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¡Un abrazo!

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Guionista de la historia

Si yo fuese el guionista de la historia, el Atlético de Madrid ganaría esta temporada la Champions League para quemar el trofeo en una pira bautismal nada más recibirlo y anunciar a los cuatro vientos, en prime time, que jamás volverá a jugar esa competición corrupta. Así, con un final tan fordiano me imagino yo el desenlace perfecto a la andadura europea del Atleti de Simeone. Pero no se preocupen. No soy el guionista de la historia.

Adoro los partidos internaciones de clubes y me encanta vivir esas noches en directo pero detesto con todas mis fuerzas (cada vez más) una competición mentirosa que ha sido impunemente adulterada con el único objetivo de ganar dinero. Negocio que diría ese ideólogo del averno llamado Tebas. Con el mismo argumento que emplearía cualquier tratante de blancas, los soldados de la UEFA dicen simplemente estar dando al pueblo lo que el pueblo demanda. Los números les dan la razón pero también se la dan a cualquier morador de las esquinas de Baltimore. No todo es dinero. O sí, porque apoyados en un fiel ejército de empleados audiovisuales son además capaces de apaciguar a los inspectores y justificar cualquier desliz apelando a la magia, a las hadas blancas y a la suerte. Aquí paz y después gloria. 

Lo he pasado mal viendo el PSV-Atleti pero parece obvio que venía condicionado de casa. 

El Atleti salió con poderío. Tocando el balón, dominando, combinando con clase y acosando el área contraria. Es decir, tal y como demandan los rapsodas de las ondas. Una pena que la misma colección de iluminados estuviese en ese momento viendo el "partido" del Barça o el entrenamiento del Real Madrid C. Es lo que vende. 

El Atleti se pareció unos momentos a eso que quieren los vendedores de humo pero el PSV tardó cinco minutos y dos pases verticales en poner las cosas en su sitio. Hasta el punto de marcar un gol que para mí debió subir al marcador pero que un árbitro pésimo decidió anular. Un par de gritos de Simeone arreglaron la situación. Una cosa es dominar con el balón y otra cosa es ser vulnerables de forma gratuita. Una cosa es querer ganar y otra caer en la trampa que te tiende el rival. Ese PSV de Cocu que se ha convertido en equipo compacto y muy interesante. 

El Atleti siguió dominando a partir de entonces pero ahora con bastante más de criterio y sin tener que parecerse a nadie. De esa manera llegó el gol, tras un rechace que recogió en la frontal del área Saúl (¡qué jugador!) y que vino precedido por un aparatoso choque de cabezas que el árbitro podría perfectamente haber parado pitando falta (aunque yo no tenga tan claro que lo fuese). 

Las vociferantes gradas de Eindhoven, que ya antes estaban en un estado de excitación superlativo, echaron el resto para jugar un papel determinante. Primero aupando a su equipo que a base de brío y pelotazos al hueco logró reponerse. Después sacándole al árbitro un penalti bochornoso (piscinazo infame) que desperdició el bueno de Guardado. Bueno, que atajó Oblak en realidad. Y quiero pararme en este punto porque me parece sumamente mezquino juzgar a un portero por una miserable tanda de penaltis. Me dan ganas de vomitar cada vez que veo a alguien poniendo los focos en ese día, en ese momento y en un tipo que encima nos había llevado hasta allí. Un jugador que me parece uno de los grandes aciertos contemporáneos de la secretaría técnica del club. 

El Atleti encaró mucho mejor el inicio de la segunda parte con Koke y Saúl mandado y con Griezmann y Filipe Luis en estado de gracia. Gameiro empezó a formar parte del equipo y el Atleti aprovechó bien las debilidades del rival. Pudo sentenciar fácilmente pero el delantero francés falló dos oportunidades de escándalo (especialmente la primera con toda la portería para él). O se encuentra con el gol en un breve plazo de tiempo o vamos a empezar a tener (otra vez) un grave problema. 

Los errores de cara a puerta provocaron un final de partido agónico, con el equipo holandés volcado y los colchoneros, exhaustos ya para entonces, sintonizando un modo de juego especulativo y pasivo que me aterroriza. 

Tres puntos muy importantes en un grupo infernal en el que cada partido será un poema. Tres puntos que deberían servir, y hablo en primera persona, para apaciguar los ánimos, mirar exclusivamente al siguiente encuentro y tratar de disfrutar antes de sufrir. Prometo ponerme a ello. 

@enniosotanaz

(Foto extraída de Mundo Deportivo) 

La guerra de los mundos

El 30 de octubre de 1938 la CBS norteamericana narraba a través de sus ondas radiofónicas una invasión alienígena que Orson Welles había perpetrado adaptando una novela de HG Wells. El grado de verosimilitud era tal que las calles de Nueva York y New Jersey (donde supuestamente se estaba produciendo la invasión) entraron en pánico. Las centralitas de comisarías, edificios públicos y hospitales se bloquearon y la población entró en crisis. Algún radioyente avispado salió a la calle y comprobó in situ que no estaba ocurriendo nada realmente pero nadie recuerda el nombre de ese tipo. “¿Cómo no va a pasar nada si lo dice la radio?”, le decían. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

El 7 de enero de 2012 Diego Pablo Simeone debutaba como entrenador del Atlético de Madrid en el estadio de La Rosaleda. Comenzaba entonces una nueva edición de La Guerra de Los Mundos… pero al revés. Mientras en la calle se forjaba una preciosa historia de superación, de fe, de trabajo, de gestión, de comunión, de aunar valores deportivos, de alegría, de emoción y de fútbol, en los medios de comunicación se relataba una gris novela de terror pergeñada por los mercados y adaptada por los siervos de la gleba. Mientras en las calles se producían milagros sustentados en el trabajo, en las ondas nos contaban una historia triste, aparentemente realista, sobre el drama de ganar a balón parado, la violencia extrema, la posesión como nuevo paradigma de vida, la definición estética de un puñado de rapsodas como condición de vida (y de muerte), la jardinería como pilar de la sociedad, la viscosidad cinemática del césped o la sensación de vergüenza que aparentemente deberíamos tener los aficionados colchoneros por el simple hecho de serlo. Un muchacho, abstemio y de buena dicción, llamó desde la noche de Munich para decirle al mundo lo que veía en la calle. Un equipo que no estaba invitado a la Convención del Dinero había alcanzado la final de la Champions League por segunda vez en tres años. Lo había hecho además eliminando al campeón de Portugal, al campeón de Holanda, al campeón de España y al campeón de Alemania. Un equipo que con presupuesto cinco veces menor que sus rivales había ganado en cinco años todo lo que se puede ganar como club (a excepción de esa bendita Champions). “Sí, pero…” le dijeron sus vecinos. “¿Vas a saber tú más que los que hablan en los medios?” 

