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¡Un abrazo!

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Una tarde maravillosa

La primavera en Madrid no existe pero el mundo suele ser un sitio mejor cuando a la ciudad le da por disimularlo. El sol, y esa maravillosa luz continental, parecían los de siempre pero la temperatura era insospechadamente humana y eso invitaba a vivir en la calle, que es lo que hacemos los madrileños en estos casos. La ribera del Manzanares era ya un hervidero de camisetas rojiblancas al mediodía. Lo sé porque yo estaba allí. Con la bicicleta aparcada y una cerveza doble en la mano. Unas horas después, en el prepartido, el ambiente era muy parecido pero bastante más futbolero. Un puñado de amigos debatíamos de forma desenfadada sobre la serie Love de Netflix y sobre si el once titular era el mejor que tenemos o había que echar de menos a Lucas. Otros grupos alrededor no sé de qué hablaban pero lo hacían entre risas igualmente. Subí al campo paseando en manga corta. Me quedé unos minutos a rebufo del vomitorio para retrasar un poco la exposición a ese sol de justicia que castiga al anfiteatro lateral del Calderón durante la tarde. 

Vimos una gran versión del Atleti. Esa que por la que suspiramos un gran mayoría de aficionados y que tanto desconcierta a los pastores de La Mejor Liga del Mundo. Esa que es una roca solidaria que sufre y se divierte con la misma intensidad. El primer cuarto de hora fue fantástico. Un Atleti intenso y con mucha personalidad, maniató a un Sevilla que seguía con la mirada perdida en Leicester. Defensa solida, centro del campo inteligente y delantera vertical. Esa debería ser la Santísima Trinidad del Atleti. Lo es, de hecho. No hubo muchas llegadas pero un gran remate de Gameiro al larguero pudo haber tranquilizado la tarde antes de tiempo. No ocurrió y tuvimos que esperar hasta casi el descanso para hacerlo. Una falta sacada por Griezmann hizo que Godin rematase a gol de cabeza y pudiésemos irnos a protegernos del sol con el uno a cero en el marcador. 

Esperaba en el segundo tiempo una reacción con algo más de personalidad por parte del equipo andaluz pero no la vi por ningún sitio. El equipo de Simeone siguió con su plan de dominar el ritmo, tapar los espacios y manejar el balón con inteligencia y eso anuló a unos sevillanos que tiraron la toalla definitivamente cuando Griezmann hizo el segundo gol de magistral saque de falta. Hacía siglos que no veía un gol así en el Atleti. Me acordé de Pantic. Me puse melancólico. A partir de ahí el partido fue una fiesta. Llegó el tercero de Koke y pudieron llegar más. Aplaudimos a Torres. Aplaudimos a Simeone. Aplaudimos a Carrasco (partidazo) y ni siquiera acusamos el golazo de Correa tras un despiste de Juanfran. 

Salimos contentos del campo. Volví al mismo lugar en el que había estado antes. Con una sonrisa más pronunciada que con la que me había ido. Allí me quedé un buen rato entre amigos. En una terraza del Paseo de Yeserías. Bebiendo y charlando hasta que el sol desapareció y tuvimos que cambiar las gafas de sol por las de ver. El tiempo parecía detenido.

Llevo un tiempo alejado de este blog. A veces es por pereza, a veces es debido a la sensación de estar perdiendo el tiempo y otras veces es simplemente la frustración paralizante de pensar que cualquiera de estas columnas podrían estar en un sitio serio y ser reconocidas pero que ni lo están ni lo van a estar jamás. Ayer, después de un día maravilloso, sentado en esa terraza, pensé que era un buen momento de volver. Hay mucha gente ahí fuera leyendo esto y que merecen la pena. Podría hablar de la enésima tergiversación de la prensa utilizando a Fernando Torres como chivo expiatorio. Del “sorteo” de Champions y lo mal que se lo han tomado los engreídos del Ministerio de La Verdad. De ese giro de la UEFA a la hora de definir sus objetivos. De los integristas de la supuesta fe rojiblanca que ahora me insultan o me hacen de menos en twitter porque he debido haberles traicionado. De la buena pinta que está cogiendo el Atleti (a pesar de su falta de gol). Del estado de Shock en el que se ha quedado el Sevilla tras los últimos quince días. Podría incluso hablar, por enésima vez, de que todo lo que pasa en el mundo del fútbol reafirma, una y otra vez, la proeza de Simeone para transformar el Atlético de Madrid en una máquina de competir. Pero no. Lo único que quería decir es lo fantástico que fue el día de ayer. Nada más. 

No he sentido de cerca el traslado de Estadio. Tengo sentimientos enfrentados al respecto. No me gusta hacerlo (nunca me gustó) pero sé que es inevitable. No digo que no fuese inevitable (siempre hay un purista al acecho con ganas de cogérsela con papel de fumar) sino que hoy lo es. La vida me ha enseñado que es absurdo perder el tiempo construyendo el pasado o perdiéndose en el futuro. La vida me ha enseñado que una cosa es pelear y otra bien distinta es quejarse. Pero La vida me ha enseñado también, y con eso me quedo, que me encanta ir al fútbol al Vicente Calderón. El único estadio del Atleti que he conocido. 

No sé si me gustará lo mismo hacerlo en otro campo o no. No lo sé. Lo que sí que sé es que ayer, después de un día maravilloso, me di cuenta de lo mucho que echaré de menos éste estadio. El mío. El único que de verdad he conocido.


@enniosotanaz


PD. Llevo tiempo dándole vueltas y al final he decidido dejar por escrito algunas de las historias que he vivido en el Calderón desde que era pequeño. ¿Por qué? Porque sí. Porque no quiero que se me olviden. ¿Para qué? Para mí y para el que lo quiera. No sé lo que tardaré pero intuyó que va para largo. Tengan paciencia.


(Foto extraída de www.colchonero.com)

Paciencia

El domingo amaneció raro. A esa sensación, generalmente extraña, la que recorre el cuerpo los últimos días de verano, se le sumó de buena mañana el visionado del presunto once inicial del Atleti frente al Sevilla. Una alineación que, con inquietante coincidencia, intuían varios medios de comunicación. Gámez entraba por Filipe (tocado durante la semana y finalmente fuera de la convocatoria), Torres sustituía a Jackson y Raúl García ocupaba el lugar de Óliver Torres. Mentiría si no dijese que ese once suponía un contratiempo para mí. Parecía (era) la alineación que podría haber presentado el equipo la temporada pasada cuando no estaban los titulares que este año se han marchado (Mandzukic, Arda, Miranda y “Siqueira”). La malévola (y traicionera) sensación de incertidumbre, típica también de los principios de liga, se apoderó entonces de mi consciencia. Se dispararon las alarmas y se despertaron antiguos miedos olvidados. No fui el único, me consta. ¿Después del gran esfuerzo económico realizado por el Atleti (no tanto en realidad, si atendemos al balance ingresos-gastos) el equipo de este año iba a ser el reserva del año pasado? 

Una hora antes del partido una nueva e inesperada variable vino a sumarse a la ecuación: Raúl García, para muchos titular indiscutible en Sevilla (no era mi caso), no sólo estaba fuera de la partida inicial sino que se quedaba en la grada como descarte. Los rumores más pausados y fiables apuntaban a una salida inminente del número 8 hacia Bilbao. Tragedia. Los pastores de esa nutrida corriente de fieles seguidores del navarro se echaban las manos a la cabeza y dejaban mostrar su enfado. También su pesimismo. Algunos de ellos, los aficionados del insulto fácil y el código binario, ese grupo de intolerantes que crece de forma imparable en todas las familias, lanzaban incluso exabruptos tóxicos, sin preocuparse en matizar el motivo ni la dirección. Yo no entendía nada. 

Pero mientras el caos se desparramaba por las redes colchoneras, en la rivera del Nervión comenzaba el partido. ¡Y qué partido! Frente al cuadro colchonero aparecía el Sevilla de Emery, un equipo renacido y consolidado que, como siempre, ha fichado muy bien. Si el once inicial parecía más que solvente, el banquillo asustaba: Krohn-Dehli, Gameiro, Konoplyanka,… El encuentro comenzó con un nivel de intensidad altísimo, tal y como corresponde a dos equipos muy parecidos, pero la novedad aparecía en forma de actitud. Lejos de propuestas timoratas, para decepción de los cenizos que auguraban cerrojazo (“saldrá a empatar”, decían) y deleite de los soñadores, los del Cholo adelantaron la línea de presión hasta el mismo área pequeña del rival. Liderados por un renacido Gabi y conducidos por un cada vez más joven Tiago, el Atleti impuso su ritmo en todo momento, consiguiendo que el partido se jugase justo donde ellos querían. 

Pero eso no era todo. El injustamente cuestionado Óliver Torres conseguía demostrar, en una plaza muy difícil, que es un jugador más hecho que el que conocíamos pero también que está implicado como el que más. Gran primera parte del canterano, incrustado tácticamente en el equipo, solidario en el derroche y, ay amigos, siendo un gran jugador de fútbol. Cuando el equipo hispalense cerraba los espacios y agobiaba la salida, aparecía de repente el genio del extremeño para, con un giro de cintura o un simple pase al primer toque, romper la línea y permitir al equipo salir jugando. Exactamente lo que necesita el Atleti de Simeone. Mira que si estaba en casa… 

Si al genio incipiente de Óliver se le suma además el talento consolidado de Griezmann (y Koke) ocurre lo que ocurrió en la primera parte: un Atleti dominando el partido en uno de los campos más difíciles de primera división. El 1-0 al descanso (de Koke tras jugada de habilidad y picardía del francés) simplemente ponía justicia al marcador. 

