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Paciencia

El domingo amaneció raro. A esa sensación, generalmente extraña, la que recorre el cuerpo los últimos días de verano, se le sumó de buena mañana el visionado del presunto once inicial del Atleti frente al Sevilla. Una alineación que, con inquietante coincidencia, intuían varios medios de comunicación. Gámez entraba por Filipe (tocado durante la semana y finalmente fuera de la convocatoria), Torres sustituía a Jackson y Raúl García ocupaba el lugar de Óliver Torres. Mentiría si no dijese que ese once suponía un contratiempo para mí. Parecía (era) la alineación que podría haber presentado el equipo la temporada pasada cuando no estaban los titulares que este año se han marchado (Mandzukic, Arda, Miranda y “Siqueira”). La malévola (y traicionera) sensación de incertidumbre, típica también de los principios de liga, se apoderó entonces de mi consciencia. Se dispararon las alarmas y se despertaron antiguos miedos olvidados. No fui el único, me consta. ¿Después del gran esfuerzo económico realizado por el Atleti (no tanto en realidad, si atendemos al balance ingresos-gastos) el equipo de este año iba a ser el reserva del año pasado? 

Una hora antes del partido una nueva e inesperada variable vino a sumarse a la ecuación: Raúl García, para muchos titular indiscutible en Sevilla (no era mi caso), no sólo estaba fuera de la partida inicial sino que se quedaba en la grada como descarte. Los rumores más pausados y fiables apuntaban a una salida inminente del número 8 hacia Bilbao. Tragedia. Los pastores de esa nutrida corriente de fieles seguidores del navarro se echaban las manos a la cabeza y dejaban mostrar su enfado. También su pesimismo. Algunos de ellos, los aficionados del insulto fácil y el código binario, ese grupo de intolerantes que crece de forma imparable en todas las familias, lanzaban incluso exabruptos tóxicos, sin preocuparse en matizar el motivo ni la dirección. Yo no entendía nada. 

Pero mientras el caos se desparramaba por las redes colchoneras, en la rivera del Nervión comenzaba el partido. ¡Y qué partido! Frente al cuadro colchonero aparecía el Sevilla de Emery, un equipo renacido y consolidado que, como siempre, ha fichado muy bien. Si el once inicial parecía más que solvente, el banquillo asustaba: Krohn-Dehli, Gameiro, Konoplyanka,… El encuentro comenzó con un nivel de intensidad altísimo, tal y como corresponde a dos equipos muy parecidos, pero la novedad aparecía en forma de actitud. Lejos de propuestas timoratas, para decepción de los cenizos que auguraban cerrojazo (“saldrá a empatar”, decían) y deleite de los soñadores, los del Cholo adelantaron la línea de presión hasta el mismo área pequeña del rival. Liderados por un renacido Gabi y conducidos por un cada vez más joven Tiago, el Atleti impuso su ritmo en todo momento, consiguiendo que el partido se jugase justo donde ellos querían. 

Pero eso no era todo. El injustamente cuestionado Óliver Torres conseguía demostrar, en una plaza muy difícil, que es un jugador más hecho que el que conocíamos pero también que está implicado como el que más. Gran primera parte del canterano, incrustado tácticamente en el equipo, solidario en el derroche y, ay amigos, siendo un gran jugador de fútbol. Cuando el equipo hispalense cerraba los espacios y agobiaba la salida, aparecía de repente el genio del extremeño para, con un giro de cintura o un simple pase al primer toque, romper la línea y permitir al equipo salir jugando. Exactamente lo que necesita el Atleti de Simeone. Mira que si estaba en casa… 

Si al genio incipiente de Óliver se le suma además el talento consolidado de Griezmann (y Koke) ocurre lo que ocurrió en la primera parte: un Atleti dominando el partido en uno de los campos más difíciles de primera división. El 1-0 al descanso (de Koke tras jugada de habilidad y picardía del francés) simplemente ponía justicia al marcador. 

La segunda parte comenzó parecida, pero a los 10 minutos los de Emery empezaron a asumir riesgos, a jugar por la derecha con un gran Reyes y a encerrar a los colchoneros en su área. Fueron 20 minutos de angustia en los que los del Cholo apretaron los dientes y tiraron de galones para cerrar su portería sin que el Sevilla fuese capaz de crear ocasiones claras de gol. 20 minutos que se acabaron cuando Gabi, de zapatazo lejano con algo de suerte, ponía el 0-2 en el marcador. Letal para los sevillanos. El resto del partido sirvió para soñar con Yannick Carrasco (buenos minutos) y disfrutar del primer gol oficial de Jackson de gran zurdazo (y algo de ayuda también de Beto), que provocó la imagen de la noche: un Simeone elevando 8 dedos al cielo, tal y como antes habían hecho Koke y Gabi y cualquiera en esa plantilla, como símbolo purificador que recordaba a ese capitán que se marchaba. 

Enorme resultado del Atleti que da un golpe rotundo en la mesa de la liga, que mata muchos fantasmas de un plumazo y que alisa un terrorífico comienzo de campaña. Tres puntos que ilustran una simple y clara moraleja, la que se desprende de toda esta pequeña historia. Un concepto que es también la enseñanza que rezuma toda la trayectoria de un jugador luchador, honesto, profesional y carismático como Raúl García, que hoy se va. Una idea que sirve también para encarar el inició de esta nueva aventura colchonera bajo la batuta de Simeone: paciencia. 

@enniosotanaz

3 mentiras, 3 errores, 3 conclusiones

El periodismo deportivo contemporáneo, ese sucedáneo de información diseñada y cocinada para ser vendida fácilmente al único cliente que existe (el aficionado al Real Madrid en mi circunscripción geográfica, pero el Barça, el Valencia, el Sevilla o el Athlétic en otras), ha basado su razón de ser en algunas mentiras que sin embargo utilizan torticeramente como premisas incuestionables de su particular lógica. Por ejemplo: 1/ Los premios individuales, tipo el Balón de Oro, son trofeos importantes de fallo incuestionable (mentira). 2/ Suprimir los errores arbitrales sería atentar contra la “gracia” del fútbol (mentira). 3/ El equipo rival nunca gana sino que es el nuestro, el único, el que pierde (mentira y gorda). Como aficionado del “otro” equipo, pero también como hereje del nuevo catecismo mediático, me niego a caer en esos actos gratuitos de fe. El Atlético de Madrid perdió ayer en el Camp Nou básicamente porque ganó el Barça. El equipo blaugrana, que sobre el papel es infinitamente mejor que el madrileño, consiguió imponer en el césped su evidente superioridad y cuando eso ocurre sólo cierta alineación de planetas, cercana al milagro, puede provocar que el marcador final sea de otra forma. El Barça ganó porque jugó con Messi, Neymar, Luis Suárez, Iniesta, Rakitic y Busquets y porque ayer los seis futbolistas lo hicieron tirando de talento, con inteligencia, a gran altura y en equipo. Encerraron al Atleti en su área, ahogaron siempre su mermada salida de balón y jugaron a velocidad tan alta que los madrileños defendieron normalmente descolocados o en inferioridad. Especialmente en la primera parte. ¿Hubo errores en las filas del equipo de Simeone? Sí, pero en mi opinión no fueron la causa de la derrota y hasta es probable que fueran errores provocados por el rival. ¿Pudo el Atleti haber hecho otra cosa? Probablemente, pero nadie me garantiza que el resultado no hubiese podido ser incluso mucho peor.

Aprendamos de los errores. 1/ El experimento Gámez jugando en el lateral izquierdo no cuajó, evidente, pero no sé hasta qué punto es responsabilidad exclusiva del jugador (o del entrenador que lo pone). No sé hasta qué punto hubiese sido diferente con Siqueira. Cuando el Atleti defiende bien es cuando un delantero tipo Messi encara a su defensor rodeado de contrarios. Cuando el lateral colchonero está protegido de cerca por el central y el centrocampista de banda. Ayer, demasiadas veces, los delanteros blaugranas encaraban con espacio y en solitario a su defensor. Es decir, fue un desajuste defensivo de equipo provocado seguramente por robo rápido de balón en la salida o los veloces cambios de juego del Barça. Hay que estudiarlo. 2/ El Atleti tiene un problema de calidad en el mediocentro (no es nuevo) y cuando el balón no puede salir por Arda o Koke directamente no sale. Así de simple. Ayer el Barcelona ahogó con su presión esa salida de balón que, con Koke y Arda lejos o sacrificados en defensa, se moría indefectiblemente en los pies de mediocentros y centrales. Es algo que hay que mirar, sobre todo porque es recurrente. Para mí el problema no fue que el equipo estuviese muy replegado (con Barça, Madrid o similar tiene que ser así y así hemos ganado partidos y títulos) sino que fue incapaz de salir jugando el balón. De dar continuidad al juego para descolocar a un rival que permanecía en campo contrario sin desordenarse. 3/ Reconociendo de antemano la entrega, el compromiso y el pundonor de Raúl García (Dios me libre), no es la primera vez que su salida al campo coincide con entradas absurdas al borde del área o la alimentación de rifirrafes baratos que provocan pérdidas de tiempo dolorosas, especialmente cuando estás por debajo en el marcador (parecido a los eternos saques de puerta de Moyá, por cierto). Es algo que el navarro (y el mallorquín) deben hacerse mirar. Un navarro que cuando no tiene gol se hace demasiado pequeño y aparece, en mi modesta opinión, como un jugador cuya presencia en el juego es prácticamente nula.


Conclusiones: 1/Perder en el Camp Nou entra dentro de la lógica. ¿Duele? Duele, pero me niego a estar permanentemente sufriendo sin sentido. Es absurdo pensar en la liga a estas alturas en términos de terminar primero. Ni cuando la ganamos el año pasado (después de 20 años) lo hicimos. Veremos en qué situación está el equipo en el último terció del campeonato (como decía ese sabio entre los sabios que fue Luis Aragonés) y empecemos a sufrir entonces. Hasta entonces mi preocupación pasa por el partido a partido, el tercer puesto y por mantener latente la sensación de que mi equipo es capaz de competir al primer nivel en cualquier campo. Ayer, teniendo mala suerte (el primer gol nos mata), jugando mal (ningún colchonero, incluido Simeone, tuvo su día) y frente al mejor Barça de la temporada, el equipo compitió y hasta hubo un momento con 2-1 en el marcador en el que la remontada se veía posible. 2/ La mejor prueba de que se está en el buen camino es ver la emoción de todo un FC Barcelona por ganarnos y lo motivador que es ahora para ellos enfrentarse contra el Atlético de Madrid. 3/ Vuelvo a insistir: disfrutemos. El equipo que sufre y está permanentemente enfadado (incluso ganando) eso otro. No se confundan. Construyamos nuestra pasión al margen de mentiras mediáticas y latiguillos retóricos que no están confeccionados para nosotros. Vivamos sobre la alegría que da el orgullo y aceptando la realidad sin tener que mutilarnos. Evitando dar la categoría ficticia de fenómeno antinatural a una derrota justa .   

