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Graderio

Hay mucha gente, incluso entre los profesionales que aparentemente viven de ello, que tienen dificultades para entender la emoción de acudir en directo a un estadio de fútbol. En la era de los horarios marcianos y del fútbol televisado son muchos los que ya no entienden como pudiendo asistir a través de la pantalla de plasma a un espectáculo galáctico en el confortable salón de casa, rodeado de los parabienes de la calidad de vida, hay todavía descerebrados que prefieren tirarse a la calle, castigando sus riñones con anacrónicos asientos de plástico y a expensas de lo que la ruleta rusa que mueve el tiempo atmosférico tenga a bien decidir. Supongo que habrá alguien al que todo esto le generará dudas pero no es desde luego mi caso. Yo lo tengo meridianamente claro. Tan claro que lo que no entiendo es el razonamiento a la inversa. Supongo que, como casi todo en esta vida, es una cuestión de perspectiva.

Hay gente que al ver un cuadro ve exclusivamente el tamaño, coste del lienzo, el marco y la pintura con la que ha sido creada y hay otros que no ven todo lo anterior sino algo que en esencia no existe. Si alguien es capaz de reconocer el tercer movimiento de la sinfonía nº 41 de Mozart (sólo lleva 223 años sonando) una gran parte de la sociedad envidiará esa capacidad y lo tomará como una persona tremendamente culta mientras que si esa misma persona es capaz de reconocer, a la primera escucha, el sampler utilizado en el último disco de Wilco (porque conoce muy bien a los Stooges) la misma parte de la sociedad interpretará que el susodicho es un friki y catalogará el logro como una absoluta chorrada sin importancia. Como digo todo es cuestión de perspectiva.

Para mi acudir al Vicente Calderón no es estar dos horas al frío sentado en una silla incomoda, hacinado junto a personas que no conozco, rodeado de suciedad en unas instalaciones que dan vergüenza ajena y todo ello mientras me aburro viendo a un grupo de personas que sale a practicar un juego parecido al fútbol con la camiseta del Atlético de Madrid. Tampoco es el llegar a altas hora de la noche un día de diario, empapado de agua y preguntándome una y otra vez que es lo que hago yo dando dinero todo los años a un delincuente, así reconocido por la justicia que no por el gremio periodístico, como Miguel Angel Gil Marín. Es más, en ocasiones esos señores vestidos del Atleti son lo de menos y las felonías del heredero Gil son algo así como tener que aguantar a mí odiado cuñado durante la comida (que no después) si quiero comer con mí hermana. Ir al Vicente Calderón para mí es quedar con ese amigo de toda la vida al que no solamente puedo ver los domingos. Es tomarme una cerveza con mi hermano y esos otros amigos de toda la vida mientras hablamos de Diego, del Pato Sosa, de la última actuación dramática de Mourinho, de lo sumamente pésimos que son nuestros periodistas deportivos o de la última perfidia de MA Gil. Es escuchar el ruido de miles y miles de personas con diferentes formas de vestir, pensar, sufrir, vivir, ganar o perder pero que de forma casi mágica sabes que comparten contigo algo bien apreciado. Es notar en tus propias carnes el calor de los que están de tu parte. Sentir el poder del calor humano. Es creer en lo que no se ve. Es poder cantar o gritar con todas tus fuerzas sin que te miren mal. Es el único sitio en el que poder ver como se muestran de verdad las gentes respetables que se pasan el resto de la semana contenidos y escondiéndose de sí mismos. Es observar ese fenómeno inexplicable pero precioso de la transmisión de padre a hijos de un ramillete de sentimientos imposibles de acotar, definir o analizar. Sentimientos que no valen para nada excepto para ser feliz. Es poder volver a ser un niño irresponsable, incontenible e incoherente.

Soy un absoluto defensor del fútbol en vivo y por tanto un aguerrido enemigo del secuestro militar que está sufriendo por parte de esos mercados que ya se han cargado el mundo cotidiano y en forma de negocio televisivo pretenden (y están consiguiendo) eliminar a mordiscos la parte irracional, emocional, sentimental y mágica que rodeaba al mundo del fútbol. Si hay que explicar las “razones” por las que alguien es seguidor del Atlético de Madrid, del Fulham o del Racing de Avellaneda no sólo es que no ha entendido nada sino que ni siquiera debería estar en esa conversación.

