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¡Un abrazo!

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Baile irlandés

Uno de los objetivos más típicos entre los invasores suele ser el de aniquilar la identidad del invadido. Tratar de demostrar que los que estaban antes nunca existieron. Suprimir su forma de hablar, su forma de pensar y su forma de sentir, para dar así una lección a la posteridad. Laminar el espíritu de un colectivo social porque, por alguna razón, es algo que molesta para la construcción de la verdad única. La suya. 

Cuando los ingleses llegaron a la isla de Irlanda no sólo tomaron medidas para destrozar la lengua o la religión de los nativos sino que también intentaron manipular su alegría. Si usted ha tenido la oportunidad de presenciar una danza típica irlandesa habrá visto que se trata de un preciosista ejercicio de filigrana en el que un bailarín mueve los pies a una velocidad endiablada, sin apenas desplazarse unos pocos centímetros del lugar en el que se encuentra. Los bailes irlandeses no siempre fueron así. Tuvieron que adaptarse a las circunstancias con la llegada de la galaxia inglesa. Cualquier manifestación cultural autóctona o nativa fue radicalmente prohibida entonces. Los bailes también. La música era parte integral de la personalidad irlandesa. Recorría las calles de la antigua Hibernia y, precisamente por ello, los ingleses intentaron hacerla desaparecer. Subestimaron el poder del corazón, sin embargo. No pudieron. La música no murió, sino que se trasladó a la clandestinidad del interior de las casas. Hogares pequeños. Humildes. Olvidados. Pobres. Allí tuvieron que adaptarse a las circunstancias. El baile tenía que desarrollarse ahora en lugares ínfimos, pero nada es un problema cuando hay voluntad. Si se cree se puede. Y pudieron. Siguieron bailando. Encima de una mesa. En una baldosa. Donde fuese. A pesar de jugarse la vida por hacerlo en un universo que no les quería como eran. A pesar de que hubiese sido más “razonable” no intentarlo. Imagino lo que pensarían aquellos irlandeses sonrientes, moviéndose al ritmo de un violín acelerado bajo la desconcertada mirada de algún inglés engolado. No lo pueden entender.

Lo que vivimos ayer en el Vicente Calderón fue una danza irlandesa. Una preciosa, emotiva, divertida y fantástica danza irlandesa que jamás olvidare. Allí, como irlandeses orgullosos, en nuestro hogar clandestino, nos reunimos los colchoneros que sobrevivimos a la invasión, para bailar sobre una mesa. Para celebrar nuestra forma de hablar, nuestra forma de creer y lo que es más importante, nuestra forma de sentir. Sí, la nuestra.

En ocasiones así me resulta hasta ordinario hablar de fútbol. Y sí, podríamos hacerlo. Fácilmente. Ese arranque espectacular. Esa forma de robar al balón al autodenominado mejor equipo de todos los tiempos y de todas las galaxias. Esa remontada en veinte minutos y, por qué no, podríamos hablar de lo gran jugador de fútbol que es Benzema. Pero hoy no puedo. No se aflijan porque para eso ya tienen los medios de comunicación ingleses. A todos. Yo soy de otra tribu. Yo hablo otro idioma. Mientras tú ves los maravillosos pases de Modric a mí se me eriza el pelo con el enésimo esfuerzo de Godín. Mientras tú aplaudes los recortes de Isco, yo me emociono con las lágrimas de Gabi. Mientras tú sonríes con los bíceps de Cristiano Ronaldo yo me pongo a llorar viendo un estadio lleno que canta bajo la lluvia en el mismo momento en el que nos acaban de eliminar de la final de Champions.

No creo que sea mejor que tú ni te pido que me imites. Lo único que pido es que entiendas que no somos lo mismo y que, a ser posible, le digas a los tuyos, a tus policías, a tus soldados y a tus peones, que nos dejen en paz. Que nos dejen hablar en nuestro idioma y no en el tuyo. Que nos dejen soñar y sentir como queramos. Que nos dejen bailar en la calle.

Hubo un momento en que se pudo. Claro que lo hubo. Faltaba todo el partido y sólo había que meter un gol. Podemos hacer malabarismos especulativos sobre lo que podría haber ocurrido llegado el caso, pero es que en el fondo da lo mismo. La realidad es tan caprichosa que no se puede cambiar. Nosotros, mejor que nadie, deberíamos saberlo. Llegó el gol de Benzema (porque el gol es de Benzema) y hubo una fuerte fluctuación en la fuerza. Pero los colchoneros nos adaptamos a todo. Porque está en nuestra naturaleza. Porque somos irlandeses. Porque sentimos y porque amamos. Y desde ahí, desde el amor, construimos el siguiente relato. El del orgullo. El nuestro. Morimos como Lazar Hrebeljanović en el Campo de Los Mirlos para trascender. A nuestra manera. Dejamos lo tangible, lo que se controla con el dinero y el poder, para centrarnos en lo etéreo, lo que se alimenta del sentimiento de adhesión. Lo que no se puede comprar ni reprimir. Se es o no se es. Se siente o no se siente. No hay más. Y lo hicimos. Claro que lo hicimos. Convertimos el Vicente Calderón en una fiesta en la que nuestros jugadores eran los músicos y nosotros bailábamos. Borrachos de emoción. Alegres. Para asombro del que quisiera mirar.

Quince minutos después de terminar el partido, veinte minutos después de que el cielo de Madrid se abrirse en canal y decidiese unirse a la fiesta llorando de alegría como un colchonero más, me di cuenta de que delante de mí había una persona sola. El estadio seguía prácticamente lleno a pesar de la lluvia y los jugadores habían vuelto a salir al césped para recibir el merecido calor de los suyos. Todos estábamos empapados pero llevábamos al menos un chubasquero o algún elemento de protección. Él no. Él vestía elegante, con chaqueta, camisa y pantalón, que a esas alturas estaban completamente abnegados. Daba igual. Seguía cantando y levantando los brazos al cielo. Con las gotas resbalando por esa especie de tonsura descuidada que llevaba en la cabeza. Sonreía y se desgañitaba gritando el nombre del Atlético de Madrid sin motivo aparente. Incluso cuando los jugadores habían ya desaparecido. ¿Por qué lo hacía?, preguntarán los invasores ingleses que controlan los micrófonos. Es absurdo tratar de explicárselo. No lo pueden entender.

@enniosotanaz

Nubes negras

Cinco minutos antes de que empezase el Atleti-Celta todo era ilusión. La batalla del Camp Nou, ese partido en el que los de Simeone habían tirado de casta y juego para sucumbir ante un mohíno gigante blaugrana (y el imaginativo arbitraje de La Mejor Liga del Mundo), había dejado las mejores sensaciones en la parroquia rojiblanca. Los jugadores eran todo espíritu y pundonor. Atrás quedaban las nubes negras del pasado. O no. Poco más de una hora después, a falta diez minutos para terminar el partido, el panorama era antagónico. La histeria volvía a reinar en el coliseo rojiblanco. Un nuevo penalti al larguero, ocasiones de libro falladas, el Celta de Vigo acababa de marcar su segundo gol, la Real Sociedad nos pasaba en la clasificación y el Sevilla se marchaba a siete puntos. Gritos e insultos volvían a decorar la noche madrileña. Los jugadores eran morralla y al parecer, porque hay que tener valor para decirlo, no tenían “cojones”. La nube negra estaba otra vez sobre la azotea del corazón colchonero. Literal y metafóricamente. O no, porque diez minutos más tarde el Atleti había remontado el marcador y ganaba el partido. 

Imbuidos por ese circo mediático que decimos no consumir pero del que asimilamos sus principios y sus modos, la afición colchonero se estruja la cabeza por encontrar un remedió mágico a sus males. Una solución rápida y homeopática que, con una simple toma y sin levantarnos del sofá, arregle todos nuestros problemas. Todo hay que simplificarlo. Todo es una cuestión de cara o cruz. De ser Dios o demonio. Nadie parece reparar en que, aparte de ser absurdo, de esa manera estamos entrando en una especie de esquizofrenia absurda que nos va a destrozar. 