Pero si hoy abren la ventana y miran con sus propios ojos verán que el Atleti está en la final de Milán. Que lo está por méritos propios y que lo que ha conseguido es una gesta sin precedentes. Que lo está después de eliminar a uno de los equipos más potentes del mundo (dentro y fuera del campo) en una batalla épica en la que se peleó “como hermanos”, “derrochando coraje y corazón”. Que lo está después de eliminar al equipo que mejor le ha jugado a este Atlético de Madrid (Simeone dixit). 

La batalla comenzó como se suponía, con un Allianz enfervorecido y un equipo bávaro saltando en la yugular de los rojiblancos. Los alemanes, orgullosos y dolidos, parecían desatados. Lo estaban. Los madrileños, serios y disciplinados, parecían superados por las circunstancias. No lo estaban. Simplemente el rival estaba siendo mucho mejor. La primera parte fue un monólogo del equipo de Guardiola. Un despliegue técnico y táctico decorado con una de las mejores macedonias de talento del planeta tierra. Cuando marcó Xabi Alonso el mundo colchonero se tambaleó mientras Munich rugía. Cuando minutos después al árbitro turco pitó un penalti el alma ya se nos partió. Era el fin. Pero no. No lo era. Nunca dejes de creer, leí en el teléfono. Estaba Oblak. El hombre tranquilo. Un tipo cuya sangre se podría emplear en procesos criogénicos y que parece que nada de lo que pasa en el campo vaya con él. Pero como ataja. Y como juega, porque lo que hace este portero es jugar al fútbol. Estar. Aportar. Transmitir. Oblak fue el héroe de la noche alemana. Lo merecía. 

Simeone dijo a los muchachos en el descanso que no estaban siendo el Atleti y lo que dice el Cholo va a misa. Seguramente por eso volvieron al campo sabiendo que tenían que recuperar el pulso y la fe colchonera para seguir adelante en la competición. Y lo hicieron. Claro que lo hicieron. Como siempre lo hacen. El Bayern fue otro porque el Atleti fue otro. Entonces llegó el golpe de gracia. Otra de esas jugadas grabadas a fuego en el subconsciente colectivo. Griezmann de cabeza, Torres que la manda larga a la espalda de la defensa y el francés que resuelve como sólo saben hacer los que están dotados de un don especial. 1-1. ¡Hostia, qué pasamos! 

Y pasamos. Sufriendo las embestidas de los alemanes cabreados. Teniendo que encajar un gol de pundonor de Lewandowski tras un salto de ese chileno malencarado que no es consciente de representar perfectamente aquello que tanto critica. Tuvimos que pasarlo mal mientras Oblak se coronaba como rey de Europa y Fernando Torres nos quitaba un par de años de vida fallando un penalti que para mí no había sido. Pero el árbitro pitó el final y todo lo anterior ya no importaba. No sé qué pasó en el campo o en la grada porque no pude verlo. Estaba gritando, abrazándome, contestando llamadas de amigos y recibiendo felicitaciones mientras las pulsaciones de mi cuerpo volvían, por fin, a valores propios de los seres humanos.

¿Y ahora? Muy fácil. Vivan el momento. Sean felices. Abran las ventanas. Dejen entrar la luz y el aire puro. Bajen a la calle. Toquen, beban, coman y gusten. Vean la realidad con sus propios ojos, tal y como es. Vívanla y olvídense de los que la están retransmitiendo porque lo que están transmitiendo es una mentira y la verdad es mucho más divertida. 

@enniosotanaz

Realidad

El día en el que todos ganaban, el Atleti perdió. Mientras los políticos de este bendito país, todos, arrastraban delante de las cámaras esa sonrisa que llevan practicando toda la vida, en Málaga el conjunto colchonero fruncía el ceño. Mientras los ejes del poder se seguían sujetando con ardor a los lugares que nunca han abandonado (ni abandonarán), el frágil y minoritario poderío colchonero sufría una de esas tardes clarificadoras con las que inexorablemente nos topamos los que estamos sometidos a la humana costumbre de cometer errores. Mientras en la galaxia, a fuerza de sacrificar personajes y forzar el guión, volvían a decorar la realidad del color que más le gusta a “todo el mundo”, en la ribera del Manzanares escuchábamos con acento andaluz los insultos que genera el odio prefabricado. Sin querer, nos topábamos de repente con la verdadera realidad, esa que dice que ahí fuera hace frío y que cada día es una aventura distinta en la que puedes ganar o perder. Decía mi admirado Philip K. Dick que la realidad es eso que sigue existiendo a pesar de dejar de creer en ello y qué razón tenía. 