@enniosotanaz

No queda otra

At. Madrid 1 - Málaga 1

El sol estaba a punto de esconderse por detrás de las gradas. Los últimos rayos se colaban a duras penas por la parte superior del graderío cuando Sosa colocaba la pelota para lanzar la falta. Faltaban cinco minutos para terminar el partido. Marcar significaba ganar la liga. La pelota pasó rozando el poste derecho de la portería malacitana mientras una parte de los aficionados, víctimas del efecto óptico, cantaban agónicamente gol. Yo no tenía fuerzas para hacerlo. Ni siquiera para levantarme del asiento. Estaba agotado. Roto. Muerto. Igual de agotado que estaba segundos después, cuando Adrián culminaba su gran jugada lanzando una pelota a la escuadra que el “bueno” de Willy Caballero interceptaba a mano cambiada, haciendo la parada de su vida. No fui capaz tampoco de levantarme de mi asiento, ni de chillar, ni de mesarme los cabellos como hacía la gente a mi alrededor. No me quedaban fuerzas. Notaba sobre mis hombros el peso de una campaña espectacular y magnífica pero exigente hasta decir basta. Me imaginé entonces como deberían sentirse esos jugadores que además tienen que estar corriendo sobre el césped. Llevamos 8 meses jugándonos la vida cada 3 días y eso tiene que pasar factura en los músculos y en las vísceras. En las piernas y en la cabeza. En el alma y en el corazón. Pero es absurdo mirar atrás en este momento. No nos han enseñado a vivir de recuerdos. Somos el Atleti. Ya no existe el ayer y sólo queda el mañana. Faltan dos finales en las que hay que dejar lo mucho o poco que nos falte. No queda otra.

En lo deportivo el partido fue una especie de borrón. Un encuentro con las mismas hechuras de los últimos partidos de Atleti. Malos. Muy malos, de hecho, pero con el añadido de la tensión y la presión del momento. El Málaga apagó enseguida la euforia de la grada a base de pausar el tempo y ralentizar el juego. El Atleti se dejó llevar y la grada con ellos. Demasiado nervio flotando. Villa pudo cambiar el curso de la historia llegando solo a la portería para abrir el marcador pero su disparo, otra vez, se estrelló en el larguero. A partir de ahí el equipo desapareció. El Málaga se encerró atrás sin demasiado esfuerzo y el Atleti se perdió dando pelotazos en vertical, a diestro y siniestro. Creo que Simeone se equivocó alineando a Villa y Raúl García juntos. Hizo que jugásemos sin delanteros. El equipo puede sobrellevar tener a uno de los dos en el campo pero los dos a la vez me parece demasiada ventaja para el rival. Villa no está. Nunca ha estado, de hecho. Trabaja, corre, da lo que tiene y está comprometido con el equipo pero no se ha ido de nadie en toda la temporada. No es un jugador que marque la diferencia. Ya no. Raúl García es uno de los mejores rematadores de la liga pero no es delantero y su capacidad de combinación con los pies es muy escasa, lo que obliga a que el equipo juegue siempre en vertical, por alto generalmente, saltándose la línea de creación. Con Costa es muy aprovechable para segundas jugadas. Con Villa no lo es, porque no hay segundas jugadas. Pero sería absurdo e injusto buscar culpables. No tengo un solo pero a ni uno solo de los jugadores del actual Atlético de Madrid. Más allá de críticas puntuales, estoy a muerte con todos y cada uno de ellos.

La primera parte pasó sin pena ni gloria y así siguió la segunda, aderezada además con cambios en el Atleti que jamás entenderé. Quitar a Koke y Arda debería estar prohibido. Igual que debería estar prohibido tener a Diego en el banquillo, pero es lo que tenemos. Mediado el segundo tiempo apareció un fallo en cadena del frente belga del equipo, Alderweirdeld y Courtois, que provocó el drama en el Calderón. El Málaga se adelantaba en el Calderón. Se escapaba la liga. Simone reclamó al calor de una grada que estaba muerta y esta respondió con tibieza. La misma tibieza que mostró el equipo en la reacción, aupándose mucho más en el corazón que en el juego. Pero llegó el empate. A balón parado, por supuesto, con remate de cabeza del mismo central belga de nombre impronunciable que la había pifiado poco antes. Faltaban 20 minutos y un más gol nos daba la liga (porque Barça y Elche no parecían muy dispuestos a meterse gol en Alicante) pero no ocurrió así. El guión era perfecto y todo el mundo lo conocía pero nadie fue capaz de interpretarlo. Empate a 1-1.

A jugarse la liga dentro de 6 días en Barcelona. Y a ganarla, qué coño. No queda otra.


Allá ellos

At. Madrid 4 - AC Milan 1

Si ustedes hacen el gran esfuerzo visual de enfocar la vista en el escudo del Club Atlético de Madrid, observarán, para su asombro, que en el mismo aparece el Oso y el Madroño. Si además disponen de unos conocimientos básicos del común acervo cultural, podrán relacionar, fácilmente también, que ese es precisamente el emblema de la ciudad de Madrid, villa y corte de España, lo que hace indicar que el Club Atlético de Madrid es un equipo madrileño y español. Les digo esto, que puede parecer de Perogrullo, porque no es tan evidente si ustedes viven en esa bendita ciudad, viendo la televisión, escuchando la radio y leyendo los periódicos. Para entender lo que les digo, basta echar un vistazo a la portada de los dos principales diarios “deportivos” madrileños en el día en el que el Club Atlético de Madrid se jugaba su pase a cuartos de la Champions League (después de casi 20 años) y frente a un equipo histórico, de esos que dan lustre a cualquier estadio de fútbol, como el AC Milan. El diario MARCA, en su esforzada búsqueda por aumentar la felicidad de lo que han entendido que es su único cliente, dedicaba su primera página a las cuitas y dramas de un tal Messi. El diario AS, en esa lucha denodada por los mismo objetivos de su rival (que básicamente consisten en obtener respuestas reflejas tipo Pavlov en lo que quede de cerebro en su cliente de referencia),  iba un paso más allá en ese paseo por las cloacas más inmundas de la manipulación y las artes de la desestabilización que normalmente practica. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos acostumbrados a estas alturas a vivir al margen del poder, a desconfiar de los vendedores de crecepelo y a sacar pecho viviendo en un mundo en el que al parecer molestamos. Hemos aprendido a sobrevivir entre zarzas y elementos hostiles. Hemos desarrollado una coraza natural para evitar que el desdén tóxico que nos rodea nos afecte, así como para conseguir que la escoria resbale de forma innocua por nuestra epidermis. Sólo puedo hablar por mí, evidentemente, pero tengo la sensación que toda esa pelota de mierda ya nos da igual. Nos hemos acostumbrado a sus formas de matón y su pestilente hedor así que podemos convivir con ello. Pero eso no quita para que los insultos sigan siendo insultos, las puñaladas sigan siendo puñaladas y que los dardos envenenados se claven de vez en cuando extendiendo su veneno. Tiene narices, pero también cierta lógica, que se me venga todo esto a la cabeza precisamente ahora, cuando acabamos de pasar por encima del AC Milan y colocarnos entre los 8 mejores equipos de Europa. Después de asistir a una preciosa fiesta del fútbol en directo y de disfrutar de un sentimiento y de una emoción que lamentable quedará reducida al fabuloso ostracismo de los que nos sentimos aficionados al Club Atlético de Madrid y tenemos la suerte de poder acceder al epicentro del fenómeno. Allá ellos. Los que manipulan los hilos y los que comen mentira. Los que pisan al que tengan que pisar con tal de seguir chupando y los que, incapaces de mirar más allá de la punta de su nariz, siguen pensado que lo que sale en los periódicos es verdad. Allá ellos. Yo en cualquier caso soy seguidor del Club Atlético de Madrid. Con todo lo que eso implica. Es más, lo seguiré siendo.

El partido amaneció precioso. Con un Vicente Calderón lleno, coloreado con furia de rojo y blanco, sonando a fútbol de élite y oliendo a fecha histórica. Un nutrido grupo de tifossi milanistas se apelotonaba en el fondo norte mientras otras tantos se mezclaban en la grada general. Cerca de mí podía ver a varios. Ello, lejos de suponer una amenaza o un inconveniente, como probablemente intuyan los periodistas profesionales que escriben sus crónicas desde la redacción al abrigo de la calefacción central, impregnaba todavía más el ambiente de fútbol. De puro fútbol, el de verdad. De fútbol en directo, que es el único que puede sentirse en la piel. El Atleti salió como uno bisonte al campo. Presionando con furia, intenso y consciente de lo que había en juego. Raúl García era de la partida inicial en detrimento de Villa y Diego (mi opción favorita) en una decisión que no comparto pero que evidentemente respeto con toda el alma. Enseguida el partido se rompió por el marcador. Gabi robó el primer balón de los millones de balones que robaría después y se la pasó a Koke para que el canterano metiera el balón en el área y Diego Costa estirara su gadchetopierna, conectando con el esférico y metiéndolo en la red. 1-0. La cosa pintaba bien. La euforia se desató en una grada que adornaba la permanente sonrisa que tenemos desde que llegó Simeone con las banderas rojiblancas que alguien había dejado en nuestros asientos.

Entonces ocurrió el único borrón de la noche. El Atleti suele ser un equipo que lee muy bien los partidos, con gran capacidad para controlarlos y llevarlos al terreno que más le conviene. Especialmente cuando va por delante en el marcador. Esta vez no fue así. Si en esas circunstancias el equipo normalmente defiende fuera del área y se mantiene muy presionante en zona de tres cuartos, ahora se echaban unos metros más atrás, demasiado cerca del área y bajaban la intensidad. Para más Inri, cada robo de balón (siempre muy atrás) iba acompañado de una pelotazo sin criterio que provocaba que el Milan siguiese en campo colchonero perfectamente colocado. Esa forma de actuar supuso una invitación al rival para que se sumara al partido y el Milan, que es el Milan, lo hizo. Se adueñó del balón, se plantó en la frontal del área, empezó a jugar y empató el partido. Lo hizo Kaká, de cabeza, con un balón colgado a la espalda de Juanfrán, que es uno de los puntos más vulnerables del equipo. Los gritos de los aficionados italianos empastaban con cierto runrún que flotaba en el ambiente y que invocaba a los fantasmas del pasado. El Atleti sacó de centro tratando de animarse pero parecía aturdido. Los de Seedorf lo vieron, sus aficionados también, entendiendo que su oportunidad de remontada pasaba por ahí y ahí estuvieron durante varios minutos. Hasta que llegó el elegido, el grande, el genial Arda Turan. El único capaz de salirse del guión castrense de Simeone con una sonrisa y el aplauso enfervorecido de su propio entrenador. El turco, que cuajó un buen partido, disparó desde la frontal del área un balón que rebotó en la pierna de un rival para colarse en la portería de Abbiatti poco antes del descanso.