El Atleti no está bien. Seamos claros. No lo estaba antes de jugar contra el Barça, ni después, ni cuando faltaban diez minutos para terminar su partido contra el Celta, ni lo está ahora mismo. Pero una cosa es que no te salgan las cosas y otra que no quieras que te salgan. El Atleti no es un desastre en la dirección ni una colección de jugadores acomodados que no ofrecen todo lo que tienen. Es más, me ofende la mera insinuación de esta última afirmación. Me ofende escuchárselo al histérico que tengo sentado detrás en la grada y a tantos otros histéricos, del mismo estilo, que pululan por el cada vez más difuso universo colchonero. 

El Atleti ha cometido errores de planificación y seguramente está pagando cara esa grieta en la coraza que le protegía de las alimañas mediáticas y por la que se han colado ciertas críticas (discutibles) al “estilo de juego” que le han hecho dudar. Es verdad también que, por las razones que sean, hay jugadores lejos de su mejor versión pero no es menos cierto que no les sale nada. Todo eso, unido a la histeria colectiva, genera que un nivel de ansiedad en la plantilla que es muy difícil de gestionar.

Pero es que insisto, no sale nada. El Atleti lleva dos años fallando con el delantero centro (pieza clave en el esquema Simeone) pero, salvo para los gurús del análisis a posteriori, era algo difícil de prever. Jackson, a mí al menos, me parecía una opción solvente que acabó siendo un fiasco. Gameiro, internacional francés, fue la revolución de la Liga pasada. Hoy parece un señor asustado al que lo han puesto a jugar sin que lo supiera. No me gustó su fichaje desde el principio pero nadie podía esperar un resultado tan pobre. El plan era jugar con Augusto en el mediocentro defensivo (pieza clave en el esquema Simeone), alternándose con Tiago en partidos clave pero ambos se lesionan. Los rivales son cada vez mejores y juegan contra el Atleti como si fuese el partido de su vida. De hecho, lo es. A Oblak se le sale el hombro en el peor momento. Giménez se lesiona también cuando parecía volver a ser el que era. Saúl se lesiona cuando mejor estaba y tampoco vuelve a su mejor versión. Carrasco tres cuartos de lo mismo. Gaitán no terminar de superar la melancolía. Se sigue llegando a puerta contraria pero no se mete un gol ni queriendo. Para colmo todo el mundo empieza a fallar penaltis. La ansiedad crece y crece mientras los colchoneros posmodernos (alguno con más años que matusalén) se dedican a remar en dirección contraria cuestionando la premisa, chillando, abrazándose a una especie de futurología tramposa e insultando a diestro y siniestro. “Exigiendo” algo que todavía no me ha quedado muy claro el qué es. 

Ayer, en una metáfora deliciosa, muchos histéricos se marcharon del estadio cuando el equipo gallego marcó su segundo gol. Lo hicieron refunfuñando y echando pestes. Quedaban diez minutos, el Atleti parecía muerto, hacía frío y la lluvia no dejaba de caer sobre la grada del Calderón. Es lo que haría el prototipo de aficionado que maneja Tebas. Irse. Todo era incómodo. Pero allí, como siempre, nos quedamos los aficionados del Atlético de Madrid. ¿Sabíamos lo que iba a pasar? No, pero teníamos que aplaudir a nuestro equipo. 

Rogaría a los aludidos en esta pequeña anécdota que, en lo que queda de temporada, sigan interpretando exactamente el mismo papel que ayer. Los histéricos marchándose a su casa cuando llueve, los aficionados apoyando a su equipo y los jugadores engrandeciendo el escudo otra vez. Como sólo ellos saben hacer. 


@enniosotanaz

PD. El Celta es un equipo fantástico. Me declaro muy fan de Berizzo.


(Foto sacada de www.colchonero.com)


Niños malcriados

Los niños malcriados no piden. Exigen. No quieren. Necesitan. No sueñan. Consumen. Los niños malcriados creen que todas las cosas son suyas. No comparten con los demás porque los demás son imbéciles. No conocen pasado ni futuro porque ellos se dedican a masticar el presente para tirarlo al vertedero cuando pierde sabor. No dan crédito porque no tienen memoria. Los niños malcriados sólo dan besos si es a cambio de regalos. Cuando no hay regalos los besos se cambian por insultos, patadas y pataletas. Los niños malcriados no aman. Negocian. No hablan. Chillan. No opinan. Insultan. No razonan. Imponen. Desprecian lo que no les sirve. Da igual si es un apósito o un familiar cercano. Los niños malcriados creen tener muchos derechos y pocos deberes. Confunden criterio con ladrido. Pensamiento con queja. Los niños malcriados lo quieren todo y lo que quieren ya, pero ni siquiera saben para qué lo quieren. 

Acudir al Calderón se está convirtiendo en un sacrificado ejercicio de paciencia. Paciencia para acompañar al equipo en esa sacrificada transición que ha emprendido hacia un lugar del que no debió marcharse, y MUCHA paciencia para soportar a esa tribu de niños malcriados que poco a poco están conquistando la grada del coliseo colchonero. 

El partido contra el Betis ha sido malo. Soporífero en muchos momentos. Y es una pena porque el equipo salió bien al campo. Dueño del balón, con actitud, con ganas y con Gaitán jugando en manga corta bajo el relente madrileño. Al argentino se le veía con ganas y eso le hizo estar en el momento justo y el lugar adecuado. Corría sólo el minuto ocho cuando enganchó un rechace en el área para meter el balón en la portería. Fueron los mejores diez minutos del Atleti. Los únicos realmente. A partir de ahí, obsesionado por la referencia de Torres en el ataque, el equipo se limitó a cerrar filas y mandar absurdos balones en largo que por supuesto perdíamos. Desapareció el centro del campo, desapareció el control y desapareció el juego. El Betis, que había salido con cierto complejo de inferioridad, empezó a creérselo. Aupado en un excelente jugador llamado Ceballos (¡partidazo!) se fue a comerse al rival. Y casi se lo come. Si en el fútbol hubiese justicia es probable que los sevillanos se debieran haber ido al menos con un empate, aunque, para ser justos, apenas tuvo ocasiones de gol y esa es una buena noticia para los rojiblancos. 

El Atleti no está bien pero eso ya lo sabíamos. Simeone sigue haciendo experimentos y la falta de confianza se ha instalado peligrosamente en los engranajes más importantes del equipo. Insisto, ya los sabíamos. También sabíamos que una situación así sólo se revierte con resultados favorables y no con tacones o pases de filigrana. Con resultados recuperaremos la contundencia y la personalidad granítica de antaño. Después vendrá todo lo demás. Y ojo, no perdamos el norte. Incluso cuando ganamos la liga jugando bien resultó que jugábamos mal. 

Pero nada de esto parece entenderlo esa cohorte de nuevos atléticos, algunos muy viejos, que asimilan esto del fútbol de una forma completamente antagónica a la mía. Tengo por ejemplo una colección de señores en la fila de atrás que se pasan el partido insultando a Gabi. ¡A Gabi! Vrsaljko es cojo, Juanfran está acabado, Saúl es una mierda, Moya un inútil, Koke un vago (¡Koke!), Griezmann un niñato y mejor me ahorro los insultos racistas que le soltaban el año pasado a Jackson Martínez porque me da vergüenza hasta reproducirlo. ¿Son mayoría? No, pero son a los únicos que escucho. Se han hecho fuertes y, como niños malcriados que son, están convencidos de ser los dueños del espacio y del tiempo. Creen que dar su opinión en un país democrático es eso. 

¿Y el resto de la gente? El resto discutimos entre nosotros y nos dividimos entre los que se van asqueados, los que se gastan en causas menores y los que no quieren ver lo que está pasando.

Algún representante de esa fauna invasora pero con cierta capacidad para construir frases, me justificaba luego en Twitter que si el “juego” del equipo era tan espantoso ellos tenían derecho “a decir algo”. Que tienen derecho a “exigir”. A “quejarse”. A “dar su opinión”. Que hay que “tirar lo que no vale”. Vuelvan a leer el primer párrafo. 

