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¡Un abrazo!

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Hoy no

No vi el partido. 

Entiéndame, estuve delante de un televisor observando lo que ocurría al otro lado de la pantalla, pero allí no había ningún partido de fútbol. Vi a jugadores vestidos de rojiblanco junto a otros que lo hacía de blanco, sobre un césped y con una pelota de por medio, sí, pero eso, para mí, estando el escudo del Real Madrid de por medio, no es un partido sino una metáfora. La metáfora de una lucha desigual con la que tengo que lidiar a diario

Es como ver a David contra un Golliat patrocinado por Fly Emirates y de cuya victoria tiene que vivir, al parecer, todo el universo libre. Es ser un egipcio de novena generación que, por ser copto, tiene que sentirse extranjero en un Cairo tomado por talibanes radicales y que además acaban de llegar. Es ser Neo o Morfeo o Trinitry teniendo que luchar dentro de Matrix, sin poderes, y sabiendo que todo es mentira. Andy Dufresne teniendo que arreglar gratis los papeles fiscales del alcaide pendenciero de una cárcel en la que está preso de forma injusta. Es tener que sucumbir, quieras o no, a las leyes de los que compran Best Sellers o de los que hacen que la noticia más leída de un diario serio sea la masturbación furtiva de un mapache. Es ver a Sherman McCoy clamando justamente en mundo injusto, rodeado de vanidades que se queman para volver a nacer envueltas en billetes de 500 euros. Es vivir, durante semanas, rodeado de los eslóganes del Gran Hermano. Tener que acordarte de las enseñanzas de Goebbels en cada fotograma, cada párrafo, cada portada, cada voz, cada desprecio. Ser el último cuerpo viviente, todavía sin invadir, pero rodeado ya de vainas. Griego en una Alejandria decrépita e intolerante que reniega de su pasado. Es sentirse Sansa Stark siendo obligada a sonreír en la decapitación de tu padre. Un sudafricano negro que tiene que servir cocteles en una playa sólo para blancos. Es ser Rick Blaine en el aeropuerto de Casablanca y ver como Lisa Lund se va con Laszlo porque, por una cuestión de dinero que "todo" el mundo entiende, se ha hecho puta.

Se me hace muy difícil hablar de fútbol en un contexto así. No lo voy a hacer. No tengo por qué y no me da la gana. Hoy no. Ayer ganaron los buenos. Los que tenían que ganar. Seguramente lo hicieron además de forma justa, si por justicia nos ceñimos a lo que pasó en el campo. Las fuerzas vivas pueden quedarse tranquilas y seguir acelerando la apisonadora. El mundo puede seguir asistiendo a un nuevo capítulo de Disneylandia, la secuela. España vuelve a amanecer. El sol brilla y la cúspide de la campana de Gauss es cada vez más alta. Ojalá sirva para que al menos lo disfrute algún pobre infeliz que no tenga nada más a lo que agarrarse pero soy consciente de que es difícil. Es imposible agarrar a algo que no existe. 

Y sí, podríamos hablar de Simeone. Criticar su apuesta, los cambios o cierta forma de encarar las situaciones. No lo haré. Hoy no. Pueden navegar por este blog y encontraran cientos de críticas. Buenas y malas. A jugadores, a aficionados, a dirigentes y a entrenadores colchoneros. También a Simeone. Muchas. Justas e injustas. Pero hoy no. Hoy no puedo. ¿Saben por qué? Pues porque ayer, siendo David y Copto y Trinity y Andy y Sherman McCoy y Sansa Stark y Rick en Casablanca tuve la cabeza alta y miré a los ojos a un rival en el que ahora veo miedo. Porque sé que todo ello es gracias, única y exclusivamente, a Simeone. Porque hoy, más que nunca, quiero darle las gracias.

Y sí, podríamos hablar de fútbol (o de su ausencia) pero hoy no. Hoy no quiero.

Saltar el partido

Hace años ya que jugar una eliminatoria contra el Real Madrid se ha convertido para los colchoneros en un suplicio. Un Vía Crucis eterno e insoportable que indefectiblemente deja secuelas. Entiéndanme bien, no estoy refiriéndome a lo incierto de un resultado concreto o lo que pueda pasar dentro del campo, que afortunadamente suele tener últimamente la forma de un partido de tú a tú, sino a lo que ocurre fuera. Ese despliegue brutal por parte de los ministros del sistema que, como agentes de una Stasi capitalista, se meten por cada uno de los poros de la sociedad para alertarnos de la obligación que tenemos de seguir la fe verdadera. Uno puede llegar a soportar con bastante normalidad ese permanente tono monocolor y tendencioso, presente en TODA la prensa hablada y escrita, pero es bastante más difícil tener que convivir con el desprecio e insulto constante hacia los indeseables que, como yo, se atreven a desafiar el orden establecido ignorando las soflamas del Gran Hermano, y hacerlo además enfundado en otros colores proscritos. 

Intentó concienzudamente huir de la caspa, ignorar los panfletos de propaganda, obviar las técnicas de Goebbels que emplean los “profesionales” de la comunicación para lavarme el cerebro con detritus de diseño e incluso trato de evitar las numerosas tertulias de gañanes que pululan por la geografía madrileña y que básicamente se limitan a repetir en bucle las estupideces que aprehenden de los foros oficiales, pero nada. Es imposible. Aun así consiguen siempre llegar. Al final es inevitable tener que echar gasolina y toparse en la gasolinera con una portada en la que un andaluz muy gracioso posa, con una montera y toreria, ilustrando uno de los últimos insultos deleznables que el Club Atlético de Madrid recibe periódicamente por parte de eso que eufemísticamente denominan “prensa madrileña”. Los juegos de fútbol en la PlayStation tienen una opción que llaman: “Saltar el partido”. Con ella el jugador tiene la posibilidad de no tener que disputar ni ver el encuentro si no quiere. El ordenador analiza los datos y en un nano segundo te ofrece un resultado en función de los jugadores, el estado de forma y la calidad de cada uno o las probabilidades de éxito. Prometo que si esa opción fuese posible en la vida real la utilizaría cada vez que jugamos contra el Real Madrid. 