La segunda parte fue ya otra cosa. El Atleti volvió a su guión habitual y ahora sí controló el partido como sabe. Asfixiando la salida del rival, compactándose en el repliegue y llevando el balón hasta campo contrario para quedarse a jugar allí. En ese contexto brilló Diego Costa, que volvió a deslumbrar a toda Europa demostrando el inmenso jugador que es y brilló también Raúl García que si bien su labor es más bien discreta en casi todas las facetas del juego, a la hora de rematar es un auténtico killer. Casi mete por la escuadra un remate de chilena que de entrar hubiese abierto todos las televisiones del mundo (menos las españolas, evidentemente) pero  tiró de modestia sin necesidad de trascender para meter el tercero de cabeza, tras saque a balón parado marca de la casa. Pero si brillaron Costa y Arda y Raúl García, me van a permitir que yo me quede con nuestro capitán. Don Gabriel Fernández Arenas. Un líder dentro y fuera del campo. Una referencia para el colchonerismo. Un futbolista ejemplar, discreto y humilde. Un símbolo de entrega, superación y compromiso. Un orgullo para cualquiera que se considere no sólo del Atleti sino amante de este deporte. El capitán completó un partido soberbio (y lleva varios últimamente) iniciando la presión, tapando los errores de los compañeros, equilibrando el equipo en defensa y en ataque, robando, construyendo y hasta llegando a la portería rival. Grande Gabi. Muy Grande. La guinda al pastel la puso de nuevo Diego Costa en la enésima jugada de combinación desde que Diego Ribas había saltado al campo y que acabó con un derechazo al poste que besó finalmente la red. 4-1 al AC Milan en octavos de Champions League. Repitan la frase y piensen sobre ello.


¿Y ahora qué?, preguntarán. Pues lo que venga, opino yo. Llegados a este punto la complicaciones se multiplican y factores como la suerte o el momento exacto en el que tengas que jugar un partido son elementos clave que pueden definir el futuro. Quedarán 8 equipos, casi todos grandes monstruos económicos y alguna anomalía extraña que en principio podría parecer asumible. Qué sé yo. No me gusta jugar a adivinar el futuro así que no voy a empezar a hacerlo ahora. Lo único que tengo claro es que, venga lo que venga, lo tomaré como lo que es, como una fiesta. Como un éxito. Como un triunfo. Digan lo que digan los demás. Los otros. Allá ellos. 

Evidencias y bailes regionales

At. Madrid 0 - R. Madrid 2

Cuando hace un semana el señor que iba vestido de colegiado pitó en final del partido con un reluciente 3-0 en el marcador para delicia de periodistas, empresarios y todas esas personas que glosan las estadísticas fundamentales de este país, servidor, que no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, olvidó por completo el Campeonato de España (Copa del Rey) de la temporada 2013-2014. Ipso facto. Sin posibilidad de recuperación. Pasaba a ser un torneo, como el resto de torneos futbolísticos en los que está Barça o Madrid pero  no está el Atleti, que no me merece el menor interés. Por razones obvias, además. Pero el rodillo mediático compuesto por horas y horas de televisión, de radio, millones de megas en internet y toneladas de ese papel que se estropea para describir estupideces, siempre alrededor del Real Madrid, necesitaba que la llama no se apagase. Que siguiese viva hasta el siguiente partido del siglo para que su producción diaria de alfalfa no se viese mermada. Pero un servidor hace lustros que no comulga con todo ese mundo imaginario. Me da absolutamente igual lo que digan. Sus cuitas y demonios. La eliminatoria estaba resuelta y el Real Madrid había sido mejor. Lo sabíamos todos. Desde Simeone a los periodistas. Desde el colegio de árbitros (que por fin podían relajarse) hasta ese ser divino con poderes de protagonista de cómic de la DC llamado Florentino Pérez. Desde el Mono Burgos hasta el que esto escribe.

Lo siento por todos aquellos colchoneros que cayeron burdamente en la trampa de la remontada y ese pastiche prefabricado por el mercado sobre leyendas y momentos espectaculares. Era todo mentira. Más falso que una tertulia de TikiTaka o una columna de Manolete. Y no seré yo quien reniegue del romanticismo en el fútbol o de las empresas imposibles, Dios me libre, pero hay cosas que se caen sobre su propio peso. Esta era una de ellas. Meterle cuatro goles al Madrid sin que además el rival marque es una empresa imposible para casi cualquier equipo del mundo. Mucho más para un equipo con la décima parte de presupuesto como el Atlético de Madrid, incluso en su mejor momento. Mucho más para el Atlético de Madrid sin estar en su mejor momento. Y mucho más para el Atlético de Madrid jugando con los reservas. Decía ya en la previa que si de mí dependiese no hubiese gastado una sola partícula de energía en el partido de vuelta de la copa y muchos colchoneros, por los que siento admiración, no lo entendieron. Apelaban a la épica y al socorrido “dejarse los huevos en el campo”. Lo entiendo, pero a mí no me salía. Me parecía un esfuerzo vano y artificial que podría traer muchas desventajas y ningún beneficio. Me temo que a Simeone, que ya hizo algo parecido el año pasado en la Europa League, le pasaba lo mismo. Y fíjate, mientras lo del año pasado no lo entendí, lo este año lo entiendo perfectamente.

Cuando camino del Calderón vi la alineación que saltaba al césped, me quede más tranquilo. Las posibilidades de pasarlo mal en el campo, por estar a punto de conseguir lo imposible, se reducían con  cada nombre: Aranzubía, Insúa, Cebolla, Sosa, Raúl García,… Pero es que cuando el balón echó a rodar se disiparon por completo. El Madrid, dispuesto a no sufrir, se colocó bien en el campo y se puso a marear el balón mientras el Atleti se estrechaba cerca de su área corriendo detrás de la pelota sin demasiada fe. Tardando mucho en robar el balón (por falta de intensidad y por mala colocación) pero haciendo el ridículo cada vez que ocurría. Y es que meter tres goles sin delanteros es francamente complicado. Porque Raúl García es rematador (y poco más) pero no es delantero. Ni tiene movimientos, ni tiene picardía, ni tiene velocidad. Si encima el balón se lo tiene que dar Cebolla o Sosa (cada día más indolente y menos jugador) la misión se antoja imposible. Diego como si no hubiese salido. A los pocos minutos Mario Suárez, un jugador muy interesante cuando está en forma pero muy peligroso cuando no lo está (y no suele estarlo), perdió el balón de forma infantil en la zona crítica lo que provoca que Cristiano Ronaldo coja el balón en su lugar favorito y en las mejores condiciones posibles. El pobre Manquillo, que todo lo que tiene de superlativo en ataque lo tiene de déficit en defensa, intentó parar al portugués corriendo como el mercancías, con tan poco tino, que arroyó al morador de la galaxia por el camino. Él propio astro de todos los astros convirtió el 0-1, deleitándonos posteriormente con una de esas celebraciones tan plásticas y que tan bien concuerdan con el señorío de la institución a la que representa. Minutos después, con un lanzamiento al palo de Raúl García entre medias en el único lance decente del equipo en toda la primera parte, el encargado de hacer una demostración de cómo no se defiende fue el otro lateral, Insúa, que decidió zancadillear a Bale y sus millones, cometiendo otro penalti igual de claro y absurdo que el anterior. El astro de todos los astros volvió a marcar y a ofrecernos al planeta tierra otro de sus bailes regionales. 0-2. No habían pasado ni quince minutos.

El roto podría haber sido de escándalo pero el Real Madrid decidió tirar de pragmatismo, no entrar en guerrillas, bajar el ritmo y dejar correr el tiempo. Yo, sinceramente, lo agradecí desde la grada. El Atleti aparecía inofensivo e incapaz ni siquiera de conseguir tirar a puerta. La segunda parte tuvo otro color, con un Atleti con algo más de mordiente y mucho más incisivo pero tampoco consiguió despeinar a los de blanco, que se dedicaban simplemente a pasarse el balón en zonas libres de peligro. Hubo alguna llegada (especialmente destacable la mano que Casillas saca para sacar un tiro de Sosa en lo que fue la mejor jugada del partido) pero todo cae fundamentalmente en la zona de la anécdota.

No quiero acabar esta crónica con un sentimiento pesimista. No lo tengo. Igual que hace dos meses, sigo pensando que es un puto milagro que el Atleti esté donde está. Compitiendo en la élite, tocando las narices a los que antes ni nos dirigían la mirada y llamando a puertas que normalmente veíamos por televisión. Nos elimina el Real Madrid en semifinales y no el Albacete en primera ronda. No perdamos la perspectiva. No caigamos en la trampa del rodillo mediático y apliquemos a los de Simeone las reglas que se utilizan para equipos, como el Real Madrid, que con lo que han costado dos de los jugadores que normalmente están en su banquillo se puede arreglar el presupuesto anual del Atleti. Seamos honestos a diferencia de “nuestros” periodistas. Seamos humildes a diferencia de nuestros rivales. Miremos adelante y por supuesto, nunca dejemos de soñar, porque no tenemos razones para dejar de hacerlo.





PD. El lanzamiento del puñetero mechero es lamentable. Cualquier multa o sanción que le apliquen al autor de esa cobardía me parecerá poca. Cualquier intento de asociación de ese hecho concreto con la afición del Atlético de Madrid me parecerá torticero y repugnante.

A medio gas

At. Madrid 1 - Ath. Bilbao o

La Copa del Rey es una competición muy bonita, dicen (decimos) los que sienten cierta añoranza por el fútbol épico e intenso que se da en esas competiciones en las que te juegas la vida a un solo partido. Ese fútbol que recuerda a los orígenes del fútbol y esas reglas concretas e implacables que no perdonan un mal día y que son también caldo de cultivo para historias épicas en las que David, para variar, puede ganar a Goliat. Pero eso era antes, como diría mi progenitor. La realidad contemporánea es mucho más aséptica y nos presenta un panorama bien distinto. El Campeonato de España, la Copa del Rey, desgraciadamente empieza a ser cada vez más tarde una verdadera competición emocionante y mágica. Las tercas leyes del mercado, que parecen aplicar a todo, han convertido la competición en un espacio con muchas aristas, interés relativo y múltiples grados de aproximación. Los humildes desparecen antes de que lleguen los poderosos, la clase media pisa el freno cuando mira el cuadro y ve que es absurdo quemarse ahora, a las diez de la noche frente a cuarenta personas en la grada, cuando te van a eliminar en la ronda siguiente y los grandes reservan fuerzas para empresas mayores. En los cuartos de final de la presente edición vemos, por ejemplo, como muy pocos equipos afrontan los partidos con su alineación titular lo cual, teniendo en cuenta que de pasar la eliminatoria significaría estar en semifinales, es cuando menos significativo y bastante descorazonador.