La solución sólo puede pasar por la educación pero Papá club está a sus cosas quedándose tarde en la oficina, ganando dinero y pasando de todo. El maestro periodista tampoco ayuda. Fascinado por la luz fluorescente del fútbol moderno y rehén de su propia manutención, les dice encima que hacen bien. Que potencien su histerismo porque eso genera información. Que esa es la actitud. Que hablen como ellos. Que piensen como ellos. Que todas las aficiones son iguales. Que sigan las enseñanzas de esa homeopatía llamada “prensa deportiva”. 

Al final, sedimentado el cabreo, lo único que me queda claro es que yo no me pienso ir. Esperaré a que se marche ellos. Sé que lo harán en cuanto se les rompa el juguete.

@enniosotanaz

No me busquen

No entiendo que la gente tenga armas en casa. No entiendo que exista una asociación como la National Rifle Association y me costaría empatizar con el presidente de un club así pero resulta que soy fan de muchas de las películas de Clint Eastwood. Que le voy a hacer. Es más, Manuel Jabois me parece un tipo inteligente y a pesar de su madridismo militante me veo muchas veces coincidiendo con él en sus argumentos. Tengo muchos más ejemplos. ¿Cuestiona lo anterior mi espíritu antibelicista o mi colchonerismo? Creo que no pero hay tanto profesional de la etiqueta que uno ya no sabe. ¿Soy un tipo incoherente? Puede ser pero prefiero pensar que los seres humanos somos más complejos de lo que nos quieren hacer ver y que la diversidad, lejos de ser un problema, es fundamentalmente un tesoro. 

No creo que todo sea blanco o negro. Es más, tiendo a pensar que nada lo es. 

Por partes. 

No conozco a nadie que quisiera irse del Vicente Calderón. A nadie. Si das a elegir entre gastarse un dineral en construir un nuevo estadio o gastarse lo mismo (o menos) en arreglar el actual estoy seguro de que el 100% de mi entorno hubiese elegido la segunda opción. Es raro encontrar tanta unanimidad en algo. ¿Por qué se decidió entonces ir en contra de la voluntad popular? No lo sé. Tengo mi sospecha (y no es muy optimista) pero ni los estamentos oficiales ni el periodismo profesional me han ayudado demasiado a sacar conclusiones, la verdad. Dicho lo anterior, reconozco que ya tengo asiento reservado en el Wanda Metropolitano. ¿Soy un vendido? Puede ser pero prefiero pensar que lo que soy es del Atleti. Eso sí, no me pregunten qué es ser del Atleti porque hoy tampoco lo tengo muy claro. Lo que sí tengo claro es que es tan importante para mí que no puedo renunciar a dejar de verlo jugar en directo. Lo siento pero soy así de básico. 

Asumido que nos vamos a otro Estadio (y podemos seguir sin asumirlo pero sería como tomarnos nosotros mismos el veneno para intentar que se mueran otros), asumidas los condicionantes que suponen participar en este circo del fútbol moderno (ídem) y asumidas todas las premisas, el nombre elegido no me disgusta. Eso no significa que me guste tener que asumir lo anterior pero apelo a la inteligencia del lector para no tener que seguir justificando y matizando cada frase que escribo. El nombre me parece un encaje de bolillos muy hábil e impropio de una directiva que no es famosa precisamente por hacer guiños a la historia. Prefiero Metropolitano a cualquier nombre de jugador porque siempre habrá otro jugador diferente que se lo merezca más. El Wanda no es que me emocione pero va a suponer el 3,5% de los ingresos del equipo. Visto así, puedo vivir con ello. Preferiría que no estuviese igual que preferiría que no hubiese publicidad en las camisetas o que todos los jugadores fuesen de la cantera pero puestos a tener que sacrificar una ficha prefiero que sea un Peón y no la Reina. 

¿Y el escudo? Dejémoslo claro desde el principio. Me parece horrible. Eso sí, más allá de gustos me parece una torpeza realizar un cambio de esas características de espaldas a los aficionados. Aunque éstos sean considerados los clientes. Piénsenlo. Ningún empresario con cierta preparación lanza un nuevo producto al mercado sin hacer antes un mínimo estudio de mercado. No era tan difícil además, señores del Atlético de Madrid. No les costaba tanto. Por supuesto que hubiesen tenido rechazo pero lo están teniendo igualmente ahora. ¿Qué más les daba elegir algo, con las mismas características de lo que se buscaba, pero que pudiese haber encajado mejor? Puedo llegar a entender lo de la cuatricomía, el sentido de evolucionar y cualquier otra leyenda de Nibelungos que me quieran contar ahora pero no sobre hechos consumados. Me parece una soberana muestra de torpeza. Y no me refiero al resultado (para gustos los colores) ni al hecho de querer cambiar el escudo (muy lícito) sino al hacerlo de espaldas al aficionado. Al cliente, para que lo entiendan todos. 

Dicho lo cual, el fin de semana ha sido un horror. No porque el nombre del estadio o el diseño del nuevo escudo me guste más o menos sino porque esas diferencias de criterio no han provocado un debate interesante sino una guerra civil insoportable. Una guerra civil entre hermanos, que es como son todas las guerras civiles. Una guerra civil entre abanderados de una supuesta identidad inflexible e intolerante (en la que sinceramente no me reconozco) y los defensores de un supuesto e irrenunciable orden mundial (que sinceramente me repugna). Una pelea estúpida no ya por ver quién la tiene más larga como atlético sino por marcar a fuego, con una onerosa línea de pinchos infectados, la entrada a tan “selecto” club. Despreciando al diferente. Insultando al que se sale de la línea. Repartidores de carnés, a uno y otro lado, que arengaban a la masa mientras marcaban con una letra escarlata a aquellos que osaran no sumarse a la causa. La suya, claro. ¿Qué causa? ¿qué carnés? ¿que guerra? 

No me busquen en el frente. No me busquen tampoco en la retaguardia. Si les interesa estaré en el Calderón. Bueno, donde juegue el Atleti. Armado de bufanda y con ganas de debatir, no de pelear.

@enniosotanaz

Presente.

Como bien predijo Maslow en su famosa teoría de la pirámide, los anhelos humanos varían significativamente en función de las necesidades básicas que tengas satisfechas. Simeone heredó hace años una institución en ruinas. Bueno, una institución instalada en la mediocridad que es probablemente mucho peor. Entonces, el grupo de humanos que conformábamos la afición del Atlético de Madrid, teníamos unas carencias demasiado significativas como para poder pensar en otras más elevadas. Cuando el argentino debutaba en Málaga recuerdo que mi mayor ilusión no era la Champions sino que el Atleti no volviese a hacer el ridículo. 

Es evidente que cuando quieres salir de una agujero lo mejor que puedes hacer es dejar de seguir cavando. Simeone, tipo listo, decidió parar la máquina de los los sueños megalómanos y preocuparse exclusivamente del día siguiente. Convenció a los suyos de que la solución nunca llegaría de fuera por más que la esperaran. Que si existía estaba dentro. Que existía. Nos abrió los ojos y nos hizo ver que los rivales no estaban viendo al Atlético de Madrid de nuestros corazones sino a un equipo al que podían ganar fácilmente. Veían eso porque nosotros mismos nos mostrábamos así. Líquidos. Llenos de dudas. Conocedor de la peculiar idiosincrasia colchonera, sabedor también de que suelen ser más generosos precisamente los que no tienen nada, decidió plantar ahí su primer pilar. En la gente. En ese espíritu legendario del que solemos sacar pecho. Sí, quizá con un punto demagogo pero funcionó. Aisló su pequeña república del imperio mediático que tanto mal nos hacía, miró al suelo y se puso a trabajar. 

Simeone construyó su imperio con lo que tenía y no con lo que pidió. Construyó un búnker en el campo porque una de las reglas del fútbol más sólidas dice que si no te meten goles no pierdes. Encontró laterales que no eran. Hizo buenos futbolistas con los que antes eran malos simplemente haciéndoles jugar como equipo. Los jugadores, tan perdidos y humillados como los aficionados, se entregaron en cuerpo y alma viendo que aquello podía funcionar. Apareció la magia. Apareció un equipo. Un equipo que hizo de la necesidad virtud. Que convertía cada marcha de una de sus estrellas en una oportunidad para reinventarse. Un equipo que tenía sólo tres cosas pero que esas tres cosas las hacía de maravilla. 

