Hoy no
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Simeone
No vi el partido.
Entiéndame, estuve delante de un televisor observando lo que ocurría al otro lado de la pantalla, pero allí no había ningún partido de fútbol. Vi a jugadores vestidos de rojiblanco junto a otros que lo hacía de blanco, sobre un césped y con una pelota de por medio, sí, pero eso, para mí, estando el escudo del Real Madrid de por medio, no es un partido sino una metáfora. La metáfora de una lucha desigual con la que tengo que lidiar a diario.
Es como ver a David contra un Golliat patrocinado por Fly Emirates y de cuya victoria tiene que vivir, al parecer, todo el universo libre. Es ser un egipcio de novena generación que, por ser copto, tiene que sentirse extranjero en un Cairo tomado por talibanes radicales y que además acaban de llegar. Es ser Neo o Morfeo o Trinitry teniendo que luchar dentro de Matrix, sin poderes, y sabiendo que todo es mentira. Andy Dufresne teniendo que arreglar gratis los papeles fiscales del alcaide pendenciero de una cárcel en la que está preso de forma injusta. Es tener que sucumbir, quieras o no, a las leyes de los que compran Best Sellers o de los que hacen que la noticia más leída de un diario serio sea la masturbación furtiva de un mapache. Es ver a Sherman McCoy clamando justamente en mundo injusto, rodeado de vanidades que se queman para volver a nacer envueltas en billetes de 500 euros. Es vivir, durante semanas, rodeado de los eslóganes del Gran Hermano. Tener que acordarte de las enseñanzas de Goebbels en cada fotograma, cada párrafo, cada portada, cada voz, cada desprecio. Ser el último cuerpo viviente, todavía sin invadir, pero rodeado ya de vainas. Griego en una Alejandria decrépita e intolerante que reniega de su pasado. Es sentirse Sansa Stark siendo obligada a sonreír en la decapitación de tu padre. Un sudafricano negro que tiene que servir cocteles en una playa sólo para blancos. Es ser Rick Blaine en el aeropuerto de Casablanca y ver como Lisa Lund se va con Laszlo porque, por una cuestión de dinero que "todo" el mundo entiende, se ha hecho puta.
Se me hace muy difícil hablar de fútbol en un contexto así. No lo voy a hacer. No tengo por qué y no me da la gana. Hoy no. Ayer ganaron los buenos. Los que tenían que ganar. Seguramente lo hicieron además de forma justa, si por justicia nos ceñimos a lo que pasó en el campo. Las fuerzas vivas pueden quedarse tranquilas y seguir acelerando la apisonadora. El mundo puede seguir asistiendo a un nuevo capítulo de Disneylandia, la secuela. España vuelve a amanecer. El sol brilla y la cúspide de la campana de Gauss es cada vez más alta. Ojalá sirva para que al menos lo disfrute algún pobre infeliz que no tenga nada más a lo que agarrarse pero soy consciente de que es difícil. Es imposible agarrar a algo que no existe.
Y sí, podríamos hablar de Simeone. Criticar su apuesta, los cambios o cierta forma de encarar las situaciones. No lo haré. Hoy no. Pueden navegar por este blog y encontraran cientos de críticas. Buenas y malas. A jugadores, a aficionados, a dirigentes y a entrenadores colchoneros. También a Simeone. Muchas. Justas e injustas. Pero hoy no. Hoy no puedo. ¿Saben por qué? Pues porque ayer, siendo David y Copto y Trinity y Andy y Sherman McCoy y Sansa Stark y Rick en Casablanca tuve la cabeza alta y miré a los ojos a un rival en el que ahora veo miedo. Porque sé que todo ello es gracias, única y exclusivamente, a Simeone. Porque hoy, más que nunca, quiero darle las gracias.
Y sí, podríamos hablar de fútbol (o de su ausencia) pero hoy no. Hoy no quiero.











