedes le preguntan a Simeone (o a cualquiera de sus jugadores o a mí) si son candidatos a ganar liga le contestarán (le contestaré) que el reto, a día de hoy, por lógica, es ganar el siguiente partido. Contestar otra cosa sería en el mejor de los casos una estupidez. Pero si ustedes le preguntaran a Simeone (o a cualquiera de sus jugadores o a mí) si quieren ganar la liga, le contestarían (le contestaría) que sí. Sin dudarlo. Si no son capaces de ver la compatibilidad en todo esto es que su problema de capacidad es incluso peor de lo que parece.

El enésimo partido del Atleti en el Calderón resuelto con goleada tuvo sin embargo truco. No fue precisamente fácil. Aterrizaba en el Manzanares un equipo al que hacía varios años que no se ganaba en liga. Ni dentro ni fuera del propio estadio. Lo digo porque últimamente, incluso en el Atleti, tendemos a olvidarnos muy pronto de las cosas. El Valencia es un histórico en horas bajas que atraviesa un episodio de terror, de esos que a nosotros nos son tan familiares. Con una plantilla menguada con respecto a otros cursos pero aun así, objetivamente, una de las mejores de primera división. También con uno de esos entrenadores crecidos, cuya obsesión por correr más de la cuenta y merendarse la cena le han perjudicado convenientemente. Pero el conjunto levantino salió bien al césped. Conscientes del nivel del partido, asumiendo su papel de no favorito, optó por construir el futuro a partir del rigor táctico, la intensidad y sabiendo que dejar pasar el tiempo con 0-0 corría a su favor. Y lo hizo. De hecho durante varios minutos tuvieron el balón y metieron al Atleti muy cerca de su área. Sin profundidad de cara al gol pero jugando bien, ocupando bien el campo y tapando perfectamente al rival. El Atleti consiguió recuperar el balón relativamente rápido pero no era capaz de hincar el diente al bien estructurado equipo che. Un equipo, el valenciano, que acumulaba jugadores en el centro del campo y obligaba a los colchoneros a sobre elaborar las jugadas hasta perderse en filigranas estériles. También fueron muy hábiles de los de Djukic para parar el ritmo del partido cada vez que los colchoneros intentaban acelerar. Apenas hubo ocasiones en toda la primera parte en la que el equipo levantino salió reforzado y los de Simeone no atinaban con la forma de abrir el partido y llevar el juego a su terreno.

Pero la segunda parte fue diferente. Simeone había visto que el Atleti, en su intento desesperado por marcar, había estirado demasiado las líneas y estaban jugando muy separados. Fue la primera receta mágica que hizo cambiar las cosas. La segunda fue la de aplicar un poco más de intensidad. Recurriendo entonces a la marca de la casa, equipo junto y ritmo, los rojiblancos se dedicaron a jugar casi exclusivamente en campo contrario, a abrir el campo por las bandas, a estar mucho más activos arriba y a empezar a llegar con peligro. También empezó el recital de Diego Costa, un jugador superlativo que sin dejar de hacer lo que ya antes hacía bien, incorpora cada día nuevos recursos a su repertorio. Está de dulce y a estas alturas, por méritos propios, es ya un delantero de talla mundial. Tremendo jugador. Y como no, suyo fue el primer gol. Simplemente recogiendo un balón en el centro del campo, llevándolo en eslalon vertical hasta el área y empalándolo para, casi sin ángulo, meterlo en la red (con ayuda del portero rival, para mi gusto).

Todos sabíamos que en cuanto el Valencia, un equipo muy tocado anímicamente y con grandes dudas en sus propias posibilidades, recibiese el primer gol se acababa el partido y así fue. Afortunadamente éste llego avanzada la segunda parte porque de otra manera, estando además como está el Atleti, el resultado podría haber sido de escándalo. Más todavía. Simeone decidió enseguida sustituir a Villa por Raúl García. Solamente a través de ese respeto reverencial que el Cholo tiene por los códigos de vestuario se puede explicar que el navarro no sea titular a estas alturas y si lo sea Villa. El Güaje no está. No creo que sea un tema físico (se le ve bien) sino de chispa. De inspiración. No está. No se va de nadie y no le sale nada. Creo que merece un poco de banquillo y creo además que le vendría bien. En el otro lado está Raúl García. En estado de gracia. Nada más salir aprovechó un rechace en el área para hacer el segundo. El tercer gol vino de nuevo de la mano de Diego Costa que seguía en su empresa personal por demostrarle al mundo lo que es. Primero marró un penalti que pareció haberlo dejado tocado como si su error le privara al Atleti de ganar la Copa de Europa. Es tremenda la ambición que tienen hoy en día los jugadores que llevan la camiseta del Club Atlético de Madrid. Pero el hispano-brasileño siguió intentándolo hasta que llegó un segundo penalti. Simeone dijo que lo lanzara Raúl García pero los jugadores, haciendo gala de esa comunión verdadera, esa fortaleza anímica que les hace ser equipo por encima de jugadores, decidieron que era Diego Costa el que tenía que lanzarlo. Y lo hizo. Y metió el 3-0. Y el equipo salió reforzado.