Algunos años después el Atlético de Madrid es uno de los grandes de Europa. En espíritu y en números. En ese tiempo lo hemos ganado “todo” y si no puedo quitar las comillas para que el concepto sea literal es únicamente por una anécdota y porque, en el fondo, esto es fútbol. 

Algunos años después todo ha cambiado. ¿Todo? Lo mismo ese es el problema. 

Hemos pasado de hacer de la necesidad virtud a hacer de la virtud necesidad. Cuando Falcao se marchó para hacerse millonario el equipo se adaptó al juego de Diego Costa (jugador que ya estaba, que había estado a punto de salir y que había estado cedido antes en mil equipos). Costa rompió en crack. Hoy queremos que Gameiro (que llegó tras un desembolso multimillonario porque así lo exigía una afición que cada vez tendemos más al canibalismo) sea Diego Costa. Antes el Atleti montaba una roca delante de la portería de cualquier estadio del mundo y a todos (menos a los listos de la radio) nos parecía el tercer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Hoy exigimos jugarle abierto al Bayern de Munich y ganar con solvencia. Antes no había problema por jugar replegado contra nadie pero hoy todos los equipos (menos los dos de la galaxia corrupta) se cierran como lapas cuando juegan contra el Atleti. Dentro y fuera del Calderón. Antes un empate podía no ser tan mal resultado visto en perspectiva. Hoy no hay perspectiva y un empate es siempre el infierno. 

Alguien pensará que estoy haciendo apología del pasado. Nada más lejos de la realidad. Estoy haciendo apología del presente que es lo que nos ha hecho grandes. El Atleti nunca volverá a ser ese equipo humilde que cogió Simeone. Nunca podrá volver a jugar igual. Ni aunque volvieran Raúl García y Diego Costa. Tampoco será nunca la fotocopia barata del Real Madrid o del Barcelona que pretende ver el aparato mediático (y sus locos seguidores). Una especie de marca blanca que funciona con las mismas instrucciones, los mismos esquemas y los mismos reflejos. 

Ninguna formula es eterna. Simeone nos ha hecho grande sabiendo reinventarse cada día con lo que tenía y eso es lo que hoy hecho de menos. Creo que el manido “cambio de estilo”, tan cacareado en los medios de comunicación, no responde a un capricho estético de nadie sino a una necesidad de guión. Es imposible jugar como antes (si quieres ganar, claro) frente a equipos que, como el Español, plantan ocho jugadores en el área todo el partido. Y no es el Español. Es el noventa por ciento de los partidos que nos vamos a encontrar. Desde el PSV al Leganés. 

Creo que Simeone lo sabe pero que no encuentra la tecla. Resulta que es humano. También creo que el primer pilar sobre el que plantó su proyecto, nosotros, está cediendo. Necesitamos ser conscientes de ello. 

Paciencia.

@enniosotanaz

Adaptación

Alguien dijo una vez que el fútbol es un estado de ánimo y algo de verdad debe encerrar la manida frase. Lo sabe bien Simeone que fue capaz de convencer a Juanfran de que triunfaría siendo lateral y a Miranda de que ya no cometería más errores. Fue capaz de convencer a un cuestionado Gabi de que sería el eje sobre el que un día pivotaría el equipo y a Tiago de que volvería a jugar en la selección. Hizo creer a Diego Costa que sería mejor que Falcao y a Griezmann de que podría terminar siendo el mejor jugador del mundo si aprendiese a defender. Simeone convenció a la plantilla del año 2014 de que, olvidándose de los listos y de la forma en la que jugaban los demás, siendo intensos, teniendo personalidad y jugando como equipo, nadie podría con ellos. Oye, acabaron ganando la liga a equipos que cuadriplicaban su presupuesto. 

Pero que el fútbol es un estado de ánimo lo sabe también el Aparato que hoy domina el fútbol. Y no le gusta. Que un concepto tan intangible como el ánimo puedo tener influencia letal en una poderosa máquina de ganar dinero es muy peligroso. No puede ser. ¿El ánimo es intangible? Pues se estandariza y se concreta. Igual que las camisetas. El resto se aniquila. Se contra actúa, que para eso somos más, más fuertes y con más dinero. Todo tiene que entrar por el calibre que nos interesa o desaparecer. Ridiculicemos el “partido a partido” desde todos los frentes hasta hacerlo una caricatura. Hoy ya nadie lo usa fuera de la clandestinidad sin parecer ridículo. Centremos recursos y esfuerzos en poner los focos en las “anomalías”. Mejor, suprimámoslas explicándolas según nuestro criterio. Amplifiquemos los resbalones de los apestados. Avisemos al correveidile que hace las veces de seleccionador de que el negocio es bastante más importante que un estúpido juego de pelota. Es más, elijamos nosotros al correveidile. Vendamos a Miranda al Real Madrid las veces que haga falta  (y a Courtois y a Filipe y a Godin y a Giménez, y a Koke y a Saúl y a Griezmann y a Falcao y a Agüero y a…) para que nuestros clientes no tengan tiempo de venirse abajo. Escondamos las virtudes de Gabi debajo de alguna leyenda inventada de Jesé (o de Morata, o de Callejón, o de Lucas Vázquez, o de Nacho, o de Borja Mayoral, o de…). Vender y volver a vender. Lo mismo. No inventemos. Pactemos con la parte catalana del universo el reparto del pastel. Habilitemos al jurado popular de la Santa Inquisición para apedrear sin piedad a un jugador, top en Europa, que ha tenido la desfachatez de usar la camiseta incorrecta y renunciar a la selección de su país para jugar con la nuestra. En lugar de denunciar la estupidez comerciémosla. Hagamos que la soberbia, el egoísmo y la intolerancia sean ejemplos de vida. ¡Aaaú! Financiemos a mercenarios en el borde de la alfabetización para que distingan ente intensidad y violencia extrema en los momentos precisos. Reinventemos el concepto de penalti como herramienta para tapar los incómodos “huecos” del sistema. Inundemos todo de ruido para que no exista posibilidad de escuchar la música. 

Están ganando. El estado de ánimo de parte de la afición colchonera ya se mide con los modos, las reglas y la máquina de ponderar del Aparato. El resto somos frikis. Malas hierbas. Radicales. Tipos sin humor. Ya no son minoría los que hablan de haber dilapidado “vergonzosamente” el “objetivo” de la Liga (sin tener en cuenta que somos un equipo que ha ganado tres ligas en 45 años y que ningún otro equipo terrenal ha ganado más que nosotros). Ya se habla de jugar bien o mal pero entendiendo por bien o mal exactamente lo mismo que se entiende en la redacción de Onda Cero, o de AS, o de TVE o de Real Madrid TV, porque en el fondo son la misma. Hablan de equipo millonario y poderoso (sin mirar los ingresos por venta, el balance o la deuda). Miran por encima del hombro a los que ven en la otra esquina del universo cuando realmente siguen estando ahí al lado. Ahora hay que echar a Juanfrán y a Gabi y a Correa y a Giménez hasta a Oblak por no parar penaltis, porque la ceguera de seguir el rodillo mediático impide saber que Oblak ha parado la mitad de los penaltis que le han tirado desde que está en el Atleti. Hay que colgar a Simeone por las mismas razones que, entre chistes de gangosos, argumentan Los Manolos. Ahora se pita con el hígado en la garganta una derrota y hasta una ocasión fallada porque es “intolerable”. Mejor comprar camisetas fluorescentes que aprender historia. Mejor drogarse que intentar disfrutar del camino. Hay que olvidar cualquier pasado (y cualquier futuro) para centrarse en ese presente, glotón y zafio, en el que todos nos parecemos demasiado. Ahora tenemos que ser de jugadores y no de equipos. Ya no hay crédito, ni esencia, ni identificación, ni espíritu. Ahora sólo podemos alimentarnos de victoria sin pararnos a pensar que, de ser así, estaríamos muertos. 

No cuenten conmigo. Yo soy aficionado a otra cosa. Puede que tengan razón y esa cosa ya no exista pero el día que sea consciente de ello me marcharé y dejaré de ser aficionado. Así de simple. Adaptarme, simplemente, no me interesa.

