Muchas gracias a todos los que os habéis pasado por aquí durante todos estos años.

Puedes encontrarme en www.enniosotanaz.com o enniosotanaz@hotmail.com

¡Un abrazo!

Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

Cricket y Amateurs

A finales del siglo XIX Viena, la capital entonces del Imperio Austrohúngaro, era uno de los centros culturales del mundo. Allí convivía un crisol de nacionalidades distintas, allí pasaban muchas cosas y allí la minoría inglesa residente creó un club de Cricket en 1892. Ese confuso deporte, tan incomprensible en esa parte del mundo que no se vio afectada por la onda expansiva británica, no pareció tampoco cuajar entre una comunidad vienesa local que sí generó un interés creciente por otro de los deportes que venía desde las islas. Tal fue así, que el primitivo club necesitó ampliar su oferta y crear una sección formal de fútbol. Así nació, en 1894, el Viena Cricket & Football Club (VC&FC). Aunque el primer equipo de Austria es oficialmente el First (otro equipo Viena), el club de Cricket reclama para sí mismo ese cetro, alegando un error administrativo a la hora de dar de alta la institución que, según ellos, fue anterior a la de su rival capitalino por unos días. En la fundación del CV&FC participaría el inglés John Gramlick, personaje relevante de la época que dos años más tarde crearía la Challenge Cup, el primer antecedente de la Champions League, competición que enfrentaba a los equipos punteros del Imperio Austrohúngaro. Aquel equipo vestía de azul y negro y estaba compuesto exclusivamente por ingleses e irlandeses.
El interés por el nuevo deporte siguió imparable durante esos años entre los vieneses y en poco tiempo los miembros del club de Cricket se multiplicaron, lo que ocasionó la aparición de división de opiniones entre algunos socios y la administración que provocó la huida en bloque de varios de ellos. Una escisión que de inmediato acabaría formando un nuevo club de fútbol, que nace en 1911 y que se registraría originalmente con el nombre de Viena Cricketer. Dado que “Cricketers” era el nombre coloquial con el que ya se conocía al VC&FC, las protestas airadas de estos no se hicieron esperar y el recién nacido club se vio obligado a tener que cambiar su denominación oficial a los pocos días, optando por el de Viena Amateur SV. Aquellos atribulados meses coincidieron también con la creación del primer campeonato importante del país para el cual, tras arduas negociaciones, el nuevo Amateur SV consiguió una plaza. Este golpe de efecto provocó el desplazamiento masivo de muchos jugadores del VC&FC al nuevo equipo, hasta el punto de que los jugadores ex Cricketers serían clara mayoría en el debut del Amateur, al comienzo de la primera liga de Austria ese mismo año. Ya entonces el equipo apareció en el campo con la típica camiseta violeta que nunca más cambiará. El hecho de debutar con un equipo lleno de antiguos Cricketers hace que algunos historiadores sitúen la fecha de origen del Austria de Viena en 1894 (la del CV&VF) y no en 1911 como es oficial. No parece, sin embargo, adecuado hacerlo teniendo en cuenta que hasta 1936 el VC&VF siguió existiendo como club de fútbol independiente.
Aquella primera liga fue ganada por el Rapid de Viena, el que a partir de los años 60 será el rival histórico del Austria y equipo cuyo origen se sitúa en el mismo distrito vienés que el del Amateur (Hietzing), pero con un poso bien distinto. El Rapid surge entre los trabajadores del Ferrocarril, lo que con los años hará que su afición se identifique como el equipo de las clases trabajadoras. Por el contrario el Amateur será siempre visto como un club elitista asociado con las clases altas y la burguesía vienesa. Tan es así que cuenta la leyenda que en las propias actas fundacionales del Amateur, existía un requisito mínimo de inteligencia para ser miembro.
Haciendo honor a su origen británico el primer entrenador del equipo es un inglés, J. Hogan, que sienta unas bases en el juego que posteriormente elaboraría un nuevo entrenador, Hugo Meisl, el que también sería más tarde entrenador de la mejor selección austriaca de todos los tiempos y al que se le atribuye la creación de la formación MW que revolucionó el fútbol y que inició lo que se llamará años más tarde el “fútbol total”. El Amateur, ya desde su origen, tuvo muy marcado eso de que la forma de jugar en el campo era parte de la representación del club, algo que intentará llevar siempre como bandera. Hasta 1924 no consigue sin embargo ganar su primera liga. Aquel mismo año, precisamente, el campeonato nacional pasó a ser profesional (siendo el primer país que lo hacía dentro del continente) por lo que resultaba irónico seguir usando el nombre de Amateur. Por ello, en 1926 (año en el que vuelven a ganar la liga), la denominación oficial del club pasa a ser el actual FK Austria. Es también en esos años cuando aparece uno de los nombres míticos del club: Matthias Sindelar, el Mozart del Fútbol.
En 1927 se empieza a jugar la Copa Mitropa, una idea del propio Hugo Meisl que, deudora de la extinta Challenge Cup, trata de enfrentar a los equipos punteros de los países con ligas profesionales y que dominaban el fútbol europeo de entonces: Austria, Hungría y Checoslovaquia. Fue un trofeo de gran prestigio en su día y lo más parecido a la Copa de Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial, momento en el que la llegada de las competiciones europeas desprestigiaron el torneo hasta su desaparición en los años 90. El FK Austria levantó la Copa Mitropa en dos ocasiones: 1933 y 1936. Eran los gloriosos años 30 en los que el fútbol austríaco dominaba el panorama internacional de forma imparable… hasta que llegó la anexión del país por parte del Tercer Reich.
Aunque muchas de las instituciones austriacas no se vieron afectadas significativamente por la incorporación de Austria al régimen alemán, el FK no fue precisamente una de ellas. El mismo día de la anexión el entonces presidente y gran parte de la junta directiva tuvieron que abandonar el país hacía Suiza y Francia para evitar problema con los nazis. La alta proporción de judíos en la institución presagiaba también problemas como así ocurrió posteriormente cuando, ante la prohibición de enfrentarse o compartir vestuario con jugadores arios, tuvieron que abandonar el club. El propio estilo futbolístico alegre y vistoso, santo y seña del equipo, tampoco casaba con la idea espartana y directa que los alemanes impondrán desde su llegada. El propio nombre del equipo tuvo incluso que ser modificado en un principio por el de Ostmark, la denominación que el nuevo régimen otorgaba a la “provincia” austríaca, aunque pocos meses después pudieran recuperar la denominación anterior. Sin judíos y con parte de jugadores reclutados por el ejército, el FK Austria no realiza un buen papel en las ligas germanas que funcionaron en esos años (a diferencia del Rapid de Viena que consiguió ganar la liga alemana en 1941).
La selección austríaca sólo disputó dos partidos tras la anexión alemana y ambos fueron frente a la propia Alemania. Austria era por entonces el mejor equipo de Europa y su estrella era el mencionado M. Sinderlar,  jugador del FK Austria, de origen checo y sangre judía que además era simpatizante socialdemócrata. A pesar de la recomendación a los austriacos de no avasallar a sus “hermanos” alemanes durante el primer partido, Sindelar hizo caso omiso celebrando onerosamente el 1-0 justo enfrente del palco Nazi (ganaron 2-0). Después de aquellos dos partidos Austria no volvió a jugar y los futbolistas austriacos pasaron a ser seleccionables por Alemania. Pero Sindelar, casualmente, siempre parecía estar lesionado y nunca acudió a la llamada. En enero de 1939 el Mozart del fútbol y su novia italiana (probablemente judía) aparecieron muertos en su apartamento por inhalación de monóxido de carbono. No se sabe si fue un accidente, un asesinato o un suicidio.
El fútbol austriaco nunca volvió a ser lo mismo tras la guerra pero enseguida se recreó de nuevo la liga local, en un principio (hasta 1949) solamente con equipos de Viena y con un renacido FK Austria entre ellos. Es una buena década para el equipo que conquista varias copas y las ligas de 1949, 1950 y 1953. Desgraciadamente a partir de ese momento el fútbol emergente en otros países europeos va a tener un efecto letal en Austria y sus mejores jugadores se escapan del país. Este efecto es especialmente dañino en el FK Austria que sumido además en problemas internos no volverá a la elite hasta los años 60, gracias a la llegada de un exjugador, Joschi Walter, a la gerencia del club. Consciente de que el fútbol era ya entonces un negocio, reorganizó toda la institución en la línea de los nuevos tiempos. Fue por ejemplo el primero en tener patrocinador y buscó fallidamente la unión con el Admira, otro equipo de Viena, para crear una institución mucho más potente. Muy vinculado con la federación, fue también quien modificó la organización del fútbol austríaco en lo que dio origen de la actual Bundesliga. Todo ello ganando en el camino 7 ligas y 7 copas.
En 1977 la marca de tabaco Menphis se erige como principal patrocinador, cambiando la denominación del equipo a FK Austria Menphis. Con ese nombre en 1978 gana la liga y consigue que un club austríaco llegase por primera vez a una final europea. La final de la Recopa que perdió contra el Anderlecht. En ese equipo, que al año siguiente llegaría también a semifinales de la Copa de Europa, destacaba el mítico Prohaska. A partir de ahí el fútbol del país ha ido en declive a nivel europeo mientras internamente el FK Austria ha cabalgado de crisis en crisis. En 1999 el millonario Fran Stronach (fundador de Magma International) se hace con el club inyectando gran cantidad de dinero y modificando otra vez el nombre por el de FK Austria Menphis Magma pero no obtiene grandes resultados más allá de un doblete, liga y copa, en 2003 que no consigue acabar con la eterna inestabilidad del club. Dos años más tarde Stronach sale del equipo (aunque sigue vinculado algunos años más) y en 2008 el club consigue recuperar su denominación original.
En ese panorama inestable y confuso llegó el triunfo en la liga del año pasado que dio pie a poder disputar la fase previa de la Champions League y su sorpresiva clasificación para la fase de grupos posterior. El Austria es un equipo tan histórico o más que el Atlético de Madrid. Como vemos tiene un pasado incluso más apasionante y complejo así que razón de más para merecer todo el respeto del mundo.