Suma y sigue. A falta de tres jornadas para terminar la primera vuelta seguimos en lo más alto con las señas de identidad intactas y dando una imagen de poderío y seriedad que me hace sentirme muy orgullosos de mi equipo. Por supuesto que queremos ganar la liga pero el objetivo es evidente: partido a partido.

Barro

At. Madrid 1 - Valencia FC 1

El Atlético de Madrid es, después de muchos años, un equipo bien entrenado. Serio, compacto, solidario, físicamente en forma y letal. Creo que no descubro nada a estas alturas de la temporada. Pero lo que el Atlético de Madrid no ha dejado de ser en el curso presente, al igual que durante toda la última década, es un equipo desequilibrado y con recursos limitados gracias a la mala confección de su plantilla. Una confección que suponiendo que siga un diseño preconcebido o pensado (que francamente lo dudo), es desde luego muy difícil de justificar. Con un presupuesto sumamente ajustado y la permanente espada de Damocles de la sempiterna y desconocida deuda, resulta difícil explicar el gasto de decenas de millones de euros en puestos ya reforzados, con jugadores incógnita, cuando el equipo tiene carencias evidentes en posiciones evidentes desde tiempos inmemoriales. No creo que sea necesario dar nombres. El Atlético de Madrid, después de la excelente campaña que está realizando, es también un equipo expuesto a la luz pública y por tanto analizado hasta la extenuación por unos rivales que ahora si dan la importancia que se merece al equipo del Oso y el Madroño. Unos rivales que ahora modifican su forma de jugar cuando se enfrentan al Atleti, lo que sin duda es motivo de orgullo para los aficionados pero también un problema creciente a medida que pasan las fechas, cuando la principal carencia de los colchoneros es precisamente la capacidad de sorprender. De inventar. De crear algo que no estuviese proyectado en una pizarra. El Atleti, por mucho que Simeone haya conseguido disimularlo con ese agradable perfume de intensidad y rigor táctico, sigue siendo un equipo muy vulgar a la hora de fabricar fútbol y eso se nota especialmente frente a los buenos equipos. Eso aparece subrayado en partidos igualados frente a equipos de nivel. 

La tarde no podía ser más desapacible en Madrid. Una lluvia constante vestía la ciudad desde el medio día y amenazaba con seguir haciéndolo sin descanso hasta media noche, cosa que finalmente ocurrió. La pereza para acudir al estadio era pertinaz en el que suscribe pero al final las ganas de ver al equipo en directo pudieron más. El Vicente Calderón era un estadio cómodo y precioso hace 20 años. Ahora no. Gracias a ese cuento de princesas que es (y ha sido) eso que llaman La Peineta, la inversión en el coliseo colchonero es en los últimos tiempos la mínima imprescindible para que no cierren un recinto por insalubridad o riesgo de derrumbe. La constante amenaza de traslado ha conseguido que el mundo se olvide de reclamar unos servicios mínimos para un estadio viejo y deteriorado que, dejado de la mano de Dios, ya no tiene. Cuando la asistencia al fútbol en directo es cada vez más cara y complicada resulta tercermundista que 40000 personas tengan que calarse hasta los huesos para ver a su equipo pero eso es lo que pasa en el Atleti. El cerramiento y acondicionamiento del estadio debería ser una reclamación legítima de un aficionado que sin embargo sigue deslumbrado con los cantos de sirena de un recinto nuevo que intuyo tiene más trampas que certezas. 