@enniosotanaz

Nuevo Mundo

“Bienaventurados los corazones flexibles porque nunca se romperán” (San Francisco De Sales) 

El primer capítulo de la nueva temporada de Black Mirror presenta, a modo de distopía, un futuro asfixiante en el que la sociedad está sometida a las apariencias y donde cada persona no es más que lo que el resto decide que es. El resto, entendido siempre como mayorías poderosas que ejercen su tiranía y eliminan del tablero todo lo que no es “como tiene que ser”. Las casas son parecidas, los colores son parecidos y la ropa es similar. Todos juegan al único juego que se puede jugar y los que no lo hacen son marginados. Son parias. Detritus. O mejor, no existen. Todos sonríen porque les penaliza no hacerlo. ¿Distopía? 

En lo que llevamos de semana, sin salirme del micro universo del Atlético de Madrid en el que todavía hago pie, he podido asistir a episodios muy parecidos. En esta sociedad “avanzada” que hemos construido tendemos a manejarnos con un una pérfida interpretación del concepto de democracia que haría las delicias de los autores de ciencia ficción del siglo pasado. Si diez amigos deciden ir juntos a cenar lo democrático sería acudir al restaurante que elija la mayoría pero en esta nueva versión contemporánea de la vida en sociedad las cosas son algo diferentes. Efectivamente la cena se celebrará en el lugar más votado pero por el camino habrá que reírse y humillar al que ha elegido diferente. Demostrarle lo estúpido de su decisión. Recordarle, de la forma más contundente posible, su condición de proscrito. De raro. De inferior. Es más, es muy probable que los dos que han votado diferente no vayan a cenar porque los otros ocho, la mayoría, no quieren. Les incomoda. 

En el Nuevo Mundo una estúpida riña de twitter pasa a formar parte de la parrilla de todas las televisiones y medios de comunicación nacionales siempre que pueda generar empatía en la mayoría que decide a qué restaurante hay que ir. Da igual el empaque de la anécdota, su valor como información o incluso su veracidad. Da igual todo porque lo único importante es que esa mayoría aplastante disfrute aplastando. Que alimente su felicidad posmoderna con un nuevo y aleccionador linchamiento al repugnante ser minoritario. 

La historia de la fundación del Atlético de Madrid es preciosa. Los orígenes vascos y la vida en común con un club tan estupendo como el Athletic Club (de Bilbao) es algo maravilloso que debería servir para abrir puentes, inspirar a poetas y estrechar lazos. Pero no. El Nuevo Mundo camina en dirección contraria y protege a las sociedades cerradas que sólo miran hacia adentro. Sociedades en las que las diferencias deben limitarse a los matices del color blanco (o del rojo, que me da lo mismo). Un reputado dirigente, elegido democráticamente, saca pecho reinventándose la historia con espíritu destructor y el único objetivo de aislar al extraño. Aplausos. La identidad propia debe ahora construirse destruyendo la del otro. Aunque un día fuesen hermanos. 

Los círculos se mueven pero no se tocan. Como mucho se circunscriben. Pueden ser grandes o pequeños pero siempre, en su interior, serán mayoritarios. Monolíticos. Refractarios. Alérgicos a lo diferente. Aparecerán por cualquier sitio, disfrazado de cómico gañán o de intelectual protegido por un profiláctico de sabores tropicales. Da igual. Es siempre lo mismo. En el Nuevo Mundo cualquier aprendiz de ciudadano de éxito puede humillar al proscrito siempre que se ciña a la venia del Gran Hermano. A las reglas de su círculo. Llamar asesino a todo un colectivo será entonces una muestra de humor fresco y de talento. Alta cultura patrocinada por cualquier Mercadona intelectual que, en ese momento, opere bajo la protección del régimen. Bastaría con que la argumentación fluyese en dirección contraria, o que se desviase hasta los despachos de la Torre de Marfil, para que todo se viniese abajo y entonces apareciesen las hienas. Pero eso no va a ocurrir. No sería ya divertido ni brillante sino mediocre y soez. Intolerable. 

Decía Stéphane Hessel que resistir supone negarse a dejarse llevar por una situación que cabría aceptar como lamentablemente definitiva. Sí, entre otras cosas, estoy hablando de ser aficionado del Atlético de Madrid. 

@enniosotanaz

Otro río

El arranque del nuevo curso para el Atlético de Madrid ha sido desastroso. Es absurdo poner paños calientes. Dos empates seguidos frente a dos equipos recién ascendidos, un único gol a favor (de penalti) y serias dudas en lo que respecta al juego o a la configuración de la plantilla. No es una buena tarjeta de presentación. 

Hoy, conservando todavía en la retina los 90 minutos del Estadio Municipal de Butarque, aparecen las dudas, los análisis y y las teorías que justifican lo que allí ocurrió. Es lógico que la mayoría sean críticas. Es lógico que el tono sea negativo y pesimista pero no entiendo la oleada de resentimiento (rayando el odio) que me he encontrado dentro y fuera de la parroquia rojiblanca. No además sobre algo tan poco evidente como el planteamiento de un partido de fútbol (aunque aparentemente exista tanto listo que lo ve todo clarísimo). No cuando ese mismo planteamiento es el que rescató al Atleti de las cloacas para llevarlo a las puertas del cielo. No cuando es rabioso y se hace contra el tipo que obró el milagro. 

No contaba con esta ola de histeria y me produce verdadera tristeza. Mucho más que los dos empates o cualquier derrota por venir porque lo entiendo como algo que atenta contra la propia esencia de eso tan abstracto que llamamos Atleti. Yo no pensaba que la afición de este equipo tan peculiar fuese como esos niños malcriados que sólo dan besos cuando es a cambio de regalos o caprichos pero puede que esté equivocado. 

Creo que fue Heráclito el que dijo que es imposible bañarse dos veces en el mismo río y me temo que por el Calderón estamos empezando a comprobar la veracidad de dicho pensamiento. Cada uno tendrá su teoría. La mía es que es ahí donde está la clave del problema. El Atleti ya no se baña en el mismo río de antes ni lo hace con la misma ropa ni a la misma temperatura. Ahora el 90% de los rivales no tienen ningún problema en reconocer su inferioridad (a priori) para encerrarse en su área todo el partido. Ahora todo el mundo conoce a nuestros jugadores hasta la exageración. Ahora media Europa tiene analizado cada movimiento táctico del Atleti porque ahora es algo que se estudia en las academias para poderlo replicar. La mayoría de los equipos tienen ahora un sistema defensivo bastante parecido al nuestro y saben perfectamente a lo que jugamos. Conocen el plan A y el plan B. Ahora ya no es tan fácil ganar en intensidad porque todos son intensos (o están muertos). Ahora todo el mundo conoce a la perfección todas nuestras variantes en el juego parado y ya no es sencillo hacer daño por esa vía. Ahora no tenemos un delantero centro que descongestione el partido por sí mismo. Ahora no tenemos un tipo en la línea de cuatro que además de defender tenga magia (o no está tan claro que lo tengamos). 

El mundo ha cambiado muy rápido en estos cinco años y me temo que el Atleti no lo ha hecho con la misma velocidad. Por eso me parece un error de Simeone seguir empeñándose en resolver la integral con el mismo método de siempre cuando las condiciones de contorno han cambiado de forma tan significativa. No estoy hablando de renunciar a la esencia ni al estilo (odio en lo que se ha convertido ese concepto) sino de adaptar la misma idea a los nuevos tiempos. Reinventarse sin perder la personalidad. No sé si es cuestión de modificar ligeramente el esquema, la alineación titular, la filosofía o el color de las medias (de verdad que no lo sé) pero sí que creo que hay que cambiar algo. Volver a ser original. Volver a sorprender. El río es otro y nosotros no. 

Si prestan un poco de atención verán que acabo de criticar a Simeone. No pasa nada. Es sano. Lícito. La crítica es buena si es constructiva pero sólo es constructiva si se hace desde el respeto al criticado y teniendo la certeza de que uno también puede estar equivocado. Esto del fútbol es un complicado engrudo de talento, dinero, táctica y azar muy difícil de analizar con un mínimo de precisión. Que no les engañen. 