Está todo tan enfangado que incluso las lecturas posteriores a los partidos suelen quedarse exclusivamente en temas externos, detalles accesorios o leyendas de unicornios y nibelungos que los grandes "analistas" utilizan para justificar lo injustificable. Para ver lo que nadie ha visto. Para entender la vida a través del código que manejan los pastores de la fe verdadera, ese en el que todo lo que no sea que el Real Madrid gané con solvencia y buen juego es una anomalía intolerable, provocada por algo que merece ser erradicado. Ya sea una entrenador, una tarjeta, un penalti o un delantero que sangra por generación espontanea. Es tan ridículo y lamentable que, harto de provocaciones, hasta yo mismo estoy cayendo ahora mismo en ello. Lo siento. No seguiré por ahí. 

El plan de Simeone pasaba por dejar la portería local a cero en el Vicente Calderón y lo consiguió. Eso no es opinable, es un hecho. Podemos cuestionar si era un plan lícito o no, pero la realidad es que el Atleti sigue vivo en la competición y que la eliminatoria está más o menos donde estaba cuando las bolas calientes decidieron el enfrentamiento. El Atleti salió raro. Impreciso y lento. Con muestras de cierto nerviosismo y sensación de responsabilidad. Algo poco habitual en la escuadra de Simeone pero algo comprensible en esas circunstancias. El Madrid, que tiene una plantilla espectacular (las cosas como son), aprovechó para apoderarse del balón y moverlo con bastante más criterio y velocidad que otras veces. Jugó bien y dominó el partido durante toda la primera parte, aunque las ocasiones que tuvieron (tampoco demasiadas) llegaran fundamentalmente por errores de los colchoneros. La más clara un mano a mano de Bale que Oblak sacó con una acción prodigiosa. El cancerbero esloveno hizo un partido enorme. Muy seguro todo el tiempo y sacando varias manos que le ayudan a crecer en confianza y que van a hacer muy difícil que ahora abandone la titularidad. Estupenda noticia. El Atleti se mantenía serio y compacto pero ignoraba el balón. Era incapaz de sacarlo con criterio de su campo y eso provocaba que el Madrid no tuviese que gastarse demasiado en recuperarlo para volver a tenerlo jugado en campo contrario. Resultaba muy desalentador ver sobre todo como los contrataques rojiblancos salían desde muy atrás y con muy pocos efectivos. 

La segunda parte cambió significativamente el panorama. Los de Simeone salieron mejor y con más ambición. Empezaron a rondar el campo contrario y a intentar contrarrestar la evidente superioridad blanca. Parecían haberlo conseguido cuando un codazo que dejo a Mandzukic sangrando y desquiciado hizo que el equipo volviese a salirse del partido y los de Ancelotti volvieran a controlar el juego. No quiero detenerme mucho en el árbitro. Sólo diré que me pareció el típico “buen” soldado de la UEFA. El típico “profesional” que sabe perfectamente con quién se puede equivocar y con quién no puede hacerlo. Llegado a ese punto, Simeone hizo dos cambios que no entendí pero que, lo reconozco, le salieron bien. Raúl García ingresaba por un desaparecido Griezmann y Torres sustituía a Koke, que para mí estaba siendo el mejor jugador de campo del Atleti. Y obró el milagro. Los locales empezaron a tener más balón, Juanfran empezó a ganar su banda, Arda decidió abrir el tarro de las esencias y el Atleti acabó el partido encimando al equipo blanco. 

El empate deja la eliminatoria sin resolver y tendremos que esperar a ver lo que ocurre en el Bernabéu para ver qué equipo disputa las semifinales. Antes de llegue a ese día, y ocurra lo que ocurra, déjenme decirles que estoy muy orgulloso de mi equipo y de unos jugadores a los que no tengo un solo reproche que hacer.

Un señor francés

A veces, gracias probablemente a los agentes que especulan con la información o a esa corriente contemporánea que reduce la vida a un sencillo catálogo con dos únicas opciones (supuestamente antagónicas y que en el fondo son la misma), olvidamos que el fútbol es un deporte que se juega en una superficie real. Que, en contra de lo que pueda parecer, no ocurre en un servidor virtual en la nube al que accedemos mediante tarjeta de crédito, a través de una pantalla de plasma y mientras abrazamos una cerveza industrial en el salón de casa. Ayer, después de haberse clasificado por segundo año consecutivo para disputar los cuartos de final de la Champions league, el entrenador del Atlético de Madrid decía que ellos no entrenaban una tanda de penaltis sencillamente porque es absurdo. Porque no es lo mismo disparar a puerta rodeado de un montón de sillas vacías (o de árboles, que fue exactamente la metáfora que utilizó) que hacerlo ante la atenta mirada de 55000 seres humanos que chillan y que te hacen ser consciente de que es en tus pies (en tu cabeza, realmente) donde está la posibilidad de llevarles a la felicidad o a la miseria. Lo ves. Lo sientes. Y duele. Es una sensación tan evidente que al que está allí le resulta fácil entender que se te puedan encoger los isquiotibiales y acelerar el flujo sanguíneo. 

