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Humanizar

Las Cajas de Ritmo tuvieron su aparición en los años 80 y supusieron toda una revolución en la música. Entonces era muy fácil distinguir su sonido del de una batería real pero su evolución tecnológica ha sido tan espectacular que hoy en día ya no es tan sencillo. Ahora utilizan sonidos reales y gracias a su sofisticada programación pueden reproducir exactamente cualquier partitura. El desempeño del hombre y de la máquina son en teoría equivalentes y no deberían poder distinguirse pero la realidad es que cualquier oído medianamente entrenado lo hace. ¿Por qué? Pues porque la realidad no es nunca una partitura. ¿Qué distingue la maquina del ser humano o la realidad de una partitura perfecta? Muy sencillo. Los errores. 

El mundo del fútbol, deporte practicado por humanos para disfrute de humanos, se ha transformado en las últimas décadas (para desgracia de éstos mismos pero para regocijo de millonarios) en una máquina perfecta de hacer dinero. Una máquina de producción que responde como tal y que vende un único producto. El fútbol ya no ofrece competición, ni empatía, ni identidad, ni tan siquiera juego. El fútbol ahora vende fantasía. Realidad virtual. Una especie de parque temático globalizado en el que te compras la camiseta del Madrid/Barça por 100€ y eres el mejor de la galaxia. El que lo gana todo. El más elegante. La más guapa. El más alto. El que más puede. La que más gasta. El que mira a todos por encima. La mejor. El mejor. En ese contexto no hay espacio para el error. Si falla el mejor es que no lo es.

En Maravillalandia los errores se justifican, se esconden, se limpian o simplemente se ignoran para que se pudran. No existen. No pueden existir. Los errores nunca pueden ser involuntarios o fortuitos porque las máquinas nunca se equivocan. El que comete un error lo hace por incuria y merece ser laminado. Inmediatamente. De forma humillante y evangelizadora a ser posible. El Mejor no puede dejar de serlo nunca. He comprado mi camiseta y ese detritus infecto que como cascada de alpiste batido cae a diario desde todas las fuentes de información. Ahí dice que soy el mejor. ¿Es mentira? ¿Cómo puede ser? He pagado mi entrada. ¡Exijo mi derecho a ser el mejor! Tengo que ser el mejor porque eso es lo que estoy comprando. 

El fútbol, como máquina, no puede equivocarse. No sé pueden dejar millones de euros de beneficio en manos de un estúpido sorteo ni se puede permitir que un argentino iluminado, que cree ingenuamente en conceptos caducos como el trabajo o el honor, esté a punto de tirar todo por tierra por aferrarse a su tozudez. ¿Qué hacemos entonces con todos los clientes que han pagado su camiseta y compran toda esa mierda que vendemos? Hay que cerrar los goznes, pulir las estrías, cerrar las entradas de aire fresco. El monstruo de un solo tronco y dos cabezas es suficientemente sólido pero su guardia parásita de fontaneros mediáticos no dejará además que las arrugas duren mucho. El parque temático está bien engrasado. El único foco de inestabilidad está en esas galeras infectas. Esa cloaca en la que viven los sparrings fungibles y despreciables que la máquina necesita para comer mientras actúan de dóciles némesis azucaradas. 

En esas cloacas hay sin embargo vida. Yo vivo allí y soy feliz. No añoro el olor a palomitas ni los fuegos artificiales. Disfruto más con la cabeza despejada, sintiendo las agujetas y sin usar estupefacientes. Lucho porque me dejen vivir así y por eso no alcanzo a comprender como en un alarde de estupidez sin precedentes algunos a mi alrededor pretenden adoptar los modos del monstruo que nos está devorando. Asimilar error con negligencia. Derrota con fracaso. Victoria con objetivo. Igual que ellos. 

No. Levantar la cabeza. Negligencia es otra cosa. Los errores se perdonan cuando asumes que todos los humanos cometemos errores. Las derrotas duelen pero se pasan con dignidad y orgullo cuando asumes que estamos unidos en esto. Las victorias no se acumulan sino que se disfrutan porque no hay objetivos sino sueños. Ilusión. Porque la respuesta suele estar en el camino más que en la meta. 