Pero hablando de fútbol, lo más destacable del partido, para mí, es que por primera vez el Atleti se vio sorprendido en su estadio. La tradicional salida violenta, apabullante y mandona del equipo en el Calderón no fue tal. El Valencia planteó desde el primer minuto un partido con un nivel de intensidad y rigor táctico equivalente (y en algunos puntos superior) pero ayudado además con una gran manejo de balón que el hecho de tener una plantilla más equilibrada es algo que le permite hacer. Probablemente el conjunto che no sea mejor equipo que el Atleti pero si tiene mejor plantilla. No me cabe la menor duda y me reconforta que Simeone reconociera después en rueda de prensa lo que yo llevo diciendo desde principio de temporada. Los de Valverde se saltaron la renqueante presión colchonera a base de mucha movilidad de balón y movilidad en los efectivos del centro del campo para luego asaltar la numantina defensa colchonera a base de percutir en el centro y abrir el campo por las bandas. Esto provocó, en seguida, que el balón llegase al área madrileña antes de lo previsto lo que cogió a los centrales (especialmente Godín) totalmente fuera de sitio. Dos fallos seguidos del urugayo ante el vendaval de juego valenciano provocaron un balón muerto dentro del área y cierto desconcierto en los centrales colchoneros que aprovechó Jonas para abrir el marcador. No habíamos llegado a los cinco minutos de partido. Mal pintaba la cosa pero aturdidos todavía por el gol, el Atleti trató de intentar entrar en el partido por primera vez. Y lo hizo. En apenas un minuto, el único sobre el campo con capacidad para inventar en zona de tres cuartos que va vestido a rayas rojiblancas, el turco Arda, hizo una excelente jugada por la izquierda que acababa en pase al segundo palo donde entró Falcao, en su mejor versión de rematador, para empatar. Y menos mal. Si el Atleti no llega a igualar tan rápido me temo que el partido se hubiese perdido. A partir de ese momento y hasta el descanso asistimos a un contundente monólogo de juego valenciano. Dueños del balón, del juego y del ritmo los de Valverde dieron un recital de cómo se debe jugar al Atlético de Madrid. Aupados en un buen Banega (ese que no valía aquí, ¿se acuerdan?) los blancos se pusieron a distribuir el balón de forma rápida y precisa consiguiendo crear superioridad en las bandas y entrar muy cerca del área colchonera. La réplica colchonera pasaba por recuperar el balón y manejarlo alguna vez con sentido para enlazar con los de arriba pero eso, en este equipo, pasa exclusivamente por las botas de Arda, así que cuando Pereira decidió abrirle el tobillo con una patada que lo retiró del campo, y que el árbitro (pésimo ya a esas alturas) obvió miserablemente, todos entendimos que la cosa pintaba muy mal. Sustituyendo a Turan salió Raúl García. Creo que eso explica muchas cosas. El Valencia siguió jugando y llegando mientras el Atleti recurría al patadón y la épica de Diego Costa como argumentos básicos. La única razón de que al descanso se llegase con empate a uno fue la labor de ese gran portero belga que tenemos a préstamo. La doble intervención a diez minutos del descanso que hace Courtois es simplemente digna de crack. 

Pero Simeone es Simeone y conoce a su equipo mejor que nadie. Sabedor de que el partido no podía ser suyo a base de fútbol, porque no lo tiene, pidió a sus jugadores un sobre esfuerzo de intensidad y generosidad física para contrarrestar el buen hacer levantino. Y lo hicieron. Aupados en un fogoso y voluntarioso (pero también fallón, desgraciadamente) Gabi y en un generoso Koke, el Atleti puso una marcha más en su presión, apretó filas, adelantó el equipo, prescindió de la especulación, fue mucho más vertical (a veces en exceso y abusando de forma gratuita del pelotazo), consiguiendo así anular a los valencianistas, que también empezaron a notar el derroche físico de la primera parte. A base de fuerza y anticipación el Atleti comenzó a jugar en campo contrario y se hizo con el partido. Pero las pocas ocasiones llegaban sobre todo a balón parado porque el partido se puso muy físico. Tanta intensidad, unida a un campo mojado, provocó constantes choques, cargas, saltos y luchas denodadas por la pelota. Y ahí estaba el árbitro para estropearlo todo. En un momento en el que los colegiados se tornan claves para la continuidad del juego, el trencilla decidió acaparar titulares, romper el ritmo y la dinámica queriendo ser el más listo de la clase pero equivocándose siempre y perjudicando al Atlético de Madrid con sus originales decisiones. Especialmente sangrante fue sin embargo una mano clarísima dentro del área valencianista que, tal y como estaba el partido, hubiese supuesto la victoria. Pero no fue así. Mientras el Valencia tiraba de banquillo para variar sus recursos en el campo Simeone pedía el enésimo esfuerzo a los suyos sobre el campo, consciente de que no tiene más. 