Teniendo esa lectura en mente, sorprende menos observar la alineación con la que el Atlético de Madrid encaró el partido. Cuatro reservas con pocos minutos (Alderweireld, Guilavogui, Cebolla y Adrián) más el jugador número 12 de la plantilla (Raúl García) eran de la partida inicial. Y se notó. El equipo salió al campo más o menos con su esquema táctico habitual y con las señas de identidad reconocibles pero no era lo mismo. Lógicamente. La intensidad estaba pero era de un grado menor. La línea de presión aparecía desajustada y su efecto se diluía demasiado fácil. La conexión entre líneas no existía y una vez más había que recurrir con demasiada frecuencia al pase largo. Los falsos interiores estaban demasiado estáticos en banda con lo que cerraban el camino a los laterales y hacían que se perdiese cierto control en el centro del campo. Y así podríamos seguir relatando toda una sucesión de pequeños detalles, ninguno verdaderamente dramático por si sólo, que hacían que el juego fuese espeso, lento y poco vertical. Enfrente un Athlétic bien plantado en el campo, gracias al excelente entrenador que tienen, con mayor y mejor trato del balón, que tenía más fácil que otras veces parar el juego del rival y que se veía también con mayores posibilidades de llegar al área contraria, algo que en su anterior visita al Calderón no fueron capaces de hacer. Pero los vizcaínos tienen un problema en la parte de arriba y sus posibilidades de gol se diluyen según se acercan al área contraria. Me temo que son muy dependientes de que el partido se rompa, se desequilibre y se ponga en modo épico, para que así sus posibilidades de gol aumenten. Tan es el caso que las mejores ocasiones fueron siempre del Atleti, el de Madrid. La primera parte (y en realidad durante todo el encuentro) la sensación era que el partido estaba encendido, con las alarmas puestas, con los mínimos niveles de intensidad, rigor táctico y preocupación, pero sin soltar del todo el pie. A medio gas.

El partido sirve también para comprobar que esa reticencia de Simeone a realizar cambios de peso en la plantilla tiene bastante lógica. Adrían, en la enésima oportunidad que tiene, volvió a dejar claro que tendrá mucho pero que da muy poco. Su aportación fue mínima, siguió con las mismas dosis de nerviosismo e imprecisión de siempre y para colmó falló un mano a mano que le había regalada un Koke que volvía otra vez por sus fueros. En el otro lado el Cebolla Rodríguez se solidarizaba con su compañero. Luchador y empático pero intrascendente y errático. Perdido, desconectado y con cierta tendencia a liarse en su propia trampa. Raúl García volvió a dar credibilidad a esa tesis que dice que sus aportación es mucho mejor cuando sale desde el banquillo que haciéndolo de inicio. Pero la palma se la lleva un Guilavogui que en ningún momento se hizo con su posición. Una posición clave además en el esquema de Simeone. Estático, con fallos sistemáticos de colocación y desesperadamente lento, lo cierto es que no veo al francés este año  jugando demasiado en el equipo. Me temo que la llegada de Mario le va a regalar numerosos minutos de inactividad. Sólo un Alderweireld serio y comprometido se puede salvar de la quema (aunque dejó algunas dudas en el tramo final del partido). Pero el belga tiene difícil jugar también con las alimañas que tiene delante. Ayer le tocó a Godín demostrar el excelente estado de forma, siendo además la baza ofensiva más peligrosa de su equipo. Suyo fue el único gol del partido, tras remate de cabeza brutal a otro pase magistral de Koke, y suyo podría haber sido el siguiente si en la segunda parte hubiese acertado a rematar, también de cabeza, otro centro desde la izquierda tras una jugada a lo Beckenbauer que él mismo había iniciado.

Me preocupa Diego Costa. Ha perdido chispa y ha ganado ansiedad. Vuelve a tirarse en exceso y vuelve a buscar la provocación del rival como recurso recurrente. Vuelve a preocuparse más del continente que del contenido y está siendo poco inteligente a la hora de lidiar con esa evidente (y bochornosa) campaña que hay también en su contra. Es patético ver como los focos están siempre puestos en su persona pero él debería ser consciente de ello y dedicarse a ser simplemente un buen jugador. Es patético como los árbitros vienen al Calderón a demostrarle al mundo que son bastante más chulos que Diego Costa pero si al final de la primera parte lo expulsan por un plantillazo estúpido, esa tarjeta (la otra es discutible) hubiese sido justa y nadie podría haber protestado de su expulsión.

La segunda parte empezó con Gabi en el campo y eso empezó a poner las cosas en su sitio, que se terminaron de completar con la salida de Arda minutos después. El Atleti tomó así algo más de control, el Athletic empezó a sufrir mayores dificultades en su juego y el partido se murió entre esporádicas ocasiones colchoneras (poco claras, para ser sinceros) y tiros de lejos de los bilbaínos que no conseguían despeinar a Courtois.


Espadas en todo lo alto, que dirán los amigos de las frases hechas. El resultado es bueno pero no definitivo y se espera un partido complicado en el nuevo San Mamés donde el equipo local será capaz de llevar el partido a esos niveles de adrenalina y testosterona en el que se sienten tan superiores. Debemos confiar en el equipo de Simeone, curtido ya en batallas de este tipo. Simeone, como los jugadores (y como nosotros), será consciente de que un gol nuestro obligaría a los vascos a tener que meternos tres. Algo que todavía no ha hecho nadie en esta temporada. 


Objetivo evidente

At. Madrid 3 - Valencia 0

El cronómetro rondaba el minuto 90 y el marcador señalaba un contundente 3-0. Los signos de cansancio eran evidentes tras librarse esa batalla del segundo tiempo en la que el Atleti había pasado por encima del Valencia, quedándose en lo más alto de la tabla y empatado a puntos con el FC Barcelona. Sería natural que hubiesen aparecido entonces los primeros signos de relajación pero la realidad es que no aparecieron. Los jugadores reclamaban velocidad a los recogepelotas a la hora de devolver el balón y en el banquillo se podía observar la figura de Simeone requiriendo, con pasión, un cuarto gol que hubiese colocado al Atleti en el primer puesto de la clasificación. Una mera anécdota sin valor, cuando todos sabemos que los empates en liga de deciden por el computo particular entre los equipos empatados. Una anécdota que sin embargo está cargada de mensaje y de valor simbólico. El de la ambición desmedida que ha inculcado a equipo y club el entrenador. El de la entrega absoluta a la causa y el del convencimiento pleno de que no hay tiempo para bajar el pistón. Que sólo desde el esfuerzo extremo y el trabajo, sin especulación, llegan los resultados. El periodismo ilustrado vio también la imagen pero ellos, confundidos por ese grano en el culo que les ha salido para alimentar el duopolio mediático, lo interpretaron, como siempre, a su manera. Para los notarios de la realidad la imagen de Simeone era una prueba “inequívoca” de que eso del “partido a partido” es una filfa y que el Cholo quiere ganar la liga. A ver, señores periodistas, ¿Cuándo ha dicho Simeone que no quiera ganar la liga? ¡¡Por supuesto que quieren ganarla!! Es que la pregunta nunca ha sido esa. Las preguntas, cocinadas siempre desde el punto de vista de ese supuesto aficionado “típico” y artificial que ustedes han fabricado, son bastante más sibilinas y únicamente tienen la intención de desestabilizar. A ustedes, señores periodistas de éxito, les importa una mierda analizar con rigor el discurso de Simeone por la simple razón de que no encaja en su guión ya establecido y su colección de platos precocinados que es lo único que saben vender desde hace ya demasiado tiempo. Si ustedes le preguntan a Simeone (o a cualquiera de sus jugadores o a mí) si son candidatos a ganar liga le contestarán (le contestaré) que el reto, a día de hoy, por lógica, es ganar el siguiente partido. Contestar otra cosa sería en el mejor de los casos una estupidez. Pero si ustedes le preguntaran a Simeone (o a cualquiera de sus jugadores o a mí) si quieren ganar la liga, le contestarían (le contestaría) que sí. Sin dudarlo. Si no son capaces de ver la compatibilidad en todo esto es que su problema de capacidad es incluso peor de lo que parece.

El enésimo partido del Atleti en el Calderón resuelto con goleada tuvo sin embargo truco. No fue precisamente fácil. Aterrizaba en el Manzanares un equipo al que hacía varios años que no se ganaba en liga. Ni dentro ni fuera del propio estadio. Lo digo porque últimamente, incluso en el Atleti, tendemos a olvidarnos muy pronto de las cosas. El Valencia es un histórico en horas bajas que atraviesa un episodio de terror, de esos que a nosotros nos son tan familiares. Con una plantilla menguada con respecto a otros cursos pero aun así, objetivamente, una de las mejores de primera división. También con uno de esos entrenadores crecidos, cuya obsesión por correr más de la cuenta y merendarse la cena le han perjudicado convenientemente. Pero el conjunto levantino salió bien al césped. Conscientes del nivel del partido, asumiendo su papel de no favorito, optó por construir el futuro a partir del rigor táctico, la intensidad y sabiendo que dejar pasar el tiempo con 0-0 corría a su favor. Y lo hizo. De hecho durante varios minutos tuvieron el balón y metieron al Atleti muy cerca de su área. Sin profundidad de cara al gol pero jugando bien, ocupando bien el campo y tapando perfectamente al rival. El Atleti consiguió recuperar el balón relativamente rápido pero no era capaz de hincar el diente al bien estructurado equipo che. Un equipo, el valenciano, que acumulaba jugadores en el centro del campo y obligaba a los colchoneros a sobre elaborar las jugadas hasta perderse en filigranas estériles. También fueron muy hábiles de los de Djukic para parar el ritmo del partido cada vez que los colchoneros intentaban acelerar. Apenas hubo ocasiones en toda la primera parte en la que el equipo levantino salió reforzado y los de Simeone no atinaban con la forma de abrir el partido y llevar el juego a su terreno.

