Allá ellos
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Gabi,
Raúl García,
Turan
At. Madrid 4 - AC Milan 1
Si ustedes hacen
el gran esfuerzo visual de enfocar la vista en el escudo del Club Atlético de
Madrid, observarán, para su asombro, que en el mismo aparece el Oso y el
Madroño. Si además disponen de unos conocimientos básicos del común acervo
cultural, podrán relacionar, fácilmente también, que ese es precisamente el
emblema de la ciudad de Madrid, villa y corte de España, lo que hace indicar
que el Club Atlético de Madrid es un equipo madrileño y
español. Les digo esto, que puede parecer de Perogrullo, porque no es tan
evidente si ustedes viven en esa bendita ciudad, viendo la televisión,
escuchando la radio y leyendo los periódicos. Para entender lo que les digo, basta
echar un vistazo a la portada de los dos principales diarios “deportivos”
madrileños en el día en el que el Club Atlético de Madrid se jugaba su pase a
cuartos de la Champions League (después de casi 20 años) y frente a un equipo
histórico, de esos que dan lustre a cualquier estadio de fútbol, como el AC
Milan. El diario MARCA, en su esforzada búsqueda por aumentar la felicidad de
lo que han entendido que es su único cliente, dedicaba su primera página a las
cuitas y dramas de un tal Messi. El diario AS, en esa lucha denodada por los
mismo objetivos de su rival (que básicamente consisten en obtener respuestas reflejas
tipo Pavlov en lo que quede de cerebro en su cliente de referencia), iba un paso más allá en ese paseo por las
cloacas más inmundas de la manipulación y las artes de la desestabilización que
normalmente practica. Los aficionados al Atlético de Madrid estamos
acostumbrados a estas alturas a vivir al margen del poder, a desconfiar de los vendedores
de crecepelo y a sacar pecho viviendo en un mundo en el que al parecer molestamos.
Hemos aprendido a sobrevivir entre zarzas y elementos hostiles. Hemos
desarrollado una coraza natural para evitar que el desdén tóxico que nos rodea nos afecte, así como para conseguir que la escoria resbale de forma innocua por nuestra epidermis. Sólo puedo
hablar por mí, evidentemente, pero tengo la sensación que toda esa pelota de
mierda ya nos da igual. Nos hemos acostumbrado a sus formas de matón y su
pestilente hedor así que podemos convivir con ello. Pero eso no quita para que
los insultos sigan siendo insultos, las puñaladas sigan siendo puñaladas y que
los dardos envenenados se claven de vez en cuando extendiendo su veneno. Tiene narices, pero también cierta lógica, que se
me venga todo esto a la cabeza precisamente ahora, cuando acabamos de pasar por
encima del AC Milan y colocarnos entre los 8 mejores equipos de Europa. Después
de asistir a una preciosa fiesta del fútbol en directo y de disfrutar de un sentimiento
y de una emoción que lamentable quedará reducida al fabuloso ostracismo de los
que nos sentimos aficionados al Club Atlético de Madrid y tenemos la suerte de poder acceder al epicentro del fenómeno. Allá ellos. Los que
manipulan los hilos y los que comen mentira. Los que pisan al que tengan que
pisar con tal de seguir chupando y los que, incapaces de mirar más allá de la
punta de su nariz, siguen pensado que lo que sale en los periódicos es verdad. Allá
ellos. Yo en cualquier caso soy seguidor del Club Atlético de Madrid. Con todo
lo que eso implica. Es más, lo seguiré siendo.
El partido
amaneció precioso. Con un Vicente Calderón lleno, coloreado con furia de rojo y
blanco, sonando a fútbol de élite y oliendo a fecha histórica. Un nutrido grupo
de tifossi milanistas se apelotonaba en el fondo norte mientras otras tantos se
mezclaban en la grada general. Cerca de mí podía ver a varios. Ello, lejos de
suponer una amenaza o un inconveniente, como probablemente intuyan los
periodistas profesionales que escriben sus crónicas desde la redacción al
abrigo de la calefacción central, impregnaba todavía más el ambiente de fútbol.
De puro fútbol, el de verdad. De fútbol en directo, que es el único que puede
sentirse en la piel. El Atleti salió como uno bisonte al campo. Presionando con
furia, intenso y consciente de lo que había en juego. Raúl García era de la
partida inicial en detrimento de Villa y Diego (mi opción favorita) en una
decisión que no comparto pero que evidentemente respeto con toda el alma. Enseguida
el partido se rompió por el marcador. Gabi robó el primer balón de los millones
de balones que robaría después y se la pasó a Koke para que el canterano
metiera el balón en el área y Diego Costa estirara su gadchetopierna, conectando con el esférico y metiéndolo en la red. 1-0. La cosa pintaba bien. La
euforia se desató en una grada que adornaba la permanente sonrisa que tenemos
desde que llegó Simeone con las banderas rojiblancas que alguien había dejado
en nuestros asientos.