Tripeiros y dragones

En el siglo XVII, durante una de las frecuentes guerras entre Inglaterra y Francia, la escasez de vino en las islas británicas obligó a que los ingleses recurrieran a uno de sus aliados históricos (los portugueses) como fuente de suministro. Los vinos del alto Duero comenzaron entonces a ser populares en la pérfida Albión y algunos comerciantes británicos acabarían comercializando el vino de la zona de Oporto en sus dominios. Es precisamente en esos años en los que se data el origen del conocido como Vinho do Porto, una variedad original de la zona que utiliza brandy durante la fermentación de la uva y que extiende el nombre de la ciudad portuguesa por todo el mundo. El vínculo entre el vino, Oporto e Inglaterra quedaba así forjado para muchos años. A finales del siglo XIX, un jovéncisimo comerciante de vino afincado en la ciudad pero muy vinculado con Inglaterra, decide crear un club en el que practicar ese fascinante deporte tan popular en el país vecino, el fútbol. El 28 de septiembre de 1893, coincidiendo con el aniversario de Carlos, I a la sazón rey de Portugal, y junto a un grupo de amigos de la alta sociedad portuense, António Nicolau d’Almeida , de 20 años de edad, fundaba el Foot-Ball Club do Porto.

Apenas quedan registros de las andaduras del original FC Porto más allá de un partido disputado frente al Club Lisbonense (club que despareció algunos años después) en lo que vino a llamarse la primera y única edición de la Taça de Carlos I. El joven d’Almeida contrajo matrimonio poco después y cuentan las crónicas que fue precisamente su esposa, que consideraba el fútbol como un deporte violento y sucio, la que le pidió al empresario que se separase del recién fundado club, petición a la que el recién casado accedió. De esta manera el club, sin al parecer llegar a desaparecer formalmente, entraba en un periodo de letargo por inactividad que podría haberse prolongado ad infinitum de no ser por la aparición de otro mítico ciudadano de Oporto.

José Monteiro da Costa, hijo de un poderoso y adinerado horticultor de la ciudad, pasó sus años de formación académica en Inglaterra. Tras su vuelta, fascinado también por el deporte del balompié, decidió igualmente crear un club en su ciudad natal al que denominaría Grupo do Destino. La cerrada sociedad elitista de la ciudad portuense hizo sin embargo que la figura de d’Almeida se cruzara con la del propio Monteiro da Costa y que ambos hablasen sobre ese viejo proyecto del FC Porto que estaba acumulando polvo en algún sitio. José Monteiro, convencido, decidió retomar la idea original de su amigo, extinguiendo el Grupo do Destino, refundando el FC Porto, trasladando el “nuevo” club a las instalaciones del desaparecido y alquilando a la Sociedad Horticultora de Oporto (vinculada con su padre) el campo da Rainha en las afueras de la ciudad, como terreno de juego. La ambiciosa idea de José Monteiro pasaba no obstante por trascender la representación local de la región para extenderse a cotas más altas. Sus propias palabras dejan claros los pilares en los que se sustentará la institución desde el principio: “Sus colores deben ser los de la bandera de la patria y no los de la bandera de la ciudad ya que tengo la esperanza de que el futuro club será grande y no se limitará a defender durante las pugnas deportivas contra los extranjeros el buen nombre de la ciudad, sino también el de Portugal.”  Por esa razón se eligen el blanco y azul como colores del club, al ser estos los mismos que aparecen en la bandera portuguesa de entonces, monárquica, anteriores al verde y rojo que adoptaría posteriormente la república.

El club crece de forma significativa y aquel primer campo se queda pequeño ya en 1912 por lo que deciden mudarse a uno mayor, el de la Constitución. Desde 1913, y mientras el club se expande a otras disciplinas deportivas en su vocación multidisciplinar, el equipo de fútbol juega desde el principio el campeonato de Oporto (competición que conseguirá ganar 30 veces). Es a partir de 1922 cuando empieza a disputarse el Campeonato de Portugal (origen de la hoy conocida como Taça de Portugal), que enfrentará a los ganadores de los campeonatos de Lisboa y Oporto. Aquella primera edición fue ganada por el equipo “tripeiro”, el FC Porto. Es ese mismo año cuando un jugador del club, Simplício, diseña el que sería el logo definitivo del club superponiendo el emblema anterior, un balón con las siglas FCP, con el escudo de de armas de la ciudad. El crecimiento del club sigue imparable y así en 1933 deciden iniciar un nuevo estadio que será conocido como Das Antas. Un año después comienza a disputarse, de forma experimental y en paralelo con los campeonatos regionales, la liga portuguesa que los portuenses también ganan en su primera edición. Las décadas de los 40 y 50 son buenas para un club que consigue inaugurar Das Antas, participar por primera vez en competiciones europeas (1956), ganar 4 ligas y otra copa más.  Pero a partir de 1960 el Oporto entra en un periodo de resultados mediocres que lo distancia de las potencias lisboetas y del que no despertará hasta finales de la década siguiente.

Para entender el resurgir del club hay que hablar irremediablemente de Jorge Nuno Pinto da Costa, actual y eterno presidente de la institución y verdadero artífice del FC Porto actual. Llegó en 1977 como director de la sección de fútbol, en la que ya entonces consiguió incorporar una estructura moderna y fuerte que enseguida les haría ganar la liga 19 años después, para en 1982 ser nombrado presidente del club. A partir de ese momento el Oporto recortará cada vez más espacio a Benfica y Sporting de Portugal, dominadores del fútbol luso hasta entonces, para hacerse después de dos décadas con el cetro de equipo más poderoso de Portugal. Tiene 27 ligas portuguesas (5 menos que Benfica) pero 20 de ellas fueron ganadas a partir 1985. También tiene desde 2003 un nuevo estadio, Do Dragao, que acompaña al progresivo crecimiento del club.

Pero apelando al espíritu primigenio de los fundadores, la huella del equipo en Europa también es significativa, concretándose sobre todo en dos fechas muy señaladas. La primera, grabada de forma especial en el imaginario de todo aficionado al Dragón, es el 27 de mayo de 1987 cuando en Viena, el Oporto derrota al Bayern de Munich en la final de la Copa de Europa. En aquel equipo, dirigido por Artur Jorge, destacaba un exquisito jugador argelino llamado Madjer (que aquel día marcó de tacón) y un hábil extremo zurdo criado en la cantera del Sporting de Portugal lisboeta que respondía al muy grato nombre entre los colchoneros de Paolo Jorge Dos Santos Futre. La segunda época de gloria europea para los tripeiros viene de la mano de Mourinho como entrenador, consiguiendo la UEFA en 2003 y su segunda Copa de Europa (ya Champions League) en 2004. De la mano de Vilas-Boas ganaría también poco después la Europa League en 2011, equipo en el que destacaba nuestro “querido” Falcao.

El Oporto se ha convertido en un equipo clásico en Europa y sería muy estúpido menospreciarlo. Potente y siempre competitivo. Un club que se caracteriza por saber comprar muy bien y vender mucho mejor, para montar siempre buenos equipos. Sin duda, a priori, el rival más complicado de la fase de grupos.

(Espero que si de nuevo, como ocurrió hace poco con el Zenit, la redacción de Mundo Deportivo entiende este artículo como "inspirador" para su periódico, tengan el detalle de citar a su autor. Muchas gracias)



Aquel señor tremendamente enfadado

Yo lo aprendí hace años, cuando el acné adolescente era una cosa del futuro y tras un derbi que perdimos en el Bernabéu. Fue entonces cuando un señor tremendamente cabreado, un atlético de pura raza, de esos que son capaces de traspasar la epidermis de la personalidad y afectar al carácter de uno cuando éste sigue abierto como una fontanela joven, me dijo que los derbis contra el Madrid eran la cúspide del colchonerismo y que ahí no se podía fallar. El Atleti es un equipo con dificultades y que perderá partidos pero está hecho para ganar títulos, me dijo. Es un club enorme forjado en la adversidad y llamado a llevar el nombre de nuestra ciudad por el mundo, me dijo también. Es un equipo orgulloso que debe estar siempre con la idea de ganar todo aquello que dispute pero ni por esas puede olvidar su esencia ni su razón de ser. El Atleti es mucho más que simplemente un equipo de fútbol. Precisamente por eso contra el Madrid es dónde no se puede flaquear, no se puede huir ni disfrazarse de otra cosa. Tenemos que ser nosotros. Es contra el Madrid dónde el Atleti debe encontrarse cada vez que esté perdido. Gane o pierda.

Yo no lo entendía pero traté de que me lo explicara. Aquel señor tremendamente cabreado me dijo que todo el mundo sabe que el Atleti fue fundado por unos estudiantes vascos en Madrid pero que poca gente recuerda que uno de los motivos para que aquello ocurriese se encontraba en los aficionados madrileños que viendo un año antes disputar un partido entre el Real Madrid de entonces y el Athletic de Bilbao, partido en el que los blancos ya portaban los estandartes de prepotencia, desdén, soberbia y mal perder que nunca les han abandonado, decidieron que ellos no querían ser aficionados de ese tal Real Madrid. Los aficionados del nuevo Athletic, el de Madrid, nacieron ya desde entonces con esa clara premisa de “así no” y por ello cada enfrentamiento con ellos no era un partido de fútbol de once contra once. Era otra cosa. Era una lucha entre dos formas de entender la vida. Entre dos formas de vivir. Entre dos formas de sentirse orgulloso.