La segunda parte comenzó parecida, pero a los 10 minutos los de Emery empezaron a asumir riesgos, a jugar por la derecha con un gran Reyes y a encerrar a los colchoneros en su área. Fueron 20 minutos de angustia en los que los del Cholo apretaron los dientes y tiraron de galones para cerrar su portería sin que el Sevilla fuese capaz de crear ocasiones claras de gol. 20 minutos que se acabaron cuando Gabi, de zapatazo lejano con algo de suerte, ponía el 0-2 en el marcador. Letal para los sevillanos. El resto del partido sirvió para soñar con Yannick Carrasco (buenos minutos) y disfrutar del primer gol oficial de Jackson de gran zurdazo (y algo de ayuda también de Beto), que provocó la imagen de la noche: un Simeone elevando 8 dedos al cielo, tal y como antes habían hecho Koke y Gabi y cualquiera en esa plantilla, como símbolo purificador que recordaba a ese capitán que se marchaba. 

Enorme resultado del Atleti que da un golpe rotundo en la mesa de la liga, que mata muchos fantasmas de un plumazo y que alisa un terrorífico comienzo de campaña. Tres puntos que ilustran una simple y clara moraleja, la que se desprende de toda esta pequeña historia. Un concepto que es también la enseñanza que rezuma toda la trayectoria de un jugador luchador, honesto, profesional y carismático como Raúl García, que hoy se va. Una idea que sirve también para encarar el inició de esta nueva aventura colchonera bajo la batuta de Simeone: paciencia. 

@enniosotanaz

Mirando al dedo

Existe un proverbio, muy utilizado últimamente en tertulias de medio pelo, que dice algo así como que cuando un sabio señala al sol, el necio se queda observando al dedo. Denle la vuelta, hagan un ligero ejercicio de abstracción y se toparan con algo mucho más cercano: partido a partido. Parece mentira que después de años de convivir con el Atleti de Simeone y, sobre todo, después de muchos años conviviendo con la mediocridad de otros tiempos, existan todavía amplios sectores del colchonerismo que no hayan entendido nada. El Atleti es un equipo que tiene que salir a ganar todos los partidos, sin excepción, pero que no puede abrirse las venas hasta desangrarse por perder justamente o, menos todavía, por no ganar la liga. En más de 100 años de historia este equipo creo que sólo un par veces ha sido capaz de ganar la liga 2 años seguidos y por supuesto siempre ocurrió en años en los que las diferencias entre los equipos no eran tan abismales como lo son ahora. Ganar la liga es un puto milagro y si se consiguió el año pasado fue aislándose de las estupideces mediáticas para agarrarse con el corazón al concepto de competir cada partido como si fuese el último. Al margen de premios mayores. Como si no hubiese mañana. y no era palabrería (yo estaba allí) sino la realidad. Una realidad que se hizo religión. Nos lo enseño Simeone y sinceramente, creo que no hay otra forma de ir por la vida siendo del Atlético de Madrid. 

El empate contra el Sevilla no sé si es malo o bueno, pero es lo que es. El Atleti no está bien. Está atravesando una pequeña crisis de identidad provocada por la sobreexcitación de los rivales, las bajas internas y los malos resultados y eso hace que el equipo no sólo no esté fluido (eso ya ha pasado otras veces) sino que sea incapaz de tener la seguridad necesaria como para creer en el plan. El equipo saltó al césped del Sánchez Pizjuán (estadio en el que todavía no ha ganado nadie este año y por algo será) con todo esto en la cabeza y Simeone no quiso arriesgar a que la herida pudiese hacerse más grande todavía. Se aisló de los cantos de sirena para ceñirse a la realidad concreta de ese día. Consciente de los desastres de Vigo y Leverkussen sacó una alineación extraña y controvertida con la única intención de hacerse fuerte y no recibir más daño. Lo consiguió, a duras penas, pero lo consiguió. A costa de renunciar a soñar, de jugar al fútbol y de ganar el partido por méritos propios, pero lo consiguió. Hasta la salida de Torres el equipo fue menor. Hermético, totalmente replegado, plano, sin salida y obsesionado por ocupar el espacio. Ni siquiera defendió especialmente bien pero al menos por acumulación consiguió atenazar a un Sevilla con buenas trazas, muy bien ordenado pero timorato. Los hispalenses tuvieron ayer una oportunidad única de haber destrozado a un rival al que tienen ganas pero su controvertido entrenador, como tantas veces, prefirió ser prudente. 

El último tramo de la segunda parte, gracias sobre todo a Fernando Torres, dio alguna oportunidad al Atleti de haber podido marcar algún gol pero no creo que hubiese sido justo. Tampoco que lo hubiese marcado el Sevilla, que sin llegar con demasiada claridad también pudo hacerlo, pero que, aun reconociendo que los sevillanos expusieron más y jugaron mejor, tampoco hubiese puesto justicia a lo que pasó en el césped. Habrá quién vea el empate como bueno porque de esa manera mantienes una distancia de seguridad con un rival directo como el Sevilla y sigues por encima del Valencia. Habrá quién lo vea malo porque de esa manera te alejas del título de liga. Yo prefiero no verlo de ninguna de las dos formas. Me preocupa más el equipo. Quiero que recupere las sensaciones, que vuelva a creer y que encuentre la palanca definitiva que diluya esa espesura de juego en la que nos movemos desde hace semanas. Quiero volver a disfrutar viendo los partidos del Atleti y quiero volver a estar seguro de que ganamos el siguiente partido. Para mí no es un problema de puntos sino de sensaciones porque la sensaciones nos traeran los puntos. Por eso no me apetece perder el tiempo entrando en debates de tabloide sobre objetivos, éxitos y fracasos. No pienso preocuparme de mirar al dedo cuando no tengo nada claro dónde está el sol.

Nunca se había marchado.

At. Madrid 4 - Sevilla 0

Había que ser muy torpe, muy necio o muy sucio para que los pitos al cambio de Griezmann del pasado fin de semana supusiesen un debate mediático en torno a una afición dividida por una supuesta desafección hacia Simeone. Era evidente que quién amplificaba el sonido y ponía los focos en una anécdota ínfima, repetida un millón de veces antes, no sólo no sabe lo que es estar en el Vicente Calderón (rara vez los periodistas de cabecera se digan a ensuciarse las canas acudiendo in situ a un lugar tan poco glamuroso como un estadio de fútbol) sino que es evidente que lo hacía con una oscura intención de fondo. Pero así estamos desgraciadamente en el Atlético de Madrid. Un equipo que al parecer lleva ya demasiado tiempo en ese estado mágico que le permite pasearse por las nubes y que molesta horrores al Establisment. Y bien que se encargan de dejarlo claro. Visto desde otro punto de vista, es hasta gratificante observar la cantidad de recursos que consumen en la empresa y el brutal desgaste de talento zafio que tiene que emplear esta gentuza para que las cosas vuelvan a ser “como Dios manda”. Juego feo, juego sucio, equipo violento, 100 millones gastados, pitos al entrenador, goles a balón parado,... el catálogo de sandeces es infinito. No por repugnante deja de ser bochornoso. No por innocuo (algunos hace años que estamos hasta las pelotas de un puñado de profesionales mercenarios que chapotean en las cloacas más infectas de la profesión y que no me merecen el más mínimo de los respetos) deja de ser realmente dañino (desgraciadamente no todos los aficionados al Atleti son capaces de vivir al margen de los moradores de “la fosa séptica” (*) y eso trae consecuencias). Pero todos estos soldados de la canallesca van a tener que seguir tirando de imaginación un poco más. Sacar sus mejores opciones de talento para el mal y comprar cajas de ALMAX para controlar el ardor de estómago. Simeone ha vuelto. En realidad nunca se había marchado.

El partido contra el Sevilla de Emery era de una importancia vital. Quizá no a nivel de puntos pero sí desde el punto de vista psicológico. Enemigo directo, equipo rojiblanco (aparentemente) lleno de dudas y semana complicada en el horizonte, pero el equipo colchonero saldó el envite con nota. Haciendo un gran partido, tirando de personalidad, enseñando los dientes y anulando a un rival que no fue capaz de asomar la cabeza en ningún momento. Los dos entrenadores plantearon una batalla para dominar el centro del campo pero mientras que Emery, otra vez, recurría a su miedo proverbial para colocar un nuevo central adelantado que ayudase al equipo a compactarse y parapetarse en su campo, Simeone colocaba otro medio centro dinámico (Saúl) para dominar el terreno de juego y controlar el balón. El plan salió a la perfección para el argentino, gracias sobre todo a la labor de un Saúl que volvió a realizar un gran encuentro. Muy disciplinado en la táctica y el esfuerzo para recuperar el balón, la diferencia estuvo sin embargo cuando en ataque aparecía por varias zonas del campo para combinar, ofrecer una ayuda o incluso iniciar la jugada. Es el tipo de jugador polivalente y sacrificado que gusta a Simeone así que seguro que jugará bastante. Pintaza de gran pelotero. 

El Atleti dominaba el juego y el partido. Llegaba por izquierda o derecha, con Koke, Arda y Saúl muy móviles y los estiletes de los laterales. Tanto Juanfran, en gran estado de forma, como un Ansaldi renacido que hizo un buen encuentro. El equipo ya avisó con un remate de cabeza de Gabi tras jugada a balón parado por el que seguramente irá al infierno (¡¡balón parado!!). El gol no tardaría en llegar. Jugada de coraje y calidad por parte de Saúl desde la izquierda que deja el balón en Koke encarando la portería rival. El internacional Atlético entró en el área para disparar a puerta pero topándose con la pierna de un rival que desvió el balón para llevarlo a la portería sevillista. El gol no provocó ningún cambio en ninguno de los dos equipos y las cosas siguieron prácticamente igual. Tan sólo al final de la primera parte los andaluces lograron estirarse algo, pero el espejismo quedo sepultado con el segundo gol colchonero. De nuevo a través de la herejía del balón parado y tras una jugada que de ser ensayada sería prodigiosa. Saque al lateral, Arda que deja de cabeza, Miranda que cuelga con la derecha y Saúl que remata de cabeza entrando por el segundo palo. Golazo.

