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Allá ellos

At. Madrid 4 - AC Milan 1

Si ustedes hacen el gran esfuerzo visual de enfocar la vista en el escudo del Club Atlético de Madrid, observarán, para su asombro, que en el mismo aparece el Oso y el Madroño. Si además disponen de unos conocimientos básicos del común acervo cultural, podrán relacionar, fácilmente también, que ese es precisamente el emblema de la ciudad de Madrid, villa y corte de España, lo que hace indicar que el Club Atlético de Madrid es un equipo madrileño y español. Les digo esto, que puede parecer de Perogrullo, porque no es tan evidente si ustedes viven en esa bendita ciudad, viendo la televisión, escuchando la radio y leyendo los periódicos. Para entender lo que les digo, basta echar un vistazo a la portada de los dos principales diarios “deportivos” madrileños en el día en el que el Club Atlético de Madrid se jugaba su pase a cuartos de la Champions League (después de casi 20 años) y frente a un equipo histórico, de esos que dan lustre a cualquier estadio de fútbol, como el AC Milan. El diario MARCA, en su esforzada búsqueda por aumentar la felicidad de lo que han entendido que es su único cliente, dedicaba su primera página a las cuitas y dramas de un tal Messi. El diario AS, en esa lucha denodada por los mismo objetivos de su rival (que básicamente consisten en obtener respuestas reflejas tipo Pavlov en lo que quede de cerebro en su cliente de referencia),  iba un paso más allá en ese paseo por las cloacas más inmundas de la manipulación y las artes de la desestabilización que normalmente practica. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos acostumbrados a estas alturas a vivir al margen del poder, a desconfiar de los vendedores de crecepelo y a sacar pecho viviendo en un mundo en el que al parecer molestamos. Hemos aprendido a sobrevivir entre zarzas y elementos hostiles. Hemos desarrollado una coraza natural para evitar que el desdén tóxico que nos rodea nos afecte, así como para conseguir que la escoria resbale de forma innocua por nuestra epidermis. Sólo puedo hablar por mí, evidentemente, pero tengo la sensación que toda esa pelota de mierda ya nos da igual. Nos hemos acostumbrado a sus formas de matón y su pestilente hedor así que podemos convivir con ello. Pero eso no quita para que los insultos sigan siendo insultos, las puñaladas sigan siendo puñaladas y que los dardos envenenados se claven de vez en cuando extendiendo su veneno. Tiene narices, pero también cierta lógica, que se me venga todo esto a la cabeza precisamente ahora, cuando acabamos de pasar por encima del AC Milan y colocarnos entre los 8 mejores equipos de Europa. Después de asistir a una preciosa fiesta del fútbol en directo y de disfrutar de un sentimiento y de una emoción que lamentable quedará reducida al fabuloso ostracismo de los que nos sentimos aficionados al Club Atlético de Madrid y tenemos la suerte de poder acceder al epicentro del fenómeno. Allá ellos. Los que manipulan los hilos y los que comen mentira. Los que pisan al que tengan que pisar con tal de seguir chupando y los que, incapaces de mirar más allá de la punta de su nariz, siguen pensado que lo que sale en los periódicos es verdad. Allá ellos. Yo en cualquier caso soy seguidor del Club Atlético de Madrid. Con todo lo que eso implica. Es más, lo seguiré siendo.

El partido amaneció precioso. Con un Vicente Calderón lleno, coloreado con furia de rojo y blanco, sonando a fútbol de élite y oliendo a fecha histórica. Un nutrido grupo de tifossi milanistas se apelotonaba en el fondo norte mientras otras tantos se mezclaban en la grada general. Cerca de mí podía ver a varios. Ello, lejos de suponer una amenaza o un inconveniente, como probablemente intuyan los periodistas profesionales que escriben sus crónicas desde la redacción al abrigo de la calefacción central, impregnaba todavía más el ambiente de fútbol. De puro fútbol, el de verdad. De fútbol en directo, que es el único que puede sentirse en la piel. El Atleti salió como uno bisonte al campo. Presionando con furia, intenso y consciente de lo que había en juego. Raúl García era de la partida inicial en detrimento de Villa y Diego (mi opción favorita) en una decisión que no comparto pero que evidentemente respeto con toda el alma. Enseguida el partido se rompió por el marcador. Gabi robó el primer balón de los millones de balones que robaría después y se la pasó a Koke para que el canterano metiera el balón en el área y Diego Costa estirara su gadchetopierna, conectando con el esférico y metiéndolo en la red. 1-0. La cosa pintaba bien. La euforia se desató en una grada que adornaba la permanente sonrisa que tenemos desde que llegó Simeone con las banderas rojiblancas que alguien había dejado en nuestros asientos.