Pero la segunda parte fue diferente. Simeone había visto que el Atleti, en su intento desesperado por marcar, había estirado demasiado las líneas y estaban jugando muy separados. Fue la primera receta mágica que hizo cambiar las cosas. La segunda fue la de aplicar un poco más de intensidad. Recurriendo entonces a la marca de la casa, equipo junto y ritmo, los rojiblancos se dedicaron a jugar casi exclusivamente en campo contrario, a abrir el campo por las bandas, a estar mucho más activos arriba y a empezar a llegar con peligro. También empezó el recital de Diego Costa, un jugador superlativo que sin dejar de hacer lo que ya antes hacía bien, incorpora cada día nuevos recursos a su repertorio. Está de dulce y a estas alturas, por méritos propios, es ya un delantero de talla mundial. Tremendo jugador. Y como no, suyo fue el primer gol. Simplemente recogiendo un balón en el centro del campo, llevándolo en eslalon vertical hasta el área y empalándolo para, casi sin ángulo, meterlo en la red (con ayuda del portero rival, para mi gusto).

Todos sabíamos que en cuanto el Valencia, un equipo muy tocado anímicamente y con grandes dudas en sus propias posibilidades, recibiese el primer gol se acababa el partido y así fue. Afortunadamente éste llego avanzada la segunda parte porque de otra manera, estando además como está el Atleti, el resultado podría haber sido de escándalo. Más todavía. Simeone decidió enseguida sustituir a Villa por Raúl García. Solamente a través de ese respeto reverencial que el Cholo tiene por los códigos de vestuario se puede explicar que el navarro no sea titular a estas alturas y si lo sea Villa. El Güaje no está. No creo que sea un tema físico (se le ve bien) sino de chispa. De inspiración. No está. No se va de nadie y no le sale nada. Creo que merece un poco de banquillo y creo además que le vendría bien. En el otro lado está Raúl García. En estado de gracia. Nada más salir aprovechó un rechace en el área para hacer el segundo. El tercer gol vino de nuevo de la mano de Diego Costa que seguía en su empresa personal por demostrarle al mundo lo que es. Primero marró un penalti que pareció haberlo dejado tocado como si su error le privara al Atleti de ganar la Copa de Europa. Es tremenda la ambición que tienen hoy en día los jugadores que llevan la camiseta del Club Atlético de Madrid. Pero el hispano-brasileño siguió intentándolo hasta que llegó un segundo penalti. Simeone dijo que lo lanzara Raúl García pero los jugadores, haciendo gala de esa comunión verdadera, esa fortaleza anímica que les hace ser equipo por encima de jugadores, decidieron que era Diego Costa el que tenía que lanzarlo. Y lo hizo. Y metió el 3-0. Y el equipo salió reforzado.

Suma y sigue. A falta de tres jornadas para terminar la primera vuelta seguimos en lo más alto con las señas de identidad intactas y dando una imagen de poderío y seriedad que me hace sentirme muy orgullosos de mi equipo. Por supuesto que queremos ganar la liga pero el objetivo es evidente: partido a partido.

Objetivo intacto

At. Madrid 2 - FC Porto 0

Entiendo que, como un lícito ejercicio de análisis periodístico, se produzca el debate mediático sobre las posibilidades reales de este Atlético de Madrid dentro de las competiciones que disputa. El problema es que no lo veo. Lo que veo es un ejercicio de filibusterismo, rancio y nauseabundo, para tratar de sacar al cuerpo técnico del equipo (y por ende a su entorno y sus aficionados) lejos de su estable zona de confort actual. Obligar a entrenador, jugadores y aficionados a posicionarse respecto a objetivos concretos, que en cualquier caso no dejarían de ser un ejercicio de adivinación esotérica, es una trampa mortal para desguazar al que no tiene porque ser desguazado. Al que hace su trabajo sin meterse con nadie. Si el objetivo fijado es bajo será un cobarde o un hipócrita. Si el objetivo fijado es alto sería un fantoche, un fracasado cuando no lo consiga y sobre todo ya no tendrá sentido quejarse por el camino de una competición injusta y adulterada, fabricada por y para dos. Es fácil deducir, por las portadas, los tratamientos y el ejercicio diario de su profesión, que algunos de estos notarios de la realidad, los más poderosos, piensan que el aficionado al fútbol en imbécil y probablemente también muchos de nosotros, con nuestra forma de asimilar el alpiste o nuestro quehacer diario, les damos la razón, pero eso no cambia la repugnante realidad. Cuando en tiempos no tan pretéritos el ínclito presidente colchonero hablaba de que el objetivo del Atleti en Champions era “hacer un buen papel” no recuerdo asistir a ningún debate, nocturno o diurno, respecto a qué narices significaba eso. Será porque todos teníamos muy claro que eso significaba algo así como “hacer lo que se pueda en una competición que nos viene grande y no es para nosotros” y que eso coincidía con el papel que el Establishment ha concedido formalmente al Club Atlético de Madrid. Por eso resulta ahora mucho más chocante que los líderes de la información deportiva, lo que quiera que eso signifique, se tiren de los pelos cuando escuchan a Simeone decir que el objetivo es competir. Intentar ganar todos los partidos de uno en uno. ¿Existe alguna duda de qué significa eso?  Hay que ser muy retorcido y muy rufián o extremadamente estúpido para no querer entenderlo. Pero afortunadamente el Cholo y su mundo vive en una cápsula acorazada frente a majaderos y manipuladores y podemos decir con orgullo que finalizada la fase de grupos el objetivo sigue intacto.

Era una pena ver un Calderón semi vacío en el último partido de la primera fase de la Champions jugándose un Atleti-Oporto, pero la realidad era que el único equipo que se jugaba algo era el portugués, así que bendita pena. La gélida noche tampoco acompañaba demasiado por lo que es fácil entender que el partido comenzara un poco frío a pesar del nutrido grupo de aficionados lusos que estaban en el campo, principalmente en el fondo norte, pero también repartidos por todo el estadio. Simeone sabía que el Oporto se jugaba la vida y que necesitaba ganar para pasar a la siguiente fase de la competición así que los de Fonseca tenían que abandonar su tradicional forma de jugar, compacto atrás para salir a la contra, y tener que llevar la iniciativa del juego. El argentino preparó al Atleti para ello y se lo puso "fácil" al rival. Cediendo el balón, defendiendo en formación de 4-1-4-1 fuera del área, muy juntos y esperando al rival. Y así, simplemente con un ajuste táctico, desarbolo a un equipo, el portugués, que se siente muy incómodo con el balón. Incomprensible, viendo los jugadores que tiene, pero cierto. El remozado Atleti, con toda la defensa cambiada y Óliver torres escorado en banda en línea de tres cuartos, se limitó básicamente a repetir los mecanismos que los jugadores tienen interiorizados para defender y con eso le bastó. Los dragoes pudieron ponerse por delante en el marcador, con balón colgado al área que remataron al larguero en uno de los varios errores defensivos que tuvieron los rojiblancos (aunque de los pocos que normalmente tiene Miranda), pero la diosa fortuna normalmente su junta con los que ganan y ahora está con el Atleti. De hecho creo que algo tuvo que ver también cuando poco después vimos a Raúl García girarse tras recibir el balón en un saque de banda y sacarse un zurdazo, casi sin ángulo, que se cuela por la escuadra del Oporto haciendo carambola con los postes. El gol es espectacular y encumbra a un Raúl García que, merecidamente, escuchó corear su nombre al mismo estadio que hace poco lo pitaba, pero para mí el portero tiene bastante culpa también.

El equipo tripeiro, hasta entonces demasiado reservón para mi gusto, estiró un poco las líneas y trató de ir un poco más a por el partido pero tampoco fue una cosa exagerada. Más bien todo lo contrario. No daba la sensación de ser un equipo jugándose la vida. Aun así, dominaron la pelota y el partido y tuvieron varias oportunidades de marcar. Primero con un remate al larguero, después desperdiciando un penalti absurdo de Aranzubia (de serlo, porque en el campo resultó tan raro que no puedo saber si fue o no fue) que él mismo se encargó de neutralizar (ayudado en parte por lo mal que lo tiro Josué) y finalmente con otro tiro al poste  tras rebotar el balón en Alderweireld. La sensación es que el Oporto no había hecho mucho para merecer más pero si repaso lo que acabo de escribir veo que dice tres tiros al poste  y un penalti fallado, así que lo mismo mi percepción no es muy correcta.

Y entonces apareció Oliver. Puesto en el disparadero por periodistas lumbrera, de esos que se pasan la vida quitándose la pelusilla del ombligo mientras buscan la siguiente bomba demagógica a la que agarrarse, salió muy nervioso al campo, impreciso y nervioso. Falto de confianza. No me extraña. Pero el canterano, sin hacer un gran partido, se repuso al ambiente viciado (buen síntoma) y aportó en el equilibrio táctico (su principal talón de Aquiles) dejando tiempo de paso para alguna genialidad como el pase a la espalda que habilita a Diego Costa para que el hispano-brasileño hiciera ese segundo gol con el que los equipos se marchaban al descanso.

La segunda parte fue soporífera. Un frío cada vez más pesado en la grada, un Atleti con menos tensión que un banco del Retiro y un Oporto que poco a poco se daba cuenta de que no era equipo de Champions. Los lusos no estuvieron a la altura en ningún momento y deberían entender como un fracaso no clasificarse en un grupo en el que el Zenit pasa de ronda con seis puntos.


Lo dicho, objetivo intacto. El lunes sabremos quién es el siguiente rival que puede variar entre cocos como el Manchester City, históricos como el Milán o supuestas peritas en dulce como Olympiakos, pero yo en esto, una vez más, estoy con nuestro entrenador Don Diego Pablo Simeone: “toque quién toque no nos creemos mejor que nadie”. Tampoco peor, añadiría.        

Equipo

At. Madrid 7 - Getafe 0

Es difícil defender lo que les voy a decir en los días que corren, sobre todo si usted es una víctima pasiva de los medios de comunicación, pero créanme, el fútbol es un deporte de equipo. Sí, ya sé que es difícil de asumir algo así, sobre todo si usted atiende las portadas de los diarios deportivos más prestigiosos del panorama nacional o los resúmenes de noticias de cualquier (sí, cualquiera) redacción deportiva escrita, hablada o vista. Si se dejan llevar por la rabiosa actualidad habrá interiorizado ya, a estas alturas, que los equipos de fútbol no existen, más allá de servir como recipiente de tipos individuales, galácticos, repeinados y/o vestidos en traje de fantasía, que como superhéroes posmodernos se dedican a ganar o perder partidos mientras inventan poco a poco el deporte del balompié. Aunque a día de hoy, entiendo que por una cuestión de tradición, los partidos se juegan con 22 seres humanos y hay 3 puntos en juego, la realidad es que 21 de esos humanos no importan (salvo que el partido en cuestión sea un Real Madrid - Barça) y que lo verdaderamente importante son esos premios individuales de reglas abstractas y valores inciertos que parecen quitarle el sueño a los analistas de este país llamado España.