Empezaba a entenderlo. Aquel señor no estaba tremendamente cabreado por haber perdido el partido ni por los “errores” del árbitro, siempre a favor de los blancos. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque los jugadores no habían entendido la misión que tenían en el campo. No habían entendido la camiseta que llevaban puesta ni lo que significaban esas rayas rojas y blancas. No habían entendido que los miles de personas que estaban pendientes de sus acciones no iban a ver un partido de fútbol, ni iban a ver un resultado “interesante”. No habían entendido que aquella gente estaba allí para mostrarle al mundo la opción de vida que habían elegido. Su concepto de orgullo. Su pasión enfermiza e irracional por una idea romántica. Su aparatosa afición a esa emoción extrema que de alguna forma tamizaba su devenir diario. Aquel señor estaba tremendamente cabreado porque en los ojos de los jugadores que llevaban la camiseta del Atlético de Madrid había visto miedo y resignación. Autocomplacencia y cobardía. Mediocridad y conformismo. Conceptos todos que entonces eran incompatibles con el escudo del oso y el madroño.

Cuando al día siguiente vi la que se armó entre los amigos colchoneros de mi padre, las palabras tan dañinas y certeras que salían de la prensa escrita hablando en nombre de mi equipo y su afición, el cabreo nuclear que había en las oficinas del club, los despidos y condenas que ocurrieron como consecuencia de aquel único partido y sobre todo la pitada monumental que escuché en el Calderón al domingo siguiente, el círculo se cerró en mi cabeza. Nunca nadie ha tenido que volverme a explicar lo que era un Derbi y por tanto lo que era el Atlético de Madrid. Años después yo podía ser la persona más feliz del mundo cuando ganábamos en el Bernabéu pero también era un Atlético altivo y orgulloso cuando sólo robando con argucias arbitrales eran capaces de ganarnos en el mismo sitio. También cuando perdiendo justa o injustamente el equipo había demostrado lo que es ser un equipo valiente, orgulloso, entregado y consciente de lo que estaba representando. Mis amigos madridistas no podían entender esa especie de orgullo elitista que teníamos los atléticos independientemente de victorias o derrotas (y en parte nos envidiaban por ello) pero es que la esencia del equipo de sus amores, desde el principio, marchaba por otros derroteros más ligados precisamente a lo que decía el marcador.

El sábado pasado me acorde de aquel señor tremendamente cabreado que lamentablemente hace años que ha fallecido. Me acordé de él cuando al acabar el partido escuchaba escusas peregrinas para justificar la derrota basadas en el árbitro y la mala suerte. Ingenuos. Igual que me hicieron a mí hace muchos años traté de explicar a los pequeños las razones de por qué tendríamos que estar tremendamente cabreados con nuestros jugadores, nuestro entrenador y sobre todo con nuestros dirigentes. Traté de utilizar las mismas armas y los mismos argumentos que fueron infalibles conmigo pero según lo estaba haciendo reparé en la inutilidad de mi empresa. Recordé entonces las palabras de mi entrenador durante la semana previa asumiendo la inferioridad, cargándose de escusas para una inevitable derrota y basando su estrategia en un sucedáneo malo del miedo más rastrero. Recordé también las palabras de los jugadores que tuvieron la “mala suerte” de hablar en nombre del equipo que les paga. Esas palabras labradas en marmoleo miedo. Miedo atroz y paralizante. Esas palabras pronunciadas desde el complejo de inferioridad del que se cree inferior. A pocos les pareció algo digno de ser penalizado. Recordé las palabras ausentes del máximo dirigente de esta nave, ese señor que utiliza el escudo del Atlético de Madrid como plato de sopa y como papel higiénico. Lo normal. Recordé también las aparatosas palabras del que dice ser presidente de la institución, esas construcciones verbales entre la comedia chusca y el insulto humillante que una y otra vez tratan de masturbar las enrojecidas zonas erógenas del espíritu atlético, obteniendo exactamente el efecto contrario. Lo normal también, desgraciadamente. Recordé las “ingeniosas” portadas de los periódicos, las “respetuosas” conclusiones de las tertulias y los vaticinios de los análisis más “objetivos”. Nadie parecía estar ofendido. Recordé los ladridos insultantes de subproductos del periodismo cabaretero como los de Chus Galán que con toda desfachatez e impunidad insultaba sin talento a una gran parte de los que pagan su nómina. Pensé con lástima en lo que los histriónicos notarios de la realidad dirían al día siguiente sin tener que pensar dos veces sus soflamas. Pensé en las importantes y certeras medidas ejemplares que se tomarían desde el club durante los siguientes días. Me imagine la calurosa ovación y afinados e ingeniosos cánticos que nuestra afición ofrecerá a nuestros esforzados jugadores, entrenador y dirigentes el próximo domingo. Entonces me di cuenta de que lo que estaba haciendo era absurdo. ¿A quién quería engañar? La cadena se rompió en aquel señor tremendamente cabreado y yo me quedé con ella. Él lo hizo bien. Yo no. Él pudo. Yo no.

El Derbi madrileño ha muerto y con él también se ha ido aquello que sujetaba al Atlético de Madrid. Lo que quiera que fuese.

Cuéntame... la verdad (Cuestión de Marca)

Hace unas semanas, en uno de los últimos capítulos emitidos del serial televisivo de calidad menguante en el que se ha convertido “Cuéntame”, ese personaje que expone su colchonerismo acérrimo de forma recurrente cada vez que tiene oportunidad (interpretado por Juan Echanove) puso de nuevo al Atleti en la narración. El hermano de Antonio Alcántara, que tenía entradas para un partido europeo del Atleti, rezumaba emoción y optimismo antes de acudir al Calderón pero tan solo dos horas después todo se transformaba, con precisión milimétrica, en amargura y tristeza. El Atleti había perdido y eso se enseñaba en la cara de un atribulado aficionado que expresaba no sólo tristeza sino sobre todo lo que en ese momento le hacía falta a la historia: sensación de resignación. Al llegar al hogar, su mujer, con aire de conocer la respuesta, le pregunta por el resultado del partido. “Hemos perdido…., cómo siempre” apostilla el menor de los Alcántara con aire taciturno. Jugando con los símbolos del imaginario colectivo, el guión describía así una familia incrustada en la más absoluta mediocridad que encaraba una suave pendiente hacia el fracaso. El guionista necesitaba un símbolo para reflejar la resignación en la insignificancia. Una alegoría que mostrase en una frase el amor irracional e infinito sobre lo que se sabe gris y vulgar. Un ejemplo de perdedor con ciertas dosis de romanticismo. El guionista eligió el Atlético de Madrid y el universo entero lo entendió a la primera, sin que a nadie pareciera molestarle y sin que nadie reparase demasiado en la anécdota o en la verdad con la que estaba construida.

Desconozco en que partido del Atleti está basado el episodio pero es más que probable que fuese cierta la derrota. Aquella temporada 79/80 no fue precisamente buena para el Atleti con un deshonroso puesto en liga y varios cambios de entrenador. Lo que es más difícil de tragar es el contexto, las caras, las sensaciones y la moralina de la escena. Esa edulcorada melaza cargada de intención. Esa patina de resignado perdedor que no se corresponde con un aficionado del Atlético de Madrid de 1979. ¿No me creen? Pónganse en contexto. El Atlético de Madrid de 1979 tenía ocho ligas en sus vitrinas. El todo poderoso FC Barcelona, que hoy da clases de historia y ética por medio mundo, tenía entonces la escalofriante cifra de… ¡¡nueve!! Solamente una liga más que los colchoneros, entonces y ahora, tercer equipo de España en ligas y trofeos totales. Dos años antes de aquel 1979 el Atleti obtenía su octavo campeonato nacional de liga. Tres años antes ganaba la copa del rey. Cuatro años antes ganaba la copa intercontinental y cinco años antes jugaba aquella fatídica final de la Copa de Europa contra el Bayern de Munich que la historia todavía nos debe. ¿Ustedes creen que ese es el bagaje de un resignado perdedor? ¿Ustedes creen que es creíble que con esas credenciales un aficionado al Atleti diga en 1979 que “ha perdido como siempre” y el respetable se crea su cara de desgraciado? Pues al parecer lo es. Lo colocan con estruendosa torpeza en un serial masivo, que además presume de rigor histórico, y el personal se lo traga sin rechistar. Nadie ha dicho ni mu. Es simplemente una cuestión de marca de club. Ese mantra que repite cada vez que tiene ocasión el auténtico ideólogo del Atleti moderno, el señor Miguel Angel Gil Marín.

En 1996 el Atleti de la era Gil y Gil alcanzó su cúspide deportiva con aquel memorable doblete. Poco después, el gran patriarca, ocupado ya por entonces a empresas de mayor calado, decidió dejar la dirección del club de sus “amores” a uno de sus hijos. Un tipo avinagrado y poco sociable al que no le gusta el fútbol, pero que presume de haber hecho algún cursillo de empresariado moderno. El equipo entra entonces en la época deportiva más oscura de su centenaria historia. Una época en la que mientras jugadores y entrenadores se suceden, la sección deportiva se diluye por el desagüe. Mientras el equipo es incapaz a partir de entonces de tan siquiera volver a alcanzar alguna vez la tercera posición en liga que presupuestariamente le corresponde, al nuevo mandamás se le llena constantemente la boca de términos pseudoempresariales que deslumbran al grueso de los complacientes periodistas. Se habla de ingresos atípicos, modernización empresarial, estructura profesional, eliminación de sentimientos en el organigrama, expansión hacia mercados emergentes…y de la consolidación del concepto de marca. De la marca Atlético de Madrid.