Entonces ocurrió el único borrón de la noche. El Atleti suele ser un equipo que lee muy bien los partidos, con gran capacidad para controlarlos y llevarlos al terreno que más le conviene. Especialmente cuando va por delante en el marcador. Esta vez no fue así. Si en esas circunstancias el equipo normalmente defiende fuera del área y se mantiene muy presionante en zona de tres cuartos, ahora se echaban unos metros más atrás, demasiado cerca del área y bajaban la intensidad. Para más Inri, cada robo de balón (siempre muy atrás) iba acompañado de una pelotazo sin criterio que provocaba que el Milan siguiese en campo colchonero perfectamente colocado. Esa forma de actuar supuso una invitación al rival para que se sumara al partido y el Milan, que es el Milan, lo hizo. Se adueñó del balón, se plantó en la frontal del área, empezó a jugar y empató el partido. Lo hizo Kaká, de cabeza, con un balón colgado a la espalda de Juanfrán, que es uno de los puntos más vulnerables del equipo. Los gritos de los aficionados italianos empastaban con cierto runrún que flotaba en el ambiente y que invocaba a los fantasmas del pasado. El Atleti sacó de centro tratando de animarse pero parecía aturdido. Los de Seedorf lo vieron, sus aficionados también, entendiendo que su oportunidad de remontada pasaba por ahí y ahí estuvieron durante varios minutos. Hasta que llegó el elegido, el grande, el genial Arda Turan. El único capaz de salirse del guión castrense de Simeone con una sonrisa y el aplauso enfervorecido de su propio entrenador. El turco, que cuajó un buen partido, disparó desde la frontal del área un balón que rebotó en la pierna de un rival para colarse en la portería de Abbiatti poco antes del descanso.

La segunda parte fue ya otra cosa. El Atleti volvió a su guión habitual y ahora sí controló el partido como sabe. Asfixiando la salida del rival, compactándose en el repliegue y llevando el balón hasta campo contrario para quedarse a jugar allí. En ese contexto brilló Diego Costa, que volvió a deslumbrar a toda Europa demostrando el inmenso jugador que es y brilló también Raúl García que si bien su labor es más bien discreta en casi todas las facetas del juego, a la hora de rematar es un auténtico killer. Casi mete por la escuadra un remate de chilena que de entrar hubiese abierto todos las televisiones del mundo (menos las españolas, evidentemente) pero  tiró de modestia sin necesidad de trascender para meter el tercero de cabeza, tras saque a balón parado marca de la casa. Pero si brillaron Costa y Arda y Raúl García, me van a permitir que yo me quede con nuestro capitán. Don Gabriel Fernández Arenas. Un líder dentro y fuera del campo. Una referencia para el colchonerismo. Un futbolista ejemplar, discreto y humilde. Un símbolo de entrega, superación y compromiso. Un orgullo para cualquiera que se considere no sólo del Atleti sino amante de este deporte. El capitán completó un partido soberbio (y lleva varios últimamente) iniciando la presión, tapando los errores de los compañeros, equilibrando el equipo en defensa y en ataque, robando, construyendo y hasta llegando a la portería rival. Grande Gabi. Muy Grande. La guinda al pastel la puso de nuevo Diego Costa en la enésima jugada de combinación desde que Diego Ribas había saltado al campo y que acabó con un derechazo al poste que besó finalmente la red. 4-1 al AC Milan en octavos de Champions League. Repitan la frase y piensen sobre ello.