La segunda parte fue más fea y se jugó menos pero no cambiaron ni los protagonistas ni el resultado. Emery quiso poner algo de fútbol con Banega y Denis Suárez (tarde, como siempre) pero no lo consiguió. Apenas ocurrió nada, de hecho, hasta la salida de Griezmann por parte del Atleti que puso velocidad y chispa. También apareció en el campo, en el tramo final, el mexicano Raúl Jiménez al que se le vio motivadísimo y con tantas ganas de agradar que sinceramente resultó entrañable. Tuvo además un papel importante en esos minutos hasta el final del partido. Primero asistiendo a Griezmann para que Diego lo arroyase dentro del área (pocos penaltis verán en su vida más claros que ese). Raúl García transformó la pena máxima. Después para tirarse en plancha y conectar de cabeza el balón que ponía el cuarto en el marcador. Me alegro por él. Si el Cholo consigue recuperarlo para la dinámica de grupo habrá que sumar un nuevo milagro a su ya dilatada lista.


Gran partido de los de Simeone que da un golpe encima de la mesa de agoreros, cenizos, arqueólogos de la polémica, analistas de charcutería y demás infelices. El Atleti está aquí porque realmente nunca se había marchado. Sale con sobresaliente y ánimo renovado del primer órdago de una semana terrible. Pero seamos fieles a la leyenda: partido a partido.


(*) Expresión robada a mi querido y admirado Julio Ruiz. 

Casualidad

At. Madrid 1 - Sevilla 1

La casualidad quiso que un señor colegiado, de esos llamados malos pero cuya pericia decide casualmente el destino del fútbol español, decidiese aplicar el reglamento, tal y como es, justo a 20 minutos del final del partido (y no antes ni después), con el equipo local agotado pero a punto de ponerse líder de una liga en la que ese mismo equipo, por el bien del espectáculo, no debería serlo y mientras el visitante no había sido capaz (ni lo sería después) de tirar un solo tiro a puerta. Decía Voltaire que lo que llamamos casualidad no es ni puede ser sino la causa ignorada de un efecto desconocido. Debe ser mi formación en ciencias puras o este cinismo emergente que me supura y que me hace dudar de las corrientes masivas pero yo, como Voltaire, tampoco creo en las casualidades.

Cualquiera que lea de vez en cuando esta humilde bitácora sabe que no suelo recrearme en exceso en los errores arbitrales. Me encantaría seguir en esa línea y así procuraré hacerlo en el futuro pero permítanme hacer hoy una excepción. Lo que ocurrió en el Atleti-Sevilla que inauguraba la segunda vuelta no entra además, según mi opinión, en la categoría de error arbitral. Es otra cosa. Otra cosa sin la que lamentablemente es imposible explicar el partido y menos el resultado. El reglamento que regula el fútbol es tan antiguo como ambiguo. Lo sabe todo el mundo. Está muy condicionado a la interpretación del colegiado, que tiene que juzgar en segundos cuestiones tan etéreas como la intención del jugador,  lo que provoca que sea una tarea francamente difícil. También lo sabe todo el mundo. Pero cualquiera que alguna vez haya estado en un terreno de juego sabe cómo funcionan estas cosas. El árbitro impone en cada partido unas reglas y un criterio y los jugadores se adaptan. Y no estoy hablando de cómo deberían ser las cosas sino de cómo son. Es decir, hay árbitros que permiten el diálogo e incluso que les griten y no pasa nada. Lo tienen controlado. Otros sin embargo al primer reproche te sacan tarjeta. En el primer caso todos los jugadores protestan, más o menos, dentro de los límites que el propio colegiado permite mientras que en el segundo no protesta ni Cristo. ¿Qué forma es la buena? Las dos. O ninguna. No depende de eso. El problema viene cuando, casualmente, el árbitro cambia el criterio en un momento dado, de forma puntual y sin razón aparente, para después volver al lugar en el que estaba. El Sevilla, sobre todo a partir del 1-0, planteó un partido bronco, de mucho contacto, mucho roce y mucha falta táctica. El árbitro lo permitió y los dos equipos, el Atleti también, jugaron a ello. Y se vieron agarrones y patadas y piques. Diego Costa, cansado de un marcaje que rallaba lo legal, se tiró repetidas veces al césped cuando sentía que lo tocaban o agarraban de la camiseta pero el colegiado no pitó nada para desesperación de la grada. Lógico, era su criterio. Los córners, todos, eran una constante ensalada de empujones, agarrones y desafíos, pero entraba también dentro de las reglas. En la dos áreas. Raúl García era abrazado en el área y empujado por el férreo defensor cuando quería rematar pero eso para el árbitro era parte del fútbol porque es lo que estaba pasando en el resto del campo. Y tenía razón. Gabi rascaba el tobillo rival cada vez que el Atleti perdía el balón con la misma precisión que lo hacían los mediocentros sevillanos en las mismas circunstancias. Fútbol. Nada más. Cualquiera de esos lances, en otro partido, con el reglamento en la mano, podrían haber sido castigadas con falta, tarjeta o penalti pero ayer no lo eran porque ese era el criterio que había impuesto el árbitro y todos lo sabían. Jugaban con ello. Hasta ahí todo perfecto. Pero entonces llega ese minuto fatídico en el que un balón bombeado al área se pierde por el fondo. Juanfran y Bacca pelean la posición exactamente igual que lo han estado haciendo todo el partido. El lateral colchonero en el fragor de la batalla agarra la camiseta del rival por puro instinto, como ha hecho todo el partido. Como han hecho también con él todo el partido. El buen delantero sevillano siente la mano y, como ha hecho Diego Costa unos minutos antes, decide tirarse al suelo. Casualmente, desafiando a la física newtoniana, cae en dirección contraria de aquella en la que Juanfrán está empujando pero eso no lo escucharán en alguno de esos medios que, directa o indirectamente, ustedes pagan por consumir. Una jugada entre un millón. Una jugada que nadie hubiese recordado nunca si el árbitro pita saque de puerta, que era lo lógico según la interpretación del código que él mismo estaba imponiendo. Pero no. En ese preciso momento, casualmente, el árbitro decide sacar esa jugada de contexto y aplicar “el reglamento”. Apoyados en las tesis de los periodistas del movimiento, que lógicamente están calentitos en su casa y no pasando frío en la grada, sacarán entre todos la jugada de su entorno para aplicar, ahí y sólo ahí, el rigor del catecismo ecuménico. El fariseísmo mediático, conscientes de la alegría que provocarán entre los hooligans de la galaxia, los verdaderos consumidores de su producto, nos explicarán en cámara superlenta y a través de esa superioridad moral que sacan a pasear cada vez que tienen ocasión, la lógica de lo ilógico y todos nos lo comeremos agachando la vista por riesgo a quedar como lloricas antisistema. Evidentemente el registro del Ministerio de la verdad archivará el caso como penalti claro y empate merecido y nadie lo rechistará. Ni siquiera los profesionales de orientación colchonera, que lógicamente mantendrán esa pose cool que les permite mantenerse vivos en territorio hostil. Lo admito, no tiene sentido que yo siga hablando de ello sin salir damnificado. Aquí lo dejo, lo prometo, pero tenía que decirlo. Afortunadamente yo no vivo de esto y todavía puedo decir tranquilamente lo que sinceramente pienso.

Hablemos ahora de fútbol. Poco, la verdad. El Atleti salió al campo muy bien. Sí, muy bien. Con el poderío marca de la casa y mandando en el campo. El Sevilla, dejando claro que estaban entrenados por Emery, se parapetaba cerca del área esperando al rival y viéndolas venir. Lo normal.  Rakitic era su jugador más adelantado con lo que renunciaban a su poder creador, dejando clara cuál era la intención del equipo. El Atleti movía rápido el balón y transmitía unas buenas sensaciones que cada vez eran mejor. Hasta que poco antes del minuto 20 un rechace tras la salida de un córner es aprovechado, por fin, por el Guaje Villa para abrir el marcador. 1-0. A partir de ahí comenzó otro partido.

Primero porque los de Emery tenían que salir de la cueva y no se les ocurrió otra cosa para ello que recurrir al cuerpo a cuerpo. Rompiendo el ritmo del rival a base de faltas y llevando el juego a su vertiente más bronca. Les salió bien, pero mucho tuvo que ver en ello un Atleti que aceptando el reto levantó el pie del acelerador (lo lleva haciendo en los últimos partidos de forma preocupante), que abusó de forma excesiva (incuso para los estándares de este equipo) del pelotazo en largo  y que entró en ese juego atroz, con el estilo barriobajero del “y tú más”. Faltas, condazos, agarrones, protestas, provocaciones,… y nada de fútbol. Ni en el Sevilla ni en el Atleti. Así acabó la primera parte y continuó la segunda. Así hubiese seguido probablemente hasta el final del partido si no hubiese sido por la iluminación de un colegiado que poseído por un “espontaneo” espíritu regenerador de la labor arbitral, decidió explicarnos a la humanidad lo que es el fútbol. Ese minuto de gloria que tanto celebra el Establishment. Tras el penalti convertido por el croata Rakitic, el partido subió un grado más en eso que se llama “el otro fútbol” y que tanta pasión despierta en tipos como Emery. No se jugó nada, pero es que además el Atleti ya no era equipo ni tenía pinta de que lo pudiera ser. Probablemente cansado, los del Cholo fueron incapaces de crear juego, tal y como había ocurrido desde que Villa inaugurara el marcador. Balones colgados sin gracia y poco más, al tiempo que los sevillanos perdían tiempo con total impunidad, muy al estilo Emery.