Y en esas llega el descenso, hecho que aprovecha el moderno empresario para explotar con criterio publicitario ese punto suicida de amor irracional a unos colores, que es algo que si ha tenido el aficionado colchonero desde siempre. Casi sin querer y de forma inexplicable (para algunos), el equipo se llena de abonados. El mundo entero viene a investigar el fenómeno inexplicable de que un equipo de segunda rompa el record de asistencia y llene el estadio cada domingo. Los Atléticos nos agarramos en los momentos más difíciles a nuestro sentimiento orgulloso como única tabla de salvación, convencidos de la temporalidad de lo excepcional. Pero el equipo vuelve a fracasar deportivamente tras la enésima planificación catastrófica de un equipo que ya para entonces tiene extirpados el cerebro y el corazón. Es entonces, con ese extraño caldo de cultivo de nuevos y viejos colchoneros en la grada repleta, con una prensa que se simplifica y vulgariza oliendo ya el dinero de las televisiones y que sólo pone los focos en la segunda división para iluminar excentricidades, con los venerables colchoneros que sujetaban los pilares de la institución en paradero desconocido, cuando MA Gil tiene la genial de idea de “pulir” la Marca Atlético de Madrid. Es entonces cuando nos convertimos en el equipo perdedor. Perdedor pero contento. Un equipo que no está obligado a tener éxitos deportivos porque su éxito no es ese. Está en otro sitio mucho más etéreo. No estamos en este mundo para ganar. Estamos solamente para ser del Atleti sin razón aparente. Su afición lo aguanta todo hasta el punto de reconocerse en el fracaso. En la derrota. Perder al parecer reafirma nuestro carácter. La leyenda del Pupas vuelve a escena extirpada de una final de Copa de Europa y plantada en un estéril desierto de mediocridad. ¿Papá por qué somos del Atleti? se pregunta entonces un niño inocente en una excelente campaña para el nuevo Marketing pero lamentable y tremendamente tóxica para la verdadera historia de este club.

La idea cuaja. En apenas una década se borra de un plumazo la tradicional esencia del equipo del Metropolitano (orgullosa, incómoda, imprevisible, honorable, inconformista, interesante…) por una caricatura sencilla y travestida (perdedor, gracioso, resignado, inquebrantable al desaliento, conformista, friki,…) que la sociedad absorbe por osmosis sin apenas dolor. Esta es la idea que triunfa social y comercialmente. En el año 2011 un guionista sin recursos dice Atlético de Madrid y todo el mundo entiende a lo qué se refiere. Si un personaje de telenovela es colchonero todo el mundo entiendo como es. Torrente tiene que ser indiscutiblemente del Atleti. Si un periodista radiofónico sin talento tiene que narrar un partido de los madrileños utilizará repetidas veces latiguillos por y para el Atleti que el ilustrado oyente entenderá a la perfección. Al final MA Gil tenía razón. Todo era una cuestión de Marca.

Leyendas colchoneras (1ª Parte)



La leyenda del empresario loco.

Durante años y años se ha venido repitiendo desde prensa y un amplio sector de la grada esa cantinela de que quien se juega su dinero tiene el derecho a perpetrar las aberraciones que precise. Sin ánimo de volver a sacar a colación ese tema tan “aburrido” para algunos (tan “aburrido” como indignante y lamentable) de la sentencia que demuestra que los actuales dueños del club lo son sin aportar un céntimo en su momento, centrémonos en temas más prosaicos y saquemos a pasear el sentido común. ¿Qué razones podrían mover a Cerezo o MA Gil para dejar su dinero de forma gratuita en una institución decadente y permanentemente en crisis que no gana dinero y que solamente lo pierde? ¿Publicidad? Me temo que Cerezo no la necesita para su negociado (al contrario) y MA Gil tiene la misma presencia mediática que el jefe de los ángeles de Charlie. ¿Proyección social? Es evidente que no. Obviando lógicamente el factor sentimental (sería imposible contener la risa) y suponiendo que Gil y Cerezo sean exclusivamente empresarios: ¿Es alguien capaz de nombrar un solo empresario en el mundo que mantiene durante décadas la propiedad de una empresa privada que sólo genera deuda? Evidentemente, por pura lógica, tiene que haber algo más. Está por descubrir una excusa creíble.

La leyenda de los objetivos cumplidos.

Otro de los latiguillos que sirven y han servido para justificar ciertas peripecias es eso de que “se han cumplido los objetivos”. Personajes como Pitarch o Javier Aguirre (entre otros) han sido renovados bajo esa cantinela haciendo campañas mediocres, dejando una imagen desastrosa o directamente fracasando estrepitosamente. Hablar de la negligencia de la labor de Pitarch es tan humillante que no creo que exista otro tema que despierte mayor unanimidad entre la afición colchonera. Pues bien, dicho personaje sigue en nómina porque ha cumplido los objetivos. ¿Qué objetivos? ¿Tienen alguna dignidad los objetivos marcados por nuestra cúpula? ¿Tiene sentido manejar el tercer presupuesto de la liga y marcar el objetivo en el cuarto puesto? ¿Tiene sentido marcar el “objetivo” de las competiciones del KO en “hacer un buen papel”? ¿Qué significa “hacer un buen papel” cuando cualquier papel se puede vender como bueno? ¿Se refieren a vender el “Abono Total” antes de saber los partidos que se van a jugar? ¿Quién debería poner los objetivos Cerezo o la afición? Durante años y años había una pancarta en el Calderón que rezaba “Este año si” recordando a los jugadores que lo que la afición quería era la liga. Ese era el objetivo. Todo el mundo era consciente de que lo normal estando los dos grandes bien, porque nadie es gilipollas, era no ganar la liga pero lo normal también era pelearla esperando el traspié. Lo normal era llegar a navidades pensando que si los de arriba perdían un par de partidos te colabas el primero. Ahora lo normal es llegar a navidades pensando que si los de inmediatamente arriba nuestro (porque los de arriba de verdad directamente juegan otra liga) pierden un par de partidos nos colamos los cuartos y seremos felices. Así es muy fácil cumplir los objetivos. Basta con ponerlos tan bajos como se necesite. Ahora el objetivo es lo que ayer era un mal menor. ¿Mañana que será?

La leyenda del Notable.

Desde el mismo día en el que vi la luz y conseguí darme cuenta de que Jesús Gil no era ese simpático ácrata antisistema que nadaba a contra corriente para beneficio de la familia atlética sino un avispado empresario mediocre a mitad de camino entre la Gran Corrupción institucional, en la que se mueven los presidentes galácticos, y un raterillo de tres al cuarto empecé a escuchar la leyenda de que existía un notable en torno al cual se estaba creando un potente grupo de oposición que estaba a punto de dar la campanada. Me temo que el tal notable vendrá el mismo día y a la vez que el fichaje de Rosiky. Ni está ni se le espera. Si existiese hubiese dado la cara en los miles de momentos que saturan la última década en los que hacía falta un rostro en el que creer. Si de verdad existiese todos lo que asiduamente se pasan por sitios como este lo conocerían… pero no se conoce a nadie. O lo que es peor, si se conoce me temo que no vale. Si el tal notable está esperando la ocasión propicia es mejor que desista porque la ocasión propicia ya apareció y él no estaba. Ya no me vale. Mientras a mí me dicen que “no merezco la pena como Atlético” (que no se me ocurre peor insulto) el tal notable está esperando la ocasión Dios sabe dónde. ¿Qué ocasión señor notable? Los notables que no se ven, no existen. Los notables que enarbolan la bandera cuando ya se ha ganado la guerra no son Notables, son aprovechados. Oportunistas. Listos.


La leyenda de que el Atleti siempre ha sido así.

Cada vez que la sección deportiva del Atlético de Madrid comete una jaimitada del tipo de tirar la Europa League o perder en casa contra el último aparece algún ilustrado, desde la prensa y/o desde la grada, que viene a recordarnos que la desgracia incomprensible es el santo y seña de este equipo, que siempre ha sido así, que somos el “pupas”. Haciendo gala de una cruel objetividad (que ya me gustaría ver a mí en otros temas) el susodicho nos recuerda que el Atleti sólo tenía un título europeo antes de la Europa League y que era muy raro verlo tradicionalmente disputando la liga antes y después del desembarco del Clan Gil & CIA. Bien, el tema tiene dos lecturas una fría en torno a los números y otra caliente en cuanto a los sentimientos. Lo de los números es sencillo, ahí están colgadas numerosas entradas que demuestran que la competitividad del Atleti, en todos los frentes, era mayor que durante la época Gil e infinitamente mayor que durante la era post-Gil. Yo me quedo sin embargo con el tema de las sensaciones que es más más atlético ya que lo que la gente como yo reclama no es la frialdad de los números sino el susceptible tema de la exigencia. De tener claras cuáles son las reglas del juego. Claro que el Atleti era eliminado contra el Groningen o la Politécnica de Timisoara pero cuando pasaba era una tragedia, se montaba la marimorena y había responsables. Esa es la diferencia. A Clemente se le echó de este equipo, por petición de una afición exigente, estando en lo alto de la clasificación, por la simple razón de jugar mal. No me lo han contado, lo vi yo. Ahora sin embargo se disfraza de normalidad lo que nunca ha sido normal. Ahora se pretende creer que no duele lo que no hace tanto dolía y mucho.