No pido a nadie que me siga en mi análisis pero para mí la derrota rojiblanca se basa en tres ejes: 

Atleti. 
El principal culpable de la derrota. El propio Atleti Saltó al campo sin brillo y lo abandonó secó y magullado. Ya frente al Athlétic de Bilbao el equipo había dado muestras de un inusitado cansancio, impropio de un equipo tan físico, pero en Málaga las muestras fueron mucho más evidentes. Vendrá bien el parón. Quizá esa escasez de fuelle lo condicione todo pero la preocupante falta de intensidad en un equipo que hace de ello su bandera no le va a la zaga. Fue particularmente significativa. Por ahí se empezó a perder. Lentos, imprecisos y sin ideas, los de Simeone se vieron siempre superados. Incapaces de recuperar el balón y, lo que es más grave, sin saber qué hacer con él cuando tenían la oportunidad de jugarlo, tuvieron que replegarse más de la cuenta, correr a rebufo y actuar siempre como personaje secundario. Gabi naufragó en su improvisada labor de 5 (el agujero dejado por Tiago es abismal) y quizá por ello (y por haber estado a los 8:00 de la mañana en un colegio electoral de Boadilla del Monte) se salió del partido en la segunda parte cometiendo dos errores de principiante que provocaron las dos tarjetas amarillas que probablemente costaron el partido a su equipo. Hasta su expulsión el Atleti no había jugado a nada y San Oblak había sacado dos manos prodigiosas pero todo estaba todavía por decidir. A partir de entonces el cansancio se hizo más presente y aunque Torres volvió a tener en sus botas la posibilidad de adelantarse en el marcador, los diez jugadores se notaron demasiado y el equipo se fue deshaciendo poco a poco hasta que, agotado, tuvo la mala suerte de encajar un gol. Fue con un rechace en la pierna de Godín después de un remate de cabeza malacitano en el segundo palo. Ni siquiera en eso se tuvo suerte. Un día para olvidar. No hay más análisis. Un muy mal partido del Atlético de Madrid

Málaga
Deportivamente saltó al campo mucho mejor que su rival, puso más intensidad, más ganas y fue sin duda el que más hizo para ganar un partido que mereció ganar. Antes de seguir, si usted es de los que se la coge con papel de fumar, es incapaz de separar paja de grano o le cuesta detectar la escala de matices entre el blanco y el negro, vuelva a leer la frase y quédese exclusivamente con lo que está marcado en negrita. O mejor, deje de leer. Lo digo porque, para mí, la hostilidad y falta de fairplay con la que se empleó el Málaga sobre el césped (y en la grada) fue tan sorprendente como evitable. No les hacía falta. Con un odio cuyo origen sinceramente desconozco, los andaluces provocaron constantemente el enfrentamiento personal y fabricaron una guerra púnica con cada encontronazo natural. Con la mirada inyectada en sangre acudieron a reclamar tarjeta amarilla cada vez que les quitaban el balón y tirando de esa suerte de arte dramático tan propia de equipos de otra época, encendieron la beligerancia de la grada y la duda en la cabeza del árbitro. ¿Por qué? Entiendo la situación desesperada del Málaga y la presión con la que deben jugar pero no entiendo (ni entenderé) el odio (sí, odio) que mostraron contra el equipo de Simeone. Tampoco lo olvidaré. 

Árbitro. 
No creo que haya influido en el resultado, así que fariseos, quédense de nuevo con la frase en negrita. La expulsión es técnicamente justa y no creo tampoco que tuviese errores de bulto (más allá de un penalti a Carrasco que yo sí vi en la segunda parte pero que es raro que se pite fuera del universo Madrid-Barça). Con todo me queda la sensación de que el colegiado fue parcial, que aceptó sólo las reglas de uno de los dos equipos y que nunca protegió al equipo visitante (más bien todo lo contrario). Nada nuevo bajo el sol y, si me apuran, nada verdaderamente grave. De hecho, si no hubiésemos tenido la mala suerte de ver lo que ocurrió en el Bernabéu un par de horas antes ni me acordaríamos ahora del árbitro. 

Pero no pienso ponerme taciturno por un traspié ni justificar con atrezzo lo que ha sido principalmente un error propio. Ya dijo Simeone en rueda de prensa que el Málaga había ganado porque había jugado mejor. Fin de la cita. Tampoco pienso fustigarme. La vida es así. La realidad es así. Cuando te expones te pueden pegar. Cuando juegas puedes perder. Nadie es infalible, por mucho que los vendedores de fantasía de cartón piedra nos quieran hacer creer lo contrario con cada portada y con cada soflama. Toca recuperarse, apretar los dientes, entrenar más fuerte que antes y convertir la rabia en buen fútbol. Esto no ha hecho más que comenzar. Partido a partido. 

@enniosotanaz

Apaguen los focos

Simeone es un tipo muy listo. Creo que a estas alturas de película sólo los intoxicados por la estupidez y la envidia pueden dudar de ello. Cuando el argentino escarbó entre los cimientos del club para recuperar esa esencia que el propio club hacía décadas que había perdido, lo hizo incorporando al subconsciente colectivo una idea que ha trascendido la mera anécdota. Partido a partido. Lo que para mucho profesional de la venta de show-business a granel no pasa de ser un eslogan, para los colchoneros, al menos para los que logran abstraerse del tufo a pachuli de las candilejas oficiales, se ha convertido en una forma de vida. Simeone sabe el tipo de equipo que entrena. Uno que debe jugar siempre al límite para sobrevivir. Uno en el que, como decía Goethe, necesita que todo el mundo barra su trozo de calle para que la ciudad esté limpia. Pero los cantos de sirena están ahí, flotando en el ambiente y nosotros, los aficionados, somos “inocentes” portadores de esa terrible enfermedad. 

Si aguantar la presión deportiva del día a día en un equipo como el Atleti (sin medios públicos que, con medios públicos, vendan obscenamente nuestra marca, ni medios privados que, con medios públicos y privados, barnicen nuestros patinazos) es ya complicado, lo es más tener que convivir con la presión mentirosa (y peligrosa) de lo que todavía no ha ocurrido. Tener que sufrir y condicionar el hoy por cosas que se disputarán dentro de meses con condicionantes que ni siquiera conocemos todavía. Simeone ha luchado y lucha por evitar ese halo de perfume galáctico que tan mal nos sienta pero desgraciadamente, como abejas que saltan de flor en flor, muchos aficionados lo llevan pegado en las alas cada vez que se posan en el Estadio. Hoy contra el Athlétic de Bilbao se ha sufrido por muchas razones propias del propio juego pero también por la sobrepresión que provocaba el ambiente. Un ambiente frío y raro como nunca. Eran demasiado evidentes esos focos intensos que apuntaban sobre unos jugadores que no necesitan que les recuerden dónde y para qué juegan. Lo han demostrado ya con creces. Es como ese señor que, sin haberlo invitado, se pone a mirarnos fijamente, haciendo señas, cuando estamos tratando de aparcar. Él cree estar ayudándonos. No lo hace. Sé que no hay nada que hacer con los que deciden (y muchas veces fabrican) las noticias y controlan los tiempos pero somos otros los que entramos al estadio. Recuérdenlo. Apaguen los focos. Por favor. 