Pero el Club Atlético de Madrid, desgraciadamente para algunos, es otra cosa. Los notarios de la realidad que con sesudo empeño se encargan de intentar encajar esa anomalía histórica en algún cajón reconocible, dentro de este circo contemporáneo que maneja el fútbol moderno, no son capaces de saber que hacer con ese artefacto emocional, antiguo y áspero llamado Atleti. Sí, resulta que el Club Atlético de Madrid es, vaya por Dios, un equipo. Cuando los dardos de quinina rancia, que regalan por doquier en eso que llaman redacciones deportivas, habían agotado todas sus existencias en la estela de ese golpeado jugador, más fuera del campo que dentro, llamado Diego Costa, resulta que Simeone lo deja en el banquillo y el equipo, con otros 11 seres humanos distintos, le meten un saco de goles a un equipo que pelea por los puestos europeos de esa farsa llamada liga española. Luego queremos los colchoneros que la prensa nos trate bien pero claro, no hay manera. Se lo ponemos muy difícil y se enfadan. Normal. En lugar de perder, que es lo que ya nos toca según los analistas de tertulia y berrido, resulta que ganamos. En lugar de ir por detrás del Madrid, para que su diaria (casi horaria) lucha mediática y ridícula entre merengues y culés (incluidos sus respectivos universos y galaxias) sea menos ridícula teniendo un anónimo e incómodo equipo entre medias. En lugar de tener un Falcao que venga de ultramar, lo resuma todo y que mediáticamente se pueda vender todos los días a otro equipo dos años antes de que efectivamente ocurra, tenemos jugadores de la cantera, nacidos en vallecas, feos, simpáticos y humildes que enciman tienen la desfachatez de ser buenos y renovar con el equipo al que dicen querer. Normal que los periodistas nos detesten. ¿Qué tiene que ver el Atleti con el fútbol que se compra en los quioscos, se escucha por la radio o se ve en la tele?

Habrán notado a estas alturas que esto se parece muy poco a una crónica futbolística. Es cierto. Les confieso que no la escribo a las dos de la mañana, recién llegado del Calderón, pero tienen que entender que el estado de congelación avanzada con el que aparecí por casa no me lo permitía. Es lo bueno de no cobrar un duro por hacer esto que hago, que lo puedo hacer al día siguiente tomando vermut y dará igual. De hecho puedo ni hacerlo y dará exactamente lo mismo. Por otro lado debo reconocerles también que no lo hice porque estaba bastante enfadado anoche. Enfadado de tener la certeza de que lo que había pasado en el Vicente Calderón, otra vez, no saldría del reducido y minúsculo universo colchonero. Este Atleti histórico y espectacular no será desgraciadamente recordado ni reconocido más que por los atléticos, gracias a una competición injusta, una forma ultracapitalista de entender el fútbol y ese Status Quo, patético y bochornoso, que se ha instalado en el subconsciente colectivo de una masa cómplice y mediocre. Es imposible que el Atleti funcione mejor de lo que lo está haciendo. Imposible. No se puede hacer mejor con lo que tiene y tal y como está montado el chiringuito es imposible tener más. Es decir, esto es lo que hay. Ocurra lo que ocurra, gane quien gane, las portadas son y serán para Ronaldo jugando con la selección de Portugal. Siempre que Ronaldo siga jugando también en el Real Madrid, claro.

El partido. Como hemos visto ya otras veces, el efecto que provoca el equipo de Simeone en el rival es otro recurso efectivo que ayuda a hacer más grande la leyenda. En el lugar en el que antes había indiferencia y hasta falta de respeto ahora hay temor. Miedo. Los equipos cambian su forma de jugar para enfrentarse al Atleti y de esa manera comienzan a perder. El Getafe, equipo luchando por jugar en Europa, ojo, llegó al Calderón con mucho respeto. Trató de ser robusto y compacto. Cambio el balón por rigor táctico con la intención de ahogar el vendaval colchonero. Jugaron al límite, físico y reglamentario, pero incluso así  tuvieron que recurrir al exceso de faltas para intentar parar a los rojiblancos. Nada. Ni por esas. Cuando el partido estaba más espeso apareció un córner sacado por Koke y rematado por un excelente Raúl García. El navarro ha hecho de la necesidad virtud y esa extraña posición de llegador por detrás del delantero, le está haciendo jugar los mejores minutos de su carrera, probablemente. Sigo sin verlo de titular (demasiadas carencias técnicas para ocupar esa posición en el campo, para mi gusto) pero reconozco que Raúl García se merece todo lo que le está pasando. Un ejemplo de tesón, educación, compromiso y lealtad al equipo. Yo, que lo he criticado un millón de veces, tengo que reconocer lo obvio. Y lo hago. Con placer, además.

Abierta la lata, se acabó el partido. Aunque, por si hacía falta un dato más preciso, llegó el gol de Koke (propia puerta, en realidad) para corroborarlo. Pase desde la derecha, remate de cabeza del canterano que rebota en un defensa getafense y gol. Faltaba todavía un mundo, pero el mundo se hizo universo cuando al filo del descanso el bueno de Valera hizo mano teniendo otra tarjeta amarilla. La segunda parte fue una pesadilla para el equipo azulón. Una pesadilla como hacía años que no veía. La diferencia entre los dos equipos fue insultante. Extrema. El Atleti parecía estar jugando con un juguete roto pero con la mala suerte para el juguete roto, los de Luis García, de tener delante a un equipo que no sabe de amistosos. Simeone sacó a Oliver, Adrián y Diego Costa y los tres tuvieron su momento de gloria como antes lo había tenido ese central belga que según pasan los partidos parece que realmente va en serio. Los goles (dos de Villa, otro de Raúl García, otro de Diego Costa y otro de Adrián en esa prolongación gratuita y estúpida del árbitro que no hacía falta) los dejo dentro de la anécdota. Quizá merezca la pena recordar, si acaso, esa soberbia chilena que se marcó el hispano-brasileño de la nada y que levantó todos los que estábamos en el Calderón pasando frío con una sonrisa en la cara.


El Atleti suma y sigue ante el desdén y el desprecio de los que viven, supuestamente, de lo que pasa en esto del fútbol. Habrá quién diga que mejor así, de tapadillo, sin que hablen de nosotros. Tonterías. ¿De qué estamos hablando? Detesto la falsedad. Detesto la injusticia  Detesto el desprecio pero lo detesto todavía más cuando viene del que debe ser juez y no fiscal. Del que se esconde detrás del gremio periodístico para hacer marketing industrial de catadura chusca. Del que desprecia con malas artes a los que nos caemos a los lados de la curva de Gauss. Del que se dice legitimado a subrayar su opinión por encima de la mía por ponerse en ese supuesto disfraz de periodista que utiliza, con estilo ruin y tabernario, para defender la misma mierda que mañana se lo llevará a él mismo por delante.


Piedra rodante


AT. Madrid 5 - Rayo Vallecano 0

Se acabaron los tiempos de circo. Se acabaron las tardes en las que los partidos de Atleti parecían la letra de un bolero. Se acabaron esas jornadas grises con entrenadores grises y jugadores grises en los que que todos chapoteábamos en el dañino gris de la mediocridad. Tiempo tendremos de hablar de las carencias técnicas del equipo, de los errores de planificación, de la falta de eso que los entendidos denominan “fondo de armario” y también de especular sobre los que se fueron, sobre los que vinieron y sobre los que pueden llegar o partir. Tiempo tendremos, desde luego, pero hoy toca rendirse a la evidencia del milagro Simeone. El argentino recogió un guiñapo y nos ha devuelto un señor equipo. Un equipo del que podrá gustar más o menos su forma de jugar o su estilo pero del que se puede decir, sacando pecho, que es un equipo. Un señor equipo tremendamente difícil de doblegar y al que enfrentarse. Un equipo que no por conocido, porque el Atleti de Simeone ya no es ninguna sorpresa para nadie, deja de seguir siendo un rodillo, una piedra rodante a la que como no pongas los medios precisos para pararla, te arrolla.

El Rayo Vallecano, equipo por el que reconozco tengo especial deferencia, dio el año pasado en el Calderón una lección de fútbol. De toque, de entrega y de orgullo. Con un presupuesto ínfimo y recursos menguantes, es de esos equipos que se planta en el campo con la intención de dominar el balón y el juego. De esa “nueva” corriente en el fútbol que entiende que la victoria pasa por el balón. Actitud y espíritu muy loable, que envidio, y que además salió bastante bien durante la temporada pasada. La idea para este año pasa por la misma línea pero en el Calderón han dado un derrape importante. La forma pareció la misma pero el fondo no. El Rayo Vallecano decidió hacer lo único que no se puede hacer delante del actual Atlético de Madrid. Decidió sestear, dudar, ser blando... y murió, claro. Este Atleti es un equipo de elite y juega como un equipo de elite. Procura ocultar sus defectos para reducir sus errores al mínimo haciendo letal cada error del equipo rival. Esté enfrente el FC Barcelona o esté el Rayo Vallecano y ese es, para mí, el secreto del equipo colchonero mientras ha estado con Simeone. Partidos como el de hoy eran peligrosos no hace mucho. Hoy es complicado que se escapen.

La crónica del encuentro es bastante sencilla a pesar del saco de goles. Comenzó con la intensidad habitual en el Calderón, con la sorpresa de ver a Raúl García en el once titular (también Tiago entró por Koke respecto al equipo del pasado miércoles). El navarro respondió a los que, como yo, dudaban de su quehacer y se marcó probablemente la mejor primera parte desde que es jugador del Atlético de Madrid. Bien en la presión y el corte, atento en las ayudas, bastante acertado en el pase y con su habitual olfato de gol. Que me perdonen pero no parecía él. Durante los primeros minutos el equipo vallecano intentó colocarse sobre el césped pero ya desde el principio se vieron ciertas dudas en la medular y sobre todo en la salida de balón a través de la pareja de centrales. Enfrente la habitual roca de Simeone que, presionando muy arriba, no dejaba jugar y robaba el balón para salir vertical. Sobre todo a través de un Arda Turan que hoy ha vuelto a ser ese maravilloso jugador que nos tiene encandilados a la mayoría de los colchoneros. Trashorras trataba de bajar hasta la línea defensiva para intentar crear pero era imposible. Un centro del campo comandado por un imperial Tiago (para mí el mejor del partido, con permiso de Turan) rompía cualquier intento para iniciar el ataque colchonero. El Rayo estaba blando y dubitativo. El Atleti fuerte y convencido. Los goles eran cuestión de tiempo.