Uno estaba convencido de que todo esto lo entendían perfectamente mis compañeros de grada. Tipos anónimos, de los que generalmente no conozco el nombre pero que a fuerza de los años consideraba de la familia. Esas personas con las que tantos años he intercambiado miradas que no necesitaban explicación o comentarios. Como Jesús, ese hombre que viene religiosamente (¡él solo!) desde Burgos todos los partidos excepto los que caen en domingo muy tarde porque no tiene autobús de vuelta. O Juan, ese chaval que lleva la verde y oro al cuello, que está obsesionado por las salidas de los porteros, y que trata domingo tras domingo de inculcar a su chica sin éxito el veneno atlético. O los dos hermanos de abajo que con irregular cadencia rítmica no paran de gritar contra Cerezo todo el partido y que no sé cómo se llaman pero a los que no tuve reparos en pegarles un abrazo de escándalo el día que me los encontré en la grada de Hamburgo. O Pedro ese señor inmenso que jamás abre la boca pero se pasa el partido negando con la cabeza y que dada su corpulencia se lo hace pasar muy mal al desafortunado que le toca sentarse a su lado. O el señor Andrés y su nieto, que cada vez tiene menos brillo en los ojos. Pensaba que todos ellos pensaban igual que yo. Estaba convencido, pero ahora, que es cuando me asaltan las dudas, ya no puedo preguntárselo. No puedo hacerlo porque ya no están.

Cuando aparecí aquel domingo a las 12:00 frente a Osasuna no estaban y pensé que era por el horario. ¿Quién en su sano juicio se pasa dos horas en verano al sol en Madrid por ver al Atleti? Me temo que yo. Me temo que ellos. Pero no estaban. Tampoco estaban el día del Celtic, ni el del Sporting, ni el del Racing,…No creo que vuelvan. Su lugar ahora está ocupado por otras personas que aparecen perfectamente uniformadas con el traje colchonero de última generación. Cantan el estribillo del himno, insultan al Sevilla y se meten con Perea. Tienen twitter en el que leen durante el partido lo que dicen los periodistas oficiales por si acaso no están interpretando bien lo que sus ojos están viendo. Están convencidos de que con un poco de suerte, si los planetas se alinean y se descubre la fusión en frío por fin seremos…terceros.

El caso es que miro el resto de la grada y no solo empiezo a sentirme extraño sino que tengo la sensación de que allí hay menos gente que otros años. Pero luego miro las cifras oficiales y leo los comentarios de los periódicos serios ensalzando la cantidad de abonados que tiene mi equipo y me callo. Me tengo que callar. Será una vez más mi pertinaz pesimismo. O no. El otro día, contra el Sevilla, vi a Luis. El hermano pequeño al que abracé en Hamburgo y que ahora ya sé cómo se llama. Me contó que se había dado de baja. Él y su hermano. Y el señor gordo y el viejillo y Pedro y Jesús. Todos. Pero me contó también que no pueden dejar de ser del Atleti (“chico, es como un veneno”) y que después de 20 años les costaba desprenderse de parte de su esencia y por eso habían dejado el abono pero habían sacado el carné de socio que les deja conservar el número y acudir a un partido (en su caso contra el Sevilla). También me contó que el club no considera su caso como un abonado que se ha dado de baja. Ahora empiezo a entenderlo. Lo mismo no es mi pertinaz pesimismo el que ve cambios en el graderio.

...Esa es la cuestión

Los aficionados atléticos que no son abonados de este peculiar club probablemente no conozcan la mecánica de renovación de abonos que impera en nuestra querida institución pero es ciertamente peculiar. Nadando en los límites de la legalidad y lo moralmente decente, como no podría ser de otra forma, el método elegido por los avispados “gestores” de la entidad está en consonancia con las prácticas más filibusteras de entre los más filibusteros. El plazo de renovación comienza nada más terminar la temporada antes de que se desaten las hostilidades de los fichajes, altas, descartes y demás “menudencias”, para cerrarse pocos días después de forma inexorable. Limpio y sigiloso. De hecho el plazo para la renovación ya está cerrado a día de hoy cuando los colchoneros no sabemos todavía nada (y cuando digo nada me refiero a nada) de la temporada que viene. Pero como si el detalle de la descarada nocturnidad no fuese suficiente los avispados que lideran “Demoliciones Gil Marin” te mandan una carta (exclusivamente postal) en la que te avisan de que salvo que te tomes la molestia de darte de baja exprofeso, renovarás automáticamente en la fecha señalada. Es decir, sin no dices nada antes de una fecha se supone que el club está licitado para retirar el dinero correspondiente de tu cuenta corriente y olvidarse de ti hasta el año que viene. Da igual si has cambiado de piso o estás de viaje o la carta se ha perdido. Por así decirlo: te jodes. Es como el chiste ese del que manda un carta en la que pone “si 24h después de ser enviada esta misiva no he recibido una respuesta contraria de su parte, entiendo que estoy capacitado para cepillarme a su mujer con su beneplácito. Atentamente”.