1-1 que deja todo como estaba en la cabeza y al Real Madrid a un punto. Buena noticia para los inventores de portadas, que durante unos días no tendrán que recurrir a la ciencia ficción para vender su mercancía. Creo en cualquier caso que haber alcanzado el liderato en esta jornada hubiese entrado en la categoría de anécdota porque sigo pensando que el Atleti, por fútbol, plantilla y presupuesto, no es capaz de disputar esta liga. Pero lo anterior no es óbice para que no la pelee o para que servidor deje de estar cabreado y me parezca injusto. Tampoco cambia nada este empate sobre lo que pensaba a principio de liga o hace dos meses sobre la plantilla. El equipo es corto, está descompensado y es muy difícil que podamos mantener el nivel en las tres competiciones. Pero hay que intentarlo y ese es el objetivo de Simeone. Y yo estoy muy orgulloso de ello y de estar a este lado del mundo. Independientemente de la realidad. Partido a partido.


Decíamos ayer...

Sevilla 1 - At. Madrid 3

En 1930, después de varios años en un exilio forzado, debido básicamente a su activa militancia intelectual, Miguel de Unamuno volvía a su cátedra de la Universidad de Salamanca rememorando una frase que Fray Luis de León, también docente universitario y también apartado de sus clases injustamente por la violencia de ese poder mediático llamado inquisición, había inmortalizado muchos años antes. Como si todo ese doliente periodo en el ostracismo no hubiese acontecido, dicen que tras años ausentes ambos comenzaron su clase con la mítica frase “cómo decíamos ayer”. El Atlético de Madrid no da clases de nada, no es referente intelectual de nadie (creo) ni se posiciona precisamente enfrente de ningún poder de poderes, pero por alguna razón lleva años sometido al brutal acoso de un sistema, el que maneja el fútbol profesional de este país, que en algún momento decidió convertir la Liga y su circo mediático en un parque temático por y para Real Madrid/Barcelona en el que el resto de participantes ni son, ni están, ni pueden ser protagonistas. Desde el pitido final que daba la décima Copa del Rey a los colchoneros, la propaganda del circo, la venenosa realidad diaria de unos medios de comunicación que viven por y para mantener esa gallina de los huevos de Oro de la Liga de Dos ha estado dilapidando la modesta construcción que se había fabricado, casi sin querer, a la ribera del Manzanares. Molestan los intrusos inesperados. Desde ese día todos los jugadores titulares (y no titulares) del equipo han pasado por las portadas de los “pretigiosos” medios orales y escritos como futuros jugadores de otro equipos más afines y acordes al orden establecido. TODOS han pasado por ahí. Dos meses de pesadilla en los que la mejor noticia para el Atleti era que no publicasen noticias del Atleti. MA Gil, el usurpador del Club Atlético y protegido del Sistema que gobierna el fútbol, mantenía su tradicional posición de desaparecido ante el insulto constante. No le importa que agredan a un equipo, el Atleti, que no pasa de ser más que su medio de vida. De hecho, el avinagrado dirigente ha dejado claro más de una vez sentirse muy cómodo en esta tesitura de comparsa vulgar. Caminero, una de las nóminas menos evidentes de este país, seguía comprándose gafas de sol atendiendo la orden del heredero Gil de no hacer su trabajo y con ello renunciar a la histórica oportunidad de montar un equipo mucho más completo y realmente terrible. Los aficionados, envenenados por la toxina mediática, entraban al trapo sacando conclusiones precipitadas sobre las supuestas ventas que acontecían (cuando en realidad no acontecía nada). Pero quedaba Simeone, la salvaguarda hoy por hoy del espíritu colchonero. En su particular exilio y mientras el mundo del fútbol se cocía en su propio caldo desnaturalizado el argentino pensaba en lo suyo, ajeno a la estupidez. Y comenzó la liga. Como si no hubiese pasado nada porque nada había pasado. Parafraseando a los clásicos: decíamos ayer... 

Y es que La liga 2013-14 comienza exactamente como acabó la anterior. Con un equipo denso y bien construido que no ha perdido un ápice de rigor, honestidad y ambición. Un equipo que mantiene todos sus virtudes... pero también sus defectos. Una roca táctica construida desde atrás que rezuma poderío físico y táctico pero que adolece lamentablemente de contrapeso técnico. Esto último duele más teniendo en cuenta que había todo un verano para solucionarlo. El partido comenzó rápido, con ritmo y velocidad pero muy áspero. Un reconstruido Sevilla, equipo en creación pero con muy buena pinta y prueba palpable de que las secretarías técnicas están para trabajar con imaginación y no para dejarse crecer la barba con estilo, se hacía con el balón y metía al Atleti atrás. Guión tantas veces conocido otras veces pero un guión que en principio no asusta. Los sevillanos tenían el balón pero no inquietaban (a excepción de un excelente pero aislado remate de cabeza al larguero) a una defensa que sigue siendo exactamente la misma. Pasado el primer cuarto el Atleti pudo tener por fin el balón más de dos segundos y vimos finalmente cosas del nuevo Atleti. Vimos por ejemplo que el auténtico crack de este equipo es Diego Costa, un jugador que no para de crecer y que aporta docenas de recursos en ataque. Si consigue templar con inteligencia esa fogosa cabecita creo que tenemos un jugador de los que marcan la diferencia. También vimos el tipo de delantero que puede ser Villa, un de los tipos que mejor se desmarcan del mundo. Ayer no hizo un partido espectacular pero se le ve en forma y con ganas. Esperemos que cuaje. Los que desgraciadamente no se asomaron mucho en la primera parte son los culpables de que este Atleti construya de vez en cuando algo de fútbol, Koke y Arda, que apenas entraron en contacto con el balón. El primero igual de voluntarioso que siempre es en cualquier caso un seguro de vida en defensa, a balón parado y en esa segunda línea de presión. Mejoró mucho después. El turco sin embargo mostró unas preocupantes sensaciones de indolencia que no se le recordaban y que fueron a peor. Me asusta lo que pueda pasar con Turan. Aun así, a balón parado y tras córner desde la derecha, el Atleti se adelantó en el marcador. La enésima vez que Miranda peina en el primer palo y un delantero, esta vez Diego Costa en acrobacia, entra en el segundo para rematar. El 0-1 invitaba a pensar en otro tipo de partido pero en apenas unos segundos los de Emery empataron con un soberbio disparo de Perotti desde más de 30 metros. Uno de esos goles que entra una vez de muchas. 

El Atleti acusó demasiado el gol rival. Desde ese momento hasta el final del primer tiempo estuvieron a merced del Sevilla, encerrado en su campo y sin capacidad para parar el partido o robar el balón. El descanso, lejos de solucionar el panorama, sirvió de refrenda de lo que habíamos visto antes. El equipo retrocedía cada vez más y se limitaba a dar pelotazos sin ton ni son. La presión no funcionaba, la transición no existía y los del Nervión cada vez estaban más y más cerca. Perdido el centro del campo y el balón, Simeone actuó sentando a un enfadadísimo Arda y sacando a la Gran Esperanza Blanca: Óliver Torres. Poco después uno de los nuevos, Leo, sustituía a otro de los nuevos, Villa. El panorama cambió para bien de los madrileños que volvieron a tener el balón y jugar en campo contrario. Óliver es evidente que todavía tiene carencias físicas y que es un punto débil en defensa (cosa que se vio mejor un poco más tarde jugando caído a una banda, fuera de casa y frente a un equipo volcado) pero en ataque es ambrosía. Cada vez que toca el balón da la sensación de que puede pasar algo y es de esos jugadores en extinción capaces de inventarse algo que nadie espera. 

Pero dejemos el futuro representado por Óliver y quedémonos con la realidad que tiene la cara de Costa y Koke. A falta de un cuarto de hora el canterano puso un gran balón al enésimo desmarque de Costa para que el brasileño repitiera el gol de la final de Copa cruzando el balón al palo contrario. Un segundo gol que cerraba el partido. El Sevilla se fue arriba con más fe que otra cosa pero el Atleti tiró de oficio para no sufrir e incluso para hacerle un siete al rival a base de contrataques. En uno de ellos, tras jugada personal por la derecha sorteando rivales, el uruguayo Cebolla marcó el tercero con gran maestría. 

Inmejorable comienzo de un Atleti que promete seguir asentado en las premisas que la pasada temporada lo hizo grande: compromiso, rigor táctico, mentalidad ganadora y ambición. Falta por ver el recorrido que puede dar Villa y la aportación que finalmente puede dar un Óliver Torres que a día de hoy es el único sitio por el que podemos imaginar un salto del equipo en la línea de ser más peligroso con el balón. En cualquier caso Habemus Liga y habemus equipo.


Feo

Sevilla FC 0 - At. Madrid 1

Decía Benito Pérez Galdós que él no tenía la culpa de que la vida se nutriese de la virtud y del pecado, de lo hermoso y de lo feo. Qué razón tenía. Simeone, haciendo suyo el pensamiento del escritor canario, ha hecho de esa reflexión su guía espiritual como entrenador del Atlético de Madrid. Incansable al desaliento, sudando optimismo sensato con cada declaración e impidiendo que ningún ente rojiblanco que caiga dentro de su radio de acción tenga la más mínima intención de bajar los brazos, el argentino tira de todo lo que tiene (y lo que no tiene) para llevar a este equipo y a esta plantilla hacia límites que muy pocos pensábamos que se podían alcanzar. Recurriendo a la virtud o al pecado, a lo hermoso... y también a lo feo. Porque no se me ocurre mejor adjetivo para describir en una palabra el tipo de partido que hemos visto esta noche en el Sánchez Pizjuán que el de feo. Un partido rocoso, áspero y carente absolutamente de fútbol, cuyo desarrollo se explica mejor con parámetros propios de la lucha greco-romana que con los del deporte del balompié. De esos con los que algunos entrenadores salivan pero de esos que dan la razón a los que tachan al deporte rey de ser aburrido. Pero que quieren que les diga, también es un partido que ha ganado en Atlético de Madrid en un campo tradicionalmente maldito como el hispalense. Y así suena mejor. Aunque sea un partido con un planteamiento de claro tufo transalpino de esos que si el equipo acaba perdiendo algunos criticamos con ardor pero que si que acabamos ganando algunos elevan a los altares del Olimpo. 