¿Y ahora qué?, preguntarán. Pues lo que venga, opino yo. Llegados a este punto la complicaciones se multiplican y factores como la suerte o el momento exacto en el que tengas que jugar un partido son elementos clave que pueden definir el futuro. Quedarán 8 equipos, casi todos grandes monstruos económicos y alguna anomalía extraña que en principio podría parecer asumible. Qué sé yo. No me gusta jugar a adivinar el futuro así que no voy a empezar a hacerlo ahora. Lo único que tengo claro es que, venga lo que venga, lo tomaré como lo que es, como una fiesta. Como un éxito. Como un triunfo. Digan lo que digan los demás. Los otros. Allá ellos. 

El equipo del diablo

En 1891 Herbert Kilpin, un inglés nacido en Nottingham que trabajaba de asistente en uno de los numerosos almacenes de encajes de la ciudad británica y que también actuaba de esforzado defensa en el Notts Olympic local (y más tarde en el equipo de la parroquia de St. Andrews), decidió aceptar la propuesta que le hizo Edoardo Bosio, un empresario italo-suizo especializado en la industria textil y muy bien conectado con los productores de encajes locales. La idea era trasladarse a Turín para ayudar a la implantación en Italia de los telares mecánicos que ya funcionaban en Inglaterra y que él conocía. Muchos aficionados del AC Milan probablemente no lo sepan pero con la respuesta afirmativa del señor Kilpin, comenzaba la leyenda rossonera. Una de las más importantes del balompié europeo y mundial.
Edoardo Bosio, que había sido residente en Londres durante años, era ya para entonces un gran aficionado al incipiente deporte del foot-ball y junto al bueno de Kilpin se llevó de Inglaterra un balón de cuero, una delicatesseen entonces para el resto de Europa, con la intención de extender el nuevo deporte por tierras turinesas. Con ese balón y en ese mismo año (1891), Bosio fundó el Internazionale Torino que, según se cree, fue el primer club de fútbol de Italia y que tuvo a Kilpin como uno de sus jugadores. Pero años más tarde, en 1897, Kilpin decidió abandonar Turín para asentarse más al este, en la pujante ciudad industrial de Milán. Allí, en la Fiaschetteria Toscana (una taberna situada en el número 1 de la Via Giovanni Berchet, muy cerca de las Galerías Vittorio Emanuele) se fue formando con el paso del tiempo un improvisado espacio dedicado a la tertulia para expatriados ingleses, aficionados al Cricket en su mayoría y minoritariamente al Foot-ball. Poco a poco se fue pergeñando la idea de organizarse para jugar a los añorados deportes patrios y así, un grupo de aquellos ingleses, reunidos en alguna sala del entonces Hotel du Nord (hoy Hotel Principe di Savoia en la Piazza de la Repubblica), decidieron en diciembre de 1899 fundar un nuevo club deportivo denominado Milan Cricket & Football Club, cuya primera sede sería la misma taberna en la que venían reuniéndose regularmente. Kilpin fue el jugador-entrenador y principal baluarte de aquel primer equipo, dirigido en su vertiente futbolística por su compatriota Alfred Edward, al que, por ser más veteran,o le cedió la presidencia. El equipo nació ya entonces con los colores actuales, el rojo y el negro, que la historia (o la leyenda, nunca se sabe) atribuye a las propias palabras de Kilpin: “rojo porque seremos del diablo y negro porque daremos miedo a todo el mundo” ("rosso perchè saremo dei diavoli e nero perchè dovremo metter paura a tutti"). El club sigue respetando actualmente el nombre original con su acepción inglesa (Milan) y no italiana (Milano), en honor al origen británico de la institución.
En pocos meses el equipo fue inscrito en la Federación Italiana de Fútbol y tan sólo unos días después de disputar su primer partido oficial (perdiendo contra el FC Torinese) consiguieron ya ganar su primer título oficial: La Medalla del Rey (Medaglia del Re). Un año más tarde, en 1901, consiguen también su primer Campeonato de Italia, el antecedente de la actual Serie A, ganando al Genoa (monopolizador de los primeros años del torneo) con 3 goles del propio Kilpin. Rápidamente la sección de fútbol del club despertó un gran interés entre los italianos locales, generando un nutrido grupo de socios y aficionados al equipo. Pero en 1907, una controvertida decisión de la federación italiana, claramente influenciada por las corrientes políticas de la época, obligó a que el torneo nacional tuviese que ser disputado exclusivamente por jugadores italianos. Aquello provocó una importante revuelta en el fútbol local que levantó numerosas protestas y de la que surgieron torneos alternativos (como la Copa Spenley) que evitaban esa absurda norma. El Milan no estuvo de acuerdo con la nueva reglamentación pero formalmente la aceptó y siguió inscribiéndose también en el torneo de la federación, algo