Hasta tres cayeron en la primera parte. Podrían haber sido más. El primero, para no modificar la tradición, vino a balón parado. Gabi saca un córner, mal defensa del Rayo y buena intuición de Raúl García para meter la cabeza. Arda Turan, que junto con Diego Costa ya para entonces era la peor pesadilla de los vallecanos, había avisado antes de cabeza pero en una preciosa jugada por la izquierda dejó un pase de la muerte a Diego Costa para que el hispano-brasileño siga aumentando su cifra de goles. Lo dije en twitter hace unos días y lo repito aquí: Costa es hoy por hoy el verdadero crack de este equipo (otra vez, con permiso de Turan). El turco pudo por fin aparecer para que su nombre quedara reflejado en las estadísticas oficiales de encuentro. Enésimo robo de los colchoneros que tras genial combinación con Diego Costa y Villa dejan a Turan encarando al portero. El Calderón, consciente de la genialidad del otomano, sabía que podía ocurrir cualquier cosa. Vaselina, recorte, disparo, rabona o un baile derviche pero Turan decidió sentar al portero de regate en seco y hacer el tercero con elegancia. No habíamos llegado al minuto 40 de la primera parte y el partido estaba resuelto.

La segunda parte fue una anécdota. El Rayo no reaccionó tras la charla del vestuario y el guión se repitió exactamente igual tras la reanudación. El Atleti bajó una velocidad el ritmo pero mantuvo la seriedad, el rigor, la presión y la ambición. Suficiente para destrozar a un Rayo que seguía tan inocente como comenzó. Tiago obtenía premió a su gran partido rematando de cabeza un magnífico, otro, pase de Arda Turan desde la izquierda. El quinto lo hizo de nuevo Raúl García a pase de un Koke que salió en la segunda parte de mediocentro sustituyendo a Gabi y no desentonó en absoluto.

El único pero a la tarde, por poner algo, es el dato de que en un partido con 5 goles, Villa, que jugó los 90 minutos, no marcara ninguno. Podría haber sido distinto, si no hubiese estrellado un balón al larguero tirando a bocajarro tras gran jugada de Diego Costa, pero realmente es irrelevante. Villa es un delantero excelente que a estas alturas de la vida no tiene que demostrar nada a nadie pero tengo dudas sobre su estado físico, su chispa y su velocidad. Ahora mismo no lo veo bien pero es fácil que este en fase de recuperación todavía. Ojalá. Lo vamos a necesitar.

Traineras

Deportivo de La Coruña 0 - At. Madrid 0

El sábado por la tarde hacía un día precioso en San Sebastián. El que escribe tenía la inmensa suerte no sólo de estar por esas tierras sino de poder comer con amigos, como un marqués, en un magnífico restaurante de Pasajes-San Juán. Entre delicias del mar, cocinadas con gusto, y después de rematar la primera botella de vino, uno se dedicó a elogiar de corazón la gran temporada que está haciendo la Erreala pero indefectiblemente acabamos hablando del Atleti. Del Atlético de Madrid, claro. Curiosamente el único rival que ahora mismo tenemos los colchoneros es precisamente el equipo txuri-urdin. Pero mientras nosotros nos devanamos los sesos mirando los puntos que faltan para estar matemáticamente clasificados terceros, mis amigos gipuzcuanos no lo ven así. Su obsesión es el Valencia, equipo con el que entienden que se juegan el pase a Champions. Alejados ya del Madrid y a distancia sideral del Barça la situación del Atleti es un tanto extraña y da la sensación de que el equipo no sabe si mirar arriba, abajo, seguir corriendo o dejar de remar. Mientras mi cabeza se iba por la tangente pensando en estas cosas, al otro lado del cristal parecía haber una competición de traineras, algo muy típico en el lugar dónde existe una rivalidad milenaria entre un lado y el otro de la ría. Mientras unos equipos competían, otros estaban calentado en un espacio cercano y todo quedaba a la vista así que simultáneamente pude ver como los que competían no dejaban de remar hasta bien pasada la meta pero como cuando los que entrenaban dejaban de hacerlo, durante unos segundos, seguían prácticamente a la misma velocidad. Comentando la jugada con el comensal de al lado, experto en la materia, me dijo que dejar de remar en la línea de meta es algo así como un pecado. Ese último esfuerzo es el que te puede hacer perder lo que tenías ganado o vicebersa. En ese momento volví a pensar en el Atleti. Ustedes entienden la razón. 

Horas más tarde, mientras veía el partido del equipo en Coruña, trataba de no hacerme un esguince de mandíbula debido a los bostezos que tan atroz espectáculo me provocaba. El inicio de partido, antes incluso del pitido inicial, ya era suficientemente desalentador, echando simplemente un vistazo a la alineación. Vale que Koke y Costa estaban sancionados, vale que Tiago no parece estar recuperado. Vale que no hay más, pero una alineación con Cebolla y Raúl García entre Falcao y los mediocentros (cuando encima uno de ellos es el cada vez más lánguido Mario Suárez) es toda una declaración de intenciones. De intención de evitar el fútbol. De jugar a otra cosa. El uruguayo es un jugador de banda muy profesional y aguerrido pero que, como Falcao, depende mucho del juego del equipo. Típico jugador de banda clásico que necesita balones al hueco, dos contra uno en banda y cosas por el estilo. Cuando el epicentro del juego tiene que pasar por sus botas se pierde y no aporta más que entrega. No es ese jugador. Por otro lado Raúl García, sinceramente, no sé lo que es. Lo que si que sé es lo que no es. No es mediocentro, no es jugador de banda, no es mediapunta y no es segundo delantero. Dicho esto, ustedes me dirán que tipo de jugador es porque yo no lo sé. ¿Un mediocentro que necesita otros dos mediocentros por detrás? ¿Un mediapunta que necesita otro mediapunta al lado par mover el balón? Pues menudo negocio, entonces. Pero por ahí van los tiros, me temo. Con Mario, Cebolla y Raúl como eje constructor lo que ocurrió es lo que se anticipaba antes del inicio: la nada. La primera parte fue un aburridísimo ejercicio de centrocampismo táctico, patadones al cielo y esa contumaz alergia al balón que según pasan los partidos se hace cada vez más fuerte. Enfrente un Deportivo asustado y atenazado pero cuyo comportamiento se justifica por la situación límite que sufren. Un equipo obsesionado con el equilibrio defensivo que sin embargo cuando era capaz de tener el balón en campo contrario daba sensación de tener bastante más fútbol en sus botas que su rival. Especialmente cuando el balón pasaba por esa leyenda viviente que es Valerón. Un jugador de fútbol como la copa de un pino. Los últimos minutos tuvieron más y mejor ritmo y aquello empezó a parecerse algo más al bonito deporte del balompié. Cabe destacar el concurso de Adrían, más activo y atrevido que en toda la temporada, que aprovechando el bajo nivel general acabó por ser el tuerto en el país de los ciegos. 

La segunda parte tuvo sin embargo un Atleti con otro brío en apariencia. Más por efecto anímico y por intensidad que por fútbol los madrileños se adueñaron del balón y del partido y dominaron el encuentro. Eso si, sin ningún tipo de profundidad o brillantez. Nada. Un juego muy plano y previsible que no servía para despeinar a un bien colocado Deportivo que seguía esperando paciente su oportunidad al contragolpe. Una opción que a mi se me antoja sorpresiva viendo como cada vez que tenían el balón y lo circulaban no sólo aparecía un equipo muy distinto sino que hacía correr y descolocarse al Atleti. Pero todo siguió exactamente igual hasta más o menos el minuto 70 que fue cuando realmente empezó el partido. 

Si, me temo que todo lo anterior no debe asociarse a una crónica deportiva sino a otra cosa. El fútbol empezó a partir de que Arda Turan saltara al campo y pocos minutos después lo acompañara Óliver Torres. El turco es simplemente esencial para este Atlético de Madrid que guarda su capacidad creativa en pastillas infinitesimales. Arda es ese jugador que se pasea con criterio entre el delantero y los mediocentros, que guarda el balón, que inventa y que a diferencia de muchos de sus compañeros es bueno cuando el esférico está cerca. Es el único que tenemos. Lo volvió demostrar. Óliver era hasta ayer la canción del verano, la excusa barata de los periodista baratos que tratan de cocinar noticias basura para esa parte del graderío, simple y agradecida, que sólo entiende de mensajes simples y demagógicos. Para mí hasta ayer era un muchacho de 18 años que había destacado en las categorías inferiores, que tenía un gran futuro y al que había que proteger. Ayer demostró sin embargo que es un jugador de fútbol muy bueno y de un perfil que no tenemos. Un jugador de fútbol que quiere el balón y que sabe lo que hacer con él. Rápido, listo, creativo. Un tipo con personalidad que ayer no dudo en echarse al equipo a la espalda y hacerlo jugar. Ayer si. A partir de ese momento, durante esos 20 minutos, el partido se jugó en campo gallego y sólo tuvo un dueño. El Atleti llegó por la izquierda y por la derecha. Se vieron más pases con criterio que en los últimos partidos y además se pudo ganar. Falcao no estuvo fino en la recepción de un par de balones y Gabi lanzó un misil al larguero cuando el partido agonizaba. Aun así el árbitro anuló un gol en el último minuto por presunto fuera de juego. Muy dudoso, pero a mí en la repetición me lo parece. También es verdad que si no lo anula tampoco pasa nada. Pero aunque el Atleti fue claro merecedor de los tres puntos en esos 20 minutos y el único que lo intentó, hoy verán en los periódicos las quejas exageradas de los coruñeses contra el árbitro por unas manos de Juanfrán dentro del área en el tiempo de descuento. La repetición parece clara, es mano, pero en el campo es difícil de ver por no hablar del enigmático tema de la voluntariedad. Podía haber pitado penalti perféctamente pero hablar de robo arbitral me parece vivir en la luna de valencia. 

Empate que por lo visto asegura la Champions (lo que no es verdad ya que asegura exclusivamente la fase previa) pero que deja al equipo pendiente de cerrar la temporada como se merece. Todo parece indicar que así será, pero tengo miedo de que los jugadores, creyendo erróneamente que siguen viajando a la misma velocidad, dejen de remar en la línea de meta. Un pecado. Espero que no sea así.