Las cajas de ritmos modernas tienen una función para que su sonido se parezca a las baterías de verdad. Se llama “humanizar” y consiste en introducir pequeños errores aleatorios, casi imperceptibles. Yo soy del Atleti porque me gusta ser humano. Saber que puedo ganar y perder. Saber que soy imperfecto y vulnerable. Saber que todo es muy difícil y que siempre puedo cagarla en el último momento. Saber que la vida es así. Ser humano es ser así y no tengo ningún problema con ello. Ser del Atleti (y de muchos otros equipos) es amar la vida tal y como es. ¿No te gusta? Tienes drogas y acceso libre a Maravillaland (por un módico precio). Es fácil. Cómprate una camiseta, esnifa prensa, come radio... Enseguida serás el mejor. Eso sí, si te quedas respeta las reglas. Asume lo que eres. Aquí el perro no es de cartón ni regala chuches. Aquí el perro muerde.

@enniosotanaz

Valiente.

Cuando comenzaba la temporada 2015/2016 allá por agosto, el Valencia CF sacaba 20 puntos al Atleti en esa lista trucada que algunos llaman Clasificación Histórica de La Liga (y digo trucada porque no es justo que las victorias valgan 3 puntos unos años y 2 puntos el resto). Hoy, después de vencer al equipo valenciano en su propio estadio, el Club Atlético de Madrid está 10 puntos por encima. 

Antes de comenzar el encuentro el Atleti estaba instalado en una cómoda segunda posición de la tabla clasificatoria real, esa que dictamina al campeón de liga. El primer clasificado, el equipo de los dioses, las galaxias, la verdad absoluta y de los periodistas que no sudan, aparecía a mucha distancia real y metafísica. Dioses, semidioses e incluso algunos humanos aventajados han decidido ya que el FC Barcelona es inalcanzable (es lo que tienen las metáforas) y dado que anda lejos el otro equipo del Coto Privado de Caza que es hoy La Mejor Liga del Mundo, la competición no existe. Como todos sabemos, lo verdaderamente relevante es conocer como pasa la tarde del domingo un tal Borja Mayoral, el nuevo Mesías que los notarios de la realidad han traído a nuestras vidas.

Mientras tanto, en las cloacas de la residencia de millonarios, los rivales potenciales para la tercera plaza se habían desangrado por el camino. Villarreal, Celta, Sevilla, Athlétic,… todos lejos del Atleti. El Real Madrid había ganado, sí, pero seguía por detrás. Es más, el pragmatismo de la lógica cartesiana deja bien claro que entre el segundo y tercer clasificado no existe diferencia real, más allá de esas cuestiones morales de las que tenemos que prescindir los ciudadanos de bien, tal y como nos recuerdan a diario la inteligentzia mediática. 

Un par de horas antes del pitido en Mestalla descubrimos que Godin estaba con gastroenteritis lo que, sumado a la lesión de Savic, provocaba una pareja de centrales de circunstancias (uno de los grandes pilares del equipo violento). Con Augusto sancionado, tantos otros a punto de sanción, Tiago lesionado, Vietto y Torres sin pólvora y Jackson en China, lo prudente era tomarse el partido de Mestalla con calma. Había mucho que perder y poco que ganar. Pero decía el general Patton que valiente es el que no toma nota de su miedo y el Atleti de Simeone, por encima de todo, es un equipo valiente. Muy consciente de lo que es y de lo que representa decidió no tomar nota de sus miedos y salió al campo a hacer lo de siempre. Como si no hubiese mañana. Sin aspavientos, sin histrionismos demagógicos y sin alharacas (a diferencia de ese enfadadísimo y prepotente señor inglés que ponía caras y se sentaba en el banquillo rival). El Atleti salió a ganar el partido. 

Pasó por encima del rival hasta el gol de Griezmann. Jugando, mandando y siendo protagonista. Sólo después, con destellos de la gran calidad que esconde el equipo levantino, con cierta mala suerte y cuando empezaron a verse los defectos que las ausencias habían dejado en el acorazado rojiblanco, el partido se equilibró. Por poco tiempo, eso sí. La segunda parte de los rojiblancos fue un prodigio de personalidad, de juego y de valentía. El empate no valía y salió Torres por un mediocentro primero y Carrasco por un exhausto Vietto después. No parecía muy prudente pero qué demonios, con todos esos delanteros se remontó, se defendió y se jugó al fútbol. Muy bien, por cierto. Enfrente, el inglés enfadado pretendió hacer lo mismo y tirar de "valentía" rompiendo tácticamente el equipo que jugaba con diez para sacar al delantero que reclamaba la grada soberana pero lo que hizo fue el ridículo. Es la diferencia entre ser valiente y ser osado. Es la diferencia ente creer en el trabajo y creer en la magia. 