El encuentro comenzó con velocidad y brío. Un Atleti bien plantado y un Sevilla especialmente intenso. Tan especialmente intenso que en mi opinión, y como ocurre desgraciadamente con demasiada frecuencia, el conjunto sevillano traspasó por momentos la línea de la legalidad. Nada fuera de lo común ni exagerado si en el campo hubiese existido un árbitro normal y decente que simplemente entienda el fútbol como es. Si el árbitro hubiese parado las reiteradas faltas de violencia creciente contra Falcao con una tarjeta amarilla a tiempo muy probablemente los ánimos se hubiesen forzosamente relajado en ambos equipos. Nada más lejos de la realidad. El trencilla, muy malo todo el partido, lo que hace es sacar tarjeta amarilla al colombiano a la primera oportunidad que tiene. De forma innecesaria desde mi punto de vista. Esto lo único que provoca es abrir la caja de Pandora y a partir de ese momento el partido se transformó en un encuentro especialmente bronco, violento y trabado. La primera parte fue una sucesión de choques, patadas, luchas denodadas por el balón y derroche físico. Poco más. El Sevilla sorprendió abriendo el campo, tirando línea atrás de tres y jugando en campo contrario pero ese esquema tan prometedor se perdía en un manejo de balón pobre y lento que impedía crear fútbol. El Atleti compacto y tensionado como acostumbra pero más de atrás de lo normal y con una actitud bastante más reservona de lo que deseado. Totalmente alérgico al balón, las pocas salidas a la contra que provocó fueron siempre carreras a la desesperada, muy lejos de ese equipo vertical y con mordiente al que estamos acostumbrado. Apenas una ocasión digna de mención por cada equipo. Un tiro desde fuera del área de Mario Suárez y un remate a la medio vuelta de Negredo que gana bien el balón dentro del área pero lo remata francamente mal. 

Pero es que la segunda parte fue incluso peor. El Atleti lejos de mejorar dio la sensación de estar contento con el modo en el que se estaba desarrollando el partido e incluso con el resultado. Mal síntoma. Aún así es cierto que el equipo no bajó un átomo la intensidad física y táctica, a pesar del aumento de revoluciones que metió el equipo del Nervión. Los de Emery empezaron a mover con mayor velocidad el esférico y llegando por las bandas empezaron a deambular más cerca del área colchonera. Bien es verdad que sin ningún peligro a excepción de un remate de cabeza dentro del área que San Courtois sacó de la misma línea de gol. A raíz de ahí el partido se metió en ese terreno áspero y desagradable en el que últimamente acaban todos los Sevilla-Atleti. Patadas, protestas, encontronazos, más faltas, entradas a destiempo, provocaciones, insultos,... y para terminar la fiesta, la aparición estelar de Diego Costa. El brasileño recibe (y hoy ha recibido) patadas hasta en el carnet de identidad pero su forma de interpretar un partido de fútbol es lamentable y a mí, como aficionado colchonero, me da vergüenza. Lo siento. No me gusta y me siento incómodo. Por muchos goles que meta. Constantemente buscando la provocación, escenificando cosas que no ocurren y permanentemente buscando el conflicto. La tarjeta amarilla que le sacan, y que le impedirá jugar el derby, es injusta pero a nadie sorprende. 

Pero en mitad de esa pelea en el barro, con el partido en los niveles más bajos de fútbol desde el pitido inicial, con varios cambios en el campo que no habían cambiado nada, apareció la jugada clave. Patadón que llega al borde del área andaluz, Mario que se lleva el balón con ímpetu (y con la mano) para que de rechace acabe en la izquierda, Adrián que da un mal pase que acaba en el segundo palo y con buen remate de Raúl García aparece Falcao, en posición correcta, para rebañar en boca de gol. 0-1.  Poco más. El Sevilla colgó el equipo a la desesperada y el Atleti cerró filas con ofició. Todo controlado salvo un par de faltas y saques de esquina concedidos de forma estúpida por unos colchoneros que se desangraban físicamente y empezaban a llegar tarde a todos los balones pero que San Courtois, otra vez, se dedicó de desbaratar cada vez que tuvo ocasión. 

Pésimo partido pero gran resultado que permite mantener la segunda posición a dos puntos y que sobre todo aleja el cuarto puesto a trece. Precisamente por eso, en una temporada tan regular y tan correcta como la que está realizando el Atleti, el derby del próximo sábado se me hace intrascendente. Lo siento así. Que quiero ganar es obvio pero no es algo que me quite el sueño, sinceramente. La necesidad es infinitamente menor que otras veces. De hecho no es tal. El Atleti no necesita ganar el sábado al Madrid para salvar la temporada. Necesita ganarlo para pasarlo en la tabla y eso es tan raro pero tan gratificante que voy a pasar una semana muy tranquila.


Hasta mañana entonces

Sevilla FC 2 - At. Madrid 2

“Me temo que es a ti a quién echo de menos porque simplemente me quedo contemplando el techo. Se me hacen nudos y se me retuerce el estómago. Puede que este fuera de onda pero ¿tú sabes lo que es amor verdadero? Haré que todo esto merezca la pena así que crezcamos más allá de esto...” 

Corría el año 2001 y el Atlético de Madrid recién sorteaba las llamas del infierno de segunda. Sin embargo la Copa del Rey de aquel año deparó una semifinal en la que los madrileños se enfrentaban al Real Zaragoza. El equipo maño, que a la postre ganó la competición, estaba entrenado por un tal Luis Costa del que me acordaré toda mi vida. No por su desempeño como entrenador sino por lo que dijo en rueda de prensa cuando supo que se enfrentaba al equipo colchonero. Sin ningún tipo de ironía o sarcasmo deslizándose por su curtido rostro, el entrenador zaragocista reconoció en voz alta estar contento de tener que enfrentarse a un equipo de segunda división. Recuerdo que algún nostálgico periodista dijo algo parecido a “pero es el Atlético de Madrid” a lo que el tal señor Costa respondió con algo parecido a: “pero es un equipo de segunda división”. Aquella puñalada gratuita y repugnante (siempre he odiado a los aprovechados que sólo golpean cuando son poderosos) se me quedó clavada en lo corazón y ahí seguirá instalada hasta que me muera. Para lo bueno y para lo malo. Odié a aquel señor con todas mis fuerzas por perpetrar esa humillación que por otro lado él entendía como cierta pero también me sirvió para entender que en esto de los equipos hay cosas esenciales como el respeto, el orgullo, la dignidad o el corazón que se escapan a los puntuales resultados concretos. 

El Atlético de Madrid, con sus casi cien años de historia al hombro volvió a la senda de la primera división dos años después pero como esas lesiones mal curadas que acaban con carreras de jugadores prometedores fallaba algo. Mientras que los números muy lentamente volvían a la tendencia histórica seguía faltando ese respeto moral que tipos como el tal Luis Costa nos había perdido. El Atleti saltaba a los estadios como un equipo más de la primera división que, dependiendo de las circunstancias y el momento concreto, podría ser más o menos difícil de batir. La camiseta no asustaba. El escudo tampoco. Podría hacerlo algún jugador estrella o una micro racha de suerte pero ese aura que sobrevuela sobre los equipos grandes, independiente de quien se enfunde el uniforme, no aparecía por ningún sitio. Hasta que ha llegado Simeone y ha construido un equipo. Un señor equipo. Denso y compacto. Con espíritu y músculo. Un equipo que se llama Atlético de Madrid y que tiene el respeto de sus rivales. Independientemente de quién juegue, del día, del momento y de la competición. Simeone ha venido a este club para decir desde el banquillo, desde el césped o desde una rueda de prensa que ojo señores, somos el Atlético de Madrid y ahí fuera hay un montón de gente que está con nosotros. 

“Si el mundo se terminará tú serías mi amigo apocalíptico. Hasta mañana entonces...” 

El ambiente en Sevilla era espectacular. Desde el punto de vista puramente futbolístico el encuentro se presentaba como una de esas ocasiones especiales en las que todos los jugadores quieren estar. Presión, ruido, colorido, graderío hostil y encima una lluvia torrencial que aportaba épica al cuadro. Fantástico. Lamentablemente en el mismo cuadro aparecía también ese Hooligan maleducado y fanfarrón que hace las veces de presidente del Sevilla. Un tipo con demasiadas sombras a su espalda y que se había encargado de calentar imprudentemente un partido que no necesitaba combustible violento para ser especial. Pero este renacido Atleti que se construye desde el corazón tiene también una poderosa cabeza que lo hace estar a la altura de las circunstancias. Especialmente en partidos importantes. Todos esperábamos un arranque brutal de los sevillanos buscando ese gol tempranero que diera la vuelta a la eliminatoria y permitiese a los andaluces desplegar su temido contrataque pero lo que vimos en el campo fue todo lo contrario. Un equipo hispalense ralentizado por la buena disposición táctica de su rival y un Atleti serio y contundente que mordía en cuanto los blanco ponían a rodar la pelota. Así que efectivamente ocurrió todo lo contrario de lo que estaba escrito en el guión de Emery. A los cinco minutos un pelotazo ronda la frontal del área y el segundo de duda de los centrales sevillistas es aprovechado por Diego Costa, ese jugador, para primero atrapar el balón, más tarde bajarlo al suelo, buscar sitio de disparo frente a su rival y poner el balón en la base del poste abriendo el marcador. La grada del Nervión que soportaba la lluvia por fuera notó como empezaba a calarse también por dentro. Hablar otra vez de Diego Costa puede sonar redundante pero es que el brasileño está en un estado de forma inmejorable. Es un jugador clave, aporta miles de cosas y cada vez que aparece en el partido es para liarla. Un jugador que desquicia a sus rivales y no sólo por su constante brega y provocación sino también, y ayer sobre todo, por su fútbol. Dinámico, atrevido, incansable y deslavazado. El jugador sorpresa de Atleti en lo que va de temporada. Ha nacido un señor futbolista. 