El Atleti ha sacado hoy 3 puntos muy difíciles frente a un gran Athlétic de Bilbao que, probablemente, ha merecido mejor suerte. El partido era a priori complicado por muchas razones, conocidas por todos, pero quizá por ello olvidamos el hecho de que pocos días antes, los mismos jugadores, habían estado librando una batalla a muerte en Lisboa. Con toda esa mezcla en la cabeza y en las piernas, el equipo del Simeone salió al campo a jugar y dominar el partido (como siempre) pero enfrente se encontró con un equipo muy bien entrenado y con una plantilla más que interesante. El Atleti, falto de chispa y de tensión, trataba de triangular el balón pero era incapaz de meterle mano a la maraña bilbaína. El juego acababa siempre en el ala izquierda perdido entre un bosque de piernas. No entiendo ese empecinamiento por usar una sola banda cuando en el otro lado tienes a Juanfran y a Griezmann pero no es la primera vez que pasa. Llegó algún centro lateral y un gol anulado a Vietto pero Irazoz vivió generalmente muy tranquilo. 

Los de Valverde taparon el empuje inicial y esperaron su momento que llegó mediante pases largos y el gran estado de forma del mejor delantero español ahora mismo en la liga: Aduriz. El vasco pincho un balón que venía desde las nubes y con un sutil toque hizo que Oblak tuviese que hacer la primera parada milagrosa de la noche. Inútil, porque el subsiguiente córner acabó en gol cuando Laporte enganchó en el segundo palo un buen saque cerrado. Los madrileños acusaron todavía más el calor de los focos a partir de entonces y volvieron a tropezarse con la solidez del rival. Los vascos estaban bien y se sentían fuertes pero pararon el partido en exceso. Las entendibles pérdidas de tiempo se prolongaban más de la cuenta y las lesiones disimuladas resultaron excesivamente exageradas. No les hacía falta. Eran perfectamente solventes como para mantener el partido donde querían con argumentos puramente deportivos. Esa actitud encendió sin embargo el corazón del rival y los madrileños acabaron acosando el área bilbaiana en los últimos minutos de la primera parte hasta que Saúl, también de corner, consiguió empatar el partido rematando en el primer palo y ya en el descuento. 

El empate parecía que podría suponer un revulsivo para los de Simeone pero ocurrió lo contrario. El Athlétic salió mucho mejor al campo en el segundo tiempo y se hizo dueño del partido. Con rigor táctico, actitud y juego vertical, pasó por encima del rival en varias fases. El punto de inflexión llegó mediante un mano a mano de Aduriz que el gran portero esloveno volvió a sacar milagrosamente. A partir de ahí, el Atleti siguió sin encontrar su juego pero trató de tirar de corazón y de valentía, poniendo en el campo a Torres (inédito otra vez) y Correa (voluntarioso, pero inédito otra vez). La fe y el empuje obtuvieron finalmente sus frutos cuando Griezmann encontró una pelota suelta en la frontal del área que empaló con la zurda para meterla en la portería. La celebración de ese tanto, con todos los titulares, todos los reservas y todo el cuerpo técnico subidos al abrazo del francés con su entrenador, demuestra mejor que un millón de palabras lo que es este equipo. Simplemente añadir una cosa: con Griezmann en el campo (y de tu lado) todo es mucho más fácil. 

El Atleti sigue ahí. Mientras los medios de comunicación, públicos y privados, gastaban su tiempo de “información” buscando conectar el pinchazo del Barça con la posibilidad de que el Real Madrid (su Real Madrid) se pusiese a 2 puntos del líder, el Real Madrid (su Real Madrid) acabó la jornada a 5 puntos del colíder, el Atlético de Madrid. Olvidaron, como siempre, que había otro equipo jugando. Enseñanzas del fútbol que lamentablemente no tendrán ningún resultado. Seguirán coloreando la fantasía mientras disparan al pianista y lo seguirán haciendo hasta que se muera la gallina de los huevos de oro. La necedad es así de tozuda. 

@enniosotanaz

Soldados del rodillo

Mientras los colchoneros braceamos entre dudas posmodernas y nos perdemos en debates de sala de espera, el Atlético de Madrid se coloca por encima de la gloriosa galaxia a cuatro puntos del mejor equipo de Europa. Es un dato tan contundente y revelador que quizá debería dejar aquí mi reflexión y dedicarme a buscar calzoncillos largos y gorro de lana para el partido de Champions del miércoles. 

Un par de comentarios nada más. 

Vi el Betis-Atleti a través de “Abono Fútbol” (no se me ocurre un nombre más feo y desafortunado para un canal de televisión) y al acabar, cuando todavía estaba recuperándome de ese beticismo gratuito del risueño señor que hacías las veces de narrador (y del que afortunadamente desconozco su nombre), uno de sus compañeros a pie de campo le preguntó a Koke la original pregunta de moda: “¿pero vais a poder competir la liga al Barça?”. El muchacho del micrófono no era más que un soldado raso, el perrito faldero de la voz de su amo, pero la pregunta no era inocente ni baladí. Tenía trampa. Me recordó a ese ser miserable que ante la perspectiva de que un amigo pueda haber conquistado a la chica de sus sueños (y él no) lo único que se le ocurre decir es: ¿pero vas a ser capaz de hacerla feliz? Es el recurso del pataleo. Esa manifiesta incapacidad para digerir la frustración que pretende aparecer disfrazada de rigor periodístico. Cualquier ser vivo con algo de cerebro sabe que es una pregunta sin respuesta. Que cualquier contestación no pasará de ser un brindis al sol o un intento chungo de adivinar el futuro. Cualquier profesional sabe que en el fondo es también una pregunta absurda y fuera de lugar (sobre todo cuando hace 15 segundos que acaba de terminar el partido) pero estos tipos risueños no son profesionales. Son soldados del rodillo. 