Doctor, me llamo Atlético de Madrid y tengo un problema

At. Madrid 1 - R. Madrid 2

Por esas cosas de la vida yo jamas he sentido el deseo de fumar así que no soy precisamente un especialista en ese difícil arte de superar esa adicción. Sin embargo, es algo que he visto a mi alrededor y conozco sus síntomas, sus consecuencias y sus testimonios. La adicción tiene siempre una componente química o física y otra psicológica. La primera puede ser más o menos severa según los casos pero casi siempre tiene solución acudiendo simplemente a los mismos elementos que la han provocado. La adicción a la nicotina, una sustancia química, puede superarse fácilmente con pastillas, parches o mil y una otras opciones. Sustancias químicas. De esa manera tu cuerpo aprende a prescindir fácilmente o sin demasiado sufrimiento de una sustancia que químicamente necesita porque lo has acostumbrado. Eso es relativamente fácil. El problema está en el otro factor, el psicológico, que desgraciadamente es mucho más complicado. Ni siquiera los especialistas se ponen de acuerdo en definir la mejor forma de afrontarlo pero en lo único en lo que si coinciden es en que el enfermo necesita antes que nada reconocer que tiene un problema y que quiere superarlo. Creerte que efectivamente tienes una enfermedad y que eres un enfermo. El Atlético de Madrid tiene una enfermedad cada vez que se enfrenta al Real Madrid. Me parece obvio. Duele reconocerlo y tendemos a no quererlo hacer por aquello que supone. El “otro” equipo de la capital representa para los colchoneros, reconozcámoslo, todo lo que detestamos de la vida. Todo lo que no queremos ser. Representan esa vida que no queremos tener. Asumir que enfrentarse a ellos nos provoca esta rara patología que llevamos décadas soportando es asumir muchos demonios que se clavan en los más profundo del corazón pero también que esa suficiencia y personalidad con la que los colchoneros vamos por la vida se resquebraja en sus pilares más importantes. Tenemos un problema y me parece que es colectivo. De la institución. Del Club. De todos. Podemos culpar a la suerte, a Cerezo, a Gil, a Raúl García, a Simeone, o al Sursum Corda y seguramente todos tendremos parte de razón pero las cosas que se repiten de forma tan continuada no pueden ser casualidad, ni suerte, ni puede estar  su causa en un lugar tan claramente identificado. Cualquiera que sabe algo de estadística sabe que si tiramos un dado 25 veces y las 25 sale el número seis el dado está trucado. Los Atleti-Madrid están trucados. Cuando el Real Madrid iba a tirar la falta que ha supuesto el empate a uno el equipo blanco todavía no había tirado una vez a puerta, estaba perdido, por debajo del marcador y el Atleti dominaba el partido. A un vecino de grada se le ha escapado sin embargo un comentario: “verás como llegan una vez y nos meten un gol”. Probablemente era lo que estábamos pensando todos. Probablemente es lo que estaba pensando Cerezo y Gil y Raúl García y Simeone y el que recita el Sursum Corda. Señor Doctor, me llamo Atlético de Madrid y tengo un problema. Empecemos por ahí si queremos superarlo. 

El partido no podía estar en mejores condiciones para el Atleti. Posición cómoda en la clasificación, estupenda campaña, un estado lleno, entregado y sin fisuras y un rival sin sus estrellas pensando en otro partido y al que los puntos le daban igual. Habrá quien diga que todo esto era en esencia una presión adicional para el once colchonero que saltó al campo pero a mí ese tipo de análisis me provoca carcajadas. Presión es la que tiene el Depor o el Madrid el próximo martes. Lo que tenía el Atleti hoy no puede ser presión. Si lo es es que el equipo no está preparado para la elite. 

Hay que reconocer sin embargo que el equipo no salió mal al campo. Sin esa ansiedad de otras veces, con algo más pausa y hasta dominando. El Atleti de los primeros minutos era el Atleti de esta temporada de ensueño. Un equipo rocoso, ordenado, con personalidad, valiente y sobre todo intenso. El Atleti llegaba primero, llegaba fuerte, dominaba el balón y el ritmo de juego. No jugaba especialmente bien pero eso es algo que a lo que estamos acostumbrados. El Madrid parecía perdido, romo con el balón y su propuesta mediocre de fútbol encima no le salía bien. Entonces llegó un tiro desde la frontal que no paró bien Diego López y cuyo rechace es recogido por Godín en la derecha, que aprovecha para meter un buen balón al segundo palo donde entraba Falcao con todo para inaugurar el marcador. 1-o. Todo pintaba de maravilla. El estadio rugía y los más ansiosos hablaban de goleada. Tampoco parecía descabellado pensarlo a tenor de los siguientes minutos en los que todo siguió igual: poco fútbol, pelotazos, lucha greco-romana en el centro, un Madrid perezoso y un Atleti cómodo pero previsible. Hasta que llegó una falta bastante alejada a favor de los merengues. Di Maria mete un balón a la olla con buena rosca pero sin demasiado criterio. El balón pasa por toda la defensa tranquilamente, da en el pecho de Juanfran y se mete en la portería ante el estupor general. 1-1. En ese momento, entre las caras de pánfilo de los colchoneros, entre espectadores tocándose las canas, niños que preguntaban lo que había pasado y atléticos de cuna que tragaban veneno, aparecieron todos los fantasmas de antaño. Todos. Uno detrás de otro. Y se acabó el partido. 

El fútbol, eso si, escaso hasta entonces (estamos hablando del minuto 12), desapareció por completo. A partir de ahí asistimos a un soporífero ejercicio de centrocampismo barato, luchas, fallos, patadones y un sucedáneo de juego bastante previsible. Incluso algo así es algo comprensible y que habíamos visto otras veces. Pero esta vez lo distinto era el Atlético de Madrid. No estaba. Era otro equipo. El equipo que habíamos visto otros años. El de “siempre”. Un equipo que ya no era rocoso, ni ordenado, que mostraba una insultante carencia de personalidad, que parecía acobardado y que sobre todo se encontraba absolutamente falto de intensidad. Incomprensible en el partido emocionalmente más importante para el aficionado. El Atleti de Simeone es normalmente un equipo vulgar cuando no tiene intensidad. Si enfrente está encima el Madrid el adjetivo ya no es vulgar sino que pasa a tener tintes más humillantes. Antes del descanso no ocurrió nada pero si tuvimos tiempo suficiente para ver un par de cosas. La primera es que Mario Suárez no está a la altura de las circunstancias. Lento, aportando cada vez menos y sobre todo con una indolencia que se me antoja incompatible con el espíritu de Simeone. El centro del campo del Atleti tiene que estar poblado por jugadores con mucha más seguridad y jerarquía. Mario no lo ha sido. Lo segundo es que hemos podido ver algo que de repetitivo ya cansa. Raúl García, por su propio bien, no debería pertenecer a la plantilla del Atlético de Madrid. Ha demostrado que no es válido para este equipo ni de mediocentro, ni de mediapunta ni jugando en banda por detrás de los delanteros ni de nada. Ni segunda jugada, ni llegada, ni disciplina táctica ni gaitas. Su aporte es nulo y en muchos partidos acaba siendo además una rémora. Condenó por inoperancia la banda más vulnerable del Madrid (es cierto que no es jugador de banda) pero es que no aportó nada en ninguna de las otras facetas. Raúl García volvía hoy a salir del campo entre abuchéos de sus propios aficionados. Algo que me parece lamentable pero que empieza a ser inevitable. Si tuviésemos un director deportivo tomaría nota de estas cosas pero desgraciadamente no lo tenemos. Caminero no sé lo que es pero es otra cosa. Cualquiera, menos un director deportivo. 

Tampoco pasó mucho más después del descanso. Ambos equipos siguieron destripando terrones durante un buen puñado de minutos sin que pasase nada. Gabi lanzó a la grada un balón que encaraba sólo a la portería pero eso fue todo. También hubo un claro penalti a Falcao, por supuesto no pitado, pero que el árbitro no pite penaltis en el área del Real Madrid es algo que debe estar escrito en la parte trasera del reglamento español de fútbol. Eso y que Xabi Alonso tiene permitido patear y abofetear a quién quiera cuando quiera. Pero sería injusto hablar hoy de árbitros. Lo más grave para mí seguía siendo lo mismo de antes. Mi equipo. La falta de personalidad. Esa escuadra que había sido admirada por su intensidad y que hoy era tan blanda como una nube de algodón. Ni siquiera hacía faltas. El equipo que ayer era valiente y decidido hoy se escondía cada vez que tenía ocasión. Esa elogiada pareja de centrales que nos tiene enamorados hoy parecía una pareja de asustados bailarines aturdidos. Diego Costa seguía en su particular cuesta abajo, esa que lo aleja del fútbol y lo acerca a otro tipo de artes escénicas, y jugaba en solitario preocupado únicamente de si mismo. Apenas se puede salvar de la quema a un Filipe Luis voluntarioso y a un Koke que era el único que trataba de que lo que pasaba en el campo se pareciese algo al fútbol. El Madrid sin problemas. Muy bien ordenado, equilibrado en el repliegue y con una buena presión que le bastaba para que su rival tuviese pesadillas con el coco. En uno de los miles de errores en el centro que tuvieron los colchoneros Di Maria abrió una buena diagonal para que Benzema, con una suficiencia pasmosa, pusiese el balón dentro de la portería. 1-2. Fin del partido. Lo de siempre. 

El resto del tiempo hasta el final fue la humillante constatación de que los once jugadores vestidos de rojiblanco sobre el césped se sentían inferiores a su rival. Seguramente lo eran. Continuaron con ese anodino y previsible sucedáneo de fútbol que llevaban practicando desde el empate y que el Madrid neutralizaba sin mancharse las manos. No llegamos una vez a puerta pero es que es muy difícil hacerlo cuando tu única opción es colgar balones al área contra un equipo que defiende estático porque eres incapaz de descolocar. Simeone, muy tarde, trató de meter algo más de fútbol con Adrián y Cebolla que sustituían a dos que no deberían haber jugado (Mario y Raúl García) pero aunque el equipo pareció algo más dinámico era un espejismo y el resultado fue el mismo. Nadie tenia fe en que el marcador pudiese terminar de otra forma. Nadie. 

Derrota tremendamente dolorosa que no se puede esconder en la intrascendencia de los puntos, en la clasificación o en otros datos bañados en pragmatismo. Hemos perdido justamente contra el Real Madrid en el Vicente Calderón y eso es un torpedo en toda la línea de flotación del espíritu colchonero. Una puñalada. Algo que duele más que una derrota cualquiera. Algo que baña el ánimo de una afición que no se merece perder pero mucho menos perder siendo vulgar. Agachando la cabeza. Siendo dócil. Y estoy enfadado. Estoy harto de perder, señores. No me vendan éxitos ajenos que pretendan eclipsar esta hemorragia. Estoy harto de estar enfermo. Estoy harto. Tienen una oportunidad de curarse en unas semanas jugándose además algo que quedará para la posteridad pero no les veo capaces. No soy optimista y no me da la gana serlo. Seguimos acudiendo a los parches de nicotina cuando necesitamos tirar de fuerza de voluntad. Pueden cambiar la historia en la final de copa pero no creo que yo esté allí ese día para verlo. No me lo creo. No me pidan mi ayuda porque no la van a tener. Estoy demasiado cansado.