No se trata de estar a favor o en contra de nada porque la vida (y el fútbol) es mucho más complicado que todo eso. No se trata de defender a nadie. No se trata de elegir bando porque esos bandos son mentira. Invenciones tramposas. No se trata de abrazar causas perdidas, ni de venerar ídolos, ni de hacer esforzados ejercicios de fe. Ni siquiera hace falta criticar o que la crítica sea vehemente porque es absurdo que lo sea y porque el caldo de cultivo que se está generando en torno al entrenador argentino es muy desagradable y no puede ser bueno. 

Lo único realmente importante es ser coherente. Ser el mismo tipo de seguidor en la victoria (fácil) que en la derrota porque es ahí, en la derrota, donde se demuestra la diferencia. Para ser igual que todos los demás existen otras opciones mucho más cómodas e interesantes. No lo duden si es el caso.

@enniosotanaz

Crisis de fe

Soy zurdo, tengo los ojos verdes y soy del Atleti. No sé en qué momento ocurrió todo ello, ni sé si sería capaz de explicarles la razón. Tampoco me lo cuestiono. No siento la necesidad de hacerlo. Lloré el día que descubrí que no existen violines para zurdos y me fastidia horrores que el tono de mis ojos no me ayude a aliviar la blefaritis crónica pero sigo siendo zurdo y mis ojos siguen siendo del mismo color. En décadas de afición colchonera he cuestionado fichajes, figuras rutilantes, delanteros, entrenadores, secretarios técnicos, presidentes, aficionados, sistemas de juego, declaraciones, estadios, mascotas, himnos y camisetas pero en ningún momento, jamás, me he cuestionado al Atleti ni he dejado de ser colchonero. Uno puede disfrazarse, aparentar, actuar o fingir durante un tiempo limitado pero cuando por la mañana se acaba la música, se encienden las luces y, ya cuarteado, se nos cae el maquillaje, acaba siendo lo que es en realidad. Lo que siempre ha sido. 

Hace unos años un buen amigo nos enviaba a los colchoneros de la cuadrilla la foto de su hijo con una camiseta del Atleti que llevaba días demandando. El padre no es muy futbolero (es decir, es del Madrid/Barça) ni sigue este pequeño circo, pero es buen tío, le resulta curiosa nuestra hermandad atlética y por alguna razón el niño se había hecho forofo y del Atleti. Los rojiblancos, con esa querencia natural que tenemos por las historias a contracorriente y por abrir el corazón a los hermanos de sangre, nos sentimos identificados con aquel muchacho. Nos vimos reflejados en ese reducto de orgullo que brotaba en mitad de un entorno hostil. Nos vimos a nosotros mismos y poseídos por ese espíritu de hermandad irracional, tan difícil de entender fuera de nuestras fronteras, nos quisimos creer el cuento. Inocentemente, estábamos olvidando un pequeño pero vital detalle: el Atleti acababa de ganar la Copa del Rey al Real Madrid, venía de ganar la Europa League y estaba a punto de ganarle la Liga al Barça. 

Ayer, mi amigo me confesaba en voz baja que su vástago estaba inmerso en algo que eufemísticamente llamó crisis de fe. En realidad me estaba diciendo que su hijo se había hecho del Barça. Es que “lleva muy mal lo de perder”, me decía intentando justificar algo que para mí no tiene justificación. ¿Existe alguien que lleve bien lo de perder? ¿Cree que yo disfruto las derrotas? Pero de alguna forma estaba tratando de culpar al Atleti (o a mí, que es lo mismo) de perder un seguidor. De no estar a la altura que hay que estar para que los niños sean felices. ¿Quiere eso decir que los niños sólo pueden ser felices si ganan siempre? ¿Si consiguen siempre todo lo que quieren? ¿Quiere eso decir que lidiar con los contratiempos de la realidad no es una buena forma de educación? Lógicamente dejé mis reflexiones dentro de mi cabeza y contesté que no había ningún problema. Que aquel niño nunca había sido del Atleti. Debería haber dicho también que en el Vicente Calderón no nos gustan los niños (ni los mayores) que vienen disfrazados del Atlético de Madrid pero no lo hice. 

En décadas de lateralidad inversa, gafas de sol y colchonerismo he llorado derrotas, enfermado de rabia y dejado de cenar muchas veces pero si tengo que hacer balance diría que fundamentalmente he sido feliz. Inmensamente feliz. Una felicidad que además es única y distinta (o eso me parece a mí). Es la felicidad del que escucha una canción tocada al piano por él mismo y que no podrá entender jamás el que no sabe tocar, por mucho pase del Teatro Real que tenga. Es la felicidad del que divisa el horizonte desde lo alto de una montaña que ha escalado con sus propias manos y que jamás podrá sentir el que sube en helicóptero. Es la felicidad del que se siente orgulloso de acabar el maratón y que jamás podrá entender el que desde casa, bañado en colesterol, si fija exclusivamente en el que ha entrado primero. Es la felicidad que no puede entender el imbécil que simplifica lo que no entiende y caricaturiza su ignorancia en conceptos mentirosos como: “sufridores”, “pupas” o memeces por el estilo. Es la felicidad del cretino que ni come ni deja comer. 

A los aficionados del Atleti (y en general a la gente de bien, sean del equipo que sean) no se les conoce en una fiesta de celebración sino el lunes por la mañana. Llevando una camiseta rojiblanca después de una derrota. Aplaudiendo al equipo en Lisboa con el corazón destrozado. Derrochando coraje y corazón en esa esquina del mundo que nadie ve. Peleando como el mejor delante de cuatro cobardes que, hoy sí, te reprochan con sorna que tu equipo no ha ganado o que da patadas porque eso es lo que dice la tele. 

En el Atleti no sobra nadie pero tampoco tenemos ninguna necesidad de cambiar para contentar a la mediocridad de nuevo cuño, ni de modificar una esencia que los mercados no entienden. No hay necesidad de llenar el estadio de grasa para parecernos al modelo de éxito que pregona Price Cooper Waterhouse. Las puertas están abiertas para entrar y para salir pero el que se quede que lo haga para sumar y para ser feliz. Para estar orgulloso de ser lo que somos, independientemente de lo que pase en el campo. Cenizos, histéricos, confundidos y triunfadores disfrazados de otra cosa piénsenlo bien antes de quedarse. 

Sé que podría aprender a tocar el violín con la derecha, ponerme lentillas, acompañar a mis vecinos a la grada calentita y cubierta del Bernabéu o decir que todo lo que no sea jugar como el Barça es zafio y moralmente inferior pero, ¿saben qué? Que no tengo ninguna necesidad de mentir. 

No lo necesito. 

@enniosotanaz

Sorpresa

El Atlético de Madrid está otra vez en octavos de final de la Copa del Rey. Un titular así, libre de aderezo, no debería sorprender a nadie. “Estaría bueno”, me contestará incluso algún erudito de la estadística y amante de ese estilo zafio, propio del nuevo periodismo, en el que la identidad de uno se construye solamente mediante la aniquilación (o desprecio) del otro. Atendiendo a la tradición, al estado actual de los colchoneros y a la categoría en la que jugaba el rival, parece sensato pensar que efectivamente no puede suponer ninguna sorpresa el que el cuadro colchonero haya superado la eliminatoria de Copa frente al Reus Deportiu pero lo que sí ha sido sorprendente, al menos para mí, es el cómo se ha conseguido. 

Primero, y fundamentalmente, por el rival. Un modesto equipo de la segunda B que juega como los ángeles. Que asumió su eliminatoria frente al Atleti como un partido de fútbol y después (y sólo después) como una fiesta. Aplicando intensidad, respeto, ilusión y totalmente libre de complejos, se dedicó a jugar (muy bien) al fútbol. Ya sorprendió en su propio campo y lo volvió a hacer en el Calderón. Más atado en el coliseo madrileño, con menos posibilidad de construir (gracias al empeño del rival por impedirlo), los catalanes han vuelto a hacer un partido mucho más que digno. Es un placer y un honor jugar frente a equipos así: rivales en el césped y amigos en la grada. Modestos pero valientes. Respetuosos pero desacomplejados. Chapeau. Toda la suerte del mundo para el Reus Deportiu. Se lo merece. 