Kosovo Polje



El día de San Vito de 1389, en el campo de los Mirlos de la región de Kosovo, tuvo lugar la batalla de las batallas, aquella que enfrentó a las tropas de una incipiente nación serbia lideradas por el príncipe Lazar contra las tropas del creciente y poderoso ejército turco liderado por el sultán Murad I. El ejército turco, muy superior en miembros y poderío, arrasó las tropas serbias tras una cruel batalla que dio con la muerte del príncipe Lazar y que suponía el inicio del fin para la nación serbia ya que poco después era absorbida sin miramientos por el imperio otomano, donde permaneció doblegada durante siglos hasta el final de la primera guerra mundial. Sin embargo, en contra de toda lógica aparente, los serbios celebran el día de San Vito como fiesta nacional y consideran ese día y esa batalla precisamente como los cimientos de la nación serbia.

En este esperanzador inicio de campaña en el que salen colchoneros de debajo de las piedras, donde se acabaron las risitas condescendientes de los vecinos endiosados que bastante tienen con lo suyo (salvo algún iluminado disfrazado de sindicalista y con residencia habitual en Venus), donde nos sentimos orgullosos de ver nuestro escudo en sitios donde antes no aparecía y donde los atléticos nos levantamos por las mañanas henchidos de orgullo recordando nuestros recientes y maravillosos éxitos europeos me gustaría recordar, aunque sea brevemente a modo de humilde reflexión, lo que ocurrió en Barcelona en fechas no muy lejanas al día de San Vito, en las gradas del Camp Nou después de perder la Copa del Rey.

Desde que en 1996 levantáramos el título ligero que redondeaba nuestro mítico doblete, el Atlético de Madrid (y con él todo lo que este club representa) emprendió un descenso a los abismos que si en lo institucional no hacía más que seguir la tendencia que sus dirigentes habían marcado (la de chupar de una institución que habían “adquirido” muy barata) y en lo deportivo destrozaba sin miramientos la centenaria historia aterrizando en un secarral de mediocridad y vergüenza, en lo social la sufrida y eterna afición colchonera perdía las referencias, se moría en los recuerdos, se desangraba por heridas inesperadas después de agarrarse a los brazos de los que pretendían salvarnos y mutaba en multitud de versiones y sucedáneos que aparecían como imitaciones malas y baratas de lo que una vez fue. Pasada una década ya del nuevo siglo el Atlético de Madrid era una institución plana, confusa y tramposa dirigida por fríos especuladores mercenarios, sostenida por una sección deportiva triste, inconexa, sin cabeza, sin espíritu y sin discurso que era animada por una afición escondida, agotada, sin referencias, entre confundida y hastiada que estaba en permanente e inútil guerra civil, separada en miles de facciones de tamaño infinitesimal y que poco a poco se renovaba como oruga transgénica en una mariposa mediocre y vulgar.

El príncipe Lazar consiguió aglutinar a todos los nobles serbios bajo una misma causa igual que la esperada Europa League de Hamburgo conseguía después de muchos años juntar a todos los atléticos (si no físicamente al menos en espíritu) en el mismo sitio, gritando lo mismo y aunque parezca irónico por la misma causa: un atleti campeón. En los alrededores del precioso HSH Nordbank Arena mientras servidor daba vueltas buscando a mis compañeros de viaje al acabar el partido o tomando cervezas después, en la húmeda noche de Hamburgo, lo único que vi fueron atléticos felices. Era incapaz de saber con precisión entonces si estos atléticos estaban de acuerdo o no conmigo en la forma en la que yo veo esta bendita institución. Aquel título rompía la maldición y el hechizo maligno que teníamos como una nube negra encima de la cabeza y de repente nos vimos aliviados frente a una realidad que estaba ahí pero que éramos incapaces de ver o sentir. Nos miramos un poco más arriba del ombligo y resulta que estaba el escudo del oso y el madroño.

La final de Copa era nuestra batalla de Kosovo. Allí fuimos los atléticos juntos por fin a hacer historia, unidos bajo una misma voz (independientemente de peculiaridades) en una riada espectacular e inolvidable. Las horas previas al partido fueron de una intensidad y emoción que muchas atléticos nunca habían vivido y otros ya no recordaban. Volvíamos a ser la familia atlética y volvíamos a ser esa afición divertida, noble, peculiar, genuina, legendaria y envidiada, incapaz de ser comprendida por otros aficionados de espíritu mercenario y de dudoso concepto de generosidad. Esa afición capaz de levantar equipos, aplaudir rivales, cerrar bocas y hacer llorar a jugadores y entrenadores. Esa afición…, la afición del Atleti.

Pero se perdió la batalla.

Para intentar entender el mito serbio, ese que adora al mártir del príncipe Lazar y la batalla de Kosovo, hay que irse a la épica medieval serbia que dice que el príncipe decidió entonces trascender a la historia ganando el reino celestial por encima del reino terrestre. La actitud y honorables acciones del príncipe y su ejército aquel día fueron acordes a los criterios celestiales de valores, justicia o verdad y así quedaron marcadas para la posteridad. Independientemente de victorias o derrotas, se decidió construir una nación sobre esos pilares.

40 minutos después de ser derrotados en el campo la afición colchonera seguía gritando orgullosa, animando a su equipo y tapando con cánticos y sin insultos la alegría del equipo rival, incapaces de entender que la victoria o la derrota pueden ser alegres o tristes, puntuales o constantes pero ser del Atlético de Madrid no resiste especulación. El rival no lo entendía y la prensa, admirada ante lo que veían, tampoco. Nosotros sí. Elegimos los valores del reino celestial. El Atlético de Madrid está por encima de victorias y derrotas. Los aficionados aplaudían a un equipo que había dejado la vida, que había sido valiente, que había querido ganar y que no había especulado con la historia o el escudo. Esos son nuestros valores, nuestra justicia y nuestra verdad. Ya no valen excusas. Ya no valen otros discursos engañosos y mentirosos. Con copas y sin copas. Esos son nuestros pilares y sobre eso hay que construir.

Que nadie se olvide nunca. Somos el Atlético de Madrid.

The Platters

En 1953 cinco muchachos de color de los suburbios de Los Angeles formaron un grupo de Doo wop y R&B que vino a sumarse a la extensa lista de formaciones de estilo y aspecto muy similares que ya existían por aquel entonces en los Estados Unidos. Se hicieron llamar The Platters. Aquella banda realizó algunas grabaciones respetando el código estilístico de la época para artistas negros pero desgraciadamente pasaron sin pena ni gloria por las listas de éxitos, perdiéndose su trabajo entre los miles de grupos parecidos que había alrededor. Un par de años después apareció en la órbita de la banda el nombre de Buck Rum, productor, manager y compositor de canciones que tuvo la feliz idea de acercar la música negra a los parámetros de la música blanca para transformar aquel puñado de cantantes sin nombre en el grupo de mayor éxito de la época y crear con ello la primera formación de cantantes negros que conseguía colarse en las lista de éxitos de música Pop, mucho más suculentas económicamente pero reservadas fundamentalmente a espectadores de piel blanca. Aquella fue la fórmula perfecta: las canciones y el talento de Buck Rum, la personalísima voz principal de Tony Williams y el abrazo de la voz cálida de Zola Taylor, fórmula que les hizo dar cientos de galas, vender millones de discos por todo el mundo o que generaciones venideras tengan metido en el subconsciente canciones como “Only You”. Pero la fórmula funcionó hasta 1960, momento en el que los pilares del grupo se separaron de forma abrupta. Tony Williams decidió crear entonces su propio grupo conservando el mismo nombre de antes, idea que también tuvo Zola Taylor y exactamente la misma idea que también tuvo Buck Rum. De hecho Paul Robi (otro de los miembros) o Herb Reed (el único miembro original con vida) y otros muchos relacionados de alguna forma decidieron también hacer lo mismo creando cada uno su propia versión de The Platters, todas ellas con el mismo nombre y por tanto peleándose durante años en una cruenta batalla legal por obtener el derecho único a usarlo. Se estima que el número de diferentes versiones de grupos con el mismo nombre que existen o han existido hasta la fecha es de 165, todas ellas con alguna razón más o menos peregrina para reivindicar el uso genuino del nombre original. Por esa razón se entiende que resulte bastante sencillo el que hoy en día cualquiera pueda acudir a un concierto de un puñado de cantantes que aparecen legalmente con el nombre de The Platters sobre un escenario y que cantan las mismas canciones. Otra cosa es que lo que se vea en ese concierto tenga algo que ver con la realidad.

De una forma similar lo que hoy se presenta en los estadios de fútbol, nacionales e internacionales, con el nombre de Club Atlético de Madrid es algo así como una de estas versiones descafeinadas de los Platters que pululan por el mundo. Un puñado de señores de talento más que dudoso que utilizan una marca y un nombre de forma legal por motivos puramente económicos pero que tiene muy poco que ver con lo que ese nombre representa o por lo que se hizo famoso. De hecho, en el caso del equipo de fútbol, es difícil encontrar a ningún miembro no ya de la formación original sino que tenga algo que ver con la gloria, el espíritu, la personalidad, el orgullo y el honor que una vez tuvo el Atlético de Madrid. El engrudo de pseudodirigentes, pseudoaccionistas, cutregestores, mercenarios y mamporreros varios que hoy se presentan vestido con el traje colchonero o con la insignia rojiblanca en la solapa es, en el mejor de los casos, un puñado de vividores, supervivientes y caraduras que se aprovechan del nombre y el prestigio de Atlético de Madrid, mientras este dure, dilapidando su legado en fiestas particulares y trapicheos varios, desmantelando los objetos de valor con nocturnidad y alevosía del modo más anárquico y rupestre posible para luego malvenderlos en el mercado negro por mucho menos valor del que tienen y por muchísimo menos valor del que una vez tuvieron.