El Atleti ganó ayer al Bayer Leverkusen en un partido feo, áspero que supongo debió ser un suplicio para el espectador medio, neutral, adoctrinado y aséptico, que lo vio desde casa haciendo zapping. Yo les aseguro que lo viví desde la grada con el corazón en el paladar y que lo disfruté como pocas cosas en la vida me hacen disfrutar. 120 minutos que se me pasaron como una exhalación y que acabaron con un golpe de alegría que me alimentará bastante más que las tres comidas reglamentarias de cualquier otro día. Eran casi las doce de la noche de un vulgar martes de un vulgar marzo y yo, a mi edad, estaba allí, saltando y gritando, con una sonrisa que desfiguraba mi cara, mientras me abrazaba espontáneamente a un señor francés, que no conocía de nada, pero que estaba sentado a mi lado. Ayer, cuando salí del Calderón, lo primero que pensé fue en toda esa pobre gente que es incapaz de disfrutar de esa manera del fútbol (y seguramente de nada). Sentí mucha lástima por ellos. Hay muy pocas cosas en la vida que le permitan a un tipo adulto, solvente y sensato, poder sonreír, gritar, cantar y abrazarse a un desconocido señor francés a las 12 de la noche de un martes de un día cualquiera. 

En partidos como este, sinceramente, creo que el análisis táctico y deportivo queda en un segundo plano. Simeone sorprendió a propios y extraños con la incursión de Cani en la alineación titular. Algo que salió radicalmente mal pero que podía haber salido bien. La idea era tener más calidad. Más fútbol. Mayor posibilidad de un pase entre líneas cuando la intención es la de jugar mucho tiempo en campo rival (defensa adelantada, presión muy arriba,…). La realidad es que el Leverkusen (que sospechosamente se parece mucho al Atleti) no dejó a los de Simeone desarrollar el plan. Arriesgó poco, presionó la salida de balón y apoyado en la connivencia del árbitro, fue capaz de frenar, por las buenas o por las malas, cualquier intento de dar dos pases seguidos. Con esas premisas el partido fue una partida de ajedrez en la que nadie quería perder una sola posición y en la que el miedo a un gol, sobre todo por parte de los colchoneros, hizo que todo lo demás estuviese atenazado. Eso y la racha de las últimas semanas, no nos engañemos. Arda no tuvo su día, Cani fue una anécdota, Griezmann no fue capaz de sacar la cabeza entre un bosque de piernas alemanas y Mandzukic, pasado de revoluciones y metidísimo en el partido, se peleaba con todos, demostrando una vez más lo injusto que es hoy meterse con su profesionalidad. Afortunadamente Koke seguía siendo Koke en el mediocentro y el eje de atrás Mario, Gimenez y Miranda, estaba fuerte y concentrado. Mario hizo un gran partido y Gimenez volvió a demostrar que es ya una realidad. 

El Atleti hizo el 1-0 en una de esas jugadas típicas de acoso, con segunda llegada y tiró desde la frontal. Podía haberlo hecho en cualquier de los miles de saques esquina que se habían derrochado pero hubiese sido más difícil a través de un juego que no conseguía aflorar. Aún así, creo que el gol hacía justicia. El equipo colchonero era el que más había expuesto y el que más había intentado jugar. También lo sería a partir de ese momento y hasta el final de los 120 minutos. Supongo que a nadie le hubiese extrañado que la eliminatoria se hubiese ganado antes, en una llegada de Mandzukic que, de forma incomprensible, se durmió a la hora de rematar o en algún latigazo de Raúl García en la segunda parte. Pero no ocurrió y tuvimos que recurrir a la épica injusta de los penaltis. Una épica que culminaba el guión de película independiente europea que había sido la lesión primero de Moyá (que hizo entrar a Oblak) y de Mandzukic después (que aceleró probablemente la presencia de Torres). Lo primero sirvió para dar la oportunidad de aparecer al portero esloveno y tener un papel protagonista (paró el primer penalti después de que Raúl García hubiese errado el suyo). Ojalá sea el principio de algo grande para el cancerbero. La segunda lesión sirvió para demostrar (otra vez) la entrega, coraje y corazón de un jugador que yo siempre querré tener en mi equipo: Mandzukic

La prorroga había dejado claro que el Leverkusen estaba físicamente muerto, pero los alemanes aguantaron con oficio y decidieron encomendarse a su portero, que por cierto es muy bueno. Pero allí estaba el nuevo Atleti. El de Simeone. El que se ríe de aquel mal sueño de “el pupas”. El que no admite la derrota en su abanico de posibilidades. El que siempre mira de cara y siempre sabe que puede ganar. El que gana. El que ganó. Teniendo la cabeza más fría y metiendo más penaltis que su rival. Y el Vicente Calderón estalló en un rugido ensordecedor que se escuchó en todos los rincones de los barrios limítrofes y que hizo vibrar las vísceras de los miles de colchoneros que, con el alma, también estaban allí sin estarlo. Y yo salté y grité y me abracé llorando a un señor francés que estaba a mi lado. 

El Atlético de Madrid vuelve a estar entre los ocho mejores de Europa. El resto me da igual. Especialmente los análisis fríos y calculados de los que ven el mundo a través de un profiláctico.

@enniosotanaz

Superar al maestro



Perder duele siempre. Molesta. Es soportar el efecto de una espina dolorosa que se ha clavado en algún lugar pero que encima no podemos localizar. Duele porque no es fácil aliviar el dolor y porque no somos capaces de encontrar esa espina, culpable y concreta, por mucho que nos empeñemos en buscarla. Miramos a un árbitro penoso y casero, o a un tal Siqueira, o al centro del campo o a una plantilla desequilibrada o a la mala suerte pero me temo que nada de eso explica por sí mismo la realidad. El Bayer Leverkusen pasó ayer por encima del Atlético de Madrid y por mucho que duela es lo que ocurrió. Pasó por encima porque fue mejor en todas las facetas del juego. Con el balón y sin él. Fue más rápido, más intenso, más listo y trató mucho mejor el balón. No hay peros. El Atleti fue una sombra vulgar del equipo que el año pasado despertó la admiración de casi toda Europa. De toda realmente, exceptuando la de su propio país y especialmente la de los medios de comunicación de su propia ciudad. Se mostró en la noche de Leverkusen como un equipo plano, monodireccional, sin matices, sin capacidad de reacción, sin fútbol sin intensidad y sin gol. Realizó un partido horrible, de los peores que recuerdo desde que Simeone está en el banquillo, pero siendo esto preocupante me preocupa mucho más otra cosa: la sensación de estar perdido. Aturdido. Sin saber qué hacer en el campo. Sin plan. Algo que hacía muchos años que no ocurría pero que hemos visto repetido en menos de quince días.