El Sevilla trató de no acusar el golpe y seguir haciendo lo mismo pero el problema es que los rojiblancos decidieron imitarles y continuar también igual. Según avanzaban los minutos los equipos tomaban consciencia de sus posibilidades y mientras el Atleti decidía bajar la línea de presión ligeramente el Sevilla asumía que la única solución pasaba por recurrir a la épica. Mientras tanto, ese jugador con aspecto de luchador de peleas clandestinas llamado Medel decidió partirle el brazo a Tiago. Así. Un tipo que si, es todo entrega y corazón pero que tengo la sensación de que generalmente está del otro lado de la legalidad en cuanto a lo que al reglamento de fútbol se refiere. Tiago trató de seguir con el brazo en cabestrillo (admirable la actitud del portugués) pero tuvo que dejar sitio a un Mario que salió algo despistado y que hizo recular al equipo algo más de lo esperado. Pero antes de que los de Emery repararan en ello esa dupla atacante que tenemos, y que es la envidia de medio mundo, decidió matar definitivamente el partido. Contrataque que arranca en Falcao, balón a la banda para Costa y el brasileño se escapa de todos por la banda con ese estilo tan anárquico como efectivo. Llegando a la línea de fondo el colombiano le mandó un mensaje telepático codificando su idea de desmarque y Costa le puso el balón en el sitio exacto. 0-2. Eliminatoria resuelta. El Sevilla necesitaba cuatro goles. 

A partir de ahí el partido se convirtió en una especie de acoso consentido que durante la primera parte apenas tuvo efectividad. La única jugada verdaderamente peligrosa llegó de la mano del talento de Reyes y Alberto (gran lateral zurdo) que dejaron en balón a Navas dentro del área para que de magistral derechazo pusiese el balón en la red de Courtois. Un gol que dejaba en los jugadores la engañosa sensación de que el partido no estaba acabado. La segunda parte fue otra cosa. El Sevilla jugó bastante bien contra la roca colchonera y lo único que le faltó fue aportar algo más de velocidad a su excelente movimiento de balón. El Atleti se echó ya definitivamente atrás (demasiado para mi gusto). Así, lo primeros 20 minutos fueron un bonito espectáculo de ataque y contrataque en los que el conjunto hispalense pudo marcar algún gol (Manu del Moral, Negredo) y los colchoneros sentenciar de forma mucho más contundente (Arda, Falcao, Costa,...). No fue así y con el paso del tiempo se apagaban las ocasiones y las esperanzas de remontada sevillista. Los últimos minutos fueron para el marginal gol de Rakitic (disparo desde fuera del área) y para las muestras de ese mal perder tan zafio y evitable que en ocasiones saca a relucir el equipo del presidente Hooligan. Ese del Sombrero y el Rabo. 

Así que el Atleti está en otro final. Y contra el Madrid. Y puede que en el Bernabéu pero como dijo Simeone en rueda de prensa eso es otra historia y hoy hay que hablar del partido porque lo contrario sería faltar al respeto al rival. Nosotros desgraciadamente sabemos lo que es eso. Hasta mañana entonces. 

 “Así que excavaré un túnel bajo tierra y esperaré pacientemente a ser encontrado. Hasta mañana entonces...” 

Until Tomorrow Then - Ed Harcourt




Partido de otro fútbol


At. Madrid 2 - Sevilla FC 1 

Que la Copa del Rey es un torneo precioso y emocionante, especialmente en su tramo final, es algo que he reconocido ya muchas veces. Con esa premisa de fondo parecería lógico suponer también que vivir en directo el partido de ida de una semifinal despertaría una agradable emoción en mi persona pero debo reconocer que no es así. Por alguna razón, en los últimos años los partidos contra el Sevilla FC suelen ser momentos en los que dejo de disfrutar y se despierta en mi interior un crisol de sensaciones encontradas que no me gusta. Que de hecho detesto. Desde aquellos tiempos en que el conjunto hispalense estaba dirigido deportiva y espiritualmente por ese monarca de las esquinas oscuras del fútbol llamado Caparrós, un profesional con una concepción del fútbol y del deporte radicalmente opuesta a la mía, los enfrentamientos contra los sevillanos han tenido poco de fútbol y mucho de otra cosa. Lejos de parecerme algo digno de recordar lo entiendo como una muesca en nuestra historia. Una costumbre fea e incómoda que me gustaría ver erradicada alguna vez. Independientemente de quienes sean los culpables, desde el exclusivo punto de vista del lado colchonero, deberíamos empezar a evitar entrar en una guerra que ni nos conviene ni creo que encaje con lo que este club ha sido durante toda su historia. La rivalidad deportiva estará ahí y crecerá o decrecerá en función del desempeño y resultado de sus protagonistas. Perfecto. El resto es tan artificial y escatológico que deberíamos hacer el ejercicio de constricción necesario para salirnos de la puja. No me interesa. Prefiero llevarme el dolor de la provocación a entrar en un sucio juego del que no quiero ser partícipe. 

Pero todo esto se veía los minutos antes de acceder al Vicente Calderón y todavía se hizo mucho más patente dentro. Un nivel de ansiedad y tensión a flor de piel en la grada que no se correspondía con un acto deportivo. No era la emoción de una semifinal que hacía correr la adrenalina a toda velocidad sino el empacho en sangre de esa sustancia que el cuerpo humano supura cuando se siente amenazado. Ese ambiente se trasladó a un terreno de juego en el que se reconocía a los dos equipos. El Atleti de Simeone bien plantado, activo, dinámico, incisivo, veloz… y el nuevo Sevilla de Emery colocado, sólido, agazapado sin bajar la guardia y muy consciente de que en la Copa del Rey se juega la temporada. Tras unos primeros minutos de cierta ansiedad y precipitación cada escuadra adoptó su rol llegando a un cierto equilibrio. Pero no duró mucho. El Atleti, sustentado sobre todo en el incansable trabajo de los dos mediocentros (es justo destacar el gran partido de Gabi) se hacía con el centro del campo y ayudado por un Koke omnipresente y los dos estiletes de las bandas (Juanfrán estuvo más activo que otras veces) se metía cada vez más en terreno contrario. Y empezaron a llegar las ocasiones. Por la izquierda y por la derecha. Con Turán y con Filipe Luis. Pero no estaba Falcao. Y se notaba. Diego Costa, haciendo otra vez un gran partido, es un jugador tremendamente activo que se pasa 90 minutos tirando desmarques. Tiene mucha facilidad para abrir la delantera y caer a banda pero el problema es cuando no hay nadie detrás. O cuando el que está detrás es el actual Adrián. El asturiano lo intento y trató de entrar constantemente en juego pero no está con confianza. La duda es si Adrián es el de hoy o el del año pasado. La certeza es que hoy no está con el nivel que necesitamos. Resolvió mal a la hora de definir en casi todas las ocasiones y hasta tuvo errores tácticos básicos como el de irse al primer palo cuando Diego Costa viajaba al mismo lugar para dar el pase de la muerte al segundo. Aun así la ocasión más clara de la primera parte fue del brasileño que tras un pase magistral de Gabi se quedó solo delante del portero rival pero no acertó a meter el balón en la portería. Para entonces el Atleti era un vendaval y el baño de fútbol y juego que estaba dando a su rival era considerable. Pero llegó el descanso y el empate a cero lucía en el marcador de forma injusta. 

El juego y verticalidad del Atleti había enmascarado ligeramente la labor arbitral. Malo en las decisiones pequeñas y absolutamente nefasto a la hora de controlar el partido. Permitió que las constantes provocaciones, primero y sobre todo del Sevilla pero más tarde también de los colchoneros, acabasen impunemente con lo que sin darnos cuenta estuvimos inmersos en ese juego zafio y detestable de patadas, codazos, protestas, pérdidas de tiempo, miradas asesinas, gestos macarras y demás habitantes del otro fútbol. Eso que aparece siempre últimamente en los Atleti-Sevilla. El segundo tiempo comenzó con todo eso en el campo, con un Atleti que trataba de hacer lo mismo pero con un Sevilla que se había aprendido la lección y que ahora cerraba las rendijas por las buenas o por las malas. Los dos equipos jugaban en campo de los andaluces pero las ocasiones no eran claras. Hasta que llegó el principio del fin. Mano en el área hispalense, tarjeta amarilla, la consiguiente expulsión de Spahic, penalti y gol de Diego Costa que fue el que había provocado todo aquello. Lata abierta. 1-0. Bien. 