Empate que deja todo como estaba y un puñado de sensaciones contradictorias. En el lado positivo la constancia de que el Atleti sigue siendo un equipo fuerte, físicamente muy potente al que es muy difícil ganar. En el negativo la evidencia de que empezamos a ser previsibles y de que puestas ya la carta sobre la mesa, Simeone es también consciente de las limitaciones de la plantilla. Soy optimista pero con poco que ganar y mucho que perder intuyo que se nos va a hacer muy largo el final de la liga.


El rostro de Simeone

Valencia 2 - At. Madrid 0

El Valencia acababa de marcar su segundo gol. Un contrataque con el Atleti volcado que acababa en la red. Era probablemente la segunda vez que tiraban a puerta. El realizador, supongo que aupado en esa corriente periodística tan elegante y tan de moda que se basa en buscarle las cosquillas al Atlético de Madrid para demostrarle que esta estorbando en la única y verdadera historia del fútbol español, la del Madrid-Barça, decidió mostrar la cara de Simeone. Buscaba carnaza, evidentemente. El argentino sin embargo mostraba en ese rostro rabia, contención, orgullo herido, impotencia, cabreo, enfado,... todo lo que en mi persona no podía quedarse dentro y salía por mis labios o mis dedos pero ni un solo gesto de reproche. Ni una palabra. Mientras uno discutía contra los energúmenos que poblaban el bar en el que vi el partido, energúmenos a los que el partido les interesaba tanto como la realidad del pueblo macedonio, no podía contener unos dedos que lanzabas tweets incendiarios a diestro y siniestro. Simeone no movía un músculo. No hacía falta. Tampoco perdió el decoro en la rueda de prensa tras las insidiosas preguntas de la calaña. No hizo falta. Tampoco se arrugó. Dijo lo que había que decir mientras todos sabíamos lo que pensaba. Era lo mismo que pensábamos nosotros. Ni siquiera perdió los papeles comentando la estupidez de ese irreverente siniestro que hace las veces de presidente del Valencia. Simeone nos volvió a dar una lección a todos. Esta vez en la derrota. El Cholo no aceptó hace días las caricias envenenadas de esa estirpe de gladiadores de la verdad, de su verdad, que por esa misma razón lo tachaba de áspero. Él sabia lo que hacía. Sabía que conceder un átomo a la cosa nostra que domina el fútbol patrio era pagar un precio demasiado alto, la dignidad. Y ahora están esperando. Ya lo estaban. Iban a estarlo de todas formas. Pero yo me agarro a esa expresión del Cholo. Sabía que teníamos clase en las victorias. Ahora sé que también la tenemos en la derrota. Vienen tiempos difíciles pero no estamos solos ni desvalidos. 

El Atleti sacó una alineación valiente pero algo extravagante al césped de Mestalla. La segunda línea ofensiva por detrás de Falcao (Adrián, Emre, Arda) contrastaba con la increíble ausencia del centrocampista más en forma de la plantilla: Mario Suárez. El experimento no salió bien. Tiago dejaba bien claro que no es el jugador que llegó hace un par de temporadas y le venía grande el centro del campo colchonero. Gabi, bastante flojo en las últimas fechas, amplificaba sus carencias ante la falta de apoyo y Emre directamente no jugó. La actuación del turco, para mí, fue lo más decepcionante de la noche. Con el centro del campo cogido con alfileres su misión fue puramente defensiva y a eso se aplicó el equipo con rigor y disciplina. El Valencia manejaba bien el balón y trataba de darle dinamismo pero no podía contra la roca colchonera. El Atleti intentaba salir de la cueva de vez en cuando pero se perdía en la transición. Solamente un renacido Adrián, lo mejor del Atleti, trataba de encarar al equipo rival con técnica y descaro. El partido estaba como tantas otras veces, correoso e igualado. Entonces ocurrió la jugada clave. 

Uno de los miles de balones parados lanzados por el Atleti a lo largo del partido llega a la frontal del área y un remate de tacón de Miranda es repelido milagrosamente por Diego Alves. En paralelo a esta jugada Falcao, que llevaba siendo agredido y agarrado por los defensas valencianos desde casi antes de que empezara el encuentro, es derribado en el área. Cuando el colombiano estaba en el suelo un sucio Soldado le clavaba los tacos en la frente. En directo me pareció fortuito. Con la primera repetición me entraron las dudas. Con la declaraciones del propio Soldado disculpándose con ese desdén zafio y macarra propio de la mafia rusa tuve claro que la jugada no había sido fortuita. Soldado, un tipo resentido que se hace desagradable por momentos. La jugada podía haber acabado de muchas maneras: gol del Atleti, penalti a favor, expulsión de Soldado,... pero no pasó nada. Minutos después, el mismo Soldado empalaba una volea que venía desde prácticamente ningún sitio, resolviendo con calidad y haciendo en 1-0. Golazo del 9 che, todo hay que decirlo. 