Toca hacer análisis y reflexionar. No creo que sea justo ni sensato (ni que responda a la verdad) cargar las tintas sobre efectos puntuales. El Bayer dio muchas patadas y el árbitro fue tan malo como permisivo pero eran faltas fruto de la intensidad y del rigor táctico. Tenían muy estudiado al equipo. Cada vez que Arda (nuestra única salida de balón ahora mismo como TODO el mundo sabe) recibía el balón, estaba rodeado de tres jugadores que no le dejaban jugar. Podían hacer falta o no hacerla pero el recurso, impedir que Arda jugase, es táctico. De eso no tiene la culpa el árbitro. Igual le pasaba a los dos mediocentros que anoche vivieron en Leverkusen una de sus peores pesadillas. Eran incapaces de sujetar el balón o darse la vuelta porque la presión alemana era buena y tan agresiva como efectiva. Haríamos mal en quejarnos de ello porque es lo que nosotros mismos hemos hecho muchas veces. Es fútbol. Sabíamos cómo juega el Bayer (aunque también es cierto que les salió el partido de su vida) pero la opción elegida por Simeone para contrarrestar su presión adelantada fue simplemente estirar el equipo y jugar en largo. Siempre. Es lo mismo que eligió en Barcelona o en Vigo cuando los rivales nos hicieron lo mismo. También obtuvimos el mismo resultado. Ninguno. No sólo no funcionó sino que acabó bloqueando y maniatando al equipo. Le hizo estar perdido en el campo y a merced de un rival que por momentos se lo comía. Siqueira no da la talla pero perder no es un problema de Siqueira. Gabi lleva perdido toda la temporada pero perder no es un problema de Gabi. Ni siquiera creo que sea un problema de plantilla porque, honestamente, creo que la plantilla del Atleti es mejor que la del Bayer Leverkusen. A estas alturas de película los colchoneros deberíamos saber que este equipo gana y pierde como equipo. Haríamos muy mal en olvidarnos.

Creo sinceramente que el Atleti es hoy víctima de su propio éxito. Algo con lo que tenemos que aprender a convivir si queremos seguir creciendo. El equipo del Cholo es hoy grande y conocido. Su juego es analizado en todas las televisiones y periódicos del mundo (menos los españoles, claro) y todos los entrenadores saben cómo nos movemos en el campo. Ganar al Atleti, para equipos como el Bayer (lo vimos ayer) o el Celta (o prácticamente cualquiera), es ahora un hito. Una fiesta. La motivación del rival es casi siempre extrema y además conocen perfectamente a los tipos que están marcando. Les han visto muchas veces por televisión levantando copas. El Atleti es ahora mismo, para una gran mayoría de equipos, el ejemplo a seguir. Derrotarlo es crecer. Superar al maestro. Una versión distorsionada de la fábula de Edipo. Hay que asumirlo. No podemos renunciar a lo que somos pero no podemos tampoco pretender seguir siendo lo que éramos. Todo ha cambiado. Eso no significa tener que renegar de nuestra esencia o nuestro estilo (ni mucho menos) pero tampoco creo que funcione seguir golpeando insistentemente una puerta que no se abre.

Sería muy estúpido perder la fe o dudar del estilo de juego, de esta plantilla y sobre todo de este entrenador. Estúpido e injusto. No es mi caso. Simeone es lo mejor que la ha pasado a este club en las últimas décadas y merece todo el crédito del mundo. Es evidente también que este Atleti tiene capacidad de sobra para dar la vuelta a la eliminatoria y yo seré uno de los que estará en el Calderón chillando para ayudarles a que así sea pero tampoco podemos ser tan gañanes como para no cambiar nada, tirar de soberbia y pensar que la remontada está hecha. La eliminatoria está muy complicada. Mucho. La principal arma del Bayer es su salida en vertical con espacios (ayer lo vimos) y en el Calderón existen altas probabilidades de que tengan más de la cuenta. Estamos en mala situación pero aprendamos de lo que nos ocurrió en la eliminatoria contra el Barça (con el mismo resultado, por cierto). Reinventémonos. Apretemos los dientes, juntemos filas y alineemos los corazones porque todos vamos a ser necesarios. Hagamos todo eso pero intentemos mantener la cabeza fría por el camino. Ni un paso atrás. Somos el Atlético de Madrid.

Aspirinas



Cuando uno tenía formalmente esa edad a la que Peter Pan se agarra con fruicción, recuerdo que los nombres de los equipos de fútbol tenían en mí un efecto impactante. Especialmente en el caso los de los equipos extranjeros y especialmente en el de los británicos: Notthingham Forest, Tottenham Hostpurs, West Bronwich Albion,… Lo equipos alemanes eran otra cosa. Difíciles. Ásperos. Todos me sonaban igual y sólo conseguía recodar los que eran del tipo “Bayer algo”. Pero el paso de los años rebaja la intensidad de los sabores, el listón de los deseos y por el camino uno descubre que en realidad no existían tantos “Bayers”. La explicación es sencilla si hablas alemán pero ni era ni es el caso. Bayern, con n al final, es en alemán la región germana que en castellano se conoce como Baviera. Esa es la razón por la que aparece en el nombre de muchos equipos de la zona. Bayer sin n, desde que en 1996 el Bayer Uerdingen pasó a llamarse KFC Uerdingen, sólo existe uno y juega en Leverkusen.