En este patético camino hacia la desaparición los aficionados (una parte fundamental de lo que una vez fue el Atlético de Madrid), imitando a los miembros menos mediáticos de los platters originales, hemos decidido crear también cada uno nuestra propia versión del Atlético de Madrid y publicitarla en blogs, asociaciones proscritas, webs de contenido recurrente, dejando de ir al campo, dejando de ver los partidos o iniciando la carrera de abogado para cargarse a los presuntos delincuentes que están quemando la marca y la idea, como fin que más que justificar los medios los olvida de forma tan violenta que hasta se olvida a veces el propio fin. Por resumirlo de forma más sencilla, lo que durante décadas fue la poderosa, sólida y orgullosa afición colchonera hoy ya no existe y lo poco que queda de ella se encuentra atomizada y dispersa en pequeños oasis que se desangran separados por un inmenso y aparatoso desierto que cada día es más grande.

Las 165 versiones de Platters que hay por el mundo seguirán coexistiendo mientras exista un público poco exigente, de criterio musical confuso o simplemente un puñado de gente que busca otra cosa distinta a disfrutar de un espectáculo de calidad y genuino y que se conforman con cualquier cosa que se parezca a una interpretación de “Only You” por muy desafinada o sacrílega que esta sea. De la misma forma, y con el mismo nivel de cutrez y caspa, el Pesudoatlético de Madrid seguirá existiendo mientras exista un público confundió, complaciente y poco exigente que únicamente busca un entretenimientos desapasionado y carente de altibajos, que no exija dedicación ni disgustos del corazón y que tenga sólo un cierto parecido marginal con el fútbol y los colores del equipo que por tradición y casi sin querer les corresponde. Las 165 versiones de los Platters saben que ni son ni serán nunca los Platter igual que los energúmenos que parasitan a la sombra del escudo colchonero saben que ni son si serán en Atlético de Madrid pero el público sigue comiéndose cualquier cosa en cualquier caso.

La realidad sin embargo es que cualquier aficionado a la música sabe que los Platters murieron en 1960.

Ladrones de cuerpos

A mediados y finales de los años 80, siendo yo entonces un impresionable niño con todo por descubrir, ya era socio del Atlético de Madrid. Recuerdo aquellos partidos con cariño y nostalgia pero los recuerdo también como tremendamente fríos no solo por el gélido relente que emerge desde el río hacia las gradas sino porque entonces era muy difícil ver un estadio Vicente Calderón totalmente lleno como ahora lo vemos cada domingo. Lo normal entonces era encontrarse una fría (aunque bulliciosa) media entrada “larga” que dejaba ver bastante el por entonces gris cemento que decoraba las gradas de coliseo colchonero. Durante esos años, dependiendo de la edad y del momento, veía los partidos en compañía de mi hermano, mi padre, un amigo de este con su hijo, mi tío, tres de mis primos, algunos amigos míos…, todos ellos y otros más han estado a mi lado sufriendo y disfrutando del Atlético de Madrid durante muchos años pero a día de hoy, mucho tiempo después de aquello, los únicos que seguimos siendo socios del atleti y vamos regularmente al estadio somos mi hermano y yo. El resto de la tribu, asqueados por las circunstancias, ha perdido interés por el fútbol en mayor o menor grado atravesando en algún caso una clarificadora epopeya que les ha llevado a renegar de este deporte como ex fumadores radicales. La mayoría no obstante mantiene un perfil bajo de aficionado y sigue las vicisitudes del “glorioso” alejados del vergonzoso sucedáneo que ha usurpado el nombre del club y que publicita con interesada desvergüenza la red mafiosa que también ha secuestrado el periodismo deportivo de este país. Sin embargo, paradójicamente hoy es una “alegría para los sentidos” acudir a un estadio Vicente Calderón donde el cemento está tapado por sillas de colores (generalmente muy sucias) y que ahora suele estar lleno domingo tras domingo de eufóricos atléticos enfundados en colores rojiblancos y casacas del Liverpool. No me salen las cuentas. Mientras mi familia atlética cercana decrece en un proceso degenerativo imparable la familia atlética oficial crece de forma inversa y aparentemente goza de buena salud.

En 1956 un director de cine de serie B llamado Don Siegel dirigió “La invasión de los ladrones de cuerpos” basándose en una novela de ciencia ficción publicada pocos años antes creando así una afamada película de culto que ha sufrido varias secuelas a lo largo de los años (memorable la de 1977), que ha inspirado docenas de obras posteriores basadas en un hilo argumental muy parecido y que a mí me vale para teorizar al respecto del tamaño y forma de la familia atlética y de lo que está pasando en este club centenario.

Santa Mira es en la película un pueblecito recóndito del oeste americano donde en un relativamente corto periodo de tiempo se produce un fenómeno extraño que puede pasar desapercibido para cualquier observador imparcial pero no para el protagonista de nuestra historia que vive y siente allí. Los ciudadanos del pueblo aparentemente son los mismos en aspecto, forma y recuerdos que siempre pero ahora aparecen como fríos, deshumanizados y carentes de cualquier tipo de emoción. Todos hacen lo mismo todos hablan igual, todos piensan igual y todos actúan igual. El pueblo de repente es una aparente máquina “perfecta” donde no existen problemas ni desaires funcionando como una engrasada cadena de montaje. El protagonista y su novia viven una asfixiante experiencia entre la incredulidad de lo que creen ver y la paranoia de no saber si es cierto hasta que obtienen la certeza de que un complot extraño (extra terrestre) está sustituyendo las personas del pueblo por replicas exactas en apariencia y forma pero que en el fondo son criaturas que nada tienen que ver y que actúan robóticamente obedeciendo a una empresa superior que tiene como objetivo eliminar a los terrestres y quedarse con la tierra para beneficio propio.

Desde la fraudulenta llegada de Jesús Gil al poder del Atlético de Madrid la campaña de desarraigo en el club ha sido una constante. Comenzó con la violenta expulsión de la guardia pretoriana de entonces (los Arteche, Landaburu,…), el desalojo y ninguneo de las viejas glorias de siempre que no actuaban como robots programados por el gilismo (el Atleti debe ser el único club del mundo que vive sistemáticamente de espaldas a su glorias vivas) y está culminando con la torpe y chapuzera labor de ese hijo de la familia que heredó el legado atlético (¿demasiado torpe para los negocios de verdad?) que sigue desnaturalizando definitivamente el club y entregándoselo a manos tan ajenas como negligentes y carentes de talento (Pitarch es un gran ejemplo que eclipsa todos los demás). Las razones que los Ladrones de Cuerpos dan en la película son la construcción de un mundo “más avanzado” y sin problemas originados por “sentimentalismos” que coinciden con las razones de nuestros “ladrones” particulares que sin ir más lejos hace un par de años remitían a la “profesionalización” del club para justificar su violento desmantelamiento. En ambos casos la verdadera razón parece obedecer exclusivamente a intereses personales.

Una vez “saneadas” las oficinas de elementos pensantes y sensibles la labor de lavado de cerebro tiene más ramificaciones ya que el verdadero objetivo tiene que ser la afición, los erráticos humanos que habitan esta Santa Mira rojiblanca, que al fin y al cabo son los que pagan. El objetivo se consigue poco a poco “matando” a los hostiles y abrazando con ardor a los nuevos replicantes nacidos de las vainas de la publicidad engañosa que vende un sucedáneo acaramelado de la realidad, seductor y tremendamente digerible. Una elegía a la derrota, al fracaso y a la mediocridad que es disfrazada elegantemente con aparente espíritu genuino de atrezzo. En definitiva una réplica tosca pero fácil de tragar que interpreta de forma errónea pero efectiva la verdadera personalidad del Atlético de Madrid. Poco a poco el mensaje va calando y se va consiguiendo el requerido lavado de cerebro gracias al concurso inestimable de los medios de comunicación, protagonistas principales de la historia, a los que el universo Gil inteligentemente incluye dentro de la patraña como “amigos”. De esta manera se va creando una pasta homogénea y uniforme que sin perder el color original ni el caché ganado durante cien años de esfuerzo aparece ahora amable, barata, obediente, sumisa y folclórica.

Una de las escenas más escalofriantes de la primera secuela de la película es cuando a los niños de un colegio se les pide hacer un dibujo cualquiera y todos hacen exactamente el mismo. Todos reaccionan igual porque todos tienen los mismos mecanismos de razonamiento. Aquellos que como yo tengan la particularidad de convivir con aficionados colchoneros que viven al margen de este reducto de Asterix y Obelix que supone internet y páginas como esta (supongo que la inmensa mayoría) podrán observar con mucha facilidad como la afición habla siempre de lo mismo, con los mismos argumentos y como estos coinciden a su vez con lo que indisolublemente todos los medios de comunicación se encargan de transmitir como si se tratase de propaganda soviética. Una semana toca hablar de que se marcha el Kun, otra semana toca hablar de Torres, otra semana es Aguirre,.. una semana la culpa es de la defensa y otra de la afición. Todos dibujan exactamente el mismo dibujo sin fisuras en un verdadero escenario sin emoción ni crítica donde nadie se cuestiona nada que no se puede cuestionar. De esa forma todo el mundo entiende que la cuarta plaza es un “éxito”, jugar la intertoto es jugar la UEFA, fichar a dos tipos que nadie quiere y que están jugando la liga rusa son fichajes “galácticos”, aprobar en la repesca es “cumplir objetivos”, decir “de que” es gracioso y marcharse del Atlético de Madrid es “mejorar”.