Creo que esa característica, la valentía, es uno de los rasgos de personalidad que ha inculcado (¿devuelto?) Simeone al Atleti. Por eso me parece absolutamente injusto que al argentino se le simplifique muchas veces con el calificativo de reservón. ¿Reservón? Permítanme que escenifique una enorme carcajada. Uno que recuerda haber ganado una Europa League empatando todos los partidos, que vio con estos sacai como una parte significativa de la afición colchonera celebraba un cuarto puesto tras una temporada infame (de juego y de esencia) y que ha soportado años y años en los que un empate fuera de casa era bueno (Aguirres, Manzanos, Ferrandos y periodistas condescendientes dixit) no puede por menos que echarse a reír. O a llorar. Desde aquel empate a cero en Málaga hace ya unos cuantos años no he vuelto a ver un partido del Atleti en el que el equipo no saliese a ganar. Con sus armas (no van a ser con las armas de Segurola, lógicamente) pero a ganar. Ni uno. No recuerdo un solo partido en el que sin haberlo ganado, los aficionados hayamos salido contentos con el resultado. Lo que sí recuerdo son tantos episodios épicos y de valentía desde que Simeone está a los mandos del club que me resultaría complicado resumirlos aquí, en media cuartilla. 

Valiente no es el que abusa de una posición de privilegio o el que se regocija con su poder incontestable. Valiente no es el que se recrea en la desigualdad. Valiente no es el que reclama los focos en la bajada y echa balones fuera cuando toca sufrir. Valiente no es el que todo lo soluciona con dinero. Valiente no es el que considera que todo es suyo y por lo tanto sólo puede perder. Valiente no es el que se ríe en la victoria y escupe en la derrota. Valiente no es el que gana siempre y no puede serlo el que no conoce la derrota. Valiente es el Atleti porque, como decía, Mary Tyler Moore, uno no puede ser valiente si sólo le han ocurrido cosas maravillosas. 

@enniosotanaz

Sistemas de referencia

La teoría de la relatividad de Einstein terminó de culminar un par de grandes hallazgos de la física que ya apuntaban por dónde iban los tiros. Uno, que la energía se desplaza a una velocidad finita y limitada (un poco menos de 300 millones de metros por segundo). Dos, que cualquier miembro de un sistema, incluso el propio observador, afecta al propio sistema. Es decir, si todos los elementos del espacio interactúan entre sí pero la energía se transmite a una velocidad finita, puede ser que, dependiendo del lugar en el que se encuentre, un elemento sentirá mañana algo que para otro ya ha ocurrido. Que uno ve lo que el otro todavía no puede ver. Los físicos dejaron de hablar entonces de ¿dónde está? para pasar a hablar de ¿cuando está? La humanidad empezó a entender con fórmulas matemáticas la relatividad de la naturaleza y cómo todo depende, fundamentalmente, del punto de vista. Del sistema de referencia. 

Para mí, el derbi contra el Madrid fue un emocionante partido de fútbol. Una batalla deportiva cargada de matices que, en la cabeza de tipos como yo, colchoneros, se transformó en una preciosa metáfora de la vida que deseamos. Esa en la que gana el que más pelea y no el que, lógicamente, tiene que ganar. Esa en la que gana un equipo en el que sus jugadores olvidan sus egos para sumar como grupo y no un conjunto de jugadores maravillosos (y carísimos) que tienen la individualidad como credo. El equipo de Simeone salió con un plan en la cabeza y lo ejecutó a la perfección. Adelantando la presión, derrochando poderío físico (a pesar de tenerlo mermado por el “genial” calendario de ese demócrata llamado Tebas), cerrando tácticamente el espacio de su rival y teniendo la solvencia de combinar rápido en la salida del juego para morder cuando la presa se ponía a tiro. El rival apareció derrotado y roto antes de tiempo, amplificando su desconcierto gracias al buen hacer del equipo rojiblanco y no a ninguna conspiración maquiavélica ni a la renuncia de nadie. Simplemente no pudieron. Algo que pasa a veces porque esto es fútbol y en el fútbol, como en la vida, se gana y se pierde. 