Bayer es una potente multinacional alemana de química y farmacia, fundada por Friedrich Bayer en 1863 y que a pesar de un episodio negro durante los años en torno a la segunda guerra mundial, en los que el gigante teutón colaboró codo con codo con el nazismo, es mundialmente conocida por ser los primeros que comercializaron la variante de Ácido Acetil Salicílico que conocemos como aspirina. Ese mítico logotipo que todos llevamos incrustados en la memoria colectiva, una cruz con dos BAYER perpendiculares que comparten la letra Y, aparece hoy iluminando el cielo de Leverkusen, lugar en el que está fijado el centro de operaciones de la multinacional, mostrando así la vinculación de la marca con la propia ciudad. Dicen que es el anuncio luminoso de estas características más grande del mundo.



Pero Leverkusen ya era el centro de operaciones de la compañía el 27 de Noviembre de 1903, fecha en la que un tal Wilhelm Hauschild, trabajador de la misma, decidió colgar en el tablón de anuncios una carta que había escrito dirigida a la dirección y en la que solicitaba la financiación para crear una asociación deportiva dentro de la empresa. Con el paso de los meses la dirección accedería a patrocinar la iniciativa y así nacería el 1 de Julio de 1904 lo que se conoció como Turn-und Spielverein Bayer 04 Leverkusen. Pero sería dos años más tarde, en 1906, cuando se crearía dentro del mismo club un departamento específico e independiente del resto de disciplinas deportivas que regulara el fútbol. Decisión que ya entonces no fue del agrado de los gimnastas, la elite dentro del club,  que consideraban al fútbol como secundario y menos honorable. La tensión fue creciendo hasta el punto de provocar bastantes años más tarde, en 1928, la inevitable escisión de la sección balompédica (pero arrastrando otras como el balonmano o el Atletismo) y fundándose el Sportvereinigung Bayer 04 Leverkusen o SV Bayer 04 Leverkusen como se conoce tradicionalmente, que además se quedó con los colores rojo y negro que portaban el club madre.



El escudo de la institución tiene lógicamente la famosa cruz de Bayer que empezaron a usar en 1936 y que durante muchos años han lucido también las camisetas del equipo. Curiosamente este hecho provocó un pequeño litigio con la UEFA dado que la asociación europea de fútbol profesional no permite usar marcas comerciales en los nombres de los equipos que disputan sus competiciones (por ejemplo no permite que el Red Bull Salzburg se pueda llamar así en Europa). Afortunadamente, los capos peseteros de la UEFA decidieron hacer una excepción con equipos que tienen marcas comerciales históricamente ligadas a la trayectoria del equipo como el Bayer (o el PSV Eindhoven).



El Bayer es un equipo que tiene un estatus algo particular dentro del fútbol alemán al ser considerado por muchos como un equipo sin alma, plano y demasiado ligado a la “teta” del emporio Bayer. Siempre se ha vendido institucionalmente una cierta imagen de serenidad y de equipo para la “familia feliz” poniendo distancia con la aparente violencia y rudeza consustancial al fútbol (aunque también tienen su grupo ultra como todo el mundo). Esta particularidad lo alejaba, a ojos de la mayoría, del tipo de equipo tradicional vinculado con las clases populares. Es por ello que no tiene una base muy amplia de aficionados (de hecho es de los equipos con menos aficionados de la Bundesliga) pero los que tiene, en contraposición a todo lo anterior, son bastante fieles, orgullosos de los orígenes del equipo (me contaron que se autodefinen cariñosamente como Pillendreher, que es en alemán algo así como “boticario” o “farmacéutico”) y suelen llenar el pequeño estadio de Leverkusen cada vez que juega su equipo.



Aunque tiene su origen a principios de siglo, el Bayer no ha sido un equipo que tradicionalmente estuviese a la cabeza del fútbol alemán. Su historia se encuadra durante mucho tiempo en torneos regionales de la zona de Colonia y de hecho no consigue debutar en la máxima competición profesional (Bundesliga) hasta 1978. Es a partir de los años 80 cuando se consolida en la máxima división, transformándose cada vez más en un club importante. Aun así, todavía no ha sido capaz de ganar un título de liga (aunque ha estado a punto varias veces) y su mayor éxito local es la copa de Alemania en 1993. Es en el panorama europeo donde aparecen los grandes recuerdos del aficionado al Bayer que además son también bastante conocidos en España. El mayor de todos fue la copa de la UEFA que ganó en 1988 frente al Español de Clemente. La final era entonces a doble partido y los Periquitos había vencido en Sarriá por un contundente 3-0 que dejaba las cosas niqueladas. Clemente, genio y figura, diseñó para la vuelta en Leverkusen un partido de ultra defensivo que sin embargo no pudo parar a unos alemanes desatados que, sin nada que perder, empataron la eliminatoria y la llevaron a los penaltis donde tristemente derrotaron al Español. El otro “éxito” internacional es la final de la Champions que perdieron en 2002 frente al Real Madrid.



Ese es el equipo contra el que se juega el Atleti el pase de Champions. Sé que lamentablemente existe una tendencia en el periodismo de cloaca por desprestigiar con soberbia y petulancia los equipos rivales que no vienen avalados por la chequera pero haríamos muy mal en seguir ese estilo tan zafio y ramplón. Primero porque somos el Atleti y segundo porque este mismo Bayer Leverkusen fue el que nos echó de la Europa League en 2010. En esa plantilla jugaban unos tales: Raúl García, Mario Suárez, Tiago,…Simao, Forlán y Agüero. ¿Les suenan?