Técnicamente hablando el Betis-Atleti fue un partido fácil para los de Simeone. Si el equipo hubiese acertado un tercio de las oportunidades que tuvo estaríamos hablando de una gran goleada y de un gran encuentro por parte de los rojiblancos. Controló el partido, jugó muy bien por momentos y el rival apenas tuvo una ocasión que, como siempre, desbarató ese tipo tranquilo que tenemos en la portería. Se pusieron muy pronto por encima en el marcador, gracias a una jugada de acoso y derribo en la que el equipo presionó, como un grupo de alimañas, la salida de balón del rival, los errores, los rebotes y todo lo que se ponía delante. Parecían el paquete de delanteros de los All Blacks. Marcó Koke (recogiendo el rechace de un tiro de Torres) pero podría haber marcado cualquiera. El Atleti siguió jugando (muy bien, insisto) con un Tiago excelso, un Filipe recuperado para la causa, un Carrasco espídico y un Koke que poco a poco coge el tono. Griezmann y Carrasco pudieron poner el 0-3 ya antes del descanso. El francés pude haber hecho incluso triplete en la segunda parte pero las malas decisiones de cara al gol (y un poco de mala suerte) lo impidieron. Hubo algo de nervios en los momentos finales pero tengo la sensación de que todo estaba más en la cabeza de los colchoneros (y en las ganas de ese Hooligan de “Abono Fútbol”) que en otro sitio. 

 El Atleti sigue teniendo una preocupante falta de gol y eso le impide poder quitarse la mochila de las dudas pero en mi opinión el partido fue bueno y las sensaciones que transmitió en cuanto a juego, control, personalidad y creación, bastante mejores de las que venía transmitiendo últimamente. Como único pero, y más allá de la falta de acierto, destaco ese juego absurdo que el equipo tiende a practicar en los últimos minutos cuando el marcador está muy apretado. Esos pases sin tensión, horizontales, fofos y de espaldas a la portería rival que pretenden ser fútbol control pero que lo único que consiguen es aumentar el riesgo de error entre los nuestros. 

Creo que estamos bien. En buena línea, al menos. El único peligro de inestabilidad que veo viene provocado precisamente por los soldaditos del micrófono y la plumilla. Ese estilo filibustero de periodismo que es como preguntar algún tema estúpido y en castellano a un turista que desconoce el idioma para que su respuesta resulte siempre ridícula. Ya nos conocemos. Nadie sabe si el Atleti será capaz de disputar la liga o no. Nadie. Lo diga Simeone, los jugadores, Roncero, el Cuñao de Siro López o Dany Amatulo. Nadie. Lo que sabemos todos (menos los soldados del rodillo y sus locos seguidores) es que a los aficionados colchoneros no necesitamos saber lo que va a pasar dentro de cuatro meses para levantarnos hoy enamorados de nuestro equipo. Entiendo que no lo entiendan, especialmente los que venden caspa y los que compran crecepelo, pero ese es su problema y no el mío. 

De todas formas, por si alguno de los del micrófono se pasa por aquí (que lo dudo) vuelvo a explicar lo del partido a partido. Otra vez. El Atleti de Simeone quiere ganar todos los partidos que juegue. Punto. La diferencia es que el único partido que preocupa hoy es el siguiente y mañana ocurrirá lo mismo. Independientemente de dónde vengamos e independientemente de a dónde vayamos. Así de sencillo. Los vaticinios a la bruja Lola. Las apuestas a las casas de juego. Las tonterías al cerebro de quién las quiera leer. 

@enniosotanaz

Conclusiones tras el Madrigal

Ganadores. Los más jóvenes del lugar, o los que se han destrozado el cerebro a base de periodismo deportivo caducado, no lo recordarán pero hubo un tiempo en el que el objetivo del Atleti no era quedar tercero en la liga o ganar la Champions sino “hacer un buen papel”. ¿Lo recuerdan? Lo decían jugadores, entrenador y presidente. El Atleti parecía ser un pobre verso libre cuyo desempeño en el césped no se correspondía (ni por lo visto tenía por que corresponderse) con lo que apuntaba su presupuesto y su historia. Una parte de la afición colchonera (con el apoyo cómplice de los medios de comunicación, claro) llegó a celebrar una cuarta posición, conseguida in extremis tras una temporada de asco, como un verdadero título. ¿Recuerdan? Otra parte de esa misma afición llegó incluso a ilusionarse con la segunda llegada del ínclito Gregorio Manzano, agarrándose con ardor a esa campaña de los medios (siempre en su sitio) que vendía la experiencia anterior como "fantástica" dado que sólo el gol average de la última jornada nos había dejado fuera de Europa. ¿Recuerdan? La fragilidad cerebral del aficionado al fútbol nunca ha sido prodigiosa pero parece menguar según pasan los años. Gracias a Dios todo esto ha cambiado. Para bien. El Atleti que saltó ayer al Madrigal, independientemente de su forma física, estado anímico, capacidad de juego, carencia de gol, desequilibrios tácticos, falta de verticalidad y lo que ustedes quieran, lo hizo para ganar. Sin peros. Ni buena imagen, ni un puntito, ni historias. A ganar. Como sea. Eso, señoras y señores, es lo más importante. Al menos lo es para mí, que tuve que sufrir con dolor y diarrea, esas épocas “gloriosas” en las que “todo el mundo” aceptaba que mi equipo fuese una simpática comparsa. Los mismos periodistas que nos animaban entonces a celebrar una cuarta plaza son los que ahora nos exigen ganar la liga y la Champions, catalogando de sonoro fracaso no hacerlo. Ustedes verán lo que hacen y lo que quieren pensar pero basta poner los datos sobre la mesa y abrir un poco el objetivo para darse cuenta de lo obvio. 