¿Qué es lo que se ha renovado? Me temo que asistir a un proyecto caduco, dormido y en obras cuyas perspectivas parecen difuminarse en el yate privado del impertérrito heredero Gil, ese sujeto de expresión sombría y talento menguante que hace suyo el apellido de negligente. El entrenador no ha dicho esta boca es mía (probablemente porque ni pueda ni sepa que decir). El señor que va disfrazado de director deportivo supongo que ha vuelto a prolongar un mes más sus vacaciones de 11 meses al año y casi es mejor que en este caso no abra la boca porque cada vez que lo hace se resiente el IBEX 35. El “teleñeco” que aparece haciendo las funciones de presidente también está de vacaciones y ha dejado en su lugar un doble de peluche con pilas suficientes y un CD interior que repite lo mismo una y otra vez. El parecido con el personaje real es asombroso e imperceptible para el ojo humano. Mientras tanto el amo del calabozo, el afamado veterinario de rostro picasiano, permanece en su estado natural durante todo el año: missing. La sensación es que nadie está haciendo nada lo que tristemente tiene todos los visos de que se corresponda con la realidad. Los rumores de la guardia suiza de Florentino, anteriormente llamados periodistas, son tan descorazonadores que no dan pie ni a enfadarse: Juanito, Asenjo, Cabrera,… ¿no estaremos sufriendo una broma de cámara oculta? En nuestras oficinas hay más tranquilidad que en las del Barça, como si hubiésemos ganado el triplete y tuviésemos que hacer simplemente “pequeños ajustes” en una plantilla que por otro lado es todo ella prescindible a excepción de dos o tres nombres (que son precisamente de los que si se habla pero para todo lo contrario). Es más, la rumorología subrepticia, esa que nos corresponde según el nuevo orden, va por los derroteros del central y el medio centro defensivo de todos los veranos.

Pero independientemente de todo lo anterior reconozco que no he tenido el “valor” de dirigirme a las oficinas del club ni he consultado a mis abogados para emprender acciones legales contra ellos así que por tanto he renovado mi abono (¡sin hacer nada!). Respeto todas las formas de lucha antigilista incluida aquella que aboga por el que no habría que renovar ningún abono pero antes de que se me condene de “gilista” por no hacerlo (no sería la primera vez) o por tener la desfachatez de querer ver al equipo in situ la temporada que viene, me gustaría decir que no comulgo con la cuantificación del colchonerismo en números ni en hechos. Si fichas kakás me abono, si juegas mal me borro. Si está Gil me quito, si viene otro Florentino me pongo. Yo no soy así. Se está o no se está. Se es o no se es. Prefiero seguir pensando en el fútbol desde la perspectiva romántica que me hizo poner los pies en el estadio Vicente Calderón por primera vez aun teniendo la sensación de ser el único estúpido que siente el club en esos términos. Cada uno tendrá su propia perspectiva pero para mí ir al campo, aunque sea para sufrir, gritar o enfadarme, está inexorablemente unido a mi código ético como Colchonero.

No comulgo precisamente con los parámetros de la curia romana y hace unos años discutía con un cura encantador, que era incluso más crítico con la iglesia católica oficial que yo. Le decía que no entendía la razón de que siguiese perteneciendo a una comunidad que él mismo consideraba tan falsa y con la que no tenía nada que ver pero recuerdo que me dijo que la idea de iglesia no era exclusiva de los señores que la tenían raptada, que estaba por encima, que él tenía otra idea igual de válida o más, que se sentía parte de esa comunidad independientemente de sus miembros poderosos y que no tenía porque abandonarla aunque el coche estuviese dirigido por incompetentes y mafiosos. Él quería estar, quería ser y es más, me hizo la siguiente pregunta que todavía resuena en mi cabeza: ¿Por qué no te quitas tú del Atleti si no comulgas con los Gil? Touché. Me temo que los dos teníamos la misma respuesta.

El día que deje de renovar mi abono será por razones económicas o porque he dejado de ser del Atleti pero entonces ya no habrá vuelta atrás. Mi lucha habrá terminado. Ser o no ser, esa es la cuestión.