Italianissimo

Juventus 0 - At. Madrid 0

Una vez, cerca de Palermo, estaba viendo por la televisión un programa de fútbol en el que hablaban del éxito de los entrenadores italianos en el continente europeo. Más allá de las razones que esgrimían para demostrar su hipótesis (muy interesantes todas ellas) me llamó mucho la atención que entre el grupo de entrenadores italianos de éxito que citaban en su lista incluían también al Cholo Simeone. Aunque todos los presentes en la tertulia parecieron aceptarlo sin discusión, en un momento dado uno de los analistas aclaró que incluía la figura del argentino básicamente porque lo consideraba un entrenador criado en Italia y de la escuela italiana. En aquel momento me quedé sorprendido de la reflexión pero más tarde me rendí ante la evidencia. Es así. Simeone es futbolísticamente italiano hasta en los andares y hoy, en un escenario italiano a más no poder, ha salido triunfador jugando a su mismo juego.

El partido entre la Juventus y el Atleti que acaba de terminar hace un rato creo que no merece una elaborada crónica futbolística cargada de bonitas metáforas y floridas construcciones literarias. Más que un ejercicio de estilo sería de hecho un traición a lo que ha ocurrido en el césped. Poco fútbol, mucho nervio. El equipo turinés, el equipo de Italia por excelencia, saltó al campo consciente de lo que se jugaba. Una derrota lo echaba de la Champions (siempre que los griegos ganaran el El Pireo como así acabó ocurriendo), un empate lo clasificaba segundo y una victoria por dos goles lo colocaba primero de grupo. Difícil panorama para encarar un partido de fútbol desde el punto de vista especulativo. No lo hizo. Los de Allegri salieron a comerse al rival con un nivel de intensidad, presión y juego acorde con el rugir de una grada espectacular. Una ambiente hostil que pone a prueba el carácter del equipo que está enfrente pero de eso, de carácter, es precisamente de lo que este Atleti del Simeone anda sobrado. Sin mover un pelo, los madrileños plantaron cara como saben. Con rigor, fuerza, intensidad y generosidad táctica. Sin doblar el pulso. Sin soberbia pero sin miedo. Los dos entrenadores se habían estudiado hasta la extenuación y si la defensa “mixta” de Mandzukic a Pirlo hacía retrasarse unos metros al astro transalpino, la rápida circulación de balón de los de Turín hacía que el eficaz balance defensivo madrileño presentase pequeñas grietas. Especialmente por ese lado izquierdo que tanto le cuesta defender al bueno de Siqueira. Pero mientras que el balón fue prácticamente monopolizado por los italianos toda la primera parte, la realidad es que las mejores ocasiones (las únicas, de hecho) llegaron de lado madrileño, especialmente un remate de Koke desde la izquierda que Buffon sacó al poco de empezar el partido, demostrando por enésima vez lo buen portero que es.

La segunda parte siguió por los mismos derroteros. Quizá con algo menos de profundidad por parte de los colchoneros, lo que provocó el que durante el primer cuarto de hora saltasen algo las alarmas. Incluso aparecieron ciertas inseguridades en un Moyá que por otro lado apenas había entrado en el partido. Pero esos minutos sirvieron también para coronar a los que ya estaban siendo los mejores del encuentro, los dos centrales. Muy especialmente a un excelso Giménez que hoy se ha graduado como jugador de élite en el mejor de los escenarios posibles. El partido que se ha marcado el joven uruguayo es de enmarcar. De esos que muy probablemente supongan un antes y un después en su carrera.

Pero mediada la mitad de la segunda parte me han venido a la cabeza las palabras de Michel al acabar su partido del Calderón. El reconvertido madridista dijo que llevaba muchos años en el fútbol y que sabía como acababan estas cosas. Es decir, que pasarían Atleti y Juve. Cualquiera que haya visto el partido (salvo que sea periodista deportivo español, tertuliano español de éxito o tenga dañado el cerebro) habrá comprobado que el fantasma del “Biscotto” que amenazaba con aparecer no lo hizo. Se jugó de poder a poder. Pero es cierto que a falta de un cuarto de hora del final las cosas empezaron a verse de otra manera. Probablemente Michel se refiriera a esto último, no lo sé, pero es cierto que estas cosas sí que pasan en el fútbol normalmente. Los italianos eran conscientes de que los griegos ganaban y que un gol del Atleti les echaba fuera así que minimizaron los errores y dejaron de arriesgar. Los colchoneros sabían que el empate les dejaba primeros así que dejaron hacer a la Juventus. Al fin y al cabo es lo que estaban haciendo ya desde hacía rato, concentrados más en defender que en atacar. Como si de un lenguaje de signos se tratara, los entrenadores decidieron también no hacer ningún cambio, en lo que a mí me parece un mensaje cifrado desde los banquillos: “si tú no vas yo no voy”. Voilà. Empate a cero.


El Atleti pasa por segundo año consecutivo primero de grupo y lo hace en un estadio histórico, el de la Juve, que celebraba a rabiar quedar segundo por detrás de los madrileños. Histórico. Estoy escribiendo estas líneas muy cerca del barrio de Ste. Catherine en Bruselas. Llevo desde ayer rodeado de aficionados al fútbol de toda Europa que no paran de verter elogios sobre el Atlético de Madrid. Siguen haciéndolo. Me transmiten su envidia y me dicen el ejemplo que supone este equipo para el mundo del fútbol. El éxito romántico de un equipo que se impone al dinero y las estrictas reglas del fútbol moderno. Lo dicen ellos, no yo. La imagen del Atleti que se recoge de todas esas opiniones, es también lo que leo en la prensa local, la inglesa, la francesa, la italiana. Pero esa imagen no tiene curiosamente NADA que ver con el equipo que describen los diarios, las televisiones y las emisoras de radio españolas. De hecho, lo que dice todas esa Pléyade de estómagos agradecidos, es todo lo contrario. No hace falta salir de España para verlo pero haciéndolo es todavía más fácil confirmar la auténtica pocilga que supone el mundo del periodismo deportivo patrio. Lo bochornoso, lamentable y repugnante que es tener que aguantar lo que aguantamos los aficionados al Atlético de Madrid teniendo a esa gentuza como referentes de un país. Los dichosos mercenarios de la caspa. Qué asco.  