Cansancio. Noto al equipo cansado. Pero más por una cuestión anímica que por algo físico que, sinceramente, no veo. Es como ese tipo educado que está en una fiesta que ya no le interesa para nada pero que, estando muerto de sueño y con unas ganas terribles de irse a su casa, es capaz todavía de mantener dignamente una conversación coherente. La temporada ha sido larga (tres competiciones peleando hasta el final) y dura (8 partidos contra el Madrid, 4 contra el Barça, Supercopa, Copa, Champions,…). Jugadores y cuerpo técnico han tenido que soportar también una inusitada y desproporcionada presión adicional, externa e interna, que en algún momento deberíamos analizar para intentar no autodestruirnos. Encima, tampoco han tenido demasiada suerte en momentos puntuales. Todo eso se tiene que notar y es normal que aparezca ahora que los objetivos golosos se han disipado. Todo cuesta más. Frente al Villarreal el equipo hizo un gran esfuerzo por mantener la concentración, la pasión y su característica intensidad pero la gasolina se está agotando. Los partidos que vienen van a ser terribles en este sentido y probablemente el efecto será cada vez más evidente. Me asusta pero confío en el equipo. 

Portería y Delantera. Durante muchas fases de la temporada había llegado a estar convencido de que la gran diferencia de este equipo con el del año pasado estaba en la portería. Creo que me equivocaba. Una inoportuna lesión a principio de temporada y una mala tarde en El Pireo condicionaron el futuro de la meta colchonera, pero a estas alturas de película da la sensación de que la portería está en buenas manos. Los últimos partidos de Oblak han creado suficiente certeza como para pensar que será (es) un portero más que solvente y que tenemos motivos para soñar con que se ha solucionado un problema que parecía irresoluble. El despunte de Oblak da todavía más valor a la temporada de un Moyá cuya titularidad es más valiosa sabiendo a quién tenía detrás. Al final, el verdadero problema estaba arriba. El Atleti 2014/2015 no tiene pegada, es obvio, y fundamentalmente no la tiene porque tampoco tiene delantero centro. Nuestro máximo goleador es un segundo punta francés en estado de gracia porque no tenemos un 9 a la altura de las exigencias. Quedan 4 partidos así que yo creo que ya lo podemos decir. Mandzukic no ha estado a la altura en ningún momento (llegó sólo a estar a punto) e intuyo que ya no lo va a estar. No sé si es una cuestión de calidad personal, de tipo de juego, de estado de forma o de adaptación al sistema pero en el fondo me da igual. No funciona. Es lo que hay. Que Raúl Jiménez formase parte de esta plantilla debería entrar en la categoría de milagro o de Expediente X. No merece mayor desarrollo. Y luego está Torres, un jugador al que es muy difícil juzgar sin la enorme carga emocional que tiene para la mayoría de colchoneros. Para mí sigue sin estar bien (está mal de hecho). Es cierto que no se le puede poner un pero a su compromiso y entrega pero creo que tampoco se le puede poner a Mandzukic o a Raúl Jiménez. Dicho esto, creo que ahora mismo debe ser el titular. Es cierto que le falta desborde y que ha fallado muchos goles pero también ha demostrado que puede meterlos (el de ayer es prodigioso y además se lo fabrica él solo). Como mínimo ha generado ocasiones de gol, cosa que no se puede decir de un croata que no remata a puerta desde que el futuro Balón de Oro, Chicharito, jugaba en el Guadalajara. 

Juego. El juego del Atleti es malo. Poco brillante y carente de ideas. No creo que sea una cuestión de colocar la defensa más arriba o más abajo sino de falta de grasa. De ausencia de frescura y seguramente de escasez de talento. El lateral izquierdo es un problema, por mucho que la actuación de Gámez sea más que digna y de un mérito tremendo. Es una limitación a la hora de atacar al rival en un equipo ya de por si limitado. La lentitud de ideas en los mediocentos es un problema generacional del que ya hemos hablado pero es que además (sobre todo) Arda y Koke están muy lejos de su mejor versión. Sin ellos, el Atleti pasa a ser un equipo demasiado parecido a sus rivales y todo cuesta el doble. Aun así me gustaría destacar que el Atleti jugó contra el Villarreal en campo contrario y tuvo el balón tanto como su rival (en la primera parte bastante más, incluso). Eso no significa nada (lo sabemos bien), pero lo digo por todos esos “analistas” que solo ven al equipo cuando juega contra el Real Madrid o el Barça y asumen que esa es la forma habitual de jugar. No, queridos. Levanten la vista del ombligo y descubrirán ahí fuera un mundo nuevo y fascinante. 

Quedan 4 partidos. 4 finales. Dejemos a los jugadores jugarlas en paz y juguémoslas nosotros fuera como ellos. Con orgullo, con dignidad, partido a partido y olvidándonos de los cantos de sirena del ejército de la caspa que intentará acelerar la realidad y tratará de poner los focos (y el veneno) en su propia miseria y en ese partido de la penúltima jornada que pretenden jugar sin tener que hacerlo. No seamos tan mediocres de caer en el engaño.

Saltar el partido

Hace años ya que jugar una eliminatoria contra el Real Madrid se ha convertido para los colchoneros en un suplicio. Un Vía Crucis eterno e insoportable que indefectiblemente deja secuelas. Entiéndanme bien, no estoy refiriéndome a lo incierto de un resultado concreto o lo que pueda pasar dentro del campo, que afortunadamente suele tener últimamente la forma de un partido de tú a tú, sino a lo que ocurre fuera. Ese despliegue brutal por parte de los ministros del sistema que, como agentes de una Stasi capitalista, se meten por cada uno de los poros de la sociedad para alertarnos de la obligación que tenemos de seguir la fe verdadera. Uno puede llegar a soportar con bastante normalidad ese permanente tono monocolor y tendencioso, presente en TODA la prensa hablada y escrita, pero es bastante más difícil tener que convivir con el desprecio e insulto constante hacia los indeseables que, como yo, se atreven a desafiar el orden establecido ignorando las soflamas del Gran Hermano, y hacerlo además enfundado en otros colores proscritos. 