Para mí, el derbi lo gana el Atlético de Madrid, no lo pierde el conjunto blanco pero lamentablemente es prácticamente imposible encontrar una lectura similar en radios, prensa escrita o televisión. Ni enunciadas por rapsodas autocalificados de expertos ni por gañanes de tertulias cazalleras. A excepción de algún pequeño artículo de opinión marginal y muy localizado, ni en medios deportivos ni en medios generalistas verán un sólo análisis del partido que no gire exclusivamente en torno al Real Madrid y si me apuran, que no ignore la realidad, la esencia y hasta el mérito del equipo que ha vencido. Desde el repugnante titular de la web de MARCA al acabar el partido (“El Madrid dimite de la liga”), pasando por comentarios como el de Trecet en twitter que se quejaba (como no) del juego del Atleti (que es como quejarse de que la novia de tu amigo va sin maquillar) hasta cualquiera de las miles de hora de “información” dedicadas a interpretar, por encima de cualquier otra cosa, las palabras de un señor portugués que tiene un alto grado de estima por sí mismo. 

Si alguien piensa que yo tengo una visión infalible de lo que ocurrió en el derbi (no creo que sea el caso) está muy equivocado. Nadie la tiene. Ni siquiera los eruditos con micrófono, pluma o cámara. Ellos creen que sí, porque viven en una Torre de Marfil en la que nadie puede responderles y porque tienen la posibilidad de chillar más y que se les escuche, pero su opinión no es más que la de usted. Creanme. Personalmente aspiro a que la mía sea creíble, honesta, sensata y lo más razonada que pueda pero mi punto de vista, mi sistema de referencia, es el que es y creo que lo mejor, lo más honesto y lo menos subjetivo es reconocerlo y no negarlo. 

La mejor forma para entender el universo es asimilar la relatividad del mismo, tolerar su complejidad, respetar su diversidad y tratar de conectar todos sus sistemas de referencia empleando la lógica. Es decir, exactamente todo lo contrario que ocurre en la realidad que nos presentan los medios de comunicación profesionales en los que todo (y cuando digo todo es todo) se reduce a un sistema bidimensional zafio, mentiroso, condescendiente, previsible, repetitivo e hipócrita. Un sistema por y para dos que, en el fondo, son lo mismo y que por lo tanto gira en torno a un único eje. 

Los partidos contra el Real Madrid o el Barcelona se han transformado en un insoportable ejercicio de pereza para cualquiera que no tenga nada que ver con Real Madrid o Barcelona. Un periodo incómodo y pesado en el que lo más sano e higiénico, sea cual sea el resultado, es huir de la realidad televisada, radiada o publicada. Lamentablemente, como decía Thornton Wilder, es difícil dejar de convertirse en la persona que los demás creen que uno es. 

@enniosotanaz

Crisis de fe

Soy zurdo, tengo los ojos verdes y soy del Atleti. No sé en qué momento ocurrió todo ello, ni sé si sería capaz de explicarles la razón. Tampoco me lo cuestiono. No siento la necesidad de hacerlo. Lloré el día que descubrí que no existen violines para zurdos y me fastidia horrores que el tono de mis ojos no me ayude a aliviar la blefaritis crónica pero sigo siendo zurdo y mis ojos siguen siendo del mismo color. En décadas de afición colchonera he cuestionado fichajes, figuras rutilantes, delanteros, entrenadores, secretarios técnicos, presidentes, aficionados, sistemas de juego, declaraciones, estadios, mascotas, himnos y camisetas pero en ningún momento, jamás, me he cuestionado al Atleti ni he dejado de ser colchonero. Uno puede disfrazarse, aparentar, actuar o fingir durante un tiempo limitado pero cuando por la mañana se acaba la música, se encienden las luces y, ya cuarteado, se nos cae el maquillaje, acaba siendo lo que es en realidad. Lo que siempre ha sido. 

Hace unos años un buen amigo nos enviaba a los colchoneros de la cuadrilla la foto de su hijo con una camiseta del Atleti que llevaba días demandando. El padre no es muy futbolero (es decir, es del Madrid/Barça) ni sigue este pequeño circo, pero es buen tío, le resulta curiosa nuestra hermandad atlética y por alguna razón el niño se había hecho forofo y del Atleti. Los rojiblancos, con esa querencia natural que tenemos por las historias a contracorriente y por abrir el corazón a los hermanos de sangre, nos sentimos identificados con aquel muchacho. Nos vimos reflejados en ese reducto de orgullo que brotaba en mitad de un entorno hostil. Nos vimos a nosotros mismos y poseídos por ese espíritu de hermandad irracional, tan difícil de entender fuera de nuestras fronteras, nos quisimos creer el cuento. Inocentemente, estábamos olvidando un pequeño pero vital detalle: el Atleti acababa de ganar la Copa del Rey al Real Madrid, venía de ganar la Europa League y estaba a punto de ganarle la Liga al Barça. 