No. Mal. Muchas veces hemos criticado al equipo, yo el primero, por echarse atrás tras marcar un gol pero partidos como éste son los que hacen anulan esa crítica de un plumazo y dar la razón a tipos como Simeone. Aunque todo es matizable, claro. Lo que uno reclama desde la grada es que el equipo no se encierre en su área a defender un gol pero eso no significa querer que los jugadores se marchen desaforadamente al ataque sin orden ni concierto que es lo hizo el Atleti. Durante unos minutos, aupado por la euforia ruidosa de la grada y un rival con diez, el equipo se fue en tromba arriba sin ser consciente de que rompía el partido. Los ataques rompían al equipo dejándolo abierto y con mucho espacio por defender lo que provocó la mejor jugada rival. Un balón en contrataque que recoge en el centro Navas con mucho espacio y que de pase magistral habilita un uno contra uno de Negredo que en la línea de gol Godín evita, yo creo que de forma involuntaria, con la mano. Penalti, expulsión y empate a 1. 

El Atleti acusó el golpe de forma dramática. Sobre el campo se vio entonces a un equipo local perdido y aturdido que no lograba encontrarse. El Sevilla, aupado en el gran resultado y la debilidad rival tomo el mando del juego y empezó a gustarse. El Calderón se encogía a medida que los de blanco rondaban el área y llegaban con peligro. Simeone contuvo la sangría sacrificando a Koke para sacar al Cata. El Atleti mostró entonces unas carencias físicas tan evidentes como preocupantes. Aun así, las fuerzas se igualaron y apareció, otra vez, el otro fútbol. También alguna que otra jugada aunque esporádica y de poco fuste pero en una de ellas, un combativo Cebolla consigue en su pelea que su rival evita la continuidad de la jugada con una nueva mano. Penalti que volvía a convertir Diego Costa para que la grada respirase algo más tranquila. El Atleti pudo aumentar la renta a partir de entonces, especialmente cuando Navarro derribó a Costa cuando se marchaba solo hacia la puerta pero no pudo ser. Tampoco puede decirse que fuese injusto. 

2-1 que deja el resultado abierto para la vuelta y que obliga a los colchoneros a realizar un buen encuentro pero sobre todo a construir una alineación preparada para defender o crear fútbol según se desarrolle el partido. Si el Sevilla gana 1-0 pasa la eliminatoria y es lo que buscarán. Un gol rápido que les permita replegarse y salir. Lo que más le gusta a Emery. El Atleti hará lo propio mientras evita el plan andaluz pero debe estar preparado para ese gol hispalense. El ambiente con el que perfumarán el encuentro en la rivera del Nervión no parece que pueda ser el de las grandes y agradables noches de fútbol sino otra cosa bastante más hostil. Habemus partido. Y no será fácil.

Sensaciones en la oscuridad

Sevilla FC - At. Madrid

Los grupos sociales son en teoría una amalgama de voluntades que se suman y se restan. Aunque en muchas ocasiones (casi siempre) se habla de ellas como un ente compacto de voluntad, personalidad y características propias la realidad es que es es muy aventurado analizar las individualidades por el todo. También se hace. Desconozco el perfil de aquellos aficionados del Atleti, pertenecientes por tanto al grupo social de los colchoneros, que tras el empate en Sevilla está criticando a Simeone pero aun a riesgo de equivocarme debe pertenecer a un grupúsculo minoritario. O si no es minoritario el minoritario soy yo y me estoy equivocando. En cualquier caso, mayoritario o no, yo soy del Atleti y no estoy de acuerdo. Primero, porque me parece estúpido recurrir exclusivamente al resultado para juzgar un proyecto que empieza a mitad de temporada, sin poder influir en su diseño y heredando una plantilla rota que coqueteaba anímicamente con el descenso. Especialmente cuando los resultados no vaticinan ninguna crisis. Segundo, porque uno que se ha tragado las valientes propuestas de Manzano, Ferrando, Aguirre, Abel, Quique y Manzano de nuevo sabe perfectamente (porque hemos hecho un Master durante todos estos años) lo que es salir a no perder los partidos. Esa colección de estrategas del miedo nos lo ha enseñado. Si eso tiene que ver algo con lo que lleva haciendo el Atleti, incluido el partido de Sevilla, que venga Dios y lo vea. Tercero, porque por primera vez en décadas veo un equipo en el campo. Un equipo con personalidad, carácter y fútbol. Un equipo con criterio que sabe a lo que juega. Esté quién esté. A lo mejor es simplemente una cuestión de sensaciones. No lo sé pero por favor, camaradas colchoneros, no lo jodáis.

Muchas eran las dudas que aparecían antes del partido. Las bajas de Arda, Diego y Falcao en un equipo corto, desequilibrado y falto de talento parecían letales a priori y críticas para encarar un partido contra el renacido Sevilla. Los agoreros vaticinaban derrota. Los derrotistas sufrían por prescripción médica y como medida preventiva. Los analistas esperaban un cerrojazo atlético que compensase las bajas. Nada de eso señores. El Atleti salió exactamente igual que los días anteriores. Con un pequeño cambio táctico (un nuevo mediocentro) pero con el mismo esquema mental de equipo. Y funcionó. A los 8 minutos Gabi recoge un balón en la izquierda y lo mete en el área para que Salvio al segundo palo remate soberbiamente de cabeza. Golazo del argentino que a veces tiene estas cosas. El equipo siguió demostrando entonces la clase de escuadra que quiere su entrenador. Siguió todo exactamente igual tomando los rojiblancos el control del partido. Incisivos en la presión, superiores en el centro del campo y rápidos a la hora de armar el ataque. El Atleti desarbolaba una y otra vez a unos sevillistas que no se encontraban. Las ocasiones se sucedían pero como siempre, el verdadero talón de aquiles de este equipo, no se concretaban. Soberbia primera parte del cuadro madrileño en la primera parte.

Pero desgraciadamente para los madrileños las cosas cambiaron tras el descanso. Michel reforzó su centro del campo y recuperó el control del balón. Los hispalenses, sabedores de la superioridad atlética en la medular, decidieron robar y llevar el esférico a la banda ahí Reyes pero sobre todo Navas se hicieron los dueños y provocaron desajustes en el rival. Los blancos tocaban mejor, más rápido y con mejor circulación. Así llego el gol de libro de Babá. Balón a Navas que coloca un soberbio pase al centro del área para que el ariete la empuje. El empate aupó a los locales que se hicieron más incisivos. El Atleti poco a poco perdía el balón y el fuelle con lo que el desequilibrio se hacía patente. La falta de banquillo de los madrileños más que patente se hizo patética y los últimos minutos se convirtieron en una suerte de apretar los dientes y sufrir. Pudo haber sido en balde si el colegiado no hubiese anulado en las postrimerías del partido un gol al Sevilla que por otro lado, estuvo bien anulado. El Atleti tiró de orgullo y trató de acabar el partido en área sevillista (como tiene que ser) pero ya no quedaban fuerzas ni recursos.

Empate justo que sin embargo es un pésimo resultado para la lucha por las cuatro posiciones de cabeza. Aun así queda mucho y yo confío en este equipo. Si, se que hay miles de equipos en una horquilla muy pequeña y que los equipos del descenso están a un par de partidos. Lo sé pero mis sensaciones son buenas. Serán sensaciones en la oscuridad.

Gruff Rhys - Sensations in the dark

Año nuevo

At. Madrid 0 - Sevilla 0


“Así que este es el nuevo año, pero yo no siento ninguna diferencia”

Es oficial: estoy cansado de este Atleti. Cansado de sus dudas, sus imperfecciones, sus carencias, sus excusas, sus condicionados y sus mentiras. Son siempre las mismas. Es siempre lo mismo. Por la izquierda o por la derecha. Sin toro o sin toreros. Año tras año se pretende vender una ligera aplicación de desodorante como una ducha en toda regla pero no es así. El Atleti construye sobre cimientos de barro y la casa siempre está torcida. Por mucho que la pinten. Por mucho que le cambien. ¿Año Nuevo? No señores, lo mismo de siempre.

Caminando hacía el estadio supe la alineación elegida por Manzano para el partido de hoy y no era otra que probablemente la alineación titular que todos los aficionados teníamos en la cabeza por ejemplo el día del Barça. Entonces no salió, igual que no salió en Francia lo que deja claro cual era el partido para ese señor que se sienta en nuestro banquillo. Cuál es su liga. Cuál es su objetivo. El Barça está en otro mundo. La Europa League es esa competición en la que hay que hacer “un buen papel” con lo que un punto fuera de casa es “positivo”. ¿Les suena el discurso? Claro, que les suena. Es el mismo de siempre. Europa. Chapotear con mediocres argumentos en la mediocridad para intentar sacar la cabeza. ¿Digno del tercer presupuesto de la liga? No lo creo pero, ¿a quién le importa?

En el campo lo que vimos fue también algo muy parecido a los Atleti-Sevilla de siempre. Un estadio casi lleno, un equipo que quiere ganar y no sabe o no puede y enfrente de otro equipo que no quiere jugar, que no quiere que el rival juegue y que también es miembro honorífico del club de los “valientes” que entienden que un punto fuera de casa es un gran resultado. El equipo titular y el jugar en casa le dio al Atleti el balón desde el comienzo del partido. Seguimos circulándolo con mucha lentitud pero el hecho de tenerlo evita muchos problemas a la hora de defender. Sin mucha pasión ni profundidad los madrileños controlaban eso si el partido y poco a poco llegaron oportunidades claras. Suficientes para haber encarrilado el partido. Las mismas que otras veces entran hoy se fueron. Especialmente recuerdo una de Reyes que dentro del área y con toda la portería para él (aunque cargada de jugadores propios y extraños) la mandó fuera.