Intentó concienzudamente huir de la caspa, ignorar los panfletos de propaganda, obviar las técnicas de Goebbels que emplean los “profesionales” de la comunicación para lavarme el cerebro con detritus de diseño e incluso trato de evitar las numerosas tertulias de gañanes que pululan por la geografía madrileña y que básicamente se limitan a repetir en bucle las estupideces que aprehenden de los foros oficiales, pero nada. Es imposible. Aun así consiguen siempre llegar. Al final es inevitable tener que echar gasolina y toparse en la gasolinera con una portada en la que un andaluz muy gracioso posa, con una montera y toreria, ilustrando uno de los últimos insultos deleznables que el Club Atlético de Madrid recibe periódicamente por parte de eso que eufemísticamente denominan “prensa madrileña”. Los juegos de fútbol en la PlayStation tienen una opción que llaman: “Saltar el partido”. Con ella el jugador tiene la posibilidad de no tener que disputar ni ver el encuentro si no quiere. El ordenador analiza los datos y en un nano segundo te ofrece un resultado en función de los jugadores, el estado de forma y la calidad de cada uno o las probabilidades de éxito. Prometo que si esa opción fuese posible en la vida real la utilizaría cada vez que jugamos contra el Real Madrid. 

Está todo tan enfangado que incluso las lecturas posteriores a los partidos suelen quedarse exclusivamente en temas externos, detalles accesorios o leyendas de unicornios y nibelungos que los grandes "analistas" utilizan para justificar lo injustificable. Para ver lo que nadie ha visto. Para entender la vida a través del código que manejan los pastores de la fe verdadera, ese en el que todo lo que no sea que el Real Madrid gané con solvencia y buen juego es una anomalía intolerable, provocada por algo que merece ser erradicado. Ya sea una entrenador, una tarjeta, un penalti o un delantero que sangra por generación espontanea. Es tan ridículo y lamentable que, harto de provocaciones, hasta yo mismo estoy cayendo ahora mismo en ello. Lo siento. No seguiré por ahí. 

El plan de Simeone pasaba por dejar la portería local a cero en el Vicente Calderón y lo consiguió. Eso no es opinable, es un hecho. Podemos cuestionar si era un plan lícito o no, pero la realidad es que el Atleti sigue vivo en la competición y que la eliminatoria está más o menos donde estaba cuando las bolas calientes decidieron el enfrentamiento. El Atleti salió raro. Impreciso y lento. Con muestras de cierto nerviosismo y sensación de responsabilidad. Algo poco habitual en la escuadra de Simeone pero algo comprensible en esas circunstancias. El Madrid, que tiene una plantilla espectacular (las cosas como son), aprovechó para apoderarse del balón y moverlo con bastante más criterio y velocidad que otras veces. Jugó bien y dominó el partido durante toda la primera parte, aunque las ocasiones que tuvieron (tampoco demasiadas) llegaran fundamentalmente por errores de los colchoneros. La más clara un mano a mano de Bale que Oblak sacó con una acción prodigiosa. El cancerbero esloveno hizo un partido enorme. Muy seguro todo el tiempo y sacando varias manos que le ayudan a crecer en confianza y que van a hacer muy difícil que ahora abandone la titularidad. Estupenda noticia. El Atleti se mantenía serio y compacto pero ignoraba el balón. Era incapaz de sacarlo con criterio de su campo y eso provocaba que el Madrid no tuviese que gastarse demasiado en recuperarlo para volver a tenerlo jugado en campo contrario. Resultaba muy desalentador ver sobre todo como los contrataques rojiblancos salían desde muy atrás y con muy pocos efectivos. 

La segunda parte cambió significativamente el panorama. Los de Simeone salieron mejor y con más ambición. Empezaron a rondar el campo contrario y a intentar contrarrestar la evidente superioridad blanca. Parecían haberlo conseguido cuando un codazo que dejo a Mandzukic sangrando y desquiciado hizo que el equipo volviese a salirse del partido y los de Ancelotti volvieran a controlar el juego. No quiero detenerme mucho en el árbitro. Sólo diré que me pareció el típico “buen” soldado de la UEFA. El típico “profesional” que sabe perfectamente con quién se puede equivocar y con quién no puede hacerlo. Llegado a ese punto, Simeone hizo dos cambios que no entendí pero que, lo reconozco, le salieron bien. Raúl García ingresaba por un desaparecido Griezmann y Torres sustituía a Koke, que para mí estaba siendo el mejor jugador de campo del Atleti. Y obró el milagro. Los locales empezaron a tener más balón, Juanfran empezó a ganar su banda, Arda decidió abrir el tarro de las esencias y el Atleti acabó el partido encimando al equipo blanco. 

El empate deja la eliminatoria sin resolver y tendremos que esperar a ver lo que ocurre en el Bernabéu para ver qué equipo disputa las semifinales. Antes de llegue a ese día, y ocurra lo que ocurra, déjenme decirles que estoy muy orgulloso de mi equipo y de unos jugadores a los que no tengo un solo reproche que hacer.