Ayer, mi amigo me confesaba en voz baja que su vástago estaba inmerso en algo que eufemísticamente llamó crisis de fe. En realidad me estaba diciendo que su hijo se había hecho del Barça. Es que “lleva muy mal lo de perder”, me decía intentando justificar algo que para mí no tiene justificación. ¿Existe alguien que lleve bien lo de perder? ¿Cree que yo disfruto las derrotas? Pero de alguna forma estaba tratando de culpar al Atleti (o a mí, que es lo mismo) de perder un seguidor. De no estar a la altura que hay que estar para que los niños sean felices. ¿Quiere eso decir que los niños sólo pueden ser felices si ganan siempre? ¿Si consiguen siempre todo lo que quieren? ¿Quiere eso decir que lidiar con los contratiempos de la realidad no es una buena forma de educación? Lógicamente dejé mis reflexiones dentro de mi cabeza y contesté que no había ningún problema. Que aquel niño nunca había sido del Atleti. Debería haber dicho también que en el Vicente Calderón no nos gustan los niños (ni los mayores) que vienen disfrazados del Atlético de Madrid pero no lo hice. 

En décadas de lateralidad inversa, gafas de sol y colchonerismo he llorado derrotas, enfermado de rabia y dejado de cenar muchas veces pero si tengo que hacer balance diría que fundamentalmente he sido feliz. Inmensamente feliz. Una felicidad que además es única y distinta (o eso me parece a mí). Es la felicidad del que escucha una canción tocada al piano por él mismo y que no podrá entender jamás el que no sabe tocar, por mucho pase del Teatro Real que tenga. Es la felicidad del que divisa el horizonte desde lo alto de una montaña que ha escalado con sus propias manos y que jamás podrá sentir el que sube en helicóptero. Es la felicidad del que se siente orgulloso de acabar el maratón y que jamás podrá entender el que desde casa, bañado en colesterol, si fija exclusivamente en el que ha entrado primero. Es la felicidad que no puede entender el imbécil que simplifica lo que no entiende y caricaturiza su ignorancia en conceptos mentirosos como: “sufridores”, “pupas” o memeces por el estilo. Es la felicidad del cretino que ni come ni deja comer. 

A los aficionados del Atleti (y en general a la gente de bien, sean del equipo que sean) no se les conoce en una fiesta de celebración sino el lunes por la mañana. Llevando una camiseta rojiblanca después de una derrota. Aplaudiendo al equipo en Lisboa con el corazón destrozado. Derrochando coraje y corazón en esa esquina del mundo que nadie ve. Peleando como el mejor delante de cuatro cobardes que, hoy sí, te reprochan con sorna que tu equipo no ha ganado o que da patadas porque eso es lo que dice la tele. 

En el Atleti no sobra nadie pero tampoco tenemos ninguna necesidad de cambiar para contentar a la mediocridad de nuevo cuño, ni de modificar una esencia que los mercados no entienden. No hay necesidad de llenar el estadio de grasa para parecernos al modelo de éxito que pregona Price Cooper Waterhouse. Las puertas están abiertas para entrar y para salir pero el que se quede que lo haga para sumar y para ser feliz. Para estar orgulloso de ser lo que somos, independientemente de lo que pase en el campo. Cenizos, histéricos, confundidos y triunfadores disfrazados de otra cosa piénsenlo bien antes de quedarse. 

Sé que podría aprender a tocar el violín con la derecha, ponerme lentillas, acompañar a mis vecinos a la grada calentita y cubierta del Bernabéu o decir que todo lo que no sea jugar como el Barça es zafio y moralmente inferior pero, ¿saben qué? Que no tengo ninguna necesidad de mentir. 

No lo necesito. 

@enniosotanaz

No me gusta el fútbol

El fútbol, como juego (y como concepto), es muy sencillo. Dos equipos lo practican siguiendo un reglamento y gana el que mete más goles en la portería contraria. Ni hay duda ni es debatible. Pero más allá de la certeza del resultado, todo lo demás es cuestionable. Es imposible ponderar algo que no se puede medir así que nada es absoluto. La belleza, el valor, el amor, la soberbia, el arte, la estupidez, el estilo de juego o la chulería son conceptos que no se pueden medir objetivamente y por lo tanto no se pueden ponderar. Aunque no lo parezca. 