que algunos socios interpretaron como una traición al propio origen de la entidad. Por ello, un grupo de 43 disidentes reunidos ese mismo año en el restaurante Orologio decidieron escindirse para crear una entidad independiente que no distinguiese entre nacionales y extranjeros. Nacía de esa forma el Internazionale Milano y por ende el derby della Madonnina, la histórica rivalidad Milan-Inter, bautizada así en honor a la estatua de la Virgen María que corona la catedral de Milan. Durante décadas esta rivalidad llevó aparejada una componente social (potenciada durante los años de Musolini en los que los contactos políticos favorecieron la fusión de Inter con el otro rival histórico del Milan, la Unione Sportiva Milanese, para crear la Ambrosiana) que asociaba a los aficionados al Inter con la burguesía y las clases altas mientras que el Milan lo hacía con el proletariado. Esa división, que algunos siguen citando actualmente, se ha difuminado considerablemente y no se corresponde ya con la realidad actual.
El inicio de la primera guerra mundial paralizaría todas las competiciones nacionales e iniciaría un periodo bastante negro durante casi cuatro décadas. En 1919, dado que la sección de Cricket había quedado prácticamente reducida a la anécdota, se modificaría el nombre oficial por el de Milan FC hasta que los estragos del fascismo, que no tenía especial simpatía por los orígenes británicos del club, obligasen a modificar de nuevo el nombre por el de Associazione Calcio Milano en 1938. Antes, en 1926 se inauguraría el estadio de San Siro, que compartiría con su máximo rival, y que aunque en 1980 cambiaría su nombre oficial por el de Giuseppe Meazza, en honor a la figura del fútbol italiano, los aficionados milanistas, debido lógicamente al reconocido pasado interistas del señor Meazza, han preferido seguir denominando su estadio con el mismo nombre del barrio en el que se ubica, San Siro. Concluida la segunda guerra mundial, el club puede recuperar en su nombre el origen inglés de la institución así que a partir de 1945 pasa a denominarse AC Milan ya definitivamente.
No es hasta la década de los 50, con cinco jugadores suecos en sus filas, cuando vuelve la gloria al Milan y lo hace ganando la Serie A italiana en 1951 (sería su cuarto título) y la Copa Latina (segunda competición europea más importante de la época por detrás de la Copa Mitropa). En 1955, tras volver a ganar el Scudetto, participa en la primera edición de la Copa de Campeones de Europa (antecedente de la Champions League), siendo el primer equipo italiano que lo hace y título que ganaría menos de una década después. Antes tuvo que aterrizar en el club el legendario Nereo Rocco, para muchos el pionero del Catenaccio en Italia y uno de los grandes héroes de la historia milanista. Con él en el banquillo y su filosofía en el campo, lograban en 1963 alzar el máximo tornero europeo, imponiéndose al Benfica de Eusebio en el estadio de Wenbley. Rocco permaneció un total de 8 temporadas en el equipo (separadas en dos periodos) en los que además de varios “Scudettos” conquistaron la primera Recopa de Europa (1968), una nueva Copa de Europa (1969, en el Bernabéu y frente al Ajax de Cruyff) y Una Copa Intercontinental (1970, frente a Estudiantes de La Plata).
El equipo siguió una rutina más o menos regular, aunque no tan exitosa, hasta los fatídicos primeros años de la década de los 80 en los que el club es descendido a la serie B por demostrarse la implicación de su presidente, Felice Colombo, en la trama de corrupción, apuestas y amaño de partidos conocida como Totonero. El Milán entra así en una fase inestable y compleja hasta que en 1986 Silvio Berlusconi toma el mando del club y un año más tarde ofrece la dirección del equipo a un prometedor entrenador que venía de Parma y que se llamaba Arrigo Sacchi. La innovadora forma de jugar al fútbol del nuevo entrenador, a base de reducción inteligente de espacios, movimientos en bloque, defensas en zona,… junto a un puñado de jugadores, bautizados como: Gli Immortali di Sacchi, que asimilan el sistema a la perfección (hablamos de Maldini, Baresi, Ancelotti, Van Basten, Gullit,..) revoluciona el fútbol y vuelve a poner al Milan en lo más alto de la elite con dos Copas de Europa consecutivas pasando por encima del resto de equipos europeos (especialmente del Real Madrid con aquel famoso 5-0). A Sacchi, le sucede Capello en otro periodo exitoso que junto a sus Gli Invincibili, culmina con la quinta orejona en Atenas frente al FC Barcelona. El tercer gran periodo de los milaneses se da entre 2002 y 2009, de la mano de uno de sus antiguos jugadores, Acelotti, con el que ganan su sexta y séptima copa de Europa frente a la Juventus (por penaltis) y Liverpool respectivamente.