A partir de ahí asistimos a otro partido. El Atleti, que había especulado en exceso hasta ese momento, se desperezó y decidió apostar por el balón. El Valencia, que había sido mejor hasta entonces y que había jugado al fútbol medianamente bien, decidió apostar por el otro fútbol. Ese eufemismo que se utiliza para definir esa costumbre tan extendida de tratar de no jugar y que nadie juegue. Es una postura lícita, desde luego. Es una apuesta que salió bien, es evidente, pero yo lo he criticado demasiadas veces en mi equipo como para no hacerlo ahora con el rival. Repugnante. 

Poco más historia tiene el partido. El Atleti seguía muy espeso en el manejo del balón hasta que no realizó los cambios. Con Mario, Raúl García y Arda mas centrado, el Atleti empezó a jugar mucho mejor pero para entonces el partido estaba ya muy trabado. Era imposible dar dos pases sin recibir una patada rival y sobre el césped había más codazos que paredes. Más insultos que fútbol. El árbitro podía haber parado esa tendencia finalizando la primera parte cuando el equipo che decidió apostar por no jugar. No lo hizo y para cuando se hizo evidente ya era tarde. El Atleti se fue definitivamente arriba con todo y sin que realmente llegase ocasiones claras, seamos sinceros, el acoso era total. No hubo otro equipo en el campo durante la segunda parte pero cuando el equipo está tan volcado y no marca lo que suele ocurrir es lo que contaba al inicio de la crónica: un contrataque en ventaja y gol en contra. Partido finiquitado. 

Personalmente meto la derrota en el cajón de la anécdota. Podría haber ocurrido en San Sebastián o en cualquier otro sitio y aunque ha tenido que pasar en uno de los escenarios en los que menos me apetece, no debería ocurrir nada. Las hordas de la desestabilización, que ya campaban a sus anchas cuando estábamos en la cúspide, sacarán sus garras más afiladas para devolvernos a ese lugar que según ellos nos corresponde. Eso si me preocupa. Apretemos filas. Cuando sientan flaquear, acuérdense del rostro de Simeone.

¡Vamos chicos!

Valencia 0 - At. Madrid 1

Siento una gran lástima por la gente a la que no le gusta el fútbol. En realidad siento una gran lástima por esa gran cantidad de gente que no es capar de sentir pasión por nada, ni siquiera por el fútbol. No es cuestión de ponerse a teorizar, aquí y ahora, sobre la vida y sus circunstancias pero uno está plenamente convencido de que esa tibieza de la gente para con sus sentimientos está más relacionada con la pereza y el miedo que con cualquier otra cosa. Sentir pasión verdadera, desnudarte emocionalmente, agarrarte a una idea con ardor enfermizo tiene el riesgo de toparte con un muro de realidad o de falsedad o de decepción que hace mucho daño. Tanto como alta sea tu apuesta inicial. Este miedo a la decepción es lo que, para mí, hace que la gran mayoría de humanos prefieran tomarse la vida de otra manera. Lo respeto pero siento lástima por ellos. Asumiendo esto de la vida de una forma tan saludable evitará desde luego que pasen el día de nervios que yo he pasado antes de la semifinal o que pasaré dentro de dos semanas en la gran final de Bucarest pero a la vez me temo que evitarán del mismo modo sentir lo que es vivir. Sentir a flor de piel. Mascar, degustar y tragar la felicidad verdadera. Esa que no sabes de dónde viene. Esa que no se puede explicar ni repetir. Esa que es imposible comprar con dinero.

A las 7:00 de la mañana del 26 de Abril de 2012 (109 años después de que unos estudiantes vascos decidieran crear un club de fútbol en la capital que no tuviese nada que ver ni en forma ni en modos con un Madrid FC que ya adoctrinaba por entonces que sus genuinas artes) el que esto escribe mandaba a su cuenta de Twiter el siguiente mensaje: “¿Qué hago ahora yo hasta las 21:05?”. No era broma. No era gracioso. No era un intento de hacer un chiste ingenioso. Era la cruel realidad. Horas y horas de nervios contenidos. Horas y horas de vivir en un mundo el que tenía que hacer una cosa pero mi cabeza estaba en otro sitio. Horas y horas de no querer hablar de fútbol, ni ver noticias, ni dejar que cualquier cosa relacionada con la semifinal entrase en mi cabeza. No es una sensación agradable, pero es una sensación única. Es sobre todo el billete de entrada ese lugar escogido al que sólo acceden los que sienten la felicidad en su estado más puro e intangible.