Falcao puso un gran empeño por entrar en juego y llegar a todos los balones (en ocasiones saliendo demasiado de su área de acción) pero estuvo muy marcado por la defensa Sevillista y permitanme que use el eufemismo marcado pero es que no se me ocurre otra palabra. Pasan entrenadores, pasan temporadas, pero el Sevilla sigue igual, dando patadas a diestro y siniestro. Muy lamentable la imagen que deja el equipo del Nervión que sigue “engrandeciendo” su leyenda en este estadio. Muy duro en el juego (parando con faltas cualquier intento del Atleti de construir fútbol), cobarde en el planteamiento (regalando el balón y olvidándose de jugar) y marrullero en las formas (perdiendo tiempo prácticamente desde el primer minuto de la primera parte). El marcador reflejaba al descanso el 0-0 pero el Sevilla podría y debía haberse ido perdiendo al descanso bien por alguna ocasión o por un clarísimo penalty a Falcao que el pésimo árbitro de esta tarde tampoco vio.

La segunda parte cambió ligeramente el esquema durante los primeros veinte minutos. La habitual caraja del los rojiblancos se unió a un tímido intento de los hispalenses por hacer algo más. Tampoco fue una alarde de valentía pero al plantarse los sevillistas con algo más de intención y sobre todo adelantando la presión a nuestra salida de balón fue suficiente para sacar a relucir algunas de las muchas carencias que tiene el equipo madrileño. Con balón el Atleti es incapaz de circular rápido la pelota, incapaz de encontrar superioridades por las bandas con rivales cerrados y su único delantero es muy fácil de marcar. El pastiche táctico de Manzano utiliza un único delantero y cinco centrocampistas lo que hace tremendamente previsible el ataque colchonero. El famoso 4-3-3 no es tal sino más bien una suerte de 4-5-1 en distintas variaciones, todas ellas prescindiendo de delanteros y acumulando centrocampismo amorfo. Un sistema demagogo que pretende presentar a la grada la valentía del 4-3-3 pero que en realidad se contagia de la cobardía de su entrenador que hace que los dos supuestos delanteros dinámicos se pasen la vida en la construcción del centro del campo. Defendiendo, el equipo es todavía peor. Inútil en la presión (más que mala, nula) el equipo acostumbra a recular hasta su área facilitando la vida al rival. El Atleti se desquiciaba en su incomprensión mientras el Sevilla se estiraba con timidez llegando con cierta claridad hasta la portería rival. Su mejor ocasión vino a partir de un fallo garrafal e imperdonable de Mario Suárez (que lleva muchos partidos muy mal pero que bien es verdad vino condicionado por un error mayúsculo del árbitro que dio una absurda ley de la ventaja con un tiro directo a escasos dos metros de la frontal del área) que dejó a Manu del Moral delante de Courtouis y que afortunadamente marró.

Los cambios de Gabi por Tiago (para mí incomprensible) y de Salvio por Reyes hicieron devolver el control del partido al Atleti hasta el punto de probar al cancerbero sevillista más de una vez pero Javi Varas tuvo dos o tres intervenciones de mérito desbaratando las oportunidades. La más clara sin embargo  fue una gran jugada de Reyes por la derecha que Falcao falla en boca de gol sin necesidad de que actúe el portero. Viendo lo que se cocía, el Sevilla decidió volver a su esencia y a base de cambios, patadas y pérdidas de tiempo consiguió llevar el cronómetro hasta el final. Ya me lo pareció Marcelino el año pasado y me lo sigue pareciendo este: otro entrenador-mentira con más miedo que vergüenza. Sonó para el Atleti pero está bien dónde está.

El Atleti no ha ganado hoy por mala suerte. Así lo creo. También creo que cuando no es la mala suerte, es la defensa, o el inútil del entrenador, o el rival o la bolsa de Nueva York. La realidad es que hemos ganado los mismos partidos que hemos perdido, que fuera de casa salimos a no perder y que con todos los grandes palmamos o empatamos. Lo mismo de siempre. Año tras año. ¿Año nuevo? No señores, lo mismo de siempre.


“Así que todo el mundo coge su mejor traje y se viste. Hagamos creer sólo por esta vez que estamos sanos”


Death Cab For Cutie - The New Year
(Transatlanticism/2003)

Buena sensación, mal resultado (At. Madrid 2 - Sevilla 2)




Decía Chesterton que divertido no es lo contrario de serio. Divertido es lo contrario de aburrido y no hay más. El partido de esta tarde en el Calderón podrán enmarcarlo en el cajón intelectual que los eruditos quieran, loco, sin rumbo, alocado,... lo que quieran, Cada uno tendrá su justificación pero lo que no creo es que dude nadie de que ha sido un partido divertido. A pesar de que el fútbol se supone que debe ser fundamentalmente un espectáculo, lamentablemente muchas veces no es así y en el caso concreto del Atleti hacía mucho tiempo de hecho que no era así. El empate a dos que señalaba el marcador al final del partido,ese empate que otras tantas veces ha reflejado el marcador, hoy sin embargo era injusto a tenor de lo que había pasado en el césped. Hoy una vez más la suerte le ha sido esquiva al equipo colchonero pero El Atleti hoy ha ofrecido un espectáculo digno y divertido pero sobre todo si ha parecido un equipo digno en torno al balón y al calor de su público. ¿Era tan difícil?

La tarde era magnífica para ir al fútbol. Me encantan los partidos a primera hora de la tarde que es la hora a la que siempre se había jugado al fútbol en este país. Buena temperatura, estadio lleno y cada vez más bufandas oro y verde en los aledaños y en las gradas lo que hacía que uno entrara al campo con más ánimo de lo que era normal estos últimos días. El equipo pareció también contagiarse de ese ambiente porque apareció con mucho ritmo sobre el césped. Quique repitió alineación (yo creo que por primera vez en lo que de temporada) y salvo la inexplicable presencia de Raúl García, no ya en el equipo titular sino en la la plantilla que está dada de alta en la federación, el equipo parecía bastante lógico viendo lo que hay. El brío anímico casaba muy bien con los dos interiores que hoy otra vez se escapaban de su enquiosada posición en la banda para unirse al centro del campo y ayudar a la creación. El equipo lo acusó para bien haciéndose dueños del balón y del partido mientras metía al equipo sevillano en su campo. Buena primera media hora de los madrileños que confirmaba sobre todo las buenas sensaciones que ya dejó Koke en Zaragoza. El canterano muy bien entre líneas, muy activo, listo y tácticamente sacrificado. Cuando escucho eso de que los jugadores se están adaptando me acuerdo de casos como este. Los buenos jugadores no necesitan adaptación.

Enfrente estaba el Sevilla, un equipo como el nuestro en horas bajas que hoy se presentaba con la peor versión de los últimos años. No por jugadores sino por actitud y concepto. Dónde antes había un equipo defensivamente robusto, bien armado, vertical, valiente y letal, hoy la valentía desaparecía y las opciones pasaban por eso tan conocido de esperar a ver que pasa. Lo que tantas y tantas veces he despreciado de mi propio equipo aparecía enfrente. Claro está, en el banquillo se adivinaba la figura de Manzano, ex entrenador colchonero, que como todos los entrenadores que ficha MA Gil es de esos directores técnicos que reniegan a llevar la iniciativa, que cualquier éxito pasa por los errores del rival y sobre todo que se crecen únicamente en la mediocridad.

Pero pasado los 30 minutos el Atleti se quedó sin brío, empezó a pasarse la euforia, empezó a desaparecer Tiago y a aparecer Raúl García y se acabo la esperanza. En la primera llegada de los hispalenses, en un fallo defensivo en la marca, no tengo claro de si de Reyes o Raúl García, Negredo engancha un buen balón que se cuela en la puerta. Injusto resultado con el que se iban los sevillanos al descanso que pudo no haber sido tal si el bueno del Kun hubiese acertado un remate a bocajarro pocos minutos después pero el argentino remató a los pies de Varas.

Convencidos de la mala fortuna, la segunda parte comenzó como la primera, con las mismas ganas y el mismo ritmo pero con más suerte. A los pocos minutos Forlán ve el desmarque en diagonal hacia el área de Keko y le mete un soberbio pase que el canterano remata a gol de forma prodigiosa. Golazo que servía de merecido premio a un jugador en franca progresión.

El partido entonces entró en un tramo bastante loco y alejado del rigor táctico, eso que tanto pavor le da a los entrenadores en general y especialmente a entrenadores como los nuestros, como los que estaban hoy en el campo, que piensan que el talento, la diversión y la magia son enemigos del fútbol. Un Atleti lanzado llegaba al área rival y primero koke otra vez y después unos demasiado egoistas con el balón Reyes y Kun pudieron haber puesto a los colchoneros por arriba. Pero también los madrileños dejaban huecos para que los sevillanos salieran en contrataque. Los del Nervión sin embargo no llegaron a inquietar a De Gea hasta mediado el minuto 70 en el que un contrataque muy bien lanzado por los andaluces acabe de nuevo con un balón suelto en el borde del área que remata un desaparecido hasta entonces Rakitic. El Sevilla se ponía por segunda vez por delante en el marcador y por segunda vez de forma injusta.

Desde ese momento hasta el final el partido fue un acoso constante de los madrileños apoyados por una afición sin fisuras y entregada a un equipo que hoy si sentía como suyo. El empate llegó tras un error tremendo de los de Manzano tirando el fuera de juego que dejaron a Reyes encarar sólo por la izquierda y llegar hasta la portería para marcar. El partido podría haberse decantado por los locales si el Kun no hubiese fallado delante del portero en la jugada tonta del partido. Una muy dudosa cesión al portero de los sevillistas es sacada con picardía por Tiago para que el Kun con todo por delante rematase al portero. Pero también se podía haber perdido si en gran disparo de Negredo desde muy lejos hubiese ido unos milímetros más abajo en lugar de estrellarse con el larguero.

El equipo deportivamente se derrumba, la institución está infectada y podrida por dentro. La cantidad de pancartas en contra de la directiva crece con los partidos y la campaña de desinformación de los medios se intensifica día tras día. Malos tiempos para un equipo gerencialmente despreciable, penosamente planificado y torpemente entrenador pero un equipo que hoy no merecía perder.