Un señor francés

A veces, gracias probablemente a los agentes que especulan con la información o a esa corriente contemporánea que reduce la vida a un sencillo catálogo con dos únicas opciones (supuestamente antagónicas y que en el fondo son la misma), olvidamos que el fútbol es un deporte que se juega en una superficie real. Que, en contra de lo que pueda parecer, no ocurre en un servidor virtual en la nube al que accedemos mediante tarjeta de crédito, a través de una pantalla de plasma y mientras abrazamos una cerveza industrial en el salón de casa. Ayer, después de haberse clasificado por segundo año consecutivo para disputar los cuartos de final de la Champions league, el entrenador del Atlético de Madrid decía que ellos no entrenaban una tanda de penaltis sencillamente porque es absurdo. Porque no es lo mismo disparar a puerta rodeado de un montón de sillas vacías (o de árboles, que fue exactamente la metáfora que utilizó) que hacerlo ante la atenta mirada de 55000 seres humanos que chillan y que te hacen ser consciente de que es en tus pies (en tu cabeza, realmente) donde está la posibilidad de llevarles a la felicidad o a la miseria. Lo ves. Lo sientes. Y duele. Es una sensación tan evidente que al que está allí le resulta fácil entender que se te puedan encoger los isquiotibiales y acelerar el flujo sanguíneo. 

El Atleti ganó ayer al Bayer Leverkusen en un partido feo, áspero que supongo debió ser un suplicio para el espectador medio, neutral, adoctrinado y aséptico, que lo vio desde casa haciendo zapping. Yo les aseguro que lo viví desde la grada con el corazón en el paladar y que lo disfruté como pocas cosas en la vida me hacen disfrutar. 120 minutos que se me pasaron como una exhalación y que acabaron con un golpe de alegría que me alimentará bastante más que las tres comidas reglamentarias de cualquier otro día. Eran casi las doce de la noche de un vulgar martes de un vulgar marzo y yo, a mi edad, estaba allí, saltando y gritando, con una sonrisa que desfiguraba mi cara, mientras me abrazaba espontáneamente a un señor francés, que no conocía de nada, pero que estaba sentado a mi lado. Ayer, cuando salí del Calderón, lo primero que pensé fue en toda esa pobre gente que es incapaz de disfrutar de esa manera del fútbol (y seguramente de nada). Sentí mucha lástima por ellos. Hay muy pocas cosas en la vida que le permitan a un tipo adulto, solvente y sensato, poder sonreír, gritar, cantar y abrazarse a un desconocido señor francés a las 12 de la noche de un martes de un día cualquiera. 

En partidos como este, sinceramente, creo que el análisis táctico y deportivo queda en un segundo plano. Simeone sorprendió a propios y extraños con la incursión de Cani en la alineación titular. Algo que salió radicalmente mal pero que podía haber salido bien. La idea era tener más calidad. Más fútbol. Mayor posibilidad de un pase entre líneas cuando la intención es la de jugar mucho tiempo en campo rival (defensa adelantada, presión muy arriba,…). La realidad es que el Leverkusen (que sospechosamente se parece mucho al Atleti) no dejó a los de Simeone desarrollar el plan. Arriesgó poco, presionó la salida de balón y apoyado en la connivencia del árbitro, fue capaz de frenar, por las buenas o por las malas, cualquier intento de dar dos pases seguidos. Con esas premisas el partido fue una partida de ajedrez en la que nadie quería perder una sola posición y en la que el miedo a un gol, sobre todo por parte de los colchoneros, hizo que todo lo demás estuviese atenazado. Eso y la racha de las últimas semanas, no nos engañemos. Arda no tuvo su día, Cani fue una anécdota, Griezmann no fue capaz de sacar la cabeza entre un bosque de piernas alemanas y Mandzukic, pasado de revoluciones y metidísimo en el partido, se peleaba con todos, demostrando una vez más lo injusto que es hoy meterse con su profesionalidad. Afortunadamente Koke seguía siendo Koke en el mediocentro y el eje de atrás Mario, Gimenez y Miranda, estaba fuerte y concentrado. Mario hizo un gran partido y Gimenez volvió a demostrar que es ya una realidad. 

El Atleti hizo el 1-0 en una de esas jugadas típicas de acoso, con segunda llegada y tiró desde la frontal. Podía haberlo hecho en cualquier de los miles de saques esquina que se habían derrochado pero hubiese sido más difícil a través de un juego que no conseguía aflorar. Aún así, creo que el gol hacía justicia. El equipo colchonero era el que más había expuesto y el que más había intentado jugar. También lo sería a partir de ese momento y hasta el final de los 120 minutos. Supongo que a nadie le hubiese extrañado que la eliminatoria se hubiese ganado antes, en una llegada de Mandzukic que, de forma incomprensible, se durmió a la hora de rematar o en algún latigazo de Raúl García en la segunda parte. Pero no ocurrió y tuvimos que recurrir a la épica injusta de los penaltis. Una épica que culminaba el guión de película independiente europea que había sido la lesión primero de Moyá (que hizo entrar a Oblak) y de Mandzukic después (que aceleró probablemente la presencia de Torres). Lo primero sirvió para dar la oportunidad de aparecer al portero esloveno y tener un papel protagonista (paró el primer penalti después de que Raúl García hubiese errado el suyo). Ojalá sea el principio de algo grande para el cancerbero. La segunda lesión sirvió para demostrar (otra vez) la entrega, coraje y corazón de un jugador que yo siempre querré tener en mi equipo: Mandzukic

La prorroga había dejado claro que el Leverkusen estaba físicamente muerto, pero los alemanes aguantaron con oficio y decidieron encomendarse a su portero, que por cierto es muy bueno. Pero allí estaba el nuevo Atleti. El de Simeone. El que se ríe de aquel mal sueño de “el pupas”. El que no admite la derrota en su abanico de posibilidades. El que siempre mira de cara y siempre sabe que puede ganar. El que gana. El que ganó. Teniendo la cabeza más fría y metiendo más penaltis que su rival. Y el Vicente Calderón estalló en un rugido ensordecedor que se escuchó en todos los rincones de los barrios limítrofes y que hizo vibrar las vísceras de los miles de colchoneros que, con el alma, también estaban allí sin estarlo. Y yo salté y grité y me abracé llorando a un señor francés que estaba a mi lado. 

El Atlético de Madrid vuelve a estar entre los ocho mejores de Europa. El resto me da igual. Especialmente los análisis fríos y calculados de los que ven el mundo a través de un profiláctico.

@enniosotanaz