A las 21:05, en la soledad del salón de mi alcoba (el resto de inquilinos decidieron no tentar a la suerte de esa alimaña que llevo dentro en momentos de nervios), adopté la posición oficial en el sillón de la suerte de mi casa (pies tocando el suelo, dedo pulgar izquierdo dentro de la mano derecha, etc…) y así me mantuve los 45 minutos que duró la primera parte. También los segundos. En los primeros compases las sensaciones eran buenas independientemente de la velocidad a la que mi corazón bombeaba la sangre. Alineación decente y jugando en campo contrario. Falsa percepción. Emery, ese personaje ridículo en el transcurso de un partido y que hace de la especulación en el fútbol un presunto arte, decidió ayer jugar al fútbol demostrando a sus aficionados (y a mí) que también sabe hacerlo. Aupado por el espíritu de la remontada y el ambiente de Mestalla pero también en una alienación valiente y arriesgada así como una disposición táctica brillante, el equipo valenciano se hizo dueño y señor del partido comiéndose a un Atlético serio y compacto pero aturdido. Los rojiblancos se echaron demasiado atrás, perdieron el balón (no sé con cuanto porcentaje de voluntariedad) y nuestra línea de peloteros (Adrián, Arda, Diego y Falcao) sufrió mucho haciendo lo que peor saben hacer: defender. Los levantinos elevaban la presión al máximo, abrían el campo con los laterales, equilibraban el medio centro dejando libertad de movimientos a sus jugadores de creación (especialmente Canales) para llegar con facilidad, velocidad y criterio a la frontal del área. El acoso era constante y la sensación de gol también. Nunca se sabe lo que hubiese podido pasar si el Valencia hubiera marcado en esos minutos de agobio pero no pintaba bien la cosa. Sin embargo estaba Godin (hoy si, soberbio), Miranda y sobre todo un Courtois que a modo de epifanía ha utilizado esta semifinal para eliminar el miedo que se le quedó incrustado en la piel durante el derbi.
La segunda parte fue otra cosa. Con Gabi sustituyendo a un Mario Suárez que nunca estuvo a la altura de las circunstancias el equipo siguió replegado pero más lejos de su área. El centro del campo empezó a no ser la autopista de la primera parte y encima llegó la desgraciada lesión de Canales. El cántabro fue hasta ese momento el mejor del partido y la clave táctica que revolucionó al Valencia pero ese giro de rodilla tiene una pinta penosa. Espero de corazón que no sea lo que todos creemos y pueda seguir jugando al fútbol como lo hace.
Con el equipo che algo desubicado tras la lesión y Mathieu buscando su sitio en el campo el Atleti sale de la cueva con el balón en los pies de Diego que mete un buen pase a lateral del área dónde aparece Adrian. Muy alejado del área y esquinado entiende rápido la falta de efectivos rojiblancos cercanos y decide empalar el balón para meterlo por la escuadra. El gol, independientemente de su significado, es una maravilla. Una obra de arte. Un gol que abre los ojos de esa estirpe de periodistas que únicamente sabe chapotear en el fango mediático del Madrid-Barça y que también caen rendidos ante la calidad superlativa del asturiano.
Fin del partido. Fin de la eliminatoria. ¡¡A la final!! Lo único reseñable tras el gol fue la absurda tangana que se formó en el área atlética tras una duda del árbitro respecto a un posible penalti que no fue y que impedirá a Tiago jugar la final por expulsión directa. Cuestionable la actitud del portugués que sin embargo creo que está siendo exagerada. Lo que realmente eché de menos no fue una lucidez de Tiago, complicada a todas luces en esas circunstancias, sino alguien con liderazgo en el campo capaz de coger a Tiago, llevárselo en seguida de la tangana y cortar el circo.
Y ahora la final. El único partido del campeonato en el que me da igual como se juegue. Yo en esto (también) soy de Luis Aragonés cuando dice que las finales no se juegan. Se ganan.
¡Vamos chicos!

The Boo Radleys – C’mon Kids