Existen personas que se les contrae el corazón escuchando la Chacona en Re menor de Bach-Busoni pero otras, que lo anterior no les dice nada, alcanzan el nirvana con el “When you wake up feeling old” de Wilco. Los hay que mantienen la piel de gallina durante todo un concierto de Metallica y los que sólo escuchan flamenco. ¿Quién tiene razón? ¿Quién es mejor? Lo han adivinado: nadie. Independientemente de lo que cada uno de ellos piense de los otros (porque eruditos recalcitrantes los hay en todas las familias). 

El fútbol es un juego en el que se gana y se pierde y la forma de jugarlo, efectivamente, puede asimilarse fácilmente a una suerte de arte pero estaríamos cometiendo un error (para mí voluntario) si lo extrapolamos directamente a un espectáculo y eliminamos de la ecuación el factor competición. Más aún si por el camino obviamos también esa pasión irracional que tenemos por unos colores y que tampoco se puede medir. 

No sé ustedes pero yo no voy a la Opera a animar a Rigoletto ni veo competición alguna en un concierto de The Divine Comedy. Uno es aficionado al fútbol porque primero lo es de un equipo. Yo lo soy del Atlético de Madrid y no me avergüenza decirlo porque no concibo un solo aficionado al fútbol que no lo sea antes de un club en concreto. Es más, desconfío de quién dice no serlo. Por eso, como colchonero, he sido el hombre más desgraciado del mundo tras haber visto jugar muy bien a mi equipo y he sido el más dichoso viéndolo ganar de churro tras jugar horrorosamente. Personalmente ni disfruto, ni me alegra, ni me emociona ver a Messi metiéndole tres goles a Oblak pero oye, se me eriza el vello cuando Godín le hace un tackling limpio a Cristiano Ronaldo y manda la pelota a córner. Nada de esto me ocurre cuando voy al teatro.

Pero me gusta también ver partidos en los que mi equipo no está de por medio y oye, llámenme irracional o estúpido (o como me acaban de decir, que "no me gusta el fútbol") pero he llegado incluso a disfrutar alguna vez con el juego de la selección italiana. Soy tan “tosco” que me hace feliz que el Leicester pueda ganar la liga. Por mucho que Ozil, De Bruyne o Hazard sean “objetivamente” mucho mejores, más guapos y la den mejor de tacón. Disfruto horrores viendo a un equipo equilibrado y solidario que consigue que el conjunto sea mucho más importante que la suma de sus individualidades. Me emociono cuando un equipo sin recursos es capaz de hacer de la necesidad virtud y llámenme hereje pero es que además esa forma de competir, muchas veces, me parece preciosa. Lo juro.

¿Significa eso que no me guste (o desprecie) el juego del Barça? Hay que ser muy necio (o muy simple) para llegar a una conclusión tan peregrina. 

Seré un bicho raro pero yo en el fútbol disfruto mucho más con la competición que con los fuegos artificiales. Prefiero mil veces antes ver un Racing-Independiente o un Sarajevo-Zeljeznicar (o un Betis-Sevilla) que un España-San Marino (o un Real Madrid-Molde o un Barça-Rosenborg) que acaba 7-0 con dos goles de tacón y varias “maravillas” de cualquiera de los multimillonarios que ahí juegan. Me aburre cuando el desequilibrio es tan evidente que duele. Me aburren las lecciones gratuitas de patinaje delante de gente que no puede tener patines. 

Y me aburre mucho la soberbia. Aunque sea detrás de una firma consagrada, de un altavoz que hace mucho ruido, de una imagen que llegue a todos los rincones, huela a colonia exclusiva o esté vestida con ropa carísima.

No pido que piensen como yo. Ni siquiera pido que me entiendan. Pido que respeten al que merece respeto (y no estoy hablando de mí). Que entiendan la diferencia entre algo objetivo y algo que no lo es. Entre opinión y certeza. Entre deseo y verdad. Entre lo que es tener fuertes convicciones y lo que es resultar ofensivo. Entre lo que es opinar y lo que es ser un completo cretino. 

Y les pido otra cosa. El día que San Marino logre empatar el partido no aleguen que ha sido feo, que han perdido la posesión del balón o que no son capaces de sacar la pelota jugada desde la defensa. Tengan algo de dignidad. 

@enniosotanaz