Entonces ocurrió
el único borrón de la noche. El Atleti suele ser un equipo que lee muy bien los
partidos, con gran capacidad para controlarlos y llevarlos al terreno que más
le conviene. Especialmente cuando va por delante en el marcador. Esta vez no
fue así. Si en esas circunstancias el equipo normalmente defiende fuera del
área y se mantiene muy presionante en zona de tres cuartos, ahora se echaban
unos metros más atrás, demasiado cerca del área y bajaban la intensidad. Para
más Inri, cada robo de balón (siempre muy atrás) iba acompañado de una pelotazo
sin criterio que provocaba que el Milan siguiese en campo colchonero perfectamente colocado. Esa forma de actuar supuso una invitación al rival para
que se sumara al partido y el Milan, que es el Milan, lo hizo. Se adueñó del
balón, se plantó en la frontal del área, empezó a jugar y empató el partido. Lo
hizo Kaká, de cabeza, con un balón colgado a la espalda de Juanfrán, que es uno
de los puntos más vulnerables del equipo. Los gritos de los aficionados
italianos empastaban con cierto runrún que flotaba en el ambiente y que
invocaba a los fantasmas del pasado. El Atleti sacó de centro tratando de
animarse pero parecía aturdido. Los de Seedorf lo vieron, sus aficionados
también, entendiendo que su oportunidad de remontada pasaba por ahí y ahí
estuvieron durante varios minutos. Hasta que llegó el elegido, el grande, el
genial Arda Turan. El único capaz de salirse del guión castrense de Simeone con
una sonrisa y el aplauso enfervorecido de su propio entrenador. El turco, que
cuajó un buen partido, disparó desde la frontal del área un balón que rebotó en
la pierna de un rival para colarse en la portería de Abbiatti poco antes del
descanso.
La segunda parte
fue ya otra cosa. El Atleti volvió a su guión habitual y ahora sí controló el
partido como sabe. Asfixiando la salida del rival, compactándose en el
repliegue y llevando el balón hasta campo contrario para quedarse a jugar allí.
En ese contexto brilló Diego Costa, que volvió a deslumbrar a toda Europa
demostrando el inmenso jugador que es y brilló también Raúl García que si bien
su labor es más bien discreta en casi todas las facetas del juego, a la hora de
rematar es un auténtico killer. Casi mete por la escuadra un remate de chilena
que de entrar hubiese abierto todos las televisiones del mundo (menos las
españolas, evidentemente) pero tiró de
modestia sin necesidad de trascender para meter el tercero de cabeza, tras saque a
balón parado marca de la casa. Pero si brillaron Costa y Arda y Raúl García, me
van a permitir que yo me quede con nuestro capitán. Don Gabriel Fernández
Arenas. Un líder dentro y fuera del campo. Una referencia para el
colchonerismo. Un futbolista ejemplar, discreto y humilde. Un símbolo de
entrega, superación y compromiso. Un orgullo para cualquiera que se considere no
sólo del Atleti sino amante de este deporte. El capitán completó un partido
soberbio (y lleva varios últimamente) iniciando la presión, tapando los errores
de los compañeros, equilibrando el equipo en defensa y en ataque, robando,
construyendo y hasta llegando a la portería rival. Grande Gabi. Muy Grande. La
guinda al pastel la puso de nuevo Diego Costa en la enésima jugada de
combinación desde que Diego Ribas había saltado al campo y que acabó con un
derechazo al poste que besó finalmente la red. 4-1 al AC Milan en octavos de
Champions League. Repitan la frase y piensen sobre ello.
¿Y ahora qué?, preguntarán.
Pues lo que venga, opino yo. Llegados a este punto la complicaciones se
multiplican y factores como la suerte o el momento exacto en el que tengas que
jugar un partido son elementos clave que pueden definir el futuro. Quedarán 8
equipos, casi todos grandes monstruos económicos y alguna anomalía extraña que en
principio podría parecer asumible. Qué sé yo. No me gusta jugar a adivinar el
futuro así que no voy a empezar a hacerlo ahora. Lo único que tengo claro es que,
venga lo que venga, lo tomaré como lo que es, como una fiesta. Como un éxito.
Como un triunfo. Digan lo que digan los demás. Los otros. Allá ellos.