A partir de 2011, año en el que el Milan ganó su último Scudetto (el decimoctavo) pero en el que ya venía siendo patente un cierto declive respecto a los años de gloria, el club entra en un periodo de crisis y renovación que afecta a lo deportivo (edad avanzada de la platilla) y lo económico (crisis financiera que obliga a vender a jugadores estrella). Ese es el Milan actual, al que se enfrenta el Atleti. Un equipo en transición, inestable y complejo pero con un legado poderoso, jugadores de primer nivel y un ADN de primera categoría. Sería francamente estúpido menospreciarlo o auparse como favoritos. El Milan es el Milan, el equipo del Diablo. Muy pocos pueden presumir de una historia parecida.

De vuelta en Europa

AC Milan 0 - At. Madrid 1

La Champions League es la mejor competición de clubes del mundo. Escuchamos tanto hablar de ella, muchas veces de forma despectiva respecto a sus participantes, casi siempre en sitios de muy baja catadura, que a veces perdemos la perspectiva. Pero es exactamente así. Aquí están los 16 mejores equipos de Europa ahora mismo. Durante muchos años, casi todos para ser honestos, los colchoneros hemos tenido que ver el torneo desde la calidez de los hogares y la tranquilidad del que no se juega nada. Escondidos en la mediocridad. Con la dolorosa sensación de ser terreno destinado a otro tipo de equipos. Equipos como creemos que es el nuestro, pero equipos entre los que el nuestro no estaba. Es así. Pero fue incluso mucho peor el par de ocasiones en las que técnicamente jugamos la competición, porque lo hicimos con la misma actitud ausente, mediocre y vulgar. Con complejo de inferioridad. Cambiando el respeto por el miedo. Con el freno puesto en la pierna y la etiqueta de que aquella no era nuestra competición colgada del corazón. Lamentable. Bochornoso. Humillante. Uno recuerda aquellos momento y la ansiedad fluye por todos los orificios. Por eso tiene tanto valor lo que ha ocurrido esta noche en San Siro. Pedir el balón a toda velocidad para sacar un fuera de banda faltando veinte minutos para el final del partido y con cero a cero en el marcador. Competir de tú a tú frente a un club histórico que apelotona Copas de Europa en sus vitrinas y ganarle en un terreno de juego histórico, siendo además mejor, es una gran noticia para el Club Atlético de Madrid. Un Club Atlético de Madrid que está de vuelta en Europa.