Seguir creciendo

Malmö 0 - At. Madrid 2

Una de las novedades más interesantes del Atlético de Madrid de esta temporada es la amplitud de recursos. Donde el año pasado el equipo tenía que hacerse físico y vertical, al no existir otra posibilidad, este año tiene la posibilidad de mucho más juego entre líneas y de controlar el partido a base de manejar el balón. Es más, con el cambio de ariete, la verticalidad demoledora de antes se torna ahora en un recurso mediocre y ramplón. Ya no vale. Es evidente que no voy a jugar a ser entrenador del Atleti, Dios me libre, pero no termino de entender esa querencia de Simeone por llevar al equipo al terreno de la brega, incluso frente a equipos claramente inferiores en el resto de aspectos del fútbol. Me temo que eso es lo que ha ocurrido hoy. También es verdad que las cosas no salen siempre como se piensan y que enfrente hay un equipo que plantea sus armas sobre el tapete y sobre ellas tienes que improvisar, pero no da la sensación que el plan, desde fuera, fuese otro. Estoy seguro de que existe una explicación para todo lo anterior pero si no la hay tampoco tenemos mucha alternativa porque me temo que veremos bastantes partidos como este en lo que queda de temporada.

El Atleti llegaba a Malmö (o Malmoe, como parece que se escribe en castellano) empatado a puntos con Olympiakos y consciente de que lo que ocurriese en Suecia resultaría crucial para las posibilidades de pasar a la siguiente fase de Champions. La prensa madrileña, con ese proverbial desprecio que tiene por todo aquello que no sea Real Madrid, apenas daba importancia al partido y cuando lo hacía casi siempre aparecía envuelto en esa estúpida soberbia que calificaba a los escandinavos de perita en dulce. Quizá desconocían que hacía 8 partidos que nadie metía un gol en ese campo jugando la máxima competición europea. 

El entrador de los suecos había advertido que quería que su equipo se acercara más en intensidad a los madrileños y a fe que lo hizo. El partido comenzó con un nivel de tensión y agresividad realmente alto. Impidiendo el juego fluido y llevando el partido a un ritmo que provocaba cierta precipitación y que hacía muy difícil la continuidad. El Atleti aceptó el reto sin miedo a que el traje se arrugara, como acostumbra, pero enseguida todos vimos que cada vez que los de Simeone cogían el balón y trataban de jugarlo la diferencia entre los dos equipos se agrandaba a pasos agigantados. El problema es que no lo hacían mucho. ¿Por qué? Mario Suarez y Gabi soltaban rápido y sin precisión y solamente cuando Koke conseguía contactar con Arda el equipo respiraba. Raúl García peleaba pero no entraba en la combinación y Mandzukic tres cuartos de lo mismo. Así siguió la primera parte, con una lucha de poderes físicos salteadas de vez en cuando con alguna llegada con criterio de los del Cholo. Ya había avisado Raúl García rematando blando tras una gran jugada por la derecha pero no ocurrió lo mismo poco después. Juanfran, soberbio otra vez todo el partido, arranco desde la defensa prolongándose por la banda, llegando hasta la línea de fondo y metiendo un magnífico balón al área que Koke remató de tacón como sólo las grandes estrellas saben hacer.

El 0-1 en el marcador tranquilizaba los ánimos y daba la sensación de que abría el camino hacia un resto de partido controlado para el Atleti pero no ocurrió así. De hecho ocurrió todo lo contrario. El efecto se pudo intuir ya en el cuarto de hora que quedaba hasta el final del primer tiempo en el que vimos al equipo echarse demasiado atrás y renunciar miserablemente al balón, pero fue todavía mucho más intenso a la vuelta de los vestuarios. Los suecos, lejos de bajar el nivel de intensidad, mantuvieron el mismo ritmo (con la aquiescencia de una pésimo colegiado, todo hay que decirlo) y encerraron en su área a un Atleti que de forma incomprensible renunció por completo a jugar. Con Mario Suarez excesivamente retrasado y quitándose el balón de encima, con Gabi sin estar demasiado fino, con Arda cansado y Koke multiplicándose en todos los aspectos, los rojiblancos achicaban agua, llegaban tarde a la presión y permitían que el Malmö dominara el juego y el partido. Ahí aparecieron, como siempre, Miranda y sobre todo un Godin que volvió a dar otra lección a los ganadores de los premios de la Liga y sus repugnantes ideólogos. A punto estuvo de costar un disgusto sin embargo tanto repliegue. En una controvertida jugada en la que el árbitro podía haber pitado penalty pero que dejó en falta al borde del área, el saque pegó en la barrera y el rechace acabó con un tiro al poste cuando Moyá estaba ya por los suelos. Mal síntoma y mala lectura de un equipo que no puede sufrir tanto en estas lindes.

Afortunadamente pasados los primeros veinte minutos del segundo tiempo el equipo escandinavo empezó a acusar el derroche físico y sobre todo Koke consiguió, por fin, darle algo de criterio a la salida del balón. Es cierto que el panorama había cambiado ya para entonces pero la tranquilidad definitiva llegó sólo cuando Raúl García enganchó un rechace al borde del área como sólo el navarro sabe hacer, que ponía las cosas definitivamente del lado madrileño. Desde ese momento hasta el final, quedaba poco, las distancias se fueron abriendo todavía más entre los equipos y hasta el Cebolla consiguió marcar de cabeza un gol que anularon por claro fuera de juego.