También pudo resultar una sorpresa (para alguno) la actitud que ha tenido el Atleti. De diez. Desde el principio se plantearon el reto como lo que era: una ronda de la Copa del Rey. Lo único que cambió respecto a cualquier partido de liga o Champions fue la alineación. Nada más. Misma intensidad, misma concentración, misma forma de encarar el partido y mismo respeto por el rival. Como colchonero me llenó de orgullo escuchar al final del partido a un jugador del Reus destacando esto mismo que acabo de contar. El Atleti dominó de principio a fin, mucho más que en Tarragona, y sólo el desacierto de Torres cara al gol impidió que el resultado fuese más allá del pírrico 1-0. Vimos buenos minutos de Gámez y cosas interesantes de Savic. Recordamos lo buen tipo (y portero solvente) que es Moyá. Comprobamos que Saúl se desenvuelve mejor por delante del stopper que haciendo él mismo de mediocentro defensivo. También pudimos intuir, más allá de ese gol de volea que hizo en semifallo, lo buen jugador que puede llegar a ser Thomas si corrige cierta anarquía táctica y esos desajustes en defensa que le hacen cometer errores. Desgraciadamente también pudimos observar el bajo estado de forma de Correa (preocupante) y de un Fernando Torres al que el dichoso gol 100 no está haciendo más que amplificar una situación que ya venía de antes. 

Pero sorpresa, y muy desagradable, fue escuchar insultos hacia uno de los estandartes del equipo rojiblanco como ha sido (y es) Fernando Torres. No paso por ser un defensor a ultranza de su figura y mucho menos de su juego actual (basta darse una vuelta por esta bendita bitácora para comprobarlo) pero tendemos a un tipo de sociedad tan simplificada, mediocre e ignorante que cada vez parece más difícil distinguir entre crítica y falta de respeto. Sé que es sólo una posición minoritaria dentro de la grada colchonera (una buena parte del campo se puso a animar a Torres justo después de su fallo más evidente) pero resulta lo suficientemente nutrida como para hacer ruido. Y no lo entiendo. Entiendo la decepción por sus fallos, el malestar por su estado de forma, el miedo a que no logre recuperar el tono o las preferencias por otros jugadores. Todo eso es fútbol. Yo mismo puedo estar de acuerdo pero de ahí a insultar a un jugador del Atleti creo que media un abismo. Es un acto repugnante en sí mismo pero mucho más cuando va dirigido a un jugador de tu propio equipo y del todo incomprensible cuando se lanza contra un tipo que lo único que ha hecho toda su vida es declararse colchonero, en las buenas y en las malas, a todo el que lo quisiera (y no quisiera) escucharlo. 

Desgraciadamente la grada colchonera no deja de darme sorpresas de este tipo en los últimos tiempos. No me gusta esta deriva caprichosa, superficial y cutre. La afición del Atleti no es así. O al menos no debería serlo. 

@enniosotanaz

Humanos desarrollados.

No me pidan que me ponga en la piel de un futbolista, profesional y millonario, porque no lo soy ni lo seré. Ni futbolista ni millonario. Es más no creo que necesite ponerme en la piel de nadie para tener que explicar lo que yo, primera persona del singular, pienso, siento y opino. 

Que un buen jugador del Atleti se marche me duele siempre. Punto. No te pido que sientas lo mismo ni que lo entiendas. Te pido que respetes el que me duela y que a ser posible no me llames ingenuo, ni romántico, ni imbécil ni pretendas ponerte en una posición superior por el hecho de creerte más “desarrollado” que los demás al reducir la vida (incluidos mis sentimientos) a las reglas del mercado. Algunos pensamos que no todo en la vida se rige por la economía pero llegado el caso, de ser cierto que estoy equivocado, entraríamos en una situación en la que me sobra el fútbol y me sobráis vosotros, los humanos que se creen más “desarrollados”. 

Que un buen jugador del Atleti se marche me duele siempre, pero me duele mucho más si en el camino me ha engañado y lo ha hecho de una forma en la que conscientemente me ofende. A mí y a lo que siento por esa camiseta que, gracias a mí, inunda de millones de euros su cuenta corriente. Que ofende a los miles de “imbéciles” (¿o habría otra forma de llamarlos?) que un día serigrafiaron el nombre del susodicho "profesional" o escribimos cosas maravillosas de él, pensando que era otra cosa. 

Por todo ello les pido que por favor eviten cantarme otra vez la milonga del “trabajador común” o la saeta del “profesional” porque ya me la sé. Me aburre, lo detesto con todas mis fuerzas y además es mentira. Ni son trabajadores comunes ni son profesionales ni se parecen en nada a mí. Tampoco a usted, por muy "desarrollado" que se crea. Uno no se compra la camiseta con el nombre del piloto de avión que le lleva de vacaciones. Uno no se guarda en la cartera, junto al corazón, la foto de la prostituta con la que pasa (de maravilla) las tardes de domingo. 

¿Pagar por un rato de diversión? Correcto, entonces. Fin de los servicios. No me pidas que recuerde su nombre porque no lo pienso hacer. Tampoco me achaques no hacerlo.

No tengo ni idea de cómo viven el fútbol en otros sitios ni pretendo dogmatizar a nadie de cómo tiene que hacerlo pero sí que pido, exijo en realidad, que me dejan hacerlo a mí como me plazca. Que no me miren con desdén. Que no me hablen con condescendencia. Que no den por verdad absoluta algo que, en el fondo, no es más que una opinión. Por muy mayoritaria que sea. Piensen que lo que la mayoría cree no tiene porque ser bueno, ni lo mejor, ni tan siquiera verdad. Es simplemente lo que la mayoría cree. No lo olviden. 

Al “profesional”, al “trabajador común”, al pobre ser humano que tiene que “mirar por su familia” por supuesto le deseo desde ahora mismo lo peor. Lo siento. Soy el que paga y me debo a mi corazón.

@enniosotanaz

Helen Keller

Helen Keller fue una mujer nacida en Alabama a finales del siglo XIX que con un año de edad se quedó ciega y sorda. Con unas cartas tan malas, fue sin embargo capaz de convertirse en la primera persona ciega y sorda que obtuvo un título universitario en los Estados Unidos, erigirse en una importante pensadora y activista política de su época o escribir más de una docena de libros, uno de los cuales ("La Historia de mi Vida") es hoy de lectura obligada en las escuela de Estados Unidos. 

Ayer, pocos minutos después del soberbio gol de Fernando Torres, cuando todavía estaba reposando el complicado empate que el equipo sacó del Ciutat de Valencia, me acordé de Helen Keller. Y no lo hice por el afán de superación de un equipo que se sabe agotado, por remontar por dos veces un partido que se complicó mucho o por esa capacidad, construida a base de orgullo, que el hijo pródigo se sacó de la chistera para, otra vez, rescatar al equipo de sus amores de un momento complicado. No, me acordé por todo lo contrario. Por esa parte de la afición que al minuto de acabar el partido tiraba ya de lecturas fáciles, de eslóganes de chiringuito y de pesimismo preventivo. Invocando precisamente a Helen Keller, segué a la conclusión de que o ellos o yo nos hemos equivocado de equipo. 

Durante años he peleado contra ese estereotipo tóxico que el Ministerio del Gran Hermano trata de inocular al mundo "libre" y que dice que los colchoneros somos perdedores, pesimistas y taciturnos. Nada más lejos de la realidad. O eso al menos es lo que yo creo. Los rojiblancos somos ganadores natos (basta mirar nuestras vitrinas) y nos molesta mucho perder. Pero eso no significa que, como ocurre en otros equipos, no ganar sea un escenario intolerable, casi de ficción, del que tengamos que huir o cubrir con hipocresía y odio. Eso no significa que no seamos capaces de reconocer el esfuerzo y la justicia. Tampoco que nuestro vínculo emocional con el equipo esté exclusivamente cosido por el resultado. Y somos además optimistas y soñadores porque si hemos elegido el lado difícil de la vida, el real, es para demostrarnos precisamente eso, que se puede. Con alegría. Con las cartas que se tengan. Haciendo más que los demás si fuera necesario. Hellen Keller dijo una vez que ningún pesimista ha descubierto nunca el secreto de las estrellas, o navegado hacia una tierra sin descubrir, o abierto una nueva esperanza en el corazón humano. Tiene razón. Por eso no puedo entender que todos esos cenizos que, encaramados a un avatar de rayas rojiblancas, derraman en las redes sociales odio estandarizado, digan ser, sentir y entender el Atleti. Un equipo que, tal y como yo lo entiendo, no tiene sentido con pesimistas cabalgando en su grupa. 