Pero el mundo sigue girando. El estadio está lleno, las camisetas se venden y los protagonistas parecen ser los mismos de antes sin serlo. El nuevo animal es una copia exacta del antiguo pero sin sentimientos ni emociones donde todos juegan el papel que el ente extra terrestre tiene asignado y en ese escenario las cabezas que pagan la comida y acuden al estadio sólo pueden aplaudir, sonreír y trabajar pasivamente para la causa. Las cabezas originales no están o si están han sido sustituidas por replicas exactas que piensa y actúan como todos. Un menguante grupo de irreductibles (antiguos y nuevos, ojo) parecen apercibirse de la realidad y primero tratan de alentar a la prensa oficial para que lo denuncie pero renuncian a ello cuando toman constancia de que son parte de la trama. Incansables forman pequeños grupúsculos de resistencia a través de la red de redes pero no se consigue la difusión deseada y si la constante amenaza del ostracismo o la estigmatización por parte del sistema. En la película los dos supervivientes se escapan del pueblo e intentan alertar a los conductores de otras ciudades desde la carretera pero también son tomados por locos.

La película tiene dos finales según la revisión que veamos: uno feliz y otro triste. En la original un tercero (el ejército) acaba entrando en liza aniquilando a los extraterrestres y salvando el pueblo. En la secuela los dos supervivientes se encuentran al cabo de los años y uno de ellos se da cuenta de que el otro ha sido también abducido con lo que descubre que realmente es el único que queda. ¿Cuál será realmente el final de nuestra película particular?

¿Qué pasa si soy del WEST HAM?

Fernando Torres dijo una vez que ganar un título con el Atlético de Madrid le proporcionaba más alegría que ganar veinte en otro sitio y aunque la frase la dijo unos meses antes de convertirse en un “gran profesional” y aunque reconozca que recordada ahora aquello me provoca un sentimiento muy raro entre la pena, la admiración y el odio, lo cierto es que yo, que ni soy ni seré tan buen profesional del fútbol, entendí perfectamente lo que quiso decir. Ningún periodista o aficionado a otro club lo entendían y lo hacían además escudándose en la masa y en datos “reales” que generaban esas frases de portada del tipo “marcharse para triunfar”, “marcharse para ganar títulos” o la que más me dolía “marcharse para crecer como futbolista”. Yo sin embargo entendí siempre la frase (y entendería que se hubiese quedado) pero nunca entendí a los periodistas que lo criticaban y me temo que a muchos otros atléticos les pasó lo mismo. Seguramente no entienda este deporte, ni el fútbol moderno, ni el mercado, ni cómo funciona un club deportivo o como se ilusiona a tanta gente pero soy colchonero, de eso estoy seguro. Quizás es que no me interese lo más mínimo todo lo anterior y yo busque otra cosa o puede que incluso lo que realmente me interese de todo este circo sea nada más que el aspecto sociológico del mismo pero digo yo, ¿de verdad la afición a un equipo se basa exclusivamente en los éxitos deportivos contables y el dinero? ¿Qué pinta en este mundo entonces los aficionados de equipos que nunca han ganado nada ni probablemente nunca jamás lo hagan? ¿Sobran? ¿Son gilipollas? ¿Son menos inteligentes?

Un amigo mío me dice que a él no le gusta el fútbol que lo que le gusta es el Atlético de Madrid y yo no ando muy lejos de ese sentimiento. He pensado muchas veces que es lo que me hace ser tan seguidor de algo realmente tan etéreo y creo que mis razones hay que buscarlas fundamentalmente en la sensación de ser diferente y en sentirse cómodo con esa diferencia más que en otra cosa. No más ni menos que nadie sino diferente. Mi forofismo atlético nació conmigo pero se consolidó a finales de los 80 y en la década de los 90 que no es precisamente la década más gloriosa del glorioso. Sin embargo no recuerdo esos años con el sentimiento que tengo ahora mismo sino como algo mucho más placentero. Me gustaba además esa sensación de sentirme miembro de algo difícil de entender a lo que no se accede de una forma tan fácil como pagando la entrada de ingreso. En mi clase de EGB se podía dudar de si Jaime o Pedro eran de verdad aficionados al Real Madrid o no pero los del atleti estaban claros. No había ninguna duda. ¿Quién se declara en este país públicamente y con mucho orgullo seguidor de un equipo que normalmente no gana? Puede pasar que lo haga en la tele algún famosete bohemio que quiere parecer más Cool (durante un tiempo todos eran del atleti) pero de esos no había muchos por entonces en mi colegio del Puente de Vallecas. En todos los colectivos por los que he pasado en mi vida: colegio, instituto, universidad, amigos, familia, trabajo, vecinos,… siempre he tenido claro quién era del atleti y quien no hasta el punto de depurar un instinto supra natural que me hace descubrir en menos de 30 segundos de charla quien y quien no es colchonero. No sé qué es lo que tenemos en común pero hay algo que nos distingue y es algo que no veo en otros equipos que me rodean.

Pero si es algo que veo en el fútbol inglés. Me declaro un admirador de esa liga aunque más que de su fútbol o de sus equipos fundamentalmente de sus seguidores y de cómo se vive el fútbol por esas latitudes. Me dan envidia. Las veces que he estado en ese contradictorio país siempre me he topado con gente que era aficionada (y muy orgullosa de serlo) al equipo de su barrio, de su ciudad, de su familia o simplemente con el que se sentía identificado. Esa era al menos mi sensación. Tengo un amigo inglés al que la primera vez que vi le pregunte sobre quien quería que ganase la liga. “El West Ham” me contestó sin tener en cuenta el “irrelevante” dato de que el West Ham no la ha ganado nunca y que ni siquiera jugaba la premier league por aquel entonces. No es que estuviese de broma o que fuera realmente aficionado al Liverpool y después del West Ham es que “la liga” para él era la que jugaba su equipo y le daba absolutamente igual lo que ocurriese en otra competición donde su equipo no estaba, que por cierto es exactamente la misma sensación que yo tenía durante los dos años que el Atleti estuvo en segunda. He intentando teorizar muchas veces sobre las razones de algo así pero no llego a ninguna conclusión “lógica” que puedan entender los periodistas, probablemente porque las razones no sé si son lógicas o no pero desde luego no se pueden medir.

Si atendemos a los números del CIS del año 2007 el porcentaje de españoles que se declaran aficionados del Real Madrid (equipo con más aficionados según la encuesta) es del 32,7% mientras que de aficionados al Barça es del 25,7%. Es decir, según la encuesta más del 60% de la población se declara seguidora de Madrid o Barça (el resto de equipos incluido el atleti estaban por debajo siempre del 5%). La encuesta se completaba con un dato mucho más aterrador y es que sólo 7 equipos (Madrid, Barça, Ath. Bilbao, Valencia, At. Madrid, Sevilla y Betis) tenían un número significativo de aficionados que se declaraban aficionados exclusivamente de su equipo. Es decir de cada 10 españoles sólo cuatro son aficionados de alguno de los 40 equipos de primera y segunda división que no son Madrid o Barça y de esos cuatro alguno encima puede que sea también seguidor de “los dos grandes”. Un dato aterrador que probablemente explica muchas cosas.

Decía Mark Twain que existen tres tipos de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas y no seré yo quien lo contradiga pero a veces las estadísticas sin son capaces de mostrar ciertas realidades y de explicar ciertos fenómenos. Comparemos estos números con una encuesta similar en Inglaterra hecha el mismo año por Roy Morgan Int. que dice que el equipo con mayor porcentaje de seguidores es el Manchester United con un “brutal” 6,9% seguido por el Liverpool con un 5,1%. Mientras los números absolutos pueden no decir nada los números relativos entre ambos países creo que son bastante contundentes. Los ingleses no son aficionados del que gana sino que eligen por otros criterios menos tangibles y por eso están repartidos. A todo el mundo le gusta ganar pero parece que los ingleses no son aficionados a sus equipos por los títulos que consiguen exclusivamente sino por la alegría que les hace sentir y la alegría gracias a Dios es un concepto que no se puede medir, ni pesar, ni ponderar, ni compara, ni explicar, ni en muchos casos definir. En contra de toda “lógica” los estadios ingleses suelen además estar llenos.

En el Atleti actual hace tiempo que se miden los objetivos y la alegría. Quedar cuartos amortiza el presupuesto del año, arregla el del siguiente y por eso tenemos que estar contentos (y muchos lo están y no me entienden cuando pido otra cosa). La diferencia económica entre pasar la fase de grupos en la Champions y llegar a la final no es significativa por lo que el objetivo debe ser fundamentalmente pasar la fase de grupos. Últimamente los aficionados hablamos poco de fútbol y mucho de rentabilidad, amortización, gestión, dirección, objetivos, caro, barato y demás conceptos que me aterran. Yo pensaba que los aficionados al Atlético de Madrid entendíamos mejor que nadie eso de que quedar cuartos puede ser una tremenda alegría o una tremenda desgracia según las circunstancias en que se de porque precisamente es en esas circunstancias es donde se entiende la afición al Atlético de Madrid. Si fuese de otra forma deberíamos ser todos aficionados al Madrid o al Barça. Es decir, no es cuestión de ser primeros o cuartos, de ser aficionado si ganamos un título cada 5 años o renegar si no se consigue. Ni siquiera es cuestión de ser lógico. Creo que es cuestión de ser el Atlético de Madrid o no serlo.