El partido comenzó francamente bien para los colchoneros. Bien plantados, dominadores, con intensidad y dueños del balón. A los pocos segundos ya estaban pisando el área italiana con un Arda Turan con esa chispa, conocida y fascinante, que desgraciadamente fue perdiendo según avanzaba el encuentro. Así siguieron los primeros diez minutos. Jugando en campo contrario y mandando en todas las fases. Pero fue un espejismo. Como afectados por el imponente escenario (lo que para mí fue la nota más negativa del encuentro) y la imprecisión del juego en el medio campo (Mario sigue bajo de forma), el equipo empezó a desequilibrarse. Los dos de arriba se quedaban muy descolgados en la presión y los mediocentros eran incapaces, tanto de frenar al equipo contrario en defensa, como de equilibrar el equipo propio o realizar alguna transición decente en ataque. El medio campo poco a poco era propiedad del equipo de Seedorf y la banda izquierda del Atleti, supuestamente protegida por Insúa, era una especie de coladero. Llegó entonces un gran disparo de Kaká con la izquierda que se escapó por los pelos de la portería. Y el el Atleti acusó el efecto echándose más atrás. De forma excesiva y peligrosa. El Milan, aupado en el fenomenal ambiente del estadio, se venía arriba y aparecía el mejor Balotelli. Un jugador portentoso, con un potencial exagerado en los pies y una cabeza desestructurada. Pero hoy estuvo bien, sobre todo en la primera parte. Protegiendo el balón, ganando a los centrales, desequilibrando y con ese punto de genialidad capaz de romper los partidos. Llegaron dos jugadas claras de los milanistas, un nuevo disparo de Kaká tras taconazo de SuperMario y otra, la mejor, un remate de cabeza de Poli que Courtois, otra vez, sacó de forma milagrosa. Lo del portero belga ya es recurrente. Crack absoluto. El Atleti, que había desaparecido y que no recordaba al equipo que estamos acostumbrados a ver, seguía sin embargo vivo, y fue capaz de recomponerse en los últimos minutos de la primera parte en los que sin hacer nada verdaderamente relevante, al menos consiguieron equilibrar las fuerzas y llevar al Milan lejos de la portería.

La segunda parte fue otra cosa. Simeone no cambió ninguna ficha en la alineación pero sí en el esquema táctico. Colocó a Raúl García, que había jugado de segundo delantero, en una banda y dejo a Turan de enganche, consiguiendo un centro del campo con cinco jugadores que, ahora sí, consiguió ganar la partida a su rival. El dominio del juego y el tempo del partido pasó a manos del equipo madrileño, las ocasiones del Milan cesaron y empezaron a llegar acercamientos de los rojiblancos. Una chilena de Costa y algunas arrancadas en vertical, varios remates sin fortuna de Raúl García,... El Atleti empezaba a sentirse más cómodo mientras el equipo Del Diablo empezaba a acusar el esfuerzo físico. Simeone movía el banquillo metiendo a Cebolla y Adrián (dos cambios sorprendentes y que no entiendo) consciente de que estaban mejor. A diferencia de lo que hubiese ocurrido con Manzano o Aguirre, los jugadores querían jugar y ganar, así que no perdían tiempo. Jugaban. Sí, era San Siro. Sí, un empate no era tan mal resultado, pero marcar fuera de casa es fundamental en este tipo de competiciones para pasar de ronda. Y llegó el gol. Córner desde la derecha que es tocado en el primer palo para caer muy bombeado al segundo. Costa y Miranda aparecían por allí libres de marca y aunque el central lo hacía de cara, fue Costa quién con un giro de cuello espectacular imprimió una fuerza brutal al balón para llevarlo hasta la red. 0-1. Gabi pudo dejar la eliminatoria lista para sentencia cuando en el último minuto lanzó una falta al borde del área, pero no fue así. No había tiempo para más.


El 0-1 uno deja la eliminatoria abierta pero es un excelente resultado. Nos queda también la sensación del trabajo bien hecho y de que vienen quince días de relativa tranquilidad para centrarse en la liga mientras nos visita el Milan en el Calderón. Con todo lo anterior, lo más emocionante para mí es ver al Club Atlético de Madrid volver a competir en todos los terrenos. En un campo de segunda B o en San Siro. Efectivamente, el Atleti está de vuelta en Europa.