Excelente resultado que sitúa al Atleti a la cabeza de su grupo en un partido raro, con fases muy complicadas y que sigue generando las dudas de ciertos desajustes defensivos, falta de fútbol en el mediocentro y un Mandzukic que sigue sin ver puerta. Pero el equipo sigue ahí, en todos los frentes, subido a la mejor plataforma posible para seguir creciendo. Debemos ser optimistas. 

Resurrección

At. Madrid 5 - Malmö 0

El fútbol es un deporte de apariencia muy sencilla pero de fondo muy complicado. Es tan evidente que no descubro nada. Salvo para los excelsos analistas de este país en el que vivimos, todo el mundo del balompié reconoce que lo que hizo Simeone en el Atlético de Madrid es básicamente un milagro. Un fabuloso trabajo difícil de repetir. Montar una estructura deportiva tan bien encajada, tan potente y tan exitosa es tremendamente complicado y tiene mucho mérito. Por eso cometeríamos un error, que además sería muy injusto, si planteamos el año pasado como referencia de todo lo que le pase al Atleti a partir de ahora. La nueva temporada ha comenzado rara y con un equipo sin varias de las piezas que eran básicas en aquel equipo milagro. Tenemos un conjunto diferente que está en fase de construcción y eso tenemos que asumirlo cuanto antes. Lo que tenga que venir vendrá, pero nunca será lo mismo. 

Hoy el Atleti ha goleado al Malmö sueco justo cuando se alcanza el meridiano de la Liga de Campeones y lo ha hecho con una brillantez que tiene truco. Empatando a cero en la primera parte y metiendo cinco en la segunda. ¿Existió realmente tanta diferencia entre ambos tiempos? Yo no lo creo. La gran diferencia fue probablemente la distinta intensidad con la que se jugó pero sobre todo la capacidad para hacer gol. Mientras en los primeros 45 minutos el equipo colchonero estaba gafado y parecía incapaz de traspasar la red en los 45 segundos la pelota llegó siempre a la red. Los tiros entraban, la pierna de Mandzukic llegaba primero y los balones mordidos de Griezmann caían entre los tres palos. ¿Por qué ocurren estas cosas? Si lo supiese sería entrenador y me ganaría la vida con ello. No creo que nadie lo sepa, pero es parte indisoluble del fútbol.

El partido comenzó frío, más de lo que corresponde a un encuentro de Champions. La culpa no fue precisamente del carácter escandinavo ya que al Calderón acudieron varios miles de suecos de Escania que aportaron color, tuvieron un comportamiento ejemplar (además de envidiable) y que durante muchas fases hicieron notar su presencia por encima de la nuestra. El Atleti salía con una alineación que personalmente me encantaba, con Griezmann y Arda acompañando a Manduzukic, más Koke y Saúl por delante de Mario Suárez. Con esta combinación consiguieron hacerse dueños del balón y llegar con facilidad al área pero faltaba el ritmo y la intensidad de otras veces. Los suecos tuvieron excesiva facilidad para enfriar el partido y aprovechando un Atleti totalmente volcado por momentos, tuvo ocasión de probar a Moyá un par de veces antes de irse al descanso. En el Atleti destacaba (aparte de Arda que con su mero trote tan poco ortodoxo es suficiente para destacar) un Saúl que estaba bien asentado en el mediocentro y era el que mejor conectaba en ataque. La mejor jugada llegó sin embargo, como no podía ser de otra forma, de la mano del otomano que de pase magistral habilitó a Griezmann delante de la portería para que el francés, henchido de ansiedad, empotrase el balón en el larguero y Manduzkic, henchido de ansiedad también, no fuese capaz de rematar después en boca de gol.

Pero la segunda parte fue muy diferente. En cuanto rodó el balón parecimos ver mayor brío entre los jugadores rojiblancos pero lo que si que apareció, sin ninguna duda, fue mucho fútbol. Y mucha calidad. Cuando el Atleti fichó en verano a Griezmann imaginaba lo que sería verlo combinar con Arda y Koke. Hoy he podido hacer realidad ese sueño. A base de combinación, paciencia y calidad, el cuadro de Simeone metió al equipo sueco en su área y le hizo cinco goles. El primero de excelente combinación por la derecha entre Griezmann y Arda en la que, tras un millón de pases, Koke recogió el balón dentro del área grande para meterlo en la portería. Un jarro de agua fría para agoreros, cenizos y seguidores de esa canción del verano que dice que el Atleti sólo sabe jugar directo o a balón parado. El segundo vino por el mismo sitio pero tras pase de Koke al centro del área que Mandzukic aprovechó para ganar en la anticipación a su central y conectar con el balón. Enseguida Griezmann recogió un balón en la línea de tres cuartos para, de jugada individual, encarar la portería y aprovechando la suerte que antes no había tenido, meter el balón en la portería de parábola tras golpear el balón en el portero. Significativo, me parece a mí, el que el francés celebrara su gol a la carrera lanzándose a los brazos de Simeone que lo esperaba en la banda. Buen feeling. Con el 3-o el partido era ya una fiesta pero, como no, faltaba el gol a balón parado. Un gol que he escrito ya un millón de veces: saque de córner de Koke y remate de cabeza de Godin. El quinto llegó en las postrimerías del partido y lo hizo un Cerci que llevaba pocos minutos en el campo y que recogía el rechace de su primer disparo a puerta (un excelente tiro de efecto que se estrelló en el poste) para repetir el mismo tiro, menos plástico y con menos parábola, pero certero esta vez.


Magnífico resultado que eleva al equipo a encabezar la clasificación y que alisa algo más la pista de una fase de grupos que se había complicado mucho tras el primer partido. El Atleti sigue vivo y la vuelta de los delanteros puede servir de partido resurrección. Permanezcan atentos.