Viendo las estadísticas, las reflexiones de muchos atléticos, las camisetas del Liverpool en el Calderón, los números de Share, los objetivos, las realidades o los glorificadores medios de comunicación no descarto que llegue un día en el que en la liga sólo existan sparrings impersonales con aficionados impersonales cuya existencia se basa en la supervivencia contable y que juegan contra los únicos que sólo pueden “generar alegría”: Madrid o Barça. En ese momento habrá que buscar el Atleti donde quiera que esté. A lo mejor hay que irse al este de Londres.

Is this Anfield?

Hay un cartel en la entrada del museo del Liverpool FC que reza algo así como: “las victorias pasan, la gloria permanece”. Eso es lo que me vino a la cabeza la semana pasada cuando servidor estaba sumido en un debate cibernético de esos tan habituales en los últimos tiempos y que se enmarcan en la presunta guerra civil entre colchoneros “anclados en el pasado” y colchoneros “anclados en la realidad”. Me vino a la cabeza porque yo estoy de acuerdo con esa frase y porque creo que es precisamente ahí donde hay que recurrir para entender este estéril debate, a la gloria eterna, a la tradición, al corazón, a la historia y no a las victorias puntuales o los objetivos miopes que cambian cada fin de semana.

No sé si a todo el mundo le pasará lo mismo que a mí pero lo que hace que uno adore el fútbol no es ver un resumen televisivo manipulado ni un resultado a favor en un frío panel un lunes por la mañana. Lo que me gusta de este deporte es ir al campo, respirar el ambiente, sentirme parte de algo aun a miles de km de distancia, ver jugar bien a una cosa tan divertida de ver cuando se juega bien, pasar nervios en una remontada, gritar los goles y abrazarme a un tipo que no conozco, ganar trofeos y celebrarlos… Me gustan las cosas que respiran fútbol por los cuatro costados y no estoy hablando de panfletos pseudo-deportivos o chicos guapos que anuncian colonia. Me gustan las pequeñas historias del fútbol que conozco como el ramo de flores en la esquina del Calderón o el busto de Pantic, pero también las que me cuenta mi madre de cuando mi abuelo le llevaba a ver los entrenamientos del Metropolitano. Me gusta el que los colores de Boca Juniors sean esos gracias a que entró un barco de bandera sueca (y no otro) en el puerto de Buenos Aires el día que se creó el club o que el Crystal Palace tenga su origen en los trabajadores que intentaban construir un “palacio de cristal” en el Londres del siglo XIX.

Soy consciente de que el mundo del fútbol ha cambiado y que ahora fundamentalmente es un negocio que mueve miles de millones de euros pero igualmente estoy convencido de que el fútbol, al menos el fútbol europeo, no tiene sentido sin esa vena romántica que lo soporta y que alimenta ese amor incondicional a unos colores que muchas veces no lo merecen o un espectáculo que muchas veces no lo es. No creo que el suculento modelo NBA (por el que apuestan medios de comunicación, empresarios y dirigentes) funcione con este deporte y con la mentalidad europea pero probablemente sea porque yo soy un romántico ingenuo y en el fondo esté equivocado. De lo que no me cabe la menor duda sin embargo es que el futuro éxito o fracaso de un club tan particular como el Atlético de Madrid estará basado sin duda en cómo se adapte a este nuevo hostil escenario y en donde ponga sus cimientos.

La semana pasada Benítez cumplía un record histórico en las filas del Liverpool liderando el número de encuentros internacionales dirigidos al Liverpool por encima incluso del mítico Bill Shankly. Benítez, un tipo extranjero que no ha vivido la historia del Liverpool en primera persona, se ha convertido en un referente para todos los reds, antiguos y modernos, románticos y pragmáticos. Un tipo que ha cambiado el día a día de la institución, ha transformado la forma de trabajo en la ciudad deportiva y la forma de actuar del club en la faceta deportiva, que ha traído una legión de “Spaniards” y que habla inglés con acento “latino” es adorado por los más fieles de entre los más fieles a los colores del Liverpool. Algún frío entendedor deducirá rápido que eso se debe a los títulos conseguidos pero basta escuchar a las viejas y nueva glorias de este equipo para comprobar que no es así. Lo que de verdad valoran y hace que Benítez sea algo más que su entrenador es que se esforzase por entender y realmente entendiese la institución antes de imponer nada. Así lo destaca el propio Shankly, Ian Rush o el mismo capitán Carragher. Avanzar sin tocar la esencia.

El Liverpool no es propiedad de los socios sino de una pareja de cuestionados empresarios norteamericanos pero hoy es considerado un equipo moderno en todo el mundo, envidiado en muchos aspectos y declarado como un ejemplo a seguir. Hasta el propio Fernando Torres lo comparaba con nuestro club y no nos dejaba muy bien parados precisamente. Pues bien, en el estadio de ese equipo que hoy conocen en cualquier rincón de la geografía existe una habitación centenaria que se llama “la habitación de las botas” donde desde tiempos inmemoriales los preparadores toman el té y donde el entrenador local invita al visitante a hablar unos minutos de futbol después de los partidos. Benítez sigue haciendo lo mismo a día de hoy y sólo el ínclito de Mourinho se ha negado a pasar por allí. Yo recuerdo que durante años y años el entrenador local del atleti se sentaba fuera de la caseta en un banco cutre que había al lado y a la vista de todos. No sé la razón pero era tradición. No me acuerdo tampoco con que entrenador nuevo ocurrió pero la grada le recriminó que no se sentase allí. ¿Quién se acuerda hoy de esas cosas?. El túnel de salida de los jugadores al césped de Anfield es estrecho y con el techo bajo. Ninguna de las remodelaciones ha modificado eso. En ese techo, justo antes de tener que agacharse para salir, se puede leer aquello de “This is Anfield” para que todos, locales y visitantes, recuerden donde y para quien están jugando. Para mí eso es fútbol y no lo que sale en los telediarios pero lo digo con el dolor del aficionado de un equipo en el que ni siquiera los jugadores de mi equipo son capaces de saludar a la grada en su propio estadio cuando acaba el partido (salvo en ocasiones puntuales no ocurre desde que se fue Torres) dato que por otro lado tampoco parece importarle demasiado a la propia grada. Esto no es Anfield (ni falta que hace) pero hace años Luis Aragonés le dijo al cuarto árbitro que se apartase porque estaba pisando el escudo del atlético de Madrid pintado en el césped. De ahí es de donde salen las fuerzas para pasar frío en la grada. Liverpool escucha en silencio cada vez que Shankly abre la boca. Luis Aragonés está pasándolo mal en el barrio sufí de Estambul sin tan siquiera haber sido reconocido por su club, como Dios manda, después de hacer a la selección española campeona de Europa.

El día que Benítez aterrizó en Liverpool estaba ya leyendo la biografía del entrenador más mítico de los reds, Bill Shankly, para empaparse de esa institución. Cuando terminó el libro se lo pasó a su mujer y le dijo “toma, para que sepas donde estamos”. ¿Alguien en su sano juicio puede creerse que alguno de los numerosos mercenarios que hoy pueblan el Atlético de Madrid se planteó alguna vez hacer algo parecido? ¿Sabrá Pitarch o Aguirre por qué el frente canta una letra futbolera con el himno de la legión o por qué hay un ramo de flores todos los domingos en el córner? ¿Sabrá algún jugador quien es Garate o Dirceu o de dónde viene el “San Benito” de “pupas”? ¿Sabrá alguno de estos lo que es el “contrataque” de Luis o donde estaba el Metropolitano?.

Una de las peleas de Benítez en tierras inglesas es la cantera y lo poco que puede trabajar con ella al estar sujeto a una ancestral ley del propio Liverpool que obliga a no poder fichar a ningún jugador de menos de 16 años que viva a más de una hora de la ciudad inglesa. Un problema para el fútbol moderno sin duda pero el Liverpool lo tiene claro: The Academy, su ciudad deportiva, no se toca. En la entrada de tan mítico sitio reza la leyenda “Técnica, actitud, velocidad y equilibrio” que alguien decidió definiría a la institución y su forma de presentarse en el césped. Así fue el Liverpool, así es y así será. Nuestra cantera ni siquiera tiene un espacio ni mítico ni propio y está en manos de Amorrortu y Pitarch dos tipos que hasta hace dos años no sabían ni donde estaba el colegio Amorós. ¿Qué debería poner en la entrada de nuestra ciudad deportiva? ¿”Miedo, patadones y objetivos” o “Seremos cuartos si Dios quiere”?

Alguien ha definido la labor de renovación de Liverpool como mirar al futuro sin tocar lo sagrado y creo que aplica perfectamente al atlético de Madrid… pero al contrario. En nuestro club parece que mirar al futuro es sinónimo de renegar, ocultar, menospreciar o directamente ignorar el pasado. El respeto por la institución en todos los estamentos es nulos y todos desde el presidente a los jugadores, pasando por directores deportivos y entrenadores, viven de espaldas a la tradición, la historia, el honor y los pequeños detalles que hicieron a este magnífico club lo que es. Todo lo que huele a pasado tiene olor a naftalina y parece que nunca existió o que pertenece a un estatus imposible de retomar como para tomárselo en serio.

Los aficionados al Liverpool tienen miedo de que con el traslado a su nuevo estadio se pierda la tradición y el espíritu en la grada, la mítica The Koop, que para ellos es la base de todo lo que viene después. Noble pero insignificante preocupación si se compara con la triste situación de nuestra institución que lo está perdiendo (o ha perdido) todo eso bastante antes incluso de mudarse.
(Artículo publicado por Ennio Sotanaz en pobreatleti.com el 3/12/2008)