Pero no nos confundamos. La crítica es lícita y cerrar los ojos a la realidad es de necios. No estamos hablando de eso. Estamos hablando de no tirar la piedra y esconder la mano. De no bajarnos del tren cuando derrapa y subirnos cuando es el más rápido. De hablar en términos de “hemos ganado” y “han perdido”. De no apostar a perdedor para luego ganar siempre, bien sea diciendo “ya te lo dije”, si se cumple la profecía, o siendo el más colchonero cuando no se cumple. El Atleti está mal. Jugando con la reserva física y con un estado anímico cansado. Exhausto, diría yo. No tiene suerte (¿cuánto hacía que no le metían dos goles al Atleti?) ni duende (si metemos cualquiera de las que se tuvieron en la primera parte el partido se acaba). Jugamos sin delantero centro (lo de Mandzukic es un drama humano y estoy con Simeone en que Torres funciona mejor con el equipo contrario cansado), el medio centro lleva varios partidos notando los años y nuestros creativos no están precisamente en su mejor forma. Pero es lo que hay y quedan dos partidos. ¿Qué sentido tiene ahora abrir facturas, amplificar los reproches, sacar pecho con el maniqueo “ya te dije” o caer en la tentación de seguirles la trampa al repugnante rodillo mediático que, con artes de filibustero, insisten en querer condicionar nuestro partido contra el Barça? No tiene ningún sentido. Sé que los jugadores, mucho o poco, pondrán todo lo que tienen. Sería absurdo dudar también de esos a estas alturas. Sería también absurdo que yo no hiciese lo mismo. 

Hellen Keller decía que uno no puede hacer todo, pero que aun así puede hacer algo. Que precisamente porque uno no puede hacerlo todo, no tiene sentido renunciar a lo que sí puede hacer. Me quedo con ello.

Estafa

El sábado pasado se podía respirar melancolía en el Vicente Calderón. Era el día del niño, el horario invitaba a la presencia masiva de jóvenes, Los 50 habíamos contado la historia del Atlético Aviación, habíamos tenido también la suerte de compartir horas, mesa y mantel con los campeones del mundo de 1975 (Ayala, Panadero Díaz, Irureta, Alberto, Adelardo,…) y encima hacía exactamente 112 años que unos estudiantes vascos de ingeniería habían decidido juntarse en Madrid para crear un club de foot-ball(*). Con todo ello, nadie podía olvidar lo que había ocurrido un par de días antes en el Bernabéu. Estaba ahí, flotando. Una sensación y un sentimiento que no hay por qué ocultar y que además son naturales entre seres humanos. Porque afortunadamente, a diferencia de otras instituciones diseñadas con otros propósitos, eso es lo que es el Atleti. Una institución por y para seres humanos que respiran, sudan, comen y se equivocan. 

El equipo jugaba contra el Elche un partido muy difícil de jugar. Por lo arañado que estaba el ánimo, por ese cansancio físico que se hace mucho más evidente sin el efecto balsámico del éxito y por la rabia contenida del ganador que no ha podido ganar. El partido podía haberse transformado en una trampa mortal (y mucho ansioso de pertinaz impaciencia así lo barruntaba cuando al descanso el marcador seguía señalando el cero a cero) pero afortunadamente la plantilla actual del Atlético de Madrid es una solvente colección de profesionales con capacidad, talento y orgullo. Siqueira, que había sido el mejor de la primera parte, se lesionó y tuvo que dejar su puesto a Juanfran. El lateral, tirando de arrojo y calidad, fue el que logró traspasas la tupida red defensiva de los alicantinos para colgar un balón al área que aprovecho, como siempre, el más listo de la clase. Un francés llamado Griezmann que supura fútbol por todos sus poros. Ese tipo de jugadores que ve lo que nadie ve, llega a donde nadie llega y está donde nadie está. El 1-0 abría la lata y tranquilizaba los ánimos. El 2-0 de Raúl García (con tiro lejano que se “come” el portero rival) hizo que un nuevo gol del francés, el tercero, se quedará ya en anécdota. 

La grada del Calderón, que hasta que no se diga lo contrario es la mejor representación que tenemos de la afición colchonera, había sido el reflejo de sus jugadores. Dolida, fría y cansada pero orgullosa, valiente y fiel. Comenzó aplaudiendo a sus héroes del 75 y siguió aplaudiendo (más fuerte, incluso) a sus héroes del 2015. Incluido, por supuesto, el cuerpo técnico. Antes de que el balón echase a rodar la grada, como concepto, había dejado claras cuales eran las premisas de las que hay que partir para el supuesto debate mediático sobre la afición rojiblanca: “Orgullosos de nuestros jugadores”, afinaban al unísono las gargantas. “Ole, Ole, Ole, Cholo Simeone”, volvieron a rugir como corolario. Los 90 minutos de partido siguieron, con más o menos intensidad, los mismos parámetros. Agradeciendo a todos, desde Oblak a Simeone, desde Griezmann al Mono Burgos, lo que nos están dando. ¿Significa eso que el aficionado colchonero perdonaba la derrota (como interpretó algún iluminado del Canal +, de esos que analizan en fútbol mundial con las camisetas del Real Madrid o el Barcelona pero sin salir de su cuarto de baño)? No, queridos. Significa que queremos que gane Atlético de Madrid pero no lo queremos porque gane (o deje de ganar). Yo no tengo por que perdonar al que no me ha hecho nada. Abran el foco de su conocimiento y descubrirán que hay muchas más formas de entender el fútbol. Es decir, la vida. 

Salimos del estadio con la tranquilidad del resultado, el orgullo en el cuerpo y esa media sonrisa que se nos pone en la cara cada vez que nos damos cuenta de que no estamos solos en esto de ser del Atleti. Pero fuera del estadio sabemos que nos tenemos que topar con la “realidad” oficial. Con Matrix. Con ese rodillo mediático que adoctrina al mundo a través de la fe verdadera. Peor. Tenemos que lidiar (además) con ciertos ministros de esa fe única que, disfrazados de aliados, pastan entre colchoneros igual que pérfidos caballos de troya. Estaba todavía en el Paseo de los Melancólicos cuando alguien me envió el titular de la crónica de AS y no pude reprimir las arcadas. El texto, que llegaría minutos después, tenía un efecto incluso más diarreico todavía. Mediante una prosa indigna de cualquier estudiante de secundaria, el autor relataba un cuento de ficción, cínico y mentiroso, que resultaría patético en una columna de opinión pero que es torticero en un texto que pretende reflejar la realidad de lo que ha ocurrido. Un texto que , más allá de la pericia del escribiente, no puede ser casual. No puede deberse a la eventualidad o la negligencia. Decía Camus que la prensa libre puede ser buena o mala pero que cuando no es libre no puede ser otra cosa que mala. A las pruebas me remito. 

Vomité, claro. Como cualquier persona de bien hubiese hecho. 

Desconozco la gente que habrá leído semejante ejercicio de tergiversación pero intuyo que alguno más de los 45000 espectadores que debimos estar en la grada ese día. Es decir, la realidad mayoritaria, según se entiende en el nuevo orden mundial, es ahora la que ha “vivido” la mayoría. No es la que unos pocos vivimos in situ sino la que, muchos más, han “vivido” a través del notario de la realidad elegido para la ocasión. ¿Se dan cuenta de la sutileza? Pues no es un hecho puntual. Decía Pérez de Ayala que cuando la estafa es enorme ya toma un nombre decente. A esta se le llama periodismo. 


(*) Aunque la fecha oficial de fundación del Athletic Club de Madrid es el 26 de abril de 1903, el día en el que se juntaron los fundadores fue realmente el 25. Lo que ocurre es que tuvieron que esperar hasta el día siguiente para formalizar la creación dado que se les hizo tarde y el registro estaba cerrado.